miércoles, 23 de julio de 2008

Batman: El caballero de la noche (The dark knight, Christopher Nolan, 2008)

The dark knight es un fiasco


Batman el caballero de la noche es una película cinematográficamente limitada e ideológicamente detestable. Se trata de un fenómeno inmenso como un zepelín, inflado desde hace más de año y medio por una feroz campaña de marketing y retroalimentado por la ansiedad de miles de internautas en el mundo. Para colmo de males parece tener el visto bueno de la crítica mundial, con consensos favorables casi absolutos, inclusive entre los redactores de la revista especializada “El amante cine”, un referente de crítica y análisis en habla hispana.
Esta nueva entrega se inscribe en una tendencia cinematográfica muy de moda hoy en los Estados Unidos, que se caracteriza por un montaje rápido que expone tramas y subtramas de personajes rígidos y de gravísimo semblante en situaciones hiperdialogadas, de frialdad casi burocrática y cierta pretensión de realismo. Michael Mann (Vicio en Miami), Paul Greengrass (La supremacía Bourne) y Peter Berg (El reino) son nombres clave en esta corriente hiperrealista de género, que parece tener ya unos cuantos adeptos. No deja de ser llamativa e interesante la bajada de Batman a un mundo pretendidamente terrenal, un personaje valeroso instalado en una Ciudad Gótica colmada de destrucción y caos, donde campea la ausencia absoluta de reglas y de límites morales. En definitiva, un mundo que precisa, para el papel de defensor de la justicia, a uno de mano extremadamente dura. El problema, entre tanta oscuridad y anarquía, es que prácticamente no hay espacio para la distensión; como en Syriana, la sucesión de circunstancias y giros narrativos se suceden sin respiro y se abruma al espectador con datos, reflexiones pseudo-filosóficas (que merecerían una nota aparte), y escenas de acción que hasta llegan a tornarse confusas.
A los problemas de ritmo se les suma el hecho de que se hace demasiado larga y que carece de personajes creíbles -la fugaz transformación de un individuo de perfecta integridad moral en un demonio sediento de venganza es absurda-, pero no menos desventurado es el trasfondo ideológico que encubre la película. El malvado Guasón (el fallecido Heath Ledger y su genial número de magia son de lejos lo mejor) tiene demasiados puntos en contacto con un terrorista talibán, llámese Bin Laden o quien fuere: manda emisarios dementes con bombas incrustadas en el cuerpo, envía filmaciones caseras de ejecuciones, toma rehenes, planifica el terror y la destrucción urbana con el detallismo de un psicótico. Como dice un personaje: “Álgunos hombres no van en busca de nada lógico, como el dinero. No pueden ser comprados, intimidados, no se puede razonar o negociar con ellos, sólo quieren ver el mundo arder”. No buscan dinero, señal de que están muy enfermos. Batman, por su parte, se parece a Bush: ante tan siniestra amenaza se ve forzado a usar violencia en los interrogatorios, a armarse como nunca antes, a inmiscuirse en la vida privada utilizando dispositivos de vigilancia masiva. El fin justifica sobradamente los medios porque, hombre, estamos en guerra.
Publicado en Brecha 24/7/2008

sábado, 19 de julio de 2008

Lenny (Bob Fosse, 1974)

De verdad es poco comprensible que una película tan importante como Lenny haya quedado tan relegada, que haya caído en tan lamentable olvido, y hasta me siento un poco avergonzado de no haber oído nada de ella ni saber sobre su existencia hasta hace muy poco. Le debo un inmenso agradecimiento a mi amigo Josep; en primer lugar por habérmela presentado, pero sobre todo por haberme retado públicamente a reseñarla. Tuve que aceptar su desafío, resultaba interesante y hasta divertido jugarme a criticar una película de la que poco y nada sabía, y ni siquiera podía dar por cierto si iba a gustarme. Hoy asumo con absoluta satisfacción la tarea de dedicarle algunas líneas a tan sorprendente filme.
No voy a pisar la notable reseña que escribió Josep. El que tenga interés en una notable introducción y un mejor análisis puede empezar por su texto, que comparto palabra por palabra. Esta entrada debe considerarse un simple agregado.


Lenny podría estrenarse hoy mismo como una película nueva y muchos ni se darían cuenta de que fue filmada hace más de tres décadas. La fotografía de Bruce Surtees, en blanco y negro y de fuertes contrastes, no tiene nada que envidiarle, por ejemplo, a la de Buenas noches y buena suerte. La estructura narrativa de corte clásico, dotada a su vez de permanentes saltos temporales, recuerda a la caótica exposición de El ciudadano, ese otro imposible biopic. Caigo en la cuenta de que películas como Man on the moon o The people vs. Larry Flynt (ambas de Milos Forman) se centran en temáticas que Lenny abordó antes, y es probable que jamás hubiesen surgido de no existir este precedente fílmico (además no le llegan ni a los talones).
Fuera de su absoluta vigencia y del asombro que provoca la estética a nivel general, Lenny divierte, arranca carcajadas, emociona, hace pensar y luego entristece, incomoda y hasta llega a indignar. Reto al lector a nombrar ahora, en menos de treinta segundos, una película de los últimos años que cumpla con todos estos cometidos… vamos, sólo una… ¿que qué?, ¿que no existe?... piensen un poco, que no puede ser tan difícil.
Uno de los mayores atributos de Lenny es el saber utilizar un montaje sugerente que crea sentido y llama a la reflexión activa respecto a la contraposición de planos en diferentes tiempos. Así, vemos a Lenny en pleno show hablando de sus continuos y sufridos esfuerzos en función de la integración racial, mientras se nos muestra un brevísimo flashback, ¿o será flashforward? de él mismo entrando en un cuarto con una negra sensual e imponente; la toma dura apenas un par de segundos, pero es un claro ejemplo entre tantos otros del ingenio volcado al recurso audiovisual, muy frecuente en el filme.

Como una considerable cantidad de filmes creados en la década del setenta, el erotismo presente en Lenny descolocará a los que hoy tristemente se han acostumbrado al grosero puritanismo hollywoodense, y esta película humilla a toda la chatarra pseudoerótica producida por la metrópoli en la última década. Si tuviera que resumir la intención y el espíritu general de la película, diría que se trata de una feroz reivindicación de la stand-up comedy, denostada frecuentemente como frívolo entretenimiento popular, y mostrada aquí como un vehículo capaz de desnudar las contradicciones del individuo y de la sociedad en su conjunto. Cuando Lenny dice “Todos queremos una esposa que sea al mismo tiempo una catequista y una puta de 500 dólares la noche” está soltando una acerada crítica contra este bicho revuelto, cargado de contradicciones, ciclotimias, caprichos e indigestas que es el ser humano; está desnudando ridículas actitudes inherentes a uno mismo. Lenny Bruce fue un pateador de esquemas nato, un Von Trier risueño, un corrosivo desmantelador de arbitrariedades. Merecía que un maestro como Bob Fosse le hiciera justicia de esta manera.

PD. Josep eso sí, ando tapado de trabajo así que te ruego no vuelvas a hacerme otro de estos desafíos hasta, digamos, dentro de un par de años.

martes, 15 de julio de 2008

Persepolis (Marjane Satrapi / Vincent Paronnaud, 2007)

Tendiendo puentes


Al censurar su exhibición en Teherán, el gobierno iraní declaró oficialmente que esta película “presenta, en varios de sus segmentos, una faceta poco realista de los logros y resultados de la gloriosa Revolución Islámica”. Los casos de censura en Irán son ya moneda corriente, pero de seguro fue especialmente fastidioso para el gobierno este relato autobiográfico de Marjane Satrapi, historietista iraní radicada en Francia que, siendo niña, vivió la dictadura del Sha y su caída cuando la revolución, y durante su adolescencia un régimen aún peor, la guerra con Irak y un traumático exilio en Viena.
Persépolis
presenta, desde la óptica cotidiana de una acomodada familia marxista, una vida de exposición a dolorosas injusticias sociales. Desde niña, Marjane entra en contacto con una realidad en que parientes y amigos son fusilados, encarcelados o torturados, hechos que no se suspenden al instalarse la nueva república. La digna actitud de la familia de beber alcohol y acudir a fiestas en forma clandestina revela, mejor que nada, una desesperada necesidad de escapar a un sistema opresivo que impide hasta el esparcimiento; la omnipresencia del nuevo régimen se hace sentir en la vida diaria, en la educación oficial –“el velo es sinónimo de libertad” dictamina una profesora en una tediosa clase–, en la forma en que las mujeres son destratadas y humilladas, en la prohibición de casi todo. Pero la protagonista es una adolescente inquieta que contesta a sus profesoras, que escucha Iron Maiden y viste como se le antoja. Ante varios llamados de atención del colegio, sus aterrados padres deciden enviarla a Europa; y es que, explican, como la ley prohíbe ejecutar a una virgen, a las adolescentes rebeldes suele obligárselas a casar con un guardia de la revolución, para desvirgarlas y luego fusilarlas.

Durante su estadía en Austria, Marjane debe lidiar con el desarraigo, la soledad y la discriminación, una incómoda sensación de no pertenencia y sus primeros desengaños amorosos. En un desesperado regreso a Irán arriba a una ciudad de posguerra, en donde las avenidas tienen nombres de mártires: “cuando paseas por Teherán las calles parecen un cementerio”; y comienza a vivir ese permanente sentimiento de offside que sufren los que pasaron una temporada fuera de su país, cayendo más adelante en el agujero negro de la depresión. Persépolis no se detiene tanto en los dramáticos hechos históricos como en los efectos de los mismos sobre la protagonista, aportando al relato una emotiva carga humana. La guionista y codirectora reconoce influencias del neorrealismo italiano así como del expresionismo alemán y los dibujos fueron hechos a mano, mayoritariamente en blanco y negro y con trazos sencillos y gruesos, como si a las historietas de Mafalda se las sumiera en un sombrío entorno de claroscuros.
Dotada de un estupendo ritmo, la película revela, entre otras cosas, el poder expresivo de una animación bien explotada. Los personajes, diseñados con simpleza, escapan a cualquier encasillamiento racial, convirtiéndose así en caracteres universales. Habría que ser un autómata para no ser sacudido emocionalmente por la forzada separación de Marjane y sus padres, cuando la ejecución de su tío, durante su triste estadía en Viena. Satrapi tiende puentes para que nos acerquemos a su gente y a su pueblo: “si no miramos a las personas como seres humanos, las podemos bombardear y no pasa nada”, ha dicho en una entrevista. En este sentido Persépolis es una película que cumple con creces su cometido, mostrar una cara no mediatizada de la sociedad iraní. En los últimos años, el cine hegemónico sólo ha mostrado iraníes armados y fundamentalistas, arrojados a una yihad perpetua contra occidente. Persépolis muestra otro Irán, uno de seres humanos que se enamoran, sueñan, se irritan, ríen o lloran y que lidian a diario con un régimen despótico y, hoy mismo, con serias posibilidades de ser blanco de una lluvia de misiles.
Publicado en Brecha 11/7/2008

domingo, 6 de julio de 2008

Las mejores películas (V)

La primera es una obra maestra, y también el último par de clásicos. Buen material en general, aunque quizá esta no sea una racha tan grandiosa como en otras ocasiones.


Vibrator de Ryuichi Hiroki (Japón)
Un encuentro furtivo deriva en una road movie inmensamente original y madura, excusa para una profunda exploración de caracteres y para radiografiar la soledad, el miedo, la atroz disgregación social de una sociedad fracturada. El final, enigmático y de una angustia arrolladora, lleva a pensar la película una y otra vez. No me lo puedo sacar de la cabeza.

Kung fu panda de Mark Osborne y John Stevenson (Estados Unidos)
Un graciosísimo homenaje al cine de artes marciales de las últimas décadas. La historia no es nada original y pisa veintisietemil lugares comunes, pero hay mucha energía y ganas de divertirse depositadas en esta peli. Normalmente no me atraen las secuelas, pero los personajes me gustaron tanto que ya estoy esperando una segunda parte.

A dirty carnival de Ha Yoo (Corea del Sur)
Una película de gángsters típicamente coreana, con arrolladores estallidos de violencia y caracteres delineados con ejemplar madurez. El director logra transmitir toda la pesadez de una profesión detestable y los conflictos existenciales que acarrea un protagonista que no podía ser más desgraciado. Las escenas de peleas gangsteriles son lo máximo.

Meteoro de los Wachowski (Estados Unidos)
La mejor película de los Wachowski hasta la fecha. La adaptación de la serie de los 60 es una excusa para que los directores levanten vuelo, y para hacer una película como nunca antes se vio. Las escenas de artes marciales son imponentes, y los directores hasta se dan el lujo de intercalar reflexiones existenciales. Christina Ricci y sus ojos redondos de tipo animé es de lo más lindo que he visto en mucho tiempo.

Deliver us from evil de Amy Berg (Estados Unidos)
Un documental sobre curas pedófilos, donde se entrevista a víctimas, victimarios, especialistas, familiares engañados. Hay que armarse de valor y verlo, por lo menos para terminar de asegurarse que la iglesia católica es una mierda total. Está fragmentado en youtube, y a disposición. La semisonrisa del acomodado sacerdote O’Grady nunca se borrará de mi mente.

Love letter de Shunji Iwai (Japón)
Creo que Japón, junto a Corea del Sur y Estados Unidos, es de los países en los que encuentro mayor cantidad de directores brillantes. Iwai es condenadamente genial, y resultan notablemente atractivas su estética inmaculada y sus impecables imágenes surcadas por el dolor y las iniquidades de la existencia. El día que logre ver una película de este director en la pantalla grande va a ser un summum total.

Arrivederci amore, ciao de Michele Soavi (Italia, Francia)
Hace muchísimo que no veía a un protagonista tan hijo de puta. En serio, dan ganas de agarrarlo a patadas una docena de veces a lo largo de toda la peli, y creo que precisamente es eso lo que lo hace tan atractivo. No sé que le pasó a este heredero de Argento, que de golpe dejó de hacer películas de terror y se mandó esta extraña película.

Wall-E de Andrew Stanton (Estados Unidos)
Pixar marca la diferencia en lo referente al cine mainstream infantil, que en realidad de infantil no tiene mucho. Una historia de amor distendida, casi sin diálogos, una parábola deliciosa y refinada en detalles y repleta de referencias al cine clásico. Tiene sus defectos pero por momentos es sumamente intensa; armense de pañuelos.

Tale of cinema de Hong Sang-soo (Francia, Corea del Sur)
Las películas de Hong Sang-soo, como las de su maestro Eric Rohmer, son sabias lecciones de vida y de cine. Yo las trato de dosificar, porque son pocas y mucha la tentación. Por ahora vengo aguantándome bastante bien, pero en cualquier momento sucumbo y veo todas las que me faltan de un tirón. En esta es especialmente sorprendente el tratamiento de personajes, la estructura narrativa elegida y la general originalidad del planteo.

It’s a wonderful life De Frank Capra (1946, Estados Unidos)
El mayor problema de estas listas es que a veces me toca admitir que nunca había visto algunas de estas obras insoslayables. Ya le tocaba el turno a esta maravilla. Desde un punto de vista crítico es un tanto defectuosa, pero qué importa eso si es absolutamente genial y emotiva. Me sorprendí a mi mismo llorando a mares en las escenas finales, y no debe existir otra película que dé más ganas de vivir. Ya me estoy bajando todas las pelis de Capra que encontré.

El hombre de la cámara de Dziga Vertov (1929, Unión Soviética)
Y qué se puede decir de esta obra suprema del cine experimental, del cine documental, del cine todo. Hasta ahora pensaba que sabía algo sobre el séptimo arte, pero me doy cuenta de que no era nadie antes de dar con esto. A los cachorros que no la hayan visto, sépanlo: aún no se enteraron de nada.

jueves, 3 de julio de 2008

WALL·E (Andrew Stanton, 2008)

...y Pixar también anota


Después de pasar 700 años limpiando los despojos de un mundo posapocalíptico cubierto de basura, Wall-E es el único robot sobreviviente que continúa con sus tareas de saneamiento. El simpático personaje -una mezcla de ET y Corto circuito, con un tórax hueco que recuerda al Bender de Futurama-, subsiste regenerándose con energía solar y quitándole piezas a los cadáveres de otros robots. Un buen día es sorprendido por Eva, un avanzado y temerario androide llegado del cielo con el objetivo de encontrar vida orgánica en la tierra.
Vagando sin rumbo por el espacio, una colonia de humanos obesos viaja indefinidamente en una nave. Entes de ovoide complexión que han olvidado que alguna vez su especie habitó la tierra, embebidos en mundos virtuales, sorbiendo alimentos y servidos por máquinas en todas sus necesidades. Eva les traerá una novedad impensable: el mundo es nuevamente habitable.
La película se inscribe en una tendencia fílmica en la que se denuncian los desastres ecológicos así como la alienación del ser humano, como en aquella otra notable parábola animada que fue Bee movie. Los primeros treinta y cinco minutos carecen de diálogos y exponen una compleja historia de ciencia ficción, demostrando un sorprendente uso de recursos audiovisuales para plantear contextos y una interesante capacidad de generar empatía y adhesión por un triste y solitario trozo de metal.
Es particularmente llamativo el delineamiento de la pareja de robots, un cambio importante a las cuestiones de género reflejadas en el cine dominante. El robot de sexo femenino es fuerte, inteligente y poderoso, mientras que Wall-E es temeroso y torpe, y su heroísmo radica en su buena voluntad y una sucesión de circunstancias afortunadas. La inversión de los roles tradicionales suponen una fórmula atípica aún considerando las anteriores obras de Pixar, muchas de ellas escritas por el aquí director y guionista Andrew Stanton (Buscando a Nemo) y que si bien mostraban a mujeres en roles activos, nunca se había llegado al punto de presentarlas como una portentosa antítesis al hombre protagonista.
Wall-E, aprovechando la simpatía y la química entre los dos protagonistas, avanza sosegadamente en sus primeros tramos hasta la llegada de ambos a la nave terrícola, donde se generan notables despliegues visuales, y aspectos donde se plasma la inequívoca maestría del equipo Pixar: el diseño de ciertos personajes -ver el villano timón, o el robot que presiona unos y ceros en un gran teclado-; la imponente seguidilla de planos secuencia a través de la nave que desemboca en un manicomio de robots; el emotivo baile de la pareja protagonista en gravedad cero.
Quizá a alguno le resulte curioso que una comunidad resguardada por robots pueda subsistir durante siglos sin mantenimiento técnico humano, -al fin y al cabo no debe de existir computadora, por muy avanzada que sea, que no se cuelgue de vez en cuando- y sin dudas es llamativo que en el desenlace varios individuos, luego de haber pasado una vida recostados, puedan de golpe y sin haber hecho ejercicios de fisioterapia, largarse a caminar. Pero estas son minucias, y no por ellas la película deja de ser íntegramente disfrutable.

Publicado en Brecha 4/7/2008