jueves, 16 de octubre de 2014

El pasado (Le passé, Asghar Farhadi, 2013)

El estrés potenciado


Hay quienes dicen que las defunciones, los divorcios y las mudanzas son las tres mayores fuentes de estrés. Ahora bien, ¿qué sucede cuando dos de ellas suceden en un mismo momento, o caen justo en una situación ya de por sí conflictiva? Lo más seguro es que los factores de estrés se conjuguen, y que tengamos entonces un estrés potenciado. Para colmo, estas circunstancias de acumulación de conflictos no son excepcionales, sino que hasta puede decirse que es normal que sucedan. En cualquier caso, colocan a la gente en crisis de las que muchas veces es difícil salir ileso, o sin causarle daños a alguien más. 
El gran Asghar Farhadi (A propósito de Elly, La separación) es un director que se ocupa principalmente de este tipo de situaciones. Su material son las crisis personales, pero más particularmente las que son una crisis, sobre otra crisis, sobre otra crisis. Su foco está colocado en los humanos que las atraviesan y que deben poner el cuerpo y apañárselas para resolver esos cataclismos de alguna manera. En la insuperable La separación teníamos un divorcio que, sumado a la ya de por sí conflictiva vida en Irán, se sumaba a un episodio de violencia y a un juicio en un tribunal. Así, se exploraban dos cuadros familiares en una situación límite, de los que se podía extraer una multiplicidad de apuntes sobre la psicología de los personajes y la coyuntura social presentada. 
En esta nueva película la acción tiene lugar en París –el director tuvo suficientes problemas con las autoridades iraníes como para haber decidido no seguir filmando en su país–, hace 4 años que Ahmad (Ali Mosaffa) y Marie (la imponente Bérénice Bejo) están separados, y se trata de esos divorcios que, además, fueron acompañados de una distancia real, ya que Ahmad regresó a su Irán natal. Pero ahora Ahmad accede a viajar a Francia y pasar unos días en su antigua casa, para finalizar los trámites de divorcio y, de paso, ayudar a Marie a apaciguar ciertos conflictos con Lucie (Pauline Burlet), su hija mayor. Pero como es de suponer, las cosas no serán sencillas. De a poco comienzan a surgir las recriminaciones, verdades silenciadas y conflictos mayores, con los sentimientos siempre a flor de piel y un cuadro humano especialmente susceptible, como resultado de una tragedia reciente. 
El guión pareciera construido como un policial clásico, con un misterio a resolver y varios personajes sospechosos, pero a medida que avanza la acción el protagonista comienza a darse cuenta de que todos tienen su implicancia en el problema, todos ocultan información, y que él mismo tiene su cuota de responsabilidad en el drama. Cada diálogo agrega datos para que el espectador vaya completando un complejo rompecabezas, aumentando la tensión in crescendo hasta niveles exhorbitantes. 
El estilo de Farhadi se encuentra muy alejado del cine iraní que acostumbramos ver, sus propuestas son siempre ágiles, intensas, con sorprendentes giros de guión que encauzan o resignifican la narración, sin tiempos muertos y con diálogos incómodos y punzantes que obligan al espectador a tomar posición y establecer un juicio. Todo esto con una dirección de actores sorprendente, con profundidad, riqueza de matices y una sensibilidad extraordinaria. Tener una de sus películas en carteleras es una oportunidad que no conviene desaprovechar.

Publicado en Brecha el 17/10/2014

viernes, 10 de octubre de 2014

Perdida (Gone Girl, David Fincher, 2014)

El enigma inestable 


Es verdad que el director estadounidense David Fincher tuvo un par de traspiés a lo largo de su carrera (La habitación del pánico y El curioso caso de Benjamin Button concretamente) pero son muchos más sus importantes aciertos: Seven, The Game, El club de la pelea, Zodíaco, Red Social. Incluso Alien 3 y La chica del dragón tatuado fueron sólidos y personales ejercicios de género, y hoy su nombre se ha vuelto ineludible a la hora de pasar lista de los más importantes creadores de Hollywood. En éste su décimo largometraje, Fincher vuelve al thriller y al policial negro, sus géneros predilectos. Perdida viene a ser la historia de un hombre (Ben Affleck) que llega a su casa para enterarse de que su esposa (Rosamund Spike) ha desaparecido, dando con algún mueble roto y manchas de sangre que dan la idea de un forcejeo y, casi seguramente, de un secuestro. A partir de entonces la película se centra en una búsqueda y una investigación, con el agravante de que la prensa y los medios de comunicación toman conocimiento del caso y lo siguen escrupulosamente, al punto de convertirse en auténticos hostigadores. 
Curiosamente, la incapacidad expresiva de Affleck cuadra perfectamente aquí, ya que se trata de un personaje conciso del que se puede sospechar alternativamente de su inocencia o su culpabilidad. Pero quien realmente se impone es Spike, en un papel que recuerda esa afición que tenía Hitchcock por las rubias, y los personajes femeninos complejos y sorprendentes por los que se inclinaba. Spike compone una mujer multifacética, cuya niñez era relatada por sus padres y difundida en la serie de libros infantiles ("La increíble Amy"), en los que representaban una versión perfecta de ella, nunca fiel a la verdadera. Así, la película juega y expone, en un gran sarcasmo, la dimensión pueril, falsa, injusta y profundamente inconsciente (ya que causa perjuicios directos) mediante la cual los comunicadores y los medios masivos tergiversan la realidad alimentando prejuicios y preconceptos, definiendo y moldeando el sentir de la opinión pública. Pero lo más atractivo aquí es que son suscitadas en el espectador las mismas sospechas que esa opinión pública tiene, de modo que se lo hace partícipe de un sentir profundamente desagradable: aquel que lleva a clamar por la cabeza de alguien un día, para comprender luego el error propio y erigir, quizá al día siguiente, a ese alguien como un ejemplo a seguir. Como en varias de sus películas anteriores (principalmente Zodíaco), Fincher utiliza el thriller como excusa; si bien aquí el eje principal parece ser en un comienzo el enigma de la desaparición, esto cambia a la mitad del metraje, desplazando radicamente el foco de la narración para comenzar a contrabandear apuntes de otro tipo. Asimismo, se lleva al protagonista a una encrucijada existencial, con un notable vuelo metafórico referente a la "prisión" conyugal y ciertos vínculos de poder existentes en algunas parejas. 
Todo esto, claro está, propiciado mediante una atmósfera acuosa, envolvente y desconcertante en cada momento (la música de Trent Reznor y Atticus Ross juega un papel fundamental), con la capacidad narrativa y técnica de uno de los mejores constructores de climas del cine norteamericano actual.

Publicado en Brecha el 10/10/2014

miércoles, 8 de octubre de 2014

Por qué Orange is the New Black

Cautivas


Cuando uno ve películas europeas centradas en asuntos sociales como las notables Entre los muros, Polisse, El niño de la bicicleta o La hermana lo primero que llama la atención son los grandes contrastes. Hay una gran distancia entre lo que suponen ciertos ámbitos de necesidad del primer mundo y los que se viven en nuestras periferias, donde existen situaciones de miseria consolidada que se reproducen desde hace generaciones, y se cuenta con muchos menos recursos orientados a los servicios sociales, personal reducido y muchas veces poco capacitado. Es decir; existe una diferencia abismal, chocante e ineludible, entre la calidad de vida de los sectores sumergidos de algunos de esos países y los de estas latitudes. "¿De qué se quejan?" podría pensar a priori un espectador tercermundista, considerando semejante contraste. 
Pero si bien se trata de un pensamiento legítimo, es también un tanto tramposo. La tesitura podría conducir a pensar en cualquier aproximación a un tema social como superflua, ya que siempre en alguna parte alguien podría pasarla peor –de infiernos sabe mucho este mundo– y así solo podrían representarse como idóneos ciertos cuadros límites irrespirables. 
Orange is the New Black se ambienta en una cárcel de mujeres en Litchfield, Nueva York. Pero por lo general lo primero que se aclara en las reseñas sobre la serie es que no se trata de una cárcel de máxima seguridad, sino de un espacio en el que apenas se ven barrotes, en los cuales hay habitaciones amplias, buena iluminación, espacios al aire libre y hasta recovecos en donde las reclusas pueden gozar de cierta intimidad. Ellas almuerzan en un amplio comedor, y la cocina presenta platos variados y postre. Además, todas pueden ejercitarse y matar el tiempo ejerciendo un oficio. Es decir, desde una óptica tercermundista, se trata prácticamente de una cárcel modelo. Pero lo bueno de esta serie y de las películas nombradas en el primer párrafo, es precisamente saber problematizar, humanizar y dar cuentas de que, aún encontrándose en condiciones no precarias, los personajes pueden vivir circunstancias que los oprimen, dando cuentas de dramas y tragedias particulares en las que podemos vernos reflejados y que nos permiten entender que en muchos entornos disímiles suelen vivirse situaciones opresivas o directamente abrumadoras. Las enfermedades sociales pueden venir ligadas a asuntos coyunturales diversos como la discriminación, la desigualdad económica, el poder, las estructuras jerárquicas, el abuso o la injusticia, y esta clase de aproximaciones dejan en claro esta realidad. Más allá de la calidad de vida en prisión, el énfasis parecería estar en cómo afecta en la persona el simple hecho de perder la libertad, de pasar a vivir confinado y a ser excluido de la comunidad. 


Rompiendo estereotipos. La historia está basada en los hechos reales descritos en el best-seller autobiográfico Orange is the new black: Crónica de mi año en una prisión federal de mujeres de Piper Kerman. En el libro Kerman, como Piper Chapman –su alter-ego en la serie– cumple una condena de más de un año tras ser detenida por una breve incursión en el narcotráfico. Una vez confinada, entra en contacto con un universo femenino de reglas y dinámicas propias, en las que sus conocimientos universitarios le son en principio poco útiles. Es expuesto el paulatino aprendizaje por el cual debe asimilar y adaptarse a los mecanismos internos imperantes, intentando sortear las amenazas que se ciernen y asimismo ser aceptada por el resto de las reclusas.
En este discurrir se da a conocer una fauna variopinta, personalidades disímiles, representativas de un lugar y de una época. La inefable "Red" (Kate Mulgrew) apodada de ese modo por el color de su cabello pero también por su origen ruso, quien se aboca al negocio clandestino dentro de la cárcel; Alex Vause, (Laura Prepon) ex-novia de Piper y quien en definitiva la condujo al mundo del narcotráfico; la bien conectada Nicky (Natasha Lyonne) ex-drogadicta y ninfómana lésbica; "Pennsatucky" (Taryn Manning, seguramente la mayor revelación actoral del cuadro) quien parece haber quemado todas sus neuronas con la metanfetamina y se encuentra siempre proclive a la hostilidad y al delirio místico; la también inestable "Crazy eyes" (Uzo Aduba), manipulable y especialmente peligrosa, y la increíble Lorna Morello (Yael Stone) quien detrás de una fachada de chica adorable esconde quizá la historia más inquietante de todas.
Estos personajes y una veintena más son los que negocian, traman, despliegan estrategias, se aman o violentan en un discurrir diario dentro de la penitenciaría. Por lo general se utiliza una estructura narrativa de estilo Lost, seguimos a alguna de las reclusas en su vida carcelaria, pero mediante un montaje paralelo se relatan fragmentos de su existencia anterior, las circunstancias en las que vivía antes de ser apresada y, sobre todo, las razones por las que fue condenada. De esta manera se va conformando un universo coral en el que el espectador va nutriéndose de información acerca del pasado reciente de cada uno de los personajes implicados, llegando a conocer más de ellos que quienes los circundan.
Este proceso es uno de los mayores aciertos: los personajes comienzan a ser paulatinamente desestereotipados, y el espectador asiste a un proceso de humanización de cada uno de ellos. Incluso los mismos guardias a cargo de la seguridad de la cárcel van adquiriendo un perfil cada vez más interesante. Si bien en un comienzo podemos pensar en personajes simples, carentes de relieves psicológicos o emocionales (la rubia ingenua, la lesbiana sexy, la loca peligrosa, el guardia abusivo), de a poco van dándose a conocer sus ambigüedades, sus problemas, sus dudas, sus sueños, sus pequeñas alegrías. Entre otras cosas, vislumbramos la forma en que un pequeño cambio en la estructura de poder transforma radicalmente el comportamiento de un personaje. Por ejemplo, "Taystee" (Danielle Brooks), quien en un comienzo se muestra como una chica simpática y agradable, en la segunda temporada adquiere un perfil de bully, dejando entrever costados profundamente reprobables; sin embargo esta metamorfosis es percibida por la audiencia como algo lógico, como parte de una sucesión de acontecimientos que, en definitiva, lo vuelven hasta comprensible. Asimismo Caputo (Nick Sandow), un consejero que a fines de la segunda temporada pasa a ser el nuevo alcalde de la prisión, pese a cierta simpatía intrínseca acaba incurriendo en claros abusos de poder, despertando la sospecha de que pueda convertirse en el "villano" de la siguiente temporada.


Más allá de los géneros. La parcelación o "guetización" en distintos grupos raciales o etarios lleva a las reclusas a ubicarse con los suyos y disgregarse: negras por un lado, latinas por otro, hillbillies o procedentes de las áreas rurales, ancianas, y otras. Estos grupos defienden sus intereses al tiempo que se disputan territorios, generando de a ratos tensos y temibles enfrentamientos.
Además del plantel fijo de personajes, existen siempre en los márgenes una masa de mujeres, extras que funcionan como material de "reposición" en caso de que el guión requiera de nuevos secundarios; asimismo, la llegada de nuevas camadas de reclusas (las nuevas llegan vestidas de naranja, el color que desde el título se nombra de modo irónico, como parte de una nueva moda) asegura la renovación periódica del plantel.
Dotados de un excelente sentido del humor, plagados de diálogos ocurrentes e hilarantes, los guiones dan con la nota perfecta por la cual la comedia se entrecruza con el drama, y el suspenso es desarrollado sin perderse nunca de vista el costado social. Esta cruza de géneros lleva a un registro cambiante, a partir del cual uno puede verse tenso y al borde del asiento en un momento y desternillándose a los pocos minutos. Y vale la pena destacar la forma (brillante) en que se trabaja la ansiedad del espectador: si bien cada capítulo tiene cierta unidad y generalmente sobre el final se cierra su planteo principal, al mismo tiempo se abren y dejan picando otros elementos, quizá más graves, muchas veces más inquietantes. Este factor explica en parte la poderosa carga adictiva de la serie.
Pero hay otra cosa. Más allá de los conflictos, de las luchas internas, de las tramas, las conspiraciones y cierta tensión sexual entre las reclusas, ocasionalmente también surgen ciertos destellos luminosos, momentos de fraternidad sutil en que las chicas descubren, dejan de lado las fachadas, desvelan una nota cómplice en la mirada de la otra. Una humanidad impensada, una conmovedora belleza que se asoma desde atrás de la rígida coraza que se han impuesto y que tanto les hace falta para subsistir.

Publicado en Dossier, Octubre 2014.

viernes, 3 de octubre de 2014

Omar (Hany Abu-Assad, 2013)

El asedio recrudece

Omar es un joven palestino que vive una cotidianeidad por todos conocida. Ya para él se ha vuelto asunto de rutina saltar un muro de ocho metros construído por los israelíes hace una década, esquivar balas y ser hostigado por las tropas de ocupación y sus abusos continuos. Pero este aspecto no se encuentra especialmente enfatizado sino que se muestra de soslayo, precisamente como un aspecto más de su devenir diario. Sin mediarse explicación Omar, junto a dos amigos más, deciden hacerse de un arma y perpetrar un atentado, asesinando a un soldado israelí. La película no plantea un discurso ni toma una posición al respecto, simplemente se expone el hecho, por lo que cada espectador decidirá verlo a su manera: quizá como una acción de inconsciencia extrema, o como la reacción lógica a una situación desesperada, talvez como un repudiable atentado terrorista o, por el contrario, como un heroico acto de resistencia. De cualquier manera, el hecho desencadenará una situación nefasta para los tres muchachos y sus allegados.
La película instala una creciente atmósfera de paranoia, un ambiente de cautela total; todo el cuadro presentado, casi todos los personajes comienzan a sospechar hasta de sus amigos más cercanos. Este clima lo vivió el director en carne propia varias veces en Palestina, y según cuenta, se trata de un sentimiento generalizado y prácticamente arraigado en la sociedad. Las fuerzas del Mosad obligan bajo amenazas a muchos jóvenes palestinos a servirles como informantes y a "infiltrarse" entre los suyos como método de espionaje, inoculando de esta manera en la población el germen de la desconfianza y el miedo al prójimo. Pero quizá el mayor acierto del director neerlandés de origen palestino Hany Abu-Assad (La boda de Rana, El paraíso ahora) haya sido el de vincular en el libreto este sentimiento de paranoia propio de una situación de asedio, con la paranoia de una relación amorosa incipiente. Así, un sentir universal se vincula hábilmente con otro similar, específico del contexto. En una notable entrevista realizada por el sitio web Cuadernos de Oriente Medio, explicó: "Te enamoras porque estás inseguro. Crees que el otro es tan bueno, es mejor que tú, quieres ascender. Por esto es por lo que te enamoras, pero es lo que te hace caer en la paranoia porque te pones a ti mismo en una posición más baja. Nadie se enamorará de alguien que piense que está en una posición más baja como persona, créeme, una de las condiciones del amor es que te pones por debajo del otro. Al principio del amor tienes esta tensión y cada movimiento del otro te provocará paranoia. Cada sms que te llegue, cada cara que te haga pensar que no está enamorado o enamorada de ti, que quizás tenga a otro o a otra… Esta paranoia es muy familiar y es un fenómeno universal en nuestros días"


Abu-Assad afirma haberse nutrido e inspirado en tres tradiciones de thrillers: la americana (Sidney Pollack, por ejemplo), la francesa (pincipalmente Jean-Pierre Melville) y la egipcia, muy poco conocida en occidente. Así, reconoce un humanismo muy particular en esta última, destacando películas como Al-Karnak (Ali Badrakhan, 1975) y A man in Our House (Henry Barakat, 1961). Bebiendo de estas influencias, se despliega una imponente obra de cine social y político, pero también una historia de amor y un drama, dotado a cada minuto de la tensión incómoda propia de esta triple tradición de thrillers
Omar es una película financiada en un 95% por capitales palestinos, rodada principalmente en Cisjordania y por un equipo mayoritariamente palestino, y se ha llevado un buen puñado de premios en festivales (Cannes, Dubai y otros), además de haber sido nominada a mejor película extranjera para los Oscar de este año. Llegando a un gran público, Abu-Assad ha logrado echar luz hábilmente sobre una situación insalubre, acuciante como pocas. Y con el pulso propio de las mejores películas de género. 

Publicado en Brecha el 3/10/2014

viernes, 19 de septiembre de 2014

Hércules (Hercules, Brett Ratner 2014)

La construcción de un mito 

Los 12 trabajos de Hércules no fueron realmente 12, y los monstruos a los que supuestamente venció, o eran gente disfrazada o animales particularmente grandes; en realidad el tipo era fuerte pero iba bien acompañado de un fiel equipo de guerreros que le ayudaba a "montar", mediante trucos, sus hazañas heroicas. Como buen mercenario que era, sí se metía en toda clase de trifulcas riesgosas, pero lo hacía a cambio de nutridos sacos de oro. Por sobre todo, Hércules tenía un primo que era muy bueno contando cuentos y aún mejor inventándolos, y su rol era hacerle de gerente de marketing, apuntalando el mito y convirtiéndolo así en un ídolo para las masas. Si bien algunos crédulos se tragaban estas hazañas fantásticas, otros simplemente las tomaban simplemente como lo que eran, buenas historias. 
Basada en el cómic de Steve Moore, esta película plantea esta interpretación de la leyenda, o una especulación de cómo podría haber sido, de existir realmente, el verdadero Hércules. Ese juego de construcción de mitos, esta batería de trucos e ilusionismo que los personajes despliegan para infundir temor en sus enemigos, es una de las partes más interesantes del planteo. Asimismo, el reclutamiento de Hércules y de los suyos por parte del rey de Tracia para aprovechar la fama del paladín y entrenar y darle ánimo a sus tropas supone un inteligente giro del libreto. Partiendo de esta versión, vuelve a construirse una anécdota de la que nos gusta, con héroes poderosos y hazañas espectaculares. Esta vez la humanización del semidiós y la explicación de sus "poderes" provee una base más terrenal y creíble, y desde allí se da rienda suelta a la imaginación forjando una ficción alternativa, en rigor muy poco creíble, pero libre de los elementos fantásticos que suelen poblar esta clase de películas. 
Uno de los puntos más altos está en las batallas, que retoman lo mejor de épicas como 300 y El señor de los anillos; cobra presencia ese perfil bestial y caótico de cuerpos embistiéndose y fuertes encontronazos, pero sin cámaras lentas grandilocuentes o detallismos inútiles, sin abusos de digitalización, sin monstruos, con regimientos filmados al aire libre y cámaras que se entremezclan en la dinámica de la contienda, con un montaje preciso que permite comprender quién pelea y contra qué, cómo vienen alineadas las tropas y a qué bando pertenecen. Las batallas son, en definitiva, un espectáculo especialmente claro, vívido y vibrante. 
El director Brett Rattner ya había demostrado sus virtudes narrativas con entretenimientos notables como El dragón rojo y Robo en las alturas, y contra todos los pronósticos logra un espectáculo refrescante, dotado de personajes atractivos, una historia llevada con interés y buen ritmo. No será una obra maestra ni mucho menos, pero sin dudas levanta con dignidad el promedio de los tanques mainstream que nos llegan semanalmente.

Publicado en Brecha el 19/9/2014

viernes, 12 de septiembre de 2014

Oculus (Mike Flanagan, 2013)

La imagen multiplicada 

Esta película nos instruye particularmente sobre dos cosas. En primer lugar, que en el cine de terror no importa tanto la anécdota general sino la forma en que viene presentada; no son especialmente relevantes las líneas generales del "cuento" (las que pueden resumirse en breves sinopsis) como la atmósfera, el desarrollo y la concreción del mismo. La historia de un espejo diabólico que asesina cruelmente a todos los que tienen la mala idea de elegirlo como ornamento doméstico puede resultar irrisoria y hasta ridícula contada en frío, pero es muy diferente cuando se presenta con la eficacia con que lo hace esta película. Y el que no lo crea, que reúna la valentía como para ir a la proyección. 
La segunda cosa que nos enseña (y esta vez se trata de algo negativo) es que el terror es sumamente efectivo cuando el objeto amenazante está sugerido, mostrado parcialmente –o expuesto con excesivo cuidado y en el momento justo–, pero contraproducente cuando la presencia se vuelve clara y patente. En este sentido, esta película llega a tres cuartas partes de su metraje utilizando como recurso la sugerencia, jugando con el suspenso de la amenaza inminente, manteniendo así al espectador crispado sin pausas. Pero se manda un patinazo bestial al mostrar cerca del final una suerte de zombie, artificial a todas luces, mal iluminado y peor maquillado. ¿Cómo pudo cometerse un error de ese tenor luego de venir tan bien? Pero cierto es que no conviene descalificar la película por un detalle que apenas dura unos segundos, así que mejor explicar por qué todo el resto es sobresaliente. 
Hace diez años, dos hermanos fueron víctimas de sucesos horripilantes, a partir de los cuales sus padres terminaron muertos y el niño menor fue internado en un manicomio. Ya crecidos, ambos muchachos tienen ideas opuestas sobre lo que realmente sucedió: cada uno con una perspectiva distinta, contraponen notablemente lo racional y lo irracional, las explicaciones sobrenaturales se enfrentan convincentemente con las psicológicas y ambos discursos son desarrollados con una lógica intrínseca perfecta, por lo que cualquiera de ellos podría suponerse cierto. Y como es evidente en estos relatos, luego de una tensión prolongada se impone lo irracional, lo siniestro. La película adquiere momentos de sorprendente intensidad, sobre todo desde el momento en que se conoce que el espejo tiene el poder de alterar completamente la percepción de los personajes, llevándolos a experimentar situaciones inexistentes o pretéritas. Se retoma el horror borgiano del espejo multiplicando y devolviendo una versión distorsionada de la realidad y de nosotros mismos; las cosas adquieren un costado lúgubre y demoníaco, los flashbacks se intercalan y fusionan notablemente con la historia actual, en una construcción paranoica –y notablemente montada– por la cual ni los personajes ni el espectador saben bien qué es ilusión y qué realidad, qué una pesadilla y cuál el más crudo de los panoramas. 
Como en El resplandor o la reciente Mamá, también se echa mano a lo siniestro de descubrir las figuras paternas, quienes supuestamente deben proteger a sus hijos, convertidas en bestias hiperviolentas; horror que, como se sabe, muchos desearían fuera solamente una ilusión. 

Publicado en Brecha el 12/9/2014

sábado, 6 de septiembre de 2014

Entrevista a Michel Ocelot

El maestro luchador  


Michel Ocelot es uno de los grandes maestros de la animación actual, además de ser un cineasta que abrió caminos y logró llamar la atención internacional sobre la animación francesa, gracias a su gran éxito Kirikou y la hechicera (1998). De paso por el Uruguay para presentar su último largometraje mantuvimos una agradable charla, en la que se explayó sobre su pasión por el género. 

La entrevista fue retrasándose. Agendada originalmente para la noche del domingo a las 20 horas, tuvo que demorarse un par de horas más, porque el taller que Ocelot tuvo en la Casa de la Cultura de Maldonado, en el que animó pájaros de papel sobre las ventanas junto a los niños del lugar, había empezado tarde. El temor de este cronista era que el maestro (de 70 años) llegara demasiado cansado al hotel, sin ánimos de conversar o responder mis inquietudes. Pero la idea era infundada. Sonriente y entusiasta, el hombre traía consigo energía para rato y muchas ganas de charlar sobre su trabajo, de cine en general, y sobre las obstinadas luchas a brazo partido que tuvo que dar con productores y distribuidores para conservar su independencia creativa. 
Además de ser un animador de primer nivel, Ocelot es un autor que ha desarrollado un estilo propio reconocible y personal, la animación artesanal de figuras recortadas sobre fondos luminosos, que utilizó para varias de sus películas. Si bien Kirikou... fue la película que lo dio a conocer, varias de sus mejores obras son la fantástica Azur y Asmar (2006), y los cautivantes compilados de cuentos Principes y princesas (2000), Dragones y princesas (2010) y Les contes de la nuit (2011), que lo delatan como un gran amante de los relatos exóticos y clásicos. 

–¿Pasaste tu infancia en Guinea, que hacían tus padres allí? 

 –Fueron como educadores, les gustaba descubrir otros lugares y otras culturas, y viajaban por el mundo.

–¿Se fueron con el cambio de gobierno? 

–No, cuando los hijos crecimos y tuvimos que empezar el secundario volvimos para Francia para que pudiésemos seguir con los estudios. No había liceos en Guinea. Fueron los últimos años de la colonia francesa, los años 50; existía una escuela de la República Francesa, y los blancos mandaban a sus hijos a esa escuela religiosa y no a la escuela pública. Pero mis padres decidieron que nosotros, mi hermano y yo, teníamos que ir a la escuela normal, como todo el mundo. 

–¿Eran los únicos blancos en esa escuela? 

 –Al principio sí. Pero de a poco empezaron a ir llegando otros blancos también. 

–¿Y nunca fueron discriminados precisamente por ser los únicos niños blancos? 

 –Esas cosas no existían. No había problema alguno, nunca tuvimos ni la menor sospecha de que pudiera haber discriminación. Años después, cuando supe del apartheid, de la segregación en los Estados Unidos con ómnibus para negros y blancos, de los baños separados, no daba crédito a esos temas, me parecían una cosa surrealista. 

–Después de que ustedes se volvieron a Francia, en Guinea hubo una dictadura terrible. ¿Volviste a saber de tus compañeros de clase? 

–No volví a saber nada de ellos, pero probablemente hayan sido secuestrados, torturados y asesinados. Ahmed Sékou Touré, el dictador que se instaló con la independencia, eliminó a todas las personas que tenían cierta educación. Nunca más quise volver a ese país. 

–¿Fue en África que conociste el cine? 

–Sí, en la casa de un amigo de mis padres, hubo una pequeña reunión nocturna, pusieron una sábana en la pared, y trajeron un proyector de 16 mm. Me acuerdo clarísimo de esa noche agradable en un jardín abierto, de la luz muy intensa que se proyectaba, y ese traqueteo tan particular. Proyectaron una película que yo nunca olvidé, una animación checoslovaca, dirigida por una brillante mujer que hoy nadie recuerda, Hermina Tyrlova; ella había trabajado junto a Karel Zeman, gran animador, pero sé que Zeman en determinado momento dejó de quererla a su lado. El corto se llamaba La rebelión de los juguetes.

–Puede verse en youtube ese corto... 

–¡Ah! ¿Lo viste? 

–Sí, es sobre un oficial nazi que irrumpe en una casa y los juguetes empiezan a atacarlo... 

–¡Es el primer Toy Story! Pero mucho mejor; los juguetes se ven reales. Porque en Toy Story se nota que no son juguetes de verdad, sino una imagen digital. Pero en este corto, ¡los juguetes se veían como los míos! Era absolutamente mágico, los avioncitos hacían girar sus hélices y volaban por la habitación... 

–Qué curioso que la primera película que viste haya sido justamente una animación... 

–Sí, creo que sí. Me contaron mis padres que en esa época me llevaron a ver Pinocho también, en Francia, y me dijeron que me había puesto a llorar en la sala. En realidad no sé si fue antes o después de esa experiencia en el jardín, pero cuando me preguntan cuál fue la primera película que me gustó me niego a decir que fue una de Disney (risas). Lo que me gustó mucho de Pinocho son los pequeños detalles, las pequeñas cosas que aún hoy me seducen, como el hecho de que Pepe Grillo se acostara a dormir en una cajita de fósforos y se tapara cerrándola como si fuera una frazada. 

–Las sombras recortadas son tu marca característica, podemos decir un rasgo autoral que es reconocido de inmediato. ¿Cuándo te definiste por este estilo? 

 –Lo que la gente cree que es mi estilo es algo que simplemente desarrollé por carencias económicas. Los papeles cortados, las figuras articuladas son el medio más barato de todos para hacer animación. Durante mucho tiempo estuve sin trabajo y tuve que hacer talleres para niños. En un momento me fui a Dinamarca, a Odense (la ciudad natal de Hans Christian Andersen) y di un taller allí; utilicé con los niños diferentes técnicas, y encontré que las siluetas eran muy buenas para ellos. Yo había estudiado el estilo de la animadora alemana Lotte Rainiger, sus películas tienen un encanto arcaico que me interesaba especialmente. Cambiando de técnicas en esos talleres descubrí que las siluetas eran lo más accesible para todo el mundo, en una semana los niños hicieron trabajos increíbles. Con las otras técnicas salieron cosas bastante desastrosas, pero lo que surgió con las siluetas fue sorprendente, parecía un trabajo definido, realmente profesional. Cuando tuve que mostrar los resultados finales, esos fragmentos me salvaron el taller. Y gracias a "los niños de Andersen" yo encontré una forma para desarrollar mi trabajo artístico. 

–La constante en todas tus películas es recoger historias ancestrales de diversas proveniencias (África principalmente, pero también del Medio Oriente, América, el Caribe, el Tibet, Egipto, Japón), ¿qué es lo que te tiene que interesar para que te fijes en una de estas historias? 

–Siempre hay un costado moral, yo creo en la moral y además todo el mundo cree en la moral. A los mentirosos no les gusta la mentira, a los asesinos no les gusta el asesinato, los ladrones no quieren ser ladrones. Esas personas tienen principios morales muy próximos a los nuestros; la moral está siempre a la moda, y un hombre que lucha contra la moral es en el fondo un tipo profundamente moral, porque en definitiva lucha contra la hipocresía. Yo no tengo miedo de mostrar la gente honesta que no come nunca, gente generosa como Kirikou. Además me gustan las historias positivas, pero no pretendo plantear una ayuda ética o moral. En mis cuentos busco siempre que haya una idea que me sorprenda pero no que justifique mi vida y mi accionar. Necesito que haya una sorpresa, y que por detrás de esa sorpresa exista una lógica, un mecanismo que haga pensar. 

–Hablando de la moral, en la preparación previa a uno de los cuentos en Les contes de la nuit, uno de los personajes que está orquestando la historia dice: "¡Pero este cuento es muy inmoral, vamos a tener que cambiarle el final!". ¿Qué había en la historia original que te disgustara? 

–Ah, era la historia de la serpiente de Ouagadougou; en una antigua civilización le dan de comer las mujeres más hermosas del poblado a un monstruo, y el monstruo a cambio les provee inmensas cantidades de oro, una ciudad construida con oro en la que viven. En el cuento clásico el muchacho mata al monstruo y salva a la muchacha, pero finalmente la profecía se cumple, y la ciudad se derrumba. A mí me gusta el cuento pero me parecía que el final era muy desagradable, la moral iba por el lado de sacrificar a la chica y quedarse con el oro, entonces yo opté agregarle una reflexión final, y una revuelta contra el dictador que sustentaba esas ideas. 

–En Príncipes y princesas y en Les contes de la nuit presenciamos la preparación de los cuentos, con personajes que discuten qué características tendrían que tener antes de que los veamos. ¿Querías plantear una aproximación a lo que es el proceso creativo? 

–Hubo dos razones para hacer esos prólogos. La primera es que traté de ganarme la vida: antes de empezar con Les contes de la nuit hacía cortometrajes y no había mercado para ellos, sabía que había sí un mercado en la televisión, pero yo lo detestaba. Entonces decidí hacer cortometrajes de autor, pero les hice un formato que los permitiera hacer pasar como series de televisión, con estos prólogos que tenían los requisitos de una serie televisiva: eran personajes reconocibles que, en un mismo fondo, se repetían cortometraje a cortometraje y lo comentaban adelantando la historia que iban a contar. El otro aspecto es que me gusta compartir el proceso productivo, planteando cómo es que se va haciendo cine. La investigación previa, el diseño de personajes y escenas. Creo que es una forma de incentivar la creación, acercar a los jóvenes a este proceso maravilloso. Es más interesante hacer una película que mirarla, y me gusta mostrar las cosas que me interesan e inspirar a las nuevas generaciones para que hagan cosas.

–Alguna vez dijiste que hacer una película de animación es como dirigir un sueño. ¿Pensás a tus películas como sueños? 

–¿Yo dije eso? Suena bien, pero dudo que sea mío... En realidad no, para nada. Yo sé soñar pero me gusta la realidad, la actividad, la creación. El sueño solo no me interesa, quiero blandir la realidad. Puedo inventar historias pero no soy un soñador, tengo una esencia crítica y necesito crear para bien. La materia de los sueños no me interesa. 

–¿Fue muy complicado dar el salto al largometraje? 

–Cuando yo empecé a hacer mi película nadie creía que un filme de animación francés pudiera ser un éxito. Me costó mucho encontrar financiación y conseguir un distribuidor, y cuando finalmente lo obtuve fue un suceso casi milagroso. Me decían que a nadie le interesaba ver una animación francesa, que a nadie le interesaba el África, y que la película no se iba a exhibir porque se veían senos. Pero se pudo dar la lucha y después de Kirikou y la hechicera empezaron a salir muchos otros largometrajes de animación. 

–Fuiste el primero en hacer una animación con héroes negros, y puede decirse que tu cine va bastante a contramano de lo que suele verse frecuentemente en las pantallas. ¿Obtuviste grandes resistencias culturales a tu estilo? 

–Cuando estaba filmando la primera de las Kirikou al principio no tuve problemas, pero a medida que la película avanzaba los productores empezaron a manifestar cierto miedo por la desnudez de los personajes. Fue un combate difícil durante mucho tiempo, y básicamente luché contra los calzoncillos y los sutienes. Fue una lucha absurda, porque yo sabía que mi filme era puro y que no había ninguna razón lógica para vestir a mis personajes; sabía que a la gente le iba a gustar así como era. África no siente vergüenza de tener un cuerpo. Ese es un gran mensaje que tiene para darnos el continente y sus historias. Si yo les ponía calzoncillos a Kirikou y sutienes a la madre y a la hechicera Karabá, la película se iba a convertir en una porquería televisiva. Estaba ambientando mi película en una pequeña villa africana del Siglo II, y no iba a cambiar las reglas... 

 –Debo admitir que vi hace poco tu última película, Kirikou y los hombres y las mujeres, y la verdad es que involuntariamente me resultó un poquito chocante que los personajes estén desnudos todo el tiempo. Quería preguntarte cómo es posible que aún hoy nos sorprenda algo tan simple como la desnudez. 

 –De parte de los niños yo no veo ningún rechazo a la desnudez, lo toman como lo más natural del mundo. El problema son los adultos, en la civilización occidental el cuerpo es pecado, y hay que taparlo. 

–Tuviste mucha resistencia en los Estados Unidos... 

–Sí, ¡los anglófonos le tienen miedo a los senos! Cuando Kirikou empezó a distribuirse hablaban muchísimo de los senos de las mujeres y prácticamente nada del pito del protagonista, que también puede verse. Llama la atención porque el pene es el sexo, pero los senos no. En los Estados Unidos prácticamente no se dio Kirikou, sólo en pequeñas comunidades culturales. Cuando presenté Azur y Asmar en Cannes tuve una reunión con un par de periodistas estadounidenses por separado y los dos me preguntaban si aceptaría suprimirle la primera escena a la película para poder distribuir la película en Estados Unidos. Yo no entendía nada, pensé que la película se podría pasar perfectamente en los Estados Unidos, porque todos los personajes están muy vestidos. Pero uno de los periodistas incluso llegó a decirme que Azur y Asmar era prácticamente un desafío de Francia a los Estados Unidos. La escena en cuestión es simplemente una nodriza dándole el pecho a dos bebés. En fin, que se veían un poquito los senos. Y esa fue la razón de tanto escándalo. 

–¿Te gusta la animación mainstream actual? 

–No. Soy muy exigente y como espectador de animación mi gran pasión es, cuando voy a un festival, buscar los cortometrajes, que son lo que normalmente me gusta más. La animación americana está bien hecha, pero no me conmueve. Veo esas películas como una fabricación para homogeneizar y algo concebido como medio para hacer mucho dinero. Me gustan las películas personales, en las que hay un artista detrás, y no un mercader. Estas películas norteamericanas se me hacen tan mecánicas que no siento el ser humano detrás, no les encuentro el corazón. 

–¿Y en el cine de animación actual dónde dirías que hay corazón? 

 –Una película que me gustó muchísimo es Persepolis de la iraní Marjane Satrapi; está excelentemente concebida, y me cautivó la honestidad de su técnica. Simple, sin color, y dice sólo lo que hay que decir, ni más ni menos. Mi tipo de animación es bastante diferente del de Satrapi, y ella tiene mucho mejor humor que yo. Y quizá la gran diferencia entre ella y yo es que yo le escapé a cosas terribles que ella vivió en persona... 

–¿Y te gusta Hayao Miyazaki? 

–Sí, por supuesto. Me gustan Miyazaki e Isao Takahata, los dos son grandes autores. Son hombres honestos y hacen lo que quieren hacer, sin nunca haber tenido el éxito aegurado. Hicieron la mayoría de sus películas en una época en que estaba de moda la animación norteamericana pero no la japonesa, y ellos comenzaron una actividad extraordinaria que convirtió para siempre a la animación de su país. El camino que yo abrí en Francia a partir de Kirikou, ellos lograron hacerlo con mayor éxito. Takahata tiene un perfil más bajo, pero yo creo que es de los clásicos que van a durar, y me siento más cerca de él que de Miyazaki. Takahata tiene una película que se vio muy poco que es increíble, y que es lo más anti-comercial que pueda imaginarse. Se llama Goshu, el violoncellista, y se centra en una anécdota impensable: la historia de un tipo que es un músico mediocre, y que a lo largo de la película va aprendiendo a tocar mejor; los animales cada tanto se le acercan y le dan consejos. 

*Se agradece particularmente la colaboración de Ricardo Casas, quien ofició como traductor del francés para que esta entrevista pudiera tener lugar.

Publicado en Brecha el 5/9/2014

martes, 2 de septiembre de 2014

Guardianes de la galaxia (Guardians of the Gallaxy, James Gunn, 2014)

Anti-héroes Marvel 

Abocado frecuentemente al cine de superhéroes, ya el estudio Marvel Films había metido un golazo con Los vengadores, proponiendo un largometraje de los más adictivos, de esos que huelen a matinée, que mantienen al espectador al borde de la butaca durante todo el metraje, encandilado con ritmos trepidantes y un espíritu lúdico desbordante. Si bien este año los blockbusters vinieron muy flojos, desplegando fuegos de artificio rutinarios y repletos de lugares comunes, esta película retoma el nivel de lo mejor de Marvel Films y supone un dichoso reencuentro con el gran espectáculo. 
Un grupo de marginados e inadaptados vaga por un remoto universo sideral: son ladrones, mercenarios, cazarrecompensas, bandidos de la más baja calaña que, como no podía ser de otra manera, coinciden en un mismo lugar queriéndose matar los unos a los otros, y comienzan a conocerse en una forzosa estadía juntos, al interior de una cárcel. El grupo no podía ser más disímil: Zamora, de lustrosa piel color verde, es una asesina perfecta; Quill, un aventurero mujeriego detestado y requerido por media galaxia; Groot, un humanoide con forma de árbol (o viceversa); Drax el destructor, un mastodonte que, consecuente con su apodo, sólo piensa en venganza y, no menos intimidante, Rocket es un pistolero mapache de capacidades intelectuales asombrosas, como resultado de experimentos genéticos. El trazado de los personajes es perfecto (y eso que dos de ellos son íntegramente digitales), cada uno presenta su atractivo y su escondida dosis de humanidad, y la conjunción supone una mezcla explosiva e hilarante, cuyo mayor interés radica en su incorrección. En un universo donde los valores morales no son claros, la vocación auténticamente antisocial de estos energúmenos se convierte en una fuente inagotable de efectivos chistes. 
Si esta base de personajes (lejos de superhéroes, son auténticos anti-héroes dignos de las novelas negras) ya posee un gran atractivo, el guión en su conjunto se presenta como un efectivo ejercicio lúdico. Quill, el protagonista, trae consigo un walkman a pilas con una selección grabada en cassette, cuyo rótulo escrito a mano reza "música buenísima Vol. 1" (el homenaje a la cultura pop de los años ochenta es constante) y todo el libreto está construido en torno a este artefacto y a las canciones allí contenidas, como "Hooked on a Feeling" de Blue Swede o "Cherry Bomb" de los Runaways, que se acompasan con la acción y dan fuerza al relato. Como en la vieja trilogía de Star Wars, la ciencia ficción espacial es una excusa para dejar volar la imaginación y construir un universo brillantemente orquestado de batallas espaciales, tiroteos con armas láser, peleas cuerpo a cuerpo y monstruos de diverso calibre. 
Sobre el desenlace el buen nivel decae un poco, con reiteradas invocaciones a la amistad y a la comunión grupal que caen un poco en lo cursi y echan a perder un poco ese encanto anárquico de los personajes. Por supuesto, esta es la primera parte de una nueva franquicia, y visto el taquillazo que viene significando la primera entrega, es de esperar que vendrán algunas más. Pero de mantenerse el ingenio, el pulso y las ganas de hacer presentes –afortunadamente el director británico y co-guionista James Gunn también estará encargado de la secuela– no habría que dejarlas pasar.

Publicado en Brecha el 29/8/2014

viernes, 29 de agosto de 2014

Relatos salvajes (Damián Szifrón, 2014)

Días de furia  

 

Es un merecido fenómeno. No es nada común que la película más publicitada y difundida del vecino país sea, además de un taquillazo descomunal, una gran obra dotada de nervio e inteligencia, un filme del que podríamos discutir indefinidamente y, como usualmente se dice, un clásico instantáneo. Quizá sea demasiado temprano para predecir el futuro Oscar a la mejor película extranjera, pero vale decir que con su narrativa clásica y su perfil popular y universal, Relatos salvajes ya tiene unos cuantos boletos comprados. 

La apuesta fue inmensa, y la película ya era un éxito incluso antes de ser vista; co-producción argentina-española (producida por Pedro y Agustín Almodóvar) fue rodada en diversas locaciones argentinas (Buenos Aires, Cafayate, Salta y Jujuy) se estrenó en Cannes, cuenta con varias de las más competentes estrellas del cine argentino (Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Oscar Martínez, Érica Rivas, Julieta Zylberberg y Rita Cortese) y en Argentina se estrenó en 228 salas; más que un tanque hollywoodense, más que Maléfica, –que este año se había llevado 220 salas para su estreno– más que Metegol y El secreto de sus ojos, que hasta ahora eran las argentinas que ostentaban el récord. 
No era precisamente un tiro al aire. El bonaerense Damián Szifrón, hoy de 39 años, ya había filmado y escrito dos películas notables, la hitchcockiana El fondo del mar, y el divertidísimo policial a lo Hollywood Tiempo de valientes. Pero seguramente sus mayores credenciales estén en la televisión y el director fue responsable de la ya histórica serie Los simuladores, que alcanzó un pico de 37 puntos de rating en su episodio final y que es para muchos la mejor de las series argentinas. Otro de sus trabajos fue la también notable miniserie Hermanos y detectives.
Lo que no se da todos los días es que un éxito de este calibre sea, además, una película brillante. Por supuesto que en seguida se desató la polémica, que no faltan quienes abominan esta película hasta su último fotograma y que, en definitiva, ayudan a acrecentar aún más su publicidad. 
Quizá convenga aclarar lo que no es Relatos salvajes, y lo que muchos quisieran que fuera. No es el típico cine de denuncia social, ni una obra filosófica, ni pretende una exposición radiográfica de la violencia. Sí puede afirmarse que es una película inteligente. Y con inteligente queremos decir que se trata de una ficción embebida en un mundo perfectamente reconocible. Un cine que se nutre de otro cine pero asímismo de nuestra realidad circundante y que, en ese sentido, motiva al espectador a reflexionarla y verse reflejado. Se ambienta en lugares que todos hemos conocido de una manera u otra: un bar, la ruta, oficinas, un salón de casamientos, y ofrece contextos que nos tocan y de los que podríamos contar historias similares: la corrupción, la violencia clasista, la burocracia estatal, las situaciones trágicas en las que no parece haber salidas favorables, la infidelidad conyugal descubierta. Revanchismo, venganzas personales, justas, injustas, desmedidas, fundadas o infundadas, a veces horrendas, a veces catárticas, a veces visiblemente desacertadas. Si la venganza es un plato que se come frío y es materia como para contar mil (brillantes) historias, la prueba de ello es esta película, que se explaya en una introducción más cinco relatos, brillantemente orquestados, clásicos, dinámicos. Lo más llamativo es que precisamente por ser una película dividida en episodios independientes no haya ningún altibajo considerable en ellos, o algún relato del que exista un consenso de ser ostensiblemente mejor o peor que los otros.

Relatos salvajes está conducida por una dirección precisa y un uso notable del lenguaje cinematográfico, sobre todo en lo que refiere a la condensación de los relatos en breves historias. En este sentido se trata de un guión soberbio; como en las mejores series televisivas, lo primero que llama la atención no es tanto la puesta en escena sino la creatividad volcada en las anécdotas. Este perfil televisivo se desprende de historias cortas en que la narrativa está rápidamente orientada en determinada dirección por un giro de guión (plot point) y que se resuelven en un punto concreto que pone fin a la progresión dramática y a la historia. En un tono de comedia negra, Szifrón apunta a la incomodidad y sobre todo a la molestia que promueven ciertas situaciones en las cuales las pautas de comportamiento se desdibujan, las circunstancias abruman, los manuales de ética hacen agua y los individuos no encuentran otra opción que improvisar y seguir sus instintos (y así, dejar ver quiénes son realmente). No entramos en el terreno de lo razonado y lo razonable, aunque desde la comodidad de una sala de cine podamos juzgar a cada personaje en términos de bien y de mal, de valentía o locura, de corrección o exabrupto. Y otra vez, todos los espectadores sacarán conclusiones distintas al respecto.
"Pasternak", la introducción y el relato más corto, protagonizado por Darío Grandinetti, ya deja bien en claro las pautas de lo que vamos a ver. Es, visto fríamente, poco más que un sketch, una ocurrencia con toques delirantes. Pero el planteo es verosímil, comienzan a acumularse sutilmente datos racionales, creíbles, que comienzan a articular mecanismos psicológicos para dar paso al suspenso más intempestivo. Entramos en los terrenos del relato más clásico y atávico, la clase de historias que podríamos escuchar en la oscuridad, en torno a un fogón. No en vano esta introducción es, de todos los episodios, el más improbable, el que ofrece la propuesta menos creíble. Y aquí surge la pauta de por qué convendría ver la película como un entretenimiento y no tanto como el reflejo de una contingencia social. 


Lo cual no quita que sí se preste para lecturas sociológicas. El episodio "El más fuerte" protagonizado por Leonardo Sbaraglia no deja de ser elocuente acerca de los odios de clase, presentando a un muy desagradable yuppie que conduce su auto desde Salta hacia la capital, muy pendenciero adentro de su coche y un perfecto pusilánime cuando carece del amparo de su armatoste. Las clases sociales también están muy presentes en la "La propuesta" que, al parecer de este cronista, es el más perfecto de los episodios, y presenta a Óscar Martínez interpretando a un padre de familia cuyo hijo adolescente acaba de atropellar a una mujer embarazada en la calle. Como pocas historias, el durísimo planteo nos coloca en una situación terrorífica por la que comprendemos el accionar de cada uno de los implicados, aunque no podamos ni queramos empatizar con ninguno de ellos. En su resolución, como no podía ser de otra manera, la violencia golpea al eslabón más débil del cuadro. En "Bombita" el protagonista, un cincuentón de la vieja guardia, se enfrenta a las nuevas formas de burocracia, a pobres muchachos que no tienen superiores con quién hablar ni los conocen, a un sistema que lo piensa como una máquina de entregar billetes y no como a un individuo. "Hasta que la muerte nos separe" es el episodio más almodovariano y, en una sóla noche, justo una noche de bodas, condensa notablemente toda una sucesión de hechos que suelen desplegarse a lo largo de años en muchos matrimonios. Se propone así un brutal sarcasmo acerca de la institución monogámica y de una inercia farsesca en la que hoy pocos creen.
Decíamos que se trata de una obra profundamente incómoda, y seguramente sea ése su principal mérito. Tratándose de una película comercial, es realmente loable que no juegue para la platea, que no proponga simpatías fáciles –nótese cómo uno de los primeros rasgos que conocemos del personaje más querible del cuadro, el interpretado por Ricardo Darín, es su clara omisión como figura paterna–, ni plantee resoluciones tranquilizadoras, que nos coloque en situaciones límite que nos llevan a pensar y repensar los episodios y a nosotros mismos, ya que nada de lo presentado en los fotogramas podría sernos del todo ajeno. Y el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.

Publicado en Brecha el 29/8/2014

lunes, 25 de agosto de 2014

Las mejores películas (XXIV)

Se me dio por chequear las fechas, los números y esas cosas y me sorprendí un poco. En setiembre este blog estará cumpliendo 7 años. Esta entrada es la número 390, y aquí llegamos a las 240 películas recomendadas en esta sección llamada "las mejores películas". O sea, que como nadie promovemos y apoyamos desde aquí las indigestas de celuloide, y tal es el autismo propio que nunca festejamos aniversarios ni números redondos ni nada que se le parezca. Así que basta de perder tiempo, y a disfrutar de lo que más nos interesa:

La jaula de oro de Diego Quemada-Díez (México, España, Guatemala) 
El viaje sobre "La bestia" o "El tren de la muerte" a través de México y con destino a la frontera con los Estados Unidos supone un infierno para los migrantes que pretenden atravesar el país en dirección a la tierra prometida. Los policías de migración quizá no sean mejores que los narcotraficantes, y este nuevo exponente del cine-denuncia da cuentas de los abusos que ocurren diariamente en la región. Actores no profesionales, un abordaje de ficción con apariencia de documental y una historia que hiela la sangre propician un cuadro humanista, con una de las desapariciones más terribles y verosímiles que haya dado el cine. El desenlace también es de antología. 

La colina de las amapolas de Goro Miyazaki (Japón) 
Otra vez el estudio Ghibli echa mano a la nostalgia y a la recreación histórica de un mundo pasado. Con un libreto co-escrito por Miyazaki padre y la dirección de Miyazaki hijo, esta emotiva película explaya con profusión de detalles la historia de Umi, una chica que convive con una numerosa familia en la ciudad de Yokohama de 1964. Por la ausencia de su madre, Umi lleva una abnegada rutina de trabajo y estudio, poniéndole el pecho a las adversidades (recordemos que en Ghibli las que ponen los huevos son las mujeres). Cuando conoce a Shun, también entrará en contacto con la militancia gremial y un edificio comunitario repleto de historias. 

Compliance de Craig Zobel (Estados Unidos) 
La obediencia puede ser nuestro peor enemigo, y nada lo demuestra mejor que esta impactante película. En una cadena de comida rápida, una cajera es acusada de robarle a un cliente, y la gerenta del local debe hacerse cargo de su vigilancia y cuidado hasta que llegue la policía. Un thriller realista pavoroso, increíblemente bien filmado y que sabe mantener al espectador crispado durante todo el metraje, además de una película de esas que deberían incorporarse a los programas obligatorios de los secundarios. De paso, los cineastas del cine de terror deberían tomar nota y aprenderse de aquí una cosita o dos. 

Guardianes de la galaxia de James Gunn (Estados Unidos, Reino Unido) 
Un grupo de asesinos, cazarrecompensas y ladrones del espacio, después de querer matarse entre sí, deben unirse para escapar de una prisión y enfrentar un enemigo en común. Al nivel de Los vengadores, lo mejor que han hecho los Marvel Studios hasta el momento. Da gusto ver a este puñado de antisociales energúmenos cagándose en todo, repartiendo piñas y poniéndole el pecho a los rayos láser; el abordaje lúdico da paso a grandes despliegues visuales, a la acción más trepidante y al homenaje ochentoso. Gran exponente del cine-espectáculo, con batallas espaciales como las de antes y mucho olor a pop y refresco. 

Trabalhar cansa de Marco Dutra, Juliana Rojas (Brasil) 
Abrir un pequeño negocio y regentearlo puede ser el sueño de muchos, pero cuando Helena, una mujer cuyo marido acaba de ser despedido del trabajo, inaugura un minimercado barrial, las cosas comienzan a complicarse sobremanera: problemas con los empleados, las cifras que no cierran, ausencia de clientes y ganancias escasas. Pero lo que parecería peor es que oscuros secretos del local alquilado comienzan a emerger, dando cuentas de un pasado pútrido que comienza a mortificarla. El terror psicológico se sintetiza notablemente con el realismo social, generando una de las películas más personales y particularmente inquietantes del cine brasileño actual.

The Purge: Anarchy de James DeMonaco (Estados Unidos, Francia)
Para los ricos, la noche de la expiación significa quedarse en sus búnkers y esperar que todo pase pronto o, en su defecto, si son un poco más enfermitos, en armarse con todo lo que tienen y salir a aniquilar gente por la calle. Para los pobres, o los que por desdichas casuales quedaron expuestos, significa en cambio una muerte casi segura. Quién lo diría, una película de género con conciencia de clase, con notables ocurrencias y giros de guión, un suspenso constante y escenas de acción a la altura. La secuela superó con creces a la original. 

Manual del macho alfa de Guillermo Kloetzer (Uruguay) 
Los hombres podemos aprender mucho de los lobos marinos en lo que refiere a perseverancia, cortejo y cópula, y este divertidísimo documental ofrece, en once lecciones básicas, todo lo que se necesita para triunfar con las féminas de nuestra especie. La estructura narrativa, el abordaje humorístico, la humanización por el absurdo, la división animada en capítulos y la voz en off de César Troncoso proveen a la película de un toque lúdico muy atrayente y entretenido, sin evitar, de todas maneras, el drama, la tragedia y las grandes injusticias que trae consigo esta nutrida fauna en su dinámica natural. Una de las grandes sorpresas del cine nacional de este año. 

La mirada del hijo de Calin Peter Netzer (Rumania) 
Cine rumano en su estado más puro. Una madre dominante ha perdido el poder que tenía sobre su hijo, quien se mudó a un apartamento con su esposa y ya no le dirije la palabra. Pero cuando el hombre protagoniza un incidente trágico (atropellando de muerte a un niño en la ruta) ella vuelve a tomar las riendas y se echa sobre los hombros su defensa, moviendo influencias, sobornando gente, internándose en ambientes inhóspitos para evitar que lo encarcelen. Sutilmente, en el recorrido se van develando burocracias sucias, mecanismos de manipulación y un perfil psicológico muy particular. 

Después de Lucía de Michel Franco (México, Francia) 
Tras la muerte de su madre, una adolescente comienza las clases en un nuevo colegio, pero por un descuido nefasto y mucha mala suerte pasa a ser blanco de las más sanguinarias burlas por parte de sus pares. Si La jaula de oro les pareció una película dura de ver, entonces ármense de valor antes de exponerse a esto. El cine mexicano la da con un mazo al espectador, concibiendo un cine de denuncia demoledor, pertinente e incisivo. Acá le tocó el turno a la temática del bullying, demostrando que no se trata simplemente de una preocupación de moda sino de una temática difícil de tratar, determinante y atroz. 

La gran noticia de Lionel Baier (Suiza, Francia, Portugal) 
En el año 1974, tres periodistas suizos parten como corresponsales al Portugal de la dictadura salazarista para cubrir noticias absolutamente intrascendentes: la ayuda económica que la Confederación Suiza da al país. Pero por una casualidad del destino, los periodistas llegan justo en el momento en que está ocurriendo la histórica Revolución de los Claveles. Viéndose atrapados y envueltos en ella, supone para ellos, por fin, la manera de cubrir una noticia realmente trascendente y, quizá, de dar un salto en sus carreras. Sarcástica, divertida y con certeros apuntes críticos, una experiencia de liberación, amor libre y flower power.