viernes, 23 de enero de 2015

Corazones de hierro (Fury, David Ayer, 2014)

Bullshit

¡Cómo le gusta a Estados Unidos su rol en la Segunda Guerra Mundial! El cine de Hollywood revisita todo lo que puede y se regodea en aquella participación en que los marines salvaron el día y en la ofensiva en la que no solo ellos pero sí en parte, pusieron un punto final al conflicto. Pero claro está que no estamos hablando de Hiroshima o de Nagasaki –eso ni se nombra en el cine dominante– sino de cómo se incursionó en una Europa asediada por los nazis logrando reestablecerse un orden perdido. Esta película se centra en un grupo de cinco soldados a bordo de un tanque Sherman, en plena cruzada final dentro del corazón mismo de la Alemania nazi, tan sólo unos meses antes del suicidio del Führer
Es muy curioso como un planteo que utiliza antihéroes rayanos en la locura acaba convirtiéndolos en verdaderos héroes caídos, en ejemplos a seguir. Esto es difícil de aceptar y asimilar, porque en un comienzo queda claro que son poco más que un puñado de lúmpenes: psicópatas, violadores, asesinos y saqueadores exaltados, descarriándose impunemente en tierra de nadie. Genial; hasta ahí podía considerarse que la película desplegaba una crítica feroz al frente norteamericano y a la guerra en todas sus expresiones. Pero cerca del final se los empieza a mostrar como hombres valientes, como seres queribles a pesar de todo lo malos que hayan podido ser, como individuos que no solamente son necesarios, sino que además son piezas fundamentales en contiendas que cambian la historia para bien; el abordaje se torna triunfalista, los redime. El director y guionista David Ayer (Día de entrenamiento, En la mira) parecería decir que lo que tienen de bueno los conflictos bélicos es que les da un papel a los marginales, a los antisociales, proveyéndoles un status y un nombre, dándoles un trabajo digno que, como ellos mismos dicen y repiten varias veces, es "el mejor del mundo". Pero la indignación del espectador puede devenir en auténtica náusea cuando los protagonistas citan versículos bíblicos en los que dan a entender que son enviados de Dios, quien les dio una misión, los puso adentro de ese tanque y los mandó a tierras extranjeras a diezmar enemigos. 
Esta es una de esas películas que parecería plantear la guerra como si fuera un videojuego. Uno no exento de violencia (más bien lo contrario) y dotado de varias misiones y objetivos específicos, concentrado en un despliegue en el que se coordinan las diferentes habilidades de cada uno de los personajes implicados. Se piensa la masacre con una visión estratégica, racional, fría y metódica. La vistosa fotografía y un montaje preciso dan cuentas de una acción siempre clara y comprensible, las balas se ven con un trayecto luminoso, casi como si fueran los rayos láser de Star Wars (un colega me advierte instruyéndome que esas balas trazadoras ciertamente existían, pero sólo se usaban en proporción de una cada diez, para señalar el recorrido de las ráfagas de metralleta). En definitiva, se vende la guerra como algo desagradable pero a su vez como un desafío adrenalínico, como un emprendimiento que podría volverse hasta adictivo para sus participantes. 
Si la idea es reclutar gente para engrosar las filas del ejército norteamericano, los responsables de este "tanque" deberían darse por satisfechos. 

Publicado en Brecha el 23/1/2015

viernes, 16 de enero de 2015

El otro lado del éxito (Clouds of Sils Maria, Oliver Assayas, 2013)

Estrellas en conflicto 

Esta película ofrece no uno sino varios interesantes juegos de espejos. No cuesta demasiado darse cuenta de que el personaje de Maria Enders, encarnado por Juliette Binoche no es otro que el de ella misma, una actriz entrada en años que continúa siendo una estrella internacional y a quien le llueven los contratos (es increíble el azaroso parecido que se ha dado entre este personaje y el de Julianne Moore en Polvo de estrellas, de Cronenberg). Por otro lado, hay dos actrices jóvenes que la circundan; en primer lugar, Kristen Stewart, auténtica celebridad que se catapultó a la fama con su protagónico en la saga Crepúsculo, y que interpreta aquí a su secretaria personal, la ayudante que oganiza su agenda y le acompaña para aprenderse los guiones. Luego, la notable Chloë Grace Moretz, nueva estrella de Hollywood que aquí interpreta a un símil, aunque con el matiz de que se trata de una muchacha envuelta en escándalos y rodeada de paparazzi pese a su prematura notoriedad. Lo curioso con ambas actrices es que parecerían estar cruzadas; mientras Kristen Stewart sí estuvo implicada en ruidosos y tempranos líos mediáticos, Grace Moretz por ahora ha sabido mantener un bajo perfil y parecería al margen de los escándalos públicos. 
Los juegos de espejos se continúan. Enders (Binoche) atraviesa una crisis, ya que debe interpretar a un personaje manipulable, inestable, patético desde su perspectiva, que la lleva a cuestionarse aspectos de su propio devenir vital. Durante las lecturas del guión que tiene con su joven ayudante se refleja vívidamente el vínculo laboral y afectivo que ellas mismas atraviesan en ese momento. El paralelismo llega a tal punto que el espectador confundirá de a ratos si el diálogo que están llevando es propio de los personajes o de esos otros pertenecientes a la obra que están ensayando. Y como bien han señalado varios cronistas, esta película a su vez evoca varios históricos duelos actorales femeninos existentes, como el de Bibi Andersson y Liv Ullman en Persona, o el de Bette Davies y Anne Baxter en All About Eve. Como en esos casos, la confrontación supone también una extraña simbiosis, ya que una puede verse como la otra más joven y viceversa, y vale decir que, por asombroso que parezca, Stewart se mantiene a la altura de las circunstancias (compartir protagonismo con Binoche no debe ser fácil). 
El director Oliver Assayas (Irma Vep, Los destinos sentimentales) suele desempeñarse en un cine muy francés; cerebral, sugestivo, multirreferencial, especialmente bien logrado en lo que refiere a plasmar situaciones cotidianas, con diálogos en apariencia casuales y situaciones coloquiales. En definitiva: se trata de un gran director de actores y de un maestro del artificio. Así, esta película supone una agradable experiencia y un ejercicio recargado de significados, aunque queda la impresión de que, como el que mucho abarca poco aprieta, el guión se pierde un poco en ese juego y no se logró profundizar en el conflicto y darle la carga dramática necesaria. Es de suponer que, con tan buen material humano, se podría haber obtenido un mayor vuelo emocional o audiovisual, y es algo que quedamos esperando. 

Publicado en Brecha el 16/1/2015

jueves, 8 de enero de 2015

Exodo: Dioses y reyes (Exodus: Gods and Kings, Ridley Scott, 2014)

Realista y sin mandamientos 


Esta película trae de todo: lagartos asesinos, plagas bíblicas, ríos de sangre, ejércitos que se dan de palos, un dictador malévolo que esclaviza y ejecuta gente de a decenas y se confronta con un profeta libertario confabulado con un dios vengativo. Qué más podría pedirse. 
Vista esta acumulación de elementos, podría pensarse que se trata del típico blockbuster divagante, ruidoso, de montaje hiperveloz, repleto de efectos especiales. Y la verdad es que se encuentra bastante lejos de eso. Como en la reciente Hércules, la historia mítica se aborda desde una perspectiva realista (claro que con salvedades; por ejemplo hay que hacer caso omiso a que tanto hebreos como egipcios hablen todos buen inglés), algo así como una especulación racional de cómo podría haber sido, de haber existido, el relato bíblico de Moisés y su rebelión. Así, las 10 plagas son terroríficas (los mejores tramos de la película) pero carecen de componentes fantásticos, la apertura de las aguas del Mar Rojo no se presenta como un milagro divino sino como una circunstancial bajada de la marea, la escritura de los mandamientos no acontece gracias a un rayo celestial sino que es el mismo Moisés que los esculpe a mano y Dios está representado por un niño que sólo el profeta puede ver, lo que deja abierta la posibilidad de que el protagonista esté desvariando por haber recibido muchos golpes en la cabeza. 
El veterano Ridley Scott (Blade Runner, Alien, Gladiador, Prometeus) plantea una trama en el que se da tiempo para el desarrollo de personajes, con un relato lineal, clásico, cristalino. En su primera mitad este desarrollo puede resultar un tanto lento y tedioso, pero una vez que Ramsés el faraón se convierte en el villano que amamos detestar, la guerra está declarada y acometen las terribles plagas, se entra de lleno en un relato contundente, sustentado en un texto original imperecedero y en el buen pulso de Scott para plasmar deslumbrantes escenas en exteriores. No deja de ser llamativo que a diferencia de otras aproximaciones fílmicas al personaje, aquí no tenga lugar una lectura de las tablas sagradas, lo que parece ser todo un síntoma de la corrección política imperante en Hollywood. Quizá hoy ya no suenen tan bien un puñado de mandamientos que machacan con la existencia de un único dios, o uno más bien orientado al sexo masculino: "no codiciarás la mujer de tu prójimo", bastante cosificador para los tiempos que corren. De todos modos Scott, agnóstico declarado, se las ha ingeniado para herir sensibilidades, y la película no se proyecta en Egipto, Marruecos y los Emiratos Árabes por falsificar la "historia" y personificar la imagen de Dios. También vale decir que debe de ser difícil concebir hoy en día una película centrada en un personaje de crucial importancia para el judaísmo, el islam, el cristianismo y el bahaísmo, y hacerlo sin ofender a nadie.

Publicado en Brecha el 9/1/2014

domingo, 28 de diciembre de 2014

Las mejores películas (XXV)

Por acá aclaro que no es mi top 10 de mejores películas del año, sino simplemente otra selección personal de esas que hago cada varios meses con lo mejor que he visto recientemente. Si a alguien le interesan mis diez mejores del año, pueden ver el listado en Facebook, y de paso le dan el "me gusta" a la página, que siempre vienen bien las nuevas adhesiones. En fin, les deseo a todos un 2015 con mucho cine del mejor... ¡Salú!

Omar (Hany Abu-Assad). Palestina.
Las fuerzas del Mossad obligan bajo amenazas a muchos jóvenes palestinos a trabajar para ellos y que les faciliten información sobre cualquier posible ataque, lo que genera un ambiente de tensión y cautela total entre la población. Si a la incertidumbre de no saber si tu mejor amigo está contigo o con los otros le sumamos la incertidumbre imperante en las relaciones amorosas incipientes, el resultado es una paranoia potenciada, plasmada notablemente en esta película. En clave de género, una excelente aproximación al conflicto israelí-palestino que más que un conflicto es un asedio constante, una mortificación intolerable y una verdadera masacre.

Relatos salvajes (Damián Szifrón). Argentina / España.
El taquillazo rioplatense del año y probablemente el futuro óscar a mejor película extranjera es también, sorprendentemente, una gran película. Szifrón propone una serie de cortos referidos a la violencia urbana, colocando a los personajes en situaciones límite en las que se pierde la brújula, los manuales de comportamiento y la compostura, y se comienza a dar rienda suelta a los instintos. Plagada de momentos inolvidables y equilibrando notablemente el humor con el drama, alcanza un brillante clímax almodovariano en un casamiento en el que se patean todas las buenas formas y se resume en minutos el recorrido que muchas parejas despliegan a lo largo de años. Una película incómoda y al mismo tiempo adictiva, que reúne además a un elenco formidable.

El tigre blanco (Karen Shakhnazarov). Rusia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, un tanque invencible apodado "El tigre blanco" diezma completamente a todos aquellos que le hacen frente. Pero lo más asombroso del asunto es que, si bien causa estragos en las filas soviéticas, los nazis, igualmente sorprendidos, no lo manejan ni comprenden de dónde diablos salió. Pero el aspecto fantástico no se termina allí. El único ruso sobreviviente a este tanque "fantasma" es un tipo que, pese a haberse incinerado completamente de pies a cabeza, continúa vivo y se ha regenerado completamente, sin quedarle un rasguño en todo su cuerpo. Con un atípico abordaje histórico-realista, una alegoría descomunal.

The Imposter (Bart Layton). Reino Unido.
El tipo es un mitómano tan bueno, un profesional de la mentira tan eficiente que logró convencer a una familia de Texas de que él era su niño desaparecido, a pesar de ser siete años mayor que el susodicho, tener acento francés, ojos marrones y pelo oscuro. La propuesta documental desconcierta desde el primer minuto, está llevada con un ritmo endiablado, y la narración es demasiado inquietante. El acercamiento a perfiles psicológicos tan complejos –y no estoy hablando solamente del impostor, sino también de la familia que lo "adoptó"– conduce a reflexiones mayores sobre ciertas razas de gente, de las que todos conocemos algún ejemplar.

El pasado (Asghar Farhadi). Francia.
El gran Farhadi arremete una vez más con una película que, quizá no sea tan importante como La separación o About Elly, pero que está llevada con su maestría característica. Un reencuentro de un padre divorciado con su antigua familia empieza a destapar reproches y broncas guardadas, secretos ocultos y errores gravísimos. Pocos cineastas logran meterse en la cúspide de un conflicto con tal elocuencia, desplegando todas las razones, las implicancias, los miedos de los personajes enfocados, dotando de profunda humanidad a un cuadro complejo de esos que alguna vez toca enfrentar en la vida.

Nymphomaniac (Lars Von Trier) Dinamarca, Alemania, Bélgica, Reino Unido, Francia.
Von Trier vuelve a arremeter con otra película pretenciosa, deliberadamente provocativa, multirreferencial y trascendental. Y lo hace con dignidad. Nunca el director danés se pareció tanto a Bergman, con diálogos graves y recargados, ambientes hipnóticos y de ensueño y una profundidad conceptual envidiable. La historia que Joe le relata a Seligman está dotada de un atractivo constante, y supone el enfrentamiento moral entre una adicta al sexo y un hombre asexuado y virgen, una trotamundos experiente y un biblófilo desconectado. La que recomiendo es la versión completa, que dura 5 horas y media. No se asusten, está dividida en dos volúmenes, y se pasa volando (una temporada de serie les insume muchísimo más, no sean vagos...).

What We Do in the Shadows (Jemaine Clement, Taika Waititi). Nueva Zelanda.
Los geniales creadores de la serie Flight of the Concords dirigen y actúan en este desternillante mockumental. Una aproximación a la convivencia de cuatro vampiros en una casa, cada cual nacido en una época distinta (el mayor tiene 8 mil años) y con hábitos propios, que chocan con los de los demás. Pese a las discrepancias y a algunos enfrentamientos, el grupo debe asegurarse la supervivencia e integrarse a la noche de Wellington, aguzando sus armas de seducción, tratando de comprender los nuevos hábitos y confrontándose con los hombres lobos, eternos antagonistas que también merodean las calles.

Jîn (Reha Erdem). Turquía / Alemania.
Una muchacha kurda de 17 años, harta de un conflicto inacabable, desierta de la guerrilla e intenta retornar a su casa con su familia, pero es muy difícil esconderse y trasladarse entre pueblos, esquivando el fuego cruzado de ambos lados, las bombas y los militares turcos. Jin se las ingenia para sobrevivir a la intemperie, pero el entorno es hostil y seguramente el mayor de los peligros sea el propio ser humano. Muy bien filmada y agradable a los sentidos, de esas películas que suponen un acercamiento diferente a una situación insalubre de la que hoy ya ni siquiera nos llegan los titulares.

Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul). Suecia, Reino Unido.
Esa clase de documentales que cuentan historias increíbles, de las que uno no puede terminar de dar crédito. Un músico mexicano que grabó un par de discos a fines de los años sesenta en Detroit sin llegar a nada, se convirtió en un éxito masivo en Sudáfrica, en un símbolo de lucha contra el apartheid y en un referente ineludible para toda una generación. Pero el artista nunca se enteró de todo esto y, de hecho, nadie en Sudáfrica parecía saber nada de su vida ni de su paradero. Este documental durante su primera mitad es una búsqueda y una investigación, y luego se convierte en otra cosa, pero no pienso arruinarles la sorpresa.

Oculus (Mike Flanagan). Estados Unidos.
Un antiguo espejo esconde una fuerza ancestral maligna. La anécdota puede parecer manida y hasta irrisoria, pero en el cine a veces importa más el qué que el cómo. Y cómo asusta esta película. Ya es la decimocuarta de terror psicológico yanki de la temporada, con fenómenos paranormales, maldiciones familiares, casas amplias, demonios hostigadores, espíritus que aparecen al fondo y atrás de los protagonistas, puertas que se cierran, oscuridad y sobresaltos inesperados. Pero puta madre, qué bien que viene funcionando este género. Desde que Hollywood le "robó" la fórmula del miedo a los asiáticos, la viene plasmando de maravillas.

martes, 23 de diciembre de 2014

Nymphomaniac (Lars Von Trier, 2013)

La moral en disputa



En un callejón congelado, Seligman (Stellan Skarsgård) se encuentra con Joe (Charlotte Gainsbourg), una mujer salvajemente golpeada, casi sin conocimiento. Seligman la lleva a su apartamento, donde ella comienza a reponerse y, al mismo tiempo, a contarle la historia de su vida. No sin antes avisarle a su interlocutor: "va a ser larga y moral, me temo". También va a ser, naturalmente, una historia condimentada con mucho sexo, ya que Joe es una asumida ninfómana. Desde entonces, la película se divide en ocho capítulos referidos a diferentes etapas de su existencia, flashbacks que van alternándose con la conversación en el apartamento. 
La película en su totalidad dura cinco horas y media, y es por eso que, para hacerla más accesible se implementó lo mismo que en Kill Bill: un corte que la divide en dos volúmenes, en este caso el primero de 145 minutos y el segundo de 180 (también hay una versión más corta para una distribución comercial, pero se recomienda reuirle). Pese a lo que pueda parecer, ambas entregas son inmensamente llevaderas, mantienen siempre su interés y están dotadas de un muy buen ritmo general, en el que se alternan diálogos con secuencias poderosas. 
Se trata de la última película del danés maldito Lars Von Trier (Contra viento y marea, Bailarina en la oscuridad, Dogville, Anticristo), y muchos preverán que, siendo de su autoría, será una obra pretenciosa, deliberadamente provocativa y multirreferencial, y estarán muy en lo cierto. Por supuesto, lo que mediáticamente se ha machacado y subrayado respecto a Nymphomaniac es la explicitud de algunos tramos, escenas de sexo que involucran a los mismos actores profesionales. Pero esto no quiere decir que sea una película pornográfica ni mucho menos, hay secuencias más o menos explícitas, sexo oral y coitos filmados directamente, pero en cualquier caso son tomas fugaces y secuencias breves que, a esta altura del partido, dificilmente puedan escandalizar a alguien. En definitiva, quiza el 90% del metraje los personajes se la pasan con sus ropas puestas, y es de señalar que estas breves escenas de sexo aparentan ser necesarias y hasta indispensables para narrar la historia, además de que son elocuentes acerca de la psicología de los personajes y cuentan, también ellas, con un desempeño actoral sustancial, repleto de gestos y matices.


Nunca antes Von Trier se había parecido tanto a Bergman, por sus diálogos graves y recargados, sus ambientes hipnóticos de ensueño y su riqueza conceptual. La larga conversación entre Joe y Seligman supone un imponente duelo actoral con cierta tensión subyacente, pero asimismo el encuentro de dos mundos: la adicta al sexo se confronta con el hombre asexuado y virgen, la trotamundos experiente delibera con el biblófilo igenuo; así, dos morales distintas entran en disputa. Mientras Joe va relatando su accidentada historia, las referencias al arte, a la naturaleza, a las matemáticas, la religión, la música, la pesca y la literatura suponen contrapuntos que invitan al espectador a reflexiones profundas y constantes. Bach, las teorías numéricas de Fibonacci, el simbolismo cristiano, todo encuentra aquí su quever con el sexo y la búsqueda descarriada de placer, que en definitiva no deja de ser otra cosa que la historia del hombre y hasta de la humanidad misma. 
Hay tramos que son de antología. Una participación de Uma Thurman que no debe durar más de quince minutos es un prodigio actoral y una escena absolutamente intensa y desconcertante, en la que ella obliga a su marido infiel y su amante ninfómana a presenciar una situación de abandono, con hijos incluidos. Otro clímax tiene lugar al final del primer volumen, cuando la protagonista plantea un paralelismo entre la polifonía musical y la experiencia de tener varios amantes sucesivos; el montaje rápido y la pantalla dividida construyen un crescendo notable, interrumpido finalmente por una revelación. La escena final del segundo volumen es un inesperado tramo donde Von Trier vuelca todo su más rasante nihilismo característico y, como de costumbre, lo hace con desconcertante puntería. 
Es muy interesante el abordaje descontracturado con el que Von Trier presenta las relaciones sexuales. Una escena en que la protagonista tiene sexo con dos hombres negros al mismo tiempo, lejos de exponerse como algo chocante o sórdido, está dotada de un sorprendente sentido del humor. Siempre desde una perspectiva femenina, las hazañas sexuales de la protagonista son presentadas con audacia, como parte de la aventura de un cazador furtivo, colocando al espectador en una situación de empatía sumamente atípica. Von Trier tiene el mérito de filmar a lo más natural del mundo con la naturalidad pertinente y, al mismo tiempo, de echar por tierra unos cuantos prejuicios que aún hoy pesan sobre las mujeres que optan por una vida sexualmente activa y desenvuelta, sin compromisos o ataduras de ningún tipo.

Publicado en Brecha el 19/12/2014

domingo, 21 de diciembre de 2014

Grandes héroes (Big hero 6, Don Hall, Chris Williams, 2014)

Disney recargado

En un futuro quizá algo lejano, en la ciudad de "San Fransokio", conviven dos hermanos aficionados a la robótica y a la tecnología de punta. El menor de ellos, Hiro, descubre un filón en la pelea clandestina callejera de robots, y se ve seducido por ese submundo en el que fácilmente podría ganarse la vida. Pero el hermano mayor comprende que ese no es un buen futuro para Hiro, y decide introducirlo al Instituto Tecnológico (la universidad de San Fransokio) y presentarle a sus compañeros, nerds e inventores, soprendiéndolo con este nuevo mundo. Pero ciertos sucesos trágicos, de esos que nunca faltan en las mejores películas infantiles, dan un vuelco a la narración, convirtiendo de golpe al personaje en un adolescente decaído y huraño. 
Todo este comienzo es notable; el antro de peleas de robots recuerda a los escenarios de la película Real Steel, y más adelante, en la universidad, cada uno de los secundarios está muy bien definido, con características claras y hasta una personalidad propia. Y eso que todavía no se impuso aún el robot, un personaje brillantemente diseñado, un grandulón inflable, torpe y encantador que causa gracia a cada paso. Desmesuradamente grande y panzón para sus funciones (unidad de medicina personalizada), su caminar fue inspirado en los toscos movimientos de los pingüinos. Este robot sanador, que aparece oportunamente y como por arte de magia en pleno bajón depresivo del protagonista, comenzará a secundarlo y orientará la trama hacia una búsqueda y una investigación. La idea de tener un amigo tecnológico que propone soluciones a cuanto problema se presente, se suma a la fantasía de ir por la vida acompañado de un ser con una masa corporal idónea como para intimidar a cualquier enemigo (se trata de un tópico repetido en películas como Mi vecino Totoro, El gigante de hierro y muchas más), y este acompañante no simplemente se desempeñará como un mero curador de los males físicos, sino como un auténtico reparador del espíritu en una situación de duelo; velando por su cuidado, orientándolo para mejorar su ánimo (lo hace salir al cruce, llama a sus amigos para que lo rodeen), y hasta poniéndose firme para impedir que el chico cometa graves errores. 
Las escenas de acción son vibrantes, y recuerdan a películas como Los Increíbles o Los Vengadores, en el sentido en que son dispuestos varios personajes con atributos específicos, que combaten en un montaje paralelo trepidante, inteligente y dinámico. Asimismo, el humor funciona constantemente, ya sea en los gags (que involucran principalmente al robot), o en diálogos ocurrentes y con toques de absurdo. 
El milagro se ha dado gracias a Disney, pero más específicamente y con seguridad a quien desde el año 2006 se ha convertido en su director creativo, John Lasseter (uno de los fundadores de Pixar y director de Toy Story 1 y 2), quien ha llevado a que la compañía haya mejorado sustancialmente desde entonces en sus producciones animadas (sólo hace falta revisar los títulos: Bolt, La princesa y el sapo, Enredados, la excelente Ralph el demoledor, entre otros). Como sea, Grandes héroes es diversión asegurada, con los agregados de sensibilidad y emoción necesarios para convertirla en mucho más que eso.

Publicado en Brecha el 19/12/2014

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Boyhood (Richard Linklater, 2014)

Otro tipo de magia


En uno de los más hermosos diálogos de esta película, el niño Mason (Ellar Coltrane) le pregunta a su padre (Ethan Hawke) antes de irse a dormir, si en el mundo existen criaturas mágicas. La respuesta del padre no es la esperable: le responde que probablemente sí, ya que si se tiene en cuenta que por ejemplo hay en el océano monstruos mastodónticos llamados ballenas que podrían tragarse un auto, y en cuyas arterias podríamos entrar de cuerpo enero, podría significar que sí; quizá no las consideremos mágicas en un sentido estricto, pero tan sólo nos haría falta cambiar un poquito la perspectiva para comprender que perfectamente podrían serlo. 
De la misma manera, hay en este abordaje, aparentemente apacible y naturalista, aparentemente casual, consistentemente agradable y encantador, algo así como una especie de magia; claro que un tanto diferente a lo que normalmente percibiríamos como tal. La filmación durante 13 años de un muchacho en crecimiento (unos pocos días cada año), desde los 5 años hasta los 18, en varios momentos de su vida desplegados a lo largo de casi tres horas que transcurren como un río, supone una proeza única en su especie, y da lugar a una obra que, pese a esa apariencia de naturalidad, es el resultado de un trabajo persistente, abnegado y meticuloso por parte de un creador y todo un equipo. Un montaje invisible va aportando cambios sutiles, casi imperceptibles en las facciones y en los cuerpos de los personajes (y de los actores) aunque con grandes saltos en las situaciones y en los entornos (el barrio, la familia, los compañeros de colegio). Lo que podría haber sido tan sólo un interesante experimiento antropológico, se encuentra brillantemente logrado y compaginado. 
Además, la película goza de un notable sentido del humor, y está repleta de referencias culturales (libros, videojuegos, redes sociales) que también son elementos socializadores determinantes. Ver Boyhood es atestiguar el envejecimiento de los padres y simultáneamente el crecimiento y la madurez de los hijos, es observar acontecimientos específicos de una vida, quizá no los más relevantes ni los más determinantes, pero sucesos siempre ilustrativos de los recorridos que van moldeando la personalidad. Si el arte es un medio para mostrar o entender la vida, esta película es un notable cristal en el cual verse reflejado. 
Boyhood es otro tipo de magia, una que sólo fue posible gracias a una notable perseverancia y a un brillante uso del lenguaje cinematográfico, y su visionado significa una experiencia única en su especie. No hay aquí efectos especiales, varitas mágicas o criaturas mitológicas, pero sólo basta con cambiar un poco la perspectiva para comprender que el director Richard Linklater, maestro del artificio, es uno de los grandes ilusionistas de nuestros tiempos.

Publicado en Dossier, diciembre 2014.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Polvo de estrellas (Maps to the Stars, David Cronenberg, 2014)

Otro Hollywood 


Un terapeuta chanta que sale en un programa de televisión y escribe libros de autoayuda (John Cusack), un muchacho de 13 años devenido celebridad y recién salido de una rehabilitación de drogas (Evan Bird), una neurótica actriz entrada en años y al borde de la desesperación por el inminente declive de su carrera (Julianne Moore) y una joven pirómana que pasó la mitad de su vida internada (Mia Wasikowska), son algunos de los estrafalarios personajes que componen este cuadro. La acción se sitúa en pleno Hollywood y el enfoque satírico, sugerente, elegante y sofisticado apunta a los vínculos, a la intimidad, a los secretos escondidos, a la excentricidad en las formas de vida. El director canadiense David Cronenberg (La mosca, El almuerzo desnudo, Crash) retoma una vieja tradición de directores que conocen un universo por dentro y lo exponen, desglamourizándolo, dejando entrever su expresión más carnal y despiadada. Así como Wilder con su Sunset Boulevard, Altman con Las reglas del juego, y Lynch en Inland Empire, ya era hora de que Cronenberg se desquitara con este mundo, volcando en él toda la mala leche imaginable. 
La estructura narrativa es dispersa. Se salta de un personaje a otro, armando y compaginando una suerte de cuadro coral en el que las celebridades se vinculan en un círculo cerrado y reducido, comparten los mismos agentes, van de compras a los mismos sitios y, para colmo, ya vienen unidos por lazos familiares. Como para reafirmar la idea de que se trata de un universo estrictamente exclusivo varios de los personajes tienen relaciones incestuosas, y toda nueva intromisión a ese mundo es cruelmente expulsada o directamente eliminada (por ejemplo, un niño que le "roba" cámara al célebre adolescente). 
Como siempre, el director juega con el erotismo de situaciones que pueden parecer, a priori, poco eróticas, forzando las circunstancias y los parámetros de belleza dominantes. La actriz interpretada por Julianne Moore, hoy de 54 años, participa en varios encuentros sexuales o situaciones de intenso contacto físico, y de la misma manera también tiene un curioso atractivo el personaje de Mia Wasikowska, cuyo rostro está surcado por una gran quemadura. 
La progresión dramática es bastante despareja, hay momentos aislados donde Cronenberg despliega toda su genial impronta, como una escena en que un fantasma se acerca a la actriz y comienza a propiciarle un masaje, o un momento de inconsciencia adolescente que involucra un arma de fuego. Pero algunas escenas, además de ser poco creíbles, se ven algo desmedidas y subrayadas, como cuando la actriz se entera del fallecimiento de un niño, lo que para ella significa la oportunidad de obtener su ansiado papel en una película. ¿No existía una forma más sutil de mostrar la dicha del personaje que poniéndolo a cantar y bailar y, para colmo, hacerlo expresar verbalmente que esa muerte es la razón de su alegría? En este tramo y en algunos otros, Cronenberg lamentablemente no parece Cronenberg, y ciertamente existen muchas formas de reflejar la degradación moral sin tener que apelar a incestos o retóricas tan evidentes. 
Pero en definitiva es cierto que aún las obras menores del cineasta son diferentes, disfrutables y dignas de ver, y siempre suponen, en nuestras carteleras, puntos de especial interés.

Publicado en Brecha el 12/12/2014

viernes, 5 de diciembre de 2014

29º Festival de Cine de Mar del Plata

Mar de películas 

 


Como Bafici, el Festival de Mar del Plata es uno de los más grandes referentes del cono sur. Cada vez más popular, con salas repletas, una programación que no podría ser más variada y situado en el centro de una ciudad atestada por el inicio de la temporada turística, el mega-evento ofrece al cinéfilo visitante una nutrida cantidad de actividades y posibilidades de someterse a una sustanciosa inmersión de celuloide. 

"Bienvenido al más peronista de los balnearios argentinos", me dijo un amigo porteño ante mi llegada a Mar del Plata, y pude corroborar que hay mucho de cierto en la afirmación; al parecer, Mar del Plata fue despojada, durante el primer gobierno de Perón, de su característica precedente de balneario para gente adinerada y comenzó a convertirse en una ciudad popular, un destino para el "turismo obrero". En marzo de 1954 el "General" mismo se jactaba de haber transformado la ciudad: "El 90 por ciento de los que vereanean en esta ciudad de maravilla son obreros y empleados de toda la patria". La cifra del 90 por ciento era desmedida, pero esta tendencia se afirmó y en el año 1973 existían en Mar del Plata 62 hoteles sindicales. Hoy, aún es visible que no se trata de un destino turístico para las élites, sobre todo por los precios, bajos incluso para quienes vienen desde Buenos Aires. La arquitectura llana e insulsa y playas poco atractivas para un uruguayo se compensan en parte por este otro lado: un kilo de tomates a once pesos argentinos, un almuerzo en un restaurante, con pan y bebida, a cincuenta pesos, una entrada de cine para el festival, veinte pesos (y aún menos para estudiantes y residentes). Una tachera de la zona me comenta: "los ricos se van a veranear a otra parte, los 'caretas' ni pasan por acá"; (al parecer el término del lunfardo se utiliza de un modo algo distinto a nuestro uso montevideano). 


La otra nutrición. A veces los festivales de cine dan, más por casualidad que por otra cosa, la oportunidad de contrastar miradas sobre una misma temática. La diversidad reunida a lo largo de varios días en pantallas permite reflexionar sobre asuntos que se repiten, dejando ver elementos en común que enriquecen la visión. Entre las múltiples temáticas que podrían resaltarse de esta edición, la niñez como etapa del aprendizaje estuvo presente en varios de los más sobresalientes y sensibles películas de la selección. La infancia es un período en que el individuo absorbe, como si fuera una esponja, todos los estímulos provenientes del mundo exterior, y entre los varios aspectos positivos o negativos que tienen un efecto permanente en las personas, por supuesto uno de los más significativos es la estabilidad social y económica; los niños no eligen el entorno en el que nacen, y su azarosa y arbitraria exposición al mundo depende de otra gente que elige por ellos (en el mejor de los casos) o que simplemente hacen lo que puede para garantizarse a sí mismos y a aquellos bajo su cuidado la estabilidad que permita la supervivencia. 
En el filme colombiano Gente de bien, Eric, un niño de diez años, sufre sucesivamente el abandono de su madre, de su padre e incluso de una familia que, de alguna manera lo "adopta" por un breve tiempo. Eric es un niño perfectamente sano, pero podemos ver cómo esos traumas afectan su personalidad, poniéndolo a la defensiva y volviéndolo agresivo de a ratos. Por si esto fuera poco, Eric comienza a experimentar por primera vez en su vida el impacto social; viviendo de paso junto a una familia de clase alta, comienza a ser gradualmente discriminado y excluido por su grupo de pares. Gente de bien muestra mejor que ninguna otra película la brecha social y ciertos choques ocurridos en la convivencia de personas de diferentes estratos, y expone brillantemente en toda su inmediatez la invisible pero ineluctable fobia hacia los pobres instalada en las clases pudientes, incluso entre aquellos que se jactan de ser gente progresista y solidaria. 
No menos impresionante, la película surcoreana Alive cuenta una historia terrible. El protagonista (interpretado por Park Jungbum, director de la película y ganador del premio Ástor de Plata a mejor actor) acaba de perder su vivienda por una inundación. El pago por su reciente y abnegado trabajo en una construcción le fue robado por un capataz que se dio a la fuga y, debiendo lidiar con la llegada del helado invierno, encuentra trabajo en una plantación de soja, en la provincia nevada y montañosa de Gangwon. A pesar de todos sus esfuerzos para asegurarle cierta estabilidad a su sobrina Ha-na, las circunstancias lo exceden constantemente: su hermana sufre serios problemas psiquiátricos, el dinero no le alcanza y hacerse la vida se vuelve extremadamente difícil. En un entorno de salvaje explotación la posibilidad de tener algo de paz o recreación son impensables, y la verdadera espina en esta película es pensar como una niña puede crecer y formarse en un lugar en el que impera una sangrienta competencia, donde la solidaridad entre trabajadores es inexistente y la violencia y el individualismo se han vuelto las dolorosas constantes. Las lecciones de piano en las que Ha-na se refugia parecen ser, a los ojos del escéptico espectador, absolutamente insuficientes para compensar tanto sufrimiento. 


En Le maraviglie (Ástor de Plata a mejor guión) el ambiente también parece un tanto inhóspito, aunque a otro nivel. Cuatro niñas deben enfrentar una vida rural, junto a un padre dominante y algo desequilibrado que se ha obsesionado con llevar una vida autónoma mediante un emprendimiento apicultor, en la región de Umbría, en la frontera con la Toscana. Gelsomina, de 12 años, se ha vuelto una figura clave en este negocio familiar, el engranaje básico que articula las diferentes partes del grupo. Pero además de a los dictámenes de su padre, afortunadamente la chica también se ve expuesta a varios signos de insatisfacción por parte de su entorno, palabras críticas dirigidas hacia su progenitor y sus ocurrencias por parte de su madre y otras personas. La multiplicidad de voces existente la ayudan a tomar conciencia y a dar también ciertas señales de rebeldía. Ya sea cuando deja una pregunta sin responder o desobedece una orden directa, queda la idea de que aún existe espacio para la esperanza. 
Ubicada en pleno conflicto kurdo-turco, Come to My Voice (Ganadora del Ástor de Oro a mejor película), comienza con una redada militar sobre una aldea kurda al este de Turquía, en la cual varios hombres son secuestrados y encarcelados. Desde entonces, seguimos la lucha de una niña pequeña por recuperar a su padre; junto a la compañía de su abuela emprende un largo viaje con el objetivo de encontrar una pistola para intercambiar por la libertad de su progenitor. Uno de los aspectos más llamativos de esta película es que el espectador ya sabe de antemano que aunque el arma sea encontrada, la liberación de su padre finalmente no tendrá nada que ver con esto. Aún así, el trayecto permite vislumbrar verdaderas señales de resistencia: el arte, la tradición oral, el aferrarse a un lenguaje y a una sabiduría ancestral. Incluso en las situaciones más inhóspitas las nuevas generaciones pueden verse provistas de un soporte cultural y emocional que les permita convertirse en seres humanos atentos y concientes; como en Le maraviglie, lo que llama la atención son la clase de estímulos que, aún en las situaciones más terribles, pueden salvar a un niño. 


Mar de muertos. Una de las secciones más interesantes del festival es “Hora cero”, en la que se ofrece una notable selección del más novedoso, divertido y desacatado cine de género producido en el mundo. Las proyecciones tienen lugar a medianoche (aunque las mismas películas se repiten luego en otros horarios) y se proyectan en el cine Ambassador 1, la sala más grande del circuito. Pese a su inmensa capacidad, las butacas suelen verse ocupadas en su totalidad por un ejército de cinéfilos desquiciados, por lo que conviene anticiparse a conseguir las entradas antes de que se agoten. Fue en esta sección que se proyectó la australiana Wyrmwood, una nueva vuelta de tuerca al cine de zombies, una delicia para los adeptos al subgénero y sobre todo para los que gustan de los mundos anárquicos posapocalípticos a lo Mad Max. Ante la infección y la amenaza zombie, el protagonista, un mecánico al que no le queda mucho que perder (tuvo que matar a sangre fría a su esposa y su hija recién infectadas), se reúne con otro grupo de sobrevivientes armados hasta los dientes para dar guerra a las alimañas. Uno de los aspectos más lúdicos y llamativos es que este equipo se cubre con máscaras de gas y armaduras muy aparatosas y hasta ridículas (ver foto), lo que acompañado con una poderosa música industrial, buen humor, una esmerada fotografía, sangre a raudales y una lógica interna provista de reglas propias, vuelven al planteo especialmente adictivo. Pero aún mejor es el desternillante falso-documental neozelandés What We Do in the Shadows, también proyectado en esta sección, en el que los protagonistas son cuatro vampiros que comparten una mansión, con todos los problemas de convivencia que ello implica. No lavar nunca los platos, llenar de sangre el sofá, tocar música a cualquier hora son algunos de los reproches cotidianos y entrecruzados de esta improvisada familia, de la cual cada integrante proviene de una época histórica distinta (el mayor tiene 8000 años de edad). Las cámaras siguen a estos vampiros en sus recorridas nocturnas en busca de víctimas, yendo a fiestas e intentando comprender las modas del mundo actual. Los geniales creadores de la serie Flight of the Conchords, plantean un entretenimiento de los mejores, en el que utilizan y revierten muchos de los clichés del género y los aterriza en la actualidad, planteando asimismo una crítica satírica sobre ciertos usos sociales contemporáneos. 
Pero una de las más grandes revelaciones que pudo ver este cronista en el festival fue el musical brasileño Sinfonia da necrópole (premio Fipresci a mejor película latinoamericana) de la brillante directora Juliana Rojas (Trabalhar cansa). Una historia sobre un muchacho que comienza a trabajar como enterrador en un cementerio de Sao Pablo. Ante la sobreabundancia de muertos y la falta de espacio, debe implementarse una suerte de replanificación en la necrópolis, de modo de reducir el espacio por muerto y convertir algunas secciones del cementerio en una suerte de "complejo habitacional" para difuntos, con tumbas compartidas también vendidas como tales, a costos inferiores y con planes de financiación. Con un notable humor, en clave de comedia (romántica de a ratos) y con números musicales a lo Jacques Demy que incluyen muertos salidos de sus tumbas y puestos a cantar y bailar, la película esconde un sutil pero sustancioso contenido alegórico. Temas como el progreso, la planificación urbana, la superpoblación en las grandes ciudades y sus consecuencias y la preservación de la memoria se encuentran sugeridos y reflejados con maestría, en una obra sumamente original, totalmente disfrutable y única en su especie. 

Publicado en Brecha el 5/12/2014

viernes, 21 de noviembre de 2014

El crítico (Hernán Guerschuny, 2014)

El desprecio 


El protagonista (interpretado por el notable actor Rafael Spregelburd) no es un buen crítico de cine, sino que representa a lo peor de su especie. Es uno de esos prestigiosos criticoides que, lejos de informar, analizar o plantear una opinión justificada, dictamina, despliega veredictos. Como toda caricatura, tiene mucho que ver con algunos ejemplares reales que pueden encontrarse de vez en cuando, pero durante su primera mitad esta película construye un personaje detestable, precisamente resaltando estas características del estereotipo del cinéfilo amargado; un tipo que se refugia en sus amados clásicos y desprecia a todas y cada una de las películas que le toca ver en las funciones privadas. El personaje cree ingenuamente que puede utilizar diálogos del cine de Jean-Luc Godard para ciertas situaciones de la vida real y, como no puede ser de otro modo, fracasa estrepitosamente en el intento. Para despuntar este perfil desagradable, utiliza un software que escribe por él, con frases ya hechas, intercambiables y utilizadas según la ocasión. 
De todas maneras y a pesar de lo que pueda pensarse, el libreto se las ingenia para generar empatía por un personaje que esconde amarguras recónditas, que se esfuerza por caer bien a pesar de él mismo y que descubre una chica que le corresponde (Dolores Fonzi) sin entender realmente qué es lo que ve en él. Una escena en que ambos están juntos en su apartamento y en la que él se mira en el espejo con una mueca, para después moverlo y poder verla solo a ella, describe sin necesidad de palabras a un personaje plenamente disconforme consigo mismo y su imagen. 
Pero quizá uno de los puntos más interesantes de esta película es que ya expone su propia crítica. Deja planteada, con mucha gracia, la forma más burda y obvia en la que suele criticarse a las comedias románticas, señalando todos los clichés y lugares comunes, los golpes bajos y la forma de manipular a la audiencia para lograr emociones y lágrimas fáciles. Y luego de eso, utiliza esos mismos clichés. Y lo más curioso es que lo hace bien, logrando los efectos buscados, de algún modo reivindicando los lugares comunes tan criticados. Por alguna razón existen los clichés, pareciera decir el director debutante Hernán Guerschuny (antes director de la revista Haciendo Cine) porque funcionan, porque tocan fibras inconscientes; porque la audiencia, a pesar de ya conocer sus mecanismos, su despliegue y su sucesión, sigue reaccionando ante ellos de la forma esperada. El "chico conoce chica" es la fórmula más vieja del mundo, pero la gente gusta de ver una y otra vez esta clase de historias y sus variaciones. 
Cerca del final se plantea una inteligente reflexión, de esas que nos llevamos a casa. Como en Melinda y Melinda de Woody Allen se propone una encrucijada sobre cómo deben ser los desenlaces en estos planteos románticos, un final triste o un final alegre determinarán si lo que estamos viendo es un drama o una comedia, y qué parte de la audiencia se verá decepcionada o conforme. La solución de Guerschuny, sin caer en lo uno ni en lo otro, es plantear uno de esos finales abiertos que quedan picando, de esos que otorgan al espectador la valiosa oportunidad de reflexionar al respecto, y completarlo a su manera.

Publicado en Brecha el 21/11/2014