jueves 16 de febrero de 2012

El cine de Nuri Bilge Ceylan y Tres monos (Three monkeys, 2008)

Turca lucidez

Nuri Bilge Ceylan es uno de los nuevos cineastas mimados por los festivales internacionales: entre las carradas de galardones que cosechó cada una de sus películas, Uzak (Lejano) (2002) se llevó el Gran premio del jurado en Cannes y Premio Fipresci en San Sebastián como mejor película del año en todo el mundo. Climas (2006) llevó premio Fipresci en Cannes, Tres monos le dio a Ceylan el premio a mejor director en Cannes 2008, y su última película Once upon a time in Anatolia (2011) llevó –otra vez- el Gran premio del jurado en Cannes. Los entusiasmos festivaleros y críticos con respecto a cineastas europeos pueden despertar dudas, pero en este caso, el talento del director y la solidez de su obra parecen justificarlos plenamente.
El mundo de Bilge Ceylan es uno de atmósferas recargadas, ambientes silenciosos y personajes reservados. Los semblantes graves y serios revelan pesadez existencial, dificultades comunicativas y una profunda tristeza. Si bien sus planos son mayoritariamente detenidos y largos y sus películas esencialmente lentas, el director se las ingenia para convertir la notable fotografía con cámara digital, el meticuloso sonido ambiente y los rostros de sus cansinos personajes en un paisaje envolvente, gratificante. Su capacidad de sugerencia, su método de ir directamente al grano sin introducciones ni revelaciones prematuras, su habilidad para dar presencia a sus actores no profesionales y sus anécdotas simples y melodramáticas aunque dotadas de una profundidad extraordinaria lo convierten en un cineasta de primer orden. Ceylan, meticuloso, está detrás de todos los detalles de la producción cinematográfica, incluidos los rubros técnicos: “Creo que un director debería saber muchas cosas, especialmente los aspectos técnicos, de otra manera te vuelves esclavo de los técnicos. Si conocés estos aspectos podrás comunicarte con ellos y dirigirlos mucho mejor.” Ceylan reconoce como referentes a Tarkovskii, –aunque sus películas no son tan lentas ni largas- Bergman, –aunque mucho menos dialogado- Antonioni, –pero con anécdotas más llamativas-, Bresson, –pero con una elegante y estilizada fotografía- y Ozu –pero con cierta distancia respecto a sus personajes-.

En Tres monos, un mortal accidente automovilístico es el detonante inicial. La acción transcurre en plena campaña electoral, antes de la reelección del 2007 del partido islamista turco. El responsable del accidente, un importante político, le pide a su chofer que acepte una considerable suma de dinero a cambio de declararse culpable. Su familia seguiría cobrando el salario mientras él cumple una condena que, le asegura, a lo sumo durará un año. El chofer acepta el trato pero, tras su ausencia, en su familia las cosas comienzan a resquebrajarse. Su decisión pesa inmensamente sobre su desesperada mujer y su resentido hijo.
Ceylán ha dicho que “la mayoría de los melodramas describen situaciones imposibles, que se vuelven aceptables si se tratan de forma realista”. Así, la anécdota de Tres monos se vuelve creíble gracias a la formidable impronta del director. Los diálogos son escasos y casuales, más bien desconectados de las verdades que abruman y del eje temático. Se genera así un clima de silenciosa neurosis, cortado bruscamente por arrebatos de violencia familiar. La cromatización de la imagen, derivada principalmente hacia verdes y amarillos, da con el tono enfermizo justo. El título, por su parte, refiere a la conocida imagen de los tres monos que se tapan respectivamente los ojos, los oídos y la boca, y que no serían otros que los integrantes de la familia: el hijo que finge no haber visto a su madre en adulterio, el padre que pretende no haber oído la voz de su jefe al teléfono, la madre que oculta su verdad. Pero refiere también a ese vicio social tan extendido de callar las cosas, de no querer oír ni ver los abusos de poder, las injusticias de género, las cotidianeidades abyectas.

Publicado en Brecha el 10/2/2012

domingo 12 de febrero de 2012

La invención de Hugo Cabret (Hugo, Martin Scorsese, 2011)

Mucho homenaje y no tanta magia

No hay que confiar en los trailers: cualquiera que haya visto el avance de esta película podría pensar que se trata de un entretenimiento familiar, orientado especialmente a niños, repleto de aventuras, fantasía y escenas de acción. Pero esas presunciones no serían acertadas; lejos de ser recomendable para pequeños, -o al menos niños habituados, para bien o para mal, a la estructura dominante de entretenimiento, a escenas ágiles y dinámicas, al chiste constante y al montaje hiperfragmentado- esta película propone un elegante, estilizado y de a ratos reposado homenaje a uno de los grandes directores del cine silente.
Es el comienzo de la década del treinta, en París. La innovación del cine sonorizado no calaba hondo aún, y en las salas podían verse películas de Harold Lloyd, Charles Chaplin y Buster Keaton. Hugo es un huérfano que vive escondido entre los recovecos y las olvidadas habitaciones de una estación de trenes. Y en su refugio guarda un tesoro, heredado de su padre: una especie de autómata metálico, hecho de complejísimos y pequeños mecanismos que él mismo ha logrado reparar, y sabe que el muñeco es la clave de un misterio, quizá hasta el vehículo para obtener un mensaje de su padre fallecido. El destino lo colocará junto al gran Georges Meliés, pionero de los efectos especiales, autor que se desempeñó en unos 500 cortos entre fines de 1890 y 1913.
La película tiene puntos a favor, muchos y muy consistentes. La selección actoral es grandiosa -últimamente Scorsese sólo trabaja con los mejores- y entre ellos se cuentan el pequeño Asa Butterfield, Jude Law, Ben Kingsley, Helen Macrory, Ray Winstone, Christopher Lee, Michael Stuhlbarg y Sacha Baron Cohen (Borat ni más ni menos). La dirección artística recargada y barroca de Dante Ferreti dispone una estación de ensueños, con relojes inmensos, escaleras interminables y ventanales que redimensionan vistas citadinas. Hay memorables momentos que dan cuentas de la singular inventiva de Scorsese, como varios planos secuencia iniciales a través de la estación, una escena en que se muestra el deterioro a lo largo del tiempo de un set íntegramente vidriado, un par de estremecedoras pesadillas, y varias explicaciones de tipo documental sobre Mélies y sus métodos. Scorsese, en este pretencioso y deslumbrante homenaje, habla de la necesidad y el placer de conectar con la historia y con el pasado. De recuperar la mirada inocente, desprejuiciada, de dejarse seducir y llevar por un rico patrimonio fílmico, por esas imágenes primitivas pero innovadoras, bellas y rebosantes de creatividad.
Lo que puede ocurrir es que algunas de las expectativas, en parte alimentadas por la misma película y sus diálogos, se vean frustradas. La ominosa presencia del autómata promete un misterio, una conexión sobrenatural, una inteligencia latente y una explicación que, cuando finalmente aparece resulta insuficiente. La amiga del protagonista, inspirada en los clásicos de Stevenson, Julio Verne y Dickens, espera entusiasmada una “aventura” que finalmente queda trunca, con alguna escena de persecución forzada como para cumplir con la cuota de dinamismo necesaria. La invención de Hugo Cabret es una película irregular, bellísima pero arrítmica, imponente pero algo tramposa, sincera pero un poco machacante en cuanto a lo que verbaliza acerca de la magia, los sueños, la maravilla de ir al cine y todos esos rollos. Esto último, en todo caso, si es algo que se siente no es necesario que sea explicitado.

Publicado en brecha el 10/2/2012

miércoles 8 de febrero de 2012

3 idiotas (3 idiots, Rajkumar Hirani, 2009)

Una muy buena de Bollywood

En la India los suicidios aumentaron un 26% desde el 2006 al 2010, se registran 15 cada hora y el año pasado llegaron a 135 mil, siendo Bangalore, Nueva Delhi y Bombay las ciudades más afectadas. Pero esas son solo cifras oficiales, y por tanto es de suponer que existen muchos más. De hecho, debido a la gran proporción poblacional de la India, se estima que un 20% de los suicidios del mundo ocurren al interior de este país. Y una importante porción de la población suicida son estudiantes. Las principales causas de ello son la inmensa presión social existente en función del éxito, las exigencias familiares y el mismo sistema educativo indio, que apuesta fuertemente por la competitividad, con promociones y castigos, y un filtro riguroso en miras a la inserción laboral. Aunque el sistema de castas fue abolido hace tiempo, éste sigue arraigado en diversas regiones del país, y aún funciona como determinante de la rigidez social, de la desigualdad atroz y de la tendencia a la estigmatización.
La temática del suicidio estudiantil es central en la película 3 idiotas. La acción transcurre en una prestigiosa facultad de ingeniería, el ficticio “Imperial College of Engineering”, y allí los tres idiotas del título (que en rigor, de idiotas no tienen nada; son considerados así por las autoridades por no adaptarse a las normas) conviven con una fauna multiforme de estudiantes nerds abrumados, y de profesores imposibles. El mismo director y guionista Rajkumar Hirani sufrió esta realidad y no obtuvo de adolescente las notas suficientes como para ser admitido en ingeniería o en medicina, y debió abocarse finalmente a una desmotivante graduación en comercio.
Hasta aquí podría pensarse que esta película es un melodrama deprimente y cargante, de personajes sufrientes y climas opresivos, pero nada más alejado a eso. Nos encontramos sobre la superficie del masala; género popular indio por excelencia, piedra angular de la industria bollywoodense. El masala debe de ser el cine más luminoso del mundo: pura energía vital, coreografías de baile, drama y comedia, más aventuras, más acción; una combinación exótica y adictiva. El nombre no podía ser mejor: masala es también una mezcla local de diferentes especias, que aporta a la comida gustos y aromas únicos.


Claro que el cine de Bollywood es inmensamente defectuoso. Es verdad que se rescata una película buena de entre cien bodrios (como en Hollywood), es cierto que suele ser infantil, excesivamente melodramático, chicloso, empalagoso y hasta llanamente kitsch, que a veces apela a chistes fáciles y a lugares comunes; que en muchos casos refuerza el consumismo y reproduce valores más que cuestionables. Pero también es cierto que goza de una falta de ridículo que lo vuelve increíblemente espontáneo y contagioso, que tiene las mejores coreografías de baile del universo, que cuenta con actores grandiosos y que el imperante sentido del ritmo y del espectáculo lleva a que muchos de sus filmes –que usualmente se acercan a las tres horas de metraje- se pasen volando. Superados los prejuicios, la experiencia puede ser poderosa y sumamente entretenida.
3 idiotas es de las mejores películas del último Bollywood y, hasta hoy, la más taquillera de la historia de la India. Esto se debe en parte a que sus dos protagonistas son superestrellas top -nada menos que los carismáticos y no tan bellos Aamir Khan y Kareena Kapoor- pero además porque se supieron conjugar brillantemente elementos sociales coyunturales, temáticas universales –la envidia y la competitividad, la intransigencia y la emergente rebeldía, un amor inconveniente- y toda la inmediatez del mejor espectáculo popular. La simpatía infinita de los personajes, gags y chistes notables, algún aislado número musical que sacude a todos y poderosas escenas dramáticas que conmueven hasta un fiambre. 3 idiotas es una película que hace reír y llorar con la misma intensidad, una muy agradable puerta de entrada al universo audiovisual indio y un entretenimiento de primerísimo nivel.

Publicada en Brecha el 3/2/2012

viernes 3 de febrero de 2012

Robo en las alturas (Tower heist, Brett Ratner, 2011)

Y con altura


La anécdota central de esta película parte de una temática sensible y candente para la sociedad estadounidense, algo curioso considerando que se trata de una divertida comedia de acción de Hollywood, protagonizada por Ben Stiller y Eddie Murphy. La extendida situación que se dio durante y después de la crisis bursátil del 2008, en la que muchos ciudadanos de las clases medias se vieron estafados por empresas especuladoras, ya sea perdiendo sus casas luego de haberse retrasado en apenas un par de cuotas hipotecarias o viendo desaparecer de la noche a la mañana todos sus ahorros, invertidos en bonos u acciones volátiles. Aquí la acción se centra en uno de los edificios más seguros y lujosos de Nueva York, en pleno Columbus Circle. En la ostentosa suite del último piso vive un magnate de Wall Street, que queda en arresto domiciliario por haberse llevado cifras millonarias de sus inversores, además de haber estafado a muchos de los trabajadores del edificio, quedándose con sus jubilaciones y arrojándolos a la pobreza.
Es así que un pequeño grupo de ascensoristas, mucamas, porteros y limpiadoras, sin mucho que perder, deciden hacerse de una revancha. Quizá no tengan experiencia en robos, pero conocen al detalle todos los rincones del edificio, más las rutinas del estafador en cuestión, y despliegan un plan con el objetivo de robarle una gran suma de dinero de su caja fuerte. Habrá que ingeniárselas para entrar al edificio sin ser advertidos, y saltarse los mecanismos de seguridad, más una custodia del FBI que lo vigila las 24 horas. Y aquí hay un doble acierto: el primero es que Alan Alda -veterano de la escuela de Woody Allen- está impecable en su rol de estafador de cuello blanco; es el perfecto empresario amable, sonriente y cordial al que es necesario rascar un poquito para encontrarle un costado soberbio, petulante y desagradable. Un villano odioso como pocos. Por otra parte, es notable ver a este grupo de incompetentes, arrojados al emprendimiento más grande de sus vidas y acudiendo a un supuesto profesional (Eddie Murphy), en definitiva, no más que un descuidista de poca monta. Se dispara un humor casi siempre efectivo en donde abundan los diálogos absurdos e inconducentes, la burla socarrona y el gag disparatado -la secuencia de acción que involucra a varios de los personajes y al auto de Steve Mc Queen, colgado a un centenar de metros de altura desborda originalidad-. El guión tiene sus huecos -sobre todo al final; hay un par de elementos resolutivos que parecen muy traídos de los pelos- pero está escrito por gente experimentada que ya había logrado entretenimientos sólidos; los guionistas Ted Griffin (La gran estafa) y Jeff Nathason (Atrápame si puedes). Y no deja de ser atractivo reencontrarse con un par de actores como Matthew Broderick y Eddie Murphy dando lo mejor de sí, reflotados luego de un buen tiempo de no vérselos en producciones de calidad.
Robo en las alturas es una efectiva película de género que logra lo que se propone, que se nutre de gente talentosa y que tiene el poder de cambiarle el semblante al espectador. Es mucho más de lo que uno viene acostumbrando recibir en las salas.


Publicado en Brecha el 3/2/2012

sábado 28 de enero de 2012

La chica del dragón tatuado (The girl with the dragon tatoo, David Fincher, 2011)

Cuando las piezas encajan

Hay veces que basta con dar con la nota justa para el tema indicado para que se logre el milagro. Y últimamente la industria tuvo unos cuantos aciertos en ese sentido; como comentaba en entradas anteriores, es difícil imaginar mejor director para la nueva Misión imposible que Brad Bird, otro que Guy Ritchie para la saga de Sherlock Holmes, y de la misma manera nadie podía calzar mejor para esta primer entrega de Millenium que David Fincher. En cierto sentido es probable que la misma serie literaria Millenium nunca hubiera sido tal si Fincher no hubiese filmado Seven, película que traía al universo del thriller la figura del asesino-torturador serial bíblico, psicópata moralista que castigaba víctimas pecadoras y que tantas veces se vio repetido en el cine, en subproductos que convendría olvidar. Fincher también había demostrado en Zodíaco ser un director capaz de lograr un thriller sólido, manteniendo con buen ritmo la atención de su audiencia durante más de dos horas y media.
Desde la secuencia inicial de créditos el director da con el registro adecuado: un clip a lo James Bond, oscuro, sobregirado, envolvente y violento, al avasallador ritmo industrial de Trent Reznor y Atticus Ross reversionando a Led Zeppelin; se sugiere desde un comienzo lo que se va a continuar más adelante. La chica del dragón tatuado tiene las dosis de truculencia necesaria para todo policial negro que se precie, una puesta en escena estilizada, elegante, fría y austera. Fincher, a siglos luz de las majaderías de su Benjamin Button logra captar la esencia de las novelas originales aportando ambientes turbios, claroscuros, un atractivo y constante cromatismo gris, -salvo en los flashbacks, donde todo parece iluminarse repentinamente- y un montaje acelerado con pertinentes fundidos que propician climas y golpes de efecto. No se evitan los detalles escabrosos, abunda la sangre, hay un gato desmembrado, abuso infantil y violencia sexual como hasta ahora era imposible de ver en el cine de Hollywood –se nota que la MPAA está muy concentrada combatiendo la piratería y abandonó, al menos temporalmente, la censura de los contenidos-, las escenas sexuales llegan a niveles de erotismo quizá comparables a las que dio Bajos instintos en su momento, algo prácticamente insólito para el cine mainstream de la última década.
Quizá Daniel Craig no convenza demasiado, quizá la nueva Lisbeth Salander (Rooney Mara) demuestre con su mirada más desequilibrio que sensualidad, quizá la película adolezca de los mismos vicios que la novela original –un protagonista demasiado intachable, el cliché del villano que habla demasiado cuando debería eliminar de una buena vez a su víctima- pero Fincher da lo mejor de sí y logra algo inexistente en el precedente sueco: ritmo, imágenes poderosas e impacto auténtico.

Publicado en Brecha el 27 de enero del 2012

viernes 20 de enero de 2012

Sherlock Holmes: Juego de sombras (Sherlock Holmes: A game of shadows, Guy Ritchie, 2011)

Holmes recargado

Holmes pugilista, Holmes toxicómano, Holmes maestro del camuflaje y del disfraz; la nueva, adictiva y sobregirada saga retomó ciertas características que podían verse de a ratos en las obras originales de Arthur Conan Doyle y las potenció, convirtiendo al detective en un sobregirado y en un maníaco, en un temerario que se inmiscuye alegremente en el bajo hampa londinense, pasando desapercibido. Holmes como catástrofe natural, como bólido que se abre camino a puñetazos entre la mugre y el caos, con espíritu lúdico e implacable poder de deducción. Robert Downey Jr. y Jude Law se convirtieron en piezas perfectas e insustituibles gracias a su expresividad y su inagotable carisma, y el gran Guy Ritchie (Juegos, trampas y dos armas humeantes, Snatch, Rocknrolla), a diferencia de muchos directores llamados a filas por la gran industria, calzó perfectamente en la franquicia, logrando acoplar su universo cinematográfico personal al nuevo emprendimiento.
De esta manera en esta secuela abundan los matones feos, hay juegos de azar, peleas callejeras, gitanos, explota el humor a lo Capra y los diálogos a lo Tarantino, el montaje rápido y los juegos temporales; elementos que estuvieron siempre presentes en la obra de Ritchie. La fórmula de éxito se repite: se enfatizan los indicios homoeróticos entre Watson y Holmes, con efecto humorístico impagable, se sobregira aún más la trama (pero dando tiempo al respiro y la distensión), se dispara aún más el dinamismo desatado (aunque ubicando con claridad personajes y situaciones en los espacios de acción), se redoblan las situaciones enigmáticas resueltas fugazmente por el protagonista (pero de forma en que el perder un detalle no afecta al entendimiento general de la trama). Hay secundarios notables: Jared Harris logra un Dr. Moriarty lo suficientemente desagradable, Stephen Fry es un hermano de Holmes tan excéntrico como él y, por sobre todos, Naomi Rapace interpreta a una vidente que acompaña las aventuras de la dupla casi por casualidad, conformando, con su erguida presencia y un semblante que sugiere una inteligencia distinta y silenciosa, otra pata a un núcleo que no podía resultar más atractivo.
El guión de la anterior película tenía algunos huecos y algún notorio anacronismo. Aquí esto parece mucho más cuidado, hay mayor esmero en la escritura, se confía en la inteligencia del espectador y en su capacidad para comprender los dobles sentidos e ironías, y hasta se permite reflexiones de Holmes que pueden sonar pretenciosas pero que no dejan de ser inteligentes y profundas, como cuando le dice a Watson, en referencia al matrimonio, que prefiere morir solo a vivir en un perpetuo purgatorio, o cierta referencia a la fabricación masiva de armas y a asegurarse una demanda. Hay algún punto que puede sonar a disparate total, -como que Sherlock se deje torturar para poder sacar así ventajas de su enemigo- pero en fin, de eso se trata, de un dislate absoluto; uno que está muy bien concebido y que, además, tiene muchísima gracia.

Publicado en Brecha el 20/1/2012

lunes 9 de enero de 2012

Dau: un experimento

La maqueta viviente

Una ciudad cerrada, de cinco kilómetros cuadrados, habitada por miles de extras que conviven siguiendo reglas rígidas, una vigilancia constante y una composición general por la que se busca replicar una ciudad soviética de los años cincuenta es el inmenso set construido para filmar la película Dau, del ruso Ilha Khrzhanovsky. Pero el experimento parece estar cobrando vida propia, y seguramente ha ido mucho más lejos de lo que se buscaba originalmente.


La historia del cine está plagada de rodajes excéntricos, extensos y desmesurados. Las locuras de Herzog y sus inmersiones en la selva, las odiseas de John Huston, el exabrupto de Coppola para su Apocalipsis now, o el secuestro que hizo Kubrick a la pareja Cruise-Kidman durante quince meses para su Ojos bien cerrados. Pero el actual emprendimiento creado para filmar la película Dau del ruso Ilya Khrzhanovsky supera todo precedente imaginable. El escritor y periodista Michael Idov relata su increíble incursión en el “set”, aclarando que desde un comienzo no sabía con qué iba a encontrarse, visto que los rumores que circulaban alrededor de la iniciativa hablaban desde un régimen esclavista y horripilante, hasta de un espacio donde todos los extras trabajaban gratuita y voluntariamente. Incluso un periodista había aventurado que no extrañaría de encontrarse a la entrada con cabezas clavadas en picas.
Antes siquiera de entrar al set, -situado en Kharkov, Ucrania- el periodista fue entonces sometido a una larga sesión de puesta a punto. Le hicieron un corte de pelo, y fue ataviado con ropas deslucidas y de época: “Negra, molesta y fea hasta lo indecible, la ropa interior es suficiente para desencadenar la peor clase de recuerdos proustianos a cualquier persona que haya pasado algún tiempo en la URSS. Setenta años de miseria cotidiana sostenidos por un cinturón”. Le confiscan su celular y su laptop y para su labor le dan una máquina de escribir de época –no se permiten elementos anacrónicos al interior del recinto- y le informan acerca de un glosario de palabras terminantemente prohibidas, como “google” o “facebook”, entre otras. El set debe de ser llamado “El Instituto”.


Desde afuera, el set se ve como una enorme caja de madera de tres pisos, pero una vez dentro, pasa a vivirse un universo diferente. Una ciudad a escala, plenamente poblada, con una permanente música de chelo proveniente de altavoces montados en postes. Por las falsas calles se entrecruzan los pueblerinos en sus labores cotidianas. Cámaras escondidas e invisibles lo registran todo, en todo lugar, y hay guardias controlando la interacción humana. “Dentro del Instituto no hay escenas, sólo experimentos, no hay filmación sino documentación. Y ciertamente no hay director. En su lugar Ilya Khrzhanovsky, el hombre responsable de esta demencia, es referido como el Directivo del Instituto o simplemente “El Jefe”.
Los habitantes se desempeñan en diferentes labores, y obtienen sus pagas en una moneda local, la “hryvnia”, que sólo es útil allí dentro. La comida, perfectamente fresca, antes de ingresar al establecimiento es nuevamente etiquetada, con fechas de envasado y vencimiento acordes a los años cincuenta. El interior de las casas, los utensilios, las costumbres, las temáticas habladas están adaptadas perfectamente a este mundo controlado y estalinista. Y ya con seis años de existencia, dentro del Instituto se han formado familias, y han nacido niños.
Desde hace poco tiempo, se ha implementado también un duro sistema de multas al lenguaje. El periodista, que es acompañado por el director durante parte de su visita, le pregunta: “¿Vas a aumentar la ciudad con CGI, después?”. Khrzanovsky, sobresaltado, le responde: “Si uno de los guardias te escucha, me multaría a mí por 1000 hryvnias (como 125 dólares), porque tú eres mi invitado. No importa que yo sea el jefe, soy cacheado como a todo el mundo. No puedes usar palabras que no tengan sentido en este mundo”. -“¿Como CGI?, repregunta el periodista. –“Ahora debería multarme dos veces” responde Khrzanovsky.
Desde que las multas comenzaron a tener lugar, también comenzaron a verse cambios en la gente, ya que empezó a darse una fuerte cultura de la delación, justamente lo que Khrzanovsky buscaba. “En un régimen totalitario, los mecanismos de supresión accionan mecanismos de traición. Estoy muy interesado en eso”, confiesa.



Las sorpresas del visitante se continúan. Una joven pobladora le permite pasar a su hogar, charlan durante horas, y ella en ningún momento deja escapar una contradicción, una incoherencia en su discurso. Cuando el periodista le pregunta: “¿Y vos querés ser actriz?”, ella responde “–¿Qué? ¡No! Quiero ser científica”. Más adelante el director lo reprenderá una vez más, y el periodista descubre hasta qué punto influye este terrible panóptico sobre la psiquis individual. “Todas las personas con las que hablé durante mi primer día me han delatado con su jefe”.
Cabe preguntarse cómo una película puede justificar tanto esfuerzo. El director intenta explicar su emprendimiento: “Tomados uno por uno, todos estos detalles son puro delirio. En su conjunto, sin embargo, crean una profundidad de otra manera inalcanzable. Cuando uno recibe su sueldo en esta moneda, y sabe que con él tiene poder de compra y de intercambio, cuando las cámaras están encendidas comienza a tratarlo de forma diferente. Cuando la señora de la limpieza tiene que fregar el suelo del mismo baño todos los días durante dos años, lo hará de forma diferente cuando este haciéndolo frente a cámaras".
Para mantener a la ciudad poblada, hay permanentes castings en los que el director se asegura que los nuevos ciudadanos tengan la voluntad de someterse a su régimen. Y así como hay nuevas incorporaciones a diario, también son echados unos cuantos. Hay gente que dura apenas un día. Mientras algunos de los que se van aseguran que les gustaría trabajar con Khrzhanovsky otra vez, otros se retiran absolutamente indignados; un extrabajador escribió:“Trabajar allí es como ser ese tipo que sueña con ser asesinado y devorado, y que se encuentra con un maníaco que quiere asesinarlo y devorarlo. Perfecta reciprocidad.”


Dau, la película, estáría basada en la vida del físico soviético Lev Landau. Ya está completa en un 80%, pero desde hace meses que no se agrega metraje, ni se avanza en su armado. El periodista que puede ver una parte del material en bruto lo describe como una mezcla vertiginosa de sensibilidades vanguardistas tamaño Hollywood y técnicas de reality show. Y tiene una escena de cuarenta minutos de una disputa improvisada de Landau con su mujer.
Khrzanovsky había filmado una película llamada 4, que había tenido un muy buen recibimiento en festivales internacionales y que le sirvió para atraer inversionistas que inyectaron el monto inicial para su proyecto. El director obtuvo libertad de acción e incluso consiguió la potestad de despedir gente sin tener que dar excusas para ello. Cuando el dinero para Dau parece acabarse, surge increíblemente un nuevo inversionista que asegura la subsistencia del proyecto por unos meses más. El set continúa en su demencial inercia, y muchos allí dentro se conforman con una existencia perfectamente predecible y vigilada.
Ahora bien, la pregunta que cabe hacer es: ¿qué ocurrirá con toda esa gente, su cotidianeidad, sus vínculos, el trabajo que muchos de ellos lleva a cabo desde hace años una vez que haya terminado el rodaje? Khrzhanovsky no tiene una respuesta, y por ahora se limita a dejar correr un experimento social que probablemente haya ido demasiado lejos.

Publicado en Brecha el 5/1/2012

jueves 5 de enero de 2012

Misión imposible: Protocolo fantasma (Mission: Impossible-Ghost protocol, Brad Bird, 2011)

Gracias, Hollywood

Hay que prestar atención a esta clase de películas. En primer lugar, porque en el inabarcablemente insalubre terreno del género de acción, es muy difícil dar con una obra tan divertida, vital e inteligentemente construida. Pero también porque a su manera es una lección de cine, de cómo utilizar la ilusión de verosimilitud para generar algo volátil e inverosímil a todas luces. Y es una forma de explotar hasta un extremo la capacidad exclusiva del medio de dar rienda suelta a la imaginación y llegar allí donde no se había llegado antes.
La película empieza con una divertidísima fuga de una cárcel rusa al compás de una canción de Dean Martin; se continúa con una infiltración a un edificio del Kremlin (en la que éste termina explotando), sigue con una vertiginosa y terrorífica escalada al edificio Burj Califa en Dubai –hoy el más alto del mundo- y un doble y simultáneo simulacro de negociación que no podría ser más intenso. Hasta entonces la composición fílmica es insuperable. Brad Bird, director de brillantes películas animadas (El gigante de hierro, Los increíbles, Ratatouille) había demostrado ser maestro de la acción más dinámica y de la incorporación de tecnologías ficticias –armas, robots, dispositivos inteligentes- al universo dinámico y adrenalínico de la acción más desaforada. Aquí se utiliza en cierta escena, por ejemplo, una suerte de pantalla que simula la imagen de un corredor vacío, atrás de la cual pueden esconderse los personajes, generando suspenso. Bird también utiliza el montaje paralelo mostrando lo que les ocurre a los protagonistas y pantallas informáticas en las que puede verse en un mapa esa misma acción, dando cuenta de elementos extra que agregan tensión al cuadro. Todo esto realizado de forma que la interpretación de los dispositivos tecnológicos y su interacción con lo que ocurre sean evidentes y no se le escape a ningún espectador, lo que demuestra un gran conocimiento del lenguaje cinematográfico. No era de esperar que Bird se desempeñara tan bien en el universo de la acción real –acotado, difícil de malear- como en el de la ilimitada imaginería animada.
La ambientación musical es genial y agrega puntos al tono jocoso y la creatividad desatada del planteo –ver los poderosos coros rusos durante la intrusión al Kremlin, o las escenas en Bombai, con una adaptación del tema original de la serie interpretada con instrumentos musicales locales-. Los actores están todos muy bien (especialmente las revelaciones recientes: Jeremy Renner y Léa Seydoux) y la nueva conformación del equipo podría dar la pauta de un nuevo comienzo para una saga que hasta ahora había dejado mucho que desear. Es verdad que los diálogos aquí no agregan demasiado y que uno está esperando que terminen para que llegue otra inyección de acción y vitalidad, y que el desenlace no queda a la altura de las expectativas, pero, ¿acaso importa demasiado? He aquí una película que vale cada peso del precio de su entrada, y un entretenimiento de primerísimo orden.

Publicado en Brecha el 5/1/2012

martes 3 de enero de 2012

Buenos Aires bulle

(Rápidas) impresiones de una ciudad embelesada


En el centro de la capital, la oferta cultural es inagotable y abrumadora. Opto en seguida por desechar las llamativas propuestas de teatros under de Palermo, las visitas guiadas por los barrios, las charlas literarias, los portentosos museos y la feria del libro lunfardo, y tratar de orientar mis energías al cine. En la semana de Cine Europeo, en el Gaumont, doy con la grandiosa Le gamin au vélo, última película de los Dardenne, en la que los hermanos siguen a un niño conflictivo y abandonado, logrando plasmar en la pantalla toda su ciclotimia, sus tribulaciones y su desesperación. Una obra comprensiva, sobregirada, demoledora y fundamental, que revive y redimensiona el clásico Los cuatrocientos golpes, de Truffaut. También en el Gaumont doy con Las acacias, corroboro que es una de las películas argentinas del año, y luego salgo indignado por un pretencioso exabrupto kitsch llamado Verano maldito. Los cineastas argentinos son igualmente capaces de obras pequeñas y sensibles como de desmadres sórdidos intragables. En el centro cultural Borges, en las históricas Galerías Pacífico, doy casualmente con un piso entero dedicado a la India, con telas, vestidos y chucherías del país. Hay también una sala de cine, y como buen devoto me integro a una larga y luminosa jornada de comedia, música y llantos a puro Bollywood. En Ventana Sur, una vitrina donde se exponen las películas para que compradores y distribuidores tengan acceso a la industria cinematográfica latinoamericana puede verse un gran mercado de películas en producción. En la sección “Primer corte” -en la cual se exponen películas aún no terminadas- gana el primer premio la pelicula Solo de los uruguayos Guillermo Rocamora y Javier Pelleiro, sobre un trompetista de la Fuerza Aérea que tiene que decidir si cumplir su deber e irse a la Antártida o participar en un concurso de música.
En el Luna Park, la llegada de los Babasónicos se retrasa más de media hora, y la impaciencia juvenil es más que audible. No se vende alcohol a una decena de cuadras a la redonda, y al interior abundan los carteles -olímpicamente ignorados- donde se expresa la prohibición de fumar. Un machacante video explica las vías y los procedimientos de escape ante un eventual incendio -sobrevuela el fantasma de Cromañón- por quince salidas de emergencia que rodean el lugar.
Los Babasónicos dan lo que prometen, logran un espectáculo poderoso y aportan las dosis suficientes de canciones pegajosas y dinámicas, con ese estilo tan particular que los caracteriza. La escenografía, una tarima de tres pisos en donde se disponen los integrantes, cambia de motivos mediante creativos juegos de luces. Lástima que Adrián Dárgelos, el vocalista, piense que es tan sensual y se pase contoneándose sin parar, y que las chicas del público refuercen su ilusión con un griterío histérico casi constante.


SUBE. En el centro, la incorporación reciente de las tarjetas SUBE (Sistema Único Boleto Electrónico) facilita mucho el traslado del visitante. Quienes se hacen de la tarjeta pueden recargarla -se le coloca la cifra que uno desee, a partir de dos pesos- y utilizarla en todos los transportes, sean micros, trenes o subtes. Uno la pasa por la máquina instalada en la entrada a las estaciones, o arriba de los micros, y de ahí es debitado el precio del viaje, apareciendo un cartel luminoso que señala cuánto saldo queda en la tarjeta.
Una inmensa diferencia entre acá y allá: si bien en la Capital Federal el sistema de transporte es también privado, las empresas están obligadas por ley a asegurar el viaje al usuario. Es decir, deben de hacerse cargo de cumplir con el servicio público asignado y no pueden dejar a la gente en la calle: si en las boleterías no hay cambio, entonces los viajantes pueden ir gratis a destino. Si los tarjeteros no funcionan, aunque sea temporalmente, también se viaja gratis.
Una protesta de los delegados del Subte de Buenos Aires lleva ya más de noventa días de actividad; cortan sus servicios de recarga de tarjeta -dejando a miles de usuarios varados- ya que insisten que la incorporación de una labor extra -pasar la mano con la tarjeta por la máquina para ayudar a recargarlas- les provoca tendinitis, cefaleas y contracturas. La respuesta de Cristina Kirchner fue terminante. Calificó a las actitudes de los trabajadores del Subte como “egoistas, insolidarias, impropias”, y agregó: “la pucha, vi a mi viejo trabajar en el colectivo, tenía que sacar boleto por boleto. Laburó toda su vida y nunca tuvo tendinitis de nada (...) les pido a todos los argentinos que tienen responsabilidades, que trabajan, que estudian, que están arriba de un arado, que pensemos un minuto no sólo en nosotros mismos”.

Mengele y Perón. No es novedad que Argentina sirvió, desde la Segunda Guerra Mundial, como exilio privilegiado para políticos, banqueros y empresarios nazis. Los estertores del III Reich y de Hitler fueron vistos a tiempo por muchos alemanes, y ante la inminente llegada de rusos y norteamericanos que supondrían la implacable finalización de su buen pasar, y que no dudarían ni media fracción de segundo en confiscar sus bienes, no fueron pocos los que, lejos de sentirse tentados de suicidarse junto al führer, se tomaron los vientos a tiempo de salvar su pellejo. El presidente Perón tenía buenas relaciones con la Alemania nazi, y acogió a muchos empresarios que instalaron sus empresas en Buenos Aires, como la Merck o que abrieron grandes filiales como la de Mercedes Benz. El discreto y apacible barrio Vicente López fue un destino especial y, entre otros, el mismísimo Josef Mengele, -también conocido como el “Angel de la muerte”, famoso por haber perpetrado atrocidades experimentales en Auschwitz- fue uno de los tantos e impunes refugiados.
La casa de Mengele está escondida en uno de los tantos recodos laberínticos de un barrio arbolado, prolijo y apacible, en la inaccesible calle -de tan sólo media cuadra y una sola entrada- Virrey Vertíz. A simple vista, la pequeña residencia no llama la atención en lo absoluto. Apenas una fachada blanca, de bajísimo perfil, en la que nadie repararía. En el preciso momento en que llego allí la casa está en obras, y logro meterme en su patio delantero, quizá días antes de que vaya a colocarse una reja y redimensionen nuevamente todo. Luego de dar un breve vistazo logro dar con algo realmente atípico: a un costado del patio se abre un camino, parcialmente cubierto por arbustos. ¿A dónde desemboca ese sendero? Al patio trasero de la casa del vecino, un gran caserón que tiene su propia fachada en la otra calle, inaccesible desde esta. No es de extrañarse que Mengele haya elegido una casa con vía de escape incorporada, para rehuír a probables redadas policiales y persecuciones.
La casa en la cual el veterano Domingo Perón se alojaba, a tan sólo una cuadra y media, en la calle Gaspar Campos, es disímil sólo en apariencia. La fachada es llamativa, ampulosa, y tiene una foto del prócer allá arriba, en su segundo piso. Mi acompañante me cuenta que, cuando Perón se instaló allí, inmediatamente terminó con la paz del barrio, porque la Juventud peronista comenzó a postrarse, con griterío y ruido de bombos casi a diario, para aclamar a su ídolo. Cuando el barullo era demasiado, salía López Rega al ventanal y le pedía a la muchedumbre enardecida que por favor no hicieran tanto ruido, diciendo que “Domingo quiere dormir”.
Pero como la casa de Mengele, la de Perón también tiene un truquito escondido. Por detrás hay un terreno extenso y una subrepticia salida que da al otro lado de la manzana, hacia la calle paralela. Dando la vuelta corroboro que desde atrás no se puede ver nada; ni casa ni nada, tan sólo una entrada con una loma y una descuidada maraña de arbustos. Nadie podría sospechar que allí detrás se encuentra el caserón. Por ese otro lado, seguramente, Perón recibía visitas especiales sin que la prensa y todo el mundo reparara en ello, o se iba al demonio sin que lo molestaran.


Ruido. La parafernalia de Cristina es omnipresente, y la devoción por ella es palpable. Es curioso que la mayoría de los bonaerenses a los que consulto sobre el fenómeno hablen pronto y con entusiasmo sobre la soja, sobre la prosperidad, y, sobre todo, sobre el progreso. Esta última palabra, “progreso” es muy cara al bonaerense promedio, y se utiliza siempre ligada a la construcción edilicia, a las grandes obras de infraestructura, a la bonanza y a la acumulación aunque, por lo visto, desestimando otras clases de “progresos” sociales o educativos. De todos modos, algunos de los planes sociales parecen haber dado sus logros: La villa 31, por detrás de la Estación de Retiro, ha cambiado visiblemente. Hace cinco años era tan sólo un montón de casitas pequeñas, autoconstruídas, y hoy sus habitantes –muchos de ellos albañiles- les han edificado pisos encima, dos, tres y hasta cuatro pisos. ¿Cómo hacen para que no se vengan abajo? La mayoría ha rellenado los pilares con una infinidad de varillas; seguramente más de las necesarias. Un entendido en la materia me comenta que si hubieran contratado a un ingeniero, las obras les habrían salido más baratas, por el costo de los materiales. Pero de eso se trata, de un rebusque individual.
En la calle Florida, hasta hace cinco años uno era acosado en cada semáforo por una infinidad de niños que le pedían unas monedas, un cambio para poder comer. Hoy ya no puede verse eso –quizá porque estén mejor, o porque Macri los barrió para abajo de la alfombra- pero en cambio hay un sinfín de tarjeteros de casas de masajes –cazabobos, en la jerga local- que salen a la búsqueda de extranjeros para llevarlos a los establecimientos prostibularios y robarles –literalmente- todo su dinero. La policía forma parte de la estafa y si bien es algo que todo el mundo sabe, -además de cuáles son los locales que se dedican a eso- nada se ha hecho para revertirlo.
En la asunción de Cristina, hay muchas cosas que no se podrían ver en ningún otro país: que la banda presidencial sea alcanzada por su hija (¡!), como si el gobierno fuese una cuestión de familia, o el “¡te amo potra!” que le gritó durante el juramento un agradecido militante por el matrimonio igualitario, rompiendo toda proximidad a la seriedad protocolar.
Pero si hay un fenómeno realmente incomprensible para el visitante uruguayo es el sinfín de organizaciones autodenominadas “peronistas” que mueren del éxtasis por Cristina –y por Néstor, todo un mártir- y que se abocan a ellos con fanatismo ciego. Una porteña bastante avispada me comentaría más tarde que no se puede entender a las Juventudes Peronistas, “es como una barra de Boca, o de River, no podés comprenderlas desde un punto de vista ideológico o racional, porque se trata, ante todo, de una cuestión de fe.” Los cánticos no podrían ser más curiosos, entre ellos se destaca uno: “Nestor, mi buen amigooo, esta noche volveremo a estar contigoo, militaremos de corazón, somos los pibes, los soldados de Perón. No me importa lo que digan, los gorilas de Clarín, vamos todos con Cristina a liberar el país”. Cristina, más allá de todos sus logros, le ha dado al argentino la oportunidad de revivir la nostalgia masturbatoria de un pasado glorioso y próspero, de la misma manera en que lo hizo Menem en los noventa, y que llevó a que muchísimos lo continuaran votando, aún años después de que hubiera saqueado y vendido medio país. La comparación de un presidente con el otro no tiene sentido alguno ni es justa, pero sí el fervor que ambos despertaron, el fanatismo, causados en parte por un nacionalismo difícil, peligroso, que se respira constantemente. Saliendo de las multitudes enfervorecidas me escapo ensimismado, cavilando, preguntándome qué sentido tendrá ser el soldado de un cadáver.

jueves 29 de diciembre de 2011

En las calles de Seúl

Turismo atribulado

Al primer día de mi estadía en la hiperpoblada ciudad de Seúl me dirijo al distrito Gangnam-gu, y me interno en el inmenso Coex Mall- algo así como un Shopping de 85 mil metros cuadrados-. Después de recorrerlo exhaustivamente, de ver tiendas asombrosas, un acuario gigante, el “Game Champ” –una sala inmensa donde cualquiera puede jugar videojuegos gratis y donde hay campeonatos que se transmiten a toda Asia- y de atiborrarme en el museo del kimchi (comida local picante a base de vegetales) doy por fin con uno de los principales objetivos de mi viaje: el parque temático Pucca. Ya había oído sobre sus divertidas atracciones, sus grandes e impresionantes salas, su polo ártico de nieve y hielo artificiales, su bosque de juncos; pero nunca me imaginé que me encontraría con algo así. Ni bien llego me llama la atención que todas, pero absolutamente todas las personas allí presentes están disfrazadas. Es decir, todos son Pucca o Garu, todos tienen cuerpos pequeños y enormes y ovaladas cabezas de almidón. No hay niños en ningún sitio, y al poco rato de recorrer caigo en la cuenta de que yo, al no tener disfraz, debo de llamar la atención especialmente. Empiezo a sentirme incómodo, y me asalta la sospecha de que quizá alguno de los indiscernibles carteles de la entrada del local prohíbe el ingreso sin disfraz. Cuando veo a un Garu afilando un sable samurai real sobre una piedra giratoria, decido retirarme presuroso.
La comida coreana es indiscernible, picante, agridulce, acuosa, chiclosa, crujiente, rugosa y/o viscosa. Es imposible establecer si lo que uno come es animal, vegetal o mineral, y se necesita un auténtico guía gastronómico para saber qué cuernos le está metiendo uno al organismo, y cuál opción de la variada oferta es “comestible” para un ser humano. Entrando a un local de comida rápida, elegido al azar y repleto de moscas, me convenzo rápidamente de que me metí en el lugar equivocado. El mesero-cocinero tiene una cicatriz que va desde su oreja a la comisura de su boca. Uno de los comensales, gordo, calvo y sudoroso se inclina sobre una sopa en la que flotan cubos verdes; compruebo que por su cabeza le camina lentamente un ciempiés, se le franelea en la calva. No logro ver la cara del segundo de los comensales, pero tiene los brazos íntegramente tatuados y hace un ruido horrendo al engullir su alimento.
Pido un Sannakji, y con presteza inconcebible el mesero me sirve un plato de pulpos recién cortados, con varios de sus tentáculos aún en movimiento. De golpe, llega alguien de la calle, se planta frente al gordo-pelado y le dice en perfecto coreano que su hermana es una “barata”, que le debe 400 mil won y que se haga cargo. La negativa del gordo lo lleva a tomar un mortero de la cocina y aplastárselo directamente en el cráneo. El gordo queda tumbado sobre su bandeja, dejando caer sobre ella su masa encefálica. En ese momento me doy cuenta de que la condimentada amalgama tentacular de mi plato está creciendo, que cobra la forma de un pulpo más grande que palpita y crece cada vez más. Me mira directamente a los ojos y me dice ¡en español! que los periodistas somos los únicos responsables de la masacre de Kwang-ju. Escapo a la calle y el pulpo, ya monstruoso, me persigue. En un tentáculo lleva un martillo, en otro, un mando de Nintendo wii. Corriendo por las avenidas, tratando de no mirar atrás, compruebo que también me siguen grandes y rodantes erizos, algunos “Garus” con katanas y un equipo femenino de handball. Atravieso un barrio de policías y proxenetas, paso por un umbral de ornamentos navideños y desemboco en un terreno baldío repleto de niñas muertas. Continúo corriendo.
De alguna manera, termino en un descampado y logro llegar hasta un santuario flotante, en medio de un gran lago. Trastabillando, exhausto, me dirijo al monje que allí yace, caigo a sus pies y le cuento desesperadamente todas las vicisitudes recientes que me aquejan y doscientas más; jadeante y sudoroso, escupo mis últimas palabras: “¡La luz, el estrépito, el horror... el horror!”. Con serenidad budista pero sin disimular una mueca, me responde conciso: “la televisión te está fundiendo el cerebro”.

Publicado en Brecha el 29/12/2012