viernes, 4 de septiembre de 2015

Force Majeure: La traición del instinto (Turist, Ruben Östlund, 2014)

El frío paralizante 



En derecho, se denominan de "fuerza mayor" los sucesos ocurridos dentro de circunstancias imprevisibles y cuyas consecuencias afectan a un ser humano, implicándolo y a partir de lo cual puede eximírselo de responsabilidad en su accionar. Casos de este tipo son derivados a veces de accidentes naturales u otros hechos fortuitos; el ejemplo típico es el de dos personas a bordo de un avión a punto de estrellarse, y en cuyo interior hay solamente un paracaídas. Una de las dos personas salva entonces su vida utilizando el paracaídas, y el otro muere dentro del avión. Como se considera una circunstancia de fuerza mayor y el instinto salvó su vida (aún ocasionando la muerte del otro) el sobreviviente queda exento de culpabilidad, por haberse visto envuelto en una situación que lo excede y que él no ocasionó.
Sobre estas circunstancias extremas en las cuales el miedo se impone, los instintos comienzan a dominar y los individuos pierden su compostura y sus principios trata, con lucidez demoníaca, esta película. Una familia va a pasar sus vacaciones a un hotel de ski al pie de los nevados Alpes franceses. Un día, mientras almuerzan en un restaurante y disfrutan del paisaje de la montaña, una avalancha se precipita sobre ellos y el resto de los comensales. En ese momento, mientras la madre abraza y contiene a sus dos hijos, el padre de familia toma su celular y sale corriendo de la mesa, abandonando a los suyos. La avalancha nunca llega al hotel y no les sucede nada, pero la reacción "egoísta" del padre comienza a ser un lastre difícil de sobrellevar para la familia, y particularmente para su esposa. 
Es este el punto de partida para una comedia negra o un drama conyugal (cada cual que elija la etiqueta que mejor le quepa) a partir del cual el director sueco Ruben Östlund despliega una tensa disputa familiar, excusa para desengranar algunos de los mandatos culturales relacionados con géneros y roles, según los cuales el hombre es el encargado de poner el cuerpo ante cualquier amenaza que se cierna sobre su grupo familiar. La situación no sólo es inaceptable para la esposa, sino también para el mismo implicado, quien niega reiteradamente los hechos. Nótese la escena de un "salvataje" en medio de la nieve, por el cual el padre levanta en brazos a su mujer, reconstituyendo así un orden ancestral que vuelve a ubicarlo como un hombre valiente, a pesar de que la situación toda se revele como un acuerdo tácito, un "montaje" en función de ello. Un final al interior de un ómnibus que coloca al factor desencadenante de revés, invirtiendo los géneros, supone un apunte sarcástico que resignifica y hace burla a las convenciones y las construcciones ideológicas desarrolladas. 
Es en estos tramos y tantos otros que Östlund demuestra ser de los más certeros e ineludibles herederos de su coterráneo, el maestro Ingmar Bergman. La escena en que de golpe y sin aviso previo se aparece un dron en plena sala y en medio de una intensa conversación supone un exabrupto genial de un director que sabe desconcertar y manipular emocionalmente a su audiencia. Primeros planos que, lejos del típico diálogo en plano-contraplano se fijan en un sólo rostro permitiendo entrever los torrentes internos y las metamorfosis emocionales de los personajes; la portentosa fotografía que coloca a la naturaleza como un factor determinante; gélidos silencios que son cortados implacablemente por imponentes ráfagas de Vivaldi nos llevan a comprender que estamos ante una película excepcional, y ante un autor de primer orden.

Publicado en Brecha el 4/9/2015

viernes, 21 de agosto de 2015

Dos días, una noche (Deux jours, une nuit, Jean Pierre y Luc Dardenne, 2014)

Levántate y anda



Seven, Alien el octavo pasajero, 12 hombres en pugna, 10 negritos, son películas muy diferentes entre sí, pero todas ellas tienen un elemento en común. Además de que casualmente tienen cifras en sus respectivos títulos, en ellas los andiamajes narrativos, la estructura en sí, es protagonista. Plantean una premisa que marca las reglas del relato, y desde un comienzo se pone al espectador en pleno conocimiento de esas reglas. Así, se propone un recorrido con algo de lúdico, sea a través de crímenes relacionados con los pecados capitales o la muerte uno a uno de todos los personajes, la dirección está claramente establecida; el camino cobra cierto grado de previsibilidad pero lo que comienza a interesar y lo que vuelve atractivo al planteo ya no es tanto qué sucederá (eso ya se sabe de antemano) sino cómo y con qué variaciones se irán sucediendo esos hechos. 
La anécdota de Dos días, una noche (2014), es abrupta y nos coloca de pleno en el punto de partida de otra sucesión de eventos. Sandra, la protagonista (Marion Cotillard, en un despliegue expresivo sobresaliente) ha pasado un período enferma pero ya está apta para volver a su trabajo en una planta de fabricación de paneles solares. Pero sus jefes deciden prescindir de su labor, exigiendo un poco más a los demás trabajadores para cubrir ese recorte. Luego de una votación, los empleados deciden obtener un bono extra (mil euros en casi todos los casos) y que Sandra sea despedida. Pero es de suponer que varias de esas personas podrían cambiar de opinión si Sandra les dijera personalmente lo importante que es para ella seguir trabajando. Pronto sabremos que varios votaron bajo amenaza y presión por parte de los empleadores, por lo que la protagonista cuenta con el lapso del título para hablar una por una con las catorce personas, para convencerlos de renunciar al bono y respaldarla en una nueva votación. 
Se plantea entonces el recorrido por el que Sandra va y se apersona en la casa de cada uno de las personas detrás de tan antipática votación. Para poder recobrar su trabajo, debería convencer a la mitad de ellas. En esta sucesión se presenta un gran abanico de personalidades, una variada fauna humana que ostenta sucesivamente el más descarado desinterés, arrepentimientos sinceros, indecisión, apoyo empático y hasta abierta hostilidad. Los hermanos Dardenne proponen así una serie de situaciones y realidades, tan disímiles unas de otras como sólo pueden ser los seres humanos entre sí. Como aproximación social, se trata de una especialmente atenta a la riqueza y a la diversidad: cada individuo viene acompañado de su propio micromundo, de su familia, de sus hijos que, impávidos, testifican el proceder de sus padres. Estos mismos niños crecerán nutridos de esta influencia, y así los apuntes sociales se multiplican, convirtiendo a esta película en una auténtica radiografía de un tiempo, de una clase social sumergida y del legado que deja a las siguientes generaciones.


Por sobre la anécdota sobrevuela una certidumbre: el enfrentamiento de estas personas es consecuencia de una nada inocente maniobra de desarticulación sindical, mediante la cual se apela al individualismo, a la desconfianza y a la hostilidad entre compañeros. Pero la mirada de los Dardenne siempre deja lugar para la esperanza y así como Sandra obtiene varias negativas también la solidaridad gana espacios. Y la batalla fundamental que se impone, la de una mujer por su dignidad y contra su propia depresión, es la verdadera épica subyacente. Cotillard provee un sutil pero abundante bagaje de recursos interpretativos, desde el quiebre de su voz en situaciones que la superan a abruptos cambios de registro que dan cuenta de su inestabilidad emocional; la última escena, en la que ostenta una calma y radiante sonrisa, supone un giro liberador y al mismo tiempo sorprendente. 
La naturalidad aparente del cuadro es producto de un trabajo extremadamente puntilloso por parte de los directores. Una mirada atenta a la puesta en escena permite descubrir un cuidado equilibrio cromático y de iluminación, hay largos tramos filmados sin cortes y en tiempo real y algunas escenas fueron rodadas cincuenta, sesenta y hasta ochenta veces, siempre en orden cronológico. Pero los hermanos Dardenne son maestros del artificio: todo fluye y hasta pareciera que los actores se desempeñaran con altos grados de improvisación. 
No hay caso, los directores belgas lo han vuelto a hacer y una vez más demuestran ser los más dignos herederos del neorrealismo italiano. Una economía de recursos sorprendente, una capacidad de sugerencia portentosa y un detenimiento en los matices, en el torbellino emocional atravesado por la protagonista proveen a esta película de una riqueza humana y conceptual profundamente conmovedora. Será por todo esto que Dos días, una noche es, hasta hoy, la mejor de las películas estrenadas este año.

Publicado en Brecha el 21/8/2015

sábado, 15 de agosto de 2015

Entrevista a Adriano Salgado

Menos es más 


Ganadora del premio a mejor película argentina en el 28º Festival de Mar del Plata, La utilidad de un revistero es una hazaña por donde se la vea, y una obra sumamente divertida y transgresora. Invitado por la Cinemateca para presentar su estreno en Uruguay, (en Buenos Aires aún no llegó a salas) su director se extendió en sus intenciones, sus afinidades cinematográficas, sus búsquedas.

Se trata de una ópera prima absolutamente novedosa. No sólo por ser una de las películas argentinas más inteligentes y divertidas de los últimos tiempos, sino porque además se permite jugar y valerse de premisas cinematográficas atípicas. Adriano Salgado, su director, logró una hazaña impensable: que un largometraje sin movimientos de cámara y con un sólo plano fijo en el interior de un apartamento (aunque la existencia de un fundido a negro, cerca del final, de cuentas de la existencia de un único corte) sea además un relato ágil, con diálogos hilarantes, dotado de tan sólo dos personajes sumamente atractivos –las brillantes actuaciones de Maria Ucedo y Yanina Gruden son bazas que juegan fuerte–. En su interacción, y con la excusa de una entrevista de trabajo, ambas protagonistas le van agregando nuevas capas a la historia y, al mismo tiempo, planteando una reflexión sobre los formatos de cine y teatro; sus puntos en común, sus diferencias. 
De bajo perfil, Adriano Salgado tiene más de veinte años de experiencia en cine, pero siempre como técnico y particularmente como sonidista. Finalmente como director su detallismo, su esmero puntilloso se hace patente no sólamente en un guión propio cargado de significados y referencias sutiles, sino además en una cuidada puesta en escena que rompe con esquemas preconcebidos, suponiendo una valiosa lección cinematográfica. En una amena entrevista con Brecha, Salgado dio cuentas de un proceso creativo y una forma particular de entender el cine. 

–No recuerdo películas que sostengan un plano durante tanto tiempo, salvo que contemos los experimentos audiovisuales de Andy Warhol (que difícilmente puedan llamarse cine). ¿Te inspiraste en la forma de alguna película en particular? 

–Hubo una película mexicana que en su momento me gustó mucho, La tarea (1991) de Jaime Humberto Hermosillo, y que me sirvió en parte como inspiración. Ahí había antes del plano fijo algunos movimientos de cámara, pero en determinado momento la protagonista va y deja la cámara quieta en un rincón, y a partir de allí la película queda en ese plano y pasa a ser el registro de lo que filma esa cámara escondida. Claro que hay varios cortes disimulados porque fue una película rodada en cinta (quizá no podían filmarse más de diez minutos seguidos), pero ese fue un disparador para preguntarme cómo podía funcionar una película con un sólo plano. Y para considerar qué otros elementos deberían entrar en juego para generar interés y atrapar de algún modo al espectador. 

–Si hay algo que demuestra La utilidad de un revistero es que el montaje no necesariamente impone el ritmo de una película. La tuya carece prácticamente de montaje, ¿cómo dirías que se genera el ritmo en este caso? 

–Son muchos elementos, los cambios en la decoración, los diferentes elementos que juegan en el encuadre, el uso de la música y el sonido, los movimientos de las actrices, las diferentes instancias de diálogo. Pero hay que tener en cuenta que desde el momento en que empieza la película hay un tiempo muerto de varios minutos que de algún modo sirve para predisponer al espectador a que cada pequeño cambio sea visto como un gran suceso. Así, cuando entra en el plano la primera de las actrices se convierte en algo muy importante, y ni hablar de cuando suena el timbre y aparece la segunda. 

–Otro punto fundamental es que la película también echa por tierra precisamente todas esas convenciones que exigen plot points o giros de guión a los cinco minutos de metraje, para que supuestamente la atención del espectador no decaiga. Los giros de guión acá demoran más en aparecer, y tu película dura dos horas y divierte y mantiene en vilo a la audiencia, sin siquiera mover la cámara. ¿cuál dirías que es la clave de eso? 

–A mí me parecía interesante que ambos personajes se estuvieran conociendo por primera vez en ese encuentro. El espectador también las está conociendo en ese proceso, o sea que la película parte desde un punto 0. Yo creo que eso, más allá de los tiempos muertos o los giros de guión que haya o no, motiva cierta curiosidad que lleva a ser partícipe en la historia... Además al irse dosificando la información, los personajes van creciendo al punto de que terminan siendo muy diferentes a lo que parecían en un comienzo. 


–Es muy llamativo el humor dentro de la película, y en especial el elemento de transgresión, por el cual la chica más joven, gracias a su personalidad arrojada, parecería cometer muchos errores durante la "entrevista", dice y hace cosas que no debieran hacerse jamás en una entrevista de trabajo, aunque no pareciera ser muy consciente de ello. Parece otro elemento que juega fuerte para la incomodidad... 

–Claro, y yo quiero agregar que a mí me interesaba especialmente mostrar tiempos muertos, porque me parece que muchas veces dicen más cosas sobre las personas que los diálogos que puedan tener o lo más propiamente utilitario del guión. Yo noto que en el cine uno ve constantemente cortes, elipsis, la trama avanza atropelladamente y cada nueva escena supone un salto que obliga a estar pendiente de como se suceden las acciones. Si vos cuando viniste para acá, por ejemplo, saliste de tu casa y te tomaste un taxi, en una película te pueden filmar cerrando la puerta de tu casa, parando el taxi y subiéndote a él. Corte y te estás bajando y llegaste al hotel. Ahora, capaz que si omitiéramos ese corte y filmáramos todo lo que te pasó adentro del taxi, quizá ese diálogo aparentemente casual que tuviste con el tachero, todo ese tiempo "muerto" puede decir muchas cosas de quién sos vos. A mí me interesan esos tiempos muertos porque suelen ser elocuentes de quiénes son los personajes. Un amigo hace poco me contaba una anécdota sorprendente: durante una fiesta tuvo sexo con una mujer casada, en el baño, mientras el marido y los hijos de la mujer estaban en la sala de fiestas. Este amigo me contó así sin más el asunto de la relación sexual y yo no podía creer que omitiera todos los detalles que a mí más me interesaban, que era cómo se fue dando esa situación, ese asunto de la seducción, de las miradas que se cruzaron antes del hecho en sí. Creo que ahí está lo increíble y la gente y los espectadores no están muy entrenados para apreciar toda esa riqueza de detalles. 

–Son muy interesantes los diálogos que la película establece entre cine y teatro. Como por ejemplo cuando uno de los personajes dice casualmente que "...la luz y el sonido orientan la atención del espectador". 

–Si, hay varios de esas referencias dispersas, y la obra que se representa en la maqueta, no sabés lo que me costó escribirla... Me interesaba especialmente que esa obra de teatro fuese más bien cinematográfica (con fundidos a negro, elipsis) y que la película en su conjunto en cambio fuese más bien teatral, sin cortes y fluida. Hay algo que a mí me encanta del teatro y es que tiene un carácter accidental que lo vuelve enormemente atractivo. Por ejemplo, si en el teatro a uno de los actores se le vuelca el café encima de otro, existe un margen de duda, uno a veces no tiene claro si eso que sucedió es algo que está guionado o si fue realmente un accidente. El otro día vi una obra en la que la actriz subiendo una escalera se tropezaba y caía varios escalones golpéadose el culo. Cuando vi eso me agarré la cabeza durante media hora, pensando en pobre, lo que le había pasado y qué situación incómoda tener que disimular e improvisar después de eso. Pero cuando terminó la obra me enteré que esa caída también estaba guionada. Eso a vos en el cine no te va a pasar nunca, porque si en una toma algo sale mal el director pide que se corte y se hace de nuevo. Haciendo toda la película en una sóla toma, en parte se podía romper con ese artificio, y podía darse una naturalidad distinta al abordaje. 

–¿La etiqueta "experimental" fue un atributo positivo o una maldición a la hora de "vender" la película? 

–Creo que es más bien una maldición. Yo quise adelantarle a los potenciales espectadores que mi película es un plano fijo; en parte como una alerta, para que la gente fuera predisponiéndose, que no les resultara pesada, e incluso para que el público más bien cinéfilo fuese a ver mi película. Pero lamentablemente este elemento persuadió a mucha gente de no ir a verla, e incluso creo que mismo muchos de esos cinéfilos dejaron de verla al oír acerca de este perfil experimental.

Publicado en Brecha el 14/8/2015

domingo, 9 de agosto de 2015

Misión imposible: Nación secreta (Mission: Impossible - Rogue Nation, Christopher Mc Quarrie, 2015)

Envejeciendo como los vinos


Parece mentira pero la saga de Misión imposible empezó hace casi veinte años. Pero lo que arrancó a medio pelo y con películas más bien irrelevantes (ni Brian de Palma ni John Woo ni J.J. Abrams lograron darle empuje y nervio a sus respectivas entregas) cambió radicalmente en la nueva década, y curiosamente, recién a partir de la cuarta. La grandiosa Protocolo fantasma (2011) nos reencontró con un Tom Cruise ya cincuentón pero más enérgico que nunca, y desplegaba escenas de acción brillantemente planificadas y orquestadas que incluían una hipertensa infiltración en el Kremlin y una horripilante y vertiginosa escalada al edificio más alto del mundo, en Abu Dhabi. Detrás de cámaras se encontraba Brad Bird, uno de los más grandes directores de Hollywood (El gigante de hierro, Los increíbles, Ratatouille) y terminó de redondearse, gracias a un gran elenco, un equipo poderosamente carismático. 
Esto último es también una de las más importantes bazas de esta divertidísima nueva entrega. Si Simon Pegg funciona como un gran comic relief, Jeremy Renner oficia una vez más como contrapeso moral del protagonista, que siempre está arriesgándose y tentando los límites de lo aceptable. Esto sumado al siempre presente Ving Rhames (el Mr. T del cuadro) y a la chica dura recambiable –siempre lo son en las películas de superagentes– esta vez la eficiente y sueca Rebecca Ferguson. Los agregados de Alec Baldwin y Sean Harris, ambos villanos que amamos detestar, sellan a la perfección un elenco que no podía ser más atractivo. 
La apuesta es a lo grande: la acción se alterna entre locaciones de Minsk, París, Londres, Viena, Casablanca, Washington D.C y La Habana. Apenas arranca la película y el intrépido Ethan Hunt salta a un avión en movimiento, y el armatoste despega con el protagonista bien aferrado de la puerta. Lo lindo del asunto es que la escena no cuenta con efectos de CGI y que Cruise carece de dobles, así que no es otro que él mismo cargando con su más de medio centenar y bien agarrado a una aeronave muy real, remontándose. Claro está que una voluntad así es contagiosa: los fotogramas en las escenas de acción palpitan junto a Cruise. Un cruce de francotiradores en plena ópera de Viena –homenaje al Hitchcock de El hombre que sabía demasiado– aporta sus buenas dosis de suspenso, un trabajo de precisión bajo aguas profundas y sin oxígeno no podría ser más intenso y una persecusión de varios vehículos y motos por las calles de Casablanca es adrenalina pura hecha cine. El director y guionista Christopher Mc Quarrie parece tener muy buen feeling con Cruise (aquí uno de los productores) ya que habían trabajado en tres películas con anterioridad: Operación Valkiria, Jack Reacher y Al filo del mañana, siendo ésta su cuarta colaboración conjunta. 
El guión es ágil, los gags y chistes aparecen justamente dosificados para equilibrar una trama que nunca llega a perder su seriedad e intensidad. Pero además Cruise logra imprimirle humanidad y simpatía a un personaje que hace veinte años parecía soso, lavado y más bien robótico, y que últimamente se ha convertido en lo contrario: un tipo que sufre, se cansa, que la pasa bien y mal, que se estresa y también se divierte. Y los espectadores lo acompañamos, agradecidos.

Publicado en Brecha el 6/8/2015

viernes, 31 de julio de 2015

Píxeles (Pixels, Chris Columbus, 2015)

Boludez gigante  


Como disparate, la idea es muy buena. Una invasión de alienígenas viene en forma de videojuegos pixelados, replicando a clásicos de los ochenta (más precisamente, anteriores al 1982) como Galaga, Centipede, y Pac-Man. Así es que estas toscas animaciones que poblaron las salas de maquinitas tres décadas atrás se convierten en grandes monstruos antisociales que ponen en jaque y aterrorizan al mundo entero. Los nerds que en aquel entonces pasaban la vida metiéndole monedas, varios de ellos devenidos perdedores de diferente calibre, son hoy reclutados por el gobierno de los Estados Unidos para combatir a esta extravagante invasión. La idea es que con sus reflejos, su capacidad de leer los patrones de programación y sus enciclopédicos conocimientos respecto a asuntos que aparentarían ser profundamente inútiles, podrían superar el desafío que los extraterrestres plantean: una serie de "juegos" muy reales por los que deben enfrentarse alternativamente con monstruos espaciales, ciempiés gigantes, una versión malévola de Pac-Man o el mísmísimo Donkey Kong.
La película dice estar basada en el corto homónimo del francés Patrick Jean, dos minutos y medio en los que se presenta, como si fuera un sueño, este bombardeo por parte de los videojuegos, con un gran despliegue visual e ideas muy buenas (como que el Pac-Man se fuera comiendo las estaciones de metro, por ejemplo) y en la cual no existía explicación alguna para el insuceso, aunque todo ese delirio podía prestarse para alguna interpretación alegórica. Pero más bien parecería que buena parte de la "inspiración" hubiese sido tomada de un brillante episodio de Futurama, en el que Fry, bueno para nada salvo para jugar videojuegos, salvaba la tierra de la amenaza. 
Pero lo que como corto o como breve capítulo funcionaba y muy bien, aquí se encuentra estirado con chistes gritones y poco efectivos, guiños adolescentes y berretas a la cultura pop (una referencia a Gandalf y Harry Potter da clara cuenta de la poca creatividad volcada en ellos) y un manifiesto desaprovechamiento de talentos (como el de Peter Dinklage, genial enano de Juego de Tronos). Adam Sandler, quien alguna vez fue uno de los más impetuosos y completos actores de comedia, ahora parece haber entrado en esa inercia en la que caen algunos veteranos, (síndrome de Al Pacino, podría llamarse), por la que parecería interpretar sus papeles de taquito, sin esfuerzo y apelando a su más trillado catálogo de expresiones. A Sandler aquí se lo ve más abúlico que nunca, como si en vez de combatir los extraterrestres fuera a aplastarlos con su desidia (o con su gran estómago). En definitiva: poca creatividad, chistes mediocres, buenas ideas desaprovechadas. Mejor no perder el tiempo.

Publicado el Brecha el 31/7/2015

viernes, 24 de julio de 2015

Ant-Man (Peyton Reed, 2015)

Desproporcionada 



Uno de los aspectos más atractivos de películas cuyos protagonistas encogen su tamaño –El increíble hombre menguante y Querida encogí a los niños, por nombrar algunas de las mejores– es que en ellas había un primer detenimiento en la fascinación por la nueva perspectiva planteada. Así, una vez ocurridas las transformaciones, el espectador era transportado a un mundo en que alfileres, botones, fichas de lego se convertían en objetos inmensos e increíbles y en que los insectos podían verse como monstruos colosales y terroríficos. El cine se convertía en una herramienta para volver posible lo imposible, pero ante todo gracias a este primer detenimiento, al tiempo dedicado a los detalles de las nuevas proporciones; gracias a una paulatina presentación de imágenes, las nuevas dimensiones se volvían algo vivencial, casi corpóreo. Ahora bien, cuando en esta película el superhéroe protagonista se coloca por primera vez su traje y se achica hasta el tamaño de un formícido, en seguida se presenta una imparable escena de acción, en la que cae a una bañera y es arrasado por el agua, va a parar a una discoteca y esquiva decenas de zapatos, se encuentra con un ratón, es sorbido por una aspiradora, lanzado por los aires reiteradas veces, y todo esto en tan solo unos segundos. Podrá decirse que es una escena ágil y que gana en dinamismo, pero se echa en falta esa clase de extrañamiento. La escena finalmente redunda en otra más de acción y acumulación y ese detenimiento vivencial brilla por su ausencia. Es una lástima que, considerando las características del guión, no se haya aprovechado la posibilidad.
Pero seguramente el gran problema de Ant-Man es su comienzo. Una introducción de personajes y situaciones carentes del dinamismo, la originalidad y la chispa suficiente para volverse más llevadera. Alguien podrá decir que esta intro es necesaria para comprender las motivaciones del personaje, pero por ejemplo la también merveliana –y brillante– Guardianes de la galaxia prescindía de este tipo de presentaciones, y los personajes eran, de todos modos, una maravilla. Los buenos guionistas y directores son capaces de sugerir problemas o conflictos pasados sin necesidad de explayarse en desarrollarlos en tiempo real.
Por fuera de estos detalles, la película está provista de grandes méritos. El primero de ellos es su pareja protagónica: Paul Rudd es uno de los más completos y desaprovechados actores de comedia de Hollywood, y ya venía siendo hora de que se le diera un papel central de estas características. Rudd encarna un muy querible perdedor devenido delincuente, y la adhesión con su causa es inevitable. A su lado, Evangeline Lily (Kate en la serie Lost) se desempeña construyendo un rol fuerte y carismático, y ya se plantea como otra atractiva heroína para la colección de vengadores. Por su parte, Michael Peña es un secundario brillante, de esos que causa gracia en cada aparición, y la película cuenta con escenas sumamente originales, donde sobresalen particularmente los flashbacks en los que se describen cadenas de secretos, así como varias luchas a escala micro en la que a toda la grandilocuencia propia de estos blockbusters se le contrapone otra perspectiva, donde se sugiere la nimiedad de todo este asunto. Es en estos momentos que sorprende la gran inventiva presente en esta y otras películas de Marvel Films, y la prueba de que, en el cine dominante, a veces también pueden surgir formas y lenguajes nuevos.

Publicado en Brecha el 24/7/2015

sábado, 20 de junio de 2015

Leviatán (Leviathan, Andrey Zvyagintsev, 2014)

La colosal ausencia de humanidad


El Leviatán es un monstruo marino presente en las cosmovisiones cristiana y hebrea, a veces descrito como una serpiente de mar, a veces como un cocodrilo gigante. Asociado con Satanás, se habla de una criatura nefasta de una capacidad destructiva ilimitada, terror de los mares y de las costas. 
Pero en esta película el monstruo está muerto, la imagen de una gran osamenta encayada en las costas del Mar Báltico puede sugerir la idea de que en la Rusia de hoy la bestia ha sido sustituída por otra, mucho más terrible. Luego de los últimos estertores del "norte" comunista, la administración rusa se convierte en una administración sombría, un coloso expropiador que, en su insidiosa red de contactos políticos, policiales, judiciales y religiosos, se vuelve incuestionable, imbatible. Cuando los protagonistas, trabajadores caídos en desgracia pero con una dignidad íntegra entran en la mira del monstruo, la batalla a librar supondrá una osadía mayúscula; una cruzada difícil de sostener, a pesar de que un abogado, amigo íntimo del protagonista, posea un grueso legajo de pruebas que jueguen a su favor. El más sorprendido en esta contienda es un representante del ayuntamiento, un corrupto bien contactado que, cual niño caprichoso, se vincula mediante amenazas y no tolera los enfrentamientos. Este personaje encarnará brillantemente un poder absurdo, chapucero y patético, que no por ello deja de ser devastador. 
Los grandes directores del cine social saben presentar ficciones cuyos puntos de contacto con la realidad, no sólo en su puesta en escena y en su ambientación resultan verosímiles, sino que además contrabandean sutilmente datos conocidos por todos, sea porque representan problemas coyunturales y globales o porque oímos sus resonancias en las noticias. Aquí la existencia de un poder imbatible, el capitalismo salvaje embanderado del "progreso", supone el desastre para quienes corren con la desgracia de entrar en su camino. 
Con una impronta austera que recuerda a la de los realizadores rumanos, con conflictos rutinarios, lecturas de actas públicas, cierto humor solapado y tomas largas y reposadas, se refuerza la idea de que somos testigos de un auténtico retazo de vida, una realidad irrefutable. La mirada del gran director ruso Andrey Zvyagintsev (El regreso, Elena), libre de retóricas simples y músicas dramáticas se vuelve terrible en su ascetismo y alcanza un auténtico clímax  (siguen spoilers) cuando una pala mecánica irrumpe en la quietud del hogar que el mismo protagonista construyó: la falta de respeto última, la violación más infame a la intimidad, la inhumanidad llevada hasta límites insospechados. En su simpleza pero con una gran profundidad conceptual, esta superficie realista, nítida y calma, en las que los parajes gélidos y desolados y un vacío sepulcral sustituyen la presencia humana, vuelve inolvidable la sucesión de imágenes, como si se tratara de un mal sueño o, directamente, de una pesadilla.

Publicado en Brecha el 19/6/2015

domingo, 7 de junio de 2015

Por un tiempo (Gustavo Garzón, 2014)

La última de Lamothe 


La presencia de Esteban Lamothe en protagónicos está empezando a ser la figurita repetida del cine argentino actual. Su duro semblante, su ceñuda seriedad y su parquedad de palabras característica lo han convertido en un nuevo antihéroe, quizá ubicable en un lugar intermedio entre el bajo perfil y la inseguridad característica de los personajes de Daniel Hendler, y el magnetismo carismático de los de Darín. Por lo general son personajes de cabeza dura, apáticos y hasta algo explosivos, pero que en su contención dejan entrever conflictos internos y que, paulatinamente, van dejando aflorar calidez y sentimientos. El 5 de talleres, El cerrajero y esta Por un tiempo son películas centradas y de alguna manera sustentadas en su presencia, lo que lleva a que, como ocurre hoy con las de los otros dos actores nombrados, ya pasen a ser informalmente nombradas como "la última de Lamothe".
Si en las otras (y en El estudiante, también) el personaje era un tipo perteneciente a la clase media-baja, aquí tiende más bien a la media-alta: arquitecto de profesión, viviendo desahogadamente junto a su esposa embarazada (Ana Katz, notable) en una casa amplia incluso con empleada doméstica. Pero Lamothe sigue siendo Lamothe y desde el primer momento se lo ubica en el epicentro del conflicto: en una seria charla en un bar, una mujer y un hombre mayor le pasan una desconcertante noticia. Él es padre de una niña de doce años (Mora Arenillas) que nunca conoció, y cuya madre se encuentra gravemente hospitalizada. Deberá hacerse cargo de su hija, hospedarla y cuidarla "por un tiempo", como reza el título. 
Con el cuidado necesario, con un acercamiento maduro a los personajes por el que se respeta su psicología, sus inquietudes, su difícil adaptación a un universo nuevo, el atractivo abordaje parte entonces desde esta madeja en la cual la vida de los implicados cambiará para siempre. La película expone un arduo proceso y se concentra especialmente en las figuras de padre e hija, ambos enfrentados a un cambio radical de esquemas; ella monosilábica y distante, él introspectivo y con dificultades de acercamiento. Como apunte particular, es muy interesante cómo el personaje de Ana Katz, quien en un comienzo es más próxima a la niña y más dada a ofrecerle la contención necesaria, va dejando aflorar los celos a medida que el personaje de Lamothe sigue el camino inverso, conectando mejor con su hija. 
Predecible, pequeña, íntima y entrañable, esta película supone el debut como director y guionista del actor Gustavo Garzón, y parecería formar parte de un cine argentino que está ganando espacios; uno vinculado a historias familiares (Choele, Pistas para volver a casa, Los marziano o mismo El 5 de talleres y El cerrajero, entre otros), de narraciónes clásicas y despegadas de las vertientes más "autorales" y minimalistas que suelen caracterizar al cine rioplatense. Es un camino distinto, y lo vienen haciendo más que bien.

Publicado en Brecha el 5/6/2015

viernes, 29 de mayo de 2015

Sueño de invierno (Winter Sleep, Nuri Bilge Ceylan, 2014)

Un frío paralizante 


Al director turco Nuri Bilge Ceylan le va especialmente bien a la hora de plasmar cuadros de frustración acumulada y violencia contenida. Atmósferas recargadas, ambientes silenciosos, personajes fríos y reservados, lo emparentan con otros grandes corrosivos como Ingmar Bergman y Michael Haneke. Con un estilo pausado y de planos largos y detenidos, sus películas suponen certeras disecciones sociales, que rara vez causan estupor o adormecimiento. Nada parece sobrar en sus películas; van al grano, sin introducciones ni revelaciones prematuras. Mediante un abordaje detallista Bilge Ceylan cuida con cautela cada uno de los aspectos técnicos; la imponente imagen de su cinematógrafo de cabecera Gökhan Tiryaki, el meticuloso sonido ambiente y los cansinos rostros de los personajes convierten la puesta en escena en un paisaje envolvente y gratificante. 
Inspirada en relatos de Chejov, Tolstoi y Dostoiveski, Sueño de invierno nos traslada a la Capadocia, plena estepa de la Anatolia Central. Aydin, actor retirado, vive de las rentas que obtiene de sus múltiples propiedades heredadas y de los ingresos que le da el pequeño hotel en el que vive y administra. Cuando el invierno recrudece y la nieve comienza a cubrirlo todo, el hotel se convierte en un refugio para los viajantes que están de paso, pero también en un ambiente reducido del que no hay escapatoria y que lleva a que los temperamentos se caldeen. En esta suerte de prisión hogareña convive con su mujer, mucho más joven, y su hermana, recientemente divorciada. Surgirán los reproches cruzados, profundamente punzantes y dañinos, con el curioso detalle de que, a diferencia de lo que ocurre en el cine dominante, no existen gritos o llantos catárticos, sino que los diálogos transcurren a media voz, subrayándose así la enfermiza contención de los personajes. 
A poco de empezada la película, un niño arroja una piedra al auto del protagonista, rompiéndole un vidrio. Se trata de la primera señal de la violencia latente y de las grandes desigualdades instaladas en la zona. Una familia de origen musulmán ha contraído una creciente deuda con Aydin, y vemos cómo este último reclama su pago sin miramientos ni atisbo de humanidad alguna. Arrogante, encerrado en un autoconvencimiento de filantropía, Aydin es un presuntuoso intelectual que va ensombreciéndose más y más, convirtiéndose paulatinamente en uno de los protagónicos más desagradables que haya dado el cine en los últimos años. Los escarpados y nevosos paisajes son la ambientación ideal para transmitir un estado de congelamiento generalizado, en el que la violencia subyace sin explotar nunca, ya que nadie parece tener posibilidades de salirse de su situación o rebelarse. 
Con una brillante dosificación de tensiones, Bilge Ceylan logra la increíble hazaña de que 196 minutos de metraje no se sientan ni se vuelvan pesados. Un lenguaje sutil, un notable poder de sugerencia y una capacidad para generar recargadas atmósferas proveen al relato de un atractivo constante, infrecuente en las pantallas. No en vano es la obra de uno de los cineastas más sólidos del panorama europeo actual. 

Publicado en Brecha el 29/5/2015

domingo, 24 de mayo de 2015

The Jinx: The Lifes and Deaths of Robert Durst (Andrew Jarecki, 2015)

Lo incomprensible, desde cerca


El nombre del director Andrew Jarecki le resultará familiar a más de uno, por haber sido el autor de un documental único en su especie, tan imponente como desestructurante: Capturing the Friedmans (2003); durante su visionado, todas las seguridades del espectador iban dinamitándose una a una, continuamente llevado a dudar de las conclusiones a las que había llegado quizá cinco minutos antes. La película se enfocaba en una familia atípica, los Friedman, destruida luego de la acusación de dos de sus miembros por cargos múltiples de pederastia. Recargado de información y materiales de archivo, el abordaje daba cuentas de la paranoia colectiva generada en torno al caso, de una insólita caza de brujas, procesos judiciales por lo menos dudosos y repercusiones terroríficas. 
Debe de ser difícil para cualquier cineasta arrancar con una ópera prima de este calibre, por las expectativas generadas a su alrededor y por colocar una vara de calidad demasiado alta. Luego de esta experiencia magistral, Jarecki no tuvo suerte al pasarse al terreno de la ficción: con el largometraje All Good Things se enfocó por primera vez en la figura de Robert Durst, deteniéndose en su tórrida historia conyugal. Durst, hijo de un magnate del negocio inmobiliario, se vio envuelto en sospechas tras la misteriosa desparición de su esposa; se le acusó de varios asesinatos más, pero fue absuelto por la justicia. El enfoque ambiguo que Jarecki le dio al episodio en su momento no satisfizo a la crítica en general, y esa película apenas alcanzó un 33 por ciento de aprobación en el sitio Rotten Tomatoes. Cuando su estreno, el mismo Durst se comunicó con Jarecki por teléfono y le expresó su admiración por el retrato que había construido en torno a su figura. 
Esta serie documental de la HBO expone a lo largo de seis capítulos una inagotable serie de evidencias obtenidas durante una investigación de siete años, y profundiza con frialdad quirúrgica en una vida marcada, como su título bien lo indica, por una buena cantidad de muertes. Durst no solamente fue acusado del asesinato de su esposa en 1981, sino de la ejecución de su mejor amiga en su propio apartamento, en el año 2000, y la de un vecino en 2001, cuyo cuerpo fue desmembrado y arrojado al mar.

No son los únicos decesos que circundan al enigmático personaje, y el sólido documental, dotado de materiales de época, archivos policiales, entrevistas con testigos clave, ahonda también en una infancia traumática, en la compleja relación que el mismo Durst entabla con Jarecki, y en una serie de entrevistas exclusivas que accede a darle, seguramente como una forma de blanquear su imagen pública. El resultado es de un suspenso continuo, un recorrido profundamente intrigante, dotado también de revelaciones sorprendentes y de giros que no corresponde adelantar aquí. Muy en la línea de documentales que ahondan en la psicología de personajes extremos (Herzog, Morris, Oppenheimer), Jarecki además se las ingenia para desplegar sutilmente su visión crítica a una temática mayor: el sistema judicial estadounidense, sus carencias y sus múltiples contradicciones. Claro que en la comparación con esos monstruos, The Jinx flaquea un poco, quizá por una relación de cantidad y calidad; el cúmulo de datos puede sentirse excesivo para una conclusión terminante y sin cabos sueltos. Quizá carente de la complejidad psicológica de Grizzly Man (Herzog) y The Imposter (Layton), la profundidad temática de Nieblas de guerra (Morris) o el vuelo inquisitivo de The Act of Killing o The Look of Silence (Oppenheimer), aún así se trata de una experiencia de incuestionable autenticidad, tan escalofriante como las demás nombradas.

Publicado en Brecha el 22/5/2015