martes, 24 de mayo de 2016

Al otro lado del túnel (Rodrigo Grande, 2016)

Género y talento


En ningún momento se señala que esta película esté basada en hechos reales, pero a muchos espectadores bonaerenses no les costará reconocer el suceso que sirvió como inspiración: el robo en 2011 a una sucursal del Banco Provincia en el Barrio Belgrano, ocurrido durante el fin de semana de año nuevo (en la película es en navidad). Los criminales habían cavado durante seis meses un túnel de treinta metros desde una casa vecina hasta la bóveda del banco.
Sobre los autores de este robo, y sobre las características de la operación en realidad poco se sabrá hasta bien avanzada la película. En realidad, la anécdota está centrada en un enigmático cuarentón (Leonardo Sbaraglia) hosco y alienado, paralítico y en silla de ruedas como resultado de trágicos sucesos. Dueño de una casa demasiado grande para él, comienza a alquilarle una habitación a una joven madre y a su niña pequeña, muda como un espectro. Ambas se le presentan como una presencia molesta; para sus minuciosas y solitarias rutinas en un principio ellas suponen una invasiva revolución hogareña que, para peor, le trae recuerdos incómodos. Esta introducción, en la cual la información sobre los tres, y principalmente sobre él va dosificándose sin que nunca se conozca del todo su pasado, es notable. Luego, cuando comienza a vislumbrarse su interés por el operativo de sus vecinos boqueteros, tampoco se informará por un rato sobre sus verdaderos planes. La anécdota seduce dosificando esta clase de información y hasta adelanta cierta tensión introduciendo una gran cantidad de objetos, recargados de poder cinematográfico: una lata con galletitas somníferas, un elevador, una microcámara escondida son presentados desde un comienzo, para convirtirse luego, durante escenas clave, en centros de atención.
Como en La ventana indiscreta, se utiliza la perspectiva del voyeur discapacitado para disponer una mirada compartimentada, parcial, a un cuadro, como si se observara una trama criminal por el ojo de una cerradura. Pero además, las "capacidades diferentes" del personaje dejan implícitas ciertas ventajas y desventajas respecto a sus antagonistas; la fuerza de sus brazos le permite movilizarse con plena habilidad por el estrecho túnel, pero quedaría completamente disminuído ante un eventual enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Al planteo se van incorporando sorpresivas vueltas de tuerca que encajan perfectamente con lo presentado hasta el momento, así como progresivas y sustanciosas inyecciones de suspenso; sobre todo a partir de que el protagonista decide aprovechar su casual conocimiento del ilícito y la impunidad de poder incidir en la situación sin formar parte. El desenlace es brutal, la tensión va in crescendo hasta llegar a picos sorprendentes cuando un puñado de temibles personajes empiezan a acumularse en casa del paralítico.
No solamente la película en su conjunto está notablemente guionada y orquestada, sino que además cuenta con líneas de diálogo sumamente ocurrentes, como cuando se habla del horóscopo de los tripulantes del Titanic, o una lección final sobre las mentiras y sus consecuencias. Elementos que agregan color al planteo, puliendo una tonalidad cercana al más puro policial negro y dando las pinceladas definitivas a ese tipo de situaciones que sólo podrían existir en la ficción, pero que allí funcionan a la maravilla. Es cierto que también hay alguna pequeña falla, pequeñas incoherencias en el guión como la confusa funcionalidad de determinado explosivo, pero Al final del túnel es, en cualquier caso, un gran exponente del cine de géneros; una película inolvidable que amerita ser disfrutada varias veces.

Publicado en Brecha el 13/5/2016

viernes, 6 de mayo de 2016

Kóblic (Sebastián Borensztein, 2016)

Tiempo de revancha 


El cine argentino recurre una y otra vez al más oscuro de sus pasados recientes como trasfondo histórico, últimamente plasmando películas viradas hacia el cine de género. Filmes como El secreto de sus ojos, Infancia clandestina, o incluso El clan, suponen una notable forma de refrescar la memoria colectiva, de mantener una temática presente, valiéndose al mismo tiempo de una fórmula lineal y reconocible que por ahora ha venido teniendo una muy buena acogida de público. En este caso la historia se centra en un piloto y capitán de la marina (Ricardo Darín), al que en el año 1977 le toca vivir de primera mano los vuelos de la muerte. Negándose a formar parte de esas operaciones y decidido a desertar, se refugia en un pequeño pueblo del sur de Argentina. Darín está muy bien como este parco militar de incógnito, de pelo engominado, bigote y lentes oscuros, semblante adusto y andar rígido, que naturalmente será descubierto al poco tiempo de su llegada. El que brilla aun más es su antagonista, un abusivo comisario impecablemente interpretado por Oscar Martínez. El actor provee a su personaje de todos los matices necesarios para que se vuelva creíble y repulsivo en proporciones iguales, esa suerte de energúmeno con buenas formas y hasta ciertos códigos; se presenta entonces un sutil y soterrado enfrentamiento a lo western, que aporta al filme una sostenida tensión. También es notable y original la atmósfera de pueblo pequeño en el que todos se conocen, y en el cual los pactos de silencio son condición para la supervivencia. 
Pero hay una cuestión sumamente chirriante en esta película. La catarsis cinematográfica es prácticamente una constante en mucho cine de género, y se puede decir que forma parte de sus reglas implícitas: se sabe que los villanos pagan de una forma u otra por sus faltas; es la forma de dar al espectador lo que busca, una especie de liberación que, en cierto modo, compensa las broncas acumuladas, restablece cierto orden perdido y una sensación de justicia, más allá de que ésta venga tardíamente o se ejecute por fuera de la ley, e incluso cuando el final es igualmente trágico. A veces este tipo de catarsis reafirma una ideología desafortunada, sentimientos arraigados en determinados sectores de la sociedad, como la pertinencia de la aplicación de la justicia por mano propia. Por eso mismo, se trata de una temática más que delicada. 
Y más lo es cuando viene adjunta a una película que se sitúa en un trasfondo histórico aún no resuelto, del que todavía quedan heridas abiertas, responsables impunes y búsquedas en curso. Por eso, los últimos segundos de Koblic (no serán contados aquí) suponen una gran decepción y un remate absolutamente innecesario. Una forma de revanchismo “de izquierda”, por el cual se parte de la base de que cualquier colaborador en la dictadura tuvo igual responsabilidad, independientemente de lo que haya hecho. Y no sólo eso, sino que, además, merece pagarlo con la vida. Esta conclusión se desprende ya que el que venía siendo el “héroe” de la película, el paradigma moral, es quien finalmente administra la justicia y, más precisamente, la catarsis. Un exabrupto realmente bajo que, lejos de sumar, resta. La búsqueda de verdad y justicia no tiene nada que ver con venganzas o revanchismos personales.

Publicado en Brecha el 6/5/2016

miércoles, 4 de mayo de 2016

El bosque siniestro (The Forest, Jason Zada, 2016)

Salir del clishé, para volver a entrar 


Aokigahara o "el mar de árboles" es un bosque de 35 kilómetros cuadrados existente en la base del Monte Fuji, en Japón. Asociado siempre con demonios mitológicos, existen poemas de más de mil años de antigüedad que lo nombran como un lugar maldito. Además, cuenta la historia que en el Siglo XIX, en época de grandes hambrunas y epidemias, las familias más pobres abandonaban allí a los ancianos y a los niños que no podían alimentar, y es por esta razón que desde entonces han surgido innumerables leyendas referidas a espectros que habitan el bosque, almas en pena dispuestas a desquitarse con el primer paseante que por allí se aparezca. Por si todo esto fuera poco, hoy se trata de uno de los lugares predilectos para los suicidas, siendo el segundo sitio donde más gente se ha quitado la vida, luego del Golden Gate de San Francisco. Aún se encuentra arraigada la creencia entre la población japonesa de que existen fuerzas malignas en ese bosque, y de hecho, muchos locales no se atreven siquiera a pasarse cerca de él. 
¿Qué ambientación podía ser más idónea para una película de terror? Semejante trasfondo no se presta para una sino para una docena de producciones y, de hecho, tanto Shawn4ever (2012) como The Sea of Trees (2015), ambas lanzadas con anterioridad, ya utilizaron como locación ese bosque. Aquí la protagonista es una estadounidense que ha perdido contacto con su hermana gemela. Las últimas noticias que obtiene de ella le informan que se internó en la espesura, y sale en su búsqueda con el temor de que haya ido allí para suicidarse. Como compañía para su pesquisa contará con un periodista interesado en escribir una crónica de la aventura y con un temeroso guía japonés, conocedor de las fuerzas paranormales que se presentan al caer la noche. 
En un principio todo parecería muy bien encaminado. El cúmulo de maldiciones ancestrales es señalado y se agregan otros elementos sumamente inquietantes, como la existencia de lazos o cordones que señalan el camino hacia los cadáveres –es que los suicidas los utilizan para señalarles a los guardabosques la dirección a seguir hasta su cuerpo– y la referencia a cuevas subterráneas. Lo que da pena es que todos estos elementos estén tan desaprovechados; la película recurre una y otra vez a los sustos fáciles sin elaborar una lógica interna para los mismos, y los personajes no tienen un comportamiento del todo creíble, sobre todo a la hora de internarse en el bosque en medio de la noche, o de correr a ciegas con las consecuencias físicas que ello les acarrea. El guión no aporta casi nada y, de hecho, abunda en situaciones absurdas, como que la chica llegue a Japón y en seguida dé con otro estadounidense que se apresta a guiarla (había que conseguir un interlocutor que justificara el uso del idioma), que cada vez que pregunta a los locales por su hermana gemela tenga que mostrarla en una foto, o el hecho de que a su celular jamás se le acabe la batería, y que al respecto no se haga mención alguna. 
No es mucho lo que puede sacarse de provecho; sí se propician algunos sobresaltos –en esto hollywood ha aprendido mucho en los últimos años– y hay, además, un notable flashback en el cual las imágenes contradicen el relato en off de la protagonista, demostrando que miente. Pero son tan sólo algunos chispazos mínimos, que no justifican el precio de una entrada.

Publicado en Brecha el 22/4/2016

viernes, 29 de abril de 2016

A War (Krigen, Tobias Lindholm, 2015)

Una presencia poco pertinente 


Fue una de las nominadas a mejor película extranjera el año pasado –perdió con la también brillante Son of Saul–, cuenta con un 90 por ciento de aprobación crítica en el sitio Rotten Tomatoes, y Peter Keough del Boston Globe la califica en su reseña como una de las mejores películas de guerra de todos los tiempos. Exageraciones al margen, Krigen (A War es su título internacional) merece una mirada atenta, ya que no sólo plantea una aproximación a la guerra (o invasión, mejor dicho) a Afganistán desde una perspectiva muy novedosa, sino porque además su presentación de ella escapa completamente a lo que cabría esperarse. 
Dinamarca fue el país que desplegó el porcentaje mayor de sus fuerzas armadas en Afganistán (750 efectivos), y también el que tuvo, proporcionalmente, más soldados muertos. Tanto el Departamento de Defensa como los voceros gubernamentales daneses han dicho que la presencia de sus tropas cumplía la misión de preservar la paz, y en ocasiones quisieron “venderla” como una iniciativa para darle asistencia y víveres a los civiles, salvarlos de los talibán, ayudar a reconstruir escuelas y auxiliar a ancianos e incapacitados de trasladarse. Lejos de todo ello, el conflicto significó una pesadilla para los civiles que corrieron con la suerte de vivir cerca de sus bases, y esta película se ocupa de dar claras muestras de ello. 
El comandante de compañía Claus M Pedersen es un líder ejemplar. Considerado con sus hombres, escucha sus peticiones, los comprende cuando están superados por el miedo e incluso busca la forma de planificar su regreso a casa cuando ellos se sienten sofocados por el entorno. Para levantar la moral de sus tropas, él mismo se expone en ciertas misiones, participando en una posición similar a la de sus subordinados. Por otra parte, se muestra atento con la población, intentando ayudar a los locales hasta donde sus posibilidades se lo permiten. 
En el día a día, el batallón a su cargo se dedica a desactivar minas en el desierto, localizar blancos del enemigo y derribarlos desde lejos. Pero un día las cosas se van de madre cuando los talibán amenazan con atacar una familia; un pequeño comando danés intenta defenderla, pero allí mismo será emboscado. El comandante, ante la desesperación de ver rodeado a su equipo, ordena un bombardeo sobre la zona y se asegura una salida. Pero como consecuencia de su decisión mueren niños y mujeres afganos. Claus es removido de su cargo y tiene que enfrentar a un tribunal que podría condenarlo a cuatro años de prisión; el dilema moral se hace presente, si Claus miente puede evitar su pena, si asume su culpa, de seguro lo meten preso. 


Es así que esta película toma una posición atípica y especialmente incómoda: la perspectiva de un hombre culpable que se enfrenta a un tribunal de guerra y a una abogada por los derechos humanos. No caben dudas de que el protagonista no tuvo intención de hacerlo, pero también está claro que con su desesperada decisión asesinó gente inocente. 
Por si este problema no fuese lo suficientemente complejo y sugerente, hay algo más que la película se encarga de mostrar, aunque no sea tomado en cuenta en el juicio al comandante: el protagonista no es sólo el responsable involuntario de un bombardeo sobre civiles, sino que además, poco antes, había enviado a la muerte a una familia entera por no querer alojarla una noche en su cuartel. Estas primeras muertes no están en tela de juicio, en ningún momento son cuestionadas y, a pesar de que el protagonista es directamente responsable, por ellas no hay consecuencias; ¿podrían haberse evitado?, quizá no, pero está fuera de dudas que acontecieron debido a la presencia de los soldados daneses en la zona. Por cierto, se necesitan dos fuerzas contrapuestas para que una guerra sea tal, y esta película muestra lo impertinente, improductivo y hasta perjudicial de la presencia de fuerzas armadas extranjeras en el lugar, por más que se presenten con la mejor de las voluntades. 
El director Tobias Lindholm es la gran revelación del cine danés, y ha demostrado una gran capacidad para filmar historias atrapantes y plasmarlas con el mejor de los ritmos. Con R (2010) logró una trepidante y cruda inmersión en el género carcelario, luego A Hijacking (2012) se adelantó en un año a la anécdota de Capitán Phillips, superando a esta última por varias cabezas. Es, además, guionista de otras películas notables, como La caza y Submarino (ambas dirigidas por Thomas Vinterberg). Y lo mejor es que, con sólo 38 años, aún tiene muchísima más guerra para dar.

Publicado en Brecha el 29/4/2016

miércoles, 27 de abril de 2016

Tangerine (Sean Baker, 2015)

La otra marginalidad 


El título de esta película refiere a un aroma particular y a un color anaranjado incandescente que se vuelve la esencia sensorial del planteo. Una fotografía vistosa, de colores saturados, es de los primeros aspectos que despiertan la atención; la original estética fue lograda en parte gracias a lentes anamórficos que permiten captar la luz con gran cantidad de matices, más un pulido final en el trabajo de posproducción que resalta los colores. No es lo único que puede impactar en un comienzo: a los estudiantes de cine o realizadores les resultará también extraño el seguimiento íntimo de las cámaras a los personajes y que, aún así, las tomas sean tan estables y pulcras. A pesar de que Tangerine fue filmada íntegramente con I-phones, los enfoques son limpios y carecen de los temblequeos propios de llevar cámaras tan livianas y pequeñas. Para lograr esta estabilidad, lo último en tecnología de steadycams amortigua los movimientos bruscos. El resultado es una aproximación a los barrios bajos de Los Ángeles como nunca se había visto, la presentación de un submundo que, en oposición a lo acostumbrado, es completamente nítido, luminoso y vital. 
La travesti Sin-dee-rella acaba de ser liberada luego de 28 días de reclusión por posesión de drogas. En seguida, se entera por medio de su mejor amiga –también travesti– que su novio-fiolo la estuvo engañando con una de sus prostitutas, durante su estadía en prisión. Así es que arranca una imparable y sobregirada travesía a través de los suburbios, en busca del proxeneta con el que corresponde ajustar cuentas. En este trayecto se encontrará con otras travestis, prostitutas y clientes, policías, traficantes, adictos varios y un taxista rumano obsesionado con ella. 
Para el abordaje, el director Sean Baker (Príncipe de Broadway, Starlet) mezcló actores profesionales y no profesionales con una soltura envidiable, al punto de que no podría decirse cuál de ellos es uno u otro, y a pesar de que la variada música se impone reforzando el artificio, el realismo logrado es sobresaliente. Más allá de esto, Baker logra echar luz sobre un grupo de marginales, sin hacer concesión alguna ni a los estereotipos ni a la corrección política. Los personajes no son lo que queremos que sean, ni lo que creeríamos que son; por dar un ejemplo, durante la mayor parte del metraje hay un personaje invisible al que se hace referencia continuamente, justamente el proxeneta que suscita la travesía. Desde un comienzo se lo pinta no sólo como el villano de la película, sino además como un tipo particularmente insensible, abusivo, traicionero. Cuando por fin aparece, comprendemos que no es nada de eso sino que se trata simplemente de un ser humano equiparable a cualquier otro; uno esencialmente defectuoso, pero en definitiva un tipo tan detestable como querible, sentimental y desconsiderado, honesto y al mismo tiempo algo sádico. Esta clase de dualidades parecieran presentes en cada uno de los personajes principales, lo cual nos acerca a ellos muy a pesar de sus exabruptos y los juicios que pudiéramos tener sobre su comportamiento. 
Tangerine es una joya, un refrescante oasis en medio del cine independiente estadounidense actual. También de la clase de películas que tienden puentes emocionales y llevan al espectador a conectar, al menos por un rato, con ciertas minorías discriminadas.

Publicado en Brecha el 22/4/2016

viernes, 15 de abril de 2016

As the Gods Will (Takashi Miike, 2014) y Tag (Sion Sono, 2015)

Desequilibrios nipones


Si existiera un improbable índice de demencia cinematográfica, Japón sería el país que los lideraría a todos, robando además por varias cabezas. Son inconcebibles los grados de delirio a los que suelen llegar las más fantasiosas obras provenientes de ese país, y es ciertamente lógico que muchos espectadores, hartos de los esquemas hollywoodenses, busquen refugio en este cine masivo alternativo, que al mismo tiempo entretiene y sorprende, rompiendo con formas y esquemas dominantes. 
Hace cinco años hablábamos de Takashi Miike (Audition, Visitor Q) como uno de los mayores enfermos mentales del cine mundial. Con un ritmo exorbitante lanzaba anualmente un sinfín de películas de lo más variadas, incluyendo desde el cine de terror más extremo hasta la comedia musical, del cine de acción de yakuzas al drama histórico, del mecha (robots gigantes) a la psicodelia existencial. Aun en sus películas más convencionales el cineasta permitía ver una autoría caracterizada por los excesos, la mezcla de géneros y una imaginación desaforada. 
Pero en los últimos años el gran Miike –quien con 55 años ya tiene unas 90 películas filmadas– disminuyó su ritmo, algunos de sus filmes parecieron adquirir un formato estándar y –en ese momento en que bajó la guardia– fue opacado y casi que hasta superado por un nuevo maestro, que amenaza arrebatarle el trono de japonés más delirante (y brillante) de la actualidad. Curiosamente, el inclasificable Sion Sono (Coldfish, Why Don’t You Play in Hell?) se impuso en los últimos años como uno de los cineastas más prolíficos del mundo, ya que en este último 2015 dirigió siete películas, a cada cual más desquiciada. 
Como si Miike quisiese demostrar que no lo van a derrotar así como así, ni que va a tirar la toalla sin dar una buena pelea, filmó la notable As the Gods Will. En esta los alumnos de una escuela secundaria ven sus monótonas clases sustituidas por juegos de muerte que, en comparación, dejarían a Los juegos del hambre como una auténtica chiquillada. Los participantes son empujados por la fuerza a juegos dificilísimos que, además, no son otra cosa que carnicerías: los muertos se acumulan en montañas, y de una clase entera participante sobrevive tan sólo uno o quizá dos alumnos, que pasan a la etapa siguiente. El ambiente es pesadillesco pero se vale de colores vivos y una iconografía inspirada en juegos infantiles, y la historia se sirve de un ritmo abrupto y vertiginoso, por el cual se pasa directamente a la acción sin detenerse en presentaciones de personajes más que por algún breve flashback. Pero además los desafíos son terribles y los participantes deben exprimirse las neuronas en tiempo récord y bajo extrema presión para descifrar y finalmente burlar su lógica intrínseca. As the Gods Will es un Miike recargado, sobregirado como nunca, extremadamente entretenido. Y lo que es mejor, deja su final abierto para una secuela. 


En cuanto a una de las últimas películas de Sono, Tag, también parte de un grupo de secundaria, pero esta vez integrado solamente por chicas. Si el comienzo de As the Gods Will es excelente, el de Tag no lo es menos, una introducción como nunca se ha visto en el cine: dos ómnibus viajan a través de la ruta que cruza un bosque, y es captado el grupo de adolescentes que se encuentra a bordo de uno de ellos; se divierten, juegan a arrojarse almohadones de plumas. A una de ellas, que pese al ruido impuesto por las demás intenta escribir poemas en su diario, le hacen caer su lapicera: en el momento en que se agacha a recogerla en el pasillo, una ráfaga de viento corta el ómnibus a la mitad, y con él a todas sus compañeras de clase, dejándola como la única sobreviviente en medio de una treintena de cadáveres partidos en dos. De ese momento en adelante se desarrollará una historia casi surrealista, etérea, hermosamente filmada, concebida con el material del que están hechos los sueños: un viaje en el que se irán sucediendo diferentes situaciones sin razón aparente, por lo general inesperadamente interrumpidas por exabruptos de violencia. Lo más interesante del asunto es que, conforme avanza la historia, la misma protagonista irá convirtiéndose sucesivamente en otras personas; por detrás de la insensatez del planteo, se asoman algunos subtextos y, finalmente, se impone la alegoría. 
Sono había demostrado estar muy mal de la cabeza, ser infernalmente divertido y filmar como los dioses. No sabíamos que, además, era un gran poeta.

Publicado en Brecha el 15/4/2016

viernes, 8 de abril de 2016

El precio de un hombre (La loi du marché, Stepháne Brizé, 2015)

Mantener la dignidad 


El cine social francés quizá sea el mejor del mundo, o al menos puede decirse que a nivel mundial se encuentra –con sus diferencias, naturalmente– cabeza a cabeza con el rumano y el iraní. Cineastas como Laurent Cantet, Abdellatif Kechiche, Ursula Meier y Robert Guédiguian son sencillamente de los mejores realizadores en el registro, y han depurado un estilo muy particular –que de a ratos es también compartido con otros cineastas europeos, incluyendo a los ineluctables hermanos Dardenne–, sustentado en una naturalidad sobresaliente y un talento específico para las situaciones coloquiales y cotidianas. Es verdad que suelen presentar cuadros bastante alejados de los que vivimos en el Tercer Mundo (aquí tendríamos que agregarles un Iva de gravedad), pero de todos modos nos permiten reflexionar sobre problemas globales de los que no somos en absoluto ajenos. 
En este registro, y otra vez en torno al universo laboral y los cambios acontecidos en los tiempos que corren –recordar El empleo del tiempo, Recursos humanos y La cuestión humana–, es que se presenta el cuadro en que un hombre de 51 años (brillante Vincent Lindon) lleva ya 20 meses de desempleo, luego de ser despedido de su trabajo como obrero especializado (es que salía más barato comprarle a los chinos). Ya está harto de hacer cursos inútiles o de ser rechazado en cuanto trabajo se presenta, y las entrevistas laborales son sólo una parte de las sucesivas humillaciones que le toca atravesar. Quitando el foco de los problemas concretos del hombre, esta es una película sobre el difícil equilibro que supone, para un individuo que necesita trabajar a toda costa, mantenerse en sus cabales. O mejor dicho, de la dificultad de conservar la dignidad cuando deben reducirse paulatinamente las expectativas respecto a la calidad de vida, cuando la persona debe desoír sus principios o su simple necesidad de ser considerada un ser humano. Al verlo continuamente en situaciones degradantes podemos contemplar hasta qué punto el mercado laboral puede convertir a un hombre en un individuo atomizado, egoísta y, lo que es peor, inescrupuloso. La conciencia de clase tiende a desaparecer cuando se impone la desesperación. 
El director Stepháne Brizé, con ocho películas en su haber, ya merece ser visto como uno de los grandes. Simplemente ha filmado dos películas que en su momento fueron de lo mejor de sus respectivos años: Un affaire d’amour (2009) y Algunas horas de primavera (2012). Lo verdaderamente meritorio de Brizé parecería ser que sus películas colocan a la audiencia en situaciones que perfectamente pueden pasar como reales, que sirven como espejos en los que verse, y que al mismo tiempo pueden llevarle a evaluar causas, posibilidades, consecuencias, compartiendo las dificultades de los protagonistas en dar con una solución sencilla. Un cine que nos lleva a repensar nuestra vida y nuestro entorno, no es poca cosa.

Publicado en Brecha el 8/4/2016

viernes, 1 de abril de 2016

XXXIV Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay

De cine, cuatro platos

A veces se tiene muy mala suerte y se asiste justo a las peores películas del festival, otras veces, con un poco de acierto y un buen asesoramiento, uno puede dar con un puñado de películas sobresalientes. En cualquier caso, asistir a un festival supone la oportunidad de ver un cine distinto que, aunque pudiera no colmar del todo nuestras expectativas, supone una experiencia muy alejada de las que disponen las salas comerciales. Uno puede no gustar de una película surrealista y profundamente deprimente como La espuma de nuestros días (Michel Gondry, 2013) –por poner un ejemplo–, pero ningún espectador podría negar que se trata de una proyección absolutamente atípica, casi marciana, sin dudas muy diferente a todo lo que acostumbra a ver en salas el resto del año. Ir a un festival, dejarse llevar por sus caprichosas pesquisas es ante todo un ejercicio de apertura mental, de descubrimiento de nuevos mundos. Y muchas veces damos con auténticos diamantes en bruto, por lo que la aventura vale siempre la pena. A continuación, varios de los hallazgos con los que pudo dar este cronista. 

Tangerine (Sean Baker, Estados Unidos, 2015)


Tangerine es la bomba. Se trata de una diligente travesía a través de los suburbios de Los Ángeles, de la mano de dos travestis airados que salen a la búsqueda de un proxeneta con el que ajustar cuentas. En su recorrido se cruzarán con muchos travestis más, con prostitutas, policías, traficantes, adictos varios, un taxista rumano y sus allegados. Si la anécdota, ambientada en un entorno marginal y repleta de personajes border ya es de por sí notablemente atractiva, la puesta en escena es asimismo sobresaliente: fue filmada íntegramente con i-phones, pero gracias a las nuevas tecnologías en lo referente a steadicams las tomas son limpias, sin temblequeos o movimientos bruscos. También se hace un uso formidable de la paleta cromática, con colores chillones y saturados pero siempre armónicos. Pese a que la variada música (electrónica, clásica) se impone reforzando el artificio, sorprendentemente la propuesta no deja de ser realista. Para ello es probable que tanto la proximidad que permiten las cámaras (los celulares, mejor dicho) como el uso de actores no profesionales hayan sido grandes aciertos. 
Por lo pronto el director Sean Baker ha logrado una de las mejores películas de este festival, una obra fresca, repleta de buenas ideas, con buen ritmo, una estética atrapante y ambientada en un entorno atípico. Más allá de todos los méritos anteriormente nombrados, no es común dar con una película que equilibre tan bien la comedia, el drama y el cine social, que delimite personajes tan complejos como queribles, que transgreda al mismo tiempo que divierte y emociona. Y, no menos importante; es notable que en este paquete se logre humanizar a un puñado de representantes de una minoría de parias, demostrando los muy cercanos conflictos que viven aquellos que realmente tienen poco para perder, relegados a los últimos confines de la exclusión social. 

Las letras (Pablo Chavarría, México, 2015)


En las antípodas en estilo y forma, se encuentra el extrañísimo documental mexicano Las letras. Se trata de una joyita igual de innovadora y personal, pero esta vez carente de una narrativa lineal, de una intención clara o explícita, o siquiera de pistas claras que nos orienten en su recorrido. Por supuesto, se trata de un cine bien propio de festivales, del que muchos espectadores huirán despavoridos por no atenerse a parámetros reconocibles o a lineamientos nítidos; pero quien esté preparado para una inmersión sensorial y vivencial, no le tenga miedo a los experimentos audiovisuales y guste encontrarse dentro de las salas con un mundo de atmósferas y sentimientos plasmados, no deberían dejar de pasar esta notable producción. La nueva película del gran Pablo Chavarría Gutiérrez supone un viaje flotante y onírico a través de La Sierra Madre Oriental, un universo agreste en el cual los habitantes de la Comunidad El Bosque convergen con la naturaleza, se desempeñan en juegos o en labores mínimas, recorren los vastos terrenos. Para su captura, el director hace uso de variados recursos cinematográficos: cámaras invertidas, juegos con los focos, repeticiones en loop y un montaje que vincula escenas aparentemente inconexas, aunque armónicas en sus paisajes sonoros. 
Lo que se esconde detrás de lo visible es la historia de Alberto Patishtán Gómez, profesor y activista indígena que fue condenado injustamente a una reclusión de sesenta años, por el asesinato de cinco policías. Luego de trece años de confinamiento, el Poder Ejecutivo de México reconoció que hubo una violación de sus derechos durante su proceso penal, y por ello le fue concedido el indulto. Pero esta película no apunta al panfleto ni a la denuncia explícita, por el contrario, apunta a captar esos espacios perdidos que le fueron vedados a Patishtán, un mundo agreste y repleto de vida al que esporádicamente le son superpuestos algunos de los escritos del activista, cálidos, humanos y esperanzadores. 

Demonio (Marcin Wrona, Polonia / Israel, 2015)


La anécdota de la polaca-israelí Demonio, de Marcin Wrona se centra en un joven que llega a la Polonia rural, para casarse en los terrenos campestres de la acaudalada familia de su novia. Recorriendo las inmediaciones de la antigua casa que la pareja obtiene como dote, el protagonista encuentra enterrados restos humanos, y luego de una breve estadía comienza a desarollar un extrañísimo comportamiento. Es en plena boda que Piotr comienza a dar señales de que algo muy malo le sucede: convulsiones, una agresividad a flor de piel, visiones extrañas. Cuando el novio comienza a hablar en yiddish ya nadie parece dudarlo: fue poseído por una antigua alma en pena; más exactamente, por un "Dybbuk", espectro de las leyendas judías; entidad sobrenatural que invade un recipiente humano, con el objetivo de completar aquello que no pudo realizar en vida. 
Pese a los intentos de la familia y, sobre todo, de su suegro de tapar y acallar el suceso, y de embriagar bien a los festejantes para que no se den por enterados, poco puede hacerse para ocultar los horrores ancestrales (y no tanto) que circundan a la familia. Los lugares comunes del cine de terror que en un principio parecían llevar la narración de forma convencional dan paso a una atmósfera lúgubre y patética, de fuerte contenido alegórico. Mientras los personajes son superados por la situación –incluído un cura que, como buen representante de la iglesia opta por mirar para el costado– se va dejando en evidencia cómo aquellos que en el pasado dieron vía libre a los nazis para sus planes de exterminio, hoy empeñan en la misma zona los terrenos para su devastación y explotación megaminera. Polonia parece condenada, y no es precisamente el dybbuk la peor de las amenazas. 

Nahid (Ida Panahandeh, Irán, 2015)


Como los asiduos del festival ya están enterados, el cine iraní suele lanzar año tras año varias de las películas más solidas de la programación, y Nahid no es una excepción en este sentido. Quien da con su nombre el título es una mujer de mediana edad, divorciada y con un hijo, que vive en una ciudad en la costa del Mar Caspio. Su exmarido es un yonki en rehabilitación, pero aún con esa característica la ley iraní dispone que sea él quien se quede con la custodia; en un pacto de palabra, el exmarido acepta que ella viva con su hijo, con la condición de que no vuelva a casarse con otra persona. Aquí es que surge una complicación puramente iraní: los casamientos temporales, ideados para que los adultos puedan tener relaciones sexuales –aunque sea por una vez– sin faltar a la ley. Nahid conoce a un hombre que, al menos en apariencia, parecería cercano a un ideal: atento, bien plantado, con una situación económica desahogada. Pero los problemas de Nahid no son pocos y el sistema legal y de creencias imperantes no sólo no toma en consideración a las mujeres divorciadas, sino que parecería complotar para hacerles la vida imposible. Nadando en un mar de complicaciones, el cuadro que envuelve a Nahid da cuentas de la lucha inagotable que debe dar una mujer sola por salir adelante; el casamiento temporal que contrae con su nuevo candidato puede ser lo legalmente establecido, pero también le pesa como una maldición. 
Con una aproximación austera, despojada de artificios dramáticos –el rostro atormentado de Nahid ya es más que suficiente– la cineasta Ida Panahandeh presenta un mundo de conflictos humanos determinado por estructuras paternalistas arcaicas. La narrativa cíclica da cuentas de una maraña adulta en la cual los problemas se suceden unos a otros indefinidamente: quizá algunos pudieran disolverse, pero también terminan abriéndole camino a otros nuevos. Y, pareciera decir Panahandeh, en este trajín los más afectados son los niños, quienes observan desorientados circunstancias que los exceden, y que dejan en ellos huellas imborrables.

Publicado en Brecha el 1/4/2016

martes, 22 de marzo de 2016

Entrevista a Sandra Kogut

"Progreso" y desarraigo


La película Campo Grande es una de las más agradables sorpresas de este próximo 34º Festival Cinematográfico del Uruguay. Con un abordaje humano e hiperrealista se presenta la difícil temática de los niños abandonados, en un Río de Janeiro bullicioso y de cambios radicales. En una conversación con el entrevistador, la directora opinó sobre la transformación urbana ocurrida en los últimos años en las ciudades de Brasil, y sus efectos en la sociedad. 

Son muchos los temas que se entrecruzan en ésta, la última película de la cineasta carioca Sandra Kogut. Si bien el abandono de niños es el tópico central, mediante un recorrido a través de la ciudad, su película va dando cuentas de asuntos cruciales y estructurales inherentes a las grandes ciudades brasileñas, como la brecha social, el miedo al diferente, el consumismo, los cambios edilicios, de las calles y de la conformación de los barrios. Todo esto se orquesta notablemente y circunda un relato fluído, en el cual Ygor (Ygor Manuel), el niño protagonista, intenta seguir los pasos de su madre desaparecida.
Lo que prima en la película es una sensación de desarraigo constante, de no-pertenencia. No sólo porque Ygor y su hermana son abandonados, sino porque además los espacios íntimos, las viviendas, los barrios, son radicalmente transformados, demolidos, convertidos en otras cosas. Los dueños de los terrenos se suceden y, asimismo, las clases sociales también mudan sus espacios.

–Para la película hiciste una investigación y quisiste echar luz sobre la temática del abandono de niños. ¿Qué razones suele haber para esta clase de abandonos? 

–Las razones son muchas, pero lo cierto es que en muchos casos no es un completo abandono: la madre coloca a los niños en un lugar, quizá temporalmente, para ir a buscarlos cuando se encuentre en una situación mejor. Lo que ocurre es que existe cierto caos general y no hay en la sociedad estructuras para atender y ayudar suficientemente a las personas que están en dificultades. Entonces lo que sucede es que hay un sistema informal que entra siempre en acción, una instancia paralela a las reglas del estado, ya que el estado no está presente. Hay una expresión particular: "adopción a la brasileña", y funciona más o menos así: yo me quedo con tu hijo para criarlo un poco, durante unos años, se queda a vivir en mi casa. Entonces a veces la empleada tiene un hijo y la patrona se hace cargo de él. La informalidad en esta clase de relaciones de algún modo suple la falta de estructuras que te nombraba. No están dentro de la ley, pero tampoco es algo "clandestino", no se incurre en crímenes. Brasil tiene una cultura de informalidad muy grande, para lo bueno y para lo malo.

 –Y en este caso, ¿Es bueno o es malo? 

–Las dos cosas. Hay veces que es una solución inmediata que ayuda a las familias. Pero en el largo plazo sería mucho mejor que hubieran políticas de estado para que la gente no deba llegar a esa situación.


–Me resultó increíble el niño protagonista. Una de las escenas más impactantes de la película se da cuando él, que había sido muy fuerte durante todo el metraje, comienza a llorar a lágrima tendida. ¿Cómo se hacer llorar a un niño frente a cámaras? 

 –Fue el primer niño que probé. Después tanteé otros para estar segura, pero yo me enamoré de él. Lo que normalmente necesito testear en primera instancia es qué tan amplia es la paleta emocional del actor. Cuando el llegó era pura vitalidad y sonrisas, le brillaban los ojos, pero yo necesitaba saber si era un muchacho capaz de entrar en un estado de tristeza y profunda preocupación. Le pregunté, ahí mismo en la prueba: "¿vos llorás a veces, o te ponés triste?", me respondió enfáticamente que nunca lloraba. Ahí pensé entonces que no podía ser él, si es que tenía ese bloqueo. Entonces le dije así: "Y cuando es de noche y estás acostado, no pensás en cosas como que tus padres se pueden morir?" . Se lo dije porque me acordaba de lo yo que pensaba cuando era niña, y ahora incluso noto que mis propios hijos hablan de eso. Él me respondió inmediatamente: "ah, sí, pienso mucho en eso...", le pregunté: "¿y qué pensás que pasaría si eso ocurriera?"; "que mi mundo se acabaría", respondió. Entonces le dije: "vamos a pensar en eso los dos juntos" cerramos los ojos y pensamos en eso, en silencio. Ahí él se puso a llorar.
Para hacer llegar a alguien a una emoción hay que lograr un encuentro entre la persona y esa emoción, hay que saber encontrar alguno de los muchos caminos, y para eso hay que lograr una confianza y llegar, uno también, a un encuentro íntimo con la emoción. Una de las cosas que a mí me resultan más emocionantes en el cine no es el hecho de ver a una persona llorando, sino cuando vemos esa emoción surgir. En la escena del estacionamiento él no está llorando en un principio, pero en determinado momento empieza a llorar; cuando va a contar lo que le pasó, se emociona. Eso para mí es lo más hermoso de ver en una película, la transformación del registro, el surgimiento de la emoción.

–Nombrabas a Cassavetes como uno de tus referentes. ¿En qué te inspira? 

–No sé si referente es la palabra, porque yo trabajo de otra manera. Pero pienso que su cine tiene las dosis justas de emoción, intensidad, verdad, y eso me toca mucho. En mi caso no trabajo mucho con la improvisación, tampoco trabajo mucho con ensayos, ni con los textos, nada de eso. Porque yo pienso que la improvisación es una cosa que muchas veces diluye la tensión dramática, porque los actores se quedan nerviosos con el silencio y se ponen a hablar y a hablar. Yo busco esa tensión dramática primero en las situaciones emocionales, y el texto viene solamente después, en un segundo momento. Yo no conozco muy bien los métodos de Cassavetes pero recuerdo bien una historia. El actor Peter Falk contó que era el primer día de rodaje y que llegó al set con algunas ideas preparadas, tenía cosas pensadas para su personaje. El problema es que muchas veces esas ideas son trucos que los actores tienen para protegerse un poco. Cassavetes se puso a filmar y al rato le puso a Falk un sombrero en la cabeza, era algo que el actor no esperaba y, cuando empezó a actuar con ese sombrero ya se había olvidado de todo lo que traía preparado. Yo busco eso: hacer cosas para que las personas no estén mentalmente conscientes de su actuación, imponer cosas que sean más fuertes que ellos. Los llevo a entrar en un juego que los lleve a vivir el asunto. 


–¿La sensación de desarraigo tan particular que se impone en tu película, creés que es una sensación generalizada en Río de Janeiro? 

–Pienso que si. Es una sensación inevitable por varias razones. En el tercer mundo crecemos en ciudades donde la estructura no es tan sólida como en otros países, en general en Brasil vivimos crisis, mudanzas, cambios en la moneda, uno vive acostumbrado a la sensación de que todo siempre puede cambiar. Pero ahora está sensación está acentuada, los cambios son muy importantes y grandes, sobre todo el cambio en los espacios. Esto se traduce en una sensación de que no hay garantía de nada.

–Si no se puede tener el refugio del hogar, e incluso deja de existir ese hogar primigenio en el que crecimos y que alguna vez podés volver a visitar, se pierde parte de la propia historia... Hay una escena en que el niño vuelve a su barrio y ya no es más su barrio. 

–Las obras en la ciudad, hace quizá unos tres años, están relacionadas con el boom económico, con el mundial, las olimpíadas, las obras monumentales. Todo esto se dio también junto a la aparición del surgimiento de una nueva clase media, fue un cambio muy brutal y muy rápido. Yo escuchaba que la gente comentaba cosas, desde que ya no sabían cómo manejar en la ciudad o cómo orientarse (todas las calles habían cambiado). Barrios enteros habían sido completamente transformados. No estoy haciendo un juicio con respecto a eso, tuvo cosas buenas y cosas malas.

–¿Pero todo este movimiento agrandó o achicó las brechas sociales? 

–En el último año todo eso empezó a desmoronarse. Ese boom económico ahora terminó y estamos viviendo un nuevo momento. Antes de esta nueva crisis la brecha social había disminuído. Junto con eso, surgió al mismo tiempo una cosa muy compleja, que es que el proyecto del gobierno estaba muy conectado con el consumo, entonces mismo la idea de ciudadanía se mezcló con la idea del derecho a consumir, fue una visión muy capitalista de la vida, los valores de consumo en los gobiernos progresistas estaban muy arraigados. Me acuerdo que cuando fui al barrio Campo Grande, investigando para la película, había un embotellamiento de tránsito terrible, todo el mundo había comprado autos. El muchacho que conducía me dijo con mucho orgullo "el progreso llega cuando el tránsito se obstruye". Yo no estoy de acuerdo, creo que el progreso es no necesitar un auto. Luego de haberse achicado la Brecha, se volvió a ensanchar.

–Otro de los temas que se tocan en tu película es el miedo al diferente, y cómo esta brecha social opera en este sentido. ¿La transformación urbana agudiza estos miedos? 

–Claro que sí. Cuando todo está cambiando los miedos y las inseguridades crecen. Yo pienso que en el pasado la gente del barrio Campo Grande estaba en Campo Grande, la gente de Ipanema estaba en Ipanema, no se circulaba tanto en la ciudad como hoy, y eso es un cambio importante para la convivencia con el otro.


–Cuando veía la película y los protagonistas se dirigen en auto a Campo Grande, oí a un espectador en la sala diciendo: "ahora los van a asaltar", algo que evidentemente no iba a suceder... 

–Es que justamente traté de trabajar con los miedos y los prejuicios. Me gustan las películas que te ponen en un lugar en el que explorás tus propias inercias de pensamiento, y te hace cuestionarlas.

–Hay una escena terrible que en particular me quedó grabada y es cuando el niño dice: "nosotros somos grandes, no somos niños, podemos hacernos cargo". Siento que es algo muy propio de entornos de necesidad, en los que los niños tienen que asumir roles de adulto.¿Cómo creés que afecta eso en la formación de un niño? 

–Este chico que hizo la película es un poco así. Él es un niño pero sin embargo hacer esta película era un trabajo muy grande, una responsabilidad que el asumió y se colocó sobre los hombros, con mucha seriedad. Pienso que en un mundo ideal los niños no deberían hacer otra cosa que ser niños, es una etapa única en la vida. Desgraciadamente hay situaciones y lugares en lo que eso es como un lujo que no podrían tener. Hay una cosa muy impresionante y que yo admiro mucho en ellos, y es que muy temprano tienen un sentido de la responsabilidad, la noción del otro (a veces tienen que cuidar hermanos) tienen asumidas ciertas cosas que quizá para otras personas vienen mucho más tarde. Y son elementos que creo que son fundamentales para la vida. En una película anterior que filmé, el protagonista era un niño de diez años, de una zona rural. El trabajaba mucho, y cuando no lo estábamos filmando se ponía a ayudar a alguien, yo lo veía y se ponía a llevar sillas, cosas así. Un día le dije: "Tiago, nunca parás de trabajar y nunca te quejás, ni estás cansado". Me respondió que no, "yo trabajo desde que era niño". Le respondí que con diez años él seguía siendo un niño, y siempre me quedé pensando en eso. Es difícil tener una opinión general al respecto, pero si, es muy duro que un niño cargue con responsabilidades de un adulto.

Publicado en Brecha el 18/3/2016

miércoles, 16 de marzo de 2016

La verdad oculta (Concussion, Peter Landesman, 2015)

La crítica integrada 


Concentrándonos en los datos fríos, en la denuncia específica en la que se centra esta película, en lo asombroso de la trama, el planteo es sumamente interesante. Basada en una anécdota real, esta película  relata la historia del neuropatólogo forense Bennett Omalu, quien a partir de un descubrimiento científico se enfrentó a una de las más poderosas instituciones de Estados Unidos: la NFL (National Football League) liga profesional de fútbol americano, la que administra el deporte más popular de ese país. 
Pues resulta que este molesto médico nigeriano ató algunos cabos, sumó A con B, pagó de su bolsillo algunas autopsias inconvenientes y comprobó que los terroríficos golpes a los que los jugadores de fútbol américano son constantemente sometidos durante los partidos sacuden antinaturalmente sus masas encefálicas, derivando en secuelas irreversibles a largo plazo. Omalu dio nombre al CTE (Encefalopatía Traumática Crónica), una enfermedad progresiva degenerativa, propiciada por la inmensa cantidad de sacudones a los que son sometidos los jugadores durante su carrera (70 mil golpes es la cantidad promedio que se maneja en esta película para un mediocampista experiente). "Dios no nos creó para jugar fútbol americano", llega a decir el investido protagonista. 
No deja de ser profundamente significativo que el deporte favorito del país sea tan nefasto para la salud mental y, como en Spotlight, esta película presenta una investigación, el descubrimiento de una verdad incuestionable y la siempre atractiva lucha de un David contra un Goliat que niega y tapa sistemáticamente. 
Como decíamos, esa es la parte interesante. Pero a diferencia de Spotlight, el convencional planteo se vale de herramientas y clichés sumamente manidos. En un comienzo se presenta por separado al especialista y al problema, y está claro que la narración va a unirlos más temprano que tarde. Se introduce un personaje intachable en cualquier sentido y el nacimiento de una historia de amor (con ciertos excesos de azúcar), se le da rostros al enemigo y se plantea el conflicto, por el cual la parte antagonista contrataca con todo lo que tiene. Luego viene el clásico momento de tristeza y apuros, con chirriante melodrama (sobre todo la escena en que el personaje dialoga con el bebé en la panza de su mujer embarazada) y luego el "todo está perdido", con muerte incluída. Finalmente, la obvia iluminación y un resultado más o menos esperanzador devuelve a las cosas su orden perdido. 
Dentro de todas estos asuntos previsibles, hay temáticas que de tan repetitivas se vuelven cansinas: en primer lugar la evocación constante a la gran "América"; que si el país es así o asá, que si es la tierra de las oportunidades o no, que si le abre o le cierra el camino a un inmigrante negro en su lucha contra un poder establecido. Lo que podría estar solamente sugerido se verbaliza media docena de veces, así como la ineluctable idea del triunfo del voluntarioso, y los designios de Dios. En su constante alusión, en el hecho de que los Estados Unidos sea el centro de esta película, la que podría ser una crítica feroz acaba convirtiéndose en un complaciente autobombo.

Publicado en Brecha el 16/3/2016