viernes, 29 de agosto de 2014

Relatos salvajes (Damián Szifrón, 2014)

Días de furia  

 

Es un merecido fenómeno. No es nada común que la película más publicitada y difundida del vecino país sea, además de un taquillazo descomunal, una gran obra dotada de nervio e inteligencia, un filme del que podríamos discutir indefinidamente y, como usualmente se dice, un clásico instantáneo. Quizá sea demasiado temprano para predecir el futuro Oscar a la mejor película extranjera, pero vale decir que con su narrativa clásica y su perfil popular y universal, Relatos salvajes ya tiene unos cuantos boletos comprados. 

La apuesta fue inmensa, y la película ya era un éxito incluso antes de ser vista; co-producción argentina-española (producida por Pedro y Agustín Almodóvar) fue rodada en diversas locaciones argentinas (Buenos Aires, Cafayate, Salta y Jujuy) se estrenó en Cannes, cuenta con varias de las más competentes estrellas del cine argentino (Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Oscar Martínez, Érica Rivas, Julieta Zylberberg y Rita Cortese) y en Argentina se estrenó en 228 salas; más que un tanque hollywoodense, más que Maléfica, –que este año se había llevado 220 salas para su estreno– más que Metegol y El secreto de sus ojos, que hasta ahora eran las argentinas que ostentaban el récord. 
No era precisamente un tiro al aire. El bonaerense Damián Szifrón, hoy de 39 años, ya había filmado y escrito dos películas notables, la hitchcockiana El fondo del mar, y el divertidísimo policial a lo Hollywood Tiempo de valientes. Pero seguramente sus mayores credenciales estén en la televisión y el director fue responsable de la ya histórica serie Los simuladores, que alcanzó un pico de 37 puntos de rating en su episodio final y que es para muchos la mejor de las series argentinas. Otro de sus trabajos fue la también notable miniserie Hermanos y detectives.
Lo que no se da todos los días es que un éxito de este calibre sea, además, una película brillante. Por supuesto que en seguida se desató la polémica, que no faltan quienes abominan esta película hasta su último fotograma y que, en definitiva, ayudan a acrecentar aún más su publicidad. 
Quizá convenga aclarar lo que no es Relatos salvajes, y lo que muchos quisieran que fuera. No es el típico cine de denuncia social, ni una obra filosófica, ni pretende una exposición radiográfica de la violencia. Sí puede afirmarse que es una película inteligente. Y con inteligente queremos decir que se trata de una ficción embebida en un mundo perfectamente reconocible. Un cine que se nutre de otro cine pero asímismo de nuestra realidad circundante y que, en ese sentido, motiva al espectador a reflexionarla y verse reflejado. Se ambienta en lugares que todos hemos conocido de una manera u otra: un bar, la ruta, oficinas, un salón de casamientos, y ofrece contextos que nos tocan y de los que podríamos contar historias similares: la corrupción, la violencia clasista, la burocracia estatal, las situaciones trágicas en las que no parece haber salidas favorables, la infidelidad conyugal descubierta. Revanchismo, venganzas personales, justas, injustas, desmedidas, fundadas o infundadas, a veces horrendas, a veces catárticas, a veces visiblemente desacertadas. Si la venganza es un plato que se come frío y es materia como para contar mil (brillantes) historias, la prueba de ello es esta película, que se explaya en una introducción más cinco relatos, brillantemente orquestados, clásicos, dinámicos. Lo más llamativo es que precisamente por ser una película dividida en episodios independientes no haya ningún altibajo considerable en ellos, o algún relato del que exista un consenso de ser ostensiblemente mejor o peor que los otros.

Relatos salvajes está conducida por una dirección precisa y un uso notable del lenguaje cinematográfico, sobre todo en lo que refiere a la condensación de los relatos en breves historias. En este sentido se trata de un guión soberbio; como en las mejores series televisivas, lo primero que llama la atención no es tanto la puesta en escena sino la creatividad volcada en las anécdotas. Este perfil televisivo se desprende de historias cortas en que la narrativa está rápidamente orientada en determinada dirección por un giro de guión (plot point) y que se resuelven en un punto concreto que pone fin a la progresión dramática y a la historia. En un tono de comedia negra, Szifrón apunta a la incomodidad y sobre todo a la molestia que promueven ciertas situaciones en las cuales las pautas de comportamiento se desdibujan, las circunstancias abruman, los manuales de ética hacen agua y los individuos no encuentran otra opción que improvisar y seguir sus instintos (y así, dejar ver quiénes son realmente). No entramos en el terreno de lo razonado y lo razonable, aunque desde la comodidad de una sala de cine podamos juzgar a cada personaje en términos de bien y de mal, de valentía o locura, de corrección o exabrupto. Y otra vez, todos los espectadores sacarán conclusiones distintas al respecto.
"Pasternak", la introducción y el relato más corto, protagonizado por Darío Grandinetti, ya deja bien en claro las pautas de lo que vamos a ver. Es, visto fríamente, poco más que un sketch, una ocurrencia con toques delirantes. Pero el planteo es verosímil, comienzan a acumularse sutilmente datos racionales, creíbles, que comienzan a articular mecanismos psicológicos para dar paso al suspenso más intempestivo. Entramos en los terrenos del relato más clásico y atávico, la clase de historias que podríamos escuchar en la oscuridad, en torno a un fogón. No en vano esta introducción es, de todos los episodios, el más improbable, el que ofrece la propuesta menos creíble. Y aquí surge la pauta de por qué convendría ver la película como un entretenimiento y no tanto como el reflejo de una contingencia social. 


Lo cual no quita que sí se preste para lecturas sociológicas. El episodio "El más fuerte" protagonizado por Leonardo Sbaraglia no deja de ser elocuente acerca de los odios de clase, presentando a un muy desagradable yuppie que conduce su auto desde Salta hacia la capital, muy pendenciero adentro de su coche y un perfecto pusilánime cuando carece del amparo de su armatoste. Las clases sociales también están muy presentes en la "La propuesta" que, al parecer de este cronista, es el más perfecto de los episodios, y presenta a Óscar Martínez interpretando a un padre de familia cuyo hijo adolescente acaba de atropellar a una mujer embarazada en la calle. Como pocas historias, el durísimo planteo nos coloca en una situación terrorífica por la que comprendemos el accionar de cada uno de los implicados, aunque no podamos ni queramos empatizar con ninguno de ellos. En su resolución, como no podía ser de otra manera, la violencia golpea al eslabón más débil del cuadro. En "Bombita" el protagonista, un cincuentón de la vieja guardia, se enfrenta a las nuevas formas de burocracia, a pobres muchachos que no tienen superiores con quién hablar ni los conocen, a un sistema que lo piensa como una máquina de entregar billetes y no como a un individuo. "Hasta que la muerte nos separe" es el episodio más almodovariano y, en una sóla noche, justo una noche de bodas, condensa notablemente toda una sucesión de hechos que suelen desplegarse a lo largo de años en muchos matrimonios. Se propone así un brutal sarcasmo acerca de la institución monogámica y de una inercia farsesca en la que hoy pocos creen.
Decíamos que se trata de una obra profundamente incómoda, y seguramente sea ése su principal mérito. Tratándose de una película comercial, es realmente loable que no juegue para la platea, que no proponga simpatías fáciles –nótese cómo uno de los primeros rasgos que conocemos del personaje más querible del cuadro, el interpretado por Ricardo Darín, es su clara omisión como figura paterna–, ni plantee resoluciones tranquilizadoras, que nos coloque en situaciones límite que nos llevan a pensar y repensar los episodios y a nosotros mismos, ya que nada de lo presentado en los fotogramas podría sernos del todo ajeno. Y el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.

Publicado en Brecha el 29/8/2014

lunes, 25 de agosto de 2014

Las mejores películas (XXIV)

Se me dio por chequear las fechas, los números y esas cosas y me sorprendí un poco. En setiembre este blog estará cumpliendo 7 años. Esta entrada es la número 390, y aquí llegamos a las 240 películas recomendadas en esta sección llamada "las mejores películas". O sea, que como nadie promovemos y apoyamos desde aquí las indigestas de celuloide, y tal es el autismo propio que nunca festejamos aniversarios ni números redondos ni nada que se le parezca. Así que basta de perder tiempo, y a disfrutar de lo que más nos interesa:

La jaula de oro de Diego Quemada-Díez (México, España, Guatemala) 
El viaje sobre "La bestia" o "El tren de la muerte" a través de México y con destino a la frontera con los Estados Unidos supone un infierno para los migrantes que pretenden atravesar el país en dirección a la tierra prometida. Los policías de migración quizá no sean mejores que los narcotraficantes, y este nuevo exponente del cine-denuncia da cuentas de los abusos que ocurren diariamente en la región. Actores no profesionales, un abordaje de ficción con apariencia de documental y una historia que hiela la sangre propician un cuadro humanista, con una de las desapariciones más terribles y verosímiles que haya dado el cine. El desenlace también es de antología. 

La colina de las amapolas de Goro Miyazaki (Japón) 
Otra vez el estudio Ghibli echa mano a la nostalgia y a la recreación histórica de un mundo pasado. Con un libreto co-escrito por Miyazaki padre y la dirección de Miyazaki hijo, esta emotiva película explaya con profusión de detalles la historia de Umi, una chica que convive con una numerosa familia en la ciudad de Yokohama de 1964. Por la ausencia de su madre, Umi lleva una abnegada rutina de trabajo y estudio, poniéndole el pecho a las adversidades (recordemos que en Ghibli las que ponen los huevos son las mujeres). Cuando conoce a Shun, también entrará en contacto con la militancia gremial y un edificio comunitario repleto de historias. 

Compliance de Craig Zobel (Estados Unidos) 
La obediencia puede ser nuestro peor enemigo, y nada lo demuestra mejor que esta impactante película. En una cadena de comida rápida, una cajera es acusada de robarle a un cliente, y la gerenta del local debe hacerse cargo de su vigilancia y cuidado hasta que llegue la policía. Un thriller realista pavoroso, increíblemente bien filmado y que sabe mantener al espectador crispado durante todo el metraje, además de una película de esas que deberían incorporarse a los programas obligatorios de los secundarios. De paso, los cineastas del cine de terror deberían tomar nota y aprenderse de aquí una cosita o dos. 

Guardianes de la galaxia de James Gunn (Estados Unidos, Reino Unido) 
Un grupo de asesinos, cazarrecompensas y ladrones del espacio, después de querer matarse entre sí, deben unirse para escapar de una prisión y enfrentar un enemigo en común. Al nivel de Los vengadores, lo mejor que han hecho los Marvel Studios hasta el momento. Da gusto ver a este puñado de antisociales energúmenos cagándose en todo, repartiendo piñas y poniéndole el pecho a los rayos láser; el abordaje lúdico da paso a grandes despliegues visuales, a la acción más trepidante y al homenaje ochentoso. Gran exponente del cine-espectáculo, con batallas espaciales como las de antes y mucho olor a pop y refresco. 

Trabalhar cansa de Marco Dutra, Juliana Rojas (Brasil) 
Abrir un pequeño negocio y regentearlo puede ser el sueño de muchos, pero cuando Helena, una mujer cuyo marido acaba de ser despedido del trabajo, inaugura un minimercado barrial, las cosas comienzan a complicarse sobremanera: problemas con los empleados, las cifras que no cierran, ausencia de clientes y ganancias escasas. Pero lo que parecería peor es que oscuros secretos del local alquilado comienzan a emerger, dando cuentas de un pasado pútrido que comienza a mortificarla. El terror psicológico se sintetiza notablemente con el realismo social, generando una de las películas más personales y particularmente inquietantes del cine brasileño actual.

The Purge: Anarchy de James DeMonaco (Estados Unidos, Francia)
Para los ricos, la noche de la expiación significa quedarse en sus búnkers y esperar que todo pase pronto o, en su defecto, si son un poco más enfermitos, en armarse con todo lo que tienen y salir a aniquilar gente por la calle. Para los pobres, o los que por desdichas casuales quedaron expuestos, significa en cambio una muerte casi segura. Quién lo diría, una película de género con conciencia de clase, con notables ocurrencias y giros de guión, un suspenso constante y escenas de acción a la altura. La secuela superó con creces a la original. 

Manual del macho alfa de Guillermo Kloetzer (Uruguay) 
Los hombres podemos aprender mucho de los lobos marinos en lo que refiere a perseverancia, cortejo y cópula, y este divertidísimo documental ofrece, en once lecciones básicas, todo lo que se necesita para triunfar con las féminas de nuestra especie. La estructura narrativa, el abordaje humorístico, la humanización por el absurdo, la división animada en capítulos y la voz en off de César Troncoso proveen a la película de un toque lúdico muy atrayente y entretenido, sin evitar, de todas maneras, el drama, la tragedia y las grandes injusticias que trae consigo esta nutrida fauna en su dinámica natural. Una de las grandes sorpresas del cine nacional de este año. 

La mirada del hijo de Calin Peter Netzer (Rumania) 
Cine rumano en su estado más puro. Una madre dominante ha perdido el poder que tenía sobre su hijo, quien se mudó a un apartamento con su esposa y ya no le dirije la palabra. Pero cuando el hombre protagoniza un incidente trágico (atropellando de muerte a un niño en la ruta) ella vuelve a tomar las riendas y se echa sobre los hombros su defensa, moviendo influencias, sobornando gente, internándose en ambientes inhóspitos para evitar que lo encarcelen. Sutilmente, en el recorrido se van develando burocracias sucias, mecanismos de manipulación y un perfil psicológico muy particular. 

Después de Lucía de Michel Franco (México, Francia) 
Tras la muerte de su madre, una adolescente comienza las clases en un nuevo colegio, pero por un descuido nefasto y mucha mala suerte pasa a ser blanco de las más sanguinarias burlas por parte de sus pares. Si La jaula de oro les pareció una película dura de ver, entonces ármense de valor antes de exponerse a esto. El cine mexicano la da con un mazo al espectador, concibiendo un cine de denuncia demoledor, pertinente e incisivo. Acá le tocó el turno a la temática del bullying, demostrando que no se trata simplemente de una preocupación de moda sino de una temática difícil de tratar, determinante y atroz. 

La gran noticia de Lionel Baier (Suiza, Francia, Portugal) 
En el año 1974, tres periodistas suizos parten como corresponsales al Portugal de la dictadura salazarista para cubrir noticias absolutamente intrascendentes: la ayuda económica que la Confederación Suiza da al país. Pero por una casualidad del destino, los periodistas llegan justo en el momento en que está ocurriendo la histórica Revolución de los Claveles. Viéndose atrapados y envueltos en ella, supone para ellos, por fin, la manera de cubrir una noticia realmente trascendente y, quizá, de dar un salto en sus carreras. Sarcástica, divertida y con certeros apuntes críticos, una experiencia de liberación, amor libre y flower power.

domingo, 17 de agosto de 2014

Miracle (Zazrak, Juraj Lehotský, 2013)

4000 golpes


Ela (Michaela Bendulová) tiene 15 años y, ni bien empieza esta película, es arrojada por su madre y su padrastro a un centro reformatorio. Las razones de la internación no se sabrán al comienzo, pero viendo su carácter indomable y de a ratos directamente antisocial, podremos intuir que las hubo. Ela demuestra un perfil sumamente conflictivo que puede emparentarla directamente con la protagonista de otro drama social europeo reciente, el británico Fish Tank. Como en esa película, el personaje llama indefectiblemente a la incomodidad y puede despertar un consistente rechazo, pero al mismo tiempo atraviesa circunstancias adversas que promueven la empatía.
Los hermanos Dardenne (Rosetta, El silencio de Lorna, El niño de la bicicleta) parecerían estar haciendo escuela, vista la cantidad de cineastas que reconocen haberse inspirado en su cine, y aquí la influencia de los directores belgas es clara. Se sigue de cerca a un protagónico silencioso, inexpresivo, prácticamente inescrutable que se mete en problemas, se vincula con secundarios nefastos, tiene ocurrencias inpensables y toma decisiones profundamente reprobables. Ya al comienzo vemos que la protagonista escapa de su enclaustramiento para arrojarse en los brazos de un guardia de seguridad desinteresado, drogadicto, con el doble de años que ella y que es perseguido por narcotraficantes por deberles una abultada suma de dinero; para postre, él no duda en venderla a ella para saldar su deuda.
Si bien la protagonista en un comienzo sólo muestra un costado desagradable, de a poco la película deja entrever, sutilmente, pequeños matices de humanidad que permiten una mayor conexión con la chica. Se presentan tramos en los que parece pasarla bien cuidando de un anciano hospitalizado –justamente los únicos interiores iluminados, que escapan al tono sombrío imperante– y la forma en que ama con intensidad a un tipo que claramente no le corresponde demuestra su inherente desesperación por obtener un mínimo de cariño. Cuando en los tramos finales tiene un breve diálogo en un auto con su madre, en la que su progenitora le espeta que cuando estuvo embarazada de ella pasó todo el tiempo con náuseas –entre otros piropos– entendemos, negro sobre blanco, el porqué del carácter de la muchacha y su imperiosa necesidad de huir e independizarse. 
La protagonista, –a la que entre otras peculiaridades le falta algún diente frontal, algo muy raro de ver en un personaje principal– así como otros adolescentes del cuadro, fueron reclutados por el director Juraj Lehotský en diversos centros reformatorios de Eslovaquia. Hay en las actuaciones (o no-actuaciones, como quiera verse) un factor de autenticidad sumamente valioso, y la película en su conjunto respira una notable sensación de realismo. Una que, además, provocará unos cuantos escalofríos. 

Publicado en Brecha el 15/8/2014

viernes, 8 de agosto de 2014

12 horas para sobrevivir (The Purge: Anarchy, James DeMonaco, 2014)

Masacre consentida



Claro está que los tituladores latinos conspiran para confundirnos. En inglés la primera película se tituló The Purge (la purga, el saneamiento, la purificación) y esta secuela The Purge: Anarchy; claro como el agua. Ahora bien, en latinoamérica conocimos a la primera entrega como La noche de la expiación, y a esta como 12 horas para sobrevivir, por lo que la relación entre una película y la otra habría que adivinarla si se careciese de la información necesaria. Pero quién sabe, quizá a los mismos tituladores se les escapó el detalle... 
La idea base compartida por ambas películas es buenísima: en un futuro próximo, los "padres fundadores", misteriosos y oscuros gobernantes, considerando los índices de violencia, de delincuencia, de pobreza y desempleo en los Estados Unidos, deciden nuclear y exprimir todo lo peor del ser humano en una sola noche, en la que los ciudadanos tienen derecho y absoluta impunidad para cometer todos los crímenes que quieran, ya sean asesinatos, robos, violaciones y ainda mais. Doce horas de caos en las que básicamente los que tienen dinero y recursos se atrincheran en sus casas y sus búnkers (o salen a "purgar" por las calles), y en la que los pobres son directamente diezmados. De esta manera, claro, el desempleo baja, las élites mantiene su statu quo, y muchos obtienen una catarsis sangrienta que los deja mansitos durante el resto del año.
El problema de la primera película es que esta premisa, tan poderosa como metáfora, incómoda y mala leche, venía mal explotada, derivando en un cine de género más bien de manual, con lugares comunes y comportamientos poco creíbles. Sin embargo aquí ocurre lo contrario. A la historia original le son agregados giros de guión que proveen apuntes interesantísimos sobre las diferencias sociales y los comportamientos de los grupos de poder y las clases dominantes. Vemos como ciertos ricos, temerosos de salir a la calle, "compran" gente vieja y enferma para exterminarlos en la apacibilidad de sus hogares; como surgen "mercenarios" que, aprovechando la vulnerabilidad de los más pobres, se ponen a disposición para defenderlos a un precio significativo; la forma en que una brigada "de control" se asegura que las purgas sean eficientes, entre otras sorpresas. 
La historia sigue a un grupo de cinco personas que, por una serie de infortunios, quedan expuestos en pleno centro de la ciudad, en una constante lucha por la supervivencia en la que se ven obligados a sortear toda clase de amenazas. El registro es realista, no hay excesos de gore ni regodeos innecesarios, y el suspenso se sostiene inalterado durante todo el metraje. Al mejor estilo Duro de matar (la primera), se propone un equilibrio precario por el que los protagonistas deben esconderse, economizar recursos, atacar sólo en los momentos indicados. Mención aparte merece la aparición de un grupo armado popular, surgido como reacción contraofensiva a los abusos y, en el contexto, se presenta como una opción particularmente simpática. Resulta curioso, considerando que desde el cine dominante tiende a justificarse la violencia gubernamental, y a tacharse de terrorista a cualquier iniciativa popular y revolucionaria.

Publicado en Brecha el 8/8/2014

domingo, 3 de agosto de 2014

La jaula de oro (Diego Quemada-Díez, 2013)

Escapar hacia el cadalso 

En la película Hold back the down (1941) cuyo título en español para algunos países fue La puerta de oro, se trataba, quizá por primera vez en el cine, el tema de la migración hacia los Estados Unidos. Así, esta "puerta" suponía la entrada a la tierra de las promesas, allí donde los extranjeros podían probar suerte, abrazar el sueño americano y triunfar, como tantos otros lo habían hecho anteriormente. 
La canción de Los tigres del norte "La jaula de oro", de 1999, ya jugaba con esa vieja significación y la transformaba, dando cuentas de una realidad que atraviesan muchos mexicanos que accedieron a los Estados Unidos luego de mucho esfuerzo y dinero invertido, quedando allí cautivos, sufriendo la discriminación, con miedo a salir a la calle y ser deportados, y al mismo tiempo sin querer abandonar eso que tanto les costó alcanzar. Retomando ese título, esta película supone una aproximación a lo que implica hoy, para muchos inmigrantes de diversas nacionalidades (guatemaltecos, nicaragüenses, hondureños, salvadoreños, etc) el sacrificado y extenso camino para llegar a los Estados Unidos. La anécdota se centra en un grupo de adolescentes guatemaltecos que, escapando de la violencia y la pobreza extrema, deciden emprender su viaje a través de México, en un desesperado intento por mejorar su calidad de vida y acceder a las tierras doradas del norte. 
Junto a las políticas de represión hacia los inmigrantes en Estados Unidos, (militarización de la frontera, criminalización, construcción y reforzamiento del muro), también existe una presión hacia los gobiernos de México para fortalecer estas políticas represivas e impedir la llegada de migrantes. Al sur de México, en la zona de Tehuantepec (la más estrecha del país) se concentran esfuerzos, generándose un primer gran filtro para evitar que los viajantes continúen su camino hacia el norte. No es el único, y "La bestia" –el tren que recorre México de Sur a Norte– sigue un camino repleto de escollos y abusos, permitidos por las autoridades. Así, el crimen organizado parecería tener carta blanca para aprovecharse de los migrantes, robándoles, secuestrándolos y asesinándolos a piacere.

La película es una directa heredera del neorrealismo italiano; los exteriores están filmados en las mismas zonas problemáticas en las que se sitúa la acción, se utilizan actores no profesionales y una cámara situada a la altura de la mirada de los personajes. Quizá uno de los mayores aciertos sea el de plantear personajes sin victimizarlos; presenciamos adolescentes seguros, determinados, de personalidades fuertes. Si bien pueden parecer un poco ingenuos (si no lo fuesen jamás emprenderían tal viaje) tampoco son del todo inconscientes de los peligros que se les avecinan. La primera escena es elocuente en este sentido: la chica protagonista se planta frente a un espejo y se corta el pelo como un varón, se faja los pechos con una cinta blanca para ocultarlos y, acto seguido, toma una pastilla anticonceptiva, como parte de un mismo plan. Quizá en un comienzo el espectador no comprenda estos preparativos, pero más adelante todo será más claro: para una mujer, el viaje supone un secuestro asegurado, y ante las grandes posibilidades de ser violadas en algún punto del trayecto, las pastillas pueden evitarles un mal aún mayor. Este detalle demuestra, quizá mejor que ningún otro, la dimensión de la miseria, lo terrible de la circunstancias que viven para arriesgarse aún a sabiendas de lo que se les viene. 
Si se logran evadir de alguna manera a los policías de migración, las pandillas diversas y los narcotraficantes, pasada la frontera de los Estados Unidos toca atravesar un vasto desierto surcado por los llamados minutemen, francotiradores civiles estadounidenses que se creen dueños del territorio y que salen a la caza de inmigrantes. Y eso no es lo peor, como se expresa brutalmente en los últimos minutos de película. 
El director español Diego Quemada-Díez hizo un trabajo de recopilación de historias que duró ocho años. Fue personalmente a albergues de inmigrantes, a cárceles en los Estados Unidos, grabando 150 horas de audio de testimonios y experiencias. Con ese sobrecogedor cúmulo de información, evitó los detalles escabrosos que pudieran llevar a que, más que una road movie, esta película pudiera verse como llano cine de terror. Así, asistimos a una anécdota lineal y clásica, con personajes de carne y hueso que sufren celos, desamores, que atraviesan alegrías y tristezas, conocemos sus esperanzas, sus sueños y hasta sus costados más cuestionables. La jaula de oro es cine social urgente, poderoso, emotivo y demoledor como hace tiempo no se veía, y una de las mejores películas mexicanas de las últimas décadas.

Publicado en Brecha el 1/8/2014

viernes, 25 de julio de 2014

El planeta de los simios: Revolución (Dawn of the Planet of the Apes, Matt Reeves, 2014)

Notable y decepcionante



Es sorprendente cómo una película puede empezar tan bien y terminar tan mal. La primera entrega de esta nueva saga, El planeta de los simios: Revolución, era un ejercicio de género poderoso, un ejemplo de destreza narrativa y de puesta en escena, y contaba con escenas de acción trepidantes que en su gran mayoría ocurrían en interiores. La idea central era básica pero tenía mucho de catártico, y era imposible no empatizar con el grupo de simios torturado por los humanos que finalmente lograba revelarse y escapar del laboratorio. La película además tuvo el mérito de lograr, mediante una combinación de técnicas de animación, a varios personajes reconocibles y con personalidad entre los mismos simios.
Esta película cuenta con varios de esos mismos méritos, e incluso con escenas de acción (esta vez casi todas en exteriores) que superan a las presentes en aquella primera parte. La escena en que los simios se aglomeran y hacen una demostración de fuerza trasladándose hasta un contingente de humanos armados hasta los dientes maneja el suspenso y la tensión con maestría. Más adelante, en la batalla misma, un par de planos secuencia, uno desde la perspectiva de una torreta de un tanque y otro desde el interior de una casa que está siendo destrozada por los simios, cortan el aliento y sorprenden de lo bien que están logradas. También es notable el planteo de una situación en la que en ambos bandos los personajes principales desean la paz, pero que el miedo generalizado lleva a un equilibrio precario que puede irse de las manos continuamente, con la sospecha de que la chispa que detone el polvorín se encenderá –a pesar de ellos– en cualquier momento.
Pasado quizá un 60% de la película se llega a una bajada de ritmo terrible, a ese espacio de distensión en que los personajes se sinceran y revelan sentimientos, cayendo en lugares comunes terribles y en líneas de diálogos obvias que subrayan innecesariamente mucho de lo que tan bien venía sugerido desde la anécdota. Que los simios son muy similares a los humanos, que en toda raza hay individuos bien y tipos más jodidos. Otro problema es que César, el líder simio, al principio de la película se comunicaba con señas con los otros monos y pronunciaba apenas unos monosílabos –que además, por estar distanciados y dosificados, eran realmente impactantes–, pero sobre el desenlace ya prácticamente está recitando versos de Walt Whitman, perdiéndose esa gracia.
Quizá lo más indignante, o lo más decepcionante de esta película, –considerando que es tan poderosa su primera mitad– es la conclusión final del simio protagonista (el que no la vio quizá debería dejar de leer por aquí); de que, visto y considerando que la guerra ya empezó y que los responsables de haberla desencadenado fueron los mismos simios, no hay más remedio que continuarla hasta sus últimas consecuencias. Un razonamiento bastante absurdo, visto y considerando que las guerras podrían terminarse si hay voluntad expresa por parte de los atacantes, que bien los simios podrían esconderse una vez más en el bosque o en donde fuere (a fin de cuentas el mundo está deshabitado) para nunca ser encontrados otra vez. Pero nada, parecería que la guerra es un juego que vale la pena continuar hasta el final. 

Publicado en Brecha el 25/7/2014

miércoles, 23 de julio de 2014

La gran belleza (La grande bellezza, Paolo Sorrentino, 2013)

Pánico y locura en la Ciudad Eterna 

En el ocaso de su vida, un periodista apático llamado Jep Gambardela deambula por su hábitat, un universo de personajes extravagantes, jolgorio y descontrol constante. Se trata de un submundo nocturno que ha escrutado hasta el hartazgo y que conoce al detalle. Pero si bien a Jep no cabría faltarle nada, parece aferrado a sucesos pasados, a un estallido pretérito de belleza que le impide disfrutar de su presente. En las desquiciantes y desbocadas fiestas la euforia no logra aplacar una amargura interior profunda, y el corrosivo protagonista aprovechará su odisea hacia el fin de la noche romana para arrojar a diestra y siniestra sus ácidos sarcásticos. 
La ciudad, ostentosa en su ordinario barroquismo, oscila entre la decadencia de un esplendor perdido hace ya mucho tiempo (monumentos históricos, puentes y mausoleos evocan grandezas ancestrales) y el posmodernismo más impresentable (artistas pseudovanguardistas se arrojan a performances tan patéticas como el público que festeja sus barrabasadas). El sentimiento imperante es la nostalgia, adobada con cócteles, barbitúricos, recurrentes resacas. La fiesta presentada al comienzo, adictiva, alucinante e inmersiva, arranca con un remix electrónico: "a far l'amore comincia tu" exige desde los altavoces Rafaella Carrá; cuando la música parece terminar, no tarda en reiniciarse: "a far l'amore..." en un loop eterno, frenético; sin principio ni final, como la película misma. 
Si bien es un recorrido que homenajea a Fellini, lo que sorprende es que no quede opacado en la comparación. Quizá el mayor mérito sea ese: lograr una obra inmensamente ambiciosa con absoluta dignidad, sin trastabillar, sin morir en la orilla. Lo único cuestionable parecerían ser ciertos tramos de delirio místico, en los cuales al director Paolo Sorrentino se guarda sus apuntes críticos, venerando sorpresivamente a ciertas expresiones del cristianismo. 
La insatisfacción no es una sensación exclusiva del protagonista, sino que atraviesa a todos los personajes del cuadro, arrastrándolos en una vertiginosa vorágine catártica que conduce a ninguna parte, o a la mismísima muerte. Esta brillante, poderosa y corrosiva película propone un caleidoscopio de emociones, una crítica implacable a los tiempos que corren, una tórrida aproximación a ciertos círculos de profunda desorientación y vacuidad elitista, con apuntes políticos, sociales y religiosos. La belleza se impone de a ratos, impredecible. 

Publicado en revista Dossier 7/2014

domingo, 20 de julio de 2014

Enemy (Denis Villeneuve, 2013)

El otro, el mismo

Una de las mayores revelaciones del cine reciente ha sido la del director canadiense Denis Villeneuve. Si bien fue con la impactante Incendies (galardonada con más de 40 premios en festivales) que obtuvo fama y reconocimiento internacional, Prisioneros, un brillante thriller recientemente estrenado, lo confirma como uno de los más grandes talentos del panorama actual, además de un autor que sabe poner en el tapete temas profundos y acuciantes, como los conflictos bélicos en Oriente Medio, el pragmatismo imperante en la idiosincrasia estadounidense o la noción de justicia por mano propia. Para mejor, Villeneuve filma bastante y hace películas con una frecuencia admirable. Prisioneros y Enemy fueron ambas estrenadas el mismo año y en este momento el director ya se encuentra embarcado en dos proyectos nuevos. 
Enemy es una película en la cual los climas se tornan envolventes, a menudo oníricos, en muchos casos directamente lúgubres y opresivos. El protagonista (Jake Gyllenhaal) es un profesor de historia algo huraño que dicta cátedra sobre régimenes totalitarios y convive con su novia, a la que no parece prestarle demasiada atención. Cuando un día se decide a alquilar una película en un video club, descubre desconcertado que uno de los personajes, un extra que aparece tan sólo por unos momentos, es muy parecido a él. Luego de una breve investigación logra dar con ese actor, alarmándose al caer en la cuenta de que ambos son absolutamente idénticos. La perspectiva del relato saltará, a partir de este punto, a la de ambos personajes alternativamente; por un lado el profesor de historia asustado, y por otro el no menos sorprendido actor, quien está a punto de enfrentar la paternidad y comienza a ver el hallazgo como algo digno de sacar provecho. 
Cuanto más fantasiosa se vuelve la historia, más puede comprenderse que se trata de una gran alegoría, y que el espectador debe intentar darle un significado. De a poco se va acrecentando el costado más irreal y surrealista de la historia, y comienzan a verse insertos vívidos sueños. Cuando los insectos gigantes comienzan a aparecer, la narración toma inesperados y auténticos tintes cronenbergianos. La tentación de convertirse en otro, de tener otra vida, otra mujer, de escapar de una cárcel cotidiana comienza a ser el nuevo foco, y son plasmados notables apuntes y sugerencias acerca de las parejas que perduran en el tiempo y sobre la infidelidad. La imagen recurrente de una araña gigante lleva a pensar en las relaciones maritales como en grandes telas que mantienen a los individuos cautivos. Enemy podrá irritar a algunos espectadores adictos a las explicaciones, pero se trata de un ejercicio de estilo brillante; uno que, además, llama indefectiblemente a la reflexión.

Publicado en Dossier, 7/2014.

viernes, 18 de julio de 2014

La puerta (The Door, Istvan Szabó, 2012)

Pulso y calidad


Hoy con 76 años, seguramente Istvan Szabó sea el director húngaro más reconocido (aunque su más joven coterráneo, Bela Tárr, de 58, parece ser hoy la nueva estrella de los festivales internacionales). Fue en los años ochenta que Szabó comenzó a ser una figura determinante del panorama europeo, con películas como Mefisto, Coronel Redl, o Hanussen; pero pese a su talento tras las cámaras, son obras que no han envejecido del todo bien, pecando de un recargado simbolismo y de una seriedad a veces ampulosa y excesiva. Similares pretensiones se vieron reflejadas en alguno de sus filmes recientes, como Sunshine, en el que desarrollaba a lo largo de tres horas un siglo entero de historia húngara. 
Pero aquí tenemos una anécdota más aterrizada, más llana y paradójicamente, más sólida. Es verdad que a priori hay un elemento que puede llamar la atención negativamente: el hecho de que, tratándose de una ambientación histórica ubicada cerca de Budapest, esté hablada en un inglés pastoso, nada propio de los pueblerinos de la región. Si bien se trata de una “libertad poética” algo chocante, puede entenderse que si Szabó pretendía contar con la presencia de la impagable actriz británica Helen Mirren en el protagónico, no podía hacerle hablar otro idioma y menos con una entonación específica. Así es que, por esta vez, el dislate puede dejarse de lado considerando que Mirren está imponente (nótese además el brutal cambio de registro si se compara este papel con el que hizo hace unos años en La reina, por ejemplo). 
Son los años sesenta, régimen comunista, época de posguerra, la población húngara aún intenta recuperarse de una participación vergonzosa como país miembro de las potencias del eje, y los horrores del holocausto son un lastre reciente. En este contexto, Magda (Martina Gedeck, de La vida de los otros) escritora acomodada, contrata los servicios de Emerenc (Mirren) como ama de llaves, pese a su semblante recio, un malhumor inherente y un carácter de a ratos excéntrico. Pero Magda, cuya última obra fue vapuleada por la crítica pero apoyada por el Ministerio de Cultura –lo que en estas circunstancias no es meritorio sino todo lo contrario–, intenta acercarse a ella, entenderla, dilucidar ese enigma viviente que representa. Entre otras curiosas costumbres, el ama de llaves prohibe terminantemente el ingreso a su casa a cualquier persona, despertando incluso la sospecha entre los vecinos de esconder objetos pertenecientes a judíos exterminados. 
Es sobre todo en los pequeños detalles y muy paulatinamente que comenzamos a captar los rasgos de humanidad de Emerenc; su esmero en agasajar a sus comensales permite entrever formas solapadas de expresar cariño. Las escenas en las que se la ve barriendo reiteradamente la nieve de la acera, así sean leídas como un infructuoso intento de borrar los traumas pasados o tan sólo como rasgo distintivo de un carácter obstinado, son de una forma u otra de un notable poder de sugerencia. El secreto develado sobre el final de lo que esconde la puerta también puede verse como una metáfora, y de esta manera la película ofrece una narración siempre atractiva, dotada de nervio y personalidad, y abierta a lecturas múltiples.

Publicado en Brecha el 17/2014

miércoles, 16 de julio de 2014

La chispa de la vida (Alex de la Iglesia, 2011)

Zapatero a tus zapatos 

 


No es que Alex de la Iglesia esté filmando mucho, es que esta película fue estrenada originalmente en 2011, dos años antes que Las brujas de Zugarramurdi, a la que veíamos por las carteleras uruguayas hace apenas unos meses. Es presumible, vista la absoluta irrelevancia del producto, que haya quedado en el cajón de algún distribuidor uruguayo, a la espera de un mal momento para los estrenos y las carteleras como el que nos toca actualmente.
Es que La chispa de la vida es, de lejos, la peor película del director español. La historia tiene su originalidad y hasta puede decirse que es atractiva; un publicista desempleado, "en paro" por la crisis española, luego de una mala jornada sufre un accidente absurdo que lo coloca en una situación de fragilidad extrema. A medio camino entre la vida y la muerte, alrededor del hombre comienza a circular toda clase de individuos, desde periodistas que erigen un circo mediático en torno a él y su desgracia, pasando por guardias, médicos, políticos, y hasta su propia familia
Pero pese a una idea interesante, son varios los elementos que se conjugan para el desastre. En primer lugar el guionista Randy Felman hecha mano a varios de los estereotipos más obvios, y de la Iglesia se encarga de subrayarlos sin disimulo. Está la mujer del damnificado, ama de casa que justo se pone a planchar en medio de un diálogo con su marido; el veterano multimillonario dueño de una cadena de televisión que, cada vez que lo llaman al celular, se lo ve en un pent-house rodeado de minas en tanga; el muchachito darkie-gótico que, además de presentar una indumentaria inequívoca, verbaliza su condición por si quedaban dudas. A todo esto hay que agregar líneas de diálogos que, como nunca en una película de de la Iglesia, se acercan constantemente al cliché, no tienen ni pizca de gracia y, además, están concebidas con importantes dosis de manipulación. Como para reafirmar esta última idea, los llantos de los personajes y los violines puestos para resaltar los momentos "emotivos", convierten a éste en uno de los productos más indisimuladamente cursis del año. 
Y también hay un problema general, de tono. Alex de la Iglesia ha demostrado ser muy bueno y hasta un creador impagable a la hora de proponer un cine desquiciado, políticamente incorrecto, de desmesurado humor negro (las notables El día de la bestia, Muertos de risa y 800 balas lo ejemplifican bien). En rigor, de la Iglesia es uno de los directores que mejor ha heredado la veta del "esperpento", género españolísimo que propone una visión deformada de la realidad, a todas luces artificial pero notable a la hora de contrabandear apuntes críticos (de hecho, es uno de los mejores discípulos del cineasta Luis García Berlanga). Pero aquí, quizá comprometido y tocado por la crisis española, se propuso hacer un cine más realista, serio y autoconsciente, con la desdicha de que su humor no funciona, sus personajes carecen de arrojo y desenfado y sus intenciones discursivas se vuelven extremadamente obvias. 
Como dice el refrán que titula esta reseña, mejor que de la Iglesia vuelva a lo que sabe hacer y a sus repertorios, y que desde allí nos siga sorprendiendo y entreteniendo. Él sabe hacerlo.

Publicado en Brecha el 11/7/2014