viernes, 31 de julio de 2015

Píxeles (Pixels, Chris Columbus, 2015)

Boludez gigante  


Como disparate, la idea es muy buena. Una invasión de alienígenas viene en forma de videojuegos pixelados, replicando a clásicos de los ochenta (más precisamente, anteriores al 1982) como Galaga, Centipede, y Pac-Man. Así es que estas toscas animaciones que poblaron las salas de maquinitas tres décadas atrás se convierten en grandes monstruos antisociales que ponen en jaque y aterrorizan al mundo entero. Los nerds que en aquel entonces pasaban la vida metiéndole monedas, varios de ellos devenidos perdedores de diferente calibre, son hoy reclutados por el gobierno de los Estados Unidos para combatir a esta extravagante invasión. La idea es que con sus reflejos, su capacidad de leer los patrones de programación y sus enciclopédicos conocimientos respecto a asuntos que aparentarían ser profundamente inútiles, podrían superar el desafío que los extraterrestres plantean: una serie de "juegos" muy reales por los que deben enfrentarse alternativamente con monstruos espaciales, ciempiés gigantes, una versión malévola de Pac-Man o el mísmísimo Donkey Kong.
La película dice estar basada en el corto homónimo del francés Patrick Jean, dos minutos y medio en los que se presenta, como si fuera un sueño, este bombardeo por parte de los videojuegos, con un gran despliegue visual e ideas muy buenas (como que el Pac-Man se fuera comiendo las estaciones de metro, por ejemplo) y en la cual no existía explicación alguna para el insuceso, aunque todo ese delirio podía prestarse para alguna interpretación alegórica. Pero más bien parecería que buena parte de la "inspiración" hubiese sido tomada de un brillante episodio de Futurama, en el que Fry, bueno para nada salvo para jugar videojuegos, salvaba la tierra de la amenaza. 
Pero lo que como corto o como breve capítulo funcionaba y muy bien, aquí se encuentra estirado con chistes gritones y poco efectivos, guiños adolescentes y berretas a la cultura pop (una referencia a Gandalf y Harry Potter da clara cuenta de la poca creatividad volcada en ellos) y un manifiesto desaprovechamiento de talentos (como el de Peter Dinklage, genial enano de Juego de Tronos). Adam Sandler, quien alguna vez fue uno de los más impetuosos y completos actores de comedia, ahora parece haber entrado en esa inercia en la que caen algunos veteranos, (síndrome de Al Pacino, podría llamarse), por la que parecería interpretar sus papeles de taquito, sin esfuerzo y apelando a su más trillado catálogo de expresiones. A Sandler aquí se lo ve más abúlico que nunca, como si en vez de combatir los extraterrestres fuera a aplastarlos con su desidia (o con su gran estómago). En definitiva: poca creatividad, chistes mediocres, buenas ideas desaprovechadas. Mejor no perder el tiempo.

Publicado el Brecha el 31/7/2015

viernes, 24 de julio de 2015

Ant-Man (Peyton Reed, 2015)

Desproporcionada 



Uno de los aspectos más atractivos de películas cuyos protagonistas encogen su tamaño –El increíble hombre menguante y Querida encogí a los niños, por nombrar algunas de las mejores– es que en ellas había un primer detenimiento en la fascinación por la nueva perspectiva planteada. Así, una vez ocurridas las transformaciones, el espectador era transportado a un mundo en que alfileres, botones, fichas de lego se convertían en objetos inmensos e increíbles y en que los insectos podían verse como monstruos colosales y terroríficos. El cine se convertía en una herramienta para volver posible lo imposible, pero ante todo gracias a este primer detenimiento, al tiempo dedicado a los detalles de las nuevas proporciones; gracias a una paulatina presentación de imágenes, las nuevas dimensiones se volvían algo vivencial, casi corpóreo. Ahora bien, cuando en esta película el superhéroe protagonista se coloca por primera vez su traje y se achica hasta el tamaño de un formícido, en seguida se presenta una imparable escena de acción, en la que cae a una bañera y es arrasado por el agua, va a parar a una discoteca y esquiva decenas de zapatos, se encuentra con un ratón, es sorbido por una aspiradora, lanzado por los aires reiteradas veces, y todo esto en tan solo unos segundos. Podrá decirse que es una escena ágil y que gana en dinamismo, pero se echa en falta esa clase de extrañamiento. La escena finalmente redunda en otra más de acción y acumulación y ese detenimiento vivencial brilla por su ausencia. Es una lástima que, considerando las características del guión, no se haya aprovechado la posibilidad.
Pero seguramente el gran problema de Ant-Man es su comienzo. Una introducción de personajes y situaciones carentes del dinamismo, la originalidad y la chispa suficiente para volverse más llevadera. Alguien podrá decir que esta intro es necesaria para comprender las motivaciones del personaje, pero por ejemplo la también merveliana –y brillante– Guardianes de la galaxia prescindía de este tipo de presentaciones, y los personajes eran, de todos modos, una maravilla. Los buenos guionistas y directores son capaces de sugerir problemas o conflictos pasados sin necesidad de explayarse en desarrollarlos en tiempo real.
Por fuera de estos detalles, la película está provista de grandes méritos. El primero de ellos es su pareja protagónica: Paul Rudd es uno de los más completos y desaprovechados actores de comedia de Hollywood, y ya venía siendo hora de que se le diera un papel central de estas características. Rudd encarna un muy querible perdedor devenido delincuente, y la adhesión con su causa es inevitable. A su lado, Evangeline Lily (Kate en la serie Lost) se desempeña construyendo un rol fuerte y carismático, y ya se plantea como otra atractiva heroína para la colección de vengadores. Por su parte, Michael Peña es un secundario brillante, de esos que causa gracia en cada aparición, y la película cuenta con escenas sumamente originales, donde sobresalen particularmente los flashbacks en los que se describen cadenas de secretos, así como varias luchas a escala micro en la que a toda la grandilocuencia propia de estos blockbusters se le contrapone otra perspectiva, donde se sugiere la nimiedad de todo este asunto. Es en estos momentos que sorprende la gran inventiva presente en esta y otras películas de Marvel Films, y la prueba de que, en el cine dominante, a veces también pueden surgir formas y lenguajes nuevos.

Publicado en Brecha el 24/7/2015

sábado, 20 de junio de 2015

Leviatán (Leviathan, Andrey Zvyagintsev, 2014)

La colosal ausencia de humanidad


El Leviatán es un monstruo marino presente en las cosmovisiones cristiana y hebrea, a veces descrito como una serpiente de mar, a veces como un cocodrilo gigante. Asociado con Satanás, se habla de una criatura nefasta de una capacidad destructiva ilimitada, terror de los mares y de las costas. 
Pero en esta película el monstruo está muerto, la imagen de una gran osamenta encayada en las costas del Mar Báltico puede sugerir la idea de que en la Rusia de hoy la bestia ha sido sustituída por otra, mucho más terrible. Luego de los últimos estertores del "norte" comunista, la administración rusa se convierte en una administración sombría, un coloso expropiador que, en su insidiosa red de contactos políticos, policiales, judiciales y religiosos, se vuelve incuestionable, imbatible. Cuando los protagonistas, trabajadores caídos en desgracia pero con una dignidad íntegra entran en la mira del monstruo, la batalla a librar supondrá una osadía mayúscula; una cruzada difícil de sostener, a pesar de que un abogado, amigo íntimo del protagonista, posea un grueso legajo de pruebas que jueguen a su favor. El más sorprendido en esta contienda es un representante del ayuntamiento, un corrupto bien contactado que, cual niño caprichoso, se vincula mediante amenazas y no tolera los enfrentamientos. Este personaje encarnará brillantemente un poder absurdo, chapucero y patético, que no por ello deja de ser devastador. 
Los grandes directores del cine social saben presentar ficciones cuyos puntos de contacto con la realidad, no sólo en su puesta en escena y en su ambientación resultan verosímiles, sino que además contrabandean sutilmente datos conocidos por todos, sea porque representan problemas coyunturales y globales o porque oímos sus resonancias en las noticias. Aquí la existencia de un poder imbatible, el capitalismo salvaje embanderado del "progreso", supone el desastre para quienes corren con la desgracia de entrar en su camino. 
Con una impronta austera que recuerda a la de los realizadores rumanos, con conflictos rutinarios, lecturas de actas públicas, cierto humor solapado y tomas largas y reposadas, se refuerza la idea de que somos testigos de un auténtico retazo de vida, una realidad irrefutable. La mirada del gran director ruso Andrey Zvyagintsev (El regreso, Elena), libre de retóricas simples y músicas dramáticas se vuelve terrible en su ascetismo y alcanza un auténtico clímax  (siguen spoilers) cuando una pala mecánica irrumpe en la quietud del hogar que el mismo protagonista construyó: la falta de respeto última, la violación más infame a la intimidad, la inhumanidad llevada hasta límites insospechados. En su simpleza pero con una gran profundidad conceptual, esta superficie realista, nítida y calma, en las que los parajes gélidos y desolados y un vacío sepulcral sustituyen la presencia humana, vuelve inolvidable la sucesión de imágenes, como si se tratara de un mal sueño o, directamente, de una pesadilla.

Publicado en Brecha el 19/6/2015

domingo, 7 de junio de 2015

Por un tiempo (Gustavo Garzón, 2014)

La última de Lamothe 


La presencia de Esteban Lamothe en protagónicos está empezando a ser la figurita repetida del cine argentino actual. Su duro semblante, su ceñuda seriedad y su parquedad de palabras característica lo han convertido en un nuevo antihéroe, quizá ubicable en un lugar intermedio entre el bajo perfil y la inseguridad característica de los personajes de Daniel Hendler, y el magnetismo carismático de los de Darín. Por lo general son personajes de cabeza dura, apáticos y hasta algo explosivos, pero que en su contención dejan entrever conflictos internos y que, paulatinamente, van dejando aflorar calidez y sentimientos. El 5 de talleres, El cerrajero y esta Por un tiempo son películas centradas y de alguna manera sustentadas en su presencia, lo que lleva a que, como ocurre hoy con las de los otros dos actores nombrados, ya pasen a ser informalmente nombradas como "la última de Lamothe".
Si en las otras (y en El estudiante, también) el personaje era un tipo perteneciente a la clase media-baja, aquí tiende más bien a la media-alta: arquitecto de profesión, viviendo desahogadamente junto a su esposa embarazada (Ana Katz, notable) en una casa amplia incluso con empleada doméstica. Pero Lamothe sigue siendo Lamothe y desde el primer momento se lo ubica en el epicentro del conflicto: en una seria charla en un bar, una mujer y un hombre mayor le pasan una desconcertante noticia. Él es padre de una niña de doce años (Mora Arenillas) que nunca conoció, y cuya madre se encuentra gravemente hospitalizada. Deberá hacerse cargo de su hija, hospedarla y cuidarla "por un tiempo", como reza el título. 
Con el cuidado necesario, con un acercamiento maduro a los personajes por el que se respeta su psicología, sus inquietudes, su difícil adaptación a un universo nuevo, el atractivo abordaje parte entonces desde esta madeja en la cual la vida de los implicados cambiará para siempre. La película expone un arduo proceso y se concentra especialmente en las figuras de padre e hija, ambos enfrentados a un cambio radical de esquemas; ella monosilábica y distante, él introspectivo y con dificultades de acercamiento. Como apunte particular, es muy interesante cómo el personaje de Ana Katz, quien en un comienzo es más próxima a la niña y más dada a ofrecerle la contención necesaria, va dejando aflorar los celos a medida que el personaje de Lamothe sigue el camino inverso, conectando mejor con su hija. 
Predecible, pequeña, íntima y entrañable, esta película supone el debut como director y guionista del actor Gustavo Garzón, y parecería formar parte de un cine argentino que está ganando espacios; uno vinculado a historias familiares (Choele, Pistas para volver a casa, Los marziano o mismo El 5 de talleres y El cerrajero, entre otros), de narraciónes clásicas y despegadas de las vertientes más "autorales" y minimalistas que suelen caracterizar al cine rioplatense. Es un camino distinto, y lo vienen haciendo más que bien.

Publicado en Brecha el 5/6/2015

viernes, 29 de mayo de 2015

Sueño de invierno (Winter Sleep, Nuri Bilge Ceylan, 2014)

Un frío paralizante 


Al director turco Nuri Bilge Ceylan le va especialmente bien a la hora de plasmar cuadros de frustración acumulada y violencia contenida. Atmósferas recargadas, ambientes silenciosos, personajes fríos y reservados, lo emparentan con otros grandes corrosivos como Ingmar Bergman y Michael Haneke. Con un estilo pausado y de planos largos y detenidos, sus películas suponen certeras disecciones sociales, que rara vez causan estupor o adormecimiento. Nada parece sobrar en sus películas; van al grano, sin introducciones ni revelaciones prematuras. Mediante un abordaje detallista Bilge Ceylan cuida con cautela cada uno de los aspectos técnicos; la imponente imagen de su cinematógrafo de cabecera Gökhan Tiryaki, el meticuloso sonido ambiente y los cansinos rostros de los personajes convierten la puesta en escena en un paisaje envolvente y gratificante. 
Inspirada en relatos de Chejov, Tolstoi y Dostoiveski, Sueño de invierno nos traslada a la Capadocia, plena estepa de la Anatolia Central. Aydin, actor retirado, vive de las rentas que obtiene de sus múltiples propiedades heredadas y de los ingresos que le da el pequeño hotel en el que vive y administra. Cuando el invierno recrudece y la nieve comienza a cubrirlo todo, el hotel se convierte en un refugio para los viajantes que están de paso, pero también en un ambiente reducido del que no hay escapatoria y que lleva a que los temperamentos se caldeen. En esta suerte de prisión hogareña convive con su mujer, mucho más joven, y su hermana, recientemente divorciada. Surgirán los reproches cruzados, profundamente punzantes y dañinos, con el curioso detalle de que, a diferencia de lo que ocurre en el cine dominante, no existen gritos o llantos catárticos, sino que los diálogos transcurren a media voz, subrayándose así la enfermiza contención de los personajes. 
A poco de empezada la película, un niño arroja una piedra al auto del protagonista, rompiéndole un vidrio. Se trata de la primera señal de la violencia latente y de las grandes desigualdades instaladas en la zona. Una familia de origen musulmán ha contraído una creciente deuda con Aydin, y vemos cómo este último reclama su pago sin miramientos ni atisbo de humanidad alguna. Arrogante, encerrado en un autoconvencimiento de filantropía, Aydin es un presuntuoso intelectual que va ensombreciéndose más y más, convirtiéndose paulatinamente en uno de los protagónicos más desagradables que haya dado el cine en los últimos años. Los escarpados y nevosos paisajes son la ambientación ideal para transmitir un estado de congelamiento generalizado, en el que la violencia subyace sin explotar nunca, ya que nadie parece tener posibilidades de salirse de su situación o rebelarse. 
Con una brillante dosificación de tensiones, Bilge Ceylan logra la increíble hazaña de que 196 minutos de metraje no se sientan ni se vuelvan pesados. Un lenguaje sutil, un notable poder de sugerencia y una capacidad para generar recargadas atmósferas proveen al relato de un atractivo constante, infrecuente en las pantallas. No en vano es la obra de uno de los cineastas más sólidos del panorama europeo actual. 

Publicado en Brecha el 29/5/2015

domingo, 24 de mayo de 2015

The Jinx: The Lifes and Deaths of Robert Durst (Andrew Jarecki, 2015)

Lo incomprensible, desde cerca


El nombre del director Andrew Jarecki le resultará familiar a más de uno, por haber sido el autor de un documental único en su especie, tan imponente como desestructurante: Capturing the Friedmans (2003); durante su visionado, todas las seguridades del espectador iban dinamitándose una a una, continuamente llevado a dudar de las conclusiones a las que había llegado quizá cinco minutos antes. La película se enfocaba en una familia atípica, los Friedman, destruida luego de la acusación de dos de sus miembros por cargos múltiples de pederastia. Recargado de información y materiales de archivo, el abordaje daba cuentas de la paranoia colectiva generada en torno al caso, de una insólita caza de brujas, procesos judiciales por lo menos dudosos y repercusiones terroríficas. 
Debe de ser difícil para cualquier cineasta arrancar con una ópera prima de este calibre, por las expectativas generadas a su alrededor y por colocar una vara de calidad demasiado alta. Luego de esta experiencia magistral, Jarecki no tuvo suerte al pasarse al terreno de la ficción: con el largometraje All Good Things se enfocó por primera vez en la figura de Robert Durst, deteniéndose en su tórrida historia conyugal. Durst, hijo de un magnate del negocio inmobiliario, se vio envuelto en sospechas tras la misteriosa desparición de su esposa; se le acusó de varios asesinatos más, pero fue absuelto por la justicia. El enfoque ambiguo que Jarecki le dio al episodio en su momento no satisfizo a la crítica en general, y esa película apenas alcanzó un 33 por ciento de aprobación en el sitio Rotten Tomatoes. Cuando su estreno, el mismo Durst se comunicó con Jarecki por teléfono y le expresó su admiración por el retrato que había construido en torno a su figura. 
Esta serie documental de la HBO expone a lo largo de seis capítulos una inagotable serie de evidencias obtenidas durante una investigación de siete años, y profundiza con frialdad quirúrgica en una vida marcada, como su título bien lo indica, por una buena cantidad de muertes. Durst no solamente fue acusado del asesinato de su esposa en 1981, sino de la ejecución de su mejor amiga en su propio apartamento, en el año 2000, y la de un vecino en 2001, cuyo cuerpo fue desmembrado y arrojado al mar.

No son los únicos decesos que circundan al enigmático personaje, y el sólido documental, dotado de materiales de época, archivos policiales, entrevistas con testigos clave, ahonda también en una infancia traumática, en la compleja relación que el mismo Durst entabla con Jarecki, y en una serie de entrevistas exclusivas que accede a darle, seguramente como una forma de blanquear su imagen pública. El resultado es de un suspenso continuo, un recorrido profundamente intrigante, dotado también de revelaciones sorprendentes y de giros que no corresponde adelantar aquí. Muy en la línea de documentales que ahondan en la psicología de personajes extremos (Herzog, Morris, Oppenheimer), Jarecki además se las ingenia para desplegar sutilmente su visión crítica a una temática mayor: el sistema judicial estadounidense, sus carencias y sus múltiples contradicciones. Claro que en la comparación con esos monstruos, The Jinx flaquea un poco, quizá por una relación de cantidad y calidad; el cúmulo de datos puede sentirse excesivo para una conclusión terminante y sin cabos sueltos. Quizá carente de la complejidad psicológica de Grizzly Man (Herzog) y The Imposter (Layton), la profundidad temática de Nieblas de guerra (Morris) o el vuelo inquisitivo de The Act of Killing o The Look of Silence (Oppenheimer), aún así se trata de una experiencia de incuestionable autenticidad, tan escalofriante como las demás nombradas.

Publicado en Brecha el 22/5/2015

viernes, 22 de mayo de 2015

Mad Max. Furia en el camino (Mad Max. Fury Road, George Miller, 2015)

Mucho ruido y poco libreto


No eran batallas por comida ni por agua: eran guerras por gasolina. Nadie podía tomarse muy en serio las fantasías futuristas de la vieja trilogía de Mad Max, hiperviolentos entretenimientos trash, despliegues de motores, tachas, músculos, explosiones, parajes desérticos, muertos al por mayor y demencia cyberpunk. Llámese falta de ideas, búsqueda de nuevos horizontes, ejercicio de nostalgia o convicción vintage, Mad Max resurge, y de qué manera. 150 millones de dólares fueron invertidos en esta mega-superproducción, que recoge el espíritu de las de antaño y pone tras las cámaras incluso al mismo director, George Miller, hoy con setenta años. 
Se plantea aquí el comienzo de una nueva trilogía. Siete taquilleras Rápidos y furiosos son una prueba más que contundente de que la gente es adicta a los ruidos de los motores, a las persecuciones y a los vehículos XL, y qué mejor idea para seguir burlándose del calentamiento global que plasmando un apocalipsis plenamente motorizado, donde la moral y los valores se han perdido hace tiempo pero la fiebre por la velocidad y el combustible se mantiene intacta. 
El comienzo es imponente y perfecto, la estética desértica y un intenso colorido inunda la pantalla, el protagonista es inmediatamente apresado, esclavizado y utilizado literalmente como bolsa de sangre por los villanos que, en su delirio, creen que las transfusiones de sangre de loco los vuelven mejores guerreros. La aparición de los primeros vehículos, de personajes que se quieren matar todos entre sí, villanos siempre feos, –cuanto más deforme el personaje, más malo es– y un protagonista extremadamente vapuleado (en pantalla y por los fantasmas de su pasado) suponen un adictivo festín anárquico. Durante la primera mitad de película se despliegan notables secuencias como una tensa pelea cuerpo a cuerpo, en la que una cadena impide la movilidad plena del protagonista, y la increíble entrada de un vehículo a una tormenta de arena con relámpagos incluídos supone un vuelo imaginativo deslumbrante y vistoso. 

Lamentablemente la película se gasta todas sus fichas en su primera mitad. Desde entonces todo empieza a sonar repetido: un guitarrista que viaja sobre la plataforma de un vehículo, machacando riffs distorsionados para aportarle actitud a la llegada de los villanos, puede parecer una ocurrencia genial la primera vez que se lo ve, pero ya en su cuarta aparición se torna cansino –y además al menos una de esas cuatro veces podrían haberse sincronizado sus movimientos con la música que suena–, la segunda vez que un personaje engulle un bicho tiene menos gracia aún que la primera y cuando los protagonistas deciden desandar el camino recorrido y volver a su punto de origen se confirma que de ahí en adelante no habrá nada nuevo para ver. Y así es. 
Pero quizá lo más molesto de esta segunda mitad sea el perfil pretendidamente feminista del planteo, que da cuentas de un feminismo mal entendido o peor, de una visión sumamente paternalista sobre el tema. Un grupo de mujeres escapa de la opresión de un déspota que las reduce a simples objetos sexuales y de reproducción, y lo hacen incluso bajo el lema "no somos objetos", pero como veremos más adelante, son incapaces de urdir un plan de supervivencia medianamente aceptable y tiene que venir el loco Max para liderarlas, encaminarlas y darles un objetivo coherente, al que adhieren obedientes y sin chistar. 
Coherentemente con la vieja trilogía, el guión es básico y prácticamente inexistente. Esto podría parecer innecesario para una película que es acción y más acción, pero se echa en falta un trabajo de personajes, una explicación mínima de sus motivaciones, un desarrollo coherente que explique sus cambios y transiciones. Es el problema de volcar tantas energías en ciertos aspectos de una película descuidando otros, igual de importantes.

Publicado en Brecha el 22/5/2015

miércoles, 20 de mayo de 2015

Crímenes ocultos (Child 44, Daniel Espinosa, 2015)

Un lenguaje extraño



Ya de entrada, esta película plantea un par de escenarios horrendos, sumamente estremecedores. En primer lugar, nos sitúa en pleno Holodomor (período en el que la URSS sometió a la hambruna a Ucrania en 1932-1933, y que supuso un lento genocidio que se cobró millones de vidas), y en un orfanato que alberga a niños supervivientes, donde abundan los llantos y el bullying. En seguida llegamos al Berlín de fines de la Segunda Guerra, y luego saltamos a la década del cincuenta, cuando el protagonista, ya un respetado miembro de la policía militar soviética, observa cómo uno de sus colegas asesina a un par de supuestos traidores al régimen frente a sus dos hijas. Toda esta intro se encuentra apelmazada en unos pocos minutos, con un pianito que reclama constantemente gravedad y tristeza, un montaje que parece haber sido perpetrado a machetazos y una puesta en escena general compuesta con la sutileza de un troll. 
El otro impacto negativo de esta película es una opción estética profundamente desacertada: los personajes hablan en inglés pero con un acento ruso bastante ridículo, tosco y desconcertante. Se trata de un obstáculo constante para el visionado, una forma de distraer al espectador (es difícil no enfocar la atención en cómo los actores, mayoritariamente ingleses, se desempeñan en este extrañísimo dialecto) y, por supuesto, una forma de quitarle al abordaje toda posibilidad de verosimilitud. Pero claro, hay que pensar en todos los angloparlantes que no saben leer o no quieren hacerlo, y pagan la entrada. 
El guión, basado en una novela de Tom Rob Smith, tiene sus puntos llamativos, y no deja de ser interesante el abordaje de una serie de asesinatos seriales de niños en un contexto en el que las investigaciones de los crímenes estaban vedadas por el estalinismo, precisamente porque "no hay crímenes en el paraíso"; la negación del régimen a que pudiesen ocurrir cosas negativas llevaba a que, al abrir una pesquisa, los investigadores se estuvieran involucrando en una actividad clandestina. También es curioso que el protagonista sea en un comienzo funcional al régimen, justamente el encargado de salir a la caza de disidentes y traidores. Pero pese a esos puntos de interés, la anécdota se colma de situaciones forzadas (el encuentro casual de un libro ensangrentado en la casa de un "amigo", la prueba de que es un colaborador, es un buen ejemplo) y lugares comunes muy baratos (como cuando el villano, en vez de matar al protagonista cuando puede, se queda haciendo tiempo pistola en mano). 
Ambiciosa, regargada, curiosa mezcla de géneros, esta película no termina de funcionar ni como drama histórico ni como policial: los baches son grandes, hace falta oficio, y la credibilidad se perdió desde el momento en que el primero de los personajes abrió la boca.

Publicado en Brecha el 15/5/2015

jueves, 7 de mayo de 2015

Avengers: era de Ultrón (Avengers, Age of Ultron, Joss Whedon, 2015)

Superpoblación


La primera de las entregas de Avengers, además de ser una apuesta monumental y multimillonaria, seguramente haya sido de las mejores películas de superhéroes jamás filmadas. Dotada de una anécdota bien contada, bien montada y bien resuelta, con un ritmo notable, muchísimo humor, personajes sólidos y carismáticos, un guión que equilibraba la presencia de cada uno de ellos pero sin dejar a ninguno opacado y, sobre todo, con mucha frescura y efectos especiales que parecían puestos al servicio de la historia y no al revés, se convirtió en uno de los puntos más altos a los que había llegado hasta su momento la Marvel Studios. Después vino la maravillosa Guardianes de la galaxia y hasta puede decirse que la superó, pero la idea en su momento era impensable. 
Justamente esas dos películas pueden darnos la clave de por qué esta nueva entrega de Los vengadores parecería perderse en el intento de llegar a esa altura y no lograrlo. Primero y fundamental: los vengadores de la primera eran seis, los guardianes de la galaxia eran cinco. Se trataban de cifras accesibles para poder darles un protagonismo a cada uno, para plantear diálogos y acción que presentasen una interacción entre ellos y que de esta forma se solidificaran como grupo, con el componente emocional necesario para otorgarles una unidad. En esta nueva entrega hay tres vengadores más: ahora son nueve, y quien mucho abarca poco aprieta. Los diferentes conflictos, las subtramas, los vínculos particulares que se tejen se pierden en una película que naturalmente se acaba recargando demasiado a lo largo de 141 minutos. 
En segundo lugar, tanto Los vengadores como Guardianes de la galaxia zafaban notablemente de la fiebre destructiva que aqueja a muchísimos blockbusters estadounidenses, sobre todo desde los atentados del 11 de steiembre: esa necesidad de invertir millonadas en edificios derruyéndose, ciudades enteras siendo arrasadas, con civiles de por medio. Una búsqueda de catarsis que termina prescindiendo de la imaginación para convertirse en un ejercicio vacío de demolición y lluvias de escombros. Esta película tiene buenas escenas de acción, especialmente un plano secuencia al comienzo que muestra a los diferentes superhéroes entrecruzándose y desplegando sus poderes durante un operativo, y sobre todo, una lucha cuerpo a cuerpo entre Hulk y una versión hinchada y XG de Iron Man, acorde a la masa corporal del primero (una suerte de paquete de emergencias ideado para controlar al hombre verde una vez que se desquició totalmente), pero en general se llega a puntos en que esa destrucción urbana sin sentido abruma, perdiéndose el poder de impacto que en un principio se busca.
Y por todos lados se notan los malabares. Al guión le asoman indicios de estrategia premeditada: es muy probable que para una próxima entrega ya no se cuente con alguna de las más importantes estrellas que componen el cuadro (naturalmente, estamos hablando de grandes actores consagrados que bien podrían hartarse de malgastar su físico y su talento en más blockbusters) y no sería raro que no accedieran a filmar más continuaciones. Por tanto, ya son sugeridos los retiros de varios de ellos, y se hace incapié en la renovación. En estas vueltas, se pierden más minutos, que lo único que logran es que esta atiborrada superproducción se disperse aún más. 

Publicado en Brecha el 7/5/2015

domingo, 3 de mayo de 2015

Violette (Martin Provost, 2013)

Encontrar la belleza 


Probablemente ninguna actriz podría haber ido mejor que Emmanuelle Devos en este protagónico, pero no sólo por una cuestión de capacidad interpretativa (ella es siempre brillante) sino que su físico era necesario para interpretar a un personaje feo pero al mismo tiempo atractivo en su singularidad. Con sus rasgos toscos, su nariz y su mandíbula pronunciadas, su boca amplia, Devos es de esas actrices que pueden resultar chocantes a primer golpe de vista, pero que conforme van desempeñándose en su rol, gracias a su encanto personal pueden verse crecientemente seductoras. 
La frase que sirve de acápite para esta película está sentenciada por la voz en off de la protagonista: "La fealdad en una mujer es un pecado mortal. ¿Eres hermosa? Entonces eres lo que vemos por tu belleza. ¿Eres fea?, eres lo que vemos por tu fealdad." Así es que se relata la historia de una mujer que no ha sido muy agraciada: hija bastarda no deseada, insegura, requerida de afectos y solitaria durante toda una vida, quien vivió las dos guerras mundiales atravesando una penuria económica tras otra y que, para colmo, obtiene continuos rechazos amorosos, por su poco atractivo, por mala suerte, y principalmente por su indisimulada y desesperada necesidad de afecto, que la conduce a situaciones a menudo humillantes. 
Esta mujer fue en la vida real nada menos que Violette Leduc, escritora francesa autora de obras como La asfixia o La bastarda. Leduc comenzó a escribir empujada por la tortuosa relación que contrajo con el escritor gay Maurice Sachs y más adelante por el madrinazgo de Simone de Beauvoir, quien supo ver el diamante en bruto que escondía tan atormentada narradora. Vivió el movimiento existencialista francés codeándose con escritores como Jean Genet, Jean Cocteau, Jean-Paul Sartre, Albert Camus y otros; algunas de estas figuras apenas son nombradas en la película y otras aparecen parcialmente, pero el abordaje no se permite una feria de personalidades (Medianoche en París de Woody Allen tenía mucho de eso) colocando en el cuadro, ante todo, a verdaderos personajes. 
Al director Martin Provost parecen gustarle las biografías de mujeres: su anterior película había sido Séraphine, sobre la pintora Séraphine de Senli, y su énfasis parece la profundización en psicologías complejas, difíciles. Una notable adaptación de época, un reparto que reúne varios de los más grandes talentos franceses de la actualidad (a Devos la secundan, entre otros, los inmensos Sandrine Kiberlain y Oliver Gourmet) conduce la narración a través de los pormenores de una mujer inestable que logra hacer de la escritura su propia catarsis personal y, quizá, su psicoanálisis. Los conflictos internos de un protagónico tan interesante, y un guión que echa luz sobre ellos sin subrayarlos, permiten que las más de dos horas de metraje de esta película ni se sientan. Lo que sí se echa en falta es que, contando con este reparto de lujo, no se exploten más las posibilidades de los actores. Como si el director les tuviera miedo, o no supiera conducir sus interpretaciones hacia las profundidades anímicas requeridas por el relato. A lo mejor hacía falta un actor-director, de esos que saben guiarlos y motivarlos, de esos que logran captar con la cámara pequeños gestos, elocuentes sobre todo un universo interior. Pero en fin, claro está que no todo el mundo puede ser John Cassavetes.

Publicado en Brecha el 30/4/2015