viernes, 12 de septiembre de 2014

Oculus (Mike Flanagan, 2013)

La imagen multiplicada 

Esta película nos instruye particularmente sobre dos cosas. En primer lugar, que en el cine de terror no importa tanto la anécdota general sino la forma en que viene presentada; no son especialmente relevantes las líneas generales del "cuento" (las que pueden resumirse en breves sinopsis) como la atmósfera, el desarrollo y la concreción del mismo. La historia de un espejo diabólico que asesina cruelmente a todos los que tienen la mala idea de elegirlo como ornamento doméstico puede resultar irrisoria y hasta ridícula contada en frío, pero es muy diferente cuando se presenta con la eficacia con que lo hace esta película. Y el que no lo crea, que reúna la valentía como para ir a la proyección. 
La segunda cosa que nos enseña (y esta vez se trata de algo negativo) es que el terror es sumamente efectivo cuando el objeto amenazante está sugerido, mostrado parcialmente –o expuesto con excesivo cuidado y en el momento justo–, pero contraproducente cuando la presencia se vuelve clara y patente. En este sentido, esta película llega a tres cuartas partes de su metraje utilizando como recurso la sugerencia, jugando con el suspenso de la amenaza inminente, manteniendo así al espectador crispado sin pausas. Pero se manda un patinazo bestial al mostrar cerca del final una suerte de zombie, artificial a todas luces, mal iluminado y peor maquillado. ¿Cómo pudo cometerse un error de ese tenor luego de venir tan bien? Pero cierto es que no conviene descalificar la película por un detalle que apenas dura unos segundos, así que mejor explicar por qué todo el resto es sobresaliente. 
Hace diez años, dos hermanos fueron víctimas de sucesos horripilantes, a partir de los cuales sus padres terminaron muertos y el niño menor fue internado en un manicomio. Ya crecidos, ambos muchachos tienen ideas opuestas sobre lo que realmente sucedió: cada uno con una perspectiva distinta, contraponen notablemente lo racional y lo irracional, las explicaciones sobrenaturales se enfrentan convincentemente con las psicológicas y ambos discursos son desarrollados con una lógica intrínseca perfecta, por lo que cualquiera de ellos podría suponerse cierto. Y como es evidente en estos relatos, luego de una tensión prolongada se impone lo irracional, lo siniestro. La película adquiere momentos de sorprendente intensidad, sobre todo desde el momento en que se conoce que el espejo tiene el poder de alterar completamente la percepción de los personajes, llevándolos a experimentar situaciones inexistentes o pretéritas. Se retoma el horror borgiano del espejo multiplicando y devolviendo una versión distorsionada de la realidad y de nosotros mismos; las cosas adquieren un costado lúgubre y demoníaco, los flashbacks se intercalan y fusionan notablemente con la historia actual, en una construcción paranoica –y notablemente montada– por la cual ni los personajes ni el espectador saben bien qué es ilusión y qué realidad, qué una pesadilla y cuál el más crudo de los panoramas. 
Como en El resplandor o la reciente Mamá, también se echa mano a lo siniestro de descubrir las figuras paternas, quienes supuestamente deben proteger a sus hijos, convertidas en bestias hiperviolentas; horror que, como se sabe, muchos desearían fuera solamente una ilusión. 

Publicado en Brecha el 12/9/2014

sábado, 6 de septiembre de 2014

Entrevista a Michel Ocelot

El maestro luchador  


Michel Ocelot es uno de los grandes maestros de la animación actual, además de ser un cineasta que abrió caminos y logró llamar la atención internacional sobre la animación francesa, gracias a su gran éxito Kirikou y la hechicera (1998). De paso por el Uruguay para presentar su último largometraje mantuvimos una agradable charla, en la que se explayó sobre su pasión por el género. 

La entrevista fue retrasándose. Agendada originalmente para la noche del domingo a las 20 horas, tuvo que demorarse un par de horas más, porque el taller que Ocelot tuvo en la Casa de la Cultura de Maldonado, en el que animó pájaros de papel sobre las ventanas junto a los niños del lugar, había empezado tarde. El temor de este cronista era que el maestro (de 70 años) llegara demasiado cansado al hotel, sin ánimos de conversar o responder mis inquietudes. Pero la idea era infundada. Sonriente y entusiasta, el hombre traía consigo energía para rato y muchas ganas de charlar sobre su trabajo, de cine en general, y sobre las obstinadas luchas a brazo partido que tuvo que dar con productores y distribuidores para conservar su independencia creativa. 
Además de ser un animador de primer nivel, Ocelot es un autor que ha desarrollado un estilo propio reconocible y personal, la animación artesanal de figuras recortadas sobre fondos luminosos, que utilizó para varias de sus películas. Si bien Kirikou... fue la película que lo dio a conocer, varias de sus mejores obras son la fantástica Azur y Asmar (2006), y los cautivantes compilados de cuentos Principes y princesas (2000), Dragones y princesas (2010) y Les contes de la nuit (2011), que lo delatan como un gran amante de los relatos exóticos y clásicos. 

–¿Pasaste tu infancia en Guinea, que hacían tus padres allí? 

 –Fueron como educadores, les gustaba descubrir otros lugares y otras culturas, y viajaban por el mundo.

–¿Se fueron con el cambio de gobierno? 

–No, cuando los hijos crecimos y tuvimos que empezar el secundario volvimos para Francia para que pudiésemos seguir con los estudios. No había liceos en Guinea. Fueron los últimos años de la colonia francesa, los años 50; existía una escuela de la República Francesa, y los blancos mandaban a sus hijos a esa escuela religiosa y no a la escuela pública. Pero mis padres decidieron que nosotros, mi hermano y yo, teníamos que ir a la escuela normal, como todo el mundo. 

–¿Eran los únicos blancos en esa escuela? 

 –Al principio sí. Pero de a poco empezaron a ir llegando otros blancos también. 

–¿Y nunca fueron discriminados precisamente por ser los únicos niños blancos? 

 –Esas cosas no existían. No había problema alguno, nunca tuvimos ni la menor sospecha de que pudiera haber discriminación. Años después, cuando supe del apartheid, de la segregación en los Estados Unidos con ómnibus para negros y blancos, de los baños separados, no daba crédito a esos temas, me parecían una cosa surrealista. 

–Después de que ustedes se volvieron a Francia, en Guinea hubo una dictadura terrible. ¿Volviste a saber de tus compañeros de clase? 

–No volví a saber nada de ellos, pero probablemente hayan sido secuestrados, torturados y asesinados. Ahmed Sékou Touré, el dictador que se instaló con la independencia, eliminó a todas las personas que tenían cierta educación. Nunca más quise volver a ese país. 

–¿Fue en África que conociste el cine? 

–Sí, en la casa de un amigo de mis padres, hubo una pequeña reunión nocturna, pusieron una sábana en la pared, y trajeron un proyector de 16 mm. Me acuerdo clarísimo de esa noche agradable en un jardín abierto, de la luz muy intensa que se proyectaba, y ese traqueteo tan particular. Proyectaron una película que yo nunca olvidé, una animación checoslovaca, dirigida por una brillante mujer que hoy nadie recuerda, Hermina Tyrlova; ella había trabajado junto a Karel Zeman, gran animador, pero sé que Zeman en determinado momento dejó de quererla a su lado. El corto se llamaba La rebelión de los juguetes.

–Puede verse en youtube ese corto... 

–¡Ah! ¿Lo viste? 

–Sí, es sobre un oficial nazi que irrumpe en una casa y los juguetes empiezan a atacarlo... 

–¡Es el primer Toy Story! Pero mucho mejor; los juguetes se ven reales. Porque en Toy Story se nota que no son juguetes de verdad, sino una imagen digital. Pero en este corto, ¡los juguetes se veían como los míos! Era absolutamente mágico, los avioncitos hacían girar sus hélices y volaban por la habitación... 

–Qué curioso que la primera película que viste haya sido justamente una animación... 

–Sí, creo que sí. Me contaron mis padres que en esa época me llevaron a ver Pinocho también, en Francia, y me dijeron que me había puesto a llorar en la sala. En realidad no sé si fue antes o después de esa experiencia en el jardín, pero cuando me preguntan cuál fue la primera película que me gustó me niego a decir que fue una de Disney (risas). Lo que me gustó mucho de Pinocho son los pequeños detalles, las pequeñas cosas que aún hoy me seducen, como el hecho de que Pepe Grillo se acostara a dormir en una cajita de fósforos y se tapara cerrándola como si fuera una frazada. 

–Las sombras recortadas son tu marca característica, podemos decir un rasgo autoral que es reconocido de inmediato. ¿Cuándo te definiste por este estilo? 

 –Lo que la gente cree que es mi estilo es algo que simplemente desarrollé por carencias económicas. Los papeles cortados, las figuras articuladas son el medio más barato de todos para hacer animación. Durante mucho tiempo estuve sin trabajo y tuve que hacer talleres para niños. En un momento me fui a Dinamarca, a Odense (la ciudad natal de Hans Christian Andersen) y di un taller allí; utilicé con los niños diferentes técnicas, y encontré que las siluetas eran muy buenas para ellos. Yo había estudiado el estilo de la animadora alemana Lotte Rainiger, sus películas tienen un encanto arcaico que me interesaba especialmente. Cambiando de técnicas en esos talleres descubrí que las siluetas eran lo más accesible para todo el mundo, en una semana los niños hicieron trabajos increíbles. Con las otras técnicas salieron cosas bastante desastrosas, pero lo que surgió con las siluetas fue sorprendente, parecía un trabajo definido, realmente profesional. Cuando tuve que mostrar los resultados finales, esos fragmentos me salvaron el taller. Y gracias a "los niños de Andersen" yo encontré una forma para desarrollar mi trabajo artístico. 

–La constante en todas tus películas es recoger historias ancestrales de diversas proveniencias (África principalmente, pero también del Medio Oriente, América, el Caribe, el Tibet, Egipto, Japón), ¿qué es lo que te tiene que interesar para que te fijes en una de estas historias? 

–Siempre hay un costado moral, yo creo en la moral y además todo el mundo cree en la moral. A los mentirosos no les gusta la mentira, a los asesinos no les gusta el asesinato, los ladrones no quieren ser ladrones. Esas personas tienen principios morales muy próximos a los nuestros; la moral está siempre a la moda, y un hombre que lucha contra la moral es en el fondo un tipo profundamente moral, porque en definitiva lucha contra la hipocresía. Yo no tengo miedo de mostrar la gente honesta que no come nunca, gente generosa como Kirikou. Además me gustan las historias positivas, pero no pretendo plantear una ayuda ética o moral. En mis cuentos busco siempre que haya una idea que me sorprenda pero no que justifique mi vida y mi accionar. Necesito que haya una sorpresa, y que por detrás de esa sorpresa exista una lógica, un mecanismo que haga pensar. 

–Hablando de la moral, en la preparación previa a uno de los cuentos en Les contes de la nuit, uno de los personajes que está orquestando la historia dice: "¡Pero este cuento es muy inmoral, vamos a tener que cambiarle el final!". ¿Qué había en la historia original que te disgustara? 

–Ah, era la historia de la serpiente de Ouagadougou; en una antigua civilización le dan de comer las mujeres más hermosas del poblado a un monstruo, y el monstruo a cambio les provee inmensas cantidades de oro, una ciudad construida con oro en la que viven. En el cuento clásico el muchacho mata al monstruo y salva a la muchacha, pero finalmente la profecía se cumple, y la ciudad se derrumba. A mí me gusta el cuento pero me parecía que el final era muy desagradable, la moral iba por el lado de sacrificar a la chica y quedarse con el oro, entonces yo opté agregarle una reflexión final, y una revuelta contra el dictador que sustentaba esas ideas. 

–En Príncipes y princesas y en Les contes de la nuit presenciamos la preparación de los cuentos, con personajes que discuten qué características tendrían que tener antes de que los veamos. ¿Querías plantear una aproximación a lo que es el proceso creativo? 

–Hubo dos razones para hacer esos prólogos. La primera es que traté de ganarme la vida: antes de empezar con Les contes de la nuit hacía cortometrajes y no había mercado para ellos, sabía que había sí un mercado en la televisión, pero yo lo detestaba. Entonces decidí hacer cortometrajes de autor, pero les hice un formato que los permitiera hacer pasar como series de televisión, con estos prólogos que tenían los requisitos de una serie televisiva: eran personajes reconocibles que, en un mismo fondo, se repetían cortometraje a cortometraje y lo comentaban adelantando la historia que iban a contar. El otro aspecto es que me gusta compartir el proceso productivo, planteando cómo es que se va haciendo cine. La investigación previa, el diseño de personajes y escenas. Creo que es una forma de incentivar la creación, acercar a los jóvenes a este proceso maravilloso. Es más interesante hacer una película que mirarla, y me gusta mostrar las cosas que me interesan e inspirar a las nuevas generaciones para que hagan cosas.

–Alguna vez dijiste que hacer una película de animación es como dirigir un sueño. ¿Pensás a tus películas como sueños? 

–¿Yo dije eso? Suena bien, pero dudo que sea mío... En realidad no, para nada. Yo sé soñar pero me gusta la realidad, la actividad, la creación. El sueño solo no me interesa, quiero blandir la realidad. Puedo inventar historias pero no soy un soñador, tengo una esencia crítica y necesito crear para bien. La materia de los sueños no me interesa. 

–¿Fue muy complicado dar el salto al largometraje? 

–Cuando yo empecé a hacer mi película nadie creía que un filme de animación francés pudiera ser un éxito. Me costó mucho encontrar financiación y conseguir un distribuidor, y cuando finalmente lo obtuve fue un suceso casi milagroso. Me decían que a nadie le interesaba ver una animación francesa, que a nadie le interesaba el África, y que la película no se iba a exhibir porque se veían senos. Pero se pudo dar la lucha y después de Kirikou y la hechicera empezaron a salir muchos otros largometrajes de animación. 

–Fuiste el primero en hacer una animación con héroes negros, y puede decirse que tu cine va bastante a contramano de lo que suele verse frecuentemente en las pantallas. ¿Obtuviste grandes resistencias culturales a tu estilo? 

–Cuando estaba filmando la primera de las Kirikou al principio no tuve problemas, pero a medida que la película avanzaba los productores empezaron a manifestar cierto miedo por la desnudez de los personajes. Fue un combate difícil durante mucho tiempo, y básicamente luché contra los calzoncillos y los sutienes. Fue una lucha absurda, porque yo sabía que mi filme era puro y que no había ninguna razón lógica para vestir a mis personajes; sabía que a la gente le iba a gustar así como era. África no siente vergüenza de tener un cuerpo. Ese es un gran mensaje que tiene para darnos el continente y sus historias. Si yo les ponía calzoncillos a Kirikou y sutienes a la madre y a la hechicera Karabá, la película se iba a convertir en una porquería televisiva. Estaba ambientando mi película en una pequeña villa africana del Siglo II, y no iba a cambiar las reglas... 

 –Debo admitir que vi hace poco tu última película, Kirikou y los hombres y las mujeres, y la verdad es que involuntariamente me resultó un poquito chocante que los personajes estén desnudos todo el tiempo. Quería preguntarte cómo es posible que aún hoy nos sorprenda algo tan simple como la desnudez. 

 –De parte de los niños yo no veo ningún rechazo a la desnudez, lo toman como lo más natural del mundo. El problema son los adultos, en la civilización occidental el cuerpo es pecado, y hay que taparlo. 

–Tuviste mucha resistencia en los Estados Unidos... 

–Sí, ¡los anglófonos le tienen miedo a los senos! Cuando Kirikou empezó a distribuirse hablaban muchísimo de los senos de las mujeres y prácticamente nada del pito del protagonista, que también puede verse. Llama la atención porque el pene es el sexo, pero los senos no. En los Estados Unidos prácticamente no se dio Kirikou, sólo en pequeñas comunidades culturales. Cuando presenté Azur y Asmar en Cannes tuve una reunión con un par de periodistas estadounidenses por separado y los dos me preguntaban si aceptaría suprimirle la primera escena a la película para poder distribuir la película en Estados Unidos. Yo no entendía nada, pensé que la película se podría pasar perfectamente en los Estados Unidos, porque todos los personajes están muy vestidos. Pero uno de los periodistas incluso llegó a decirme que Azur y Asmar era prácticamente un desafío de Francia a los Estados Unidos. La escena en cuestión es simplemente una nodriza dándole el pecho a dos bebés. En fin, que se veían un poquito los senos. Y esa fue la razón de tanto escándalo. 

–¿Te gusta la animación mainstream actual? 

–No. Soy muy exigente y como espectador de animación mi gran pasión es, cuando voy a un festival, buscar los cortometrajes, que son lo que normalmente me gusta más. La animación americana está bien hecha, pero no me conmueve. Veo esas películas como una fabricación para homogeneizar y algo concebido como medio para hacer mucho dinero. Me gustan las películas personales, en las que hay un artista detrás, y no un mercader. Estas películas norteamericanas se me hacen tan mecánicas que no siento el ser humano detrás, no les encuentro el corazón. 

–¿Y en el cine de animación actual dónde dirías que hay corazón? 

 –Una película que me gustó muchísimo es Persepolis de la iraní Marjane Satrapi; está excelentemente concebida, y me cautivó la honestidad de su técnica. Simple, sin color, y dice sólo lo que hay que decir, ni más ni menos. Mi tipo de animación es bastante diferente del de Satrapi, y ella tiene mucho mejor humor que yo. Y quizá la gran diferencia entre ella y yo es que yo le escapé a cosas terribles que ella vivió en persona... 

–¿Y te gusta Hayao Miyazaki? 

–Sí, por supuesto. Me gustan Miyazaki e Isao Takahata, los dos son grandes autores. Son hombres honestos y hacen lo que quieren hacer, sin nunca haber tenido el éxito aegurado. Hicieron la mayoría de sus películas en una época en que estaba de moda la animación norteamericana pero no la japonesa, y ellos comenzaron una actividad extraordinaria que convirtió para siempre a la animación de su país. El camino que yo abrí en Francia a partir de Kirikou, ellos lograron hacerlo con mayor éxito. Takahata tiene un perfil más bajo, pero yo creo que es de los clásicos que van a durar, y me siento más cerca de él que de Miyazaki. Takahata tiene una película que se vio muy poco que es increíble, y que es lo más anti-comercial que pueda imaginarse. Se llama Goshu, el violoncellista, y se centra en una anécdota impensable: la historia de un tipo que es un músico mediocre, y que a lo largo de la película va aprendiendo a tocar mejor; los animales cada tanto se le acercan y le dan consejos. 

*Se agradece particularmente la colaboración de Ricardo Casas, quien ofició como traductor del francés para que esta entrevista pudiera tener lugar.

Publicado en Brecha el 5/9/2014

martes, 2 de septiembre de 2014

Guardianes de la galaxia (Guardians of the Gallaxy, James Gunn, 2014)

Anti-héroes Marvel 

Abocado frecuentemente al cine de superhéroes, ya el estudio Marvel Films había metido un golazo con Los vengadores, proponiendo un largometraje de los más adictivos, de esos que huelen a matinée, que mantienen al espectador al borde de la butaca durante todo el metraje, encandilado con ritmos trepidantes y un espíritu lúdico desbordante. Si bien este año los blockbusters vinieron muy flojos, desplegando fuegos de artificio rutinarios y repletos de lugares comunes, esta película retoma el nivel de lo mejor de Marvel Films y supone un dichoso reencuentro con el gran espectáculo. 
Un grupo de marginados e inadaptados vaga por un remoto universo sideral: son ladrones, mercenarios, cazarrecompensas, bandidos de la más baja calaña que, como no podía ser de otra manera, coinciden en un mismo lugar queriéndose matar los unos a los otros, y comienzan a conocerse en una forzosa estadía juntos, al interior de una cárcel. El grupo no podía ser más disímil: Zamora, de lustrosa piel color verde, es una asesina perfecta; Quill, un aventurero mujeriego detestado y requerido por media galaxia; Groot, un humanoide con forma de árbol (o viceversa); Drax el destructor, un mastodonte que, consecuente con su apodo, sólo piensa en venganza y, no menos intimidante, Rocket es un pistolero mapache de capacidades intelectuales asombrosas, como resultado de experimentos genéticos. El trazado de los personajes es perfecto (y eso que dos de ellos son íntegramente digitales), cada uno presenta su atractivo y su escondida dosis de humanidad, y la conjunción supone una mezcla explosiva e hilarante, cuyo mayor interés radica en su incorrección. En un universo donde los valores morales no son claros, la vocación auténticamente antisocial de estos energúmenos se convierte en una fuente inagotable de efectivos chistes. 
Si esta base de personajes (lejos de superhéroes, son auténticos anti-héroes dignos de las novelas negras) ya posee un gran atractivo, el guión en su conjunto se presenta como un efectivo ejercicio lúdico. Quill, el protagonista, trae consigo un walkman a pilas con una selección grabada en cassette, cuyo rótulo escrito a mano reza "música buenísima Vol. 1" (el homenaje a la cultura pop de los años ochenta es constante) y todo el libreto está construido en torno a este artefacto y a las canciones allí contenidas, como "Hooked on a Feeling" de Blue Swede o "Cherry Bomb" de los Runaways, que se acompasan con la acción y dan fuerza al relato. Como en la vieja trilogía de Star Wars, la ciencia ficción espacial es una excusa para dejar volar la imaginación y construir un universo brillantemente orquestado de batallas espaciales, tiroteos con armas láser, peleas cuerpo a cuerpo y monstruos de diverso calibre. 
Sobre el desenlace el buen nivel decae un poco, con reiteradas invocaciones a la amistad y a la comunión grupal que caen un poco en lo cursi y echan a perder un poco ese encanto anárquico de los personajes. Por supuesto, esta es la primera parte de una nueva franquicia, y visto el taquillazo que viene significando la primera entrega, es de esperar que vendrán algunas más. Pero de mantenerse el ingenio, el pulso y las ganas de hacer presentes –afortunadamente el director británico y co-guionista James Gunn también estará encargado de la secuela– no habría que dejarlas pasar.

Publicado en Brecha el 29/8/2014

viernes, 29 de agosto de 2014

Relatos salvajes (Damián Szifrón, 2014)

Días de furia  

 

Es un merecido fenómeno. No es nada común que la película más publicitada y difundida del vecino país sea, además de un taquillazo descomunal, una gran obra dotada de nervio e inteligencia, un filme del que podríamos discutir indefinidamente y, como usualmente se dice, un clásico instantáneo. Quizá sea demasiado temprano para predecir el futuro Oscar a la mejor película extranjera, pero vale decir que con su narrativa clásica y su perfil popular y universal, Relatos salvajes ya tiene unos cuantos boletos comprados. 

La apuesta fue inmensa, y la película ya era un éxito incluso antes de ser vista; co-producción argentina-española (producida por Pedro y Agustín Almodóvar) fue rodada en diversas locaciones argentinas (Buenos Aires, Cafayate, Salta y Jujuy) se estrenó en Cannes, cuenta con varias de las más competentes estrellas del cine argentino (Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Oscar Martínez, Érica Rivas, Julieta Zylberberg y Rita Cortese) y en Argentina se estrenó en 228 salas; más que un tanque hollywoodense, más que Maléfica, –que este año se había llevado 220 salas para su estreno– más que Metegol y El secreto de sus ojos, que hasta ahora eran las argentinas que ostentaban el récord. 
No era precisamente un tiro al aire. El bonaerense Damián Szifrón, hoy de 39 años, ya había filmado y escrito dos películas notables, la hitchcockiana El fondo del mar, y el divertidísimo policial a lo Hollywood Tiempo de valientes. Pero seguramente sus mayores credenciales estén en la televisión y el director fue responsable de la ya histórica serie Los simuladores, que alcanzó un pico de 37 puntos de rating en su episodio final y que es para muchos la mejor de las series argentinas. Otro de sus trabajos fue la también notable miniserie Hermanos y detectives.
Lo que no se da todos los días es que un éxito de este calibre sea, además, una película brillante. Por supuesto que en seguida se desató la polémica, que no faltan quienes abominan esta película hasta su último fotograma y que, en definitiva, ayudan a acrecentar aún más su publicidad. 
Quizá convenga aclarar lo que no es Relatos salvajes, y lo que muchos quisieran que fuera. No es el típico cine de denuncia social, ni una obra filosófica, ni pretende una exposición radiográfica de la violencia. Sí puede afirmarse que es una película inteligente. Y con inteligente queremos decir que se trata de una ficción embebida en un mundo perfectamente reconocible. Un cine que se nutre de otro cine pero asímismo de nuestra realidad circundante y que, en ese sentido, motiva al espectador a reflexionarla y verse reflejado. Se ambienta en lugares que todos hemos conocido de una manera u otra: un bar, la ruta, oficinas, un salón de casamientos, y ofrece contextos que nos tocan y de los que podríamos contar historias similares: la corrupción, la violencia clasista, la burocracia estatal, las situaciones trágicas en las que no parece haber salidas favorables, la infidelidad conyugal descubierta. Revanchismo, venganzas personales, justas, injustas, desmedidas, fundadas o infundadas, a veces horrendas, a veces catárticas, a veces visiblemente desacertadas. Si la venganza es un plato que se come frío y es materia como para contar mil (brillantes) historias, la prueba de ello es esta película, que se explaya en una introducción más cinco relatos, brillantemente orquestados, clásicos, dinámicos. Lo más llamativo es que precisamente por ser una película dividida en episodios independientes no haya ningún altibajo considerable en ellos, o algún relato del que exista un consenso de ser ostensiblemente mejor o peor que los otros.

Relatos salvajes está conducida por una dirección precisa y un uso notable del lenguaje cinematográfico, sobre todo en lo que refiere a la condensación de los relatos en breves historias. En este sentido se trata de un guión soberbio; como en las mejores series televisivas, lo primero que llama la atención no es tanto la puesta en escena sino la creatividad volcada en las anécdotas. Este perfil televisivo se desprende de historias cortas en que la narrativa está rápidamente orientada en determinada dirección por un giro de guión (plot point) y que se resuelven en un punto concreto que pone fin a la progresión dramática y a la historia. En un tono de comedia negra, Szifrón apunta a la incomodidad y sobre todo a la molestia que promueven ciertas situaciones en las cuales las pautas de comportamiento se desdibujan, las circunstancias abruman, los manuales de ética hacen agua y los individuos no encuentran otra opción que improvisar y seguir sus instintos (y así, dejar ver quiénes son realmente). No entramos en el terreno de lo razonado y lo razonable, aunque desde la comodidad de una sala de cine podamos juzgar a cada personaje en términos de bien y de mal, de valentía o locura, de corrección o exabrupto. Y otra vez, todos los espectadores sacarán conclusiones distintas al respecto.
"Pasternak", la introducción y el relato más corto, protagonizado por Darío Grandinetti, ya deja bien en claro las pautas de lo que vamos a ver. Es, visto fríamente, poco más que un sketch, una ocurrencia con toques delirantes. Pero el planteo es verosímil, comienzan a acumularse sutilmente datos racionales, creíbles, que comienzan a articular mecanismos psicológicos para dar paso al suspenso más intempestivo. Entramos en los terrenos del relato más clásico y atávico, la clase de historias que podríamos escuchar en la oscuridad, en torno a un fogón. No en vano esta introducción es, de todos los episodios, el más improbable, el que ofrece la propuesta menos creíble. Y aquí surge la pauta de por qué convendría ver la película como un entretenimiento y no tanto como el reflejo de una contingencia social. 


Lo cual no quita que sí se preste para lecturas sociológicas. El episodio "El más fuerte" protagonizado por Leonardo Sbaraglia no deja de ser elocuente acerca de los odios de clase, presentando a un muy desagradable yuppie que conduce su auto desde Salta hacia la capital, muy pendenciero adentro de su coche y un perfecto pusilánime cuando carece del amparo de su armatoste. Las clases sociales también están muy presentes en la "La propuesta" que, al parecer de este cronista, es el más perfecto de los episodios, y presenta a Óscar Martínez interpretando a un padre de familia cuyo hijo adolescente acaba de atropellar a una mujer embarazada en la calle. Como pocas historias, el durísimo planteo nos coloca en una situación terrorífica por la que comprendemos el accionar de cada uno de los implicados, aunque no podamos ni queramos empatizar con ninguno de ellos. En su resolución, como no podía ser de otra manera, la violencia golpea al eslabón más débil del cuadro. En "Bombita" el protagonista, un cincuentón de la vieja guardia, se enfrenta a las nuevas formas de burocracia, a pobres muchachos que no tienen superiores con quién hablar ni los conocen, a un sistema que lo piensa como una máquina de entregar billetes y no como a un individuo. "Hasta que la muerte nos separe" es el episodio más almodovariano y, en una sóla noche, justo una noche de bodas, condensa notablemente toda una sucesión de hechos que suelen desplegarse a lo largo de años en muchos matrimonios. Se propone así un brutal sarcasmo acerca de la institución monogámica y de una inercia farsesca en la que hoy pocos creen.
Decíamos que se trata de una obra profundamente incómoda, y seguramente sea ése su principal mérito. Tratándose de una película comercial, es realmente loable que no juegue para la platea, que no proponga simpatías fáciles –nótese cómo uno de los primeros rasgos que conocemos del personaje más querible del cuadro, el interpretado por Ricardo Darín, es su clara omisión como figura paterna–, ni plantee resoluciones tranquilizadoras, que nos coloque en situaciones límite que nos llevan a pensar y repensar los episodios y a nosotros mismos, ya que nada de lo presentado en los fotogramas podría sernos del todo ajeno. Y el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.

Publicado en Brecha el 29/8/2014

lunes, 25 de agosto de 2014

Las mejores películas (XXIV)

Se me dio por chequear las fechas, los números y esas cosas y me sorprendí un poco. En setiembre este blog estará cumpliendo 7 años. Esta entrada es la número 390, y aquí llegamos a las 240 películas recomendadas en esta sección llamada "las mejores películas". O sea, que como nadie promovemos y apoyamos desde aquí las indigestas de celuloide, y tal es el autismo propio que nunca festejamos aniversarios ni números redondos ni nada que se le parezca. Así que basta de perder tiempo, y a disfrutar de lo que más nos interesa:

La jaula de oro de Diego Quemada-Díez (México, España, Guatemala) 
El viaje sobre "La bestia" o "El tren de la muerte" a través de México y con destino a la frontera con los Estados Unidos supone un infierno para los migrantes que pretenden atravesar el país en dirección a la tierra prometida. Los policías de migración quizá no sean mejores que los narcotraficantes, y este nuevo exponente del cine-denuncia da cuentas de los abusos que ocurren diariamente en la región. Actores no profesionales, un abordaje de ficción con apariencia de documental y una historia que hiela la sangre propician un cuadro humanista, con una de las desapariciones más terribles y verosímiles que haya dado el cine. El desenlace también es de antología. 

La colina de las amapolas de Goro Miyazaki (Japón) 
Otra vez el estudio Ghibli echa mano a la nostalgia y a la recreación histórica de un mundo pasado. Con un libreto co-escrito por Miyazaki padre y la dirección de Miyazaki hijo, esta emotiva película explaya con profusión de detalles la historia de Umi, una chica que convive con una numerosa familia en la ciudad de Yokohama de 1964. Por la ausencia de su madre, Umi lleva una abnegada rutina de trabajo y estudio, poniéndole el pecho a las adversidades (recordemos que en Ghibli las que ponen los huevos son las mujeres). Cuando conoce a Shun, también entrará en contacto con la militancia gremial y un edificio comunitario repleto de historias. 

Compliance de Craig Zobel (Estados Unidos) 
La obediencia puede ser nuestro peor enemigo, y nada lo demuestra mejor que esta impactante película. En una cadena de comida rápida, una cajera es acusada de robarle a un cliente, y la gerenta del local debe hacerse cargo de su vigilancia y cuidado hasta que llegue la policía. Un thriller realista pavoroso, increíblemente bien filmado y que sabe mantener al espectador crispado durante todo el metraje, además de una película de esas que deberían incorporarse a los programas obligatorios de los secundarios. De paso, los cineastas del cine de terror deberían tomar nota y aprenderse de aquí una cosita o dos. 

Guardianes de la galaxia de James Gunn (Estados Unidos, Reino Unido) 
Un grupo de asesinos, cazarrecompensas y ladrones del espacio, después de querer matarse entre sí, deben unirse para escapar de una prisión y enfrentar un enemigo en común. Al nivel de Los vengadores, lo mejor que han hecho los Marvel Studios hasta el momento. Da gusto ver a este puñado de antisociales energúmenos cagándose en todo, repartiendo piñas y poniéndole el pecho a los rayos láser; el abordaje lúdico da paso a grandes despliegues visuales, a la acción más trepidante y al homenaje ochentoso. Gran exponente del cine-espectáculo, con batallas espaciales como las de antes y mucho olor a pop y refresco. 

Trabalhar cansa de Marco Dutra, Juliana Rojas (Brasil) 
Abrir un pequeño negocio y regentearlo puede ser el sueño de muchos, pero cuando Helena, una mujer cuyo marido acaba de ser despedido del trabajo, inaugura un minimercado barrial, las cosas comienzan a complicarse sobremanera: problemas con los empleados, las cifras que no cierran, ausencia de clientes y ganancias escasas. Pero lo que parecería peor es que oscuros secretos del local alquilado comienzan a emerger, dando cuentas de un pasado pútrido que comienza a mortificarla. El terror psicológico se sintetiza notablemente con el realismo social, generando una de las películas más personales y particularmente inquietantes del cine brasileño actual.

The Purge: Anarchy de James DeMonaco (Estados Unidos, Francia)
Para los ricos, la noche de la expiación significa quedarse en sus búnkers y esperar que todo pase pronto o, en su defecto, si son un poco más enfermitos, en armarse con todo lo que tienen y salir a aniquilar gente por la calle. Para los pobres, o los que por desdichas casuales quedaron expuestos, significa en cambio una muerte casi segura. Quién lo diría, una película de género con conciencia de clase, con notables ocurrencias y giros de guión, un suspenso constante y escenas de acción a la altura. La secuela superó con creces a la original. 

Manual del macho alfa de Guillermo Kloetzer (Uruguay) 
Los hombres podemos aprender mucho de los lobos marinos en lo que refiere a perseverancia, cortejo y cópula, y este divertidísimo documental ofrece, en once lecciones básicas, todo lo que se necesita para triunfar con las féminas de nuestra especie. La estructura narrativa, el abordaje humorístico, la humanización por el absurdo, la división animada en capítulos y la voz en off de César Troncoso proveen a la película de un toque lúdico muy atrayente y entretenido, sin evitar, de todas maneras, el drama, la tragedia y las grandes injusticias que trae consigo esta nutrida fauna en su dinámica natural. Una de las grandes sorpresas del cine nacional de este año. 

La mirada del hijo de Calin Peter Netzer (Rumania) 
Cine rumano en su estado más puro. Una madre dominante ha perdido el poder que tenía sobre su hijo, quien se mudó a un apartamento con su esposa y ya no le dirije la palabra. Pero cuando el hombre protagoniza un incidente trágico (atropellando de muerte a un niño en la ruta) ella vuelve a tomar las riendas y se echa sobre los hombros su defensa, moviendo influencias, sobornando gente, internándose en ambientes inhóspitos para evitar que lo encarcelen. Sutilmente, en el recorrido se van develando burocracias sucias, mecanismos de manipulación y un perfil psicológico muy particular. 

Después de Lucía de Michel Franco (México, Francia) 
Tras la muerte de su madre, una adolescente comienza las clases en un nuevo colegio, pero por un descuido nefasto y mucha mala suerte pasa a ser blanco de las más sanguinarias burlas por parte de sus pares. Si La jaula de oro les pareció una película dura de ver, entonces ármense de valor antes de exponerse a esto. El cine mexicano la da con un mazo al espectador, concibiendo un cine de denuncia demoledor, pertinente e incisivo. Acá le tocó el turno a la temática del bullying, demostrando que no se trata simplemente de una preocupación de moda sino de una temática difícil de tratar, determinante y atroz. 

La gran noticia de Lionel Baier (Suiza, Francia, Portugal) 
En el año 1974, tres periodistas suizos parten como corresponsales al Portugal de la dictadura salazarista para cubrir noticias absolutamente intrascendentes: la ayuda económica que la Confederación Suiza da al país. Pero por una casualidad del destino, los periodistas llegan justo en el momento en que está ocurriendo la histórica Revolución de los Claveles. Viéndose atrapados y envueltos en ella, supone para ellos, por fin, la manera de cubrir una noticia realmente trascendente y, quizá, de dar un salto en sus carreras. Sarcástica, divertida y con certeros apuntes críticos, una experiencia de liberación, amor libre y flower power.

domingo, 17 de agosto de 2014

Miracle (Zazrak, Juraj Lehotský, 2013)

4000 golpes


Ela (Michaela Bendulová) tiene 15 años y, ni bien empieza esta película, es arrojada por su madre y su padrastro a un centro reformatorio. Las razones de la internación no se sabrán al comienzo, pero viendo su carácter indomable y de a ratos directamente antisocial, podremos intuir que las hubo. Ela demuestra un perfil sumamente conflictivo que puede emparentarla directamente con la protagonista de otro drama social europeo reciente, el británico Fish Tank. Como en esa película, el personaje llama indefectiblemente a la incomodidad y puede despertar un consistente rechazo, pero al mismo tiempo atraviesa circunstancias adversas que promueven la empatía.
Los hermanos Dardenne (Rosetta, El silencio de Lorna, El niño de la bicicleta) parecerían estar haciendo escuela, vista la cantidad de cineastas que reconocen haberse inspirado en su cine, y aquí la influencia de los directores belgas es clara. Se sigue de cerca a un protagónico silencioso, inexpresivo, prácticamente inescrutable que se mete en problemas, se vincula con secundarios nefastos, tiene ocurrencias inpensables y toma decisiones profundamente reprobables. Ya al comienzo vemos que la protagonista escapa de su enclaustramiento para arrojarse en los brazos de un guardia de seguridad desinteresado, drogadicto, con el doble de años que ella y que es perseguido por narcotraficantes por deberles una abultada suma de dinero; para postre, él no duda en venderla a ella para saldar su deuda.
Si bien la protagonista en un comienzo sólo muestra un costado desagradable, de a poco la película deja entrever, sutilmente, pequeños matices de humanidad que permiten una mayor conexión con la chica. Se presentan tramos en los que parece pasarla bien cuidando de un anciano hospitalizado –justamente los únicos interiores iluminados, que escapan al tono sombrío imperante– y la forma en que ama con intensidad a un tipo que claramente no le corresponde demuestra su inherente desesperación por obtener un mínimo de cariño. Cuando en los tramos finales tiene un breve diálogo en un auto con su madre, en la que su progenitora le espeta que cuando estuvo embarazada de ella pasó todo el tiempo con náuseas –entre otros piropos– entendemos, negro sobre blanco, el porqué del carácter de la muchacha y su imperiosa necesidad de huir e independizarse. 
La protagonista, –a la que entre otras peculiaridades le falta algún diente frontal, algo muy raro de ver en un personaje principal– así como otros adolescentes del cuadro, fueron reclutados por el director Juraj Lehotský en diversos centros reformatorios de Eslovaquia. Hay en las actuaciones (o no-actuaciones, como quiera verse) un factor de autenticidad sumamente valioso, y la película en su conjunto respira una notable sensación de realismo. Una que, además, provocará unos cuantos escalofríos. 

Publicado en Brecha el 15/8/2014

viernes, 8 de agosto de 2014

12 horas para sobrevivir (The Purge: Anarchy, James DeMonaco, 2014)

Masacre consentida



Claro está que los tituladores latinos conspiran para confundirnos. En inglés la primera película se tituló The Purge (la purga, el saneamiento, la purificación) y esta secuela The Purge: Anarchy; claro como el agua. Ahora bien, en latinoamérica conocimos a la primera entrega como La noche de la expiación, y a esta como 12 horas para sobrevivir, por lo que la relación entre una película y la otra habría que adivinarla si se careciese de la información necesaria. Pero quién sabe, quizá a los mismos tituladores se les escapó el detalle... 
La idea base compartida por ambas películas es buenísima: en un futuro próximo, los "padres fundadores", misteriosos y oscuros gobernantes, considerando los índices de violencia, de delincuencia, de pobreza y desempleo en los Estados Unidos, deciden nuclear y exprimir todo lo peor del ser humano en una sola noche, en la que los ciudadanos tienen derecho y absoluta impunidad para cometer todos los crímenes que quieran, ya sean asesinatos, robos, violaciones y ainda mais. Doce horas de caos en las que básicamente los que tienen dinero y recursos se atrincheran en sus casas y sus búnkers (o salen a "purgar" por las calles), y en la que los pobres son directamente diezmados. De esta manera, claro, el desempleo baja, las élites mantiene su statu quo, y muchos obtienen una catarsis sangrienta que los deja mansitos durante el resto del año.
El problema de la primera película es que esta premisa, tan poderosa como metáfora, incómoda y mala leche, venía mal explotada, derivando en un cine de género más bien de manual, con lugares comunes y comportamientos poco creíbles. Sin embargo aquí ocurre lo contrario. A la historia original le son agregados giros de guión que proveen apuntes interesantísimos sobre las diferencias sociales y los comportamientos de los grupos de poder y las clases dominantes. Vemos como ciertos ricos, temerosos de salir a la calle, "compran" gente vieja y enferma para exterminarlos en la apacibilidad de sus hogares; como surgen "mercenarios" que, aprovechando la vulnerabilidad de los más pobres, se ponen a disposición para defenderlos a un precio significativo; la forma en que una brigada "de control" se asegura que las purgas sean eficientes, entre otras sorpresas. 
La historia sigue a un grupo de cinco personas que, por una serie de infortunios, quedan expuestos en pleno centro de la ciudad, en una constante lucha por la supervivencia en la que se ven obligados a sortear toda clase de amenazas. El registro es realista, no hay excesos de gore ni regodeos innecesarios, y el suspenso se sostiene inalterado durante todo el metraje. Al mejor estilo Duro de matar (la primera), se propone un equilibrio precario por el que los protagonistas deben esconderse, economizar recursos, atacar sólo en los momentos indicados. Mención aparte merece la aparición de un grupo armado popular, surgido como reacción contraofensiva a los abusos y, en el contexto, se presenta como una opción particularmente simpática. Resulta curioso, considerando que desde el cine dominante tiende a justificarse la violencia gubernamental, y a tacharse de terrorista a cualquier iniciativa popular y revolucionaria.

Publicado en Brecha el 8/8/2014

domingo, 3 de agosto de 2014

La jaula de oro (Diego Quemada-Díez, 2013)

Escapar hacia el cadalso 

En la película Hold back the down (1941) cuyo título en español para algunos países fue La puerta de oro, se trataba, quizá por primera vez en el cine, el tema de la migración hacia los Estados Unidos. Así, esta "puerta" suponía la entrada a la tierra de las promesas, allí donde los extranjeros podían probar suerte, abrazar el sueño americano y triunfar, como tantos otros lo habían hecho anteriormente. 
La canción de Los tigres del norte "La jaula de oro", de 1999, ya jugaba con esa vieja significación y la transformaba, dando cuentas de una realidad que atraviesan muchos mexicanos que accedieron a los Estados Unidos luego de mucho esfuerzo y dinero invertido, quedando allí cautivos, sufriendo la discriminación, con miedo a salir a la calle y ser deportados, y al mismo tiempo sin querer abandonar eso que tanto les costó alcanzar. Retomando ese título, esta película supone una aproximación a lo que implica hoy, para muchos inmigrantes de diversas nacionalidades (guatemaltecos, nicaragüenses, hondureños, salvadoreños, etc) el sacrificado y extenso camino para llegar a los Estados Unidos. La anécdota se centra en un grupo de adolescentes guatemaltecos que, escapando de la violencia y la pobreza extrema, deciden emprender su viaje a través de México, en un desesperado intento por mejorar su calidad de vida y acceder a las tierras doradas del norte. 
Junto a las políticas de represión hacia los inmigrantes en Estados Unidos, (militarización de la frontera, criminalización, construcción y reforzamiento del muro), también existe una presión hacia los gobiernos de México para fortalecer estas políticas represivas e impedir la llegada de migrantes. Al sur de México, en la zona de Tehuantepec (la más estrecha del país) se concentran esfuerzos, generándose un primer gran filtro para evitar que los viajantes continúen su camino hacia el norte. No es el único, y "La bestia" –el tren que recorre México de Sur a Norte– sigue un camino repleto de escollos y abusos, permitidos por las autoridades. Así, el crimen organizado parecería tener carta blanca para aprovecharse de los migrantes, robándoles, secuestrándolos y asesinándolos a piacere.

La película es una directa heredera del neorrealismo italiano; los exteriores están filmados en las mismas zonas problemáticas en las que se sitúa la acción, se utilizan actores no profesionales y una cámara situada a la altura de la mirada de los personajes. Quizá uno de los mayores aciertos sea el de plantear personajes sin victimizarlos; presenciamos adolescentes seguros, determinados, de personalidades fuertes. Si bien pueden parecer un poco ingenuos (si no lo fuesen jamás emprenderían tal viaje) tampoco son del todo inconscientes de los peligros que se les avecinan. La primera escena es elocuente en este sentido: la chica protagonista se planta frente a un espejo y se corta el pelo como un varón, se faja los pechos con una cinta blanca para ocultarlos y, acto seguido, toma una pastilla anticonceptiva, como parte de un mismo plan. Quizá en un comienzo el espectador no comprenda estos preparativos, pero más adelante todo será más claro: para una mujer, el viaje supone un secuestro asegurado, y ante las grandes posibilidades de ser violadas en algún punto del trayecto, las pastillas pueden evitarles un mal aún mayor. Este detalle demuestra, quizá mejor que ningún otro, la dimensión de la miseria, lo terrible de la circunstancias que viven para arriesgarse aún a sabiendas de lo que se les viene. 
Si se logran evadir de alguna manera a los policías de migración, las pandillas diversas y los narcotraficantes, pasada la frontera de los Estados Unidos toca atravesar un vasto desierto surcado por los llamados minutemen, francotiradores civiles estadounidenses que se creen dueños del territorio y que salen a la caza de inmigrantes. Y eso no es lo peor, como se expresa brutalmente en los últimos minutos de película. 
El director español Diego Quemada-Díez hizo un trabajo de recopilación de historias que duró ocho años. Fue personalmente a albergues de inmigrantes, a cárceles en los Estados Unidos, grabando 150 horas de audio de testimonios y experiencias. Con ese sobrecogedor cúmulo de información, evitó los detalles escabrosos que pudieran llevar a que, más que una road movie, esta película pudiera verse como llano cine de terror. Así, asistimos a una anécdota lineal y clásica, con personajes de carne y hueso que sufren celos, desamores, que atraviesan alegrías y tristezas, conocemos sus esperanzas, sus sueños y hasta sus costados más cuestionables. La jaula de oro es cine social urgente, poderoso, emotivo y demoledor como hace tiempo no se veía, y una de las mejores películas mexicanas de las últimas décadas.

Publicado en Brecha el 1/8/2014

viernes, 25 de julio de 2014

El planeta de los simios: Revolución (Dawn of the Planet of the Apes, Matt Reeves, 2014)

Notable y decepcionante



Es sorprendente cómo una película puede empezar tan bien y terminar tan mal. La primera entrega de esta nueva saga, El planeta de los simios: Revolución, era un ejercicio de género poderoso, un ejemplo de destreza narrativa y de puesta en escena, y contaba con escenas de acción trepidantes que en su gran mayoría ocurrían en interiores. La idea central era básica pero tenía mucho de catártico, y era imposible no empatizar con el grupo de simios torturado por los humanos que finalmente lograba revelarse y escapar del laboratorio. La película además tuvo el mérito de lograr, mediante una combinación de técnicas de animación, a varios personajes reconocibles y con personalidad entre los mismos simios.
Esta película cuenta con varios de esos mismos méritos, e incluso con escenas de acción (esta vez casi todas en exteriores) que superan a las presentes en aquella primera parte. La escena en que los simios se aglomeran y hacen una demostración de fuerza trasladándose hasta un contingente de humanos armados hasta los dientes maneja el suspenso y la tensión con maestría. Más adelante, en la batalla misma, un par de planos secuencia, uno desde la perspectiva de una torreta de un tanque y otro desde el interior de una casa que está siendo destrozada por los simios, cortan el aliento y sorprenden de lo bien que están logradas. También es notable el planteo de una situación en la que en ambos bandos los personajes principales desean la paz, pero que el miedo generalizado lleva a un equilibrio precario que puede irse de las manos continuamente, con la sospecha de que la chispa que detone el polvorín se encenderá –a pesar de ellos– en cualquier momento.
Pasado quizá un 60% de la película se llega a una bajada de ritmo terrible, a ese espacio de distensión en que los personajes se sinceran y revelan sentimientos, cayendo en lugares comunes terribles y en líneas de diálogos obvias que subrayan innecesariamente mucho de lo que tan bien venía sugerido desde la anécdota. Que los simios son muy similares a los humanos, que en toda raza hay individuos bien y tipos más jodidos. Otro problema es que César, el líder simio, al principio de la película se comunicaba con señas con los otros monos y pronunciaba apenas unos monosílabos –que además, por estar distanciados y dosificados, eran realmente impactantes–, pero sobre el desenlace ya prácticamente está recitando versos de Walt Whitman, perdiéndose esa gracia.
Quizá lo más indignante, o lo más decepcionante de esta película, –considerando que es tan poderosa su primera mitad– es la conclusión final del simio protagonista (el que no la vio quizá debería dejar de leer por aquí); de que, visto y considerando que la guerra ya empezó y que los responsables de haberla desencadenado fueron los mismos simios, no hay más remedio que continuarla hasta sus últimas consecuencias. Un razonamiento bastante absurdo, visto y considerando que las guerras podrían terminarse si hay voluntad expresa por parte de los atacantes, que bien los simios podrían esconderse una vez más en el bosque o en donde fuere (a fin de cuentas el mundo está deshabitado) para nunca ser encontrados otra vez. Pero nada, parecería que la guerra es un juego que vale la pena continuar hasta el final. 

Publicado en Brecha el 25/7/2014

miércoles, 23 de julio de 2014

La gran belleza (La grande bellezza, Paolo Sorrentino, 2013)

Pánico y locura en la Ciudad Eterna 

En el ocaso de su vida, un periodista apático llamado Jep Gambardela deambula por su hábitat, un universo de personajes extravagantes, jolgorio y descontrol constante. Se trata de un submundo nocturno que ha escrutado hasta el hartazgo y que conoce al detalle. Pero si bien a Jep no cabría faltarle nada, parece aferrado a sucesos pasados, a un estallido pretérito de belleza que le impide disfrutar de su presente. En las desquiciantes y desbocadas fiestas la euforia no logra aplacar una amargura interior profunda, y el corrosivo protagonista aprovechará su odisea hacia el fin de la noche romana para arrojar a diestra y siniestra sus ácidos sarcásticos. 
La ciudad, ostentosa en su ordinario barroquismo, oscila entre la decadencia de un esplendor perdido hace ya mucho tiempo (monumentos históricos, puentes y mausoleos evocan grandezas ancestrales) y el posmodernismo más impresentable (artistas pseudovanguardistas se arrojan a performances tan patéticas como el público que festeja sus barrabasadas). El sentimiento imperante es la nostalgia, adobada con cócteles, barbitúricos, recurrentes resacas. La fiesta presentada al comienzo, adictiva, alucinante e inmersiva, arranca con un remix electrónico: "a far l'amore comincia tu" exige desde los altavoces Rafaella Carrá; cuando la música parece terminar, no tarda en reiniciarse: "a far l'amore..." en un loop eterno, frenético; sin principio ni final, como la película misma. 
Si bien es un recorrido que homenajea a Fellini, lo que sorprende es que no quede opacado en la comparación. Quizá el mayor mérito sea ese: lograr una obra inmensamente ambiciosa con absoluta dignidad, sin trastabillar, sin morir en la orilla. Lo único cuestionable parecerían ser ciertos tramos de delirio místico, en los cuales al director Paolo Sorrentino se guarda sus apuntes críticos, venerando sorpresivamente a ciertas expresiones del cristianismo. 
La insatisfacción no es una sensación exclusiva del protagonista, sino que atraviesa a todos los personajes del cuadro, arrastrándolos en una vertiginosa vorágine catártica que conduce a ninguna parte, o a la mismísima muerte. Esta brillante, poderosa y corrosiva película propone un caleidoscopio de emociones, una crítica implacable a los tiempos que corren, una tórrida aproximación a ciertos círculos de profunda desorientación y vacuidad elitista, con apuntes políticos, sociales y religiosos. La belleza se impone de a ratos, impredecible. 

Publicado en revista Dossier 7/2014