sábado, 28 de marzo de 2020

12 películas de virus, caos y apocalipsis

El peligro es el hombre

Calles y ciudades vacías, virus impredecibles y de alta mutabilidad, cuarentenas, supermercados arrasados, acopio de alimentos y víveres, aislamiento, paranoia y terror al desconocido son algunas de las imágenes que remiten a un imaginario compartido por todos y alimentado continuamente por el cine. Las plagas masivas, el apocalipsis y los muertos resucitados que eran difundidos a través de La Biblia calaron hondo, y cineastas de todo el mundo han aportado, en los últimos años, ideas e imágenes inolvidables al respecto. 


La realidad supera la ficción, y la mayoría de las veces lo hace en términos poco cinematográficos. Nada podría ser menos espectacular que un virus cuya tasa de mortalidad es de apenas un par de puntos porcentuales, que una inconmensurable cantidad de personas aisladas en su casa mirando televisión, o que hospitales atestados por hipocondríacos preocupados por picaduras de mosquitos. El cine ha sabido tomar miedos atávicos e inherentes al ser humano y magnificarlos, incomodando, perturbando o simplemente horrorizando a las audiencias, las que se han llevado a sus casas imágenes grabadas a fuego. La situación actual es una excusa para recomendar un buen puñado de películas; un recorrido a través de doce momentos icónicos que nos recuerdan lo hondo que suelen calar las imágenes apocalípticas del séptimo arte, y su capacidad de inquietarnos. 

REC (Jaume Bagaleró, Paco Plaza, 2007)


Una movilera del programa “Mientras usted duerme” entra, junto al camarógrafo y un equipo de bomberos, a un edificio de apartamentos de los suburbios de Barcelona, del cual recibieron una extraña llamada de auxilio. Poco demorarán en encontrarse con un brote zombie, y con que la policía local y el ejército sellaron todas las salidas del edificio, recluyendo a los protagonistas a una cuarentena forzosa, junto a los imbatibles muertos-vivos. Se trata de una película terrorífica, en la cual la ambición de la protagonista por el sensacionalismo mediático la termina conduciendo a un infierno inimaginable. 

Train to Busan (Yeon Sang-ho, 2016)


Es una de las mejores películas del subgénero de los últimos años, en la que una multitud de militares zombies comienza a atacar a la gente en una estación de tren. Un horror inusitado que tiene un gran peso simbólico para un país que atravesó una dictadura de casi treinta años. Tanto en esta película como en RECs, quienes supuestamente deben proteger al pueblo, acaban volviéndose contra él; los zombies, emisarios del brote viral cinematográfico y apocalíptico por excelencia, extienden la plaga con una voracidad implacable.  

It Follows (David Robert Mitchell, 2014)


Una película que resignificó el concepto del zombie, “no piensa, no siente, te sigue” adelanta desde su trailer. La idea de que un ser que puede estar en cualquier parte, y que comienza a caminar en la dirección de su víctima, avanzando lentamente pero sin nunca detenerse hasta llegar indefectiblemente hasta ella, es perturbadora como pocas. La maldición del “caminante” es contagiada por transmisión sexual, por lo que se vincula con el miedo a las enfermedades venéreas y al pecado de la lujuria. Pero no deja de ser interesante la idea de que no hay forma de ponerse a salvo, escondiéndose o recluyéndose, ya que, como un virus irrefrenable, la amenaza eventualmente te alcanzará de una forma u otra. 

La amenaza de Andrómeda (Robert Wise, 1971)


Un equipo de científicos, escrupulosamente vestidos con trajes aislantes y escafandras, investiga un extraño germen letal con alto poder de adaptación y mutación, que logra incluso escapar de su contención al aprender a degradar químicamente el caucho sintético y el plástico. La idea de que el microorganismo prospere y se convierta en una enorme colonia de gérmenes se convierte en una amenaza temible, que lleva a una paranoia constante al poner en riesgo a la totalidad de la raza humana.  Todo un clásico, y de los mayores exponentes del subgénero de “virus asesinos”. 

Ceguera (Fernando Meirelles, 2008)


Por misteriosas circunstancias, todas las personas comienzan a perder la vista, provocando el colapso inmediato de la sociedad. Los seres humanos pasan a ser invidentes, con la única excepción de la protagonista (Julianne Moore), quien conserva sus facultades. La película presenta una situación terrible por donde se la vea, con multitudes hambrientas en las calles que no pueden valerse por sí mismas y, entre todos ellos, la privilegiada protagonista que “abastece” a un reducido grupo de personas, elegido prácticamente al azar. Una escena crucial en un supermercado saqueado y prácticamente desmantelado por la multitud coloca a la protagonista en una situación desesperante, por la que intenta conseguir víveres caminando cerca de ellos, sin hacer ruido.  

The Road (John Hillcoat, 2009)


Esta brillante película explaya otro contexto crítico, en el cual el mundo ya ha perdido su vegetación, convirtiéndose en una tierra agreste, yerma y devastada, por lo que el protagonista (Viggo Mortensen) y su hijo deben ingeniárselas para sobrevivir a pandillas de caníbales que saquean, violan y matan a todos los que encuentran a su paso. Se trata de una gran metáfora sobre el individualismo y sobre ser fiel a ciertos principios (los protagonistas se niegan a comer carne humana), aún cuando todos optan por ir en la dirección opuesta. 

The Survivalist (Stephen Fingleton, 2015)


Igual de extrema en su nihilismo y en plantear un nuevo orden radicalmente individualista es este excelente aunque casi desconocido filme británico, en el que un hombre vive pertrechado y aislado en una granja, a resguardo de la amenaza de otros seres humanos, y siempre listo para dispararle a cualquiera que se asome a su territorio para saquear su huerta. Cuando dos mujeres, madre e hija, llegan a sus dominios, el mundo se le pone de revés: sabe que no puede confiar en ellas ni alimentarlas, pero ansía como pocas cosas el contacto con otros seres humanos. Si dos o tres días de aislamiento pueden llegar a ser dañinos para el hombre, aún más lo es un tiempo indefinido en un mundo deshabitado y hostil. 

Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007)


Mucho más light es el futuro aquí presentado, con un canchero protagonista (Will Smith) que se las ingenia para acribillar escrupulosamente a sus enemigos zombies y a sobrevivir junto a su perro en medio de una New York desierta. Lo mejor de la película es ese escenario urbano tomado por la naturaleza, con la vegetación creciendo entre el asfalto y los edificios. 

Wall-E (Andrew Stanton, 2008)


Una de las películas más bellas que nos ha obsequiado Pixar. Ya no quedan humanos en el mundo, y el único ser (¿vivo?) sobre la tierra es el robot del título, quien habiendo pasado 700 años limpiando los despojos de un mundo posapocalíptico cubierto de basura, subsiste gracias a la energía solar y quitándole piezas a los cadáveres de otros robots. Pero lo cierto es que más adelante veremos que todavía existen humanos, vagando sin rumbo a través del espacio. Una colonia de obesos que ha perdido su capacidad de caminar o trasladarse sin uso de la tecnología, que parecieran haberse atrofiado en muchos sentidos, incluyendo su capacidad crítica. La excelencia de la compañía de animación se hace presente en múltiples detalles, pero especialmente en la humanidad de los dos protagonistas, desbordantes de simpatía. 

12 monos (Terry Gilliam, 1995)


Otro título ineludible, quizá la visión futurista más demencial plasmada en pantalla. Un virus funesto eliminó a los seres humanos, obligándolos a refugiarse bajo tierra. En la superficie, los animales dominan, y un convicto peligroso (Bruce Willis) es uno de los encargados de conseguir muestras de la superficie, así como de embarcarse en un viaje al pasado, en el cual su cordura es puesta a prueba. Uno de los escenarios más logrados e impactantes es el celdario futurista subterráneo, en el que los reclusos son confinados en jaulas en las que a duras penas caben. 

Snowpiercer (Bong Joon-ho, 2013)


Otro prodigio de imaginación es el aquí plasmado: un tren viaja sin jamás detenerse a través de un mundo congelado e inhabitable. En la parte trasera malviven los trabajadores, desarrapados y sucios, mientras en los vagones delanteros se acomodan las inmaculadas clases altas. En este contexto, una rebelión se vuelve necesaria y urgente, y el protagonista (Chris Evans) se aboca a liderarla. Si bien la película subraya su metáfora sin disimulo alguno, se trata de una muestra más de la maestría en cuanto a ritmo y puesta en escena del oscarizado director surcoreano. 

La princesa Mononoke (Hayao Miyazaki, 1997)


Parece una intrusa en esta selección, pero no lo es: cabe recordar que en esta obra maestra los dioses del bosque son atacados por los excesos de la industrialización. La tala indiscriminada de árboles y los desechos de una población llevan a que, como reacción, ocurran sucesos alarmantes: extrañas y nuevas especies salvajes, estampidas de jabalíes gigantes, manchas oscuras que se expanden temiblemente. Es curioso cómo el cine viene señalando desde hace muchísimo tiempo de los peligros del extractivismo y sus consecuencias, de las nefastas repercusiones provocadas por la destrucción de ecosistemas y de contribuir a los desequilibrios naturales, con cosecuencias que suelen ser funestas para el ser humano. Poco hemos aprendido. 


Publicado en Brecha el 20/3/2020

lunes, 16 de marzo de 2020

Mujer en guerra (Woman at War, Benedikt Erlingsson, 2018)

El invencible Goliat



Podría hacerse una buena selección de películas enfocadas en el inmenso poder de las multinacionales, en cómo ellas han transformado (por no decir, destruido), el mundo en el último siglo y, por sobre todo, en la forma en que quienes las dirigen se encuentran a años luz de distancia (tanto física como ideológicamente) de los problemas mundanos y los intereses comunes. En esta hipotética selección no podrían faltar los documentales La corporación y American Factory, la película mexicana Un monstruo de mil cabezas, la portuguesa La fábrica de nada y la francesa En guerra. Siguiendo el buen nivel, también cabría agregar esta película a la lista. 
Dirigida por el islandés Benedikt Erlingsson, quien ya había filmado previamente la notable Historias de caballos y de hombres, se presenta una nueva historia de tipo David y Goliat, en la cual una mujer decide defender el carácter de reserva natural de su país, enfrentándose, de manera muy cinematográfica (sus armas son básicamente arco y flecha, un largo cable y una sierra circular), a las corporaciones que explotan las minas de aluminio en su país, y que contaminan tanto ríos, aires y suelos. En el preciso momento en que se encuentran a punto de expandirse mediante un tratado con China, esta aguerrida protagonista inicia sus atentados, poniendo en jaque a una de las principales ramas productivas del país. 
El sarcasmo y el humor crítico son atinados. Como nadie dudaría de una profesora de canto, de clase media, blanca y de poco más de cincuenta años, es un turista latino quien corre siempre con la mala suerte de andar papando moscas por ahí cerca y de ser arrestado como principal sospechoso. Las noticias hablan de la llegada del extremismo islámico y de obstáculos al “progreso”, mientras algún vecino teme por la restricción de sus libertades individuales, aún cuando los atentados no hacen daño a nadie, y sólo obstaculizan parcialmente el funcionamiento de las fábricas. Lo más interesante del planteo es que, conforme la mujer se convierte en una auténtica amenaza nacional –ella reivindica sus atentados bajo el seudónimo de “La mujer de la montaña”– Goliat redobla esfuerzos para apresarla, y así es que ella pasará a enfrentarse con drones, cámaras infrarrojas y hasta helicópteros que sobrevuelan la zona. 
El resultado es una película que oscila entre el thriller, el drama familiar, la aventura, la denuncia social y la comedia; de manera similar a lo que sucedía en Birdman, una banda de músicos y un trío de cantantes ucranianas se aparecen de a ratos tocando la música “incidental” en directo, aportando un toque casi surreal al relato. Así, la película recuerda a aquella otra y a varias de las más logradas y entretenidas de Emir Kusturica; como ellas, está lograda con inteligencia, y supone una experiencia diferente e íntegramente disfrutable.

Publicada en Brecha el 28/2/2020

viernes, 28 de febrero de 2020

23° Festival de Cine de Punta del Este


Pantallas incandescentes

El Festival de Punta del Este presentó esta semana una programación sobresaliente, con propuestas de países tan disímiles como Kazajistán, Rumania, Guatemala, Polonia y Canadá, y con directores de la talla de Porumboiu, Loach, Haynes, Ripstein, y Suleiman.  Conferencias, charlas, cortometrajes y una selección de cerca de cuarenta largos se sucedieron en salas de Maldonado y Punta del Este, celebrando, un año más, una fiesta de cine.


Este año, las propuestas más transgresoras provinieron de Chile. Previo a la presentación de la película El príncipe, la programadora Daniela Cardarello señaló a la concurrencia que la película a exhibirse sería especialmente fuerte. Acto seguido, el director Sebastián Muñoz dio su opinión sobre la importancia de exhibir cuerpos desnudos masculinos sin censuras ni prejuicios. Lo que vino a continuación estuvo a la altura de las advertencias: un drama carcelario en el que no faltan escenas violentas, violaciones, sexo abundante y un número incalculable de desnudos integrales. Lo llamativo del asunto es que, lejos del realismo, se presenta una cárcel en la que los reclusos cuentan con momentos de privacidad, en donde prácticamente todos son homosexuales, y en la que hasta tienen lugar un par de inesperadas escenas musicales, entre ellas un tango interpretado por el actor argentino Gastón Pauls. La película funciona bien como delirio y, de las programadas, seguramente fue la que más dividió las opiniones entre la audiencia.


Y qué decir de Ema, la grandiosa última película de Pablo Larraín. El director chileno ha sido irregular como pocos, logrando por un lado obras excelentes como Tony Manero y El club, y por otro, bodrios infumables como Jackie y Neruda. Lo cierto es que Larraín ha vuelto a encaminarse en la senda del bien, con una propuesta sumamente anárquica y entretenida. Se trata de un drama en torno a una muchacha que toma la difícil decisión de devolver un hijo tomado en adopción, luego de que él prendiera fuego su vivienda con graves consecuencias -la hermana de la protagonista queda deformada por las quemaduras-. A partir de entonces, se abre una brecha social entre quienes cuestionan y demonizan a la protagonista y quienes, a pesar de todo, optan por acompañarla y respaldarla en su decisión. Si bien la película trata el asunto con hondura psicológica y notable lucidez sociológica, lo más importante es la forma: Larraín logra un imponente y luminoso cuadro de una tribu urbana de Valparaíso, en el cual la protagonista participa en grupos de danza, catalizando sentimientos a través de coloridos clips musicales y embistiendo al espectador con su deslumbrante fuerza intrínseca. Como apropiándose del accionar de su ex hijo adoptivo, Ema incinera autos, semáforos, monumentos, en escenas que parecen proféticas de lo que luego sucedió en esa ciudad, pocos meses después del rodaje; la expresión de una juventud deseosa de romper con estructuras añejas y con una injusticia crónica, imperante en el país desde hace décadas.


Desde hace tiempo que el realizador rumano Corneliu Porumboiu destacaba con películas como Policía, adjetivo y Cae la noche en Bucarest. Hasta ahora, obras sumamente personales y autorales, pero nunca lo habíamos visto volcado al cine de géneros. Esta vez, con La gomera, se abocó a un sobresaliente film noir, en el que esa típica austeridad y decadencia intrínseca al cine rumano aportan un clima de tensión constante, así como una notable personalidad. Como en sus películas anteriores, Porumboiu introduce referencias sutiles a ciertos problemas políticos y sociales de Rumania; desde un grupo de policías totalmente sumergidos en la corrupción debido a sus escasos ingresos, hasta un muchacho arrestado y quizá procesado por posesión de marihuana, pasando por narcotraficantes latinos interesados en el país, el cual les ofrece tentadoras oportunidades para el lavado de dinero. El enfrentamiento propuesto entre los narcos y la empobrecida pero ambiciosa policía rumana supone una contienda de poderes especialmente desiguales, y la película dilata notablemente el conflicto, paralizando e inquietando intermitentemente a la audiencia.


El documental argentino Mala madre es prácticamente un ensayo cinematográfico en torno a la maternidad, pero más específicamente sobre el mandato social de ser madre, y sobre una labor doméstica raramente discutida, cuestionada o incluso verbalizada. Son puestos en foco los tabúes del puerperio y de la crianza más básica e inicial, en la que la madre –quien no necesariamente está preparada- queda usualmente en total soledad, junto a un bebé vulnerable que no habla pero le exige una dedicación constante. La directora Amparo Aguilar se aboca a un tema crucial sobre el cual ni siquiera el feminismo se ocupa con suficiente énfasis, y que a su vez es absolutamente determinante respecto a la renovación generacional y la dinámica futura de los grupos familiares. Fundamentalmente realizado con entrevistas a mujeres (rodadas con nítidos primeros planos en blanco y negro), animaciones rudimentarias y la voz en off de la realizadora, en algún momento el documental pierde el ritmo, e incluso baja un poco el interés durante las entrevistas a los propios hijos de la directora -lejos de la fluidez de su hermana menor, el varón, dubitativo, pareciera responder en función de lo que su madre espera de él-. Aún así, se trata de la película definitiva en torno a una temática que apenas si fue abordada por el cine.


Otro punto alto de la programación fue La inocencia, de la directora española Lucía Alemany, un coming on age sumamente particular, en el cual la protagonista adolescente se abre paso hacia la adultez al seno de una familia religiosa y patriarcal, en un pueblo pequeño y, de a ratos, asfixiante. Pero el cuadro esquiva notablemente los lugares comunes logrando un universo al mismo tiempo arduo y entrañable, con interpretaciones deslumbrantes. La actriz principal, Carmen Arrufat, podría perfectamente ser la mejor actriz de todas las películas presentadas en el festival, aunque ni ella ni la mayoría de los otros intérpretes que la circundan son actores profesionales.


Pero seguramente la mejor película de esta edición fue la adictiva Corpus Christi, dirigida por el polaco Jan Komasa, una auténtica revelación europea y quizá el cineasta que más dé que hablar en los próximos años. Nominada al oscar a mejor película internacional, Corpus Christi perdió contra Parásitos, a pesar de ser muy superior a ella. La película propone el acercamiento a un joven problemático, un muchacho de unos veinte años detenido en un terrorífico reformatorio, en el cual  él y sus compañeros se ven sometidos en igual cantidad a sermones y a terribles golpizas. Debido a un prontuario en el que probablemente no escasean las drogas y la violencia, el protagonista se ve incapacitado de estudiar para ser religioso, pero el destino le impone una oportunidad única: la de hacerse pasar por sacerdote en un pequeño pueblo. A partir de aquí, se propone una situación crecientemente incómoda, en el que el impostor pasará a recibir confesión y a aconsejar a los fieles, a pesar de ser él mismo un antisocial quizá incorregible. Las derivaciones a las que lleva esta situación son, como en toda gran película, completamente inesperadas. Una obra brutal, profunda y con diferentes capas de interpretación, además de una experiencia cinematográfica irrepetible.


En los últimos años los asistentes del Festival nos hemos sorprendido con la calidad de los trabajos exhibidos en la muestra de “Maldonado Filma”, una selección de cortos realizados por jóvenes cineastas del departamento y seleccionados por el Fondo de Incentivo Audiovisual. Entre una notable selección, este año sobresalieron en particular tres de las propuestas: el documental Entropía, de Gabriel Lema, enfocado en la figura del artista plástico Miguel Ángel Battegazzore, un planteo clásico, con entrevistas a personajes allegados y especialistas, así como al mismo artista, pero en el cual se destaca el cuidado estético, con una música funcional, movimientos de cámara armónicos y una esmerada fotografía. Por su parte, En busca del obsesor es el último corto de Lucía Nieto Salazar, quien había logrado previamente otros notables como Negra y Betty. Esta vez, se trata de un falso documental en el que la cineasta sigue los rastros de “el obsesor”, un espíritu siniestro y fétido que acompaña a las personas, induciéndolos a acciones y pensamientos obsesivos y autodestructivos. Lejos de ser una simple historia de terror, se trata de un cine sugerente, incómodo y cuestionador. Por último, Abel Alfonso, poeta de la Capuera es un sentido y bello homenaje al poeta del título, en la que él mismo relata a cámaras una niñez con muchas carencias, ciertas vivencias y hasta alguna enseñanza. El documental compagina notablemente títulos en pantalla, animación y registro fílmico de la vida en la localidad de La Capuera, con la entrañable presencia de Alfonso durante sus últimos tramos de vida. La directora Claudia Beltrán es fotógrafa de profesión, y es algo que puede advertirse en cada fotograma. 


Publicado en Brecha el 28/2

martes, 25 de febrero de 2020

Premios Oscars 2020

El ocaso de Hollywood


Al final de una ceremonia bastante anodina, en la que ninguna de las premiaciones escapó mucho a lo esperable, ocurrió algo que conmocionó a todos. La película surcoreana Parásitos, de Bong Joon-ho, se llevó el premio a mejor película, algo que escapaba a los pronósticos, más inclinados a que ganaran 1917, Guasón o Había una vez en Hollywood. El logro no sólo es histórico (es la primera vez que una película de habla no inglesa gana el máximo galardón de la noche) sino que es un golpe terrible para la industria hollywoodense, siempre acostumbrada a ser la única ganadora en un juego de reglas autogeneradas y diseñadas para sí misma. La ceremonia de los óscar siempre fue una celebración de la misma industria, prácticamente cerrada y sellada al cine producido en cualquier sitio del mundo que no sea Estados Unidos.
El mérito de Bong Joon-ho no es nada menor. Así como los personajes de Parásitos “burlan” el sistema y logran infiltrarse en la lujosa vivienda de una familia acaudalada, de la misma forma él encontró la fórmula cinematográfica para “infiltrarse” en la academia, seducir a los mismos integrantes de la misma y ganarle a la mismísima industria como visitante, sin siquiera tener que hacer a sus personajes hablar en inglés (al parecer, ni él mismo se molestó en aprender el idioma). Cómo fue que ocurrió el milagro es algo digno de análisis, y de lo cual vale la pena especular.
Que Parásitos haya ganado también en las categorías de guion original, película internacional, y mejor director, estaba dentro del margen de lo esperable. El año pasado Cuarón se llevaba también el oscar a mejor director y, sin ir más lejos, en esta década se hicieron con el mismo Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu (dos veces), Ang Lee, Michel Hazanavicius y Tom Hooper, por lo que el galardón ya parecería específicamente reservado para los extranjeros, pero ¿cómo fue posible que una mayoría de estadounidenses se volcaran a votar, como mejor película del año, a un filme surcoreano?


Quizá podamos explicar lo sucedido con dos puntos. En primer lugar, desde hace mucho tiempo no veíamos una tan sólida lista de nominadas a mejor película. Al no haber una clara superioridad de ninguna de ellas, es probable que el espectro de votantes se haya volcado parejamente hacia unas u otras, volviendo la contienda aún más peleada e interesante. Había grandes fanáticos de Joker, de 1917, de Había una vez en Hollywood, de Jojo Rabbit y de El irlandés, pero Parásitos, a diferencia de todas ellas, es una película que genera adhesiones más tibias en todos los espectros. Así, es probable que algunos veteranos hayan votado El irlandés como su número uno, pero a Parásitos como su número dos, y de la misma manera, quizá algunos votantes jóvenes hayan optado por votar en primer lugar a Jojo Rabbit y en segundo a Parásitos. En la sumatoria de muchos números dos más algunos número uno, la matemática puede haber jugado a favor de esta película. Muchas veces no es la favorita, sino el denominador común quien termina ganando la contienda.
En segundo lugar, en los últimos años hubo una gran renovación de los integrantes de la academia. En parte gracias a las presiones de ciertos colectivos (de mujeres, de negros) que denunciaron estridentemente su falta de representatividad, la academia se volcó presurosamente a un importante recambio, buscando que ingresaran especialmente integrantes de los colectivos históricamente discriminados. Hoy, luego de los nuevos ingresos, el número de votantes de la academia asciende a más de ocho mil, una cifra récord. Y el recambio ha dado un aire de frescura mayor a la ceremonia: los nominados a mejor película han sido, este año, mucho más sólidos que en otras ocasiones.


Como sea, es una sorpresa espectacular: Parásitos es una película que habla del capitalismo, de las brechas sociales, de la fobia a los pobres, de la imposibilidad de ascenso social, pero además es un óscar merecido para el cine de un país que viene obsequiando en las últimas décadas películas descollantes; se trata solamente de la punta de un iceberg cinematográfico que supera a Hollywood en casi todo nivel: cine de autor, cine histórico, drama, comedia, terror, aventuras, fantasía. Sólo hace falta asomarse a títulos como Burning, Train to Busan, A Taxi Driver, Monstrum, On the Beach at Night Alone, The Outlaws, The Handmaiden, Default, Midnight Runners y Hotel by the River para comprobarlo, por nombrar sólo títulos de los últimos cinco años. Corresponde señalar que la industria de Corea del Sur es hoy el quinto mercado cinematográfico del mundo, y se ha construido gracias a un sólido apoyo del Estado a su cine desde hace décadas, con cuotas de pantalla, importantes estímulos a los jóvenes cineastas y leyes de incentivo a la producción local.
Volviendo a la ceremonia, nada de lo visto a lo largo de la noche escapó a lo predecible. Prácticamente todos los demás ganadores habían arrasado con otros premios previamente, por lo que no era difícil seguir el historial reciente de cada uno para llegar a la conclusión más lógica. Este cronista hubiese deseado un óscar para Joe Pesci o para Leonardo Di Caprio –por sus impresionantes interpretaciones en El irlandés y Había una vez en Hollywood–, e incluso otro para la que es en realidad la mejor película de todas las competencias, Honeyland, de Macedonia del Norte, que también había logrado una nominación histórica (fue la primera en ser nominada a mejor documental y a mejor película internacional simultáneamente).
En cuanto a la ceremonia en sí, es de agradecer que se haya disminuido su largo de duración, frente a las cuatro horas y 23 minutos que duró en 2002, hoy pasó a durar tres horas y 32 minutos, ahorrándonos a los espectadores muchísimas introducciones innecesarias, chistes y largas presentaciones de cada una de las películas nominadas. Se vio una entrega de premios más dinámica, e incluso mucho más aggiornada que en años anteriores, con interpretaciones de Billie Eilish y Eminem y un humor más acertado. La presentación de Kristen Wiig y Maya Rudolph fue de las mejor preparadas en muchos años, y de lejos los minutos más graciosos de la noche. Un momento sumamente emotivo se dio cuando Bong Joon-ho rememoró sus años de estudiante y citó una frase que lo marcó: “Lo más personal es lo más creativo”. Luego señaló la autoría de la frase, señalando a Martin Scorsese, quien también estaba nominado. La totalidad del auditorio, que se acababa de sentar luego de que Bong recibiera el premio, volvió a pararse para ovacionar al maestro. Un buen premio consuelo, ya que El irlandés no se llevó ningún galardón. Luego, Bong Joon-ho se dirigió a otros de sus maestros, Quentin Tarantino, y le agradeció el hecho de que, cuando nadie en Estados Unidos sabía quién era, él siempre incluyera a Bong en la lista de sus directores favoritos.


Los discursos políticos fueron sumamente tibios, aunque es realmente curioso que se haya colado una cita al Manifiesto comunista de Marx y Engels: “Trabajadores del mundo, uníos”, dijo al final de su discurso la documentalista Julia Reichert, luego de obtener el óscar por su brillante documental American Factory (disponible para ver en Netflix). Cuando recibió su premio por mejor actor secundario, Brad Pitt señaló que le dieron 45 segundos para agradecer, pero que eso fue más tiempo del que le ofrecieron al exasesor de seguridad nacional, John Bolton, esa misma semana. El actor se refería al bloqueo del Senado al testimonio de Bolton, durante el impeachment a Donald Trump. Finalmente, el discurso más confuso en este sentido fue el de Joaquin Phoenix, quien se manifestó en contra de la injusticia en todas sus formas, olvidando que hubiese sido mucho más efectivo y contundente si se hubiese focalizado en un solo tema. Es en momentos como este que se echa en falta a Michael Moore.
Por fortuna, no hubo en la noche grandes injusticias o premios indignantes. Bueno, quizá sí, pero más bien pocos. La ganadora Hair Love probablemente haya sido la peor de las nominadas a mejor cortometraje animado, compitiendo con Kitbull, una notable producción de Pixar, y varios otros sobresalientes cortos de diversas partes del mundo. Aquí probablemente haya pesado la corrección política, ya que Hair Love es un cortometraje dirigido y producido por negros, que cuenta la historia de una niña y su familia, con el flagelo del cáncer incluido. Otro de los oscars más discutibles fue a la canción “(I’m Gonna) Love Me Again” de Elton John; el cantante y compositor británico podría merecerse muchos óscars, pero no justamente por ese tema, quizá el peor en competencia. Aquí puede haber otra explicación: Elton John organiza todos los años una gran fiesta luego de la ceremonia, a la cual invita a los participantes y a todo tipo de celebridades. No es una mala idea para ganarse la simpatía y los votos de unos cuantos.


Publicada en Brecha el 14/2/2020

viernes, 14 de febrero de 2020

1917 (Sam Mendes, 2019)

Maten al mensajero


Por lo general la Primera Guerra Mundial se encuentra opacada por la Segunda a nivel cinematográfico. Las razones son varias: en primer lugar, como en la Primera participaron los Estados Unidos pero en menor medida, no se dan las pautas para que Hollywood desarrolle grandes despliegues cinematográficos heroicos y complacientes. En segundo lugar, no existían aún los nazis, quienes se han convertido hoy en el enemigo más demonizable y común a todos. Es entonces particularmente extraño encontrarse con una película de este porte, con el foco en la contienda desde las trincheras, como también fueron las excepcionales La patrulla infernal (1957), de Stanley Kubrick, y Caballo de Guerra (2011) de Steven Spielberg. 
La idea de filmar el metraje íntegro de una película dando la ilusión de que se trata de un único plano secuencia ininterrumpido no es para nada novedosa, y últimamente este tipo de producciones han proliferado, con resultados desiguales. El rescurso ya lo inauguraba Hitchcock en La soga, pero últimamente lo utilizaron otros directores como Alejandro González Iñarritú (en Birdman), Sebastián Shipper (en Victoria), Erik Poppe (en Utoya, 22 de julio), y hasta el uruguayo Gustavo Hernández (en La casa muda). Aquí, el efecto es alucinante: como si se tratase de un videojuego de mundo abierto, o uno bélico especialmente detallista como las diferentes entregas de Call of Duty, los planos secuencia recrean notablemente un episodio de la Primera Guerra Mundial, al norte de Francia. Extensas trincheras, viviendas y edificios semiderruidos (y semihabitados), un gran cráter repleto de lodo y cadáveres, un refugio subterráneo plagado de ratas fueron construidos especialmente, con atajos y paredes demontables para que la cámara pudiese trasladarse. La minuciosidad general aporta realismo al cuadro y convierte el visionado en una experiencia inmersiva y sensorial, al punto de que pequeños detalles como el sabor de la leche, las nubes de moscas formadas sobre los caballos muertos, el barro resbaladizo, el contacto con las pútridas entrañas de un cadáver, el denso polvo luego de una explosión se tornan vívidos; el director británico Sam Mendes (Belleza Americana, Revolutionary Road) logró la increíble proeza de recrear un momento histórico determinado con una inmediatez y un respeto por el detalle sobresalientes. Tanto el trabajo de fotografía de los veteranos Roger Deakins como el diseño de producción de Dennis Gassner se llevan las palmas como nunca antes, propiciando la singular sensación de que el espectador está participando de la misión encomendada a los protagonistas. El tono oscila notablemente desde la oscuridad más inquietante propia de una película de terror, a la tensión de los ejercicios bélicos más intensos, con momentos de calma distensión y de una envolvente belleza compositiva. 
La historia está basada en las anécdotas del abuelo del director, quien a los 16 años participó en la guerra, muchas veces llevando mensajes a través de “tierra de nadie”. Como medía poco más de un metro sesenta de altura, tenía la ventaja de esconderse con facilidad e incluso de pasar desapercibido, bajo la niebla, a los aviones enemigos que surcaban la zona. A nivel argumental, 1917 plantea una historia bastante pequeña y sin demasiada profundidad, pero esto quizá sea todo un mérito cuando este tipo de producciones rebosan de pretendida importancia y solemnidad. Las extenuantes peripecias de un individuo anónimo en una misión casi suicida pero crucial para salvar 1600 vidas permanece oculta en un universo en el que cada individuo realizaba a diario periplos imposibles por sobrevivir, bajo un estrés continuo, viendo morir compañeros, esquivando balas y sepultados en el barro, comiendo mal y con severas dificultades para conciliar el sueño. 

*Publicado en Brecha el 7/2/2020

Nominados al óscar a mejor documental

Ventanas al mundo


Lejos de las alfombras rojas, los vestidos, los trajes y las celebridades, una de las categorías más valiosas de la ceremonia de los premios óscar es la de mejor largometraje documental. En esta ocasión, los cinco nominados sobresalen por dar a conocer realidades diferentes y en varios casos urgentes, en las que profundizan con sensibilidad y altura. 

No es casualidad que dos de los cinco documentales nominados, Al filo de la democracia y American Factory, sean distribuidos por Netflix. En los últimos años la plataforma se aboca especialmente a apoyar proyectos independientes de diversas partes del mundo; entre ellos, las series y los largometrajes documentales no son excepciones. Si bien ninguna de ambas películas fue producida directamente por Netflix, el hecho de que sean distribuidas a través de la plataforma les da una posibilidad de difusión difícilmente superable. 
El sólo hecho de la nominación ya es un triunfo incomparable, además de que provee una inmensa ventana de difusión; por más que a la amplia mayoría de los espectadores de la ceremonia no estén interesados en la categoría, el hecho de figurar entre las nominadas es, para los documentalistas, una forma de captar público y acceder a nuevas audiencias, además de obtener mejores contratos a futuro. 
Brasil presente. Gracias a tal visibilidad, buena parte del Brasil progresista está de parabienes con la nominación de Al filo de la democracia. El documental de Petra Costa figura también en la lista de las diez mejores películas del año según The New York Times, y toda esta gran recepción en el exterior, además de los dichos de Costa en entrevistas, llevaron a que la secretaría de comunicación del gobierno de Bolsonaro acusara a la directora de “difamar al país”. 



La película propone un interesante recorrido a través de la democracia brasilera, en el cual la documentalista no oculta su afinidad por los gobiernos progresistas de Luiz Inácio Lula Da Silva y Dilma Rousseff, describiéndolos desde una perspectiva amigable pero asimismo crítica. En su recorrido histórico sobresalen varios puntos de interés, entre los que se esboza un notable desmentido de la validez del impeachment que llevó a la destitución de la presidenta Rousseff, y un firme cuestionamiento al juicio a Lula que derivó en su encarcelamiento. Los mejores momentos están en los tramos de mayor cercanía a ambos políticos, en los cuales se registra su desconcierto e indignación durante los ataques. Sobre el final, un desenlace algo sensiblero y casi propagandístico baja en algún peldaño el nivel general de una película que, hasta entonces, demostraba ser sólida y sumamente instructiva. 

Las mejores. American Factory, de Steven Bognar y Julia Reichert es la primera película producida por la compañía de Barack Obama y Michelle Obama, Higher Ground Productions. El abordaje, respetuoso y sutil, propone un acercamiento a los pormenores ocurridos al interior de la fábrica Fuyao Glass, abocada a la producción de vidrios de automóviles, en la ciudad de Dayton, Ohio. En las antiguas instalaciones de la General Motors, que cerró sus puertas unos años antes, esta nueva planta de producción se funda gracias a la inversión de un multimillonario chino, fomentando una ola de optimismo entre los locales y los trabajadores, quienes sienten la iniciativa como una gran oportunidad. Lo que comienza a darse paultinamente es un gran choque cultural y laboral entre chinos y estadounidenses, y una creciente indignación en ambas partes. Durante dos años, los documentalistas se integran al trabajo al interior de la fábrica, participando incluso en discusiones empresariales y reuniones sindicales, y volviendo a la audiencia partícipe de un creciente conflicto entre capataces y trabajadores. Lo más interesante se da en esta curiosa situación por la cual todos los entrevistados creen tener la razón; aún los más fervorosos antisindicalistas dan sus opiniones sin reparos y sintiendo que no tienen nada que ocultar frente a cámaras. 
El documental da un vuelco increíble cuando las cámaras visitan una fábrica similar en China, en la cual se exhibe un demencial régimen de productividad y obediencia incuestionable. American Factory es un registro del cambio radical de paradigmas en las matrices productivas mundiales, y sus efectos sobre los trabajadores. 


Nunca antes una película de Macedonia del Norte había entrado en la categoría de mejor documental, pero es probable que además ningún miembro votante de la academia haya visto anteriormente una película proveniente de este país. La brillante Honeyland es el resultado de un trabajo de tres años de rodaje en un entorno rural, y de la cálida aproximación a una mujer apicultora, que extrae la miel sin guantes ni redes y con un cuidado y un respeto ancestral por las abejas. Originalmente, los directores Tamara Kotevska y Ljubomir Stefanov pensaron en hacer un documental sobre el medio ambiente, centrándose en métodos artesanales casi extintos en Europa, pero repentinamente su registro tomó otros rumbos. 
En determinado momento, una familia con siete niños y 150 vacas instala su vivienda en el terreno contiguo, y de a poco empiezan a acercarse a la mujer, quien parecería encantada de comenzar a socializar con vecinos. Pero más adelante comienzan los problemas, a partir de que el padre de familia comienza a aprender el oficio y se aboca a iniciar su propia producción de miel, pero a mayor escala. Y la forma de producción del vecino se encuentra en las antípodas de la de la protagonista; lejos de los cuidados necesarios, se desempeña en la actividad con una ambición inusitada. 
Más allá de la anécdota puntual, el relato construido funciona como una notable parábola sobre la producción irreflexiva, sobre el individualismo y la voracidad extractivista. Se presenta un micromundo que es fiel reflejo de un mundo neoliberal carente de normas y en el cual el afán de lucro crece en proporción inversa al cuidado del prójimo. 

Siria (por dos). La situación en Siria y más concretamente, los bombardeos sobre las ciudades de Alepo y Damasco han sido una temática que tiene su lugar desde hace ya varios años entre las nominaciones a mejor documental. Hace un par de años competía la notable Last Men in Aleppo, centrada en los rescatistas voluntarios que salvan a personas de entre los escombros, y el año pasado Of Fathers and Sons, un inquietante acercamiento a varios niños adoctrinados en el yihadismo, cerca de las zonas bombardeadas. Este año, no es una sino dos las películas nominadas que ubican su acción en el epicentro de la tragedia, y cuyos respectivos cineastas arriesgaron sus vidas al filmarlas. 
Aquí corresponde hacer una advertencia: los dos documentales son terribles, y de muy difícil digestión. En ambos observamos las consecuencias de los bombardeos: niños asesinados o mutilados, familias escindidas, y un cuadro asfixiante en el que la sobreabundancia de muertos y heridos que son trasladados desde los escombros hasta los hospitales, la falta de víveres y de insumos básicos, convierten al contexto en un universo tan terrorífico como traumático para los implicados. For Sama es la más explícita: charcos de sangre, muertes, operaciones de urgencia son enfocadas sin reparos. En ella la protagonista, una periodista siria, explica a su hija pequeña (la Sama del título) la decisión de sus padres de permanecer en la ciudad de Alepo resistiendo, pese al riesgo de vida constante. Lo más interesante de este documental es la singular perspectiva, según la cual quedarse se convierte en una forma de rebelión, un intento obstinado de salvar vidas, de denunciar al mundo una situación injustificable, y de conservar cierta dignidad frente al asedio. 


The Cave, en cambio, podría haber sido igual o más cruda, pero sin embargo cae mucho menos en escenas sangrientas propias de las crónicas rojas. El cineasta sirio Feras Fayyad da a conocer la red de túneles subterráneos creada en la zona de Guta, al este de Damasco. Como consecuencia de los bombardeos, la población civil construyó refugios para mantenerse a salvo, entre ellos “La cueva”. Como los bombardeos no discriminan hospitales o escuelas, este hospital fue instalado bajo tierra, y se utiliza para recibir y tratar a los civiles heridos de la ciudad. La protagonista, una pediatra abocada al trato cordial con sus pacientes, debe trabajar en condiciones insalubres y sin insumos, lidiando incluso con el machismo de algún paciente retrógrado. Una escena en la que varios de sus colegas festejan su cumpleaños, sin otro “manjar” para compartir que palomitas de maíz, es una entre tantas que ejemplifican el descomunal esfuerzo solidario por parte de ciertos sectores de la población, en situaciones de necesidad extrema. 

Publicado en Brecha el 7/2/2020

viernes, 7 de febrero de 2020

No me importa si pasamos a la historia como bárbaros (I Do Not Care If We Go Down in History as Barbarians, Radu Jude, 2018)

Negacionismo y posverdad 


Durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo lugar en Rumania un golpe de estado por parte del dictador Ion Antonescu, quien se alió con la Alemania nazi durante el período 1941-1943. A partir de 1943, las tropas soviéticas invadieron el país, derrotaron a Antonescu en 1944, y Rumania entraría en la esfera de la influencia de la URSS, pasando a contribuir con los Aliados. Esa doble y antagónica participación en la guerra, incluso al día de hoy parece generar, tanto entre el oficialismo como en la misma población, una suerte de esquizofrenia colectiva: se exalta la heroicidad de los últimos meses de la guerra, así como son sepultados y silenciados esos primeros años vergonzosos. 
Pero lo cierto es que esa participación existió, y que Ion Antonescu, muy consistente con la ideología del eje, llevó a cabo un holocausto en su territorio, con víctimas que, entre judíos, comunistas y gitanos, ascendieron a 380 mil. Rumania fue el país, después de Alemania, que asesinó más judíos en Europa, e incluso algunos historiadores señalaron que estas brutales masacres a gran escala en el frente oriental fueron precursoras de las que llevarían adelante los nazis. A pesar de los intentos de inculpar a los alemanes, se ha comprobado que los oficiales rumanos actuaron voluntariamente y por iniciativa propia en dichas masacres. 
La protagonista aquí es Mariana Marin, directora teatral a quien le es designado un espectáculo público relativo a la historia rumana. Pero en lugar de elegir un hecho patriótico y complaciente, decide recrear la masacre de Odesa, en la cual fueron fusilados, ahorcados y quemados vivos decenas de miles de civiles. Para tal propósito realiza una investigación histórica meticulosa, e inicia los preparativos en torno al Museo Militar de Bucarest, donde obtiene uniformes y fusiles de época, así como un compendio de sonidos de armas y explosiones. Los problemas surgen luego, cuando le toca lidiar con las divergencias ideológicas de algunos de sus actores y con la aparición de un simpático inspector, empecinado en mantener los hechos más truculentos por fuera de la representación. 
El título de esta película fue proferido durante un infame discurso de Antonescu en el consejo de ministros, en verano de 1941, dando inicio a la “limpieza étnica”. Pero también podría leerse de otra manera: la posición de la artista, y también la del propio director-guionista Radu Jude, parecería ser justamente esa. En oposición al discurso oficial y a lo que la gente quiera escuchar, es necesario dar a conocer y asumir estos períodos oscuros de nuestra historia. Más allá de los acontecimientos a los que hace referencia, se trata de una excelente exposición acerca de las dificultades de hacer cine (o cualquier representación artística) de corte histórico, cuando aún hay intereses, orgullos personales y sensibilidades políticas antagónicas en juego. 
La película fue filmada en 16 mm, pero las escenas finales en las que tiene lugar el espectáculo fueron rodadas con equipos de TV estándar. El cambio de formato refuerza la idea de que aquello que se representa en pantalla es una performance verdadera, que tuvo lugar frente al Palacio Real de Bucarest, con una respuesta del público idéntica a la representada. Con una clara influencia del cine de Jean-Luc Godard y de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, Radu Jude expone una suerte de ensayo multirreferencial, con diálogos filosóficos cargados de citas y nombres de autores, y en el que los fascismos del pasado y del presente se confrontan y contrastan, con temibles resultados.

*Publicado en Brecha el 31/1/2020

viernes, 31 de enero de 2020

Parásitos (Parasite, Bong Joon-ho, 2018)

Las clases sociales en la mira 


Esta película obtuvo seis nominaciones a los óscar, pero no justamente en categorías menores: mejor película, mejor película extranjera, mejor dirección, mejor guion original, mejor montaje, mejor dirección artística. Cartón prácticamente lleno en los rubros clave de la creación cinematográfica. El hecho de competir como visitante es, además, especialmente meritorio, considerando que, con suerte, una sola película extranjera (léase, de cualquier parte del mundo exceptuando Estados Unidos) logra semejante privilegio cada año. 2019 fue el año de Roma, ahora le tocó el turno a Parásitos

Inspirada levemente en experiencias personales del mismo director-guionista Bong Joon-ho –cuando estudiante obtuvo un trabajo como tutor de un niño, en una lujosa mansión–, la trama se centra en una familia humilde, cuyos miembros se desempeñan en trabajos temporales y mal remunerados. Cuando se les presenta una oportuna ocasión, comienzan a urdir estratagemas para comenzar a trabajar en la casa de una familia acaudalada. Así, se las ingenian para presentarse sutilmente como los indicados para satisfacer necesidades específicas, en ocasiones boicoteando a algunos de los trabajadores que allí trabajan. Su integración “parasitaria” comienza a ser creciente y así, de malvivir en un sótano que se inunda cuando llueve, pasan a “convivir” junto a una sofisticada familia burguesa. 

A pesar de que los invasores utilizan medios poco éticos para sus objetivos, es inevitable tomar partido por ellos, ya que, en contraste, parecen más merecedores de un desenlace positivo. Los dos mundos entran en conflicto, y por oposición, se despliega una notable radiografía social, en la que los resentimientos, las fobias, los estigmas, las ambiciones y demás sentimientos suscitados por las desigualdades son notablemente explorados. Asimismo, al igual que en brillantes películas como El sirviente, La nana, Los dueños o Gente de bien, esa transgresión por la cual los trabajadores atraviesan los difusos umbrales de lo permitido (quizá sentarse en el sillón del patrón pueda ser interpretado como una falta terrible) es notablemente explotada, generando grandes momentos de incomodidad, pero asimismo llamando a una reflexión al respecto. En el mundo capitalista actual, es sumamente improbable que dos familias de este porte se crucen en un mismo espacio físico, a no ser que los unos trabajen para los otros, o que, de algún modo, las clases medias empobrecidas encuentren la forma de burlar o “hackear” el sistema: de la misma manera en que la familia humilde se las ingenia para robar señal de wifi, se ve cómo sólo con argucias pueden acceder a sitios totalmente vedados. El ascenso social parece imposible, y la creciente agudización de la brecha social genera la existencia de rígidas “castas”, y un creciente desprecio hacia los estratos inferiores. 


La palabra “parásito” tiene una interesante acepción: refiere justamente a una “persona que vive a costa de otra persona o de la sociedad”. De a poco, la película exhibe sutilmente que, lejos de lo evidente, los parásitos referidos en el título podrían no ser necesariamente los invasores, sino los mismos integrantes de la familia rica. En la obra de Bong siempre estuvieron presentes los temas económicos y sociales, pero el director nunca antes se había detenido con tanto acierto y sentido del humor en las abismales diferencias que se viven en el mundo y en particular su país, Corea del Sur. Los imperios empresariales o “chaebol” dominan la economía de la península desde hace décadas, y varios cineastas (como Lee Chang-dong, en su insuperable Burning) han reflejado recientemente en su cine la presencia de nuevos, excéntricos y poderosos millonarios, proclives a las excentricidades y al consumo de artículos de lujo.

Publicado en Brecha el 24/1/2020

Las películas de Bong Joon-ho

Y pisa fuerte 

Parásitos ha llegado tan lejos como ninguna otra película surcoreana. Como si la palma de oro, máximo galardón del festival de Cannes, no hubiese sido suficiente, el 13 de enero fue nominada también a seis óscars. El gran reconocimiento es merecido: su director, Bong Joon-ho, es uno de los grandes cineastas del siglo XXI, un realizador que desde hace veinte años viene generando un cine novedoso, incómodo, y sorprendentemente divertido. 


Si bien para muchos el director asiático puede parecer un recién llegado, lo cierto es que es una auténtica celebridad desde hace bastante tiempo. Memories of Murder (2003), su verdadera obra maestra, ya en su momento fue un gran suceso popular en su país, y atravesó medio mundo en un estimable circuito de festivales, arrasando con docenas de premios, además de ser aclamada por la crítica internacional y de convertirse inmediatamente en una obra de culto. Luego, The Host (2006), su siguiente largometraje fue, a la fecha de su estreno, la película surcoreana más taquillera de todos los tiempos. Desde entonces, sus películas son estrenadas en los más prestigiosos festivales del mundo (Cannes, Berlin, etc); The Host, Snowpiercer y Parásitos, fueron taquillazos que superaron los 10 millones de espectadores cada una. 

Como Quentin Tarantino, Bong Joon-ho es uno de los pocos directores que logran ganarse tanto la aprobación de la crítica como del público. Esto seguramente se deba a que supo amalgamar el más popular cine de géneros con temáticas profundas, y que logró que en sus relatos se entrecrucen notablemente la comedia con el thriller, el humor más físico con una incomodidad dramática típica del cine surcoreano. Varias de sus películas se inscriben en el terreno de la fantasía, pero alcanzando puntas melodramáticas inesperadas: por más que esté contando historias de monstruos, de cerdos gigantes, o de un tren que da vueltas alrededor del mundo en una tierra helada y posapocalíptica, como espectadores nos vemos en la necesidad de tomarlas en serio. Bong sabe vender la idea de universo cerrado y coherente, de realismo, de verosimilitud, y los artificios en este sentido están tan finamente integrados que la suspensión de la incredulidad se vuelve total: con historias atractivas, ritmos trepidantes y personajes sumamente sólidos, sus películas llevan, como pocas otras, a una adhesión sistemática. 


En su primer largometraje, Barking Dogs Never Bite (2000), Bong ya exhibía varios de sus rasgos autorales: una notable dirección de actores (aquí trabajaba por primera vez con la brillante Doona Bae), un humor negro muy efectivo, y la oscilación constante entre el drama y la comedia. La acción transcurría en torno a un edificio de apartamentos poblado de excéntricos personajes. Quizá lo más sorprendente es que, tratándose de un debut, Bong haya contrabandeado gags desopilantes en escenas de sobria tensión, algo que sólo un gran conocedor del lenguaje audiovisual podría hacer sin caer en el ridículo. La trama se centra en un profesor desempleado que está harto de los ladridos de los perros vecinos, y que se decide a secuestrarlos, con consecuencias inusitadas. Una película ideal para horrorizar a los amantes de los animales, aunque en los créditos se aclare que ninguno de ellos fue lastimado durante el rodaje. A pesar de ser sólida y sumamente entretenida, probablemente Barking Dogs… sea la menor de su filmografía, y el director ha señalado que, en aquella ocasión, tuvo que renunciar al corte final y ceder a las presiones de los productores, una mala experiencia que, por fortuna, no se ha vuelto a repetir. 


Memories of Murder comienza como un policial negro cualquiera: una serie de crímenes truculentos tienen lugar en un pueblo rural y un par de detectives se abocan al caso. Pero en seguida comienzan las singularidades y se impone una ambientación político-social: la acción tiene lugar en 1986, aún plena dictadura militar, y entre los métodos de “investigación” se encuentran los interrogatorios con tortura, o el “plantar” pruebas en las escenas del crimen. Cuando un detective enviado expresamente de Seúl se incorpora para resolver al caso, se encuentra con que todo lo que se pudo haber hecho mal, se hizo mal, e intenta dar con el asesino con rigor y métodos civilizados. Aquí Bong traicionaba todas las expectativas de género (siguen spoilers), ya que la ausencia de pistas, la desesperación por alcanzar una resolución y el empecinamiento en dar con un responsable lleva a que los detectives acaben “inventando” respuestas que encajan con los resultados que precisan; y por más que se esfuerzan, el homicida nunca es descubierto. En ese proceso, lo que acaba siendo central es el creciente camino hacia la corrupción, y la transformación del protagonista en un personaje sumamente cuestionable. 


Para The Host, Bong contó con un brillante equipo de animadores y expertos en diseño, animatronics y CGI, logrando uno de los monstruos gigantes más impresionantes (y desagradables) que se hayan podido ver en el cine. Los toros de las corridas en España fueron la inspiración principal para crear los movimientos de un engendro desbocado que arrasa con la ciudad de Seúl. Producto de que una división militar arrojase desechos tóxicos y mutágenos al río Han (siguen spoilers), este monstruo puede ser leído como una gran metáfora del terrorismo, creado y retroalimentado por el mismo gobierno que, para combatirlo, implementa medidas que empeoran la situación. Como para romper con todas las expectativas del público, la niña protagonista acaba falleciendo, en un desenlace inusual como pocos. 


Su siguiente película, Mother (2009) también comienza como un thriller tradicional. Hay también un asesinato, y el hijo de la protagonista, un muchacho con cierto retraso mental, es injustamente acusado. Su madre dará vuelta cielo y tierra para probar la inocencia de su hijo; lo sorprendente aquí (siguen spoilers) es que, en esta lucha infatigable por proteger la familia, –que sería presentada como un valor encomiable en cualquier thriller de Hollywood– se termina revelando una sobreprotección sumamente enfermiza y con consecuencias funestas. Y Bong continúa revirtiendo los parámetros del cine negro: mientras que en otras películas nos presentarían desde el comienzo a un personaje desagradable y cuestionable, enfatizando tales características negativas, esta película nos presenta a la protagonista como una señora apacible, amable y abnegada que llama a la empatía, hasta que ese otro perfil sale a la luz. 


Snowpiercer (2013) es una de esas películas cuya metáfora es evidente y hasta parece subrayada. Se trata de un thriller de ciencia ficción posapocalíptica, en el cual los esclavizados y harapientos trabajadores de los vagones traseros de un tren se amotinan y revelan contra las acomodadas secciones delanteras. A pesar de la obviedad en la referencia social, se trata de una película endemoniadamente entretenida, con grandes escenas de acción, personajes notables (Tilda Swinton y el actor fetiche de Bong, Song Kan-ho encarnan personajes extrambóticos y delirantes) y un micro-universo alucinante. Según ha contado Bong en reiteradas ocasiones, The Weinstein Company obtuvo los derechos para la distribución de la película, y en esa ocasión debió enfrentarse con Harvey Weinstein (el productor acusado por más de 80 delitos sexuales) para que no le recortara escenas clave. Justamente a Weinstein lo apodaban “manos de tijera” por su tendencia a destrozar películas; Bong relata que “visité sus oficinas y allí había gente trabajando en varias salas de edición. En una vi cómo troceaban The grandmaster, de Wong Kar-Wai, y pensé: si hacen eso con un genio, ¡qué no harán con mi película!”. Por fortuna, Bong había aprendido de su primera mala experiencia con Barking Dogs…, pudo ganar la pulseada, y se respetó su corte final. 


Para la escritura del libreto de Okja (2017), el director hizo una investigación sobre los mataderos; luego de ver un sinfín de horrendos documentales, decidió visitar en persona uno en Colorado, Estados Unidos, lo cual fue para él una experiencia tan desagradable que lo llevó a dejar de comer carne por un buen tiempo. Y la vivencia se encuentra notablemente recreada en la historia de una cerda gigante genéticamente creada por una multinacional para ser convertida en alimento. No conviene dejarse engañar por la apariencia “infantil” de la película, porque su visionado puede sufrirse como una certera patada en la boca del estómago. Ha trascendido que varios espectadores han dejado de comer carne luego de ver la película; Bong señaló al respecto que no era esa su intención, sino simplemente denunciar los métodos de producción industrial de los frigoríficos. 

Hoy Bong parece haber alcanzado ya su punto más alto de popularidad, y se encuentra en la mira de productores de todo el mundo. Actualmente se está negociando una adaptación televisiva de Parásitos para la HBO y el director ya tiene en miras dos proyectos: una película coreana de terror y un drama en inglés. Consultado sobre si le gustaría dirigir una película de superhéroes, su respuesta fue peculiarmente llamativa: “Tengo un problema personal, respeto la creatividad que se usa en las películas de superhéroes, pero en la vida real y en las películas, no soporto que la gente use ropa ajustada. Nunca usaré algo así y sólo ver a alguien con ropa ajustada me resulta mentalmente difícil. No sé dónde mirar y me siento sofocado”.

Publicado en Brecha el 24/1/2020

jueves, 30 de enero de 2020

Sobre los Óscar 2020

Lo de siempre, pero un poco mejor


El nivel de las nominadas a mejor película es bastante mejor que el de otros años. No hay entre ellas ninguna regular o directamente mala, como si lo hubo en otras ocasiones (todavía resulta difícil de entender cómo fue que, en años previos, películas como The Blind Side, Los miserables o Pantera negra llegaron a competir), y tampoco hay un favorito muy claro, por lo que cualquiera de las competidoras podría darnos una sorpresa. Incluso entre ellas, las nominaciones de las diferentes categorías están bastante distribuidas; Joker ligó once, Había una vez en Hollywood, 1917 y El irlandés diez, Jojo Rabbit, Mujercitas, Parásitos e Historia de un matrimonio seis y, más rezagada, Ford v Ferrari con solamente cuatro. 
Pero claro que podemos especular: sería lógico que ni la surcoreana Parásitos ni Mujercitas ganaran. Esto principalmente debido al perfil estadounidense y masculino de la mayoría de los votantes de la academia, y su probable reticencia a votar una película extranjera en el primer caso, y otra rebosante de femineidad en el segundo. También deberíamos descartar las muy masculinas Ford v Ferrari y El irlandés, ya que, si bien la academia tiene un marcado perfil conservador, últimamente tampoco se inclinan por las películas más convencionales y clásicas del cuadro. Además, Netflix señala que un 82% de los usuarios de la plataforma que comenzaron a ver El irlandés la abandonaron sin terminarla; correspondería estimar que algunos de los votantes también se vean hastiados por sus tres horas y media de duración. 
Jojo Rabbit no tiene muchas chances por ser más bien pequeña, liviana e irregular, (aunque si en 2018 ganó La forma del agua, todo es posible) y como Hollywood es más bien proclive a los grandes despliegues espectaculares, correspondería desestimarla, al igual que Historia de un matrimonio. De todos modos, la última parece una candidata mucho más sólida; hace pocos años ganaba Spotlight, una película que, como ésta, tiene su sustento en los diálogos y su acción transcurre casi toda en interiores. 
La contienda quizá se dispute entonces entre 1917, Joker y Había una vez…: la primera de ellas sería otra más de las tantas películas bélicas en llevarse el principal galardón, la segunda una apuesta hacia esta mixtura de cine de superhéroes y cine serio a la que parecería volcarse la industria y la tercera un reconocimiento más al ídolo pop Quentin Tarantino, además de una celebración nostálgica, ombliguista y algo crítica a la propia historia de la industria, por lo que quizá podría pensarse como la candidata con mayores posibilidades. Tampoco sería de extrañar que el óscar a mejor actor vaya para Leonardo Di Caprio: su papel en Había una vez… es un auténtico tour de force actoral, en el cual el intérprete transita una vasta variedad de registros, en un juego de cine detrás del cine. A pesar de que Di Caprio ya se ganó el galardón hace cinco años con El renacido, difícilmente sus colegas desestimen tal desempeño. 
Por su parte, la notable Parásitos seguramente se lleve el premio a mejor película extranjera, pero además es probable que a su director Bong Joon-ho le den el reconocimiento (lo merece desde hace un par de décadas) de la misma manera que el año pasado se lo otorgaron al mexicano Alfonso Cuarón. Ya estamos acostumbrados a que una gran película extranjera compita cabeza a cabeza en varios rubros (el año pasado Roma corría con diez nominaciones), aunque sus triunfos en la ceremonia suelen ser exiguos. 


Por supuesto que ya salieron unas cuantas voces a decir lo esperable: que, al igual que casi todos los años, entre los directores nominados no hay ni una sola mujer, y que entre los veinte nominados en las categorías de mejores actores y actrices hay una sola persona negra (Cynthia Erivo, por su protagónico en Harriet). En realidad, lo extraño sería que las nominaciones no se configurasen así, visto y considerando que, como decíamos, la academia y la totalidad de Hollywood vienen integrados desde siempre por hombres blancos y ricos. Si bien es cierto que estas quejas son omnipresentes desde hace rato y que incluso la academia ha dado muestras de querer revertir esta situación, difícil sería terminar con un problema estructural tan profundo: en definitiva, los votantes siguen siendo en su mayoría hombres blancos, y seguirán votando películas hechas en su gran mayoría por hombres blancos. El ruido al respecto es tan inevitable como necesario para que la discriminación acabe revirtiéndose, pero aún podrían faltar décadas. No es menor, y también se ha señalado extensamente en los últimos días, que varias de las nominadas a mejor película están centradas en protagonistas hombres, y en temáticas tradicionalmente masculinas: 1917 (clásico modelo de cine de guerra), Ford v Ferrari (carreras automovilísticas), El irlandés (gángsters), y Había una vez... (buddy movie). Una película como Joker, centrada en un hombre fracasado y marginal en su cuesta abajo hacia el terrorismo, difícilmente sería considerada si tuviese como protagonista a una mujer. Ya sería hora de que los productores de Hollywood comenzasen a darse cuenta de lo vetustos y desgastados que se presentan ya determinados patrones de género, poco disímiles de los que vienen gestándose hace décadas.

Publicado  en Brecha el 17/1/2020