sábado, 19 de abril de 2014

La vida de Adéle (La vie d'Adèle, Abdel Kechiche, 2013)

Sexualidad y sentimientos 


En estas páginas ya nos habíamos explayado sobre el brillante director Abdellatif Kechiche, uno de los más sólidos y sustanciosos directores de la actualidad. Hoy, habiendo sido galardonado por la palma de oro en Cannes, ya se ha vuelto un referente ineludible y uno de los más cotizados del cine actual. Pero conviene echar un vistazo a su imponente filmografía (La faute à Voltaire, L’esquive, Cuscús, Venus Noire) para comprender su sensibilidad, su extraordinaria dirección de actores y su notable uso de la puesta en escena y el montaje para elaborar cuadros naturalistas convincentes. 
Basada en una novela gráfica de Julie Maroh, La vida de Adèle está ambientada en la ciudad de Lille, al norte de Francia, y se centra en la evolución sexual y amorosa de la adolescente del título (interpretada por la brillante Adèle Exarchopoulos) a lo largo de varios años. Su vida dará un vuelco al conocer a Emma (Léa Seydoux, siempre imponente) quien la iniciará en un tormentoso amor lésbico, introduciéndola al mismo tiempo en el mundillo de las exposiciones y las artes plásticas. 
Por primera vez puede criticársele a Kechiche el haber elegido personajes que se aproximan demasiado a los parámetros dominantes de belleza; algo que anteriormente había evitado, diríase que hasta deliberadamente. En Cuscús una fuerte carga erótica emergía en el momento en que una chica árabe que tenía celulitis, tez oscura y pelo rizado se ponía a bailar, y podría decirse que estos elementos hasta potenciaban su inmediatez y su belleza. Ni que hablar de la protagonista de Venus Noire, alejada kilométricamente de cualquier estándar occidental. Aquí sin embargo hasta el más feo de los secundarios podría verse como de las personas más atractivas de su barrio. Claro que este elemento por sí sólo no podría restarle puntos a una película tan poderosa, pero quizá llame la atención sobre esta nueva inclinación del cineasta tunecino. 
Como las mejores películas sobre amores homosexuales, aquí se desbaratan preconceptos, enriqueciendo la noción de diversidad. Es curioso que justamente Adéle, la que se encuentra más impetuosamente enamorada, la que se desvive con tal de conservar la relación con Emma, sea una chica que en general apunta a relacionarse con hombres, y que por su parte Emma -en apariencia más estrictamente homosexual- no parezca interesada en esta pasión y sí en una estabilidad aparentemente clásica y monogámica, con hijos incluidos. Es que Kechiche utiliza el cine para tender puentes entre los seres humanos, da a conocer critaturas con todas sus complejidades, sus matices psicológicos, sus particularidades irreproducibles que los llevan a saltarse cualquier posible encasillamiento. Una de las claves de la grandeza de una obra magnífica, poderosamente emotiva. 

Publicado en Brecha el 16/4/2014

sábado, 22 de marzo de 2014

Por qué Utopia


¿Dónde está Jessica Hyde? Pregunta un hombre corpulento, algo pasado de peso y con dificultades respiratorias a varias personas a lo largo de la serie. Inequívocamente el interpelado, tenga información o no, morirá en cuestión de segundos. Estos fragmentos, en los que corrientes civiles son asesinados a sangre fría y casi azarosamente, se imponen de forma abrupta, algo descolgados del resto. Y funcionan como shock, una manera espectacular de constatar un estado de emergencia, de sugerir la dimensión de una amenaza por la cual los personajes deben tomar precauciones extremas. Utopia, producida por el canal británico Channel 4, es de esas series que comienzan con muchas incógnitas y casi ninguna respuesta. Pero también de la clase de planteos que van dosificando información, saciando paulatinamente esa necesidad de saber de qué va eso que uno está viendo. 
Los integrantes de un grupo de aficionados a los comics, que sólo habían interactuado entre sí a través de un foro virtual, se juntan para conocer una extraña e inédita novela gráfica. Se trata de la continuación de "The Utopia Projects", la obra escrita desde el manicomio por un delirante maníaco depresivo, que supo anticipar sucesos catastróficos posteriores. Sin comerla ni beberla, los muchachos se ven de pronto perseguidos por una agencia secreta llamada "The network", incriminados en delitos terribles, envueltos en una descomunal trama de conspiraciones, y obligados a esconderse y escabullirse de matones de todo tipo y color. Desde un comienzo asaltan las dudas: ¿qué mensajes trae encriptados la novela gráfica para desatar tanta demencia?, ¿qué es The network?, y por supuesto: ¿Quién demonios es Jessica Hyde? 
Quizá uno de los puntos que en un principio despiertan el interés es que los personajes principales son justamente personas ordinarias y de a pie, un tanto defectuosas y hasta patéticas de a ratos, individuos que no tienen idea de qué hacer o cómo es que fueron a parar allí. En contraposición, quienes ya estaban envueltos desde antes en el asunto son seres casi marcianos, figuras implacables y temibles. La brillante música de Cristobal Tapia de Veer aporta la sonorización perfecta para redondear una atmósfera desconcertante, onírica, envolvente. Por su parte, la dirección artística es otro prodigio y dispone trajes, paisajes, habitaciones y objetos en una atractiva gama de colores chillones.

Por cada enigma que se va resolviendo, aparecen unos cuantos más. Y los personajes mismos depiertan cierta intriga, ya que la mayoría parecería esconder dimensiones ocultas. Este aspecto propicia una desconfianza permanente, aún entre los mismos protagonistas, aportando un persistente clima de paranoia. Por ahora Utopia sólo ha dado seis capítulos de cincuenta minutos, en una sóla temporada. Pero ya está en proceso la segunda, a estrenarse en el correr del año. 
Otro de los puntos más llamativos tiene lugar cuando se da a conocer el "Proyecto Jano" (el que no haya visto la serie quizá debiera dejar de leer por aquí, porque se anticipan detalles apenas revelados en los últimos capítulos), una iniciativa que busca esterilizar a la mayor parte de la humanidad mediante una alteración genética masiva, con el objetivo de frenar las tasas de natalidad y terminar así con el hambre en el mundo. Jano es un personaje mitológico de dos caras, el dios romano de las puertas, de los comienzos y los finales, y por tanto de los cambios y las transiciones y de los momentos en los que se traspasa el umbral que separa el futuro del pasado. Un aspecto curioso es que aquí los "malos" tengan una argumentación perfecta para llevar a cabo su plan, que lo hagan con fines "humanitarios" y que hasta terminen convenciendo a alguno de los protagonistas de que se trata de una causa justa. Claro que para llevar a cabo esta "revolución", en el camino muchas personas deben de ser sacrificadas. Lo que quizá nos pinte con mayor precisión por qué son los villanos.

Publicado en revista "Dossier" el 3/2014

viernes, 28 de febrero de 2014

The act of killing (Joshua Oppenheimer, 2012)

El horror frente al espejo 


Para entender que aquí tenemos un documental sin precedentes basta mirar los créditos. El co-director es anónimo, uno de los productores es anónimo, el director de fotografía es anónimo. Así, los anónimos se continúan en varios rubros, a lo largo de la ficha técnica completa. Es que la película fue concebida en Jakarta, ciudad en la que se vive una realidad horripilante: en la vivienda contigua puede vivir el asesino de uno de tus parientes y del otro lado otro de ellos, como si nunca nada hubiera pasado, en perfecta impunidad. 
Si hiciéramos un gran esfuerzo especulativo y pensáramos que hubiese sucedido si las dictaduras del Plan Cóndor en América del Sur se hubiesen mantenido en el poder durante 40 años continuos, erigiendo asesinos y torturadores como héroes nacionales, manteniendo privilegios y dando cartas blancas absolutas a militares para que continuasen obrando como se les cantara, martirizando a quienes quisieran, saqueando, violando y asesinando a piacere, quizá podríamos acercarnos un poco a la realidad indonesia presentada en este documental. 
Es necesario un poco de historia: en 1965 y 1966 tuvieron lugar una serie de masacres llevadas a cabo por el general Suharto, en sus intentos por derrocar al gobierno de Sukarno, primer presidente de Indonesia que lideró la revolución contra el imperialismo alemán. Aunque Sukarno no era comunista, sí fue apoyado por el PKI (Partido Comunista Indonés) que, con su brazo armado, protegía al gobierno de un posible golpe. Luego de una serie de asesinatos a jefes militares por parte del PKI, Suharto tomó la delantera y contrató a cuanto gángster hubiera en la zona, creando con ellos sus propios escuadrones de la muerte. Así, exterminaron a todos los miembros del PKI –muchos de ellos campesinos que nunca habían tocado un arma– y se ensañaron en una purga de comunistas, intelectuales y chinos en general, en la cual eran diezmados familiares, amigos, colaboradores, simpatizantes, vecinos de, gente con rasgos parecidos. La masacre fue, en rigor, un genocidio que se cobró más de un millón de víctimas y derivó en el ascenso al poder, con el apoyo de la CIA y el Banco Mundial, del régimen de facto. Suharto se mantuvo al mando hasta el año 1998, pero aún luego de su caída una legión de criminales y gángsters continuaron detentando poder de hecho, libre albedrío total y respaldo político. 


El director Joshua Oppenheimer (quien perdió a gran parte de su familia en el holocausto nazi) se introdujo en el mundo de estos mismos gángsters, algunos ya veteranos, quienes le cuentan con absoluta soltura la forma en que mataron, violaron y torturaron, relatan con orgullo cómo incineraron hasta las cenizas aldeas enteras y alguno hasta asegura seguir cometiendo hoy algunas de esas atrocidades. La película (producida nada menos que por los grandísimos Werner Herzog y Errol Morris) supone el inconcebible acercamiento a un mundo en el que muchos de los valores que comparte el demócrata occidental promedio se encuentran absolutamente subvertidos: el jefe de prensa de un diario local cuenta con tranquilidad su participación en sesiones de tortura y su obvia manipulación de las noticias –es que claro, los comunistas no podían quedar frente a la opinión pública como gente buena...–; en un programa televisivo local, los miembros de los escuadrones son tratados como auténticas celebridades; hay recreaciones, entre risas, de las formas más efectivas de asesinar e interrogar al prójimo. Si todo ya es demasiado increíble de por sí, la película levanta auténtico vuelo cuando los entrevistados comienzan a dudar; cuando al ponerse en los roles de sus propias víctimas parecen alcanzar un increíble proceso de empatía, sin precedente alguno en sus vidas. Oppenheimer explora aquí, como nunca antes, la psicología de los asesinos y de los torturadores, y lo hace presentándolos como lo que verdaderamente son, hombres risueños y simpáticos en apariencia, buenos vecinos y mejores familiares. Hombres que, quizá al enfrentarlos con su pasado pueden ver como por una rendija lo que hicieron, horrorizándose de sí mismos como nunca antes. 

Publicado en Brecha el 28/2/2014

viernes, 21 de febrero de 2014

Robocop (José Padilha, 2014)

Cine esclavo 


Sonaba muy bien. El director brasileño José Padilha, autor de las brillantes Tropa de elite 1 y 2, embarcado en una remake de Robocop, podía llegar a ser algo notable. Sobre todo porque el director había integrado a sus películas acción de la más brutal y una interesantísimo planteo sobre la violencia, la represión, el control y el narcotráfico en un contexto de miseria extrema. Padilha lograba trascender los parámetros de género, colocando sobre el tapete una situación social compleja y sin aparente solución. 
La idea de Robocop, el policía robotizado perfecto e implacable que patrulla las calles de Detroit calzaba perfecto para las inquietudes y las habilidades de Padilha. 
Pero sucedió lo que, de algún modo, era esperable. Según informó el director Fernando Meirelles, amigo de Padilha, el director de Robocop habría tenido inmensos problemas con los productores hollywoodenses. Al parecer Padilha le dijo a su colega en una conversación telefónica que fue una de las peores experiencias que tuvo en su vida, que de cada diez ideas que se le ocurrían nueve eran desechadas por los productores, y que el desarrollo de la película significó una lucha constante. Aseguró que fue un infierno que no querría repetir nunca más. Las palabras contenidas en la indiscreción de Meirelles asombrarían si no representaran la eterna historia de los directores extranjeros en Hollywood. Los que quiere ganar mucho dinero en la industria tiene que aprender a bajar la cabeza y subordinarse a los grandes estudios.
Estos problemas se hacen notar. Sobre todo en un programa televisivo que atraviesa todo el filme y que es presentado por un conductor republicano (Samuel L. Jackson) que clama por seguridad y mano dura. Uno de los puntos más altos de Tropa de Elite 2 era también un programa de televisión retrógrado, conducido por un reaccionario desacatado, verborrágico, hilarante como pocos. Pero en esta película el programa es algo contenido, lavado, sin gracia, sin el toque kitsch sarcástico que habría sido el sello de distinción de Padilha. Y esta insulsa convencionalización se trasplanta a la película toda. Robocop deja asomar puntos de interés que nunca terminan de desarrollarse. Es un cine atado de manos.
La película redunda en otro planteo de género más en el que los grupos del poder trasnacional conspiran para oprimir a los protagonistas; otro tanque con apuntes filosóficos de bolsillo, otra tibia crítica a la corrupción policial, otra burda y esquemática referencia a los medios masivos y su influencia en la opinión pública. El problema de exponer temas de este calibre tan esquemáticamente es que se los trivializa y caricaturiza, sin aportar nada que pueda ayudar a pensarlos o discutirlos con profundidad.

Publicado en Brecha el 21/2/2014

miércoles, 12 de febrero de 2014

Dallas Buyers Club (Jean-Marc Valleé, Estados Unidos, 2013)

Desconcertante e incisiva 


El comienzo mismo ya anticipa que nos encontramos lejos de otra película "oscarizable" más, que se trata de un filme que se sale de los moldes corrientes. En la primera escena vemos a Ron Woodroof (Matthew Mc Conaughey) teniendo sexo con dos prostitutas a la vez, escondido entre las "bambalinas" de un rodeo de toros, y más concretamente mientras un toro cornea a un jinete caído. Este comienzo, inmersivo y abrupto, nos transporta de lleno a una vida sórdida, a la de un toxicónamo descarriado, adicto a las apuestas clandestinas y al sexo, un cow-boy rebelde y homofóbico, irascible ante la más mínima provocación. Luego de una pequeña trifulca va a parar a un hospital, donde le dan la peor noticia: es HIV positivo. Es el año 1985 y en ese entonces el aviso era una sentencia de muerte: el médico le asegura que a lo sumo podrá vivir unos 30 días más. A partir de entonces un título sobre fondo negro pone "día 1" y nos llevará a pensar que se trata de otra crónica de una muerte anunciada, de una sucesión de cambios radicales en la vida de una persona durante sus últimos días. Pero en seguida la película tomará otra vez derroteros impredecibles. Todo este comienzo y hasta llegada la mitad del metraje es brillante y se caracteriza por una narración sin rumbo claro, que avanza a trompicones, con un ritmo entrecortado y accidentado por los imprevistos que trae la historia. Recién pasada esta primera mitad es que la película se vuelve mucho más diáfana, estandarizable, convencional, si se quiere. 
Como el mayor mérito se encuentra en esta primera mitad y en ese factor de desconcierto, se recomienda encarecidamente que el lector interesado en ver la película deje de leer esta reseña, porque buena parte de la gracia está en no saber hacia dónde se dirige la película. En la época, los hospitales de Estados Unidos suministraban a los enfermos de sida un compuesto químico de alta toxicidad llamado AZT, un fármaco que apenas había sido testeado, que se utilizaba previamente como quimioterapia y que pasó a ser el único tratamiento utilizado formalmente. Pero al ser una sustancia que eliminaba las células en desarrollo del organismo, tenía efectos secundarios terribles y en algunos casos podía hasta disminuir el tiempo de vida de un portador. Para colmo, los precios de esta toxina eran extremadamente elevados, y un año de tratamiento le costaba a un paciente sin cobertura 7 mil dólares al año. El "Dallas Buyers Club" fue una iniciativa que surgió como una respuesta a la desesperación de muchos convalescientes que le rehuían al AZT. A cambio de una membresía paga más accesible, Woodroof ofrecía a sus socios medicamentos aprobados en otros países pero no en los Estados Unidos, como la proteína Peptide T o el antirretroviral DDC. 
Las actuaciones de McConaughey y de Jared Leto, dos portadores de VIH en todas sus etapas, son impactantes. Como dato accesorio, ambos cometieron la locura de someterse a dietas violentas y adelgazar 21 y 14 kilos respectivamente para interpretar sus roles (Seymour Hoffman al menos se autoeliminó con todos sus kilos puestos). Por fuera de este detalle poco saludable, este filme es una clara y notable crítica al sistema de salud de los Estados Unidos y a sus alianzas con la industria farmacéutica, y a la carroñera voracidad de aprovechar desgracias o epidemias para obtener ganancias. Al parecer el guión estuvo dando vueltas desde hace más de veinte años, pero es realmente lógico que una exposición tan lúcida causara vacilación en los posibles inversionistas. 

Publicado en Brecha el 7/2/2014

viernes, 31 de enero de 2014

La parte de los ángeles (The angel's share, Ken Loach, 2012)

Whisky del bueno 


A la afirmación de que Ken Loach viene filmando la misma película desde hace cuarenta años hay poca cosa que responder salvo que pocos lo hacen mejor que él. Y lo cierto es que últimamente el director (hoy con 77 años) ha sabido reinventarse, con obras más dinámicas y contagiosas, con la explotación de un aire políticamente incorrecto que significa un soplo fresco y, en este caso particular, con un notable sentido del humor. Es una suerte que el director pueda distanciarse de esa seriedad que sufrió buena parte del cine social europeo (y él mismo) durante décadas, como si el entretenimiento y la denuncia militante fueran asuntos incompatibles o antagónicos. 
"La parte de los ángeles" es la porción del whisky que se pierde por evaporación durante su añejamiento en barricas de roble. La metáfora es aplicable a los personajes, eternos inadaptados de los barrios bajos de Glasgow que vienen marcados por las pérdidas: habiendo pagado penas en prisión, tentados a la reincidencia en el delito, vinculados forzosamente con maleantes. Pero es esta cualidad de perdedores la que los lleva a conocerse, cumpliendo con determinadas tareas en los servicios comunitarios. 
Durante la primera mitad de la película son expuestas, a grandes rasgos, las penurias de los cuatro personajes principales, el protagonista, un padre reciente obligado a enderezarse, más un borrachín de pocas luces, una cleptómana y un rebelde anti-sistema muy único en su especie. El ángel del título vendría a ser Harry, un asistente social que se preocupa por ellos y los lleva a conocer otro mundo que pueda hacerles levantar la cabeza del círculo vicioso del que son cautivos. Cuando el protagonista entra al mundo de la cata de whisky descubre habilidades propias que desconocía, y también mundos impensados: como en la reciente The bling ring, de Sofía Coppola, es expuesto a un círculo de gente con muchísimo dinero y despreocupada de la seguridad de sus posesiones, ya que ni siquiera imaginan que alguien podría robarlos. Lo irónico del asunto es que, cuando un marginado se ha convertido en chivo expiatorio, condenado igualmente por el Estado y la sociedad civil, una de las pocas vías de superación o ascenso social a las que puede echar mano y que conoce cabalmente es el mismo delito, y aquí es que la película alcanza su mejor mitad: al estilo de las mejores películas de atracos, este grupo de antihéroes se prepara para un robo premeditado y un golpe perfecto contra quienes se encuentran en el extremo opuesto de la escala social. 
Con un poco de road movie, algo de drama, fuertes dosis de comedia socarrona, acompañada de una notable banda sonora (el tema "I would walk 500 miles", de The proclaimers nunca sonó tan bien) y emparentado en espíritu con ese cine clásico y de género que siempre funcionó, Loach da con la combinación ideal de ingredientes para una malta refinada, añejada con la sabiduría de un eximio veterano. 

Publicado en Brecha el 31/1/2014

miércoles, 29 de enero de 2014

El Mayordomo (The butler, Lee Daniels, 2013)

Viva Obama

 


Al comienzo de la película, el protagonista aún niño observa como en un algodonal el patrón viola a su madre y acto seguido mata de un tiro en la cabeza a su padre, siendo la segunda de las acciones un acto absolutamente incomprensible y poco pertinente –a ningún patrón, por déspota que fuere, le conviene eliminar a su mano de obra sin buenas razones–. Pero quienes vimos Preciosa ya sabemos como es el director Lee Daniels; allí una adolescente negra, obesa y analfabeta era violada por su padre, engendrando en ella un hijo down y para más lindezas contagiándole el SIDA. Es decir, se trata de un cineasta que parece tener muy claros sus objetivos, y que no le hace asco alguno a los trazos gruesos con tal de manipular a su audiencia en determinada dirección. 
Es así que Cecil Gaines (Forrest Whitaker), luego de un cúmulo de penurias, logra por fin hacerse de un trabajo digno, y finalmente pasa a ser uno de los “flamantes” mayordomos de la Casa Blanca. Durante su servicio, ve pasar a siete presidentes, (Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter y Reagan) cada uno de los cuales hace sus apariciones estelares, hablando siempre de temas políticos-raciales cruciales que, claro está, en vez de hacerlo en completa reserva, deciden charlarlo justo cuando su mayordomo negro viene a servirles. Por supuesto que la mayoría de ellos también establecerá un vínculo personal con su mayordomo y lo utilizarán para descargar sus confesiones. 
Al mismo tiempo, el hijo del protagonista va convirtiéndose paulatinamente en un militante por los derechos civiles de los negros, por lo cual la película también va dando cuenta de los hitos históricos en ese sentido, en un recorrido combativo mucho más interesante e intenso que el de su padre. Lamentablemente se trata de apenas flashes, pequeños tramos de metraje en los que se ve al muchacho en acciones contestatarias, en los viajes interraciales del “autobús de la libertad” o más adelante cuando se involucra con el socialista Partido Panteras Negras, diezmado en 1969. 
Si bien la película mantiene cierto interés durante sus más de dos horas, se vuelve cansino el tono pedagógico en que es presentada, con subrayados especialmente irritantes. Cuando el ya veterano protagonista se da cuenta que su hijo subversivo y revoltoso fue realmente un gran revolucionario, su pensativa voz en off arremete: “Lois nunca fue un criminal, fue un héroe que luchaba por salvar el alma de nuestro país”. Y cuando finalmente vemos a los personajes, la familia entera apoyando con fervor a Obama en su campaña presidencial, ya no nos quedan dudas del carácter panfletario de esta película. 
De todos modos es interesante ver, en una oscarizable superproducción histórica mainstream, cierto revisionismo histórico y espíritu autocrítico en frases proferidas como: “nos asomamos a ver el resto del mundo y juzgamos. Nos enteramos de los campos de concentración, pero estos campos existieron por 200 años aquí mismo, en Estados Unidos.” Un síntoma de nuestros tiempos, y de los grandes cambios sucedidos recientemente en la potencia. 

Publicado en Brecha el 24/1/2014

jueves, 23 de enero de 2014

Por qué Game of thrones

Más que un juego 



La historia de Game of thrones es demasiado amplia para describir con palabras, o para esbozar una suerte de sinopsis. ¿Por qué?, porque se trata de una obra coral, con decenas de personajes y más de un centenar de secundarios, porque se sostiene en una compleja trama de estratagemas y alianzas políticas, situadas en una incierta época con reminiscencias medievales y toques de fantasía. Así, la historia da saltos geográficos continuos, situando la acción cerca de personajes que se encuentran dispersos por un vasto mapa, ofreciendo varios puntos de vista sobre un mismo conflicto. 
El reino de Westeros se encuentra en una lucha perpetua. Como los recientes ascensos al poder no se encuentran exentos de traiciones, artimañas, mentiras y silenciamientos forzados, varias personalidades y familias se disputan el derecho al trono, creyendo ser los verdaderos y legítimos herederos. Cada líder erigido y sus propios reinos sufren sus propias adversidades, sus conflictos internos, en cada uno de estos micromundos hay diversidad de opiniones y es impuesta una cruzada premeditada y racional para hacerse con el poder, o simplemente para clamar la venganza hacia quienes lo ostentan. 
Podría parecer a simple vista una épica manida, otro hijo bastardo y caricaturesco de El señor de los anillos. Pero lo cierto es que Game of thrones tiene mucho para ofrecer, y mucho material que hubiese sido impensable dentro de la saga de J.R.R. Tolkien. En primer lugar, la lucha entre el bien y el mal ya no es tal; los bandos presentados tienen todos ellos sus personajes pérfidos y quizá otros un tanto más simpáticos; hay seres tan ambiguos que dudamos a la hora de empatizar o no con ellos. De cualquier modo, todos tienen sus motivos, defienden sus intereses, tienen un pueblo por el que luchar. Por más repulsivos que aparenten ser determinados personajes, puede comprenderse que obran por el cuidado de los suyos, como bien ejemplifica el nefasto patriarca Tywin Lannister. Ese juego de ambigüedades contrapuestas es la mejor basa con la que embiste la serie: cierto carácter puede parecer terrorífico hasta que demuestra impredecibles lealtades, rasgos de solidaridad o humanismo; de la misma manera, el personaje más heroico y querible puede caer en bajezas muy cuestionables. 
Otro de los rasgos por los que la serie se distingue de cualquier otra que se haya hecho es que hay niveles de sexo y violencia sin precedentes en el género épico. Y estamos hablando de caballeros teniendo relaciones homosexuales, de desnudos frontales, de violencia gráfica de toda clase, hasta eventualmente de torturas que obligan al espectador a girar la vista. Pero quizá lo más impactante de todo sea la forma en la que ciertos personajes cruciales, cuyas desventuras seguíamos con interés, son asesinados fríamente, de un golpe y sin aviso previo. El temor a la llegada del episodio 9 de cada temporada ya es un sentimiento asimilado por los adeptos a la serie; pues se sabe que no son capítulos fáciles de digerir. 
La culpa de todo la tiene el maldito y barbado George R. R. Martin, escritor de ciencia ficción, fantasía y horror, responsable de la extensa saga literaria Canción de hielo y fuego, novela río dividida en cinco tomos (y con dos aún por publicar) en la que fue propuesto el universo adaptado. Martin sigue de cerca el desarrollo de la serie televisiva, adaptando uno de los diez capítulos de cada temporada. Hoy llegado a los sesenta y cinco años y con algunos problemas de salud, no son pocos los fans que encienden velas para que no muera antes de terminar los dos tomos restantes. Por si acaso, Martin ha firmado un contrato con la HBO por el cual, si llegara a morir, los rseponsables de la transmisión tendrían derecho a terminar la serie de todos modos. Además de regalarnos historias únicas, Game of thrones cuenta con un reparto superior, principalmente de origen británico, entre los que se destaca un notable elenco infantil e intérpretes adultos que conciben personajes legendarios. La lista de meritorios es extensa, aunque quizá las mayores palmas se las lleve Peter Dinklage, el inefable y carismático Tyrion Lannister, un enano de linaje, un brillante estratega ubicado en el centro mismo de un nido de serpientes. Más que un juego, Game of thrones es un exabrupto de maldad. Y uno especialmente adictivo.

Publicado en Revista Dossier, 11/2013

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viernes, 17 de enero de 2014

La mejor oferta (La migliore offerta, Giuseppe Tornatore, 2013)

Desvalijando almas 



Virgil (Geoffrey Rush) es un hombre obsesivo, metódico. Un renombrado anticuario que basó su éxito en comprar barato y vender por fortunas, en engañar a su clientela despreciando obras valiosísimas; como dijera el escritor Daniel Pennac respecto a la profesión, un hombre que hizo su carrera "desvalijando almas". Pero no se trata solamente de un embustero y un timador, sino que además es, en general, un tipo bastante desagradable. Su mal semblante casi permanente, su carácter despectivo y el desinterés por el prójimo lo convierten en un protagónico difícil de aceptar. Asexuado y sin interés aparente por las mujeres, parece sin embargo orientar su libido a contemplar su más preciada fortuna personal, una habitación repleta de cuadros históricos, únicamente de representaciones femeninas.
El primer gran mérito que cabe adjudicarle al director Giuseppe Tornatore (Cinema Paradiso, Pura formalidad) es lograr la identificación de la audiencia con este personaje. No es un proceso simple ni inmediato, pero paulatinamente Rush va logrando los matices necesarios para que se encuentren atisbos de humanidad en él, y hasta un insospechado enamoramiento. El segundo mérito está precisamente en ese objeto de deseo que comienza a irrumpir en su vida y a transformarlo por completo. Se trata de una muchacha agorafóbica (con miedo a los espacios abiertos), que permanece oculta y sin dejarse ver durante la mitad de la película, intrigando al protagonista y junto a él al espectador. Las mayores y más variadas sospechas puede despertar el personaje y sus motivaciones, y el suspenso logrado a partir de ese enigma es un notable acierto del guión. Es interesante la forma en que se presenta la mujer ideal para este perfil neurótico y malhumorado: una muchacha que ha pasado encerrada durante años, que necesita ser curada, instruída, que podría ser salvada e incluso manipulada por él a su antojo. Una mujer aparentemente inofensiva como las que cuelgan en los cuadros que atesora.
Pero es pasada la segunda mitad del metraje que la película pierde ese interés inicial. La chica se muestra, y si bien continúa teniendo sus costados ocultos, se vuelve algo mucho más patente, menos interesante. Durante esta segunda parte la trama se dilata demasiado y se pierde en idas y venidas de los personajes, en el vínculo amoroso y pasional y en la sospecha de una traición. Sin volverse pesada o llanamente aburrida, la película, siempre elegante y vistosa eso sí -la recargada puesta en escena al menos entretiene la mirada- termina por perderse sobre el final, cuando una vuelta de tuerca busca resignificarlo todo. El problema con este giro final es que no tiene nada de sorpresivo porque es algo que se sospecha desde el comienzo mismo de la película, y que además, no resulta en absoluto creíble. Podrá decirse que aquí no se busca el realismo ni la verosimilitud y que lo que más importa es el significado metafórico del asunto -hay especial énfasis en el tema de la falsificación y el fraude-, pero en definitiva deja pensando en un planteo demasiado rebuscado. Con Hollywood ya tenemos suficientes.

Publicado en Brecha el 17/1/2014

viernes, 10 de enero de 2014

El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, Martin Scorsese, 2013)

Relocos y repasados 

 


Esta película no es sólo un síntoma de nuestros tiempos, sino la prueba del cambio radical en la mentalidad estadounidense respecto a Wall Street provocado por la crisis bursátil de 2008, y el profundo trauma que dejó en la población. Que Martin Scorsese haga hoy una película centrada en los brokers, desmitificándolos y presentándolos como perfectos energúmenos, delincuentes equiparables -y con muy pocas diferencias- a los gángsteres de sus películas Calles peligrosas, Buenos muchachos o Casino, supone un cambio radical -y bienvenido- con respecto al Hollywood que había lanzado hace tan sólo siete años una película abominable llamada En busca de la felicidad, en la que Will Smith interpretaba a un hombre de a pie, desempleado pero genio de las matemáticas, que se hacía su lugar en Wall Street alcanzando el "sueño americano", erigiendo finalmente su propia empresa de corredores de bolsa y llevando así un plato de comida para su hijo. Efectivamente, daba asco. 
El lobo de Wall Street podría leerse como el reverso perfecto de aquella otra película. Centrada en la figura real de Jordan Belfort (Leonardo Di Caprio), un agente de bolsa de Nueva York, se expone su trayectoria desde sus inicios en los años ochenta cuando fue un simple vendedor de acciones cotizadas en centavos, su paulatina escalada multimillonaria y finalmente su aparatosa caída a fines de los noventa. No es menor el hecho de que el personaje recurra, al comienzo de la película, a un montón de dealers de poca monta, perfectos lúmpenes para su emprendimiento bursátil. Gente que no sólo carecía de aptitudes para las matemáticas, sino que además no tenía formación alguna, y mucho menos escrúpulos. Se sigue así una comedia desopilante con puntas dramáticas -aunque aún en los momentos más terribles y violentos continúa siendo graciosa-, y con un humor basado principalmente en esa misma premisa: la cortedad de miras y la ausencia de moral de los personajes. 
Scorsese, que supo ser un empedernido adicto a la cocaína en los años setenta y que llegó incluso a una sobredosis que lo dejó hospitalizado, conoce en carne propia el descontrol toxicómano, la vida entre prostitutas y el desmadre general constante que puede vivirse en esta película. Hay momentos desopilantes así como secuencias en las que el descontrol satura, tornándose desagradable e incómodo. Esa notable dualidad entre la simpatía y el rechazo que generan el protagonista y toda la película despierta una atracción morbosa constante, estableciendo cierta complicidad, alternando euforia con incomodidad y hasta una pizca de compasión durante los desbordes de patetismo. 
Uno de los mejores actores secundarios presentes, Matthew McConaughey (y esos que los hay a raudales, pero no podría nombrar a todos por cuestiones de espacio) da al comienzo pistas, claves esenciales para sobrevivir al trabajo en Wall Street: tomar mucha cocaína y masturbarse varias veces por día, por ejemplo. También enseña una especie de canto ritual indígena vaya uno a saber de qué origen, que será reproducido más adelante por el protagonista. Clara referencia a que no hay nada de sofisticado, de sustancioso o de profundo en este trabajo, sino que por el contrario se trata de un oficio en el que se recurre a varios de los aspectos más básicos del ser humano: la ambición más desacatada y la búsqueda irreflexiva de adrenalina. 

Publicado en Brecha el 10/1/2014