viernes, 2 de septiembre de 2016

Miedo profundo (The Shallows, Estados Unidos, 2016)

De playa y de tiburones


Ante la imposibilidad de traducir el título original The Shallows, (en español los bajíos, las aguas poco profundas), y quizá apelándose a un sentido más poético, en latinoamérica pasó a ser "Miedo Profundo", y en España "Infierno azul". Poco cambia: el asunto va de playa y de tiburones que atacan a los seres humanos. 
Una rubia texana despampanante sale a veranear a una playa perdida de Tijuana. Mala idea: como se sabe, en el cine dominante el hecho de que los norteamericanos se salgan de sus límites nacionales supone que en breve algo horrible les acontecerá. Dicho y hecho, poco tiempo tiene la chica para disfrutar del surf y de las olas antes de ser embestida y masticada por un tiburón de los más osados. Hábil nadadora, la protagonista logra escaparse y mantenerse a salvo y a flote precariamente, en diferentes túmulos flotantes: una ballena muerta, riscos, una boya. Estudiante de medicina, también se las ingeniará para autohilvanarse y cicatrizar sus heridas con métodos poco convencionales; como en 127 horas, All is Lost o El renacido, se trata de una aproximación minimalista, corpórea, enfocada en las estrategias implementadas ante sucesivas instancias de peligro extremo. 
El director barcelonés Jaume-Collet Serra se ha convertido en un artesano perfectamente acoplado a las necesidades de Hollywood, y sus talentos se hacen notar en una filmografía que siempre ha despertado cierto interés: La casa de cera, La huérfana, Desconocido y Una noche para sobrevivir son piezas de género funcionales y bien logradas. Aquí antes del ataque de los tiburones, las cámaras se ocupan principalmente de la protagonista y de sus curvas, con una estética clippera, colorida, y una música cool muy acorde al mundo del surf. Pero cuando comienza la supervivencia propiamente dicha, de pronto la película se torna más urgente y seria, manejando notablemente tensiones y ritmo. Aquí los mayores méritos parecerían encontrarse en los rubros técnicos: una fotografía vistosa y un sonido envolvente funcionan igual de bien tanto por encima como por debajo de la superficie, así como un maquillaje perfecto y un montaje que dosifica muy bien lo que se muestra y lo que no, generando el nerviosismo pertinente en cada secuencia. Si bien las primeras escenas llevan a dudar de si la actriz Blake Lively fue reclutada por sus dotes actorales o por sus medidas corporales, ella bien demuestra estar a la altura de tan exigente tour de force
Sobre el desenlace el planteo vuelve a decaer, con un enfrentamiento de la protagonista contra el tiburón –muy convenientemente, en algún momento los tiburones se redujeron a uno sólo– más propio del Coyote y el Correcaminos que de una película de acción real. Es allí que comprendemos que, en rigor, éste es un divertimento mucho más liviano de lo que parecía, mucho más cercano a Depredadores que a Gravedad. Por lo pronto, un poco de miedo puede ser, pero de profundidad nada.

Publicado en Brecha el 2/9/2016

jueves, 1 de septiembre de 2016

La vida (y algo más) por el cine



Muchos actores verdaderamente comprometidos con sus trabajos han llegado a hacer cambios físicos extremos y particularmente nocivos para su salud. Christian Bale es lo más parecido a una bola de plastiscina humanoide que ha podido verse circular por la gran pantalla: perdió 28 quilos para alcanzar las dimensiones del esquelético personaje de El maquinista, y ganó otros 44 de puro músculo para su protagónico en Batman Inicia; en cambio, para Escándalo americano engordó veinte kilos de grasa pura, prácticamente llegando a la obesidad. Por su parte, a actriz Natalie Portman perdió doce kilos para su papel como bailarina profesional en El cisne negro, forzando los límites de lo posible para una mujer de un metro con sesenta. Pero más allá de las extremas dietas para adelgazar y engordar, –de las que podríamos rellenar un artículo entero enumerando ejemplos– o de intensas sesiones de gimnasio, también es cierto que los actores han hecho otro tipo de sacrificios físicos para la causa del cinematógrafo. El corte en la nariz que le inflige un pandillero a Jack Nicholson en Chinatown es real y aconteció mismo frente a cámaras. Rooney Mara mandó hacerse una docena de pierciengs reales para la película de Millenium; la escena de La naranja mecánica en que al protagonista le sujetan los párpados para evitar que pestañee, le ocasionó al actor Malcolm Mc Dowell daños en la córnea y ceguera temporal. En La pasión de Cristo, el actor Jim Caviezel se dislocó un hombro cargando con la cruz y durante la escena del sermón de Cristo en el bosque de olivos, ocurrió un verdadero milagro: un rayo le cayó encima. 
Y qué decir de los docenas de fracturas y daños irreversibles que sufrió Jackie Chan a lo largo de su carrera; luego de una pirueta específica para la película Police Story, en la que en el medio de un centro comercial tenía que deslizarse descolgándose de una columna ornamentada con luces, el actor acabó electrocutado, con quemaduras y varios dedos fracturados, cortes profundos en el antebrazo, la pelvis dislocada, vértebras rotas y paraplegia temporal. Para el trabajoso rodaje de Armour of God, Jackie debía saltar de una pared hasta un árbol. Pero una de las ramas se rompió, y el actor cayó golpeándose la cabeza contra las rocas que habían debajo; los resultados fueron una fractura de cráneo que casi lo mata, y una sordera parcial que le duró toda la vida. 
Las declaraciones de Keira Knightley a la publicación británica de modas InStyle refieren a otro tipo de daños. A lo largo de casi veinte años de trabajar en Hollywood, "Me he teñido el pelo de todos los colores imaginables para diferentes películas. Me fue tan mal que mi cabello, literalmente, se cayó." La actriz asegura que como consecuencia de este destrato, desde hace cinco años que viene usando pelucas. 


Quienes también han pagado como pocos las consecuencias de rodajes mal encaminados han sido históricamente los animales, y es que durante décadas el cine no contó con reglamentación alguna en lo referido a los tratos impartidos a ellos durante las filmaciones. Se cuenta que para el las escenas de carreras Ben-Hur murieron decenas de caballos. Para el rodaje de Jesse James, un caballo fue empujado adrede por una plataforma aceitada, para que acabara despeñándose por un barranco. La puerta del cielo de Michael Cimino fue un escándalo: ahí se explotaron y desangraron caballos, se desstriparon vacas para proveer de intestinos reales a los actores, se decapitó una gallina y hasta se orquestaron peleas de gallos reales. Desde entonces, la American Humane Association (AHA), organización no gubernamental, se encarga de monitorizar el tratamiento de animales durante los rodajes, y de aprobar o denegar la etiqueta tranquilizadora para muchos, que señala que "ningún animal resultó herido durante el rodaje de esta película". Pero según se ha denunciado, a veces la AHA hace la vista gorda a ciertos sucesos, tapándolos y cubriendo así a la industria. Para el rodaje de El hobbit, un entrenador denunció la muerte por deshidratación, ahogamiento y cansancio de al menos 27 animales, pero la conclusión de la asociación fue que "ningún animal había sido perjudicado durante la acción"
La lista de sacrificios animales en cámara incluyen también una vaca prendida fuego para Andrei Rublev, un gato torturado en Sátántangó, un búfalo degollado en Apocalipsis Now, conejos baleados para Las reglas del juego, un caballo empalado por los hierros de un vagón salido de rumbo en Courage. Una de las escenas más increíbles y brutales de Oldboy tiene lugar cuando el protagonista entra a un bar de sushi y le pide al chef "algo vivo para comer". Luego de que le sirven un pulpo lo engulle, mientras los tentáculos continúan contorneándose y deslizándose por su rostro. No hubo efecto digital alguno para la escena, y el actor Choi Min-sik debió comerse cuatro pulpos uno atrás del otro para lograrla. No fue fácil para él; budista practicante, Choi debió pedir perdón por cada uno de los animales. En un video de detrás de cámaras puede verse al actor disculpándose con uno de ellos antes de que las cámaras empiecen a rodar.

Publicado en Brecha el 26/9/2016

jueves, 18 de agosto de 2016

Rams (Hrútar, Grímur Hákonarson, 2015)

Resguardando el rebaño 


Al igual que con el fútbol, Islandia anda muy bien para el cine. Las razones por las que una isla perdida en el océano Atlántico de poco más de 300 mil habitantes pueda contener tanto talento es algo llamativo y digno de análisis. Como sea, esta película es un buen exponente de la calidad cinematográfica que viene desplegando el país año tras año, por lo menos desde hace una década. Gummi y Kiddi son dos veteranos solteros y ermitaños que viven en casas contiguas en un remoto pueblo rural, en el valle nevado de Bardardalur. Son además hermanos, pero a pesar de que comparten territorio y afición, desde hace décadas que están peleados y no se dirigen la palabra. Su vida gira en torno al pastoreo y a sus respectivos carneros, premiados en varias ocasiones como los mejores del país por su ancestral linaje. No es para menos, son cuidados con cariño y esmerada devoción por ambos protagonistas, quienes a su vez compiten entre ellos para ver cuál se lleva los galardones del último año. El drama se impone cuando sus rebaños contraen la tembladera o scrapie, una enfermedad mortal y neurodegenerativa ligada estrechamente con el mal de la vaca loca, lo que para las autoridades locales supone la necesidad de sacrificar los carneros de inmediato para impedir que la peste se propague. Pero para ambos hermanos sus animales son la vida, y así ambos considerarán dejar de lado las viejas desavenencias, defender su patrimonio e intentar engañar de algún modo a su enemigo en común. 
Curiosamente, la enfermedad de los carneros se origina con la llegada a la isla del ganado británico, algo que parece ironizar sobre los problemas que aquejaron recientemente a Islandia, cuando sufrió el crack financiero en 2008, al que siguieron presiones económicas asfixiantes por parte de la vecina potencia, uno de sus principales acreedores. Más allá de la referencia política, la película puede ser vista, en su sencillez y minimalismo, como una notable fábula dotada de un muy buen uso del humor. El director y guionista Grímur Hákonarson explota la extravagancia de los personajes y la excentricidad de ciertos usos, desde su intercambio epistolar mediante un perro, hasta el salvataje de un hermano al otro, excavadora mediante. 
La imagen es sobresaliente, el director de fotografía es aquí el noruego Sturla Brandth Grøvlen, una de las revelaciones de Europa en el rubro, también responsable del extraterrenal desempeño de cámara tras la alemana Victoria. Esto provee a la historia de una notable y refinada estilización, en la que se aprovecha al máximo la luz natural y los vastos parajes nevados. Se da en la tecla para aportar una superficie seductora a una historia pequeña, con las justas dosis de exotismo; fórmula ideal para caer bien tanto a los festivales internacionales como al público en general. Más allá de eso, Rams es una película emotiva que, como es común al cine islandés, plantea un universo diferente, con originalidad, calidez y una aproximación que trasmite una constante sensación de libertad.

Publicado en Brecha el 19/8/2016

viernes, 5 de agosto de 2016

Por qué Stranger Things

Volver a ser niños


   Es verdad que la nostalgia se ha vuelto un verdadero negocio para las grandes productoras cinematográficas y televisivas estadounidenses. Los reboots, remakes, spin-offs, o lo que fueren son constantes que venden y se siguen reproduciendo. El sólo hecho de que se revivan permanentemente viejos superhéroes es prueba suficiente de que se ha dado exitosamente con un nicho de mercado que contempla varias generaciones al mismo tiempo, pero que fundamentalmente llega a los adultos desde la nostalgia, y a sus hijos por extensión y contagio. Estos productos son desiguales; muchas de estas superproducciones se quedan en ejercicios estériles saturados de guiños y referencias, insertos en paquetes rutinarios y anodinos. Pero sin embargo también existen en la industria (es verdad, son los menos) creativos que saben entender, capturar la esencia y la magia que volvían a aquellos divertimentos tan populares y atractivos. 
   Se puede decir que J.J Abrams supo entender mejor la esencia misma de la vieja trilogía de Star Wars que el mismo George Lucas, su creador, y así es como la última entrega de la saga supo darle una nueva vida superando ampliamente a todas las de los 2000, justamente por haber sabido recrear y revivir aquellos mismos elementos que en un principio volvían a la franquicia adictiva. De esta misma manera, los hermanos mellizos Matt y Ross Duffer demuestran aquí tener un profundo conocimiento de las películas de aventuras de los años ochenta, aquellas que nacieron bajo el ala de Spielberg y que tan hábilmente supieron renovar el cine de géneros. Quienes hayan disfrutado alguna vez de películas protagonizadas por niños como Los Goonies, E.T., Stand By Me o de adaptaciones de novelas de Stephen King como IT o Ojos de fuego, no deberían perderse esta sobresaliente serie. 
   Además de una notable banda sonora que se impone a fuerza de sintetizadores, una secuencia de inicio inspirada en el trabajo de Richard Greenberg –el artista que diseñó la introducción de clásicos como Alien, Superman, Arma Mortal, La zona muerta y Los Goonies– una recreación de época en la que no faltan los juegos de rol, los walkie-talkies de corto alcance, las bicicletas BMX, la comida chatarra y la música de bandas como The Clash, Joy Division y Jefferson Airplane, los hermanos Duffer supieron construir la acción considerando todos estos pequeños detalles, la clase de minucias que a los niños de la época nos hacían felices, recuperando de algún modo esa atmósfera y esa belleza perdida que supo caracterizar a ese tipo de películas. Los Duffer no son los primeros en hacerlo ni serán los últimos. Ya en la película Super 8, pero sobre todo en la brillante Monster House se hacía un notable uso de este mismo universo. 

   Por supuesto, la clave de un emprendimiento de este tipo es adaptar ese mundo a los ritmos, las estructuras narrativas y las exigencias de los espectadores de hoy. Y seguramente ahí se encuentre la verdadera razón de que Stranger Things sea un éxito radical y que esté dando que hablar en cada confín del planeta; y es que más allá de ser un notable ejercicio de nostalgia, está brillantemente narrada: cuenta con una docena de sólidos personajes que tienen una progresión coherente, que van desarrollándose conjuntamente con la historia, abordada desde una perspectiva coral y caleidoscópica, más propia de nuestros tiempos. La desaparición de un niño moviliza al mismo tiempo a un sheriff, a una madre desesperada y a un grupo de amigos, pero también seguimos las desventuras de una adolescente y de una enigmática niña escapada de un laboratorio. Esta construcción coral visita y engloba al mismo tiempo a esos géneros que proliferaron en los ochenta: la ciencia ficción, el cine de aventuras, la comedia juvenil, el thriller, el terror. Ninguna de las historias es absolutamente original (corresponde decir que nada deja de oler y sentirse como un déjà vu), pero es sumamente interesante cómo la serie unifica piezas tan aparentemente dispersas como el infame proyecto MK ultra, los superpoderes, y una dimensión paralela y oscura de monstruos viscosos, propia del videojuego Silent Hill. En su despliegue, la estructura coral recuerda asimismo a una notable serie reciente, la francesa Les Revenants, en la cual dentro de un pueblo cada uno de los personajes también iba encontrándose con una pieza distinta de un rompecabezas, de modo que el espectador deseaba que todos ellos se juntaran de una buena vez, pudiéndolo armar en equipo. 
   En definitiva, eso es lo interesante y lo fundamental de Stranger Things: es clásica y moderna al mismo tiempo, es nostalgia y también reformulación, es simultáneamente una pieza de relojería rebosante de detalles y un sentido homenaje; es infantil y a la vez adulta. Lo único que cabe esperar es que los Duffer filmen ya mismo la próxima temporada, antes de que los niños protagonistas crezcan medio metro, les cambie la voz y cambien sus bicis por carrocería 4x4.

Publicado en Brecha el 5/8/2016

viernes, 22 de julio de 2016

Julieta (Pedro Almodóvar, 2016)

El silencio

 
Al ir por la calle, la cincuentona Julieta (Emma Suárez) se encuentra con una chica mucho más joven que ella. Por la reacción de ambas, pareciera que hace mucho tiempo que no se ven, y todo señalaría que les une cierta complicidad, un pasado en común, cuando menos tormentoso. De apenas unos minutos, ese encuentro casual y algo incómodo supone un suceso lo suficientemente perturbador como para que la protagonista decida súbitamente cancelar su mudanza a Portugal, dejar a su pareja (Darío Grandinetti) y quedarse en Madrid. Es así que el gran Pedro Almodóvar despliega, con esa breve escena, un mar de incógnitas que suponen una sólida y portentosa base para esta película. A partir de allí comenzará un gran flashback que retrotrae a los años ochenta y a la juventud de Julieta, interpretada entonces por la fenomenal Adriana Ugarte. 
Ambas actrices encarnan un mismo personaje con una coherencia emocional notable, lo que lleva a recordar que el cineasta manchego es de los más grandes directores de actores de nuestros tiempos. Pero además, la originalísima transición que implementa al cambiar una actriz por la otra está notablemente impuesta a través de un "montaje invisible" que se vuelve visible (o no, algunos espectadores aseguran no percatarse del cambio), y al mismo tiempo carga de significación al artificio: las circunstancias llevan a que la protagonista literalmente envejezca de pronto. Hay otro personaje que también es encarnado por varias actrices: Antía, hija de Julieta, que cuando es adolescente brilla como nadie, es en ese lapso interpretada por Priscila Delgado, una sobresaliente actriz televisiva de quien seguramente volveremos a oír muchas veces. 
Si bien la primera mitad de la película cuenta con una construcción psicológica, un suspenso y una progresión dramática dignos del mejor Hitchcock, sobre su desenlace el enfoque retrotrae a los más cargados melodramas de Douglas Sirk. La narración fluye como un río, cada personaje tiene sus razones, sus conflictos propios y palpita en los fotogramas, y hay un notable esmero en la puesta en escena, en los colores, en los decorados y en los objetos; una sucesión inagotable de detalles visuales y sonoros precisados al milímetro. 
Pero Julieta no es sólo una película elegante e intensa por donde se la mire sino que es de esas que se quedan con el espectador por lo que no dice o, mejor expresado, por aquello que los personajes no verbalizan pero habita dentro de ellos. De hecho, la película iba a llamarse "Silencio", pero el título fue cambiado ya que Scorsese le ganó de mano a Almodóvar nombrando así su próximo opus. (El que no quiera enterarse de detalles importantes del desenlace de la película debería dejar de leer por aquí). 
El hecho de que una niña pierda de un sólo golpe a sus dos sustentos vitales –uno de ellos muerto, el otro hundido en un pozo depresivo– supone un shock psicológico mayor, que la coloca en una situación de inestabilidad, perdida, sin un rumbo. Que un personaje tan querible como Julieta se convierta en una prisión para su hija es algo que no es perceptible en un comienzo, pero puede deducirse más adelante. Almodóvar además explora cómo los grandes tabúes, lo que no puede nombrarse al interior de un núcleo familiar, es quizá más influyente en la formación de un individuo que todo aquello de lo que sí se habla.

Publicado en Brecha el 22/7/2016

lunes, 18 de julio de 2016

Warcraft: El primer encuentro de dos mundos (Warcraft, Duncan Jones, 2016)

Palo y palo 


20 años tiene ya la saga del videojuego Warcraft, compuesta por una sucesión de juegos de estrategia en los que una buena cantidad de clanes de humanos y de orcos se daban palos unos contra otros, en batallas campales inagotables en las que se enfrentaban sucesivas hordas de guerreros. El jugador, como buen estratega bélico, debía dar órdenes a sus tropas, desplegando soldados, caballeros, arqueros, artilleros, brujos y conjuradores a través del campo, y evaluando los tiempos y los recursos requeridos. Pero el universo del juego se amplió más allá de las campañas bélicas y dio también lugar a otro videojuego de masividad inusitada, World of Warcraft, más orientado al RPG y a la interacción de jugadores en línea. Además, un juego de mesa, otro de rol, novelas y hasta un manga contribuyeron también a expandir una historia repleta de episodios, locaciones, personajes y giros argumentales. 
Esta película vendría a corresponderse a la segunda entrega del juego, Orcs & Humans, del año 1994, y se presenta como una primera parte de una saga cinematográfica que se extenderá quién sabe hasta cuándo. Que se trata realmente de un "universo" es algo que puede sentirse al momento mismo de iniciada la película. Y es que por detrás de la trama elemental y de los conflictos, es perceptible una riqueza particular. En el diseño estético de los personajes, en sus atributos, en las características de tal o cual paisaje se notan esos veinte años de acumulación de elementos. El director Duncan Jones (hijo del recientemente fallecido cantante y compositor David Bowie) es un fanático asumido de la saga, y si bien los personajes pueden ser bastante planos y estereotipados, se ven envueltos en situaciones elaboradas y coherentes, y en una historia que ha sido tomada muy en serio. Dentro del delirio que supone que los orcos vayan a la guerra vestidos con armaduras ornamentadas por varios cráneos y hasta por columnas vertebrales, existe un encanto muy particular en el esmero destinado a estos detalles. 
Es verdad, no hay nada demasiado nuevo en la propuesta y la película vendría a colmar esa cuota de superproducciónes de fantasía bélica que Hollywood vienen necesitando desde la primera entrega de El señor de los anillos. Pero esta Warcraft cuenta con varios atributos: da lo que promete sin mayores pretensiones, está bien filmada y relatada y, dentro de esta lógica de confrontación de humanos y orcos, propone la existencia de héroes y villanos en ambas filas. Cuando cerca del final, un grupo de humanos arenga en pos de declararle la guerra a los orcos in totum, al espectador no se le escapará que hay algo profundamente injusto en la generalización. Sin dudas, una complejidad preferible a las simplificaciones de buenos contra malos propias de El señor de los anillos, 300, o Mad Max, en las que, además, los héroes eran atractivos y los villanos extremadamente feos.

Publicado en Brecha el 15/7/2016

jueves, 7 de julio de 2016

Las mejores películas (XXVIII)

Hace ya bastante tiempo que sobrepasé la decena de películas para recomendar, se me fueron acumulando sin que pudiera escribir estas breves sinopsis, y hasta llegué incluso a considerar dejar de publicar este tipo de entradas de "las mejores películas". Pero sé que son de las más leídas de este blog, y unos cuantos lectores me las han pedido especialmente. Además son las que más satisfacción me dan, así que decidí cambiar su enfoque; ya no voy a dejar constancia de todas y cada una de las mejores películas que haya visto en los últimos meses, sino que voy a poner un filtro aún mayor, señalando sólo las que están al alcance de todos y que realmente se me antojan imprescindibles. Tampoco me voy a detener en películas obvias que todo el mundo vio como The Hateful Eight o Tangerine (obviamente, las recomiendo enfáticamente), pero voy a acortar el recorrido porque simplemente no encuentro tiempo para escribir sobre todo el cine bueno que existe.

Oh Boy de Jan Ole Gerster (Alemania)

Esta es del 2012, pero la vi hace poco y si encabeza esta lista es porque me parece una condenada maravilla. Una errática odisea en blanco y negro a través de las calles de Berlín puede contener tantos imprevistos como despropósitos, y los variopintos personajes que se le aparecen a Niko, el algo mimado y desconcertado protagonista, nunca son lo que en un principio parecen, como todo en esta acuosa y extraña película. La Alemania de hoy es un coloso a la deriva, pero aferrado a sus raíces, desviado, neurótico, ocasionalmente violento. Y lo único que quiere Niko es tomarse un café...  

Gente de bien de Franco Lolli (Colombia, Francia)

Creo que nunca vi una película que desplegara tan nítida y brillantemente la esencia misma de las brechas sociales, la discriminación, la exclusión, el resentimiento, el odio de clase. Los niños pueden ser muy crueles, y una iniciativa altruista y caritativa por parte de una madre progresista puede acabar reforzando la exclusión y el prejuicio, convertiéndose en lo contrario de lo que en un principio pretendía. Es terriblemente triste, es brutal, es terrorífica en su planteo, y quizá también sea la mejor película colombiana de todos los tiempos.

Langosta de Yorgos Lanthimos (Grecia, Irlanda, Bélgica, Reino Unido, Francia)

Con Canino, muchos intuíamos que estábamos ante un director absolutamente diferente, un nihilista del porte de un Haneke o Von Trier, pero con un estilo quizá más personal e intransferible. Esa sensación se convierte en certeza al asistir a esta portentosa película. En un futuro distópico, los solteros son arrestados e internados en un hotel, bajo estrecha vigilancia. Cuentan con 45 días para conseguir una nueva pareja, o de lo contrario deberán someterse a una transformación irreversible. En contraposición, un submundo de rebeldes supone la salvaguarda para los usuarios en fuga, pero también presentando una nómina de reglas...

Tag de Sion Sono (Japón)

Con esta película me confirmo como un adicto fanático de Sion Sono. La adolescente protagonista no sólo tiene el problema de que a su alrededor el universo parece convertirse en caos, sino que ella misma va cambiando, transformándose sucesivamente en otras personas a lo largo de su recorrido. Como dice wikipedia, Tag es una película de "acción, terror, surrealismo, suspenso y filosofía". Yo agregaría que es la obra más poética que haya filmado el maestro japonés, y que por detrás de la demencia imparable y de algunas escenas completamente inolvidables, existe un encanto y una sensibilidad muy especial.

Victoria de Sebastian Schipper (Alemania)

Otra más por las calles de Berlín... pero qué bien que vienen filmando los germanos, maldita sea. Acá tenemos a una protagonista un tanto desquiciada e inconsciente, sedienta de adrenalina y descontrol, que se encuentra casualmente con una partida de ebrios que podrían darle justo lo que precisaba. Y efectivamente, todo se termina saliendo de madre, quizá hasta un tanto más de lo que ella hubiese querido. Un plano secuencia de dos horas veinte, con grandes actuaciones, un gran trabajo fotográfico, y un suspenso que se impone sin nunca decaer.

The Witch de Robert Eggers (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Brasil)

Si bien la vida en la Nueva Inglaterra de comienzos del XVII no debió haber sido fácil, menos lo era si tocaba vivir expulsado de la comunidad, de la caza y la recolección en las inmediaciones de un bosque siniestro. Si además una extraña maldición recaía sobre la familia, comenzaban a acontecer desapariciones y extrañas posesiones, la estabilidad tendía a perderse, y ganaba espacios la desesperación. Una película de terror histórico dotada de una densidad inconcebible, que se presta para lecturas sobre la religión y los dogmas, la locura y la marginación, sobre los chivos expiatorios y la persecución a las mujeres, entre otras nimiedades.

La tercera orilla de Celina Murga (Argentina)

La vida de Nicolás no es la de un adolescente típico. Si bien la situación económica de su familia es estable y más bien desahogada, sobre sus hombros pesa un legado insalubre; él quisiera estar más tiempo entre amigos, con sus hermanos o simplemente haciendo nada, pero su padre, a quien ni siquiera puede llamar por su nombre, quiere que siga su recorrido, estudiando medicina, heredando sus tierras y sus más pesadas responsabilidades. El patriarcado no sólo genera víctimas entre las mujeres sino también entre los hombres, y pocas cosas podrían demostrarlo mejor que esta brillante película.

Hijo de Saúl de László Nemes (Hungría)

Antes de que me digan "oootra más de campos de concentración..." les aviso que yo también estoy bastante harto del tema, pero que aún así, esta película me parece sumamente novedosa en su forma, y el planteo lo suficientemente poderoso como para ser desmerecido. El protagonista es un "sonderkommando" a cargo de conducir a los prisioneros a las cámaras de gas, y luego limpiarlas y recoger sus cadáveres. El recorrido de Saul a través del campo va exhibiendo diferentes instancias de deshumanización y horror, y su rostro inexpresivo e inconmovible quizá sea lo más inquietante de todo.

Nina Forever de Ben Blaine y Chirs Blaine (Reino Unido)

Que mientras se tiene sexo con alguien se aparezca el recuerdo de otra persona es algo que le debe pasar a muchos, y que podría considerarse hasta normal. Pero si esa otra persona es tu novia muerta, y no aparece en el recuerdo sino se aparece realmente su cadáver marchito, manchando las sábanas de sangre, entonces tenemos un problema considerable. La Jessica Hyde de la serie Utopia es aquí esta mortaja inoportuna que marca territorio sin nunca dejar a los personajes fornicar en paz. El british horror viene cada día más inteligente y profundo.

Un día especial de Francesca Comencini (Italia)

Un par de muchachos pertenecientes a los barrios periféricos de Roma se conocen a bordo de un lujoso auto. Él acaba de conseguir su trabajo como chofer, ella debe acudir a una promisoria entrevista laboral. Pero la cita se retrasa, y ambos deberán pasar un rato juntos. En ese lapso, aprovecharán para conocerse mejor, para divertirse en el centro de la ciudad, para confiarse deseos y angustias personales. El choque con el universo adulto y con realidades que existen pero nadie cuestiona, desvelan una Italia berlusconiana de decadencia moral, individualismo recalcitrante y víctimas varias.

jueves, 30 de junio de 2016

Victoria (Sebastian Schipper, 2015)

Gol de Alemania 

Los filmes rodados sin cortes, realizados con un único plano secuencia, ya han dejado de ser algo sorprendente y se han convertido prácticamente en una moda. Incluso antes de Birdman había ejemplos de las más variadas precedencias, pero es probable que la oscarizada película de González Iñarritú haya generalizado una osadía que, por el abaratamiento de las tecnologías, hoy se encuentra a la mano de cualquier realizador independiente. Que luego esas películas sean buenas es otro cantar pero, en este caso particular, esta imponente producción germánica es un logro por donde se la mire. 
La acción comienza en una discoteca electrónica berlinesa. Victoria, la protagonista, es una chica española que fue a trabajar a la capital. No habla alemán y baila y bebe sola, pero una vez dispuesta a marcharse se encuentra con un grupo de tipos borrachos a los que no dejan entrar. Saltándose todo criterio de prudencia imaginable, la chica se une al grupo de desquiciados y acepta su invitación a continuar la noche con ellos, con la idea de conocer “otra Berlín” intensa y callejera. Desde ese momento la tensión se dispara, los muchachos no sólo están desmesuradamente ebrios, sino que además gustan de saltarse todas las legalidades imaginables. Con uno de ellos, Victoria parece tener una mayor conexión, y en las andanzas callejeras, en la visita a la terraza de un edificio y en un café, esa primera tensión, la del peligro, va alivianándose hasta transformarse en tensión romántica. Más adelante esta también se diluirá, para imponerse otro tercer tipo de tensión, aún más urgente, transformándose la anécdota en algo inesperado, aunque no corresponde adelantar aquí más detalles de la intrincada trama. 
Es de suponer que una película filmada en tiempo real carezca de buen ritmo, que esté llena de huecos de transición en el desplazamiento de las cámaras de un sitio hacia otro, de tiempos muertos. Basta recordar la iraní El sabor de la cereza para imaginarse un recorrido soporífero y un sinnúmero de planos sin razón de ser. En Victoria, la impecable orquestación coreográfica en el recorrido, el desplazamiento de los actores y la sucesión de escenas se encuentra notablemente acompañado con una impecable dosificación del suspenso. Durante dos horas y veinte minutos la narración mantiene al espectador al borde de su asiento, preocupado por el destino de los personajes y los sucesivos acontecimientos que se les imponen. 

El director alemán Sebastian Schipper está lejos de ser un primerizo, y este ya viene siendo el cuarto largometraje de su autoría. Pero se había dado a conocer como actor antes de comenzar a filmar, con papeles importantes en películas como El paciente inglés, Corre Lola Corre, La princesa y el guerrero y Three. Aquí el nivel de las actuaciones permite entrever esta faceta del director, ya que el equipo actoral en Victoria se desenvuelve brillantemente y es llevado a constantes cambios de registro; desde una protagonista (Laia Costa) con una propensión hacia los excesos y un grupo de secundarios que pasan de la euforia más desacatada al pánico absoluto una y otra vez, los personajes convencen aún cuando los múltiples giros del guión demandan de ellos un desempeño sobrehumano (y sin posibilidad de cortes). Mención aparte merece el director de fotografía noruego Sturla Brandth Grøvlen, una de las grandes promesas de Europa, quien también se había desempeñado en películas con propuestas estéticas notables como la islandesa Rams y la también alemana I Am Here. Y es que si Victoria es una película increíblemente orquestada y dirigida, es notoria la sensibilidad de una cámara que coloca a la audiencia en una vigilia constante, que construye atmósferas, que se acerca con respeto y cuidado a los personajes, que se desenvuelve con maestría pero volcando la atención en aquello que es captado y no en sí misma. 
Cine de género, cine de autor, cine experimental, elevated genre, nómbrese y etiquétese como se quiera. Victoria es la clase de película que deslumbra en su forma al mismo tiempo que entretiene, y que ofrece además un cúmulo de nuevas ideas, inyectando vitalidad al panorama del cine europeo.

Publicado en Brecha el 1/7/2016

miércoles, 29 de junio de 2016

El conjuro 2 (The Conjuring 2, James Wan, 2016)

Menor, y sobresaliente 


¿Por qué dedicarle espacio a la secuela de una película de terror? Primero, porque su director, el malayo James Wan, es hoy uno de los más grandes directores de cine de terror, y seguramente el mejor de los que se desempeñan desde el corazón mismo de la industria. En segundo lugar, porque ya había filmado una secuela, Insidious 2, y era buenísima. Wan había avisado públicamente, antes de la realización de esta película, que se retiraba del cine de terror. No cumplió con su palabra –como casi todos los cineastas que dicen esta clase de cosas–, lo cual es sin dudas una gran noticia para los fans del género. 
El conjuro 2 deja ver todas las marcas más personales del cine de Wan. Tenemos una adaptación histórica detallada, una crujiente casa repleta de objetos inquietantes; por ahí están los espejos, los maniquíes cubiertos con sábanas, los sótanos, los grandes roperos, las carpas y los juegos infantiles. Y claro, también las presencias demoníacas. Los mayores atributos de Wan se encuentran aquí desplegados, potenciados y refinados: las cámaras inmersivas que se desplazan lentamente por las habitaciones se convierten, sobre todo al comienzo, en verdaderos planos secuencia ascendentes y descendentes en los que son presentados los personajes y las diferentes habitaciones de la casa. Los impecables decorados, la iluminación, el trabajo del sonido, la graduación del suspenso son un prodigio, y los sustos, siempre efectivos, están notablemente dosificados. 
El director ha desarrollado y profundizado una idea a lo largo de sus últimas películas, ya una marca de autor que además logra promover una opresión particular: las amenazas diabólicas atosigan a los protagonistas y los traumatizan, pero también se alimentan de ese miedo, de ese daño profundo que les causan, volviéndose más fuertes. Así crean un círculo vicioso y un vínculo parasitario con sus víctimas, acentuando el cuadro de depresión y oscuridad. Que la acción se sitúe en los suburbios de Londres en el invierno de 1977, en plena crisis, explica en parte la necesidad de la familia de permanecer en esa casa, quizá su única posesión. 
Sin embargo, hay algunos problemas en El conjuro 2, errores en los que suelen caer muchos directores consagrados. El metraje de esta película es de 134 minutos, y en su desarrollo hay unas cuantas escenas innecesarias, cuya presencia no termina de adaptarse al resto. Una de ellas, por ejemplo, se da cuando el protagonista empieza a tocar la guitarra y a cantar “I Can’t Help Falling in Love With You” junto a los niños atormentados. Está bien, es un capricho, pero James Wan no es todavía John Ford (o Tarantino), y para implementar ese tipo de escenas hay que saber conectarlas con el resto, de modo que esa distensión agregue algún elemento a la trama y, sobre todo, que no quede desencajada del tono general. Estas pequeñas “islas” narrativas obstaculizan la trama y la llevan a perder unidad. 
Así, esta secuela no llega al nivel de su brillante predecesora. Pero de todos modos vale la pena ver aun las películas “menores” de los maestros, y El conjuro 2 es un despliegue de oficio y habilidades como no suele encontrarse.

Publicado en Brecha el 29/6/2016

domingo, 26 de junio de 2016

Buscando a Dory (Finding Dory, Andrew Stanton, 2016)

Carrera contra el olvido 


Difícil era la tarea de entregar una secuela a la altura de un precedente que supuso uno de los picos más altos de la compañía de animación Pixar, el mayor recinto de creatividad de Hollywood en las últimas dos décadas. Pero la apuesta era fuerte, y Dory, quien quizá sea el secundario más inolvidable parido por la firma, pasa aquí a estar en el centro, a ser estrella del relato. Trece años han pasado desde la gran aventura familiar Buscando a Nemo, tiempo suficiente para que hayamos extrañado a sus personajes y que su director, Andrew Stanton, pudiese pensarse bien las cosas. En el interín, también nos entregó otra joyita (Wall-E), así como una fallida película de acción real (John Carter). 
Aquí Stanton retoma la compañía, y con ella el buen camino. Buscando a Dory cambia el eje esta vez y se centra en la historia previa de esta simpática pececita con problemas de memoria a corto plazo. Gracias a ciertos indicios que la memoria a largo plazo, la buena, le va dando, Dory es orientada en la búsqueda de sus padres, a quienes perdió siendo una niña. Es así que, repitiendo la fórmula de travesía y descubrimiento, esta obra está provista de toda la inteligencia y la creatividad que caracteriza a Pixar, con una nueva docena de personajes maravillosos además de escenas descollantes, como un secuestro a un camión por parte de la protagonista y un pulpo camaleónico, una muestra del mejor Stanton en estado de gracia. 
En este caso, la búsqueda del título (en inglés sería "encontrando" en lugar de "buscando", pero la lectura se mantiene) no sólo refiere al extravío y búsqueda de Dory, sino que la misma Dory es la que está buscándose y encontrándose a sí misma, escarbando en su memoria y en su historia pasada. 
Pero a pesar de ser una película muy entretenida y a la altura de sus firmas, no llega a alcanzar el vuelo de su predecesora. Si bien Dory era un personaje maravilloso como secundario y como comic relief, esas características que la volvían un compañero ideal de aventuras no operan de la misma forma siendo ella el personaje principal. Marlín, protagonista en Buscando a Nemo, puede parecer a priori menos interesante, pero al ser un personaje temeroso y desconfiado, su recorrido a través del océano para dar con su hijo –que además estaba enclaustrado en una pecera, dentro de un apartamento– se presentaba como una tarea realmente quijotesca y titánica, agregándole una sostenida tensión al asunto. Dory en cambio es valiente y arrojada y, aunque su memoria a corto plazo pueda ser un problema, sus instintos siempre la llevan por buen camino y la llevan a superar siempre todos los obstáculos, y esto es algo que se sabe desde el primer minuto. Por eso, desde un comienzo lo imposible se relativiza y se ve en esta película como algo factible de realizarse (a los pocos minutos de metraje los personajes ya están atravesando el océano montados en tortugas gigantes). 
Pero además este particular perfil olvidadizo y algo verborrágico en un protagónico se vuelve un poco incompatible con la idea de un personaje central que llame a una identificación efectiva y que sufra una transformación interna, además de presentar un eje moral sólido. Todo ello se encontraba en el sí, menos simpático Marlin, pero Buscando a Nemo contaba con una mirada y una progresión dramática que la convertía en un viaje épico y clásico, una lucha contra sí mismo y los elementos. Este crecimiento y esta progresión, en cambio, aquí parecerían ausentes.

Publicado en Brecha el 24/6/2016