jueves, 11 de julio de 2019

La decisión (No Date, No Sign, Vahid Jalilvand, 2017)

Culpa, parálisis y desacato 


Está claro que el cine iraní ha cambiado mucho en la última década: a un panorama dominado por las historias simples y minimalistas, frecuentemente centradas en personajes pertenecientes a las clases bajas –por lo general niños de un entorno rural o semirrural– se le ha impuesto uno más novedoso, que se enfoca principalmente en las clases medias urbanas, y en conflictos dramáticos cercanos al thriller. Directores multilaureados como Abbas Kiarostami, Mohsen Makhmalbaf, Jafar Panahi y Majid Majidi les pasan hoy la posta a otros, como Asghar Farhadi (La separación, El viajante), Houman Seyyedi (Thirteen, Sheeple) y Ana Lily Amirpour (A Girl Walks Home Alone at Night, The Bad Batch) quienes además comparten la singularidad de utilizar ciertos parámetros de los géneros (no sólo elementos del thriller, sino también del policial negro y del terror) para contar historias propias, impregnadas de particularidades de la cultura local. 
En este panorama cinematográfico se inscribe esta gran película, planteando un comienzo abrupto que dispara, desde el primer minuto, una gran seguidilla de situaciones incómodas. Un reconocido patólogo forense se ve involucrado en un accidente de tránsito menor, en el cual el choque de clases es literal: su auto colisiona con toda una familia que viaja a bordo de una motocicleta. En un principio ninguno de los involucrados parecería herido y, como el médico tiene su seguro vencido, intenta evitar la participación de la policía ofreciéndole dinero al padre de la familia damnificada. Olvidado el asunto y pasados unos días, un niño fallecido es conducido a la morgue, y el doctor lo reconoce de inmediato como uno de aquellos a los que atropelló. 
Al igual que su colega Farhadi, el director y co-guionista Vahid Jalilvand coloca a personajes corrientes en situaciones extremas, en un intento de desnudar ciertas reacciones y comportamientos inherentes al ser humano. El protagonista comenzará a verse atormentado por las dudas y por la posibilidad de que sea, en mayor o menor medida, responsable de esa muerte. Y conforme avanza la película, ese accidente en principio intrascendente parece repercutir en sucesos inesperados; es interesante cómo la culpa ante el deceso opera de forma diferente entre los principales involucrados (el médico y el padre del niño), mientras las dudas llevan al primero a la parálisis, una certeza infundada mueve al otro a una imperiosa necesidad de venganza. Ocasionados ya sea por el miedo o por la impotencia, esta conjunción de omisiones y desacatos conduce a puntos de no retorno, donde los daños parecen ya irreversibles. 
La extrema austeridad en la aproximación de Jalilvand juega muy a favor de una atmósfera recargada, en la que las tonalidades oscuras y grises acompañan procesos introspectivos y semblantes graves. Las elipsis están notablemente utilizadas, omitiéndose conversaciones o sucesos violentos, que son referidos posteriormente. Esta es la clase de películas que mantienen a la audiencia activa durante todo su metraje, y que incluso exigen una reflexión pormernorizada después de haber terminado, quizá una discusión de café que lleve a recapitular y especular sobre lo que ocurrió, los diferentes implicados y sus motivaciones.

Publicado en Brecha el 5/7/2019

viernes, 5 de julio de 2019

Toy Story 4 (Josh Cooley, Estados Unidos, 2019)

El mejor Hollywood 


Toy Story 3 era un precedente difícilmente superable. La entrega anterior de la saga de los muñecos animados –en el doble sentido de la palabra– que colocaba a los personajes en una prisión, y bajo un régimen mafioso de juguetes oportunistas y explotadores, fue una de las más creativas, intensas y emotivas obras que ha dado Pixar. Y no es poca cosa, considerando que el estudio de animación estadounidense cuenta en su historial nada menos que con películas del calibre de Buscando a Nemo, Wall-E, Ratatouille e Intensamente, varias de las mejores aventuras familiares jamás logradas. 
Lo cierto es que luego de una trilogía prácticamente perfecta, una nueva entrega parecía innecesaria. Las cuartas partes difícilmente son buenas ya que suelen redundar en fórmulas repetidas, sin aportar ni agregar nada nuevo. Pero, sorprendentemente, éste no es el caso. 
Y es que, sin llegar al nivel de su precedente, Toy Story 4 es, de todos modos, una película a la altura de la saga, así como una excelente presentación del director debutante Josh Cooley, miembro del departamento de arte que ascendió escalafones dentro del estudio. Aquí los típicos momentos de comedia, los enredos, las arriesgadas aventuras, los rescates y las persecuciones están bien dosificados y, por sobre todo, se encuentran notablemente refinados no sólo por el nivel de detalle en la animación, sino por un libreto en el que el ingenio y la creatividad parecen volcados en proporciones similares. Varios de los personajes nuevos (un tenedor convertido en juguete, dos peluches de feria, un motoquero acróbata) no son incorporados sólo como comic reliefs, sino como secundarios realmente memorables. La nueva villana, una temible muñeca antigua, está dotada de una personalidad y un relieve psicológico atípicos, y acaba proveyendo a la película de uno de sus fragmentos más emotivos. 
Quizá lo más interesante y sobresaliente de esta cuarta entrega es plantear una nueva salida al universo previamente presentado en las películas anteriores. Y es que había algo intrínsecamente abyecto en este submundo dependiente del humano en el que los juguetes pasaban la vida atados a una servidumbre para con los niños, quienes eran capaces de destrozarlos y descuidarlos, y que los acabarían dejando abandonados en una caja, juntando polvo indefinidamente. Por fortuna, aquí se plantea una salida de independencia para los juguetes; la aparición de nuevos escenarios (una tienda de antigüedades, un parque de diversiones) en los que su existencia también es posible propone un escape al sistema y al modelo impuesto. Otro elemento nada menor es que uno de estos esquemas de independencia está administrado y es presentado al protagonista por un personaje reaparecido: nada menos que Bo Peep, la pastorcita rubia de porcelana de las primeras entregas. Aquella damisela en apuros, ese personaje demasiado frágil y factible de romperse en mil pedazos que fue directamente eliminado del cuadro para la tercera entrega, sufrió aquí una evolución notable, transformándose en un personaje independiente: es una líder con personalidad y participación activa en la trama. Un gran cambio, acorde a nuestros tiempos.

Publicado en Brecha el 5/7/2019