jueves, 29 de diciembre de 2011

En las calles de Seúl

Turismo atribulado

Al primer día de mi estadía en la hiperpoblada ciudad de Seúl me dirijo al distrito Gangnam-gu, y me interno en el inmenso Coex Mall- algo así como un Shopping de 85 mil metros cuadrados-. Después de recorrerlo exhaustivamente, de ver tiendas asombrosas, un acuario gigante, el “Game Champ” –una sala inmensa donde cualquiera puede jugar videojuegos gratis y donde hay campeonatos que se transmiten a toda Asia- y de atiborrarme en el museo del kimchi (comida local picante a base de vegetales) doy por fin con uno de los principales objetivos de mi viaje: el parque temático Pucca. Ya había oído sobre sus divertidas atracciones, sus grandes e impresionantes salas, su polo ártico de nieve y hielo artificiales, su bosque de juncos; pero nunca me imaginé que me encontraría con algo así. Ni bien llego me llama la atención que todas, pero absolutamente todas las personas allí presentes están disfrazadas. Es decir, todos son Pucca o Garu, todos tienen cuerpos pequeños y enormes y ovaladas cabezas de almidón. No hay niños en ningún sitio, y al poco rato de recorrer caigo en la cuenta de que yo, al no tener disfraz, debo de llamar la atención especialmente. Empiezo a sentirme incómodo, y me asalta la sospecha de que quizá alguno de los indiscernibles carteles de la entrada del local prohíbe el ingreso sin disfraz. Cuando veo a un Garu afilando un sable samurai real sobre una piedra giratoria, decido retirarme presuroso.
La comida coreana es indiscernible, picante, agridulce, acuosa, chiclosa, crujiente, rugosa y/o viscosa. Es imposible establecer si lo que uno come es animal, vegetal o mineral, y se necesita un auténtico guía gastronómico para saber qué cuernos le está metiendo uno al organismo, y cuál opción de la variada oferta es “comestible” para un ser humano. Entrando a un local de comida rápida, elegido al azar y repleto de moscas, me convenzo rápidamente de que me metí en el lugar equivocado. El mesero-cocinero tiene una cicatriz que va desde su oreja a la comisura de su boca. Uno de los comensales, gordo, calvo y sudoroso se inclina sobre una sopa en la que flotan cubos verdes; compruebo que por su cabeza le camina lentamente un ciempiés, se le franelea en la calva. No logro ver la cara del segundo de los comensales, pero tiene los brazos íntegramente tatuados y hace un ruido horrendo al engullir su alimento.
Pido un Sannakji, y con presteza inconcebible el mesero me sirve un plato de pulpos recién cortados, con varios de sus tentáculos aún en movimiento. De golpe, llega alguien de la calle, se planta frente al gordo-pelado y le dice en perfecto coreano que su hermana es una “barata”, que le debe 400 mil won y que se haga cargo. La negativa del gordo lo lleva a tomar un mortero de la cocina y aplastárselo directamente en el cráneo. El gordo queda tumbado sobre su bandeja, dejando caer sobre ella su masa encefálica. En ese momento me doy cuenta de que la condimentada amalgama tentacular de mi plato está creciendo, que cobra la forma de un pulpo más grande que palpita y crece cada vez más. Me mira directamente a los ojos y me dice ¡en español! que los periodistas somos los únicos responsables de la masacre de Kwang-ju. Escapo a la calle y el pulpo, ya monstruoso, me persigue. En un tentáculo lleva un martillo, en otro, un mando de Nintendo wii. Corriendo por las avenidas, tratando de no mirar atrás, compruebo que también me siguen grandes y rodantes erizos, algunos “Garus” con katanas y un equipo femenino de handball. Atravieso un barrio de policías y proxenetas, paso por un umbral de ornamentos navideños y desemboco en un terreno baldío repleto de niñas muertas. Continúo corriendo.
De alguna manera, termino en un descampado y logro llegar hasta un santuario flotante, en medio de un gran lago. Trastabillando, exhausto, me dirijo al monje que allí yace, caigo a sus pies y le cuento desesperadamente todas las vicisitudes recientes que me aquejan y doscientas más; jadeante y sudoroso, escupo mis últimas palabras: “¡La luz, el estrépito, el horror... el horror!”. Con serenidad budista pero sin disimular una mueca, me responde conciso: “la televisión te está fundiendo el cerebro”.

Publicado en Brecha el 29/12/2012

domingo, 25 de diciembre de 2011

Balance 2011

Un año menos

No hay caso, 2011 fue un año flojo para las carteleras uruguayas. Todos los años, a la hora de hacer recuentos y seleccionar películas emergen candidatas poderosas que se debaten con firmeza los primeros puestos, y que suelen quedar al tope de listas especializadas. Yendo hacia atrás, pocos cuestionan que La cinta blanca (Michael Haneke), Gran Torino (Clint Eastwood), 4 meses, 3 semanas, 2 días (Cristian Mungiu), Kill Bill (Quentin Tarantino), Caché (Michael Haneke) o 2046 (Wong Kar-wai) hayan arrasado con laureles y espigas por doquier.
Si habrá sido malo este año que la seleccionada como mejor película internacional por la Asociación de la Crítica Uruguaya (ACCU) fue Medianoche en París de Woody Allen. Está bien, es una película linda, entretenida e inteligente, pero de seguro ninguno de los críticos votantes la pondría al tope de su propio “top ten” anual. Medianoche en París es el típico común denominador que cae bien a todos y que es votado por la mayoría, y que finalmente suma y llega porque ningún otro logró tantas adhesiones. De ahí a que sea realmente la mejor del año, un buen trecho. El resto de las películas verdaderamente importantes son todas algo defectuosas: Incendies del canadiense Dennis Villeneuve es una maravilla de impacto conceptual y cinematográfico, pero tiene algunos facilismos de culebrón melodramático que le restan puntos. Un año más reúne toda la destreza del mejor y más maduro Mike Leigh, pero se centra en una pareja protagónica tan querible e impoluta que cuesta adherir totalmente. Al parecer de este cronista, la más sólida y perfecta de las estrenadas sería Une affaire d’amour de Stéphane Brizé, sobre el surgimiento del amor en una pareja adulta y las terribles consecuencias existenciales que acarrea un hecho tan natural y sencillo. Pero se entiende que no es el tema más original del mundo cinematográficamente hablando –en un registro muy parecido se estrenó este año la también grandiosa Blue valentine (Derek Cianfrance)- y por eso no resalta tanto y cuesta entenderla como un emergente radical o insuperable.
De todos modos hubo películas grandiosas y auténticas revelaciones. En la rama documental un ciclo de Cinemateca nos puso al tanto del magistral Néstor Frenkel, y su Amateur es, de lejos, el mejor documental estrenado este año. Inside Job nos hizo conocer los entretelones de la crisis estadounidense y a Charles Ferguson, quien, junto a Errol Morris y Michael Moore, se alza como otro exponente del documental político norteamericano. En animación la cosa vino floja: al no estrenarse ninguna película de Ghibli ni de Pixar –las dos más grandes compañías de animación del mundo actual- lo que imperó fue un sentimiento de orfandad. De todos modos Enredados es lo mejor que ha dado Disney en décadas y El ilusionista es una bellísima conjunción del cine clásico de Jacques Tati con la actualización y la notable estética del animador Sylvain Chomet. El anime tuvo un festejante momento de exhibición en cinemateca 18, ya que el maestro Makoto Shinkhai brilló e hipnotizó a todos con sus 5 centímetros por segundo y El lugar prometido en nuestra juventud.
Más sabiduría japonesa y emoción auténtica dejó Hirokazu Kore-eda con Un día en familia, hubo claustrofobia bélica en Líbano (Shmulik Maoz), y buenas dosis de esperpento español Balada triste de trompeta (Alex de la Iglesia) y La piel que habito (Pedro Almodóvar); el terror tuvo su momento de maldad e impacto gracias a la oscurísima Insidious (James Wan), hubo entretenimientos yankis más que dignos (El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner), Los agentes del destino (George Nolfi), Cowboys vs aliens (Jon Favreau). Europa dio su infaltable dosis de cine social del mejor (La volubilidad de los afectos (Felix Van Greningen), y Fish tank (Andrea Arnold). Por otro lado, la ganadora de la palma de oro en Cannes El hombre que recordaba sus vidas pasadas del tailandés Apitchapong Weerasethakul tuvo el mérito de vender una selva estática y una princesa fornicada por un pez como cine de calidad, y nos llevó a recordar que hay que ser consciente del autismo de muchos especialistas.
Pero la mejor película del año de lejos fue ignorada por críticos y exhibidores, y hubo que conformarse con una triste edición directa a DVD. Se trata de la magistral Nanking Nanking! /Ciudad de vida y muerte del chino Lu chuan, una rigurosa adaptación de época; una intensa, emotiva, humana y trágica aproximación bélica a la invasión japonesa sobre la ciudad del título, en el año 1937. La locura, la masacre, la resistencia civil, la mirada desde ambos bandos. ¿Cómo este pedazo de película pudo pasar desapercibido en nuestro país? También en DVD, las grandiosas Mongol de Sergei Bodrov y Katyn de Andrzej Wajda reafirman la idea de que hay que saber mirar más allá de lo que las carteleras montevideanas tienen para ofrecernos.

Publicado en Brecha el 23/12/2011

viernes, 23 de diciembre de 2011

El edificio de los chilenos (Macarena Aguiló, Susana Foxley, 2010)

Entrar al vacío



De un tiempo a esta parte, en Latinoamérica se han logrado unos cuantos documentales notables, dirigidos por jóvenes que tuvieron una implicancia crucial y protagónica. Chicos que cuentan una historia que afectó en mayor o en menor medida su existencia; que indagan en un vacío, en un trauma determinante, en una cicatriz. Los hijos de desaparecidos Nicolás Prividera y Albertina Carri lograron quizá los mejores documentales sobre la dictadura argentina, M y Los rubios respectivamente, relatando, discutiendo con prepotencia e indignación, cuestionándolo todo, incluido el accionar de sus propios padres. Cuchillo de palo, la flamante obra de la paraguaya Renate Costa examina lo que fue la dictadura de Stroessner, partiendo de la historia de su tío homosexual y su extraña muerte durante el período.
El nivel de implicancia en el tema, la necesidad de entender (aún a sabiendas de que eso quizá sea imposible), la búsqueda infatigable de elementos que sirvan para iluminar los amplios espacios de sombra, son determinantes para que la obra en cuestión trascienda los espacios individuales, despierte la curiosidad y tenga su impacto en la audiencia. Aquí la co-directora Macarena Aguiló cuenta su experiencia de haber sido exiliada en una institución llamada “Proyecto Hogares” por sus padres, militantes del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) que en aquel entonces se abocaron al derrocamiento de Pinochet. En el Proyecto Hogares convivieron, en Francia primero, luego en Bélgica y finalmente en Cuba (donde se encuentra el edificio del título), sesenta niños en la misma situación, educados con valores sesentayochistas por “padres sociales” sustitutos, que les daban atención y cariño. La directora utiliza un arsenal de variados recursos (testimonios de los implicados, materiales de archivo, animaciones, lectura de correspondencias) para explicar lo que significó ese abandono para los niños que allí convivieron y, sobre todo, lo que significa para ellos hoy, habiendo alcanzado la adultez, conociendo que sus padres fracasaron en la lucha y descubriendo en carne propia lo que implica tener hijos.
Son especialmente impactantes y reveladores los testimonios de muchos de los involucrados como la madre de Macarena, conocida sindicalista que, lejos de retomar los vínculos rotos con su hija, siguió en su inercia militante, o el de un padre que confiesa, entre lágrimas, que fue injustificable y lamentablemente irreversible el accionar de él y su pareja al separarse de sus hijos; o el sincero y visible enojo de una de las niñas que hoy declara sentir celos de sus hermanos menores porque ellos sí tuvieron la atención que a ella le fue denegada.
El cine como documento insustituible, como confrontación y diálogo, como ejercicio terapéutico: una película que obliga a pensar, que invita a posicionarse, sin encauzar con su retórica. La emotiva y terrible caída del Proyecto Hogares –notablemente expresada en animación- es también el derrumbe de los paradigmas, de la ilusión de un mundo nuevo, de las utopías. Y para los niños implicados significó una segunda orfandad, una nueva instancia de abandono, así como comprender prematuramente que el mundo puede ser un lugar extremadamente hostil.


Publicado en Brecha el 23/12/2011

viernes, 2 de diciembre de 2011

Venganza despiadada (Colombiana, Oliver Megaton, 2011)

Un plato que es mejor ni probar

Uno podría esperar que, a priori, una película de venganza femenina no debiera ser mala, y que, por sencillo que sea su argumento, el hilo conceptual per se tendría una fuerza cinematográfica capaz de vencer eventuales defectos e imperfecciones. Pero este caso es la prueba tangible de que un género que da maravillas como Kill Bill es, por regla general, un terreno en el que abundan las bazofias, y que incluso una co-producción francesa-estadounidense se llena de convencionalismos y lugares comunes.
Así tenemos a la niña a la que le matan los padres y que, ya desde chica, se plantea convertirse en una máquina implacable de matar. Quince años después, entrenada por su tío, se vuelve más rápida de mente y de reflejos que todo el FBI junto y, como no podía ser de otra manera, los malos malísimos le vuelven a jugar la mala pasada de matarle a los parientes que le quedaban con vida. Todo está dentro de lo previsible y no hay sorpresa alguna en el planteo. Sabemos que la chica se desempeñará eficazmente en su venganza, con el agente especial del FBI pisándole los talones y armando operativos de los que ella escapará siempre, justo en el último segundo. Hasta los planos están resueltos de forma rutinaria. Vemos a un hombre equipado y armado con una ametralladora, buscando desesperadamente a la protagonista, en una amplia habitación, para exterminarla: plano giratorio y cercano del rostro del tipo, hasta que vemos que la chica, salida de la nada, le está apuntando con su pistola en la sien. Desde que empieza el plano sabemos como va a terminar, y esto ocurre cerca de una treintena de veces en el filme; las escenas de acción serían interesantes si no las hubiéramos visto hasta el hartazgo.
Luc Besson (El quinto elemento, Juana de Arco) y su habitual guionista Robert Mark Kamen desde hace rato que vienen firmando baratijas y aquí escribieron juntos el guión. Pero la pereza del planteo y la pobreza general de ideas llegan a puntos que molestan un poco. Bogotá es mostrada como una ciudad situada en medio de la jungla, iluminada por un sol agobiante. Pero como demuestra cualquier libro de geografía elemental, se encuentra sobre una meseta rodeada de montañas, y su clima es fresco y nuboso, sin nada de tropical. Esta supuesta “Bogotá” es en realidad México DF, con sus grandes extensiones de construcciones precarias color arena. No es la clase de viviendas que puede verse en Bogotá, en general más moderna y poblada de grandes edificios. Todo este comienzo le da a la película un aire de acción tipo El mariachi, con esos narcos malísimos, violentos y traicioneros que se agarran a los tiros en las insalubres y necesitadas calles. Ya estamos acostumbrados a que las ciudades latinoamericanas sean transformadas en villas criminales por el cine dominante –recordar al Uruguay presentado en la tristemente célebre Submerged, con Steven Seagal- y esto no sirve más que para reafirmar la falsa idea de que en Sudamérica campea la miseria y la violencia, y que aquí abajo se viven climas perpetuamente irrespirables.

Publicado en Brecha 2/12/2011

viernes, 25 de noviembre de 2011

Pina (Wim Wenders, 2011)

Belleza y devoción

Más de veinte años le llevó al director alemán Wim Wenders encontrar la forma de concebir esta película. Fue en 1985 que conoció a la bailarina y coreógrafa Pina Bausch, cuando acababa de ganar la palma de oro en Cannes por su película Paris, Texas. Wenders relata que cuando conoció la impronta de Pina sintió algo semejante a ser golpeado por un relámpago; desde entonces, ambos iniciaron una amistad, y la idea de llevar sus coreografías al cine se convirtió para él en una obsesión. En el año 2007 Wenders se iluminó. Ya había filmado varios videos para la banda U2, y cuando vio la película U23D supo que por fin había dado con la clave. Telefoneó a Pina para proponerle que se pusieran manos a la obra. Inesperadamente, Pina falleció en 2009, solo cinco días después de que le diagnosticaran cáncer, y una semana antes de que comenzara el rodaje. La película que supuestamente sería un homenaje en vida debió convertirse súbitamente en réquiem.
Pina está compuesta básicamente por cuatro grandes coreografías de Bausch. Le sacre du Printemps, de 1975, ballet clásico de Stravinsky, donde los bailarines se mueven en un espacio cubierto de tierra; Kontakthof, de 1978, con personajes de distintas edades en una sala de baile; Café Müller, de 1975, -del que muchos vimos un fragmento al principio de Hable con ella- con música de Henry Purcell y un escenario repleto de sillas, en donde los bailarines se desplazan con los ojos vendados. Y por último Vollmond, con personajes en un ambiente nocturno, lluvia permanente y junto a una gran roca. Además, pequeñas coreografías que van desde lo simpático a lo estrafalario, desde lo gracioso hasta lo feroz, siempre con un importante impacto y un inmenso poder de sugerencia. El mérito es sobre todo de la fallecida Pina, pero Wenders tuvo el acierto de confiar en el poder intrínseco de su material, en dejarlo ser y desarrollarse, en adaptar la puesta en escena, perfeccionarla para convertirla en soporte perfecto a sus necesidades. El uso del color, las locaciones amplias y aireadas, los planos largos y respetuosos que siguen, fieles, a los objetos de atención, aportan un notable contraste con las danzas sugestivas que parecen hablar de lo tortuoso en las relaciones de pareja, las imposiciones sociales, la pesadez existencial, la incontinencia, los torbellinos pasionales. Entre número y número, algunos de los bailarines de la troupe de Pina aportan verbalmente recuerdos, sensaciones específicas que ella les transmitía o les ayudaba a conseguir. Así Wenders, lejos de buscar una personalidad o una biografía, logra retazos emocionales, acercamientos parciales que llevan a pensar en su densidad y en su complejidad humana.
Y además logra, con inconmensurable amor por su amiga fallecida, algo que no es en absoluto sencillo. Que espectadores ajenos al universo de la danza contemporánea –entre los que se cuenta este cronista- se vean seducidos y conmocionados por el arte de Pina. Wenders tiende puentes entre fieles y escépticos, abre caminos, y nos bendice con 103 minutos de persistente belleza.

Publicado en Brecha el 25/11/2011

jueves, 10 de noviembre de 2011

Entrevista a Néstor Frenkel

“La respuesta es la película”


El imponente documental Amateur llevó a conocer por estas latitudes la obra de un documentalista sobresaliente. Junto a Enrique Piñeyro –que por su parte, hace un cine totalmente distinto- seguramente el exponente más importante del documental argentino actual. En entrevista vía mail, habla un poco de su trabajo, su estilo y lo que pretende transmitir.

Frenkel nació en Buenos Aires en 1967, y comenzó su carrera como cineasta dirigiendo animaciones, entre las que se destaca Plata segura (2001). Pero fue en 2004 que realmente se dio a conocer, causando furor en ciertos círculos con su increíble documental Buscando a Reynols. En él se centraba en la banda de rock experimental Reynols, cuyo líder cantante y baterista tiene síndrome de down. En ese entonces ya Frenkel despuntaba con un estilo muy particular, registraba situaciones sorprendentes, y construía, con buen humor y espíritu lúdico, un abordaje que movía a la reflexión y a dudar todo el tiempo de nuestras seguridades en torno al tema central. Luego de su primer largometraje de ficción Vida en Marte (2005) logró con Construcción de una ciudad (2007) un impactante acercamiento al trauma y la transformación de la vida en la ciudad de Federación, luego de décadas de que la dictadura de Vidella mandara evacuar e inundar la ciudad para construir la represa de Salto Grande. Finalmente Amateur (2011) es un homenaje al Super 8, y a un odontólogo-coleccionista estrambótico y al mismo tiempo adorable

—¿Cuáles son las mayores complicaciones de ser un documentalista en la Argentina?

—Las mayores complicaciones pasan por la exhibición y distribución, creo que en Argentina y en cualquier lado. Es poca la porción de público que toma como una opción ir al cine a ver un documental.

—¿Es un oficio redituable?

—Es relativamente redituable; si uno consigue apoyos o subsidios se pueden recuperar los costos y pagar sueldos, pero no es “un negocio”.

— ¿Y tus películas han caminado bien?—Mis películas, por suerte, han tenido una más que aceptable recepción por parte de la crítica, han circulado por distintos festivales y muestras, se han dado en tevé, pero como te decía antes, el llamado estreno comercial siempre es un poco subterráneo.

—Encuentro que tus documentales son, por momentos, especialmente graciosos, por otros graves y emotivos, por otros asombrosos debido a la excentricidad de los personajes exhibidos, ¿son efectos que vos buscás o que se dan de una forma más casual?

—Los efectos o climas son buscados desde la puesta en escena, pero siempre parten de las características de los personajes o temas que están siendo expuestos, que se combinan con las sensaciones o pensamientos que me producen y que trato de transmitir.

— ¿Qué es lo que te lleva a elegir el tema de un documental?

—Primero que me llame la atención, luego que me deje haciéndome preguntas acerca de ese tema, y también que alguna de esas preguntas tenga algún eco en mi persona. Luego vienen preguntas de otro tipo... quizás más técnico. ¿Es un tema demasiado conocido o explorado? ¿Tiene algún poder visual?
Y la realización del documental es una forma de ir en busca de algún tipo de respuesta, o simplemente de explorar y disfrutar de la duda.

—Y las preguntas que originalmente te hiciste, ¿lográs contestarlas después de tu investigación, de tu búsqueda?

—No necesariamente. A riesgo de sonar pretencioso te diría que “la respuesta es la película”.

—Llama la atención, quizá desoriente un poco, la música alegre –“burlona” dijo alguien- que utilizaste en Construcción de una ciudad. ¿Por qué la elección de este tipo de música?

—La música trata de acompañar por un lado la idea del progreso, con una especie de banda de pueblo que toca una marcha enérgica, y por otro algo parecido a “Don’t worry be happy”, y pinta un poco el intento de olvidar; algo que se percibe en el ambiente. No creo que sea burlona, sí que por momentos acentúa alguna arista absurda, o propone una mirada irónica.

—Al principio de Amateur asombra particularmente la recopilación de material casero en Super 8 que usás, que demuestra una ardua labor de rejunte y selección. ¿Cómo conseguiste ese material, y con cuánto contabas al momento de empezar con el montaje?

—Conseguir el material fue relativamente fácil; entre los familiares, amigos y equipo de filmación conseguí bastante, y después compré en ferias callejeras y por internet, para salir del círculo íntimo y llegar a materiales más diversos.
Miré mucho, quizás más de 100 horas, digitalicé unas 30 o 40 para llegar a esos 13 minutos que dura el prólogo, que fue de hecho casi como una película aparte; lo fui montando mientras pensaba el proyecto y escribía el texto, y estaba muy avanzado ya antes de ir a filmar al personaje principal.

—He leído artículos sobre tus películas en las que los críticos creen que tenés una mirada condescendiente hacia tus personajes. ¿Qué pensás de eso?

—Yo también los he leído, y me parece un síntoma bastante interesante que de la misma película se pueda opinar que es burlona y que es condescendiente. De hecho, ¡Algunos usan los dos adjetivos en el mismo artículo! Creo que habla bien de las películas; provocan sensaciones que son completadas por el espectador, no tienen una bajada de línea tajante ni intentan convencer a nadie de ningún “veredicto”. Algunos rescatan la veta más humorística, otros la más emotiva, y a otros les parecen exageradas algunas de estas búsquedas.

— ¿Tenés algún referente específico para tu cine? ¿Y algún precedente del “documental humorístico” que te interese resaltar?

—No tengo referentes directos, concretos, o concientes, pero obviamente uno refleja cosas de todo lo que vio, y fundamentalmente de lo que le gustó. En cuanto al documental humorístico, recuerdo que en la escuela primaria nos proyectaron un par de veces un documental que creo que se llamaba “Los excéntricos y sus máquinas voladoras”, sobre pioneros de la aviación, y el efecto humorístico estaba muy logrado; las imágenes de archivo parecían salidas de una película de Buster Keaton. Pero eso lo vi a los 10 años. Después nada.

— ¿Hay alguna sugerencia que te gustaría hacerle a jóvenes documentalistas inexperientes?

—Que se involucren de verdad en lo que el tema elegido les produce, y que traten de hacerle justicia tanto a ese tema como a las sensaciones que éste les hace experimentar.



Publicado en Brecha el 4/11/2011

sábado, 5 de noviembre de 2011

Amateur (Néstor Frenkel, Argentina, 2011)

Imprimiendo desde las sombras

El comienzo de esta película es tan entretenido como original: un recorrido a través de la historia del Super 8, el primer formato de cine casero de acceso popular. La voz en off relata, en tono jocoso, el estilo de esas primeras grabaciones de aficionados, allá por los años setenta. Las cosas que se filmaban –y las que no-, la evolución en la forma de filmar, las formas de innovación que estos pioneros lograban, registrando intrépidamente desde las sombras. Este comienzo es perfecto, la selección de imágenes es sugerente, difícilmente superable, y asimismo sorprendentemente divertida. Un género tan atípico como el “documental humorístico” parece encontrar aquí un auténtico exponente.
Pero la película da prontamente un giro, -sin perder en ningún momento el humor- y comienza a centrarse en Jorge Mario, superochista amateur desde hace cuarenta años, y eje central de esta película. Oriundo de Concordia, Entre Ríos, se trata del paradigma del hombre-orquesta: septuagenario infatigable, odontólogo de profesión, filatelista, jugador de paddle, campeón de tiro, coleccionista en general –de latas, billetes, películas propias y ajenas-, cinéfilo obseso –lleva un listado con las fichas técnicas de todas las películas que vio en su vida, que al momento del rodaje suman 13.986 títulos (!)- conductor de un programa radial y fundador y líder de un grupo de boy-scouts. En 1951, cuando tenía diez años, ocurrió un suceso que determinaría su vida: el director Jacques Tourneur y su equipo llegaron a la ciudad de Concordia, Entre Ríos, para filmar El camino del gaucho, y hoy puede verse a Jorge Mario recolectando firmas para convertir un álamo, elemento fundamental de aquel rodaje, en patrimonio cultural. Sus películas en Super 8, filmadas con amigos y vecinos, fueron fundamentalmente westerns criollos, denominados por el mismo como del “fart west”, –todavía no me queda claro si es un chiste voluntario o involuntario por parte de Jorge Mario, fart es pedo en inglés- y entre las cintas de su autoría cuenta con varias entregas, -más sus correspondientes remakes- de Winchester Martín, cortometrajes sobre un cowboy que salía a vengar a su novia violada y asesinada. Por la precariedad de sus rodajes y los resultados obtenidos, podría definírselo como un Ed Wood de menores pretensiones.
En un comienzo podría parecer que el brillante director Néstor Frenkel (autor de las grandiosas Buscando a Reynols y Construcción de una ciudad) se burlara de Mario, de su excentricidad y su simpleza, pero pronto la película va dejando en evidencia el encanto y el cariño irresistible que este personaje despierta, así como su indeleble pasión y su lucha abnegada contra el olvido. Y Frenkel, un obseso de lo que hubo y ya no está y de la recuperación de la memoria, potencia su legado con este grandioso documental, aportando a su noble causa nada menos que la inmortalidad en formato fílmico.

Publicado en Brecha el 4/11/2011

viernes, 21 de octubre de 2011

Aguas turbulentas (DeUsynlige, Erik Poppe, 2008)

El trauma por duplicado


Esta película parte de una situación difícil y al mismo tiempo irresistible. Luego de una escena inicial en la que tiene lugar el secuestro a un niño por parte de dos adolescentes, se ve inmediatamente a uno de ellos, 15 años después, saliendo de prisión. El ex convicto se dirige a una iglesia de Oslo a buscar trabajo como músico y en seguida es aceptado, ya que toca el órgano como los dioses. Eso sí, para pasar desapercibido y que la gente no lo asocie con un crimen aún recordado se hace llamar por su segundo nombre, Thomas. Se va dando entonces información de a cuentagotas, manteniendo en misterio hechos determinantes, como qué fue lo que ocurrió realmente, 15 años atrás, y qué grado de culpabilidad tiene nuestro protagonista. Sutilmente, el talentoso director Erik Poppe logra un arduo cometido: que la audiencia haga empatía con un personaje del que se sospecha lo peor. Y lo hace exponiendo sus dificultades para integrarse, dejando presentir sus miedos -la dirección de actores es genial- y dando muestras de un dolor, un trauma y una carga inmensos, apenas aliviados en tremendas catarsis organísticas.
La película da un giro -más bien un quiebre- pasada la mitad del metraje. Y quizá para no arruinar una sorpresa y un salto atractivo y notable, no convenga contar en qué está centrada esa segunda mitad. Baste saber que allí hay un salto temporal, que comienzan a iluminarse los espacios de sombra presentados al comienzo, y que se profundiza en otro trauma inextirpable, uno vinculado al otro, sumando tensión y dramatismo al asunto.
Se vuelve imperativo dar un vistazo a las dos películas anteriores de Poppe, Hawai, Oslo (2004) y Schpaaa (1998) que, junto a esta, conforman de alguna manera una trilogía. La dirección es impecable y a nivel técnico no hay cuestionamientos posibles. Poppe supo filmar avisos publicitarios con anterioridad y usa su conocimiento en el área para lograr tomas poderosas y refulgentes que contrastan con la gravedad imperante; los silencios acentúan la tensión y los planos secuencia que siguen de cerca a los personajes y giran a su alrededor transmiten una sensación de extrañamiento. Como en Incendies –aunque quizá sin tanto vuelo-, se formula un impactante drama con un envoltorio elegante, sin ahorrar climas ni situaciones espectaculares. Como en la también reciente El laberinto –pero con mayor intensidad-, la profundización en hechos dolorosos dispara reflexiones sobre el ser humano y su conducta en atípicas circunstancias.
Algunas rebuscadas situaciones finales –demasiado jugadas a la espectacularidad y el dramatismo- resienten la credibilidad del planteo y juegan muy en contra de una película que, hasta entonces, mantenía el listón muy alto. Aún así, Aguas turbulentas es uno de los platos fuertes de la cartelera actual; uno que recuerda, una vez más, que hay que prestarle atención al sorprendente cine noruego.

Publicado en Brecha el 21/10/201

lunes, 17 de octubre de 2011

Las mejores películas (XVII)

Salió nueva selección, un tanto retrasada pero bien variada y cargada de pelis grandiosas. La vida es corta, las descargas ilegales tentadoras y el insomnio infinito así que, por favor, no dejen de ver buen cine. Y ya que estamos, ponganlé el “me gusta” a Denme celuloide en facebúk!

Forever the moment de Yim Soon-rye (Corea del Sur, 2007)
La selección de handball coreana, antes y durante las olimpíadas de 2004. Una historia emotiva, brillantemente lograda, con personajes atractivos y un notable elenco. A las dificultades de la interacción y de los entrenamientos, se suman las dificultades de ser mujer en la Corea actual. La mejor película que he visto de cine deportivo.

Incendies de Denis Villeneuve (Canada / Francia, 2010)
Al morirse su madre, dos hermanos mellizos reciben, junto al testamento, una última voluntad de que encuentren a su padre, a quien creían muerto, y a un hermano del que ignoraban su existencia. Es así que la hija decide viajar hasta una imprecisa región de Oriente Medio para dar con ellos y entender qué oscuros hechos familiares les preceden. Poderosa y sorprendente como pocas.

Excursiones de Ezequiel Acuña (Argentina, 2009)
Después de una década sin verse, dos amigos treintañeros reentablan una relación. Uno de ellos es un guionista televisivo de renombre y el otro trabaja en una fábrica de golosinas. Sin que se sepa muy bien por qué, el guionista accede a trabajar con el otro en un proyecto teatral. Incomodidad, personajes complejos, algunas verdades ocultas que se van revelando de a poco y causan conmoción.

Flacas vacas de Santiago Svirsky (Uruguay / Argentina, 2011)
Bueno, ahora sí, la mejor película uruguaya vista en años. Un grupo de mujeres va a pasar unas vacaciones a la costa, pero las circunstancias no les juegan muy a favor. En una onda Coen o Un plan simple, el grupo deja aflorar costados ocultos y desagradables, pero siempre reconocibles y temiblemente humanos. Abundan los chispazos humorísticos geniales, y el desempeño actoral es grandioso.

Cuchillo de palo de Renate Costa (Paraguay, 2010)
En Paraguay, la dictadura de Stroessner señalaba, humillaba y torturaba homosexuales, convirtiendo sus vidas en un infierno. El tío de la directora murió en extrañas circunstancias, y ella creció obsesionada con ello. Finalmente, encendió su cámara, encaró a sus allegados y salió en búsqueda de los amigos de su tío, intentando reconstruir la fatídica historia. La relación entre Renate y su padre es sumamente atractiva.

The Cuckoo de Aleksandr Rogozhkin (Rusia, 2002)
Un soldado finlandés desertor, un capitán ruso acusado de traición y una solitaria chica lapona se encuentran y comienzan a convivir, dialogando largamente pero sin comprenderse una sola palabra. Un atípico triángulo amoroso, una situación hilarante y desconfianzas varias son los elementos que conforman una mirada incisiva y crítica a la guerra, en la que se leen distintas visiones de los mismos hechos.

Blue valentine de Derek Cianfrance (Estados Unidos, 2010)
Contada simultáneamente a dos tiempos, la historia del surgimiento de un amor y su ruptura final, unos años después. A la dulce belleza romántica inicial se le contraponen las feroces contiendas, la fricción febril y la distancia necesaria. La vida misma no es como las comedias o los cuentos de hadas, y esta peli lo dice con muchísima altura. Hay que ver las otras pelis del director Derek Cianfrance!

La volubilidad de los afectos de Félix van Groeningen (Bélgica / Holanda, 2009).
Un adolescente de trece años se encuentra en un ambiente crítico. Si bien su padre y sus tíos lo aprecian y le quieren, pasan borrachos todo el tiempo, su casa es un griterío constante, se respira mal y abundan los arrebatos de violencia. Pese a todo, el cuadro es atractivo y es imposible no encariñarse con estos outsiders que pasan de todo y se cagan abiertamente en la corrección política y las buenas formas.

Balada triste de trompeta de Alex de la Iglesia (España / Francia, 2010)
A Alex se le fue la moto. Payasos en el franquismo, en una lucha a muerte por el amor de una trapecista. Una bizarrada radical, que bordea el terror y el gore, que recoge el mejor legado esperpéntico y se detiene en una relación rara, enfermiza e insolucionable. De entre la mugre y el asco surgen, como una bendición, elementos de emoción y ternura.

25 kilates de Patxi Amezcua (España, 2008)
Los españoles vienen haciendo un cine de género notable. Ahora le tocó el turno al cine negro. Un par de atractivos antihéroes dan el uno con el otro y creen repentinamente que pueden confiar en ellos. A su alrededor sólo hay traiciones entrecruzadas, planes nefastos, mafias inescrupulosas pujando por llevarse unas rebanadas. Filmada solidamente, bien escrita y notablemente actuada, una sobresaliente sorpresa vasca.

sábado, 8 de octubre de 2011

The ABCs of death y T is for time


La idea es llamativa y no puede decirse que no sea original: un concurso de cortometrajes de ficción vía Internet, lanzado por la distribuidora Drafthouse Films, en el que se aspira a lograr una “singular antología” que sea “una celebración de la muerte en todas sus formas, desde la shockeante y exótica hasta la humorística e hilarante”. Los cortos son subidos por cineastas emergentes de todas partes del mundo y colgados en el sitio web, para que los vea cualquier visitante interesado. Allí reciben votos de aprobación, y el que sea más votado en el plazo de un mes queda seleccionado para formar parte de un largometraje titulado The ABCs of death en el que convivirá junto a 25 cortos más, dirigidos por directores consagrados entre los que se destacan los geniales Nacho Vigalondo (Los cronocrímenes), Marcel Sarmiento (Deadgirl) y Banjong Pisanthanakun (Shutter) y otros más que interesantes como el estadounidense Ti West (House of the devil), el animador danés Anders Morgenthaler (Princess) el francés extremo Xavier Gens (Frontiéres) o el bizarrísimo Yoshihiro Nishimura (Tokyo gore police) entre otros. El largometraje será un recorrido por el abecedario, desde la A a la Z, donde a cada director le será asignada una letra que deberá asociar con la forma de muerte expuesta o sugerida en su corto.
El ganador del concurso se lleva 5 mil dólares, más la oportunidad de aparecer en un largometraje de estas características. La letra designada para los concursantes es la T, y por tanto los títulos en competición llevan como nombre “T is for …” quedando la palabra asociada a la muerte a criterio del creador. En este momento ya se cerró el plazo de entrega, pero la competición en sí está teniendo lugar ahora mismo, quedando la recepción de votos abierta hasta el 31 de octubre.
Las bases son claras. La duración de la acción no puede superar los cuatro minutos, (el lapso que llevan los títulos de crédito no cuenta) y la acción debía iniciarse y cerrarse con la pantalla en rojo. Es decir, desde las bases mismas se incitó a los directores al gore, y es lo que la amplia mayoría hizo. El británico T is for toilet de Lee Hardcastle es actualmente el más votado –y el que seguramente gane- y es una animación en stop motion, en el que se exponen los miedos de un niño que abandona su pelela y empieza a usar el water. Buen humor, una imaginación desbordante y tripas de plasticina son los elementos que conforman un corto grandioso. El estadounidense T is for tantrum de Jack Perez está muy bien y también está centrada en un niño con miedos, al que se le cae el primer diente y está por recibir la visita del hada de los dientes. El también estadounidense T is for toss de Jenn Rose & Erica Harrelles es un delirio genial y muestra a un grupo de niños con poderes haciéndole maldades gratuitas a una muchacha. T is for table es efectiva y está notablemente filmada, y muestra a un par de amigos descubriendo una mesa de extrañas dimensiones.
La mexicana T is for tamales de Lex Ortega & Sergio Tello y la colombiana T is for thermometer de Rafael Andrés Becerra son parecidas, están bien logradas y se basan en historias verídicas. La primera expone la anécdota de una mujer que vendió tamales rellenos de carne humana y la segunda una que fue aún más horrenda (sí, es eso posible). La mexicana T is for trapped de Julio César García Olvera es una exposición sobre las consecuencias del miedos y la inacción y logra una buena atmósfera, pero por su estilo grueso y de golpe bajo huele un poco a moralina y hasta se parece a un panfleto gubernamental.
Pero entre tanta arma blanca, tripas y sangre a raudales, el cortometraje uruguayo T is for time no tiene ni una gota de sangre y está dirigida por Jeremías Segovia, de 24 años. A pesar de que este cronista se encuentra implicado –es conocido del realizador y tiene una aparición de un par de segundos en el corto- no estaría escribiendo estas líneas si no fuera porque su exposición supera con creces la calidad de la amplia mayoría de los trabajos presentados, y porque además tiene buenas chances de ganar el concurso. El corto carece de diálogos, cuenta con una aparición especial de César Troncoso y trata sobre un empleado de la muerte (Miguel Montedónico) que no parece muy afín a su trabajo. Segovia economiza notablemente sus recursos, utilizando el montaje, la sugerencia y los gestos de sus actores, para exponer sus ideas con claridad, humor, dinamismo y hasta un poco de emoción. Quizá no gane el primer premio, -T is for Toilet es un contrincante difícil- pero está claro que seguiremos oyendo hablar de este novel cineasta.

Publicado en Brecha el 7/10/2011

jueves, 6 de octubre de 2011

T is for Time


El cineasta y amigo uruguayo Jeremías Segovia está compitiendo en un concurso llamado The ABCs of death, en el que podría ganarse 5.000 dólares y la posibilidad de integrar su corto a un largometraje que reunirá aportes de Nacho Vigalondo (Los cronocrímenes), Marcel Sarmiento (Deadgirl) y Banjong Pisanthanakun (Shutter), entre otros grandes.
En fin, vean este estupendo corto de cuatro minutos, -en el que aparezco fugazmente- y si les gusta, por favor vótenlo. Hay que clickear en el corazón que aparece arriba de la pantalla, el que dice "Vote for this as 26th filmmaker". El corto viene bien encaminado, y está escalando posiciones en el top ten, pero necesita de una ayuda extra para mantenerse o continuar ascendiendo.
Bueno amigos, a votar!! Un abrazo y se agradece.

Acá el link: http://26th.theabcsofdeath.com/t-is-for-time-1/

jueves, 29 de septiembre de 2011

El cine de Corea del Sur

Tierra de grandes


En Sala Cinemateca comienza un nuevo ciclo dedicado a una de las cinematografías más atractivas, copiosas, transgresoras y vitales del día de hoy. Aquí una exploración de algunas de las características de un portentoso estallido de creatividad localizada.

Cuando el desprevenido espectador occidental se da de frente con el sorprendente universo fílmico coreano, hay varias cosas que suelen llamarle la atención. En primer lugar, el cuidado técnico, la impecable calidad estética y la veta innovadora con que se desenvuelven los cineastas, capaces de crear climas y atmósferas de taquito, como si no fuera la gran cosa. En esos aspectos, es poco lo que tendrían para envidiarles a los mejores artesanos estadounidenses y europeos. Otro rasgo que se hace notar inmediatamente es que las películas tienen una duración estándar mayor que el promedio occidental. Es decir, es raro dar con una película coreana que dure menos de 120 minutos. Esto se explica porque los cinéfilos surcoreanos suelen protestar cuando una película dura menos que eso, llegando incluso a reclamar la devolución del dinero de sus entradas. Pero no debería pensarse que estas películas se hacen largas o aburridas, ya que muchos de los cineastas en cuestión tienen una noción del ritmo envidiable, aportando historias originales que agarran al espectador del cogote desde el primer minuto, y que se continúan con un imparable dinamismo conceptual y/o audiovisual.
El tercer aspecto llamativo es la valentía con la que guionistas y cineastas se arrojan a tocar y profundizar en temáticas difíciles, dolorosas, auténticos tabúes sociales. Por ejemplo, muchas producciones coreanas suelen estar protagonizadas por personajes marginales, desocupados, discapacitados, prostitutas, exconvictos, guardaespaldas, policías corruptos. En muchos casos llevan formas de vida verdaderamente cuestionables, pero de a poco comenzamos a comprender su entorno, sus razones, sus dolores ocultos; finalmente se logra la empatía con ellos.

La necesidad de lo sórdido. En Oasis se hace al espectador partícipe del mutuo enamoramiento de un retardado mental y una cuadripléjica, en Poetry se sigue de cerca la lucha de una señora en defensa de su nieto violador, en The man from nowhere la temática central es el robo de órganos a niños de la calle; y así podría continuarse con esta clase de chocantes contenidos.
No debe olvidarse que las dos coreas han sido muy maltratadas a lo largo de la historia y han sufrido durante siglos la guerra y la ocupación extranjera. La guerra de Corea significó decenas de millones de bajas humanas, las fricciones entre el Norte y el Sur han existido desde la separación, las continuas dictaduras que se extendieron durante décadas sobre el siglo XX dejaron heridas de muy difícil cicatrización para la población civil. No son pocas las producciones fílmicas que relatan hechos ocurridos en los períodos históricos más dolorosos y significativos para el colectivo, como la masacre de Kwang-ju de 1980, donde la represión militar segó una manifestación estudiantil dejando un saldo de 200 muertos. La inmensa Peppermint Candy de Lee Chang-dong es paradigmática en este sentido, porque aborda dos décadas de degradaciones e ilustra con claridad el trauma latente en la idiosincrasia coreana. Es lógico que al conseguirse la libertad de expresión se hayan dado a conocer circunstancias difíciles y escondidas, y es probable que los estallidos de violencia, las atmósferas opresivas y ciertos aires pesimistas presentes no sean otra cosa que una explosión catártica, lo que es natural y necesario para una sociedad en recuperación.
Pero el espíritu transgresor coreano también puede verse en escenas de alto contenido erótico, cuya obra máxima es la frecuentemente subvalorada Mentiras de Jang Sun-woo, en la cual se abordan en forma madura, desprejuiciada y por momentos explícita relaciones sexuales atípicas. Esto no debería llamar demasiado la atención, pero en momentos en que Hollywood filma la sexualidad con recato absoluto, las excepciones a la regla dominante se hacen notar. Hong Sang-soo, un seguidor de Eric Rohmer que no tiene mucho que envidiarle a su maestro, tiene el plus de filmar escenas eróticas con mano prodigiosa. Este director, al igual que otros cineastas coreanos como Bong Joon-ho, Park Chan-wook o el ex ministro de cultura Lee Chang-dong, merecerían todo un estudio aparte.
A su manera, otras formas de transgresión son los finales abiertos en los que la narración se interrumpe en un momento clave, o las estructuras narrativas no-lineales como las utilizadas por Hong Sang-soo en Virgin stripped bare by his bachelors, o el esquema episódico hacia atrás de Peppermint candy, planteado incluso antes de que Memento lo reintrodujera en occidente.

Jóvenes cineastas. Si bien occidente promueve la experiencia y prefiere dejar en manos experimentadas las grandes producciones, en Corea, por el contrario, existe por parte de los inversionistas cierta tendencia a buscar directores jóvenes y de escaso currículum, para darles a ellos el empuje en trabajos importantes. Se sabe que tienen mejor diálogo con las grandes audiencias, y que son los más proclives a explorar terrenos o abrir nuevos caminos. También debe decirse que los directores nóveles son más dados a atender los consejos de los planificadores de producción y, por tanto, preferidos por su maleabilidad. Pero cierto es que la frescura palpable es producto de la constante renovación. Park Chan-wook, Lee Chang-dong, y Kim Ki-duk ya son hoy considerados veteranos, y el mayor de ellos tiene apenas 51 años.
El cine de acción coreano probablemente sea el mejor del mundo y puede dividirse hoy en dos corrientes. La primera y menos interesante es la vertiente light, familiar aunque divertida y lúdica, de la que Mi novia es un agente secreto (ver apartado) es un buen ejemplo. Pero la que mejor se sustenta, la que impacta y suele funcionar en taquillas y ser distribuida al mismo tiempo en festivales internacionales es aquella pensada para un público adolescente y adulto, que se caracteriza por ser un cine particularmente truculento y oscuro, y por plantarse en un realismo social a lo Scorsese -Oldboy es uno de sus ejemplos más conocidos-. Kim Ji-woon, Park Chan-wook y Na Hong-jin, que se desempeñaron brillantemente en el registro, deberían considerarse como auténticos referentes del cine de acción mundial.
Y es que si existen dos géneros que Corea ha explorado y explotado a lo largo del Siglo XX son el melodrama y el cine de acción, y su legado sigue presente en la mayoría de las producciones actuales. Hoy se denota además una importante incursión en el policial, en el cine bélico, en el thriller y el terror, en la comedia romántica, en el cine épico —Musa de Kim Sung-su es una épica clásica portentosa, de esas que no se ven en occidente—. Como es típico de un país en plena ebullición creativa, estos géneros se entremezclan permanentemente, por lo que no es de extrañarse, por ejemplo, que una película que originalmente parecía un policial realista comience a descolocar con increíbles secuencias de acción desaforada, para transformarse hacia el final en un drama romántico con puntas sociales, y llamando siempre a la reflexión, como el mejor cine de autor.
Desde el cine poético, lento, reflexivo y sugerente de Kim Ki-duk, pasando por la madurez conceptual de Lee Chang-dong, la intensidad catártica de Kim Ji-woon y llegando hasta la sincera emotividad de Yim Soon-rye o John H. Lee, el universo del cine coreano exige a gritos la atención que merece, y que empiece a ser considerado con seriedad por la prensa especializada.

*Cada vez que se lea “coreano” querrá decir “surcoreano”. El cine de Corea del Norte es poco relevante y en su mayoría se trata de mera propaganda al régimen comunista de Kim Jong-il.

Sistema de cuotas. La reciente explosión y auge de la cinematografía surcoreana se ha dado en parte sin premeditación, casi por accidente, y sus orígenes pueden rastrearse tiempo atrás. Finalizada la ocupación japonesa en 1945 y la guerra de Corea en el 1953, los estudios de producción quedaron reducidos a escombros, y una seguidilla de gobiernos autoritarios frustraría la creatividad de los cineastas. Pero lo llamativo es que una de las medidas restrictivas fue lo que impulsó a este cine, ya que la cuota de pantalla obligaba a las salas a dedicar un 40% de su programación al cine nacional. Es decir, lo que se pensó originalmente para frenar la entrada del cine extranjero, dominar los contenidos e imponer la censura, sirvió más adelante para formar un público sólido y fomentar la industria. De todos modos, es recién en los años noventa que el crecimiento de la producción se vuelve sostenido, gracias al aumento de la inversión y la creación de las tecnologías necesarias para lograr películas capaces de competir con las superproducciones. En 1999 Shiri de Kang Je-gyu desfalcó a Titanic como la película más taquillera, vendiendo 8 millones de entradas. The host, en 2006, batió todos los récords con 13 millones de entradas, -en un país en que la población total es cercana a los 49 millones de habitantes-; una cifra difícil de desestimar.
Lamentablemente, Estados Unidos minó en el año 2007 el sistema, exigiendo que lo levantasen como condición fundamental para iniciar negociaciones por un tratado bilateral de libre comercio entre ambos países. La cuota de pantalla –fijada cuarenta años atrás- debió reducirse a la mitad. Por fortuna, de momento no parece haber mermado la producción surcoreana, y si en 2007 la producción anual de largometrajes era de 124, en 2009 ascendió a los 139.

Las imprescindibles de la década

-The isle (Kim Ki-duk, 2000). Una mujer alquila pequeñas cabañas flotantes a pescadores y les facilita comida y prostitutas. La llegada de un huésped suicida despierta su interés. Tortuosa, poética y enigmática.
-Joint security area (Park Chan-wook, 2000). En la única porción de la zona desmilitarizada de Corea, en la que las tropas del norte y del sur se encuentran cara a cara, tiene lugar un extraño crimen, y su investigación no es sencilla.
-Musa (Kim Sung-su, 2001). Nueve guerreros koryo, en un viaje épico a través de la China imperial, se ven abocados en proteger a una princesa china del ataque de las temibles tropas mongolas.
-Oasis (Lee Chang-dong, 2002). El amor entre una tetrapléjica y un retardado mental. La incomodidad original va transformándose paulatinamente en algo emotivo, bello y poético. Una obra mayor de un cineasta de primerísimo orden.
-Turning gate (Hong Sang-soo, 2002). El mejor heredero de Rohmer explora una relación entre un actor venido a menos y una de sus fans, en la que se revelan varias facetas ocultas.
-Sympathy for Mr Vengeance (Park Chan-wook, 2002). Se inaugura la bestial trilogía de la venganza (que se redondea con Oldboy y Simpathy for Lady vengeance), marcando un estilo que se arraigaría profundamente en el cine coreano.
-Memories of murder (Bong Joon-ho, 2003). Una investigación imposible. Dos detectives que, pese a sus inmensos esfuerzos no logran reunir pruebas concluyentes, y el tiempo que pasa y el criminal que sigue suelto. Una obra maestra de la que Fincher se robó, para Zodíaco, su idea central.
-Save the green planet! (Jang Joon-hwan, 2003). Un cazador de alienígenas profesional secuestra a un alto ejecutivo de finanzas, por creerlo un invasor del espacio sideral. Un delirio notable, sobregirado e hilarante.
-A tale of two sisters (Kim Ji-woon, 2003). Tras salir de una institución de rehabilitación mental, las dos hermanas del título vuelven a su casa con su padre y su cruel madrastra. Seguramente lo mejor del terror surcoreano.
-Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera (Kim Ki-duk, 2003). Dos monjes comparten un santuario flotante entre las montañas. Pese a su aparente paz interior, no son capaces de evitar las dolencias y los crueles avatares de la vida.
-Oldboy (Park Chan-wook, 2003). La imágen icónica del cine surcoreano. El hombre del martillo despliega una venganza febril, agobiante y adictiva. Una pesadilla hecha cine.
-A moment to remember (John H. Lee, 2004). Un melodrama de los que golpean y desarman. La agradable belleza romántica de la primera mitad se obstruye con una inesperada y trágica sorpresa que cambia y ensombrece drásticamente el tono general.
-Brotherhood of war (Kang Je-gyu, 2004). En 1950, dos hermanos son obligados a abandonar trabajo y estudios e incorporarse a filas, durante la guerra de Corea. Allí padecerán el infierno.
-Woman is the future of man (Hong Sang-soo, 2004). Un triángulo amoroso, de personajes fracasados y egoístas es la excusa para explorar ciertas facetas humanas. Otra obra patética e incómoda de un genial director maldito.
-A bittersweet life (Kim Ji-woon, 2005). Un mafioso de cuidado se enamora de la prometida de su jefe, desatando caos y una ira irrefrenable. Las escenas de acción son maravillosas.
-A dirty carnival (Ha Yu, 2006). Veterano criminal debe cuidar de su madre terminal y de su hermano pequeño. Entre inmensos líos mafiosos, un amigo le pide asesoramiento para filmar una película.
-Secret sunshine (Lee Chang-dong, 2007). Una madre soltera debe enfrentarse a una de las mayores calamidades que le podrían ocurrir en vida. Un drama mayor, sobre un tema difícil.
-The chaser (Na Hong-jin, 2008). Un expolicía devenido en proxeneta se da cuenta de que sus chicas van cayendo en las manos de un retorcido asesino serial, y procura tomar cartas en el asunto.
-Forever the moment (Yim Soon-rye, 2008). En 2004 el equipo nacional de handball femenino calificó para las olimpíadas. Los conflictos individuales, los avatares de la formación, y una vibrante épica partidística.
-Breathless (Yang Ik-joon, 2009). Gángster violento y antisocial se gana la vida cobrando deudas, maltratando y hostigando gente. Pero se ve sacudido al conocer una jovencita que no parece tenerle miedo, y que es a su vez víctima de violencia familiar.

En Cinemateca Uruguaya:

El momento para siempre es grandiosa. Está basada en una anécdota real de un equipo femenino de handball que compitió representando a Corea del Sur para las olimpíadas de 2004, y se centra en las dificultades de este grupo de chicas para entrenar, en los conflictos que existen entre ellas y con los entrenadores, en las complicaciones que conlleva ser una deportista de calibre y a la vez hacerse cargo de tareas como sobrevivir o criar hijos. Los cineastas occidentales deberían tomar nota, pues aquí se ven elementos que llevan a que una película deportiva se convierta en algo sobresaliente: hay personajes sólidos y diferenciables y se dan a conocer sus conflictos individuales; las interpretaciones son notables, hay emoción y, por sobre todo es notorio el conocimiento del deporte por parte de la directora-guionista, capaz de involucrar a la audiencia en las tácticas aplicadas, en el desempeño individual, logrando asimismo transmitir la vibrante fuerza épica a la competición. Seguramente el punto más alto de esta selección.
Mi novia es un agente secreto es una película de acción divertida y despreocupada, notablemente filmada e inteligentemente escrita. En otras palabras, la clase de películas que hoy no podrían encontrarse en hollywood. Algo así como que Una pareja explosiva, o Brigada A tuvieran, además de las dosis de dinamismo y humor, un guión coherente y sólido, y el espíritu lúdico de las mejores películas de Jackie Chan. También en este registro más comercial se encuentra la comedia Fabricante de escándalos. Hay una idea sólida y original y están ahí un montón de elementos que explican que haya sido el taquillazo que fue. Dosis de humor, enredos, drama, romance; hay un niño pequeño que actúa como los dioses y un par de estrellas en papeles protagónicos que cantan y bien. Un final luminoso, a lo grande, con lágrimas, canciones movedizas y un nutrido coro cierra un entretenimiento familiar de esos que se gozan. Por su parte, El gran chef es de esas películas que combinan notablemente exotismo con gastronomía, y además lo hace en clave de comedia, llevada adelante gracias a una anécdota irresistible. Un concurso de chefs coloca a dos eternos rivales frente a frente, en una ensañada competencia dividida en distintas etapas, para ver cuál de ellos es el mejor. Las diferentes instancias reflejan aspectos clave de la comida surcoreana, y la película en su conjunto es un disfrute de texturas, olores y sabores, con buen ritmo y momentos de efectiva hilaridad.
Viejo compañero es un interesante documental sobre un señor antiquísimo e inválido que convive con su mujer y un buey de cuarenta años. Este animal es su herramienta de trabajo, su salvación y su compañero de toda la vida. Pero el veterinario dice que no puede vivir ni un año más. El documental muestra la inagotable parsimonia con la que el hombre, con su salud y la del animal comprometidas, moviéndose a duras penas sigue yendo a trabajar, persistiendo en métodos de labranza rústicos y obsoletos.
Un sueño descalzo es el punto flojo de la selección. En un entorno marginal de Timor Oriental, un entrenador de fútbol arma un equipo infantil con la intención de darle proyección internacional. Lamentablemente los niños son personajes poco sustanciosos, carecen de personalidad y se limitan a patear la pelota, sonreír o llorar de acuerdo a su fin único que es ser reconocidos, y la aproximación a ellos peca un tanto de miserabilista. El relato pierde así firmeza y vigor y el conflicto es llevado sin el ímpetu que era necesario. Discursivo y demagógico, el final acaba por hundir una buena idea.

* va hasta el martes 4, en Cinemanteca Carnelli.


Publicado en Brecha el 30/9/2011

viernes, 23 de septiembre de 2011

Copia certificada (Copie conforme, Abbas Kiarostami, 2010)

Reversible y auténtica

Ella (Juliette Binoche) es una galerista de arte en la Toscana y él (William Shimell) un reconocido escritor y ensayista británico. Él se encuentra de paso por Italia ya que está presentando un libro en el cual reivindica el valor de la copia de la obra de arte, restándole interés a la “autenticidad” de los originales. Ella, madre soltera, siente una clara atracción por él, y lo lleva de paseo por el pueblo Lucigniano, en un deambular –casi a tiempo real- en el que dialogan extensamente. Como no podía ser de otra manera, el director Abbas Kiarostami dilata los tiempos, la acción se vuelve mínima, e importan más los pequeños gestos, el contexto, y lo que les ocurre interiormente a los personajes que lo que efectivamente dicen. Pero también es justo notar que ésta es de las películas más “dinámicas” del director iraní; y seguramente, una de las mejores.
Hay un fuerte parentesco con la brillante Viaje a Italia (1954) de Rossellini, clásico que inspiró a los cineastas de la nouvelle vague en el cual una pareja dialogaba y discutía airadamente en un viaje hacia Nápoles. Como en esa gran película, como en Bergman, como en Rohmer, como en el cine del coreano Jang Sun-woo, se despliega notablemente ese enrevesado y doloroso universo sentimental en el que a veces los adultos nos sentimos tan perdidos, ya que los bagajes de ideales e ilusiones rara vez se condicen con lo que toca vivir.
Pero Kiarostami dobla su apuesta con un guión que confunde y que busca confundir, ya que, a partir de cierto punto clave, se deja de saber qué es verdadero y qué no. Es decir, a partir de determinado momento las situaciones que se suceden podrían obedecer a un “juego” que los personajes despliegan para sí, pero por otra parte también podrían estar siendo ellos mismos, diciéndose unas cuantas verdades. Es así que, de golpe, Copia certificada se desdobla, se convierte en una película reversible, interpretable desde ópticas distintas y contradictorias. Kiarostami, obseso de las diversas capas de realidad y del desvelamiento del artificio, lleva sus fijaciones a un extremo, aportando elementos, “pistas” que llevan a pensar alternativamente en una hipótesis o en la otra. ¿Cuál es la realidad?, ¿qué es lo original y qué una copia? y finalmente, ¿importa eso?, ¿acaso no son creíbles, fidedignos los sentimientos que están teniendo lugar, esos torbellinos emocionales que atraviesan los personajes?
Binoche, inmensa y bellísima, es seguramente el punto más alto de esta película y deja para la posteridad una interpretación repleta de matices y cambios de registro que cortan el aliento. No en vano es y ha sido la opción de grandes cineastas, entre los que se destacan Kieslowski, Haneke y Hou Hsiao-hsien.
Es verdad, ésta es la clase de películas que gusta mucho a los críticos y no tanto al público en general; quizá la clase de ensayos meta-cinematográficos de los que se disfruta más reseñando que vivenciando directamente. Pero de todos modos, es innegable que se trata de una obra intensa, sugestiva y rica de significaciones; de esas que crecen al verse más de una vez, y que se prestan para hacerlo.


Publicada en Brecha el 23/9/2011

domingo, 18 de septiembre de 2011

Amigos con beneficios (Friends with benefits, Will Gluck, 2011)

A lo que debemos aspirar

Las comedias románticas hechas en Hollywood tienen mucho que ver con un mundo idílico, histérico y estéticamente imposible y poco que ver con la realidad. Allí suelen exhibirse, como en una vidriera, ideales de belleza, de éxito, de cómo plantarse y ser cool, y los espectadores que compran estos combos y que buscan verse reflejados se llevan a sus casas un paquete de ilusiones que, en muchos casos, suele transfigurarse en frustración. Este tipo de comedias, en su mayoría superficiales, dulcificadas y por supuesto acríticas, continúan encumbrando valores relativos al sueño americano y a formas de existencia inalcanzables para la amplia mayoría de los seres humanos.
Will Gluck, director de esta película, ya había hecho la comedia teenager Se dice de mí, una bazofia de cuidado en la que los personajes todos se ajustaban a los más exigentes parámetros de belleza dominantes -hasta los catalogados como “feos” eran despampanantes- y pretendía tirar líneas de moralismo, tolerancia y consideración cuando en realidad los discursos escondidos en la película dejaban en claro que eso era todo una farsa.
Ajustado a parámetros estéticos similares, aquí Dylan (Justin Timberlake), joven emprendedor, editor de contenidos web –confluye la capacidad de administración empresarial y la creatividad orientada a nichos novedosos y prometedores- conoce a Jamie (Mila Kunis) reclutadora de talentos –la acertada ejecutiva, hábil e independiente en sus criterios-. La verborragia entre ellos es, desde un comienzo, imparable, y cuidado, que las líneas de diálogos no bajarán en ritmo y velocidad hasta los créditos finales. Los dichos de los protagonistas son pretendidamente inteligentes, todo el tiempo: a cada ocurrencia se sucede una réplica aún más suspicaz, perdiéndose así, desde el mismo comienzo, la esperanza de verosimilitud. Resueltos y avispados, cerca de media docena de veces dicen de forma canchera “era una broma” luego de fingir falsas reacciones. Si el director/guionista da así pocas muestras de creatividad, unos secundarios de manual no hacen más que rebajar la berretada a niveles subterráneos: la madre de la protagonista (Patricia Clarkson) es la típica veterana hippie, que da mayores muestras de inmadurez que su propia hija pero es cariñosa y considerada (como las de Mamma mia, The kids are all right o Se dice de mí, para no ir más lejos). El compañero gay del personaje (Woody Harrelson) es tan sólo un vehículo para hacer chistes de gays, y el padre con alzheimer (Richard Jenkins) es el toque de gravedad que se necesitaba, para demostrarse que el muchacho es un tipo sufrido y bueno y que esta película dista de ser tan sólo otra comedia descerebrada. Ninguno de estos actores está mal, pero personajes así, contextualizados como están, dañan la psiquis de cualquier ser pensante.
Esta película está muy bien puntuada en algunas páginas web especializadas (IMDB, Rotten tomatoes) tiene buena recepción crítica y funciona notablemente en taquillas. La comedia romántica estadounidense no evoluciona ni cambia sus reglas porque la fórmula camina bien así, como está. Lo que cuesta creer es que el público continúe tragando.

Publicado en Brecha el viernes 16/9/2011

domingo, 11 de septiembre de 2011

Contra el olvido


El género documental cumple por definición con un rol de registrar y preservar ciertos hechos o realidades existentes y difundirlas, en una lucha contra el olvido y en un intento de iluminar instancias que de otra forma se perderían o pasarían desapercibidas. Aún deteniéndose en historias particulares y anécdotas mínimas, estas películas suelen ser vehículos de conservación de la memoria histórica. Con esta intención, la brillante película paraguaya Cuchillo de palo echa luz sobre las aberraciones y humillaciones que sufrieron los homosexuales durante la dictadura de Stroessner; la directora Renate Costa vivió toda su vida obsesionada con su tío, quien murió en enigmáticas circunstancias. Repleta de incógnitas y sin muchas certezas, Costa indaga en su misma familia, a la vez que entra a un submundo en el que consulta a homosexuales y travestis que conocieron a su tío, con la idea de comprender quién fue él y qué le sucedió. De a poco va demostrando lo que significó ser gay dentro de un universo marcial y machista, a la vez que desnuda un sentir popular –reproducido por su misma familia- que, de cierta manera, avalaba las aberraciones cometidas. Por su parte, el documental 7 instantes de Diana Cardozo aporta asimismo uno de las más elocuentes e interesantes aproximaciones al "Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros", antes, durante y después de la dictadura, entrevistando a miembros del llano de la organización; a integrantes cuyas vivencias no habían sido difundidas.
Ambas entrevistadoras logran vencer resistencias, llegar a sus interlocutores y lograr que se abran ante ellas, labor difícil si las hay. La negación a priori de remover y reflotar recuerdos dolorosos del pasado está notablemente expuesta en la impactante Incendies, de Denis Villeneuve. En ella, una mujer emprende un viaje a través de Oriente Medio con el objetivo de dar con su padre, al que creía muerto, y con un hermano, del que hasta hace poco desconocía su existencia. Para ello debe saber quién fue realmente su madre y qué papel desempeñó en las guerras civiles entre cristianos y musulmanes de los años setenta. Las personas que podrían aportar información valiosa en un principio se niegan a responderle, y si finalmente se llega a una resolución, es porque el azar jugó a favor. El título “Incendies” refiere al poder destructivo de las guerras, de los abusos y las masacres colectivas, capaces de reducir a cenizas no sólo a seres humanos sino a su mismo recuerdo por generaciones. El silencio humano se contrasta, en la película, con la imagen de archivos inmensos, mudos, que esconden miles de historias perdidas e inescrutables.
La mirada invisible de Diego Lerman aborda la dictadura argentina desde una óptica novedosa. Se centra en los mecanismos de control y disciplina dentro de “Ciencias morales” el prestigioso colegio hoy conocido como Nacional Buenos Aires. Así, se expone un férreo universo de miedo y represión sexual, donde todo indicio de creatividad o vitalidad es rápidamente censurado y anulado. Las dictaduras destruyen la capacidad de expresión e injertan el autocontrol en el individuo, convirtiéndolo en un panóptico de sí mismo.
Películas como Katyn, de Andrzej Wajda, o la subvalorada Ararat de Atom Egoyan sorprenden exponiendo temáticas que se mantuvieron ocultas durante décadas, ya sea por cuestiones de resistencia política o por orgullosa intransigencia. En la primera el director polaco relata, mediante un abordaje coral, los sucesos ocurridos el martes 13 de abril de 1943, en el bosque de Katyn. Los soviéticos asesinaron a sangre fría a mil altos oficiales del ejército polaco. Esa matanza fue adjudicada a los alemanes por parte de los aliados, pero fue recién en 1990 que se abrieron los archivos secretos soviéticos, demostrando por fin una verdad silenciada. Ararat, por su parte, es la primera película de ficción centrada en el genocidio armenio de 1917, durante el cual el gobierno de los Jóvenes turcos masacró entre un millón y medio y dos millones de personas. El gobierno turco aún niega la existencia del genocidio, pese a la presión internacional por que lo asuma de una buena vez.
El cine es y siempre ha sido una notable herramienta para reafirmar la memoria, y es capaz de grabar hechos cruciales en el colectivo. Lo único que se precisa es la voluntad para hacerlo.

Publicado en revista "Noteolvides" 8/2011

domingo, 4 de septiembre de 2011

Cowboys & aliens (Jon Favreau, 2011)

Lo prometido


El que va a ver una película llamada Cowboys & aliens sabe con qué va a encontrarse. Más cuando está protagonizada por James Bond (Daniel Craig) e Indiana Jones (Harrison Ford), más si se tiene conocimiento de que uno de los productores fue Steven Spielberg, -con su infantilismo perpetuo y su obsesión con los extraterrestres- y más cuando el director es Jon Favreau, autor de los notables divertimentos familiares Zathura y Iron man. Desde el vamos sabemos que hay que abandonar los prejuicios, dejar de buscarle el pelo al huevo y valorar en su correcta medida a un entretenimiento pochoclero y superficial, a un autoconsciente pastiche de acción y aventuras.
Como demostraron Depredador, Del crepúsculo al amanecer, o más recientemente Kick-ass, Zombieland y Rango, una película con una abrupta mezcla de géneros puede funcionar en taquilla, y esa es la clase de experimentación que hoy la industria puede permitirse. Aquí Jake, nuestro personaje principal (Craig) se despierta en una llanura desértica, amnésico y con un extraño brazalete metálico. Como Bourne, descubre en la marcha que es además imbatible en la lucha cuerpo a cuerpo, así como en otras artes de combate –hay que ver a un cowboy aplicando curiosas técnicas marciales para desarmar a tres hombres juntos-. Luego de llegar al típico pueblo en decadencia, y de meterse en altercados que lo colocan en un comprometido conflicto con el malvado Woodrow (Ford) empiezan las olas de abducciones y secuestros por parte de los alienígenas. Así, una comitiva en la que se juntan delincuentes, civiles, agentes del orden y hasta indígenas, sale a enfrentar a los horrendos invasores.
El guión tiene huecos, es cambiante y hasta contradictorio; seguramente un fiel reflejo del caos de producción que ocasionó que cinco guionistas más tres argumentistas, más el autor del cómic en que se basa la película figuren en los créditos. Los personajes parecen extraídos del spaghetti western a lo Leone, en donde el más bueno era condenable y el malo horripilante. Los extraterrestres son bichos rápidos, letales e inteligentes y tienen viscosidades escondidas aún más desagradables que las visibles, muy al estilo Alien, y, dato curioso, los lleva al lejano oeste nada menos que la sed de oro (ojalá algún día la ambición desmesurada se condene tanto en la realidad como en la ficción de géneros dominante!). Además de gozar del mérito de haber rechazado fervientemente la idea de filmar la película en 3D, Favreau logró el desafío de darle a esta película, pese a las limitaciones de guión, una coherencia estética y formal (la fotografía, la música y los efectos visuales son puntos fuertes), de extraer buenas actuaciones y de lograr así personajes con presencia, de orquestar este cambalache conceptual convirtiéndolo en un corpus dotado de buen ritmo y energía. No se podía pedir mucho más.

Publicado en Brecha el 2/9/2011

jueves, 25 de agosto de 2011

Insidious (James Wan, 2010)

El miedo disfrazado

A veces pasa: una película de género de clásica factura sorprende por su orquestación, por sus portentosos climas, su efectividad y la imaginación en ella volcada. Insidious es una joya del cine de terror que, lejos de apuntar a la repulsión y al gore, busca –y encuentra- el miedo mediante sutiles mecanismos.

Primero lo primero: el título que fue colocado a esta película en los países de habla hispana nada tiene que ver con el original Insidious. La traducción literal sería “insidioso”, pero en lugar de buscarse un sinónimo que sonara mejor se optó por un curioso y poco pertinente “La noche del demonio”. Se adelanta de antemano que existe una presencia demoníaca, detalle que sólo se revela pasada la mitad de la película. Y además, no es que exista una “noche” específica en la cual aparezca el demonio en cuestión, sino que se trata de un continuo de días –y noches-, sin ninguna preponderancia particular para ninguno de ellos.
El término “insidioso” refiere concretamente a las pérfidas intenciones de un sinfín de amenazas que acechan a la pareja protagonista, a presencias extraterrenales que acosan a una familia tipo hasta la locura, al punto de llevar al coma a uno de sus tres hijos. Así, la película podría dividirse fácilmente en dos. En la primera mitad tiene preponderancia la mujer, una madre hiperabrumada por el cúmulo de tareas a su cargo, y que se ve poco y nada respaldada por su marido. En esta primera parte los espíritus acosadores hacen apariciones esporádicas y muy parciales, en ese estilo de terror sutil tipo Los otros o Al final de la escalera: hay objetos cambiados de lugar, puertas que se abren y cierran solas, extraños ruidos, sombras espectrales. Aquí se desliza cierta referencia metafórica a los miedos masculinos, haciéndose énfasis en la voluntad del protagonista de “escapar” del núcleo familiar ante una situación cotidiana con la que sencillamente no puede lidiar. En cambio, la segunda parte está centrada en ese mismo padre, en su aceptación de la realidad, en el movimiento que implica tomar cartas en el asunto y emprender un temible enfrentamiento a las fuerzas sobrenaturales en cuestión, y a sus propios miedos.
La factura es impecable. James Wan es un director malayo de raíces chinas que creció en Australia, que ya había filmado tres sólidos largometrajes en Estados Unidos, El juego del miedo (la primera de la serie; la visible), Dead silence y Death sentence, y aquí logra su mejor película, caracterizada esencialmente por un clima lúgubre, de ensueño, y una puesta en escena soberbia y cuidada al detalle. La dirección artística es un lujo, y está repleta de elementos que se prestan para un análisis semiótico (relojes, juguetes y vestimentas antiguas se predisponen de forma sugerente) la ambientación sonora es fundamental en la construcción de climas, y los sonidos graves –que muchas veces aparecen descontextualizados, hasta en momentos no terroríficos-, no dan paz e incrementan el tormento al espectador. El montaje violento aporta dinamismo sin afectar al bienvenido clasicismo general del planteo. Insidious se apoya tranquilamente en un territorio seguro y transitado, –algunos fragmentos recuerdan a películas recientes, como Actividad paranormal, El orfanato o Shutter- pero desde allí se afirma para levantar auténtico vuelo y dar rienda suelta a la imaginación de sus creadores.
Además, existen tres elementos o trampas retóricas que el director maneja a la perfección y que demuestran su profundo conocimiento respecto al género, herramientas que llevan a que Insidious logre sus sobresaltos y que la experiencia de su visionado adquiera tal intensidad. Primero: abundan las pistas falsas, es decir, los elementos presentados (una puerta entreabierta, un espejo, un cuarto visto parcialmente al fondo del cuadro) que captan la atención haciendo pensar que el próximo objeto de pavor provendrá de allí, cuando en realidad acaba surgiendo inesperadamente de otro sitio -este elemento es una constante en el buen cine de terror; un aspecto casi básico, vale decir-. Segundo: se introducen eficazmente falsas seguridades. Es decir, se genera un ambiente que lleva a creer que no pueda existir, al menos momentáneamente, una amenaza real sobre los personajes. Por ejemplo: en una escena la madre del protagonista cuenta una pesadilla y se reproduce lo que ella vivió en ese sueño. El espectador así sabe que está doblemente amparado, por tratarse de una situación pasada y por ser un contexto no-real, y que por eso todo lo que se muestre allí no interferirá con el presente que viven los protagonistas en ese momento. Pero inmediatamente la narración se corta, con un impactante cuadro de la realidad actual en el que la figura de la pesadilla hace acto de presencia, abruptamente y en un plano absolutamente desconcertante, a pleno día y en plena charla. Lo mismo ocurre en una escena en que el abarrotamiento de gente amigable dentro de una misma habitación hace pensar en una situación segura. Pero es tan ingenua la creencia de que el miedo no llega en esos momentos como pensar que uno no va a asustarse en una sala de cine colmada de gente. Tercero: el elemento más atípico, -y a través del cual James Wan da muestras definitivas de genialidad- es el saber insertar un falso registro en plena narración. El director logra introducir elementos humorísticos en una trama que no podía ser más grave y oscura; y es realmente difícil –o imposible- dar con una película de puro horror con esta clase de elementos ridículos, hilarantes, descontextualizados, casi kitsch –como la aparición de un par de frikkis con pinta de caza-fantasmas, especializados en detectar fenómenos paranormales- que llevan a arrancar risas nerviosas de la audiencia. En el imaginario popular, una película de miedo no puede dar risa, y éste es un elemento que Wan utiliza para desconcertar, impactar y descolocar aún más al espectador.
Aquí hay sabiduría. Se ha vuelto imperativo seguir a James Wan, auténtica revelación del panorama del terror actual. Y qué mejor idea que vivir el impacto de Insidious ahora, que está pasando por la pantalla grande.


Publicado en Brecha el 26/8/2011