miércoles, 9 de marzo de 2011

(Rápidas) impresiones de Berlín


Hay que ir bien asesorado para sobrevivir al invierno de Berlín. De 4 a 15 grados bajo cero oscila la temperatura, aunque igual, la diferencia de 5 bajo cero y 15 bajo cero ni se siente; uno muere de frío de todas maneras. Se pueden llevar puestas varias remeras, más un buzo polar, más una pesada campera (también polar) y el invierno, despiadado, se burla de todo, acariciándole la espalda a uno con diabólicas ventiscas. Hasta del sol se burla. El cielo puede estar completamente despejado y el sol peor que pintado, no calienta; de nada sirve ir caminando por la vereda del sol. La explicación, dicen, está en la inclinación de los rayos solares, y de allí también que los árboles (y los eucaliptos) crezcan diez veces más lento que en Uruguay.
Pero también es un frío seco, sano. Un alemán me comenta que el frío de Uruguay sí es duro de verdad, que se te mete adentro de los huesos. Como dicen las viejas, “lo que mata es la humedá” y cierto es que, aunque uno se congele a la intemperie germana, no es nada de lo que el cuerpo no pueda recuperarse durmiendo diez horas cerca de un radiador. Claro que una espera de diez minutos en la calle puede ser mortal. No encontrar la dirección que uno busca, desesperante. Con tal de no quedar a la intemperie, el turista entra en el primer café que encuentra (kaffee) donde se le ofrece una muy variada y nutrida oferta (por lo menos dos euros sale una taza pequeña).
Vaya uno a saber por qué, todas, pero todas las puertas se abren para el lado contrario del que uno piensa originalmente. Y cuando se tocan los pestillos, te dan una descarga eléctrica. También hay una explicación para esto último: el frío baja la cantidad de agua en la atmósfera, es decir, el punto de rocío, y aumenta la conductividad eléctrica; si además se usa ropa sintética, uno se convierte en un transmisor perfecto. Aún conociendo este principio, luego de una decena de choques eléctricos diarios, uno ya empieza a imaginar que los germanos lo hacen a propósito, instalando dispositivos anti-sudaca por doquier…
Según dicen, Berlín es la ciudad más barata de toda Europa. Y es probable que eso sea cierto. Un litro de leche sale 55 centavos de euro, un almuerzo estándar seis euros aproximadamente, sentarse en un restaurante, de diez a quince por persona. Una comida rápida sin bebida (un kebab, una cajita de comida china, o un sandwich, por ejemplo), tres euros.
Promedialmente los sueldos más bajos -digamos, el de una cajera de supermercado- están en 900 euros. Mucho para acá, no tanto para allá: del sueldo se descuenta directamente una suma variable de acuerdo al estado civil, la cantidad de hijos, etc, y es perfectamente normal que a un alemán humilde se le descuente un 40% de su sueldo. Está gravado casi todo: impuestos por tirar la basura, por tener perro -120 euros al año el primer perro, y 180 más desde el segundo en adelante-, últimamente, aumentaron sobremanera las patentes de los automóviles, ya que desde el gobierno se incentiva el uso de las bicicletas. Por supuesto, las ciclovías son omnipresentes, y se respetan de verdad. Los ciclistas tienen prioridad con respecto a los peatones, y si uno sin darse cuenta se queda parado en la ciclovía, corre serios riesgos de ser atropellado; si esto llegara a suceder, no hay reclamo posible. Asimismo, las señales de tránsito se respetan a rajatabla. Hasta los peatones las respetan; los que cruzan con la roja son mayoritariamente turcos, o turistas desubicados. Cruzar con roja puede acarrear una retahíla de insultos de parte de los otros peatones. Y esta es una máxima para la guía de supervivencia de Berlín: no insultar a los germanos. Un amigo alemán me comenta que ellos rara vez se insultan, y que si alguien le dice “hijo de puta” a otro, es seguro que se vaya a llevar unos buenos golpes, ya que el agravio es interpretado literalmente.

Kalkwasser. Como en muchas otras ciudades de Europa, el agua potable es respetada y conservada. En los baños, las cisternas con dos botones es la constante (descarga pequeña y grande respectivamente), y en los baños públicos las tasas de los urinarios apenas tienen un minúsculo receptáculo de agua, o sea que lo que se ensucia y desecha es mínimo. Otro par de diferencias sustanciales: los baños públicos cobran 50 centavos el servicio, y por alguna extraña razón, siempre hay una puerta que separa los lavabos de las letrinas y los excusados. Y atención, que el agua corriente que sale de la canilla en los hogares tampoco es muy bebible que digamos. Importantes cantidades de cal atentan contra la salud del usuario, e incluso de a ratos puede verse una tonalidad blancuzca en un vaso de agua. Por eso en las casas siempre se compra agua embotellada (0,19 euros la botella de litro, aunque también ofrecen otro tipo de agua, casi bendita, a más de un euro el litro).
La comida rápida típica son los wurst (panchos en nuestra jerga) y los hay de todos los tamaños y colores. Los alemanes los comen hasta en el desayuno y a veces no tienen reparos en comérselos crudos. En las estaciones de metro los venden con todo tipo de sabores. Ante la abrumadora oferta, opto por pedir un currywurst zu zharf y al degustarlo siento como que me hubieran introducido napalm por el gaznate. Para apagar el fuego, me dirijo a una máquina expendedora de bebidas, y me sorprendo al descubrir que una de las opciones es un “Swiss cannabis ice tea” (té helado de cannabis). Introduzco un par de euros y sale una lata plástica con el flamante contenido. En un costado del envase reza: “fantastic natural feeling”. No es que sea tan rico ni tan fantástico, pero al menos cumple con su cometido.
Se dice que la oferta de trabajo en Alemania es abundante y variada. Y, a diferencia de Uruguay, quienes buscan trabajo, en lugar de buscarlo solamente en la ciudad en que se encuentran, lo buscan en toda Alemania, ya que los germanos no se hacen demasiado problema en movilizarse a otra ciudad para conseguir algo más provechoso. La amplia mayoría de las ciudades alemanas tienen su movimiento, y hasta los pequeños pueblos se esfuerzan en tener su atractivo turístico y un buen flujo de gente. En definitiva, mudarse de la capital para una ciudad menos poblada para trabajar, no significa, en el imaginario colectivo, dar un paso atrás.

Verbrecherisch. El transporte público es inmensamente práctico y está diseñado para perder la menor cantidad de tiempo posible. Los horarios son respetados a rajatabla, y en la mayoría de los casos, las paradas de buses, de tranvías o metros, tienen un cartel luminoso que especifica la cantidad de minutos que restan para que llegue el vehículo en cuestión. Ya sea el metro (U-bahn) el tren metropolitano (S-bahn) el tranvía (Strassenbahn) o los buses (Busverkehr) todos los vehículos son silenciosos y no vibran en lo absoluto. De allí a que en Berlín la lectura sea un hábito constante, y que en cada viaje urbano puedan verse libros en abundancia. Los que sí que no suelen ser silenciosos son los mismos alemanes: hablan y ríen con fuertes vozarrones. Los adolescentes gritan, se aplastan, se golpean unos a otros, sin ningún miramiento respecto al resto de los pasajeros que comparten el vagón. También se come mucho, en las mismas calles y en los mismos vehículos. Y se bebe. La bebida alemana por excelencia, además de la cerveza, es el Jägermeister (maestro cazador) un delicioso licor de hierbas de 35% de graduación alcóholica, que además es digestivo, y del cual pueden verse a diario petacas siendo empinadas, por hombres y mujeres.
Los boletos no son baratos: 2,30 euros cuesta un viaje de combinación (de dos horas, en un solo sentido, y para cualquier tipo de vehículo), y existen boletos diarios o semanales que pueden abaratar un poco la locomoción, si uno está en plan turístico. Y, curiosamente, se puede subir a buses y trenes con total libertad, sin ningún tipo de control. Lo que se espera es que se haya comprado con anterioridad el boleto correcto, y que éste haya sido debidamente validado en las máquinas dispuestas para ello en las estaciones. De vez en cuando y sin aviso, varios inspectores se aparecen en los trenes, tipo redada, bloqueando las puertas y pidiéndole a los pasajeros sus respectivos boletos. La primera y única vez que no tengo el boleto indicado -las máquinas expendedoras son complicadas- corro con la suerte de que además, aparece la bendita redada. El inspector de turno no podía ser más intimidante: pelado, con chaqueta de cuero -siempre van de civil-, tatuajes en los brazos. Le pregunto si habla inglés porque no le entiendo ni una sola palabra, y el hombre accede. Tras comprobar que mi boleto está mal -doblemente mal, porque además olvidé marcarlo en la estación- me pide amablemente pasaporte, dirección de mi país –gran dificultad para hacerle comprender el nombre de calle Gutiérrez Ruiz- y me impone una multa de cuarenta euros, que, por fortuna, puedo pagar en el momento. El hombre a continuación me explica cómo hacer la próxima vez, el procedimiento correcto, los boletos a conseguir. Me da una boleta y me dice que con ella puedo proseguir con combinaciones por dos horas más. En serio, los alemanes suelen ser inmensamente serviciales, aún cuando te están multando. Y ojo, porque la multa por insultar a un inspector es de 4000 euros.
El sistema es perfecto. Luego de ser multado alguna vez, el pasajero aprende a seguir los procedimientos y a fluir de acuerdo a lo establecido. Es cierto que algunos optan por no pagar nunca el boleto, y prefieren pagar la multa de los cuarenta euros de vez en cuando, pero ahí se juegan mucho a la suerte, y sospecho que a la larga, saldrán perdiendo. La recaudación por concepto de multas a extranjeros, en las cercanías de la Berlinale, estos días, debe ser inmensa.

Nacht. El idioma español está de moda, y es omnipresente. La presencia de latinos y españoles va en aumento, y no es extraño encontrarse a los mismos berlinenses hablando y estudiando el español. Claro que en Berlín dar con gente trilingüe es absolutamente corriente, y uno se puede sorprender hablando con sujetos que dominan cinco idiomas, como si no fuera la gran cosa. En el sur de Berlín, en varias escuelas se enseña el castellano como segundo idioma, y en el metro el español resuena mucho; seguramente no tanto como el alemán, pero quizá sí pueda escuchárselo la mitad de las veces que se viaja.
Le pido a un amigo que me lleve a algún pub, en la noche berlinesa. Me explica que hay que tener cuidado, porque ciertos lugares no son recomendables para extranjeros. Uno puede ser destratado por no hablar el idioma –existe un fuerte nacionalismo en algunos sectores de la población- y hasta puede dar con algún neo-nazi, que también los hay. En el metro, las alemanas salen por la noche con minifaldas, desafiando al frío glacial y ostentando sus largas y gruesas piernas. El pub al que soy conducido -un antro escondido bajo tierra, íntegramente grafiteado- tiene en la puerta un letrero con una esvástica tachada que reza: “nazis verboten” y adentro, pululan los extranjeros. El barman es español, la muchacha de la ropería, cubana –lee Kundera en alemán, sin parecer verse afectada por la fuerte música-. Las bebidas no son caras, 2,50 sale un whisky, dos euros una gran jarra de cerveza. También ofrecen un brebaje muy interesante llamado grog –la bebida de los piratas, ron caliente con azucar y limón- y también es de reiterado consumo la llamada “jag-bomb” una combinación de Jaggermeister con la bebida energética Red bull. Dicen que tomando uno de esos bailás toda la noche sin parar. Otra diferencia: en Montevideo los DJs pasan la música que todos conocen y quieren oír; en Berlín, imponen música más bien desconocida y pegajosa, con la sana intención de dar a conocer algo distinto.
En determinado momento una chica venezolana, al descubrir que hablo español, me empieza a sacar charla. Me comenta que también está de visita y que se vuelve en unos días, que adora Berlín y que si de ella dependiera, vendría más seguido. Dice que el viaje le cuesta ocho sueldos, y que, por culpa de Chávez, la diferencia cambiaria le desfavorece. Agrega que muchas veces tiene que recurrir al mercado negro para comprar euros -donde le cuestan el doble-, porque en determinados casos el gobierno no permite la compra de euros, impidiendo a los civiles salir del país. Asombrado, le pregunto qué gana con eso el gobierno, “controlar” contesta. Acto seguido, comienza una perorata de quince minutos non-stop de palos a Chávez, hasta que la detengo preguntándole si en algún momento, quizá al comienzo de su mandato, ella apoyó a Chávez. Me contesta que nunca, que desde que lo escuchó hablar de revolución a ella ya le cayó mal, y remata: “yo no tengo nada de revolucionaria, soy ultra-derechista”. De inmediato desaparece todo el encanto que alguna vez pudo haber tenido. Y sin dudas cayó en el lugar equivocado; se hubiera entendido mejor con los neo-nazis.

Berlín subterráneo. En el tour “Berlín bajo tierra”, la guía comienza el recorrido con una advertencia. Dice que está cansada de arrastrar gente desmayada por escaleras y túneles, y que aunque esté entrenada para dar primeros auxilios, prefiere evitarse el mal trago. Que todos los días alguno de los claustrofóbicos visitantes sufre un desmayo en el recorrido y que, por tanto, el que note que respira con dificultad, sienta sudores fríos o algún mareo, que por favor le avise de inmediato. La advertencia no es del todo favorable, ya que los sudores fríos son un poco inevitables en temperaturas bajo cero, y es común somatizar apenas bajando unos peldaños.
La primera locación es un refugio antiaéreo de la época del nazismo. Se trata de un búnker para la población civil, tal y como quedó después de la guerra. Berlín fue una de los objetivos militares más importantes de los bombarderos aliados, y los ataques aéreos llegaron a destruir un 80% del centro de la urbe. De todos modos, la sensación allí abajo es terrible, y llega a comprenderse que muchos civiles prefirieran quedar expuestos, en la superficie, antes que bajar allí. Explica la guía que en las pequeñas habitaciones podía haber más de doscientas personas, apretadas y de a pie, a cuarenta o cincuenta grados de temperatura. Que el dióxido de carbono, en esos cuartos sellados, tendía a bajar y estacionarse, y que el oxígeno quedaba bien arriba, de modo que la gente tenía que pararse de puntillas para respirar bien, y colocar a los niños encima de sus hombros. Para ir al baño había que llegar hasta un guardia -no era fácil- y ver si estaba de humor como para dar la autorización, por lo que algunas personas debían hacer sus necesidades allí mismo.
Las paredes aún conservan la pintura de la época, la guía apaga las luces y puede verse un resplandor, emanando de las paredes. Dice que testigos presenciales aseguran que en la época se podía leer gracias a la luminosidad de esa pintura. La estructura arquitectónica del búnker está pensada para aislar y neutralizar las explosiones. Corredores en zig-zag y puertas desencontradas servían para que, si caía una bomba, murieran sólo los civiles ubicados en una habitación y no aquellos que se encontraban en las habitaciones contiguas. Así, esos búnkers ostentan formas laberínticas y oscuras que obligan al turista temeroso a mantenerse siempre cerca de los guías.
El segundo refugio expone alguna de las huellas de la paranoia de la guerra fría bajo la ciudad. En el lado occidental de la ciudad, los preparativos secretos para hacer frente a la hecatombe nuclear incluyeron la construcción de búnkers, aprovechando viejas estructuras (antiguos refugios, estaciones de metro). Después de la construcción del muro, el gobierno invirtió millones de marcos alemanes en su adecuación. Lo único bueno que tienen es que, afortunadamente, nunca fueron utilizados. La cuarta instalación de protección civil de la urbe, pensada para albergar 3.339 personas, cuenta con una cocina donde se prepararía café y algún guiso de productos enlatados, habitaciones con camillas plásticas apiladas unas sobre otras, en cuatro pisos, baños a prueba de suicidios -con espejos sin vidrios ni sitios de donde se pudiera colgar un ser humano- una planta de abastecimiento de agua potable, compuertas aislantes de hormigón armado y un generador eléctrico de emergencia. Trato de girar la manivela que activa a este último (aún en funcionamiento), y casi desfallezco. Es imposible hacerlo por más de cinco minutos. Desde un punto de vista sociológico, el refugio era además inviable, ya que no estaban previstas las necesidades sexuales, la incontenibilidad humana como producto del encierro durante grandes períodos, y los horribles momentos que iría a pasar la minoría de mujeres en semejante situación. Salir a la fría superficie, luego de semejante inmersión en el pasado real e hipotético alemán, es un auténtico alivio. Berlín bulle.

Publicada en versión reducida en Brecha, 4/3/2012

3 comentarios:

Manuel Márquez Chapresto dijo...

La leche, compa Diego, vaya crónica, extensa e intensa, de tu experiencia berlinesa, trascendiendo tópicos y yendo al detalle. Te puedo asegurar que he aprendido más de Alemania y los alemanes con tu texto (por lo demás, entretenidísimo y fenomentalmente redactado, todo hay que decirlo...) que con cualquier manual al uso que me hubiera echado al coleto. Felicidades, pues, y gracias...

Un fuerte abrazo y seguimos trasteando.

babel dijo...

Diego, qué buen repaso a Berlin, je!. No he estado nunca, solo conozco Munich de Alemania, y me da que es un tanto diferente. Pero oye, ¿cuándo te nos pones con el material del festival, eh?

Nos leeemos!

Diego Faraone dijo...

Graciaaa Manuell!!! Bueno, qué orgullo que te haya gustado. Bien por tí por estar siempre atento!

Babel querida, no te me impacientes, que ya te contesto el post precedente. Nos leemos!

Abrazos para ambos.