viernes, 3 de febrero de 2017

Mel Gibson y la guerra

Infierno necesario

¿Cuándo una película es verdaderamente antibélica? ¿El hecho de exhibir vísceras y torrentes de sangre realmente está allí para concientizar al público de los horrores de la guerra? La comparación de la nominada al Oscar “Hasta el último hombre” con el clásico “Full Metal Jacket”, permite arriesgar algunas reflexiones al respecto.  



“Este es mi rifle, hay muchos como este, pero este es mío. Mi rifle es mi mejor amigo, es mi vida. Debo dominarlo como domino a mi vida. Sin mí, mi rifle es inútil. Sin mi rifle, yo soy inútil.”
Máxima repetida por los aspirantes a marines en Full Metal Jacket.

La película de Mel Gibson Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge) es un entretenimiento sumamente disfrutable, pero es difícil no tener reparos con respecto a su particular representación de la guerra. Una comparación con el clásico bélico de Stanley Kubrick Full Metal Jacket (en América del Sur conocido como Nacido para matar) parece particularmente pertinente. Veamos esto con detenimiento. 
Full Metal Jacket es de esas extrañas películas que uno termina de ver y quizá quede con la idea de que no es tan buena. No tiene un mensaje claro, ni un hilo conductor fuerte, ni ejes morales, ni los clímax propios de un gran espectáculo. Pero se trata de una obra de esas que son capaces de quitarle a uno el sueño y acosarlo insistentemente como una antigua maldición. Decía Pier Paolo Pasolini que en el cine lo importante no es indignar sino incomodar, porque la indignación se pasa rápido, pero la incomodidad se instala, y puede, incluso, perdurar por siempre. Y esto es lo que sucede con la película de Kubrick: hay partes de ella que quedan grabadas en la psiquis del espectador y con muchas posibilidades de que vuelvan a aparecérsele una y otra vez. Las escenas de entrenamiento y el extremo sadismo del sargento mayor Hartman, la del helicóptero desde el que un ametrallador dispara alegremente y a mansalva contra civiles vietnamitas, aquella en la que una joven y frágil prostituta debe atender a un escuadrón entero de soldados, a razón de cinco dólares por cliente. O el mismísimo final, en el que prácticamente la mitad del escuadrón es derribada a balazos por un solo francotirador, que además resulta ser otra muchacha vietnamita… 
Probablemente ninguna otra película haya demostrado tan claramente la estupidez de un tormento inconducente, horripilante y profundamente abusivo como fue la intervención de Estados Unidos en Vietnam. Y como pocas, exhibe el verdadero papel de los soldados estadounidenses en el extranjero: matar y fornicar indiscriminadamente. La comparación de ambas películas surge naturalmente: ambas cuentan con una parte de entrenamiento y con un final de despliegue bélico. Pero mientras Full Metal Jacket sitúa su desenlace en la guerra de Vietnam y en la desastrosa ofensiva de Tet, Hasta el último hombre se centra en la igual de cruenta batalla de Okinawa, en el Japón de la Segunda Guerra Mundial.

Full Metal Jacket
A los cineastas estadounidenses les encanta elegir hitos bélicos de los que su país sale bien parado, y cuyo rol es difícil de cuestionar. La lucha contra las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial, básicamente contra las tropas nazis y las japonesas imperiales, los coloca en un papel heroico de valientes salvadores de la humanidad. Cada cual filma lo que más le conviene, y podrá haber un centenar de películas centradas en la Segunda Guerra, pero lo cierto es que desde entonces Estados Unidos ha matado a más de 20 millones de personas a lo largo de 37 naciones. Sería interesante que aparecieran películas sobre el rol de su ejército en Camboya, Angola, República Dominicana, El Salvador o Indonesia, pero son realmente muy pocas, y lo cierto es que Hollywood cumple con un fuerte rol propagandístico al vender los infiernos propiciados en países extranjeros como asuntos necesarios, pertinentes. 
El antibelicismo de una película puede medirse, entonces, a partir del hito histórico que elige reproducir, pero también por la forma en que éste es representado. Hay quienes comentan que la horrenda masacre final de Hasta el último hombre la hace cualquier cosa menos probélica, pero es difícil estar de acuerdo con esa postura. Sobre todo por el perfil marcadamente heroico del protagonista y por la convicción con que abraza una causa justa; pero también por otros detalles. Dos películas profundamente antibélicas muestran otros costados de la guerra: la surcoreana La hermandad de la guerra cuenta las vicisitudes de un joven que se alista en la Guerra de Corea, en su lucha contra los comunistas de Corea del Norte. Para proteger a su hermano menor y evitar que sea asesinado, se ofrece para las misiones más difíciles con la esperanza de conseguir una medalla que le permita solicitar que su hermano sea devuelto a casa. Pero vivir la batalla desde las primeras filas (entre otras truculencias, hay una escena en que se encuentra con un compañero enfermo, y comprueba que una infinidad de gusanos le están devorando el estómago) acaba volviéndolo completamente loco. En la película china Nanking Nanking, al inicio, la invasión de los japoneses sobre esa ciudad china muestra cómo las mismas tropas chinas arremeten contra los civiles compatriotas para evitar que evacúen la ciudad, y para que así le hagan frente a los japoneses. La guerra está repleta de desequilibrios, injusticias, abusos de todas las partes implicadas, de errores terroríficos. Gibson podrá mostrar marines amputados, destripados y despedazados, pero en un marco ideológico que justifica esas muertes como sacrificios por una buena causa. Hay una escena en la que el cineasta podría haber desvelado el verdadero caos que impera en las guerras: cuando el médico protagonista baja al primer herido desde el acantilado, mediante cuerdas, los marines que lo divisan piensan que es un japonés descendiendo y se disponen a dispararle. Pero se dan cuenta a tiempo, y acuden en su ayuda. Si esos disparos hubiesen tenido lugar (en la guerra ocurren cosas así) la película habría optado por mostrar combatientes imperfectos, fisuras, fallas en el desempeño del batallón. Pero, una vez más, cada cual representa la guerra de la forma que más le conviene. 

Nanking Nanking


No es necesario instruir al lector de que existe mucha gente que tiene una enfermiza fascinación por la guerra, y que el hecho de que sea representada como un infierno de tripas y soldados despedazados no los disuade de su interés por apoyarla o quizá hasta vivirla y participar en ella. Esto puede costar entender como a muchos nos puede costar entender otras tantas tendencias autodestructivas, que no por no entenderlas dejarán de existir.
Volviendo a Full Metal Jacket, puede decirse que la película se centra, ante todo, en un proceso de deshumanización. Vemos un entrenamiento en el que los marines se convierten en máquinas de matar, en seres programados para obedecer órdenes sin nunca cuestionarlas, en entes que perderían su razón de ser de no poseer un rifle entre sus manos. Gibson, sin embargo, se preocupa por humanizar a cada uno de los personajes de su película: aun a los que en un principio son presentados como villanos. El sargento que instruye, el capitán y hasta un aspirante a marine abocado al bullying, acaban siendo presentados como buenas personas. Y junto a ellos también se humaniza al ejército de Estados Unidos, que al final acaba por adaptarse y aceptar a un conscripto rebelde que se niega a portar armas. 
Ninguno de estos personajes obra con verdadero sadismo, hay ciertos abusos de poder pero siempre suceden por una buena razón, “por el bien de todos”, y de hecho es hasta curioso que el sargento a cargo de la instrucción (Vince Vaughn) sea utilizado como comic relief, lo que hasta deja la idea de que el servicio militar pudiera llegar a ser divertido. 
Como contrargumento alguien podrá decir que todas estas cosas sucedieron realmente, porque Gibson se basó en hechos reales. Pero corresponde entender que el foco ideológico siempre está, y fundamentalmente cuando se elige cuál es el material sobre el que basarse. 
Treinta años después, Hasta el último hombre reafirma y resignifica la obra maestra de Kubrick. 

Publicado en Brecha el 3/2/2017