martes, 5 de septiembre de 2017

Por qué Game of Thrones (II)

La hora de la catarsis 


Mucho, muchísimo sufrimiento nos depararon siete temporadas desplegadas a lo largo de seis años de “Game of Thrones”. Esta séptima temporada –finalizada el domingo pasado– supuso ya uno de los últimos bucles de una serie que reúne millones de adeptos a lo largo del mundo que ansían un desenlace a la altura de sus expectativas. HBO se pone a tono, apuesta millones, y ofrece un espectáculo de los mayores. 

Quienes normalmente invocan a El señor de los anillos a la hora de comparar a Game of Thrones con algo son quienes no conocen la serie ni de oídas. El universo adulto de Game of Thrones tiene poco y nada que ver con la batalla del bien contra el mal presentada en la saga de Tolkien, ya que aquí se nos ha presentado un mundo de crueldad inusitada, de juegos de política y de poder, de manipulación, estrategia, de traiciones múltiples. De personajes buenos con algo de villanos, de malos con actitudes honestas, de toda la gama intermedia. De hecho, los personajes más “bienintencionados” acababan muriendo implacablemente. Sí es verdad que hay elementos fantasiosos en Game of Thrones (y se han disparado en las últimas dos temporadas), pero aquí la acción por lo general venía siendo más terrenal; el ser humano y sus artimañas estaban en el centro del foco, y lo sobrenatural se veía como algo secundario y más bien circunstancial. 
Los productores han señalado que habrá que esperar al menos 18 meses más para ver la octava temporada, que contará con los seis episodios finales –si no es que a último momento se les ocurre extenderla aun más, que no sería raro–, pero lo cierto es que la serie ya está entrando en sus últimos tramos. La sensación es extraña: los personajes que originalmente se encontraban dispersos y a quienes seguimos en un sinfín de aventuras a lo largo y ancho de los siete reinos de Westeros, se ven por fin todos reunidos, enfrentados en dos bandos. Uno de éstos ya está prácticamente vacío de personas –de a poco fueron eliminándose sus peores exponentes–, y en el otro se agrupan todos los más queribles. 
La historia de Game of Thrones llevó adelante un sinfín de tramas paralelas, pero puede decirse que se alimentó básicamente del clan Lannister y sus interminables vicios, y de las mil y una penurias de los hermanos Stark, quienes a lo largo de los años han pasado de ser niños desamparados a convertirse en los más temibles adversarios imaginables. Unos, además, que tienen una deuda de sangre por cobrarse. 
Los Lannister ya no son lo que eran, lejos están de los villanos que amamos odiar, sus filas se han quebrado y queda solamente la reina Cersei, su guardaespaldas Gregor Clegane (alias la “Montaña”), y apenas un par de enemigos más para derrotar. La historia ya hubiera perdido su gracia si todo fuese a resolverse simplemente con esta batalla final en la que el ganador está más que cantado, pero por fortuna todavía hay un nefasto bando de white walkers, nada menos que un ejército zombi que desde el primer episodio de la serie ya se presentaba como una amenaza con intenciones de destrozar todo lo que se le cruzara. Hoy este ejército se alza como un enemigo implacable, y la gran sorpresa de esta temporada tuvo que ver precisamente con la dimensión de su crecimiento. 
También es cierto que en estos últimos tramos se ha ganado en espectacularidad y al mismo tiempo se ha perdido la férrea coherencia de antes. Al despegarse la historia de los libros publicados por George R R Martin –el barbado autor no pudo escribir tan rápido como avanzaba la serie–, está sucediendo todo lo que el espectador más quiere ver y espera (la alianza de Jon Snow con Daenerys, la consumación de la venganza de Arya, grandes despliegues bélicos), pero con un guión que hace agua por todas partes. El capítulo 6, Más allá del muro, tuvo momentos de gran espectáculo, pero los cables sueltos son muchos: ¿cómo Snow y los suyos no pensaron mejor esa misión suicida en la que se acercan al ejército de muertos para “secuestrar” a uno de ellos?; luego de haber rodeado al pequeño grupo de Snow, que se encuentra flotando sobre un témpano de hielo, ¿cómo es que los white walkers no disponen de un solo arco y flecha en sus filas, o un arma arrojadiza para eliminar a este pequeño grupo?; por supuesto, ¿qué tan rápido voló el cuervo que Snow mandó a Daenerys?; ¿cómo es que ese círculo perfecto de white walkers se termina disipando?; y, sobre todo, ¿cómo es que apareció Benjen Stark para salvar el día, justo cuándo más se lo precisaba? En el mismo capítulo, una discusión entre Sansa y Arya no tiene sentido más que para hacer caer al espectador en una trampa del guión. 
Es verdad, más allá de las inconsistencias, una de las historias corales más grandes que se hayan filmado simplemente no puede dejar de verse. Un sinfín de espectadores hemos quedado totalmente prendados de este puñado de personajes, que ya son prácticamente como de la familia. Pero también es cierto que si hay productores capaces de invertir esas sumas millonarias en trifulcas a gran escala, también podrían costearse guionistas un poco más rigurosos. 
Otro riesgo de la última temporada por venir podría ser esa continuidad “para la tribuna”: que Daenerys, Snow y los suyos ganaran en ambos frentes, sin que muera ninguno de los protagonistas. Curiosamente, esa posibilidad, que colmaría las expectativas de unos cuantos, sería una gran traición para los apegados al núcleo hard y despiadado de la serie, aquel que enseñaba que no convenía encariñarse con ningún personaje. 

Ocho episodios que nos marcaron 


Nadie queda enganchado con una serie por disfrutar unos breves momentos, sino que queda prendado a un continuo en evolución. Personajes atractivos, tramas inquietantes, injusticias a resolverse y un conflicto general perpetuo son elementos que llaman a la adhesión. Por eso quizá sea un tanto injusto remarcar sólo algunos capítulos de una serie que ha mantenido su solidez a lo largo de todo su trayecto, aunque también es cierto que estos episodios que se enumeran a continuación sobresalieron particularmente, dejando huellas imborrables. 


Las lluvias de Castamere (temporada 3, episodio 9). Todo espectador de Game of Thrones atravesó este particular trauma, y quienes habían leído el libro antes prepararon las cámaras de sus celulares para capturar las reacciones de los desprevenidos. “La boda roja” es un trago difícil de olvidar, y el momento definitivo en que todos los apáticos se convierten en incondicionales. 


El león y la rosa (temporada 4, episodio 2). De todos los villanos que se sucedieron, el más profundamente detestable fue Joffrey Baratheon, y por ello su rastrero ajusticiamiento fue una de las catarsis más esperadas de la serie. Es curioso, pero está más que claro que al autor no le caen muy bien las nupcias. 


Las leyes de los dioses y los hombres (temporada 4, episodio 6). En uno de los juicios más profundamente injustos, el enano Tyrion Lannister (encarnado por Peter Dinklage) les escupe unas cuantas verdades a sus inquisidores, y lejos de confesar crímenes que no cometió exige resolver las cosas por medio de un “juicio por combate”. 


La montaña y la víbora (temporada 4, episodio 8). El juicio a Tyrion se resuelve con un enfrentamiento entre la mole Gregor Clegane (el actor mide nada menos que 2,15 metros) y el muy sagaz Oberyn Martell. El resultado no es justamente el esperado. Otro momento difícil de sobrellevar. 


Los niños (temporada 4, episodio 10). El “Perro” Sandor Clegane y Arya Stark fueron una pareja que funcionó maravillosamente en la pantalla, a pesar de los destratos constantes y que ella le deseara la muerte todas las noches. El enfrentamiento entre Brienne de Tarth y el Perro, pero sobre todo, la espeluznante negativa de Arya a ayudarlo en su agonía, fueron brutales. 


La puerta (temporada 6, episodio 5). La serie traía consigo un enigma escondido, que acaba resolviéndose sobre el final de este episodio, al comprenderse el extraño comportamiento del gran Hodor. “El cuervo de tres ojos”, todo un símbolo hasta ahora, gana en el “juego” un papel determinante. 


La batalla de los bastardos (temporada 6, episodio 9). La épica a gran escala encontró en este episodio un hito y un momento cumbre en la historia de las superproducciones. Entre diez y veinte millones de dólares costó un enfrentamiento sin respiro, en el cual los cadáveres se apilan, literalmente. Y eso que la producción no pudo costear la entrada de Fantasma –el huargo albino de Jon Snow– a la batalla. 


The Winds of Winter (temporada 6, episodio 10). La venganza es un plato que se come frío, y mientras Arya prepara un nutritivo pastel en Riverrun con ingredientes robados de la casa Frey, Cersei Lannister lleva a cabo una limpieza en King’s Landing, fuego valyrio mediante.

Publicado en Brecha el 1/9/2017

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Agregaría el capítulo en el que al final le cortan la mano a Jaimie en que simultáneamente comienza a sonar una música contemporánea de la ostia.

Claudia Cartasso dijo...

La boda roja implicó la ruptura de un pacto de no agresión entre realizador y espectador que existía desde los inicios de la historia de las series. La misma GoT es políticamente incorrecta dado que todas las tragedias que les ocurren a los Stark son la consecuencia del la rectitud de su honesto padre. Un verdadero admirador de la obra nunca esperaría el final feliz convencional.

Anónimo dijo...

Ciertamente como usted dice, la serie ha ido perdiendo estilo, ha ido decantando y eso se ha notado en la última temporada: Los viajes se han hecho muy cortos, ahora están aquí y en un par de minutos allí. Pero esta nueva característica no la ha estropeado del todo y muchas escenas han sido memorables y muy emocionantes incluso. Rescato primero el encuentro de todos en Pozodragón porque más allá de lo que allí acaece, cada uno de los presentes cargan consigo una historia personal de hondo dramatismo que hemos podido seguir y conocemos muy bien por lo que todos y cada uno son muy caros para el espectador, incluso la misma Cercei con su estupidez y su cruel ambición. A su vez es la escena de los reencuentros. Creo que es admirable y emocionante verles a todos allí. Lo otro que pregunto es si al final del último capítulo uno no queda con la impresión de que los muertos no son más inteligentes o experientes que los vivos porque lo que idearon...¡Vaya! ¡Estos no son los de The walking dead!¡Estos sí que se la piensan y conocen muy bien de dragones! Esperando también un final a la altura le saludo y felicito por su blog y por su atención a las series.