lunes, 28 de marzo de 2011

Zona Sur (Juan Carlos Valdivia, 2009)


Lo primero que llama profundamente la atención de esta película es la forma en que está filmada. Las cámaras giran constantemente, a veces sobre su eje, a veces trasladándose alrededor de los personajes, en alguna ocasión trazando un semicírculo por encima de ellos, captándolos desde movedizos picados. Los atípicos paneos y planos secuencia no parecen orientados en enfocar los personajes y sus movimientos, sino su entorno, el habitat que de alguna manera condiciona sus vidas. Según dijo el director Juan Carlos Valdivia, su intención fue reproducir las burbujas individuales nombradas por el filósofo Peter Sloterdijk, aquellos apacibles micromundos en los que los humanos se esfuerzan en establecerse sin éxito, ya que, al romperse esa burbuja, se llega a las crisis, al vacío y a la separación narcisista.
Se dice comúnmente que los buenos movimientos de cámara son los que tienen lugar cuando el espectador no repara en ellos. Aquí en un principio esto no ocurre, ya que la cámara tiene un papel protagónico, con hipnóticos movimientos lentos y pomposos que pueden recordar a los utilizados por Arturo Ripstein, Paul Leduc y hasta por Theo Angelopoulos. Pero la cercana aproximación a una familia de clase alta en decadencia, con sus mañas, defectos y algunos desbordes incestuosos se acerca más al cine de Lucrecia Martel –sobre todo al de La ciénaga- y lo curioso es que a medida que el espectador comienza a involucrarse en el cuadro, también empieza a olvidarse de la inquietud de la cámara. El recurso finalmente funciona.
En La Paz, al contrario que en otras ciudades, la zona de menos altitud es donde viven las clases más ricas. En la Zona Sur se encuentran la mayoría de los barrios residenciales, con grandes mansiones perdidas en jardines cercados. También debe recordarse que en Bolivia existe el mayor índice de desigualdad social de América del Sur; el 10% más rico de la población logra ingresos 79 veces mayores que el 10% más pobre, y la brecha también se acrecienta con una fuerte discriminación hacia los indígenas. Tres de cada diez bolivianos se sienten discriminados por algún motivo, ya sea el color de piel, la forma de hablar, el origen étnico o por su escaso poder adquisitivo.
Pero la era Evo supone una amenaza a la burbuja en la que viven las clases pudientes. El director juega desde el título con la paradoja sur/clase alta, y logra plasmar los cambios, las transformaciones sociales que atentan contra la impoluta estabilidad de la aristocracia. Una escena determinante en este sentido se da cuando la matriarca de la familia, una mujer de mediana edad, clasista, racista y dominante a más no poder recibe la visita de unas aymaras que le colocan encima de la mesa una valija llena de billetes para comprarle su casa. Su intención, dicen, es derrumbarla para construir apartamentos y poder alojar allí sus grandes familias.
Y Valdivia logra, con destacable inteligencia e incisiva puntería, introducir matices en los personajes que acaban por derruir los preconceptos que la audiencia se forjó, revelando una invaluable densidad humana allí donde sólo parecía haber superficialidad. Por su valentía formal y conceptual, y por lograr memorables momentos de auténtico vuelo cinematográfico, Zona Sur es, así, una de las mejores propuestas que viene dando el cine latinoamericano en los últimos tiempos.

Publicado en Brecha el 18/3/2011

sábado, 19 de marzo de 2011

La mirada invisible (Diego Lerman, 2009)


El año es 1982, faltan apenas unas semanas para que comience la Guerra de las Malvinas y la dictadura argentina ya se viene cobrando cerca de 30 mil víctimas. También atraviesa sus últimos estertores, pero mientras aún se mantiene, la rigidez, la solemnidad vacía, el control y la vigilancia –ya fuese real o una mera ilusión reproducida en el imaginario colectivo- son la constante. Prácticamente no hay espacio para la creatividad, para las pulsiones vitales, para la risa. Es así que un universo marcial, de dominación vertical y en el cual el mayor valor reconocido es la disciplina, también significa un sinfín de micro-infiernos institucionales.
Ciencias Morales es el nombre de la novela de Martín Kohan en la que se basa esta película; Ciencias Morales es también el nombre que tenía el prestigioso colegio conocido hoy como “Nacional Buenos Aires”, que se ubica a una cuadra y media de la Plaza de Mayo. De la mano de Foucault y con una diabólica impronta hanekiana –una mirada austera y distante, con personajes parcos, hieráticos y de retorcidos contornos psicológicos- el oscuro y sofocante colegio es presentado como un exponente de dominación social, un ámbito regido por un sistema implacable de faltas y sanciones, en el cual un botón desabrochado, el pelo crecido un centímetro de más o tomar mal la distancia en la fila deriva en una retahíla de broncas y reprimendas.
Marita (la brillantísima Julieta Sylberberg, que ya se había lucido en La niña santa de Lucrecia Martel) es el último eslabón de una nefasta cadena represiva. También el más débil, el más expuesto y, quizá, el más maleable. Es la preceptora –en la jerga normal y ajena a tanta majadería militar, bedel, o adscripta- encargada de vigilar, de imponer su “mirada invisible” en dirección a cualquier falta que pudiera acontecer en sus inmediaciones. Así, besos encubiertos, comentarios fuera de lugar, una pelea entre estudiantes son inmediatamente denunciadas a sus superiores. Fumar en los baños puede ser un atrevimiento intolerable, el germen de la sedición inoculado en una juventud descarriada; como tal, debe ser amputado de raíz y corregido inmediatamente. Como la Isabelle Huppert de La profesora de piano de Haneke, Marita -aún virgen a los veintitrés años- comienza a desarrollar un morbo que la lleva a esconderse en los baños –con la excusa de la vigilancia- para fisgonear a los adolescentes entre olores nauseabundos. La mirada invisible, así, se ve subvertida en una actitud de control abusivo, producto de una sexualidad mutilada.
La atmósfera es perfecta. Rígidas y opacas estructuras arquitectónicas se condicen con el miedo febril y el aburrimiento establecido. Una banda sonora eventual, sutil e in crescendo acentúa con fuerza las superficies dramáticas. El final, despegado del que había en la novela original, inesperado y catártico, es perfectamente coherente con el universo presentado, y funciona como una suerte de alivio para el espectador. Es parte de esas agradables licencias que se puede permitir el cine, pero que, sabemos, difícilmente podrían haber tenido lugar en un momento histórico en el cual el miedo paralizaba a casi todos. Y unas últimas imágenes de archivo, con el militar Galtieri en un balcón y una multitud enardecida festejando la recuperación de las Islas Malvinas es inmensamente elocuente sobre ese nacionalismo y ese fascismo cotidiano que supo avalar tanto horror, y que aún sabe estar presente en algunas capas de la sociedad argentina.

Publicado en Brecha 18/3/2011

domingo, 13 de marzo de 2011

Rango (Gore Verbinski, 2011)

Pánico y locura en la mugre

Los ejemplos ya son tantos que hasta se vuelve difícil seguirles los pasos. La animación estadounidense está atravesando una verdadera revolución creativa, sin precedentes en su historia -quizá sólo comparable a la que ocurría en los años 30, a los comienzos del cine sonoro-. A las impagables compañías de animación Pixar, Dreamworks y Sony Pictures Animation también hay que sumarles ahora la Disney (que asombra con películas recientes como Bolt o la grandiosa Enredados) Blue Sky Studios (Robots, Horton y el mundo de los quién) y la que aquí entra en juego: Industrial Light & Magic. Se trata de una histórica compañía de efectos especiales, fundada por George Lucas, que desplegó habilidades en Star Wars (las dos trilogías), Volver al futuro, Men in black, varias Harry Potter, Iron man y un larguísimo etcétera. Rango vendría a ser su primer largometraje de animación de producción propia, y el director a cargo no es otro que Gore Verbinski, un amante del cine clásico que ya había desenterrado el cine de piratas con la trilogía Piratas del caribe.
Rango es un western. Y no hay caso, no hay forma de matar al género. No sólo está más vivo que nunca, sino que además es el terreno en el cual hoy se ensayan demencias experimentales como The burrowers (mezcla de terror y western) la bizarrada japonesa Sukiyaki western Django (de Takashi Miike) o el estridente divertimento surcoreano The good the bad and the weird. Aquí la animación busca una estética desagradable y grotesca que puede chocar al comienzo, pero que al cabo de un rato se vuelve costumbre, cuando se descubre la coherencia del universo presentado. Porque aquí nos retrotraemos a los westerns más sucios, aquellos de Peckinpah y Leone, en donde el polvo desértico se apuntalaba en rostros curtidísimos y expresiones intimidantes. El personaje principal –a quien en la versión original le da voz Johnny Depp- es un camaleón doméstico que va a parar a un pueblo llamado acertadamente Mugre, y se asemeja un tanto al toxicómano Jack Sparrow de Piratas del caribe, en el sentido en que reacciona al peligro de formas inverosímiles, desplegando comportamientos impensables, escenificando situaciones y ensayando una mitomanía patológica. El pueblo de mala muerte es habitado mayoritariamente por roedores de pocas luces, que colocan al fabulador como Sheriff, por lo que queda expuesto a peligros inconmensurables.
Las escenas de acción están muy bien logradas. La persecución de los murciélagos, o el enfrentamiento del protagonista con un par de animales inmensos son poderosos y vertiginosos. Las referencias cinéfilas son una infinidad, y los chistes adultos de doble sentido –muchos de índole sexual- llaman la atención y agregan cierta personalidad al planteo. De la misma manera que en los westerns de Leone, los personajes no presentan relieves psicológicos, pero sí rasgos caricaturescos que los vuelven atractivos. Carente de profundidad alguna pero eficaz en sus pretensiones de divertir, Rango es, en definitiva, otro digno entretenimiento familiar.


Publicado en Brecha el 11/3/2011

miércoles, 9 de marzo de 2011

(Rápidas) impresiones de Berlín


Hay que ir bien asesorado para sobrevivir al invierno de Berlín. De 4 a 15 grados bajo cero oscila la temperatura, aunque igual, la diferencia de 5 bajo cero y 15 bajo cero ni se siente; uno muere de frío de todas maneras. Se pueden llevar puestas varias remeras, más un buzo polar, más una pesada campera (también polar) y el invierno, despiadado, se burla de todo, acariciándole la espalda a uno con diabólicas ventiscas. Hasta del sol se burla. El cielo puede estar completamente despejado y el sol peor que pintado, no calienta; de nada sirve ir caminando por la vereda del sol. La explicación, dicen, está en la inclinación de los rayos solares, y de allí también que los árboles (y los eucaliptos) crezcan diez veces más lento que en Uruguay.
Pero también es un frío seco, sano. Un alemán me comenta que el frío de Uruguay sí es duro de verdad, que se te mete adentro de los huesos. Como dicen las viejas, “lo que mata es la humedá” y cierto es que, aunque uno se congele a la intemperie germana, no es nada de lo que el cuerpo no pueda recuperarse durmiendo diez horas cerca de un radiador. Claro que una espera de diez minutos en la calle puede ser mortal. No encontrar la dirección que uno busca, desesperante. Con tal de no quedar a la intemperie, el turista entra en el primer café que encuentra (kaffee) donde se le ofrece una muy variada y nutrida oferta (por lo menos dos euros sale una taza pequeña).
Vaya uno a saber por qué, todas, pero todas las puertas se abren para el lado contrario del que uno piensa originalmente. Y cuando se tocan los pestillos, te dan una descarga eléctrica. También hay una explicación para esto último: el frío baja la cantidad de agua en la atmósfera, es decir, el punto de rocío, y aumenta la conductividad eléctrica; si además se usa ropa sintética, uno se convierte en un transmisor perfecto. Aún conociendo este principio, luego de una decena de choques eléctricos diarios, uno ya empieza a imaginar que los germanos lo hacen a propósito, instalando dispositivos anti-sudaca por doquier…
Según dicen, Berlín es la ciudad más barata de toda Europa. Y es probable que eso sea cierto. Un litro de leche sale 55 centavos de euro, un almuerzo estándar seis euros aproximadamente, sentarse en un restaurante, de diez a quince por persona. Una comida rápida sin bebida (un kebab, una cajita de comida china, o un sandwich, por ejemplo), tres euros.
Promedialmente los sueldos más bajos -digamos, el de una cajera de supermercado- están en 900 euros. Mucho para acá, no tanto para allá: del sueldo se descuenta directamente una suma variable de acuerdo al estado civil, la cantidad de hijos, etc, y es perfectamente normal que a un alemán humilde se le descuente un 40% de su sueldo. Está gravado casi todo: impuestos por tirar la basura, por tener perro -120 euros al año el primer perro, y 180 más desde el segundo en adelante-, últimamente, aumentaron sobremanera las patentes de los automóviles, ya que desde el gobierno se incentiva el uso de las bicicletas. Por supuesto, las ciclovías son omnipresentes, y se respetan de verdad. Los ciclistas tienen prioridad con respecto a los peatones, y si uno sin darse cuenta se queda parado en la ciclovía, corre serios riesgos de ser atropellado; si esto llegara a suceder, no hay reclamo posible. Asimismo, las señales de tránsito se respetan a rajatabla. Hasta los peatones las respetan; los que cruzan con la roja son mayoritariamente turcos, o turistas desubicados. Cruzar con roja puede acarrear una retahíla de insultos de parte de los otros peatones. Y esta es una máxima para la guía de supervivencia de Berlín: no insultar a los germanos. Un amigo alemán me comenta que ellos rara vez se insultan, y que si alguien le dice “hijo de puta” a otro, es seguro que se vaya a llevar unos buenos golpes, ya que el agravio es interpretado literalmente.

Kalkwasser. Como en muchas otras ciudades de Europa, el agua potable es respetada y conservada. En los baños, las cisternas con dos botones es la constante (descarga pequeña y grande respectivamente), y en los baños públicos las tasas de los urinarios apenas tienen un minúsculo receptáculo de agua, o sea que lo que se ensucia y desecha es mínimo. Otro par de diferencias sustanciales: los baños públicos cobran 50 centavos el servicio, y por alguna extraña razón, siempre hay una puerta que separa los lavabos de las letrinas y los excusados. Y atención, que el agua corriente que sale de la canilla en los hogares tampoco es muy bebible que digamos. Importantes cantidades de cal atentan contra la salud del usuario, e incluso de a ratos puede verse una tonalidad blancuzca en un vaso de agua. Por eso en las casas siempre se compra agua embotellada (0,19 euros la botella de litro, aunque también ofrecen otro tipo de agua, casi bendita, a más de un euro el litro).
La comida rápida típica son los wurst (panchos en nuestra jerga) y los hay de todos los tamaños y colores. Los alemanes los comen hasta en el desayuno y a veces no tienen reparos en comérselos crudos. En las estaciones de metro los venden con todo tipo de sabores. Ante la abrumadora oferta, opto por pedir un currywurst zu zharf y al degustarlo siento como que me hubieran introducido napalm por el gaznate. Para apagar el fuego, me dirijo a una máquina expendedora de bebidas, y me sorprendo al descubrir que una de las opciones es un “Swiss cannabis ice tea” (té helado de cannabis). Introduzco un par de euros y sale una lata plástica con el flamante contenido. En un costado del envase reza: “fantastic natural feeling”. No es que sea tan rico ni tan fantástico, pero al menos cumple con su cometido.
Se dice que la oferta de trabajo en Alemania es abundante y variada. Y, a diferencia de Uruguay, quienes buscan trabajo, en lugar de buscarlo solamente en la ciudad en que se encuentran, lo buscan en toda Alemania, ya que los germanos no se hacen demasiado problema en movilizarse a otra ciudad para conseguir algo más provechoso. La amplia mayoría de las ciudades alemanas tienen su movimiento, y hasta los pequeños pueblos se esfuerzan en tener su atractivo turístico y un buen flujo de gente. En definitiva, mudarse de la capital para una ciudad menos poblada para trabajar, no significa, en el imaginario colectivo, dar un paso atrás.

Verbrecherisch. El transporte público es inmensamente práctico y está diseñado para perder la menor cantidad de tiempo posible. Los horarios son respetados a rajatabla, y en la mayoría de los casos, las paradas de buses, de tranvías o metros, tienen un cartel luminoso que especifica la cantidad de minutos que restan para que llegue el vehículo en cuestión. Ya sea el metro (U-bahn) el tren metropolitano (S-bahn) el tranvía (Strassenbahn) o los buses (Busverkehr) todos los vehículos son silenciosos y no vibran en lo absoluto. De allí a que en Berlín la lectura sea un hábito constante, y que en cada viaje urbano puedan verse libros en abundancia. Los que sí que no suelen ser silenciosos son los mismos alemanes: hablan y ríen con fuertes vozarrones. Los adolescentes gritan, se aplastan, se golpean unos a otros, sin ningún miramiento respecto al resto de los pasajeros que comparten el vagón. También se come mucho, en las mismas calles y en los mismos vehículos. Y se bebe. La bebida alemana por excelencia, además de la cerveza, es el Jägermeister (maestro cazador) un delicioso licor de hierbas de 35% de graduación alcóholica, que además es digestivo, y del cual pueden verse a diario petacas siendo empinadas, por hombres y mujeres.
Los boletos no son baratos: 2,30 euros cuesta un viaje de combinación (de dos horas, en un solo sentido, y para cualquier tipo de vehículo), y existen boletos diarios o semanales que pueden abaratar un poco la locomoción, si uno está en plan turístico. Y, curiosamente, se puede subir a buses y trenes con total libertad, sin ningún tipo de control. Lo que se espera es que se haya comprado con anterioridad el boleto correcto, y que éste haya sido debidamente validado en las máquinas dispuestas para ello en las estaciones. De vez en cuando y sin aviso, varios inspectores se aparecen en los trenes, tipo redada, bloqueando las puertas y pidiéndole a los pasajeros sus respectivos boletos. La primera y única vez que no tengo el boleto indicado -las máquinas expendedoras son complicadas- corro con la suerte de que además, aparece la bendita redada. El inspector de turno no podía ser más intimidante: pelado, con chaqueta de cuero -siempre van de civil-, tatuajes en los brazos. Le pregunto si habla inglés porque no le entiendo ni una sola palabra, y el hombre accede. Tras comprobar que mi boleto está mal -doblemente mal, porque además olvidé marcarlo en la estación- me pide amablemente pasaporte, dirección de mi país –gran dificultad para hacerle comprender el nombre de calle Gutiérrez Ruiz- y me impone una multa de cuarenta euros, que, por fortuna, puedo pagar en el momento. El hombre a continuación me explica cómo hacer la próxima vez, el procedimiento correcto, los boletos a conseguir. Me da una boleta y me dice que con ella puedo proseguir con combinaciones por dos horas más. En serio, los alemanes suelen ser inmensamente serviciales, aún cuando te están multando. Y ojo, porque la multa por insultar a un inspector es de 4000 euros.
El sistema es perfecto. Luego de ser multado alguna vez, el pasajero aprende a seguir los procedimientos y a fluir de acuerdo a lo establecido. Es cierto que algunos optan por no pagar nunca el boleto, y prefieren pagar la multa de los cuarenta euros de vez en cuando, pero ahí se juegan mucho a la suerte, y sospecho que a la larga, saldrán perdiendo. La recaudación por concepto de multas a extranjeros, en las cercanías de la Berlinale, estos días, debe ser inmensa.

Nacht. El idioma español está de moda, y es omnipresente. La presencia de latinos y españoles va en aumento, y no es extraño encontrarse a los mismos berlinenses hablando y estudiando el español. Claro que en Berlín dar con gente trilingüe es absolutamente corriente, y uno se puede sorprender hablando con sujetos que dominan cinco idiomas, como si no fuera la gran cosa. En el sur de Berlín, en varias escuelas se enseña el castellano como segundo idioma, y en el metro el español resuena mucho; seguramente no tanto como el alemán, pero quizá sí pueda escuchárselo la mitad de las veces que se viaja.
Le pido a un amigo que me lleve a algún pub, en la noche berlinesa. Me explica que hay que tener cuidado, porque ciertos lugares no son recomendables para extranjeros. Uno puede ser destratado por no hablar el idioma –existe un fuerte nacionalismo en algunos sectores de la población- y hasta puede dar con algún neo-nazi, que también los hay. En el metro, las alemanas salen por la noche con minifaldas, desafiando al frío glacial y ostentando sus largas y gruesas piernas. El pub al que soy conducido -un antro escondido bajo tierra, íntegramente grafiteado- tiene en la puerta un letrero con una esvástica tachada que reza: “nazis verboten” y adentro, pululan los extranjeros. El barman es español, la muchacha de la ropería, cubana –lee Kundera en alemán, sin parecer verse afectada por la fuerte música-. Las bebidas no son caras, 2,50 sale un whisky, dos euros una gran jarra de cerveza. También ofrecen un brebaje muy interesante llamado grog –la bebida de los piratas, ron caliente con azucar y limón- y también es de reiterado consumo la llamada “jag-bomb” una combinación de Jaggermeister con la bebida energética Red bull. Dicen que tomando uno de esos bailás toda la noche sin parar. Otra diferencia: en Montevideo los DJs pasan la música que todos conocen y quieren oír; en Berlín, imponen música más bien desconocida y pegajosa, con la sana intención de dar a conocer algo distinto.
En determinado momento una chica venezolana, al descubrir que hablo español, me empieza a sacar charla. Me comenta que también está de visita y que se vuelve en unos días, que adora Berlín y que si de ella dependiera, vendría más seguido. Dice que el viaje le cuesta ocho sueldos, y que, por culpa de Chávez, la diferencia cambiaria le desfavorece. Agrega que muchas veces tiene que recurrir al mercado negro para comprar euros -donde le cuestan el doble-, porque en determinados casos el gobierno no permite la compra de euros, impidiendo a los civiles salir del país. Asombrado, le pregunto qué gana con eso el gobierno, “controlar” contesta. Acto seguido, comienza una perorata de quince minutos non-stop de palos a Chávez, hasta que la detengo preguntándole si en algún momento, quizá al comienzo de su mandato, ella apoyó a Chávez. Me contesta que nunca, que desde que lo escuchó hablar de revolución a ella ya le cayó mal, y remata: “yo no tengo nada de revolucionaria, soy ultra-derechista”. De inmediato desaparece todo el encanto que alguna vez pudo haber tenido. Y sin dudas cayó en el lugar equivocado; se hubiera entendido mejor con los neo-nazis.

Berlín subterráneo. En el tour “Berlín bajo tierra”, la guía comienza el recorrido con una advertencia. Dice que está cansada de arrastrar gente desmayada por escaleras y túneles, y que aunque esté entrenada para dar primeros auxilios, prefiere evitarse el mal trago. Que todos los días alguno de los claustrofóbicos visitantes sufre un desmayo en el recorrido y que, por tanto, el que note que respira con dificultad, sienta sudores fríos o algún mareo, que por favor le avise de inmediato. La advertencia no es del todo favorable, ya que los sudores fríos son un poco inevitables en temperaturas bajo cero, y es común somatizar apenas bajando unos peldaños.
La primera locación es un refugio antiaéreo de la época del nazismo. Se trata de un búnker para la población civil, tal y como quedó después de la guerra. Berlín fue una de los objetivos militares más importantes de los bombarderos aliados, y los ataques aéreos llegaron a destruir un 80% del centro de la urbe. De todos modos, la sensación allí abajo es terrible, y llega a comprenderse que muchos civiles prefirieran quedar expuestos, en la superficie, antes que bajar allí. Explica la guía que en las pequeñas habitaciones podía haber más de doscientas personas, apretadas y de a pie, a cuarenta o cincuenta grados de temperatura. Que el dióxido de carbono, en esos cuartos sellados, tendía a bajar y estacionarse, y que el oxígeno quedaba bien arriba, de modo que la gente tenía que pararse de puntillas para respirar bien, y colocar a los niños encima de sus hombros. Para ir al baño había que llegar hasta un guardia -no era fácil- y ver si estaba de humor como para dar la autorización, por lo que algunas personas debían hacer sus necesidades allí mismo.
Las paredes aún conservan la pintura de la época, la guía apaga las luces y puede verse un resplandor, emanando de las paredes. Dice que testigos presenciales aseguran que en la época se podía leer gracias a la luminosidad de esa pintura. La estructura arquitectónica del búnker está pensada para aislar y neutralizar las explosiones. Corredores en zig-zag y puertas desencontradas servían para que, si caía una bomba, murieran sólo los civiles ubicados en una habitación y no aquellos que se encontraban en las habitaciones contiguas. Así, esos búnkers ostentan formas laberínticas y oscuras que obligan al turista temeroso a mantenerse siempre cerca de los guías.
El segundo refugio expone alguna de las huellas de la paranoia de la guerra fría bajo la ciudad. En el lado occidental de la ciudad, los preparativos secretos para hacer frente a la hecatombe nuclear incluyeron la construcción de búnkers, aprovechando viejas estructuras (antiguos refugios, estaciones de metro). Después de la construcción del muro, el gobierno invirtió millones de marcos alemanes en su adecuación. Lo único bueno que tienen es que, afortunadamente, nunca fueron utilizados. La cuarta instalación de protección civil de la urbe, pensada para albergar 3.339 personas, cuenta con una cocina donde se prepararía café y algún guiso de productos enlatados, habitaciones con camillas plásticas apiladas unas sobre otras, en cuatro pisos, baños a prueba de suicidios -con espejos sin vidrios ni sitios de donde se pudiera colgar un ser humano- una planta de abastecimiento de agua potable, compuertas aislantes de hormigón armado y un generador eléctrico de emergencia. Trato de girar la manivela que activa a este último (aún en funcionamiento), y casi desfallezco. Es imposible hacerlo por más de cinco minutos. Desde un punto de vista sociológico, el refugio era además inviable, ya que no estaban previstas las necesidades sexuales, la incontenibilidad humana como producto del encierro durante grandes períodos, y los horribles momentos que iría a pasar la minoría de mujeres en semejante situación. Salir a la fría superficie, luego de semejante inmersión en el pasado real e hipotético alemán, es un auténtico alivio. Berlín bulle.

Publicada en versión reducida en Brecha, 4/3/2012

jueves, 3 de marzo de 2011

61ª Berlinale

Explosión de celuloide

El segundo festival de cine más prestigioso del mundo (después del de Cannes) es inmenso y prácticamente inabarcable. Más de 400 películas en programación, distribuidas en diez grandes complejos cinematográficos, a lo largo de tan sólo diez días. Más paneles, más conferencias, más celebridades que desfilan por alfombras rojas. Para el visitante, la sensación de estar perdiéndose eventos grandiosos e irreproducibles es constante e inevitable.

En la Berlinale ocurren cosas increíbles, casi permanentemente. Es algo muy corriente ir a ver una película y que cuando termine, sin aviso previo, salgan el director y los actores de entre la audiencia y suban al estrado, para hablar y contestar las dudas que el público tenga. Por eso, hay que tener cuidado de no bostezar ni dormirse en la proyección, ya que en los asientos inmediatos podrían estar sentados el guionista y el director, emitiendo opiniones que podrían sonar como mónadas a nuestros incultos oídos. Las proyecciones suelen estar abarrotadas de gente, e incluso el inmenso cine FriedrichStadtPalast, con sus tres pisos y 1895 asientos –colocados en arco, tipo estadio- suele quedar sin un sólo espacio libre. Es emocionante ver, por ejemplo, una retrospectiva de Ingmar Bergman agotar sus locaciones, y que un sinfín de cinéfilos desquiciados pague de 8 a 11 euros (dependiendo del cine) para ir a ver estas películas. Para el público común es muy difícil elegir que ver: 400 películas son proyectadas a lo largo de diez días, y la manera más segura de conseguir entradas es mediante Internet, siempre con unos cuantos días de anticipación. Elegir ver alguna de ellas es una ruleta rusa: uno puede tener mala suerte y que justo le toque alguna de las malas del festival -y sí que las hay- y, como en todo festival, no es fácil asesorarse. También hay a diario paneles en los llamados HAU (Hebbel am uffer) donde grandes eminencias hablan y discuten sobre sus películas, y de las formas de hacer cine. En uno de ellos, titulado “Filmando la guerra” el director danés Janus Metz afirma que lo mejor es aproximarse a la guerra desde una perspectiva neutral y el bosnio Danis Tanovic le responde, acaloradamente, que la neutralidad es una excusa perezosa para no hacer nada. Al otro día, Wim Wenders comenta sobre las bondades de la tecnología del 3D, y al siguiente, Ralph Fiennes le discute a Istvan Szabó acerca de las relaciones director-actores.
El público no podría ser más cosmopolita: españoles, brasileros, británicos, italianos, cubanos, mexicanos, africanos oscurísimos, nórdicos pálidos, rusos, latinos en general, asiáticos risueños, turcos, y otros tantos que ni dios sabe de donde habrán salido. Todos llevan pesadas ropas para resistir el frío –las temperaturas afuera de los cines llegan a 7 bajo cero- y se hacen entender en un inglés ecuménico que nunca adquirió tan variadas e inverosímiles pronunciaciones.
No pude ver ninguna de las grandes ganadoras. Se habla muy bien de la iraní A separation (ganadora del Oso de oro) y comentan que A turin’s horse de Bela Tarr, ganadora del premio del jurado, es aburridísima (esto último me lo dijeron confidencialmente varios críticos, casi en un susurro, ya que Tarr es el último director venerado, alabado y laureado por la crítica internacional). También se dice que la selección oficial fue la peor en años, y las explicaciones para ello son varias: que el festival se resiste a poner allí películas estrenadas anteriormente, y que a veces reciben algunas sin siquiera haberlas visto, apostando a directores que supieron rendir anteriormente. En definitiva, muchas de las mejores películas no se encuentran en las principales categorías, sino en las secundarias –en la titulada Panorama, por ejemplo-.
Si las películas que pasan en el momento no parecen muy prometedoras, nada mejor que internarse en la sección de cortometrajes internacionales, donde la calidad está más que asegurada.
Además de la aclamada retrospectiva de Bergman, también tuvo mucho éxito la que se hizo en homenaje a Jafar Panahí, y la Berlinale se ocupó de que la ausencia del director iraní se sintiera en todo momento, de subrayar de todas las maneras posibles que había un asiento vacío en el jurado. Dieter Kosslick, director del festival, aclaró desde un comienzo: “vamos a aprovechar toda oportunidad para protestar contra este drástico veredicto”.
Fuera de eso, este cronista pudo ver una quincena de películas, de las cuales aquí se reseñan las más interesantes. Se concluye, además, que existe una gran tendencia mundial a filmar y exhibir documentales sobre la vida cotidiana, muchas veces con enfermos convalecientes, así como películas gay autorreferenciales. Y también documentales sobre la vida cotidiana, gay, autorreferenciales y con enfermos convalecientes. El mismo rollo repetido tantas veces puede volverse hastiante.

Life in a day (Kevin MacDonald, Estados Unidos, 2011)


Es increíble lo que la gente puede hacer con tan sólo una cámara. La idea base de este documental es genial y fue muy provechosa: mostrar un collage de momentos únicos que acontecen durante un sólo día en todas partes del mundo. Mediante un llamado en youtube se exhortó a usuarios de todo el planeta a filmar lo que fuese que les llamara la atención –la vida privada, la luna, animales, gente trabajando- durante un día elegido al azar: el 24 de julio del 2010. El resultado obtenido fue inmenso y desmesurado: 80.000 envíos sumaron 4.500 horas de material fílmico, proveniente de más de cien países. El largo de los fragmentos es variable –duran desde un segundo hasta cerca de cinco minutos- y el resultado final, sorpendente y abrumador.
Y también es una película muy divertida. Algunas piezas del puzzle son graciosas, otras francamente emotivas y otras directamente chocantes. No hay títulos indicativos que den cuenta de la proveniencia de las imágenes que vemos, y un rápido montaje vincula temáticamente los distintos segmentos. Por supuesto, el margen de posibilidades estaba delimitado por el montaje, y ésta fue la herramienta utilizada para generar unidad y sentido. Y el esfuerzo del director Kevin MacDonald fue claramente descomunal. Una banda sonora compuesta por música de diversos países acompaña armoniosamente el ritmo de las imágenes, y la temática expuesta no podría ser más variada. Boracheras, felicidad, amor, ternura, alegría, asombro, angustia, miedos, guerras, enfermedad, violencia, muerte. Un muchacho expresa con entusiasmo su amor por su heladera, un pibe roba en un supermercado, otro sale a la calle con pistola y jeringas, otro confiesa por teléfono a su abuela sobre su propia homosexualidad. Un padre le enseña a su hijo adolescente a afeitarse, en frente al espejo. Una familia siente el golpe del cáncer cambiar su vida para siempre. Una niña trepa hasta la cima de una montaña humana, en un maravilloso plano-secuencia que corta el aliento.
MacDonald también intercala algunas imágenes naturales de tipo “National Geographic” o “Animal planet” –no agregan nada a la película pero son muy bonitas de ver- pero el enfoque está principalmente orientado a gente joven y niños –los viejos están algo discriminados- y quizá sea esa la razón de que haya tanta vitalidad en este abordaje.
Eso sí, la ausencia de sexo de ninguna manera se encuentra justificada. Sólo hay un breve fragmento que sugiere los preámbulos de una relación sexual, pero la referencia es tan tímida que ni siquiera cuenta. Es una pena que un aspecto tan importante de la humanidad haya sido omitido, y que, en este sentido, Life in a day haya sido tan claramente tocada por la censura y la corrección política imperante en Hollywood.

Les contes de la nuit (Michel Ocelot, Francia, 2011)


La acción transcurre, en un comienzo, en un destartalado cine. Allí se reúnen por las noches dos adolescentes y un hombre mayor, para representar viejos cuentos de hadas. Provistos de computadoras y extrañas máquinas futuristas, los implicados construyen a su antojo trajes y decorados para desarrollar historias en las que dan rienda suelta a su imaginación.
Esta premisa original no es otra que la misma utilizada en la grandiosa precuela Princes et princesses, y que, al igual que ésta -que vendría a ser algo así como la segunda parte- también era un compilado de cuentos animados para la televisión francesa. Pero la suma de fragmentos converge perfectamente logrando una obra coherente y redonda, con historias de amor situadas en mundos lejanos y místicos (La Europa medieval, África, el Caribe) provistas de conflictos morales y grandes amenazas -dragones, animales mitológicos, avaros y pérfidos villanos- que atentan contra el orden establecido. Algunos de los cuentos están basados en historias preexistentes y otros son de libre inspiración, y cierto es que el resultado es un poco irregular debido al desigual interés que despierta cada historia. Pero se trata de una película capaz de maravillar niños y padres por igual, con una propuesta bellísima, inteligente y dotada de ese aire fabulesco de los cuentos de toda la vida.
Michel Ocelot (Kirikou y la bruja, Azur y Asmar) otra vez rinde homenaje a la animadora alemana Lotte Reiniger y a sus figuras chinescas, ya que la acción es construida íntegramente con bellas sombras oscuras animadas que contrastan con un intenso y colorido fondo, y una vez más plantea atractivas historias de superación, con personajes valientes que se arrojan a emprendimientos sobrehumanos. La tecnología del 3D permitió a Ocelot contrastar aún más las figuras con los fondos, pero en este caso no parece jugar un papel determinante. En cambio, el 3D sí tuvo una presencia muy importante en esta edición de la Berlinale; un papel tentativo, casi “experimental” –hasta fue utilizado en el último documental de Herzog Cave of forgotten dreams- y quienes pudieron ver Pina de Wim Wenders no sólo aseguran que es la mejor película del director alemán en muchísimo tiempo, sino que además es un filme que verdaderamente justifica la existencia del 3D. Claro que sería ingenuo pensar que algún día los complejos cinematográficos uruguayos van a dignarse a prestar sus salas 3D para la exhibición de una película europea.

Tropa de elite 2 – O inimigo agora é outro (José Padilha, Brazil, 2010)


Cuando se estrenó la película Tropa de elite se instaló una gran polémica. Y es que la fiebre inmediatamente se apoderó de las mismas calles de Brasil, exhibiendo costados deplorables e inesperados. Los niños en la calle jugaban a ser el protagonista, el nefasto capitán Nascimento, líder del BOPE (Batallón de Operaciones Policiales Especiales), un personaje que torturaba, exterminaba y se valía de medios cuestionables para acabar con el narcotráfico de las favelas. El director Padilha, con su espíritu crítico y su intención de colocar al espectador en los pies de un asesino, había creado, sin saberlo, un monstruo, del cual se vendían muñequitos de acción como pan caliente. Y como de la película no se desprendía la posición de Padilha ante el conflicto expuesto, no fue extraño, entonces, que fuera tildado directamente de fascista, sólo por el hecho de intentar acercar el espectador a la psiquis de un personaje terrible aunque también racional y comprensible.
Las repercusiones del cine masivo en el entramado social son poco predecibles y el polémico episodio es elocuente acerca de que los cineastas deberían ser conscientes de que sus cámaras son armas de doble filo. Será por eso que Tropa de elite 2 es mucho más clara, discursiva en su denuncia, por eso será que los soldados del BOPE son mostrados como máquinas programadas que se equivocan flagrantemente y cometen tropelías irreparables. Otra vez se plantean situaciones políticas complejas, contradictorias y sin aparente salida (Padilha demuestra ser, una vez más, un excelente analista de la actualidad brasileña), y en este caso lo que se detalla es el ascenso y la imposición mafiosa, en las favelas, de la policía corrupta –lo que actualmente se denominan milicias- y que comienza a sustituir, a los tiros y con total impunidad, el poder dominante de los narcotraficantes. El resultado es un estado de sitio zonal en el que la policía comienza a cobrarle a la mísera población civil peajes, impuestos y coimas hasta para respirar.
Padilha se confirma, por tercera vez consecutiva, como un gran director (antes de la primer Tropa de elite había logrado el excelente documental Ônibus 174). Un ritmo endiablado, acompañado con la imparable y amoral voz del Capitán Nascimento –ahora ascendido a Subsecretario de Seguridad de la Gobernación de Río- expone con claridad los estructurales y alarmantes vínculos de corrupción política existentes, la inviabilidad de la situación actual, y los espirales de violencia e injusticia social. Tropa de elite 2 es una poderosa película que conjuga brillantemente entretenimiento y denuncia, y que llama a la reflexión; no es algo que pueda verse todos los días. Y junto a Ciudad de Dios y la primera Tropa de elite, no debe haber un cine tan impactante y que hable tanto y tan bien de la complejidad de la vida en entornos de miseria y violencia extrema.

Bullhead (Michaël R. Roskam, Bélgica, 2011)


Puede decirse que Bullhead es una atípica película que expone y se centra en las pequeñas mafias que dominan el negocio de las hormonas y el ganado en Limburgo, Bélgica. También podría afirmarse que es una feroz historia de venganza, o un elegante y oscuro ejercicio genérico de violenta catarsis. Pero lo cierto es que, ante todo, se trata de una película centrada en un desequilibrio, en la desencajada psiquis del protagonista, (Matthias Schoenaerts) un inquietante bodoque de rasgos casi bestiales, proclive a exabruptos de violencia. Un sujeto resentido y traumatizado hasta los huesos, al cual un atípico suceso ocurrido durante su infancia –que no será develado aquí para no arruinar un largo flashback explicativo- determina su existencia adulta, convirtiéndole en un sufriente desvalido.
La película está inspirada en un hecho real ocurrido en 1990. Un veterinario belga fue asesinado, luego de repetidas amenazas, ya que se dedicaba a la inspección de los usos sospechosos de las hormonas en el ganado. Los grupos de interés que pergeñaron el asesinato fueron denominados “la mafia de las hormonas”. Así, al comienzo, el protagonista es asesorado por un cuestionable veterinario, que trata de convencerlo de cerrar tratos ilegales con un forajido magnate de la carne, y comienza a desarrollarse una trama que esboza un mini-cuadro coral delictivo, en el que todos y cada uno de los personajes presentados son altamente reprobables en su accionar, por no decir que en la mayoría de los casos se trata de inescrupulosos hijos de puta. El crudo retrato del accionar de pequeñas mafias, y el registro realista pero con pretensiones genéricas, recuerda sobre todo a la notable Eastern promises de Cronenberg; pero aquí la atmósfera es aún más oscura y derrotista. Desde el mismo comienzo el protagonista anuncia desde una voz en off: “life is fucked”, marcando el espíritu imperante en el filme. Una bella fotografía contrasta la luz diurna con los oscuros colores dominantes, agregando una ambientación mortecina al planteo. Y la permanente comparación de los humanos con los animales destratados, inyectados, forzados a un cautiverio inhóspito y luego masacrados, no podía funcionar mejor, ni sentirse más pertinente.

The Bengali detective (Phil Cox, Estados Unidos, Gran Bretaña, India, 2011)


He aquí un documental increíble, único en su especie. Calcuta es una de las grandes megalópolis del mundo. Capital del estado indio de Bengala Occidental y capital cultural de la India, se trata de un hormigueante y vital centro urbano. Pero muchos habitantes han perdido la confianza en las autoridades policiales locales y, por tanto, una vieja profesión se encuentra en auge: los detectives privados. El director británico Phil Cox decidió hacer entonces un seguimiento a un líder de investigadores, instalando sus cámaras junto a él, y acompañándolo a todos lados, desde la privacidad de su hogar –en el cual su mujer sufre una enfermedad terminal- hasta la acción en las calles, e incluso durante su tiempo libre –utilizado principalmente para ensayar coreografías, junto a su equipo de detectives, para un concurso de baile-.
Y The Bengali detective es una película que lleva permanentemente a dudar si lo que se está viendo es de verdad un documental o una ficción. Y lo más asombroso es que sí, se trata de un documental. El grupo de detectives se cree poco menos que superhéroes, aunque sus cuerpos disten mucho de ser esculturales, y sus abundantes estómagos lo desmientan. Hay que verlos entrenándose en artes marciales, rodando por el piso y escondiéndose torpemente detrás de vehículos en hilarantes despliegues callejeros, o convencidos de que saben bailar y de que van a ganar, por robo, ese concurso.
Las misiones en las que se ven involucrados parecen en un principio poco relevantes, pero acaban asomando increíbles dimensiones humanas. El primer llamado lo reciben desde una empresa multinacional de champú, para dar con vendedores callejeros que venden champú trucho y que les lleva a perder millones. En la india, la falsificación atraviesa un boom actualmente. Todo se duplica y se adultera: leche para bebés, alimentos, cds, artículos para el hogar. Cuando los detectives dan con uno de los infractores, las cámaras deciden acompañarlo, seguirlo en su encuentro con las autoridades y finalmente hasta la cárcel, descubriendo sus verdaderas necesidades y sus motivaciones.
La segunda misión es un caso de adulterio y violencia doméstica, que acaba por ser sumamente elocuente sobre la situación de muchas parejas con hijos en la actualidad, y sobre las decisiones que determinan la vida adulta. La tercera es un curioso caso de un sangriento triple asesinato, con adolescentes arrojados a las vías de un tren, y que lleva a los detectives a sospechar de los mismos familiares de los implicados.
Quizá un poco alargada de más sobre el final, The bengali detective es mucho más que una gran película. Es una experiencia irreproducible.


Publicado en Brecha 4/3/2011