viernes, 15 de diciembre de 2017

Alanis (Anahí Bernerí, 2017)

Una elección entre tantas otras 


Lo más interesante es el comienzo; la protagonista se encuentra, junto a su hijo pequeño y una amiga, alojada en un departamento del barrio bonaerense del Once cuando dos policías de civil, haciéndose pasar por clientes, llaman a la puerta. Ahí el espectador comprende enseguida que las dos chicas se dedican a la prostitución y que prestan sus servicios allí mismo. Luego de la redada policial y de un encuentro con una asistente social, la muchacha debe rehacer su vida y buscar otras vías de supervivencia. Por supuesto no demorará mucho en volver, una vez más, a ejercer el meretricio. Este comienzo constituye la parte más interesante y novedosa de esta aproximación a un oficio que ha sido abordado por el cine y la literatura innumerables veces, y desde los ángulos más variados. En este caso, ese aspecto económico por el cual dos chicas se “asocian” y ejercen clandestinamente en un piso compartido es elocuente respecto de una extendida forma de subsistencia en zonas urbanas del Tercer Mundo. 
Pero es pertinente ver qué otro aspecto novedoso ofrece Alanis, o qué puede dar a conocer que en general no se sepa. Una persona más o menos informada, cualquiera que haya visto un par de películas o leído algo de la literatura existente en torno a esta temática puede tener ya una noción general de las características y las dificultades del oficio y es probable que no pueda "aprender" demasiado de esta película. En una entrevista, la directora Anahí Bernerí (Encarnación, Por tu culpa) señaló que su matiz se encuentra en la intención de derribar el prejuicio de identificar a las prostitutas como víctimas de la trata, y que por eso se preocupó de que su protagonista fuese una muchacha que decide voluntariamente prostituirse como forma de ganarse la vida. En definitiva, se preocupó de trazar un perfil de mujer “empoderada”, que recurre al oficio por decisión propia. 
Algunos de los recursos para esta construcción son bastante burdos: una escena en que la chica está limpiando un wáter sucio es uno de los lugares comunes más recurridos cinematográficamente para ilustrar una realidad inhóspita. Se esboza así un discurso que parece señalar y hasta subrayar que ejercer la prostitución es una opción más digna que limpiar inodoros, y al menos eso se desprende cuando la chica, que ya conoce bien el oficio, decide volver a él. En un mismo sentido ideológico, la película evita la truculencia o los verdaderos peligros que esconde la profesión (la violencia sexual y la ausencia de garantías, el estigma social, los efectos psicológicos). En cambio, sí expone los riesgos de cruzar las líneas invisibles de la “territorialidad” de las calles, y en una de las escenas más logradas de la película, durante una relación sexual con un cliente, un intercambio de insultos denigrantes entre ambos exhibe, por un lado, la misoginia a la que una prostituta debe enfrentarse habitualmente, y también el resentimiento que en ellas se suele generar. Aunque tiene sus aciertos en ambas cosas, la escena expone cierto “equilibrio” por el cual los insultos van libremente en un sentido y otro, algo más bien excepcional, ya que, en una relación de poder construida a partir del dinero, esta bidireccionalidad dista de ser la regla. 
La película transita entonces esa inercia naturalista, exhibiendo la profesión como si efectivamente fuese un oficio difícil, pero “semejante a cualquier otro”. Un discurso comprado por muchos y que decide simplemente ignorar sus nefastas secuelas, avaladas con cifras, muestreos y estudios específicos.

Publicado en Brecha el 15/12/2017

1 comentario:

Diego Cúneo dijo...

Por fin encuentro una critica acorde, un par de escenas logradas y nada mas..cine bodrio..