viernes, 15 de junio de 2018

Animal (Armando Bo, 2018)

Molesta y polémica 


Es notable cuando una película presenta un puñado de personajes en conflicto, en el que todos ellos tienen su parte de razón, su parte de mezquindad y de egoísmo. Una situación límite en la que el espectador no sabe bien dónde posicionarse, no puede evitar hacer juicios de valor a diestra y siniestra, e incluso cambiarlos sobre la marcha y cuestionarlos constantemente. Animal logra este cometido con creces. 
La historia pone en su centro a Antonio Decoud (un excelente Guillermo Francella), padre de familia de buen pasar que, de un día para el otro, ve su salud y su vida comprometidas. Una insuficiencia renal grave lo obliga a una rutina de diálisis y a una eterna espera por la donación de un riñón. Luego de dos años, reconoce que el ansiado órgano nunca llegará. Esto lo lleva a embarcarse en una búsqueda desesperada en la que decide saltarse las legalidades para salvar su pellejo. Un manotazo de ahogado lo vincula con Elías (Federico Salles, también brillante), un holgazán crónico que malvive precariamente, que no tiene trabajo ni pretende tenerlo, y que pone a la venta uno de sus riñones para adquirir una vivienda para él, su mujer y su futuro hijo. Este acuerdo informal será el detonante de una sucesión de conflictos en los que el individualismo y la hipocresía, la brecha social, el materialismo y el miedo al diferente –de los personajes y del espectador– quedarán en vergonzosa evidencia. 
La incursión de una familia burguesa en la ilegalidad acerca la anécdota a la excelente Una especie de familia, la presencia de un invasor lumpen a El hombre de al lado, e incluso el acercamiento lascivo de este último a la hija del protagonista a Cabo de miedo. Y el comienzo con Francella recorriendo su casa en un plano secuencia recuerda ineluctablemente a El clan. La cinefilia volcada en la propuesta es evidente, pero también el talento sobre la puesta en escena (la música y la cámara son puntos fuertes). 
El director Armando Bo es reconocido por su ópera prima, la notable El último Elvis (2012), pero sobre todo por su participación como guionista en varias de las películas del director mexicano Alejandro González Iñárritu (Biutiful y Birdman), en las que también se reflejaba un espíritu profundamente pesimista y hasta nihilista. Es sobresaliente esta búsqueda de la incomodidad (por ende, de la transgresión), así como la insistencia en cuestionar al espectador, aunque probablemente un defecto de sus libretos sea recargarlos demasiado. La acumulación de tragedias y giros de guión venían siendo su principal defecto y, si bien en esta película esto está más controlado (mucho más que en Biutiful, sin dudas), de a ratos atenta contra lo verosímil del planteo. En el otro lado de la balanza, diálogos convincentes, actuaciones notables, un sentido del humor negrísimo y una sumatoria de situaciones que podrían ocurrir perfectamente en la vida real convierten, aun así, a esta propuesta en una obra más que atendible.

Publicado en Brecha el 15/6/2018

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