viernes, 30 de noviembre de 2012

XXVII Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Combustible para el alma

Es una fiesta. Las playas no son muy bonitas, el clima es totalmente cambiante y no está ni cerca de lo ideal, pero el festival de Mar del Plata seguramente sea uno de los mejores y más accesibles del continente. Una inmersión profunda permite que el cronista se lleve algunos apuntes de interés, y un buen puñado de películas.

Mar del Plata es el único festival de Cine latinoamericano catalogado por la FIAPF (Federación Internacional de Asociaciones de Producciones de Films) como Clase A, categoría otorgada solamente a un puñado en todo el mundo. Cannes, Berlin, Locarno, Venecia, Montreal, San Sebastián, Tokio, Shangai, Karlovy Vary y El Cairo son los otros bendecidos con esta selecta calificación. Para ganarla se necesita cumplir con una serie de requerimientos: un trabajo anual sostenido, una seria selección internacional de películas y de jurados para las competencias, una especial atención a la prensa interesada (este ítem fue comprobado por aquí el señor), un estricto cuidado para evitar el robo o la copia ilegal de las películas a estrenar, un visible apoyo a la industria cinematográfica local, un sistema de seguros que salvaguarde a las copias participantes, además de contar con publicaciones oficiales y materiales de difusión que cumplan con los más altos estándares.
Más allá de esto, el festival es accesible por otras razones: entradas a 10 pesos argentinos, -menos de cuarenta uruguayos-, cines que se encuentran ubicados en un área reducida, a poca distancia uno del otro -como máximo toca caminar diez cuadras desde el Auditorium central a uno de los Shoppings-, actividades varias como charlas y conferencias con expertos, toques de bandas (pop pegadizo, reggae, punk, hardcore violento). Un armatoste de metal sobre la playa perfectamente incorporado para despliegues musicales se enfrenta a una pista junto al mar, donde se desnucan permanentemente unos treinta skaters, en rampas erigidas para tal propósito.
La publicidad es un tanto desconcertante para el visitante uruguayo. Figuras de la farándula como Agustín Pichot, Dalma Maradona, Pablo Lescano, los integrantes de la banda Miranda, o Mex Urtizberea promueven el festival en spots y carteles de colores saturados y estética kitsch siendo inevitable verlos casi todo el tiempo; algo así como que el Piñe y Claudia Fernández publicitaran, destacando su propia frivolidad, el festival de Cinemateca. Alguien me comenta que el fenómeno puede leerse como un peronismo aplicado a la publicidad, ya que se sostiene en la idea de llegar a sectores populares y a un público que no forma parte de los espectadores corrientes, ya cautivos por el festival.
Sobre los últimos días, la fugaz visita de la presidenta Cristina Fernández para dar una inauguración en el Hotel Provincial, vino acompañada de ruidosas y nutridas asociaciones peronistas que tomaron la calle y se incorporaron frente al hotel; al parecer, la siguen a donde vaya. Cristina tiene un ejército y lo sabe, los afiebrados fanáticos apalean constantemente un bombo atronador que se siente a cinco cuadras a la redonda y despliegan un cartel XXL con la figura de Néstor. Los agentes de seguridad de Cristina cortan el paso a los que quieren ingresar al hotel, e impiden la salida de los que están alojados dentro. Claro que toda esta parafernalia se diluye en el instante preciso en que Cristina se va de la ciudad a resolver otros asuntos.
Por fuera de los despliegues varios y la fanfarria ocasional, las jornadas transcurridas desde el 17 al 25 de noviembre fueron una fiesta del cine. Más de 400 títulos provenientes de todo el mundo distribuidos en doce salas, con funciones que comenzaban a las nueve de la mañana y terminaban en trasnoches que podían empezar a la una de la madrugada. Participaron nada menos que 78 películas argentinas, hubo un infaltable homenaje a Leonardo Favio -cineasta también encumbrado por Cristina desde su discurso- y secciones dedicadas especialmente al cine surcoreano, al cine para niños -esta sección estaba provista de un jurado infantil-, al cine de terror -en casi siempre agotados horarios trasnoche-, y a las comedias, entre otras. Además de las clásicas retrospectivas.
Y es muy cierto que durante esos días Mar del Plata vive el cine, y este cronista tuvo que quedarse fuera de varias de las funciones, incluyendo la última película de Todd Solondz, con entradas agotadas en todas sus proyecciones. Salas atestadas y colas de más de una cuadra reflejan un entusiasmo local, que además de ser constante y reiterado, es creciente. Parejas jóvenes se sientan en las plazas a investigar los programas del festival y planificar su maratón diaria, cinéfilos de toda clase intercambian información como si fueran figuritas, que tal película es de lo mejor del festival, que tal otra no vale la pena. Esta edición batió su propio record: más de cien mil espectadores. El cineasta surcoreano Back Seung-kee, director de Super Virgin (y además protagonista) se vio atropellado, a la salida de su estreno, por una marabunta de fanáticos que lo buscaban para pedirle autógrafos.
Las conclusiones finales son positivas, apuntaladas por la idea de que la sobredosis fue absolutamente provechosa. Al parecer de este cronista Mar del Plata es un festival excelente, y esto se debe fundamentalmente al riguroso trabajo de programación. Es notorio el énfasis en películas que están dotadas de narrativas claras, o de una visible intención de mostrar realidades específicas. La diferencia de este festival con otros, orientados a la no-ficción o al cine más "elevado" y quintaesencial, es que aquí uno va al cine esperando que le cuenten una historia y difícilmente salga decepcionado. En Valdivia -por nombrar un ejemplo que se encuentra en las antípodas- abundan las películas de viajes en las que un personaje silencioso se pierde, vaga sin rumbo y no le pasa absolutamente nada, y es muy difícil encontrar, entre la sobreabundancia de películas programadas, una que cuente una historia más o menos tangible y concreta. Será por eso que aquí la sensación es la de haber asistido a un concentrado e intensivo taller, sin tiempos perdidos.
Aquí el resumen de lo mejor que se ha podido ver en esta edición, y en próximos números se reseñará alguna más que quedó afuera, con correspondientes entrevistas a sus autores.

El Bella Vista (Alicia Cano, Uruguay)

La única película uruguaya presente en la programación se impuso, y de qué manera. La ópera prima de Alicia Cano se llevó grandes ovaciones y una mención especial en la competencia latinoamericana, y se trata de un atípico documental que cuenta con figuras técnicas de primerísimo nivel (Fernando Epstein en el montaje, Arauco Hernández en la cámara, Daniel Yafalián y Rafael Álvarez en sonido) y que se integra con naturalidad y notable sentido del humor en un universo rural desorbitante. El Bella Vista es un club de fútbol de antaño ubicado en el departamento de Durazno que, entrado en decadencia, devino en prostíbulo de travestis. Pero con las firmas de algunos vecinos, la casa es desalojada y convertida al poco tiempo en una iglesia católica. Todo este devenir es reinterpretado por los mismos protagonistas, dejándose ver las razones, las inquietudes y los problemas de cada uno de los personajes involucrados. Cano logra una atmósfera, permitiendo ver un perfil humano incluso en los que podrían considerarse los villanos -el prejuicioso patriarca que pretende devolverle la gloria a su antiguo club de fútbol es un personaje tan hilarante como sencillo y comprensible- y proponiendo una aguda observación sobre las contradicciones en las formas de pensar imperantes en la campaña.

Beyond the hills (Cristian Mungiu, Rumania / Francia / Bélgica)

El gran Cristian Mungiu -que no hace mucho sorprendía con su impactante 4 meses, 3 semanas, 2 días, sobre el aborto ilegal en la era Ceaucescu- fue el gran ganador de este festival, y su Beyond the hills llevó el Astor de Oro a la mejor película de la competencia internacional. Se trata de un durísimo fresco centrado en un convento rural de Rumania, en el cual dos amigas se reencuentran luego de años. Ambas crecieron en un orfanato, con la misma educación cristiana ortodoxa. Pero mientras una fue a trabajar a Alemania y conoció un poco de mundo, la otra se quedó en el convento, devota en su formación religiosa. El detalle es que a ambas las une un pasado lésbico, y hay en la relación una profunda dependencia y un amor no correspondido, pero todo esto tiene lugar en un universo de profunda represión, violencia soterrada y disciplinas férreas. De alguna manera Mungiu se las ingenia para mantener una tensión casi insoportable durante dos horas y media, planteando durísimas críticas a la imposición de cosmovisiones que no se aggiornan ni logran corresponderse con la vida moderna.

Fango (José Celestino Campusano, Argentina)

El premio a mejor director en la competencia argentina fue para el aquí prácticamente desconocido Campusano, que había filmado anteriormente las también aclamadas Vil Romance y Vikingo. Como bien dice el nombre de su productora, el cine de Campusano es un Cine Bruto, desprolijo, con actuaciones que a veces bordean lo lamentable, y una fotografía, un montaje, un sonido que dejan bastante que desear. Pero nadie puede dudar de que es un cine directo, honesto y visceral que, como el de Peckinpah, parece filmado con las garras. Campusano introduce sus cámaras en el segundo cordón del Gran Buenos Aires, en ambientes callejeros marginales, y desde allí cuenta sus historias, con sórdidos personajes que no hacen más que interpretarse a sí mismos. En una suerte de western callejero, Campusano da muestras de códigos barriales, violencia entrecruzada y desmesurados revanchismos que llevan a desastres generales. Por sobre todo, un cine apasionado, polémico, personal, único en su especie. Un cine que hay que tomarlo o dejarlo.

The ABC's of death (Directores varios, Estados Unidos)

La idea es grandiosa. Una película compuesta por fragmentos breves, dirigidos por 26 directores. 26 letras del abecedario, 26 maneras de morir. Cada uno de los directores es seleccionado por su perfil cercano al terror experimental, y se le da libertad absoluta para realizar sus corto. El resultado, como no podía ser de otra manera, es absolutamente desparejo. De a ratos, los fragmentos son humorísticos (A is for Apocalypse de Nacho Vigalondo), de a ratos desternillantes (N is for Nuptials del tailandés Banjong Pisanthanakun), a veces incurren en el horror social (P is for Pressure de Simon Rumley), a veces en el desmadre anárquico (W is for WTF? de Jon Schnepp), a veces en el gore desmesurado y prácticamente insoportable (X is for XXL del francés maldito Xavier Gens), e incluso en la animación stop-motion con muñecos de plastiscina (T is for toilet de Lee Hardcastle). Entre los mejores está D is for Dogfight del gran Marcel Sarmiento (autor de la inolvidable Deadgirl), en el que plantea una muy lograda lucha de un veterano boxeador contra un perro rabioso. Para pasarla bien y mal, alternativamente.

El muerto y ser feliz (Javier Rebollo, España / Francia / Argentina)

En la película de apertura del festival, Uruguay también estuvo más que presente. Las actuaciones de Roxana Blanco y Jorge Jellinek -este último interpretando a un matón de cuidado- se agregan al hecho de que al comienzo, la voz en off de Rebollo dedica su película a la mismísima Cinemateca Uruguaya. Fiel a su estilo, Rebollo plantea un viaje al estilo de Historias extraordinarias, miles de kilómetros en la carretera, a través de Buenos Aires, Rosario, Santa Fe, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy y Bolivia, en el cual un viejo asesino a sueldo al borde de la muerte (José Sacristán) se embarca sin rumbo a una aventura crepuscular. A falta de una, varias voces en off dan cuentas de lo que ocurre, o cuentan la acción de modo un poco distinto a como está presentada en las imágenes. Como en todas las leyendas, el relato oral se despega de la realidad, y la historia se bifurca, se desintegra, pasa a ser una y muchas al mismo tiempo.

Bleak night (Yoon Sung-Hyun, Corea del Sur)

Otra de las grandes sorpresas de este festival. Esta fue la película de graduación del joven director Yoon, algo remarcable si se tiene en cuenta la calidad técnica, la profundidad conceptual y una temática áspera, poco apacible, como es la de la violencia juvenil y el bullying. Una historia de amistad entre adolescentes de bachillerato signada por la angustia, los miedos, y la necesidad de imponerse por sobre los demás, utilizando las miradas y las amenazas verbales como principales herramientas. De este modo, el acercamiento permite ver una especie de cuadro casi animal en el que se impone sobre los demás el más fuerte y carismático. Una película difícil, un tanto hermética y larga y plagada de abundantes e incómodos diálogos, pero también de esas películas que tocan algo al interior de cada uno. Se desprende que los hostigadores, los perpetradores del bullying, no suelen ser los más fuertes de un grupo, sino paradójicamente los individuos más frágiles.

List (Hong Sang-soo, Corea del Sur) / Walker (Tsai Ming-liang, China)

Dos mediometrajes que fueron proyectados juntos y que son ejemplos del mejor cine de cada uno de sus consagrados autores. Con su List, Hong Sang-soo demuestra ser uno de los mejores herederos del estilo del maestro fallecido Eric Rohmer, y plantea la breve historia de una madre y una hija que escapan de deudas económicas y se alojan en un hotel. Allí conocen a un joven cineasta que pareciera ser el partido ideal para la hija. Un cine muy apacible y conversado, de pequeños detalles y gestos, de breves momentos humorísticos y cierta tensión insoslayable; esa clase de situaciones mínimas que sugieren temas profundos. Por su parte, Walker es increíble. El actor fetiche de Tsai, Lee Kang-sheng (el mismo adolescente que actuaba en El río) encarna a un monje budista, tapado con un manto rojo, que camina a una velocidad incomprensible. Siempre desmesuradamente encorvado, siempre con su almuerzo de comida rápida colgando de sus manos, su lentitud para recorrer las calles de Hong-kong es desquiciante e incomprensible para las estupefactas miradas de los otros transeúntes, y del espectador. De esta manera Tsai plantea un sorprendente contraste entre la locura y la ansiedad imperante en las urbes, y el obstinado, desestructurante andar de este enigmático personaje.

7 Cajas (Juan Carlos Maneglia, Tana Schémponi, Paraguay)

Muy en la onda Ciudad de Dios o El Mariachi, en las que se ubica un cine de géneros en contextos marginales -en este terreno podría colocarse tranquilamente Fango, reseñada anteriormente- surge este poderoso thriller. Los paraguayos lo recordarán como la película que marcó un antes y un después en su cine ya que vendió, al interior de su país, más entradas que Titanic. Ubicado en un universo difícil y hostil, el Mercado 4 de Asunción, el protagonista es un adolescente carretillero que se gana la vida transportando mercaderías. Pero en determinado momento, le es encargado transportar siete cajas misteriosas; simplemente llevarlas a dar una vuelta y regresarlas al mismo lugar, con la promesa de recibir mucho dinero -cien dólares, más de lo que ha visto en toda su vida- al momento de la entrega. Pero la trama se enreda hasta lo indecible, las cajas se pierden, son robadas, van y vuelven al punto de que la policía y varias bandas de delincuentes comienzan a buscarlas y a pedir precio por la cabeza del chico. Las siete cajas del título también refieren a las cajas televisivas, capaces de convertir a un don nadie en algo, gracias a su bendición.




Publicado en Brecha el 30/11/2012