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viernes, 18 de agosto de 2017

El bar (Alex de la Iglesia, 2017)

La humanidad al alcantarillado


El tiempo pasa y ésta es ya la decimocuarta película de Alex de la Iglesia, aquel loquito bilbaíno que, en sintonía con el más disparatado esperpento español, sorprendía en los años noventa con películas absolutamente demenciales y desternillantes como Acción mutante, El día de la bestia y Muertos de risa. Allí el humor negro se conjugaba con la sátira social y política, desplegando excesos de todo tipo. 
Lo cierto es que, de toda una camada de cineastas promisorios y talentosos entre los que también se contaron Fernando León de Aranoa, Alejandro Amenábar, Icíar Bollaín, Javier Fesser y Julio Medem, el único que mantuvo una producción sostenida hasta el día de hoy fue De la Iglesia, quizá amparado en un estilo sumamente popular –la comedia negra suele funcionar muy bien en las taquillas– que llevó a que su producción resistiera los embates de la crisis. El bar quizá no sea una de sus películas más inspiradas, pero sí es típicamente suya. El primer plano-secuencia, en el que una chica camina por las calles de Madrid hablando por celular y se entrecruza con varios de los que luego serán los principales personajes del conflicto, retrotrae al cine de Luis García Berlanga y a su estilo aparentemente caótico e hiperdialogado, pero asimismo orquestado y calculado con oficio. De la Iglesia ha señalado varias veces su deuda con el cine de Berlanga, a quien le rinde culto continuamente. Varias personas confluyen en un bar. Hay un trajeado hombre de negocios, una señora que juega continuamente en un tragamonedas, un ex policía, un publicista, un mendigo delirante. En cierto momento, uno de los parroquianos se levanta de su mesa, sale del bar, y en seguida recibe un tiro en la cabeza. Cuando otra persona sale del bar para ayudarlo sufre la misma suerte. Así, los personajes quedan encerrados en el café, sin saber de dónde surgen los disparos ni por qué tienen lugar, intentando darles un significado a los extraños sucesos en los que se ven inmersos. Esta primera parte, en que los personajes discuten, especulan y elaboran teorías disparatadas, es lo más entretenido de la película. La estructura del whodunit se despliega, con varios personajes sospechosos y un misterio a resolver. El recelo constante y un delirante intercambio verbal entre desconocidos recuerdan a esas películas de encierro tipo Perros de la calle y Los ocho más odiados
El problema es que el enigma se disipa demasiado pronto, y la película al poco tiempo toma otros rumbos. Cuando una facción del grupo decide encerrar a los demás en el subsuelo, el asunto ya adquiere un tono de supervivencia posapocalíptica, con alguna notable bizarrada, como la salida a través de un estrecho hueco por el que a duras penas puede pasar un ser humano. Más sobre el final, De la Iglesia y su habitual guionista Jorge Guerricaechevarría continúan su planteo referente a la condición humana y al egoísmo en situaciones límite, pero de a ratos éste toma giros caprichosos y hasta inverosímiles, como cuando uno de los personajes decide aprovechar un momento de oscuridad para ahogar a otro. Estos últimos tramos a través de las alcantarillas son los más flojos, con una resolución más bien anodina (y ruidosa, ya que los personajes no paran de gritar) que rebaja el nivel del planteo. Aun así, El bar funciona: De la Iglesia es un maestro a la hora de idear conflictos, extremarlos y llevarlos hasta sitios inusitados, como bien había demostrado en Muertos de risa, 800 balas, Crimen ferpecto o incluso su anterior película, la notable Mi gran noche.

Publicado en Brecha el 18/8/2017

miércoles, 16 de julio de 2014

La chispa de la vida (Alex de la Iglesia, 2011)

Zapatero a tus zapatos 

 


No es que Alex de la Iglesia esté filmando mucho, es que esta película fue estrenada originalmente en 2011, dos años antes que Las brujas de Zugarramurdi, a la que veíamos por las carteleras uruguayas hace apenas unos meses. Es presumible, vista la absoluta irrelevancia del producto, que haya quedado en el cajón de algún distribuidor uruguayo, a la espera de un mal momento para los estrenos y las carteleras como el que nos toca actualmente.
Es que La chispa de la vida es, de lejos, la peor película del director español. La historia tiene su originalidad y hasta puede decirse que es atractiva; un publicista desempleado, "en paro" por la crisis española, luego de una mala jornada sufre un accidente absurdo que lo coloca en una situación de fragilidad extrema. A medio camino entre la vida y la muerte, alrededor del hombre comienza a circular toda clase de individuos, desde periodistas que erigen un circo mediático en torno a él y su desgracia, pasando por guardias, médicos, políticos, y hasta su propia familia
Pero pese a una idea interesante, son varios los elementos que se conjugan para el desastre. En primer lugar el guionista Randy Felman hecha mano a varios de los estereotipos más obvios, y de la Iglesia se encarga de subrayarlos sin disimulo. Está la mujer del damnificado, ama de casa que justo se pone a planchar en medio de un diálogo con su marido; el veterano multimillonario dueño de una cadena de televisión que, cada vez que lo llaman al celular, se lo ve en un pent-house rodeado de minas en tanga; el muchachito darkie-gótico que, además de presentar una indumentaria inequívoca, verbaliza su condición por si quedaban dudas. A todo esto hay que agregar líneas de diálogos que, como nunca en una película de de la Iglesia, se acercan constantemente al cliché, no tienen ni pizca de gracia y, además, están concebidas con importantes dosis de manipulación. Como para reafirmar esta última idea, los llantos de los personajes y los violines puestos para resaltar los momentos "emotivos", convierten a éste en uno de los productos más indisimuladamente cursis del año. 
Y también hay un problema general, de tono. Alex de la Iglesia ha demostrado ser muy bueno y hasta un creador impagable a la hora de proponer un cine desquiciado, políticamente incorrecto, de desmesurado humor negro (las notables El día de la bestia, Muertos de risa y 800 balas lo ejemplifican bien). En rigor, de la Iglesia es uno de los directores que mejor ha heredado la veta del "esperpento", género españolísimo que propone una visión deformada de la realidad, a todas luces artificial pero notable a la hora de contrabandear apuntes críticos (de hecho, es uno de los mejores discípulos del cineasta Luis García Berlanga). Pero aquí, quizá comprometido y tocado por la crisis española, se propuso hacer un cine más realista, serio y autoconsciente, con la desdicha de que su humor no funciona, sus personajes carecen de arrojo y desenfado y sus intenciones discursivas se vuelven extremadamente obvias. 
Como dice el refrán que titula esta reseña, mejor que de la Iglesia vuelva a lo que sabe hacer y a sus repertorios, y que desde allí nos siga sorprendiendo y entreteniendo. Él sabe hacerlo.

Publicado en Brecha el 11/7/2014

lunes, 17 de octubre de 2011

Las mejores películas (XVII)

Salió nueva selección, un tanto retrasada pero bien variada y cargada de pelis grandiosas. La vida es corta, las descargas ilegales tentadoras y el insomnio infinito así que, por favor, no dejen de ver buen cine. Y ya que estamos, ponganlé el “me gusta” a Denme celuloide en facebúk!

Forever the moment de Yim Soon-rye (Corea del Sur, 2007)
La selección de handball coreana, antes y durante las olimpíadas de 2004. Una historia emotiva, brillantemente lograda, con personajes atractivos y un notable elenco. A las dificultades de la interacción y de los entrenamientos, se suman las dificultades de ser mujer en la Corea actual. La mejor película que he visto de cine deportivo.

Incendies de Denis Villeneuve (Canada / Francia, 2010)
Al morirse su madre, dos hermanos mellizos reciben, junto al testamento, una última voluntad de que encuentren a su padre, a quien creían muerto, y a un hermano del que ignoraban su existencia. Es así que la hija decide viajar hasta una imprecisa región de Oriente Medio para dar con ellos y entender qué oscuros hechos familiares les preceden. Poderosa y sorprendente como pocas.

Excursiones de Ezequiel Acuña (Argentina, 2009)
Después de una década sin verse, dos amigos treintañeros reentablan una relación. Uno de ellos es un guionista televisivo de renombre y el otro trabaja en una fábrica de golosinas. Sin que se sepa muy bien por qué, el guionista accede a trabajar con el otro en un proyecto teatral. Incomodidad, personajes complejos, algunas verdades ocultas que se van revelando de a poco y causan conmoción.

Flacas vacas de Santiago Svirsky (Uruguay / Argentina, 2011)
Bueno, ahora sí, la mejor película uruguaya vista en años. Un grupo de mujeres va a pasar unas vacaciones a la costa, pero las circunstancias no les juegan muy a favor. En una onda Coen o Un plan simple, el grupo deja aflorar costados ocultos y desagradables, pero siempre reconocibles y temiblemente humanos. Abundan los chispazos humorísticos geniales, y el desempeño actoral es grandioso.

Cuchillo de palo de Renate Costa (Paraguay, 2010)
En Paraguay, la dictadura de Stroessner señalaba, humillaba y torturaba homosexuales, convirtiendo sus vidas en un infierno. El tío de la directora murió en extrañas circunstancias, y ella creció obsesionada con ello. Finalmente, encendió su cámara, encaró a sus allegados y salió en búsqueda de los amigos de su tío, intentando reconstruir la fatídica historia. La relación entre Renate y su padre es sumamente atractiva.

The Cuckoo de Aleksandr Rogozhkin (Rusia, 2002)
Un soldado finlandés desertor, un capitán ruso acusado de traición y una solitaria chica lapona se encuentran y comienzan a convivir, dialogando largamente pero sin comprenderse una sola palabra. Un atípico triángulo amoroso, una situación hilarante y desconfianzas varias son los elementos que conforman una mirada incisiva y crítica a la guerra, en la que se leen distintas visiones de los mismos hechos.

Blue valentine de Derek Cianfrance (Estados Unidos, 2010)
Contada simultáneamente a dos tiempos, la historia del surgimiento de un amor y su ruptura final, unos años después. A la dulce belleza romántica inicial se le contraponen las feroces contiendas, la fricción febril y la distancia necesaria. La vida misma no es como las comedias o los cuentos de hadas, y esta peli lo dice con muchísima altura. Hay que ver las otras pelis del director Derek Cianfrance!

La volubilidad de los afectos de Félix van Groeningen (Bélgica / Holanda, 2009).
Un adolescente de trece años se encuentra en un ambiente crítico. Si bien su padre y sus tíos lo aprecian y le quieren, pasan borrachos todo el tiempo, su casa es un griterío constante, se respira mal y abundan los arrebatos de violencia. Pese a todo, el cuadro es atractivo y es imposible no encariñarse con estos outsiders que pasan de todo y se cagan abiertamente en la corrección política y las buenas formas.

Balada triste de trompeta de Alex de la Iglesia (España / Francia, 2010)
A Alex se le fue la moto. Payasos en el franquismo, en una lucha a muerte por el amor de una trapecista. Una bizarrada radical, que bordea el terror y el gore, que recoge el mejor legado esperpéntico y se detiene en una relación rara, enfermiza e insolucionable. De entre la mugre y el asco surgen, como una bendición, elementos de emoción y ternura.

25 kilates de Patxi Amezcua (España, 2008)
Los españoles vienen haciendo un cine de género notable. Ahora le tocó el turno al cine negro. Un par de atractivos antihéroes dan el uno con el otro y creen repentinamente que pueden confiar en ellos. A su alrededor sólo hay traiciones entrecruzadas, planes nefastos, mafias inescrupulosas pujando por llevarse unas rebanadas. Filmada solidamente, bien escrita y notablemente actuada, una sobresaliente sorpresa vasca.