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jueves, 22 de octubre de 2015

La cumbre escarlata (Guillermo del Toro, 2015)

Divertimento que no divierte


El director mexicano Guillermo del Toro (El espinazo del diablo, Blade, Hellboy, Titanes del Pacífico) ha demostrado ser un realizador de un buen nivel general, cuyos mayores atributos parecerían ser su vocación por la fantasía más desatada, la creación de seres monstruosos, el despliegue de universos imaginativos y grotescos. Superficial pero enérgico, desagradable pero armónico, se ha convertido en uno de los más interesantes creadores de fantasía y terror mainstream, un eterno adolescente con una producción consecuente y constante. 
Esta película parecería ser la mayor decepción de su carrera. En los albores del S XX, una chica propensa a ver fantasmas conoce a un aristócrata británico caído en desgracia, que la seduce y logra convencerla de iniciar una nueva vida junto a él, en una residencia aislada de la Cumbria. Una vez hecho el traslado, comenzarán a sucederse las apariciones de ultratumba, y la casa a revelar elementos inquietantes acerca de su dueño y su misteriosa hermana. Esta mansión ruinosa, imbuída en arcilla húmeda, que sangra y que respira, que se retuerce en crujidos y cuyas paredes son revestidas por insectos moribundos propicia una ambientación malsana y envolvente que es, de lejos, lo mejor del planteo. Pero lo que hace ruido constantemente es el guión, un compilado de lugares comunes, golpes de efecto y "secretos" que se ven venir desde la legua. La trama transita cansinamente por varios clichés de género, empantanándonse continuamente junto a una protagonista en la que los creadores no parecen creer –menos el espectador– ya que de tan crédula provoca una profunda irritación (más cuando desde el minuto cero todos sabemos que está siendo engañada y utilizada). Esta ausencia de inteligencia por parte del personaje es lo que lleva a tomar distancia de él, y que en consecuencia el romance, la poesía y el dramatismo buscados caigan en saco roto. Pero además no hay espacio para las dudas, ya que no existen sutilezas, ni ambigüedades ni pistas falsas. Los "indicios" –tazas de té, un baúl, una grabación imposible para la época– no buscan sugerir sino que son subrayados con alevosía, pretendiendo dar cuentas de asuntos que ya sabíamos desde hace rato. 
Las referencias a Conan Doyle, o el enunciado explícito en el guión de que "los fantasmas son una metáfora" no hacen más que jugarle en contra, ya que no surge misterio que justifique la comparación con el escritor británico ni se esconden lecturas que justifiquen tal ostentación. Hay sí, cerca del final, apuntes vagos sobre los amores enfermizos, la infidelidad y la inestabilidad conyugal, pero parecerían insertos a prepo, sin condecirse con nada de lo que vimos anteriormente. Provisto de un vistoso envoltorio pero carente de contenido, La cumbre escarlata es cine de género que falla incluso en su premisa más básica y esencial: entretener. 

Publicado en Brecha el 23/10/2015

domingo, 21 de julio de 2013

Titanes del pacífico (Pacific rim, Guillermo del Toro, 2013)

Robots vs aliens

Los llamados kaiju-eiga, (kaiju significa en japonés "bestia extraña", eiga es "película") eran filmes de monstruos de los años sesenta en los que lagartos o insectos gigantes (Godzilla, Mothra) se peleaban entre sí rodeados de increíbles maquetas de cartón-piedra. En esas películas a veces tenían aparición robots gigantes diseñados para eliminar la amenaza y, después de darse unos cuantos palos con la alimaña de turno, uno de ellos salía vencedor luego de derruir media ciudad. Si bien esas películas hoy podrían parecer algo obsoleto, nunca han faltado los seguidores y coleccionistas de esta clase de bizarradas. Y a los norteamericanos, que siempre se les da bien el tema de las destrucciones urbanas, parece corresponderle bastante una trama de este tipo. Tiempo ha pasado desde aquella nefasta Godzilla (1998) y ya era hora de intentar otra vez con los monstruos grandotes. 
Difícil encontrar para esta experiencia un director más apropiado que Guillermo del Toro (Mimic, Hellboy 2, El hobbit), no sólo por su inclinación hacia el bichaje, sino porque en general no pareciera tener mayores ambiciones artísticas que las de plantear un llano y superficial espectáculo. No estamos entonces ante un planteo alegórico o metafórico como en la película surcoreana de monstruos The host (2006), ni siquiera con uno levemente vinculado a un trasfondo histórico-político como El laberinto del fauno (2006) de del Toro. Entonces a lo que vinimos: robots gigantes (aquí llamado Jaegers: en alemán "cazadores") y monstruos que se cagan mutuamente a palos. Por detrás de estas contiendas se juega la humanidad entera, pero eso no nos importa: lo principal es la gresca a lo grande. 
La tensión está muy bien manejada sobre todo por la fragilidad de los pilotos -un robot sólo puede ser manejado por dos personas al mismo tiempo, que a su vez deben de estar conectados en perfecta armonía psíquica- y se agradece que del Toro no apele al montaje fragmentado y caótico -como las Transformers de Michael Bay- sino que filme las contiendas en planos más bien largos y generales. De cualquier forma, la preferencia por tomas oscuras y nocturnas, en las que para colmo también llueve, complica la distinción correcta de las dimensiones de los monstruos y los robots, y muchas tomas confunden al punto de no poder discernir claramente dónde es que empieza uno y dónde termina el otro. 
Aquí el cronista no tiene tan claro si el defecto es en sí de la producción o si echarle la culpa al oscurecimiento del 3D, y aquí viene la queja: la película sólo puede ser vista en salas de nuestro país en copias dobladas al español, o subtituladas pero en 3D (en funciones más caras, y sólo a partir de las 22 hs) pero ninguna de las salas de Montevideo está acondicionada para apreciar el 3D con poco oscurecimiento y en todo su esplendor. Es decir, si quiere verse la película con el brillo y el color necesario para disfrutar y ver bien a los kaijus y a los jaeger, habrá que sobrellevar que los personajes hablen un detestable mexicano neutro. A los que en cambio opten por el 3D, se les recomienda que lleven un par de analgésicos en el bolsillo. 

Publicado en Brecha el 19/7/2013

jueves, 23 de octubre de 2008

Hellboy 2: El ejército dorado (Hellboy II: The golden army, Guillermo del Toro, 2008)

A falta de historia, buenos son los bichos

En Hollywood a veces se da que segundas partes son mejores que las primeras, y es algo que suele suceder cuando el director de la secuela es el mismo que el de la primera de las entregas. Esto se explica porque los productores, ya menos temerosos de que el cineasta les haga perder su preciada inversión, dejan de imponerle lineamientos y le permiten actuar con mayores libertades. Es lo que ocurrió con Sam Raimi en El hombre araña 2, con Bryan Singer y X-Men 2, o con Gore Verbinski y la segunda de Piratas del caribe, en los tres casos con mejores logros cinematográficos que en las contenidas primeras partes.
En esta nueva entrega de Hellboy, Guillermo del Toro redobla su apuesta por lo que sabe hacer mejor: saca a relucir una extensa galería de personajes monstruosos, cuya variedad podría ser comparable a la de las películas de Jim Henson (Laberinto, El cristal oscuro). Los diseños son excepcionales, y para generar semejante bestiario parece haber tomado inspiración de las más variadas fuentes: un gigantesco espíritu de los bosques se parece al del largometraje japonés La princesa Mononoke, aparecen insectos voladores de amplia dentadura que se asemejan a los Isz del cómic The Maxx, un coloso de piedra es puro Harryhausen, una cantidad de híbridos surrealistas recuerdan a las demenciales creaciones del artista Dave McKean. También emergen monstruos más singulares al estilo de del Toro, como un ángel de la muerte con ojos en sitios insospechados (allí también hay un dejo de H.R. Giger). Y no es menor que el director ha demostrado que aún hoy puede asombrarse a una audiencia con bestias corpóreas, si se posee el espíritu y la imaginación necesarias. La impagable escena en que los protagonistas se adentran en un mercado troll recordará a muchos nostálgicos a aquel opresivo y extraordinario paso de Skywalker y compañía por una cantina en Tatooine, hace ya más de treinta años.
Pero está visto que los guiones no son el fuerte de del Toro. Un resentido príncipe de un mundo oculto decide rebelarse contra los suyos y contra la humanidad entera porque no puede tolerar que el ser humano y su codicia acaben por destruir la tierra. Es así que se propone resucitar al ejército del título, dormido desde épocas ancestrales y dotado del poderío suficiente como para erradicar de una vez y para siempre al hombre. La anécdota no es precisamente el colmo de la originalidad, pero el problema principal es la falta de coherencia en buena cantidad de sus giros narrativos. Varias de las decisiones de los personajes no son congruentes con sus perfiles: Abe, el amigo acuático de Hellboy, se supone que es inteligentísimo pero opta por negociar con el enemigo a sabiendas de que las consecuencias van a ser catastróficas. El malo no quiere matar a Hellboy cuando puede, no puede matarlo cuando quiere, y a los pocos minutos le está pidiendo que se una a su causa, sin entenderse el por qué de tantos cambios de idea. Un determinante autosacrificio tiene lugar en el momento menos conveniente. Así, la historia avanza mediante giros forzados que juegan en contra de su coherencia interna. No es que sea algo demasiado grave, y por suerte hay una buena cantidad de bicharracos, escenas de acción y buenos chistes que ayudan a compensar esos descuidos.

Publicado en Brecha el 24/10/2008