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viernes, 15 de abril de 2016
As the Gods Will (Takashi Miike, 2014) y Tag (Sion Sono, 2015)
viernes, 8 de abril de 2011
El cine de Takashi Miike

Luego de analizar superficialmente el fenómeno de Takashi Miike uno llega a la conclusión terminante de que el director no es en realidad un ser humano, sino una máquina. Sólo así podría explicarse que haya filmado 80 películas en 20 años, y que en sus períodos de mayor productividad llegue a terminar ocho en tan sólo un año. Y aunque suela ser considerado como uno de los principales cineastas independientes de Japón, también es cierto que suele aceptar cuanto encargo le proponen, películas para distribución en video –como la brillante Visitor Q, una especie de Teorema aggiornada, que explora las perversiones sexuales de la familia japonesa- o para la televisión –su también genial y ultracensurada Imprint, una inmersión en el terror más intolerable-, y así como puede hacer clases B de presupuestos irrisorios, también logra producciones costosas como su reciente filme de samurais 13 assassins. Miike encarna como nadie la categoría de director de culto; internet ha forjado un ejército de fans de todo el mundo que explora y busca hasta sus películas más recónditas, y su reputación de cineasta maldito trasciende fronteras como la de nadie.
Es cierto que también lo ayudó mucho el hecho de que se dio a conocer en los festivales de occidente con películas utraviolentas (Dead or alive, Izo, Audition, Ichii the killer) logrando despertar la curiosidad de una buena cantidad de frikkis sedientos de hemoglobina. Pero aún en estas obras colmadas de sangre a raudales, escenas de tortura y climas de pesadilla, puede verse una notable marca autoral, una considerable carga alegórica, y sobre todo, mucho talento y ganas de hacer y de transmitir inquietudes.
Hacia el extremo. Pero la veta transgresora de Miike no es solamente una cuestión de acumular sexo y violencia –cuanto más se conoce su obra más se echa por tierra el preconcepto- sino que se encuentra en la búsqueda de la incomodidad y de la ruptura de parámetros estéticos y genéricos. La búsqueda de la innovación forzando los límites de una forma u otra, destruyendo universos establecidos y esquemas mentales. Sus películas son incalificables y hasta pueden cambiar de registro, abruptamente y varias veces, descolocando al espectador acostumbrado a los géneros habituales. El cine de yakuzas, el terror, la comedia, el drama, el western, la ciencia ficción, el musical, la acción, el animé, el cine épico, el cine de superhéroes, el cyberpunk y hasta la fantasía familiar suelen ser utilizados por el director, pero sin que ninguna de sus películas pueda calzar cómodamente en una u otra categoría. Y en un universo tan estructurado como el japonés, en el que existen calificativos y nombres genéricos para casi todo, que un artista escape de tal manera a toda posible definición es realmente meritorio. Audition empieza como un melodrama a lo Douglas Sirk, se convierte luego en un thriller oscurísimo, y termina sumergida en el gore. Gozu es algo así como que David Lynch y Cronenberg hubiesen parido un hijo mutante. Crows zero 1 y 2 y Yatterman son divertimentos que extrapolan el universo del anime al cine de actores de carne y hueso.Mal de la cabeza (qué te pasa). En una escena determinante de Dead or alive 1, durante un aterrizado y doloroso duelo callejero, un policía y un yakuza se perforan a balazos, vaciando sus cargadores uno sobre el otro. Aún parado y agonizante, uno de ellos se arranca un brazo y lo tira al suelo, para luego extraer un lanzamisiles. El otro desenvaina una bola de plasma, y al arrojársela a su oponente genera una explosión nuclear que destruye Japón.
Y qué se podría decir de una película como Andromedia, que empieza como un típico musical adolescente, chillón y luminoso –al estilo Hannah Montana- de un grupo pop real, llamado Speed. Pero a los quince minutos de película la líder del grupo muere atropellada por un camión, quedando –cuándo no- su alma atrapada en una computadora. Unos villanos cybernéticos tratan entonces de atraparla para conocer el secreto de la inmortalidad.
No es fácil definir un “estilo” Miike, el lector hasta aquí podría suponer que el director solamente se dedica a la bizarrada pop, pero lo cierto es que en su obra también abundan las películas más serias, detenidas, complejas y hasta poéticas como Bird people in China, Sabu, Shangri-la (¡cine social!) o esta A big bang love: juvenile. Sus obras desprolijas, sucias y con efectos especiales deliberadamente berretas -presumiblemente por la falta de presupuesto- se caracterizan por su demencia kitsch y el tono desenfadado en el que homenajea a los géneros populares. Pero de a ratos también logra películas cuidadas y de una exquisita belleza formal.
Cinecatarsis. Es evidente que el cine japonés, en breve, se transformará para siempre. Un obvio punto de inflexión se avecina, en el que seguramente se potenciarán las demencias apocalípticas, las catarsis audiovisuales y las pesadillas lisérgicas presentes en el país. Ante este nuevo panorama, no es arrojado augurar que Miike, iconoclasta nato y anarquista de la imaginación, cumplirá un papel preponderante en la formación de un nuevo imaginario cultural.
“Big bang Love”
Miike no es Lynch

Ariyoshi, que trabaja en un bar gay, es acosado sexualmente por un cliente. En consecuencia, lo asesina de forma brutal y poco convencional. Es transportado entonces a la cárcel donde transcurre la acción y donde conoce a Kazuki, un joven yakuza también condenado por asesinato. Aquí es que surge una mutua atracción entre ellos, pero el vínculo se ve frustrado por la repentina y enigmática muerte de Kazuki, y allí comienza una pesquisa policial para dar con el asesino. Miike utiliza sus recursos para dar una idea de enajenamiento onírico y embotamiento emocional. En medio de una escena de pelea cuerpo a cuerpo -¡qué bien que filma Miike las peleas! años de hacer películas de yakuzas no fueron en vano- los oponentes desaparecen abruptamente, lográndose sugerir la locura y la confusión de los planos de realidad. A esto se suman un rostro que se borra, seres que de repente se ven como niños, personajes que se desvanecen mágicamente, alucinaciones, desangramientos inexistentes –como Tarantino o Burton, Miike busca en la sobreabundancia de sangre un efecto poético- los intentos de Miike de crear una atmósfera se ven, en este caso, sobrecargados de artificios.
Como en Lynch, Miike no parece decir nada en concreto sino sugerir, generar sensaciones y construir climas. Lynch puede filmar también un sinsentido, pero deja la sensación de haber atravesado una experiencia envolvente y gratificante. Miike no alcanza eso. La ausencia de un protagonista con personalidad es uno de los principales escollos; la saturación de intertítulos en algunos diálogos entorpecen la narración en lugar de agilizarla y, en consecuencia, la película se hace algo larga a pesar de durar apenas 85 minutos.
Publicado en Brecha el 8/4/2011
sábado, 7 de noviembre de 2009
Top five (+ bonus track) (VII)
Va una aguerrida serie de momentos musicales de películas no musicales. Y para cerrar la selección sin defraudar a nadie, un par de ponjas dándose como adentro de un gorro.
Am I blue? - Tener y no tener
Hace un tiempito colgaba en esta misma sección una grandiosa secuencia de El sueño eterno, con la Bacall cantando, y hubo unas cuantas aprobaciones. Ahora conseguí otra, esta vez de Tener y no tener. Podría verla una infinidad de veces.
Ora bolas - Leonera
Ahora es cuando ustedes empiezan a dudar de mi cordura y mi sanidad mental. Lo cierto es que me encantó el comienzo de Leonera, al punto que mi hija y yo ya nos conocemos esta canción de memoria y la cantamos a diario. El fragmento no tiene absolutamente nada que ver con la peli, pero si no la vieron aprovecho para recomendársela.
Tomorrow belongs to me - Cabaret
El otro día veía El triunfo de la voluntad de la Riefenstahl y mientras esas multitudes marchaban, todo el tiempo resonaba esta canción en mi cabeza. Un fragmento de antología, orquestado por uno de los grandes.
I wanna be loved by you - Some like it hot
Creo que nadie estará en desacuerdo con que Some like it hot es una de las mejores comedias jamás filmadas. Y nadie me va a llevar la contra si digo que la Marilyne estaba fuerte como cadenazo en las muelas. Y ese par de actorazos, imponentes. Tantas gracias Josep!
Mourya re - Don
¿Todavía no vieron Don? Esto lo pongo adrede para que alguno de esos prejuiciosos que no vería una película india en su vida ya se ponga en campaña para conseguirla. Hace tiempo no veía un baile callejero filmado con tanta fuerza.
Bonus track: yakuzas tirándose con flores
Suave, sutil, detenido y predecible, el final de Dead or alive es un ejemplo de la extrema amabilidad del adorable Takashi Miike. Para disfrutar con la familia.
jueves, 15 de octubre de 2009
El cine de terror actual

La huérfana es uno de los platos fuertes de las carteleras actuales. Lars von Trier es hoy objeto de polémicas por su reciente El anticristo. Frank Darabont asombró hace poco con la imponente La niebla y una película sueca de vampiros (Let the right one in) es de lo mejor que ha podido verse este año. El cine de terror da señales de estar pasando por un buen momento y como nunca, se diversifica en múltiples formas y registros.
“Largo rato quedé ahí parado especulando, temiendo, dudando / soñando sueños que ningún mortal se atrevió a soñar jamás.” Edgar Allan Poe
La fruición de este tipo de cine, su disfrute, naturalmente obedece a cierto goce masoquista. Y es por eso que mucha gente prefiere mantenerse alejada del registro, ya que sencillamente no puede soportarlo. “¿Para qué sufrir en el cine?” suelen decir algunos prudentes con sensatez indeclinable, aunque es cierto que no es más comprensible ni justificable sufrir con un melodrama o una tragedia que con una llana y honesta película de terror. El intenso goce que provocan las grandes películas del género no es algo fácil de lograr: se necesita una anécdota llamativa y coherente en su lógica interna, una sabia dosificación de tensiones y sobresaltos, se requieren personajes sólidos con los que valga la pena sentirse identificado y es imprescindible el dominio de un lenguaje cinematográfico por los que imágenes y sonidos estén ligados estrechamente, montados con precisión quirúrgica. Lo transgresor y lo oculto son elementos esenciales en la puesta en escena, y la sugerencia y el enigma, aspectos ineludibles.
Y el cine de terror es también un espacio anárquico donde suelen romperse las reglas sociales, donde se violan los espacios sagrados, se tocan los tabúes y se insultan las buenas costumbres. La figura expresiva más frecuentada por este cine es la alegoría, y en ellas suelen plantarse sarcásticos apuntes sociales, a menudo impregnados de un pesimismo arrollador. Desde el horror psicológico de Alejandro Amenábar (Los otros) el clasicismo de Frank Darabont (La niebla) o Neil Marshall (El descenso) la brutalidad sofocante del cine francés (Alta tensión, Frontiere(s)) el ludicismo de Alex de la Iglesia (La habitación del niño) el existencialismo de Kiyoshi Kurosawa (Kairo, Retribution) y las pesadillas experimentales de Takashi Miike (Audition, Imprint) y Shinya Tsukamoto (Haze) una gran variedad de malos tragos atenta hoy contra las esperanzas de un colorido desenlace, y contra los resquicios mentales más vulnerables del espectador.
Los cineastas galos saben golpear donde duele. Lo que ya ha empezado a llamarse nouvelle horreur vague es quizá la corriente más dura, agobiante y extrema del panorama del horror actual. Un grupo de directores jóvenes que transgreden perpetrando atrocidades fílmicas, ofreciendo un cine visceral, violento a más no poder, y quizá más terrible por carecer de elementos sobrenaturales y por situarse en un terreno realista. El referente inevitable para este tipo de terrorismo audiovisual es el gran clásico bizarro The Texas chainsaw massacre de Tobe Hooper, una obra que, como pocas, ha dejado un legado considerable. En ella un grupo de adolescentes era asesinado uno por uno por una familia desquiciada, en un pútrido rincón de la desértica y conservadora norteamérica profunda. La nueva tendencia francesa parece retomar ese horror sucio y visceral, que igualmente emerge desde las entrañas de un país que, como bien sugería Caché de Michael Haneke, tiene más de un cadáver escondido en sus armarios. En la notable Frontiére(s), luego de atravesar un infierno y de ver morir a sus amigos en manos de un grupo de pervertidos neo-nazis, la protagonista sufre un colapso nervioso cuando se entera por la radio sobre el fortalecimiento de la extrema derecha en Francia. Los insufribles sucesos presentados en A l’interieur se sitúan en la noche de las protestas y las quemas de autos del 2005. Como un reverso a la comodidad burguesa presentada en buena parte del cine francés dominante, estas crueles exposiciones parecen sugerir que no existe tal estabilidad, que la insatisfacción se encuentra instalada, y que el mal emerge implacable, como señal visible de una sociedad soterradamente enferma.
Aunque quizá los que estén más enfermos sean los cineastas. Las protagonistas de Alta tensión, A l’interieur, y Frontiére(s) terminan bañadas en sangre de pies a cabeza; abundan los machetazos, las puñaladas con diversos objetos, las quemaduras en tercer grado y la deformidad física y mental. En algunos casos la acumulación de situaciones grotescas atenta contra la credibilidad de los planteos, y alguna de estas películas pierde interés por ese machaque innecesario. Este cronista admite que tuvo que entrecerrar los ojos para soportar el gratuito desenlace de A l’interieur, y ciertos desbordes explícitos acercan desafortunadamente a esta tendencia al más lamentable terreno del cine de torturas. Pero las películas rescatables del paquete no buscan el morbo por el morbo mismo, ofrecen notables atmósferas, y llaman a reflexiones profundas.

El director más importante de la camada, y en gran medida el precursor de esta movida brutal es el gran Alexandre Aja, quien luego de su notable Alta tensión logró en Estados Unidos una obra superior y casi intolerable, quizá la única remake del cine reciente que supera a la obra en la que se basa: Las colinas tienen ojos. El riesgo que corren estos cineastas es que su reclutamiento por Hollywood acabe por absorverlos totalmente -Aja ya tuvo un traspié con Espejos siniestros y los directores David Moreau y Xavier Palud, estimables autores de Ils, sufrieron una importante falta de libertades al filmar la remake de The eye-.
Muy cercano a la lógica de los sueños, y peor aún, de las pesadillas, se encuentra el cine de terror de Takashi Miike. Sus escabrosas imágenes y algunas horrendas escenas de tortura provocan rechazos viscerales inmediatos, pero a diferencia de las de muchos autoproclamados cineastas, sus películas no son gratuitas. En ellas impera una estimable sensación de injusticia ante las atrocidades perpetradas, se busca la identificación activa con las víctimas y son sugeridas reflexiones profundas sobre los extremos de violencia a los que es capaz de llegar el ser humano. En definitiva, la diferencia entre Miike y otros directores que muestran torturas explícitas (Eli Roth o Darren Lynn Bousman, entre otros) es tener un propósito (y algo de moral).
Otro gran cineasta nipón que ha transitado el género con singular talento es Kiyoshi Kurosawa. Se ha definido su austero estilo como una mezcla del J-horror con Antonioni, y es cierto que hay mucho de eso. Su cine no siempre es comprendido y suele desorientar a los fans del terror, quienes quizá queden a la espera de más sobresaltos y efectismos. Kurosawa radiografía la alienación, la soledad más febril, los fantasmas interiores y el peso de la urbanización sobre los individuos. Sus cuadros ofrecen múltiples lecturas, y por eso pueden resultar extraños para quienes los aborden con una visión superficial.
Con temáticas muy parecidas pero con un abordaje absolutamente distinto, el cine de Shinya Tsukamoto es perturbador y atmosférico. Quizá sea uno de los cineastas de ficción que menos miedo tiene a la experimentación audiovisual hoy en día, y su mediometraje Haze puede considerarse una de las obras mayores del terror actual. Un hombre despierta encerrado en una especie de laberinto en el que apenas tiene movilidad y dentro del cual sólo puede trasladarse reptando. No tiene idea de cómo fue a parar allí, y tampoco se vislumbra una salida posible. En ese recinto infame atravesará por distintas instancias, cada cual más claustrofóbica y asfixiante: un corredor por el que debe arrastrarse arrodillado con los dientes pegados a un extenso caño oxidado, un nauseabundo lago repleto de cadáveres en el que debe sumergirse. El enajenante desenlace es de una riqueza alegórica inmensa.El futuro del terror se intuye prometedor sobre todo considerando a la producción japonesa. Es allí donde existe mayor cantidad de cineastas sólidos en la materia –a los ya nombrados deberían sumarse los nombres de Hideo Nakata, Takashi Shimizu y Takashi Ishii- y son ellos quienes más parecen esforzarse en concebir formas y dimensiones nuevas. Cualquier exploración seria al género debería abordar primordialmente este terreno, en todas sus variables.
Pero varias de las mejores obras creadas en occidente suelen ser co-producciones (ver recuadro). Esto tiene una explicación simple. Las películas financiadas desde diversos países -mayoritariamente europeos, pero también a nivel intercontinental- son la vía más eficaz de oponerse al cine norteamericano dominante. Para alcanzar los altos costos de producción y poder competir con la industria de Hollywood se reparten los gastos, favoreciéndose con las distintas ayudas públicas nacionales, ampliando los mercados y pudiendo llegar a espectadores de los distintos países involucrados. Por lo general se echa mano a figuras del star-system para protagonizar esas películas (Nicole Kidman en Los otros, Emmanuelle Béart en Vinyan, Julianne Moore y Gael García Bernal en Ceguera), y así poder atraer a esa audiencia acostumbrada al consumo de cine mainstream.Últimamente han surgido también unos cuantos híbridos llamativos. Más que interesantes y por momentos geniales son los cuentos de terror animados de la francesa Peur(s) de la noir, y también son curiosas The burrowers, una mezcla de terror y western, Dance of the dead, comedia high school con zombies, The genetic opera, musical y gore, y muchísimas comedias negras que satirizan al género, como The cottage, Severance o Shaun of the dead, entre tantas otras.
Dentro del reciente cine de terror occidental pueden verse algunas premisas temáticas que se repiten. Una constante es la amenaza exterior, y más precisamente la que se entromete en la casa propia, vulnerando la privacidad hogareña. La obra precursora en este sentido es la demoledora y desestructurante Funny games de Michael Haneke, de la que Ils y A l’interieur recogieron su anécdota central. A su vez estas películas fueron copiadas por la reciente y más bien lamentable Los extraños y cierto es que ninguna de ellas alcanzó el nivel de la obra de Haneke. La amenaza exterior es en estos casos humana, arbitraria e incomprensible.
Otra constante es aquella en la que un grupo de personas sale de excursión placentera hacia algún lugar aislado y remoto, y son atacados por alguien. Por lo general, se trata de una salida de camping al medio del bosque, y en varios casos, los atacantes pertenecen o están ligados a grupos reaccionarios conservadores (Backwoods, Frontiere(s), Eden Lake). Aquí el mal es claro y tangible, y surge de ciertos núcleos antisociales y xenófobos.
Ya es difícil ver en el cine de terror occidental a una figura monstruosa o a una fuerza sobrenatural, y en los casos que la hay, esa amenaza no es peor que la otra, humana, mucho más presente y cercana. Aquellas obras de terror románticas, en las que un grupo de personas lograba vencer las adversidades actuando con valentía y espíritu de equipo prácticamente han desaparecido. Cuando surge una iniciativa en este sentido suele quedar trunca. El nihilismo está instalado, ya no parecen quedar cineastas en este género que confíen en la humanidad como emprendedora de grandes acciones, y eso parece todo un síntoma de nuestros tiempos.
Terror para un nuevo milenio

-El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001). España / México. Niños es un orfanato, a fines de los años treinta. Los fantasmas son lo mejor que les pasa.
-Los otros (Alejandro Amenábar, 2001). España / Estados Unidos / Francia / Italia. Al final de la escalera + Los inocentes + Otra vuelta de tuerca + Carnaval de almas.
-Kairo (Kiyoshi Kurosawa, 2001). Japón. Los vivos parecen zombis, y el mundo de los muertos no se diferencia tanto del nuestro.
-Ju-on (Takashi Shimizu, 2002). Japón. Los almas en pena se meten en todos los intersticios de la casa.
-Dark water (Hideo Nakata, 2002). Japón. El agua se escurre e invade la habitación, como los espíritus a la mente atribulada.
-Alta tensión (*)(Alexandre Aja, 2003). Francia. Cecile de France huyendo, defendiéndose, contraatacando. La hemoglobina le sienta bien.
-2 hermanas (Kim Ji-woon, 2003). Corea del Sur. Una madrastra cruel, dos chicas atormentadas, y a lo mejor nadie es lo que parece.
-El amanecer de los muertos (Zack Snyder, 2004). Estados Unidos / Canadá / Japón / Francia. Muertos vivos, obviamente. Y un amanecer, más un crepúsculo.
-Dumplings (Fruit Chan, 2004). Hong Kong. Para mantenerse en forma hay que alimentarse bien.
-Shutter (Banjong Pisanthanakun, Parkpoom Wongpoom, 2004). Tailandia. Un espíritu fotogénico, y algo cargoso.
-El descenso (Neil Marshall, 2005). Inglaterra. Seis mujeres, un pozo, un centenar de criaturas infernales.
-Haze (Shinya Tsukamoto, 2005). Japón. Para los que creían que necesitan un poco de aire.
-Las colinas tienen ojos (*)(Alexandre Aja, 2006). Estados Unidos. O el más frontal escupitajo al American dream. Abandonad toda esperanza...
-Retribution (Kiyoshi Kurosawa, 2006). Japón. Nuestro detective descubre que todas las pistas del asesinato conducen a sí mismo.
-La habitación del niño (Alex de la Iglesia, 2006). España. El terror japonés, homenajeado y satirizado por un gordo atorrante.
-Imprint (*)(Takashi Miike, 2006). Estados Unidos / Japón. Para los que creían que Audition era poco tolerable.
-[Rec] (Jaume Balagueró, Paco Plaza, 2007). España. Lo mejor con cámara subjetiva.
-Sweeney Todd (Tim Burton, 2007). Estados Unidos / Inglaterra. Al barbero se le fue la moto, y lleva navaja.
-Frontiere(s) (*)(Xavier Gens, 2007). Francia / Suiza. Chica embarazada + neonazis + terror francés. Mejor ni verla.
-La niebla (Frank Darabont, 2007). Estados Unidos. Una mezcla de Lovecraft y Romero que ni parece Stephen King. Lo mejor de Darabont.
-El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007). México / España. Otra vuelta de tuerca, más.
-Ceguera (Fernando Meirelles, 2008). Canadá / Brasil / Japón. En el reino de los ciegos, un gran poder representa una gran responsabilidad.
-Vinyan (Fabrice Du Welz, 2008). Francia / Bélgica / Inglaterra/ Australia. Porque tampoco es recomendable perder un niño en un tsunami.
-Eden Lake (James Watkins, 2008). Inglaterra. Adolescentes un tanto desquiciados, con uno o dos problemas craneales.
-Let the right one in (Tomas Alfredson, 2008). Suecia. Porque el vampirismo es un sentimiento.
-Deadgirl (Marcel Sarmiento, 2008). Estados Unidos. Individualismo patológico, y un poco de necrofilia.
-La huérfana (Jaume Collet-Serra, 2009). Estados Unidos / Canadá / Alemania / Francia. Padres adoptivos reciben una niña un tanto viciosa y degenerada.
(*) Sólo aptas para estómagos curtidos.
Publicado en Brecha 16/10/2008

