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miércoles, 8 de febrero de 2012

3 idiotas (3 idiots, Rajkumar Hirani, 2009)

Una muy buena de Bollywood

En la India los suicidios aumentaron un 26% desde el 2006 al 2010, se registran 15 cada hora y el año pasado llegaron a 135 mil, siendo Bangalore, Nueva Delhi y Bombay las ciudades más afectadas. Pero esas son solo cifras oficiales, y por tanto es de suponer que existen muchos más. De hecho, debido a la gran proporción poblacional de la India, se estima que un 20% de los suicidios del mundo ocurren al interior de este país. Y una importante porción de la población suicida son estudiantes. Las principales causas de ello son la inmensa presión social existente en función del éxito, las exigencias familiares y el mismo sistema educativo indio, que apuesta fuertemente por la competitividad, con promociones y castigos, y un filtro riguroso en miras a la inserción laboral. Aunque el sistema de castas fue abolido hace tiempo, éste sigue arraigado en diversas regiones del país, y aún funciona como determinante de la rigidez social, de la desigualdad atroz y de la tendencia a la estigmatización.
La temática del suicidio estudiantil es central en la película 3 idiotas. La acción transcurre en una prestigiosa facultad de ingeniería, el ficticio “Imperial College of Engineering”, y allí los tres idiotas del título (que en rigor, de idiotas no tienen nada; son considerados así por las autoridades por no adaptarse a las normas) conviven con una fauna multiforme de estudiantes nerds abrumados, y de profesores imposibles. El mismo director y guionista Rajkumar Hirani sufrió esta realidad y no obtuvo de adolescente las notas suficientes como para ser admitido en ingeniería o en medicina, y debió abocarse finalmente a una desmotivante graduación en comercio.
Hasta aquí podría pensarse que esta película es un melodrama deprimente y cargante, de personajes sufrientes y climas opresivos, pero nada más alejado a eso. Nos encontramos sobre la superficie del masala; género popular indio por excelencia, piedra angular de la industria bollywoodense. El masala debe de ser el cine más luminoso del mundo: pura energía vital, coreografías de baile, drama y comedia, más aventuras, más acción; una combinación exótica y adictiva. El nombre no podía ser mejor: masala es también una mezcla local de diferentes especias, que aporta a la comida gustos y aromas únicos.


Claro que el cine de Bollywood es inmensamente defectuoso. Es verdad que se rescata una película buena de entre cien bodrios (como en Hollywood), es cierto que suele ser infantil, excesivamente melodramático, chicloso, empalagoso y hasta llanamente kitsch, que a veces apela a chistes fáciles y a lugares comunes; que en muchos casos refuerza el consumismo y reproduce valores más que cuestionables. Pero también es cierto que goza de una falta de ridículo que lo vuelve increíblemente espontáneo y contagioso, que tiene las mejores coreografías de baile del universo, que cuenta con actores grandiosos y que el imperante sentido del ritmo y del espectáculo lleva a que muchos de sus filmes –que usualmente se acercan a las tres horas de metraje- se pasen volando. Superados los prejuicios, la experiencia puede ser poderosa y sumamente entretenida.
3 idiotas es de las mejores películas del último Bollywood y, hasta hoy, la más taquillera de la historia de la India. Esto se debe en parte a que sus dos protagonistas son superestrellas top -nada menos que los carismáticos y no tan bellos Aamir Khan y Kareena Kapoor- pero además porque se supieron conjugar brillantemente elementos sociales coyunturales, temáticas universales –la envidia y la competitividad, la intransigencia y la emergente rebeldía, un amor inconveniente- y toda la inmediatez del mejor espectáculo popular. La simpatía infinita de los personajes, gags y chistes notables, algún aislado número musical que sacude a todos y poderosas escenas dramáticas que conmueven hasta un fiambre. 3 idiotas es una película que hace reír y llorar con la misma intensidad, una muy agradable puerta de entrada al universo audiovisual indio y un entretenimiento de primerísimo nivel.

Publicada en Brecha el 3/2/2012

viernes, 4 de septiembre de 2009

Sobre el nuevo cine indio

Belleza y vicio


India es el país que más cine produce en el mundo. Con un lanzamiento anual de mil cien películas, duplica con creces la producción de la industria estadounidense, que apenas llega hoy a las quinientas. Es que cuenta con múltiples ventajas; un público cinéfilo masivo e inabarcable –se calcula que en el país acuden a diario 14 millones de espectadores- salas que comienzan a proyectar a las diez y media de la mañana, y entradas que apenas cuestan unas monedas (diecisiete céntimos de euro en muchos sitios). No debe olvidarse que se trata del séptimo país más grande del mundo y que su población supera los mil millones de habitantes; las salas, repartidas a lo largo y ancho del subcontinente, superan las 11 mil. Allí, el cine sigue siendo concebido como un verdadero espectáculo popular.
Un fenómeno de estas magnitudes ha sido prácticamente ninguneado y desmerecido por la crítica occidental. Llámese negligencia, pereza o desinterés, la indiferencia no es justificable, sobre todo considerando la calidad de muchas de las obras que allí son pergeñadas. Sí puede comprenderse cierto rechazo instintivo por parte de muchos especialistas, ya que para ver y disfrutar del cine indio es necesario echar por tierra unos cuantos preconceptos y valoraciones presentes en los espectadores occidentales.

Tómalo o déjalo
Porque al principio puede costar acostumbrarse al colorido refulgente que predomina; a la exagerada gesticulación de los actores; a las cámaras lentas y a las tomas grandilocuentes que bordean la cursilería y la estética publicitaria. Los personajes casi siempre pisan los estereotipos, dicen lo que piensan y hacen lo que dicen, rehuyendo a los matices y a la densidad psicológica; los malos suelen ser malísimos, las tramas se subrayan y a menudo son predecibles, se pisan frecuentemente lugares comunes y el largo de las películas supera tranquilamente las tres horas. Por lo general, a mitad del metraje aparece una pausa intermedia que divide la película en dos, para que el público tome un descanso y estire las piernas. Es por todas estas razones que muchos pueden creer que el cine indio es una desmesurada pérdida de tiempo, una materia innecesaria, algo que no merece la atención. Pero no podrían estar más equivocados, y quienes opten por entrar a este mundo podrán descubrir experiencias envolventes, frescas y edificantes, únicas en su especie.
Acción, thriller, comedia, melodrama, romance, musical, drama familiar o histórico, fantasía, cine de aventuras. Todos estos títulos genéricos describen gran parte del cine indio, y hasta pueden confluir en una misma película, normalmente con tramas lineales y sencillas, de envidiable clasicismo. Tan extraña mezcolanza redunda en el género cinematográfico indio por excelencia: el masala. El término no podía ser más apropiado, refiere a una combinación local de diferentes especias, que aporta a la comida gustos y aromas característicos.
Quizá lo más llamativo para el espectador foráneo -y uno de los puntos sobresalientes del cine indio actual- sean sus luminosos números musicales, que surgen en medio de la trama y pueden llegar a siete u ocho en una misma película. Con total naturalidad y como si fuese lo más normal del mundo los personajes dejan lo que estén haciendo para ponerse a bailar en pegadizos despliegues coreográficos, a menudo multitudinarios, de inusitada energía. El celebrado final de Slumdog millionaire es torpe y apagado en comparación, una caricatura alejada de la intensidad propia de estos bailes. Y es que el masala es mucho más gustoso cuando está preparado por nativos.


Desarmando conceptos
El término “Bollywood” fue acuñado con cierta mala leche en la década del setenta para nombrar a la industria cinematográfica floreciente en Bombay, en el momento en que equiparó su producción anual con la de Hollywood. Hoy se utiliza erróneamente para designar a la totalidad del cine indio, cuando apenas una parte del mismo proviene de esa ciudad. Elocuente al respecto es la usual designación de las principales industrias cinematográficas del país, que se centran en filmes hablados en distintas lenguas, por ejemplo “Kollywood” se orienta al tamil, “Tollywood” al telugu y “Mollywood” al malayalam, todas estas industrias distribuyen básicamente en sus regiones específicas, y se distinguen de Bollywood por sus estilos y sus temáticas, empapadas de la cultura regional.
Tampoco es correcto designar como “cine hindú” a las películas creadas en India. El término “hindú” refiere al hinduísmo, religión mayoritaria (seguida del islam y el cristianismo), que practica un 79,8% de la población, y a su cultura. El cine hindú propiamente dicho es sólo una fracción de la totalidad generada en el país.
No es cierto que en el cine indio no haya besos. Sí es verdad que existe una censura gubernamental que impide que se estrenen películas en donde se haga explícito el más mínimo roce de labios o de lenguas, pero lo cierto es que sí hay parejas besándose, y de qué manera. Décadas de censura han sido útiles para que los directores hayan ideado toda clase de ocultamientos, donde no pueden verse labios en contacto pero sí otras cosas. Besos en el cuello y en el cuerpo, frotamientos varios, besos en la boca consumados sin el enfoque directo de la cámara –a veces el cuello o el pelo de alguno de los implicados tapa casualmente el detalle-. El resultado es que los cineastas indios han desarrollado estrategias de seducción como pocos, muchas veces dentro de los mismo bailes, en un juego erótico excepcional. Otro recurso reiterado por muchos cineastas es el del “sari mojado” por el cual la chica, correctamente vestida, permite vislumbrar sus curvas con la seda pegada al cuerpo.
Otro lugar común que debe ser descartado es aquel por el cual se dice que estas películas siempre terminan en finales felices. No es así. Por ejemplo, el final de Don es sumamente inesperado y rompe con lo que el público masivo esperaría. Lejos de ser felices, Devdas, Asoka o la brillante Kal ho naa ho culminan en las apoteósicas muertes de personajes primordiales.
Y no todo el cine indio es pergeñado en las grandes industrias. También hay cine independiente y de autor, documentales, animación y hasta cine experimental, con irregular suerte en su difusión. Lo que puede verse en occidente es apenas un botón de muestra de la inconmensurable diversidad existente en el país.


Analfabetismo y castas
Para entender mejor el cine indio es bueno conocer algunas características del país. Debido a la variedad lingüística que existe y a los elevados costos del doblaje, las películas no suelen ser traducidas a las veintidós lenguas reconocidas por el gobierno oficial. Asimismo, la alta tasa de analfabetismo -cerca del 39% en los adultos- explica que muchos espectadores no puedan leer los subítulos y es la razón por la cual los personajes gesticulen y exageren tanto en sus actuaciones; para los ojos occidentales esto podría considerarse sobreactuación. La incomprensión del idioma también explica los subrayados y la simpleza de las tramas, concebidas para su llegada a un público que no podría ser más amplio.
La estructura jerárquica de la India es de las más férreas y cerradas que se conocen. La desigualdad social está marcada por las castas a las que pertenece cada habitante, grupos sociales estáticos y cerrados segregados por ocupaciones y de los que difícilmente se puede salir. Este sistema existe en la India desde aproximadamente 3000 años, y aunque fue abolido por la constitución hace más de medio siglo, está fuertemente ligado a la cultura del hinduísmo y en los hechos sigue manteniéndose como un lastre ancestral. El matrimonio entre integrantes de distintas castas es un crimen intolerable para ciertos fanáticos y aún hoy suele ser castigado con el linchamiento en algunas zonas.
Los dalits no pertenecen a ninguna casta, son considerados intocables y viven prácticamente en la esclavitud, y cerca de 170 millones de indios entran en la categoría. En los hechos, viven la discriminación racial más que nadie, se los excluye en su vida social y religiosa y se les niega el acceso a la salud y a la educación. Hasta están impedidos de realizar los oficios más humildes, y sus reclamos no suelen ser escuchados por las autoridades. Esta realidad puede verse reflejada en el cine. En ese sentido, la problemática de las castas es omnipresente: el choque entre tradición y modernidad, la rebeldía contra férreas imposiciones sociales, el natural enamoramiento entre personas de distintos credos y castas. Puede verse a este cine como un gran desestructurador social, y un poderoso difusor de la tolerancia.
Quizá lo que más puede chocar, y probablemente el punto débil de buena parte del cine indio comercial, es cierta tendencia a la ostentación de riquezas, a un encumbramiento -quizá involuntario- del consumismo y el derroche de las clases adineradas. En Kabhie kushi kabhie gham, por ejemplo, abundan imponentes contrapicados que toman a los protagonistas en cámara lenta, ostentando su belleza, sus lentes oscuros, sus ropas de marca y sus autos último modelo, en un despliegue visual que delata una ideología cuando menos desinteresada, ciertamente injusta con la amplia mayoría de los espectadores. Quizá esta faceta esté pensada como parte de un espectáculo escapista, como un bálsamo que permite olvidar temporalmente las miserias de la vida mundana.


Volver a las bases
Por su usual desempeño, los actores indios son enormemente multifacéticos. Además de actuar con la voz y con los rostros, están entrenados para actuar con todo el cuerpo, desenvolviéndose en un lenguaje expresivo rico y estimulante. También son bailarines, suelen ser excelentes comediantes y las actrices pueden contarse entre las más hermosas del mundo -sólo hace falta ver en un par de fotogramas a Aishwarya Rai, Deepika Padukone o Kajol para confirmarlo-. Por su parte, el actor Shahrukh Khan podría contarse como uno de los actores más versátiles de la actualidad (y de los más solicitados).
En un momento en que el cine dominante entrega películas compactas y de consumo rápido como si fueran embutidos, el panorama indio puede verse como un volver a las bases, como un soplo de aire fresco, por su entrega de películas ágiles y cambiantes, por su falta de miedo al ridículo y por apostar a la sencillez y a la contundencia. John Ford, David Lean, Akira Kurosawa, Quentin Tarantino y Hayao Miyazaki parecen compartir con el mejor cine indio ese espíritu por el cual una propuesta cinematográfica es un espectáculo para vivir y para sumergir en él todos los sentidos, más que para visitar brevemente.

Recomendados

Lagaan (Ashutosh Gowariker, 2001)
En 1983, durante la ocupación inglesa, los habitantes de un pueblo asediado por la sequía se niegan a pagar el abusivo impuesto de cosecha de lagaan que exige un oficial británico zonal. Las partes llegan a un acuerdo: si los habitantes de la aldea logran ganarle al cricket a un equipo inglés son eximidos del pago, pero si pierden deben pagar el triple. Drama social, aventura, romance y musical, en un espectáculo que respira un aire de libertad y clasicismo que recuerda al mismísimo cine de John Ford.

Kal ho naa ho (Nikhil Advani, 2003)
La que durante sus primeros tramos podría parecer una comedia torpe y superficial alcanza más adelante un dramatismo y una intensidad inusitados. Una familia india radicada en Nueva York es visitada por un extraño personaje, que cambia sus vidas para bien. Pero el visitante dejará asomar más adelante un secreto insospechado, y también la misma familia. Un masala melodramático como pocos, una obra que a su vez logra arrancar carcajadas y torrentes de lágrimas. Pasados los arduos primeros treinta minutos se vuelve maravillosa.

Don (Farhan Akhtar, 2006)
Don es la mano derecha del líder del narcotráfico Malayo. Se lo conoce por su violento carácter, por su falta de escrúpulos para los negocios, por su poder previsor y su inteligencia desmesurada. Un día cae en manos de su feroz archienemigo de narcóticos, quien lo secuestra y coloca en su lugar a un doble exacto, con la misión de infiltrarse y desmantelar el cártel. Una divertida historia de mafias con mucha acción, vueltas de tuerca que no se las espera nadie y la presencia impagable de Shahrukh Khan en un doble papel. Tiene un par de bailes callejeros que son lo máximo.

Taare zameen par (Aamir Khan, 2007)
Un incomprendido niño disléxico es maltratado por sus padres, sus maestros y su grupo de pares, destruyéndose su autoestima, siendo amputadas sus posibilidades de crecer. Alejado de su familia, en un estricto internado le va peor, llegando a una situación de casi-autismo. Un profesor de arte logrará comprenderlo, y ver en él sus habilidades ocultas. El actor protagonista Aamir Khan (Lagaan) dirige por primera y única vez, logrando una muy emotiva y efectiva obra.

Eklavya (Vidhu Vinod Chopra, 2007)
En la India contemporánea, una dinastía real ya no gobierna más, aunque vive en un fuerte inmenso. El viejo y casi ciego guardia real, Eklavya, sigue el legado de sus antepasados y protege con su vida a la fortaleza, a la dinastía y al rey. Fiel a su dharma, su ley natural y su conducta adecuada, corre el riesgo de causar grandes daños a sus seres queridos. Un drama imponente y brillantemente actuado, que además llama la atención por ser corta en comparación con otras películas indias. Apenas dura 105 minutos.

Om Shanti Om (Farah Khan, 2007)
La directora Farah Khan es coreógrafa desde hace más de quince años, y entre otras ideó los excepcionales bailes de Don, Kabhie kushi kabhie gham y Kal ho naa ho. Om shanti om es un taquillazo merecido, un exabrupto de vitalidad y energía, de esos que dan ganas de levantarse de la butaca y ponerse a bailar. Parodia a la industria del cine, historia de reencarnaciones y venganza, tortuoso romance de tintes shakespearianos. Puede chocar un poco al comienzo, pero superado el empalagamiento inicial se convierte en algo adictivo.

Jodhaa Akbar (Ashutosh Gowariker, 2008)
Es lógico que surja una película de este tipo, ahora que India se alza como potencia mundial. Épica histórica monumental, de despliegues visuales increíbles, grandes actuaciones y decorados y vestimentas suntuosas, en el contexto del reinado de Akbar el grande, en el Siglo XV. Es inevitable la comparación con Héroe de Zhang Yimou, ya que se hace una clara exaltación del imperialismo, con un personaje heroico abocado a la unificación de las tierras y las culturas del hindustán. Pero como las obras de Zhang, la película es enormemente disfrutable.

Publicado en Revista Dossier, setiembre de 2009.