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martes, 22 de febrero de 2022

Festival Internacional de Cine de Rotterdam

Otro rugido 



Todos ubican al león de la Metro y sus rugidos descomunales, pero solo los cinéfilos más empedernidos sabrán reconocer al más discreto y silencioso tigre del festival de Rotterdam, que desde hace décadas acompaña el cine más radical y arriesgado del planeta. Un recorrido por algunos títulos de su selección oficial da una perspectiva de un cine diferente y particularmente valioso. 

Cuando en la pantalla aparece un símbolo de un tigre sobre un fondo negro, acompañado de las palabras Tiger Competition, significa que la película que está a punto de comenzar fue seleccionada para la competencia oficial de uno de los más prestigiosos festivales de Europa, y que muy probablemente sea una obra de calidad, sustancialmente atípica y singularmente alejada del cine comercial. El Festival Internacional de Cine de Rotterdam (IFFR, por sus siglas en inglés) así lo proclama, y desde su inauguración, en 1972, ha puesto su foco en el cine independiente y experimental, con énfasis en la exhibición de talentos nuevos y emergentes. 

El tigre es entonces una marca de calidad, pero a su vez una suerte de «alerta» para los espectadores que quizá pensaban en ver una película ligera, pasatista o de mero entretenimiento: la selección oficial de Rotterdam presenta propuestas que muy a menudo son diferentes, o lentas, o poéticas, o enigmáticas, o herméticas, o quintaesenciales, o extradiegéticas, o todo esto al mismo tiempo. 


Asimismo, cuando en la pantalla aparece el tigre, pero acompañado además de las palabras Hubert Bals Fund (HBF), quiere decir que la película se valió de una financiación del festival y recibió apoyos específicos para sus etapas de realización. Estos títulos suelen provenir de países con escasas posibilidades de producir sus propias películas. El HBF está destinado, según señala su sitio web, «a cineastas de África, Asia, América Latina, Oriente Medio y partes de Europa del Este», es decir, a las zonas pobres del mundo y, en muchos casos, con dificultades no solo económicas, sino también con la libertad de expresión coartada debido a coyunturas políticas adversas. Han ganado este fondo cineastas tan disímiles como Lucrecia Martel, Cristian Mungiu, Carlos Reygadas, Apichatpong Weerasethakul, Ciro Guerra y Albertina Carri. Uruguay es un histórico favorito de Rotterdam, y 25 Watts, Whisky, La Perrera, Gigante, La vida útil, Solo, Tanta Agua y Chico ventana también quisiera tener un submarino contaron con este apoyo. 

Este cronista ofició esta última semana como jurado Fipresci (Federación Internacional de Prensa Cinematográfica) en el IFFR, un mérito que lo condujo desde el más encendido entusiasmo a una funesta decepción al saber que el festival, por razones sanitarias, debería cambiar su modalidad presencial a una virtual y remota. Así, un viaje a Holanda con caminatas por la orilla del río Nuevo Mosa, la visita a las casas cúbicas de Kijk-Kubus, la torre Euromast y otros tantos sitios –que la imaginación no sabría invocar eficientemente– jamás podría tener parangón con la experiencia de ver 14 películas en el correr de una semana en la pantalla de una laptop en una Montevideo calcinante. 

Pero el consuelo está en el cine descubierto, aunque sea desde la distancia; la Tiger Competition ofreció títulos de variada procedencia, destacables por numerosas razones. Uno de los más divertidos y bizarros de la selección fue la israelí Kafka for Kids, una propuesta insólita que comienza como un programa televisivo infantil, en el que varios conductores, rodeados de seres extraños, objetos parlantes y un set con músicos disfrazados y colores chillones, ofrecen un recorrido por la obra de Kafka y, en particular, por La metamorfosis, ilustrándolo con animaciones y un pormenorizado y simpático análisis de la obra. El programa es tan incómodo como disparatado, pero durante su tramo final, la «transmisión» cambia completamente su rumbo, ofreciendo otro programa, en el que se plantea una denuncia aguda e inesperada respecto a las condenas en Israel a menores de edad palestinos. Así, la noción de minoridad es contrapuesta a aquel programa infantil imposible, pero quizá no tan delirante como la misma realidad. 


Otro punto alto de la selección fue la australiana The Plains, de David Easteal, un relato que transcurre casi íntegramente dentro de un auto, con la cámara fija en el asiento trasero y apuntando hacia el parabrisas, el conductor y su acompañante, y hacia el recorrido que va dibujándose hacia adelante. Durante varios días, se sigue al protagonista en su camino del trabajo a su casa; solo o con un compañero de trabajo, asistimos a sus charlas cotidianas –a veces por celular, con su esposa o quien fuere– y, paulatinamente, vamos asimilando los pormenores de su vida. El clima es totalmente envolvente y ameno, casi como un viaje en auto real, y lo cierto es que las tres horas de metraje se pasan volando. Desde el punto de vista cinematográfico, la ambientación es brillante: la sensación de realismo es absoluta y el trabajo sonoro reproduce fielmente una atmósfera de sonidos externos apagados, como si el espectador viajase al interior de una cabina o de una burbuja alienante. La historia misma remite a una vida que se desvanece, a una existencia narcotizada por la tecnología, a vidas miserables cooptadas por jornadas laborales, a un tiempo libre consumido febrilmente y sin contacto real con las personas que de verdad importan. 



Al parecer de este cronista, EAMI, de la paraguaya Paz Encina, ganadora del premio Tigre, fue una de las peores películas de la selección. Se trata de una aproximación morosa y contemplativa, enfocada en el desplazamiento de los ayoreo totobiegosode, tribu indígena que habita las regiones paraguayas del Gran Chaco. La fotografía es magnífica, pero la aproximación poética –provista de una machacante y sentenciosa voz en off– reproduce ese lugar común de indígenas depositarios de un saber infinito y ancestral, de vidas en perfecta armonía con la naturaleza, de pureza absoluta. Werner Herzog o Lucrecia Martel podrían haber tomado la misma temática y generado un relato más honesto y humano, con seres de carne y hueso, con los cuales fuera posible empatizar e identificarse. En definitiva, títulos como este no parecerían estar haciéndole ningún favor a los pueblos indígenas miserablemente desterrados. 



La china To Love Again, dirigida por Gao Linyang y ganadora del premio Fipresci, despierta con su visionado las ganas de que a algún cineasta uruguayo se le dé por filmar algo así, por ambientar una historia similar en nuestro país. Centrada en una pareja de ancianos en su quehacer diario, esta formidable película impone conflictos en apariencia triviales: la heladera se les rompe luego de muchos años de funcionamiento, una amiga enferma les habla de buscar una esposa sustituta para su marido y se impone la discusión de dónde guardar sus restos mortales una vez cremados. Estos lineamientos van revelando progresivamente un pasado traumático, marcado a fuego por la revolución cultural y por un régimen que aún hoy se cuela por los intersticios de su casa, determinando su cotidianeidad. Comprendemos que estas personas conviven con heridas abiertas y, aún en sus últimos años, con una imperiosa necesidad de sanación. 



Excess Will Save Us, de la francesa Morgane Dziurla-Petit, es, como la uruguaya El Bella Vista, un documental con algo de ficción –el porcentaje de uno y otro queda a criterio del espectador–, en el que la directora regresa a su pueblo natal y comienza a detenerse en la cotidianeidad de sus variopintos personajes. Pero lo que empieza como una típica aproximación al exotismo y la excentricidad imperante en un poblado semirrural va agregando sorpresivamente capas y más capas de oscuridad. Una matanza de gallinas, discriminaciones violentas y peleas enfervorizadas entre los personajes van dando cuenta de que, vistos de cerca, algunos pueblos chicos esconden infiernos descomunales.

Publicado en Semanario Brecha el 4/2/2022

jueves, 30 de abril de 2020

Las mejores películas (XXXI)

La cuarentena logró algunos milagros; entre ellos, que volviera a postear una entrada de "las mejores películas", esta vez circunscribiéndolas a lo mejor que pude ver en este último mes. Es lo que tiene el encierro; uno puede llegar a ponerse aún más cinéfago que de costumbre. 
Otra novedad es el usuario que inicié en Letterboxd, donde comencé a publicar listados más específicos y hasta pequeñas reseñas. Tengo que admitir que es una muy buena plataforma cinéfila.

Acá el listado, por orden de interés:

System Crasher (Nora Fingscheidt, Alemania). 

El término alemán Systemsprenger refiere a aquellos niños que rompen con todos los métodos de contención formalmente estipulados, casos excepcionales de ingobernabilidad extrema. Benni es incorregible, con traumas profundos y episodios frecuentes de psicosis, como una Antoine Doinel hiperviolenta y de anfetaminas, demasiado chica para la reclusión y sistemáticamente rechazada por todos los reformatorios de la zona. La actriz es increíble, y la película logra una participación y un grado de empatía que llevan a que uno ansíe constantemente un desenlace mínimamente esperanzador. 

The World of Us (Yoon Ga-Eun, Corea del Sur). 

Me hizo acordar a ¿Dónde está la casa de mi amigo?, en el sentido en que muestra a la infancia como un mundo bien alejado de esa imagen idílica y libre de problemas que solemos evocar. Con una historia sencilla, la película retrotrae a salones de clase hostiles, a crueldades cotidianas y a las responsabilidades que todos debimos afrontar, tanto dentro de casa como en la interacción con nuestros pares. Ser adulto es un alivio. 

Detroit (Kathryn Bigelow, Estados Unidos). 

Hay que ver la cantidad de boludeces que suelen estar nominadas a los Óscar, y ésta, que se merecería media docena de nominaciones, fue totalmente ignorada. Es difícil de entender: trata el tema del racismo y fue dirigida por LA directora consagrada por la academia. Pero se nota que los votantes son muy sensibles, y esta imponente recreación de los hechos sucedidos en el Hotel Algiers en el verano del 67 ofrece una hora y media de tensión brutal, un trago quizás demasiado cargado de duro realismo para los electores de La forma del agua y Jojo Rabbit

Peterloo (Mike Leigh, Reino Unido).

El grotesco de los personajes, lejos de acercarlos a caricaturas estereotipadas, los vuelve más humanos y creíbles. Hay que ver los alucinantes detalles históricos en los que se enfoca Mike Leigh, la comida, el interior de las viviendas, ciertos trabajos manuales (un periódico es impreso hoja por hoja). Leigh desde hace décadas que es el más grande de los directores británicos (y sin dudas, de los mejores directores de actores del mundo), y Peterloo está a la altura de todo lo que ha hecho hasta hoy. 

Angels Wear White (Vivian Qu, China).

La temática del abuso sexual infantil es retratada sin amarillismo, evitando obviedades y lugares comunes, y con una narrativa sencilla y lineal que fluye junto a dos niñas (una de 11, otra de 16). La revictimización infinita es la constante en un mundo de mujeres objeto, y la película expone todo esto sugestivamente y sin regodeo alguno. Una Marilyn Monroe gigante utilizada por los turistas, luego cubierta de carteles y finalmente desmantelada y descartada (vale recordar que Marilyn en vida ya había sido abusada sexualmente una y otra vez) es una metáfora poderosísima. 

Booksmart (Olivia Wilde, Estados Unidos).

La regla de que los mejores directores de actores son también actores se cumple perfectamente en este debut en la dirección de Olivia Wilde, en el que saca a relucir a Beanie Feldstein y Kaitlyn Dever, dos actrices que la vienen rompiendo y que está clarísimo que son el futuro de Hollywood. La película es entretenida del carajo, con un guión inteligente, personajes bizarros y queribles y un buen puñado de situaciones extremadamente graciosas. Pero lo mejor de lejos es la química entre ambas protagonistas: plano contraplano, diálogo punzante y una infinidad de matices gestuales dignifican al más vapuleado de los géneros. 

The Nightingale (Jennifer Kent, Australia). 

Jennifer Kent es una directora muy sólida y después de The Babadook, ésta es una prueba de ello. Notable rape & revenge (incluso de lo mejor del subgénero) con una pareja protagonista inolvidable, buenos apuntes históricos, bellos y hostiles parajes y estallidos gore hiperviolentos. Vale la pena realmente.

Ventajas de viajar en tren (Aritz Moreno, España/Francia). 

Una grata sorpresa, en el sentido en que se presenta como una colección de bizarradas (y hasta cierto punto lo es) pero termina siendo coherente y hasta teniendo cierta unidad estética y temática, con escenas sorprendentemente bellas (un asesinato imaginado, con perros de por medio, es increíble) y gran poder de sugerencia. 

Snowtown (Justin Kurzel, Australia). 

Ufff, terror realista, en plan Saló o Funny Games, con imágenes que uno difícilmente pueda borrarse de la cabeza. Supongo que lo más impactante es la base social de la que parte la película, uno de esos cuadros marginales tan bien hechos (onda Ray & Liz) que llegan a transmitir eficazmente la imposibilidad de ascenso social y de escape para ciertos niños. Además, cinematográficamente es un disparate, hay un excelente diálogo entre imágenes alucinadas y oníricas y las voces en off que dan cuenta de hechos horripilantes. Y auch, todo basado en hechos reales y en un asesino serial, el "Manson" australiano. 

lunes, 26 de enero de 2015

Las mejores películas (XXVI)

Previo a los premios Oscar, me adelanto para recomendarles un par de nominadas, y de paso les tiro con otro puñado de películas que sorprenden un poco, ya sea por su procedencia, por ser logradas por perfectos desconocidos (o casi) o por ser increíblemente originales. Esta vez en el paquete viene incluido mucho cine de terror, como para despuntar el vicio.

Black Mirror: White Christmas de Carl Tibbets (Gran Bretaña) 

Los dos mejores y más escalofriantes episodios de Black Mirror fueron dirigidos por la misma persona, aunque ya a esta altura me parece que al creador de la serie y guionista general Charlie Brooker habría que erigirle un monumento. Si White Bear era ya una animalada, este extraterrenal cuasi-largometraje de 73 minutos es de las más acertadas y angustiantes aproximaciones al mundo de las redes sociales, la tecnología, las nuevas formas de deshumanización y los castigos penitentes de hoy en día. Hace poco alguien me reprochaba que suelo recomendar películas trágicas, deprimentes y/o brutales, y acá en este sentido tenemos todo un Jackpot, así que lo siento, a armarse bien de valor antes de verla. 

Malmhaus de Ragnar Bragason (Islandia) 

Un drama familiar a lo Mike Leigh ubicado en un pueblo islandés y con el mejor condimento imaginable: mucho heavy metal. La incomprendida protagonista se refugia en la música para escapar a su familia y a un gentío religioso, conservador, chato, soberanamente intrascendente. Con tendencias al desplante, a la destrucción material, a beber hasta la inconsciencia y a conductas ciertamente antisociales, ella se ha convertido en un lastre para los suyos y para la comunidad. La aproximación directa, llana y sensible esconde puntos de originalidad; y da gusto dar con cineastas que conocen de primera mano y transmiten con tal convicción su perspectiva sobre la psicología social, los traumas, los refugios catárticos. 

The Imitation Game de Morten Tyldum (Gran Bretaña, Estados Unidos) 

Para el que no conoce esta historia, la película será redescubrir uno de los más importantes acontecimientos del siglo pasado y saber que la Segunda Guerra no consistió en quién tuvo más hombres y la pistola más grande sino en cuál de los bandos supo anticiparse al otro y aplicar los conocimientos y las innovaciones de modo más efectivo para contrarrestar los ataques. Para los que ya saben de qué va esto, será igualmente una aproximación obsesiva, cerebral, adictiva, acerca de un grupo de genios trabajando bajo presión para descifrar los códigos de la hermética máquina germana Enigma, y de quienes salió el primer motor de búsqueda y la computadora madre de todas las que conocemos hoy. Como el mismo material que aborda, una película dinámica, inteligente y calculada. 

Whiplash de Damien Chazelle (Estados Unidos) 

El director canadiense Chazelle tiene ahora 30 años, y se mandó una obra imponente de principio a fin; como le dicen, un clásico instantáneo. Asistir a la prestigiosa Shaffer de Manhattan, una de las principales escuelas de música de Estados Unidos, puede significar encontrarse con un energúmeno de la talla de Terence Fletcher (increíble J.K. Simmons) quien someterá al protagonista a niveles inhumanos de exigencia, a un régimen marcial en el que no faltan los golpes y los insultos, y a la competencia más despiadada. Pero Fletcher es sólo un reflejo de un ajustado sistema que se ciñe a implacables parámetros de admisión, donde la expresión musical per se parece perderse y la fiebre por la excelencia pasa a ser el único objetivo. 

The Place Beyond the Pines de Derek Cianfrance (Estados Unidos) 

Esta es vieja en comparación a las demás, del 2012, pero yo pude verla recién ahora, y realmente quedé muy sorprendido. Derek Cianfrance (Blue Valentine) es uno de los más grandes talentos del panorama estadounidense actual, y lamentablemente uno de los menos considerados a la hora de repartir nominaciones y galardones. Tres historias de cuatro personajes distintos, que confluyen en dramas punzantes que se perpetúan a través del tiempo, y que son elocuentes sobre el sueño americano y cómo la decisión individual de alcanzarlo puede repercutir negativamente en la vida propia y las de las sucesivas generaciones. Un reparto de lujo refuerza una historia ya poderosa de por sí . 

The Babadook de Jennifer Kent (Australia, Canadá) 

Una madre viuda debe lidiar con las dificultades de criar ella sola a un niño imaginativo, sensible y eventualmente problemático. Pero si la existencia ya le viene un tanto complicada, sus conflictos se convierten en algo horripilante cuando surge el "Babadook" del título, un libro para niños con ilustraciones de pesadilla y que carga con un maleficio a sus lectores. Por su esquema narrativo podría parecer tan sólo otra película de terror psicológico con apariciones maléficas acosando a los habitantes de turno, pero aquí hay un vuelo mayor por cierto contenido alegórico referido a los demonios interiores y a la dificultad de mantenerlos bajo control en situaciones límite. 

A Hard Day de Kim Seong-hoon (Corea del Sur) 

Un policial extremadamente divertido, protagonizado por un detective de homicidios que forma parte de un departamento de policía, corrupto hasta el tuétano. Luego de la muerte de su madre, el tipo entra en una racha de mala suerte que alcanza puntos de extrema desdicha: se ve envuelto en un crimen, comienza a ser extorsionado e implicado en una situación que lo lleva a escarbar en tumbas, montar un accidente, colgarse de la ventana de un rascacielos y a darse de palos con un villano extremadamente demente. Cine negrísimo, imparable, con puntas de comedia y situaciones que rozan continuamente el absurdo, giros de guión sorprendentes y un muy buen pulso en general. 

Grandes héroes de Don Hall y Chris Williams (Estados Unidos)

La trigésimooctava adaptación de un cómic de Marvel zafa bastante bien de los lugares comunes, ofrece un puñado de personajes atractivos y un robot inflable tamaño XL (unidad de medicina personalizada) que causa gracia a cada paso. Disney, que ultimamente viene cada vez mejor en el terreno de la animación, plantea un sentido homenaje al animé, con ciertos elementos dramáticos, chistes muy buenos y acción trepidante, inteligente y dinámica. Pixar debería ponerse las pilas y redoblar su creatividad, porque últimamente su nueva competidora (ya Dreamworks quedó en el olvido) le pisa los talones y podría desplazarla del pedestal de la animación mainstream

Honeymoon de Leigh Janiak (Estados Unidos) 

De arranque parece que se trata de una película de terror tradicional, con una pareja que va a pasar su luna de miel a una vieja cabaña recóndita y perdida entre los bosques, y a la que se le vienen encima los horrores esperables. Esta bien, ocurre eso, pero esta vez esos "horrores" no se parecen a nada que hayamos visto antes. No hay nada corriente en esta extraña, personal y especialmente claustrofóbica película de terror conyugal. Lo malo de la convivencia constante es que pueden surgir elementos desagradables e inesperados en el ser amado, aspectos que podrían llevarnos a la sospecha de desconocerlo por completo. Una sorpresa, y una adictiva exploración con tintes orgánicos y viscosos, que recuerdan al primer Cronenberg. 

Wirmwood de Kiah Roache-Turner (Australia)

El apocalipsis zombie llevó al protagonista a asesinar a su hija y a su esposa el mismo día. Sin mucho que perder y luego de intentar suicidarse infructuosamente, el hombre se encuentra con un grupo de sobrevivientes armados hasta las pantorrillas, y dispuestos a dar guerra hasta el último suspiro. Paralelamente, la hermana del protagonista, víctima de horribles experimentos, comienza a desarrollar poderes y a dominar mentalmente la plaga. Un regocijo gore, un Mad Max con muertos vivos, un ejercicio lúdico, humorístico y thrash con reglas propias y coherentes, armaduras a lo GWAR y violencia futurista al por mayor.

viernes, 5 de diciembre de 2014

29º Festival de Cine de Mar del Plata

Mar de películas 

 


Como Bafici, el Festival de Mar del Plata es uno de los más grandes referentes del cono sur. Cada vez más popular, con salas repletas, una programación que no podría ser más variada y situado en el centro de una ciudad atestada por el inicio de la temporada turística, el mega-evento ofrece al cinéfilo visitante una nutrida cantidad de actividades y posibilidades de someterse a una sustanciosa inmersión de celuloide. 

"Bienvenido al más peronista de los balnearios argentinos", me dijo un amigo porteño ante mi llegada a Mar del Plata, y pude corroborar que hay mucho de cierto en la afirmación; al parecer, Mar del Plata fue despojada, durante el primer gobierno de Perón, de su característica precedente de balneario para gente adinerada y comenzó a convertirse en una ciudad popular, un destino para el "turismo obrero". En marzo de 1954 el "General" mismo se jactaba de haber transformado la ciudad: "El 90 por ciento de los que vereanean en esta ciudad de maravilla son obreros y empleados de toda la patria". La cifra del 90 por ciento era desmedida, pero esta tendencia se afirmó y en el año 1973 existían en Mar del Plata 62 hoteles sindicales. Hoy, aún es visible que no se trata de un destino turístico para las élites, sobre todo por los precios, bajos incluso para quienes vienen desde Buenos Aires. La arquitectura llana e insulsa y playas poco atractivas para un uruguayo se compensan en parte por este otro lado: un kilo de tomates a once pesos argentinos, un almuerzo en un restaurante, con pan y bebida, a cincuenta pesos, una entrada de cine para el festival, veinte pesos (y aún menos para estudiantes y residentes). Una tachera de la zona me comenta: "los ricos se van a veranear a otra parte, los 'caretas' ni pasan por acá"; (al parecer el término del lunfardo se utiliza de un modo algo distinto a nuestro uso montevideano). 


La otra nutrición. A veces los festivales de cine dan, más por casualidad que por otra cosa, la oportunidad de contrastar miradas sobre una misma temática. La diversidad reunida a lo largo de varios días en pantallas permite reflexionar sobre asuntos que se repiten, dejando ver elementos en común que enriquecen la visión. Entre las múltiples temáticas que podrían resaltarse de esta edición, la niñez como etapa del aprendizaje estuvo presente en varios de los más sobresalientes y sensibles películas de la selección. La infancia es un período en que el individuo absorbe, como si fuera una esponja, todos los estímulos provenientes del mundo exterior, y entre los varios aspectos positivos o negativos que tienen un efecto permanente en las personas, por supuesto uno de los más significativos es la estabilidad social y económica; los niños no eligen el entorno en el que nacen, y su azarosa y arbitraria exposición al mundo depende de otra gente que elige por ellos (en el mejor de los casos) o que simplemente hacen lo que puede para garantizarse a sí mismos y a aquellos bajo su cuidado la estabilidad que permita la supervivencia. 
En el filme colombiano Gente de bien, Eric, un niño de diez años, sufre sucesivamente el abandono de su madre, de su padre e incluso de una familia que, de alguna manera lo "adopta" por un breve tiempo. Eric es un niño perfectamente sano, pero podemos ver cómo esos traumas afectan su personalidad, poniéndolo a la defensiva y volviéndolo agresivo de a ratos. Por si esto fuera poco, Eric comienza a experimentar por primera vez en su vida el impacto social; viviendo de paso junto a una familia de clase alta, comienza a ser gradualmente discriminado y excluido por su grupo de pares. Gente de bien muestra mejor que ninguna otra película la brecha social y ciertos choques ocurridos en la convivencia de personas de diferentes estratos, y expone brillantemente en toda su inmediatez la invisible pero ineluctable fobia hacia los pobres instalada en las clases pudientes, incluso entre aquellos que se jactan de ser gente progresista y solidaria. 
No menos impresionante, la película surcoreana Alive cuenta una historia terrible. El protagonista (interpretado por Park Jungbum, director de la película y ganador del premio Ástor de Plata a mejor actor) acaba de perder su vivienda por una inundación. El pago por su reciente y abnegado trabajo en una construcción le fue robado por un capataz que se dio a la fuga y, debiendo lidiar con la llegada del helado invierno, encuentra trabajo en una plantación de soja, en la provincia nevada y montañosa de Gangwon. A pesar de todos sus esfuerzos para asegurarle cierta estabilidad a su sobrina Ha-na, las circunstancias lo exceden constantemente: su hermana sufre serios problemas psiquiátricos, el dinero no le alcanza y hacerse la vida se vuelve extremadamente difícil. En un entorno de salvaje explotación la posibilidad de tener algo de paz o recreación son impensables, y la verdadera espina en esta película es pensar como una niña puede crecer y formarse en un lugar en el que impera una sangrienta competencia, donde la solidaridad entre trabajadores es inexistente y la violencia y el individualismo se han vuelto las dolorosas constantes. Las lecciones de piano en las que Ha-na se refugia parecen ser, a los ojos del escéptico espectador, absolutamente insuficientes para compensar tanto sufrimiento. 


En Le maraviglie (Ástor de Plata a mejor guión) el ambiente también parece un tanto inhóspito, aunque a otro nivel. Cuatro niñas deben enfrentar una vida rural, junto a un padre dominante y algo desequilibrado que se ha obsesionado con llevar una vida autónoma mediante un emprendimiento apicultor, en la región de Umbría, en la frontera con la Toscana. Gelsomina, de 12 años, se ha vuelto una figura clave en este negocio familiar, el engranaje básico que articula las diferentes partes del grupo. Pero además de a los dictámenes de su padre, afortunadamente la chica también se ve expuesta a varios signos de insatisfacción por parte de su entorno, palabras críticas dirigidas hacia su progenitor y sus ocurrencias por parte de su madre y otras personas. La multiplicidad de voces existente la ayudan a tomar conciencia y a dar también ciertas señales de rebeldía. Ya sea cuando deja una pregunta sin responder o desobedece una orden directa, queda la idea de que aún existe espacio para la esperanza. 
Ubicada en pleno conflicto kurdo-turco, Come to My Voice (Ganadora del Ástor de Oro a mejor película), comienza con una redada militar sobre una aldea kurda al este de Turquía, en la cual varios hombres son secuestrados y encarcelados. Desde entonces, seguimos la lucha de una niña pequeña por recuperar a su padre; junto a la compañía de su abuela emprende un largo viaje con el objetivo de encontrar una pistola para intercambiar por la libertad de su progenitor. Uno de los aspectos más llamativos de esta película es que el espectador ya sabe de antemano que aunque el arma sea encontrada, la liberación de su padre finalmente no tendrá nada que ver con esto. Aún así, el trayecto permite vislumbrar verdaderas señales de resistencia: el arte, la tradición oral, el aferrarse a un lenguaje y a una sabiduría ancestral. Incluso en las situaciones más inhóspitas las nuevas generaciones pueden verse provistas de un soporte cultural y emocional que les permita convertirse en seres humanos atentos y concientes; como en Le maraviglie, lo que llama la atención son la clase de estímulos que, aún en las situaciones más terribles, pueden salvar a un niño. 


Mar de muertos. Una de las secciones más interesantes del festival es “Hora cero”, en la que se ofrece una notable selección del más novedoso, divertido y desacatado cine de género producido en el mundo. Las proyecciones tienen lugar a medianoche (aunque las mismas películas se repiten luego en otros horarios) y se proyectan en el cine Ambassador 1, la sala más grande del circuito. Pese a su inmensa capacidad, las butacas suelen verse ocupadas en su totalidad por un ejército de cinéfilos desquiciados, por lo que conviene anticiparse a conseguir las entradas antes de que se agoten. Fue en esta sección que se proyectó la australiana Wyrmwood, una nueva vuelta de tuerca al cine de zombies, una delicia para los adeptos al subgénero y sobre todo para los que gustan de los mundos anárquicos posapocalípticos a lo Mad Max. Ante la infección y la amenaza zombie, el protagonista, un mecánico al que no le queda mucho que perder (tuvo que matar a sangre fría a su esposa y su hija recién infectadas), se reúne con otro grupo de sobrevivientes armados hasta los dientes para dar guerra a las alimañas. Uno de los aspectos más lúdicos y llamativos es que este equipo se cubre con máscaras de gas y armaduras muy aparatosas y hasta ridículas (ver foto), lo que acompañado con una poderosa música industrial, buen humor, una esmerada fotografía, sangre a raudales y una lógica interna provista de reglas propias, vuelven al planteo especialmente adictivo. Pero aún mejor es el desternillante falso-documental neozelandés What We Do in the Shadows, también proyectado en esta sección, en el que los protagonistas son cuatro vampiros que comparten una mansión, con todos los problemas de convivencia que ello implica. No lavar nunca los platos, llenar de sangre el sofá, tocar música a cualquier hora son algunos de los reproches cotidianos y entrecruzados de esta improvisada familia, de la cual cada integrante proviene de una época histórica distinta (el mayor tiene 8000 años de edad). Las cámaras siguen a estos vampiros en sus recorridas nocturnas en busca de víctimas, yendo a fiestas e intentando comprender las modas del mundo actual. Los geniales creadores de la serie Flight of the Conchords, plantean un entretenimiento de los mejores, en el que utilizan y revierten muchos de los clichés del género y los aterriza en la actualidad, planteando asimismo una crítica satírica sobre ciertos usos sociales contemporáneos. 
Pero una de las más grandes revelaciones que pudo ver este cronista en el festival fue el musical brasileño Sinfonia da necrópole (premio Fipresci a mejor película latinoamericana) de la brillante directora Juliana Rojas (Trabalhar cansa). Una historia sobre un muchacho que comienza a trabajar como enterrador en un cementerio de Sao Pablo. Ante la sobreabundancia de muertos y la falta de espacio, debe implementarse una suerte de replanificación en la necrópolis, de modo de reducir el espacio por muerto y convertir algunas secciones del cementerio en una suerte de "complejo habitacional" para difuntos, con tumbas compartidas también vendidas como tales, a costos inferiores y con planes de financiación. Con un notable humor, en clave de comedia (romántica de a ratos) y con números musicales a lo Jacques Demy que incluyen muertos salidos de sus tumbas y puestos a cantar y bailar, la película esconde un sutil pero sustancioso contenido alegórico. Temas como el progreso, la planificación urbana, la superpoblación en las grandes ciudades y sus consecuencias y la preservación de la memoria se encuentran sugeridos y reflejados con maestría, en una obra sumamente original, totalmente disfrutable y única en su especie. 

Publicado en Brecha el 5/12/2014