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viernes, 19 de enero de 2018

The Disaster Artist (James Franco, 2017) y el cine clase Z

Reconstrucción del desastre 

Desde hace tiempo existe un culto, una curiosa veneración por el cine clase Z. O mejor dicho, por ese cine que pretende ser bueno pero que resulta ser un desastre. De la misma forma que en la película “Ed Wood” el director Tim Burton rendía culto a uno de los peores directores del cine de Hollywood de los años cincuenta, en “The Disaster Artist” James Franco hace lo propio con “The Room”, considerada por muchos algo así como “El ciudadano” del cine malo.

En Estados Unidos se entregan los razzies, premios a las peores películas del año. En Madrid tiene lugar el festival Cutre Con, donde se reúnen cintas que suponen una verdadera afrenta al buen gusto y en el que conviven batallas de monstruos gigantes, robots hechos con cajas de televisores, Spidermans de procedencias impensables, policías samuráis y otros engendros indescriptibles. Asimismo, existe cada vez mayor cantidad de clubes y de proyecciones especiales vinculadas a esto. 
Efectos especiales truchos, micrófonos y cámaras que se cuelan en las escenas, encuadres imposibles, errores de continuidad, problemas visibles en los sets, utilerías y maquillajes horrendos, actuaciones lamentables, líneas de diálogos que rompen los oídos, sobreabundan en el cine-basura proyectado en este tipo de encuentros. 
Uno de los aspectos fundamentales para este culto es que, en el momento de su realización, los directores no sean conscientes de que están filmando películas muy malas; allí está la clave. Cuando hay honestidad y autenticidad, este tipo de productos pueden acabar convirtiéndose en algo muy entretenido. A veces están filmados con 200 dólares pero con un entusiasmo y unas ganas de divertirse que no suelen encontrarse en Hollywood. Bollywood y Turquía son fuentes inagotables, pero sólo hace falta rascar un poco en la filmografía de cualquier país para que aparezca un sinfín de estas bizarradas. Uruguay ha dado su aporte con las inenarrables Acto de violencia en una joven periodista, Sábado disco, sábado pachanga y Plenilunio, pero seguramente tenga aún unas cuantas joyas por (re)descubrir. Y es que el material para esta clase de descubrimientos suele ser inagotable. Sólo se requiere gente dispuesta a explorar (y dispuesta a revolver entre la basura).

Acto de violencia en una joven periodista (1988)
The Room es una entre tantas; es sin dudas exagerado creer, como se ha repetido una y otra vez, que es de las peores películas de la historia. Sí, es cierto que es una película espantosa, una “marcianada” de cuidado: tiene tres escenas de sexo en la primera media hora, y se repiten los planos en una y otra; en reiteradas ocasiones los personajes se lanzan una pelota de fútbol americano al tiempo que conversan, y en una de ellas juegan vistiendo esmoquin, sin que haya una explicación para ello. Las actuaciones son espantosas, pero además el comportamiento de los personajes parece errático: pasan de estar contentos a enojarse o sufrir en cuestión de segundos; en un momento, un personaje cuenta una historia trágica y su interlocutor le responde con una carcajada incomprensible. 
ero todo el tiempo se pergeñan películas que son tan malas como esa o peores; sólo hace falta asistir a una muestra de una escuela de cine para dar con adefesios similares. De hecho, es una película cuya incompetencia es principalmente técnica, pero no lo es tanto a nivel narrativo: cuenta con una anécdota clara y personajes definidos; aunque las escenas estén pésimamente concebidas, se entiende lo que sucede. Es decir, al menos The Room es efectiva en hacer entender de qué va. 
Quizá la mayor diferencia de The Room con el resto de las películas clase Z es el hecho de haber sido concebida por un tal Tommy Wiseau, un excéntrico millonario que no tenía ninguna formación en cine y que escribió su guión, la dirigió y produjo, y que se colocó a sí mismo en el protagónico con tal de darse el gusto de salir en una película (era rechazado sistemáticamente en todas las audiciones a las que se presentaba). Después de invertir unos 6 millones de dólares en la producción, tuvo lugar su desastroso estreno en Los Ángeles, y aun cuando la venta de taquilla era casi nula, pagó por mantener la película dos semanas más en cartel, para poder competir de esta manera en los premios Oscar. Efectivamente, el delirio de Wiseau no conocía límites. En el póster original advertía que se trataba de “un drama del nivel de Tennesse Williams”
Pero si hay algo que genera aun más fascinación que las películas malas es la historia de sus rodajes. Aquellas aproximaciones a los pormenores que propiciaron la concepción de tales engendros. El cómo, el porqué de semejante derroche de energías, la descripción de cómo confluyeron fuerzas y varios nefastos astros se alinearon, produciendo el milagro. El libro The Disaster Artist, My Life Inside “The Room”, escrito por Greg Sestero (actor y mejor amigo de Wiseau durante el rodaje) y Tom Bissell, detalla el complicado desarrollo de la producción de la película, en la que se incluyen arrebatos de locura por parte de Wiseau, malos tratos, un elenco y un equipo técnico que fueron remplazados dos veces a lo largo del rodaje, gastos ridículos: se compró todo el equipo de filmación –normalmente se alquila– y se rodó la película en digital y en 35 milímetros simultáneamente, ya que Wiseau no tenía clara la diferencia entre ambos formatos. La innecesaria repetición de tomas y la construcción de sets elevaron notoriamente el presupuesto. Pero lo cierto es que, por los resultados, la película parece haber sido hecha con 100 dólares, y no con 6 millones. 
El libro fue muy bien recibido por la crítica y ganó el galardón de no ficción en la ceremonia de premios de Artes Nacionales y Periodismo de Entretenimiento, en Los Ángeles. Cuando llegó a manos del actor y director James Franco, este se obsesionó de tal modo que, según ha dicho, llegó a ver The Room más de treinta veces. The Disaster Artist es, entonces, la adaptación del libro, en la que el mismo Franco interpreta a Wiseau. El abordaje debe muchísimo a una obra maestra: Ed Wood, probablemente la mejor película que hizo Tim Burton en su carrera, fue un ejercicio de nostalgia en el que se rendía culto a uno de los peores directores de Hollywood. 

Ed Wood (1994)
El encare de Franco es bastante similar: sigue a Wiseau y a Sestero de cerca, dando cuenta de sus frustraciones, sus deseos y las circunstancias que los llevaron a tomar la decisión de rodar la película. Pero si bien la nostalgia y el profundo cariño que Burton le tenía a sus personajes era la mayor fortaleza de Ed Wood, aquí lo es el humor del libreto; uno que se sustenta sobre todo en la excentricidad de su personaje principal, tan desconectado del mundo real como vehemente para la consecución de sus fines. Esta película no es tan respetuosa con Wiseau, aunque sí es notable la aproximación a su psicología. Wiseau no sólo fue un narcisista egocéntrico, un manipulador esquizofrénico y un mitómano, sino que además hizo una obra en la que se vuelve patente su radical carencia de empatía, una absoluta incapacidad de ponerse en los zapatos de otros. En definitiva, Wiseau es prácticamente un psicópata, y Franco lo pinta de una pieza. 
La interpretación de Franco es el punto más fuerte, convenciendo con un personaje único en su especie. Sus ocurrencias, su desconexión con el mundo real, y sobre todo su desinhibición absoluta y su falta de miedo al ridículo son fuentes para un humor efectivo y casi constante. Por otro lado, Franco acierta exhibiendo su indeclinable voluntad de seguir siendo él mismo pase lo que pase, lo cual da cuentas de su carisma, y del hecho de que algunas personas creyeran en él. En Ed Wood la empatía con el protagonista era tal que uno acababa deseando lo mejor para él, lo cual culminaba en una sensación ambivalente; su entusiasmo, su inocencia y su sonrisa, chocaban contra títulos finales que adelantaban una vida continua de fracasos. Aquí en cambio el excéntrico millonario acaba despertando irritación y un fuerte rechazo, por lo que el acercamiento termina convirtiéndose en distancia. Esto no es malo en sí mismo, pero lleva a que cerca del desenlace la película pierda un poco de su interés inicial. En una de las escenas finales, en la que tiene lugar el esperado estreno de The Room, Franco no hace otra cosa que calcar el clímax final de la película Storytelling, de Todd Solondz. 
En definitiva, The Disaster Artist pierde en su comparación con el clásico de Burton, pero es una obra que vale la pena ver y que supone la consagración definitiva de Franco como actor y director. Eso si las recientes y reiteradas acusaciones a su persona por abusos sexuales no logran destruir definitivamente su carrera.

Publicado en Brecha el 19/1/2018

viernes, 7 de octubre de 2016

Miss Peregrine y los niños peculiares (Miss Peregrine's Home for Peculiar Children, Tim Burton, 2016)

Burton resurrecto


Para quienes supimos ser fanáticos de Tim Burton en la década de los noventa, sus últimos títulos son prácticamente innombrables: Alicia en el país de las maravillas, Sombras tenebrosas, Frankenweenie y Big Eyes fueron películas desproporcionadas, kitsch, empalagosas, arrítmicas o simplemente aburridas, de las que bien quisiéramos olvidarnos. Si bien Burton siempre fue irregular, esa seguidilla de desastres parecía dar la pauta de que el director de Ed Wood y Sleepy Hollow había perdido por completo el eje. Pero por suerte aparece hoy esta notable película. 
Burton nunca fue propiamente un guionista, y para sus películas tomó historias ajenas y las enriqueció (o arruinó, dependiendo del caso) con su imaginario particular. Pero su firma asegura historias que explotan ese costado terrorífico de los cuentos de hadas, o ese perfil más infantil y fantasioso del cine de terror, por lo que sus filmes suelen situarse en un camino ambiguo, que juega con ambas puntas. Provistos generalmente de humor negro, propone universos en los que un puñado de extravagantes personajes se abre camino a la aventura. Si el cine es evasión, las creaciones de Burton son universos ideales en los que perderse. 
La excéntrica novela infantil en la que se basa esta película reúne todo aquello que a Burton parece gustarle más. En ella el autor Ransom Riggs despliega la historia de varios niños “peculiares” recluidos en un orfanato, viviendo el mismo día una y otra vez, en un perpetuo bucle de tiempo. Pero una de las particularidades más llamativas del libro es que está ilustrado con inquietantes fotografías antiguas, en las que se ve a niños con miradas amenazantes o directamente demoníacas, vestidos con extraños disfraces o en posiciones imposibles. Una de las referencias inevitables es X-Men, en la que también existe una institución que reúne personajes “diferentes” en quienes cada particularidad es también un portentoso superpoder, pero aquí los personajes no llevan a cabo grandes hazañas sino que simplemente deben sobrevivir de un brutal ataque de “huecos”, criaturas amenazantes y tentaculares que buscan a los niños para sacarles los ojos y comérselos. Lo más interesante del planteo es que algunos de estos superpoderes permanecerán en secreto hasta el final de la película, manteniéndose el enigma durante todo el metraje. Otro referente obvio es Harry Potter, y es esta la 37ª historia de un niño ordinario y con problemas de inserción social que descubre un mundo diferente, en el que resulta ser “el elegido”. 
El talento de Burton se encuentra principalmente en la particularidad de los ambientes; la música, los efectos especiales, la vestimenta, el maquillaje y los decorados están elaborados cuidadosa y coherentemente, logrando una atmósfera envolvente y atractiva. También puede verse en un elenco brillante y una notable dirección de actores. Aquí sobresalen especialmente Eva Green –ya una actriz fetiche de Burton– como Miss Peregrine, así como la totalidad del elenco infantil y adolescente, y, por sobre todo, el imponente Samuel L Jackson como un malo malísimo que oficia al mismo tiempo como figura amenazante y como comic relief. Jackson se calza el personaje con la gracia y el talento con que se desenvuelven los grandes. 
Es verdad que la película surge en un momento en que ya existen varias historias parecidas en la vuelta, pero es la autoría de Burton la que marca una diferencia estética, proporcionando solidez y ritmo, y dando además la buena nueva de haberse encauzado, una vez más, por el buen camino. 

Publicado en Brecha el 7/10/2016

viernes, 29 de junio de 2012

Sombras tenebrosas (Dark shadows, Tim Burton, 2012)

Se busca guionista 

Desde que Tim Burton cometió el estrepitoso error de volver a trabajar con Disney para Alicia en el país de las maravillas –había atravesado una experiencia frustrante con la productora, al comienzo de su carrera– parece haber perdido el rumbo. Quizá sea por convencimiento personal, quizá como síntoma de cambio y crecimiento, quizá porque sus instintos lo guían mal, lo cierto es que desde entonces trae consigo una maldición que lo lleva a oscilar entre el infantilismo y el kitsch, dejando de lado lo que más interesaba de su obra: el encanto personal de sus personajes, sus atmósferas y universos lúgubres, maltrechos y fantásticos. 
Aquí el director se propuso homenajear la mítica serie Dark Shadows, de la que él, al igual que Johnny Depp y Michelle Pfeiffer, se considera fanático -Pfeiffer, al enterarse de que Burton iba a adaptar la serie, lo telefoneó directamente para pedirle que la incluyera en el proyecto-. Dark Shadows se exhibió todos los días durante un lustro entero (desde 1966 a 1971) y cada capítulo duraba media hora. Los entendidos aseguran que en ese tiempo hubo todo tipo de cambios, en el tono y en la variedad de las historias. De cualquier manera, se entiende que una adaptación debía ser caprichosa, nunca completamente abarcativa; esta vez Burton lleva su fascinación por lo gótico a un terreno más camp, hacia la comedia burlona e irónica, en un tono que recuerda a la comedia fantástica de inmortales triángulos amorosos La muerte le sienta bien, de Robert Zemeckis. 
Los problemas principales provienen del guión. El encargado de dar forma de película a ese cúmulo de anécdotas, personajes y circunstancias fue el joven novelista Seth Grahame Smith, en base a algunos lineamientos preescritos. El resultado da una sensación de compresión forzada, de una trama abigarrada de elementos, personajes innecesarios (Roger collins, por ejemplo, hermano de la matriarca), un conflicto principal que se diluye en ese barroquismo de anécdotas y subtramas y un protagonista (Depp) que confunde con tantos dobleces; es alternativamente un impiadoso vampiro, un improvisado padre, un hombre recto –aunque con cierta debilidad de carácter ante las féminas solícitas- un valiente o un pusilánime. También hay una gran confusión en el tono, de a ratos puede pensarse como una película infantil –los primeros tramos recurren repetidamente al chiste cliché del “hombre del pasado que se asombra con los elementos de la urbe moderna” propio de Encantada, Bill y Ted, Austin Powers, y tantas otras- y de a ratos llama la atención algún momento más propiamente adulto, como una felación que ocurre fuera de campo pero que no puede pasar desapercibida. Queda esa sensación de no ser ni una cosa ni la otra, o de estar ante un creador adulto con mentalidad infantil, como suele ocurrirle a veces también a Steven Spielberg, que buscando ser serio deja escapar ñoñerías inpresentables. Quizá lo más impactante en esta película sea ver a Alice Cooper cantando las mismas canciones, con la misma actitud, la misma pinta y la misma complexión física que hace cuarenta años. Eso sí que da miedo. 
Sin dudas hay talento en Sombras tenebrosas. Hay grandísimos actores, chistes que funcionan muy bien, planos brillantemente logrados. Pero el conjunto es lo que falla, uno piensa en guiones perfectos y redondos como los de Ed Wood o La leyenda del jinete sin cabeza y se pregunta dónde habrá quedado el criterio de Burton para elegir libretistas.

Publicado en Brecha el 30/6/2012

viernes, 19 de marzo de 2010

Talentos desmenuzados


Tim Burton debe tener problemas mentales, o estar muy ávido de dinero, ya que firmar un contrato por dos largometrajes con la Disney, la misma compañía que lo desestimó, que desaprobó sus dibujos y se negó a difundir su primer cortometraje cuando él era apenas un joven inexperto, es un acto que prácticamente raya en el masoquismo.
Ante el estreno de Alicia en el país de las maravillas se respiraba cierta ansiedad colectiva, un ejército de jóvenes anhelantes llevaba cerca de un año esperando la bendita fecha de su proyección. Cuando por fin llegó el día, una gran desilusión. Alicia... resultó no estar a la altura de las expectativas, y si bien puede tratarse de un ejercicio técnico envidiable, también carece de un guión decente y de cualquier indicio de dramatismo. Una sumatoria de lugares comunes y otra obra rutinaria, lavada e infantilizada. En definitiva: un despropósito nada digno de Burton y su equipo.
Pero para Disney fue un éxito total. 435 millones recaudados en las taquillas en los primeros diez días, contra 200 millones de presupuesto. Porque entendámonos: Hollywood no lucra con la calidad de sus películas, sino con la ansiedad generalizada. Su apuesta fuerte está en el taquillazo inicial, en la primera semana de exhibición. Aunque el filme sea finalmente pobre o muy malo, la inversión queda cubierta y hasta se logran buenos márgenes de ganancia (G.I. Joe, 10.000 AC, El hombre lobo, Hancock, la saga Transformers son sólo algunos ejemplos recientes de basura redituable). Por esto se procura que exista un estreno simultáneo mundial, por esto la preocupación y el esmero por el paquete promocional, y por esto se difunden con tanta anticipación teasers, trailers, fotos y posters. Si la película es un fiasco nada importa, porque el boca a boca y las críticas circulantes tienen su demora, y las ganancias son concretadas mucho antes.
En consecuencia, hoy en día para la gran industria parece ser más importante el director del trailer (un montajista, en rigor) que el director de la película. Se le exigen escenas vistosas a los directores -las batallas multitudinarias son el último hito-, al menos para emular, mediante fragmentos mínimos, una grandeza que finalmente no es tal. En este caso en particular, el paquete ofertado era muy tentador; estaba Burton junto a Johnny Depp y Helena Bonham Carter, estaba el espíritu de Lewis Carroll, la promesa de un mundo rebosante de coloridos refulgentes y fantasía lisérgica. Sobrevolaba una atractiva historia de la que se nutrió medio mundo. Y unos cuantos mordimos el anzuelo. Reconozco que por un largo período de tiempo colgué en este mismísimo blog, un póster de Alicia, como expresión de mi más íntima ansiedad.
Hace poco más de un mes trascendió un enfrentamiento de las cadenas de salas de cine británicas Odeon, Vue y Cineworld con la productora y distribuidora Disney. La razón para este conflicto de intereses era que la Disney pretendía sacar los DVDs de Alicia más rápidamente a la calle, reduciendo de diecisiete semanas a doce el intervalo que va desde la fecha del estreno hasta la salida en DVD, algo que evidentemente no convenía a las salas. La razón básica por la que Disney decidió acortar el plazo debió haber sido que el mercado de venta de DVDs se redujo en un veinte por ciento el año pasado, y seguramente haya sido un intento de aumentar esas ventas. Pero hoy puede creerse que existió otra razón: la compañía ya sabía que la película era un fiasco, y le convenía lanzar el DVD lo más rápido posible, antes de que los posibles compradores se dieran cuenta.
La industria del entretenimiento tiende a reducir todo a la calidad de un enlatado, incluso a un talento como Burton. Convierte gérmenes de obras artísticas en olvidables y desechables objetos de consumo, y suele desestimar las posibles ganancias que pudieran darse a mediano o largo plazo. Películas como El señor de los anillos, El hombre araña 2, Meteoro o Apocalypto son conjunciones milagrosas, confluencias de intereses donde excepcionalmente se desemboca en un sólido resultado artístico y comercial.
Por lo pronto, lo más sano para el consumidor avispado es no dejarse llevar por campañas infladas ni entusiasmos masivos. Y preferentemente no reproducirlos, tampoco.

jueves, 21 de mayo de 2009

Top five (+ bonus track) (VI)

Esta selección no se anda con medias tintas. Es musical, y musical con ganas. Los que no gusten del género ya pueden ir buscándose otro post en otro blog. Claro que podrían pasar directo al final, una inyección de violencia gratuita, como ya es costumbre.

Ajab si - Om shanti om

Debo decir que andaba muy temeroso de asomarme por Bollywood, pero los amigos de Allzine me convencieron de dar ese paso cuando votaron como segunda mejor película del año a Om shanti om. Ahora soy un maldito adicto. No es ni de lejos la mejor parte musical de la peli, pero tuve que elegir una corta y supongo que esta es la que mejor queda.



Epiphany - Sweeney Todd

Ya veo que por ahora soy el único que viene votando en la encuesta de acá arriba a Sweeney Todd como la mejor película de Burton. Me hacen el favor y le meten algún voto más... Hay que verlo al endemoniado de Johnny Depp asegurando que todos merecemos morir y blandiendo esa navaja, totalmente desquiciado. Baaaad motherfucka.



Wise up - Magnolia

Y era sólo una cuestión de tiempo que acabara colgando este fragmento. No entiendo porqué no lo hice antes. Admito que formo parte de ese grupo de sentimentales pelotudos que llora automáticamente cuando los personajes de este imponente ejercicio coral se ponen a cantar al unísono. Y después vienen las ranas... brutal.



Piano duet - The corpse bride

Y otro Burton más, porque además este post no podía quedar sin al menos un fragmento animado. Danny Elfman es un jodido genio.



Put on your sunday clothes - Hello Dolly!

Aquí es donde menos deberían asomarse los insensibles que no gustan de los musicales. Admito que todavía no vi la peli. Pero me enamoré de la canción cuando vi Wall-E, y ahora ardo de ansiedad por verla. A juzgar por este fragmento se nota que desborda clasicismo por todos sus fotogramas.


Videos tu.tv


Bonus track - Wang Yu a los palos

Si de mi dependiera pasaría el resto de mi vida viendo películas de la Shaw Brothers. Hace poco le tocó el turno a este sangriento clásico que es The chinese boxer, con el gran Jimmy Wang Yu actuando y dirigiendo. ¿Coincidencias con Kill Bill? No, para nada...

viernes, 27 de marzo de 2009

Coraline y la puerta secreta (Coraline, Henry Selick, 2009)

A la sombra de Burton


Hace ya dieciséis años se estrenaba El extraño mundo de Jack (su título original era The nightmare before christmas) un largometraje animado que escapaba a parámetros preexistentes. Se trataba de un musical meticulosamente armado, repleto de pequeños detalles, dotado de una estética tan encantadora como retorcida y lúgubre. Fue el primer largo íntegramente filmado con la artesanal y esforzada técnica del stop motion, por la cual se utilizan muñequitos en miniatura y se los fotografía cuadro a cuadro generando así la ilusión de movimiento. La película es un prodigio en la materia, y aún hoy es reverenciada por los estudiosos. También goza de un mérito inesperado; en los últimos años la figura de Jack Skellington, su esquelético protagonista, se ha vuelto un ícono omnipresente entre los jóvenes y un brutal fenómeno de merchandising. Pálido y sombrío, simpático e inquietante, presente en pins, carteras, billeteras, remeras y cuanta ropa pueda imaginarse, Jack es una poderosa manifestación cultural que enlaza de forma atractiva la infancia y la muerte, y puede verse por triplicado en cuanto ejemplar de emo, flogger o adolescente ataviado de negro ande en la vuelta.
Y contrariamente a lo que la mayoría piensa, El extraño mundo de Jack no es una película dirigida por Tim Burton. El título que la producción ordenó imprimir en posters y en tapas de vhs "Tim Burton's nightmare before christmas" conducía a tal engaño. Es verdad que Burton produjo, aportó la idea original, diseñó los caracteres principales -por lo cual la fiebre actual podría considerarse mérito suyo- e incluso supervisó el proyecto, pero lo cierto es que también lo delegó y dejó en manos de un experto animador de su mayor confianza: Henry Selick.
Cuando la película se estrenó y Burton estaba en boca de todos, el crítico Roger Ebert escribía para el Chicago Sun Times: "Pero el director del filme, un veterano maestro de la animación llamado Henry Selick, es la persona que ha hecho todo el trabajo. Y sus logros son inmensos. Trabajando con talentosos artistas y diseñadores, ha fabricado un mundo completamente nuevo, como los que vimos por primera vez en filmes como Metrópolis, El gabinete del Sr. Caligari y Star wars."
Es llamativo que precisamente la película más burtoniana de todas y la que mejor define su estilo no haya sido dirigida por Burton; y uno de los problemas que Selick a tenido desde entonces es que nadie lo reconoce, cuando sus méritos son indiscutibles. No son pocos los que incluso creen que su posterior película Jim y el durazno gigante es también de autoría de Burton, y la razón puede achacársele otra vez a los títulos promocionales: "de los realizadores de El extraño mundo de Jack", cuando no el maldito “Tim Burton´s”. Condenado a pasar su carrera a la sombra de su ocasional productor, Selick quizá pueda librarse al fin de ese lastre con esta notable Coraline y la puerta secreta.


Selick sólo ha filmado cuatro largometrajes en veinte años, y en el mismo período Burton logró una decena, por lo que la diferencia de notoriedad entre uno y otro es comprensible. El estilo de Selick es muy difícil de diferenciar del de su colega; ambos son propensos a las historias infantiles de tono macabro, ambos despliegan magistralmente mundos de fantasía y ambos utilizan la animación en stop motion. Pero mientras Burton se inclina hacia atmósferas oscuras y mortecinas, Selick, sin ser menos tétrico, opta por la explosión de colores y la creación de impensables y monstruosas figuras fantásticas. También es cierto –todo debe ser dicho- que Burton parece volcar más energías en crear personajes ambiguos y conmovedoramente humanos, y Selick en echar a andar un universo rico en detalles y dotado de una fauna iconográfica deslumbrante. Si se puede afirmar que la principal obsesión de Burton es la muerte, la de Selick parecen ser... ¡los bichos! Desde el malvado Oogie Boogie relleno de alimañas de El extraño mundo de Jack, pasando por la familia de insectos de Jim, las lagartijas espaciales del corto Moongirl o la langosta con ruedas, los muebles-cucaracha y la bruja-araña de Coraline y la puerta secreta, una infinidad de escurridizos bicharracos recorren de principio a fin la obra del director.
Coraline, el libro original de Neil Gaiman, es una historia de terror. Específicamente, una historia de terror para niños, que es lo mismo que afirmar que es un cuento infantil con todas las de la ley, porque esos cuentos –o al menos los más memorables- presentan costados siniestros. El epígrafe de Coraline, de autoría de Chesterton, es insuperable: "Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos." ¿Para qué decirles a los niños que los dragones existen, si ellos ya lo saben? La vida real de los niños está plagada de monstruos, y los principales suelen ser sus propios padres. Seres que pueden mutar velozmente, pasar de ser fuentes de cariño y contensión a figuras coléricas y desagradables. Lo maravilloso de estos cuentos es la enseñanza de que los miedos pueden vencerse, que los escollos se pueden sortear con ingenio, valentía y espíritu aventurero. Coraline es una niña perfectamente normal como cualquier otra, no tiene poderes y su curiosidad natural y sus dotes de exploradora son sus principales atributos, las armas que finalmente utilizará para salvarse a sí misma y a los suyos y para ganarle a la bruja en su propio terreno.


La historia viene así: Coraline tiene once años y está mortalmente aburrida en su nueva casa, sus excéntricos vecinos no le interesan demasiado y aunque sus padres están presentes, se pasan el tiempo sumergidos en el trabajo y en sus computadoras y no parecen poder dedicarle ni un segundo. Un agregado genial en la película es que los padres escriben artículos sobre plantas cuando ni siquiera parece gustarles el aire libre ni la tierra y no tienen ni una sola planta en la casa, por lo que pasan inmersos en una abstracción impersonal, que en nada podría interesarle a un niño. Por hacer algo, Coraline comienza a explorar la antigua mansión –subdividida en varios departamentos- y descubre una puerta secreta que conecta su casa con una realidad paralela. Cuando la atraviesa, ve que allí tiene otro par de padres, quienes le ofrecen manjares, le prestan atención, le regalan espectaculares distracciones. Todo lo que parecía monótono e insípido en el mundo real, aquí presenta un atractivo colosal. Pero poco tiempo demorará en darse cuenta que ese mundo de ensueño no es más que una trampa maldita: la madre del mundo alternativo resulta ser un insecto abominable que pretende coserle botones en los ojos y que se alimenta de almas de niños.
Coraline y la puerta secreta podría describirse como una mezcla de “Alicia en el país de las maravillas” y “Hansel y Gretel”, con importantes similitudes con El viaje de Chihiro, y puntos en común con El mago de Oz, Las crónicas de Narnia, Laberinto, El laberinto del fauno, ¿Quieres ser John Malkovich? y Mirrormask (también escrita por Gaiman). Quizá el matiz distintivo sea que aquí el mundo real también tiene algunos elementos asombrosos y casi fantásticos: el ultraflexible vecino polaco y su banda musical de ratones, el amigo enmascarado (llamado Wyborn o Wybie, en un poco feliz juego de palabras) y un gato que desaparece a gusto. Esa superficie real en donde la desmesura ya está presente de antemano da un atractivo especial a la historia, reforzado por la naturalidad con que la niña se vincula con los extraños seres que la rodean, y la inmediatez que aporta el stop motion –no debe olvidarse que no se están viendo dibujos animados sino figuras reales y tangibles-. La obsesiva pulcritud y la imaginación de Selick lleva a que el universo plasmado no presente fisuras en su estructura interna, y que en él se levanten vuelos visuales increíbles, como la desintegración del entorno cada vez que Coraline encuentra un alma perdida, o su inmersión final en una gigantesca tela de araña.
Lo triste es que en Uruguay no se ha estrenado ninguna copia subtitulada, y las voces elegidas para el doblaje no fueron demasiado acertadas. Las que les pusieron a los niños fantasmas, por ejemplo, son tranquilizadoras en vez de ser espectrales y tenebrosas como las originales. Por su parte, ver la película en sala 3D aporta profundidad a unas cuantas escenas, pero los lentes requeridos opacan un poco la imagen, y no permiten disfrutar plenamente de su colorido. Quizá sea preferible -y sin dudas más barato- ver la película en una sala normal y corriente.


Publicado en Brecha 27/3/2009

sábado, 1 de marzo de 2008

Las mejores películas (III)

Yo que siempre ando hablando pestes del cine norteamericano, a veces caigo en la cuenta de que Tarantino, los Coen, Lynch, Burton, Aronofsky y tantos otros no nacieron precisamente en el Congo. Esta lista la encabezan directores norteamericanos, y con qué pedazos de películas. Una buena racha, sin lugar a dudas; las primeras 4, obras maestras, el resto, mucho más que buenas. Y para coronar, una obra maestra de antaño, que no hay que perder la costumbre.

Death proof de Tarantino (Estados Unidos)
El divertimento lúdico de un genio. Una mitad de una película que quedó muy larga y debió transformarse en una película sola. Decir que es una obra menor en la filmografía de Tarantino es lo mismo que decir que es una obra mayúscula para el cine en general; y a sacarse el sombrero. Eso sí, a la de Robert Rodríguez la comprimiría y la depositaría en un triturador de basura.

No country for old men de los Coen (Estados Unidos)
Desconcertante al mango, la cacería de un hombre se transforma en varias cacerías. Y ninguna termina como cabría esperarse. Bardem está increíble, el Mal (así con mayúscula) personificado como nunca, un psicópata con “principios”. Todavía no me puedo creer que le hayan dado el oscar a él y a la película. Por vez primera la academia hace las cosas como deberían ser.

Sweeney Todd de Tim Burton (Estados Unidos/Inglaterra)
Burton se destapa y se manda un desquiciante y sangriento musical. En el Londres del S XIX, Sweeney, un barbero escindido, industrializa, mecaniza, deshumaniza las matanzas. El surgimiento de una humanidad insensible, anestesiada y caníbal parece nacer con la idea misma de progreso.

4 Meses, 3 semanas y 2 días de Cristian Mungiu (Rumania)
Una película insoportable y asfixiante, aunque a la vez endemoniadamente atractiva. La crónica de una desesperación, quizá el mejor alegato antiprohibición del aborto jamás filmado. Además, el lastre de la dictadura, el opresivo patriarcado y ciertas mezquindades sociales inherentes a la idiosincrasia rumana se hacen sentir en todo su peso. Prometo un artículo al respecto, en breve.

La soledad de Jaime Rosales (España)
Rosales vuelve a arremeter con otro peliculón, pero aquí se aleja del abordaje bressoniano de Las horas del día para acercarse más al estilo del maestro Yasujiro Ozu. Filmado con cámaras que parecieran estar atornilladas al piso, exponiendo la pesadez existencial del ciudadano medio, las fragilidades de la vida y la creciente desintegración de las familias en las sociedades modernas, un filme a contracorriente, distante, austero, casi suicida e inmensamente emotivo.

Mataharis de Iciar Bollaín (España)
Detectives de verdad, no como los de las películas. Iciar Bollaín aborda la vida de tres investigadoras privadas, cada una de ellas atravesando un dilema existencial. Tres casos distintos, tres puntos vitales decisivos, tres grandes actrices, Bollaín filmaba con sobrecogedor realismo escenas de violencia doméstica en Te doy mis ojos, y esa misma habilidad para plasmar en toda su dureza un enfrentamiento conyugal vuelve a repetirse en Mataharis.

Anjos do sol de Rudi Lagemann (Brasil)
Qué fuerte. Niñas prostitutas, vendidas por sus padres y obligadas, en medio de la selva, a satisfacer indefinidamente los apetitos de una procesión de mineros. Otra forma de esclavitud que ocurre ahora mismo, y que no conoceríamos si no fuese por el poder denunciante del cine. Por su parte, el cine brasileño está atravesando un gran momento, qué dudas caben.

Moliere de Laurent Tirard (Francia)
Una película que entretiene, emociona y hace pensar. Alsina Thevenet decía que las películas que cumplen con esos tres requisitos merecen ser llamadas obras maestras. De esta Moliere no me animaría a decir eso, pero véanla qué está bien buena.

Lost - cuarta temporada
Si, ya sé que no es una película, pero en los primeros episodios de esta nueva temporada debe de haber más cine que en todo el cine comercial norteamericano de lo que va del año (las de acá arriba son del 2007). Me arrepiento por haberme mostrado escéptico respecto al destino de Lost, y ya sé, soy un maldito pecador. Los guionistas empezaron con toda la fuerza, y nuestros otrora queridos personajes se han convertido en el mismísimo infierno. Nunca los habíamos visto tan rematadamente locos; a Locke y a Jack se les fue la moto definitivamente. Y Ben sigue siendo mi personaje favorito, (ahora que no está más Ana Lucía, obvio).

Anatomy of a murder de Otto Preminger (Estados Unidos, 1959)
Qué buenos que son los policiales de juzgados cuando están bien filmados. Si en este momento tuviera que elegir dos películas del subgénero en particular, ellas serían 12 angry men y ésta. Dos horas y cuarenta minutos que se pasan volando. Aunque poco conocida, nadie debería perderse esta maravilla.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet (Sweeney Todd: the demon barber of Fleet Street, Tim Burton, 2007)

Sweeney el degollador


Puedo decir con orgullo que le pegué. Es cierto que a veces escribo barbaridades, que de a ratos me arrepiento de alguna afirmación arrojada o de pequeñas inexactitudes, y que frecuentemente espero películas que acaban siendo un fraude. Pero esta vez le pegué: hace unos cuantos meses que puse ese cartel al costado del blog expresando mi ansiedad porque se estrenara Sweeney Todd, y hoy caigo en la cuenta de que mis expectativas fueron satisfechas con creces.

(Sepan perdonar el autobombo. Aseguro que es el primero y el último.)

Hace ya trece años Hugo Alfaro escribía en Brecha: “¿Así que no vieron Ed Wood, el estreno del Alfa?” El reproche era en realidad un festejo. Alfaro y toda la crítica uruguaya vertían elogios sobre una película que curiosamente significó el único fracaso de taquilla de la carrera cinematográfica de Tim Burton. Hoy cabría repetir la misma pregunta antipática: ¿todavía no fueron a ver Sweeney Todd, la última maravilla de Burton? En estos últimos meses las carteleras sólo se han dignado en ofrecernos un bodrio detrás de otro, y por eso habría que aprovechar estos momentos precedentes a los óscar, en los que los apellidos Burton, Coen, Wright y Thomas Anderson comienzan a resonar, y qué puede ser mejor que ir a ver buen cine de verdad, y de ser posible, en abundancia.
Hoy ya nos hemos regocijado con ataques de marcianos, jinetes sin cabeza y cadáveres de novias al punto de que nadie en su sano juicio se atrevería a poner en duda el talento de Burton. Es cierto que el director también tuvo sus traspiés y cayó en algún despropósito como su horrenda versión de El planeta de los simios, y hasta pudo llegar a pergeñar secuencias de auténtico mal gusto como los bailes de los enanos oompa-loompas en Charlie y la fábrica de chocolate. Pero como ocurre con los hermanos Coen, cuando uno menos se lo espera el cineasta suele sorprender con películas que rozan la perfección y lo redimen de anteriores desaciertos.


Aunque no parezca, un cineasta de excesos. Quizá Burton sea de los pocos cineastas en el mundo que con sólo verse unos segundos de cualquiera de sus filmes puede reconocerse su autoría de inmediato, y Sweeney Todd revela mejor que ninguna otra película el gusto de Burton por los excesos y su particular inclinación por los ambientes oscuros y mortecinos. Su representación del Londres del S. XIX no podría ser más lúgubre: pintado como una fétida y pútrida cloaca, con chimeneas de fondo que ennegrecen permanentemente el cielo y poblado por un gentío miserable y pérfido, el cuadro ensombrece hasta los más opacos abordajes fílmicos a la cuna de la industrialización, la ciudad de Jack el destripador.
Los excesos del director no son algo nuevo. Cuando el joven Timothy William Burton trabajó como animador para la Disney, sus superiores le pedían que diseñara personajes queribles y de ojos expresivos, y Burton entregaba personajes casi monstruosos, con huecos en lugar de ojos. Cuando le tocó colaborar en la película El zorro y el sabueso debía dibujar simpáticos zorros, pero no le salían y los esbozaba de forma que parecían haber sido atropellados en la carretera. Los ejecutivos de la Disney incluso llegarían a archivar a Vincent, su primer animación en stop-motion -un homenaje a Vincent Price y a Edgar Allan Poe- porque no supieron que hacer con tan tétrico y poco conveniente cortometraje. Años después, estrenada Batman returns Burton recibió quejas de padres y críticas negativas porque su contenido tampoco parecía adecuado para el público infantil, ya que existía una sexualidad subyacente, manifiesta principalmente en el personaje de gatúbela y su traje de cuero de tipo fetichista.
Sweeney Todd es una historia de venganza. Como en Oldboy, quince años de injusto enclaustramiento son suficientes para germinar una ira incontenible en Sweeney (Johnny Depp). Enterado de los tormentos provocados a su mujer y a su hija por parte del nefasto juez Turpin (Alan Rickman), armado con navajas de barbero y respaldado por una cocinera que elabora pasteles rellenos de carne humana (Helena Bonham-Carter), Sweeney el psicópata transformará a inocentes y culpables en vigorosos torrentes sanguíneos. Y a Burton no parecen gustarle las medias tintas y cada degüello propicia mares de sangre sólo comparables a los provocados por los sablazos de Tarantino o los machetazos de Alexandre Aja.
Y si estas últimas afirmaciones deberían servir como advertencia y eventualmente como filtro para ciertas sensibilidades, es necesario avisar también que Sweeney Todd es, ante todo, un musical. Y es un musical con ganas, lo que significa que más del 50% de los diálogos del filme son cantados. Los trailers de la película minimizaron este aspecto, probablemente por haberse considerado que los musicales son incompatibles con las grandes audiencias. Y la película será vista como una maravilla o como un suplicio según se sienta a cada nueva canción como un portento caído del cielo o como un fastidio inoportuno.

Buena compañía. Burton, como todo cineasta inteligente, ha sabido rodearse de un equipo de gente talentosa que lo apoya y pesa considerablemente en la grandeza de sus obras. Danny Elfman, originalmente guitarrista y cantante de música ecléctica, fue desde el primer filme de Burton su compositor asiduo, y la fórmula Burton - Elfman sólo es comparable en Hollywood con la dupla Steven Spielberg – John Williams. Elfman no quizo aceptar la propuesta de Burton de musicalizar Sweeney Todd por no sentirse al nivel de Stephen Sondheim, creador del musical original de Broadway. Curiosamente, la mano maestra de Elfman no se extraña en este caso particular, y la labor de Sondheim junto a Burton es ejemplar. Por su parte, los actuales actores fetiche de Burton, el genial y ecléctico Johnny Depp y la no menos imponente Helena Bonham Carter proveen de una personalidad incomparable a sus personajes y su sola presencia ya ameritaría ver la película, fuese dirigida por quien fuere.
Desde Charlie y la fábrica de chocolate el cineasta ha comenzado a filmar en Inglaterra y el cambio le ha sentado muy bien, entre otras cosas por tener a su disposición a la mejor escuela de actores del mundo. Si Depp y Bonham Carter merecerían ser puestos en un altar, Alan Rickman debe de ser uno de los mejores villanos de la historia del cine, (basta recordar sus papeles en Duro de matar, Robin Hood o la serie de Harry Potter para confirmarlo) y donde otro actor hubiese encarnado a un personaje pobre o estereotipado, él genera densidad y un rechazo visceral, como debería causar todo buen villano. Timothy Spall como ponzoñoso secundario está muy bien aunque quizá no tenga tantas oportunidades de generar un personaje verdaderamente profundo, y su papel se asemeja demasiado al hombre-rata que le tocó intepretar en las últimas entregas de Harry Potter. Tampoco es menor la labor del cómico Sacha Baron Cohen, (más identificable por el nombre de Borat, uno de sus personajes asiduos) interpretando a un barbero italiano, rival de Sweeney Todd y estafador hasta la médula, un individuo que llega a causar gracia con su sola presencia.


Si la oscura temática, el humor negro, el aspecto musical y las atmósferas de romance y fantasía siempre fueron rasgos burtonianos, lo verdaderamente novedoso de Sweeney Todd es su desenlace, digno de la más atroz y desoladora tragedia griega. Si bien de a ratos Burton se ha mostrado prudente, creando películas sin demasiados desbordes y aptas para niños, Sweeney Todd podría verse como una impactante descarga, un recuerdo de hasta qué límites inciertos es capaz de llegar el caudal creativo del cineasta.

Felizmente superficial. Se ha criticado al filme por ser hueco, por su inconsistencia, y por alguna evidente incoherencia en la trama. “¿Por qué Sweeney no mata al malo la primera vez que se le presenta la ocasión?” escribió alguien. Una respuesta posible es: porque sólo así podríamos disfrutar de una hora más de un musical alucinante, único en su especie.
Decir que nos encontramos con una película hueca o superficial no es un ataque, sino que es una definición que no es perjudicial en lo más mínimo. El director no calla nada, no busca las elipsis ni la sugerencia, y no pretende despertar reflexiones profundas. Planta toda su fuerza en las atmósferas, y vaya si las logra. En los mundos de Burton cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia; su audiencia debe saber abandonar sus preconceptos, sumergirse en sus universos, dejarse llevar y no buscarle quintas patas al gato. Y no existe nada como una buena trama superficial para hundirse de lleno en ella. Reflexiones existenciales en este contexto resultarían contraproducentes. Paradójicamente, a unos cuantos nos gustaría quedarnos a vivir en un mundo rebosante de imaginación y canciones notables como el de Sweeney Todd, aunque abunde en sangre e inmundicias varias.

Publicado en Brecha 15/2/2008