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lunes, 2 de abril de 2018

Dormir en el cine


Ilustración: Fermín Hontou (Ombú)

Es un clásico: en invierno, luego de una jornada intensa, toca ir a ver una película que sólo dan en horario nocturno y en una sala remota. Es así que, cargando con campera y mochila y después de tomar un ómnibus, ingreso por fin a una sala climatizada y cómoda del shopping de Punta Carretas. El efecto es inmediato: no importa la calidad de la película, luego de cinco minutos acomodado en el asiento, los ojos empiezan a cerrarse. A veces las imágenes se cuelan en los sueños, y hasta las temáticas se prestan para la ocasión. Cowboys, naves espaciales, excursiones en la nieve o en la selva, Arabia, la antigua Grecia; los lugares remotos conectan perfectamente con el mundo onírico. Cuando termina la proyección es difícil diferenciar entre película y ensoñación, darse cuenta de qué diálogos, qué escenas tuvieron lugar realmente y cuáles fueron un agregado del inconsciente. Por supuesto, la enfermedad del sueño es la peor enemiga del crítico de cine: reseñar una película después de pasar por una de estas experiencias es imposible; se vuelve imperativo repetir la incursión al día siguiente, pero esta vez con la precaución de ingerir, antes, un cuarto litro de café. 
Pero dormirse en el cine es una experiencia increíblemente placentera, y el que la haya vivido sabe perfectamente de qué hablo. A pesar de que uno planificó pasar dos horas concentrado y atento, el cuerpo dice no va más: al carajo, a dormir a rienda suelta. Oscuridad, diálogos como murmullos; las imágenes en movimiento parecerían generar un efecto similar al de un fogón en plena noche. 
El hecho de dormirse con una película no habla necesariamente mal de ella. En el año 2011 tuve la suerte de asistir a un taller de escritura en el Festival de Berlín. Fueron días en los que los participantes nos pasábamos escribiendo, entrevistando gente, editando notas. Luego de terminar nuestras jornadas, por fin teníamos libertad para ver la película que se nos antojara; decidí entonces ir a ver una retrospectiva de Ingmar Bergman que estaban pasando. Afuera nevaba, hacía 7 grados bajo cero y justo ese día había contraído una gripe. Nada me importaba: estaba en Berlín y tenía que ver ese ciclo de Bergman. 
La película escogida fue Persona, ese prodigio demencial en el que Bibi Andersson y Liv Ullman se confunden en un mismo cuerpo. La sala, inmensa, estaba repleta y los asientos eran amplios, mullidos, extremadamente cómodos, el sitio perfecto para sumergir un despojo entumecido: comenzada la proyección, cada pestañeo me hacía dormir diez o quince minutos, y cada vez que me despertaba decía para mí mismo: “¡esto es una maravilla!”.
Justamente el maestro Ingmar Bergman persiguió toda su vida filmar películas como sueños, y vale decir que, de a ratos, lo logró. El séptimo sello, Persona, El silencio, La hora del lobo son películas que ya quisiera filmar David Lynch. Su referente en este sentido no fue otro que Andrei Tarkovsky, quien filmaba sueños como quien respira; esto que a Bergman le costó tanto alcanzar, Tarkovsky lo sacaba de taquito. Bergman aseguraba dormirse con las películas del cineasta ruso, pero no señalaba esto como un demérito: decía precisamente que Tarkovsky captaba “la vida como un reflejo, la vida como un sueño” y que su genialidad estaba en lograr eso: que los espectadores se durmieran profundamente viendo sus películas, pasando justamente de un sueño al otro. 
Claro que no es para cualquiera y puede conllevar sus riesgos. Hay gente que no solamente se duerme, sino que ronca ruidosamente, cual motosierra. El roncador compulsivo podría llegar a ser severamente reprendido y censurado por los demás asistentes a la sala (esto no me sucedió a mí, sino al amigo de un amigo…), pero además son comunes las historias de espectadores que, sentados en alguno de los asientos delanteros de la sala, van deslizándose, profundamente dormidos incluso hasta después de terminados los títulos de crédito. Eso contaba el crítico argentino Diego Trerotola, quien aseguraba que, en una ocasión, llegó a quedar completamente recostado en el piso de la sala. Según trascendió a la prensa hace un par de años, en un cine de Barcelona un hombre llamó a los bomberos para que forzaran la puerta del cine en el que había quedado encerrado. También se había hundido en el asiento, pasando desapercibido para el revisor, despertándose mucho tiempo después de haberse ido todo el personal que trabajaba allí. 
El vínculo entre cine y sueño viene siendo, desde hace rato, una obsesión para el polémico cineasta tailandés Apichatpong Weerasethakul. Sus películas, de ritmos cadenciosos e imágenes envolventes, son perfectas para dar unas buenas cabezadas. Pero últimamente viene profundizando con iniciativas innovadoras: en reiteradas ocasiones diseñó grandes pijamadas con proyecciones durante toda la noche, e incluso con café para la mañana siguiente. Y este año en Rotterdam promocionó un hotel diseñado especialmente, en el cual los usuarios accedieron a habitaciones con cama, mesita de luz, baño, y con una gran pantalla circular que proyectó un documental de 120 horas, que mostraba animales y humanos durmiendo, nubes, agua, botes, olas, flores que crecen en primer plano, una familia de patos saltando de un tronco al río. Los huéspedes culminaron la experiencia sin saber cuáles imágenes pertenecían al documental y cuáles a sus propios sueños, pero eso sí, aseguraban haber dormido profunda y placenteramente, como pocas veces en su vida.

Publicado en Brecha el 30/3/2018

miércoles, 17 de octubre de 2007

Los asteriscos no cuentan

“Ningún arte trasciende nuestra conciencia de
la forma en que lo hace el cine, dirigiéndose
directamente hacia nuestros sentimientos,
adentrándose en las oscuras habitaciones

de nuestras almas” Ingmar Bergman.

No siempre las películas más celebradas de un director son las mejores. Las obras maestras de unánime prestigio crítico, esas que suelen figurar en toda clase de cánones y de las cuales el sólo recuerdo de sus nombres va acompañado con chorradas de asteriscos, en algunos casos acaban siendo una gran decepción para el espectador no conocedor de las manías características del realizador. Hasta suele ocurrir que uno llega a sentirse un auténtico inútil al no poder acceder, al no entender o al no ser “tocado” emocionalmente por esas supuestas maravillas.
La tendencia crítica de valorar más al cine “sugerente” que al explícito y llano y de preferir la polisemia a los significados únicos, ha derivado en que películas más bien herméticas y hasta algo crípticas como El séptimo sello, Cuando huye el día, El silencio, Persona, o La hora del lobo, hayan sido elevadas por los críticos como obras cumbre de Bergman. Es probable que algunos de los espectadores que fueron guiados por este particular énfasis hayan sentido pesar y hasta indignación al verse en la necesidad de acudir a un manual explicativo para entender las “sublimes” e inaprensibles obras.
Al señalarse como puerta de entrada a películas preferidas por especialistas se ha dado pie a una involuntaria enseñanza a la camboyana, que a la larga ha acabado por hacer huir o por liquidar a cierta cinefilia incipiente; ¿no se habrá consolidado así, incluso, el mito de Bergman como un realizador presuntuoso, soberbio, incomprensible y elitista?
Es un error pretender acceder a Bergman por el camino más empinado. Es como empezar a leer a Borges por, digamos, Nueva refutación del tiempo, en lugar de por alguno de sus cuentos más accesibles como podrían ser El hombre de la esquina rosada o La muerte y la brújula. Esta comparación de Borges con Bergman no es casual; es curiosa la forma en que ambos maestros suelen ser denostados por sus detractores mediante adjetivaciones similares.

No dejan de ser geniales las películas Sonrisas de una noche de verano, La fuente de la doncella, Noche de circo, Sonata de otoño, El rito, Gritos y susurros, Fanny y Alexander o Saraband, todas ellas menos sofisticadas, si se quiere, y sin duda más comprensibles para cualquier hijo de vecino bien predispuesto.
Pues no, la genialidad de Bergman no es un destello elevado y asequible sólo para unos pocos iluminados sino que está al alcance del que lo quiera ver; es una gracia que se refleja en sus bestiales composiciones pictóricas, en sus fotogramas que respiran, que palpitan, en su endemoniado uso de la luz, en situaciones tan reales que hasta hieren, en punzantes diálogos que paralizan y en mortales silencios que desesperan, en su vocación por desnudar el alma humana, de llevarla a humillaciones últimas; está en el recurso del primer plano como potenciador del compromiso y como vehículo para un voyeurismo culposo, en ese sobreexponer a sus personajes atravesando siniestras metamorfosis internas, en una dirección de actores insuperable. Por provocar nuestra identificación con seres que en forma aleatoria se nos antojan queribles o deleznables y por otorgarnos un reflejo de nosotros mismos en situaciones de cotidianeidad asfixiante, por todo esto y por decenas de elementos que escapan a este cronista, Bergman fue y será un cineasta inmenso, único en su especie.
Y estoy siendo un tanto injusto con el maestro, quien solía quejarse de que la crítica sólo resaltaba sus facetas más oscuras: “también quiero pintar la alegría que llevo adentro a pesar de todo, y a la que tan poca atención se presta cuando se habla de mi trabajo". Es cierto que cuando se lo proponía, alcanzaba momentos de singular belleza e incluso hasta cómicos: Tres mujeres, Una lección de amor, Sonrisas de una noche de verano, El ojo del diablo, La flauta mágica, pero no sin razón se lo suele recordar y señalar en sus momentos de mayor pesimismo, pues allí le iba mejor. En lo personal me quedo con el Bergman cáustico, ese que hacía decir a sus personajes: “Me convertiré en una pulpa de sangre y nervios, así me pareceré mucho más al mundo que me rodea” o “Nunca dejo de maravillarme, de repente salen lirios de los culos de los cadáveres”.
Y él mismo sabía que la comedia no era lo suyo. Qué mejor forma que despedirse haciendo lo que sabía hacer mejor: llevando su mirada lóbrega a un punto extremo en su desesperanza, dejando ese testamento de arrollador pesimismo que fue Saraband. En medio de un angustiante y demoledor diálogo entre padre e hija, Karin, la hija veinteañera, le estampa a Henrik, su padre sesentón, un apretado e imprevisible beso de lengua. ¿Acaso algún otro cineasta actual se habría atrevido a filmar una escena similar? A Ingmar Bergman la transgresión le corría por las venas y le saltaba a través de los poros, aún en sus últimos respiros.

Publicado en Brecha 3/8/2007