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domingo, 23 de diciembre de 2018

Roma (Alfonso Cuarón, 2018)

Columna vertebral 


Netflix apuesta fuerte a expandir sus dominios, tanto a nivel de masividad como en su amplitud artística. Es por esto que cada vez con mayor frecuencia se encuentra respaldando proyectos “autorales”, como ha ocurrido con esta película. Como productor, Netflix es una gran tentación para muchos cineastas. Garantiza la libertad y cubre abultados presupuestos necesarios para series y películas. Pero tiene su contrapartida: exige un estreno on-line para sus 130 millones de usuarios, lo cual supone el cierre de muchas puertas de difusión, ya sea en festivales o en salas comerciales. 
El año pasado la polémica ya estaba servida: los filmes Okja y The Meyerowitz Stories, estrenadas en Netflix, no pudieron competir por la Palma de Oro en Cannes: las reglas del Festival señalan que las películas que participan en la competencia deben ser proyectadas en salas tradicionales antes que en plataformas digitales. 
Se trata de una clara y abierta competencia entre la multinacional y las salas de cine: normalmente, las películas que son exhibidas en salas, lo están por un período durante el cual no están disponibles en otras plataformas o canales. Estos períodos (“ventanas”, como se les conoce normalmente) sirven para que el estreno, la “novedad” pase un tiempo solamente en las pantallas de cine, sin competencias caseras. Las “ventanas” no solamente sirven para garantizarle a las salas un período de ganancias, sino directamente para evitar que las plataformas caseras terminen acabando con ellas. La idea actual de Netflix es reducir estas ventanas a su mínima expresión –su duración estándar es de unos 90 días–, y se encuentra en una puja permanente por lograrlo. Mientras algunos exhibidores han llegado a un acuerdo con Netflix para reducir este período ventana, otros se han negado rotundamente. 
Como sea, es lógico que como toda multinacional ávida de más y más ganancias, Netflix quiera exprimir su limón sin importarle quiénes caigan por el camino, y, por más que hoy el cineasta mexicano Alfonso Cuarón (Y tu mamá también, Niños del hombre, Gravedad) lamente la escasísima difusión de su película en salas de cine de México, cierto es que debería haber previsto tal panorama desde un comienzo. 


Roma reúne cabalmente dos impensadas tendencias cinematográficas. Por un lado, un cine latinoamericano en alza, que en los últimos veinte años ha dado a luz a un sinfín de notables historias minimalistas, cotidianas, con trasfondos sociales propios y en donde se han planteado valiosos apuntes sobre las transformaciones urbanas, las idiosincrasias locales y los conflictos de clase, y con un foco en los sectores discriminados, ya sea por cuestiones de género, de extracción económica o racial. Todo esto se encuentra en Roma. Por otro lado, hace tiempo que no se veía un riguroso cine histórico con grandes despliegues de extras, con amplias panorámicas y planos secuencia, la clase de escenas que con el tiempo han ido sustituyéndose por efectos especiales y digitales, transformando las nociones clásicas de “gran espectáculo”. Cuarón retoma la tradición de espectaculares despliegues realistas y los unifica con las nuevas tendencias del cine latinoamericano, logrando un cine minimalista, pero de gran presupuesto… lo que podría considerarse la película “casera” más cara de la historia. Roma es La nana fundida con Doctor Zhivago, como si Zona Sur se encontrase con Roma, ciudad abierta, como si Que horas ela volta? deviniese Oktubre, como si Lucrecia Martel decidiese emular a Jean Renoir o a Gillo Pontecorvo. 
Cuarón es un cineasta que logró grandes películas en México (La princesita, Y tu mamá también), e ingresó a Hollywood para trabajos de encargo algo intrascendentes (Grandes esperanzas, Harry Potter y el prisionero de Azkaban) hasta que se hizo un lugar y logró imponerse allí con películas personales e impactantes como la apocalíptica Hijos del hombre o la existencial Gravedad. Se trata de uno de los verdaderos autores completos de la actualidad, uno que suele dirigir, escribir, producir y editar sus películas, y que, puntualmente en Roma, se volcó también a la dirección de fotografía.
   

Las reconstrucciones históricas de ciertos períodos de la infancia de los cineastas son casi un clásico: se trata normalmente de apuestas ambiciosas, pero también suelen ser un síntoma de madurez. Lo hizo Louis Malle en Au revoir les infants, Ingmar Bergman en Fanny y Alexander, Fellini en Amarcord, incluso Tarkovskii en algunos fragmentos de El espejo. El título de esta película refiere al lugar en que Cuarón creció, “Colonia Roma” es un barrio residencial de México DF, en el que en la primera década del siglo XX se asentó la clase alta mexicana, y donde incluso aún hoy subsisten mansiones y palacetes de aquella época. La acción se ubica a comienzos de los años 70, momento de grandes convulsas sociales, con proclamas estudiantiles tomando las calles y el eterno PRI abriendo la cancha a grupos paramilitares, para que repriman sin restricciones. Pero la mayor parte de la película transcurre al interior de una casona similar a la que Cuarón habitó, y en la que su familia atraviesa su trajinar diario, con dos empleadas domésticas de origen mixteco ocupándose de las labores cotidianas y del cuidado de los niños. Algunas escenas traen recuerdos puntuales de la infancia de Cuarón: la noche en que fue testigo de un incendio, el día que descubrió un secreto familiar, alguna pelea con sus hermanos. Pero Paco, el personaje basado en Cuarón, aparece y desaparece del cuadro, sin ocupar nunca un papel central. El foco en cambio está en una de las empleadas domésticas, dando cuentas de su lugar en la familia y su vida más allá de esa gran casa en la que pasa recluida la mayor parte del tiempo. La interpretación de la joven actriz Yalitza Aparicio es absolutamente sobresaliente. 
La película está justamente dedicada a “Libo”, apodo de Liboria Rodríguez, la empleada que crió a Cuarón y a sus hermanos. Pero conforme avanza la película, (siguen spoilers) un segundo personaje comienza a tomar presencia, al tiempo que comienza a conformarse un nuevo núcleo familiar, tras la salida del pater familias y la adopción paulatinamente creciente de la empleada. El nuevo núcleo supone un pilar “improvisado” una unidad que sustenta la sociedad mexicana, un sacrificado contrapeso erigido en oposición al individualismo recalcitrante, personificado aquí en dos hombres adultos desligados por completo de la responsabilidad de mantener y educar a sus hijos.

Publicado en Brecha el 21/12/2018

lunes, 6 de enero de 2014

Las mejores películas (XXII)

Les tengo que confesar algo: a veces miro hacia atrás estas listas y me digo: ¿cómo recomendé esta mierda de película?, pero por suerte somos gente cambiante y lo que ayer nos pareció bueno hoy nos puede resultar vomitivo y viceversa... Pero bueno, el punto es que esta vez estoy muy seguro de esta selección que les presento hoy. El reencuentro con viejos amigos y sobre todo, la aparición de nuevos talentos (o talentos que ni conocíamos) que aparecen encabezando esta lista, nos recuerdan que el año pasado fue un gran año para el cine mundial. Si aún les queda alguna para ver, háganse de ellas prontamente. Acá el señor se hace enteramente responsable ;)

The Act of Killing de Joshua Oppenheimer (Dinamarca, Noruega, Reino Unidos) 
Los flamantes productores de esta película son nada menos que Errol Morris y Werner Herzog. En Indonesia, se vive desde hace cuarenta años un estado de sitio, una dictadura disfrazada de democracia en la cual los gángsters son dueños de la calle y hacen lo que se les place, con perfecta impunidad. Muchos de ellos, héroes nacionales por haber exterminado un millón de comunistas en los años sesenta, hablan sobre las formas de asesinar masivamente, sobre como diezmaron aldeas enteras, violaron y torturaron. Monstruos reales presentados en su cotidianeidad, en uno de los documentales más increíbles jamás filmados. 

In the flesh de Jonny Campbell (Reino Unido) 
En rigor, es una serie de la BBC, de tan sólo tres capítulos. El ataque de las hordas zombis ya fue repelido por los humanos, y hasta se obtuvo la cura para traerlos de vuelta a sus familias y a sus casas. Pero no todo el mundo está de acuerdo con la reincorporación, y en algunos barrios hay grupúsculos armados, quizá parientes de víctimas de ataques zombis dispuestos a exterminar la vieja amenaza... para un ex zombi la vuelta a la vida no es un camino fácil. Seguramente la mejor expresión audiovisual de muertos-vivos que haya visto, (en efecto, incluso mejor que The night of the living dead).  

Gravedad de Alfonso Cuarón (Estados Unidos) 
La primera pregunta que surge después de ver este pedazo de película es cómo cuernos hizo Cuarón para filmar algo así. Cine de atmósferas en donde no hay arriba ni abajo, las cosas levitan y se entremezclan, todo se destruye, todo es una cuenta regresiva hasta la muerte segura, no hay movilidad adentro de los trajes y la inercia es el peor enemigo. Una experiencia cinematográfica de la gran puta, una inmersión absolutamente tensa y vertiginosa, extenuante como pocas. Pensábamos que era imposible que una película con Sandra Bullock fuera buena, y nos equivocábamos.  

La grande bellezza de Paolo Sorrentino (Italia) 
Quién hubiera dicho que el gran Paolo Sorrentino se convertiría en el Fellini de la década del 2010. Pues es así, y qué brutal despropósito que se mandó. De la mano de un periodista mujeriego, noctámbulo, deprimido e indolente, se nos ofrece una visión sobre la vida en los círculos aristocráticos y culturosos de la ciudad de Roma. Con ironía, arrojando ácidos a diestra y siniestra, el protagonista se abre paso a través de una gran galería de absurdo vacío, con la decepción a la vuelta de cada esquina. De a ratos se impone, portentosa e indiscutible, la belleza. 

Wolf Children de Mamoru Hosoda (Japón) 
La crianza de dos niños-lobos no es tarea fácil, menos aún si la madre es viuda, si ya están crecidos y alcanzaron la primera adolescencia. Allí deben debatirse si optar por seguir una vida en sociedad, junto a otros seres humanos, o en el bosque mismo, junto a otras criaturas. Un animé hermosísimo, logrado por Hosoda, el mismo autor que nos cautivó con The girl who lept through time y la brillante Summer Wars. Con frescura, sensibilidad, sabiduría, y ese humanismo tan propio del mejor cine de animación japonés.  

Prisoners de Denis Villeneuve (Estados Unidos) 
A dos parejas vecinas les sucede lo peor: sus niñas pequeñas desaparecen, juntas, sin dejar rastro. Luego de buscarlas un buen rato, se impone la certeza de un secuestro. Cuando la policía comienza a investigar, el caso parece tan difícil como inaprensible, y es por esta razón que uno de los padres decide poner cartas en el asunto, con la brillante idea de utilizar la tortura para obtener confesiones. Impactante radiografía de la idiosincrasia religiosa norteamericana, centrada en ese pragmatismo tan suyo a la hora de resolver situaciones. Como thriller policial, la película además funciona de maravilla.  

Profesor Lazhar de Philippe Falardeau (Canadá) 
En una escuela primaria de Montréal ocurre lo que no debería pasar nunca. Una maestra se suicida en medio del salón de clase. El colegio debe conseguir un profesor sustituto a mitad de año, capaz de contener a un grupo de niños en pleno proceso de afrontar el shock y el posible trauma. El profesor del título, inmigrante argelino, es a quien le toca lidiar con ellos. Una película sensible pero no sensiblera, llevada con mano firme y nada discursiva, que versa sobre las formas de abordar la muerte a nivel institucional y grupal. Sobre los tabúes y las dificultades de integración. 

El conjuro de James Wan (Estados Unidos) 
Lejos del terror posmoderno y bobalicón a lo Cabin in the woods, acá tenemos una narración simple y clásica, una concepción firme, marca del malayo James Wan, personajes muy bien logrados y horrores atemporales. La recomendación podría ir acompañada también de la notable Insidious 2, pero creo que esta es aún más perfecta y está mejor resuelta. Los mejores detalles son la apariencia de naturalidad y hasta cierto humor, que lo religioso esté exento de rollos grandilocuentes y, naturalmente, ese gran exorcismo final. Wan dice que se retira del cine de terror, y es una verdadera pena. 

Una pistola en cada mano de Cesc Gay (España) 
La crisis de identidad a los 40, desde múltiples perspectivas. Con mucha puntería, el realizador catalán Cesc Gay plantea una película casi feminista en la que expone, como en una obra coral, a varios personajes masculinos que bordean el patetismo, llegados a un punto vital en el que se ven entrampados, o tomando decisiones claramente equivocadas. Los personajes son inolvidables en parte gracias a la inmensa selección de actorazos, de los mejorcitos que pueden encontrarse por la península ibérica, más algún otro de por acá cerca... 

Las ventajas de ser invisible de Stephen Chbosky (Estados Unidos) 
Seguramente una de las sorpresas del año. Es ciertamente extraño que un novelista intente dirigir una película y le quede tan bien. Las típicas dificultades de un adolescente introvertido y estudioso para encajar en una secundaria son expuestas con comprensión y humanismo, y cuando el chico es adoptado por un par de amigos que no parecen tenerle miedo a nada, el vínculo lo lleva a sus primeras vivencias y decepciones. Una película que expone con sensibilidad una etapa vital en la que los lazos humanos son determinantes, y el profundo dolor que surge al perderlos y tener que afrontar definitivamente la adultez.

viernes, 25 de octubre de 2013

Gravedad (Gravity, Alfonso Cuarón, 2013)

Un nuevo nacimiento

Quizá lo que se sienta hoy en un cine viendo Gravedad sea similar a lo que le ocurría hace 45 años con 2001: Odisea del espacio; pero no en relación a la ambientación que comparten ambas películas, sino más bien por la imponente innovación técnica, y la certeza de que eso que se está viviendo no tiene parangón en el mundo del cine contemporáneo. 
El director mexicano Alfonso Cuarón (Y tu mamá también, Niños del hombre) intentó emular aquí la vida por fuera de la atmósfera, y escribió un guión junto a su hijo Jonás y la asesoría de un experto espacial, reproduciendo fielmente la tecnología hoy utilizada en las misiones espaciales, y la clase de trabajos que allí se hacen, con la intención de recrear sensorialmente un clima realmente atípico. 
El telescopio espacial Hubble se averió, y hay que arreglarlo. Allí se dirige una misión de astronautas, pero en plena labor ocurre la catástrofe: fragmentos de residuos espaciales se dirigen hacia ellos con una velocidad inusitada. Se avecina el caos, y la supervivencia en el vacío puede llegar a ser prácticamente imposible. 
Como en el espacio no hay aire, las ondas sonoras no se propagan: no hay sonido. Esta realidad es una de las premisas que maneja la película desde los títulos iniciales, y es así que, cuando los personajes están en órbita y en sus trajes, los sonidos que se sienten son únicamente los que podrían escucharse desde adentro de esos trajes espaciales, más los acuosos y envolventes compases electrónicos provistos por la notable banda sonora de Steven Price. Es así que las explosiones, en las que satélites enteros son reducidos a ceniza espacial, son presenciadas sin escuchar sonido alguno. 
El cerebro humano está diseñado para existir en un mundo en que las variables de horizonte y peso se encuentran siempre estables, debido a la omnipresencia de la gravedad. Al desaparecer ésta (o reducirse a una expresión mínima) todos los puntos de referencia se pierden, el ser humano queda absolutamente desorientado, a merced de la inercia; si además la movilidad es muy limitada por las incomodidades de un abultado traje, la sensación de desesperación y asfixia aumenta. Si encima hay amenazas externas, el oxígeno se acaba, y las posibilidades de supervivencia parecen reducirse cada vez más, la sensación imperante se vuelve absolutamente angustiante, sobrecogedora. Gravedad es una experiencia sensorial increíble, pero además una película que deja al espectador particularmente exhausto. 
Conviene señalar un aspecto alegórico que lleva a que Gravedad pueda pensarse como más que un simple (y brillantemente logrado) ejercicio de género. La película refiere a las grandes adversidades de la vida y a la forma en que el ser humano puede renacer desde estas contingencias. Las circunstancias en que una persona es víctima de las propias inercias, ese momento en que se encierra en su propia burbuja, pierde la comunicación y el contacto. La escena en que la protagonista, prácticamente ahogada, entra en una nave, respira, se quita el molesto traje y queda suspendida por unos segundos, casi hasta quedar en posición fetal y con un tubo de oxígeno que pareciera un cordón umbilical, refiere a este nuevo nacimiento (además de homenajear a 2001). Otro elemento clave es, a mitad del metraje, el diálogo con un personaje que le achaca a la protagonista que no debe quedarse en la “comodidad” de una nave, entregándose a una muerte segura. El final podría leerse como la salida de un gran vientre, con agua incluida, y de los primeros pasos hacia una nueva vida.

Publicado en brecha el 25/10/2013