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viernes, 11 de enero de 2013

Cloud Atlas: La red invisible / El atlas de las nubes (Cloud Atlas, Andy y Lana Wachowsky, Tom Tykwer, 2012)

Pretencioso entramado

Comentar esta película sin adelantar detalles de su resolución es imposible, por lo que a los que les interese verla e ir descubriendo y asociando las diversas historias contenidas -es parte de la gracia- deberían de dejar de leer esta reseña.
Basados en una novela de David Mitchell, los hermanos Wachowski Andy y Lana (esta última antes de operarse era conocida como Larry), creadores de Matrix, V de Vendetta y Meteoro, y el alemán Tom Tykwer (Corre Lola corre, La princesa y el guerrero) concibieron a seis manos un sobregirado puzle de casi tres horas, en el que se intercalan continuamente seis historias ubicadas en tiempos distintos, y pertenecientes a diversos géneros. 1849, 1936, 1973, 2012, 2144 y 2321: una aventura marítima a bordo de un barco esclavista, un melodrama sobre un compositor gay, un thriller político, una comedia negra inglesa, ciencia ficción distópica y ciencia ficción posapocalíptica. En todas ellas se presenta un conflicto social importante, una situación de abuso de poder y un movimiento trascendente o contestatario, individual o colectivo. Es posible perderse en este caótico entramado, sobre todo durante la primera hora, en la cual se presenta abruptamente una infinidad de situaciones y personajes. Esta composición vertiginosa y cargada de información apunta a espectadores lo suficientemente espabilados como para ir siguiendo y ubicando las diferentes historias sin perderse por el camino, con un montaje que propone un ritmo y saltos continuos entre instancias, algo que recuerda a lo logrado en El origen de Christopher Nolan, o en tramos de la serie Lost; se puede hablar de una novedosa tendencia narrativa que podrá satisfacer a algunos e irritar a otros tantos.
La propuesta no podría ser más pretenciosa: bajo el slogan “todo está conectado” se presenta a un elenco multiestelar (Tom Hanks, Susan Sarandon, Halle Berry, Doona Bae, Hugh Grant, Hugo Weaving y Jim Broadbent, entre otros) con varios personajes para cada uno -seis o siete en algunos casos-, reafirmando la idea verbalizada y subrayada de que todos somos los mismos, que nos repetimos a través del tiempo y que asimismo reiteramos nuestros propios errores. El problema de esta reincidencia en los mismos rostros está en que en muchos casos el maquillaje se vuelve desmedido, convirtiéndose a los blancos en negros, a los hombres en mujeres, a los occidentales en asiáticos y viceversa. En algunos tramos, la sobreabundancia de gomas faciales hace pensar en un espectáculo circense, perdiéndose así buena parte de la seriedad buscada.
Se plantea una especie de "efecto mariposa", basado en que cada historia está vinculada directamente con la historia precedente. Pero los elementos que conectan a una instancia con la siguiente son muy sutiles y muy difíciles de ver durante un primer visionado. Finalmente, el discurso de una chica que es reverenciada como deidad en el nuevo mundo, genera una decepción proporcionalmente directa a la grandilocuencia de toda este inmenso tanque. Corresponde traer a colación la genial película japonesa Fish story (2011), que partía de la misma premisa, en una misma línea multigenérica y de diversas épocas, con fragmentos más dialogados y terrenales y personajes mucho más interesantes. Por supuesto, lograda con un presupuesto infinitamente más modesto; conviene acercarse a ella, aunque sea para darse cuenta de que la que tenemos aquí es una pariente muy inferior. 

Publicado en Brecha el 11/1/2013

viernes, 16 de mayo de 2008

Meteoro: la película (Speed racer, Andy y Larry Wachowski, 2008)

Artificio refulgente


Difícil encontrar una película más eufórica, vibrante y colorida que Meteoro: la película. Baste con decir que es más colorida aún que Kill Bill Vol. 1, Charlie la fábrica de chocolate, Amelie y María Antonieta juntas, y sólo tiene símiles comparables, en ese nivel, a algunas producciones asiáticas como la japonesa Memories of Matsuko o la surcoreana I’m a cyborg, but that’s OK. Pero si existe un producto audiovisual popular en occidente que tiene una gama de colores chillones similar a la presente en Meteoro, es, como bien dice Hijo de Chuck Norris la serie infantil “Lazy Town”, esa en la que los personajes llevan pelucas y ropas color flúo y que suelen provocar rechazo inmediato a los incautos padres que se arriman a verla.
Como sea, ir al cine a ver Meteoro es como sumergirse durante más de dos horas a través de un tubo giratorio de luces y sonidos, es someterse a una inyección audiovisual cargada con imágenes que poco y nada tienen que ver con el mundo tal cual lo conocemos, y se rigen según coordenadas propias y reglas intrínsecas a un universo alternativo. Allí está el principal mérito de los Wachowski: saber crear, basándose en los caracteres de la serie de animé, un estrato audiovisual nuevo, una superficie que escapa a los géneros transitados ordinariamente por la industria, y que les permite afianzarse y levantar auténtico vuelo. Los autos en las carreras se parecen a cualquier cosa menos a autos: son bólidos que salen disparados a través de pistas multicolores, que violan con absoluto desparpajo las leyes de la inercia y la gravedad, que están dotados de múltiples artefactos futuristas y despliegan un sinfín de armas para quitarse de encima a sus contrincantes. Los paisajes, íntegramente digitales, no pretenden emular parajes reales, sino que buscan la artificialidad más desatada.
A los directores Andy y Larry Wachowski no les gusta la medianía –el que conozca detalles de la vida privada de Andy podrá comprobar esta afirmación a medias- e introducen una importante cantidad de ideas visuales y recursos narrativos sumamente originales: al comienzo, una imponente carrera se superpone con un flashback y el protagonista compite con la figura espectral del auto de su hermano; en medio de una conversación se intercalan flashbacks y flashforwards concatenando escenas en juegos temporales absolutamente atípicos. También puede verse una notable economía narrativa a la hora de presentar los deliberadamente estereotipados y unidimensionales adversarios (léase malos).
La película de los Wachowski, aunque me sea de sumo agrado, quizá no sea tolerable para parte del público: la estética puede resultar empalagosa, la velocidad abrumadora, los personajes son puro estereotipo, las escenas de acción pueden volverse confusas en algún momento, hay solemnidad en ciertos tramos y al final se suceden algunas situaciones predecibles.
Pero pese a lo que pueda suponerse, este no es un entretenimiento de los que suspenden la reflexión, sino que por el contrario, la estimula. En especial hay un cuestionamiento que atraviesa toda la trama: “no se puede cambiar el mundo manejando un auto” le recrimina su padre a Meteoro; las incógnitas se mantienen y suponen un conflicto existencial para el protagonista: ¿para qué esforzarse si no tenemos poder alguno de cambiar las reglas? ¿Para qué actuar si ya está todo perdido? La respuesta de los Wachowski es optimista, no se dice con palabras pero se plasma en imágenes: lo importante es hacer lo que a uno le gusta y hacerlo hasta las últimas consecuencias, transitar carriles por donde nadie transitó antes, hacer arte de lo que nadie cree que sea arte. Lo hace Meteoro y también lo hacen los Wachowski, para alegría de muchos.

Publicado en brecha el 16/5/2008