Mostrando entradas con la etiqueta Robert Eggers. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Robert Eggers. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de julio de 2016

Las mejores películas (XXVIII)

Hace ya bastante tiempo que sobrepasé la decena de películas para recomendar, se me fueron acumulando sin que pudiera escribir estas breves sinopsis, y hasta llegué incluso a considerar dejar de publicar este tipo de entradas de "las mejores películas". Pero sé que son de las más leídas de este blog, y unos cuantos lectores me las han pedido especialmente. Además son las que más satisfacción me dan, así que decidí cambiar su enfoque; ya no voy a dejar constancia de todas y cada una de las mejores películas que haya visto en los últimos meses, sino que voy a poner un filtro aún mayor, señalando sólo las que están al alcance de todos y que realmente se me antojan imprescindibles. Tampoco me voy a detener en películas obvias que todo el mundo vio como The Hateful Eight o Tangerine (obviamente, las recomiendo enfáticamente), pero voy a acortar el recorrido porque simplemente no encuentro tiempo para escribir sobre todo el cine bueno que existe.

Oh Boy de Jan Ole Gerster (Alemania)

Esta es del 2012, pero la vi hace poco y si encabeza esta lista es porque me parece una condenada maravilla. Una errática odisea en blanco y negro a través de las calles de Berlín puede contener tantos imprevistos como despropósitos, y los variopintos personajes que se le aparecen a Niko, el algo mimado y desconcertado protagonista, nunca son lo que en un principio parecen, como todo en esta acuosa y extraña película. La Alemania de hoy es un coloso a la deriva, pero aferrado a sus raíces, desviado, neurótico, ocasionalmente violento. Y lo único que quiere Niko es tomarse un café...  

Gente de bien de Franco Lolli (Colombia, Francia)

Creo que nunca vi una película que desplegara tan nítida y brillantemente la esencia misma de las brechas sociales, la discriminación, la exclusión, el resentimiento, el odio de clase. Los niños pueden ser muy crueles, y una iniciativa altruista y caritativa por parte de una madre progresista puede acabar reforzando la exclusión y el prejuicio, convertiéndose en lo contrario de lo que en un principio pretendía. Es terriblemente triste, es brutal, es terrorífica en su planteo, y quizá también sea la mejor película colombiana de todos los tiempos.

Langosta de Yorgos Lanthimos (Grecia, Irlanda, Bélgica, Reino Unido, Francia)

Con Canino, muchos intuíamos que estábamos ante un director absolutamente diferente, un nihilista del porte de un Haneke o Von Trier, pero con un estilo quizá más personal e intransferible. Esa sensación se convierte en certeza al asistir a esta portentosa película. En un futuro distópico, los solteros son arrestados e internados en un hotel, bajo estrecha vigilancia. Cuentan con 45 días para conseguir una nueva pareja, o de lo contrario deberán someterse a una transformación irreversible. En contraposición, un submundo de rebeldes supone la salvaguarda para los usuarios en fuga, pero también presentando una nómina de reglas...

Tag de Sion Sono (Japón)

Con esta película me confirmo como un adicto fanático de Sion Sono. La adolescente protagonista no sólo tiene el problema de que a su alrededor el universo parece convertirse en caos, sino que ella misma va cambiando, transformándose sucesivamente en otras personas a lo largo de su recorrido. Como dice wikipedia, Tag es una película de "acción, terror, surrealismo, suspenso y filosofía". Yo agregaría que es la obra más poética que haya filmado el maestro japonés, y que por detrás de la demencia imparable y de algunas escenas completamente inolvidables, existe un encanto y una sensibilidad muy especial.

Victoria de Sebastian Schipper (Alemania)

Otra más por las calles de Berlín... pero qué bien que vienen filmando los germanos, maldita sea. Acá tenemos a una protagonista un tanto desquiciada e inconsciente, sedienta de adrenalina y descontrol, que se encuentra casualmente con una partida de ebrios que podrían darle justo lo que precisaba. Y efectivamente, todo se termina saliendo de madre, quizá hasta un tanto más de lo que ella hubiese querido. Un plano secuencia de dos horas veinte, con grandes actuaciones, un gran trabajo fotográfico, y un suspenso que se impone sin nunca decaer.

The Witch de Robert Eggers (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Brasil)

Si bien la vida en la Nueva Inglaterra de comienzos del XVII no debió haber sido fácil, menos lo era si tocaba vivir expulsado de la comunidad, de la caza y la recolección en las inmediaciones de un bosque siniestro. Si además una extraña maldición recaía sobre la familia, comenzaban a acontecer desapariciones y extrañas posesiones, la estabilidad tendía a perderse, y ganaba espacios la desesperación. Una película de terror histórico dotada de una densidad inconcebible, que se presta para lecturas sobre la religión y los dogmas, la locura y la marginación, sobre los chivos expiatorios y la persecución a las mujeres, entre otras nimiedades.

La tercera orilla de Celina Murga (Argentina)

La vida de Nicolás no es la de un adolescente típico. Si bien la situación económica de su familia es estable y más bien desahogada, sobre sus hombros pesa un legado insalubre; él quisiera estar más tiempo entre amigos, con sus hermanos o simplemente haciendo nada, pero su padre, a quien ni siquiera puede llamar por su nombre, quiere que siga su recorrido, estudiando medicina, heredando sus tierras y sus más pesadas responsabilidades. El patriarcado no sólo genera víctimas entre las mujeres sino también entre los hombres, y pocas cosas podrían demostrarlo mejor que esta brillante película.

Hijo de Saúl de László Nemes (Hungría)

Antes de que me digan "oootra más de campos de concentración..." les aviso que yo también estoy bastante harto del tema, pero que aún así, esta película me parece sumamente novedosa en su forma, y el planteo lo suficientemente poderoso como para ser desmerecido. El protagonista es un "sonderkommando" a cargo de conducir a los prisioneros a las cámaras de gas, y luego limpiarlas y recoger sus cadáveres. El recorrido de Saul a través del campo va exhibiendo diferentes instancias de deshumanización y horror, y su rostro inexpresivo e inconmovible quizá sea lo más inquietante de todo.

Nina Forever de Ben Blaine y Chirs Blaine (Reino Unido)

Que mientras se tiene sexo con alguien se aparezca el recuerdo de otra persona es algo que le debe pasar a muchos, y que podría considerarse hasta normal. Pero si esa otra persona es tu novia muerta, y no aparece en el recuerdo sino se aparece realmente su cadáver marchito, manchando las sábanas de sangre, entonces tenemos un problema considerable. La Jessica Hyde de la serie Utopia es aquí esta mortaja inoportuna que marca territorio sin nunca dejar a los personajes fornicar en paz. El british horror viene cada día más inteligente y profundo.

Un día especial de Francesca Comencini (Italia)

Un par de muchachos pertenecientes a los barrios periféricos de Roma se conocen a bordo de un lujoso auto. Él acaba de conseguir su trabajo como chofer, ella debe acudir a una promisoria entrevista laboral. Pero la cita se retrasa, y ambos deberán pasar un rato juntos. En ese lapso, aprovecharán para conocerse mejor, para divertirse en el centro de la ciudad, para confiarse deseos y angustias personales. El choque con el universo adulto y con realidades que existen pero nadie cuestiona, desvelan una Italia berlusconiana de decadencia moral, individualismo recalcitrante y víctimas varias.

viernes, 3 de junio de 2016

La bruja (The Witch, Robert Eggers, 2015)

Terror histórico de varias capas


Es curioso que esta película se distribuya como si fuese una más de terror comercial. Normalmente, una producción independiente de estas características no llegaría a las grandes audiencias, pero varios premios en Sundance y otros festivales y una exultante recepción crítica han logrado abrirle puertas. Que se trata de un filme de terror que escapa completamente a los parámetros de lo esperable es algo que los entendidos podrán notar desde el primer minuto: la acción arranca en un tribunal colonial de  la Nueva Inglaterra de la primera mitad del siglo XVII. Una familia es sentenciada por la justicia puritana que vendría a simbolizar los mismos rudimentos de los Estados Unidos. Así, ellos son expulsados de la colonia, aparentemente por irreconciliables diferencias ideológicas con la comunidad. El castigo parece desmesuradamente severo, ya que ese destierro obliga a la familia a la supervivencia en el ostracismo, a malvivir duramente de la agricultura y la caza en una apartada granja. Pero si bien al principio emprenden su exilio con fortaleza y optimismo, todo parece conspirar en su contra: a poco de instalarse en el bosque su bebé desaparece, y una serie de maldiciones paganas parecen cernirse sobre ellos, minando la unidad familiar.
Antes de los créditos finales un texto informa que tanto la historia como los diálogos fueron construidos mediante escritos de época, principalmente documentos históricos y actas judiciales. Aquí hubo un verdadero trabajo de investigación, contrastable en el desarrollo de la película y en los personajes, en sus motivaciones, en cada una de sus exhalaciones; el enfoque así está provisto de un realismo sobresaliente, desde la dicción de los actores a toda la simbología, cercana a un cristianismo medieval. Una veracidad insólita no sólo para una película de terror, sino para cualquier película, a secas. Es así que, lejos de quedarse en una anécdota de fuerzas sobrenaturales o en un melodrama de disputas familiares, esta sombría ventana al pasado retrotrae a un mundo rural en el que la lucha por la supervivencia es continua y la mortalidad infantil forma parte de la realidad corriente. Por fuera de esto, es plasmado notablemente el cuadro familiar con su propia dinámica de fanatismo, al mismo tiempo respetando la psicología de cada personaje. Bajo el dominio del dogmatismo religioso operan mecanismos de control y exclusión que los vuelven tanto víctimas como reproductores de éstos.
También son perceptibles las formas en que se establecen las relaciones de poder, a nivel extra e intrafamiliar. El director estadounidense debutante Robert Eggers logra trasmitir una sensación de miedo que poco tiene que ver con lo sobrenatural, y más bien con asuntos tan básicos y atávicos como perder a un hijo, pasar hambre, o el derrumbe del pilar esencial que es, en este caso, la fe. Valiéndose de esta sensación de temor constante, la película se las apaña para dar cuenta de cómo surgen los chivos expiatorios, depositarios de todas las culpas y frustraciones. Y como bien se demostrará con perspicacia, éstos no suelen ser precisamente los eslabones más débiles de la cadena sino, por el contrario, los más fuertes.
Hay películas que en vez de valerse de referentes que todo el mundo conoce recurren a otros más recónditos, diferentes e impensables. Que el pensamiento de Michel Foucault sea uno de ellos demuestra la densidad de este sobresaliente relato. Pero La bruja bebe además de otras fuentes: hay puntos de contacto con el cine de Michael Haneke, Ingmar Bergman, Carl T Dreyer y Lars von Trier, sin dejar de ser una película que no podría haber sido concebida más que hoy. Con una fotografía excepcional –filtros oscuros para los exteriores, interiores iluminados con velas–, una música apagada que acompaña al opresivo bosque, y la contención como principal baza para lograr un sostenido suspenso, La bruja es una película imprescindible, no sólo para los cultores del género, sino para cualquier cinéfilo, a secas.

Publicado en Brecha el 3/6/2016