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viernes, 15 de abril de 2016

As the Gods Will (Takashi Miike, 2014) y Tag (Sion Sono, 2015)

Desequilibrios nipones


Si existiera un improbable índice de demencia cinematográfica, Japón sería el país que los lideraría a todos, robando además por varias cabezas. Son inconcebibles los grados de delirio a los que suelen llegar las más fantasiosas obras provenientes de ese país, y es ciertamente lógico que muchos espectadores, hartos de los esquemas hollywoodenses, busquen refugio en este cine masivo alternativo, que al mismo tiempo entretiene y sorprende, rompiendo con formas y esquemas dominantes. 
Hace cinco años hablábamos de Takashi Miike (Audition, Visitor Q) como uno de los mayores enfermos mentales del cine mundial. Con un ritmo exorbitante lanzaba anualmente un sinfín de películas de lo más variadas, incluyendo desde el cine de terror más extremo hasta la comedia musical, del cine de acción de yakuzas al drama histórico, del mecha (robots gigantes) a la psicodelia existencial. Aun en sus películas más convencionales el cineasta permitía ver una autoría caracterizada por los excesos, la mezcla de géneros y una imaginación desaforada. 
Pero en los últimos años el gran Miike –quien con 55 años ya tiene unas 90 películas filmadas– disminuyó su ritmo, algunos de sus filmes parecieron adquirir un formato estándar y –en ese momento en que bajó la guardia– fue opacado y casi que hasta superado por un nuevo maestro, que amenaza arrebatarle el trono de japonés más delirante (y brillante) de la actualidad. Curiosamente, el inclasificable Sion Sono (Coldfish, Why Don’t You Play in Hell?) se impuso en los últimos años como uno de los cineastas más prolíficos del mundo, ya que en este último 2015 dirigió siete películas, a cada cual más desquiciada. 
Como si Miike quisiese demostrar que no lo van a derrotar así como así, ni que va a tirar la toalla sin dar una buena pelea, filmó la notable As the Gods Will. En esta los alumnos de una escuela secundaria ven sus monótonas clases sustituidas por juegos de muerte que, en comparación, dejarían a Los juegos del hambre como una auténtica chiquillada. Los participantes son empujados por la fuerza a juegos dificilísimos que, además, no son otra cosa que carnicerías: los muertos se acumulan en montañas, y de una clase entera participante sobrevive tan sólo uno o quizá dos alumnos, que pasan a la etapa siguiente. El ambiente es pesadillesco pero se vale de colores vivos y una iconografía inspirada en juegos infantiles, y la historia se sirve de un ritmo abrupto y vertiginoso, por el cual se pasa directamente a la acción sin detenerse en presentaciones de personajes más que por algún breve flashback. Pero además los desafíos son terribles y los participantes deben exprimirse las neuronas en tiempo récord y bajo extrema presión para descifrar y finalmente burlar su lógica intrínseca. As the Gods Will es un Miike recargado, sobregirado como nunca, extremadamente entretenido. Y lo que es mejor, deja su final abierto para una secuela. 


En cuanto a una de las últimas películas de Sono, Tag, también parte de un grupo de secundaria, pero esta vez integrado solamente por chicas. Si el comienzo de As the Gods Will es excelente, el de Tag no lo es menos, una introducción como nunca se ha visto en el cine: dos ómnibus viajan a través de la ruta que cruza un bosque, y es captado el grupo de adolescentes que se encuentra a bordo de uno de ellos; se divierten, juegan a arrojarse almohadones de plumas. A una de ellas, que pese al ruido impuesto por las demás intenta escribir poemas en su diario, le hacen caer su lapicera: en el momento en que se agacha a recogerla en el pasillo, una ráfaga de viento corta el ómnibus a la mitad, y con él a todas sus compañeras de clase, dejándola como la única sobreviviente en medio de una treintena de cadáveres partidos en dos. De ese momento en adelante se desarrollará una historia casi surrealista, etérea, hermosamente filmada, concebida con el material del que están hechos los sueños: un viaje en el que se irán sucediendo diferentes situaciones sin razón aparente, por lo general inesperadamente interrumpidas por exabruptos de violencia. Lo más interesante del asunto es que, conforme avanza la historia, la misma protagonista irá convirtiéndose sucesivamente en otras personas; por detrás de la insensatez del planteo, se asoman algunos subtextos y, finalmente, se impone la alegoría. 
Sono había demostrado estar muy mal de la cabeza, ser infernalmente divertido y filmar como los dioses. No sabíamos que, además, era un gran poeta.

Publicado en Brecha el 15/4/2016

sábado, 11 de junio de 2011

Enter the void (Gaspar Noé, 2009)

Un fantasma que recorre oriente


Éste debe de ser el primer largometraje del director argentino radicado en Francia Gaspar Noé que puede verse sin temor. Es lógico que luego de las traumáticas experiencias de Sólo contra todos e Irreversible haya muchos que no quieran ni acercarse a su obra, pero cierto es que aquí la violencia no llega a los intolerables parámetros de los precedentes, y queda claro que no existe por parte de Noé una búsqueda tan deliberada de la indigesta y el shock.
Desde su mismo inicio, Enter the void es una experiencia inigualable. Los estridentes sonidos electrónicos de Daft punk se coordinan con grandes letras multicolores que titilan como luces estroboscópicas sobre un fondo negro, causando conmoción. En ese comienzo todos los créditos –los que normalmente aparecen al final- se suceden a una velocidad inusitada, sin que se pueda leer lo que dicen ni haciendo el esfuerzo. No recomendable para espectadores epilépticos, ese impactante comienzo ya da buenos indicios de que esta película va a escapar a cualquier cosa vista con anterioridad. Y es una idea que se continúa sin pausas hasta el final de la película.
Enter the void nos lleva, literalmente, a ver el mundo desde la perspectiva de un muchacho de unos veinte años. La cámara se ubica donde estaría su óptica, se reproducen sus parpadeos; si cierra los ojos por un rato la pantalla se torna oscura. El chico, además de ser un dealer, es un drogadicto. Y desde la primera escena empieza a consumir sustancias: DMT -dimetiltriptamina, para muchos, la droga más potente del mundo- y píldoras de GHB –Gamahidroxibutirato, un psicotrópico sedante-, y se mueve en un mundo en que el éxtasis y la cocaína fluyen como el agua. Es así que el espectador es llevado a colocarse en su psiquis durante sus viajes lisérgicos. Se entra al vacío, a un mundo alucinante donde abundan las imágenes abstractas y formas sugerentes que refulgen en un colorido cambiante. Sólo comparables a las más voladas escenas de 2001: odisea del espacio y a algunas de The fountain de Darren Aronofsky, estos pequeños clips dan muestras de la inagotable imaginación audiovisual del director. No es conveniente contar una de las sorpresas iniciales del guión, por lo que es mejor nombrar solamente que la película propone una historia de pactos de sangre, incesto, traición, muerte y resurrección, que se traza un interesantísimo cruce entre oriente y occidente –los protagonistas son norteamericanos instalados en Japón- que hay flashbacks permanentes y saltos temporales, y que abundan las escenas de alto contenido sexual. Que un fantasma deambula contemplando el mundo de los vivos y su propia vida, y que El Libro tibetano de los muertos es el sustento literario para una experiencia mística mayor.


Con Gaspar Noé ocurrió lo mismo que con el también maldito Carlos Reygadas. Ambos se dieron a conocer con dos películas incómodas y revulsivas, (Reygadas con Japón y Batalla en el cielo) ambos fueron tildados de terroristas y asusta-viejas -Reygadas por su atípico contenido sexual y Noé por su uso de la violencia extrema-, y la crítica en general no supo si tomarlos en serio ni qué hacer con ninguno de ellos. Pero con sus impactantes terceras películas, Luz silenciosa y Enter the void, taparon la boca de todo el mundo y se hizo imposible seguir ignorándolos. Gracias a una inagotable batería de recursos, Noé logra aquí planos secuencias imposibles –se recomienda especialmente acercarse también a los notables cortos y videoclips que dirigió, disponibles en Internet, en los que experimenta con efectos visuales portentosos - y conjuga animación digital con filmación real sin perder la unidad estética ni que se sienta el cambio o el artificio en ningún momento.
Como no podía ser de otra manera, la alucinada inmersión propuesta por Noé se convierte prontamente en un mal viaje, en una pesadilla, dando forma a una imprescindible, tentadora, adictiva y polimorfa odisea; un onírico trozo de muerte de dos horas y media, que pide a gritos ser estrenado en el cine.


Publicado en Brecha el 10/6/2011

jueves, 2 de abril de 2009

[Rec] (Jaume Balagueró, Paco Plaza, 2007)

El infierno


“Esperemos que esta noche sí pase algo emocionante” dice Ángela, conductora del programa nocturno “Mientras usted duerme” con ese espíritu carroñero de los peores movileros televisivos. El cuartel de bomberos que le tocó cubrir pinta ser aburrido y rutinario, los mismos bomberos le avisan que normalmente pasan noches tranquilas, sin más trabajo que frenar alguna pérdida de agua o rescatar mascotas. Para alegría de la conductora, suena la alarma y salen ella, el cameraman y los bomberos a un edificio donde los vecinos denuncian escuchar gritos espantosos que llegan del último piso. Pero al poco tiempo los ánimos sensacionalistas desaparecerán: en el edificio se esconden varios zombies hambrientos de carne humana, y las autoridades clausuran las salidas para que la plaga no se extienda, recluyendo a los residentes.
[Rec] es una pesadilla. Una inmersión claustrofóbica en un ambiente donde la histeria colectiva desborda y los vecinos dejan asomar sus facetas más egoístas. Asimismo, la película no evita las situaciones grotescas ni los excesos gore, convirtiéndose en un recorrido de atmósferas opresivas y tensión creciente. Filmada desde una cámara al hombro subjetiva, alcanza planos secuencia brillantemente orquestados, gracias a los cuales se logra tener conocimiento de la distribución espacial del edificio y los variopintos personajes que lo habitan. La eventual oscuridad y los claroscuros funcionan como llamadores del suspenso, y la cámara colocada en ángulos oblicuos muestra parcialmente cuadros desagradables, generadores de horror e incomodidad. Breves momentos de distensión e incluso alguna situación hilarante ayuda a que los climas no se vuelvan abrumadores.
A diferencia de otras películas de terror filmadas con cámaras subjetivas y pretensiones de realismo (El proyecto Blair Witch, Cloverfield, El diario de los muertos) [Rec] es la única en la que se justifica que el cameraman, pese a los riesgos que corre, siga filmando. Primero por la consabida cuestión sensacionalista, luego para poder denunciar la injusticia a la que quedan expuestos, más adelante para poder iluminar (la cámara llega a ser la única fuente de luz en determinado momento) y finalmente para poder ver algo en un desenlace que es cumbre del desasosiego. [Rec] es una experiencia intensa, y una de las mejores películas de terror de los últimos tiempos.


Publicado en Brecha el 3/3/2009

jueves, 25 de septiembre de 2008

Ploy (Pen-ek Ratanaruang, 2007)

Bangkok dreamin'


A lo largo de su vida, el director tailandés Pen-ek Ratanaruang (Last life in the universe, Invisible Waves) pasó mucho tiempo en países extranjeros, y los viajes y el contacto con otras culturas fueron constantes desde su juventud. En sus películas los personajes normalmente se encuentran de paso, lejos de su tierra, suspendidos temporalmente en espacios transitorios (apartamentos alquilados, barcos, bares, habitaciones de hotel), como si atravesasen etéreos limbos. La pareja protagonista de Ploy viaja desde Estados Unidos a Tailandia, debido a la muerte de un familiar. Al comienzo de la película se los muestra en un tedioso viaje en avión y en seguida en su arribo a un hotel de Bangkok. Hay muchos detalles llamativos en estas primeras escenas: en primer lugar, la pareja aparece en una toma, él despierto y ella dormida; luego al revés. La idea de incomunicación, de cierta desconexión entre los miembros de la pareja se planta desde un comienzo. Luego, el sonido. A lo largo de toda la película existe un murmullo de fondo que propicia un estupor permanente. Primero los apagados sonidos de las turbinas del avión, luego, sofocados ruidos provenientes de la calle, más adelante la banda sonora, tenues y sostenidas notas de órgano que refuerzan el embotamiento y un constante estado de somnolencia.
La primera vez que Ploy entra en pantalla, surge como una aparición, como un sueño. La toma es breve y sutil, pero absolutamente atípica. La chica pide fuego al protagonista, entra y sale fugazmente del cuadro. Al irse, la cámara queda quieta, fuera de foco durante unos segundos, apuntando hacia la nada. Queda instalada la idea de que pasó algo asombroso, una ilusión, un espectro capaz de cortar el aliento y la reflexión. No pasaron ocho minutos de película y Ratanaruang ya demostró que es un director sumamente inquieto e innovador, y un detallista puntilloso a nivel plástico. Su cámara filma a los personajes en encuadres atípicos, por lo general situada por debajo de su cintura, y con lentos y cadenciosos movimientos.
La pareja se encuentra visiblemente aturdida por el desfasaje horario, y, pronto se descubrirá, atravesando una determinante crisis conyugal. En este panorama aparece Ploy, quien despierta celos en la mujer y vaya uno a saber qué sentimientos en el protagonista, que por la edad podría ser su padre. El conflictivo triángulo instala cierta tensión en el cuadro, y llega a desencadenar inesperados y crudos estallidos de violencia. Paralelamente, en otra habitación del mismo hotel, una mujer de la limpieza y un barman tienen sexo en largas y distendidas escenas de alto voltaje erótico.
En la película comienzan a sucederse situaciones que, se descubrirá luego, son sólo ensoñaciones de los protagonistas. En este sentido, el filme está lleno de escenas tramposas, que muestran cosas sin que sucedan realmente; en algunos casos sólo representan deseos inconscientes, en otros, situaciones que podrían haber sucedido, rumbos que la película podría haber tomado pero que sólo quedan sugeridos.
Ploy (la imponente Apinya Sakuljaroensuk) es uno de los principales enigmas del filme; la singular belleza de esta lolita tailandesa es de lo más inquietante: su enigmático rostro revela a una niña y una mujer madura al mismo tiempo, su mirada, un pasado denso y mil turbulencias. Demasiado joven y desgarbada para los 19 años que dice tener, viste una remera semiandrajosa -¿se habrá rasgado o será una moda?- y lleva un ojo levemente amoratado. El contenido de su cartera también amplía el misterio: maquillaje abundante, una yilé junto a un vidrio espejado. Ratanaruang es maestro en el arte de insinuar, dejando asomar todo el tiempo zonas de sombra que el espectador debe llenar con su propia intuición. La película se inscribe en esa clase de filmes ingrávidos y atmosféricos que parecen sueños, y que detrás de ellos esconden a auténticos autores, maestros del artificio y el lenguaje cinematográfico. A medio camino entre el cine de Wong Kar-wai y el de David Lynch, sin los desbordes característicos de uno y otro, Ploy sobresale como el mejor filme que Ratanaruang ha pergeñado hasta la fecha, y uno de los más importantes del cine tailandés actual.

Publicado en Brecha 26/9/2008

jueves, 10 de abril de 2008

1408 (Mikael Håfström, 2007)

King aporta, Cusack dignifica, Håfström brilla


Uno de los grandes atractivos de esta película son los primeros tramos del guión, adaptados de un relato de Stephen King. Mike Enslin (John Cusack) es un escritor especializado en lugares embrujados que se dedica a viajar de una ciudad a otra, recorriendo hoteles, casas, faros o catedrales presuntamente malditos y su descreimiento respecto a lo sobrenatural aumenta a diario. Su experiencia parece indicarle que todas las historias de apariciones y de antiguos asesinatos son explotadas para “vender” los recintos y atraer turistas. Es así que en la película no hay sobresaltos hasta pasados los primeros cuarenta minutos, pero hasta entonces la idea de partida tiene la suficiente fuerza como para sostener eficientemente el suspenso durante todo ese tiempo. Samuel Jackson es el gerente de un hotel de Nueva York que intenta persuadir al protagonista de que no se aloje en la habitación del título; argumentos no le faltan ya que, explica, innumerables muertes tuvieron lugar en esa pieza. El escritor también tiene sus razones, simplemente no cree en las maldiciones e insiste en alojarse allí. Pero como ocurre en el mejor cine de terror, los constructos racionales comienzan a verse desplazados por la creciente imposición de lo sobrenatural.
Otro de los puntos fuertes en la película es Enslin, el protagonista. Un personaje curtido, sin miedo, preparado para afrontarse a lo que sea. Es del tipo de caracteres fuertes, bien plantados, ideales para estos filmes. Al llegar a vérselo como un individuo quebrado, temeroso y vulnerable, se transforma en fuente de pánico para el que se vio amparado, respaldado en esa firmeza. Cusack convence y cumple airosamente la responsabilidad de cargar en sus hombros con una película en la que su presencia debe ocupar tres cuartas partes de la totalidad de los planos. Si el filme no decae en algún breve momento de debilidad del guión, –que lo hay- se debe a la credibilidad que supo despertar el actor.
El tercer punto fuerte tiene que ver con los aspectos técnicos y es mérito específico del director sueco Michael Håfström. Los primeros minutos dentro de la habitación son de un terror minimalista y psicológico, similar al de películas como Los otros o El orfanato. Se plasman múltiples factores potenciadores de nerviosismo: sonidos de fuera de campo, espejos escondidos que reflejan parcialmente al personaje, cortinas movidas por el viento, objetos amenazantes que se encuentran desenfocados por detrás del protagonista. Pasada esa primera etapa minimalista, el horror comienza a imponerse por acumulación. Las amenazas comienzan a corporizarse y el director apunta a la sorpresa, a la claustrofobia, a la angustia, generando atmósferas opresivas y enajenantes. La desesperación del protagonista aumenta en vertiginoso crescendo, con algunos momentos de distensión sabiamente dosificados para que los clímaxes sean aún más intensos. 1408 alcanza momentos de un desasosiego arrollador, y la vuelta de tuerca final, parecida a la de El descenso, reafirma aún más este aspecto. En definitiva, la película será difícilmente tolerable para quien no sea afín al género, pero sin duda se trata de una joyita para los adeptos.
Publicado en Brecha 11/4/2008

miércoles, 19 de marzo de 2008

Imperio (INLAND EMPIRE, David Lynch, 2006)

Lynch sigue siendo Lynch


Desquiciada, extravagante, abrumadora, Imperio sigue en la línea más personal, libérrima y trastornada de Lynch, en la que se situarían películas como Eraserhead, Carretera perdida y Mulholland Drive. Lynch insiste en seguir siendo Lynch. Cuando un diálogo comienza a parecer “normal” algo siniestro lo corta antes de que termine. Cuando el espectador cree que se puede aferrar a algo que se asemeja a un “argumento”, inmediatamente se desintegra entre sus dedos. Cuando la película parece que comienza a moverse en determinada dirección, de golpe da un quiebre insospechado y toma nuevas dimensiones. Lynch invita al espectador a sumergirse en un experimento alucinante, a abandonar por un buen rato (3 horas) los razonamientos lineales y a pensar este filme desde la lógica de los sueños; a dejarse llevar por un universo construido por sensaciones y atmósferas.
Personajes de rostros borroneados, individuos con fisonomía de humano y cabeza de conejo, seres que amenazan y sermonean a los protagonistas, un rodaje donde se confunde lo que es película y lo que es realidad, conversaciones incómodas, pegadizos números musicales, hipnotismo, amnesia y recuerdos del futuro, prostitución, asesinatos, desdoblamientos de personalidad, la tentación de lo prohibido y la ardua lucha entre placer y represión, todo edificado alrededor de la descomunal labor de Laura Dern. Personaje poliédrico si los hay, de múltiples caras y facetas, trasciende una individualidad única, representando la esencia de todas y cada una de las mujeres de la película.
El arsenal de recursos que Lynch maneja y explota es inacabable. Filmada en gran parte en formato digital, con demenciales juegos de luces y sombras, cámaras al hombro, abundancia de fundidos e imágenes superpuestas, colores inquietos, repentinos flashes, gotas que centellean en tomas pasajeras, primeros primerísimos planos que parecieran querer introducirse en la psiquis de los personajes, y una riquísima banda sonora compuesta mayoritariamente por música y sonidos etéreos, la película ameritaría extensos estudios detallados, y Lynch abruma por su conocimiento del lenguaje cinematográfico.
El director filmó Imperio sin un guión preconcebido, a partir de una o dos ideas sueltas, y a partir de allí comenzó a armar la película. Cuando alguien le preguntó sobre el significado de la obra, su respuesta fue tajante: “no lo sé”. Al cineasta le interesan las formas, y que cada uno busque el significado que más le convenga.
Lynch ha dicho en una entrevista que lo ideal es ver las películas en un lugar oscuro, silencioso, de modo que no se entrometan factores externos en la experiencia de sentir y respirar las obras. Imperio es ideal para ver en una pantalla grande, por lo que la oportunidad de verla en el cine no debería dejarse pasar. Eso sí, una proyección de tres horas ameritaría a que se hiciera una pequeña pausa entre medio, para que el espectador pudiera estirar las piernas, distenderse un poco, quizá tomar algo antes de volver a entregarse a la segunda mitad de una portentosa inyección sensorial.

Publicado en Brecha 20/3/2008

miércoles, 13 de febrero de 2008

Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet (Sweeney Todd: the demon barber of Fleet Street, Tim Burton, 2007)

Sweeney el degollador


Puedo decir con orgullo que le pegué. Es cierto que a veces escribo barbaridades, que de a ratos me arrepiento de alguna afirmación arrojada o de pequeñas inexactitudes, y que frecuentemente espero películas que acaban siendo un fraude. Pero esta vez le pegué: hace unos cuantos meses que puse ese cartel al costado del blog expresando mi ansiedad porque se estrenara Sweeney Todd, y hoy caigo en la cuenta de que mis expectativas fueron satisfechas con creces.

(Sepan perdonar el autobombo. Aseguro que es el primero y el último.)

Hace ya trece años Hugo Alfaro escribía en Brecha: “¿Así que no vieron Ed Wood, el estreno del Alfa?” El reproche era en realidad un festejo. Alfaro y toda la crítica uruguaya vertían elogios sobre una película que curiosamente significó el único fracaso de taquilla de la carrera cinematográfica de Tim Burton. Hoy cabría repetir la misma pregunta antipática: ¿todavía no fueron a ver Sweeney Todd, la última maravilla de Burton? En estos últimos meses las carteleras sólo se han dignado en ofrecernos un bodrio detrás de otro, y por eso habría que aprovechar estos momentos precedentes a los óscar, en los que los apellidos Burton, Coen, Wright y Thomas Anderson comienzan a resonar, y qué puede ser mejor que ir a ver buen cine de verdad, y de ser posible, en abundancia.
Hoy ya nos hemos regocijado con ataques de marcianos, jinetes sin cabeza y cadáveres de novias al punto de que nadie en su sano juicio se atrevería a poner en duda el talento de Burton. Es cierto que el director también tuvo sus traspiés y cayó en algún despropósito como su horrenda versión de El planeta de los simios, y hasta pudo llegar a pergeñar secuencias de auténtico mal gusto como los bailes de los enanos oompa-loompas en Charlie y la fábrica de chocolate. Pero como ocurre con los hermanos Coen, cuando uno menos se lo espera el cineasta suele sorprender con películas que rozan la perfección y lo redimen de anteriores desaciertos.


Aunque no parezca, un cineasta de excesos. Quizá Burton sea de los pocos cineastas en el mundo que con sólo verse unos segundos de cualquiera de sus filmes puede reconocerse su autoría de inmediato, y Sweeney Todd revela mejor que ninguna otra película el gusto de Burton por los excesos y su particular inclinación por los ambientes oscuros y mortecinos. Su representación del Londres del S. XIX no podría ser más lúgubre: pintado como una fétida y pútrida cloaca, con chimeneas de fondo que ennegrecen permanentemente el cielo y poblado por un gentío miserable y pérfido, el cuadro ensombrece hasta los más opacos abordajes fílmicos a la cuna de la industrialización, la ciudad de Jack el destripador.
Los excesos del director no son algo nuevo. Cuando el joven Timothy William Burton trabajó como animador para la Disney, sus superiores le pedían que diseñara personajes queribles y de ojos expresivos, y Burton entregaba personajes casi monstruosos, con huecos en lugar de ojos. Cuando le tocó colaborar en la película El zorro y el sabueso debía dibujar simpáticos zorros, pero no le salían y los esbozaba de forma que parecían haber sido atropellados en la carretera. Los ejecutivos de la Disney incluso llegarían a archivar a Vincent, su primer animación en stop-motion -un homenaje a Vincent Price y a Edgar Allan Poe- porque no supieron que hacer con tan tétrico y poco conveniente cortometraje. Años después, estrenada Batman returns Burton recibió quejas de padres y críticas negativas porque su contenido tampoco parecía adecuado para el público infantil, ya que existía una sexualidad subyacente, manifiesta principalmente en el personaje de gatúbela y su traje de cuero de tipo fetichista.
Sweeney Todd es una historia de venganza. Como en Oldboy, quince años de injusto enclaustramiento son suficientes para germinar una ira incontenible en Sweeney (Johnny Depp). Enterado de los tormentos provocados a su mujer y a su hija por parte del nefasto juez Turpin (Alan Rickman), armado con navajas de barbero y respaldado por una cocinera que elabora pasteles rellenos de carne humana (Helena Bonham-Carter), Sweeney el psicópata transformará a inocentes y culpables en vigorosos torrentes sanguíneos. Y a Burton no parecen gustarle las medias tintas y cada degüello propicia mares de sangre sólo comparables a los provocados por los sablazos de Tarantino o los machetazos de Alexandre Aja.
Y si estas últimas afirmaciones deberían servir como advertencia y eventualmente como filtro para ciertas sensibilidades, es necesario avisar también que Sweeney Todd es, ante todo, un musical. Y es un musical con ganas, lo que significa que más del 50% de los diálogos del filme son cantados. Los trailers de la película minimizaron este aspecto, probablemente por haberse considerado que los musicales son incompatibles con las grandes audiencias. Y la película será vista como una maravilla o como un suplicio según se sienta a cada nueva canción como un portento caído del cielo o como un fastidio inoportuno.

Buena compañía. Burton, como todo cineasta inteligente, ha sabido rodearse de un equipo de gente talentosa que lo apoya y pesa considerablemente en la grandeza de sus obras. Danny Elfman, originalmente guitarrista y cantante de música ecléctica, fue desde el primer filme de Burton su compositor asiduo, y la fórmula Burton - Elfman sólo es comparable en Hollywood con la dupla Steven Spielberg – John Williams. Elfman no quizo aceptar la propuesta de Burton de musicalizar Sweeney Todd por no sentirse al nivel de Stephen Sondheim, creador del musical original de Broadway. Curiosamente, la mano maestra de Elfman no se extraña en este caso particular, y la labor de Sondheim junto a Burton es ejemplar. Por su parte, los actuales actores fetiche de Burton, el genial y ecléctico Johnny Depp y la no menos imponente Helena Bonham Carter proveen de una personalidad incomparable a sus personajes y su sola presencia ya ameritaría ver la película, fuese dirigida por quien fuere.
Desde Charlie y la fábrica de chocolate el cineasta ha comenzado a filmar en Inglaterra y el cambio le ha sentado muy bien, entre otras cosas por tener a su disposición a la mejor escuela de actores del mundo. Si Depp y Bonham Carter merecerían ser puestos en un altar, Alan Rickman debe de ser uno de los mejores villanos de la historia del cine, (basta recordar sus papeles en Duro de matar, Robin Hood o la serie de Harry Potter para confirmarlo) y donde otro actor hubiese encarnado a un personaje pobre o estereotipado, él genera densidad y un rechazo visceral, como debería causar todo buen villano. Timothy Spall como ponzoñoso secundario está muy bien aunque quizá no tenga tantas oportunidades de generar un personaje verdaderamente profundo, y su papel se asemeja demasiado al hombre-rata que le tocó intepretar en las últimas entregas de Harry Potter. Tampoco es menor la labor del cómico Sacha Baron Cohen, (más identificable por el nombre de Borat, uno de sus personajes asiduos) interpretando a un barbero italiano, rival de Sweeney Todd y estafador hasta la médula, un individuo que llega a causar gracia con su sola presencia.


Si la oscura temática, el humor negro, el aspecto musical y las atmósferas de romance y fantasía siempre fueron rasgos burtonianos, lo verdaderamente novedoso de Sweeney Todd es su desenlace, digno de la más atroz y desoladora tragedia griega. Si bien de a ratos Burton se ha mostrado prudente, creando películas sin demasiados desbordes y aptas para niños, Sweeney Todd podría verse como una impactante descarga, un recuerdo de hasta qué límites inciertos es capaz de llegar el caudal creativo del cineasta.

Felizmente superficial. Se ha criticado al filme por ser hueco, por su inconsistencia, y por alguna evidente incoherencia en la trama. “¿Por qué Sweeney no mata al malo la primera vez que se le presenta la ocasión?” escribió alguien. Una respuesta posible es: porque sólo así podríamos disfrutar de una hora más de un musical alucinante, único en su especie.
Decir que nos encontramos con una película hueca o superficial no es un ataque, sino que es una definición que no es perjudicial en lo más mínimo. El director no calla nada, no busca las elipsis ni la sugerencia, y no pretende despertar reflexiones profundas. Planta toda su fuerza en las atmósferas, y vaya si las logra. En los mundos de Burton cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia; su audiencia debe saber abandonar sus preconceptos, sumergirse en sus universos, dejarse llevar y no buscarle quintas patas al gato. Y no existe nada como una buena trama superficial para hundirse de lleno en ella. Reflexiones existenciales en este contexto resultarían contraproducentes. Paradójicamente, a unos cuantos nos gustaría quedarnos a vivir en un mundo rebosante de imaginación y canciones notables como el de Sweeney Todd, aunque abunde en sangre e inmundicias varias.

Publicado en Brecha 15/2/2008

sábado, 15 de septiembre de 2007

Cortos de David Lynch

La lógica de lo ilógico
Sueños / pequeñas rebanadas de muerte / como los detesto”. Edgar Allan Poe


Que David Lynch está muy mal de la cabeza no es novedad para nadie. Pero si uno echa un vistazo a sus poco difundidos cortometrajes se dará cuenta de hasta qué punto en su cerebro hay unas cuantas piezas sueltas. De a ratos, cuesta saber verdaderamente si Lynch se tomará en serio a sí mismo, o si en el fondo la obra de este buen hombre no será un gran bluff, y si acaso no se estará burlando abiertamente de sus incautos espectadores.

Cada uno de los cortos de su carrera desafía la lógica y las narrativas tradicionales, y hasta en algunos casos se vuelve muy difícil describir sus tramas argumentales, básicamente porque tales “tramas” no existen. Oscilando entre lo puramente experimental y el propio “retazo” de sueño, sus creaciones suelen llamar alternativamente a la incomodidad, a la repulsión y al más simple y llano desconcierto. Y esto debe de satisfacer enormemente a Lynch, siempre dispuesto a meter el dedo en los engranes inconscientes de su público, de atentar contra su vulnerabilidad, de hacerlo enfrentarse a sus propios miedos, y, por supuesto, de descolocarlo y llevarlo a pensar y a resignificar las misteriosas y perturbadoras imágenes que se suceden.

Así, sus cortos exigen varias lecturas, y uno vuelve a ellos como a un enigma sin resolver, ya que seducen en su enajenamiento, en su incoherencia, en ese dejar cabos sueltos, siempre con un notable sentido plástico. Sin duda, los seguidores de Lynch estamos dotados de cierto espíritu masoquista, el cual nos lleva a reincidir en la incomodidad y el desconcierto que provoca su obra. Asimismo, quienes necesiten que se les “explique” una película, que exijan que todas las piezas de un puzzle acaben acoplándose perfectamente, jamás tendrán cabida en su universo.

Anterior a su debut en el largometraje –esa pesadilla genial que fue Eraserhead (1977)- su primer etapa de cortos es de un surrealismo sucio, angustiante y por momentos casi intolerable, y puede herir varias sensibilidades. Six figures getting sick (1966) es un cuadro animado, en donde seis figuras de rasgos humanoides se descomponen y vomitan al unísono. La misma escena se repite seis veces, siempre con un aturdidor ruido de sirena de fondo. En The alphabet (1968), The grandmother (1970), y The amputee (1974) Lynch continúa con la experimentación pesadillesca, que en su momento debió de haber sido un agasajo para el joven David Cronenberg, ya que se conjugan miedos inconscientes, viscosidades orgánicas y algo de gore.

The cowboy and the frenchman (1988) se asemeja más a Terciopelo azul (1986) por su mirada radiográfica y crítica a la norteamérica “profunda”, aunque aquí el tono es el de una hilarante comedia absurda. El gran Harry Dean Stanton es un algo sordo y obtuso cowboy que se sorprende ante la llegada de un francés y llega a confundirlo con un alienígena. Sobrellevado el malentendido comenzará un curioso intercambio cultural.

Rabbits (2002), debe de ser una de las obras fílmicas más desconcertantes jamás vistas, y supera en extrañeza a cualquier otra cosa que haya hecho Lynch. En una sala de estar provista de una iluminación tenue y opresiva, conviven tres seres con fisonomía y ropas de humano pero con pelos y ominosas cabezas de conejo. La inalterabilidad del plano, los tiempos muertos y la angustiante ambientación sonora refuerzan una permanente sensación de desasosiego, los diálogos de los personajes no tienen sentido aparente y pareciera que estuvieran desordenados (aunque no lo están), y risas y aplausos de un público imaginario, introducidos de forma aleatoria dan la idea de una sit-com delirante, pero sin nada de lo que reírse. Para quien la aguante, una experiencia terrorífica de tres cuartos de hora, única en su especie.

Dumbland (2002) es una serie de cortos animados provista de un humor negrísimo y ultra violento. Algo así como Los Simpson pero con dibujos mucho más rústicos, en los que la madre de familia atraviesa un permanente colapso nervioso, el padre es un gordo desdentado que odia a todos y a todo y el hijo (o hija, no se entiende bien) es un macaco histérico que comenta divertido los continuos excesos de su padre. En su absurda desmesura escatológica, un divertimento seguro.

Publicado en Brecha 3/8/2007