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viernes, 29 de septiembre de 2017

¡Madre! (Mother!, Darren Aronofsky, 2017)

Faltan zombis 


Lo mejor es el comienzo. En una gran mansión, un escritor cercano a la cincuentena (Javier Bardem) vive junto a su joven esposa (Jennifer Lawrence). Además de estar ambos en una suerte de aislamiento muy peculiar –la mansión parece ubicada en medio de la nada–, cada cual tiene su diferenciado rol: mientras él se dedica a la escritura de un nuevo libro, ella se aboca a la minuciosa reconstrucción de esa casa inmensa, que antes había sido derruida por un incendio. La paz de la pareja se ve de golpe interrumpida por las presencias invasivas de un médico (Ed Harris) y su esposa (Michelle Pfeiffer). Pero la clave del conflicto está en que mientras a ella los visitantes le resultan hostiles y desubicados, a él le parecen fascinantes, eventualmente provechosos e inspiradores. 
Con esta premisa Aronofsky plantea con habilidad los principales pilares y ejes de esta película. Por un lado, la tensión marital en torno a esta base productiva por la cual él, para crear, necesita caos, y el caos amenaza con destruir ese universo armonioso erigido por ella. Por otro lado, se sugiere cómo la creciente popularidad de un artista puede llevar a la desaparición de su vida privada, y la forma en que la masa puede generar estragos crecientes en un vínculo conyugal. Hay otras posibles lecturas, y una de ellas la ha señalado el mismo director: el hogar podría ser visto como la Tierra, el personaje de Bardem como Dios, los de Harris y Pfeiffer como Adán y Eva, y Lawrence, “la madre”, pasaría la película protegiéndose de la humanidad, que vendría a destruir su hogar. En la medida en que los temas de la fama, el ego, la creación, el autor, la maternidad, la inspiración, el desorden y el caos son una y otra vez retomados, ninguna de estas lecturas puede ser completa y absoluta. 
Quizá el virus de Malick (El árbol de la vida) contagió recientemente a Aronofsky, porque cierto es que la película alcanza un punto en que el director se propone, sin miramientos ni disimulo, levantar vuelo; pero no solamente un vuelo conceptual, metafórico y audiovisual, sino hasta filosófico y trascendental. Había tomado carrera de forma envidiable con ese inicio, había atravesado sin trastabillar un tramo inclemente aunque pulcro y sin fallas, y todo venía preparado para el despegue. Pero desde que la invasión a la privacidad de la protagonista adquiere tintes surrealistas y se propicia una sucesión de secuencias oníricas es justamente cuando ¡Madre! pierde fuerza, precisamente en el momento en que podía haberla redoblado. No son muchos los cineastas que se propusieron entrar en semejante viaje de acumulación y salieron airosos. Grandes como Fellini (Ocho y medio), Kubrick (2001, odisea del espacio), Kurosawa (Los sueños) y Tarkovskii (El espejo) lo hicieron, con resultados tan desquiciados como alucinantes. Pero precisamente cuando Aronofsky pone a fluir su imaginación es que quedan en evidencia sus verdaderas limitaciones, y claro está que no son económicas. ¡Madre! no llega a ser tan retorcida, demente y perturbadora como pretende, y ciertas cansinas escenas de tumultos, de represión y de guerra se vuelven predecibles dentro del desaforado continuum, ya que apelan a un imaginario cinematográfico hollywoodense bastante manido y hasta burdo; de hecho faltaban los zombis para que el cartón quedara lleno. Es de agradecer de todos modos una película diferente y apta para variadas lecturas y especulaciones. No es algo que el mainstream ofrezca frecuentemente.

Publicado en Brecha el 29/9/2017

jueves, 19 de febrero de 2009

Aronofsky y El luchador

La decepción del año


El ecléctico cineasta Darren Aronofsky, quien sorprendió originalmente con Pi, traumatizó a unos cuantos con Réquiem por un sueño y dividió opiniones con The fountain, una vez más jugó sus fichas a una película que poco tiene que ver con lo que había hecho anteriormente. De hecho, en sus primeros tramos El luchador parece un filme de los hermanos Dardenne, la cámara sigue sigilosa al personaje, donde sea que vaya, acompañándolo fielmente en sus desdichas. Se trata de un cambio sustantivo en el estilo de Aronofsky, y también lo es en cuanto a su temática. Randy "The Ram" Robinson (Mickey Rourke) es una vieja gloria de antaño, un paladín de lucha libre que lleva más de veinticinco años en actividad, pero su cuerpo ya no es el de antes. Aunque las luchas se rigen según una rutina planificada, los golpes son simulados y no existen mayores riesgos reales en el ring –no mayores que quebrarse accidentalmente algún hueso, al menos- el corazón del protagonista no puede resistir la carga adrenalínica de una lucha más.
Aronofsky es un maestro creando atmósferas, y es algo que puede verse en esta película. Cada vez que el personaje sube a un ring se siente un temor opresivo: una hoja de afeitar escondida en un guante (para que al menos la sangre sea real), un sustancial cóctel de fármacos ingerido antes de una pelea son elementos que agregan tensión a contiendas sorprendentemente grotescas. Pero esa es la parte buena de El luchador, lo lamentable es todo el resto. Y es que, tanto o más que en El curioso caso de Benjamin Button, se pisan uno tras otro una inmensa cantidad de clichés transitados ordinariamente por Hollywood, aquí los de las películas de caída y superación. La sumatoria de lugares comunes tiene dos puntos de ridículo máximo: Rourke gritando y subrayando que el mundo lo detesta y que el único lugar donde se hace daño es "ahí afuera", y un discurso final micrófono en mano de tipo "muchos dijeron que no volvería a luchar, pero aquí estoy" que de verdad da pena. Aronofsky debería cambiar de guionista, urgentemente.
¿Oscar a mejor actor para Mickey Rourke? Probablemente, pero porque ninguna de las otras opciones es mejor.

Publicado en Brecha 20/2/2009