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martes, 19 de enero de 2021

Wolfwalkers (Tom Moore, Ross Stewart, 2020)

La animación, al servicio de la historia

Desde hace años, durante la entrega de premios óscar a los mejores largometrajes de animación, se cuelan entre los nominados las perlas de un pequeño estudio de animación irlandés: Cartoon Saloon. Por supuesto, las estatuillas son entregadas siempre a las grandes compañías de Hollywood (esencialmente Pixar y Disney), pero el sólo hecho de figurar allí ya es un mérito descomunal. La última obra del estudio, Wolfwalkers, es una de las grandes películas de este recién concluido 2020.    

Como suele ocurrir con muchas animaciones con estilos y propuestas diferentes, al principio puede resultar confusa, en lo visual, la estética de Cartoon Saloon, elaborada con una técnica artesanal de dibujos hechos principalmente con lápiz y acuarela y una rica paleta de colores, diseños y fondos repletos de detalles. Pero apenas uno empieza a sentir empatía por los protagonistas y su situación -y esto ocurre muy rápido- apenas uno se deja seducir por los compases de la música incidental celta y por la conmovedora belleza de las imágenes, se adapta con naturalidad a un entorno envolvente, que simplemente pasa a ser el trasfondo de historias inmersivas y adictivas. 

Puede decirse que, principalmente, las caras visibles de Cartoon Saloon son dos: los directores Tom Moore y Nora Twomey, quienes han trabajado juntos en co-dirección (en el primer largometraje del estudio, El secreto de Kells) o por separado en cada uno en sus proyectos personales. 2017 fue el año de Twomey, quien estrenó su excelente The Breadwinner (hoy disponible para ver en Netflix). Moore lanzó en 2015 La canción del mar y este año le tocó estrenar esta deslumbrante Wolfwalkers, escrita por él y co-dirigida junto a Ross Stewart, colaborador permanente del estudio en el departamento de arte.

Fiel a las influencias más presentes en la obra de Cartoon Saloon, Wolfwalkers se inspira en el arte antiguo y medieval irlandés, y toma como punto de partida elementos de la mitología celta. La historia se ambienta en el pueblo amurallado de Kilkenny, en plena edad media y en el período de conquista de Irlanda por fuerzas del parlamento inglés. Robyn, la protagonista, hija de un cazador británico, vive recluida en su casa. Por mandato de su padre y órdenes generales de un tal “Lord Protector” debe permanecer puertas adentro, ocupándose de las tareas domésticas. Pero diestra en el uso de la ballesta y en compañía de su búho Merlyn, la niña está interesada en salir al pueblo y más allá de sus murallas, y dedicarse, como su progenitor, a la caza. Luego de un par de incursiones furtivas al bosque, da con una manada de lobos y con una niña salvaje, dotada de extraños poderes curativos. 

Así es que se desarrolla una historia de amistad y aventuras en un contexto de antagonismo bélico entre bosque y ciudad, entre progreso y mundo salvaje, entre cristianismo protestante y supersticiones paganas, entre el orden impuesto y las rebeliones locales. No es común encontrarse con una película de animación apta para un consumo familiar que, al mismo tiempo, se permita desarrollar tantas líneas de lectura a lo largo de su desarrollo. 

“Lord Protector” es una referencia directa a Oliver Cromwell, líder político y general inglés, apodado durante las guerras de los Tres Reinos con ese mote. La conquista cromwelliana, que tuvo lugar entre 1649 y 1653, fue una campaña anti-católica y de sofocamiento del apoyo irlandés a la derrocada monarquía de los Estuardo, y fue llevada adelante por esta figura nefasta. Considerado como uno de los renombres más influyentes de la historia inglesa, Cromwell fue un regicida que decidió no aceptar la corona para sí mismo, pero acumuló más poder que un rey; fanático cristiano protestante, llevó adelante brutales matanzas, en las cuales sometió a tortura a aquellos considerados blasfemos y, por supuesto, procuró eliminar cualquier indicio de paganismo. 

Curiosamente, Cromwell tenía además otros grandes enemigos acérrimos, y se dice que los odiaba tanto como a los irlandeses: los lobos. Cromwell vio a estos animales como una amenaza para las empresas y, por consiguiente, se abocó a una campaña de exterminio. Naturalmente, la idea de un gran número de cazadores irlandeses armados deambulando por el país no era muy aceptable, por lo que consideró contratar cazadores profesionales ingleses. Lo que siguió fue una matanza casi total de los lobos de la zona, con graves efectos en el medio ambiente de vastas zonas de Irlanda. 

Todos estos elementos se articulan en esta película de espíritu ambientalista y hasta panteísta, muy deudora del cine de Hayao Miyazaki, -y en particular de esa otra obra maestra que es La princesa Mononoke, también disponible para ver en Netflix-. Pero aquí el verdadero enemigo no parecería ser el progreso sino el colonialismo en todas sus acepciones (económico, social, cultural) y un modelo productivo devastador. En este contexto, la insurrección del pueblo de Irlanda se ve reflejada en esta pertinente rebelión de un espíritu del bosque, hostil a la invasión humana, así como en una emancipación de la riqueza local folclórica ante la imposición del verticalismo protestante.

Una característica notable del abordaje general de los realizadores de Cartoon Saloon es la forma en que últimamente le han rehuido a la liviandad, revisando cuidadosamente los hechos históricos, de modo de evitar simplismos y estereotipos. Esto no sólo aporta elementos para una mejor comprensión de la historia, sino que además desdibuja preconceptos. En entrevista respecto a The Breadwinner, película ambientada durante los años de ocupación de los talibanes a la ciudad de Kabul, ante la pregunta del periodista de si consideraba a las sociedades talibanes como esencialmente misóginas, Nora Twomey aclaró: “para mí fue una revelación saber que el régimen talibán había sido bienvenido en Afganistán, ya que, para un país que había vivido la guerra civil y las invasiones, representaba algún tipo de ley y orden. No se trata de un tema simple de misoginia; en épocas de conflicto las mujeres y los niños son los primeros en sufrir, y es lógico que sociedades muy golpeadas se vuelvan sobreprotectoras.” 

De la misma manera en que Twomey representaba una sociedad y una cultura ajenas con sumo cuidado y respeto, Moore y Stewart reconstruyen en este caso una invasión con los matices que la situación merece. Es sumamente curioso que la protagonista y su padre sean ingleses y que algunos personajes hostiles -unos niños abusivos que hostigan a la protagonista, justamente por verla como parte del pueblo invasor- sean irlandeses. Así, desde el libreto se evitan los facilismos y las dicotomías de buenos y malos, evitando los encasillamientos. El mismo Cromwell (siguen spoilers) podría haberse pintado como un villano de una pieza y carente de relieves psicológicos, pero se lo ve como un religioso enfervorecido aunque terrenal, a veces piadoso, y obsesionado con la imposición del orden, la “pacificación” de las tierras y la eliminación de los mitos paganos. Claro que la muerte real de Cromwell no es la representada en la película, en los hechos los médicos lo destrataron -quizá adrede- cuando enfermó gravemente de malaria. Una vez fallecido, su cuerpo sufrió una ejecución póstuma: fue colgado de cadenas y arrojado a una fosa, y su cabeza decapitada fue exhibida en la entrada de la Abadía de Westminster durante décadas. Evidentemente, esto no hubiese sido lo más apropiado como desenlace para una película apta para todo público.

No es de extrañar que, en los últimos años, varias de las mejores recreaciones de hechos históricos para la gran pantalla hayan sido animaciones. Sin ir lejos en el tiempo, En este rincón del mundo (2016) supo recrear las adversidades que atravesó la población civil japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, The Breadwinner (2017), la ocupación talibán de Kabul, Un día más con vida (2018), los últimos días de Angola como colonia portuguesa, Funan (2018), los abusos de los jémeres rojos en Camboya. La animación es una forma artística especialmente eficaz para este tipo de abordajes, ya que permite un control total sobre escenarios, vestimentas y decorados, elementos que, para una película tradicional, serían muy costosos. Un trabajo de años dibujando fotogramas puede ser mucho más accesible que un rodaje que movilice decenas o centenares de personas y muchísimo esfuerzo de producción. En definitiva, hace mucho tiempo que el cine de animación dejó de ser cosa “de niños”, pero hoy ya ha cobrado un nuevo estatus: simplemente es parte del cine adulto más imprescindible. 

Publicado en Semanario Brecha el 8/1/2021


martes, 17 de julio de 2018

Entrevista a Nora Twomey

La complejidad necesaria

El pasado Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) fue la oportunidad de dialogar con la animadora irlandesa Nora Twomey, autora de películas bellamente nutridas de mitología y folclore gaélicos. Twomey presentó esta vez uno de los filmes más aplaudidos del festival, la grandiosa “The Breadwinner”. En esta entrevista comentó algunos de los pormenores de su realización. 

The Secret of Kells (2009)

Se dio a conocer mundialmente con su ópera prima El libro secreto de Kells (2009), notable largometraje codirigido con Tomm Moore. En ella ambos directores se despegaban con un estilo muy personal, con una rica paleta de colores, diseños y fondos repletos de detalles y un exquisito uso de la música. Después de ese debut, Tomm Moore dirigió La canción del mar (2014), en la que Twomey trabajó en el departamento de arte y como directora de voces, pero por su parte se abocó a dirigir esta The Breadwinner (2017), basada en la novela homónima de Deborah Ellis (conocida por los hispanohablantes como El pan de la guerra). La protagonista es una niña de 11 años que vive en Kabul, capital de Afganistán, durante los años de dominio talibán. Cuando su padre y sostén de la familia es arrestado, ella tiene que salir a ganar el sustento para su familia, por lo que decide cortarse el pelo y hacerse pasar por un niño.
Aunque la historia tenga un contenido dramático, se trata asimismo de una película sumamente recomendable para niños (no muy pequeños), en la que se alterna notablemente este mundo árido y hostil con el surgido desde la imaginación de la protagonista; un universo colorido y fantástico que sirve como contrapunto y trasfondo alegórico a los sucesos históricos presentados. 

—Tu película me hizo acordar mucho al cine de Michel Ocelot, y también a Persépolis, de Marjane Satrapi. ¿Fueron influencias para ti? 

—Sin duda. Yo vi mucho cine independiente, y creo que cuando estaba por configurar el tono, las películas que más vi fueron Persépolis y La tumba de las luciérnagas. Pero también es cierto que intentamos seguir un camino propio en el sentido de que, si bien teníamos interés en plasmar temáticas duras, la idea era no “traumatizar” a los niños ni a los adultos. Nuestra prioridad siempre fue que la audiencia estuviera emocionalmente comprometida con los personajes. En términos de influencias, sí, pesaron un poco otras películas de animación, pero a la hora de crear el storyboard los pilares más importantes fueron la novela original de Deborah Ellis y las historias reales de personas afganas con las que hablamos. 

—¿Cómo se logra esa conexión emocional con el espectador? 

—Lo fundamental era que la audiencia estuviese siempre conectada con el personaje de Parvana, así que mientras definíamos el estilo de la animación lo primero que hicimos fue informarnos bien sobre el mundo real en el que Parvana existía, y que era el que necesitaba recrearse. Así que la idea principal era trasmitir el valor inapreciable de la vida de Parvana. Para eso fue muy importante introducir sus rasgos y sus acciones con mucho cuidado. Después de esto, vimos lo que era su universo y dijimos: ok, este es el mundo en el que vive, entonces tiene que existir un balance entre su mundo real y su mundo imaginario. Su imaginación debía ser visualmente diferente, tenía que ser colorida, en ella debían mostrarse las conexiones con su pasado, con su historia y con su padre, pero sobre todo tenían que vislumbrarse la fuerza y la imaginación de esta niña. Su habilidad para contar historias debía ser particularmente bella. 

The Breadwinner (2017)

—¿Fue muy difícil aproximarse a una cultura tan diferente de la de ustedes? 

—Sí. Fue extremadamente difícil, pero durante el proceso también estábamos especialmente atentos a tener mucho cuidado de estar tan informados como pudiéramos, para que, a la hora de hacer fondos y personajes, fuésemos justos hasta en los detalles. Esto lo hicimos conversando con la Afghan Women’s Organization (Organización de Mujeres Afganas), y con personas afganas pertenecientes a distintos grupos étnicos, que tuvieron que irse de su país en diferentes décadas del conflicto. No dimos nada por sentado, en todo lo que hicimos y lo que rehicimos durante el proceso constantemente cometimos errores y los corregimos, y teníamos más conversaciones tratando de tomar decisiones informadas sobre cómo contar la historia. Yo tenía muy presente que el libro fue publicado en el año 2000, nosotros empezamos este proyecto en 2013-2014, y yo no quería intervenir o interferir, porque todo lo que pasó después, el atentado al World Trade Center, las investigaciones sobre el régimen talibán, el ascenso del Estado Islámico, los ataques terroristas en ciudades de todo el mundo, cambió la percepción de todos. Yo quería mostrar un universo respetando su complejidad, mostrar hasta qué punto la paz no es nada fácil y el conflicto es mucho más sencillo. Las razones para ello son muy complejas y quería reflejar esa complejidad, pero no de forma muy evidente. Quería asegurar que el corazón de la película fuese siempre la niña, el amor por su padre y por su familia, su sentido del deber respecto de su familia. Pero la historia está estructurada para que pueda también entenderse algo del trasfondo general. 

—Hoy están siendo mucho más denunciadas y conocidas la misoginia y la situación de las mujeres en Oriente Medio que en el momento en el que transcurre la acción. Pero tu película muestra otras dimensiones del asunto, entre otras cosas, cómo el régimen talibán era consecuente con ciertas preocupaciones de la población civil. 

—La película no pretende acusar o señalar con el dedo. Cuando empecé a hacerla, para mí fue una revelación saber que el régimen talibán había sido bienvenido en Afganistán, ya que, para un país que había vivido la guerra civil y las invasiones, representaba algún tipo de ley y orden. No hay respuestas simples, hay muchas preguntas y no tendría sentido intentar esbozar respuestas porque no tengo derecho a eso. No se trata de una cosa simple de misoginia, en épocas de conflicto las mujeres y los niños son los primeros en sufrir, y es lógico que sociedades muy golpeadas se vuelvan sobreprotectoras. Así que quise mostrar la fuerza de personajes como Parvana, pero también la fuerza de su padre. O el carácter complejo de Razaq, un talibán bastante conflictuado. Yo no sé qué habría hecho en su situación, pero me pongo en su lugar, me sitúo en los zapatos de cada uno de los personajes, me aseguro de que tengan sus motivaciones y de que haya profundidad en ellos. El joven talibán Idriss es un muchacho enojado, pero también lo creamos, en cierto grado, entendiendo su perspectiva. Como cineasta, es necesario sentir empatía por todos los personajes de tus películas, para poder entenderlos lo mejor posible, para poder contar una historia que sea reflejo de cierta realidad. 

La canción del mar (2014)

—Tanto El libro secreto de Kells, La canción del mar y The Breadwinner estuvieron nominadas al Oscar en la categoría de mejor largometraje de animación, y en los tres casos un “tanque” hollywoodense, una película de mucho presupuesto, terminó ganando. ¿Te parece justo? 

—Es una pregunta interesante. Finalmente, no importa demasiado. Cuando entrás en competencia con películas de presupuestos enormes, el solo hecho de que hayas llegado allí, de que tu película esté compitiendo cabeza a cabeza con ellas, es increíble. Siendo realistas, no sé si se puede ganar o no, quizá no sea posible hacerlo con una película de bajo presupuesto. Y al fin de cuentas la academia es una institución estadounidense, yo actualmente formo parte, soy miembro y votante, pero la mayoría de sus integrantes son de Los Ángeles, y es lógico que voten por películas de su país. Como sea, una nominación significa que mucha gente se tomó tu película en serio, que oyó sobre ella, que la eligió, y le da un gran reconocimiento. Para nosotros eso ya es haber ganado. 

—¿Cómo es que Angelina Jolie produjo tu película y qué tan decisiva fue su influencia? 

—Nuestra película ya estaba financiada cuando Jolie se unió como productora ejecutiva, pero estábamos en una etapa temprana, así que teníamos apenas un borrador del guion. Otros productores ejecutivos, Jon Levin, Jehane Noujaim, Karin Amer, que habían hecho un documental llamado The Square, sobre la insurrección en Egipto, se las apañaron para poner el guion de The Breadwinner en manos de Angelina. Ella lo leyó y pidió para reunirse conmigo. Así que viajé a Los Ángeles, y la conocí: ella estuvo en Afganistán en numerosas ocasiones, incluso fundó hace cerca de una década una escuela en las afueras de Kabul, y enseguida captó el tipo de sensibilidad de la película. Cuando nos encontramos sentí como si estuviésemos continuando con la conversación, en vez de empezarla desde cero; ella realmente sabía qué era lo que estábamos haciendo, y fue una gran ayuda. Nos puso en contacto con personas y consiguió muchas de las voces de afganos que finalmente aparecen en la película, gracias a ella la mitad del elenco es afgano. También fue un constante apoyo para nuestro equipo, porque nos mandaba mensajes durante el proceso de producción, y eso era un gran incentivo. Finalmente, fue notable que ella estuviera con nosotros en la alfombra roja cuando la película se estrenó en Toronto, eso significó mucho en términos de prensa y difusión. Igual que la nominación al Oscar, ella le dio mayor llegada a la película.

Publicado en Brecha el 13/7/2018

domingo, 10 de julio de 2011

Eamon (Margaret Corkery, 2009)

El infierno doméstico

Siguiendo en la línea de cine de autor sobre familias disfuncionales (La volubilidad de los afectos, Snap) y negligencia paternal (Por tu culpa, Go get some Rosemary) que con muy buen criterio programó recientemente Cinemateca Uruguaya, esta película ofrece un cuadro cotidiano y un atípico triángulo amoroso compuesto por una pareja joven y su hijo de siete años. Aquí no es el padre quien duerme en la cama junto a la madre sino el hijo, y el progenitor es relegado a dormir en el sofá; de hecho, la estructura de poder es reconocible aunque difícil de ver en el cine, ya que el padre es continuamente desacreditado por la madre y parecería como esclavizado, expectante de los circunstanciales requerimientos sexuales de parte de ella. Por momentos, quien parecería imponerle órdenes es su mismo hijo: “yo duermo con mamá, vos dormís en el cuarto chico”. Pero hay otros elementos que acentúan el conflicto: alcohol, inmensas muestras de egoísmo por parte de los padres, dificultades de relacionamiento con otras personas, tendencias a la promiscuidad no disimuladas. Para colmo, el niño tiene problemas de hiperactividad que se agudizan con el consumo de azúcar y lo convierten en una criatura difícilmente tolerable.
Gradualmente, mediante indicios y con mucho acierto, la directora-guionista irlandesa Margaret Corkery va esbozando éstas y otras características que permiten hacerse cierta idea de la psicología de los personajes y de los mecanismos internos por los que el curioso núcleo familiar se perpetúa. El tono es sarcástico, una mirada más distante y burlona que empática, pero que deja asomar características humanas muy reconocibles e incluso inesperados y pequeños indicios de armonía, como para demostrar que no todo es intolerable en la relación –una escena en que el hijo pone un tema marchoso y sus resaqueados padres se ponen a bailar junto a él es bella, inesperada y excepcional-. Un cangrejo que perdido en una playa vuelve al balde donde fue torturado funciona como posible metáfora de la infancia y la incapacidad de escapar a otro ámbito que no sea la familia que a uno le tocó en gracia. El niño más tarde insulta al cangrejo muerto (“¡pudríte, malcriado!”) reproduciendo vicios paternales por el cual se lo incluye o excluye arbitrariamente y se lo convierte en un depositario de culpas.
Una banda sonora tenue, mínima y eventual es otro de los puntos fuertes, y juega alternativamente dándole a la película aires de comedia y de thriller. Es verdad, quizá Eamon no sea una maravilla ni figure entre las mejores películas del año -de hecho funcionaría mejor si tuviera elementos de tensión más poderosos- pero es una rica exploración de comportamientos y del lado siniestro de muchas personas, y de esas películas bien filmadas e inteligentemente concebidas que a uno lo dejan satisfecho y con una sonrisa estampada.


Publicado en Brecha el 8/7/2011

jueves, 4 de noviembre de 2010

Las mejores películas (XV)

Esta entrada se hizo esperar. Importantes cambios vitales y de rutina me impidieron ver cine ultimamente, y eso explica la demora. Bien nutrida y coronada con un par de clásicos imperdibles, esta nueva lista de recomendados va dedicada al amigo Gerardo H, fiel lector de antaño que, al parecer, sigue estas recomendaciones con detenimiento y atención, y ya venía manifestando cierta ansiedad. A su salú hermano. Espero que no las hayas visto todas.

Summer wars de Mamoru Hosoda (Japón)
Un frikki de las matemáticas y de la computación se ve obligado a simular ser el novio de una amiga, y a pasar una temporada manteniendo el engaño frente a la familia de ella. Mientras, es perseguido por la policía por delitos informáticos, se ve amenazado por una parentela de estirpe samurai e involucrado en una guerra colosal, de implicancias insospechadas. Una grandiosa aventura, y otro animé de primerísimo nivel.

Serbis de Brillante Mendoza (Filipinas, Francia)
En un inmenso y decadente cine porno se dan visita travestis, prostitutas y homosexuales de todo tipo y color, y se puede obtener un “servicio” por unos pocos pesos. El cine, apenas un despojo y una burda caricatura de lo que fue en sus lejanos años de gloria, es regenteado por una matriarca y su familia, quienes sobreviven a duras penas entre el calor, la pesadez y los malos olores. La mejor película del filipino Brillante Mendoza.

La carretera de John Hillcoat (Estados Unidos)
En un futuro próximo, la naturaleza muere, los alimentos escasean y el canibalismo es una de las últimas opciones de supervivencia. La peli puede volverse un poco pausada y lenta, pero es una experiencia absolutamente singular, que deja imágenes incrustadas. Hillcoat contó con una historia profunda y memorable, y la plasmó con confianza, logrando levantar un consistente vuelo poético y audiovisual.

Red social de David Fincher (Estados Unidos)
Qué bueno saber que Fincher esté otra vez en carrera, y que no siga en ese tren de mariconadas empalagosas tipo Benjamin Button. Red social es una incisiva película centrada en el joven magnate multimillonario Mark Zuckerberg, y en el cuestionable proceso mediante el cual creó la plataforma virtual Facebook. Brillantemente escrita y filmada; quizá tendenciosa y oportunista. Como sea, una experiencia intensa y reflexiva.

Kickass de Matthew Vaughn (Inglaterra, Estados Unidos)
La mejor película de superhéroes que he visto hasta el momento. El pibe protagonista sueña con ser un paladín de la justicia, y en un principio lo único que obtiene son golpizas masivas. Pero pronto genera un efecto contagio, y allí se le suman superhéroes de verdad. Un amigo que leyó el comic dice que es mucho mejor que la peli y le creo, pero igual, no es fácil dar con un cine tan dinámico y divertido.

El hombre de al lado de Mariano Cohn y Gastón Duprat (Argentina)
El vecino grasa de al lado sirve como reflejo antagónico para que el protagonista, un diseñador exitoso y superficial, se dé cuenta de su cobardía y de sus inmensas carencias vitales. Inteligentísima, muy graciosa y sugerente, entre otras cosas nos recuerda que Daniel Araóz es un grandísimo actor, y que al cine le haría mucho bien explotarlo con mayor regularidad.

Depredadores de Nimrod Antal (Estados Unidos)
En una selva repleta de bichos horribles, se encuentran de repente varios asesinos profesionales de distintas procedencias. Ninguno de ellos parece tener idea de cómo fue a parar allí, ni por decisión de qué extraña voluntad. Retomando el espiritu de las dos primeras (y brillantes) entregas de Depredador, haciendo uso de esa acción física y contundente que las caracterizaba, Nimrod Antal demuestra a la industria y a la cinefilia que él es un soldado a considerar.

Cinco minutos de gloria de Oliver Hirschbiegel (Inglaterra, Irlanda)
Hipotético e intenso enfrentamiento entre un asesino y el hermano de su víctima, luego de treinta y tres años de un hecho sangriento, en el entorno de los conflictos entre protestantes y católicos en Irlanda del norte. Madura, inteligente, brillantemente orquestada, evita los facilismos y convence, con esa poderosa y claustrofóbica impronta del director alemán.

El intendente Sansho de Kenji Mizoguchi (1954, Japón)
A fines de la era Heian, un gobernador es injustamente enviado al exilio. Su mujer y sus hijos quieren acompañarlo, pero son engañados, vendidos como esclavos y enviados a campos de trabajo, donde los explotarán en condiciones infrahumanas. Una poderosísima y conmovedora obra maestra de uno de los más grandes directores de la historia del cine japonés.

Häxan de Benjamin Chistensen (1922, Dinamarca, Suecia)
Reconozco que no soy un gran explorador del cine mudo, más bien lo contrario. Pero lo curioso es que las pocas veces que me interno en el terreno salgo sorprendido, dando muchas veces con obras maestras incomparables. Häxan (La bruja) es brillante por donde se vea, un documental de terror, una cátedra de historia, un despliegue de inventiva visual y una reflexión psicológica y sociológica. No se la pierdan bajo ningún concepto.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Cinco minutos de gloria (Five minutes of heaven, Oliver Hirschbiegel, 2009)

Heridas abiertas


La UVF (Fuerza voluntaria del Ulster) fue hasta hace poco tiempo un violento grupo paramilitar de Irlanda del Norte, leal a la corona británica. Sus integrantes eran unionistas, anglicanos y conservadores y, al igual que los de otras organizaciones paramilitares -la UDA, la OV- perpetraron centenares de asesinatos contra civiles católicos, ya que veían en ellos una amenaza y los asociaban con la Irlanda independiente. En Lurgen, en octubre del año 1975, el adolescente Alistair Little, de 17 años, ejecutó a su vecino católico Jim Griffin, como forma de ganar prestigio y asegurarse la entrada a la UVF. Luego de cumplir una condena de 12 años Little, arrepentido, se dedicó a viajar por el mundo predicando activamente por la no-violencia.
A partir de estos hechos reales, el guionista británico Guy Hibbert (que ya había escrito varios libretos relacionados con el conflicto) imaginó una instancia hipotética: qué pasaría si Little se encontrara hoy cara a cara con el único sobreviviente de la familia Griffin. Así esta película expone los hechos ocurridos en 1975 y plantea asimismo un reality-show televisivo en el que se enfrentarían por fin, luego de treinta y tres años, el victimario y la víctima indirecta. Los dos se muestran como personajes traumatizados y agobiados por su pasado, y los dos acceden a concretar el insólito encuentro, aunque pronto sabremos que por razones muy distintas: mientras Little busca redimirse, Griffin planea concretar su venganza asesinando frente a cámaras al verdugo de su hermano.
El director alemán Oliver Hirschbiegel (El experimento, La caída) ya había demostrado su habilidad para exponer situaciones incómodas, claustrofóbicas y prácticamente irrespirables, y gracias a esa impronta Cinco minutos de gloria es una película recargada y sumamente intensa. Largos primeros planos generan un atípico involucramiento con ambos personajes, y mediante repentinos flashbacks se sugieren sus pensamientos en los momentos más angustiosos. Liam Neeson (Little) y James Nesbitt (Griffin) logran protagonistas convincentes, y la desmesurada ansiedad y el palpable desequilibrio del último vuelven su sola presencia un poderosísimo elemento de tensión. También brilla especialmente Anamaria Marinca (4 meses, 3 semanas, 2 días), como casual confidente de ambos personajes.
El programa de televisión se muestra como el vehículo banalizador por excelencia, en su pretensión de buscar “verdad” y “conciliación” mediante un forzado encuentro frente a cámaras. Pero los realizadores supieron alejarse de esa ingenuidad y dar cuentas, con notable poder de sugerencia, que la cicatrización de las heridas de una guerra centenaria, la superación, la reparación y la reconciliación son instancias difíciles, sumamente improbables y prácticamente idílicas. Que no es verdad que el tiempo lo cure todo, que el perdón puede parecerle a muchos una palabra absurda, y que las espirales de violencia causan, en el entramado social, estragos inimaginables.

Publicado en Brecha el 24/9/2010

miércoles, 10 de febrero de 2010

Las mejores películas (XIII)

Realmente estoy emocionado. Veo esta lista y llego a la conclusión de que es la mejor de todas las publicadas en este blog. Quiero decir, las primeras siete películas son obras enormes, seguramente de las más sobresalientes que se han concebido mundialmente en los últimos años. Y para cerrar, un clásico brutal. Buen provecho!!!

The white ribbon de Michael Haneke (Austria / Alemania / Francia / Italia)
Supongo que no sorprendo a ninguno si les digo que a mi parecer Haneke es de los mejores cineastas del mundo, y aquí está otra vez, expectorando ácidos cáusticos. En un pueblo de la Alemania de comienzos del siglo XX nos encontramos con rabiosas desigualdades, horrendos crímenes y personajes impunes. Y ya voy abriendo la incógnita y se reciben opiniones: ¿Quién es el verdadero culpable?

Deadgirl de Marcel Sarmiento (Estados Unidos)
Rara, perturbadora, adictiva y asombrosa. Dos adolescentes se escapan de clases y van a parar al sótano de un hospital abandonado. Allí se encuentran una mujer desnuda, acostada, atada con cadenas a una camilla; medio viva, medio muerta. El problema es que ninguno de los dos es muy normalito que digamos: uno de ellos resuelve sacarle partido a la situación. El otro duda, temporalmente.

La nana de Sebastián Silva (Chile / México)
Una gran sorpresa. Descomunal aproximación a la vida de una empleada doméstica que lleva veinte años trabajando para una familia de clase alta. El abordaje logra despertar sensaciones encontradas hacia la protagonista, desde la originaria compasión hasta el odio sistemático, y después otras cosas. El cine chileno es así, pueden pasar años sin que haya nada aceptable, pero cuando por fin aparece algo, realmente sobresale.

Nanking nanking! De Lu Chuan (China / Hong Kong)
Los japoneses perpetraron una de las masacres más abominables que ha conocido la historia del Siglo XX. La antigua capital de China fue el escenario de la llamada “Violación de Nanking” un episodio en el cual los soldados imperiales japoneses se ensañaron con los pobres chinos que allí quedaban. Una obra mayor, poderosa, emotiva e increíblemente filmada. Imprescindible, en definitiva.

Il y a longtemps que je t'aime de Phillippe Claudel (Francia / Alemania)
Kristin Scott Thomas está divina, y es una actriz de puta madre. Luego de haber pasado quince años en prisión por haber cometido un asesinato bien jodido, la protagonista debe adaptarse al mundo real, con algunas dificultades. El director debutante Phillippe Claudel en realidad es un novelista de renombre, y concibe un relato palpitante y estremecedor. Hasta me entraron ganas de leer algo de su autoría.

JCVD de Mabrouk El Mechri (Bélgica / Luxemburgo / Francia)
Por favor, qué buena peli!!! Ya sé que muchos de ustedes no verían una película del amigo Jean-Claude por nada en el mundo, pero les juro que esto es buenísimo. Una obra que alterna el documental, la ficción y la ficción dentro de la ficción, que sorprende contínuamente y que es extremadamente divertida de a ratos, e incluso bastante dramática por otros. No dejen de verla.

Tokyo sonata de Kiyoshi Kurosawa (Japón / Países Bajos / Hong Kong)
Kurosawa continúa radiografiando su sociedad, pero esta vez sin recurrir al terror existencial ni a espectros sufrientes. Al parecer, en Japón hay índices de desempleo sin precedentes, impensables para lo que no hace mucho era una potencia y un verdadero gigante económico. Quizá no haya película que represente mejor la crisis social a varios niveles, y con esa impagable mala leche del director.

The secret of Kells de Tomm Moore y Nora Twomey (Francia / Bélgica / Irlanda)
En la Irlanda del S. IX, un niño monje vive recluído en una abadía fortificada, en la cual una pequeña población se resguarda del ataque de los vikingos. Cerca, en el bosque, acechan criaturas aterradoras y algunos seres fantásticos. Una pequeña maravilla animada, concebida con una creatividad rebosante, música bellísima y un colorido deslumbrante. El final puede dejar gusto a poco, pero la película brilla de todos modos.

Zombieland de Ruben Fleischer (Estados Unidos)
Entre decenas de sátiras al cine gore, se alza este divertimento en estado puro. Metallica, zombis, escopetas, sesos esparcidos en el pavimento, montañas rusas, Bill Murray haciendo un cameo graciosísimo, Woody Harrelson poniendo cara de malo -este tipo está hecho para la comedia-. No se le puede pedir profundidad, estamos ante un enlatado autoconsciente, pero créanme, es contagioso y hasta es un poco emotivo.

La mujer insecto de Shohei Imamura (Japón) 1963
Una mujer campesina, su viaje a la ciudad, la guerra y la supervivencia durante la posguerra. Un cuadro magistral, filmado con detenimiento pero al mismo tiempo con saltos temporales radicales; otra pieza maldita del endemoniado Imamura (RIP). Todavía me quedan unas cuantas por ver de este maestro, y cierto es que cada día disfruto más de sus pelis.

jueves, 19 de febrero de 2009

El inesperado ascenso de David Fincher y Danny Boyle

Dos vías para el éxito (sigan a Boyle)


Se dieron a conocer y gozaron de reconocimiento internacional casi simultáneamente, Fincher en 1995 con Seven y Boyle en 1996 gracias a Trainspotting. De Fincher llamó la atención el uso de filtros que ensuciaban y palidecían los colores, su galería de horrores y su particular forma de encuadrar los planos, Boyle asombraba con su lisérgica puesta en escena, su ritmo desbocado, el cockney que escupían sus personajes y el insistente uso de la música electrónica. Ambas películas fueron íconos ineludibles del cine de los noventa, quedaron grabadas en la psiquis de varias generaciones y las dos influyeron sobremanera en mucho cine que fue surgiendo después: Seven sentó las bases del nuevo thriller, Trainspotting de las posteriores drug movies. Hubo quienes acusaron a Fincher de ser un esteta superficial (su pasado como director de publicidad y videoclips marcaba la pauta), a Boyle le achacaron filmar un manifiesto a favor de las drogas (la satisfacción que por momentos mostraban los personajes daba argumentos a tal afirmación).


Ambos mantuvieron un buen nivel a lo largo de su obra, pero nunca lograron el poder de impacto de esas películas. El club de la pelea, de Fincher, así como el debut de Boyle, Tumbas al ras de la tierra, son obras de culto vibrantes, eufóricas y adictivas. El paso de ambos por los géneros resultó provechoso, siendo The game (Fincher) y Sunshine (Boyle) notables ejemplos de entretenimientos filmados con inteligencia y buen pulso. También dieron algunos traspiés: Fincher con la fallida La habitación del pánico, Boyle con su más bien irrelevante Exterminio.
En la 81 edición de los oscar no hay directores de renombre nominados en las categorías de mejor película o mejor dirección, y todos los autores que allí figuran (Daldry, Van Sant, Fincher, Boyle y Howard) parecen haber alcanzado el éxito más por acumulación que por grandeza. En los casos de Boyle y Fincher el paso a las grandes ligas obedece a un viraje respecto al cine que pergeñaban con anterioridad, los coloca en una posición de privilegio que les asegura un futuro laureado y una estrecha relación con la industria. Lo temible es que presumiblemente provoque el surgimiento de más películas “oscarizables” de sus autorías, y esto debe comprenderse -especialmente para el caso de Fincher- como todo lo contrario a la irreverencia y a la voluntad de innovación que los llevó a la fama.
El curioso caso de Benjamin Button es la sorpresa más lamentable que podría habernos deparado Fincher, un pastiche empalagoso y redundante que parece burlarse todo el tiempo de la inteligencia del espectador, y que busca que los personajes se vuelvan adorables a fuerza de hacerlos sonreir como simios. Una película que, en definitiva, es igual a Forrest Gump sólo que mucho peor: no sólo es difícil encontrar en ella algo original sino que además es imposible localizar un rasgo autoral del director, como si hubiese renunciado a toda pretensión de transmitir algo propio, como si siguiera los estrictos pasos de un manual de éxito. El tiempo parece querer darle la razón a los primeros detractores de Fincher, aquellos que lo señalaban como un mero publicista artífice de la nada.


Por su parte Boyle continúa siendo Boyle, y su viraje ha consistido en separarse de sus guionistas habituales y de su Europa natal, para trasladarse con su equipo a la India, basarse en una novela local y filmar integramente en las ciudades de Agra y Mumbai, contando sólo con actores indios. Slumdog millionaire parece un regreso al frenesí de sus orígenes, una experiencia intensa, luminosa, rabiosamente atractiva. Los contreras de siempre ya están hablando de que el director hace una “pornografía de la pobreza” al estetizar un entorno miserable, al crear una ficción festiva en un lugar donde la necesidad es la constante. Lo que podría interpretarse como que todo los abordajes a la pobreza deberían ser ocres, tristes y deprimentes, y que tendrían que filmarse personajes sufrientes y malheridos en lugar de seres humanos que aún en las peores penurias sueñan, aman, se expresan y hasta sonríen. Que viven, en definitiva. Boyle le hace un gran favor a ellos, al cine, y a nosotros, sus espectadores.

Publicado en brecha 20/2/2009