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domingo, 10 de marzo de 2013

Post tenebras lux (Carlos Reygadas, 2012)

Cine con mayúsculas


Segun cuentan, en Cannes, terminada la proyección exclusiva para la prensa, se hiceron sentir en la sala los silbidos y los abucheos por parte de los periodistas. La explicación para este comportamiento seguramente se deba al carácter fragmentario de la película, y a la ausencia de una narrativa clara. Se trata de una sumatoria de escenas que en muchos casos no tienen aparente continuidad, ni coherencia, ni relación entre ellas. Es verdad que hay una anécdota central, pero tampoco acaba resolviéndose con claridad. Reygadas dijo públicamente sentirse halagado por los abucheos, y que si sus películas no fuesen abucheadas estaría preocupado; para rematar dijo que los programas de televisión son "el peor veneno del mundo de hoy"  y que sin embargo nunca son abucheados. Pero aún con la mala recepción por parte de algunos sectores de la crítica, Reygadas se llevó el premio a mejor director en el festival ese mismo año.
No es la primera vez que ocurre algo así. Uno de los abucheos más famosos de Cannes fue el que recibió Antonioni en 1960 finalizada la proyección de La aventura y como se sabe, esta conducta fue la que llevó a otros críticos a defender enfáticamente la película. La historia acabó dándoles la razón, (es una presente en todas los tops de mejores películas del siglo veinte), como para subrayar que la prensa suele equivocarse. Para el caso de Reygadas, la cosa es más incomprensible aún, ya que Post Tenebras Lux es una obra dotada de buen rítmo, de personajes llamativos y un conflicto constante. Pero la necesidad de "entender" todo en una película seguramente haya llevado a muchos al rechazo.
Lo inconcebible es que más allá de los cabos sueltos no se haya percibido lo poderoso e impactante de algunas escenas, lo envolvente de los climas, la agudeza y la certeza en plasmar cierta visceralidad humana. La primera escena, en la que una niña de unos tres años va adentrándose sola en un campo abierto entre barro, vacas, caballos y perros mientras la noche cae y empieza a avecinarse una tormenta eléctrica, es uno de los fragmentos más brutales que haya dado el cine en los últimos años, y marca desde un comienzo la impronta que recorre todo el film: una atmósfera onírica, dominada por una sensación de peligro constante, a veces de origen incierto. Pero aún los momentos que parecen enigmáticos y descontextualizados -la aparición de un demonio fluorescente que recorre las habitaciones de una casa, los preparativos de un equipo adolescente de rugby- están directamente relacionados con los instintos más básicos y primitivos del ser humano, y dan cuenta de cómo esas pulsiones son algo universal que trasciende fronteras y estratos sociales. 
De todos modos sí hay una anécdota sólida que recorre la película: una familia que vive en el México rural junto a sus dos hijos parece encontrarse al borde del agobio y la ruptura. El nihilismo rasante roza la pesadez existencialista; la humanidad y sus peores vicios pervierten y desangran, en una de esas películas herméticas que se quedan en la cabeza del espectador, invitándolo a reincidir con segundos y terceros visionados.

Publicado en Brecha el 10/3/2013

jueves, 23 de junio de 2011

La búsqueda de lo intolerable


Como ya dije en un post reciente, el director mexicano Carlos Reygadas y el argentino radicado en Francia Gaspar Noé comparten en común algunas cosas. Ambos han sido catalogados como cineastas “malditos” por la prensa especializada. Los dos se dieron a conocer con un par de películas resistidas, chocantes y polémicas (Noé con Solo contra todos e Irreversible y Reygadas con Japón y Batalla en el cielo). Mientras el mexicano inquietaba a su audiencia con atípicas escenas de sexo, el argentino shockeaba al espectador con violencia cruda y realista. Ambos buscaron la incomodidad, y la lograron con creces. Si bien la crítica no supo bien qué hacer con estos cineastas –que daban muestras indudables de talento y de tener buenas ideas- lo cierto es que los detractores debieron cerrar sus bocas cuando surgieron sus últimas obras, imponentes e imprescindibles: Luz silenciosa –exhibida recientemente en Cinemateca- y Enter the void, que pide a gritos ser estrenada en un cine montevideano.
Como en su momento hubo un Buñuel, un Fassbinder o un Pasolini dispuestos a desconcertar y revolver estómagos, hoy hay directores como Takashi Miike, Lars von Trier, Todd Solondz, Noé y Reygadas que continúan ese legado de transgresión y de redimensionamiento del audiovisual. Cada ruptura, cada límite mental atravesado es un avance cultural que mueve al espectador a conocerse mejor a sí mismo y el entorno en el que vive. Los mejores directores malditos son aquellos que no sólo logran irritar, sino incomodar y que el espectador se lleve a su casa una espina puesta. Decía Pasolini que es mucho mejor llegar a la incomodidad que a la indignación: el cine que indigna no es demasiado efectivo, ya que la indignación se impone pero también se pasa pronto; en cambio la incomodidad se queda y prevalece. Cronenberg, por su parte, dice que el hombre aprende cuando llega a los extremos y que por eso mismo el arte debe apuntar a evitar todo lo que tranquiliza, y va más allá aún alegando que un artista debe dar lo que el espectador no sabe que quiere, algo que la próxima vez podrá saber que le gusta, aprendiendo a valorarlo.
Se dice también que el cine es una herramienta política muy útil, no en el sentido en que logre que la gente se movilice o que sea capaz de propiciar grandes cambios en el corto plazo, sino en el sentido de que influye en la manera de pensar, y ayuda a percibir el universo que nos rodea. Es por estas razones que se vuelve tan importante que a nivel artístico existan exponentes malditos dispuestos a trastocar nuestros esquemas mentales y patear bien nuestras seguridades.


Gaspar Noé tuvo la mejor publicidad imaginable gracias a reacciones negativas que generó su obra. Se hablaba de vómitos y desmayos en Cannes cuando se estrenó su película Irreversible, y tanto ella como Solo contra todos son obras capaces de lograr una fuga masiva de espectadores de las salas. ¿Qué mostraba Noé? Una violación en tiempo real, sin cortes, violencia contra menores y contra una mujer embarazada. Ahora bien, ¿está muy mal querer mostrar algunas de las facetas más oscuras de la realidad? ¿Es éticamente incorrecto el golpe bajo cuando lo que se busca es hacer pensar en este bicho revuelto, contradictorio e indigesto que es el ser humano?
Carlos Reygadas logra la incomodidad desde otro ámbito: el sexo. Y lo curioso es que no muestra ninguna práctica que escape a lo común. Pero lo que choca en su cine es la elección de los implicados. Parejas que estéticamente son el extremo opuesto a lo que los parámetros dominantes de belleza nos tienen acostumbrados, y en algunos casos con grandes diferencias de edad -en Japón tienen relaciones un hombre de unos cincuenta años con una mujer cercana a los setenta; en Batalla en el cielo, una adolescente con otro cincuentón- seres que, según los cánones, no merecerían tener sexo, menos que menos ser exhibidos en esas prácticas. La brutal incomodidad que despierta Reygadas lleva a pensar hasta qué punto nuestra percepción está moldeada por lo estéticamente aceptado, y cómo una pequeña variación en los estándares puede llegar a causar reacciones incomprensibles.
Es necesario analizar el shock. Cuestionarlo, ver por qué razón es tal, qué mecanismos psicológicos activa y por qué. Si ese golpe viene acompañado de una intención o un mensaje por parte del artista o, si en cambio, es pura gratuidad.
Para los casos referidos, creo que la experiencia vale la pena.


Publicado en revista Noteolvides 6/2011

sábado, 3 de octubre de 2009

Las mejores películas (XI)

Esta última selección me quedó bien variada, y miren que fue casual, no es que quiera hacerme el polifacético. Todos conocen mi entusiasmo por el cine de Tarantino, y comprenderán que me ponga tan exultante con Inglorious; hoy mismísimo voy al cine a verla otra vez. Todas las pelis que le siguen son muy sólidas y sobresalen especialmente entre lo último que he visto. Diría que hasta imprescindibles.

Inglorious Basterds de Quentin Tarantino (Estados Unidos/Alemania)
Al acercarse a la última película de Tarantino uno pone el listón de expectativas demasiado alto, tanto que hasta podría resultar un poco injusto. Pero Tarantino es de los pocos cineastas en el mundo capaz de superar incluso las aspiraciones más optimistas. Inglorious es una obra mayor, revolucionaria, inclasificable y poderosa. Va a traer opiniones encontradas y unas cuantas quejas, claro que sí.

La graine et la mullet de Abdel Kechiche (Francia)
Kechiche ya se había lucido antes con la notable L'esquive, y ahora se confirma como un gran director a seguir y a tener en cuenta. Una familia de origen árabe se dispone a abrir un restaurante en un barco, encontrándose con unas cuantas dificultades en el camino. Un acercamiento íntimo a un montón de personajes cuestionables, y adorables al mismo tiempo.

Taare zameen par de Aamir Khan (India)
El cine indio también tiene películas centradas en anécdotas pequeñas, y ésta en particular es profundamente emotiva. Un niño tiene serios problemas en la escuela, con sus pares y su familia. Convencidos de que tiene problemas mentales y de conducta, sus padres deciden meterlo en un internado, donde sus problemas se agudizan. Si yo tuviese la posibilidad, difundiría esta película a lo largo y ancho del mundo. Ustedes no se la pierdan, por lo pronto.

The chaser de Hong-jin na (Corea del sur)
Un inescrupuloso proxeneta se indigna porque sus prostitutas lo abandonaron sin aviso, y procura tomar cartas en el asunto. En seguida se da cuenta de que todas ellas cayeron en manos de un retorcido asesino serial. Un thriller fortísimo y sangriento, donde increíblemente el psicópata es atrapado a los quince minutos de metraje.

The hangover de Todd Phillips (Estados Unidos/Alemania)
Un grupo de amigos se despierta sin acordarse de nada de lo que hicieron la noche anterior. Y en seguida descubren una serie de consecuencias inauditas. Un tigre en el baño, un amigo desaparecido, enemigos desperdigados por doquier, una patrulla de policía en lugar de su auto. Sería algo así como una buddy movie con trama policial; probablemente la comedia más divertida del año.

Katyn de Andrzej Wajda (Polonia)
Yo pensaba que Wajda estaba muerto, inactivo, o finiquitado creativamente. Pero nada que ver, el viejo se saca de adentro una historia que lo marcó de por vida, logrando plasmarla con empuje y gravedad. Como pasa con tantos otros hechos históricos que no tienen nada que ver con el holocausto nazi, pocos saben qué cuernos fue la masacre de Katyn. Acérquense, y sáquense la duda.

Eden lake de James Watkins (Inglaterra)
Una pareja sale a distenderse a un bosque idílico y aparentemente desierto. Pero una banda de adolescentes maleducados y molestos también anda por ahí, y empieza a atomizarlos demasiado. Luego de ciertos intercambios de violencia, las cosas llegan demasiado lejos, y nuestra protagonista deberá armarse con lo que venga para hacer frente a ese grupo de enfermitos.

Ip man de Wilson Yip (Hong Kong)
Bellísima película de artes marciales, con Donnie Yen haciendo de maestro protector de su pueblo, al sur de la China. Aunque no tenga mayor vuelo, se trata de una obra clásica, divertida y fresca, que además cuenta con la invaluable colaboración de Sammo Hung como coreógrafo de las secuencias de lucha. Cierta cuestión patriótica molesta un poco, pero en fin, no se puede pedir todo.

Luz silenciosa de Carlos Reygadas (México, Francia, Holanda, Alemania)
Ya sé que en estas páginas hablé mal de Reygadas una vez. Me equivoqué, el tipo es un gran cineasta. La peli es lenta como la mierda, pero también dice muchas cosas; un hombre no logra decidir si quedarse con su mujer y sus hijos o si irse a vivir con su amante, y su indecisión trae una tragedia inesperada. La intensidad contenida, el enfoque austero y un desenlace que recuerda al mejor Dreyer son elementos que conforman una gran obra.

The hill de Sidney Lumet (Inglaterra, 1965)
Mientras juro explorar la filmografía de Lumet hasta sus últimas consecuencias, aprovecho para sugerirles que se aproximen a este clásico olvidado. Entre varias 007 Sean Connery quiso prestarse para una película más autoral, que pudiera darle un poco de prestigio y para que lo tomaran un poco en serio. Lumet logró transmitir el calor y la existencia nauseabunda dentro de una cárcel británica para desertores de guerra.