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viernes, 9 de febrero de 2018

El sacrificio del ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, Giorgos Lanthimos, 2017)

Exabrupto de maldad


Una de las singularidades del cine del director griego Yorgos Lanthimos (Canino, Langosta) es la forma en que sus personajes parecen desconectados de sus emociones. Como si vivieran en un limbo perpetuo y existiese un desfase agudo entre lo que piensan y lo que dicen o hacen. Como si deambularan, trabajaran, comieran, conversaran y tuvieran sexo en piloto automático, y siempre con similar impasibilidad. Esta característica, exagerada y a todas luces inverosímil, puede resultar incómoda y hasta exasperante para algunos espectadores, pero se trata de una inercia sumamente elocuente acerca de una suerte de “zombificación”, por la cual muchos parecieran vivir como narcotizados, siguiendo mandatos sociales sin padecerlos ni disfrutarlos y, sobre todo, sin reflexionar ni cuestionar nada. 
El protagonista de esta película (Colin Farrell), casado y con dos hijos, es cardiocirujano. Su mujer (Nicole Kidman), oftalmóloga. No es casualidad que ambos se desempeñen en esas ramas de la medicina, sobre todo considerando que, a pesar de su investidura y de ser especialistas del corazón y de la vista, respectivamente, él parece especialmente incapacitado para sentir y ella para ver cosas que acontecieron ante sus propios ojos. Será por eso mismo que en el cuadro surge Martin (Barry Keoghan), que parece salido de otro planeta y con el cual el cirujano mantiene un extraño vínculo: de hecho, el joven irrumpe en la clínica en la que trabaja, y más adelante en su propia casa. Martin se impone con una mirada absolutamente escalofriante, comenzando a ser cada vez más demandante e invasivo, hasta finalmente echar una maldición sobre la familia. No corresponde adelantar las razones del maleficio ni las características de la enfermedad de la que empiezan a ser víctimas, pero esta intromisión del muchacho y sus consecuencias son tan irrevocables como siniestras. El director Lanthimos logra un cuadro ascético, elegante, filmado con travellings y gran angulares que amplifican la desolación de las habitaciones y la frialdad robótica de los personajes. Una música estridente y desconcertante va imponiéndose, potenciando el suspenso y la incomodidad. 
Por supuesto, para que el protagonista rompa con semejante maldición será necesario un sacrificio (siguen spoilers). Una vez que lo asume es que comienzan a surgir con más fuerza y mayor agudeza las puntas de humor negro de esta película. Como quien debe desprenderse de un gasto superfluo, el protagonista deberá evaluar cómo prescindir de un miembro de su familia y hasta la manera de sustituirlo, eventualmente. Es curioso cómo, sobre el desenlace, cada uno de ellos intentará “convencerlo” de que es una pieza imprescindible de su vida. Estos últimos tramos suponen una fina exposición de la conducta humana y de diferentes métodos de persuasión. 
La premisa principal y la frialdad del cuadro tienen puntos de similitud con el cine del austríaco Michael Haneke, y especialmente con su brillante Caché; pero aquí el director griego agudiza el factor fantástico y lo utiliza para dar un brutal golpe de efecto. Como en Haneke, por detrás de la superficie se esconde una alegoría, un sarcasmo demoníaco y la más cáustica crítica social. Lanthimos demuestra, una vez más, ser uno de los más despiadados –y de los mejores– directores de cine en actividad.

Publicado en Brecha el 9/2/2018

jueves, 3 de marzo de 2016

Langosta (The Lobster, Giorgos Lanthimos, 2015)

El zoológico humano 


Los grandes maestros lo tenían: Fellini, Welles, Bergman, Ozu, Bresson, Antonioni, Rohmer. Sucedió con el primer Burton, hoy sucede con Lynch, con Wes Anderson, con Guy Maddin, Lucrecia Martel, Bela Tarr, Johnny To, Wong Kar-wai. No son muchos los directores que crean un estilo absolutamente único e inconfundible, una propuesta estética en la que queda grabada su nombre a fuego. Desde sus temáticas, desde cómo estructuran el guión, cómo plantan la cámara y cómo planifican la totalidad de la puesta en escena, su estilo se convierte en algo irreproducible, prácticamente como una huella digital. 
Ya algo muy extraño, llamativo y único en su especie era Canino, filme que supo ser el primer éxito internacional del griego Giorgos Lanthimos, y que suponía una propuesta absolutamente radical y diferente, una contundente reflexión en torno a la pedagogía, el poder, el lenguaje, la represión y los temores sociales. Se relataba la historia de tres adultos confinados en una casa alejada de la civilización, cuyos padres los trataban como si fuesen niños, los deseducaban y les inculcaban miedos mediante métodos conductistas. Las premisas de la historia, la austeridad de los planos, diálogos marcianos y ciertos exabruptos de violencia cruda y absolutamente inesperada la volvían una de las más impactantes y transgresoras propuestas del momento, un cine fuertemente rompedor y emparentado con el de Michael Haneke, Ruben Ostlund o Lars Von Trier. Su voluntad cuestionadora y su acierto a la hora de tocar temáticas difíciles descolocaba a las audiencias poniendo el dedo en la llaga respecto a asuntos incómodos. 
Lanthimos aquí ha dado un salto, cuenta con un presupuesto mayor a sus anteriores producciones, con actores de la talla de Colin Farrel, Rachel Weisz, Lea Seydoux, Ben Wishaw y John C. Reilly, la película está hablada en inglés y es una coproducción en la que participan nada menos que diecisiete (!) compañías de diferentes países: prácticamente un blockbuster del cine de autor. Por todas estas razones podía temerse un enfoque más comercial, pero lo cierto es que de eso no hay nada: el director continúa fiel a su estilo de tomas fijas, de planos generales largos y lentos, de diálogos simples pero recargados, de personajes dotados de un infantilismo exacerbado. Quizá el elemento más novedoso en esta propuesta sea un humor absurdo, sutil y negrísimo, capaz de arrancarle carcajadas al espectador pese a la profunda gravedad de las situaciones y de todo el planteo. 


El cuadro es distópico y de a ratos directamente disparatado: en un mundo alternativo, vivir en solitario está prohibido. Los solteros, viudos o divorciados son inmediatamente trasladados a un hotel en el que conocerán a otras personas en su misma situación, y cuentan desde su ingreso con 45 días para encontrar su media naranja. De no cumplir con ello en el plazo indicado, serán convertidos en un animal cualquiera, por el que ya optaron en el momento de su llegada. Pasada la mitad de la película, y luego de un par de imprevistos, el personaje principal irá a dar a otra parte del mismo universo, un orden social en las antípodas al presentado dentro del hotel. 
Pero por más que las premisas puedan parecer delirantes, algunas escenas asombran por su terrible literalidad, como ocurre cuando los personajes recurren a medidas extremas como darse la cabeza contra una mesa con tal de forzar elementos en común con otra persona, o cuando dan otras muestras de indisimulable desesperación al no encontrar pareja antes de que se les termine su tiempo; también es muy interesante la idea de que la película plantee la decisión de optar por la sotería como la más salvaje rebeldía a las convenciones sociales imperantes. 
Las recreaciones teatrales de situaciones que las autoridades del hotel dan a los usuarios para fomentar la vida en pareja pueden parecer burdas y hasta grotescas, pero en rigor no distan casi nada de los lineamientos sociales imperantes que se viven hoy en día. Y es que al igual que en la serie británica Black Mirror se logra, mediante la creación de un mundo algo diferente al nuestro, disponer agudas reflexiones en torno a los comportamientos humanos en los tiempos que corren. Aquí puntualmente el foco se encuentra en las relaciones sentimentales contemporáneas y la forma –muchas veces patética y regida por absurdos lineamientos– con la que solemos afrontar los vínculos amorosos, quizá sin darnos cuenta. Tenía que venir Lanthimos a demostrárnoslo, con un reflejo distorsionado que, en su brutal honestidad, realmente duele afrontar.

Publicado en Brecha el 26/2/2016