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viernes, 28 de febrero de 2020

23° Festival de Cine de Punta del Este


Pantallas incandescentes

El Festival de Punta del Este presentó esta semana una programación sobresaliente, con propuestas de países tan disímiles como Kazajistán, Rumania, Guatemala, Polonia y Canadá, y con directores de la talla de Porumboiu, Loach, Haynes, Ripstein, y Suleiman.  Conferencias, charlas, cortometrajes y una selección de cerca de cuarenta largos se sucedieron en salas de Maldonado y Punta del Este, celebrando, un año más, una fiesta de cine.


Este año, las propuestas más transgresoras provinieron de Chile. Previo a la presentación de la película El príncipe, la programadora Daniela Cardarello señaló a la concurrencia que la película a exhibirse sería especialmente fuerte. Acto seguido, el director Sebastián Muñoz dio su opinión sobre la importancia de exhibir cuerpos desnudos masculinos sin censuras ni prejuicios. Lo que vino a continuación estuvo a la altura de las advertencias: un drama carcelario en el que no faltan escenas violentas, violaciones, sexo abundante y un número incalculable de desnudos integrales. Lo llamativo del asunto es que, lejos del realismo, se presenta una cárcel en la que los reclusos cuentan con momentos de privacidad, en donde prácticamente todos son homosexuales, y en la que hasta tienen lugar un par de inesperadas escenas musicales, entre ellas un tango interpretado por el actor argentino Gastón Pauls. La película funciona bien como delirio y, de las programadas, seguramente fue la que más dividió las opiniones entre la audiencia.


Y qué decir de Ema, la grandiosa última película de Pablo Larraín. El director chileno ha sido irregular como pocos, logrando por un lado obras excelentes como Tony Manero y El club, y por otro, bodrios infumables como Jackie y Neruda. Lo cierto es que Larraín ha vuelto a encaminarse en la senda del bien, con una propuesta sumamente anárquica y entretenida. Se trata de un drama en torno a una muchacha que toma la difícil decisión de devolver un hijo tomado en adopción, luego de que él prendiera fuego su vivienda con graves consecuencias -la hermana de la protagonista queda deformada por las quemaduras-. A partir de entonces, se abre una brecha social entre quienes cuestionan y demonizan a la protagonista y quienes, a pesar de todo, optan por acompañarla y respaldarla en su decisión. Si bien la película trata el asunto con hondura psicológica y notable lucidez sociológica, lo más importante es la forma: Larraín logra un imponente y luminoso cuadro de una tribu urbana de Valparaíso, en el cual la protagonista participa en grupos de danza, catalizando sentimientos a través de coloridos clips musicales y embistiendo al espectador con su deslumbrante fuerza intrínseca. Como apropiándose del accionar de su ex hijo adoptivo, Ema incinera autos, semáforos, monumentos, en escenas que parecen proféticas de lo que luego sucedió en esa ciudad, pocos meses después del rodaje; la expresión de una juventud deseosa de romper con estructuras añejas y con una injusticia crónica, imperante en el país desde hace décadas.


Desde hace tiempo que el realizador rumano Corneliu Porumboiu destacaba con películas como Policía, adjetivo y Cae la noche en Bucarest. Hasta ahora, obras sumamente personales y autorales, pero nunca lo habíamos visto volcado al cine de géneros. Esta vez, con La gomera, se abocó a un sobresaliente film noir, en el que esa típica austeridad y decadencia intrínseca al cine rumano aportan un clima de tensión constante, así como una notable personalidad. Como en sus películas anteriores, Porumboiu introduce referencias sutiles a ciertos problemas políticos y sociales de Rumania; desde un grupo de policías totalmente sumergidos en la corrupción debido a sus escasos ingresos, hasta un muchacho arrestado y quizá procesado por posesión de marihuana, pasando por narcotraficantes latinos interesados en el país, el cual les ofrece tentadoras oportunidades para el lavado de dinero. El enfrentamiento propuesto entre los narcos y la empobrecida pero ambiciosa policía rumana supone una contienda de poderes especialmente desiguales, y la película dilata notablemente el conflicto, paralizando e inquietando intermitentemente a la audiencia.


El documental argentino Mala madre es prácticamente un ensayo cinematográfico en torno a la maternidad, pero más específicamente sobre el mandato social de ser madre, y sobre una labor doméstica raramente discutida, cuestionada o incluso verbalizada. Son puestos en foco los tabúes del puerperio y de la crianza más básica e inicial, en la que la madre –quien no necesariamente está preparada- queda usualmente en total soledad, junto a un bebé vulnerable que no habla pero le exige una dedicación constante. La directora Amparo Aguilar se aboca a un tema crucial sobre el cual ni siquiera el feminismo se ocupa con suficiente énfasis, y que a su vez es absolutamente determinante respecto a la renovación generacional y la dinámica futura de los grupos familiares. Fundamentalmente realizado con entrevistas a mujeres (rodadas con nítidos primeros planos en blanco y negro), animaciones rudimentarias y la voz en off de la realizadora, en algún momento el documental pierde el ritmo, e incluso baja un poco el interés durante las entrevistas a los propios hijos de la directora -lejos de la fluidez de su hermana menor, el varón, dubitativo, pareciera responder en función de lo que su madre espera de él-. Aún así, se trata de la película definitiva en torno a una temática que apenas si fue abordada por el cine.


Otro punto alto de la programación fue La inocencia, de la directora española Lucía Alemany, un coming on age sumamente particular, en el cual la protagonista adolescente se abre paso hacia la adultez al seno de una familia religiosa y patriarcal, en un pueblo pequeño y, de a ratos, asfixiante. Pero el cuadro esquiva notablemente los lugares comunes logrando un universo al mismo tiempo arduo y entrañable, con interpretaciones deslumbrantes. La actriz principal, Carmen Arrufat, podría perfectamente ser la mejor actriz de todas las películas presentadas en el festival, aunque ni ella ni la mayoría de los otros intérpretes que la circundan son actores profesionales.


Pero seguramente la mejor película de esta edición fue la adictiva Corpus Christi, dirigida por el polaco Jan Komasa, una auténtica revelación europea y quizá el cineasta que más dé que hablar en los próximos años. Nominada al oscar a mejor película internacional, Corpus Christi perdió contra Parásitos, a pesar de ser muy superior a ella. La película propone el acercamiento a un joven problemático, un muchacho de unos veinte años detenido en un terrorífico reformatorio, en el cual  él y sus compañeros se ven sometidos en igual cantidad a sermones y a terribles golpizas. Debido a un prontuario en el que probablemente no escasean las drogas y la violencia, el protagonista se ve incapacitado de estudiar para ser religioso, pero el destino le impone una oportunidad única: la de hacerse pasar por sacerdote en un pequeño pueblo. A partir de aquí, se propone una situación crecientemente incómoda, en el que el impostor pasará a recibir confesión y a aconsejar a los fieles, a pesar de ser él mismo un antisocial quizá incorregible. Las derivaciones a las que lleva esta situación son, como en toda gran película, completamente inesperadas. Una obra brutal, profunda y con diferentes capas de interpretación, además de una experiencia cinematográfica irrepetible.


En los últimos años los asistentes del Festival nos hemos sorprendido con la calidad de los trabajos exhibidos en la muestra de “Maldonado Filma”, una selección de cortos realizados por jóvenes cineastas del departamento y seleccionados por el Fondo de Incentivo Audiovisual. Entre una notable selección, este año sobresalieron en particular tres de las propuestas: el documental Entropía, de Gabriel Lema, enfocado en la figura del artista plástico Miguel Ángel Battegazzore, un planteo clásico, con entrevistas a personajes allegados y especialistas, así como al mismo artista, pero en el cual se destaca el cuidado estético, con una música funcional, movimientos de cámara armónicos y una esmerada fotografía. Por su parte, En busca del obsesor es el último corto de Lucía Nieto Salazar, quien había logrado previamente otros notables como Negra y Betty. Esta vez, se trata de un falso documental en el que la cineasta sigue los rastros de “el obsesor”, un espíritu siniestro y fétido que acompaña a las personas, induciéndolos a acciones y pensamientos obsesivos y autodestructivos. Lejos de ser una simple historia de terror, se trata de un cine sugerente, incómodo y cuestionador. Por último, Abel Alfonso, poeta de la Capuera es un sentido y bello homenaje al poeta del título, en la que él mismo relata a cámaras una niñez con muchas carencias, ciertas vivencias y hasta alguna enseñanza. El documental compagina notablemente títulos en pantalla, animación y registro fílmico de la vida en la localidad de La Capuera, con la entrañable presencia de Alfonso durante sus últimos tramos de vida. La directora Claudia Beltrán es fotógrafa de profesión, y es algo que puede advertirse en cada fotograma. 


Publicado en Brecha el 28/2

viernes, 7 de febrero de 2020

No me importa si pasamos a la historia como bárbaros (I Do Not Care If We Go Down in History as Barbarians, Radu Jude, 2018)

Negacionismo y posverdad 


Durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo lugar en Rumania un golpe de estado por parte del dictador Ion Antonescu, quien se alió con la Alemania nazi durante el período 1941-1943. A partir de 1943, las tropas soviéticas invadieron el país, derrotaron a Antonescu en 1944, y Rumania entraría en la esfera de la influencia de la URSS, pasando a contribuir con los Aliados. Esa doble y antagónica participación en la guerra, incluso al día de hoy parece generar, tanto entre el oficialismo como en la misma población, una suerte de esquizofrenia colectiva: se exalta la heroicidad de los últimos meses de la guerra, así como son sepultados y silenciados esos primeros años vergonzosos. 
Pero lo cierto es que esa participación existió, y que Ion Antonescu, muy consistente con la ideología del eje, llevó a cabo un holocausto en su territorio, con víctimas que, entre judíos, comunistas y gitanos, ascendieron a 380 mil. Rumania fue el país, después de Alemania, que asesinó más judíos en Europa, e incluso algunos historiadores señalaron que estas brutales masacres a gran escala en el frente oriental fueron precursoras de las que llevarían adelante los nazis. A pesar de los intentos de inculpar a los alemanes, se ha comprobado que los oficiales rumanos actuaron voluntariamente y por iniciativa propia en dichas masacres. 
La protagonista aquí es Mariana Marin, directora teatral a quien le es designado un espectáculo público relativo a la historia rumana. Pero en lugar de elegir un hecho patriótico y complaciente, decide recrear la masacre de Odesa, en la cual fueron fusilados, ahorcados y quemados vivos decenas de miles de civiles. Para tal propósito realiza una investigación histórica meticulosa, e inicia los preparativos en torno al Museo Militar de Bucarest, donde obtiene uniformes y fusiles de época, así como un compendio de sonidos de armas y explosiones. Los problemas surgen luego, cuando le toca lidiar con las divergencias ideológicas de algunos de sus actores y con la aparición de un simpático inspector, empecinado en mantener los hechos más truculentos por fuera de la representación. 
El título de esta película fue proferido durante un infame discurso de Antonescu en el consejo de ministros, en verano de 1941, dando inicio a la “limpieza étnica”. Pero también podría leerse de otra manera: la posición de la artista, y también la del propio director-guionista Radu Jude, parecería ser justamente esa. En oposición al discurso oficial y a lo que la gente quiera escuchar, es necesario dar a conocer y asumir estos períodos oscuros de nuestra historia. Más allá de los acontecimientos a los que hace referencia, se trata de una excelente exposición acerca de las dificultades de hacer cine (o cualquier representación artística) de corte histórico, cuando aún hay intereses, orgullos personales y sensibilidades políticas antagónicas en juego. 
La película fue filmada en 16 mm, pero las escenas finales en las que tiene lugar el espectáculo fueron rodadas con equipos de TV estándar. El cambio de formato refuerza la idea de que aquello que se representa en pantalla es una performance verdadera, que tuvo lugar frente al Palacio Real de Bucarest, con una respuesta del público idéntica a la representada. Con una clara influencia del cine de Jean-Luc Godard y de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, Radu Jude expone una suerte de ensayo multirreferencial, con diálogos filosóficos cargados de citas y nombres de autores, y en el que los fascismos del pasado y del presente se confrontan y contrastan, con temibles resultados.

*Publicado en Brecha el 31/1/2020

miércoles, 3 de enero de 2018

Las mejores películas (XXIX)

Más o menos, un año y medio desde la última vez que publiqué el último de estos posts. Pero entiendo que, aunque los saque tarde y queden cosas afuera, suelen ser útiles. Todas estas películas están disponibles en la red de redes, así que sólo hace falta que las busquen y den un par de clicks. Para no repetirme, no agregué otras películas de las que ya escribí en este blog y que también me resultan imprescindibles, como La luz incidente, Jesús, Juana a los 12Alba, Prevenge, The Handmaiden, El Viajante y Frantz. En esta lista hay mucho cine de género (en algunos casos con algún exceso gore, es decir que sólo para los enfermitos como yo).
Consíganlas, que realmente valen la pena.

-Desde allá (Lorenzo Vigas, Venezuela / México).
La increíble relación homosexual entre un hombre acomodado y un delincuente marginal provee incomodidades varias, sobre todo en lo concerniente a la brutal desigualdad de necesidades básicas, poder e imagen social, pero también en lo referente al individualismo, a la capacidad de apego y a la falta de referentes. Aunque es una película que suele disgustar y causar rechazos, es también de las más transgresoras e inteligentes que he visto en los últimos años.

-Graduation (Cristian Mungiu, Rumania / Francia / Bélgica).
Un médico sesentón inicia una ardua cruzada a través de una pequeña localidad rumana. Su hija, de 18 años, acaba de ser aceptada para estudiar en la Universidad de Cambridge, pero para ello debe mantener una escolaridad con notas que superen el 90%. Pero los problemas se potencian cuando es interceptada por un desconocido que intenta violarla; esto acrecienta la desesperación de su progenitor, decidido a todo con tal de que su hija abandone el país y estudie afuera. Más allá de ser brillante en su exposición de la Rumania actual, se trata de una imponente radiografía de la corrupción, la decadencia y la debilidad humana.

-Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen, España).
Con La isla mínima, con Magical Girl, El cine español ya venía demostrando que puede entrar en terrenos negrísimos, y con muchísima altura. En este caso, durante la crisis económica y en pleno verano, a un par de inspectores de policía le es adjudicado un asesinato de mujeres ancianas, que además son brutalmente violadas. Deben capturar al culpable antes de que continúe causando estragos, pero en su desempeño y en su cacería demuestran no ser muy diferentes a él. Además de ser cine del mejor, cuenta con el mejor plano secuencia que he visto en años.

-Ron Goossens, Low Budget Stuntman (Steffen Haars, Flip van der Kuil, Paises Bajos).
Alcohólico hasta la manija, un doble de bajo presupuesto deambula por su pueblo, mientras vive una vida extrema a lo Jackass. Goosens cae de azoteas, es machucado, aplastado, incinerado y, cuando llega a su casa, descubre que su mujer le mete los cuernos. Pero él quiere salvar su matrimonio, y para ello intentará, siempre entre botellas de cerveza, whisky y vodka, arrojarse a una misión imposible. Seducir a una superestrella no es precisamente sencillo cuando tu cuerpo apesta a alcohol y vómitos, y además te cuesta mantener el equilibrio... pero lo que importa es la actitud, dicen.

-Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, Estados Unidos / Reino Unido).
Este director es realmente algo. Es muy atractiva la forma en que, tanto en esta película como en Brawl in Cel Block 99, plantea una anécdota sobria, realista, con un conflicto grave e interpretaciones convincentes, y además las lleva hasta límites desquiciados, convirtiéndolas en propuestas realmente adictivas. En lo particular, prefiero las películas que son al revés, que se parecen a cine de géneros livianos y terminan ofreciendo lecturas que van mucho más allá. Pero qué más da: la película funciona y es endiabladamente disfrutable.

-When Marnie Was There (Hiromasa Yonebayashi, Japón).
Suele tachársela como una de las películas "menores" de los estudios Ghibli, pero no estoy de acuerdo en absoluto. Una chica con problemas de salud es enviada a vivir junto a sus tíos a Hokkaido, donde puede entrar en contacto con la naturaleza y respirar aire puro. En uno de sus paseos por la costa, da con una extraña mansión abandonada que, naturalmente, está habitada por fantasmas. Por fuera de lo sobrenatural, la película esconde una notable reflexión sobre la depresión adolescente, sobre mandatos de género y extrañas herencias generacionales.

-Sea Fog (Shim Sung-bo, Corea del Sur).
Otro plato de cine serio que se convierte en cine de géneros, con el plus de que, sobre la mitad de la película, tiene lugar uno de los giros más impactantes e inesperados que haya dado el cine en  mucho tiempo. Un barco pesquero, con una tripulación estable y reducida, se aboca a otra de sus incursiones en altamar, pero la crisis del sector los empuja a llevar, desde China hasta Corea y como carga extra, a un grupo de inmigrantes ilegales. Obviamente, nada sale como es esperable.

-The Void (Jeremy Gillespie, Steven Kostanski, Canadá).
El mejor cine de terror viene de Canadá, sin dudas. Y si el gore de Bone Tomahawk no fue suficiente para ustedes, tendrán todo el caudal necesario en esta joyita demencial. Un policía se encuentra con un tipo herido, cubierto de sangre en la carretera, y lo lleva a un hospital más cercano, pero ahí dentro empiezan a pasar cosas muy raras. Para colmo, el recinto empieza a verse asediado por humanoides disfrazados, quizá miembros de un extraño culto. Un descenso al infierno con excesos y deformidades a lo Aja, y con un universo propio que debe mucho a Lovecraft y Carpenter.

-Tschick (Fatih Akin, Alemania).
Una road movie y buddy movie como hace mucho tiempo no había visto. Marik, un adolescente frikki de familia disfuncional, y Tschick, inmigrante ruso con pésima conducta y problemas de integración, son los desquiciados antihéroes de esta irresistible historia. Hartos de la monotonía, ambos deciden lanzarse a la aventura y conducir un auto robado en dirección a la Alemania profunda, donde tendrán un viaje iniciático y se encontrarán con personajes tan estrafalarios y más que ellos mismos. En este cruce, surgen brillos inesperados.

-Land of Mine (Martin Zandvliet, Dinamarca / Alemania).
La clase de películas de guerra que a mí más me gusta: no sólo porque se posiciona desde la perspectiva de soldados alemanes, sino por poner el foco sobre víctimas impensadas. Terminada la Segunda Guerra Mundial, el gobierno danés obligó a los prisioneros enemigos a desactivar las minas antipersonales que los nazis regaron por toda la frontera. Unos dos mil soldados, en su mayoría menores de edad, fueron forzados a remover los explosivos; aproximadamente la mitad perdió la vida o alguno de sus miembros en ese proceso. 

miércoles, 2 de enero de 2013

Las mejores películas (XX)

Bueno, aquí se cumplen ¡200! mejores películas recomendadas en esta sección de este bendito blog. Debo admitir que esta entrada no ha sido la más contundente de las publicadas, pero bueno, creo que estas últimas diez pelis valen todas la pena. Lo bueno es que las que no están disponibles, lo estarán en muy poco tiempo. Hay para elegir: drama, acción, documental, comedia negra, animación, películas para adultos, para adolescentes pelotudos, para veteranos con regresiones severas. Aprovechen, que el mundo se termina ahora, en el 2013.

Beyond the hills de Christian Mungiu (Rumania, Francia, Bélgica)
Las disciplinas religiosas encierrar e inhabilitan salidas, asfixian hasta la locura, destapan dimensiones impensadas. Los que hayan visto 4 meses, 3 semanas, 2 días, sabrán a qué me refiero si digo que Mungiu deja, con esta película, al espectador paralizado y en pánico durante los 150 minutos que dura; nadie puede negar del poder estilístico de Rumania. Dos amigas que crecieron juntas en el mismo convento viven ahora separadas, pero las une un pasado lésbico. Una de ellas le ruega a la otra que abandone la aldea religiosa que habita y la acompañe a probar suerte en Alemania, pero esta última ofrece resistencia.

Le pére de mes enfants de Mia Hansen Love (Francia, Alemania)
Debe de ser una película única en su especie. O que me corrijan si es que existe otra centrada en la vida abrumadora de un productor de cine independiente y en los mil y un problemas que surgen y lo conflictúan en su cotidianeidad. El inesperado punto de inflexión a mitad del metraje permite ver nuevas dimensiones del personaje, de su familia, de su entorno laboral. Atención a la joven cineasta Mia Hansen Love, tan alejada de los devaneos y las pretensiones de la insufrible intelectualidad francesa.

Valiente de Brenda Chapman y Mark Andrews (Estados Unidos)
Es curioso. Una historia sencilla, clásica y mas bien convencional puede ser algo súper contundente y emotivo si está bien tratado. Hay algo de universal en esta anécdota de clanes de vikingos rudos, en el conflicto madre-hija, en la ingrata transformación generada como efecto de un arrebato pulsional. Mientras Dreamworks sigue empecinado en el guiño pop y la catarata desigual de chistes y gags, Pixar confirma su reinado apostando a guiones sólidos, a personajes, a la profusión de detalles que enriquecen las tramas.

Life of Pi de Ang Lee (China, Estados Unidos)
Un adolescente indio pluri-religioso pierde a su familia en un naufragio y queda varado en pleno Océano Pacífico, en un bote con algunas provisiones, pero acompañado nada menos que de un tigre, una hiena, un orangután y una cebra. Si bien la anécdota puede parecer una ridiculez, es increíble la capacidad de persuasión del director chino para convencer con esta historia y transmitirla de forma realista. El abordaje alcanza puntos de tensión inconcebibles, y está logrado con una composición visual y sonora deslumbrante.

Argo de Ben Affleck (Estados Unidos)
La verdad es que cuando desde norteamérica se propone un tema tan complejo como el de la toma de rehenes de 1979 en la embajada de Estados Unidos de Irán -cuando el ascenso al poder del ayatolá Jomeini- uno tiende a pensar lo peor. Pero aquí se lo toma poniendo el foco en un episodio oculto e inconcebible, y desde un comienzo se expone la absoluta responsabilidad de EEUU en el conflicto. El resultado es una película adrenalínica, notablemente lograda; Affleck se confirma como un gran director.

The ABC's of death de directores varios (Estados Unidos)
Nacho Vigalondo, Marcel Sarmiento, Xavier Gens, Banjong Pisanthanakun, Ti West y otros grandes directores cercanos al terror experimental son convocados para filmar 26 cortos, 26 formas de morir, 26 letras del abecedario. Por supuesto que el resultado es absolutamente irregular, pero qué manera de pasarla bien y mal alternativamente. De a ratos la cosa tiene tintes desopilantes, de a ratos francamente desagradables, de a ratos las historias se ponen creativas y hasta geniales. Cuánta mala leche volcada en esta grandísima hijoputez.

El bella vista de Alicia Cano (Uruguay, Alemania)
Una docu-ficción recreada por los mismos personajes involucrados. En un pueblo de Durazno, en el interior del Uruguay, la sede de un antiguo club de fútbol deviene en prostíbulo de travestis. Herido en su orgullo, un viejo patriarca decide juntar firmas de los vecinos para echar de una vez "a todos esos putos". Finalmente, el club es convertido en una iglesia católica. Todo este devenir es narrado con pulso notable y un humor muy particular. Un abordaje inteligente y entrañable permite comprender todas las partes involucradas en el conflicto.

Aaltra de Gustave de Kervern, Benoît Delépine (Bélgica, Francia)
Dos vecinos llevan una vida profundamente desgraciada, y se odian. En un arrebato de ira, uno decide ir a estrangular al otro, pero por una mala jugarreta del destino ambos quedan accidentalmente paralíticos de por vida. Una comedia negrísima, de esas que cuestionan todo y ponen a prueba al espectador. Para mí fue, además, el descubrimiento de los notables actores-directores De Kervern y Delépine, quienes luego de ésta lograron -se dice- otras grandes películas. Habrá que seguir explorando.


Arrow, the ultimate weapon de Kim Han-min (Corea del Sur)
Un drama épico e histórico de acción desatada. La trama empieza en el año 1637, en un pueblo coreano cercano a la frontera que separa China de Corea, cuando la segunda invasión de los manchúes. Nuestro héroe es un arquero profesional que, al ser secuestrada su hermana sale a su rescate, siendo más adelante perseguido por un comando de guerreros de elite a través del bosque, al estilo Apocalypto. Una aventura de esas que no paran nunca, y que respiran libertad y cine a través de todos sus fotogramas.

Moonrise Kingdom de Wes Anderson (Estados Unidos)
El mejor y más claro heredero de Sallinger despliega otra pieza pequeña, entrañable y con un reparto de viejos amigos. Si Bill Murray, Frances Mc Dormand, Bruce Willis, Edward Norton, Harvey Keitel y Tilda Swinton ya son una buena excusa para ver esta peli, también lo es este cuadro de familias disfuncionales y excéntricas, de amor clandestino, de solidaridad emergente en un entorno de apatías rasantes. Sigo quedándome con Los excéntricos Tenenbaum y El fantástico Sr. Zorro, pero esto está muy bien.

viernes, 30 de noviembre de 2012

XXVII Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Combustible para el alma

Es una fiesta. Las playas no son muy bonitas, el clima es totalmente cambiante y no está ni cerca de lo ideal, pero el festival de Mar del Plata seguramente sea uno de los mejores y más accesibles del continente. Una inmersión profunda permite que el cronista se lleve algunos apuntes de interés, y un buen puñado de películas.

Mar del Plata es el único festival de Cine latinoamericano catalogado por la FIAPF (Federación Internacional de Asociaciones de Producciones de Films) como Clase A, categoría otorgada solamente a un puñado en todo el mundo. Cannes, Berlin, Locarno, Venecia, Montreal, San Sebastián, Tokio, Shangai, Karlovy Vary y El Cairo son los otros bendecidos con esta selecta calificación. Para ganarla se necesita cumplir con una serie de requerimientos: un trabajo anual sostenido, una seria selección internacional de películas y de jurados para las competencias, una especial atención a la prensa interesada (este ítem fue comprobado por aquí el señor), un estricto cuidado para evitar el robo o la copia ilegal de las películas a estrenar, un visible apoyo a la industria cinematográfica local, un sistema de seguros que salvaguarde a las copias participantes, además de contar con publicaciones oficiales y materiales de difusión que cumplan con los más altos estándares.
Más allá de esto, el festival es accesible por otras razones: entradas a 10 pesos argentinos, -menos de cuarenta uruguayos-, cines que se encuentran ubicados en un área reducida, a poca distancia uno del otro -como máximo toca caminar diez cuadras desde el Auditorium central a uno de los Shoppings-, actividades varias como charlas y conferencias con expertos, toques de bandas (pop pegadizo, reggae, punk, hardcore violento). Un armatoste de metal sobre la playa perfectamente incorporado para despliegues musicales se enfrenta a una pista junto al mar, donde se desnucan permanentemente unos treinta skaters, en rampas erigidas para tal propósito.
La publicidad es un tanto desconcertante para el visitante uruguayo. Figuras de la farándula como Agustín Pichot, Dalma Maradona, Pablo Lescano, los integrantes de la banda Miranda, o Mex Urtizberea promueven el festival en spots y carteles de colores saturados y estética kitsch siendo inevitable verlos casi todo el tiempo; algo así como que el Piñe y Claudia Fernández publicitaran, destacando su propia frivolidad, el festival de Cinemateca. Alguien me comenta que el fenómeno puede leerse como un peronismo aplicado a la publicidad, ya que se sostiene en la idea de llegar a sectores populares y a un público que no forma parte de los espectadores corrientes, ya cautivos por el festival.
Sobre los últimos días, la fugaz visita de la presidenta Cristina Fernández para dar una inauguración en el Hotel Provincial, vino acompañada de ruidosas y nutridas asociaciones peronistas que tomaron la calle y se incorporaron frente al hotel; al parecer, la siguen a donde vaya. Cristina tiene un ejército y lo sabe, los afiebrados fanáticos apalean constantemente un bombo atronador que se siente a cinco cuadras a la redonda y despliegan un cartel XXL con la figura de Néstor. Los agentes de seguridad de Cristina cortan el paso a los que quieren ingresar al hotel, e impiden la salida de los que están alojados dentro. Claro que toda esta parafernalia se diluye en el instante preciso en que Cristina se va de la ciudad a resolver otros asuntos.
Por fuera de los despliegues varios y la fanfarria ocasional, las jornadas transcurridas desde el 17 al 25 de noviembre fueron una fiesta del cine. Más de 400 títulos provenientes de todo el mundo distribuidos en doce salas, con funciones que comenzaban a las nueve de la mañana y terminaban en trasnoches que podían empezar a la una de la madrugada. Participaron nada menos que 78 películas argentinas, hubo un infaltable homenaje a Leonardo Favio -cineasta también encumbrado por Cristina desde su discurso- y secciones dedicadas especialmente al cine surcoreano, al cine para niños -esta sección estaba provista de un jurado infantil-, al cine de terror -en casi siempre agotados horarios trasnoche-, y a las comedias, entre otras. Además de las clásicas retrospectivas.
Y es muy cierto que durante esos días Mar del Plata vive el cine, y este cronista tuvo que quedarse fuera de varias de las funciones, incluyendo la última película de Todd Solondz, con entradas agotadas en todas sus proyecciones. Salas atestadas y colas de más de una cuadra reflejan un entusiasmo local, que además de ser constante y reiterado, es creciente. Parejas jóvenes se sientan en las plazas a investigar los programas del festival y planificar su maratón diaria, cinéfilos de toda clase intercambian información como si fueran figuritas, que tal película es de lo mejor del festival, que tal otra no vale la pena. Esta edición batió su propio record: más de cien mil espectadores. El cineasta surcoreano Back Seung-kee, director de Super Virgin (y además protagonista) se vio atropellado, a la salida de su estreno, por una marabunta de fanáticos que lo buscaban para pedirle autógrafos.
Las conclusiones finales son positivas, apuntaladas por la idea de que la sobredosis fue absolutamente provechosa. Al parecer de este cronista Mar del Plata es un festival excelente, y esto se debe fundamentalmente al riguroso trabajo de programación. Es notorio el énfasis en películas que están dotadas de narrativas claras, o de una visible intención de mostrar realidades específicas. La diferencia de este festival con otros, orientados a la no-ficción o al cine más "elevado" y quintaesencial, es que aquí uno va al cine esperando que le cuenten una historia y difícilmente salga decepcionado. En Valdivia -por nombrar un ejemplo que se encuentra en las antípodas- abundan las películas de viajes en las que un personaje silencioso se pierde, vaga sin rumbo y no le pasa absolutamente nada, y es muy difícil encontrar, entre la sobreabundancia de películas programadas, una que cuente una historia más o menos tangible y concreta. Será por eso que aquí la sensación es la de haber asistido a un concentrado e intensivo taller, sin tiempos perdidos.
Aquí el resumen de lo mejor que se ha podido ver en esta edición, y en próximos números se reseñará alguna más que quedó afuera, con correspondientes entrevistas a sus autores.

El Bella Vista (Alicia Cano, Uruguay)

La única película uruguaya presente en la programación se impuso, y de qué manera. La ópera prima de Alicia Cano se llevó grandes ovaciones y una mención especial en la competencia latinoamericana, y se trata de un atípico documental que cuenta con figuras técnicas de primerísimo nivel (Fernando Epstein en el montaje, Arauco Hernández en la cámara, Daniel Yafalián y Rafael Álvarez en sonido) y que se integra con naturalidad y notable sentido del humor en un universo rural desorbitante. El Bella Vista es un club de fútbol de antaño ubicado en el departamento de Durazno que, entrado en decadencia, devino en prostíbulo de travestis. Pero con las firmas de algunos vecinos, la casa es desalojada y convertida al poco tiempo en una iglesia católica. Todo este devenir es reinterpretado por los mismos protagonistas, dejándose ver las razones, las inquietudes y los problemas de cada uno de los personajes involucrados. Cano logra una atmósfera, permitiendo ver un perfil humano incluso en los que podrían considerarse los villanos -el prejuicioso patriarca que pretende devolverle la gloria a su antiguo club de fútbol es un personaje tan hilarante como sencillo y comprensible- y proponiendo una aguda observación sobre las contradicciones en las formas de pensar imperantes en la campaña.

Beyond the hills (Cristian Mungiu, Rumania / Francia / Bélgica)

El gran Cristian Mungiu -que no hace mucho sorprendía con su impactante 4 meses, 3 semanas, 2 días, sobre el aborto ilegal en la era Ceaucescu- fue el gran ganador de este festival, y su Beyond the hills llevó el Astor de Oro a la mejor película de la competencia internacional. Se trata de un durísimo fresco centrado en un convento rural de Rumania, en el cual dos amigas se reencuentran luego de años. Ambas crecieron en un orfanato, con la misma educación cristiana ortodoxa. Pero mientras una fue a trabajar a Alemania y conoció un poco de mundo, la otra se quedó en el convento, devota en su formación religiosa. El detalle es que a ambas las une un pasado lésbico, y hay en la relación una profunda dependencia y un amor no correspondido, pero todo esto tiene lugar en un universo de profunda represión, violencia soterrada y disciplinas férreas. De alguna manera Mungiu se las ingenia para mantener una tensión casi insoportable durante dos horas y media, planteando durísimas críticas a la imposición de cosmovisiones que no se aggiornan ni logran corresponderse con la vida moderna.

Fango (José Celestino Campusano, Argentina)

El premio a mejor director en la competencia argentina fue para el aquí prácticamente desconocido Campusano, que había filmado anteriormente las también aclamadas Vil Romance y Vikingo. Como bien dice el nombre de su productora, el cine de Campusano es un Cine Bruto, desprolijo, con actuaciones que a veces bordean lo lamentable, y una fotografía, un montaje, un sonido que dejan bastante que desear. Pero nadie puede dudar de que es un cine directo, honesto y visceral que, como el de Peckinpah, parece filmado con las garras. Campusano introduce sus cámaras en el segundo cordón del Gran Buenos Aires, en ambientes callejeros marginales, y desde allí cuenta sus historias, con sórdidos personajes que no hacen más que interpretarse a sí mismos. En una suerte de western callejero, Campusano da muestras de códigos barriales, violencia entrecruzada y desmesurados revanchismos que llevan a desastres generales. Por sobre todo, un cine apasionado, polémico, personal, único en su especie. Un cine que hay que tomarlo o dejarlo.

The ABC's of death (Directores varios, Estados Unidos)

La idea es grandiosa. Una película compuesta por fragmentos breves, dirigidos por 26 directores. 26 letras del abecedario, 26 maneras de morir. Cada uno de los directores es seleccionado por su perfil cercano al terror experimental, y se le da libertad absoluta para realizar sus corto. El resultado, como no podía ser de otra manera, es absolutamente desparejo. De a ratos, los fragmentos son humorísticos (A is for Apocalypse de Nacho Vigalondo), de a ratos desternillantes (N is for Nuptials del tailandés Banjong Pisanthanakun), a veces incurren en el horror social (P is for Pressure de Simon Rumley), a veces en el desmadre anárquico (W is for WTF? de Jon Schnepp), a veces en el gore desmesurado y prácticamente insoportable (X is for XXL del francés maldito Xavier Gens), e incluso en la animación stop-motion con muñecos de plastiscina (T is for toilet de Lee Hardcastle). Entre los mejores está D is for Dogfight del gran Marcel Sarmiento (autor de la inolvidable Deadgirl), en el que plantea una muy lograda lucha de un veterano boxeador contra un perro rabioso. Para pasarla bien y mal, alternativamente.

El muerto y ser feliz (Javier Rebollo, España / Francia / Argentina)

En la película de apertura del festival, Uruguay también estuvo más que presente. Las actuaciones de Roxana Blanco y Jorge Jellinek -este último interpretando a un matón de cuidado- se agregan al hecho de que al comienzo, la voz en off de Rebollo dedica su película a la mismísima Cinemateca Uruguaya. Fiel a su estilo, Rebollo plantea un viaje al estilo de Historias extraordinarias, miles de kilómetros en la carretera, a través de Buenos Aires, Rosario, Santa Fe, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy y Bolivia, en el cual un viejo asesino a sueldo al borde de la muerte (José Sacristán) se embarca sin rumbo a una aventura crepuscular. A falta de una, varias voces en off dan cuentas de lo que ocurre, o cuentan la acción de modo un poco distinto a como está presentada en las imágenes. Como en todas las leyendas, el relato oral se despega de la realidad, y la historia se bifurca, se desintegra, pasa a ser una y muchas al mismo tiempo.

Bleak night (Yoon Sung-Hyun, Corea del Sur)

Otra de las grandes sorpresas de este festival. Esta fue la película de graduación del joven director Yoon, algo remarcable si se tiene en cuenta la calidad técnica, la profundidad conceptual y una temática áspera, poco apacible, como es la de la violencia juvenil y el bullying. Una historia de amistad entre adolescentes de bachillerato signada por la angustia, los miedos, y la necesidad de imponerse por sobre los demás, utilizando las miradas y las amenazas verbales como principales herramientas. De este modo, el acercamiento permite ver una especie de cuadro casi animal en el que se impone sobre los demás el más fuerte y carismático. Una película difícil, un tanto hermética y larga y plagada de abundantes e incómodos diálogos, pero también de esas películas que tocan algo al interior de cada uno. Se desprende que los hostigadores, los perpetradores del bullying, no suelen ser los más fuertes de un grupo, sino paradójicamente los individuos más frágiles.

List (Hong Sang-soo, Corea del Sur) / Walker (Tsai Ming-liang, China)

Dos mediometrajes que fueron proyectados juntos y que son ejemplos del mejor cine de cada uno de sus consagrados autores. Con su List, Hong Sang-soo demuestra ser uno de los mejores herederos del estilo del maestro fallecido Eric Rohmer, y plantea la breve historia de una madre y una hija que escapan de deudas económicas y se alojan en un hotel. Allí conocen a un joven cineasta que pareciera ser el partido ideal para la hija. Un cine muy apacible y conversado, de pequeños detalles y gestos, de breves momentos humorísticos y cierta tensión insoslayable; esa clase de situaciones mínimas que sugieren temas profundos. Por su parte, Walker es increíble. El actor fetiche de Tsai, Lee Kang-sheng (el mismo adolescente que actuaba en El río) encarna a un monje budista, tapado con un manto rojo, que camina a una velocidad incomprensible. Siempre desmesuradamente encorvado, siempre con su almuerzo de comida rápida colgando de sus manos, su lentitud para recorrer las calles de Hong-kong es desquiciante e incomprensible para las estupefactas miradas de los otros transeúntes, y del espectador. De esta manera Tsai plantea un sorprendente contraste entre la locura y la ansiedad imperante en las urbes, y el obstinado, desestructurante andar de este enigmático personaje.

7 Cajas (Juan Carlos Maneglia, Tana Schémponi, Paraguay)

Muy en la onda Ciudad de Dios o El Mariachi, en las que se ubica un cine de géneros en contextos marginales -en este terreno podría colocarse tranquilamente Fango, reseñada anteriormente- surge este poderoso thriller. Los paraguayos lo recordarán como la película que marcó un antes y un después en su cine ya que vendió, al interior de su país, más entradas que Titanic. Ubicado en un universo difícil y hostil, el Mercado 4 de Asunción, el protagonista es un adolescente carretillero que se gana la vida transportando mercaderías. Pero en determinado momento, le es encargado transportar siete cajas misteriosas; simplemente llevarlas a dar una vuelta y regresarlas al mismo lugar, con la promesa de recibir mucho dinero -cien dólares, más de lo que ha visto en toda su vida- al momento de la entrega. Pero la trama se enreda hasta lo indecible, las cajas se pierden, son robadas, van y vuelven al punto de que la policía y varias bandas de delincuentes comienzan a buscarlas y a pedir precio por la cabeza del chico. Las siete cajas del título también refieren a las cajas televisivas, capaces de convertir a un don nadie en algo, gracias a su bendición.




Publicado en Brecha el 30/11/2012

sábado, 27 de marzo de 2010

Policía, adjetivo (Politist, adjectiv, Corneliu Porumboiu, 2009)

La ley con sangre entra

Muchos se han cuestionado si la “nueva ola rumana” fue tan sólo una afortunada casualidad y poco más que una moda pasajera o si realmente tendría la solidez necesaria para perpetuarse un poco más en el tiempo. Llega el momento en que sus tres principales directores hacen entrega de nuevas obras, y seguramente en estos tiempos se podrá extraer una firme conclusión al respecto. Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas, 2 días) ya estrenó en festivales y en cines de Europa sus Cuentos de la edad de oro, y Cristi Puiu (La muerte del Sr. Lazarescu) está terminando de filmar Aurora. A juzgar por esta nueva obra de Corneliu Porumboiu (Bucarest 12:08) podría decirse que, por ahora, las cosas van bien.
Centrada en acciones mínimas y tiempos muertos, con pocos diálogos, nada de música, planos largos y poco dinámicos, esta película pondrá a prueba la paciencia de unos cuantos. Pero cierto es que los que puedan lidiar con la extrema morosidad del planteo también podrán llevarse a sus casas material suficiente como para meditar durante semanas. Otra vez hay un cuadro de estancamiento, otra vez se ve una Rumania desgastada, estructuras edilicias avejentadas y descascaradas, casilleros oxidados, monitores de computadoras obstruidos por rayas molestas, cajas de correo rotas. La gente trae el desgastamiento dentro, y las relaciones laborales son ríspidas, díficiles y extenuantes. La burocracia impone su presencia y entorpece el flujo vital.
La anécdota puede recordar a algunas películas de los iraníes Kiarostami o Panahí, ya que un abordaje micro arroja reflexiones profundas sobre la sociedad y los mecanismos de represión imperantes. Se trata de un policía joven encargado de vigilar un chico que se encuentra bajo sospecha de consumir y traficar hachís. A diferencia de la mayoría de los países de Europa, en Rumania todavía está penado el consumo de marihuana y, al igual que en muchos otros (como Uruguay) convidar a un amigo con unas pitadas es interpretado como suministro.
El protagonista no tarda en darse cuenta que el adolescente en cuestión no sólo no es una amenaza social, sino que además es un individuo sencillamente inocuo, que lleva una vida simple y que va de la casa al colegio y viceversa. El policía también tiene sus vicios -aunque sean legales- y lleva asimismo una vida rutinaria y monótona, por lo que puede intuirse que se ve reflejado y que el chico llega hasta a simpatizarle. De esta manera, surge en él un serio dilema ético ya que es consciente que podrían darle al muchacho hasta ocho años de prisión, y no pretende arruinarle la vida y cargar con ese lastre en la conciencia. Sabe además que esa ley está al borde de caducar y que incluso podría ser modificada prontamente.
Los residuos del totalitarismo pesan sobre los individuos y en muchos casos generan un daño social real, parece decir Porumboiu, y así establece un paralelismo entre la forma en que el lenguaje determina las formas de pensamiento y de vida, como lo hacen las leyes y la burocracia.
Policia, adjetivo es una película sobre la arbitrariedad. El protagonista protesta casualmente por la forma en que la academia rumana impone reglas gramaticales ridículas, y asimismo las leyes parecen estar más basadas en definiciones preconcebidas que en la moral y el sentido común. Como en Bucarest 12:08, la escena más sobresaliente de la película es un plano fijo en el cual interactúan tres personajes; una situación tensa, incómoda y no carente de cierta hilaridad. Se trata de un diálogo con el capitán -interpretado por Vlad Ivanov, en un papel tan odioso como el que concibió como abortista en 4 meses, 3 semanas, 2 días- donde se regodea aleccionando a sus subordinados, haciendo un despliegue de autoritarismo y apelando a leyes inalterables de la semántica para quebrantar al protagonista. Palabras como “policía” y “ley” convertidas en sentencias. El tercer interlocutor, otro policía, podría ser el mismo protagonista luego de quince o veinte años: un hombre perezoso y resignado, entregado a la desidia.
Y uno de los mayores aciertos de este filme es el de generar un personaje que, a pesar de su desaprobación por como se dan las cosas, parece condenado a reproducir las taras del sistema. Él, ante todo, respeta los procedimientos y construye la investigación; podría haber mentido en sus informes, pero quedó atado al reglamento. En una conversación informal con un compañero de trabajo, él mismo se muestra intransigente y hasta llega a hablar de leyes inquebrantables. Podemos ver en su accionar diario las repercusiones de un empleo sumamente insatisfactorio y extenuante: se lo ve malhumorado, irritable y por momentos hasta abúlico. Su mujer le pide que por favor se cambie el buzo, ya que lo lleva puesto hace cuatro días, y se dejan ver indicios de una relación marital que, pese a estar recién conformada, parece condenada al fracaso.
Lo que cabe cuestionar de esta película es si es realmente necesario expresar la monotonía con más monotonía, si hay que exponer la burocracia con una obra igualmente burocrática. Existe una gran distancia entre este filme y la sofocante intensidad de 4 meses, 3 semanas, 2 días, la desesperación kafkiana de Lazarescu, el ludicismo sarcástico de Bucarest 12:08 o de California dreamin'. Policia, adjetivo no deja de ser buena y profunda, pero realmente requiere un gran esfuerzo para ser vista.

Publicado en Brecha 26/3/2009

jueves, 2 de abril de 2009

California dreamin' (Nesfarsit, Cristian Nemescu, 2007)

Fuck USA


La historia de esta película es también la triste historia del fin de su director, Cristian Nemescu. Con sólo veintisiete años, Nemescu viajaba por las calles de Bucarest en un taxi en dirección a los estudios de producción, cuando un borracho que manejaba un Porsche Cayenne a 113 kilómetros por hora se saltó un semáforo en rojo, impactando contra el taxi, que sólo iba a 42 kilómetros por hora. El accidente segó la vida de Nemescu, y California Dreamin' no pudo terminar de ser editada por su director. La película finalmente se presentó con pocos agregados de edición, durando casi tres horas, y el título que originalmente se le colocó fue Nesfarsit, que significa “inacabada”. Por esta razón es comprensible que pueda hacerse un poco larga y que quizá deje la sensación de que le sobra alguna escena. De todos modos, su extensión apenas se siente, y vale la pena verla aunque sea para comprobar que la muerte de Nemescu es una de las más lamentables pérdidas que el cine europeo ha sufrido en los últimos años.
La película no parece acercarse tanto al cine rumano conocido, aunque quizá sí un poco a Como celebré el fin del mundo por su tonalidad tragicómica y su abordaje casi coral a la dinámica en un pueblo cercano a Bucarest. Pero parece tener más puntos de encuentro con el cine de Kusturica y hasta con el Berlanga de Bienvenido Mr. Marshall. La acción se sitúa en 1999; un tren de la OTAN cargado de soldados norteamericanos y equipamento secreto se dirige a Serbia a través de la llanura rumana, hasta que en un pueblo perdido un jefe de estación le impide continuar, con la excusa de que no tiene los papeles de la aduana en regla. Cuando el pétreo y amenazador capitán a cargo se le enfrenta aduciendo que viene con órdenes del gobierno de Estados Unidos y permiso de Bucarest, el jefe de estación le replica: “fuck USA, fuck NATO, fuck Bill Clinton!” y agrega en rumano: “y que se jodan todos en Bucarest, esta es mi estación”. La película demostrará más adelante que la impasibilidad burocrática del hombre está justificada con razones de peso.
Dotada de un humor casi perverso, California dreamin' se regodea con el choque cultural entre norteamericanos y lugareños, la ridícula forma en que la comunidad intenta agasajar a los soldados para que inviertan en su pueblo, y el contraste entre la ácida mirada de un veterano que pasó su vida bajo el régimen de Ceaucescu y el entusiasmo de una juventud carente de referentes ideológicos heredados. En definitiva, otra joyita del impagable cine rumano.

Publicado en Brecha 8/4/2009

jueves, 24 de abril de 2008

Las mejores películas (IV)

No creo que ninguna llegue a ser una obra maestra, pero a mi parecer estas pelis sobresalen y merecen atención. Todas están a disposición, consulte su mulo amigo.

Un couple parfait de Nobuhiro Suwa (Japón / Francia)
Suwa es grande. Admito que es la primer película que veo del hombre, pero es suficiente para colocarlo en un altar. En serio no sé como hizo para crear ambientes tan insoportables, y que los diálogos y los silencios se vuelvan tan incómodos. La película es lenta, claro que sí, pero también es sostenidamente intensa. De seguro, la mejor película acerca de un divorcio que vi jamás. Sí, mejor aún que aquella Sin anestesia de Wajda.

Persépolis de Vincent Paronnaud y Marjane Satrapi (Francia / Estados Unidos)
Qué bien que viene el cine de animación francés. La vida de una iraní, a la que le toca atravesar regímenes dictatoriales uno tras otro, la muerte de varios de sus amigos y un arduo exilio en Europa. La sinceridad, las críticas y autocríticas volcadas, un muy buen ritmo y la sencillez en el trazado de los dibujos generan un planteo adictivo, rebosante de emotividad.

Qui m’aime me suive de Benoit Cohen (Francia)
Muy en la onda de The commitments, la contagiosa historia de una banda de rock, desde sus inicios hasta su abrupta ruptura. Los momentos musicales desbordan sentimiento y están filmados con la cercanía, la luminosidad y el colorido de los video clips más directos. También es cierto que el final descoloca y llama mucho la atención, y hasta puede despertar alguna queja.

[Rec] de Balagueró y Plaza (España)
Al final a uno le puede quedar la idea de que no hay nada nuevo bajo el sol, pero eso qué importa si se atraviesa una experiencia tan tensa y sorprendente. Qué película. Cómo me asustó y qué bien que filman estos hijos de puta. Y de estas películas rodadadas íntegramente con cámara subjetiva es la primera en la que se justifica que el cameraman, pese a todas las cosas horrendas que le pasan, siga filmando.

California dreamin’ de Cristian Nemescu (Rumania)
Lo malo es que el director se murió a los 27 años en un accidente automovilístico. Lo bueno es que dejó esta pequeña joyita. En realidad no es muy pequeña, dura cerca de tres horas. El protagonista, un jefe de estación al que se le ocurre detener a un tren de la OTAN con excusas burocráticas, es el responsable de una frase de antología: “fuck USA, fuck NATO, fuck Bill Clinton”.

El orfanato de Juan Antonio Bayona (Méjico / España)
Ya me cansé de leer críticas negativas sobre esta película. Han logrado indignarme. Trato de entender qué es lo que molesta tanto de esta peli y no le encuentro la vuelta. ¿Que se parece mucho a Los otros? claro que sí, y Los otros se parecía a The innocents, a Carnival of Souls y Al final de la escalera y no por ello deja de ser buena, y si seguimos con esta manía de los precedentes tachamos a toda la historia del cine. Recomiendo seriamente no darle corte a toda esta crítica rompehuevos. El orfanato es una película imponente, rebosante de climas, suspenso y buenos sustos. Denle una oportunidad.

Memories of Matsuko de Tetsuya Nakashima (Japón)
Quizá le sobren unos 15 minutos y tenga algún desborde kitsch que pueda disgustar a unos cuantos, pero también es cierto que algunos tramos están dotados de inusitada intensidad. En cierto sentido confirma una teoría que tengo y que últimamente vengo comprobando: cualquier desarrapado que vive en la calle tiene historias de vida increíbles, necesarias. No como las nuestras, las de los acomodados de siempre.

Edmond de Stuart Gordon (Estados Unidos)
Un imponente guión, concebido mucho antes que David Mamet se convertiera en un maldito neocon. William H Macy es un loser desquiciado y harto de todo, que causa estragos a través del hampa neoyorquino. El tono ácido e irónico y la inteligencia de los diálogos hacen de la película una experiencia particularmente entretenida.

Blades of glory de Josh Gordon y Will Speck (Estados Unidos)
Una de las mejores comedias norteamericanas que he visto en años. Algo parecido a Zoolander: un par de débiles mentales desplegando gags y chistes uno atrás del otro, y exponiéndose repetidamente al ridículo. Las escenas de coreografías sobre el hielo son la gloria, y Will Ferrell es un fenómeno, digan lo que digan las malas lenguas. Gracias Bea por recomendármela.

1408 de Michael Håfström (Estados Unidos)
La primer película que me gustó a mí y prácticamente a ninguno de los lectores de este blog. Si usted no la vio, considere que las probabilidades juegan en contra de mi y del filme, y véalo bajo su propia responsabilidad. Si lo ve y le gusta, deje su comment, que hasta lograron hacerme sentir mal.