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sábado, 3 de octubre de 2009

Las mejores películas (XI)

Esta última selección me quedó bien variada, y miren que fue casual, no es que quiera hacerme el polifacético. Todos conocen mi entusiasmo por el cine de Tarantino, y comprenderán que me ponga tan exultante con Inglorious; hoy mismísimo voy al cine a verla otra vez. Todas las pelis que le siguen son muy sólidas y sobresalen especialmente entre lo último que he visto. Diría que hasta imprescindibles.

Inglorious Basterds de Quentin Tarantino (Estados Unidos/Alemania)
Al acercarse a la última película de Tarantino uno pone el listón de expectativas demasiado alto, tanto que hasta podría resultar un poco injusto. Pero Tarantino es de los pocos cineastas en el mundo capaz de superar incluso las aspiraciones más optimistas. Inglorious es una obra mayor, revolucionaria, inclasificable y poderosa. Va a traer opiniones encontradas y unas cuantas quejas, claro que sí.

La graine et la mullet de Abdel Kechiche (Francia)
Kechiche ya se había lucido antes con la notable L'esquive, y ahora se confirma como un gran director a seguir y a tener en cuenta. Una familia de origen árabe se dispone a abrir un restaurante en un barco, encontrándose con unas cuantas dificultades en el camino. Un acercamiento íntimo a un montón de personajes cuestionables, y adorables al mismo tiempo.

Taare zameen par de Aamir Khan (India)
El cine indio también tiene películas centradas en anécdotas pequeñas, y ésta en particular es profundamente emotiva. Un niño tiene serios problemas en la escuela, con sus pares y su familia. Convencidos de que tiene problemas mentales y de conducta, sus padres deciden meterlo en un internado, donde sus problemas se agudizan. Si yo tuviese la posibilidad, difundiría esta película a lo largo y ancho del mundo. Ustedes no se la pierdan, por lo pronto.

The chaser de Hong-jin na (Corea del sur)
Un inescrupuloso proxeneta se indigna porque sus prostitutas lo abandonaron sin aviso, y procura tomar cartas en el asunto. En seguida se da cuenta de que todas ellas cayeron en manos de un retorcido asesino serial. Un thriller fortísimo y sangriento, donde increíblemente el psicópata es atrapado a los quince minutos de metraje.

The hangover de Todd Phillips (Estados Unidos/Alemania)
Un grupo de amigos se despierta sin acordarse de nada de lo que hicieron la noche anterior. Y en seguida descubren una serie de consecuencias inauditas. Un tigre en el baño, un amigo desaparecido, enemigos desperdigados por doquier, una patrulla de policía en lugar de su auto. Sería algo así como una buddy movie con trama policial; probablemente la comedia más divertida del año.

Katyn de Andrzej Wajda (Polonia)
Yo pensaba que Wajda estaba muerto, inactivo, o finiquitado creativamente. Pero nada que ver, el viejo se saca de adentro una historia que lo marcó de por vida, logrando plasmarla con empuje y gravedad. Como pasa con tantos otros hechos históricos que no tienen nada que ver con el holocausto nazi, pocos saben qué cuernos fue la masacre de Katyn. Acérquense, y sáquense la duda.

Eden lake de James Watkins (Inglaterra)
Una pareja sale a distenderse a un bosque idílico y aparentemente desierto. Pero una banda de adolescentes maleducados y molestos también anda por ahí, y empieza a atomizarlos demasiado. Luego de ciertos intercambios de violencia, las cosas llegan demasiado lejos, y nuestra protagonista deberá armarse con lo que venga para hacer frente a ese grupo de enfermitos.

Ip man de Wilson Yip (Hong Kong)
Bellísima película de artes marciales, con Donnie Yen haciendo de maestro protector de su pueblo, al sur de la China. Aunque no tenga mayor vuelo, se trata de una obra clásica, divertida y fresca, que además cuenta con la invaluable colaboración de Sammo Hung como coreógrafo de las secuencias de lucha. Cierta cuestión patriótica molesta un poco, pero en fin, no se puede pedir todo.

Luz silenciosa de Carlos Reygadas (México, Francia, Holanda, Alemania)
Ya sé que en estas páginas hablé mal de Reygadas una vez. Me equivoqué, el tipo es un gran cineasta. La peli es lenta como la mierda, pero también dice muchas cosas; un hombre no logra decidir si quedarse con su mujer y sus hijos o si irse a vivir con su amante, y su indecisión trae una tragedia inesperada. La intensidad contenida, el enfoque austero y un desenlace que recuerda al mejor Dreyer son elementos que conforman una gran obra.

The hill de Sidney Lumet (Inglaterra, 1965)
Mientras juro explorar la filmografía de Lumet hasta sus últimas consecuencias, aprovecho para sugerirles que se aproximen a este clásico olvidado. Entre varias 007 Sean Connery quiso prestarse para una película más autoral, que pudiera darle un poco de prestigio y para que lo tomaran un poco en serio. Lumet logró transmitir el calor y la existencia nauseabunda dentro de una cárcel británica para desertores de guerra.

martes, 28 de abril de 2009

Las mejores películas (IX)

Una selección caótica. Para no perder la costumbre alguna asiática y un par de animaciones, más un par de veteranos maestros que envejecen mejor que los vinos, más un brutal documental, más un brutal casi-documental. Como siempre, van por orden de importancia, pero hasta las de más abajo son plenamente recomendables.

Still walking de Hirokazu Kore-eda (Japón).
Los miembros de un núcleo familiar disgregado vuelven a reunirse luego de un tiempo sin verse. En un registro parecido al de Ozu, el recambio generacional, el choque entre tradición y modernidad, las repercusiones de una muerte y el paso del tiempo filmados con inmensa sabiduría. Kore-eda se confirma como uno de los grandes directores de nuestros tiempos.

Find me guilty de Sidney Lumet (Estados Unidos, Alemania).
Lumet debe ser el maestro más infravalorado de hoy. Un juicio increíble, basado en hechos reales, pero enfocado desde una perspectiva en la que los roles tradicionales de buenos y malos se ven invertidos. Una peli imprescindible que, entre los tantos méritos que cabe achacarle, logró que me volviera fan de un actor que jamás habría imaginado sería de mi agrado: Vin Diesel.

Entre les murs de Laurent Cantet (Francia).
Las dificultades de ejercer el profesorado en un instituto de la banlieue parisina. Cantet muestra que no hay manera de trabajar allí sin enredarse en conflictos, darse de frente con sorpresivas adversidades o acabar perdiendo la paciencia. Un cuadro que envuelve al espectador en un ambiente de exclusión donde hasta la mejor voluntad puede verse oprimida y obstaculizada.

Gran Torino de Clint Eastwood (Estados Unidos, Australia).
¡¡¡Larguísima vida a Clint!!! Este tipo hace lo que se le da la gana. Qué capacidad para transmitir emociones, para lograr que uno se sumerja en su mundo, qué notable que haga que nos enamoremos de todos los personajes, incluyendo ese viejo xenófobo, nacionalista, conservador, fascista y antipático que interpreta. Para mí y la mayoría de los votantes de este blog, una película imperdible.

Beijing Bicycle de Wang Xiaoshuai (Francia, Taiwan, China).
La vida de dos adolescentes de clase media-baja gira en torno a un mismo objeto: la bicicleta del título. Ambos son capaces de matar por ella, para uno es la forma de ganarse la vida, para el otro, el medio para integrarse socialmente y ser reconocido. Wang muestra con acierto como las necesidades económicas pueden involucrar a gente común en inesperadas situaciones de violencia.

Mongol de Sergei Bodrov (Kasajistán, Rusia, Mongolia, Alemania).
Brutal primera parte de una trilogía sobre la vida de Genghis Khan. Aquí se hace el énfasis en su dura infancia y su juventud, en los largos períodos de encierro y esclavitud, en sus alianzas y en sus inquebrantables principios éticos. Una épica como dios manda, para que aprendan los Snyders, los Petersen y los Adamson a filmar enfrentamientos con verdadera fuerza cinematográfica y, de paso, a contar una historia.

Checkpoint de Yoav Shamir (Israel).
Después de ver este documental uno no se pregunta más por qué algunos palestinos se convierten en terroristas, sino por qué serán tan pocos los que lo hacen. Las cámaras se sitúan en los puestos de control instalados en territorio palestino, donde los soldados israelíes se dedican a joderles la vida a quienes quieren ir a trabajar, estudiar, visitar su familia o incluso casarse. Y ni quiero imaginarme lo que hacen los israelíes cuando no tienen cámaras filmándolos.

Los paranoicos de Gabriel Medina (Argentina).
Hendler interpreta a un loco remachado y antisocial. La llegada de un viejo “amigo” de España sirve como pretexto para que en su vida se vayan dando algunos quiebres, y se le presenten ciertas oportunidades de alcanzar la estabilidad. Una película que habla, más que nada, de no venderse y de seguir los dictados del alma.

Coraline de Henry Selick (Estados Unidos).
Una animación en stop motion en la que una niña va a parar a un mundo de fantasía colmado de tentaciones, pero que asimismo esconde imágenes de pesadilla y siniestros propósitos. Un despliegue visual impactante que si bien no puede compararse con los de Miyazaki, levanta vuelo y ofrece algunas escenas notables, como las varias desintegraciones del entorno, o esa caída final en una gran tela de araña.

Princess de Anders Morgenthaler (Dinamarca, Alemania).
Otra exploración de nuevos terrenos en materia de animación. Un desquiciado sacerdote emprende una sangrientísima cruzada contra unos mercaderes del porno, que abusaron de su sobrina de cinco años y “pervirtieron” a su fallecida hermana. No es que sea algo excepcional, pero como ejercicio de género funciona y muy bien.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Sobre el nuevo cine negro

Yerba mala nunca muere


Si bien se pueden rastrear las raíces del cine negro en las primeras obras de Fritz Lang y en el expresionismo alemán, los estudiosos datan su surgimiento en 1941 con la aparición de El halcón maltés de John Huston. Sin embargo no existe tal consenso en lo que suele interpretarse como su punto final. Algunos señalan a Sed de mal (Orson Welles, 1958) como un insuperable réquiem, pero otros aseguran que el género acabó mucho antes.
Lo cierto es que el cine negro (también llamado film noir) se rehusó a morir del todo, y si bien desapareció de los Estados Unidos en la década del sesenta, siguió tan vivo como siempre en otros países, europeos y asiáticos fundamentalmente. Por ejemplo, Jean-Pierre Melville continuó transitando tranquilamente el género con obras brillantes durante los sesenta y setenta hasta el día de su muerte, y también se acercaron al registro directores de renombre como François Truffaut (con Disparen sobre el pianista, 1960), John Boorman (A quemarropa, 1967), André Téchiné (Barocco, 1976), y Wim Wenders (El amigo americano, 1977).
En Hong Kong, una ola de cine negro pobló las carteleras durante los setenta y ochenta, con directores como Kuei Chi Hung y Hua Shan a la cabeza, y en Japón a partir de los años sesenta directores tan dispares como Akira Kurosawa, Shohei Imamura, Seijun Suzuki o Teruo Ishii supieron defenderse a la perfección en el registro. En ambos países el cine negro dio lugar a géneros de mafias suburbanas: los yakuza en Japón y las tríadas en Hong Kong.
En Estados Unidos, los años 90 y 2000 dieron resurgimientos esporádicos y notables: De paseo a la muerte (Joel Coen, 1990), Perros de la calle (Quentin Tarantino, 1992), Tiempos violentos (Tarantino, 1994), Los sospechosos de siempre (Brian Synger, 1995), Seven (David Fincher, 1995), Fargo (Joel Coen, 1996), Los ángeles al desnudo (Curtis Hanson, 1997), Memento (Christopher Nolan, 2001), La noche del crimen (Daniel Algrant, 2002), Sin city (Robert Rodríguez, 2005). También hubo películas donde se satirizó y homenajeó al noir -toda sátira es a su vez un homenaje- como la insuperable El gran Lebowski (Coen, 1998), las británicas y más que divertidas Juegos, trampas y dos armas humeantes (Guy Ritchie, 1998), y Snatch (Ritchie, 2000), y Entre besos y tiros (Shane Black, 2005).


Pero lo más insólito es lo que ocurre ahora. Y es que el cine negro ha vuelto, y con más fuerza que nunca. Este 2008 le ha deparado al público uruguayo unos cuantos ejemplos: No country for old men (2007), personalísima reinvención del género por parte de los Coen; El sueño de Cassandra (2007) inédita incursión de Woody Allen; Antes que el diablo sepa que estás muerto (2007), un Sidney Lumet más implacable y oscuro que nunca; y ese notable ejercicio cinematográfico que es Los dueños de la noche (James Gray, 2007). Por si fuera poco -y también a un nivel más que digno- Gone baby gone (2007), la muestra de que Ben Affleck dirige y muy bien, y la no tan buena pero bizarrísima y angustiosa Lonely hearts (2006) de Todd Robinson. No es un paquete desdeñable, y estos no son simples “homenajes”, se trata de cine negro con todas las de la ley.
Es algo común confundir al noir con el thriller policial; los límites son difusos y se pisan permanentemente. Pero el cine negro puede reconocerse por tres características básicas: la figura del antihéroe, el acercamiento a la criminalidad y su contenido truculento.
Los antihéroes parecen estar tomando nuevas formas en este último cine negro, especialmente en el de los Coen, donde una señora embarazada puede ser más inteligente y efectiva que todo un departamento de policía junto (Frances McDormand en Fargo), y un viejo Sheriff de pueblo (Tommy Lee Jones en No country…) puede ser tan naïf como inoperante y obsoleto. Otro caso extremo de antihéroe puede verse en la italiana Arrivederci amore ciao (Michelle Soavi, 2006), que se centra en un protagonista absolutamente despiadado, abusivo, cruel y traicionero, rasgos que quizá lo vuelvan más atractivo. Drogadictos, policías corruptos (o directamente incapaces), outsiders a la deriva, jugadores empedernidos, egoístas irredimibles son la fauna que habita los nuevos noirs.
Y el género siempre se ha caracterizado por exponer las facetas más oscuras y en apariencia desagradables del ser humano. Podríamos llamar mirada “hustoniana” a aquella que caracteriza a los abordajes de los filmes de John Huston y que pretende justificar, generar empatía por las mentes criminales, volver a los delincuentes seres comprensibles y queribles, humanos por encima de todo. Por otra parte, se puede denominar mirada “languiana” al abordaje propio de Fritz Lang, aquel que muestra, con distancia, las mentes criminales sin querer tomar parte, sin explicar, sin dar a conocer los torbellinos internos que transforman a un humano en un demonio sediento de sangre. Lang no se preocupaba tanto por exponer psicologismos sino en mostrar sus metamorfosis. “Que el espectador se horrorice, piense al respecto y especule”, parecía decir.


Ambos maestros dieron obras inmensas, e hicieron escuela. A uno y otro lado del espectro pueden situarse las obras de sus discípulos: en el extremo hustoniano: Tarantino, Allen, Lumet. Al lado languiano: los Coen, Robinson. A medio camino entre ambos, otros tantos, la gran mayoría. El triunfo de la mirada languiana fue el triunfo de los Coen -cuatro óscars incluyendo mejor película para No country for old men, ochenta y nueve premios más en otras academias, asociaciones y festivales-. En esa película se aborda al mal con mayúsculas, encarnado de forma magistral por Javier Bardem, una fuerza incomprensible y sin precedentes que opera ciegamente, al azar, sin una moral clara y aprehensible. La mirada de los Coen, alarmista y alarmante, es la mirada de mucha gente que hoy se ve inerme, desamparada ante nuevas amenazas. Casualmente, Batman: El caballero oscuro (2008) plantea una noción del mal muy similar, con la diferencia de que, por fortuna, aparece también un paladín armado con tecnologías de destrucción y vigilancia, una mano dura capaz de darle su merecido a los terroristas y a los psicópatas.
El sueño de Cassandra y Antes que el diablo sepa que estás muerto parten de premisas idénticas. Ambas presentan a un par de hermanos desesperados por obtener dinero, que se prestan para dar un golpe que podría librarlos definitivamente de sus problemas. Como el cine negro es un género esencialmente pesimista, sus acciones delictivas traen imprevistos, dolor, tragedia in crescendo. Intensas y sufridas, ambas películas muestran a hombres cercados por circunstancias y que apelan a una salida rápida y directa, encontrándose sólo con el camino a su perdición. Si los personajes de Lumet y Allen son inmensamente cuestionables, también son comprensibles, entrañables. Uno puede verse reflejado en ellos, razonar como ellos y verse agobiado por esa inmensa ola oscura que los encierra.
Podrá interpretarse como una señal de malestar por parte de los cineastas, como reverso artístico de la decadencia americana y de una potencia que se ve al borde del colapso. Lo cierto es que el cine negro ha llegado para quedarse, y mientras siga manteniendo estos niveles de calidad, eso es algo que hay que celebrar.

Publicado en Brecha 28/11/2008