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lunes, 2 de septiembre de 2019

Érase una vez en Hollywood (Once Upon a Time in Hollywood, Quentin Tarantino, 2019)

La mitad oscura 


A pesar de la infinita intertextualidad de esta película (hay escenas que llegan a tener una veintena de antojadizos guiños o referencias a la cultura pop, a películas, programas de tv, etc), no es necesario conocer cabalmente el período histórico referido para poder disfrutarla. Quizá el único dato que valdría la pena saber con anticipación es que “La familia Manson” un grupo de psicópatas bajo instrucciones específicas del criminal Charles Manson, irrumpió a fines de los años sesenta en la casa de Sharon Tate y Roman Polanski, asesinando brutalmente a quienes corrieron con la mala suerte de estar allí en ese momento, incluida Tate, quien tenía 26 años y un embarazo de ocho meses. Este conocimiento, bastante común y extendido, aunque no de carácter obligatorio para los espectadores foráneos, es el que permite sentir el suspenso en ciertos fragmentos clave, en los cuales esta espada de Damocles que es la masacre se cierne sobre los protagonistas y lleva asimismo a ver al alegre y vital personaje de Tate (interpretada por la brillante Margot Robbie) como a una presa en su camino al matadero. 

Erase una vez en Hollywood es una película nutrida de ambigüedades y sutilezas. Por más que muchos se esfuercen en reducir a Tarantino a un cineasta de una violencia vacía y banalizada (es verdad que de a ratos puede serlo), ya es un hecho sumamente atípico en Hollywood (incluso en las películas del mismo director) que la narración no siga originalmente una estructura clara, que no haya en un comienzo plot points que dirijan la trama en determinada dirección, sino que, en cambio, se siga apaciblemente y sin apuros el deambular de tres personajes principales: el actor Rick Dalton (Leonardo Di Caprio), su ayudante y doble de acción Cliff (Brad Pitt), y la misma Tate. Tarantino sabe que ellos son lo suficientemente atractivos por sí mismos, confía en la portentosa presencia de los tres intérpretes y su capacidad de colocarse la narración sobre sus hombros, y sabe que una película puede valerse de una sumatoria de pequeños detalles, de momentos y atmósferas bien logradas y placenteras, en los que el espectador puede distenderse, vivir y respirar. No es algo nuevo que el director gusta de dilatar los ritmos, desde siempre radicaliza la longitud de sus tomas y la extensión de sus diálogos, es capaz de llevar al espectador al borde del bostezo para luego sacudirlo con escenas hilarantes, tensas o impactantes. Y ¡qué escenas!, una pelea a puño limpio de Cliff con Bruce Lee podría ser el zenit de una comedia, el rodaje de un western contiene interpretaciones de miedo en un cine dentro del cine a la altura de Truffaut y Altman, una incursión en el sobrecogedor Spahn Ranch dilata el suspenso a puntos impensables, y un increíble final en el que el mundo viajado y lisérgico de los sesenta impacta frontalmente con el giallo más extremo y todos sus herederos gore imaginables, imponiendo una mezcla de géneros en la cual la carcajada, el nerviosismo y la incomodidad se montan unos sobre otros, transgrediendo límites y regalando un desaforado festín al espectador.


La vocación por el detalle no es únicamente una acumulación de guiños o despliegues técnicos, sino que están volcados esmeradamente en un libreto que crece al ser revisitado. Los tres personajes confluyen hacia un final que los unifica, y varios elementos presentados con anterioridad cobran protagonismo sin que nada suene exagerado o forzadamente impuesto. Un pitbull que sigue las órdenes de su dueño, la destreza pugilística de Cliff, un lanzallamas, elementos integrados sutilmente durante la narración previa confluyen dando luz a ese final que viene dando y dará tanto que hablar.

Se ha dicho que nunca se vio una película de Tarantino de tanta calidez, con personajes tan queribles, en un universo en el que la cercanía y la nostalgia le toca fibras que se transmiten emotivamente a la audiencia. Pero también es cierto que el subtexto de la masacre sobrevuela la narración en su totalidad como una gran nube negra. Ese olor a podrido que subyace, proveniente de los tantos esqueletos en los armarios, y que puede sentirse continuamente en una discriminación a flor de piel, en el perfil egocéntrico y explotador de Rick, en el pasado asesino de Cliff, en ese submundo de psicópatas que se cuece en los márgenes de una industria ciega y desbocada que, sin el menor escrúpulo, se transforma y recicla desconsiderando el factor humano ubicado tanto delante como detrás de las cámaras. 

Puede pensarse en violencia gratuita, pero por qué no, en esa contrapartida oscura y pútrida del “American way of life” y de los productos hollywoodenses que lo encumbraban, en su mayoría superficiales, edulcorados, comerciales y, por supuesto, acríticos.

Publicado en Brecha el 23/8/2019

viernes, 8 de enero de 2016

Los ocho más odiados (The Hateful Eight, Quentin Tarantino, 2015)

Explosión de cine


 


La octava maravilla de Quentin Tarantino parece colocarse a la altura de las expectativas de los cultores, y no son pocos los que aseguran que se trata de la mejor película que el director ha filmado hasta el momento. Tampoco faltan los detractores que la señalan como un entretenimiento pueril, vacío, o como un exabrupto de violencia gratuita. Lo cierto es que, a sus 52 años, el cineasta de Knoxville sabe incomodar a tirios y troyanos, y se impone con una película que significa una vuelta a sus bases y al mismo tiempo una importante transgresión rupturista. Las varias complicaciones de su estreno, definitivamente mal parido, ponen la frutilla a la torta a una obra desmesurada y maldita como pocas. 


Ignoro si en el largo plazo será algo favorable o desfavorable para la industria y para el mismo cineasta, pero lo que sucedió es que esta película se filtró a la web casi simultáneamente a su estreno internacional en una calidad aceptable, por lo que estuvo siendo compartida por una enorme cantidad de internautas. Lo que las compañías reparten como screeners –copias previas al estreno, generalmente distribuidas para jurados, miembros de la academia y prensa– tuvieron la gracia de dar con un solidario pirata que decidió expropiar y socializar el material, obteniendo inmediatamente centenares de miles de interesados. 
La película ya había ganado dos premios de la Asociación de Críticos Norteamericanos, por lo que varios de sus screeners habían pasado por unas cuantas manos. Por lo pronto, los hermanos Weinstein, productores de la compañía Miramax, pusieron el grito en el cielo, y existe una investigación en curso para dar con el corsario responsable, llevada adelante por el mismo Fbi. Lo cierto es que por ahora la taquilla no le viene siendo demasiado favorable a la película. Si bien recaudó 16,2 millones de dólares en su primer fin de semana y se trata de una cifra nada desdeñable, desde 1997 (año del estreno de Jackie Brown) no sucedía que una película de Tarantino obtuviese una recaudación tan baja. Falta esperar y ver cómo funciona el boca a boca y si las cifras se remontan en estas semanas venideras. 
Pero las cosas hace rato venían mal para Tarantino; ya a comienzos de 2014 se había filtrado a la web una primera versión de su guión, lo que le provocó un enojo mayúsculo que lo llevó a renunciar públicamente al proyecto, y al que sólo volvió convencido gracias a la insistencia de varios de sus colegas, incluido el actor Samuel L. Jackson. Luego, su decisión de estrenar la película en 70 mm (formato de mayor resolución, pero que la gran mayoría de las salas no tiene los proyectores para pasar) acotó sustancialmente sus posibilidades de estreno, pero además tuvo la mala idea de pretender proyectar su película con pocos días de diferencia respecto a la última Star Wars. Con su inmenso poderío, Disney presionó a una de las más importantes salas de cine en la que pensaba estrenarse Los ocho más odiados, y le impuso mantener Star Wars e incumplir sus contratos previos para exhibir la película de Tarantino, bajo amenaza de retirar su película de todas las salas de la cadena de cines. En consecuencia, el estreno de Los ocho más odiados debió postergarse en esa prestigiosa y determinante sala. Furioso, el director denunció la situación mediáticamente, dando a entender que la magia y el encanto con los que se identifica a Disney mal encubren la competencia desleal y el desacato recaudatorio. A fin de cuentas parece ser que uno de los peces más grandes de la industria nada más a sus anchas que los demás, en ese “libre” mercado. 
Todo esto venía sumado a la amenaza de boicot por parte de la policía neoyorquina a las películas del director. Tarantino había participado en una marcha en Nueva York contra la violencia racial policial, como consecuencia de los múltiples asesinatos perpetrados por agentes policiales sobre la población negra. Consultado sobre su presencia allí, afirmó en plena manifestación: “Soy un ser humano con conciencia. Estoy aquí para decir que estoy del lado de todas las víctimas”, “si se estuviera abordando este problema, los policías asesinos estarían en la cárcel o por lo menos enfrentándose a cargos”, agregó. 
Fue a partir de este gesto que los cuerpos de policía de ciudades como Nueva York, Chicago, Filadelfia y Los Ángeles hicieron un llamado a boicotear Los ocho más odiados, e incluso un oficial amenazó con estar preparando una “sorpresa” para Tarantino el día mismo del estreno de su película. Pero finalmente los estrenos en las ciudades de Los Ángeles y Nueva York ocurrieron sin incidentes y, lejos de recular, Tarantino redobló su crítica, comentando en una entrevista a la revista Entertainment Weekly: “¿Si me sentí mal porque no quisieran besarme por haber ido? Sí, un poco. Pero no tan mal como si me hubiera quedado sentado en mi sofá viendo gente siendo bajada literalmente a tiros, y luego a los responsables enfrentando un tribunal policial de pacotilla, que los acabó reubicando en trabajos de oficina”. También señaló que situaciones como la muerte del chico de 17 años Laquan McDonald no se explican con el argumento de que hay unas pocas “manzanas podridas” en el departamento, sino que se trata de un “racismo institucional” y de “encubrimientos institucionales que protegen la fuerza policial por encima de los ciudadanos”
Pero polémicas a un lado, lo importante es que Los ocho más odiados es una película inmensamente rica que se transforma en algo nuevo a cada paso, que se presta para los análisis más contradictorios y que reúne en su interior una buena cantidad de temas, compilando asimismo una infinidad de recursos cinematográficos. En definitiva, podría verse como una extensa y pormenorizada clase sobre el lenguaje cinematográfico y sus inagotables posibilidades. A continuación analizaremos algunos de sus elementos más llamativos, pisando una buena cantidad de spoilers en el camino. Por esta razón es bueno alertar que el que no haya visto la película y quiera disfrutar de las innumerables sorpresas de su visionado, debería dejar de leer por aquí.


A LO QUE VINIMOS. Un director de cine nunca es simplemente un talento aislado que pare a capricho las películas que imaginó, sino que es, precisamente, un director; un individuo que, rodeado de gente, los mueve y coloca en determinada senda instruyéndolos sobre cierto procedimiento a seguir. Es por eso que un gran cineasta es el que sabe con quién trabajar; una eficaz selección de talentos contribuirá a un trabajo que fluya y juegue a favor de sus intereses. Una de las más importantes figuras que sorprenden en el equipo de esta película es el legendario Ennio Morricone, de 87 años, autor de bandas sonoras inolvidables como las de El bueno, el malo y el feo, La misión, Novecento, La batalla de Argelia y una infinidad más. Tarantino ya había echado mano a algunos temas del compositor para películas previas, e incluso en alguna ocasión Morricone se había manifestado en desacuerdo con cómo las había utilizado. Pero esta vez escribió directamente las partituras pensando en la película, e incluso dio aportes generales que quedaron en el resultado final, como la idea de una secuencia de caballos tirando de una carreta, en su lucha contra un camino nevado. 
Soberbia, su música emerge ya desde el comienzo como el perfecto presagio de algo maléfico que se avecina; así como una tormenta de nieve pisa los talones de los personajes y se cierne sobre ellos, un aura insidiosa se augura desde esta composición trepidante, creciente, con tambores apagados que palpitan y resuenan en los páramos helados. Una escultura de Cristo crucificado, cargado de nieve, olvidada y sepultada, refuerza la idea de la ausencia de valores imperante en estas gélidas tierras de nadie. 
Pero el compositor es uno de los tantos elementos que juegan por acumulación; las grandes figuras están a la orden del día y no podría hacerse una reseña completa de esta película sin nombrar al insuperable cúmulo de talentos actorales que contiene. Lo cierto es que Los ocho más odiados se sustenta fundamentalmente en un gran guión y en diálogos constantes, y por tanto el elenco es su pilar fundamental. Tarantino es también un actor y alguien que sin dudas sabe proponer desafíos a sus pares: al estar dotado el libreto de elementos de comedia y hacerse uso de un humor negro constante, su elenco juega en el arduo doble terreno de cumplir como vehículos de tensión y como comic reliefs al mismo tiempo. En primer lugar está Kurt Russell (John Ruth alias “The Hangman”) un palurdo cazarrecompensas poco interesado en otra cosa que no sea el dinero, que divierte al mismo tiempo que horroriza en su brutalidad constante. Otro fetiche de Tarantino, el gran Samuel L. Jackson es el Mayor Marquis Warren, un negro veterano de la Unión, ahora devenido cazarrecompensas y funcionario de la corte, asesino sin miramientos, y preferentemente de blancos racistas. La verdadera revelación del cuadro y un talento que de ahora en más no perderemos de vista es Walton Goggins (Chris Mannix, sureño rebelde y perfecta antítesis de Warren), quien ofrece tantos cambios de registro y dobleces como son posibles en una sola película. A un nivel más secundario, Tim Roth, Michael Madsen y Demián Bichir cumplen, ya sea para dar un toque de excentricidad (Roth, sin dudas), como presencia intimidante (Madsen), o como simple enigma (Bichir). Pero quien es una verdadera fuerza de la naturaleza y se desenvuelve como nadie es Jennifer Jason Leigh en un rol inolvidable como la sentenciada Daisy Domergue, una mujer que se impone desde su primer segundo en pantalla, y quien en su contención a medias y en su silenciosa malicia va creciendo hasta delinear un personaje único en su especie. 
Es curiosa la forma en que, en este cuadro de parias realmente odiosos, la empatía del espectador va migrando continuamente hacia uno u otro, sin nunca poder detenerse en ninguno en particular. Esta economía de elementos profundamente cuestionables, dispersos en todos y cada uno de los personajes centrales, y la precisión en los matices que de algún modo los vuelven igualmente cercanos supone una apuesta sobresaliente. 


LICUADORA DE GÉNEROS. Los ocho más odiados es, a primera vista, un western. La acción se ubica a pocos años de terminada la Guerra de Secesión y presenta a un puñado de hombres armados, con sus típicos sombreros tejanos, caballos y carretas. Pero si los parajes desérticos que son la constante del género se convierten en bosques helados, si se propicia una tormenta de nieve y se coloca a todos los personajes a cubierto en un espacio reducido, ese western pasa a tener muchos elementos en común con The Thing, la obra maestra de John Carpenter. Y si a esto se le agrega un montón de parias, forajidos, delincuentes de diversa calaña (algunos de ellos devenidos representantes de la ley), se aterriza entonces la película en el mundo antiheroico propio del film noir, –que ya había tenido sus ecos en los polvorientos spaghetti westerns y en los pistoleros lúmpenes de los años setenta, bajo la dirección de Sergio Leone, Sam Peckinpah y Sergio Corbucci, entre otros–. 
Hasta aquí todo era ciertamente previsible, considerando los precedentes de Tarantino y sus gustos particulares. Pero los géneros siguen agolpándose y superponiéndose, dándole a esta obra una singularidad única: una trama de mentiras, sospechas, acusaciones entrecruzadas y enigmas a resolver provee las reglas del whodunit, subgénero prácticamente olvidado que supo dar infinidad de obras a partir de los años treinta para acabar muriendo casi definitivamente en los setenta. La investigación policial que presenta un crimen y un grupo de sospechosos fue revisitada hasta el hartazgo y es de allí que viene la frase común de que “el asesino es el mayordomo”. Increíblemente uno de los referentes ineludibles para esta película es Agatha Christie, y los ecos de Eran diez indiecitos, Asesinato en el Expreso Oriente y Tres ratones ciegos son palpables. Pero Tarantino no echa mano precisamente a los lugares comunes del subgénero, sino a sus principales trampas. Esto remite necesariamente a Alfred Hitchcock, quien supo filmar whodunits en los inicios de su carrera y que deja sus huellas aquí en ciertos tiempos muertos y en la información que, por momentos, el espectador tiene y los involucrados no (una cafetera al fondo del cuadro se convierte durante un breve lapso en un magistral elemento de tensión). La muerte repentina de personajes fundamentales en los que depositábamos alternativamente cierta empatía, provocándonos un desconcierto mayor y un vacío importante podrían recordar a Psicosis... bajo los efectos de un cóctel de barbitúricos y elevada a su enésima potencia. 
Por supuesto que en esta licuadora se ha volcado también mucho gore: la sangre, inesperada, embarrará prontamente la contención inicial del cuadro. Es una sangre poética, desmesurada como suele serlo, en la que resuenan los ecos de despropósitos del giallo italiano y del slasher. Es por eso que se pasa en pocos minutos de bellos planos abiertos tipo La Diligencia a los peores asfixiantes exabruptos de Suspiria y Alta tensión, sin perder nunca las formas ni la coherencia estilística. 
Pero la influencia decisiva, y seguramente lo que le dé un verdadero vuelo a la obra está algo más solapado: uno de los filmes favoritos de todos los tiempos de Tarantino es Rio Bravo, de Howard Hawks. Allí un grupo de personajes se recluían en un pequeño espacio y se contaban anécdotas, tocaban la guitarra, enfrentaban una amenaza con una naturalidad y un aire de familia que convertían la película en una experiencia única. Es en detalles de este tipo que Los ocho más odiados crece hasta convertirse en la categoría de obra maestra, y en donde más se sienten los ecos de los westerns de Hawks, George Stevens y Michael Mann: así como John Ruth (Kurt Russell) y Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) se odian a muerte, Ruth también cuida en un principio que ella no quede manchada con estofado, o juntos colaboran con ciertas tareas (como clavar tablones en una puerta floja, por ejemplo), estos elementos contribuyen a construir un aspecto invisible pero insoslayable: la inigualable química existente entre ambos personajes. 
Y así como existen rencores enquistados, racismo, individualismo, desconsideración y una imperiosa necesidad de perforar a balazos al prójimo, también hay sutiles momentos de humanidad que nos permite acercarnos a los personajes y creer realmente en ellos: están en las infantiles carcajadas de Chris Mannix, en la ingenuidad y en la visible emoción de John Ruth al leer una carta, en el abrazo fraterno que se dan Bob (Bichir), Oswaldo Mobray (Roth) y Joe Gage (Madsen) durante los preparativos de un momento crucial, en la cautela y los intentos de conciliación de Mobray para evitar tempranos baños de sangre o en la parsimonia reflexiva de Warren, en definitiva el Hércules Poirot del grupo. 


MISOGINIA. Por supuesto no han faltado ni faltarán los que desestimen la película por ser deliberada e impiadosamente violenta (lo es), y muy especialmente los que la acusen de ser una obra directamente misógina –el personaje de Jennifer Jason Leigh es baleado, vapuleado, insultado, bañado en sangre y algunas cosas más a lo largo del metraje–. Algunos críticos, como A O Scott en The New York Times hicieron hincapié en este supuesto “odio” a la mujer, reflejado en la violencia explícita hacia ella. Es comprensible el impacto que varias de estas escenas tienen sobre la audiencia, y especialmente una de las escenas finales, un despliegue de sadismo indisimulado por parte de dos de los personajes hombres. Pero esta mirada superficial por la cual se toma a la parte por el todo, que se queda en aquello que se ve y no en lo que hay por detrás, debería ser desestimada: prácticamente es lo mismo que pensar que Gustave Flaubert era misógino por haberle hecho pasar tan mal a Madame Bovary. 
El personaje de Domergue es, en definitiva, el personaje mejor trabajado a lo largo de la película, esconde muchos secretos que sabemos actuarán como una bomba de tiempo y, como decíamos, se trata de una de las actuaciones más soberbias del cuadro (comparable solamente con las de Goggins y Jackson). La crítica de cine estadounidense Stephanie Zacharek reflexionaba en la revista Time sobre la indomable insubordinación del personaje: “Cuanto más es golpeada, más sonríe a carcajadas, como si el abuso incrementara la fuerza de su alma en pena. La idea puede parecer misógina, pero es de hecho su opuesto triunfante”. Hay en ese último despliegue de sadismo un subtexto realista y por ello terriblemente aterrador: respectivamente, el sureño más racista del cuadro (Mannix) y su natural antagonista (Warren) disuelven sus desavenencias y se alían para ajusticiar a la única mujer del cuadro: la misoginia es más fuerte que el racismo, y se encuentra profundamente enquistado más allá de fronteras y de épocas. Ambos personajes, Sheriff y Mayor, respectivamente, justo los representantes de la ley en este contexto de energúmenos, acaban contradiciendo en los hechos la idea enarbolada anteriormente por el personaje de Mobray acerca de la pena capital, quien la señalaba como una ejecución limpia, exenta de sadismo. Los dos hombres recostados en una cama, en jadeos post orgásmicos luego del ahorcamiento de la dama trascienden simbólicamente a mucho más que lo que algunos quisieran ver. La lectura subsiguiente de la carta de Lincoln nos remite a un paraíso idealizado, a una tolerancia heroica y a palabras grandilocuentes que suenan muy bien, pero que no dejan de ser una farsa irrisoria, de la cual el crudo cuadro presentado por Tarantino es su perfecto reverso. El irreverente revisionismo histórico del director dispara a quemarropa contra las bases mismas del Sueño Americano.

Publicado en Brecha el 8/1/2016

sábado, 8 de junio de 2013

Las mejores películas (XXI)

En esta nueva selección de mejores películas traté de no pisarme demasiado con las que reseñé recientemente en festivales y, a la vez, de marcar las que para mí son realmente fundamentales y que no se deberían dejar pasar de ninguna manera. Todas estas pelis están enteramente avaladas por aquí el señor (después nos peleamos) y creo que todas ellas merecen el esfuerzo de que las busquen y las vean. Como verán, hay acá unos cuantos maestros que ya sigo desde hace rato, más una gran revelación portuguesa, (lo que me lleva a querer prestarle más atención a ese país, recuerden Tabú...)

The Master de Paul Thomas Anderson (Estados Unidos) 
Estoy pensando seriamente que el desdén por esta película tiene que ver con algo muy profundo, con la incomodidad que provoca y por su detenimiento en asuntos que muchos no quisieran ver. Si los temas de las secuelas psicológicas en excombatientes y la tendencia a adoptar religiones como forma de consumo ya son de por sí complicados, hay además una ruptura de estereotipos y una particular aproximación a la bestialidad; se presentan costados humanos que no suelen verse en el cine, más una relación simbiótica tan extraña como verosímil. Como el personaje interpretado por Phoenix, esta impactante película es un engendro de difícil adopción. 

Amour de Michael Haneke (Francia, Alemania, Austria) 
Me sería difícil escribir sobre Haneke una sóla palabra que no fuera un elogio. El más intachable de los cineastas actuales logra, por fin, cerrarle bien la boca a sus principales detractores, quienes venían machacando con que el director austríaco no empatizaba con sus personajes. El tema es discutible, pero no hay dudas de que no se da en este caso. Una pareja que tuvo y tiene estabilidad, cariño, afinidades en común, experimenta en carne propia la manera en que el tiempo lo destruye todo; la paulatina decadencia, el deterioro más atroz es abordado con una lucidez demoledora. Una realidad patente es cuestionada sin golpes bajos ni desconsideraciones y, claro está, con todo el amor imaginable. 

Ralph el demoledor de Rich Moore (Estados Unidos) 
Una de las más grandes obras de animación de los últimos años. Como en Pixar, un mundo fantástico paralelo y subordinado al nuestro comienza a resquebrajarse, a hacer agua. Los villanos de los videojuegos, desplazados, son los sufridos chivos expiatorios para sus pares heroicos e integrados, y se ven relegados a noches solitarias y frías mientras los demás se regocijan en fiestas privadas. Pero ese "orden" suele desmoronarse cuando los excluidos deciden retirarse y comenzar una nueva vida: en el mundo de afuera, amplio y asombroso, pueden encontrarse grandes aventuras y hasta seres malignos de verdad. También es posible dar con otros marginales, raros y entrañables . 

Abrir puertas y ventanas de Milagros Mumenthaler (Argentina, Suiza, Holanda) 
El vínculo existente entre tres adolescentes en una gran casa que les queda demasiado chica es chirriante y especialmente molesto. Las chicas se destratan, se insultan, planifican pequeñas venganzas y revanchismos las unas con las otras. De a ratos, pequeños y sutiles detalles develan parcialmente el profundo dolor que esconden, un pasado terrible y un lazo incómodo. Es fascinante la forma en la que la cineasta debutante Mumenthaler expone un cuadro de rabia extrema, de desavenencias y malas leches, pero planteándolas como producto de una inmensa frustración, de una particular situación de vulnerabilidad. 

Sangre de mi sangre de João Canijo (Portugal) 
Un melodrama familiar de los que ya no se ven. En un barrio de la periferia de Lisboa, una cocinera convive con su hermana y sus hijos, quienes oscilan entre la delincuencia, los amores malditos, el incesto, las drogas y el estancamiento endémico. Cuando una simultánea doble tragedia atraviesa la convivencia, se impone el trauma grupal. Una película durísima y brillantemente concebida, un prodigio de construcción de personajes y de puesta en escena, con tomas obstruidas a lo Wong Kar-wai, un excelente uso del fuera de campo y un clima realista que lleva la historia a impactantes picos de tensión. 

Venus noire de Abdelatif Kechiche (Francia, Bélgica) 
El director ganador de la palma de Cannes desde hace tiempo es revisitado por este blog, y en cada una de sus películas dejó en claro su grandeza. En la Academia Real de París, en 1817, el anatomista Georges Cuvier exponía lo que para los especialistas era una curiosidad: los genitales extirpados de una mujer africana de la tribu Khoi Khoi, que tan sólo unos meses antes había atravesado las más lamentables penurias, comercializada como esclava para múltiples tratos degradantes. La mujer existió y se llamaba Sara Baartman; fue una víctima del colonialismo mental y del racismo científico. Pero a mí me parece que esta película dice que el mundo, en el fondo, no ha cambiado tanto desde entonces. 

In Another Country de Hong Sang-soo (Corea del Sur) 
El maestro Hong Sang-soo nos tiene acostumbrados a estas pequeñas lecciones, a estos retazos de la vida misma que nos sirven para vernos reflejados y pensarnos a nosotros mismos. Una chica en apuros decide escribir tres guiones para tranquilizarse, protagonizadas por una mujer llamada Anne. En los tres fragmentos, la inmensa Isabelle Huppert representa a esta mujer, quien llega a una ciudad costera de Corea del Sur y siente una profunda atracción por un salvavidas local. Aunque en los tres episodios haya ciertas variaciones (principalmente las características de la protagonista) también hay muchos puntos en común, por lo que los fragmentos dialogan entre sí y son propuestas, para una situación similar, varias alternativas posibles. 

Django Unchained de Quentin Tarantino (Estados Unidos) 
Un western de antirracistas contra racistas, de buenos jodidos contra malos jodidos, de hombres libres contra esclavistas. Christoph Waltz sonríe, Jamie Foxx dispara, Don Johnson se indigna, Franco Nero aprueba, Samuel Jackson desconfía y Leo DiCaprio sierra una calavera. Si el ku klux cae, los malvados duermen mal y la sangre salpica, los cinéfagos estamos agradecidos. Dudo que esta película sea recordada como el mejor Tarantino, pero hay maestros que aún cuando no son perfectos son condenadamente geniales. ¿Que todavía no vio Django unchained? Entonces sería una buena idea que se deje de perder el tiempo en blogs pedorros. 

Cosmopolis de David Cronenberg (Canadá, Francia, Portugal, Italia) 
Cronenberg se pone profundo, llama a un montón de amigos geniales (Mathieu Almaric, Juliette Binoche, Emily Watson) y se divierte en el viaje a través de Manhattan de un multimillonario que lo acaba de perder todo y que sólo piensa en un corte de pelo que no necesita. Las protestas callejeras invocan el apocalipsis, el hombre es un virus que navega entre multitudes acuosas, el yuan y sus caprichos acaban con la búsqueda de patrones así como las pulsiones y las imperfecciones de la carne desplazan la simetría y el racionalismo. La tecnología es un reducto frío e implacable, un arma de doble filo que podría opacarnos en segundos. 

La buena vida de Eva Mulvad (Dinamarca) 
Imponente documental que registra el vínculo enfermizo entre dos mujeres, madre e hija, que han pasado de la más alta aristocracia a la pobreza más absoluta. La progenitora mantiene a su hija con una pensión muy escasa, y ambas viven en un pequeño departamento en Portugal. Aunque esté adeudada y no se crea capacitada para trabajar, la hija continúa con sus pretensiones de mujer rica, con sus mañas y sus indignadas exigencias de una mejor vida. Y el principal blanco para la frustración es su propia madre, quien debe tragarse todas las recriminaciones imaginables. Un duro e interesantísimo abordaje antropológico.

miércoles, 23 de enero de 2013

Django sin cadenas (Django unchained, Quentin Tarantino, 2012)

Un exabrupto legendario

Visto fríamente, no parece Tarantino. ¿Una película que prácticamente carece de saltos temporales, que no va pa'delante ni pa'trás en ningún momento? (bueno, hay algunos flashbacks, pero de tan cortos ni cuentan), ¿dónde está la multiplicidad de historias?, ¿y los largos diálogos, esos que tantas veces hicieron que nos moviéramos inquietos en los asientos?, ¿y las pistolas entrecruzadas?, ¿y la toma subjetiva desde la valija del auto? ... bueno, es un spaghetti western... Y cierto es que el buen hombre decidió seguir las reglas del género y abordarlo con el clasicismo que requiere, con la linealidad que amerita, el ritmo parejo, los semblantes desagradables, el gusto a polvo y mugre, el saloon desvencijado, la cerveza caliente y la ausencia de moral que allí imperaba -los buenos solían ser detestables y los villanos francamente abominables- y con toda esa desquiciada brutalidad que supo caracterizar a los más sucios westerns de Leone, Corbucci y Peckinpah.
Pero no conviene engañarse, la mano de Tarantino demora poco en aparecer. Está en una llana historia de venganza, en infiltramientos varios, en la toma de confianza y la posterior traición, está en el humor más absurdo y desconcertante, en la sangre saliendo a borbotones, en los muertos que caen por docenas, en las inversiones en los roles de poder por las que los victimarios pasan a ser víctimas y viceversa, está en personajes de la talla del Dr. King Shultz y Calvin Candie (Christoph Waltz y Leonardo Di Caprio respectivamente, ambos inmensos, y quienes despliegan el auténtico duelo mano a mano de la película), está en una desconcertante escena que involucra a una sierra y una calavera, en la tensión que aumenta in crescendo hasta niveles impensables, en una banda sonora poderosa y adictiva, recuperada del más íntimo cajón de los recuerdos. 
También debe decirse que quizá sea la película más imperfecta del director, que el protagonista (Jamie Foxx) queda muy pequeño en relación a su compañero de andanzas Shultz -y que, por tanto, los últimos veinte minutos de película sean los menos interesantes-, que haya huecos de guión difíciles de aceptar -como cuando Django convence a sus captores de que lo suelten, por nombrar el más manifiesto-, y que seguramente hayan quedado varias cosas fuera en la sala de montaje, como qué cuernos pasó con la mujer del hacha y el pañuelo rojo, una de las villanas más llamativas y tarantinescas del cuadro.
Y Django sin cadenas habla sobre la historia de su país, y lo hace con justicia. A pesar de que las "luchas mandingo" -peleas en que los esclavos se masacran a puño limpio- no existieron verdaderamente, a pesar de que toda esta película sea un gran entretenimiento y un exabrupto legendario, Tarantino se las ingenia para demostrar los horrores del esclavismo en su mayor dimensión. Difícilmente otro cineasta haya sido tan elocuente respecto a tan terrible período histórico, mostrando hasta qué punto un patrón tenía el absoluto control sobre el cuerpo y el alma de sus esclavos, al extremo de poder hacerlos morir por él, torturarlos o violarlos cuando así se le antojara. Cuando cerca del final los villanos deciden que es mejor no castrar a Django porque ponerlo a trabajar en las minas va a ser una tortura mucho peor, comprendemos el infierno vital de los trabajos forzados como nunca antes. Tarantino nos enseña eso: por haberlo hecho y por mostrar a sus personajes negros sin hipocresía ni condescendencia -como a cualquier blanco-, Spike Lee debería estarle agradecido. 

Publicado en Roumovie el 17/1/2013

jueves, 17 de enero de 2013

Sobre la violencia en Django sin cadenas (Django unchained, Quentin Tarantino, 2012)

Realismo fabulado

Uno de los ejes narrativos por los que circunda Django sin cadenas es el de las llamadas “luchas mandingo”. Peleas a puño limpio y cuerpo a cuerpo en la que los esclavos se embisten salvajemente, como entretenimiento para su patrón -en este caso, para Calvin Candie (Leonardo Di Caprio), dueño de una plantación-. Probablemente el objetivo de incorporarlas a la trama fue el de buscar una vía extrema de sumisión, la absoluta posesión del cuerpo y del alma del esclavo y la capacidad del dueño de hacer con ellos cuanto se le antoje. Una de las escenas más duras de ver tiene lugar en una plácida sala de estar, con varios aristócratas –sentados frente a los luchadores, como si estuvieran viendo la televisión- observándolos destrozarse mutuamente. Los negros rebajados a la categoría de gallos de riña.
Consultados los expertos sobre esta práctica, aseguran que no hay registros históricos de que haya existido un estilo de pelea así. Sí hubo rumores de que existieron cosas parecidas, e incluso los esclavos podían ser enviados a pelear por su patrón; pero no hay asidero para decir que hubo luchas hasta la muerte como las que exhibe Tarantino. La esclavitud sustentaba la economía, y era bastante improbable que un patrón mandara a sus negros a que arriesgaran sus vidas, sacrificando de esa manera su propia mano de obra.
El registro histórico más parecido o cercano a lo que muestra Tarantino es el siguiente; Un artículo del periódico Dodge City Times, fechado en 1877, que describía el “juego” o competencia llamada “lap-jacket”. El cronista relataba: “Ayer atestiguamos una exhibición del juego nacional africano en frente de la tienda de arnés Shulz. Es jugado por dos hombres de color, que tocan con el dedo del pie una marca y se golpean el uno al otro con látigos para toros. En el enfrentamiento de ayer Henry Rodgers, de diminutivo Eph, luchó con otro negrito por el campeonato y cincuenta centavos como premio. Tomaron nuevos y pesados látigos de la tienda de arnés y se dedicaron a los golpes, bastante animados. La sangre corrió y voló el polvo, y la multitud aplaudió hasta que el policía Joe Mason llegó y suspendió el alegre ejercicio.”
En rigor, el director tomó las “luchas mandingo” de la película del blaxplotation Mandingo (1975), a la que declara como una de sus favoritas. Allí un esclavo era entrenado por su dueño para luchar hasta la muerte contra otros. Pero lo interesante del asunto es que Tarantino vuelve muy creíble esta forma de sumisión, y consultado al respecto por el periódico The Guardian, contestó: “Todos conocemos ‘intelectualmente’ la brutalidad y la inhumanidad de la esclavitud, pero después de que uno investiga ya no es más intelectual, ya no es sólo un record histórico; lo sentís en los huesos, te pone furioso y querés hacer algo… Quiero decirles que, si es verdad que ocurren cosas malas en la película, muchas mierdas peores sucedieron en la realidad… Cuando los relatos de esclavos son plasmados en películas, pretenden ser históricos con H mayúscula, y ese rigor es sinónimo de calidad. Yo quería romper ese aspecto de ‘la historia bajo la lupa’, quise lanzar una piedra a través de ese cristal y romperlo para siempre, y llevar al espectador a ese mundo.”
Se dice que Django desencadenado sería la segunda parte de una trilogía de corte histórico, que comenzó en Bastardos sin gloria y se terminaría con el proyecto Killer Crow, sobre un grupo de soldados negros durante la Segunda Guerra Mundial. Al respecto, es verdad que Tarantino crea auténticos “disparates” -la muerte de Hitler en un cine, por ejemplo- para sus películas históricas, pero también es cierto que esos exabruptos suelen ser sumamente elocuentes para entender la historia y la brutalidad del ser humano.
Este es el rostro de la venganza judía” decía el inmenso semblante de la joven Shoshanna desde la pantalla de un cine a punto de ser incinerado, con los principales cabecillas de la Gestapo como espectadores y futuro combustible. Tarantino decía con esa escena y esa película que las masacres y los exterminios no son patrimonio exclusivo de los nazis, sino que los judíos también son capaces de actos de violencia similares a aquellos de los que fueron víctimas. Si una película como Saló (1976) de Pasolini planteaba una ficción que bordeaba el delirio y era ambientada en el norte de Italia durante la ocupación nazi, nadie puede poner en duda que las atrocidades perpetradas en ella eran perfectamente humanas. La situación en sí puede ser inverosímil, pero no es presenciada en su momento como algo inverosímil. Finalmente acaba por ser elocuente sobre la naturaleza humana, sobre el poder, sobre la más abominable crueldad que forma parte de la vida cotidiana.
Volviendo a las luchas mandingas y a la escena de la sala de estar, tenemos aquí a una de las más brutales expresiones del esclavismo que ha dado el cine. El fragmento dice que eso era posible al estar instalada una relación de poder como la que existió entre el patrón y el esclavo. Cuando en una escena determinante (dejar de leer por acá si no se quieren conocer detalles de la resolución) el personaje de Di Caprio exhibe con orgullo y durante una cena las marcas de latigazos en la espalda de su esclava, está exponiendo la naturalización de la violencia en el sur de Estados Unidos del S XIX. En otro momento crucial, el protagonista se encuentra colgado, desnudo y a punto de ser castrado, y los villanos resuelven que una tortura mucho peor para él será venderlo a una minera –con testículos incluidos-, para que continúe haciendo trabajo esclavo durante todos los días del resto de su vida. Comprendemos mejor el horror, la verdadera dimensión de la esclavitud. El cine tiene ese poder: funciona por sugerencia, por alegoría, por sinécdoque. Se invoca un infierno a partir de un impacto que resulta menor comparativamente. Se lleva a pensar en una realidad generalizada a partir de una anécdota puntual, aunque ésta pueda ser un disparate. 

Publicado en Brecha el 18/1/2012

viernes, 2 de noviembre de 2012

Perros de la calle (Reservoir dogs, Quentin Tarantino, Estados Unidos, 1992)

20 años de Reservoir dogs

 
Puede parecer mentira, pero este año se cumplieron veinte años del estreno de esta increíble ópera prima. Un ciclón llamado Quentin Tarantino había pasado en 1992 para cambiarle la cara al cine mundial de una vez y para siempre; un chico de 28 años que había sido empleado de un video-club y un cine porno, que escribía con faltas de ortografía y cuya formación elemental habia consistido en la deglución masiva de películas de toda clase y tamaño.

En el viejo Los Ángeles hacia calor, las temperaturas máximas oscilaban entre los 30 y los 35 grados centígrados durante esos días, y el candente sol abrasaba las avenidas y derretía el asfalto. En un antiguo depósito de cadáveres, en la calle Figueroa y la Cincuenta y nueve, comenzó a reunirse un pequeño equipo de filmación y un puñado de hombres trajeados. Y el calor alli dentro era infernal. El efecto invernadero de la sala de embalsamiento y los focos llevaban la temperatura a más de 38 y 39 grados; todas las personas transpiraban, pero aun más los actores, ataviados de trajes, camisas y corbatas. El que más transpiraba era Tim Roth, el "Sr. Naranja", que debía pasar durante horas recostado en un charco de tinta de utilería que emulaba su propia sangre. Según contarían algunos de los involucrados, su actuación revelaba en parte la auténtica agonía que atravesaba en esas condiciones.
Estas circunstancias son notorias al verse la película. Los personajes sudan incesantemente, y es un aspecto que colabora para la transmisión de un clima envolvente muy particular. Para colmo, el cuadro es opresivo, alarmante. El grupo de hombres trajeados había planificado un atraco perfecto, y todo lo que podría haber sucedido mal, les sucedió. Hubo una emboscada por parte de la policía -los estaban esperando, evidentemente- una masacre con civiles muertos, tiroteos y bajas en ambos bandos. Lo que debía ser rápido y limpio se convirtió en un baño de sangre, y entre ellos queda implantada, como un veneno, la seguridad de que uno de los miembros del grupo es un policía encubierto, una "rata", de acuerdo a su lunfardo.
Si bien el factor climatológico fue casual y seguramente inesperado, no puede afirmarse que haya sido tan sólo una "suerte", y que esa atmósfera tan particular presente en la película se deba tan sólo a un factor externo. Porque está precisamente en el pragmatismo y en la inteligencia de los grandes cineastas la capacidad de adaptarse a las inclemencias circunstanciales y utilizarlas para beneficio propio.

Claves. Suele decirse que una obra se vuelve trascendente cuando logra tratar temáticas universales. Y la premisa inicial -un montón de criminales, en un espacio reducido, desconfiando entre sí- dispara una trama profunda que entrecruza sospechas, lealtades y luchas de poder, finalmente la culpa y la búsqueda de una redención imposible. Tarantino supo formular un conflicto dramático de difícil o imposible resolución, con personajes dotados de cargas personales que los vuelven bombas de tiempo, donde la tragedia está presente desde un comienzo y se avanza hacia un desenlace que no puede ser mejor.
Pero aún cuando la película es rabiosamente opresiva, dura y sangrienta, también es increíblemente adictiva. Las razones para ello son unas cuantas, pero sin dudas juega fuerte una apuesta al realismo y un espíritu de incorrección política -la palabra "fuck" es repetida 272 veces a lo largo del metraje y abundan los comentarios discriminatorios por parte de los maleantes- un reparto inmejorable y un tratamiento de guión que explica una clave fundamental para comprender el talento y el éxito de Tarantino.
En un diálogo en el que el policía infiltrado está siendo entrenado por un superior, el primero debe aprenderse un discurso, algo así como un chiste, una anécdota criminal inventada que debe ensayar y memorizar para ganarse la confianza de los delincuentes. Es una historia que tiene lugar en un baño público y que luego despliega un notable y falso flashback, pero en el momento en que el infiltrado aprende esa anécdota, su superior le explica: "Las cosas que tienes que recordar son los detalles, porque son los detalles lo que venden la historia. Ahora bien, esta historia se desarrolla en el baño de hombres. Tienes que saber si tiene un secamanos o toallas de papel, tienes que saber si cada casilla tiene puerta o no. Tienes que saber si tienen jabón líquido o esa mierda rosada en polvo que usaban en la secundaria, si tienen agua caliente o no, si huele mal, si algún sucio hijo de puta roció con diarrea uno de los WC. Porque si haces tu trabajo al contar la historia, todo el mundo la va a creer. Porque si le cuentas la historia a alguien que realmente ha meado en ese baño, y le das un detalle que recuerda bien, va a respaldarte y defenderte."
Este fragmento ejemplifica a la perfección el tratamiento que Tarantino hace de los detalles de cada una de sus historias, de cada uno de sus personajes. La lección que el policía daba en ese momento, es también una lección de cine por parte del director. Al hablar con sus actores, Tarantino les da todos los detalles sobre los personajes que deben interpretar. No sólo les dice su estado de ánimo para el momento específico, sino que además les cuenta toda su historia personal, les explica qué los llevó al lugar en el que están, les dice qué sentimientos les despierta cada uno de los otros personajes. Tarantino conoce sus historias a la perfección, sabe qué pasó y qué pasará, conoce elementos que los espectadores nunca sabrán cabalmente. Pero esos elementos reafirman el convencimiento con que los actores se colocan en sus personajes, agregan riqueza a los guiones por todo lo que existe ahí y apenas puede intuirse, por las elipsis y los espacios de sombra que llevan a que la audiencia se convierta en parte activa del planteo. No es menor que el mismo atraco, lo que en otras películas sería presentado como un clímax de acción, esté perfectamente omitido. Cuando una historia es contada con tal convencimiento y cuenta con semejante profusión de elementos, ese universo es transmitido subliminalemnte mediante la puesta en escena y las actuaciones, y es percibido aunque sea a un nivel inconsciente. La grandeza de una obra se erige en todos esas cosas no dichas, en esas sugeridas profundidades que el espectador debe completar con sus propias experiencias.


Registros múltiples. El guión y su estructura son dignos, entonces, de largos análisis. Tarantino planteaba los saltos temporales como una marca personal, aspecto que le permitía transmitir su historia en etapas. Por un lado, esto lo ayudaba a dosificar las tensiones y las distensiones, y por ende a lograr un buen ritmo -debe recordarse que las películas de Tarantino suelen contar con larguísimos diálogos, aún las que parecieran ser más dinámicas- además de ir aportando elementos para que se vaya comprendiendo progresivamente y en su mayor dimensión todo el conflicto central. En determinado momento, el espectador tiene información que los personajes desconocen, sabe quién es el infiltrado, quién está siendo engañado, quién sospecha acertadamente. La estructura desordenada, aparentemente caótica aunque perfecta, que requiere un armado mental de tipo puzzle se extremaría en Pulp fiction (1994).
El principio es grandioso, un diálogo casual dentro de una cafetería en que los delincuentes conversan sobre Madonna y su tema "Like a virgin". El personaje interpretado por Tarantino, que sería asesinado en breve, describía a Madonna como una adicta empedernida a los falos y analizaba la canción desde esa perspectiva*. Inmediatamente el Sr. Rosado (Steve Buscemi) expondría sus principios en lo referido a dejar propina en los bares. Si en Pulp fiction también sería de antología el diálogo casual entre John Travolta y Samuel L. Jackson acerca de las hamburguesas, aquí se plasman por primera vez estos textos absolutamente desestructurantes, de matones que en lugar de hablar acerca de crímenes, robos y drogas, discurrían sobre asuntos triviales, divirtiéndose como niños. Aquí el autor dejaba otra de sus marcas aportando una dimensión más mundana a los personajes.
Pasada esa primer escena del café, una muy atractiva caminata callejera, los "perros" desfilaban en ralenti por la calle, al ritmo de "Litte green bag" de George Baker Selection. Corte abrupto, una escena dentro de un auto con el Sr. Naranja recién baleado, desangrándose y retorciéndose de dolor. Esta clase de montaje filoso y de impactos abruptos -el comienzo de Kill Bill es otro claro ejemplo de esto- es en buena parte heredado por uno de los maestros declarados de Tarantino, el malogrado y maldito director Samuel Fuller (El kimono escarlata (1959) Shock corridor, (1963); si dos minutos antes el espectador reía a carcajadas, en ese momento no puede evitar quedar paralizado; esta clase de cambio radical del registro es algo que sólo logran unos pocos artífices, aquellos que dominan a la perfección el lenguaje audiovisual.

Violencia. Mucho se ha hablado, escrito y discutido acerca de la inolvidable escena en la que el sádico Sr. Rubio (Michael Madsen) tortura y le corta la oreja a un policía maniatado y amordazado. La escena supone un shock a cualquiera que incurra en la película, y le daría a la pegajosa canción de los setenta "Stuck in the middle with you", de Steelers wheel, un trazo absolutamente siniestro. Aquí ya quedaba fijada otra de las constantes tarantinescas: la inmensa incomodidad que supone una súbita inversión en los roles de poder entre personajes. El Sr. Rubio es un delincuente que, es de presumir, se pasó una vida entera hostigado por la policía, y que encuentra finalmente la posibilidad de "cobrarselas" con un uniformado. El movimiento significa poner de revés los roles predeterminados de víctima-victimario, y el guión en este caso había dado todos los elementos para que el espectador sepa que el Sr. Rubio es, además de un tipo simpático, un auténtico psicópata. Si la escena es casi insoportable, no se debe a que sea explícita -mucha gente lo cree así, pero la cámara en realidad apunta hacia una esquina en el momento en que tiene lugar la amputación- sino a que los niveles de tensión ascendieron hasta un punto irrepetible.
Cuando tuvo lugar el estreno en el festival de Sitges -sólo como dato anecdótico cabe nombrar que fue proyectada inmediatamente después que Braindead de Peter Jackson, quizá la película más sangrienta de la historia- unas quince personas se fueron de la sala cuando la escena de la oreja, entre ellos Wes Craven, quien había dirigido clásicos gore como Las colinas tienen ojos o Pesadilla en la profundidad de la noche, y Rick Baker, maestro maquillador y de los efectos especiales. Consultado por Tarantino más tarde, este último explicaría: "Quentin, me tuve que ir de la película, pero quiero que lo tomes como un cumplido. Mira, todos nos movemos en el mundo de la fantasía. No existen los vampiros ni los hombres lobo. en cambio te mueves en la violencia de la vida real, y yo con eso no puedo, de verdad."

* Luego de un tiempo, Tarantino se encontraría con Madonna en persona. La reina del pop, luego de felicitarlo por su película, le explicaría que su canción "no es una cuestión de pijas, sino de amor".
 

Anexo 1. Referencias cinéfilas 

Los guiños cinéfilos en las películas de Quentin Tarantino son permanentes, imperceptibles para la mayoría de los mortales. Quizá un espectador entre mil sea capaz de darse cuenta de alguno, y ellos no hacen a sus películas ni a las historias. Son más bien detalles reconocibles entre freakies y demás cinéfagos cercanos al autismo. Para ejemplificar: en determinado momento hay una pelea entre el Sr. Blanco (Harvey Keitel) y el Sr. Rubio, con amenazas cruzadas. Atemperados los ánimos, el Sr. Rubio le dice, "apuesto a que eres un gran fan de Lee Marvin". La primera impresión podría ser que simplemente se hace una referencia a ese actor que tanto supo hacer de tipo recio y carismático en clásicos entre los que se cuentan The big heat (1953) o Doce del patíbulo (1967), pero el guiño concreto apunta en realidad al primer largometraje de Martin Scorsese, Who's that knocking at my door (1967) en el cual un jovencísimo Harvey Keitel -interpretando a un psicópata, como de costumbre- explayaba, en un gran discurso sobre una azotea, su incondicionalidad por Lee Marvin.
En otro momento Joe (Lawrence Tierney), el líder de la banda, consultado acerca de uno de los miembros desaparecidos, responde que está muerto. Cuando le preguntan si está seguro, el asegura: "tan muerto como Dillinger". Aquí la referencia tiene que ver con una película clase B que supo estelarizar el mismo Tierney en sus años mozos, Dillinger (1945) encarnando fríamente al asaltante de bancos John Dillinger. De ahí en más se volvería una costumbre para Tarantino llamar a sus filas a héroes olvidados como Tierney (Pam Grier, Sonny Shiba, John Carradine son buenos ejemplos), a actores en decadencia que, en algunos casos, volverían a Hollywood a partir de entonces (John Travolta, Darryl Hanah). Pero en definitiva, la referencia cinéfila en el caso de Tarantino no es mucho más que un juego más para mismo que para los demás, y la esencia de sus obras no podría estar más alejada de ellas.

Anexo 2. Rerservoir dogs y City on fire

Durante una rueda de prensa en 1994 en Cannes, cuando la presentación de Pulp Fiction, el periodista David Bourgeois, de la revista norteamericana Film Threat, quizá queriendo llamar más la atención sobre mismo que hacer buen periodismo, le espetó a Tarantino: "Hace relativamente poco se ha comentado que tomó usted abundantes préstamos de una película de acción rodada en Hong Kong en 1987, titulada City on fire, a la hora de realizar Perros de la calle. Diríase que City on Fire y su primera película son prácticamente la misma, así que estaba preguntándome si no le gustaría hacer algún comentario al respecto, por si acaso se hubiera planteado usted hacer alguna restitución monetaria al señor Lam." Tarantino respondió sin ocultar su entusiasmo por la película de Lam, y admitiendo que fue una gran inspiración para él. Pero el punto es que la película de Lam apenas tiene un par de elementos en común con la de Tarantino -hay un desenlace parecido, y había en aquella una esquemática historia de lealtades y desconfianzas- pero en definitiva, City on fire es una clase B -por no decir una clase Z- de acción y tiros, personajes estereotipados y carentes de relieves psicológicos. En cualquier caso, el mayor legado que Lam habría dejado sobre Tarantino es una característica que también era compartida por el cine de John Woo en su momento, y es la recurrencia a enfrentamientos con armas entrecruzadas entre varios personajes, como el que tendría lugar en los finales de Perros de la calle, y de Pulp Fiction, e incluso sobre la mitad del metraje de Bastardos sin gloria. El crítico Bourgeoise quizá sea penosamente recordado por no haber sabido ver la distancia abismal entre una de las mejores películas de la década de los noventa y un pastiche rutinario y del montón.

Anexo 3. Sangre

Uno de los comentarios críticos que más se supo escuchar contra la película es la exageración en el tamaño del charco de sangre que deja el personaje del Sr. Naranja, baleado y tendido en el suelo. Pero lo cierto es que Tarantino estuvo asesorado por un paramédico especializado que chequeaba que la cantidad de sangre empleada fuese adecuada a la que debía tener lugar como consecuencia de un disparo en el estómago, y supervisaba que la pérdida de sangre también fuese consistente y realista.

Publicado en Brecha el 1/11/2012