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miércoles, 20 de noviembre de 2019

Leto (Kirill Serebrennikov, 2018)

Vagos y contestatarios


Hay algo profundamente enigmático en las primeras escenas de esta película. Una banda punk interpreta su canción ante un auditorio semi-rígido, con jóvenes que, si bien se nota en sus expresiones y en sus rostros que aprueban y disfrutan de la música, permanecen sentados, como apuntalados a sus butacas. Nos encontramos ante un mundo anacrónico: se trata del Leningrado de la URSS y de los primeros ochenta, y mientras en otros países las bandas de punk destruían escenarios enteros, con un público enfervorizado que se atropellaba y volaba por los aires, aquí la rigidez y las estrictas prohibiciones derivaron en un submundo en las antípodas.  Así, en los toques los asistentes no podían pararse, llevar pancartas o gritar, e incluso se les prohibía moverse al compás de la música. 

Basada en las memorias de Natacha Naumenko, la película hace uso de un esmerado y elegante blanco y negro para centrarse en un grupo de jóvenes rockeros fuertemente influenciados por bandas como The Velvet Underground, T-Rex, David Bowie, Talking Heads, Lou Reed, Iggy Pop, Sex Pistols y Blondie, y en el nacimiento de Kino, uno de los grupos más importantes de la escena soviética de comienzo de los ochenta. Su líder Viktor Tsoy murió a los veintiocho años en un accidente de tránsito, y aquí es presentado una década antes, cuando entró en contacto con su ídolo Maik Vassilievitch, cuya banda Zoopark ya gozaba de cierto prestigio local. Sorprendido por el talento de Víctor, Maik decide apadrinarlo, con el daño colateral de la casi irrefrenable atracción entre Víctor y Natacha, su novia, lo que complica el vínculo convirtiéndolo en un triángulo amoroso. 


En medio de la narración tienen lugar maravillosos videoclips de temas como “Psycho Killer”, “Perfect Day” y “The Passenger” en los que los personajes desafían con irreverencia a las autoridades, en increíbles y bellísimos planos secuencia que se superponen con animaciones anárquicas y estética de comic. Una suerte de narrador fantasma nos recuerda que nada de lo presentado en estos fragmentos ocurrió realmente: “esto nunca sucedió ni sucederá” reza alguno de los carteles que exhibe a cámara. Así, la película no se queda solamente en una recreación de época, sino que logra transmitir esa rebeldía reprimida, el deseo por aquello que quiso hacerse y no fue posible. Los músicos deben conformarse con tocar en vivo ante un público inmóvil, con que cada estrofa de sus canciones sea analizada y juzgada por un comité de arbitraje, con que la calidad de sus grabaciones esté muy lejos de lo aceptable. 

Pero si bien la película exhibe un mundo juvenil fuertemente determinado por los controles estatales, asimismo se evitan los extremos, y se ve incluso la forma en que los artistas, haciendo uso de la diplomacia, se las ingeniaban para conectar con el ser humano detrás del burócrata censor, sorteando así algunas de las prohibiciones. La prueba de ello es justamente la existencia de Kino, banda que supo catalizar y reflejar un sentimiento de descontento por parte de una juventud que clamaba por expresarse con libertad y sin el peso de una supervisión constante. “Soy un vago” insistía Maik desde el estribillo de uno de sus temas, al interior de un régimen en que la productividad y el trabajo eran vistos prácticamente como una base fundacional.

A pocas semanas de estrenada esta película, el guionista y director ruso Kirill Serebrennikov (Traición, El discípulo) fue arrestado por las autoridades rusas, acusado de un supuesto fraude financiero y sentenciado a arresto domiciliario. Pero varias figuras de la escena cultural rusa e internacional han protestado ampliamente por lo que señalan es un arresto arbitrario y una forma de censura a un creador provocador y vanguardista. Serebrennikov fue liberado luego de veinte meses de reclusión bajo fianza, pero el caso aún se dirime en tribunales y el director podría ser sentenciado a una condena mucho mayor. 

Publicado en Brecha el 20/11/2019

jueves, 15 de febrero de 2018

Las mejores películas (XXX)

Números redondos: diez años de DenmeN Celuloide, 30 posts de "mejores películas", 300 mejores películas recomendadas en todo este tiempo y un poquito más de 500 reseñas publicadas. Pero lo más llamativo es que, en estos últimos dos meses, vengo publicando dos selecciones de diez mejores películas. Es que hace tiempo que estaba omiso, y correspondía irme poniendo al día.

-In This Corner of the World (Sunao Katabuchi, Japón).
El cierre temporal de los estudios Ghibli no fue el fin del mundo ni mucho menos, porque en estos últimos años el animé estuvo más vivo que nunca. Esta maravilla fue concebida por un realizador que trabajó junto a Hayao Miyazaki, luego en el increíble Studio 4º C y más adelante en Madhouse. En otras palabras, hizo una carrera junto a los mejores, y esta es la prueba de que aprendió la lección y se llevó lo mejor de cada uno. Impresiona en cada segundo la increíble adaptación de época, la capacidad para el detalle, y, sobre todo, la forma de capturar el espíritu imperante en el pueblo japonés durante la Segunda Guerra. Insuperable de verdad.

-Zama (Lucrecia Martel, Argentina y otros países).
¿Y qué decir del esperadísimo último opus de la "sacralizada" Lucrecia Martel? Seguramente nada ni remotamente justo en tan pocas líneas, pero adelantamos que Zama es una experiencia inmersiva, alucinante e incomparable con nada que se haya filmado hasta hoy. El mundo colonial presentado por Martel es hostil, agreste, sucio, transpirado y piojoso, y en él conviven aristócratas pretenciosos con esclavos e indios que los miran con auténtico resentimiento. Entre todos ellos, Diego de Zama, funcionario de la corona, espera a ser removido de su incómodo puesto de frontera para ser finalmente trasladado a Buenos Aires. Pero en realidad su "espera" será un viaje de sacrificio y adaptación.

-God's Own Country (Francis Lee, Reino Unido).
Un muchacho ganadero vive malhumorado, trabajando a desgano en la granja de su familia, de borrachera en borrachera y teniendo sexo casual y atropellado. Pero la producción agraria familiar se encuentra en decadencia en Inglaterra (como en el resto del mundo), y su estabilidad es crítica. Que esté Call Me by Your Name nominada al Oscar y no esta maravilla es un atropello a la razón y al buen cine. Pero claro, acá tenemos mucha incorrección política, sexo casi explícito, crudeza rural, una problemática estructural y personajes que no son ni intelectuales, ni bellos, ni ricos. Todo bien con Call Me by... pero, por donde se la vea, esta película le gana por goleada.

-Little Wing (Selma Vilhunen, Finlandia, Dinamarca).
Casi por azar di con esta pequeña maravilla. Varpu, una adolescente de 12 años que ya está bastante acostumbrada a tolerar los insultos de su grupo de pares y de su propia madre, encuentra un alivio en su caballo, con el que practica deportes ecuestres. Varpu apenas emite monosílabos (la mayoría de sus líneas son "sí" o "no") pero cuando un compañero le enseña a conducir un auto, ella decide robar uno y salir a la búsqueda de su padre desaparecido. Despojado de sensiblerías, el abordaje austero va volviéndose cálido, crecientemente emotivo, muy en la línea de Los cuatrocientos golpes.

-L'économie du couple (Joaquim Lafosse, Francia / Bélgica).
Las divorcios han sido materia de un buen puñado de películas grandiosas: Sin anestesia, Una pareja perfecta, y La separación, entre otras. Por razones económicas, Marie y Boris deben vivir juntos aunque ya no se quieran. Él no tiene un trabajo estable y ella vive con números rojos, pero deben continuar compartiendo piso, en la casa que él construyó y que ella pagó. Desconfianzas, culpas, acuerdos y estrategias para dividirse el tiempo con las hijas, partición de bienes y alimentos generan un impasse irrespirable. No es recomendable para aquellos a los que la situación pueda removerles recuerdos traumáticos; es difícil encontrarse con un cine capaz de recrearlos con tanta precisión.

-Victoria (Justine Triet, Francia).
Esta es lo que considero una película feminista de verdad, en el sentido de que, lejos de victimizar o idealizar a su protagonista, la muestra de una pieza, con sus contradicciones, problemas, alegrías y proezas. Pero además se trata de un relato muy políticamente incorrecto, que aborda dos casos judiciales desde perspectivas impensables, asumiendo la defensa del (supuesto) agresor en uno de abuso sexual y la parte denunciante en uno de libertad de expresión. En Uruguay algún genio mercader decidió intitularla "Victoria y el sexo", y eso que justamente el sexo es prácticamente una carencia en la vida de Victoria. 

-Mister Universo (Tizza Covi, Rainer Frimmel, Italia / Austria).
Que los circos son micromundos en crisis y en decadencia no es novedad para nadie, pero allí están y siguen conviviendo personajes increíbles, portadores de tradiciones ancestrales heredadas de generación en generación. Entre ellos, un joven domador de fieras comienza a vivir una racha de mala suerte, según cree, debido a que fue robado su talismán: una barra de hierro que Mister Universo dobló cuando él era niño. Para obtener otra similar, debe embarcarse en un viaje en el que se encontrará con familiares variopintos y otros colegas circenses.   


-Cuatreros (Albertina Carri, Argentina).
Tuve la suerte de entrevistar a la gran Albertina Carri recientemente, una de las auténticas transgresoras del panorama argentino. Esta película es insólita: una suerte de collage donde la vida personal de la directora se entremezcla con su investigación histórica, con su padre desaparecido, con las pistas de Isidro Velázquez, último gauchillo alzado, con cintas perdidas y escondidas en los confines más recónditos de la burocracia. Con la pantalla divida en tres, cuatro y hasta cinco partes, se agolpa un torrente de imágenes e ideas, con la voz en off de Carri que no da tregua. Cine duro, exigente, y muy poderoso. 

-Loveless (Andreii Zyvagintsev, Rusia / Francia / Alemania / Bélgica).
No todos los padres son considerados, atentos y cariñosos con sus hijos. De hecho, algunos no son nada de todo esto, y además no parecerían pensar en otra cosa más que en sí mismos. Esta despiadada película nos introduce en un mundo de hedonismo, satisfacción sexual y omisión paterna, en el que el amor que es conferido a algunos es al mismo tiempo negado a otros. Por fuera de todo esto, el brillante director Zyvaginstev confronta al espectador constantemente, reflejándolo en personajes tan profundamente reprobables como reconocibles y cercanos. 

-Your Name (Makoto Shinkai, Japón).
El gran Makoto Shinkai logró lo que a mi parecer es el punto más alto de su carrera. Y sí, acá tenemos más de esos paisajes coloridos y brutales, del perfeccionismo técnico y el existencialismo nostálgico que son constantes en su obra. Pero en este caso, además, la premisa es especialmente atractiva: un chico y una chica que viven en diferentes localidades amanecen intercambiados, uno en el cuerpo del otro y viceversa, generando así situaciones hilarantes y notables contrastes entre la vida en ciudad y en campaña. La emoción y el encanto se imponen, ineludibles.



miércoles, 17 de enero de 2018

Paraíso (Paradise, Andrey Konchalovsky, 2016)

Sucumbir es humano


No debe de existir un subgénero más revisitado en la historia del cine que el histórico ambientado en campos de exterminio nazis. Ejemplo máximo de los horrores del siglo XX −bastante caprichoso, cabe decir, ya que ni los gulags ni los campos sudafricanos, camboyanos, japoneses, ni otros centros de “reeducación”, de “detención”, de “trabajo” en otros sitios del planeta merecieron una atención remotamente similar−. La mirada por lo general es bastante esquemática: prisioneros buenos, nazis malos, a veces con matices más o menos remarcados. 
El veterano director ruso Andrei Konchalovsky (Siberiada, Los amantes de María, Escape en tren) es un cineasta olvidado que cuenta con una gran obra que respalda su talento, y en esta película escapó notablemente a estos facilismos, ambientándola en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial. Se siguen los pasos de tres personajes principales: Olga es una aristócrata rusa miembro de la resistencia francesa, que es arrestada por ocultar a niños judíos. Jules es un funcionario colaboracionista que está a cargo de su caso; y Helmut es un alto oficial de las SS que antes de la guerra había tenido un affaire con Olga y ahora es transferido al campo de concentración al que ella va a parar. Paralelamente al transcurso de la acción se intercalan escenas de los tres personajes dando sus testimonios ante la cámara; la audiencia intuye que son flash forwards de su comparecencia ante un tribunal, aunque no se sepa de qué índole ni si lo hacen en calidad de testigos o de acusados. 
Konchalovsky es perfectamente consciente de que no hay mucho más que decir en cuanto a la vida en los campos de concentración, pero sin embargo se detiene en un aspecto sumamente interesante: el desdibujamiento de ciertos principios cuando lo primordial es la supervivencia. Cualquiera de los tres personajes intenta adaptarse a la nueva realidad, renunciando a algunos lineamientos morales. Desde el momento en que Olga ofrece su cuerpo a Jules se comprenden sus intentos de sobrevivir a cualquier costo, y es así que en el transcurso de esta película son cuestionados y hasta desdibujados los conceptos de colaboracionismo, pertenencia o incluso solidaridad. En una escena en el campo, en la que luego de que una mujer mayor muere, repentinamente las demás prisioneras se abalanzan sobre su cuerpo para quedarse con sus vestimentas, se exhibe notablemente cómo ciertos códigos éticos son echados por la borda en momentos en que la muerte acecha en cada pliegue de la existencia. 
También es sumamente interesante el proceso interior que vive Helmut, volviéndose paulatinamente consciente del horror en el que está inmerso y al que suscribe con su diario accionar. El “paraíso” del título refiere a ese ideal nazi de transformación y creación de un mundo idílico, concepto que hace cortocircuito en el joven oficial. En una entrevista con la revista Fotogramas, Konchalovsky refirió que su película trata “sobre los errores humanos, sobre la seducción del mal, sobre los pilotos estadounidenses que bombardeaban Libia pensando que luchaban por la democracia, o sobre la muerte de 300 mil personas en Irak, una guerra que resultó ser ‘un error’, según los propios estadounidenses”. Así, con notable austeridad de recursos, el director logra un relato universal, y uno de los más atinados que han sido ambientados en ese período histórico.

Publicado en Brecha el 17/1/2018

sábado, 20 de junio de 2015

Leviatán (Leviathan, Andrey Zvyagintsev, 2014)

La colosal ausencia de humanidad


El Leviatán es un monstruo marino presente en las cosmovisiones cristiana y hebrea, a veces descrito como una serpiente de mar, a veces como un cocodrilo gigante. Asociado con Satanás, se habla de una criatura nefasta de una capacidad destructiva ilimitada, terror de los mares y de las costas. 
Pero en esta película el monstruo está muerto, la imagen de una gran osamenta encayada en las costas del Mar Báltico puede sugerir la idea de que en la Rusia de hoy la bestia ha sido sustituída por otra, mucho más terrible. Luego de los últimos estertores del "norte" comunista, la administración rusa se convierte en una administración sombría, un coloso expropiador que, en su insidiosa red de contactos políticos, policiales, judiciales y religiosos, se vuelve incuestionable, imbatible. Cuando los protagonistas, trabajadores caídos en desgracia pero con una dignidad íntegra entran en la mira del monstruo, la batalla a librar supondrá una osadía mayúscula; una cruzada difícil de sostener, a pesar de que un abogado, amigo íntimo del protagonista, posea un grueso legajo de pruebas que jueguen a su favor. El más sorprendido en esta contienda es un representante del ayuntamiento, un corrupto bien contactado que, cual niño caprichoso, se vincula mediante amenazas y no tolera los enfrentamientos. Este personaje encarnará brillantemente un poder absurdo, chapucero y patético, que no por ello deja de ser devastador. 
Los grandes directores del cine social saben presentar ficciones cuyos puntos de contacto con la realidad, no sólo en su puesta en escena y en su ambientación resultan verosímiles, sino que además contrabandean sutilmente datos conocidos por todos, sea porque representan problemas coyunturales y globales o porque oímos sus resonancias en las noticias. Aquí la existencia de un poder imbatible, el capitalismo salvaje embanderado del "progreso", supone el desastre para quienes corren con la desgracia de entrar en su camino. 
Con una impronta austera que recuerda a la de los realizadores rumanos, con conflictos rutinarios, lecturas de actas públicas, cierto humor solapado y tomas largas y reposadas, se refuerza la idea de que somos testigos de un auténtico retazo de vida, una realidad irrefutable. La mirada del gran director ruso Andrey Zvyagintsev (El regreso, Elena), libre de retóricas simples y músicas dramáticas se vuelve terrible en su ascetismo y alcanza un auténtico clímax  (siguen spoilers) cuando una pala mecánica irrumpe en la quietud del hogar que el mismo protagonista construyó: la falta de respeto última, la violación más infame a la intimidad, la inhumanidad llevada hasta límites insospechados. En su simpleza pero con una gran profundidad conceptual, esta superficie realista, nítida y calma, en las que los parajes gélidos y desolados y un vacío sepulcral sustituyen la presencia humana, vuelve inolvidable la sucesión de imágenes, como si se tratara de un mal sueño o, directamente, de una pesadilla.

Publicado en Brecha el 19/6/2015

domingo, 28 de diciembre de 2014

Las mejores películas (XXV)

Por acá aclaro que no es mi top 10 de mejores películas del año, sino simplemente otra selección personal de esas que hago cada varios meses con lo mejor que he visto recientemente. Si a alguien le interesan mis diez mejores del año, pueden ver el listado en Facebook, y de paso le dan el "me gusta" a la página, que siempre vienen bien las nuevas adhesiones. En fin, les deseo a todos un 2015 con mucho cine del mejor... ¡Salú!

Omar (Hany Abu-Assad). Palestina.
Las fuerzas del Mossad obligan bajo amenazas a muchos jóvenes palestinos a trabajar para ellos y que les faciliten información sobre cualquier posible ataque, lo que genera un ambiente de tensión y cautela total entre la población. Si a la incertidumbre de no saber si tu mejor amigo está contigo o con los otros le sumamos la incertidumbre imperante en las relaciones amorosas incipientes, el resultado es una paranoia potenciada, plasmada notablemente en esta película. En clave de género, una excelente aproximación al conflicto israelí-palestino que más que un conflicto es un asedio constante, una mortificación intolerable y una verdadera masacre.

Relatos salvajes (Damián Szifrón). Argentina / España.
El taquillazo rioplatense del año y probablemente el futuro óscar a mejor película extranjera es también, sorprendentemente, una gran película. Szifrón propone una serie de cortos referidos a la violencia urbana, colocando a los personajes en situaciones límite en las que se pierde la brújula, los manuales de comportamiento y la compostura, y se comienza a dar rienda suelta a los instintos. Plagada de momentos inolvidables y equilibrando notablemente el humor con el drama, alcanza un brillante clímax almodovariano en un casamiento en el que se patean todas las buenas formas y se resume en minutos el recorrido que muchas parejas despliegan a lo largo de años. Una película incómoda y al mismo tiempo adictiva, que reúne además a un elenco formidable.

El tigre blanco (Karen Shakhnazarov). Rusia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, un tanque invencible apodado "El tigre blanco" diezma completamente a todos aquellos que le hacen frente. Pero lo más asombroso del asunto es que, si bien causa estragos en las filas soviéticas, los nazis, igualmente sorprendidos, no lo manejan ni comprenden de dónde diablos salió. Pero el aspecto fantástico no se termina allí. El único ruso sobreviviente a este tanque "fantasma" es un tipo que, pese a haberse incinerado completamente de pies a cabeza, continúa vivo y se ha regenerado completamente, sin quedarle un rasguño en todo su cuerpo. Con un atípico abordaje histórico-realista, una alegoría descomunal.

The Imposter (Bart Layton). Reino Unido.
El tipo es un mitómano tan bueno, un profesional de la mentira tan eficiente que logró convencer a una familia de Texas de que él era su niño desaparecido, a pesar de ser siete años mayor que el susodicho, tener acento francés, ojos marrones y pelo oscuro. La propuesta documental desconcierta desde el primer minuto, está llevada con un ritmo endiablado, y la narración es demasiado inquietante. El acercamiento a perfiles psicológicos tan complejos –y no estoy hablando solamente del impostor, sino también de la familia que lo "adoptó"– conduce a reflexiones mayores sobre ciertas razas de gente, de las que todos conocemos algún ejemplar.

El pasado (Asghar Farhadi). Francia.
El gran Farhadi arremete una vez más con una película que, quizá no sea tan importante como La separación o About Elly, pero que está llevada con su maestría característica. Un reencuentro de un padre divorciado con su antigua familia empieza a destapar reproches y broncas guardadas, secretos ocultos y errores gravísimos. Pocos cineastas logran meterse en la cúspide de un conflicto con tal elocuencia, desplegando todas las razones, las implicancias, los miedos de los personajes enfocados, dotando de profunda humanidad a un cuadro complejo de esos que alguna vez toca enfrentar en la vida.

Nymphomaniac (Lars Von Trier) Dinamarca, Alemania, Bélgica, Reino Unido, Francia.
Von Trier vuelve a arremeter con otra película pretenciosa, deliberadamente provocativa, multirreferencial y trascendental. Y lo hace con dignidad. Nunca el director danés se pareció tanto a Bergman, con diálogos graves y recargados, ambientes hipnóticos y de ensueño y una profundidad conceptual envidiable. La historia que Joe le relata a Seligman está dotada de un atractivo constante, y supone el enfrentamiento moral entre una adicta al sexo y un hombre asexuado y virgen, una trotamundos experiente y un biblófilo desconectado. La que recomiendo es la versión completa, que dura 5 horas y media. No se asusten, está dividida en dos volúmenes, y se pasa volando (una temporada de serie les insume muchísimo más, no sean vagos...).

What We Do in the Shadows (Jemaine Clement, Taika Waititi). Nueva Zelanda.
Los geniales creadores de la serie Flight of the Concords dirigen y actúan en este desternillante mockumental. Una aproximación a la convivencia de cuatro vampiros en una casa, cada cual nacido en una época distinta (el mayor tiene 8 mil años) y con hábitos propios, que chocan con los de los demás. Pese a las discrepancias y a algunos enfrentamientos, el grupo debe asegurarse la supervivencia e integrarse a la noche de Wellington, aguzando sus armas de seducción, tratando de comprender los nuevos hábitos y confrontándose con los hombres lobos, eternos antagonistas que también merodean las calles.

Jîn (Reha Erdem). Turquía / Alemania.
Una muchacha kurda de 17 años, harta de un conflicto inacabable, desierta de la guerrilla e intenta retornar a su casa con su familia, pero es muy difícil esconderse y trasladarse entre pueblos, esquivando el fuego cruzado de ambos lados, las bombas y los militares turcos. Jin se las ingenia para sobrevivir a la intemperie, pero el entorno es hostil y seguramente el mayor de los peligros sea el propio ser humano. Muy bien filmada y agradable a los sentidos, de esas películas que suponen un acercamiento diferente a una situación insalubre de la que hoy ya ni siquiera nos llegan los titulares.

Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul). Suecia, Reino Unido.
Esa clase de documentales que cuentan historias increíbles, de las que uno no puede terminar de dar crédito. Un músico mexicano que grabó un par de discos a fines de los años sesenta en Detroit sin llegar a nada, se convirtió en un éxito masivo en Sudáfrica, en un símbolo de lucha contra el apartheid y en un referente ineludible para toda una generación. Pero el artista nunca se enteró de todo esto y, de hecho, nadie en Sudáfrica parecía saber nada de su vida ni de su paradero. Este documental durante su primera mitad es una búsqueda y una investigación, y luego se convierte en otra cosa, pero no pienso arruinarles la sorpresa.

Oculus (Mike Flanagan). Estados Unidos.
Un antiguo espejo esconde una fuerza ancestral maligna. La anécdota puede parecer manida y hasta irrisoria, pero en el cine a veces importa más el qué que el cómo. Y cómo asusta esta película. Ya es la decimocuarta de terror psicológico yanki de la temporada, con fenómenos paranormales, maldiciones familiares, casas amplias, demonios hostigadores, espíritus que aparecen al fondo y atrás de los protagonistas, puertas que se cierran, oscuridad y sobresaltos inesperados. Pero puta madre, qué bien que viene funcionando este género. Desde que Hollywood les "robó" la fórmula del miedo a los asiáticos, la viene plasmando de maravillas.

domingo, 26 de mayo de 2013

Elena (Andrey Zvyagintsev, 2012)

El dinero y el frío


No es casual que el director Andrey Zvyagintsev sea considerado hoy uno de los más grandes cineastas rusos. Con sólo dos largometrajes previos (las notables El regreso y The vanishment) ha logrado imponerse en festivales de todo el mundo y en carteleras como un autor de características sumamente personales y reconocibles. 
Zvyagintsev hilvana aquí un relato centrado en la vida de una mujer, abuela de dos nietos, y su marido, aún mayor que ella. Una relación marcada a fuego por la desigualdad económica y la relación de poder surgida en consecuencia. De a poco, el cuadro va desentrañando paulatinamente un recargado drama íntimo, con la parsimonia y los ritmos propios de una cotidianeidad madura, en la que la pareja principal pareciera carente de apuros o visibles ansiedades. Pero de a poco pueden empezar a comprenderse sus conflictos diarios; se van intuyendo sus infiernos íntimos, sus costados oscuros, su desesperación. Nada es muy claro ni específico en cuanto a la verdadera naturaleza de las relaciones familiares presentadas, pero es mucho lo que podría intuirse. Zvyagintsev presenta esos personajes difíciles, de los que los vecinos podrían hablar pestes con facilidad –podríamos referirnos a la ligera como de “parásitos” e “hipócritas”, de “ingenuos” y “vividores”, de “vagos” o de “delincuentes”- pero en los detalles están los elementos que llevan a dudar de que estas categorías sean las apropiadas para seres humanos que, sabemos, esconden todos sus razones y una compleja densidad. 
Pueden verse a los personajes como representantes de segmentos sociales existentes en la nueva Rusia, y de dos mundos opuestos hoy prácticamente irreconciliables –nótese el largo viaje y la combinación de transportes que debe realizar Elena para llegar desde la casa que comparte con su marido a la de su hijo y su familia-. En un país que supo ser “norte” comunista y que sufrió una feroz transición hacia al capitalismo salvaje, el hijo de Elena puede verse como un nuevo desclasado, un ex proletario que vive las consecuencias de los cierres de fábricas y el golpe fulminante a las clases medias. El anciano marido, en cambio, puede considerarse un abanderado del neoliberalismo, convencido de que un individuo es absoluto responsable de su situación económica, y de que una situación de pobreza es un buen “castigo” para los que son incapaces de esforzarse. 
El hijo de Elena le pide a su madre dinero con la excusa de llevar a la universidad a su propio hijo y evitar que termine integrado al ejército, pero el espectador puede sospechar que este futuro en la universidad es sumamente improbable para él, intuyendo quizá que el dinero deba ser orientado a otros asuntos. La desigual distribución de la riqueza puede ser leída como el móvil primario, la causa última de la ausencia de humanidad y de una situación fría, opresiva, fulminante. Así, esta película que transcurre sin apuros ni grandes sobresaltos y con una estética tan pulcra, elegante y típicamente rusa es capaz de engendrar sutilmente una incomodidad mayúscula; sensación reforzada por la reiterativa música del veterano Phillip Glass, la cual se impone en los momentos menos esperables y que de alguna manera supone un presagio; un anticipo a la tragedia.

Publicado en Brecha el 24/5/2013

lunes, 9 de enero de 2012

Dau: un experimento

La maqueta viviente

Una ciudad cerrada, de cinco kilómetros cuadrados, habitada por miles de extras que conviven siguiendo reglas rígidas, una vigilancia constante y una composición general por la que se busca replicar una ciudad soviética de los años cincuenta es el inmenso set construido para filmar la película Dau, del ruso Ilha Khrzhanovsky. Pero el experimento parece estar cobrando vida propia, y seguramente ha ido mucho más lejos de lo que se buscaba originalmente.


La historia del cine está plagada de rodajes excéntricos, extensos y desmesurados. Las locuras de Herzog y sus inmersiones en la selva, las odiseas de John Huston, el exabrupto de Coppola para su Apocalipsis now, o el secuestro que hizo Kubrick a la pareja Cruise-Kidman durante quince meses para su Ojos bien cerrados. Pero el actual emprendimiento creado para filmar la película Dau del ruso Ilya Khrzhanovsky supera todo precedente imaginable. El escritor y periodista Michael Idov relata su increíble incursión en el “set”, aclarando que desde un comienzo no sabía con qué iba a encontrarse, visto que los rumores que circulaban alrededor de la iniciativa hablaban desde un régimen esclavista y horripilante, hasta de un espacio donde todos los extras trabajaban gratuita y voluntariamente. Incluso un periodista había aventurado que no extrañaría de encontrarse a la entrada con cabezas clavadas en picas.
Antes siquiera de entrar al set, -situado en Kharkov, Ucrania- el periodista fue entonces sometido a una larga sesión de puesta a punto. Le hicieron un corte de pelo, y fue ataviado con ropas deslucidas y de época: “Negra, molesta y fea hasta lo indecible, la ropa interior es suficiente para desencadenar la peor clase de recuerdos proustianos a cualquier persona que haya pasado algún tiempo en la URSS. Setenta años de miseria cotidiana sostenidos por un cinturón”. Le confiscan su celular y su laptop y para su labor le dan una máquina de escribir de época –no se permiten elementos anacrónicos al interior del recinto- y le informan acerca de un glosario de palabras terminantemente prohibidas, como “google” o “facebook”, entre otras. El set debe de ser llamado “El Instituto”.


Desde afuera, el set se ve como una enorme caja de madera de tres pisos, pero una vez dentro, pasa a vivirse un universo diferente. Una ciudad a escala, plenamente poblada, con una permanente música de chelo proveniente de altavoces montados en postes. Por las falsas calles se entrecruzan los pueblerinos en sus labores cotidianas. Cámaras escondidas e invisibles lo registran todo, en todo lugar, y hay guardias controlando la interacción humana. “Dentro del Instituto no hay escenas, sólo experimentos, no hay filmación sino documentación. Y ciertamente no hay director. En su lugar Ilya Khrzhanovsky, el hombre responsable de esta demencia, es referido como el Directivo del Instituto o simplemente “El Jefe”.
Los habitantes se desempeñan en diferentes labores, y obtienen sus pagas en una moneda local, la “hryvnia”, que sólo es útil allí dentro. La comida, perfectamente fresca, antes de ingresar al establecimiento es nuevamente etiquetada, con fechas de envasado y vencimiento acordes a los años cincuenta. El interior de las casas, los utensilios, las costumbres, las temáticas habladas están adaptadas perfectamente a este mundo controlado y estalinista. Y ya con seis años de existencia, dentro del Instituto se han formado familias, y han nacido niños.
Desde hace poco tiempo, se ha implementado también un duro sistema de multas al lenguaje. El periodista, que es acompañado por el director durante parte de su visita, le pregunta: “¿Vas a aumentar la ciudad con CGI, después?”. Khrzanovsky, sobresaltado, le responde: “Si uno de los guardias te escucha, me multaría a mí por 1000 hryvnias (como 125 dólares), porque tú eres mi invitado. No importa que yo sea el jefe, soy cacheado como a todo el mundo. No puedes usar palabras que no tengan sentido en este mundo”. -“¿Como CGI?, repregunta el periodista. –“Ahora debería multarme dos veces” responde Khrzanovsky.
Desde que las multas comenzaron a tener lugar, también comenzaron a verse cambios en la gente, ya que empezó a darse una fuerte cultura de la delación, justamente lo que Khrzanovsky buscaba. “En un régimen totalitario, los mecanismos de supresión accionan mecanismos de traición. Estoy muy interesado en eso”, confiesa.



Las sorpresas del visitante se continúan. Una joven pobladora le permite pasar a su hogar, charlan durante horas, y ella en ningún momento deja escapar una contradicción, una incoherencia en su discurso. Cuando el periodista le pregunta: “¿Y vos querés ser actriz?”, ella responde “–¿Qué? ¡No! Quiero ser científica”. Más adelante el director lo reprenderá una vez más, y el periodista descubre hasta qué punto influye este terrible panóptico sobre la psiquis individual. “Todas las personas con las que hablé durante mi primer día me han delatado con su jefe”.
Cabe preguntarse cómo una película puede justificar tanto esfuerzo. El director intenta explicar su emprendimiento: “Tomados uno por uno, todos estos detalles son puro delirio. En su conjunto, sin embargo, crean una profundidad de otra manera inalcanzable. Cuando uno recibe su sueldo en esta moneda, y sabe que con él tiene poder de compra y de intercambio, cuando las cámaras están encendidas comienza a tratarlo de forma diferente. Cuando la señora de la limpieza tiene que fregar el suelo del mismo baño todos los días durante dos años, lo hará de forma diferente cuando este haciéndolo frente a cámaras".
Para mantener a la ciudad poblada, hay permanentes castings en los que el director se asegura que los nuevos ciudadanos tengan la voluntad de someterse a su régimen. Y así como hay nuevas incorporaciones a diario, también son echados unos cuantos. Hay gente que dura apenas un día. Mientras algunos de los que se van aseguran que les gustaría trabajar con Khrzhanovsky otra vez, otros se retiran absolutamente indignados; un extrabajador escribió:“Trabajar allí es como ser ese tipo que sueña con ser asesinado y devorado, y que se encuentra con un maníaco que quiere asesinarlo y devorarlo. Perfecta reciprocidad.”


Dau, la película, estáría basada en la vida del físico soviético Lev Landau. Ya está completa en un 80%, pero desde hace meses que no se agrega metraje, ni se avanza en su armado. El periodista que puede ver una parte del material en bruto lo describe como una mezcla vertiginosa de sensibilidades vanguardistas tamaño Hollywood y técnicas de reality show. Y tiene una escena de cuarenta minutos de una disputa improvisada de Landau con su mujer.
Khrzanovsky había filmado una película llamada 4, que había tenido un muy buen recibimiento en festivales internacionales y que le sirvió para atraer inversionistas que inyectaron el monto inicial para su proyecto. El director obtuvo libertad de acción e incluso consiguió la potestad de despedir gente sin tener que dar excusas para ello. Cuando el dinero para Dau parece acabarse, surge increíblemente un nuevo inversionista que asegura la subsistencia del proyecto por unos meses más. El set continúa en su demencial inercia, y muchos allí dentro se conforman con una existencia perfectamente predecible y vigilada.
Ahora bien, la pregunta que cabe hacer es: ¿qué ocurrirá con toda esa gente, su cotidianeidad, sus vínculos, el trabajo que muchos de ellos lleva a cabo desde hace años una vez que haya terminado el rodaje? Khrzhanovsky no tiene una respuesta, y por ahora se limita a dejar correr un experimento social que probablemente haya ido demasiado lejos.

Publicado en Brecha el 5/1/2012

lunes, 17 de octubre de 2011

Las mejores películas (XVII)

Salió nueva selección, un tanto retrasada pero bien variada y cargada de pelis grandiosas. La vida es corta, las descargas ilegales tentadoras y el insomnio infinito así que, por favor, no dejen de ver buen cine. Y ya que estamos, ponganlé el “me gusta” a Denme celuloide en facebúk!

Forever the moment de Yim Soon-rye (Corea del Sur, 2007)
La selección de handball coreana, antes y durante las olimpíadas de 2004. Una historia emotiva, brillantemente lograda, con personajes atractivos y un notable elenco. A las dificultades de la interacción y de los entrenamientos, se suman las dificultades de ser mujer en la Corea actual. La mejor película que he visto de cine deportivo.

Incendies de Denis Villeneuve (Canada / Francia, 2010)
Al morirse su madre, dos hermanos mellizos reciben, junto al testamento, una última voluntad de que encuentren a su padre, a quien creían muerto, y a un hermano del que ignoraban su existencia. Es así que la hija decide viajar hasta una imprecisa región de Oriente Medio para dar con ellos y entender qué oscuros hechos familiares les preceden. Poderosa y sorprendente como pocas.

Excursiones de Ezequiel Acuña (Argentina, 2009)
Después de una década sin verse, dos amigos treintañeros reentablan una relación. Uno de ellos es un guionista televisivo de renombre y el otro trabaja en una fábrica de golosinas. Sin que se sepa muy bien por qué, el guionista accede a trabajar con el otro en un proyecto teatral. Incomodidad, personajes complejos, algunas verdades ocultas que se van revelando de a poco y causan conmoción.

Flacas vacas de Santiago Svirsky (Uruguay / Argentina, 2011)
Bueno, ahora sí, la mejor película uruguaya vista en años. Un grupo de mujeres va a pasar unas vacaciones a la costa, pero las circunstancias no les juegan muy a favor. En una onda Coen o Un plan simple, el grupo deja aflorar costados ocultos y desagradables, pero siempre reconocibles y temiblemente humanos. Abundan los chispazos humorísticos geniales, y el desempeño actoral es grandioso.

Cuchillo de palo de Renate Costa (Paraguay, 2010)
En Paraguay, la dictadura de Stroessner señalaba, humillaba y torturaba homosexuales, convirtiendo sus vidas en un infierno. El tío de la directora murió en extrañas circunstancias, y ella creció obsesionada con ello. Finalmente, encendió su cámara, encaró a sus allegados y salió en búsqueda de los amigos de su tío, intentando reconstruir la fatídica historia. La relación entre Renate y su padre es sumamente atractiva.

The Cuckoo de Aleksandr Rogozhkin (Rusia, 2002)
Un soldado finlandés desertor, un capitán ruso acusado de traición y una solitaria chica lapona se encuentran y comienzan a convivir, dialogando largamente pero sin comprenderse una sola palabra. Un atípico triángulo amoroso, una situación hilarante y desconfianzas varias son los elementos que conforman una mirada incisiva y crítica a la guerra, en la que se leen distintas visiones de los mismos hechos.

Blue valentine de Derek Cianfrance (Estados Unidos, 2010)
Contada simultáneamente a dos tiempos, la historia del surgimiento de un amor y su ruptura final, unos años después. A la dulce belleza romántica inicial se le contraponen las feroces contiendas, la fricción febril y la distancia necesaria. La vida misma no es como las comedias o los cuentos de hadas, y esta peli lo dice con muchísima altura. Hay que ver las otras pelis del director Derek Cianfrance!

La volubilidad de los afectos de Félix van Groeningen (Bélgica / Holanda, 2009).
Un adolescente de trece años se encuentra en un ambiente crítico. Si bien su padre y sus tíos lo aprecian y le quieren, pasan borrachos todo el tiempo, su casa es un griterío constante, se respira mal y abundan los arrebatos de violencia. Pese a todo, el cuadro es atractivo y es imposible no encariñarse con estos outsiders que pasan de todo y se cagan abiertamente en la corrección política y las buenas formas.

Balada triste de trompeta de Alex de la Iglesia (España / Francia, 2010)
A Alex se le fue la moto. Payasos en el franquismo, en una lucha a muerte por el amor de una trapecista. Una bizarrada radical, que bordea el terror y el gore, que recoge el mejor legado esperpéntico y se detiene en una relación rara, enfermiza e insolucionable. De entre la mugre y el asco surgen, como una bendición, elementos de emoción y ternura.

25 kilates de Patxi Amezcua (España, 2008)
Los españoles vienen haciendo un cine de género notable. Ahora le tocó el turno al cine negro. Un par de atractivos antihéroes dan el uno con el otro y creen repentinamente que pueden confiar en ellos. A su alrededor sólo hay traiciones entrecruzadas, planes nefastos, mafias inescrupulosas pujando por llevarse unas rebanadas. Filmada solidamente, bien escrita y notablemente actuada, una sobresaliente sorpresa vasca.

martes, 10 de mayo de 2011

Las mejores películas (XVI)

Tengo que pedir disculpas por demorarme tanto con esta selección. Tres festivales en tres meses no me han dado mucho tiempo para respirar tranquilo. Como no quiero pasarme de las típicas diez pelis aquí reseñadas, voy a dejar por fuera a La mirada invisible, Outrage, El ilusionista y Tropa de elite 2, que ya las estuve describiendo abundantemente y con detenimiento. No dejen de prestar atención a estas otras, que también son de puta madre.

Siete instantes de Diana Cardozo. (México, 2008)
Qué curioso que la mejor producción documental sobre la organización guerrillera MLN - Tupamaros no sea uruguaya sino mexicana. Las entrevistas seleccionadas dejan para la posteridad siete impactantes relatos de militantes comunes, que aportan variados y nuevos elementos sobre la historia y el accionar del más célebre –y cuestionable- bastión uruguayo de la lucha armada de los años 60-70.

Mademoiselle Chambon de Stéphane Brizé (Francia, 2009)
Con elegancia y sutileza el director Stéphane Brizé construye un delicado y grandioso estudio de caracteres, en donde algo tan común como un enamoramiento casual y repentino se convierte en una terrible catástrofe. Una situación opresiva y sin aparente salida, -de esas que nos suele obsequiar la vida- contrasta con una puesta en escena vital y luminosa. Las formidables actuaciones (brilla especialmente Sandrine Kiberlain) y una bellísima banda sonora son varios de los puntos fuertes.

Otro cielo de Dmitrij Mamulija (Rusia, 2010)
Para que aprenda González Iñárritu. El horror verdadero de la emigración, la lucha por la supervivencia, los trabajos insalubres, el destrato, la existencia miserable en la Rusia del S.XXI. Austera, fragmentaria y plagada de elipsis permanentes, el doloroso deambular de un hombre de la estepa que, junto a su hijo, sale en búsqueda de su esposa radicada en Moscú. A lo Dardenne, un brutal fresco con forma de road movie.

Confessions de Tetsuya Nakashima (Japón, 2010)
¿Les dije que los japoneses están locos? No sé si es más demencial haber filmado una película así o haberla propuesto como candidata para los nominados al oscar a mejor película extranjera. Personajes oscurísimos y perversos, situaciones opresivas y una truculencia extrema, en el entorno de un colegio secundario repleto de adolescentes psicópatas. Imprescindible para el asianófilo frikki promedio.

Life in a day de Kevin Macdonald (Estados Unidos, 2010)
Qué significó estar vivo el día 24 de julio de 2010. Este impresionante compilado reúne fragmentos filmados por gente común en su vida ordinaria, desde donde captan el universo que los rodea. Hubo más de 80 mil adhesiones, y se sumaron 4.500 horas de material filmado, proveniente de más de cien países. Los resultados son increíbles, el trabajo de montaje es brutal y su acompasamiento con la música directamente movedizo y adictivo.

Fish tank de Andrea Arnold (Inglaterra, Paises bajos, 2009)
Una intratable y resentida adolescente vive un insalubre ambiente familiar, es rechazada por el colegio y violentada por sus pares, en la periferia de Essex. Heredera del mejor realismo social a lo Ken Loach o Mike Leigh, la película logra que podamos acercarnos y sentir simpatía por este personaje, así como desear que logre escapar de ese agobiante entorno. Andrea Arnold se luce con un debut sólido y contundente.

Enredados de Byron Howard y Nathan Greno (Estados Unidos, 2011)
Ok, debo admitir que este pedazo de película me trae un placer culposo; tomando distancia, me rompen mucho los huevos esos finales de resurrecciones místicas y todos esos rollos, y hay un poco de esos amanerados despliegues musicales de Disney, que me generan sensaciones encontradas. Pero es difícil dejar de sucumbir ante el luminoso encanto de esta joyita animada. No se la pierdan.

Zona sur de Juan Carlos Valdivia (Bolivia, 2009)
Con paneos circulares, travellings y movimientos de cámara permanentes, la película construye un cuadro familiar de la clase alta en La Paz, y los cambios que la era Evo ejerce sobre su vida, causándoles desconcierto. Una decadente y dominante matriarca ladra órdenes, en un entorno en que el estancamiento se traduce en inactividad y algún desborde incestuoso. Una extraña mezcla de Paul Leduc con Lucrecia Martel.

No end in sight de Charles Ferguson (Estados Unidos, 2007)
Aún superior que su Inside job, el debut de Ferguson es el más completo y didáctico documental que se haya concebido sobre la invasión a Irak -no el mejor, ese sería sin duda Standard operating procedure de Errol Morris-. Y entre otras cosas demuestra hasta qué punto la intervención fue llevada a cabo por gente absolutamente inoperante, que hasta acabó perjudicándose a ella misma.

The kids are alright de Lisa Cholodenko (Estados Unidos, 2010)
Mientras aprovecho para protestar contra esa infame superficie indie y progre de mucho cine yanki, en la que personajes bellos, tolerantes, sabelotodos y macanudos viven conflictos que a mí no me interesan, les cuento que esta peli es excepcional en este contexto. Anette Benning y Julianne Moore forman una pareja lésbica inolvidable, el guión es sólido, hay mucha inteligencia volcada y momentos muy logrados.

martes, 28 de abril de 2009

Las mejores películas (IX)

Una selección caótica. Para no perder la costumbre alguna asiática y un par de animaciones, más un par de veteranos maestros que envejecen mejor que los vinos, más un brutal documental, más un brutal casi-documental. Como siempre, van por orden de importancia, pero hasta las de más abajo son plenamente recomendables.

Still walking de Hirokazu Kore-eda (Japón).
Los miembros de un núcleo familiar disgregado vuelven a reunirse luego de un tiempo sin verse. En un registro parecido al de Ozu, el recambio generacional, el choque entre tradición y modernidad, las repercusiones de una muerte y el paso del tiempo filmados con inmensa sabiduría. Kore-eda se confirma como uno de los grandes directores de nuestros tiempos.

Find me guilty de Sidney Lumet (Estados Unidos, Alemania).
Lumet debe ser el maestro más infravalorado de hoy. Un juicio increíble, basado en hechos reales, pero enfocado desde una perspectiva en la que los roles tradicionales de buenos y malos se ven invertidos. Una peli imprescindible que, entre los tantos méritos que cabe achacarle, logró que me volviera fan de un actor que jamás habría imaginado sería de mi agrado: Vin Diesel.

Entre les murs de Laurent Cantet (Francia).
Las dificultades de ejercer el profesorado en un instituto de la banlieue parisina. Cantet muestra que no hay manera de trabajar allí sin enredarse en conflictos, darse de frente con sorpresivas adversidades o acabar perdiendo la paciencia. Un cuadro que envuelve al espectador en un ambiente de exclusión donde hasta la mejor voluntad puede verse oprimida y obstaculizada.

Gran Torino de Clint Eastwood (Estados Unidos, Australia).
¡¡¡Larguísima vida a Clint!!! Este tipo hace lo que se le da la gana. Qué capacidad para transmitir emociones, para lograr que uno se sumerja en su mundo, qué notable que haga que nos enamoremos de todos los personajes, incluyendo ese viejo xenófobo, nacionalista, conservador, fascista y antipático que interpreta. Para mí y la mayoría de los votantes de este blog, una película imperdible.

Beijing Bicycle de Wang Xiaoshuai (Francia, Taiwan, China).
La vida de dos adolescentes de clase media-baja gira en torno a un mismo objeto: la bicicleta del título. Ambos son capaces de matar por ella, para uno es la forma de ganarse la vida, para el otro, el medio para integrarse socialmente y ser reconocido. Wang muestra con acierto como las necesidades económicas pueden involucrar a gente común en inesperadas situaciones de violencia.

Mongol de Sergei Bodrov (Kasajistán, Rusia, Mongolia, Alemania).
Brutal primera parte de una trilogía sobre la vida de Genghis Khan. Aquí se hace el énfasis en su dura infancia y su juventud, en los largos períodos de encierro y esclavitud, en sus alianzas y en sus inquebrantables principios éticos. Una épica como dios manda, para que aprendan los Snyders, los Petersen y los Adamson a filmar enfrentamientos con verdadera fuerza cinematográfica y, de paso, a contar una historia.

Checkpoint de Yoav Shamir (Israel).
Después de ver este documental uno no se pregunta más por qué algunos palestinos se convierten en terroristas, sino por qué serán tan pocos los que lo hacen. Las cámaras se sitúan en los puestos de control instalados en territorio palestino, donde los soldados israelíes se dedican a joderles la vida a quienes quieren ir a trabajar, estudiar, visitar su familia o incluso casarse. Y ni quiero imaginarme lo que hacen los israelíes cuando no tienen cámaras filmándolos.

Los paranoicos de Gabriel Medina (Argentina).
Hendler interpreta a un loco remachado y antisocial. La llegada de un viejo “amigo” de España sirve como pretexto para que en su vida se vayan dando algunos quiebres, y se le presenten ciertas oportunidades de alcanzar la estabilidad. Una película que habla, más que nada, de no venderse y de seguir los dictados del alma.

Coraline de Henry Selick (Estados Unidos).
Una animación en stop motion en la que una niña va a parar a un mundo de fantasía colmado de tentaciones, pero que asimismo esconde imágenes de pesadilla y siniestros propósitos. Un despliegue visual impactante que si bien no puede compararse con los de Miyazaki, levanta vuelo y ofrece algunas escenas notables, como las varias desintegraciones del entorno, o esa caída final en una gran tela de araña.

Princess de Anders Morgenthaler (Dinamarca, Alemania).
Otra exploración de nuevos terrenos en materia de animación. Un desquiciado sacerdote emprende una sangrientísima cruzada contra unos mercaderes del porno, que abusaron de su sobrina de cinco años y “pervirtieron” a su fallecida hermana. No es que sea algo excepcional, pero como ejercicio de género funciona y muy bien.