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viernes, 22 de enero de 2016

Mustang (Deniz Gamze Ergüven, 2015)

Urgente, y for export


Cinco hermanas adolescentes y huérfanas viven apaciblemente en una localidad al norte de Turquía, pero a partir de un juego inocente con chicos en la playa, su abuela y su tío deciden confinarlas en su hogar, salvaguardando su virginidad y evitando que los rumores acerca de su inmoralidad continúen circulando por el pueblo. Desde entonces pasan a estar compelidas a vestir con colores opacos, a aprender las tareas del hogar, a predisponerse para un inminente y convenido matrimonio; en definitiva, pierden la libertad como la conocían y los días veraniegos pasan a ser jornadas de monotonía y encierro. 
Lo que sucede con esta película es sumamente interesante. Ganadora de una respetable cantidad de premios en festivales de Europa y Asia, es hoy una de las favoritas para el óscar a mejor película extranjera, y un éxito bien recibido tanto por el público como por la crítica internacional. Lo curioso del asunto es que, a pesar de estar ambientada en Turquía, de ser dirigida por una turca y con un elenco turco, no tuvo el mismo recibimiento ni la misma aceptación crítica en ese país; las audiencias turcas no se han mostrado demasiado receptivas (al menos antes de que se supiera la nominación al óscar) y a la mayoría de los críticos locales no les gusta. El argumento de estos últimos es estimable: se señala principalmente su falta de realismo, una selección de actrices que no aparentan ser chicas pueblerinas ni hablan como tales, y otros detalles que pueden pasar desapercibidos para el público occidental. La película es de hecho fundamentalmente francesa: nacida en Ankara, la directora Deniz Gamze Ergüven emigró a Francia desde muy chica, y tuvo su formación allí. 
Acostumbrados al sobresaliente realismo de directores de la talla de Nuri Bilge Ceylan o Reis Çelik, los críticos turcos señalan algo que debe ser muy cierto: la falta de conocimiento del universo de la Turquía rural y principalmente musulmana por parte de la directora. Algunos van más allá afirmando que la película se adapta a una visión occidental paternalista, desde la cual se identifica al musulmán como un bruto retrógrado y a las chicas como víctimas a las que sólo el mundo progresista occidental podría salvar. Si bien lo que la película denuncia es algo que sucede y no puede desmentirse, para el público local debe ser como ver una película uruguaya ambientada en Tacuarembó pero interpretada por un elenco chileno. Un europeo quizá no se percataría del detalle, pero para nosotros sería sin dudas inaceptable. 
Sin embargo, tampoco puede desestimarse el talento de la directora para plasmar una energía vital presente en los personajes adolescentes, enfatizando sus alegrías, deseos, inquietudes y miedos. A partir del inquietante detallismo del ambiente represivo in crescendo que se cierne sobre ellas, y las estrategias que utilizan para sortearlo, puede palparse su espíritu indomable (los mustang son justamente caballos salvajes). Todo esto le da al abordaje un atractivo cinematográfico notable y una estimable autenticidad, seguramente la clave del éxito de la película. Si el cine es 24 mentiras por segundo (es decir, el arte de generar la ilusión de realidad a partir de un artificio), Mustang gana al crear una realidad quizá algo diferente, pero que en definitiva no parecería mentir sobre esos hechos concretos a los que refiere.

Publicado en Brecha el 22/1/2016

viernes, 29 de mayo de 2015

Sueño de invierno (Winter Sleep, Nuri Bilge Ceylan, 2014)

Un frío paralizante 


Al director turco Nuri Bilge Ceylan le va especialmente bien a la hora de plasmar cuadros de frustración acumulada y violencia contenida. Atmósferas recargadas, ambientes silenciosos, personajes fríos y reservados, lo emparentan con otros grandes corrosivos como Ingmar Bergman y Michael Haneke. Con un estilo pausado y de planos largos y detenidos, sus películas suponen certeras disecciones sociales, que rara vez causan estupor o adormecimiento. Nada parece sobrar en sus películas; van al grano, sin introducciones ni revelaciones prematuras. Mediante un abordaje detallista Bilge Ceylan cuida con cautela cada uno de los aspectos técnicos; la imponente imagen de su cinematógrafo de cabecera Gökhan Tiryaki, el meticuloso sonido ambiente y los cansinos rostros de los personajes convierten la puesta en escena en un paisaje envolvente y gratificante. 
Inspirada en relatos de Chejov, Tolstoi y Dostoiveski, Sueño de invierno nos traslada a la Capadocia, plena estepa de la Anatolia Central. Aydin, actor retirado, vive de las rentas que obtiene de sus múltiples propiedades heredadas y de los ingresos que le da el pequeño hotel en el que vive y administra. Cuando el invierno recrudece y la nieve comienza a cubrirlo todo, el hotel se convierte en un refugio para los viajantes que están de paso, pero también en un ambiente reducido del que no hay escapatoria y que lleva a que los temperamentos se caldeen. En esta suerte de prisión hogareña convive con su mujer, mucho más joven, y su hermana, recientemente divorciada. Surgirán los reproches cruzados, profundamente punzantes y dañinos, con el curioso detalle de que, a diferencia de lo que ocurre en el cine dominante, no existen gritos o llantos catárticos, sino que los diálogos transcurren a media voz, subrayándose así la enfermiza contención de los personajes. 
A poco de empezada la película, un niño arroja una piedra al auto del protagonista, rompiéndole un vidrio. Se trata de la primera señal de la violencia latente y de las grandes desigualdades instaladas en la zona. Una familia de origen musulmán ha contraído una creciente deuda con Aydin, y vemos cómo este último reclama su pago sin miramientos ni atisbo de humanidad alguna. Arrogante, encerrado en un autoconvencimiento de filantropía, Aydin es un presuntuoso intelectual que va ensombreciéndose más y más, convirtiéndose paulatinamente en uno de los protagónicos más desagradables que haya dado el cine en los últimos años. Los escarpados y nevosos paisajes son la ambientación ideal para transmitir un estado de congelamiento generalizado, en el que la violencia subyace sin explotar nunca, ya que nadie parece tener posibilidades de salirse de su situación o rebelarse. 
Con una brillante dosificación de tensiones, Bilge Ceylan logra la increíble hazaña de que 196 minutos de metraje no se sientan ni se vuelvan pesados. Un lenguaje sutil, un notable poder de sugerencia y una capacidad para generar recargadas atmósferas proveen al relato de un atractivo constante, infrecuente en las pantallas. No en vano es la obra de uno de los cineastas más sólidos del panorama europeo actual. 

Publicado en Brecha el 29/5/2015

domingo, 28 de diciembre de 2014

Las mejores películas (XXV)

Por acá aclaro que no es mi top 10 de mejores películas del año, sino simplemente otra selección personal de esas que hago cada varios meses con lo mejor que he visto recientemente. Si a alguien le interesan mis diez mejores del año, pueden ver el listado en Facebook, y de paso le dan el "me gusta" a la página, que siempre vienen bien las nuevas adhesiones. En fin, les deseo a todos un 2015 con mucho cine del mejor... ¡Salú!

Omar (Hany Abu-Assad). Palestina.
Las fuerzas del Mossad obligan bajo amenazas a muchos jóvenes palestinos a trabajar para ellos y que les faciliten información sobre cualquier posible ataque, lo que genera un ambiente de tensión y cautela total entre la población. Si a la incertidumbre de no saber si tu mejor amigo está contigo o con los otros le sumamos la incertidumbre imperante en las relaciones amorosas incipientes, el resultado es una paranoia potenciada, plasmada notablemente en esta película. En clave de género, una excelente aproximación al conflicto israelí-palestino que más que un conflicto es un asedio constante, una mortificación intolerable y una verdadera masacre.

Relatos salvajes (Damián Szifrón). Argentina / España.
El taquillazo rioplatense del año y probablemente el futuro óscar a mejor película extranjera es también, sorprendentemente, una gran película. Szifrón propone una serie de cortos referidos a la violencia urbana, colocando a los personajes en situaciones límite en las que se pierde la brújula, los manuales de comportamiento y la compostura, y se comienza a dar rienda suelta a los instintos. Plagada de momentos inolvidables y equilibrando notablemente el humor con el drama, alcanza un brillante clímax almodovariano en un casamiento en el que se patean todas las buenas formas y se resume en minutos el recorrido que muchas parejas despliegan a lo largo de años. Una película incómoda y al mismo tiempo adictiva, que reúne además a un elenco formidable.

El tigre blanco (Karen Shakhnazarov). Rusia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, un tanque invencible apodado "El tigre blanco" diezma completamente a todos aquellos que le hacen frente. Pero lo más asombroso del asunto es que, si bien causa estragos en las filas soviéticas, los nazis, igualmente sorprendidos, no lo manejan ni comprenden de dónde diablos salió. Pero el aspecto fantástico no se termina allí. El único ruso sobreviviente a este tanque "fantasma" es un tipo que, pese a haberse incinerado completamente de pies a cabeza, continúa vivo y se ha regenerado completamente, sin quedarle un rasguño en todo su cuerpo. Con un atípico abordaje histórico-realista, una alegoría descomunal.

The Imposter (Bart Layton). Reino Unido.
El tipo es un mitómano tan bueno, un profesional de la mentira tan eficiente que logró convencer a una familia de Texas de que él era su niño desaparecido, a pesar de ser siete años mayor que el susodicho, tener acento francés, ojos marrones y pelo oscuro. La propuesta documental desconcierta desde el primer minuto, está llevada con un ritmo endiablado, y la narración es demasiado inquietante. El acercamiento a perfiles psicológicos tan complejos –y no estoy hablando solamente del impostor, sino también de la familia que lo "adoptó"– conduce a reflexiones mayores sobre ciertas razas de gente, de las que todos conocemos algún ejemplar.

El pasado (Asghar Farhadi). Francia.
El gran Farhadi arremete una vez más con una película que, quizá no sea tan importante como La separación o About Elly, pero que está llevada con su maestría característica. Un reencuentro de un padre divorciado con su antigua familia empieza a destapar reproches y broncas guardadas, secretos ocultos y errores gravísimos. Pocos cineastas logran meterse en la cúspide de un conflicto con tal elocuencia, desplegando todas las razones, las implicancias, los miedos de los personajes enfocados, dotando de profunda humanidad a un cuadro complejo de esos que alguna vez toca enfrentar en la vida.

Nymphomaniac (Lars Von Trier) Dinamarca, Alemania, Bélgica, Reino Unido, Francia.
Von Trier vuelve a arremeter con otra película pretenciosa, deliberadamente provocativa, multirreferencial y trascendental. Y lo hace con dignidad. Nunca el director danés se pareció tanto a Bergman, con diálogos graves y recargados, ambientes hipnóticos y de ensueño y una profundidad conceptual envidiable. La historia que Joe le relata a Seligman está dotada de un atractivo constante, y supone el enfrentamiento moral entre una adicta al sexo y un hombre asexuado y virgen, una trotamundos experiente y un biblófilo desconectado. La que recomiendo es la versión completa, que dura 5 horas y media. No se asusten, está dividida en dos volúmenes, y se pasa volando (una temporada de serie les insume muchísimo más, no sean vagos...).

What We Do in the Shadows (Jemaine Clement, Taika Waititi). Nueva Zelanda.
Los geniales creadores de la serie Flight of the Concords dirigen y actúan en este desternillante mockumental. Una aproximación a la convivencia de cuatro vampiros en una casa, cada cual nacido en una época distinta (el mayor tiene 8 mil años) y con hábitos propios, que chocan con los de los demás. Pese a las discrepancias y a algunos enfrentamientos, el grupo debe asegurarse la supervivencia e integrarse a la noche de Wellington, aguzando sus armas de seducción, tratando de comprender los nuevos hábitos y confrontándose con los hombres lobos, eternos antagonistas que también merodean las calles.

Jîn (Reha Erdem). Turquía / Alemania.
Una muchacha kurda de 17 años, harta de un conflicto inacabable, desierta de la guerrilla e intenta retornar a su casa con su familia, pero es muy difícil esconderse y trasladarse entre pueblos, esquivando el fuego cruzado de ambos lados, las bombas y los militares turcos. Jin se las ingenia para sobrevivir a la intemperie, pero el entorno es hostil y seguramente el mayor de los peligros sea el propio ser humano. Muy bien filmada y agradable a los sentidos, de esas películas que suponen un acercamiento diferente a una situación insalubre de la que hoy ya ni siquiera nos llegan los titulares.

Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul). Suecia, Reino Unido.
Esa clase de documentales que cuentan historias increíbles, de las que uno no puede terminar de dar crédito. Un músico mexicano que grabó un par de discos a fines de los años sesenta en Detroit sin llegar a nada, se convirtió en un éxito masivo en Sudáfrica, en un símbolo de lucha contra el apartheid y en un referente ineludible para toda una generación. Pero el artista nunca se enteró de todo esto y, de hecho, nadie en Sudáfrica parecía saber nada de su vida ni de su paradero. Este documental durante su primera mitad es una búsqueda y una investigación, y luego se convierte en otra cosa, pero no pienso arruinarles la sorpresa.

Oculus (Mike Flanagan). Estados Unidos.
Un antiguo espejo esconde una fuerza ancestral maligna. La anécdota puede parecer manida y hasta irrisoria, pero en el cine a veces importa más el qué que el cómo. Y cómo asusta esta película. Ya es la decimocuarta de terror psicológico yanki de la temporada, con fenómenos paranormales, maldiciones familiares, casas amplias, demonios hostigadores, espíritus que aparecen al fondo y atrás de los protagonistas, puertas que se cierran, oscuridad y sobresaltos inesperados. Pero puta madre, qué bien que viene funcionando este género. Desde que Hollywood les "robó" la fórmula del miedo a los asiáticos, la viene plasmando de maravillas.

viernes, 5 de diciembre de 2014

29º Festival de Cine de Mar del Plata

Mar de películas 

 


Como Bafici, el Festival de Mar del Plata es uno de los más grandes referentes del cono sur. Cada vez más popular, con salas repletas, una programación que no podría ser más variada y situado en el centro de una ciudad atestada por el inicio de la temporada turística, el mega-evento ofrece al cinéfilo visitante una nutrida cantidad de actividades y posibilidades de someterse a una sustanciosa inmersión de celuloide. 

"Bienvenido al más peronista de los balnearios argentinos", me dijo un amigo porteño ante mi llegada a Mar del Plata, y pude corroborar que hay mucho de cierto en la afirmación; al parecer, Mar del Plata fue despojada, durante el primer gobierno de Perón, de su característica precedente de balneario para gente adinerada y comenzó a convertirse en una ciudad popular, un destino para el "turismo obrero". En marzo de 1954 el "General" mismo se jactaba de haber transformado la ciudad: "El 90 por ciento de los que vereanean en esta ciudad de maravilla son obreros y empleados de toda la patria". La cifra del 90 por ciento era desmedida, pero esta tendencia se afirmó y en el año 1973 existían en Mar del Plata 62 hoteles sindicales. Hoy, aún es visible que no se trata de un destino turístico para las élites, sobre todo por los precios, bajos incluso para quienes vienen desde Buenos Aires. La arquitectura llana e insulsa y playas poco atractivas para un uruguayo se compensan en parte por este otro lado: un kilo de tomates a once pesos argentinos, un almuerzo en un restaurante, con pan y bebida, a cincuenta pesos, una entrada de cine para el festival, veinte pesos (y aún menos para estudiantes y residentes). Una tachera de la zona me comenta: "los ricos se van a veranear a otra parte, los 'caretas' ni pasan por acá"; (al parecer el término del lunfardo se utiliza de un modo algo distinto a nuestro uso montevideano). 


La otra nutrición. A veces los festivales de cine dan, más por casualidad que por otra cosa, la oportunidad de contrastar miradas sobre una misma temática. La diversidad reunida a lo largo de varios días en pantallas permite reflexionar sobre asuntos que se repiten, dejando ver elementos en común que enriquecen la visión. Entre las múltiples temáticas que podrían resaltarse de esta edición, la niñez como etapa del aprendizaje estuvo presente en varios de los más sobresalientes y sensibles películas de la selección. La infancia es un período en que el individuo absorbe, como si fuera una esponja, todos los estímulos provenientes del mundo exterior, y entre los varios aspectos positivos o negativos que tienen un efecto permanente en las personas, por supuesto uno de los más significativos es la estabilidad social y económica; los niños no eligen el entorno en el que nacen, y su azarosa y arbitraria exposición al mundo depende de otra gente que elige por ellos (en el mejor de los casos) o que simplemente hacen lo que puede para garantizarse a sí mismos y a aquellos bajo su cuidado la estabilidad que permita la supervivencia. 
En el filme colombiano Gente de bien, Eric, un niño de diez años, sufre sucesivamente el abandono de su madre, de su padre e incluso de una familia que, de alguna manera lo "adopta" por un breve tiempo. Eric es un niño perfectamente sano, pero podemos ver cómo esos traumas afectan su personalidad, poniéndolo a la defensiva y volviéndolo agresivo de a ratos. Por si esto fuera poco, Eric comienza a experimentar por primera vez en su vida el impacto social; viviendo de paso junto a una familia de clase alta, comienza a ser gradualmente discriminado y excluido por su grupo de pares. Gente de bien muestra mejor que ninguna otra película la brecha social y ciertos choques ocurridos en la convivencia de personas de diferentes estratos, y expone brillantemente en toda su inmediatez la invisible pero ineluctable fobia hacia los pobres instalada en las clases pudientes, incluso entre aquellos que se jactan de ser gente progresista y solidaria. 
No menos impresionante, la película surcoreana Alive cuenta una historia terrible. El protagonista (interpretado por Park Jungbum, director de la película y ganador del premio Ástor de Plata a mejor actor) acaba de perder su vivienda por una inundación. El pago por su reciente y abnegado trabajo en una construcción le fue robado por un capataz que se dio a la fuga y, debiendo lidiar con la llegada del helado invierno, encuentra trabajo en una plantación de soja, en la provincia nevada y montañosa de Gangwon. A pesar de todos sus esfuerzos para asegurarle cierta estabilidad a su sobrina Ha-na, las circunstancias lo exceden constantemente: su hermana sufre serios problemas psiquiátricos, el dinero no le alcanza y hacerse la vida se vuelve extremadamente difícil. En un entorno de salvaje explotación la posibilidad de tener algo de paz o recreación son impensables, y la verdadera espina en esta película es pensar como una niña puede crecer y formarse en un lugar en el que impera una sangrienta competencia, donde la solidaridad entre trabajadores es inexistente y la violencia y el individualismo se han vuelto las dolorosas constantes. Las lecciones de piano en las que Ha-na se refugia parecen ser, a los ojos del escéptico espectador, absolutamente insuficientes para compensar tanto sufrimiento. 


En Le maraviglie (Ástor de Plata a mejor guión) el ambiente también parece un tanto inhóspito, aunque a otro nivel. Cuatro niñas deben enfrentar una vida rural, junto a un padre dominante y algo desequilibrado que se ha obsesionado con llevar una vida autónoma mediante un emprendimiento apicultor, en la región de Umbría, en la frontera con la Toscana. Gelsomina, de 12 años, se ha vuelto una figura clave en este negocio familiar, el engranaje básico que articula las diferentes partes del grupo. Pero además de a los dictámenes de su padre, afortunadamente la chica también se ve expuesta a varios signos de insatisfacción por parte de su entorno, palabras críticas dirigidas hacia su progenitor y sus ocurrencias por parte de su madre y otras personas. La multiplicidad de voces existente la ayudan a tomar conciencia y a dar también ciertas señales de rebeldía. Ya sea cuando deja una pregunta sin responder o desobedece una orden directa, queda la idea de que aún existe espacio para la esperanza. 
Ubicada en pleno conflicto kurdo-turco, Come to My Voice (Ganadora del Ástor de Oro a mejor película), comienza con una redada militar sobre una aldea kurda al este de Turquía, en la cual varios hombres son secuestrados y encarcelados. Desde entonces, seguimos la lucha de una niña pequeña por recuperar a su padre; junto a la compañía de su abuela emprende un largo viaje con el objetivo de encontrar una pistola para intercambiar por la libertad de su progenitor. Uno de los aspectos más llamativos de esta película es que el espectador ya sabe de antemano que aunque el arma sea encontrada, la liberación de su padre finalmente no tendrá nada que ver con esto. Aún así, el trayecto permite vislumbrar verdaderas señales de resistencia: el arte, la tradición oral, el aferrarse a un lenguaje y a una sabiduría ancestral. Incluso en las situaciones más inhóspitas las nuevas generaciones pueden verse provistas de un soporte cultural y emocional que les permita convertirse en seres humanos atentos y concientes; como en Le maraviglie, lo que llama la atención son la clase de estímulos que, aún en las situaciones más terribles, pueden salvar a un niño. 


Mar de muertos. Una de las secciones más interesantes del festival es “Hora cero”, en la que se ofrece una notable selección del más novedoso, divertido y desacatado cine de género producido en el mundo. Las proyecciones tienen lugar a medianoche (aunque las mismas películas se repiten luego en otros horarios) y se proyectan en el cine Ambassador 1, la sala más grande del circuito. Pese a su inmensa capacidad, las butacas suelen verse ocupadas en su totalidad por un ejército de cinéfilos desquiciados, por lo que conviene anticiparse a conseguir las entradas antes de que se agoten. Fue en esta sección que se proyectó la australiana Wyrmwood, una nueva vuelta de tuerca al cine de zombies, una delicia para los adeptos al subgénero y sobre todo para los que gustan de los mundos anárquicos posapocalípticos a lo Mad Max. Ante la infección y la amenaza zombie, el protagonista, un mecánico al que no le queda mucho que perder (tuvo que matar a sangre fría a su esposa y su hija recién infectadas), se reúne con otro grupo de sobrevivientes armados hasta los dientes para dar guerra a las alimañas. Uno de los aspectos más lúdicos y llamativos es que este equipo se cubre con máscaras de gas y armaduras muy aparatosas y hasta ridículas (ver foto), lo que acompañado con una poderosa música industrial, buen humor, una esmerada fotografía, sangre a raudales y una lógica interna provista de reglas propias, vuelven al planteo especialmente adictivo. Pero aún mejor es el desternillante falso-documental neozelandés What We Do in the Shadows, también proyectado en esta sección, en el que los protagonistas son cuatro vampiros que comparten una mansión, con todos los problemas de convivencia que ello implica. No lavar nunca los platos, llenar de sangre el sofá, tocar música a cualquier hora son algunos de los reproches cotidianos y entrecruzados de esta improvisada familia, de la cual cada integrante proviene de una época histórica distinta (el mayor tiene 8000 años de edad). Las cámaras siguen a estos vampiros en sus recorridas nocturnas en busca de víctimas, yendo a fiestas e intentando comprender las modas del mundo actual. Los geniales creadores de la serie Flight of the Conchords, plantean un entretenimiento de los mejores, en el que utilizan y revierten muchos de los clichés del género y los aterriza en la actualidad, planteando asimismo una crítica satírica sobre ciertos usos sociales contemporáneos. 
Pero una de las más grandes revelaciones que pudo ver este cronista en el festival fue el musical brasileño Sinfonia da necrópole (premio Fipresci a mejor película latinoamericana) de la brillante directora Juliana Rojas (Trabalhar cansa). Una historia sobre un muchacho que comienza a trabajar como enterrador en un cementerio de Sao Pablo. Ante la sobreabundancia de muertos y la falta de espacio, debe implementarse una suerte de replanificación en la necrópolis, de modo de reducir el espacio por muerto y convertir algunas secciones del cementerio en una suerte de "complejo habitacional" para difuntos, con tumbas compartidas también vendidas como tales, a costos inferiores y con planes de financiación. Con un notable humor, en clave de comedia (romántica de a ratos) y con números musicales a lo Jacques Demy que incluyen muertos salidos de sus tumbas y puestos a cantar y bailar, la película esconde un sutil pero sustancioso contenido alegórico. Temas como el progreso, la planificación urbana, la superpoblación en las grandes ciudades y sus consecuencias y la preservación de la memoria se encuentran sugeridos y reflejados con maestría, en una obra sumamente original, totalmente disfrutable y única en su especie. 

Publicado en Brecha el 5/12/2014

jueves, 16 de febrero de 2012

El cine de Nuri Bilge Ceylan y Tres monos (Three monkeys, 2008)

Turca lucidez

Nuri Bilge Ceylan es uno de los nuevos cineastas mimados por los festivales internacionales: entre las carradas de galardones que cosechó cada una de sus películas, Uzak (Lejano) (2002) se llevó el Gran premio del jurado en Cannes y Premio Fipresci en San Sebastián como mejor película del año en todo el mundo. Climas (2006) llevó premio Fipresci en Cannes, Tres monos le dio a Ceylan el premio a mejor director en Cannes 2008, y su última película Once upon a time in Anatolia (2011) llevó –otra vez- el Gran premio del jurado en Cannes. Los entusiasmos festivaleros y críticos con respecto a cineastas europeos pueden despertar dudas, pero en este caso, el talento del director y la solidez de su obra parecen justificarlos plenamente.
El mundo de Bilge Ceylan es uno de atmósferas recargadas, ambientes silenciosos y personajes reservados. Los semblantes graves y serios revelan pesadez existencial, dificultades comunicativas y una profunda tristeza. Si bien sus planos son mayoritariamente detenidos y largos y sus películas esencialmente lentas, el director se las ingenia para convertir la notable fotografía con cámara digital, el meticuloso sonido ambiente y los rostros de sus cansinos personajes en un paisaje envolvente, gratificante. Su capacidad de sugerencia, su método de ir directamente al grano sin introducciones ni revelaciones prematuras, su habilidad para dar presencia a sus actores no profesionales y sus anécdotas simples y melodramáticas aunque dotadas de una profundidad extraordinaria lo convierten en un cineasta de primer orden. Ceylan, meticuloso, está detrás de todos los detalles de la producción cinematográfica, incluidos los rubros técnicos: “Creo que un director debería saber muchas cosas, especialmente los aspectos técnicos, de otra manera te vuelves esclavo de los técnicos. Si conocés estos aspectos podrás comunicarte con ellos y dirigirlos mucho mejor.” Ceylan reconoce como referentes a Tarkovskii, –aunque sus películas no son tan lentas ni largas- Bergman, –aunque mucho menos dialogado- Antonioni, –pero con anécdotas más llamativas-, Bresson, –pero con una elegante y estilizada fotografía- y Ozu –pero con cierta distancia respecto a sus personajes-.

En Tres monos, un mortal accidente automovilístico es el detonante inicial. La acción transcurre en plena campaña electoral, antes de la reelección del 2007 del partido islamista turco. El responsable del accidente, un importante político, le pide a su chofer que acepte una considerable suma de dinero a cambio de declararse culpable. Su familia seguiría cobrando el salario mientras él cumple una condena que, le asegura, a lo sumo durará un año. El chofer acepta el trato pero, tras su ausencia, en su familia las cosas comienzan a resquebrajarse. Su decisión pesa inmensamente sobre su desesperada mujer y su resentido hijo.
Ceylán ha dicho que “la mayoría de los melodramas describen situaciones imposibles, que se vuelven aceptables si se tratan de forma realista”. Así, la anécdota de Tres monos se vuelve creíble gracias a la formidable impronta del director. Los diálogos son escasos y casuales, más bien desconectados de las verdades que abruman y del eje temático. Se genera así un clima de silenciosa neurosis, cortado bruscamente por arrebatos de violencia familiar. La cromatización de la imagen, derivada principalmente hacia verdes y amarillos, da con el tono enfermizo justo. El título, por su parte, refiere a la conocida imagen de los tres monos que se tapan respectivamente los ojos, los oídos y la boca, y que no serían otros que los integrantes de la familia: el hijo que finge no haber visto a su madre en adulterio, el padre que pretende no haber oído la voz de su jefe al teléfono, la madre que oculta su verdad. Pero refiere también a ese vicio social tan extendido de callar las cosas, de no querer oír ni ver los abusos de poder, las injusticias de género, las cotidianeidades abyectas.

Publicado en Brecha el 10/2/2012

domingo, 22 de noviembre de 2009

Las mejores películas (XII)

A veces me pongo un poco jodido y cierto es que esta selección salió un poquito tétrica. Aunque muy serias todas ellas, son películas muy entretenidas y/o llamativas. Consigan, descarguen, vean, no se van a arrepentir.

Historias extraordinarias de Mariano Llinás (Argentina)
No hay que asustarse por las cuatro horas que dura. La nueva película de Llinás merece todos los elogios que recibió, y atrapa desde sus primeros tramos, al punto que se vuelve imposible dejarla. Y demuestra que no se necesita demasiado para hacer una gran película, nada más tener muchas ganas de contar cosas y los huevos necesarios como para salir con una cámara al cruce, con arrojo y espíritu aventurero.

Surveillance de Jennifer Lynch (Estados Unidos/Alemania)
La hija de David Lynch está tan loca como su padre. Y se manda una película enérgica y sangrienta, que puede recordar al Lynch más clásico y de género, tipo Terciopelo azul o Corazón salvaje. En una carretera desértica un asesinato múltiple involucra a la policía abusiva y corrupta, a un par de yonkis y a una familia que estaba de paso. Un par de agentes del FBI llega para poner orden al cuadro, con giros inesperados.

Breathless de Yang Ik-Joon (Corea del Sur)
Película surcoreana típica, sobre mafioso violentísimo e intratable que trabaja cobrando deudas, amenazando y hostigando a la gente. En determinado momento conoce a una adolescente maltratada que, increíblemente, no se intimida con su presencia. Es verdad que ya vimos la misma fórmula muchas veces, pero estos surcoreanos sí que saben atraer, sorprender e impactar.

La rabia de Albertina Carri (Argentina / Países Bajos)
En un registro parecido al de Lucrecia Martel, Carri se aproxima a una familia rural, en la pampa argentina. Pero aquí estamos ante un cuadro mucho más violento que decadente, perturbador antes que atractivo. Los insertos de animación ilustran notablemente la infancia resquebrajada, y los miedos campestres que se cierran sobre una mente atribulada.

Los abrazos rotos de Pedro Almodóvar (España)
Otra vez Almodóvar se pone serio y grave, con otra película impactante. Un guionista ciego vive convertido en su seudónimo, ya que tiene un traumático pasado escondido que no pudo sobrellevar. Luego de muchos años comienza a confesarse con el hijo de su antigua y fiel directora de producción, destapando fatalidades.

La huérfana de Jaume Collet-Serra (Estados Unidos/Canadá/Alemania/Francia)
Por alguna razón que no logro comprender del todo bien, La huérfana no es una película que le haya gustado a demasiada gente. Se puede decir que atrae al 50% del público, y que el otro 50 la detesta. Me sitúo entre los que la disfrutaron plenamente. Una peli de terror que mantiene la tensión y el enigma con tanta constancia es ciertamente loable.

Three monkeys de Nuri Bilge Ceylan (Turquía/Francia/Italia)
Los tres integrantes de una familia turca son unos desgraciados que por tomar decisiones equivocadas caen en una situación turbulenta y asfixiante. Un drama lento pero intenso, donde el director Bilce Ceylan se permite hablar de una realidad social, de violencia doméstica y de las injusticias de género que surcan occidente de lado a lado.

Red cliff II de John Woo (China)
Claro que la segunda parte no puede verse sin haber visto antes la primera, pero prefiero recomendar sólo la segunda, porque la anterior no tiene mucha gracia y algunas de sus escenas son francamente impresentables. Pero supongo que igual vale la pena el sacrificio, porque ésta tiene un desenlace épico muy potente. ¡Que viva el emperador y los pueblos unificados!

Camino de Javier Fesser (España)
El gran Javier Fesser (El milagro de P. Tinto, Mortadelo y Filemón) parece haber cambiado totalmente de registro. Camino es quizá la película más rabiosamente anticlerical que pueda recordar. Basada en una historia real, se muestra a una familia del opus dei cuya hija adolescente contrae una atípica enfermedad terminal, que la tortura con dolores constantes. La peli es durísima pero también bella y muy emotiva.

Anticristo de Lars Von Trier (Dinamarca/Alemania/Francia/Suecia/Italia/Polonia)
Todavía no estoy seguro de si me gusta mucho esta película. Como nunca antes se le nota demasiado la hilacha a Von Trier, se hace demasiado evidente que al hombre le gusta ser un enfant terrible y provocar algunas viejas. Pero también es cierto que filma que da miedo, dice cosas interesantes, y enciende unas cuantas broncas. Brindo por ello.

viernes, 17 de julio de 2009

Las mejores películas (X)

En esta selección puede verse reflejada la sobredosis bollywoodense que me estoy dando. Mi adicción va in crescendo, y por ejemplo no hay quien me quite de la cabeza que Shahrukh Khan es el mejor actor de la actualidad. Fuera de eso, dramas europeos brutales, el ingrediente amarillo indispensable en estas listas, una local y un par de clásicos. Hay que verlas, qué cuernos.

Om shanti om de Farah Khan (India)
Un taquillazo merecido, un desborde de vitalidad y energía, de esos que dan ganas de levantarse de la butaca y ponerse a bailar. Parodia a la industria bollywoodense, historia de reencarnaciones y venganza, tortuoso romance con desenlace shakespeariano. Puede chocar un poco al comienzo, pero superado el empalagamiento inicial se convierte en algo adictivo.
El silencio de Lorna de los Dardenne (Belgica, Francia, Italia, Alemania)
Otra vez los Dardenne transitando terrenos escabrosos. El comercio de nacionalidades coloca a una joven albanesa en una situación espeluznante, que le dejará impensadas secuelas psicológicas. Una suma de escenas incómodas y giros desconcertantes, filmados con la inigualable maestría de los directores belgas.
Lagaan de Ashutosh Gowariker (India)
Durante la ocupación inglesa, los habitantes de un pueblo asediado por la sequía se niegan a pagar el abusivo impuesto de cosecha de lagaan que exige un oficial británico zonal. Las partes llegan a un acuerdo: si los habitantes de la aldea logran ganarle al cricket a un equipo inglés son eximidos del pago, pero si pierden deben pagar el triple. Un grandísimo espectáculo que respira un aire de libertad y clasicismo semejante al del mismísimo John Ford.

Don
de Farhan Akhtar (India)
Narcotraficante violento e inescrupuloso cae en manos de su archienemigo de narcóticos, quien pone en su lugar a un doble idéntico para infiltrarse y desmantelar su cártel. Un divertido thriller policial con mucha acción, vueltas de tuerca que no se las espera nadie y la presencia impagable de Shahrukh Khan en un doble papel. Tiene un par de bailes callejeros que son lo máximo.
The edge of heaven de Fatih Akin (Alemania, Turquía, Italia)
Desencuentros varios entre turcos y alemanes, que circulan por ambos países. Vital, entretenida y trágica, una peli que da cuentas de varias situaciones sociales al mismo tiempo. El turco Fatih Akin, el mismo que hizo aquella Contra la pared se confirma como un buen director a tener en cuenta. No hay que perderlo de vista.
Mad detective de Johnny To y Wai Ka-Fai (Hong Kong)
El detective retirado del título está maaal de la cabeza. Y tiene poderes. Luego de un tiempo sin ejercer, se vuelven a requerir sus servicios para que haga frente a un complicado caso de dos policías y una pistola, en misteriosas circunstancias. Johnny To vuelve a las tramas policiales, con una historia que te vuelve incondicional desde el primer minuto.
Gigante de Adrián Biniez (Uruguay)
Es increíble, pero creo que es la primera vez que recomiendo una película uruguaya en este sitio. Una historia llana y sencilla, abordada con particular sensibilidad, sobre un guardia de seguridad que se enamora de una cajera de supermercado. O un voyeur que aspira a dejar de serlo. Creo que los uruguayos quedan mucho mejor representados en 25 Watts o en esta peli que en Whisky, por ejemplo.
Chocolate de Prachya Pinkaew (Tailandia)
Una de artes marciales, y en ese registro tan corpóreo y bestia del muay-thai. La actriz Jee-ja Yanin es un hallazgo total, tenía veinticuatro años cuando filmó la peli, pero parece que tuviera catorce. Y la historia no está mal, hay buenos personajes y hasta un guión que engancha, algo insólito para el género.
The shop around the corner de Ernst Lubitsch (Estados Unidos, 1940)
Una simple historia romántica se convirtió en obra maestra gracias a la sensibilidad y a la notable orquestación de uno de los más grandes directores de comedias jamás. Personajes maravillosos, el ritmo perfecto, una trama de enredos con las dosis debidas de injusticias y malos entendidos, más algún apunte social solapado. Como dice el amigo Josep, una peli de esas que ya no se hacen.

Les anges du peché de Robert Bresson (Francia, 1943)
Me quedaba por ver esta peli del maestro, y no me defraudó en absoluto. Una monja de un convento se ve fuertemente atraída por una convicta irredimible. Todas las obsesiones de Bresson ya estaban acá contenidas, en especial la exploración del mal, del sacrificio y las inescrutables decisiones divinas.