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sábado, 28 de marzo de 2020

12 películas de virus, caos y apocalipsis

El peligro es el hombre

Calles y ciudades vacías, virus impredecibles y de alta mutabilidad, cuarentenas, supermercados arrasados, acopio de alimentos y víveres, aislamiento, paranoia y terror al desconocido son algunas de las imágenes que remiten a un imaginario compartido por todos y alimentado continuamente por el cine. Las plagas masivas, el apocalipsis y los muertos resucitados que eran difundidos a través de La Biblia calaron hondo, y cineastas de todo el mundo han aportado, en los últimos años, ideas e imágenes inolvidables al respecto. 


La realidad supera la ficción, y la mayoría de las veces lo hace en términos poco cinematográficos. Nada podría ser menos espectacular que un virus cuya tasa de mortalidad es de apenas un par de puntos porcentuales, que una inconmensurable cantidad de personas aisladas en su casa mirando televisión, o que hospitales atestados por hipocondríacos preocupados por picaduras de mosquitos. El cine ha sabido tomar miedos atávicos e inherentes al ser humano y magnificarlos, incomodando, perturbando o simplemente horrorizando a las audiencias, las que se han llevado a sus casas imágenes grabadas a fuego. La situación actual es una excusa para recomendar un buen puñado de películas; un recorrido a través de doce momentos icónicos que nos recuerdan lo hondo que suelen calar las imágenes apocalípticas del séptimo arte, y su capacidad de inquietarnos. 

REC (Jaume Bagaleró, Paco Plaza, 2007)


Una movilera del programa “Mientras usted duerme” entra, junto al camarógrafo y un equipo de bomberos, a un edificio de apartamentos de los suburbios de Barcelona, del cual recibieron una extraña llamada de auxilio. Poco demorarán en encontrarse con un brote zombie, y con que la policía local y el ejército sellaron todas las salidas del edificio, recluyendo a los protagonistas a una cuarentena forzosa, junto a los imbatibles muertos-vivos. Se trata de una película terrorífica, en la cual la ambición de la protagonista por el sensacionalismo mediático la termina conduciendo a un infierno inimaginable. 

Train to Busan (Yeon Sang-ho, 2016)


Es una de las mejores películas del subgénero de los últimos años, en la que una multitud de militares zombies comienza a atacar a la gente en una estación de tren. Un horror inusitado que tiene un gran peso simbólico para un país que atravesó una dictadura de casi treinta años. Tanto en esta película como en RECs, quienes supuestamente deben proteger al pueblo, acaban volviéndose contra él; los zombies, emisarios del brote viral cinematográfico y apocalíptico por excelencia, extienden la plaga con una voracidad implacable.  

It Follows (David Robert Mitchell, 2014)


Una película que resignificó el concepto del zombie, “no piensa, no siente, te sigue” adelanta desde su trailer. La idea de que un ser que puede estar en cualquier parte, y que comienza a caminar en la dirección de su víctima, avanzando lentamente pero sin nunca detenerse hasta llegar indefectiblemente hasta ella, es perturbadora como pocas. La maldición del “caminante” es contagiada por transmisión sexual, por lo que se vincula con el miedo a las enfermedades venéreas y al pecado de la lujuria. Pero no deja de ser interesante la idea de que no hay forma de ponerse a salvo, escondiéndose o recluyéndose, ya que, como un virus irrefrenable, la amenaza eventualmente te alcanzará de una forma u otra. 

La amenaza de Andrómeda (Robert Wise, 1971)


Un equipo de científicos, escrupulosamente vestidos con trajes aislantes y escafandras, investiga un extraño germen letal con alto poder de adaptación y mutación, que logra incluso escapar de su contención al aprender a degradar químicamente el caucho sintético y el plástico. La idea de que el microorganismo prospere y se convierta en una enorme colonia de gérmenes se convierte en una amenaza temible, que lleva a una paranoia constante al poner en riesgo a la totalidad de la raza humana.  Todo un clásico, y de los mayores exponentes del subgénero de “virus asesinos”. 

Ceguera (Fernando Meirelles, 2008)


Por misteriosas circunstancias, todas las personas comienzan a perder la vista, provocando el colapso inmediato de la sociedad. Los seres humanos pasan a ser invidentes, con la única excepción de la protagonista (Julianne Moore), quien conserva sus facultades. La película presenta una situación terrible por donde se la vea, con multitudes hambrientas en las calles que no pueden valerse por sí mismas y, entre todos ellos, la privilegiada protagonista que “abastece” a un reducido grupo de personas, elegido prácticamente al azar. Una escena crucial en un supermercado saqueado y prácticamente desmantelado por la multitud coloca a la protagonista en una situación desesperante, por la que intenta conseguir víveres caminando cerca de ellos, sin hacer ruido.  

The Road (John Hillcoat, 2009)


Esta brillante película explaya otro contexto crítico, en el cual el mundo ya ha perdido su vegetación, convirtiéndose en una tierra agreste, yerma y devastada, por lo que el protagonista (Viggo Mortensen) y su hijo deben ingeniárselas para sobrevivir a pandillas de caníbales que saquean, violan y matan a todos los que encuentran a su paso. Se trata de una gran metáfora sobre el individualismo y sobre ser fiel a ciertos principios (los protagonistas se niegan a comer carne humana), aún cuando todos optan por ir en la dirección opuesta. 

The Survivalist (Stephen Fingleton, 2015)


Igual de extrema en su nihilismo y en plantear un nuevo orden radicalmente individualista es este excelente aunque casi desconocido filme británico, en el que un hombre vive pertrechado y aislado en una granja, a resguardo de la amenaza de otros seres humanos, y siempre listo para dispararle a cualquiera que se asome a su territorio para saquear su huerta. Cuando dos mujeres, madre e hija, llegan a sus dominios, el mundo se le pone de revés: sabe que no puede confiar en ellas ni alimentarlas, pero ansía como pocas cosas el contacto con otros seres humanos. Si dos o tres días de aislamiento pueden llegar a ser dañinos para el hombre, aún más lo es un tiempo indefinido en un mundo deshabitado y hostil. 

Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007)


Mucho más light es el futuro aquí presentado, con un canchero protagonista (Will Smith) que se las ingenia para acribillar escrupulosamente a sus enemigos zombies y a sobrevivir junto a su perro en medio de una New York desierta. Lo mejor de la película es ese escenario urbano tomado por la naturaleza, con la vegetación creciendo entre el asfalto y los edificios. 

Wall-E (Andrew Stanton, 2008)


Una de las películas más bellas que nos ha obsequiado Pixar. Ya no quedan humanos en el mundo, y el único ser (¿vivo?) sobre la tierra es el robot del título, quien habiendo pasado 700 años limpiando los despojos de un mundo posapocalíptico cubierto de basura, subsiste gracias a la energía solar y quitándole piezas a los cadáveres de otros robots. Pero lo cierto es que más adelante veremos que todavía existen humanos, vagando sin rumbo a través del espacio. Una colonia de obesos que ha perdido su capacidad de caminar o trasladarse sin uso de la tecnología, que parecieran haberse atrofiado en muchos sentidos, incluyendo su capacidad crítica. La excelencia de la compañía de animación se hace presente en múltiples detalles, pero especialmente en la humanidad de los dos protagonistas, desbordantes de simpatía. 

12 monos (Terry Gilliam, 1995)


Otro título ineludible, quizá la visión futurista más demencial plasmada en pantalla. Un virus funesto eliminó a los seres humanos, obligándolos a refugiarse bajo tierra. En la superficie, los animales dominan, y un convicto peligroso (Bruce Willis) es uno de los encargados de conseguir muestras de la superficie, así como de embarcarse en un viaje al pasado, en el cual su cordura es puesta a prueba. Uno de los escenarios más logrados e impactantes es el celdario futurista subterráneo, en el que los reclusos son confinados en jaulas en las que a duras penas caben. 

Snowpiercer (Bong Joon-ho, 2013)


Otro prodigio de imaginación es el aquí plasmado: un tren viaja sin jamás detenerse a través de un mundo congelado e inhabitable. En la parte trasera malviven los trabajadores, desarrapados y sucios, mientras en los vagones delanteros se acomodan las inmaculadas clases altas. En este contexto, una rebelión se vuelve necesaria y urgente, y el protagonista (Chris Evans) se aboca a liderarla. Si bien la película subraya su metáfora sin disimulo alguno, se trata de una muestra más de la maestría en cuanto a ritmo y puesta en escena del oscarizado director surcoreano. 

La princesa Mononoke (Hayao Miyazaki, 1997)


Parece una intrusa en esta selección, pero no lo es: cabe recordar que en esta obra maestra los dioses del bosque son atacados por los excesos de la industrialización. La tala indiscriminada de árboles y los desechos de una población llevan a que, como reacción, ocurran sucesos alarmantes: extrañas y nuevas especies salvajes, estampidas de jabalíes gigantes, manchas oscuras que se expanden temiblemente. Es curioso cómo el cine viene señalando desde hace muchísimo tiempo de los peligros del extractivismo y sus consecuencias, de las nefastas repercusiones provocadas por la destrucción de ecosistemas y de ocasionar desequilibrios naturales, con consecuencias que suelen ser funestas para el ser humano. Al parecer, poco hemos aprendido. 


Publicado en Brecha el 20/3/2020

viernes, 31 de enero de 2020

Parásitos (Parasite, Bong Joon-ho, 2018)

Las clases sociales en la mira 


Esta película obtuvo seis nominaciones a los óscar, pero no justamente en categorías menores: mejor película, mejor película extranjera, mejor dirección, mejor guion original, mejor montaje, mejor dirección artística. Cartón prácticamente lleno en los rubros clave de la creación cinematográfica. El hecho de competir como visitante es, además, especialmente meritorio, considerando que, con suerte, una sola película extranjera (léase, de cualquier parte del mundo exceptuando Estados Unidos) logra semejante privilegio cada año. 2019 fue el año de Roma, ahora le tocó el turno a Parásitos

Inspirada levemente en experiencias personales del mismo director-guionista Bong Joon-ho –cuando estudiante obtuvo un trabajo como tutor de un niño, en una lujosa mansión–, la trama se centra en una familia humilde, cuyos miembros se desempeñan en trabajos temporales y mal remunerados. Cuando se les presenta una oportuna ocasión, comienzan a urdir estratagemas para comenzar a trabajar en la casa de una familia acaudalada. Así, se las ingenian para presentarse sutilmente como los indicados para satisfacer necesidades específicas, en ocasiones boicoteando a algunos de los trabajadores que allí trabajan. Su integración “parasitaria” comienza a ser creciente y así, de malvivir en un sótano que se inunda cuando llueve, pasan a “convivir” junto a una sofisticada familia burguesa. 

A pesar de que los invasores utilizan medios poco éticos para sus objetivos, es inevitable tomar partido por ellos, ya que, en contraste, parecen más merecedores de un desenlace positivo. Los dos mundos entran en conflicto, y por oposición, se despliega una notable radiografía social, en la que los resentimientos, las fobias, los estigmas, las ambiciones y demás sentimientos suscitados por las desigualdades son notablemente explorados. Asimismo, al igual que en brillantes películas como El sirviente, La nana, Los dueños o Gente de bien, esa transgresión por la cual los trabajadores atraviesan los difusos umbrales de lo permitido (quizá sentarse en el sillón del patrón pueda ser interpretado como una falta terrible) es notablemente explotada, generando grandes momentos de incomodidad, pero asimismo llamando a una reflexión al respecto. En el mundo capitalista actual, es sumamente improbable que dos familias de este porte se crucen en un mismo espacio físico, a no ser que los unos trabajen para los otros, o que, de algún modo, las clases medias empobrecidas encuentren la forma de burlar o “hackear” el sistema: de la misma manera en que la familia humilde se las ingenia para robar señal de wifi, se ve cómo sólo con argucias pueden acceder a sitios totalmente vedados. El ascenso social parece imposible, y la creciente agudización de la brecha social genera la existencia de rígidas “castas”, y un creciente desprecio hacia los estratos inferiores. 


La palabra “parásito” tiene una interesante acepción: refiere justamente a una “persona que vive a costa de otra persona o de la sociedad”. De a poco, la película exhibe sutilmente que, lejos de lo evidente, los parásitos referidos en el título podrían no ser necesariamente los invasores, sino los mismos integrantes de la familia rica. En la obra de Bong siempre estuvieron presentes los temas económicos y sociales, pero el director nunca antes se había detenido con tanto acierto y sentido del humor en las abismales diferencias que se viven en el mundo y en particular su país, Corea del Sur. Los imperios empresariales o “chaebol” dominan la economía de la península desde hace décadas, y varios cineastas (como Lee Chang-dong, en su insuperable Burning) han reflejado recientemente en su cine la presencia de nuevos, excéntricos y poderosos millonarios, proclives a las excentricidades y al consumo de artículos de lujo.

Publicado en Brecha el 24/1/2020

Las películas de Bong Joon-ho

Y pisa fuerte 

Parásitos ha llegado tan lejos como ninguna otra película surcoreana. Como si la palma de oro, máximo galardón del festival de Cannes, no hubiese sido suficiente, el 13 de enero fue nominada también a seis óscars. El gran reconocimiento es merecido: su director, Bong Joon-ho, es uno de los grandes cineastas del siglo XXI, un realizador que desde hace veinte años viene generando un cine novedoso, incómodo, y sorprendentemente divertido. 


Si bien para muchos el director asiático puede parecer un recién llegado, lo cierto es que es una auténtica celebridad desde hace bastante tiempo. Memories of Murder (2003), su verdadera obra maestra, ya en su momento fue un gran suceso popular en su país, y atravesó medio mundo en un estimable circuito de festivales, arrasando con docenas de premios, además de ser aclamada por la crítica internacional y de convertirse inmediatamente en una obra de culto. Luego, The Host (2006), su siguiente largometraje fue, a la fecha de su estreno, la película surcoreana más taquillera de todos los tiempos. Desde entonces, sus películas son estrenadas en los más prestigiosos festivales del mundo (Cannes, Berlin, etc); The Host, Snowpiercer y Parásitos, fueron taquillazos que superaron los 10 millones de espectadores cada una. 

Como Quentin Tarantino, Bong Joon-ho es uno de los pocos directores que logran ganarse tanto la aprobación de la crítica como del público. Esto seguramente se deba a que supo amalgamar el más popular cine de géneros con temáticas profundas, y que logró que en sus relatos se entrecrucen notablemente la comedia con el thriller, el humor más físico con una incomodidad dramática típica del cine surcoreano. Varias de sus películas se inscriben en el terreno de la fantasía, pero alcanzando puntas melodramáticas inesperadas: por más que esté contando historias de monstruos, de cerdos gigantes, o de un tren que da vueltas alrededor del mundo en una tierra helada y posapocalíptica, como espectadores nos vemos en la necesidad de tomarlas en serio. Bong sabe vender la idea de universo cerrado y coherente, de realismo, de verosimilitud, y los artificios en este sentido están tan finamente integrados que la suspensión de la incredulidad se vuelve total: con historias atractivas, ritmos trepidantes y personajes sumamente sólidos, sus películas llevan, como pocas otras, a una adhesión sistemática. 


En su primer largometraje, Barking Dogs Never Bite (2000), Bong ya exhibía varios de sus rasgos autorales: una notable dirección de actores (aquí trabajaba por primera vez con la brillante Doona Bae), un humor negro muy efectivo, y la oscilación constante entre el drama y la comedia. La acción transcurría en torno a un edificio de apartamentos poblado de excéntricos personajes. Quizá lo más sorprendente es que, tratándose de un debut, Bong haya contrabandeado gags desopilantes en escenas de sobria tensión, algo que sólo un gran conocedor del lenguaje audiovisual podría hacer sin caer en el ridículo. La trama se centra en un profesor desempleado que está harto de los ladridos de los perros vecinos, y que se decide a secuestrarlos, con consecuencias inusitadas. Una película ideal para horrorizar a los amantes de los animales, aunque en los créditos se aclare que ninguno de ellos fue lastimado durante el rodaje. A pesar de ser sólida y sumamente entretenida, probablemente Barking Dogs… sea la menor de su filmografía, y el director ha señalado que, en aquella ocasión, tuvo que renunciar al corte final y ceder a las presiones de los productores, una mala experiencia que, por fortuna, no se ha vuelto a repetir. 


Memories of Murder comienza como un policial negro cualquiera: una serie de crímenes truculentos tienen lugar en un pueblo rural y un par de detectives se abocan al caso. Pero en seguida comienzan las singularidades y se impone una ambientación político-social: la acción tiene lugar en 1986, aún plena dictadura militar, y entre los métodos de “investigación” se encuentran los interrogatorios con tortura, o el “plantar” pruebas en las escenas del crimen. Cuando un detective enviado expresamente de Seúl se incorpora para resolver al caso, se encuentra con que todo lo que se pudo haber hecho mal, se hizo mal, e intenta dar con el asesino con rigor y métodos civilizados. Aquí Bong traicionaba todas las expectativas de género (siguen spoilers), ya que la ausencia de pistas, la desesperación por alcanzar una resolución y el empecinamiento en dar con un responsable lleva a que los detectives acaben “inventando” respuestas que encajan con los resultados que precisan; y por más que se esfuerzan, el homicida nunca es descubierto. En ese proceso, lo que acaba siendo central es el creciente camino hacia la corrupción, y la transformación del protagonista en un personaje sumamente cuestionable. 


Para The Host, Bong contó con un brillante equipo de animadores y expertos en diseño, animatronics y CGI, logrando uno de los monstruos gigantes más impresionantes (y desagradables) que se hayan podido ver en el cine. Los toros de las corridas en España fueron la inspiración principal para crear los movimientos de un engendro desbocado que arrasa con la ciudad de Seúl. Producto de que una división militar arrojase desechos tóxicos y mutágenos al río Han (siguen spoilers), este monstruo puede ser leído como una gran metáfora del terrorismo, creado y retroalimentado por el mismo gobierno que, para combatirlo, implementa medidas que empeoran la situación. Como para romper con todas las expectativas del público, la niña protagonista acaba falleciendo, en un desenlace inusual como pocos. 


Su siguiente película, Mother (2009) también comienza como un thriller tradicional. Hay también un asesinato, y el hijo de la protagonista, un muchacho con cierto retraso mental, es injustamente acusado. Su madre dará vuelta cielo y tierra para probar la inocencia de su hijo; lo sorprendente aquí (siguen spoilers) es que, en esta lucha infatigable por proteger la familia, –que sería presentada como un valor encomiable en cualquier thriller de Hollywood– se termina revelando una sobreprotección sumamente enfermiza y con consecuencias funestas. Y Bong continúa revirtiendo los parámetros del cine negro: mientras que en otras películas nos presentarían desde el comienzo a un personaje desagradable y cuestionable, enfatizando tales características negativas, esta película nos presenta a la protagonista como una señora apacible, amable y abnegada que llama a la empatía, hasta que ese otro perfil sale a la luz. 


Snowpiercer (2013) es una de esas películas cuya metáfora es evidente y hasta parece subrayada. Se trata de un thriller de ciencia ficción posapocalíptica, en el cual los esclavizados y harapientos trabajadores de los vagones traseros de un tren se amotinan y revelan contra las acomodadas secciones delanteras. A pesar de la obviedad en la referencia social, se trata de una película endemoniadamente entretenida, con grandes escenas de acción, personajes notables (Tilda Swinton y el actor fetiche de Bong, Song Kan-ho encarnan personajes extrambóticos y delirantes) y un micro-universo alucinante. Según ha contado Bong en reiteradas ocasiones, The Weinstein Company obtuvo los derechos para la distribución de la película, y en esa ocasión debió enfrentarse con Harvey Weinstein (el productor acusado por más de 80 delitos sexuales) para que no le recortara escenas clave. Justamente a Weinstein lo apodaban “manos de tijera” por su tendencia a destrozar películas; Bong relata que “visité sus oficinas y allí había gente trabajando en varias salas de edición. En una vi cómo troceaban The grandmaster, de Wong Kar-Wai, y pensé: si hacen eso con un genio, ¡qué no harán con mi película!”. Por fortuna, Bong había aprendido de su primera mala experiencia con Barking Dogs…, pudo ganar la pulseada, y se respetó su corte final. 


Para la escritura del libreto de Okja (2017), el director hizo una investigación sobre los mataderos; luego de ver un sinfín de horrendos documentales, decidió visitar en persona uno en Colorado, Estados Unidos, lo cual fue para él una experiencia tan desagradable que lo llevó a dejar de comer carne por un buen tiempo. Y la vivencia se encuentra notablemente recreada en la historia de una cerda gigante genéticamente creada por una multinacional para ser convertida en alimento. No conviene dejarse engañar por la apariencia “infantil” de la película, porque su visionado puede sufrirse como una certera patada en la boca del estómago. Ha trascendido que varios espectadores han dejado de comer carne luego de ver la película; Bong señaló al respecto que no era esa su intención, sino simplemente denunciar los métodos de producción industrial de los frigoríficos. 

Hoy Bong parece haber alcanzado ya su punto más alto de popularidad, y se encuentra en la mira de productores de todo el mundo. Actualmente se está negociando una adaptación televisiva de Parásitos para la HBO y el director ya tiene en miras dos proyectos: una película coreana de terror y un drama en inglés. Consultado sobre si le gustaría dirigir una película de superhéroes, su respuesta fue peculiarmente llamativa: “Tengo un problema personal, respeto la creatividad que se usa en las películas de superhéroes, pero en la vida real y en las películas, no soporto que la gente use ropa ajustada. Nunca usaré algo así y sólo ver a alguien con ropa ajustada me resulta mentalmente difícil. No sé dónde mirar y me siento sofocado”.

Publicado en Brecha el 24/1/2020

martes, 6 de mayo de 2014

Las mejores películas (XXIII)

Esta selección viene condimentada con mucho gore, asunto curioso, visto que no hay ni una película aquí que pueda encasillarse dentro del género del terror. Ahora, considerando lo sanguinolienta que quedó, le recomiendo a la gente sensible o que se asesore con una segunda opinión o que busque recomendaciones en otro blog; que por acá no nos andamos con mariconadas. 

A touch of sin de Jia Zhang-ke (China)
¿Qué pasa si cruzamos al Kitano más violento con el Jia Zhang-ke más comprometido? La respuesta es esta película, una de las más demoledoras representaciones de la China actual, un fresco que pone en evidencia sus mayores contradicciones, sus insufribles trasfondos, la cara más sórdida de la más desacatada industrialización, del "progreso" a marchas forzadas y del alzamiento de una megapotencia a costa de mucha miseria humana. A mi parecer, la película del año, y otra insuperable obra maestra de uno de los más grandes cineastas que tenemos la suerte de seguir en vida.

Gloria de Sebastián Lelio (Chile, España)
Que el cine chileno viene en alza no es novedad para nadie, pero realmente quedé impactado con esta película. La Gloria del título es una mujer de 58 años, solitaria, con hijos ya mayores y divorciada. Por las noches, las fiestas, el baile y la bebida parecen ser una fuente de entusiasmo y quizá, la forma de entrar en contacto con algún pretendiente. En estas vueltas, conoce a un señor con el que podría intentar una relación, pero como dice el refrán, el diablo sabe más por viejo que por diablo y la desconfianza está a la orden del día. Un guión superior, que explora comportamientos humanos presentes no sólo en determinada franja etaria, sino en todo el abanico vital.

La vida de Adèle de Abdellatif Kechiche (Francia, Bélgica, España)
Mientras expreso mi fanatismo por la obra del director Abdellatif Kechiche y rindo cultos varios a criaturas maravillosas como Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos, festejo que esta película se haya llevado la palma de oro en Cannes el año pasado (aunque venía peleado el asunto, con Jia Zhang-ke, Sorrentino y Farhadi en competencia). El recorrido a través de la vida afectiva y sexual de una chica supone un tórrido y sensible fresco sobre la iniciación en las pasiones, las decepciones y los duelos amorosos, sin buenos ni malos, sin culpables o victimarios, áspero como la vida misma, agridulce y doloroso. La puesta en escena y la dirección de actores son sorprendentes.

Snowpiercer de Bong Joon-ho (Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, República Checa)
El experimento para solucionar el asunto del calentamiento global falló y las sustancias enviadas a la atmósfera convirtieron a nuestro mundo en un páramo helado. Los últimos sobrevivientes al apocalipsis son un grupo de pasajeros de un tren autosustentable, que gira alrededor del mundo en un loop eterno. Pero adentro de este tren se reproducen las peores injusticias, las desigualdades y el más inaceptable cinismo, característicos de nuestros tiempos... Para hacer la revolución hay que saber romper con los paradigmas y los parámetros esperables, si no es que se pretende caer otra vez en más de lo mismo.

Sarah prefiere correr de Chloé Robichaud (Canadá)
Y lo bien que hace. Con su pelo anudado, ojos enormes y una mirada extraviada, Sarah (imponente Sophie Desmarais) supone un gran enigma para el espectador. Lo único que sabemos con certeza es que le gusta mucho correr. Frente a las imposiciones sociales, los reclamos familiares, el despertar sexual, los nuevos mandatos y los caminos que se abren, ella prefiere desobedecer a su madre, seguir su propio rumbo y abocarse obsesivamente a un equipo universitario de carreras. El debut de la joven directora Chloé Robichaud está dotado de una deslumbrante fuerza poética, con ascetismo y convicción.

Headhunters de Morten Tyldum (Noruega, Suecia, Dinamarca, Alemania)
A pesar de ser el headhunter (cazatalentos) más hábil de todo Noruega y de poseer todos los bienes materiales como para satisfacerse, el protagonista debe compensar su complejo de inferioridad y su vacío existencial con dosis sustanciales de adrenalina y el hurto a particulares de sus valiosas obras de arte. Un thriller increíble que alterna intensos robos, una persecución sanguinaria y un sorprendente y catártico contraataque. Imperdible adaptación de un noir escandinavo (esta vez una obra del novelista Jo Nesbø) que aporta una trama que no da respiros y hasta se permite alguna inteligente reflexión en torno a la vida marital y sus pormenores.  

Tirannosaur de Paddy Considine (Reino Unido)
Después de matar a patadas a su perro, el protagonista ya se ganó una sustanciosa condena moral. Sin embargo, a lo largo de la película esta lacra humana va despertando un interés considerable, en su desprecio compulsivo a todo lo que le rodea, en su deambular por los bajos mundos de Leeds, Inglaterra. Consumido por la ira y la violencia, el hombre parece encontrar una esperanza en la caritativa ayuda de la trabajadora de una tienda, cristiana convencida que intentará apaciguar sus ánimos. Otra gran ópera prima.

Why don't you play in hell? de Sion Sono (Japón)
Los "Fuck bombers" son al cine lo que la soda cáustica a la función intestinal. Guerrilla pura, descontrol, cine callejero duro, crudo y sin concesiones. Pero cuando este equipo desquiciado es contratado por un grupo de yakuzas para filmar y registrar directamente una guerra entre bandas, los sueños de sus integrantes de lograr por fin su "obra maestra" se vuelven realidad. Lo que hicieron dignamente Fellini, Truffaut, Kiarostami y tantos otros reconocidos cineastas, Sono lo redobla concibiendo cine dentro del cine como nunca antes se había hecho. Un bizarro y anárquico exabrupto gore, con el pulso de un maestro. Larguísima vida a uno de los cineastas japoneses más delirantes de todos.

Tucker and Dale vs Evil de Ely Craig (Canadá, Estados Unidos)
Una divertidísima parodia al cine slasher que se encarga de utilizar los parámetros del género para subvertirlos, al tiempo que se burla de los prejuicios y del miedo a lo desconocido imperantes, aún entre jóvenes. No tengo muchas ganas de andar destripando el argumento, pero puedo afirmar que a grandes rasgos todo tiene que ver con un grupo de adolescentes que se va a acampar a las montañas, que una gran amenaza parece cernirse sobre ellos, y que empiezan a morir como moscas, uno por uno. Pero no se engañen, que la película no tiene mucho que ver con lo que en este momento se están imaginando.

El lobo de Wall Street de Martin Scorsese (Estados Unidos) 
Luego de una debacle económica que sacudió y hundió a la clase media estadounidense, el maestro se desquita con una película anárquica, sobregirada y feroz, que supone el definitivo desprestigio de esos corredores de bolsa que antes eran encumbrados en el cine y que llevaron a un país a la ruina a fuerza de ambición, aderezada con mucha coca y adrenalina. Una película imperfecta, desprolija y desacatada, que ofrece un cúmulo de esas escenas que se hacen imposibles de olvidar. Y chapeau por Matthew McConaughey, que la rompe los pocos minutos que aparece.

jueves, 29 de septiembre de 2011

El cine de Corea del Sur

Tierra de grandes


En Sala Cinemateca comienza un nuevo ciclo dedicado a una de las cinematografías más atractivas, copiosas, transgresoras y vitales del día de hoy. Aquí una exploración de algunas de las características de un portentoso estallido de creatividad localizada.

Cuando el desprevenido espectador occidental se da de frente con el sorprendente universo fílmico coreano, hay varias cosas que suelen llamarle la atención. En primer lugar, el cuidado técnico, la impecable calidad estética y la veta innovadora con que se desenvuelven los cineastas, capaces de crear climas y atmósferas de taquito, como si no fuera la gran cosa. En esos aspectos, es poco lo que tendrían para envidiarles a los mejores artesanos estadounidenses y europeos. Otro rasgo que se hace notar inmediatamente es que las películas tienen una duración estándar mayor que el promedio occidental. Es decir, es raro dar con una película coreana que dure menos de 120 minutos. Esto se explica porque los cinéfilos surcoreanos suelen protestar cuando una película dura menos que eso, llegando incluso a reclamar la devolución del dinero de sus entradas. Pero no debería pensarse que estas películas se hacen largas o aburridas, ya que muchos de los cineastas en cuestión tienen una noción del ritmo envidiable, aportando historias originales que agarran al espectador del cogote desde el primer minuto, y que se continúan con un imparable dinamismo conceptual y/o audiovisual.
El tercer aspecto llamativo es la valentía con la que guionistas y cineastas se arrojan a tocar y profundizar en temáticas difíciles, dolorosas, auténticos tabúes sociales. Por ejemplo, muchas producciones coreanas suelen estar protagonizadas por personajes marginales, desocupados, discapacitados, prostitutas, exconvictos, guardaespaldas, policías corruptos. En muchos casos llevan formas de vida verdaderamente cuestionables, pero de a poco comenzamos a comprender su entorno, sus razones, sus dolores ocultos; finalmente se logra la empatía con ellos.

La necesidad de lo sórdido. En Oasis se hace al espectador partícipe del mutuo enamoramiento de un retardado mental y una cuadripléjica, en Poetry se sigue de cerca la lucha de una señora en defensa de su nieto violador, en The man from nowhere la temática central es el robo de órganos a niños de la calle; y así podría continuarse con esta clase de chocantes contenidos.
No debe olvidarse que las dos coreas han sido muy maltratadas a lo largo de la historia y han sufrido durante siglos la guerra y la ocupación extranjera. La guerra de Corea significó decenas de millones de bajas humanas, las fricciones entre el Norte y el Sur han existido desde la separación, las continuas dictaduras que se extendieron durante décadas sobre el siglo XX dejaron heridas de muy difícil cicatrización para la población civil. No son pocas las producciones fílmicas que relatan hechos ocurridos en los períodos históricos más dolorosos y significativos para el colectivo, como la masacre de Kwang-ju de 1980, donde la represión militar segó una manifestación estudiantil dejando un saldo de 200 muertos. La inmensa Peppermint Candy de Lee Chang-dong es paradigmática en este sentido, porque aborda dos décadas de degradaciones e ilustra con claridad el trauma latente en la idiosincrasia coreana. Es lógico que al conseguirse la libertad de expresión se hayan dado a conocer circunstancias difíciles y escondidas, y es probable que los estallidos de violencia, las atmósferas opresivas y ciertos aires pesimistas presentes no sean otra cosa que una explosión catártica, lo que es natural y necesario para una sociedad en recuperación.
Pero el espíritu transgresor coreano también puede verse en escenas de alto contenido erótico, cuya obra máxima es la frecuentemente subvalorada Mentiras de Jang Sun-woo, en la cual se abordan en forma madura, desprejuiciada y por momentos explícita relaciones sexuales atípicas. Esto no debería llamar demasiado la atención, pero en momentos en que Hollywood filma la sexualidad con recato absoluto, las excepciones a la regla dominante se hacen notar. Hong Sang-soo, un seguidor de Eric Rohmer que no tiene mucho que envidiarle a su maestro, tiene el plus de filmar escenas eróticas con mano prodigiosa. Este director, al igual que otros cineastas coreanos como Bong Joon-ho, Park Chan-wook o el ex ministro de cultura Lee Chang-dong, merecerían todo un estudio aparte.
A su manera, otras formas de transgresión son los finales abiertos en los que la narración se interrumpe en un momento clave, o las estructuras narrativas no-lineales como las utilizadas por Hong Sang-soo en Virgin stripped bare by his bachelors, o el esquema episódico hacia atrás de Peppermint candy, planteado incluso antes de que Memento lo reintrodujera en occidente.

Jóvenes cineastas. Si bien occidente promueve la experiencia y prefiere dejar en manos experimentadas las grandes producciones, en Corea, por el contrario, existe por parte de los inversionistas cierta tendencia a buscar directores jóvenes y de escaso currículum, para darles a ellos el empuje en trabajos importantes. Se sabe que tienen mejor diálogo con las grandes audiencias, y que son los más proclives a explorar terrenos o abrir nuevos caminos. También debe decirse que los directores nóveles son más dados a atender los consejos de los planificadores de producción y, por tanto, preferidos por su maleabilidad. Pero cierto es que la frescura palpable es producto de la constante renovación. Park Chan-wook, Lee Chang-dong, y Kim Ki-duk ya son hoy considerados veteranos, y el mayor de ellos tiene apenas 51 años.
El cine de acción coreano probablemente sea el mejor del mundo y puede dividirse hoy en dos corrientes. La primera y menos interesante es la vertiente light, familiar aunque divertida y lúdica, de la que Mi novia es un agente secreto (ver apartado) es un buen ejemplo. Pero la que mejor se sustenta, la que impacta y suele funcionar en taquillas y ser distribuida al mismo tiempo en festivales internacionales es aquella pensada para un público adolescente y adulto, que se caracteriza por ser un cine particularmente truculento y oscuro, y por plantarse en un realismo social a lo Scorsese -Oldboy es uno de sus ejemplos más conocidos-. Kim Ji-woon, Park Chan-wook y Na Hong-jin, que se desempeñaron brillantemente en el registro, deberían considerarse como auténticos referentes del cine de acción mundial.
Y es que si existen dos géneros que Corea ha explorado y explotado a lo largo del Siglo XX son el melodrama y el cine de acción, y su legado sigue presente en la mayoría de las producciones actuales. Hoy se denota además una importante incursión en el policial, en el cine bélico, en el thriller y el terror, en la comedia romántica, en el cine épico —Musa de Kim Sung-su es una épica clásica portentosa, de esas que no se ven en occidente—. Como es típico de un país en plena ebullición creativa, estos géneros se entremezclan permanentemente, por lo que no es de extrañarse, por ejemplo, que una película que originalmente parecía un policial realista comience a descolocar con increíbles secuencias de acción desaforada, para transformarse hacia el final en un drama romántico con puntas sociales, y llamando siempre a la reflexión, como el mejor cine de autor.
Desde el cine poético, lento, reflexivo y sugerente de Kim Ki-duk, pasando por la madurez conceptual de Lee Chang-dong, la intensidad catártica de Kim Ji-woon y llegando hasta la sincera emotividad de Yim Soon-rye o John H. Lee, el universo del cine coreano exige a gritos la atención que merece, y que empiece a ser considerado con seriedad por la prensa especializada.

*Cada vez que se lea “coreano” querrá decir “surcoreano”. El cine de Corea del Norte es poco relevante y en su mayoría se trata de mera propaganda al régimen comunista de Kim Jong-il.

Sistema de cuotas. La reciente explosión y auge de la cinematografía surcoreana se ha dado en parte sin premeditación, casi por accidente, y sus orígenes pueden rastrearse tiempo atrás. Finalizada la ocupación japonesa en 1945 y la guerra de Corea en el 1953, los estudios de producción quedaron reducidos a escombros, y una seguidilla de gobiernos autoritarios frustraría la creatividad de los cineastas. Pero lo llamativo es que una de las medidas restrictivas fue lo que impulsó a este cine, ya que la cuota de pantalla obligaba a las salas a dedicar un 40% de su programación al cine nacional. Es decir, lo que se pensó originalmente para frenar la entrada del cine extranjero, dominar los contenidos e imponer la censura, sirvió más adelante para formar un público sólido y fomentar la industria. De todos modos, es recién en los años noventa que el crecimiento de la producción se vuelve sostenido, gracias al aumento de la inversión y la creación de las tecnologías necesarias para lograr películas capaces de competir con las superproducciones. En 1999 Shiri de Kang Je-gyu desfalcó a Titanic como la película más taquillera, vendiendo 8 millones de entradas. The host, en 2006, batió todos los récords con 13 millones de entradas, -en un país en que la población total es cercana a los 49 millones de habitantes-; una cifra difícil de desestimar.
Lamentablemente, Estados Unidos minó en el año 2007 el sistema, exigiendo que lo levantasen como condición fundamental para iniciar negociaciones por un tratado bilateral de libre comercio entre ambos países. La cuota de pantalla –fijada cuarenta años atrás- debió reducirse a la mitad. Por fortuna, de momento no parece haber mermado la producción surcoreana, y si en 2007 la producción anual de largometrajes era de 124, en 2009 ascendió a los 139.

Las imprescindibles de la década

-The isle (Kim Ki-duk, 2000). Una mujer alquila pequeñas cabañas flotantes a pescadores y les facilita comida y prostitutas. La llegada de un huésped suicida despierta su interés. Tortuosa, poética y enigmática.
-Joint security area (Park Chan-wook, 2000). En la única porción de la zona desmilitarizada de Corea, en la que las tropas del norte y del sur se encuentran cara a cara, tiene lugar un extraño crimen, y su investigación no es sencilla.
-Musa (Kim Sung-su, 2001). Nueve guerreros koryo, en un viaje épico a través de la China imperial, se ven abocados en proteger a una princesa china del ataque de las temibles tropas mongolas.
-Oasis (Lee Chang-dong, 2002). El amor entre una tetrapléjica y un retardado mental. La incomodidad original va transformándose paulatinamente en algo emotivo, bello y poético. Una obra mayor de un cineasta de primerísimo orden.
-Turning gate (Hong Sang-soo, 2002). El mejor heredero de Rohmer explora una relación entre un actor venido a menos y una de sus fans, en la que se revelan varias facetas ocultas.
-Sympathy for Mr Vengeance (Park Chan-wook, 2002). Se inaugura la bestial trilogía de la venganza (que se redondea con Oldboy y Simpathy for Lady vengeance), marcando un estilo que se arraigaría profundamente en el cine coreano.
-Memories of murder (Bong Joon-ho, 2003). Una investigación imposible. Dos detectives que, pese a sus inmensos esfuerzos no logran reunir pruebas concluyentes, y el tiempo que pasa y el criminal que sigue suelto. Una obra maestra de la que Fincher se robó, para Zodíaco, su idea central.
-Save the green planet! (Jang Joon-hwan, 2003). Un cazador de alienígenas profesional secuestra a un alto ejecutivo de finanzas, por creerlo un invasor del espacio sideral. Un delirio notable, sobregirado e hilarante.
-A tale of two sisters (Kim Ji-woon, 2003). Tras salir de una institución de rehabilitación mental, las dos hermanas del título vuelven a su casa con su padre y su cruel madrastra. Seguramente lo mejor del terror surcoreano.
-Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera (Kim Ki-duk, 2003). Dos monjes comparten un santuario flotante entre las montañas. Pese a su aparente paz interior, no son capaces de evitar las dolencias y los crueles avatares de la vida.
-Oldboy (Park Chan-wook, 2003). La imágen icónica del cine surcoreano. El hombre del martillo despliega una venganza febril, agobiante y adictiva. Una pesadilla hecha cine.
-A moment to remember (John H. Lee, 2004). Un melodrama de los que golpean y desarman. La agradable belleza romántica de la primera mitad se obstruye con una inesperada y trágica sorpresa que cambia y ensombrece drásticamente el tono general.
-Brotherhood of war (Kang Je-gyu, 2004). En 1950, dos hermanos son obligados a abandonar trabajo y estudios e incorporarse a filas, durante la guerra de Corea. Allí padecerán el infierno.
-Woman is the future of man (Hong Sang-soo, 2004). Un triángulo amoroso, de personajes fracasados y egoístas es la excusa para explorar ciertas facetas humanas. Otra obra patética e incómoda de un genial director maldito.
-A bittersweet life (Kim Ji-woon, 2005). Un mafioso de cuidado se enamora de la prometida de su jefe, desatando caos y una ira irrefrenable. Las escenas de acción son maravillosas.
-A dirty carnival (Ha Yu, 2006). Veterano criminal debe cuidar de su madre terminal y de su hermano pequeño. Entre inmensos líos mafiosos, un amigo le pide asesoramiento para filmar una película.
-Secret sunshine (Lee Chang-dong, 2007). Una madre soltera debe enfrentarse a una de las mayores calamidades que le podrían ocurrir en vida. Un drama mayor, sobre un tema difícil.
-The chaser (Na Hong-jin, 2008). Un expolicía devenido en proxeneta se da cuenta de que sus chicas van cayendo en las manos de un retorcido asesino serial, y procura tomar cartas en el asunto.
-Forever the moment (Yim Soon-rye, 2008). En 2004 el equipo nacional de handball femenino calificó para las olimpíadas. Los conflictos individuales, los avatares de la formación, y una vibrante épica partidística.
-Breathless (Yang Ik-joon, 2009). Gángster violento y antisocial se gana la vida cobrando deudas, maltratando y hostigando gente. Pero se ve sacudido al conocer una jovencita que no parece tenerle miedo, y que es a su vez víctima de violencia familiar.

En Cinemateca Uruguaya:

El momento para siempre es grandiosa. Está basada en una anécdota real de un equipo femenino de handball que compitió representando a Corea del Sur para las olimpíadas de 2004, y se centra en las dificultades de este grupo de chicas para entrenar, en los conflictos que existen entre ellas y con los entrenadores, en las complicaciones que conlleva ser una deportista de calibre y a la vez hacerse cargo de tareas como sobrevivir o criar hijos. Los cineastas occidentales deberían tomar nota, pues aquí se ven elementos que llevan a que una película deportiva se convierta en algo sobresaliente: hay personajes sólidos y diferenciables y se dan a conocer sus conflictos individuales; las interpretaciones son notables, hay emoción y, por sobre todo es notorio el conocimiento del deporte por parte de la directora-guionista, capaz de involucrar a la audiencia en las tácticas aplicadas, en el desempeño individual, logrando asimismo transmitir la vibrante fuerza épica a la competición. Seguramente el punto más alto de esta selección.
Mi novia es un agente secreto es una película de acción divertida y despreocupada, notablemente filmada e inteligentemente escrita. En otras palabras, la clase de películas que hoy no podrían encontrarse en hollywood. Algo así como que Una pareja explosiva, o Brigada A tuvieran, además de las dosis de dinamismo y humor, un guión coherente y sólido, y el espíritu lúdico de las mejores películas de Jackie Chan. También en este registro más comercial se encuentra la comedia Fabricante de escándalos. Hay una idea sólida y original y están ahí un montón de elementos que explican que haya sido el taquillazo que fue. Dosis de humor, enredos, drama, romance; hay un niño pequeño que actúa como los dioses y un par de estrellas en papeles protagónicos que cantan y bien. Un final luminoso, a lo grande, con lágrimas, canciones movedizas y un nutrido coro cierra un entretenimiento familiar de esos que se gozan. Por su parte, El gran chef es de esas películas que combinan notablemente exotismo con gastronomía, y además lo hace en clave de comedia, llevada adelante gracias a una anécdota irresistible. Un concurso de chefs coloca a dos eternos rivales frente a frente, en una ensañada competencia dividida en distintas etapas, para ver cuál de ellos es el mejor. Las diferentes instancias reflejan aspectos clave de la comida surcoreana, y la película en su conjunto es un disfrute de texturas, olores y sabores, con buen ritmo y momentos de efectiva hilaridad.
Viejo compañero es un interesante documental sobre un señor antiquísimo e inválido que convive con su mujer y un buey de cuarenta años. Este animal es su herramienta de trabajo, su salvación y su compañero de toda la vida. Pero el veterinario dice que no puede vivir ni un año más. El documental muestra la inagotable parsimonia con la que el hombre, con su salud y la del animal comprometidas, moviéndose a duras penas sigue yendo a trabajar, persistiendo en métodos de labranza rústicos y obsoletos.
Un sueño descalzo es el punto flojo de la selección. En un entorno marginal de Timor Oriental, un entrenador de fútbol arma un equipo infantil con la intención de darle proyección internacional. Lamentablemente los niños son personajes poco sustanciosos, carecen de personalidad y se limitan a patear la pelota, sonreír o llorar de acuerdo a su fin único que es ser reconocidos, y la aproximación a ellos peca un tanto de miserabilista. El relato pierde así firmeza y vigor y el conflicto es llevado sin el ímpetu que era necesario. Discursivo y demagógico, el final acaba por hundir una buena idea.

* va hasta el martes 4, en Cinemanteca Carnelli.


Publicado en Brecha el 30/9/2011