jueves, 3 de marzo de 2011

61ª Berlinale

Explosión de celuloide

El segundo festival de cine más prestigioso del mundo (después del de Cannes) es inmenso y prácticamente inabarcable. Más de 400 películas en programación, distribuidas en diez grandes complejos cinematográficos, a lo largo de tan sólo diez días. Más paneles, más conferencias, más celebridades que desfilan por alfombras rojas. Para el visitante, la sensación de estar perdiéndose eventos grandiosos e irreproducibles es constante e inevitable.

En la Berlinale ocurren cosas increíbles, casi permanentemente. Es algo muy corriente ir a ver una película y que cuando termine, sin aviso previo, salgan el director y los actores de entre la audiencia y suban al estrado, para hablar y contestar las dudas que el público tenga. Por eso, hay que tener cuidado de no bostezar ni dormirse en la proyección, ya que en los asientos inmediatos podrían estar sentados el guionista y el director, emitiendo opiniones que podrían sonar como mónadas a nuestros incultos oídos. Las proyecciones suelen estar abarrotadas de gente, e incluso el inmenso cine FriedrichStadtPalast, con sus tres pisos y 1895 asientos –colocados en arco, tipo estadio- suele quedar sin un sólo espacio libre. Es emocionante ver, por ejemplo, una retrospectiva de Ingmar Bergman agotar sus locaciones, y que un sinfín de cinéfilos desquiciados pague de 8 a 11 euros (dependiendo del cine) para ir a ver estas películas. Para el público común es muy difícil elegir que ver: 400 películas son proyectadas a lo largo de diez días, y la manera más segura de conseguir entradas es mediante Internet, siempre con unos cuantos días de anticipación. Elegir ver alguna de ellas es una ruleta rusa: uno puede tener mala suerte y que justo le toque alguna de las malas del festival -y sí que las hay- y, como en todo festival, no es fácil asesorarse. También hay a diario paneles en los llamados HAU (Hebbel am uffer) donde grandes eminencias hablan y discuten sobre sus películas, y de las formas de hacer cine. En uno de ellos, titulado “Filmando la guerra” el director danés Janus Metz afirma que lo mejor es aproximarse a la guerra desde una perspectiva neutral y el bosnio Danis Tanovic le responde, acaloradamente, que la neutralidad es una excusa perezosa para no hacer nada. Al otro día, Wim Wenders comenta sobre las bondades de la tecnología del 3D, y al siguiente, Ralph Fiennes le discute a Istvan Szabó acerca de las relaciones director-actores.
El público no podría ser más cosmopolita: españoles, brasileros, británicos, italianos, cubanos, mexicanos, africanos oscurísimos, nórdicos pálidos, rusos, latinos en general, asiáticos risueños, turcos, y otros tantos que ni dios sabe de donde habrán salido. Todos llevan pesadas ropas para resistir el frío –las temperaturas afuera de los cines llegan a 7 bajo cero- y se hacen entender en un inglés ecuménico que nunca adquirió tan variadas e inverosímiles pronunciaciones.
No pude ver ninguna de las grandes ganadoras. Se habla muy bien de la iraní A separation (ganadora del Oso de oro) y comentan que A turin’s horse de Bela Tarr, ganadora del premio del jurado, es aburridísima (esto último me lo dijeron confidencialmente varios críticos, casi en un susurro, ya que Tarr es el último director venerado, alabado y laureado por la crítica internacional). También se dice que la selección oficial fue la peor en años, y las explicaciones para ello son varias: que el festival se resiste a poner allí películas estrenadas anteriormente, y que a veces reciben algunas sin siquiera haberlas visto, apostando a directores que supieron rendir anteriormente. En definitiva, muchas de las mejores películas no se encuentran en las principales categorías, sino en las secundarias –en la titulada Panorama, por ejemplo-.
Si las películas que pasan en el momento no parecen muy prometedoras, nada mejor que internarse en la sección de cortometrajes internacionales, donde la calidad está más que asegurada.
Además de la aclamada retrospectiva de Bergman, también tuvo mucho éxito la que se hizo en homenaje a Jafar Panahí, y la Berlinale se ocupó de que la ausencia del director iraní se sintiera en todo momento, de subrayar de todas las maneras posibles que había un asiento vacío en el jurado. Dieter Kosslick, director del festival, aclaró desde un comienzo: “vamos a aprovechar toda oportunidad para protestar contra este drástico veredicto”.
Fuera de eso, este cronista pudo ver una quincena de películas, de las cuales aquí se reseñan las más interesantes. Se concluye, además, que existe una gran tendencia mundial a filmar y exhibir documentales sobre la vida cotidiana, muchas veces con enfermos convalecientes, así como películas gay autorreferenciales. Y también documentales sobre la vida cotidiana, gay, autorreferenciales y con enfermos convalecientes. El mismo rollo repetido tantas veces puede volverse hastiante.

Life in a day (Kevin MacDonald, Estados Unidos, 2011)


Es increíble lo que la gente puede hacer con tan sólo una cámara. La idea base de este documental es genial y fue muy provechosa: mostrar un collage de momentos únicos que acontecen durante un sólo día en todas partes del mundo. Mediante un llamado en youtube se exhortó a usuarios de todo el planeta a filmar lo que fuese que les llamara la atención –la vida privada, la luna, animales, gente trabajando- durante un día elegido al azar: el 24 de julio del 2010. El resultado obtenido fue inmenso y desmesurado: 80.000 envíos sumaron 4.500 horas de material fílmico, proveniente de más de cien países. El largo de los fragmentos es variable –duran desde un segundo hasta cerca de cinco minutos- y el resultado final, sorpendente y abrumador.
Y también es una película muy divertida. Algunas piezas del puzzle son graciosas, otras francamente emotivas y otras directamente chocantes. No hay títulos indicativos que den cuenta de la proveniencia de las imágenes que vemos, y un rápido montaje vincula temáticamente los distintos segmentos. Por supuesto, el margen de posibilidades estaba delimitado por el montaje, y ésta fue la herramienta utilizada para generar unidad y sentido. Y el esfuerzo del director Kevin MacDonald fue claramente descomunal. Una banda sonora compuesta por música de diversos países acompaña armoniosamente el ritmo de las imágenes, y la temática expuesta no podría ser más variada. Boracheras, felicidad, amor, ternura, alegría, asombro, angustia, miedos, guerras, enfermedad, violencia, muerte. Un muchacho expresa con entusiasmo su amor por su heladera, un pibe roba en un supermercado, otro sale a la calle con pistola y jeringas, otro confiesa por teléfono a su abuela sobre su propia homosexualidad. Un padre le enseña a su hijo adolescente a afeitarse, en frente al espejo. Una familia siente el golpe del cáncer cambiar su vida para siempre. Una niña trepa hasta la cima de una montaña humana, en un maravilloso plano-secuencia que corta el aliento.
MacDonald también intercala algunas imágenes naturales de tipo “National Geographic” o “Animal planet” –no agregan nada a la película pero son muy bonitas de ver- pero el enfoque está principalmente orientado a gente joven y niños –los viejos están algo discriminados- y quizá sea esa la razón de que haya tanta vitalidad en este abordaje.
Eso sí, la ausencia de sexo de ninguna manera se encuentra justificada. Sólo hay un breve fragmento que sugiere los preámbulos de una relación sexual, pero la referencia es tan tímida que ni siquiera cuenta. Es una pena que un aspecto tan importante de la humanidad haya sido omitido, y que, en este sentido, Life in a day haya sido tan claramente tocada por la censura y la corrección política imperante en Hollywood.

Les contes de la nuit (Michel Ocelot, Francia, 2011)


La acción transcurre, en un comienzo, en un destartalado cine. Allí se reúnen por las noches dos adolescentes y un hombre mayor, para representar viejos cuentos de hadas. Provistos de computadoras y extrañas máquinas futuristas, los implicados construyen a su antojo trajes y decorados para desarrollar historias en las que dan rienda suelta a su imaginación.
Esta premisa original no es otra que la misma utilizada en la grandiosa precuela Princes et princesses, y que, al igual que ésta -que vendría a ser algo así como la segunda parte- también era un compilado de cuentos animados para la televisión francesa. Pero la suma de fragmentos converge perfectamente logrando una obra coherente y redonda, con historias de amor situadas en mundos lejanos y místicos (La Europa medieval, África, el Caribe) provistas de conflictos morales y grandes amenazas -dragones, animales mitológicos, avaros y pérfidos villanos- que atentan contra el orden establecido. Algunos de los cuentos están basados en historias preexistentes y otros son de libre inspiración, y cierto es que el resultado es un poco irregular debido al desigual interés que despierta cada historia. Pero se trata de una película capaz de maravillar niños y padres por igual, con una propuesta bellísima, inteligente y dotada de ese aire fabulesco de los cuentos de toda la vida.
Michel Ocelot (Kirikou y la bruja, Azur y Asmar) otra vez rinde homenaje a la animadora alemana Lotte Reiniger y a sus figuras chinescas, ya que la acción es construida íntegramente con bellas sombras oscuras animadas que contrastan con un intenso y colorido fondo, y una vez más plantea atractivas historias de superación, con personajes valientes que se arrojan a emprendimientos sobrehumanos. La tecnología del 3D permitió a Ocelot contrastar aún más las figuras con los fondos, pero en este caso no parece jugar un papel determinante. En cambio, el 3D sí tuvo una presencia muy importante en esta edición de la Berlinale; un papel tentativo, casi “experimental” –hasta fue utilizado en el último documental de Herzog Cave of forgotten dreams- y quienes pudieron ver Pina de Wim Wenders no sólo aseguran que es la mejor película del director alemán en muchísimo tiempo, sino que además es un filme que verdaderamente justifica la existencia del 3D. Claro que sería ingenuo pensar que algún día los complejos cinematográficos uruguayos van a dignarse a prestar sus salas 3D para la exhibición de una película europea.

Tropa de elite 2 – O inimigo agora é outro (José Padilha, Brazil, 2010)


Cuando se estrenó la película Tropa de elite se instaló una gran polémica. Y es que la fiebre inmediatamente se apoderó de las mismas calles de Brasil, exhibiendo costados deplorables e inesperados. Los niños en la calle jugaban a ser el protagonista, el nefasto capitán Nascimento, líder del BOPE (Batallón de Operaciones Policiales Especiales), un personaje que torturaba, exterminaba y se valía de medios cuestionables para acabar con el narcotráfico de las favelas. El director Padilha, con su espíritu crítico y su intención de colocar al espectador en los pies de un asesino, había creado, sin saberlo, un monstruo, del cual se vendían muñequitos de acción como pan caliente. Y como de la película no se desprendía la posición de Padilha ante el conflicto expuesto, no fue extraño, entonces, que fuera tildado directamente de fascista, sólo por el hecho de intentar acercar el espectador a la psiquis de un personaje terrible aunque también racional y comprensible.
Las repercusiones del cine masivo en el entramado social son poco predecibles y el polémico episodio es elocuente acerca de que los cineastas deberían ser conscientes de que sus cámaras son armas de doble filo. Será por eso que Tropa de elite 2 es mucho más clara, discursiva en su denuncia, por eso será que los soldados del BOPE son mostrados como máquinas programadas que se equivocan flagrantemente y cometen tropelías irreparables. Otra vez se plantean situaciones políticas complejas, contradictorias y sin aparente salida (Padilha demuestra ser, una vez más, un excelente analista de la actualidad brasileña), y en este caso lo que se detalla es el ascenso y la imposición mafiosa, en las favelas, de la policía corrupta –lo que actualmente se denominan milicias- y que comienza a sustituir, a los tiros y con total impunidad, el poder dominante de los narcotraficantes. El resultado es un estado de sitio zonal en el que la policía comienza a cobrarle a la mísera población civil peajes, impuestos y coimas hasta para respirar.
Padilha se confirma, por tercera vez consecutiva, como un gran director (antes de la primer Tropa de elite había logrado el excelente documental Ônibus 174). Un ritmo endiablado, acompañado con la imparable y amoral voz del Capitán Nascimento –ahora ascendido a Subsecretario de Seguridad de la Gobernación de Río- expone con claridad los estructurales y alarmantes vínculos de corrupción política existentes, la inviabilidad de la situación actual, y los espirales de violencia e injusticia social. Tropa de elite 2 es una poderosa película que conjuga brillantemente entretenimiento y denuncia, y que llama a la reflexión; no es algo que pueda verse todos los días. Y junto a Ciudad de Dios y la primera Tropa de elite, no debe haber un cine tan impactante y que hable tanto y tan bien de la complejidad de la vida en entornos de miseria y violencia extrema.

Bullhead (Michaël R. Roskam, Bélgica, 2011)


Puede decirse que Bullhead es una atípica película que expone y se centra en las pequeñas mafias que dominan el negocio de las hormonas y el ganado en Limburgo, Bélgica. También podría afirmarse que es una feroz historia de venganza, o un elegante y oscuro ejercicio genérico de violenta catarsis. Pero lo cierto es que, ante todo, se trata de una película centrada en un desequilibrio, en la desencajada psiquis del protagonista, (Matthias Schoenaerts) un inquietante bodoque de rasgos casi bestiales, proclive a exabruptos de violencia. Un sujeto resentido y traumatizado hasta los huesos, al cual un atípico suceso ocurrido durante su infancia –que no será develado aquí para no arruinar un largo flashback explicativo- determina su existencia adulta, convirtiéndole en un sufriente desvalido.
La película está inspirada en un hecho real ocurrido en 1990. Un veterinario belga fue asesinado, luego de repetidas amenazas, ya que se dedicaba a la inspección de los usos sospechosos de las hormonas en el ganado. Los grupos de interés que pergeñaron el asesinato fueron denominados “la mafia de las hormonas”. Así, al comienzo, el protagonista es asesorado por un cuestionable veterinario, que trata de convencerlo de cerrar tratos ilegales con un forajido magnate de la carne, y comienza a desarrollarse una trama que esboza un mini-cuadro coral delictivo, en el que todos y cada uno de los personajes presentados son altamente reprobables en su accionar, por no decir que en la mayoría de los casos se trata de inescrupulosos hijos de puta. El crudo retrato del accionar de pequeñas mafias, y el registro realista pero con pretensiones genéricas, recuerda sobre todo a la notable Eastern promises de Cronenberg; pero aquí la atmósfera es aún más oscura y derrotista. Desde el mismo comienzo el protagonista anuncia desde una voz en off: “life is fucked”, marcando el espíritu imperante en el filme. Una bella fotografía contrasta la luz diurna con los oscuros colores dominantes, agregando una ambientación mortecina al planteo. Y la permanente comparación de los humanos con los animales destratados, inyectados, forzados a un cautiverio inhóspito y luego masacrados, no podía funcionar mejor, ni sentirse más pertinente.

The Bengali detective (Phil Cox, Estados Unidos, Gran Bretaña, India, 2011)


He aquí un documental increíble, único en su especie. Calcuta es una de las grandes megalópolis del mundo. Capital del estado indio de Bengala Occidental y capital cultural de la India, se trata de un hormigueante y vital centro urbano. Pero muchos habitantes han perdido la confianza en las autoridades policiales locales y, por tanto, una vieja profesión se encuentra en auge: los detectives privados. El director británico Phil Cox decidió hacer entonces un seguimiento a un líder de investigadores, instalando sus cámaras junto a él, y acompañándolo a todos lados, desde la privacidad de su hogar –en el cual su mujer sufre una enfermedad terminal- hasta la acción en las calles, e incluso durante su tiempo libre –utilizado principalmente para ensayar coreografías, junto a su equipo de detectives, para un concurso de baile-.
Y The Bengali detective es una película que lleva permanentemente a dudar si lo que se está viendo es de verdad un documental o una ficción. Y lo más asombroso es que sí, se trata de un documental. El grupo de detectives se cree poco menos que superhéroes, aunque sus cuerpos disten mucho de ser esculturales, y sus abundantes estómagos lo desmientan. Hay que verlos entrenándose en artes marciales, rodando por el piso y escondiéndose torpemente detrás de vehículos en hilarantes despliegues callejeros, o convencidos de que saben bailar y de que van a ganar, por robo, ese concurso.
Las misiones en las que se ven involucrados parecen en un principio poco relevantes, pero acaban asomando increíbles dimensiones humanas. El primer llamado lo reciben desde una empresa multinacional de champú, para dar con vendedores callejeros que venden champú trucho y que les lleva a perder millones. En la india, la falsificación atraviesa un boom actualmente. Todo se duplica y se adultera: leche para bebés, alimentos, cds, artículos para el hogar. Cuando los detectives dan con uno de los infractores, las cámaras deciden acompañarlo, seguirlo en su encuentro con las autoridades y finalmente hasta la cárcel, descubriendo sus verdaderas necesidades y sus motivaciones.
La segunda misión es un caso de adulterio y violencia doméstica, que acaba por ser sumamente elocuente sobre la situación de muchas parejas con hijos en la actualidad, y sobre las decisiones que determinan la vida adulta. La tercera es un curioso caso de un sangriento triple asesinato, con adolescentes arrojados a las vías de un tren, y que lleva a los detectives a sospechar de los mismos familiares de los implicados.
Quizá un poco alargada de más sobre el final, The bengali detective es mucho más que una gran película. Es una experiencia irreproducible.


Publicado en Brecha 4/3/2011

martes, 8 de febrero de 2011

Aus Berlin


Como bien saben, me tocó ir a cubrir la Berlinale. Estaré ausente por un tiempito, pero espero poder traerles, más adelante, un resumen de lo mejor y más resaltable de la experiencia. Mis temores no son pocos, a mi inseguridad natural se suma una presión considerable por parte de las autoridades del festival, y una lucha interna a brazo partido para llevarme mejor con el inglés. Así que nada, pray for me! y hasta la vuelta!!!

martes, 1 de febrero de 2011

Sarajevo, mi amor (Grbavica, Jasmila Zbanic, 2006)

Salir de la guerra

La vida de Esma, madre soltera de una adolescente de 12 años, en un barrio de Sarajevo llamado Grbavica, dista mucho de ser normal. Los edificios, los vínculos sociales, las identidades están aún reconstruyéndose, luego de las profundas heridas que dejaron las guerras yugoslavas de los años 90. Durante el sitio de Sarajevo –que duró cuatro largos años- la milicia nacionalista y monárquica serbia –los Chetniks- asediaron y se ensañaron con la población civil bosnia, llevando a cabo una feroz campaña de limpieza étnica.
Así, la película muestra hábilmente un entramado de férrea solidaridad y ayuda mutua entre víctimas de la guerra, en una ciudad en que los escombros aún forman parte de su paisaje cotidiano, y en la cual la mayoría de las historias personales acarrea un pasado trágico. Esma participa en las sesiones de terapia grupal en el Centro de Mujeres, y recibe una insuficiente ayuda monetaria por parte del gobierno. Para cubrir sus costos de vida, acepta trabajo en un club nocturno de mala muerte, entrando en contacto con un entorno insalubre.
La película nos demostrará de a poco y con remarcable discreción que la violencia continúa reproduciéndose en las relaciones sociales como una repercusión micro de los nefastos episodios de violencia vividos. Así, cada personaje da muestras de haber vivido dolores profundos, que explotan en episodios de auténtico resentimiento. La protagonista golpea a su hija cada vez que ella la cuestiona, y la hija misma parece relacionarse cotidianamente con sus compañeros de clase mediante insultos y destratos, aún no habiendo vivido directamente los hechos traumáticos.
Queda demasiado en evidencia cierto interés de la directora-guionista Jasmila Zbanic por despertar simpatía hacia varios de los personajes principales, exagerando ciertas características que atentan contra su credibilidad. La protagonista es excesivamente crédula y se la ve confiada y alegre de conseguir buenas propinas y dinero fácil, en un pub que –se huele a la legua- augura circunstancias nefastas. De la misma manera, para provocar adhesión con un guardaespaldas y eventual sicario, se lo muestra en su casa, en desmesurado despliegue de cariño hacia su senil y anciana madre.
De todas maneras, quizá el mayor mérito de Sarajevo, mi amor esté en lograr que los personajes y la historia trasciendan las circunstancias históricas presentadas, más allá del conocimiento que la audiencia pudiera tener de la historia reciente del avispero balcánico. El guión se centra en los vínculos y los lazos afectivos, y particularmente en la difícil existencia, y la ardua manera en que la protagonista debe apañárselas para conseguir un poco de dinero. Saber llegar al espectador con anécdotas cotidianas, nutriéndolas con la singularidad cultural local, es, paradójicamente, una de las mejores formas de hacer que una historia sea disfrutada, comprendida y asimilada, independientemente de la nacionalidad del espectador.

Publicado en Brecha el 28/1/2011

domingo, 30 de enero de 2011

RED (Robert Schwentke, 2010)

Jubilados a las armas

La amplia mayoría de las películas de acción apuntan al tamaño del artificio, a la explosión más grande, el salto más espectacular, la persecución más rebuscada. Y además suelen ser muy malas. Por eso, es realmente llamativo encontrarse con una película de acción que deja esos elementos relegados a un segundo plano y se esfuerza principalmente en construir personajes. ¡Y qué personajes! RED significa Retired Extremely Dangerous, y se trata de un escuadrón improvisado de veteranos ex agentes de la CIA, especialistas imbatibles de tipo James Bond, reunidos a la manera de los protagonistas de La gran estafa, pero en un principio, como Jason Bourne, para escapar de sus superiores, y combatirlos. El elenco es grandioso y se hace notar. Bruce Willis es el “joven” líder; fibra, inteligencia y presencia; el personaje de Morgan Freeman –acreedor de un cáncer en etapa cuatro- es puro encanto y seducción. John Malkovich hace de esos papeles que les van mejor, el de un demente remachado, y Helen Mirren, por su parte, está bellísima y su versatilidad le permite componer el personaje más atractivo y querible del cuadro, una francotiradora ex MI6. Todos juegan con esa dualidad de ser adorables y terribles al mismo tiempo, confiesan su adicción por matar gente y finalmente se arrojan a la más desquiciada y adrenalínica misión: asesinar al vicepresidente de los Estados Unidos. Como apunte irónico, un quinto integrante es Brian Cox, un ruso ex KGB que tiempo atrás pudo haber sido enemigo acérrimo de Willis y compañía, pero que hoy lucha hombro a hombro junto a ellos, como uno más.
Es verdad que a nivel de las escenas de acción no hay nada demasiado brillante. Está muy bien un combate cuerpo a cuerpo de Willis en una habitación cerrada -es de esos en los que todo en la pantalla es tensión y caos sangriento, y se ven involucrados los muebles, las duras paredes y las cristalerías- y en otras ocasiones se utiliza muy inteligentemente el recurso del montaje paralelo para alternar escenas apacibles con el dinamismo más desacatado, provocando un efecto humorístico. Fuera de ello, no puede verse nada muy sobresaliente en este ámbito.
Esta película funciona a las maravillas como el entretenimiento que es. Dinámica, lúdica, y repleta de la clase de actores que da gusto de ver en la pantalla. Se inscribe fácilmente dentro de varias tendencias; es una adaptación del cómic al cine, entra dentro del universo autosatírico hollywoodense en el cual una vieja gloria de los años ochenta se burla de sus propios clichés –Schwarzenegger inauguraba el “subgénero” con El último gran héroe (1993)- muestra a los servicios de inteligencia norteamericanos como burocracia inescrupulosa dispuesta a eliminar a quienes detentan secretos de estado –la trilogía Bourne marca el camino-, y en estructura, no se aleja de los llamados “caper films” –algo así como películas de atracos, pero con toques humorísticos-. En fin, la pólvora está descubierta desde hace rato, pero qué gusto verla funcionar tan bien, marcando el inicio de una nueva franquicia.

Publicado en Brecha el 28/1/2011

viernes, 28 de enero de 2011

Cine y excesos juveniles

Los indeseables, y los necesarios



Quizá ninguna película hable tan bien de los excesos como Trainspotting. Allí está esa juventud desaforada, violenta y antisocial que desde una voz en off increpa al espectador, cuestionando algunos nichos de la sociedad bienpensante. “Elige una carrera, una familia, una TV inmensa. Elige lavarropas, autos, CDs y abrelatas eléctricos. Elige la buena salud y el colesterol bajo. Elige las hipotecas a plazo fijo. Elige una primera casa. Elige a tus amigos. Elige la ropa informal. Elige un traje de tres piezas comprado en cuotas...y preguntarte quién mierda eres un domingo temprano. Elige sentarte en el sofá y mirar programas estupidizantes mientras comes comida chatarra. Elige pudrirte en un hogar miserable, siendo una vergüenza para los malcriados que has creado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida. ¿Por qué querría elegir todo eso? (…) ¿Las razones? No hay razones. ¿Quién las necesita si hay heroína?”.
Y este grito maleducado surge en el preciso momento en que ellos deben comenzar a cargar con la mochila de su futuro, justo cuando se les impone madurar de golpe y pensar en una orientación y una independencia. Y su elección es ser yonkies. El yonkie no trabaja, no tiene pareja, ni responsabilidades, ni una moral aparente. Reniega del futuro, sólo le importa el hoy y su único credo es sorber el exceso hasta lo imposible, sin pensar en consecuencias. En cambio, los protagonistas de Requiem por un sueño no eran antisociales sino que, por el contrario, buscaban integrarse a la sociedad y al sueño americano mediante su gusto por los excesos, vendiendo y traficando la heroína que tango gustaban de consumir, y obteniendo un rechazo violento, nefasto e irreversible. En Kids, los adolescentes protagonistas buscaban desflorar todas las vírgenes que pudieran, y beber y drogarse hasta perder la conciencia, mientras el virus del sida los sobrevolaba, sin que ellos lo supieran. ¿Las razones para su comportamiento? Padres ausentes, una educación lamentable, instituciones en decadencia.
Algunas películas asiáticas, como las japonesas L’amant y All about Lily Chou-Chou o la surcoreana Samaritan girl dan cuentas del extendido hábito por el cual colegialas de buen pasar se prostituyen con hombres mayores para obtener dinero fácil. La francesa El odio se enfoca en tres jóvenes de la banlieue parisina, hartos del maltrato policial, de la marginalización y de la exclusión, y expone notablemente el imparable círculo vicioso de violencia en el que se encuentran y que reproducen.
En todos los casos existen grandes riesgos pero, ante todo, una necesidad imperiosa, desesperada de escapar de los esquemas y del sitio que la sociedad les ha deparado. Lo curioso es que en el cine uruguayo los excesos parecen ir en sentido contrario. Exceso de aletargamiento mental, de inacción, de pelotudismo. Alguien dijo acertadamente que los protagonistas de Whisky podrían ser los adolescentes de 25 Watts varias décadas después, y en un punto intermedio se podría colocar a ese treintón errante, apático, casi zombi de Hiroshima. La injustamente desestimada La perrera tenía un final memorable, y parecía dar alguna razón a esta inmovilidad. El hijo rebelde, indignado, procedente de La pedrera se distanciaba de su padre y de la estabilidad hogareña y se jugaba a probar suerte en Montevideo. Aquí no lograba dar con los pocos amigos que podían ayudarlo y se veía forzado a pasar la noche dormitando, sentado, en la terminal de Tres cruces. Es evidente que al poco tiempo tendría que tragarse todo su orgullo y volver, cabizbajo, a rogarle cobijo a su padre. La perrera parecía decir que la sociedad, igual de apática y estanca que los personajes que pueblan estas películas, no da posibilidades a la juventud, y que en este país ni siquiera existe la posibilidad de rebelarse cuando es necesario. Y el riesgo aquí no es menor, y se encuentra en los daños que los mismos personajes acaban infligiéndose a sí mismos. A nadie le extrañaría que los protagonistas de Whisky murieran de cáncer al cabo de unos años, como una última somatización de décadas de frustración acumulada.
Aunque Miss Tacuarembó hable también de una imposibilidad, al menos da cuentas, en su forma, en su contenido y en su propia afectación y desparpajo, que el exceso, ese otro exceso juvenil, festejante y festejable, es posible. Y que por fortuna, no todos los uruguayos somos zombis.

Publicado en Brecha 28/1/2011

martes, 25 de enero de 2011

El turista (The tourist, Florian Henckel von Donnersmarck, 2010)

Elegante, y de manual

Lo primero que llama profundamente la atención en esta película es su director: Florian Henckel von Donnersmarck, el alemán de La vida de los otros, aquella película que exponía notablemente el espionaje a los círculos intelectuales por parte de la policía secreta, durante los últimos años de existencia de la República Democrática Alemana, y que le valió al cineasta tantos elogios, prestigio y premios internacionales.
Aquí el viraje de von Donnersmarck es radical. Se trata de una superproducción de 100 millones de dólares, un elegante thriller de implicancias internacionales, con servicios secretos coordinados en una persecución por las calles y canales de Venecia detrás de un criminal del mundo financiero. Un entretenimiento light basado en las confusiones, los engaños y una manida y fallida trama romántica. Pueden sentirse los ecos de la grandiosa Charada (1963) de Stanley Donen, pero sin ideas nuevas, sin la química, las energías y el espíritu lúdico que caracterizaron ese clásico.
Es de agradecer que no se busque mantener la atención con una escena de acción cada cinco minutos, un giro argumental tras otro ni reiterados golpes de efecto, pero sí se hubiera echado en falta que los protagonistas tuvieran motivaciones creíbles o profundidad psicológica, y que se respirara cierta atmósfera -el montaje parece cortar a hachazos todo intento de conseguir un buen clima-. Johnny Depp y Angelina Jolie hacen lo imposible para insuflarles vida a los protagonistas pero no pueden con semejantes estereotipos. Jolie además parece estar demasiado flaca como para que le quepa bien el rol de mujer sexy; seguramente se vería mucho más bella si le alivianaran el rostro de medio kilo de maquillaje, y la pretensión de asemejarla a Sophia Loren en un baile de gala no la favorece en absoluto. Al que parece haberle ido mejor es a Paul Bettany, al que le concedieron el único rol interesante, el de un perseguidor empecinado y envidioso al que todo le sale mal.
Para cerrar, la vuelta de tuerca final, ese último e infaltable ingrediente que necesitaba la película para seguir todos los pasos del lugar común y la fórmula establecida. Es de esas que pretenden resignificar toda la película y llevar a pensar escenas precedentes, pero la incorporación no resiste el más mínimo análisis, ya que algunos diálogos, o mejor dicho, la ausencia de diálogo en algunos tramos en que los protagonistas están juntos, desobedecen al más básico sentido común. Parecería una búsqueda de audacia a cualquier costo, un guiño final al espectador para que quede contento consigo mismo por haber entendido, captado en su totalidad la obra. Pero el costo está en que se pierde firmeza, unidad y coherencia, y que El turista no pueda ser considerada como algo más que un defectuoso y olvidable ejercicio de género.

Publicada en Brecha 7/1/2011

martes, 4 de enero de 2011

Cine argentino de género

Inyección de vitalidad

Las películas “de género” suelen considerarse como tales en oposición a aquellas más libres, serias y “de autor”, pero sobre todo cuando reproducen determinados parámetros reconocibles, similares a los de centenares de otras películas. El público consumidor busca esas pautas y las exige, y por lo tanto puede decirse que un género se define en tanto existe una audiencia que lo reconoce. Para orientarse mejor, una película pertenece a un género específico cuando puede encasillarse con facilidad en alguna góndola de video-club.
Así como suele considerarse que Pizza, birra, faso (1998) de Adrián Caetano es uno de los puntos decisivos que suponen el comienzo del “nuevo cine argentino”, de la misma manera podría arriesgarse que esta suerte de “nuevo cine argentino de género” surge a partir del año 2000, con la película Nueve reinas (2000) de Fabián Bielinsky. Hasta entonces el cine popular argentino podía considerarse chato y rutinario, cuando no directamente intrascendente, pero entonces comenzaron a aparecer, de golpe y sin aviso, obras de género que no sólo competían en calidad con las mejores películas de género del cine mundial sino que, en algunos casos, llegaban a superarlas.

El policial negro. Bielinsky y Trapero. La muerte prematura de Fabián Bielinsky fue uno de los golpes más duros para la cinefilia en los últimos años. El hombre supo estar empleado durante quince años como ayudante de dirección por Carlos Sorín, Marcos Becáis y Eliseo Subiela, y recién comenzó a filmar por su cuenta a los cuarenta años. Su filmografía es lamentablemente escasa, pero de todos modos su nombre se ha ganado un merecido espacio en la historia del cine argentino. Nueve reinas fue una propuesta sumamente original que contaba la historia de dos estafadores (Ricardo Darín y Gastón Pauls) que se desenvolvían en el hampa bonaerense como peces en el agua, y que se veían envueltos en un negocio de medio millón de dólares. Nueve reinas marcó algunas de las pautas que comenzarían a reproducirse en el posterior cine argentino: un registro aterrizado, en el que un policial negro era traído a una realidad cotidiana y reconocible y protagonistas cuestionables y de poca monta, que se arrojaban a actividades delictivas. El mérito de la película es aún mayor si se considera que dio las pruebas de que Darín funcionaba maravillosamente en la pantalla grande, y que podía desempeñarse en papeles distintos a los que solían destinarle. El rostro de Darín sería, de aquí en más, una constante en este nuevo cine argentino de géneros.
Más adelante Bielinsky lograria con El aura (2005) su culminación, aunque la crítica no le correspondió en primera instancia. Se trata de un thriller angustiante, tenso y atmosférico, en el que un taxidermista (otra vez Darín) sufría inquietantes ataques epilépticos mientras era acechado por sujetos temibles, en medio de un frondoso bosque. Una película que empieza reposadamente y se toma sus tiempos para empezar, pero que incorpora tensión in crescendo, alcanzando puntos pavorosos y directamente fantasmagóricos. Nunca se había visto un cine argentino tan inmersivo, ni que presentara semejantes climas.
Pablo Trapero, por su parte, es un cineasta que suele identificarse con el “nuevo cine argentino” más de autor, y algunas de sus películas (Mundo grúa, El bonaerense) se consideran hitos iniciáticos del movimiento. Pero aunque Trapero se mantenga fiel a su vocación realista y documental, con sus últimos dos largometrajes pareció inclinarse hacia el terreno de los géneros. Leonera (2008) quizá sea la mejor y más memorable de las películas de cárceles de mujeres, ya que el director supo darle seriedad a un registro que ha sido utilizado mayoritariamente para hacer cine de explotación; es decir, poco más que una excusa para mostrar violencia y muchos desnudos. Sólida e inteligente, la película escapa a esa frivolidad y muestra con acierto una realidad carcelaria y ciertas injusticias sociales.
Carancho (2010) es también una obra comprometida con una realidad social, y expone con claridad y excelente ritmo un cuadro callejero en el que ciertas aves carroñeras explotan y lucran con la desgracia ajena. El carancho del título es encarnado otra vez por Ricardo Darín y se trata de un abogado que aparece, sorpresivamente y casi por arte de magia justo en el lugar en el que tienen lugar los accidentes de tránsito, para ofrecer sus servicios a los damnificados e intentar así extraerle dinero a las aseguradoras. Violenta, contundente y trágica, otro punto alto de este nuevo cine.


Comedia. Burman, Taratuto y Campanella. Bien es cierto que las comedias más interesantes y trascendentes presentan todas ellas sus costados dramáticos, y en este sentido el cine argentino ha sabido aportar, últimamente, grandes películas. Daniel Burman (Derecho de familia, El nido vacío) parece ser un director más bien irregular, pero también es cierto que supo construir con notable verosimilitud ciertos cuadros cotidianos, y que aún sus películas más flojas son sumamente amenas y mantienen el interés. El abrazo partido (2004) es su mayor obra hasta la fecha, y en ella demostró su habilidad para exponer ambientes familiares con agilidad, así como su buen oído para los diálogos y su buen sentido del ritmo. Su tocayo y actor fetiche, Daniel Hendler, aportaba dinamismo al relato y su presencia le dio un extra de emoción al grandioso clímax final, una descomunal estampida por las calles del Once por parte de un chico que aparentaba ser más bien apagado y holgazán. Lamentablemente hoy Burman parece estancado en sus propias fórmulas de éxito, y corre graves riesgos de convencionalizarse y de continuar transitando un cine de corte minimalista, quizá interesante y amable, pero carente de sorpresas y vuelo cinematográfico.
Juan Taratuto (Quién dice que es fácil, Un novio para mi mujer) tampoco pudo superar aún su ópera prima No sos vos, soy yo (2004), ese inteligente y divertido acercamiento a la ruptura amorosa de un cuarentón, interpretado por Diego Peretti. Taratuto creaba con soberbia precisión una transición de angustia, dolor, desesperanza, ilusión y finalmente superación, presentando un personaje creíble y humano, colmado de defectos, y en los cuales uno podía verse reflejado sin dificultades.
Por otra parte, Juan José Campanella (El hijo de la novia, Luna de avellaneda) seguramente sea el más polémico de todos los directores aquí nombrados, y conviene aclarar que no es de especial agrado de este cronista. Habiendo ganado recientemente un oscar a mejor película por El secreto de sus ojos (2009) su carrera parece estar en un punto álgido, y de seguro seguiremos escuchando sobre él durante un buen tiempo. Alternando la comedia liviana con el drama de impacto, Campanella sabe hacer fluir los relatos, aportando anécdotas atractivas, un buen trazado de personajes y ritmo ágil, pero también incurre en ciertos “vicios” que a muchos importuna. La sobreabundancia de diálogos “ingeniosos” y cancheros, así como la incansable búsqueda de un sentimentalismo efectista, redundan en aproximaciones pretenciosas y cargantes, muchas veces rechinantes y cursis.



Caetano, el Western y otros. Adrián Caetano es una rara avis dentro del cine argentino. De bajo perfil, el director evita las pompas festivaleras, no hace apariciones en sociedad, y quizá por ser él mismo un marginal de los círculos del stablishment fílmico, la crítica especializada muchas veces no sabe como calificarlo. Cuando junto a Bruno Stagnaro filmó Pizza, birra, faso, un cuadro lumpen inserto en pleno conurbano bonaerense, ya demostraba su interés por el clasicismo narrativo y los géneros. La lucha por la supervivencia en el submundo del hampa, la constante sensación de peligro y paranoia, y la fuga final hacia otro país y hacia un devenir más promisorio bañaban la película de los aires derrotistas del mejor cine negro. Un oso rojo (2002) seguramente sea de los mejores westerns concebidos en los últimos años: sustentado en buena parte sobre los hombros del gran Julio Chávez -al que ningún otro director logró darle semejante presencia en la pantalla- mostraba la violencia constante a la que era expuesto un outsider que luchaba por dejar de serlo. De portentosos aires épicos, el Oso entraba a un saloon -un bar de mala muerte, en rigor- y debía agarrarse a piñas o a balazos contra media docena de matones, rememorando los mejores momentos de Clint Eastwood.
No es menor que Caetano haya concebido una de las más vibrantes series televisivas sobre la vida carcelaria: Tumberos, y que con su notable Crónica de una fuga (2006) haya pormenorizado detalladamente la vida y la posterior huida de un centro clandestino de detención y tortura en plena dictadura argentina. Quizá los puntos más fuertes de Caetano sean su capacidad para darle a los diálogos un aire casual y creíble, su notable dirección de actores y su viciada y agreste puesta en escena. En definitiva, su capacidad para generar atmósferas de superficie realista. Considerando las películas y los cineastas nombrados anteriormente, es palpable la influencia del cine de Caetano sobre el resto del cine argentino de género – y seguramente sobre el cine de autor, también- y éste es un elemento que, de momento, la crítica especializada no ha ponderado en su justa medida.

Damián Szifrón. Quizá más que por sus películas, Damián Szifrón es reconocido por haber creado la brillante serie televisiva Los simuladores, en la que, al igual que en Los magníficos, un grupo clandestino de sujetos con habilidades específicas era contratado para misiones especiales. El atractivo de los personajes y de las anécdotas, la superficie lúdica y la gran inventiva general son puntos fuertes que Szifrón supo mantener también en su producción fílmica: El fondo del mar (2003) es un notable ejercicio hitchcockiano, en el cual un desquiciado Daniel Hendler era arrastrado por los celos y perseguía durante toda una noche a su novia (Dolores Fonzi), metiéndose en más de un problema. Y una inyección de frescura y vitalidad es Tiempo de valientes (2005) la divertidísima historia de un psicólogo (Diego Peretti) que, a raíz de un accidente de tránsito se ve obligado a realizar tareas comunitarias, y debe brindar sus servicios a un inspector de la Policía Federal, con consecuencias inesperadas.
La gran diferencia de Szifrón con el resto de los cineastas nombrados es que no parece verse atado a una superficie terrenal, y en ese sentido es el que más ha utilizado y se ha dejado influir por los géneros cinematográficos. Szifrón no busca verosimilitud ni parece tener como prioridad mostrar una realidad social, sino en cambio algo tan sencillo como divertir y divertirse. Comedia, acción, policial, thriller, todos esos términos genéricos juntos pueden servir para describir sus películas.

¿Y por casa? No es extraño que grandes sectores de la cinefilia miren con desdén y por encima del hombro al cine de géneros en general, y que lo consideren un entretenimiento trivial o una pérdida de tiempo. Pero lo cierto es que el cine de género hace tiempo que dejó de ser solamente el puntal desde el cual la gran industria se afirma para seguir existiendo, y hoy en día es también un punto de apoyo para nuevos cineastas del resto del mundo. Los géneros son utilizados para exponer inquietudes artísticas, se deforman y se reinventan, y sirven a las cinematografías periféricas para ampliar los públicos, tanto locales como extranjeros. En Uruguay, mucha trascendencia se le da al cine local serio y de autor, y pocos han comprendido la crucial importancia de películas como Mal día para pescar o Miss Tacuarembó. Los géneros dan vitalidad, nutren de experiencia al oficio y expanden horizontes. Y en muchos casos, también ofrecen cine memorable de verdad.


Publicado en "Dossier" 1/2011

jueves, 30 de diciembre de 2010

Panahí preso

La resistencia silenciada

Jafar Panahí no es un tipo que se pueda decir que haya tenido mucha suerte últimamente. En abril de 2001, cinco meses antes del atentado a las Torres Gemelas, estaba de gira mundial para la exhibición y presentación de su película El círculo en festivales, y tras la presentación en Hong Kong tenía que trasladarse a Buenos Aires y Montevideo. El viaje lo obligaba a hacer una escala en Nueva York, pero al arribar al aeropuerto J.F. Kennedy las autoridades lo detuvieron por no tener una visa de “pasajero en tránsito”. Tachado de sospechoso, fue inmediatamente fichado con fotografías e impresiones digitales; pero como el director se resistió a un tratamiento humillante, fue encadenado en una celda con otros sospechosos durante diez horas. En seguida fue colocado en un avión que lo devolvió a Hong Kong. Panahí escribiría más adelante lo irónico de ver desde ese avión a la Estatua de la Libertad, símbolo de un país que le había premiado por la libertad de expresión pero que también era capaz de destratarlo en forma abusiva.
Fue en marzo de este año que el cineasta iraní volvió a estar en boca de todos. Cuando las elecciones que dieron la victoria al actual presidente de Irán, dio públicamente su apoyo a Mirhossein Musavi, candidato opositor al régimen, y comenzó a rodar una película sobre el fraude electoral. Fue entonces arrestado y encarcelado por las autoridades, y luego de 88 días de encierro inició una huelga de hambre como protesta, exigiendo un abogado, un régimen de visitas y un juicio justo, lo que movilizó a personalidades del cine como Juliette Binoche, Martin Scorsese, Steven Spielberg y Abbas Kiarostami y a un sinfín de intelectuales del mundo que presionaron al gobierno iraní para su pronta liberación. Panahí salió en libertad tras el pago de una fianza de 160 mil euros, pero quedaba a la espera de un juicio ante el tribunal “revolucionario” de Teherán. Este 21 de diciembre, fue finalmente condenado a seis años de prisión por los cargos de conspiración y propaganda contra el gobierno iraní. Se le prohibe hacer cine, escribir guiones, viajar al extranjero y hablar con medios nacionales e internacionales en los próximos veinte años.
Lo asombroso de Panahí no es sólo que seguramente sea uno de los mejores y más consecuentes críticos a la tiránica teocracia islámica que domina Irán, sino que además debe de ser uno de los más valientes y arrojados cineastas de la actualidad. A diferencia de otros, nunca quiso abandonar el país para filmar sus películas, entre otras cosas porque para él abandonar Irán hubiera significado no hacer más películas. Lo que tiene que decir Panahí está allí, y su forma de resistencia a la opresión está en crear libremente, sin pensar en ataduras. Conocía los riesgos pero estaba dispuesto a pagar el precio necesario por decir lo que fuere, de la manera que se le cantase.
Seguramente el gobierno tendría la mirada fija en el director desde hace unos cuantos años. Las monumentales El círculo y Offside son películas políticas, que se limitan a mostrar el absurdo de las leyes que oprimen a las mujeres, y hasta qué punto obstruyen su más íntima cotidianeidad. Para filmar Offside Panahí logró escabullirse con todo su equipo de filmación en un estadio de fútbol, y también inmiscuir a seis jóvenes actrices, disfrazadas de hombres. En ese entonces en Irán se prohibía terminantemente la entrada a mujeres a los eventos futbolísticos, y la filmación se hizo entonces a espaldas de los gendarmes. Aún así, la película es un prodigio de realización cinematográfica, y se despliegan asombrosos planos secuencia y tomas con alguna de las chicas en medio de la multitud. La película desfiló por cuanto festival internacional existe en el mundo, llevándose premios y buen recibimiento crítico. Y, por decirlo de alguna manera, Panahí supo meterle el dedo al régimen donde más le molestaba.
Es verdad, quizá si no fuera uno de los mejores cineastas del mundo, si no fuera “nuestro” Panahí, no se armaría tanto revuelo y esta entrada no existiría. Poco y nada se habla de otro director de cine que arrestaron junto a él: Mahammad Rasoulof, también encerrado por seis años y condenado por los mismos cargos de conspiración y propaganda contra el gobierno. Pero también es cierto y necesario que los casos que sobresalen por alguna razón se hagan visibles en todo el mundo, que sirvan para exponer y ejemplificar una realidad atroz y vergonzosa que atraviesan otros tantos.
Tanto Rasoulof como Panahí fueron detenidos cuando asistieron al funeral de la brutalmente asesinada Neda Agha Soltan, una muchacha de 27 años que asistía a una de las protestas electorales de 2009. Su sangrienta muerte adquirió una inmensa notoriedad ya que fue grabada en video por otros manifestantes y difundido ampliamente en Internet. Neda significa “voz” o “llamada” en farsi, por lo que comenzó a ser nombrada popularmente como la “voz de Irán”.
Ojalá la voz de Panahí trascienda como un grito, como el grito ahogado de decenas de millones de iraníes temerosos, amedrentados por el hostigamiento, la tortura, las ejecuciones públicas y el ojo avizor de la portentosa revolución islámica.

Publicado en Brecha 30/12/2010

martes, 14 de diciembre de 2010

Enterrado (Buried, Rodrigo Cortés, 2010)

Seis pies abajo

El terreno estaba muy abonado: dejando de lado precedentes ancestrales como los cuentos El entierro prematuro, o Berenice de Poe, y un sinfín de anécdotas reales de asfixia, desesperación y cajones febrilmente rasguñados por dentro, desde poco tiempo a esta parte el cine ha dado algunos firmes ejemplos que precedieron e influyeron con claridad en Enterrado. Sin lugar a dudas, el segundo volumen de Kill Bill, en el que la protagonista era inmovilizada, colocada en un ataúd, confinada y enterrada, en una escena que tenía buenos tramos de oscuridad total y transmitía una claustrofobia insoportable. Más adelante, Tarantino redobló su apuesta en su brillante doble capítulo para la serie CSI Las Vegas, en el que uno de los integrantes del equipo de forenses era secuestrado y colocado bajo tierra, sin que él ni los de afuera supieran en qué sitio se encontraba. Y qué decir del indescriptible mediometraje Haze, de Shinya Tsukamoto, centrado en personajes sufrientes y prácticamente inmóviles que a duras penas podían arrastrarse dentro de recintos infames, cerrados, oscuros y laberínticos.
Pero Enterrado tiene una base fundamental que lo emparenta más fuertemente con los experimentos lúdicos que solía hacer Alfred Hitchcock, en los que al director inglés se le daba por ubicar una película entera sobre un bote a la deriva (Ocho a la deriva), o por filmar toda la acción en un único plano y sin más cortes que los impuestos por los cambios de rollo (La soga). Aquí la acción transcurre en su totalidad al interior del oscurísimo y sofocante ataúd, y el protagonista en principio dispone solamente de un celular, un yesquero, unos marcadores y un frasco con ansiolíticos. Más adelante descubrirá que hay otros objetos en el cajón, y que también podrán serle útiles.
La puesta en escena del director español Rodrigo Cortés es fenomenal. Aunque a muchos les cueste creerlo, la película no decae en ritmo en ningún momento, ya que ofrece una tensión constante fundamentalmente debido a la variedad de recursos que escasean y de los que depende la vida del personaje (el aire, la batería del celular, la iluminación, finalmente el frágil material del mismo ataúd) y elementos imprevistos que le complican aún más la existencia. La permanente variación de las tomas, la notable actuación de Ryan Reynolds, la brillante banda sonora de Víctor Reyes y la indignación general provocada por la flagrante injusticia de la situación proveen a la película de una atmósfera intensa, difícil de tragar para el que no esté preparado para tal experiencia.
El punto más cuestionable y polémico de la película es el hecho de que la acción esté situada en Irak, que el personaje sea un camionero norteamericano y que el responsable de su situación sea un (¿terrorista?) irakí resentido. Es verdad que la película intenta una crítica lateral a la guerra, a los negocios turbios de las empresas norteamericanas instaladas en Irak, y a la ética del gobierno. Pero no por ello deja de molestar que la víctima sea un norteamericano y el tipo jodido un irakí, y que la elección de semejante contexto huela tanto a oportunismo temático.

Publicado en Brecha el 15/12/2010

sábado, 11 de diciembre de 2010

Machete (Robert Rodríguez, 2010)

El mexicano equivocado

El falso trailer que acompañaba el proyecto compartido de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino Grindhouse, y que fue el germen original de esta película, estaba buenísimo. Un homenaje a las películas de explotación de los años setenta, con el chicano maldito y de rostro taladrado Danny Trejo prometiendo desbordes sangrientos, sexo y machetazos gratuitos al por mayor. Como el trailer fue bien recibido y la tentación era grande, Rodríguez decidió convertirlo en largometraje, sublimando así esa bizarra fantasía.

El temerario Machete (Trejo) es un ex policía especializado en la lucha con armas filosas y pesadas. Luego de haber sido dado por muerto por un encuentro con el rey de la droga Torrez (Steven Seagal) se instala en Texas para rehacer su vida y es contratado para asesinar a un senador corrupto y xenófobo (Robert DeNiro), pero con la oculta intención de tenderle una trampa al protagonista y usarlo como carne de cañón para una conspiración política. Y naturalmente, como dirá Machete con su pétrea mirada en alguno de los tantos primeros planos a lo Sergio Leone que le dedican: “Han tratado de joder al mexicano equivocado”.

Y son de agradecer varias escenas de corte violento -en todo sentido- en que el vengativo protagonista despedaza docenas de pistoleros armados, con saña y radical falta de escrúpulos, y esa atmósfera desértica que tan bien funcionó en otras películas de Rodríguez como El mariachi, La balada del pistolero y Del crepúsculo al amanecer. Por supuesto, para poder sostener e hilar las escenas del trailer, era necesario esbozar un guión, un argumento que sirviera como excusa a tanto desmadre. Y ahí es que Rodríguez fracasa estrepitosamente: incapaz de crear un solo personaje interesante, plantea tramas y subtramas largas, vacías e inconsistentes –y eso que la acción transcurre cerca de la frontera de México-Estados Unidos, y hace referencia continua al conflicto de la inmigración ilegal- provee al relato de una arritmia radical -esto podría haberse solucionado con un montaje más riguroso- y diálogos soporíferos. El director mexicano, curiosamente, pretende darle un trasfondo serio a una película que se suponía iba a ser de explotación, y se esmera en continuar demostrando sus inmensas carencias para la realización audiovisual.

Dejando esto de lado, la película aporta divertidos tramos que, por su extrañeza y singularidad, tienen lo suyo. Y no tiene desperdicio ver a algunos veteranos actores de la clase B como Don Johnson, Steven Seagal y Jeff Fahey aportando su presencia y su bizarrez natural. Claro que quizá lo mejor sería esperar a verlos en una futura edición de DVD, y así poder hacer un buen uso del botón de fast forward.

Publicado en Brecha el 10/12/2010

jueves, 9 de diciembre de 2010

Educar la mirada

Gonzalo Palermo, gran cinéfilo, estudiante de periodismo y administrador del blog amigo País del ricardito, tenía que entrevistar a alguien de la prensa para un trabajo que versaba sobre la entrevista y no se le ocurrió mejor idea que acribillar a un servidor. Y la verdad le estoy agradecido porque me llevó a decir cosas que hace tiempo pienso pero nunca tuve la oportunidad de dejar por escrito. Así que acá va, el ida y vuelta con Palermo. Espero les sea de interés.

En alguna callejuela de Internet de cuya dirección no quiero acordarme, circula cierto programa que anticipa el año exacto en el que va a desaparecer la prensa en papel de cada país. A pesar de ser repetitiva y apocalíptica (recordemos que iba a desaparecer el cine, la radio, el vinilo) es de nuestro interés, porque la que sigue es una entrevista que habla sobre el periodismo en papel, y sobre el cine. Aunque es seguro que, si de distopías se trata, el entrevistado preferirá La naranja mecánica.

Y el entrevistado en cuestión es Diego Faraone, que ya ha dado el primer paso de toda rehabilitación: reconocer la enfermedad. Si bien acepta estar dominado por –así la llama él- la “insomne e inhóspita” cinefilia, reconoce que no tiene cura. Por eso ha preferido disfrutarla. Desde abril de 2004 empezó a colaborar con la causa “voluntariamente”, según dice, en portales como Arte7, Quinta Dimensión y Miradas de cine, aportando notas a las que hoy califica de “bastante fuleritas”.

Cuando le pregunto sobre la actualidad de los medios escritos y la alternativa digital que amenaza con reducirlos a cenizas, destaca la importancia de la lectura analítica y extensa, del artículo con más texto que foto, frente a la lectura frenética de muchas publicaciones digitales o impresas que priorizan la lectura reducida en caracteres y lista para llevar en bandeja (como las hamburguesas de una célebre cadena de comida rápida).

-Si bien es cierto que mundialmente muchísimos medios de prensa escrita están en crisis, y que muchos han cerrado directamente o eliminado secciones, no termino de creer que los medios impresos vayan a quedar del todo obsoletos. Muchos preferimos leer revistas o diarios tangibles, son más indicados para lecturas profundas y analíticas, mientras que en la web la tendencia es apuntar a lecturas fugaces, con notas y párrafos cortos. Es innegable que si uno precisa profundizar realmente en un tema, tendrá que echar mano a libros, estudios y trabajos que son muy difíciles o imposibles de encontrar en la web.
Creo que es muy importante que exista, en los medios impresos, una alternativa de resistencia a esa tendencia mundial a achicar textos, refritar y hacer todo más digerible. Le monde diplomatique, Brecha, e incluso algunas revistas de cine como El amante cine o Cahiers du cinemá se niegan a plegarse a esa tendencia. Por fortuna, algunas páginas web y algunos blog también. Es muy difícil o imposible escribir una nota profunda en 1500 caracteres.

-¿Y las secciones culturales?

-No pasan por un buen momento, pero tampoco creo que vayan a entrar en decadencia o dejar de existir.

-En el medio uruguayo todos conocen a casi todos ¿Eso te condiciona a la hora de referirte a una película?

-Eso condiciona a todos, y el que diga que no miente. En un país tan chico es imposible no conocer gente involucrada en la cuestión audiovisual, y cuanta más experiencia tiene un cronista, más serán los vínculos con los círculos en cuestión. Por fortuna nunca me ha tocado criticar la obra de un conocido, pero el día que me lo pidan, intentaré evitarlo a toda costa. De todos modos debo admitir que me he visto a mí mismo moderando mi léxico a la hora de vapulear una película uruguaya. Uno se siente menos suelto, más expuesto y observado, y sin dudas, existe la opción real de obtener una respuesta escrita inmediata que exprese un desacuerdo.

-El imperativo “apoyar la producción nacional”, a veces se vuelve “apoyar la producción nacional por el solo hecho de ser nacional”. ¿Defender un producto por el simple hecho de ser uruguayo, termina siendo un impulso o todo lo contrario?

-Nunca entendí esa tendencia. Supongo que obedece a un regionalismo berreta, a una idea de “progreso” a cualquier costo. Es ridículo apoyar una película sólo por el esfuerzo que significó o la localización geográfica en la que surge. Primero que sea buena, luego la apoyaré y halagaré con muchísimo gusto. Los que se hunden solos son los críticos, que pierden su credibilidad defendiendo películas intragables.

-¿Tuviste algún inconveniente por criticar alguna película uruguaya?

-Nunca tuve inconvenientes, aunque una vez escribí una crítica negativa a la película Joya, y me llegaron rumores de que el director me quería pegar o algo así, después me llegó alguna sentida expresión de desacuerdo por parte de algún encargado de producción. Pero nada muy resaltable.

-¿Creés en la tarea crítica, hoy tan vapuleada y tratada de obsoleta por algunos?

-Ja, si no creyera no dedicaría buena parte de mi vida a ello. La crítica es una forma de hacer pensar a la gente, de hacer dudar, de hacer disentir aún con el mismo crítico, y de educar la mirada. Vapulear al oficio crítico es como querer abolir el pensamiento.

-Hagamos una distinción entre el cine ‘comercial-popular’ y cierta forma de cine ‘social-comprometido de autor’. Desde parte de la crítica se desmerece -a priori- el alcance que pueda tener cine comercial, ¿Qué pensás al respecto?

-Bueno, esas sí que son críticas obsoletas. Es una tendencia de antaño que tiene que ver con ese ensalzamiento del cine “comprometido”, social, serio y reflexivo en detrimento de otro cine industrial, fabricado en cadena, hecho burocráticamente y con fórmulas establecidas. Pero lo cierto es que esos extremos nunca fueron absolutos, ni contrarios, que muchas veces las películas más comerciales se convierten en clásicos inmortales, y que la película más urgente y coyuntural puede ser olvidada inmediatamente.

-Por eso hasta hoy recordamos tanto el revolucionario montaje de Eisenstein como el Liberty Valance de John Ford y todo el western americano. ¿Qué tienen los clásicos para continuar vigentes?

-Supongo que así como no existe una fórmula para el éxito tampoco lo existe para que algo se vuelva memorable. Sin embargo adhiero un poco a lo que dijo Borges una vez al respecto; que sólo hay una constante en las obras maestras: la sorpresa. Un poco por eso es que me resisto bastante al cine “amable”, o apenas “interesante”.

-Esa definición (lo comercial siempre es malo por ser comercial) parece vacía de respaldo y justificaciones, algo paradójico si entendemos que la crítica se basa precisamente en justificar lo que se dice… Al respecto, en tu blog hacés una detallada clasificación de ‘especies’. Hablas de promotores, criticóides y, por último, de críticos. Suponiendo que te incluís en la última categoría, ¿qué debe tener un crítico que lo diferencie de los anteriores?

-Esta es una respuesta muy personal, pero me parece que es alguien que tiene que leer mucho, y no sólo sobre cine. Que tiene que ver las películas que le gustan pero también otras que quizá no tanto, y que debe saber analizar y analizarse a sí mismo. Alguien que aprende a responder la difícil pregunta: ¿por qué esta película me hace sentir de esta manera?

-Ya dentro de los críticos, decís que algunos se centran en nimiedades, catalogan de ‘interesante’, ‘contemplativo’ o ‘inteligente’ lo que es simplemente aburrido o lento. ¿Se trata de tener un sexto sentido para la percepción de lo que al resto se le escapa? ¿Depende de la formación del espectador? ¿O es una interpretación rebuscada del crítico?

-Bueno, esa cuestión ya va más en los gustos y obviamente nadie tiene un sentido “superior” que le ayude a discernir lo bueno de lo malo, y creo que un crítico, ante todo, debe ser fiel a lo que siente y lo que le provoca una película. Lo que pasa es que muchas veces los que abusan de esos adjetivos lo hacen de acuerdo a una pose y a la creencia de que existe un cine “elevado” por el sólo hecho de ser lento, difícil o hermético. Yo no tengo nada en contra de que la gente disfrute realmente de esa clase de cine, pero muchas veces se habla de “poesía”, de maravillas apoteósicas cuando ni siquiera se da una explicación al respecto. Si me van a decir que algo es genial, por lo menos que me cuenten por qué lo es.

-Eso va de la mano con el lenguaje técnico o especializado ¿Qué pensás del exceso de tecnicismos en una crítica (ya sea cinematográfica, musical, literaria)?

-No lo veo como algo necesariamente malo, mientras se tenga una buena pluma y se pueda hacer entender a los lectores no especializados de lo que se habla. Y también mientras el artículo sea ameno, ágil y no se convierta en un bodoque intragable, naturalmente.

-En tus reseñas te toca hablar del cine mainstream norteamericano, pero también del europeo y el nacional. Las salas comerciales de nuestro país exhiben mucho material realmente malo, pero el público lo respalda. ¿Se debe al cine en general, al público o a la distribución?

-No se puede echar la culpa al público por consumir el único cine que le llega. Los responsables son, sin dudas, los distribuidores, porque son los que presuponen de antemano lo que el público quiere o no. Porque son conservadores y no se arriesgan a traer películas diferentes, o a moverse un poco para conseguir obras más recónditas. Lo mismo los programadores de los canales de TV abierta. Nunca pasarían una película en blanco y negro, o pondrían en una tarde una película europea, surcoreana o tailandesa –y eso que las hay con más y mejores escenas de acción que las del cine mainstream-. No es menor que cuando se estrenó Saraband en Cinemateca 18 la gente se agolpó en la puerta formando una cola de dos cuadras de largo. Esa gente avalaba un cine diferente, pero es difícil encontrar distribuidores, o programadores de TV que apunten a colmar esas demandas, o a cambiar las percepciones del gran público.

-Hay mucho cine que no llega por las vías habituales y por lo tanto “no existe”… ¿Cómo ves el presente y el futuro del cine comercial americano?

-Nunca podría decir que esté en decadencia (quizá lo dije en algún exabrupto, pero me equivoqué). Por ahí están la Pixar, Dreamworks y Sony Animation haciendo películas grandiosas. Hay tipos con mucha cabeza como Tarantino, Scorsese, Burton o Fincher, y hay mucho potencial en la vuelta como para que una vez de cada poco tiempo tengamos una buena sorpresa. Nombro las últimas que me llamaron la atención muy positivamente: La niebla de Darabont, Apocalypto de Gibson y Meteoro de los Wachowski. Si prestamos atención a los estrenos semanales, diremos que la producción comercial americana es un desastre, pero visto el asunto en perspectiva, también podemos ver que hay tres o cuatro estrenos anuales que son buenísimos.

-¿Y el cine nacional?

-Está pasando por su mejor momento. Supongo que 25 Watts y el nuevo cine argentino envalentonaron a muchos nuevos cineastas, dando las muestras de que acá se podía hacer buen cine. Este año pasado se dio un salto importante: Mal día para pescar y Miss tacuarembó son dos películas de género muy personales y dignas. Es otra muestra de capacidad, y el cine de género siempre ayuda a impulsar la producción fílmica de un país.

-Sin embargo, el cine de género se practica poco en nuestro país. Últimamente hay muchos trabajos introspectivos e historias mínimas, y el sello de Control Z (las primeras películas de Stoll y Rebella básicamente) parece muy arraigado en varias películas uruguayas ¿Hasta qué punto eso es bueno y hasta qué punto encasilla al cine uruguayo, recién en pañales.

-A mí ya me está cansando un poco ese estilo. En argentina también hay un montón de cineastas que se centran, con un abordaje austero y distante, en anécdotas mínimas y cotidianas y con personajes a la deriva. Y ya tiene un poco de pinta de pose y de fórmula segura, de entrada garantizada a los festivales internacionales. Acné fue un poco el colmo de esta tendencia. ¿Alguna vez viste cuatro pibes de 13 años juntos que no se pasen hablando sin parar y rompiendo las bolas? Pero la austeridad y los personajes silenciosos y aburridos son lo que parece estar pegando hoy.

-¿Es por falta de ideas o conservadurismo que se termina siempre en esa misma afectada solemnidad? Digo esto porque esas historias nunca son declaradamente cómicas, de ciencia ficción, policiales, etc, y nunca tienen una trama demasiado sólida.

-No lo creo, a lo mejor existe en ellas una real voluntad para expresar algo, y los creadores prefieren usar ese estilo particular. Es una decisión estética, es como decir “yo no hago cine para las masas, sino para quien pueda entenderme” claro que al elegir ese camino muchos espectadores quedamos por fuera. Y como crítico, uno debería expresar su situación, y alertar al público potencial.

-¿Qué es lo primero a mejorar en el cine nacional hoy?

-No lo tengo muy claro, pero supongo que ante todo los cineastas deberían empeñarse más en contar historias, a transmitir energía y urgencias con anécdotas que los seduzcan. Me encantaría encontrarme una película uruguaya con un guión realmente original que la sustente.

-¿Y en la tarea de los cronistas, críticos o difusores culturales?

-Bueno, se necesitaría más profesionalismo. Pero no se puede exigir profesionalismo cuando no hay medios que paguen por ello. Lamentablemente en el Uruguay debe haber veintipocos críticos de cine activos, y de entre ellos sólo dos o tres deben ganarse la vida con ello (por supuesto que yo no soy uno de esos tres). Eso frustra iniciativas y lleva a quienes quieren especializarse a focalizar sus energías en otras cosas. Y la crítica de cine mal paga tiende a convertirse, a la larga, en una crítica pobre de contenido.

-Para cerrar, se va el 2010. ¿Cuáles fueron las mejores tres películas que viste en esta década?

-En primerísimo lugar Kill Bill (tengo una devoción casi patológica por el cine de Tarantino), después hay un par de documentales que me parecieron una brutalidad: The fog of war de Morris y La pesadilla de Darwin de Sauper, y después está la genial Memories of murder, del amigo Bong Joon-ho. Ya sé, te dije como cinco, pero me es muy difícil ponderar a una por encima de la otra cuando estamos hablando de estos pedazos de películas.


Y mientras la década se va, a Diego le llega la noticia de que fue seleccionado como Talent press para el próximo Festival de Berlín a celebrarse en febrero de 2011. Allí fue reclutado para escribir en la revista del festival (en inglés), por lo qué viajará al viejo continente. Actualmente escribe en el semanario Brecha y las revistas Dossier (bimestral) y Noteolvides.

Un poco sobre los medios y la crítica, un poco sobre el cine de acá y el de allá; el que se ve y el que no llega, el bueno y el malo (y el feo). Diego aceptó amablemente contestar a las preguntas y luego, casi sin aguantar más (no se si por mis preguntas o por su necesidad de cine), se internó raudamente en su centro de cinefilia privado. Voluntariamente, claro.

GONZALO PALERMO

viernes, 3 de diciembre de 2010

Harry Potter y las reliquias de la muerte – Parte I (Harry Potter and the Deathly Hallows: Part 1, David Yates, 2010)

Oscuridad inconclusa

En una de las escenas de apertura puede verse a Hermione -una ya madura Emma Watson, que parece actuar cada día mejor- en su casa, de rostro grave y compungido apuntando a sus padres con su varita, y arrojándoles un implacable hechizo desmemorizante. Consciente de que su destino próximo la colocará en situaciones de extremo peligro, y que quizá incluso la exponga a la muerte, Hermione prefiere borrarse a sí misma de los recuerdos de sus progenitores. Al poco tiempo se desatarán sanguinarios ataques de mortífagos hacia los principales personajes, en los cuales morirán varios de los últimos y la sangre se derramará en forma intermitente. Los protagonistas ya no son niños (los actores mucho menos) y ya no están amparados por su viejo director –el tristemente fallecido Dumbledore-; obligados a madurar de golpe y a asumir una responsabilidad inmensa, la tensión se cierne gravemente sobre ellos. Así, esta séptima entrega es, hasta hoy, la más oscura y tétrica de las películas del niño mago, la menos rebajada de violencia y la primera que no está ambientada en el colegio Hogwarts, sino en el inhóspito mundo exterior -aquí los protagonistas emprenden una travesía en busca de objetos varios que les servirán para exterminar al villano-.
Para extender aún más una larga saga que amenazaba con culminar, y con obvias intenciones comerciales, la adaptación cinematográfica de la séptima novela de Harry Potter fue dividida en dos partes, de las cuales ésta sería la primera, y la segunda y última estaría proyectada para estrenarse en julio del 2011. La decisión es beneficiosa por un lado, en el sentido en que son respetadas las diversas instancias de acción presentadas en el libro –no hay grandes omisiones- pero también trae algunas consecuencias negativas: en la novela había una atroz bajada de ritmo, con los protagonistas alojados en una carpa en medio de un bosque y sin saber bien qué hacer, que es reproducida sin elipsis, y que lleva a que la narración se estanque drásticamente. El otro problema es que la película no tiene un desenlace contundente, sino que termina con un decepcionante e inevitable “continuará”, dejando una sensación de extracto o de capítulo carente de unidad.
Se está haciendo notoria la distancia actoral de Daniel Radcliffe (Potter), apenas correcto, con la de sus dos brillantes acompañantes Emma Watson (Hermione) y Rupert Grint (Ron), que se roban la película y logran cambios de registro y dobleces emocionales en pocos gestos. Como de costumbre, los demás secundarios están perfectos -la escuela británica se hace sentir- y la película en conjunto es disfrutable, aunque sin dudas un tanto hermética para quienes no tengan presentes las novelas o las anteriores películas. Por otra parte, los primeros veinte minutos son ágiles, intensos y poderosos, y más adelante no se vuelve a retomar ese nivel. En definitiva, como en tantas otras entregas, queda la sensación de que si bien hay potencial, no estuvo muy bien administrado y resuelto.

Publicado en Brecha 26/11/2010

jueves, 25 de noviembre de 2010

Un mangazo descomunal

Siempre consideré de mal gusto poner publicidad en este blog, avisos google, o terminar las entradas con el típico "buy me a coffee" o "buy me a beer" mediante el cual algunos cybernautas piden aportes solapados a sus lectores.
Pero hoy se ha dado que mi situación económica se ha vuelto un tanto inestable, y, para colmo, ayer me desayuné que fui seleccionado como "Talent press" para el Festival de Berlín próximo. La buena nueva viene acompañada de un reverso trágico: el festival paga la mitad del pasaje (cerca de 500 euros) y el hotel, pero el favorecido tiene que hacerse cargo del resto del pasaje, comida y viáticos. Como bien sabrán, las diferencias cambiarias nunca favorecen a los países tercermundistas. Es por esto que estoy abriendo un fondo para poder viajar a Berlín este febrero próximo. Así, al que no le cueste y lo considere una buena acción, podrá depositar una cifra cualquiera en mi caja de ahorros: el código swift es BROUUYMM, y el número de cuenta 1880249710. La cuenta está a mi nombre: Diego Faraone.

Bueno, en fin, sucumbí a la mendicidad...Ayuden a un viejo rasta!!!

Para residentes en España o usuarios del BBVA lean el aporte de Oldboy

jueves, 11 de noviembre de 2010

Actividad paranormal 2 (Paranormal activity 2, Tod Williams, 2010)

El miedo multiplicado

No pueden negarse los méritos de la primer Actividad paranormal. Más allá de que se haya convertido en la película más redituable de la historia, (su presupuesto original fue de 15 mil dólares y se hizo de beneficios que multiplicaron por 10 mil esa cifra) fue para Oren Peli, su creador, un verdadero hallazgo haber dado con recursos cinematográficos tan brutales y efectivos, pergeñar una sencilla fórmula capaz de despertar miedos profundos y atávicos en la audiencia. Pese a su buena cantidad de defectos, la película infundía terror hasta en los más valientes, y en ella se utilizaban con sabiduría los sonidos de fuera de campo, la sugerencia, la aparición paulatina in crescendo de intervenciones sobrenaturales. Se ubicaba al espectador en una posición de voyeur permanente, por lo que fisgoneaba, cámara mediante, la vulnerable intimidad de una pareja protagonista y se lo volvía testigo de amenazas espeluznantes.
Lo llamativo de esta Actividad paranormal 2 es que muchas de las más importantes características de la primer película parecen redoblarse. Naturalmente, el presupuesto base se ha ampliado -es de casi 3 millones de dólares- pero también se agrandaron las dimensiones de la casa; ahora tenemos una concurrida familia, perro y bebé incluidos, como víctimas de la presencia demoníaca, y las cámaras que registran la acción son ahora siete, seis cámaras de vigilancia más una de mano que se mueve por todo el campo de acción. También es cierto que se multiplicaron los problemas de ritmo, la primer película se detenía un buen tiempo en la presentación de personajes, y las prometidas actividades del título se hacían esperar demasiado. Aquí la presentación dura aún más, convirtiendo la primera mitad en un hueso estirado y duro de roer, la típica filmación casera de una familia haciendo y diciendo boludeces; es decir, la clase de material audiovisual que podría interesarle a los involucrados y a pocos más.
Debe decirse, también se redoblan los problemas de coherencia. Quizá el mayor bache de verosimilitud de la primer película es que los protagonistas no abandonaban la casa aún luego de saber que un demonio los acechaba. Ahora ocurre exactamente lo mismo, y los personajes no hacen lo que haría cualquier otro mortal en su situación: huir despavoridos, mudarse a un hotel, irse a vivir prontamente a otro estado.
Y curiosamente, lo que se redobla durante la segunda mitad es el miedo. No es sólo que haya un par de sustos capaces de hacer saltar de la butaca -literalmente- a una sala entera, sino que además Actividad paranormal 2 logra algo que ya quisieran centenares y miles de películas de terror de todo el mundo: despertar miedo al miedo. Mediante la sugerencia y la constante amenaza de un nuevo y terrible sobresalto, los últimos tramos provocan una angustia constante, y llevan a una situación en que el espectador queda pendiente y alerta de cada puerta entreabierta, de cada movimiento extraño, de cada indistinguible y horripilante sonido. Y es una sensación que muchos llevarán a sus casas y a sus cuartos, así que conviene alertar que, almas sensibles, deberían abstenerse.

Publicado en Brecha el 12/11/2010

jueves, 4 de noviembre de 2010

Las mejores películas (XV)

Esta entrada se hizo esperar. Importantes cambios vitales y de rutina me impidieron ver cine ultimamente, y eso explica la demora. Bien nutrida y coronada con un par de clásicos imperdibles, esta nueva lista de recomendados va dedicada al amigo Gerardo H, fiel lector de antaño que, al parecer, sigue estas recomendaciones con detenimiento y atención, y ya venía manifestando cierta ansiedad. A su salú hermano. Espero que no las hayas visto todas.

Summer wars de Mamoru Hosoda (Japón)
Un frikki de las matemáticas y de la computación se ve obligado a simular ser el novio de una amiga, y a pasar una temporada manteniendo el engaño frente a la familia de ella. Mientras, es perseguido por la policía por delitos informáticos, se ve amenazado por una parentela de estirpe samurai e involucrado en una guerra colosal, de implicancias insospechadas. Una grandiosa aventura, y otro animé de primerísimo nivel.

Serbis de Brillante Mendoza (Filipinas, Francia)
En un inmenso y decadente cine porno se dan visita travestis, prostitutas y homosexuales de todo tipo y color, y se puede obtener un “servicio” por unos pocos pesos. El cine, apenas un despojo y una burda caricatura de lo que fue en sus lejanos años de gloria, es regenteado por una matriarca y su familia, quienes sobreviven a duras penas entre el calor, la pesadez y los malos olores. La mejor película del filipino Brillante Mendoza.

La carretera de John Hillcoat (Estados Unidos)
En un futuro próximo, la naturaleza muere, los alimentos escasean y el canibalismo es una de las últimas opciones de supervivencia. La peli puede volverse un poco pausada y lenta, pero es una experiencia absolutamente singular, que deja imágenes incrustadas. Hillcoat contó con una historia profunda y memorable, y la plasmó con confianza, logrando levantar un consistente vuelo poético y audiovisual.

Red social de David Fincher (Estados Unidos)
Qué bueno saber que Fincher esté otra vez en carrera, y que no siga en ese tren de mariconadas empalagosas tipo Benjamin Button. Red social es una incisiva película centrada en el joven magnate multimillonario Mark Zuckerberg, y en el cuestionable proceso mediante el cual creó la plataforma virtual Facebook. Brillantemente escrita y filmada; quizá tendenciosa y oportunista. Como sea, una experiencia intensa y reflexiva.

Kickass de Matthew Vaughn (Inglaterra, Estados Unidos)
La mejor película de superhéroes que he visto hasta el momento. El pibe protagonista sueña con ser un paladín de la justicia, y en un principio lo único que obtiene son golpizas masivas. Pero pronto genera un efecto contagio, y allí se le suman superhéroes de verdad. Un amigo que leyó el comic dice que es mucho mejor que la peli y le creo, pero igual, no es fácil dar con un cine tan dinámico y divertido.

El hombre de al lado de Mariano Cohn y Gastón Duprat (Argentina)
El vecino grasa de al lado sirve como reflejo antagónico para que el protagonista, un diseñador exitoso y superficial, se dé cuenta de su cobardía y de sus inmensas carencias vitales. Inteligentísima, muy graciosa y sugerente, entre otras cosas nos recuerda que Daniel Araóz es un grandísimo actor, y que al cine le haría mucho bien explotarlo con mayor regularidad.

Depredadores de Nimrod Antal (Estados Unidos)
En una selva repleta de bichos horribles, se encuentran de repente varios asesinos profesionales de distintas procedencias. Ninguno de ellos parece tener idea de cómo fue a parar allí, ni por decisión de qué extraña voluntad. Retomando el espiritu de las dos primeras (y brillantes) entregas de Depredador, haciendo uso de esa acción física y contundente que las caracterizaba, Nimrod Antal demuestra a la industria y a la cinefilia que él es un soldado a considerar.

Cinco minutos de gloria de Oliver Hirschbiegel (Inglaterra, Irlanda)
Hipotético e intenso enfrentamiento entre un asesino y el hermano de su víctima, luego de treinta y tres años de un hecho sangriento, en el entorno de los conflictos entre protestantes y católicos en Irlanda del norte. Madura, inteligente, brillantemente orquestada, evita los facilismos y convence, con esa poderosa y claustrofóbica impronta del director alemán.

El intendente Sansho de Kenji Mizoguchi (1954, Japón)
A fines de la era Heian, un gobernador es injustamente enviado al exilio. Su mujer y sus hijos quieren acompañarlo, pero son engañados, vendidos como esclavos y enviados a campos de trabajo, donde los explotarán en condiciones infrahumanas. Una poderosísima y conmovedora obra maestra de uno de los más grandes directores de la historia del cine japonés.

Häxan de Benjamin Chistensen (1922, Dinamarca, Suecia)
Reconozco que no soy un gran explorador del cine mudo, más bien lo contrario. Pero lo curioso es que las pocas veces que me interno en el terreno salgo sorprendido, dando muchas veces con obras maestras incomparables. Häxan (La bruja) es brillante por donde se vea, un documental de terror, una cátedra de historia, un despliegue de inventiva visual y una reflexión psicológica y sociológica. No se la pierdan bajo ningún concepto.

La pontífice (Die Päpstin, Sönke Wortmann, 2009)

Actualicen la leyenda

La historia de que durante un breve período de tiempo –quizá durante el Siglo IX- existió un papa que en realidad era una mujer disfrazada de hombre, es una leyenda que la misma iglesia católica dio por cierta hasta el Siglo XVI. Hay varias versiones que hablan del mismo suceso, incluso se ha afirmado que el propio Benedicto III fue la mujer disfrazada, y la sospecha también recayó sobre Juan VIII. Como fuere, la historia fue refutada infinidad de veces y reflotada otro tanto, al punto que hoy es imposible saber qué asidero real pudo haber tenido.
Esta película se basa en una novela de la escritora norteamericana Donna Woolfolk Cross que a su vez se basó libremente en la versión de la leyenda escrita en las crónicas de Martin de Troppau, y en otras posteriores. Desde un comienzo se nos adelanta que la protagonista llegará a ser papisa, y se presenta entonces una suerte de recorrido por la vida de esta hipotética mujer. La película es una laboriosa reconstrucción de época y una recreación notable, y nos ofrece un fresco de una luchadora que desde niña mostraba indicios de tener una sorprendente habilidad para la lectura y la interpretación de escritos -aún cuando a las mujeres se les prohibía aprender a leer- y a la que el azar –o la voluntad divina, quién sabe- y una indómita fuerza de voluntad llevó, sin que ella lo eligiera, hasta el escalafón más alto de la autoridad eclesiástica. El espectador se ve obligado permanentemente a adivinar qué nuevo y extraño giro dará la película, y qué llevará a la protagonista a ese curioso desenlace. Ese juego propuesto, el atractivo propio de las distintas instancias que atraviesa a lo largo de su vida, el buen ritmo general y la tensión impuesta a partir de la mitad, cuando la protagonista decide disfrazarse de hombre para poder pasar desapercibida, vuelven a esta película una obra sumamente disfrutable. La impagable aparición de John Goodman, pasada la primer hora y media, aporta una afortunada inyección de energía y humor justo en el momento en que el ritmo parecía decaer.
Pero también hay puntos débiles. Algunos tramos se tornan predecibles por elementos que podían haberse evitado. Cuando un personaje tose en una película, es obvio que va a morir tarde o temprano. Cuando otro mira por lo bajo, frunce el ceño y cuchichea secretos en reunión, se sabe que es malo, que trama algo y que planifica una pronta traición. Y luego están los guiños anacrónicos: los buenos tienen ideas “progres”, ya que creen en la igualdad entre el hombre y la mujer, hacen el bien sin mirar a quien y toleran en silencio las audacias de la protagonista, y los malos dicen barbaridades y son retrógrados –desde nuestra perspectiva adelantada en más de 1100 años, claro-. Realmente sería muy interesante dar con una película histórica que evite estos maniqueísmos, que cree héroes y villanos con dobleces creíbles y con una ideología más acorde a la época en que nacieron.


Publicado en Brecha 5/11/2010