sábado, 26 de enero de 2013

Anina en la cocina

Los niños que fuimos

Anina (ver trailer) será el primer largometraje uruguayo de dibujos animados, y está a punto de ser estrenada en el Festival de Berlín. El estreno en el país no está acordado aún, pero seguramente tenga lugar en la primera mitad del 2013. Por detrás de un producto de estas dimensiones, existe un largo proceso, algunos imprevistos y, sobre todo, una férrea voluntad colectiva para llevarlo adelante.

Todo llevó ocho años. El ilustrador Alfredo Soderguit fue el encargado de hacer los dibujos de la novela infantil "Anina Yatay Salas" de Sergio López Suarez. A partir de ese momento quedó encantado con la historia, y descubrió que la narración y la manera en que se iban desencadenando los hechos eran inmensamente cinematográficos. Sin un proyecto claro, empezó a trabajar con Federico Ivanier el guión, proceso que les insumió dos años, hasta que, comentando la idea, se sumaron Germán Tejeira y Julián Goyoaga del estudio Rain Dogs Cine, ofreciéndose a hacer la producción y a embarcarse en una búsqueda de fondos que se continuó hasta el día de hoy. La concreción del largometraje Anina surge entonces de la conjunción de Palermo estudio, productora de Soderguit (junto a Alejo Schettini y Claudia Prezioso), con Rain Dogs. Más tarde se sumó a la co-producción la productora colombiana Antorcha films, la que se encargó de contratar los servicios para retoques de sonido y el proceso de laboratorio.
Con un equipo uruguayo de veintidós personas, trabajaron tres años y medio. Ese grupo se conformó básicamente de once animadores; cuatro personas en arte -dibujando fondos-; una en retoque de imagen, corrección de luz y fotografía; dos en montaje, producción y guión (Germán y Julián), más el director, Alfredo. Si se cuentan los músicos y los actores, el equipo suma unas treinta y cinco personas.

El proceso

La primera punta del diseño es el concept art, (bocetos de arte de la película). Es un punto de partida general de imagen y cada vez que alguien entraba al equipo debía partir desde esa idea base. "Esas imágenes indican que más o menos así se va a ver la película, hay ahí una atmósfera, un sentimiento", explica Alfredo.
Cuando se idea un personaje, es dibujado a mano en un boceto, se calca y se establecen cuáles van a ser cada una de sus partes movibles. Se hace primero un óvalo, luego dos ojitos, una boca, cada una de las partes de su cuerpo. Como si fuera a hacerse un muñequito animado de cartón, deben diseccionarse a los personajes en un montón de pequeñas partes. Estos muñecos se llaman "puppets" -en Colombia "despiezaos"-. Hay que calcular no sólo qué partes se van a mover -para generar la ilusión de realismo- sino también qué diseño y qué forma tiene esa pieza para que tolere determinadas deformaciones. Una vez que la pieza gráfica está digitalizada, es necesario saber qué margen de movilidad debe tener. Hay que cuidar la escala, la resolución, la forma. Si un personaje está de perfil y se mueve un poco en dirección a la "cámara" hay que comprimir un poco el pelo, mover un poco las piezas, trasladando los ojos. "El programa permite cierta movilidad, -dice Alfredo- pero el asunto se complica si se quiere, por ejemplo, que el personaje gire sobre su eje y de una vuelta de 180 grados: en ese caso, hay que hacer que llegue hasta cierto punto máximo de deformación tolerado, y ahí hay que cortar a otra opción de cámara en donde se vea al personaje desde otro ángulo, en el cual el giro pueda completarse." Estos cambios de perspectiva fueron aprovechados por el equipo para usarlos a su favor, ya que narrativamente ayudan aportando una mayor dinámica. La animación de manos y bocas, al ser más detalladas, se logran con una técnica más tradicional que permite adaptar las bocas a las voces, y que los personajes puedan gesticular con riqueza de giros y movilidad.
Las primeras animaciones se hacen sobre fondos dibujados a mano, extraidos del storyboard. En paralelo otras personas dibujan los fondos, y luego otra persona se dedica a integrar la animación a los fondos; allí se ajustan detalles para que a continuación haya más precisión en la relación de los personajes con los escenarios.
Germán asegura que hicieron muchos retrabajos; "A la mitad del camino cambió el pelo de la protagonista, se lo tuvo que achicar y cambiar en los perfiles, de modo que ella pudiera estar apoyada en el asiento del ómnibus. Ahí hubo que "abrir" toda la película y cambiar todos los pelos en todas los momentos en que había un perfil de Anina. Eso se hace sustituyendo piezas, acortándolas, pero eso tuvimos que hacerlo en la mitad del proceso."

Almacenamiento, corrección

Es fundamental tener todo el trabajo respaldado, pues la pérdida de los archivos podría significar años de trabajo desechados. Todos los días guardaron por triplicado el material que tenían, y se establecía un circuito orgánico que comenzaba en la recepción del material, luego el análisis, la organización de las correcciones, la actualización de las correcciones, el respaldo.
El que recibe la animación por un lado y los fondos por otro va editando y archivando, ese archivo va creciendo, se convierte en una "torta alfajor" a la que se van agregando más y más capas. Los siguientes retoques se van haciendo sobre ese archivo, el máster. "Se agregaba la iluminación, se hacía un render en baja de cada plano y se hacía un montaje. De ahí se veía la lista de retoques: "Anina debería saltar más alto, cuidado que hay un pasto que se mueve y una nube que pasa muy rápido".
Germán agrega: "cuando estábamos editando la película, eramos cuatro o cinco frente a un monitor, y uno decía "pará, hay un extra que se sube, está levitando" un errorcito que se escapó. Cosas que no pasan en una película con actores de carne y hueso -difícil que un extra levite- veíamos el material entre varios y el que encontraba un error se ganaba mil puntos". En esa captura de errores, son ajustados detalles visuales pero también narrativos: desde la "actuación" -que Anina esté más enojada, por una cuestión de continuidad- hasta cuestiones formales -que Anina corra más rápido-.

Voces, música

Advertidos de lo difícil que es trabajar con niños para las voces infantiles, -explicación de por qué normalmente las voces de niños las hacen mujeres-, hicieron un primer casting con mujeres que se desempeñaron satisfactoriamente, pero cuyos resultados no les convencían, "la frecuencia de la voz de un niño es totalmente diferente: tienen un nerviosismo irreproducible, una duda, un carácter especial" dice Germán.
Alfredo agrega: "hicimos un casting de dos días y de ahí sacamos prácticamente a todos los personajes infantiles. Empezamos con escuelas de teatro y María Mendive nos presentó a su hija Federica. Cuando llegamos a Federica vimos que era brillante, y no hubo dudas. Es una niña introspectiva, romántica, superinteligente. Cualquier propuesta que le planteáramos la entendía en seguida, pero por sobre todo, era ella; se compenetró con el personaje y se sintió muy identificada, le salían muy fácilmente los gestos de ternura, y también una especie de enojo preadolescente. Después la que hizo de Florencia, Guillermina Pardo, era una pila Duracell, llegaba y decía "dónde me paro, que hago, qué digo", decía algo y se reía, ¡Justo lo que tenía que hacer! Disfrutaba mucho de las grabaciones porque la forma de ser del personaje era su misma forma de ser. Ese personaje creció mucho a partir de la voz de Guillermina."
Los adultos son amigos de la casa y fueron elegidos directamente. César Troncoso es el padre de Anina, Roberto Suárez interpreta una vecina chusma, Petru Valenski otra. Marcel Keoroglián hace de almacenero y de cantante de ómnibus. Cristina Morán también se integró con mucho oficio. "Seguramente ninguno hubiera hecho antes voces para animación, pero trabajaron para publicidad, para radio, habían grabado con anterioridad y tienen una dicción supercorrecta."
En la música se empezó desde cero, "Teníamos alguna idea de referencia, algún tema de Pequeña orquesta reincidentes, de Yann Tiersen, algo con cierta melancolía. Hubo músicos invitados, casi todos de la banda Tráfico. Es un trabajo creativo de los músicos en intercambio con nosotros. No fue un trabajo a demanda. Hay también temas de Dino, Alejandro Balbis, y la Tabaré (pero este último está cantado por Troncoso). El tema final es de Guillermo Pessoa (tecladista de Reincidentes) y presentó con absoluto profesionalismo tres canciones escritas especialmente para Anina, de la cual elegimos una."

Todos somos Anina

La película tuvo un presupuesto de 600 mil dólares. Aún en comparación con otras animaciones independientes similares se trata de poco dinero; un proyecto de similar porte, en otro país latinoamericano parte de los dos millones de dólares, y puede irse a mucho más. En cuanto al trabajo, también es grande comparativamente, una película de animación estándar similar -de cerca de ochenta minutos- tiene cerca de unos seiscientos planos, y Anina cuenta con casi mil.
Ante la pregunta del cronista de si se puede considerar un sólo director o varios, Alfredo contesta con humildad: "Es una película muy colectiva por la cantidad de análisis que requirió. Hay un intercambio de ideas que en un proyecto de esta escala es fundamental. Es como si hubiera cinco guionistas". Pero Germán objeta: "Hay una cabeza muy clara, Alfredo se inspiró y convocó a un montón de gente, que nos juntamos alrededor de su idea. Confiamos mucho en esa idea y le dimos para adelante. Claro que hay mucha gente que dejó una impronta fundamental y autoral: Sebastián Santana es el director de arte, es el que hace los objetos, los escenarios. Claudia Prezioso animó, organizó, hizo la composición de los personajes animados con los fondos."
El punto de vista del personaje es fundamental y estuvo pautado desde un principio. Un abordaje intimista: el mundo desde la mirada del niño, lo que puede ver, lo que imagina. Esa gramática a escala humana acerca al espectador a Anina, así como su inmersión en un entorno que es el nuestro y el de los autores: el ómnibus, la escuela, las túnicas son claramente uruguayos, los personajes toman café, vino.
Consultados los autores sobre cuál sería su público objetivo, comentan con alegría: "está pensada para nosotros cuando eramos niños".

Referentes

Los autores reconocen que a nivel narrativo Anina es una historia simple que no entra claramente en un género, pero les hace pensar en el cine de Hayao Miyazaki (El viaje de Chihiro, El fantástico castillo vagabundo), en cuanto a la cotidianeidad del abordaje, sobre todo porque todo gira en torno a un personaje que crece, siente, sufre, piensa y observa. Soderguit agrega: "Los japoneses tienen esa clase de personajes, hasta en las películas de ciencia ficción. Personajes super-humanos. Eso también está en algún cine francés, italiano incluso. La imágen pictórica, las paletas, recuerdan a Silvain Chomet, a Amelie. Quizá en alguna escena decíamos: hagamos un tratamiento de tipo Bela Tarr, entonces va Anina caminando por la calle, vuelan unos papeles como en Satantangó. O la cámara se mueve lateralmente, a lo Jarmusch. Hay otra escena de sueño que es un espacio de convención, en la que se reúnen las personas de nombres más feos del mundo y en que la piensan integrar a ella, y nos inspiramos en Dr. Strangelove de Kubrick. Hay otra que tiene algo de The Wall. Hay cinefilia pero también hay mucho de nuestro universo, imágenes referenciales que nos gusta mucho lo que expresan."

Las (dudosas) ventajas de la animación

Soderguit asegura que hacer una película de animación puede simplificar algunas cosas, pero que también complica mucho: "Uno quiere hacer una película de ficción, con actores y todo lo demás y lo que tiene que ver es cómo trabaja con todos los límites que indica la producción: la noche es un problema, la lluvia es un problema, los actores son un problema, los niños son un problema, los perros, etc. En la animación eso se rompe en mil pedazos y el problema pasa a ser la libertad artística." Esa libertad obliga a establecer un análisis a nivel narrativo muy fuerte, y a imponer límites muy fuertes desde un comienzo.
Quizá otros cineastas hubieran hecho primero el storyboard completo, el guión técnico completo, pero ellos se propusieron filmar primero exhaustivamente y en detalle las cuatro escenas principales, junto al equipo más chico. Hicieron una escena de Anina en un ómnibus que recorre las calles, con efectos especiales, lluvia, iluminación, un boceto de sonido. Ese ejercicio les sirvió para darse cuenta de cuál iba a ser el volumen de trabajo total. Soderguit agrega que: "Lo bueno de poder hacer una primer película -muy precaria naturalmente- como boceto, es que permite analizar muchas de las características narrativas. Es la diferencia con filmar, o hacer stop-motion; que cuando lo hacés, cambiarlo significa hacer todo absolutamente de nuevo. A favor tenés la capacidad de análisis y de ajuste; en contra que nunca cerrás, que podés seguir arreglando detalles indefinidamente."

Anina Yatay Salas, de Sergio López Suárez
Un libro que crece

Anina Yatay Salas es una niña de diez años, "tres veces capicúa" como le dicen burlonamente algunos de sus compañeros de la escuela. Sus tres nombres pueden leerse de izquierda a derecha como de derecha a izquierda, y aunque sus padres aseguran que es algo de lo que debería sentirse orgullosa, ella lo considera un lastre a llevar. El escritor Sergio López Suárez logra reproducir notablemente la especial sensibilidad y los imaginativos pensamientos de los niños, la forma de vincular elementos que a un adulto podrían resultarle inconexos -"quizá es la magia de mi nombre la que me hace ver las cosas de ida y vuelta"-, su atencion y detenimiento en detalles que nosotros ya no vemos -una marca en una taza, las gotas de grasa que chorrean desde una torta frita-, su legítima indignación ante ciertas injusticias de la vida.
Por meterse en una gresca en el recreo con otras niñas, a Anina le espera un castigo especial. La directora le entrega un enigmático sobre negro cerrado y lacrado, con la prescripción de mantener un absoluto secreto sobre las instrucciones previas, y de no abrirlo hasta dentro de dos semanas, momento en el que deberá volver a la dirección, abrir el sobre, leer su castigo y cumplir al pie de la letra lo que allí esté indicado. La imposición del secreto quizá sea el peor castigo, porque ello significa comportarse como una tumba respecto a las machacantes preguntas de amigos y enemigos dentro del colegio. Anina nos lleva a recordar hechos determinantes de la educación primaria: la hostilidad por parte de otros niños, la traumática llegada a "la dirección", el descubrimiento de pequeñas "diferencias" entre compañeros de clase, que más adelante aprenderemos son determinadas por situaciones familiares y estratos sociales.
Anina Yatay Salas es la clase de lectura que, una vez terminada, deja cabos sueltos en los que pensar, y de los que discutir con nuestros pequeños interlocutores; las bellas y oníricas ilustraciones de Soderguit convierten a este pequeño gran libro en un "libro objeto", de esos que vale la pena guardar y atesorar. 


Publicado en Brecha, el 11/1/2012 

miércoles, 23 de enero de 2013

Django sin cadenas (Django unchained, Quentin Tarantino, 2012)

Un exabrupto legendario

Visto fríamente, no parece Tarantino. ¿Una película que prácticamente carece de saltos temporales, que no va pa'delante ni pa'trás en ningún momento? (bueno, hay algunos flashbacks, pero de tan cortos ni cuentan), ¿dónde está la multiplicidad de historias?, ¿y los largos diálogos, esos que tantas veces hicieron que nos moviéramos inquietos en los asientos?, ¿y las pistolas entrecruzadas?, ¿y la toma subjetiva desde la valija del auto? ... bueno, es un spaghetti western... Y cierto es que el buen hombre decidió seguir las reglas del género y abordarlo con el clasicismo que requiere, con la linealidad que amerita, el ritmo parejo, los semblantes desagradables, el gusto a polvo y mugre, el saloon desvencijado, la cerveza caliente y la ausencia de moral que allí imperaba -los buenos solían ser detestables y los villanos francamente abominables- y con toda esa desquiciada brutalidad que supo caracterizar a los más sucios westerns de Leone, Corbucci y Peckinpah.
Pero no conviene engañarse, la mano de Tarantino demora poco en aparecer. Está en una llana historia de venganza, en infiltramientos varios, en la toma de confianza y la posterior traición, está en el humor más absurdo y desconcertante, en la sangre saliendo a borbotones, en los muertos que caen por docenas, en las inversiones en los roles de poder por las que los victimarios pasan a ser víctimas y viceversa, está en personajes de la talla del Dr. King Shultz y Calvin Candie (Christoph Waltz y Leonardo Di Caprio respectivamente, ambos inmensos, y quienes despliegan el auténtico duelo mano a mano de la película), está en una desconcertante escena que involucra a una sierra y una calavera, en la tensión que aumenta in crescendo hasta niveles impensables, en una banda sonora poderosa y adictiva, recuperada del más íntimo cajón de los recuerdos. 
También debe decirse que quizá sea la película más imperfecta del director, que el protagonista (Jamie Foxx) queda muy pequeño en relación a su compañero de andanzas Shultz -y que, por tanto, los últimos veinte minutos de película sean los menos interesantes-, que haya huecos de guión difíciles de aceptar -como cuando Django convence a sus captores de que lo suelten, por nombrar el más manifiesto-, y que seguramente hayan quedado varias cosas fuera en la sala de montaje, como qué cuernos pasó con la mujer del hacha y el pañuelo rojo, una de las villanas más llamativas y tarantinescas del cuadro.
Y Django sin cadenas habla sobre la historia de su país, y lo hace con justicia. A pesar de que las "luchas mandingo" -peleas en que los esclavos se masacran a puño limpio- no existieron verdaderamente, a pesar de que toda esta película sea un gran entretenimiento y un exabrupto legendario, Tarantino se las ingenia para demostrar los horrores del esclavismo en su mayor dimensión. Difícilmente otro cineasta haya sido tan elocuente respecto a tan terrible período histórico, mostrando hasta qué punto un patrón tenía el absoluto control sobre el cuerpo y el alma de sus esclavos, al extremo de poder hacerlos morir por él, torturarlos o violarlos cuando así se le antojara. Cuando cerca del final los villanos deciden que es mejor no castrar a Django porque ponerlo a trabajar en las minas va a ser una tortura mucho peor, comprendemos el infierno vital de los trabajos forzados como nunca antes. Tarantino nos enseña eso: por haberlo hecho y por mostrar a sus personajes negros sin hipocresía ni condescendencia -como a cualquier blanco-, Spike Lee debería estarle agradecido. 

Publicado en Roumovie el 17/1/2013

jueves, 17 de enero de 2013

Sobre la violencia en Django sin cadenas (Django unchained, Quentin Tarantino, 2012)

Realismo fabulado

Uno de los ejes narrativos por los que circunda Django sin cadenas es el de las llamadas “luchas mandingo”. Peleas a puño limpio y cuerpo a cuerpo en la que los esclavos se embisten salvajemente, como entretenimiento para su patrón -en este caso, para Calvin Candie (Leonardo Di Caprio), dueño de una plantación-. Probablemente el objetivo de incorporarlas a la trama fue el de buscar una vía extrema de sumisión, la absoluta posesión del cuerpo y del alma del esclavo y la capacidad del dueño de hacer con ellos cuanto se le antoje. Una de las escenas más duras de ver tiene lugar en una plácida sala de estar, con varios aristócratas –sentados frente a los luchadores, como si estuvieran viendo la televisión- observándolos destrozarse mutuamente. Los negros rebajados a la categoría de gallos de riña.
Consultados los expertos sobre esta práctica, aseguran que no hay registros históricos de que haya existido un estilo de pelea así. Sí hubo rumores de que existieron cosas parecidas, e incluso los esclavos podían ser enviados a pelear por su patrón; pero no hay asidero para decir que hubo luchas hasta la muerte como las que exhibe Tarantino. La esclavitud sustentaba la economía, y era bastante improbable que un patrón mandara a sus negros a que arriesgaran sus vidas, sacrificando de esa manera su propia mano de obra.
El registro histórico más parecido o cercano a lo que muestra Tarantino es el siguiente; Un artículo del periódico Dodge City Times, fechado en 1877, que describía el “juego” o competencia llamada “lap-jacket”. El cronista relataba: “Ayer atestiguamos una exhibición del juego nacional africano en frente de la tienda de arnés Shulz. Es jugado por dos hombres de color, que tocan con el dedo del pie una marca y se golpean el uno al otro con látigos para toros. En el enfrentamiento de ayer Henry Rodgers, de diminutivo Eph, luchó con otro negrito por el campeonato y cincuenta centavos como premio. Tomaron nuevos y pesados látigos de la tienda de arnés y se dedicaron a los golpes, bastante animados. La sangre corrió y voló el polvo, y la multitud aplaudió hasta que el policía Joe Mason llegó y suspendió el alegre ejercicio.”
En rigor, el director tomó las “luchas mandingo” de la película del blaxplotation Mandingo (1975), a la que declara como una de sus favoritas. Allí un esclavo era entrenado por su dueño para luchar hasta la muerte contra otros. Pero lo interesante del asunto es que Tarantino vuelve muy creíble esta forma de sumisión, y consultado al respecto por el periódico The Guardian, contestó: “Todos conocemos ‘intelectualmente’ la brutalidad y la inhumanidad de la esclavitud, pero después de que uno investiga ya no es más intelectual, ya no es sólo un record histórico; lo sentís en los huesos, te pone furioso y querés hacer algo… Quiero decirles que, si es verdad que ocurren cosas malas en la película, muchas mierdas peores sucedieron en la realidad… Cuando los relatos de esclavos son plasmados en películas, pretenden ser históricos con H mayúscula, y ese rigor es sinónimo de calidad. Yo quería romper ese aspecto de ‘la historia bajo la lupa’, quise lanzar una piedra a través de ese cristal y romperlo para siempre, y llevar al espectador a ese mundo.”
Se dice que Django desencadenado sería la segunda parte de una trilogía de corte histórico, que comenzó en Bastardos sin gloria y se terminaría con el proyecto Killer Crow, sobre un grupo de soldados negros durante la Segunda Guerra Mundial. Al respecto, es verdad que Tarantino crea auténticos “disparates” -la muerte de Hitler en un cine, por ejemplo- para sus películas históricas, pero también es cierto que esos exabruptos suelen ser sumamente elocuentes para entender la historia y la brutalidad del ser humano.
Este es el rostro de la venganza judía” decía el inmenso semblante de la joven Shoshanna desde la pantalla de un cine a punto de ser incinerado, con los principales cabecillas de la Gestapo como espectadores y futuro combustible. Tarantino decía con esa escena y esa película que las masacres y los exterminios no son patrimonio exclusivo de los nazis, sino que los judíos también son capaces de actos de violencia similares a aquellos de los que fueron víctimas. Si una película como Saló (1976) de Pasolini planteaba una ficción que bordeaba el delirio y era ambientada en el norte de Italia durante la ocupación nazi, nadie puede poner en duda que las atrocidades perpetradas en ella eran perfectamente humanas. La situación en sí puede ser inverosímil, pero no es presenciada en su momento como algo inverosímil. Finalmente acaba por ser elocuente sobre la naturaleza humana, sobre el poder, sobre la más abominable crueldad que forma parte de la vida cotidiana.
Volviendo a las luchas mandingas y a la escena de la sala de estar, tenemos aquí a una de las más brutales expresiones del esclavismo que ha dado el cine. El fragmento dice que eso era posible al estar instalada una relación de poder como la que existió entre el patrón y el esclavo. Cuando en una escena determinante (dejar de leer por acá si no se quieren conocer detalles de la resolución) el personaje de Di Caprio exhibe con orgullo y durante una cena las marcas de latigazos en la espalda de su esclava, está exponiendo la naturalización de la violencia en el sur de Estados Unidos del S XIX. En otro momento crucial, el protagonista se encuentra colgado, desnudo y a punto de ser castrado, y los villanos resuelven que una tortura mucho peor para él será venderlo a una minera –con testículos incluidos-, para que continúe haciendo trabajo esclavo durante todos los días del resto de su vida. Comprendemos mejor el horror, la verdadera dimensión de la esclavitud. El cine tiene ese poder: funciona por sugerencia, por alegoría, por sinécdoque. Se invoca un infierno a partir de un impacto que resulta menor comparativamente. Se lleva a pensar en una realidad generalizada a partir de una anécdota puntual, aunque ésta pueda ser un disparate. 

Publicado en Brecha el 18/1/2012

viernes, 11 de enero de 2013

Cloud Atlas: La red invisible / El atlas de las nubes (Cloud Atlas, Andy y Lana Wachowsky, Tom Tykwer, 2012)

Pretencioso entramado

Comentar esta película sin adelantar detalles de su resolución es imposible, por lo que a los que les interese verla e ir descubriendo y asociando las diversas historias contenidas -es parte de la gracia- deberían de dejar de leer esta reseña.
Basados en una novela de David Mitchell, los hermanos Wachowski Andy y Lana (esta última antes de operarse era conocida como Larry), creadores de Matrix, V de Vendetta y Meteoro, y el alemán Tom Tykwer (Corre Lola corre, La princesa y el guerrero) concibieron a seis manos un sobregirado puzle de casi tres horas, en el que se intercalan continuamente seis historias ubicadas en tiempos distintos, y pertenecientes a diversos géneros. 1849, 1936, 1973, 2012, 2144 y 2321: una aventura marítima a bordo de un barco esclavista, un melodrama sobre un compositor gay, un thriller político, una comedia negra inglesa, ciencia ficción distópica y ciencia ficción posapocalíptica. En todas ellas se presenta un conflicto social importante, una situación de abuso de poder y un movimiento trascendente o contestatario, individual o colectivo. Es posible perderse en este caótico entramado, sobre todo durante la primera hora, en la cual se presenta abruptamente una infinidad de situaciones y personajes. Esta composición vertiginosa y cargada de información apunta a espectadores lo suficientemente espabilados como para ir siguiendo y ubicando las diferentes historias sin perderse por el camino, con un montaje que propone un ritmo y saltos continuos entre instancias, algo que recuerda a lo logrado en El origen de Christopher Nolan, o en tramos de la serie Lost; se puede hablar de una novedosa tendencia narrativa que podrá satisfacer a algunos e irritar a otros tantos.
La propuesta no podría ser más pretenciosa: bajo el slogan “todo está conectado” se presenta a un elenco multiestelar (Tom Hanks, Susan Sarandon, Halle Berry, Doona Bae, Hugh Grant, Hugo Weaving y Jim Broadbent, entre otros) con varios personajes para cada uno -seis o siete en algunos casos-, reafirmando la idea verbalizada y subrayada de que todos somos los mismos, que nos repetimos a través del tiempo y que asimismo reiteramos nuestros propios errores. El problema de esta reincidencia en los mismos rostros está en que en muchos casos el maquillaje se vuelve desmedido, convirtiéndose a los blancos en negros, a los hombres en mujeres, a los occidentales en asiáticos y viceversa. En algunos tramos, la sobreabundancia de gomas faciales hace pensar en un espectáculo circense, perdiéndose así buena parte de la seriedad buscada.
Se plantea una especie de "efecto mariposa", basado en que cada historia está vinculada directamente con la historia precedente. Pero los elementos que conectan a una instancia con la siguiente son muy sutiles y muy difíciles de ver durante un primer visionado. Finalmente, el discurso de una chica que es reverenciada como deidad en el nuevo mundo, genera una decepción proporcionalmente directa a la grandilocuencia de toda este inmenso tanque. Corresponde traer a colación la genial película japonesa Fish story (2011), que partía de la misma premisa, en una misma línea multigenérica y de diversas épocas, con fragmentos más dialogados y terrenales y personajes mucho más interesantes. Por supuesto, lograda con un presupuesto infinitamente más modesto; conviene acercarse a ella, aunque sea para darse cuenta de que la que tenemos aquí es una pariente muy inferior. 

Publicado en Brecha el 11/1/2013

martes, 8 de enero de 2013

La vida de Pi (Life of Pi, Ang Lee, 2012)

Cuando los animales atacan


El trailer puede ser engañoso: un montón de imágenes de tipo salvapantallas, de colorido refulgente, panorámicas naturales, animales variopintos, chicas hindúes que bailan envueltas en sus saris. Esto lleva a pensar en la basura eco-documental new age a la que venimos acostumbrados, y en humanos dialogando con los peces, tipo Disney o Liberen a Willy. Pero claro está que nunca hay que creer en lo que dicen los trailers. También hay que recordar que quien está detrás de este emprendimiento es nada menos que Ang Lee.

Si cabe hablar de cineastas eclécticos, seguramente a ninguno le quepa hoy mejor la categoría que al director chino. Si El banquete de bodas y Comer, beber, amar, tenían cierta estética en común, con la grandiosa Sensatez y sentimientos el cineasta cambiaría radicalmente tiempo y espacio. Luego vino una brillante obra coral (La tormenta de hielo), un western de primer nivel (Cabalga con el diablo), fantasía y artes marciales (El tigre y el dragón), una de superhéroes (Hulk), de oscarizado amor gay (Brokeback Mountain), un drama histórico (Deseo, peligro), y finalmente un musical (Taking Woodstock). Con Life of Pi se podría decir que nos encontramos en el terreno del cine de supervivencia, el cual supo concebir películas como Náufrago o la reciente Essential Killing.

Un joven hindú tiene un hobby muy particular: colecciona religiones. O mejor dicho, practica varias al mismo tiempo, creyendo en todas por igual y sin encontrar grandes contradicciones en tan diversas formas de concebir al mundo. Cuando su familia, urgida por la situación económica, decide irse junto a él hacia Canadá, el barco en el que viajan naufraga en una tormenta, quedando él como único superviviente humano y con la poco grata compañía de una cebra, una hiena, un orangután y un tigre, en un mismo bote y a la deriva. Lo que sorprende del asunto es la increíble capacidad de Lee para hacer entrar al espectador en esta inverosimilitud. La incorporación permanente de elementos de tensión -los evidentes problemas entre los animales, la falta de comida, los tiburones que circundan- llevan a que la travesía sea tan ardua y fatídica como atractiva y palpitante. La brutal fotografía de Claudio Miranda (El curioso caso de Benjamin Button) y una excelente dirección de animales, combinada con logrados efectos de CGI -es muy difícil definir cuándo es una cosa, y cuando la otra- convierten a esta aventura en una experiencia especialmente vívida.

Por fuera del puro impacto, existe cierta enigmática profundidad en esta lucha contra la naturaleza y los elementos, en las invocaciones a un dios apático e indolente, en las revelaciones finales sobre qué podría ser real y qué no de toda esta gran fábula. La película, lejos de redondearse en conclusiones terminantes, se completa en la psiquis del espectador. Como el mejor cine.

Y no hay caso, esto es algo que hay que ver en pantalla grande.

 Publicada en Roumovie, el  4/1/2013