viernes, 23 de agosto de 2013

El conjuro (The conjuring, James Wan, 2013)

Mil demonios


A poco de empezar la película nos encontramos con un letrero repentino, imponente, que avisa que los hechos relatados que estamos por ver ocurrieron realmente. Que existió una pareja de renombrados demonólogos que, durante su carrera de 1952 a 2006, se ocuparon de miles de casos de encantamientos y posesiones, pero que hubo un suceso en particular -al cual estamos por asistir- que, de tan horrendo, lo habían mantenido en silencio y recién hoy conoce la luz. Lo cierto es que el caso tuvo trascendencia en su momento, pero no puede negarse el poder de impacto de esa falaz introducción. La sospecha de que los hechos pudieran tener un asidero real descubre a la narración de la "seguridad" que dan los relatos ficcionados, y este infrecuente aura de veracidad se potencia con el abordaje realista, el detallismo en la ambientación de época, las grandiosas actuaciones y un guión sobrio al que no le sobra ni le falta una sola línea. 
La vulnerabilidad se multiplica por cinco: cinco niñas son las víctimas potenciales de los espectros que comienzan a invadir la casa de una familia humilde, instalada en el medio de la nada. Y de a poco comienzan los sucesos paranormales: los relojes de la casa se detienen todas las noches a las 3:07, hay sonidos inverosímiles y golpes, fotos familiares que son "atacadas" y arrojadas al piso, apariciones y extraños moretones en la piel de la madre. La fotografía, la decoración, la impecable puesta en escena propicia un clima angustiante, reforzado por una cámara que se desplaza entre las habitaciones de la casa con una cadencia y habilidad excepcionales, jugando con las sombras, con lo que queda fuera de campo y lo que se ve sólo parcialmente o durante fracciones de segundo. Como en la casa de Norman Bates en Psicosis, existen tres pisos en la vivienda, uno de ellos el sótano (que según el filósofo Slavoj Zizek representaría el inconsciente, un vertedero de cosas ocultas y reprimidas; aunque quizá no convenga forzar esta clase de lecturas). 
Las amenazas que infestan la casa deben ser combatidas con instrumentos religiosos, pero por fortuna aquí se evita la arenga sobre Dios y Satanás y los demonólogos (notables Vera Farmiga y Patrick Wilson) están presentados como seres racionales que hasta parecerían hacer un uso meramente práctico de la religión para erradicar a los demonios. El suspenso se construye notablemente sobre esa premisa: los especialistas que deberían tener pleno dominio de la situación están alterados, superados, intentando mantener un semblante calmo y sosegado a pesar de lo asfixiante del cuadro, y algunas de sus afirmaciones inquietan aún más. Luego de horrendas apariciones y de que la mujer de las niñas fuera arrojada por las fuerzas malignas escaleras abajo Ed Warren dice, con plena seguridad, "por fortuna aún no han empezado a ponerse violentos", dando la pauta de que lo peor está por venir. 
El cineasta malayo de raíces chinas James Wan es uno de los más grandes directores del cine de terror de la actualidad y su anterior película, Insidious, así como ésta última, son claras muestras de su talento. Nótese que aun dentro de la gravedad imperante se logra introducir algún elemento humorístico, -una de las marcas autorales de Wan- como las breves apariciones de un escéptico oficial de policía, sujeto absolutamente ajeno a un entorno donde lo siniestro se impone y todo parecería conjurarse para un escalofrío constante.

Publicado en Brecha el 23/8/2013

martes, 20 de agosto de 2013

Red 2 (Dean Parisot, 2013)

Más veteranos 

En 2010 se estrenó Red, una película sumamente atractiva que reunía varias tendencias cinematográficas del cine mainstream actual: la moda de las adaptaciones de cómics; la de los caper films en clave de comedia -películas de atracos, con grandes personalidades y toques humorísticos (La gran estafa, Robo en las alturas) y la de reunir actores veteranos como ejercicio nostálgico y de explotación de viejas glorias –Jinetes del espacio, Los indestructibles 1 y 2-. RED significa Retired Extremely Dangerous, y se trata de un escuadrón improvisado de veteranos ex agentes de varios servicios de inteligencia que se juntan para defenderse y, de paso, para impedir alguna amenaza global. En esa primera entrega, bien recibida tanto por el público como por la crítica, se hacía uso de un humor muy particular, sustentado en carismas y presencias impagables como las de Bruce Willis y Helen Mirren, y además se alternaban notablemente escenas de acción y humorísticas.
Aquí tenemos una segunda dosis. Una vez más, acercarse a una película de este tenor es reencontrarse con un montón de viejos amigos. Un elenco notable que reúne los nombrados y además a John Malkovich, Brian Cox, Catherine Zeta-Jones, Mary-Louise Parker, David Thewlis, Anthony Hopkins y al surcoreano recientemente importado a Hollywood Lee Byung-hun (es el protagonista de A bittersweet life y The good, the bad and the weird). Los tramos que funcionan mejor son aquellos en los que se le ofrece al plantel la oportunidad para explotar sus aptitudes para la comedia, dando lugar a un puñado de chistes notables.
Es una pena que en esta secuela se haya apostado tanto a lo seguro, y que a grandes rasgos no pueda verse más que como un refrito de la primera entrega, sin agregados especialmente originales. El humor juega con esa dualidad de que los personajes sean adorables y terribles al mismo tiempo, -igual que en la anterior, no faltan los chistes referidos a su adicción por matar gente- una vez más los servicios de inteligencia son presentados como burocracia inescrupulosa dispuesta a eliminar a quienes detentan secretos de estado, y otra vez están los enemigos acérrimos de los protagonistas que se cambian de bando y deciden luchar hombro a hombro junto a ellos -en la entrega pasada era Brian Cox, un ruso ex KGB, y aquí se pliegan a la causa otro par cuyos nombres no adelantaremos-. La anécdota es rutinaria y la entreverada trama pareciera tan sólo una excusa para sustentar líneas de diálogos humorísticos y acción desatada. Esto último es lo que realmente importa, la razón de ser de esta película y, vista la gracia, la soltura y el buen ritmo con que se lleva durante todo el metraje, lo que hace que funcione como entretenimiento.

Publicada en Brecha el 20/8/2013

domingo, 4 de agosto de 2013

Wolverine inmortal (The wolverine, James Mangold, 2013)

O mortal, da lo mismo 

El principio es prometedor, en un campo de prisioneros de Nagasaki se vive el caos. Un B-29 sobrevuela y los soldados imperiales ya saben lo que eso significa: todos están muertos y no hay escapatoria posible. Ese comienzo es abrupto y brutal, los minutos previos a la caída de la bomba atómica están dotados de un poderoso nivel de tensión. En esta secuencia, algunos japoneses se disponen a hacerse el harakiri (se denota un gran desconocimiento del ritual; está claro que quien filma no está familiarizado con esa clase de tradiciones) pero por fortuna el protagonista es realmente inmortal y la bomba no parece afectarle demasiado. Hasta se permite salvar a un joven nipón que le cae simpático. Lo curioso es que este mismo japonés -presentado como un anciano casi setenta años después- pese a haber estado a poca distancia de la detonación de la bomba, no de nunca muestras de haber sufrido secuelas por su exposición a la radiación, y su descendencia tampoco se ve afectada por alteraciones genéticas. Y eso que no debe de existir película más indicada para idear creativas mutaciones. Las cosas mejoran: una escena en un bar retrotrae a los mejores westerns, con el antihéroe justiciero que pide whisky y reparte torta y compota a todo el mundo. Más adelante otro pico de acción: una lucha de varios yakuzas contra el protagonista, sobre el techo de un tren bala y a quinientos kilómetros por hora. Hasta ahí las cosas parecerían marchar, en lo que refiere a tensión y ritmo, de maravilla. 
Pero de a poco se va perdiendo el interés y la creatividad. Una japonesita se presenta como una buena escudera, aunque lamentablemente su “poder” parecería tener una efectividad del 0%. Las secuencias de pelea son montaje fragmentado y caótico y no parecen muy bien resueltas, y no faltan las innecesarias piruetas voladoras. Algunas líneas de diálogo (“nunca te metas con mis amigos”, o “soy Wolverine”) expectoradas por el protagonista en momentos clave de las contiendas, vinculan a la película con el cine de acción más berreta. Los villanos están muy mal delineados y un tema central en la anécdota toma giros poco comprensibles: se supone que Wolverine está cansado de ser inmortal, pero una vez que obtiene la mortalidad -o que le hacen ese gran favor- hace todo lo posible para ser inmortal de nuevo sin que medie una explicación para el viraje. Pero claro está que había que garantizarle unas cuantas secuelas más a la saga. A lo mejor el final heroico, la muerte apoteósica quede reservada para cuando las ganancias de la taquilla no sigan siendo tan tentadoras. 
Llaman la atención los niveles de violencia, considerando que se trata de una producción masiva y mainstream. Lo que desagrada bastante es esa tendencia tan del cine estadounidense de mostrar a los héroes –o antihéroes, tanto da– utilizando esa violencia fascistoide a la hora de interrogar un villano llamado a silencio por lealtad a los suyos. Hay veces que una misma película reúne momentos muy buenos y muy malos, y aquí hay un gran ejemplo de ello.

Publicado en Brecha el 2/8/2013

viernes, 26 de julio de 2013

El llanero solitario (The lone ranger, Gore Verbinski, 2013)

El western, más vivo que nunca  


En los años noventa, la conjunción de Johnny Depp y Tim Burton trajo consigo películas entretenidas, familiares, un tanto delirantes, con una tonalidad a medio camino entre lo lúgubre y lo infantil. Se tomaba la posta de Spielberg para la creación de espectáculos distintos, fantasiosos, creativos y logrados con creatividad, empuje y mucha cinefilia. Burton, con Depp como fetiche, creó un universo fílmico personal, cambiándole la cara al mainstream y cimentándose un pequeño y merecido espacio en la historia del cine. 
En lo que va del siglo, parecería haber cambiado uno de los integrantes del tándem. Aunque Burton sigue en carrera (y Depp lo acompaña) el director pareció echarse mucha tierra sobre sí mismo con sus últimas Alicia en el país de las maravillas y Sombras tenebrosas, y hoy el más fantasioso -y de a ratos ciertamente oscuro- cine de acción y aventuras parecería haber quedado en las manos de Depp y el director Gore Verbinski. Los logros son sólidos, la trilogía de Piratas del caribe tiene grandes momentos y la animación Rango compitió dignamente con los exponentes actuales del género. Con esta nueva película la dupla se supera, y con creces. 
Si tomamos a los personajes feos, sucios y desagradables -aunque simpáticos a su manera- de Piratas del caribe, la acción desatada e imparable de Indiana Jones, cierta oscuridad a lo Burton –nótese el genial detalle de los conejos caníbales- y sumamos los gags a lo Buster Keaton y el humor delirante que ya parecerían ser la marca de fábrica de Verbinski, lo agitamos bien y lo volcamos en el siempre atractivo terreno del western, tendremos una aproximación de lo que vendría a ser esta película. Cine de matiné puro y duro, con olor a pop y a refresco, una montaña rusa que no se detiene por dos horas y media y de la que no querríamos bajar. Las escenas de apertura y de cierre tienen lugar en un parque de diversiones: toda una declaración de intenciones.
Por supuesto que se echa mano a fórmulas. La rastrera traición y la cruzada vengativa; los protagonistas que pertenecen a distintos mundos y que pasan media película peleándose hasta que vence la amistad; el villano pérfido que no pierde la oportunidad de matar a quien no le gusta –sea del bando contrario o del suyo propio-; la captura de uno de los integrantes de la dupla; la chica engañada y secuestrada a la que hay que ir a rescatar. Pero cada uno de estos lugares comunes es llevado adelante con buen ritmo, mucha gracia y con detalles atractivos y originales. Por más que los villanos (brillantes William Fichtner y Tom Wilkinson) sean estereotipos, su mérito está precisamente en ser tan desagradables, y finalmente la moraleja anárquica contra la ley y el progreso, de tan naif hasta despierta cierta simpatía. 
Sobre el final, una larga y vertiginosa secuencia a toda velocidad y sobre un tren, al frenético compás de la finale de Rossini y con un montaje paralelo que muestra distintas contiendas al mismo tiempo, merece ser ingresada en una antología de las mejores escenas de acción jamás filmadas. Que viva el cine.

Publicado en Brecha el 26/7/2013
 

domingo, 21 de julio de 2013

Titanes del pacífico (Pacific rim, Guillermo del Toro, 2013)

Robots vs aliens

Los llamados kaiju-eiga, (kaiju significa en japonés "bestia extraña", eiga es "película") eran filmes de monstruos de los años sesenta en los que lagartos o insectos gigantes (Godzilla, Mothra) se peleaban entre sí rodeados de increíbles maquetas de cartón-piedra. En esas películas a veces tenían aparición robots gigantes diseñados para eliminar la amenaza y, después de darse unos cuantos palos con la alimaña de turno, uno de ellos salía vencedor luego de derruir media ciudad. Si bien esas películas hoy podrían parecer algo obsoleto, nunca han faltado los seguidores y coleccionistas de esta clase de bizarradas. Y a los norteamericanos, que siempre se les da bien el tema de las destrucciones urbanas, parece corresponderle bastante una trama de este tipo. Tiempo ha pasado desde aquella nefasta Godzilla (1998) y ya era hora de intentar otra vez con los monstruos grandotes. 
Difícil encontrar para esta experiencia un director más apropiado que Guillermo del Toro (Mimic, Hellboy 2, El hobbit), no sólo por su inclinación hacia el bichaje, sino porque en general no pareciera tener mayores ambiciones artísticas que las de plantear un llano y superficial espectáculo. No estamos entonces ante un planteo alegórico o metafórico como en la película surcoreana de monstruos The host (2006), ni siquiera con uno levemente vinculado a un trasfondo histórico-político como El laberinto del fauno (2006) de del Toro. Entonces a lo que vinimos: robots gigantes (aquí llamado Jaegers: en alemán "cazadores") y monstruos que se cagan mutuamente a palos. Por detrás de estas contiendas se juega la humanidad entera, pero eso no nos importa: lo principal es la gresca a lo grande. 
La tensión está muy bien manejada sobre todo por la fragilidad de los pilotos -un robot sólo puede ser manejado por dos personas al mismo tiempo, que a su vez deben de estar conectados en perfecta armonía psíquica- y se agradece que del Toro no apele al montaje fragmentado y caótico -como las Transformers de Michael Bay- sino que filme las contiendas en planos más bien largos y generales. De cualquier forma, la preferencia por tomas oscuras y nocturnas, en las que para colmo también llueve, complica la distinción correcta de las dimensiones de los monstruos y los robots, y muchas tomas confunden al punto de no poder discernir claramente dónde es que empieza uno y dónde termina el otro. 
Aquí el cronista no tiene tan claro si el defecto es en sí de la producción o si echarle la culpa al oscurecimiento del 3D, y aquí viene la queja: la película sólo puede ser vista en salas de nuestro país en copias dobladas al español, o subtituladas pero en 3D (en funciones más caras, y sólo a partir de las 22 hs) pero ninguna de las salas de Montevideo está acondicionada para apreciar el 3D con poco oscurecimiento y en todo su esplendor. Es decir, si quiere verse la película con el brillo y el color necesario para disfrutar y ver bien a los kaijus y a los jaeger, habrá que sobrellevar que los personajes hablen un detestable mexicano neutro. A los que en cambio opten por el 3D, se les recomienda que lleven un par de analgésicos en el bolsillo. 

Publicado en Brecha el 19/7/2013

viernes, 19 de julio de 2013

5ta edición de DocMontevideo

Donde las ideas convergen

Del 17 al 26 de julio tiene lugar uno de los eventos cinematográficos del año: el encuentro nacional de televisoras latinoamericanas DocMontevideo. Entre sus diversas propuestas y opciones -que van desde las foros y los talleres, de los pitchings a las entregas de premios-, se destaca la "Semana del documental" (a partir del sábado 20), una selección de cine de calidad, que suma la posibilidad de charlar con sus creadores. 


Cuando a cualquier persona relacionada con el fenómeno se le pregunta por las razones del auge del cine documental, la primera respuesta es sistemática: el abaratamiento de los costos. La imposición del digital, la practicidad en el uso de las cámaras y la posibilidad de filmar durante horas sin que ello suponga un costo importante revolucionaron el formato. Cuando se filmaba en 16 mm, -con rollos de 10 minutos a un costo de doscientos 200 dólares cada uno- era prácticamente imposible abocarse a un documental sin un importante respaldo financiero. 
El documental es el terreno elegido usualmente por los cineastas debutantes, ya que por lo general se requiere de un equipo técnico reducido -algunos documentales relativamente exitosos incluso han llegado a filmarse por una sóla persona- y un costo económico que suele ser cinco veces más pequeño -o menor aún- que el de una ficción modesta. Para filmar un documental rara vez hay que pagar por locaciones, maquillaje y vestuario, sueldos de actores, etc, y hoy puede hacerse un largometraje de este tipo con tan solo una buena cámara y una computadora para editar el material. 
Contar con un crew pequeño es una ventaja en muchos sentidos: los tiempos de filmación son más flexibles (aquí no suele ser necesiaria una "continuidad" temporal de los detalles, de las ropas, de los expresiones y los gestos de los personajes entre las distintas escenas) y uno puede adaptar su esquema de rodaje con otras actividades laborales que ayuden a ganarse la vida. Luis González Zaffaroni, director ejecutivo de DocMontevideo, agrega que "el transcurso del tiempo, ese tiempo que uno pasa en contacto con los personajes o trabajando con una historia o un tema, es un valor que luego va a tener la película." 
La practicidad no sólo cambió el formato, sino con él al cine todo. Los límites entre ficción y documental son cada vez más difusos, y los festivales de cine son hoy inundados por películas muy difíciles de encasillar en un formato o en otro. Los documentales son en muchoso casos filmados, planificados y orquestados como una ficción -El Bella Vista es un ejemplo cercano- y las ficciones suelen tener un registro muy cercano al documental -los hermanos Dardenne, Abdel Kechiche, y los rumanos (con Christian Mungiu a la cabeza) confunden al espectador con sus cuadros hiperrealistas, sus no-actores y sus cámaras temblorosas-. El resultado es que la audiencia ha adaptado su visión a esta realidad y los cineastas de ficción cada vez deben de esforzarse más si es que quieren obtener una ilusión de verosimilitud, así como los documentalistas deben de cuidarse de que sus propios personajes no "sobreactúen" en su desempeño frente a cámaras. En uno u otro sentido, el agudizado ojo del espectador se ha vuelto implacable. 
Hay muchas formas de rotular las diferentes formas de abordaje documental, pero últimamente se ha puesto cierto énfasis en la existencia del llamado "documental de creación" diferenciable del documental clásico, convencional y de investigación. Según González Zaffaroni el documental de creación sería "la obra de alguien que arriesga una mirada sobre el mundo, una interpretación subjetiva de la realidad en donde el lenguaje es un elemento para complejizar esa mirada y nutrirla de diferentes capas de interpretación. La diferencia es el motor, uno no busca plantear una tesis sobre algo. Marcás una diferenciación muy grande si estás planteando el documental como un "tema" (los documentales convencionales) o como una "historia" (los de creación)." Un documental centrado en un tema sería el típico filmado para la televisión (por ejemplo "La propaganda durante el III Reich") y uno centrado en una historia podría ser una aproximación familiar (Buscando a los Friedman de Andrew Jarecki o Cuchillo de palo de Renate Costa). 

Sinergia. Cuando los documentales tienen cierta ambición, cuando se despegan de la cotidianidad más inmediata a los creadores y requieren de una planificación y un equipo mínimo, necesitan obtener una financiación, así como canales de distribución y difusión. Aquí es que juega un papel determinante el emprendimiento de DocMontevideo. Se trata de un espacio para la sinergia, para el encuentro de televisoras -una de las fundamentales vías de difusión para los documentales- productores y cineastas, una de esas instancias de aprendizaje y diálogo que fomentan la creación, el impulso a las iniciativas cinematográficas. El espectador suele ver los resultados, muchas veces sin tener en cuenta que este tipo de espacios son esenciales para que los documentales tomen forma; detrás de toda película concebida existen importantes encuentros y reuniones de negocios. 
Hoy ya en su quinta edición, la iniciativa ha sido meritoria en muchos aspectos, pero conviene destacar una notable organización. En un país en que los eventos culturales están signados por los desperfectos, por los cambios de horarios, por los imprevistos, DocMontevideo ha sabido sortearlos con proyecciones, talleres y pitchings -exposición de proyectos documentales- que empiezan en hora, en espacios que facilitan el intercambio fluido y las tecnologías necesarias para un desempeño óptimo. En este sentido, el apoyo y la coordinación con la IMM, ANTEL y el Centro Cultural de España, -quienes aportan las locaciones- ha sido ejemplar. 

Educar la mirada. González Zaffaroni cuenta en parte las razones por las que creyó conveniente un evento de este tenor en Uruguay: "Estuve en varios mercados -en Sao Pablo, por ejemplo- y veía que había varias teles de América Latina ahí presentes, como un poco perdidas, pero dispuestas al diálogo. Capaz que no tenían muchos instrumentos para relacionarse contigo pero estaban ahí. Eso fue como una señal para hacer DocMontevideo y abrir instancias de encuentro. De todos modos a nosotros nos resultan tan importantes las presentaciones de proyectos como las instancias de formación y de entrenamiento previo. Todo tiene que estar acompañado de formación: desde la construcción de público, ver películas, analizar, entender el sentido de por qué se hacen los documentales. Muchas veces a las teles con las que trabajamos todavía les es difícil involucrarse con proyectos en etapa de desarrollo y sobre todo en procesos que son largos. La idea es cambiar la concepción y adaptarlas a este cambio." Los canales de América Latina que participan son cada vez más, y la reciente incorporación de Al-Jazeera -cadena de televisión que llega a más de 250 millones de espectadores- significó un espaldarazo muy poderoso para el evento. Los responsables de Al-Jazeera, luego de recorrer festivales de América Latina, eligieron a DocMontevideo como plataforma para hacer un llamado para la creación de una serie de documentales, de inmensa proyección internacional. 
De todos modos, el rol de DocMontevideo es acotado y González Zaffaroni opina que para que exista en el país más constancia en la creación documental tendrían que desarrollarse mejor otras vías: "Nosotros quemamos las baterías en diez días, pero esta instancia de formación necesita una continuidad, algo que deben dar las escuelas de cine, tiene que haber un colectivo que genere un dinamismo, que retroalimente lo que un cineasta hace con otro, para inspirarse o tener un listón más alto, para ir más allá. Y esto también tiene que ir acompañado de políticas culturales, incentivos para la producción y la financiación". Consultado sobre el rol de TNU en esta formación y en la difusión de documentales, opina que "Virginia Martínez, que a su vez es documentalista, abrió una franja muy importante ya que empezó a difundir contenidos, creando a su vez una demanda. Es un proceso de maduración institucional que está sucediendo a la par en varios países, aunque aún es incipiente y joven." 

Las películas. El espacio de "La semana del documental" es una de las instancias de proyección documental más sólidas de nuestro país. La muestra, de tan sólo cinco largometrajes en cada edición, asegura la calidad y da a conocer a varios de los autores más talentosos de la actualidad. La entrada es libre y las proyecciones vienen seguidas de una charla con los creadores, y normalmente son seleccionadas una película uruguaya, dos latinoamericanas y dos del resto del mundo. 
Se recuerda a Nicolas Prividera por la notable M, una pesquisa documental por la que el joven director intentaba reconstruir la memoria de su madre desaparecida, recolectando relatos de allegados y compañeros de militancia. Testimonios inexactos, confusos y contradictorios frustraban al cineasta, y éste no escondía su indignación porque las piezas del puzle no cerraran y la imagen de su madre quedara perpetuamente difusa. Tierra de los padres, es la polémica película seleccionada y una propuesta muy interesante. Como decíamos anteriormente, a veces es difícil establecer las fronteras entre documental y ficción, y en este caso todas las escenas son orquestadas y planificadas, bordeando lo experimental o lo directamente ensayístico. La premisa consiste en colocar en el Cementerio de la Recoleta a varias personalidades de la cultura argentina -cineastas, dramaturgos, escritores- leyendo citas de muchos de los héroes nacionales allí enterrados. El resultado es impactante. Dichos de Sarmiento, de Rosas, de Roca, hablan de una vocación genocida; panegíricos de la masacre y la tortura, sin ocultamiento de un odio visceral hacia los gauchos y hacia los indios. El recorrido histórico es elocuente sobre una Argentina que fue un matadero perpetuo, un continuum de exterminio cuya última expresión fue la dictadura del 76. Desde el corazón de Buenos Aires son erigidos mármoles a oligarcas nefastos y execrables -una película similar podría filmarse sin dificultades en nuestro Cementerio Central- de quienes los políticos de hoy no se atreverían a desentenderse. Por mucho que nos pese, nuestra patria fue construida con tormentos inenarrables. 
La crítica argentina Sofía Castaño señala en la Revista mexicana Replicante algunas elecciones estéticas no muy acertadas, como la cámara estática, las voces apagadas y monótonas: "todo está en su sitio, todo está quieto, porque quienes hablan aquí son los muertos. Las personas que leen los libros no comulgan con los dichos racistas, retrógrados, violentos y clasistas a los que dan voz. Para remarcar más esta idea de “la palabra de los muertos” los actores se desvanecen en el aire, justamente como fantasmas. Más allá de las estimables intenciones del cineasta, es la construcción de la imagen de Tierra de los padres lo que nos hace suponer que esta ideología permanece en su tumba. Pero, como habitante de la ciudad de Buenos Aires, puedo decirles que en realidad está viva". Involuntariamente quizá, Prividera plantea como superada una temática candente, un peligro latente en la idiosincrasia argentina que es nada menos que el fascismo profundo, vivencial y cotidiano. De todos modos, se trata de una obra original que llama a la polémica metiendo el dedo en asuntos no resueltos y en llagas especialmente sensibles. 
Drill baby drill, del norteamericano de raíces polacas Lech Kowalski es uno de tantos documentales que se hacen actualmente denunciando la intrusión de multinacionales que son instaladas cerca de pueblos y comunidades rurales, contaminando sus recursos naturales y arruinando su calidad de vida. Así fue Vienen por el oro vienen por todo, (sobre la megaminería en el pueblo de Esquel), La pesadilla de Darwin de Hubert Sauper, (que relata la horrenda experiencia de la pesca de la perca en Tanzania), o Historia de dos orillas de Cristian Jure, (sobre las papeleras Ence y Botnia). En este caso se trata de la multinacional petrolera Chevron, que busca instalar un pozo de gas de esquisto en las inmediaciones de una pequeña aldea al este de Polonia, cerca del límite con Ucrania. La comunidad logra darse cuenta a tiempo y se moviliza para impedir la invasión. Paralelamente, el abordaje se centra en los estragos causados por Chevron en Pensilvania, Estados Unidos, donde ya es demasiado tarde para revertir los daños sobre las tierras y la contaminación del agua, el envenenamiento de animales y de la población misma. Un documental que indigna y especialmente cuando se dan a conocer datos específicos que hablan de la enorme desigualdad de fuerzas, como la existencia de leyes en Estados Unidos que prohiben que los médicos les digan a sus pacientes que fueron intoxicados como consecuencia de las plantaciones de gas de esquisto. La mirada comprometida, el arduo trabajo de investigación y de seguimiento a la lucha organizada contra un Goliat aparentemente invencible hacen que el planteo se vuelva cautivante. 
Elena, de la joven cineasta brasileña Pietra Costa (29 años) ejemplificaría notablemente el "documental de creación" nombrado anteriormente, ya que la directora se centra en su propia y fatídica historia familiar y especialmente en la de su hermana, Elena, una adolescente que le marcó la vida en todo sentido y en la cual se refleja constantemente. Elena, obsesiva compulsiva, quiso cumplir el sueño frustrado de su madre de ser actriz de cine, fracasando en el intento. Finalmente Pietra registra su seguimiento a los pasos de su hermana, desestimando los consejos de su madre de no ser actriz y de nunca pisar Nueva York. Esta sentida película es una búsqueda, una vía para purgar y catalizar una pena profunda y una carga con la que lidiar. Es también de esos abordajes familiares en los que se hecha mano a material filmado hace muchos años. Como en Buscando a los Friedman, se corre con la fortuna de que la familia contaba con cámaras en un momento en que su uso aún no era generalizado, y Petra tuvo la suerte de dar con 50 horas de rollos familiares. 
El registro intimista bordea lo poético y lo existencial, se juega con imágenes experimentales y oníricas que vienen a cuento, logrando una composición envolvente y sin nunca dejar de lado la historia central. 
Pero seguramente la mejor de las películas seleccionadas es el mockumentary (o falso documental) Un tigre de papel del veterano cineasta colombiano Luis Ospina, un recorrido por la historia social y política de Colombia de 1934 hasta 1981, centrada en la vida y obra de un tal Pedro Manrique Figueroa, supuesto artista y poeta precursor del collage y el gulash en Colombia. Con una mirada irónica y crítica pero siempre humana y empática, el documental refiere a la militancia política en períodos de efervescencia social, a las vivencias de las diferentes generaciones de luchadores políticos de la izquierda revolucionaria, y cómo sus ideologías comulgaban con la creación artística. 
La historia empieza justo en el mismo momento en que Mao organiza la Gran Marcha de liberación de China del antiguo orden, un primer período en que el Partido Comunista Ruso "sugiere" a sus escritores seguir los principios de "fidelidad y representación artística" de la realidad socialista. Así, cada período está remarcado por los eventos históricos que determinaron las ideologías predominantes, así como sus expresiones militantes y artísticas. Este devenir tiene su momento de crisis en el episodio final, "Los años negros" (entre 1974 y 1981) signados por la prohibición del Partido Comunista a toda expresión artítica que no fuera fundamentada con criterios "sensatos". 
En la película son "entrevistadas" varias personalidades reales, protagonistas de este devenir histórico que, en parte, hablan de este tal Manrique como si lo hubieran conocido, cuando en realidad parecieran hablar de sí mismos. Un tigre de papel es una película inteligentísima, no excenta de costados humorísticos. 
Ya se ha escrito aquí acerca del notable documental uruguayo Todavía el amor de Guzmán García, concebido en base a entrevistas a ancianos que tienen un aspecto en común: el salir a bailar tango a boliches de Montevideo. La película explora las diversas, caprichosas y llamativas formas y dimensiones en que el amor continúa presente en esta última etapa de la vida, con testimonios sentidos y un encanto particular. 

Publicado en Brecha el 19/7/2013

viernes, 12 de julio de 2013

Mi villano favorito 2 (Despicable me 2, Pierre Coffin, Chris Renaud, 2013)

Repetirse con talento 


La empresa de animación Illumination Entertainment no es precisamente una productora “independiente” -habría que analizar y discutir qué puede denominarse hoy con ese término-, su creador Chris Meledendraki fue nada menos que el presidente de la 20th Century Fox Animation, y estuvo detrás de proyectos de la talla de La era del hielo, Robots, y Horton y el mundo de los quién. Cuando se abrió de la Fox, Meledendraki creó esta nueva compañía con la financiación de Universal Pictures, utilizando sus vías de distribución. De todas formas, Illumination asegura mantener el control creativo como una productora independiente. 
Para dispersar un poco las sospechas y prejuicios que despiertan las secuelas, conviene decir que este no es tan sólo otro caso de un éxito comercial que se repite buscando exprimir aún más una gallina de huevos de oro (bueno, en parte seguramente lo sea), sino que parece distanciarse del refrito o del espectáculo inflado e inútil ofreciendo sus buenas dosis de inteligencia, gracia y desenfado. En primer lugar, conviene decir que no se acudió a otro cineasta para dirigir esta secuela sino que los mismos Pierre Coffin y Chris Renaud, -los mismos de la primera entrega- son quienes llevaron adelante el proyecto, y que los libretistas también son los mismos de aquélla. Así que se puede hablar de un equipo creativo idéntico y sumamente consistente. 
Y es algo que se nota. También se nota que parte del éxito de la primera entrega fueron los "minions", unos acólitos humanoides cilíndricos y amarillos que parecen seguir órdenes pero que ante todo se rigen por el principio de placer, divirtiéndose con sonidos de pedos, desplegando maldades entre sí, aprovechando toda oportunidad de entregarse a la juerga. En consiguiente, los minions tienen un protagonismo especial, funcionando como contrapunto humorístico a la trama. Nota aparte: estos personajes van a protagonizar un largometraje ya anunciado, Minions, seguramente incurriendo en la errónea concepción de que los personajes secundarios pueden ser centrales (recordar las muy olvidables Timón y Pumba, Tinkerbell, El gato con botas). 
Lo que en Mi villano favorito funcionaba y muy bien, la sagacidad de los personajes orientada a hacer el mal, sus inventos excéntricos, infantiles y delirantes, su encanto a pesar de todo ello y la fuerza del gag bien concebido (instancias humorísticas carentes de diálogos, es decir, basadas en la pura acción) aquí se encuentra muy bien desplegado y dosificado. Los personajes tienen todos su espacio, su perfil y su encanto particular incluidos los nuevos, algún villano divagante y una impetuosa y torpe agente secreto que trae la excusa de un nuevo amorío. Si bien la anécdota no es el colmo de la originalidad, la película funciona como entretenimiento por todos estos elementos atractivos y dispersos, que son estructurados hábilmente y con buen ritmo en un guión coherente. Y si alguno no queda del todo satisfecho, esos minions haciendo sus irresistibles covers de “I swear” y “YMCA” en los últimos tramos seguramente lograrán ganárselo. 

Publicado en Brecha el 12/7/2013

miércoles, 10 de julio de 2013

Zombis para repartir

Muerte cerebral


La figura del muerto vivo que se alimenta de carne humana es muy antigua pero hoy series, videojuegos, merchandising, novelas, cómics, remakes, precuelas, marchas callejeras, convierten al zombi en un símbolo ineluctable del imaginario occidental. El fenómeno es tan enigmático como fascinante.

 

“Esta será la plaga con que Jehovah golpeará a todos los pueblos que acampen sus ejércitos contra Jerusalén: Hará que se pudran sus carnes, aun estando ellos sobre sus pies. También sus ojos se pudrirán en sus cuencas, y sus lenguas se pudrirán en sus bocas.” Zacarias 14:12.

Ya estaban allí, como amenaza. Y en el Poema de Gilgamesh (2600 - 2750 a C), Ishtar, la diosa babilónica del amor y de la guerra, de la vida y la fertilidad, hablaba de esta manera: “Derribaré las Puertas del Inframundo, destrozaré los postigos de las puertas, y los derrumbaré y dejaré que los muertos suban para comer a los vivos ¡Y los muertos superarán en número a los vivos!”
Un texto anónimo indio que se cree aproximado al año 1000 a C dice: “Nace de la tumba. Su cuerpo es el hogar de los gusanos y la mugre. No hay vida en sus ojos, no hay calidez en su piel, su pecho no se mueve. Su alma, tan vacía y oscura como el cielo nocturno. Se ríe de la espada, escupe a la flecha, porque no dañarán su carne. Hasta la eternidad caminará por la Tierra, olisqueando la dulce sangre de los vivos, obsequiándose con los huesos de los condenados. Cuidado, porque es el muerto viviente.” Mismo en la Biblia hay pasajes del Apocalipsis que refieren a muertos resurrectos: “Y sus cadáveres yacerán en la plaza de la gran ciudad que en sentido figurado se llama Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado. Y gente de todo pueblo, tribu, lengua y nación contemplará sus cadáveres por tres días y medio, y no permitirá que se les dé sepultura. (…) Pero después de tres días y medio entró en ellos el aliento de Dios, y se levantaron sobre sus pies, y cayó gran temor sobre los que los vieron.” 
Según diversos mitos de África, los sacerdotes o brujas podían matar a un ser humano y traerlo de la muerte para convertirlo en su esclavo. Los Jiang-shi chinos son cadáveres ciegos que avanzan dando saltos, pero pueden oler a los humanos y si los muerden pueden convertirlos en uno de ellos. En la mitología nórdica medieval, los draugr eran guerreros que regresaban de la muerte para atacar a los vivos. Y podría continuarse por un buen rato: existen historias ancestrales de zombis nipones, del pacífico, persas, árabes y de los americanos nativos. 
Pero en rigor, el zombi occidental, el integrado a nuestro imaginario es el surgido en Haití, basado en mitos vudús de los esclavos negros (la palabra zumbi forma parte de varios idiomas africanos), a partir de 1685. Los esclavos creían que si un fallecido había ofendido de alguna manera a Baron Samedi, dios de los muertos, se convertiría para siempre en un esclavo después de la muerte; en un zombi carroñero. La creencia en la resurrección (y la existencia de rituales para alcanzarla) lleva a que algunos creyentes haitianos aún hoy “rematen” a sus muertos con inyecciones de veneno, mutilándoles o disparándoles.
De la ultratumba al celuloide. Las primeras películas de zombis se basaron libremente en estas creencias haitianas: en White zombie (1932) Bela Lugosi era el villano al mando de una legión de cadáveres desalmados, y otras películas clase B se valieron de este mismo esquema, como Revenge of the zombies (1943) o Invisible invaders (1959). Aunque la primera gran película del subgénero fue I walked with a zombie (1943) de Jacques Tourneur, que se desarrollaba en una isla caribeña y cuyo guión fue escrito a partir de una investigación real centrada en maleficios vudús.
Pero fue el director George Romero quien introdujo al cine el concepto moderno de zombi, con su obra maestra La noche de los muertos vivos (1968). Allí surgieron algunas de las constantes que definen su comportamiento: aparecen masivamente y como una plaga, nadie los controla, su única motivación es comerse la carne de los vivos. Eran también inmensamente lentos y torpes, aspecto que fue cambiando conforme pasaron los años. 
Desde entonces las apariciones cinematográficas nunca se han detenido, si Michael Jackson hizo mucho por mediatizar a los zombis en su videoclip Thriller (1983) corresponde señalar grandes “hitos” zombis posteriores: Braindead (1992) de Peter Jackson, quizá la primera película que satirizó abiertamente al subgénero, Dawn of the dead (2004) remake de la película homónima de Romero y probablemente la mejor dirigida por Zack Snyder, las entretenidas Rec (2007) de Jaume Balagueró y Paco Plaza, Soy leyenda (2007) de Francis Lawrence, y Zombieland (2009) de Ruben Fleischer. En un importante traspaso de los zombis al universo de las series, Dead Set es una alegórica miniserie inglesa de la BBC en la cual los confinados protagonistas del Gran Hermano continúan con su cotidianeidad fingida sin saber que el apocalipsis zombi acabó con la producción del programa y sus televidentes, y The Walking Dead, una adictiva -aunque quizá insustancial- serie desarrollada por Frank Darabont para la cadena estadounidense AMC. Superior a todos ellas y seguramente la mejor expresión zombi jamás concebida es la también británica miniserie de la BBC In the flesh. Allí la cura para los zombis es descubierta y se pretende integrarlos una vez más a la sociedad y a sus familias, pero en el proceso surgen focos de resistencia armada -gente que quizá tuvo parientes asesinados previamente por los zombis- para impedirlo. Una obra en verdad imprescindible.
Razones de ser. Vaya uno a saber por qué, en occidente se le otorgó un estatus de belleza, seducción y buenos modales a los vampiros, y en cambio toda la decrepitud, la putrefacción y la indecencia fue volcada sobre los zombis. No parece una justa distribución de atributos, si se considera que ambos son muertos vivientes.
Desde las películas de Romero, las hordas zombis funcionan como metáfora de las multitudes irreflexivas, refieren a una masa acrítica que actúa por inercia, que deambula sin principios, sin valores ni códigos de convivencia. No es casual que la película iniciática de Romero surja apenas unos años después que varias de las más importantes obras de Antonioni -El desierto rojo (1964), Blow up (1966)- y poco antes que el primer Fassbinder El amor es más frío que la muerte, Katzelmacher (ambas de 1969), En uno y en otro, los protagonistas -hijos de la modernidad, el progreso y el estado de bienestar- deambulan apáticos, amorales, sin aspiraciones, sin objetivos aparentes, sin paradigmas que seguir o causas por las que luchar. Como ellos, los zombis no son otra cosa que individualismo hecho pútrida carne. Viendo esta correlación quiza se vuelva más comprensible que Pablo Stoll (25 Watts, Whisky, 3), deudor del cine de Jarmusch y de Kaurismaki, se encuentre actualmente abocado a una película de zombis. 
Esta interpretación metafórica tal vez sea la más simpática, pero no hay que olvidar que las historias de terror son importantes manifestaciones de miedos inconscientes: a lo desconocido, a la pérdida de estabilidad, a la caída del orden establecido. Escrutando en las más desagradables entrañas de la psiquis humana podemos establecer una comparación entre los fétidos y desacatados zombis, y los drogadictos, los marginales, los famélicos, los lúmpenes. No es difícil dar con algunas de las expresiones más catárticas y superficiales del fenómeno zombi, -algunos videojuegos, películas clase B- para encontrar las indeseables relaciones y correspondencias. Y una de las características que más atraen de los muertos-vivos es que, en tanto indiscutible amenaza, se les puede volar los sesos masivamente, con absoluta impunidad.

Publicado en Brecha el 5/7/2013

martes, 9 de julio de 2013

Guerra Mundial Z (World War Z, Marc Forster, 2013)

Como mil y la madre 


El estreno de esta película vino precedido de problemas de producción gigantescos. El director Marc Forster (Descubriendo Nunca Jamás, Más extraño que la ficción), elegido a dedo por el productor y protagonista Brad Pitt, aparentemente no supo encarar el proyecto y se mostraba demasiado dubitativo -fuentes internas de la producción señalaron que no existió un liderazgo claro, y que el rodaje fue una auténtica pesadilla-. Varios de los responsables del estudio quedaron disconformes con los resultados y pidieron que se reescribieran y volvieran a filmarse determinados tramos, hubo técnicos que fueron sustituidos en pleno rodaje, Brad Pitt intentaba controlar un proyecto descarriado y el director de fotografía, indignado por el trabajo de posproducción en 3D exigió que se quitara su nombre de los créditos. Para colmo, durante los tramos filmados en Hungría tuvo lugar una redada por parte de un grupo anti-terrorista que confiscó 85 rifles de asalto que iban a ser usados durante la filmación. Con este caos, el presupuesto del filme se disparó a 400 millones de dólares, y su estreno se postergó seis meses.
El resultado es desparejo, sin una unidad clara; la primera mitad es la típica película de cine catástrofe, de cámara temblorosa, destrucciones urbanas, multitudes desesperadas e indecisos mandamases. Lo más novedoso es lo que puede verse en el trailer: zombis que corren a toda velocidad y se mueven y se apilan como si fueran cucarachas, montañas de muertos vivos en movimiento que dan a entender que la amenaza es implacable y seguramente indetenible. Si la primera mitad es la típica película apocalíptica y de supervivencia –aunque con elementos de tensión mal explotados: la hija del protagonista tiene asma pero ese detalle prácticamente no se utiliza-, la segunda parte, levemente mejor, se parece a alguna de las Resident Evil, con un héroe intentando dar con una cura dentro de un extenso laboratorio repleto de fiambres caníbales.
Hay elementos que chirrían sobremanera: una de las pocas ciudades del mundo en que pudo detenerse el avance de la amenaza es Israel, gracias a que un científico visionario previó la catástrofe y convenció al estado de construir a tiempo un inmenso muro para defenderse de las alimañas invasoras. Mostrar a los israelíes protegidos, por un muro, de seres sucios y andrajosos, es algo por lo menos antipático, y difícilmente producto de la casualidad. Finalmente, la voz en de Pitt diciendo que es necesario prepararse para una guerra que “recién empieza” nos recuerda a cierta fantasía belicista y a la imperiosa voluntad de determinado statu quo norteamericano de dar con un enemigo común y con la oportunidad de demostrar su poderío armamentístico. Por más que los enemigos sean zombis, por más que todo venga planteado como un paquete de ficción, da bastante asco.

Publicado en Brecha el 5/7/2013

domingo, 7 de julio de 2013

Monsters University (Dan Scanlon, 2013)

La batalla de los nerds 

Como muchos saben, hablar de la industria de animación Pixar es referirse a cine de calidad. Sus películas suelen figurar en las votaciones de críticos de todas partes del mundo como varios de los mejores estrenos del año. Sería ideal disfrutar de estos estrenos (cine honesto, bueno, vibrante) en condiciones dignas de exhibición, pero lamentablemente esto no es posible en el Uruguay. Al igual que el otro filme importante de animación de esta semana, Mi villano favorito 2, esta película es exhibida en más de veinte salas, pero solamente en copias dobladas al español. Es decir, el que quiera ver esta película tal cual fue concebida deberá esperar a que se edite una futura edición en DVD -quizá un par de meses-, quien quiera oír las voces originales de Billy Cristal, John Goodman, Steve Buscemi y Helen Mirren no tendrá chances de hacerlo en ninguna de las más de quinientas proyecciones semanales de este país. En fin, es una pena que los distribuidores decidan de antemano la forma en que nosotros y nuestros hijos queremos ver las películas, y es de temer esta reciente avanzada de doblaje en los estrenos -también en muchos casos para películas de consumo adolescente y adulto-. Si la idea es analfabetizar aún más a la población, el camino es el correcto. 
Pero vayamos a la reseña: precuela de la notable Monsters Inc, se desarrolla aquí una anécdota previa; la experiencia universitaria de los protagonistas y el arduo recorrido que debieron atravesar para consagrarse como “asustadores” profesionales. El universo paralelo presentado anteriormente es utilizado para plantear un ejercicio de género clásico, y con uno de los formatos más atractivos que suelen tener esta clase de aventuras: la competencia por etapas. Para demostrar de qué están hechos, los personajes deberán enfrentarse a otros grupos de monstruosos contrincantes, en una pugna en la que se resolverá quiénes son los más temibles asustadores de humanos de la Universidad: las cinco diferentes instancias están concebidas con toda la creatividad que caracteriza a Pixar, y el hecho de que varios de los personajes del bando principal sean en apariencia perfectos pusilánimes vuelven a cada desafío una auténtica proeza a cumplir. El final, una detallada y brillante orquestación por parte de los protagonistas en el arte de asustar puede ser visto como una hermosa metáfora de la creación artística y de la búsqueda por suscitar emociones. 
Resulta cuando menos curiosa la mirada sobre el oficialismo educativo: los talentosos protagonistas son castigados, catalogados como ineptos, estigmatizados o desplazados por parte del cuerpo docente. Lejos de la crítica integrada de JK Rowling en Harry Potter -en el colegio de magia y hechicería de Hogwarts existían injusticias y errores pero aún seguía siendo el mejor lugar para estudiar-, aquí la solución final significaría independizarse, vivir al margen de las reglas y, finalmente, hacerse de una carrera autodidacta por fuera de la institución. Esta visión anárquica resulta un matiz excepcional en lo que respecta a las producciones mainstream; Pixar nos tiene acostumbrados a estas pequeñas y bienvenidas salidas de tono.

Publicado en Brecha el  5/7/2013

viernes, 28 de junio de 2013

Black Mirror, segunda temporada (2013)

Aterradoramente cercana

Hace poco comentaba la primera temporada de esta serie de la BBC, una crítica impactante a las nuevas tecnologías de la comunicación, y su simbiosis con la vida cotidiana. El periodista Charlie Brooker, su creador, en tan sólo tres capítulos independientes planteaba ficciones que daban cuenta del alcance y los peligros de los cambios sociales recientes, con la premisa de “si la tecnología es una droga –y se siente como una droga– entonces, ¿cuáles serían sus efectos secundarios?”. Cada fragmento, opresivo y al borde de lo pesadillesco –sobre todo por la cercanía con lo que podemos vivir día a día en los medios y las redes sociales– estaba dotado de una coherencia, un atractivo formal y una capacidad para inquietar e incomodar que los volvía imborrables. El autor ha dicho recientemente que “da la impresión de que la mitad de las cosas que contamos en la primera temporada están pasando. Hay prisioneros en cárceles brasileñas montando en bicicletas estáticas para conseguir la reducción de la pena y Google Glass es prácticamente un incumplimiento del copyright de 'Tu historia completa'. Afortunadamente, de momento nadie ha hecho un chantaje vejatorio con cerdo incluido. Pero si las historias de la segunda temporada empiezan a pasar, entonces sí que estaremos en peligro".
En esta temporada fueron concebidos tres nuevos episodios. El primero de ellos “Be right back” (“Vuelvo enseguida”) relata la historia de una chica que se entera de que está embarazada poco después de que su novio muere en un accidente. Un sitio web le ofrece un extraño servicio: la posibilidad de chatear con su amado fallecido, gracias a una tecnología que se nutre de la información existente en las redes sociales –todo lo que él escribió y posteó en chats, Facebook, Twitter, etc- y gracias a la cual se pueden emular sus respuestas y sus reacciones. El episodio refiere a varios temas cruciales simultáneamente: la incapacidad del ser humano contemporáneo de afrontar naturalmente los dolores –ya sean mentales o físicos–, y el consumismo derivado de esta imposibilidad (que tiene como contrapartida un gran oportunismo empresarial). Lo inconcebible del asunto es que hoy en día existen páginas web que permiten que una persona postee y actualice su estado en las redes sociales de forma póstuma, como la inquietante DeadSocial, por lo que las similitudes de este episodio con el mundo real no son precisamente una minucia.

Cada entusiasta de esta serie tiene su capítulo favorito y este cronista considera que el segundo, “White bear” (“Oso blanco”) es el mejor. Su comienzo es abrupto: una mujer se despierta en medio de una casa, con un fuerte dolor de cabeza y una amnesia galopante. No sabe quién es ni cómo fue a parar ahí, y para colmo las circunstancias que se suceden le son terriblemente adversas. En la calle, todas las personas que la ven se dedican a filmarla con sus teléfonos celulares, y unos seres disfrazados la acosan y la persiguen, queriendo asesinarla –o algo peor–. Es así que todo este tenso episodio transcurre en el más absoluto desconcierto, sin llegar a comprenderse quién la persigue ni para qué, quién es ella y por qué está ahí, y de qué demonios va todo este asunto. El desenlace, tan redondo como angustiante, trae las respuestas a esas preguntas. Aquí se pone el foco en los más retorcidos instintos voyeuristas existentes en la sociedad, exaltados y explotados desde los medios. A su vez, de una temible vuelta a las formas populares de castigos ejemplarizantes, con nuevas dimensiones facilitadas por la tecnología.
En cuanto al tercero, “The Waldo moment” (“El momento de Waldo”) parecería haber cierto consenso en que es el peor de la serie. No por falta profundidad o de interés temático, sino por un tono panfletario y aleccionador que hasta hoy había estado ausente. Waldo es un oso animado, una estrella en ascenso en los programas de televisión que básicamente se dedica a hacer chistes escatológicos y a mofarse abiertamente de sus interlocutores, políticos ingenuos que quizá esperan una simpática entrevista o una vía para ganar popularidad, y que sin embargo dan con todo lo contrario, con la burla sangrienta y el mancillamiento mediático. El episodio da cuentas de cómo la opinión pública puede generar engendros destructivos y caníbales que pueden acabar hasta consigo mismos.
Aún en sus peores tramos, Black mirror llama a la reflexión, al cuestionamiento, a la autocrítica. Y quizá ninguna otra sea tan acertada exponiendo una sociedad que enferma sin darse cuenta. 

Publicado en Brecha el 28/6/2013

viernes, 21 de junio de 2013

El hombre de acero (Man of steel, Zack Snyder, 2013)

Como rompe 


Lo que en Superman (1978) se mostraba en unos diez minutos, acá se demora cerca de una hora. La destrucción de Kriptón y sus formas de vida, la existencia de ese mundo lejano, todo aquello que quedaba libre a la imaginación del espectador, queda aquí expuesto en una introducción poco interesante, más bien predecible e intercambiable con otras. La civilización que consumió los recursos naturales del planeta hasta destruirlo. El nacimiento del niño que significará el legado de una raza extinta. Su envío a la Tierra. Una vez llegado a su nueva casa, el hombre ya crecido que se pregunta la razón de su existencia, que salva mucha gente porque claro, es muy bueno, pero sigue sin entender aún qué tiene que hacer en la vida. Por fin aparece el padre, o una imagen holográfica de su verdadero padre y le explica otra vez todo lo que ya vimos al principio, y algunas cosas más. Simultáneamente a la comprensión de sí mismo y de la dimensión de sus poderes aparecen los malos (por suerte hubo una sincronización), esos tres villanos escapados de Kriptón y que recién comenzaban a molestar y a querer dominar la Tierra en Superman 2 (1980) son aquí unos cuantos más –como ocho–, pero para entonces ya el espectador está demasiado aburrido. Superman no hizo nada para ganarse su simpatía, el conflicto se demoró mucho, y tanta explicación y justificación empiezan a volverse molestos. 
Luisa Lane –Amy Adams, quizá la mejor del reparto– ya demuestra en su primer diálogo que es una mujer resuelta y que se enfrenta a un mundo de hombres utilizando un lenguaje de camionero –una muestra de feminismo mal comprendido, por el cual se adoptan los mismos vicios que se critican–. Cuando llega la primera mitad de la película, la cosa ya empieza a moverse, y de qué manera. El director Zack Znyder (300, Sucker punch) apuesta a la ruptura de tímpanos –cada vez que Superman sale volando suena un estruendo- al diálogo grandilocuente y a la destrucción edilicia: algo así como una cincuentena de rascacielos son destruidos durante la película aunque nunca se ve morir a los civiles cuando los edificios caen (es increíble como la censura desde la transmisión televisiva de los atentados del 11 de septiembre del 2001 se ha mantenido inalterada). Con tanta acumulación de destrozos sin ningún respiro, uno deja de sentirse impactado por los efectos, deja de preocuparse por las posibles pérdidas, y hasta se olvida de cuáles villanos fueron abatidos y cuáles no. Los malos no escapan al estereotipo y no parecen esconder dimensión emocional alguna. 
Eso sí, hay alguna pelea callejera –a trompada limpia y a toda velocidad entre seres superpoderosos que vuelan y atraviesan cosas– que parecería no tener precedentes en cuanto a contiendas filmadas. Las escenas de vuelo respiran libertad y los efectos visuales en general están muy logrados – mejor que así fuera, hubo 225 millones de dólares volcados–, pero cuánto bien le hubiese hecho a esta película un mínimo de sustancia, y algo de aire entre demolición y demolición. 

Publicado en Brecha el 21/6/2013

miércoles, 19 de junio de 2013

El cine de Abdellatif Kechiche

La inmigración desde dentro

La sensación de realismo que transmiten las películas de Kechiche es asombrosa. El enfoque tembloroso, la abundancia de primeros planos y de planos secuencia en los que la cámara se entremezcla con los personajes como si fuera uno más de ellos, el extenso y logrado trabajo con actores -en su mayoría no profesionales- son algunos de los factores que llevan a esta ilusión. En las largas tomas, los personajes muchas veces hablan entre sí al mismo tiempo, se pisan, repiten conceptos que ya dijeron anteriormente, despertando la ilusión de una charla improvisada y de la ausencia de guión. Reforzando este naturalismo, muchas veces no es clara la dirección en la cual se encauza la narración, no se entiende con claridad la función de las distintas escenas dentro del todo, como si más que películas, nos enfrentáramos a azarosos retazos de vida. 
Por todos estos elementos, y por centrarse frecuentemente en cuadros adolescentes, el cine de Kechiche es comparado con el de otros grandes cineastas europeos como el de los hermanos Dardenne y Ken Loach. Pero quizá haya cierta diferencia importante en el registro de éstos y el de Kechiche. La distancia y la austeridad casi-documental propia de los hermanos Dardenne es prácticamente contraria a su cine, y tampoco tendría cabida la vocación claramente política y de denuncia de Loach. Y es que el cine de Kechiche está hecho, ante todo, desde la pertenencia. Este punto es crucial; Kechiche es un tunecino que desde los seis años vive en Francia, que creció en contacto permanente con otros inmigrantes sintiendo en carne propia la discriminación y las dificultades de la integración social. Si bien sus cuadros exponen realidades adversas, ante todo acompañan a los personajes en sus conflictos más mundanos, dando cuenta de sus esperanzas, sus sueños, sus penurias, sus amistades, sus pasiones, sus desamores. Su política está ahí, en otorgarle a los desplazados un perfil psicológico, su derecho a estar dotados de una densidad emocional. 
A grandes rasgos, podría decirse que la inmigración es uno de sus grandes tópicos. Su primera película, La faute à Voltaire (2000) se centró precisamente en un joven tunecino que emigra clandestinamente a Francia, y que debe apañárselas para ganarse la vida de alguna manera, siendo rechazado una y otra vez por ser un indocumentado. Pero la película no parece enfocada en esta dificultosa inserción, sino en sus encuentros amorosos con un par de chicas. Una de ellas (la imponente Elodie Bouchez) es una de las mujeres ninfómanas mejor concebidas que haya dado el cine, entrañable y apartada de cualquier estereotipo. Aquí Kechiche ya hacía por primera vez uso de un erotismo muy peculiar, quizá no tan centrado en las escenas de sexo o los desnudos (que también las hay) sino en el particular y sutil poder de seducción de los personajes. Luego, El amor esquivo (2003) cuenta la historia de un grupo de jóvenes árabes de la banlieue, suburbios de París, que ensayan una obra de Marivaux. Pese a la constante sensación de peligro y de una violencia constante, se logró insuflar vida a media docena de caracteres cuestionables y reprobables, que si bien pasan gritándose y destratándose, dejan entrever a su vez que son individuos vulnerables, sensibles, presos de su entorno y de sí mismos, obligados a mantener una fachada amenazante con tal de no verse abatidos. Respecto a esta historia particular, Kechiche comentaba: "Los barrios humildes de extrarradio se han estigmatizado hasta tal punto que es casi un acto revolucionario situar en ellos una acción cualquiera que no trate de agresiones, drogas, mujeres violadas ni matrimonios forzados. Yo tenía ganas de oír hablar de amor y de teatro, para variar." 
En la imponente Cuscús (2007), en la costa del Mediterraneo francés, un magrebí de sesenta años se dispone a abrir un restaurante en un barco, encontrándose con unas cuantas dificultades (burocráticas, familiares, sociales) en el camino. Con un íntimo acercamiento a un núcleo familiar tan ruidoso como adorable, se conduce al espectador a puntos extremos de tensión e indignación, y una vez más se hacen presentes los problemas laborales, la delincuencia, la exclusión y la violencia xenófoba. El trazado de los personajes femeninos siempre fue un punto alto, pero aquí se da una dimensión de poder a las mujeres árabes –son ellas las que enfrentan las adversidades y las que sacan adelante iniciativas que los hombres abandonan- escapando a los perfiles sumisos que se les suele dar desde occidente. 
Con Venus noire (2010) hay un salto genérico importante. Aquí pasamos a una adaptación histórica centrada en el horrendo caso real de la llamada despectivamente “Venus Hotentota”. En la Academia Real de París, en 1817, el anatomista Georges Cuvier exponía lo que para los especialistas era una curiosidad: los genitales extirpados de una mujer africana de la tribu Khoi Khoi, que tan sólo unos meses antes había atravesado las más lamentables penurias, comercializada para múltiples tratos degradantes. La mujer existió y se llamaba Sara Baartman, y fue una víctima del colonialismo mental y del racismo científico. Recién en 2002 Francia accedió al pedido de repatriación de sus restos, 60 años después de las primeras solicitudes. La película, demoledora, expone con aguda lucidez relaciones de poder que no dejan de ser otra cosa que esclavismo y trata camuflada, en las que la víctima puede ser manipulada mediante engaños y falsas promesas. Luego de ver esta película puede llegarse a la conclusión de que las formas de pensar no han cambiado demasiado desde entonces, ni tampoco estas prácticas. 
La quinta película del director, La vie d’Adele arrasó este año en Cannes, compitiendo nada menos que con cintas de Jim Jarmusch, Hirokazu Kore-eda, Takashi Miike, Asghar Farhadi, Alexander Payne, James Gray, los hermanos Coen y Jia Zhang-ke. Lo que más se viene comentando en los medios (cuando no) es una escena de sexo explícito de diez minutos entre las jóvenes y bellísimas Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux. Pero por lo que se puede saber hasta ahora, Kechiche desplegó aquí un detallado estudio del amor lésbico, reincidió en sus cuadros adolescentes y en ese trazado de perfiles humanos con los que es fácil identificarse, y que personifican tan bien la vida misma. 

Publicado en Brecha el 14/6/2013

viernes, 14 de junio de 2013

Después de la Tierra (After Earth, M. Night Shyamalan, 2013)

La Tierra vs. el hombre 


A veces se da. Cineastas brillantes suelen filmar películas terribles, y también lo opuesto, directores mediocres pueden lograr películas muy buenas. El arte es impredecible, el ser humano imperfecto y el talento variable, y por lo tanto conviene desligarse de ideas previas sobre los realizadores y observar y disfrutar las obras como unidades independientes, más allá de precedentes o autorías. 
El director indoamericano M. Night Shyamalan parecería personificar como nadie esta disparidad. Luego de un notable debut (Sexto sentido) fue empantanándose cada vez más, entregando un bodrio atrás del otro hasta llegar a niveles de infumabilidad extrema. Pero cuando uno menos se lo espera pueden darse ciertos fenómenos extraños, como esta película.
En un futuro próximo la contaminación en el planeta Tierra lo vuelve un sitio inhóspito para el ser humano, por lo cual la civilización debe trasladarse a otros confines del universo. Cuando miles de años después un legendario general (Will Smith) y su hijo (Jaden Smith) salen en una misión por el espacio, la nave en la que viajan se accidenta, cayendo en nuestro planeta. Gravemente lesionado, el padre debe quedarse en la nave, y su hijo atravesar cien hostiles y agrestes kilómetros para poder dar finalmente con una baliza de rescate. 
Es así que el chico emprende una carrera contra el tiempo -su padre va a morir pronto, los recursos escasean-, y contra las fuerzas naturales. Uno de los aspectos más atractivos del planteo es precisamente esta reacción adversa del planeta contra el ser humano, como si el conjunto de La Tierra hubiera desarrollado anticuerpos para tomarse una revancha contra los parasitarios y destructivos invasores. Gracias a un notable trabajo del fuera de campo, la envolvente presencia de la naturaleza se convierte en una latente y constante amenaza. 
Aparte de esto, estamos ante una aventura trepidante. Las diversas instancias que el chico debe atravesar, con la carga de múltiples factores opresivos -hay un monstruo depredador suelto por el bosque, el oxígeno se acaba, su padre se muere, la tecnología falla y la noche se cierra congelándolo todo en la superficie- llevan a estar pendientes de las armas del chico, de su inventario y del delgado y constante límite entre la supervivencia y la muerte. 
No pocos críticos han apuntado ciertas infortunadas similitudes en el discurso de la película con ciertos principios de la Cienciología. Se habla de "propaganda encubierta", y se señalan detalles como que la filosofía con la que instruye el personaje de Will Smith a su hijo coincide con ciertas enseñanzas de esa religión, o la figura de un volcán, símbolo característico de la doctrina, empleado con un papel fundamental. Estas observaciones parecerían ser acertadas, pero no vale la pena tachar la película por este perfil; si así lo hiciéramos deberíamos descartar al 95 por ciento de los productos hollywoodenses por hacer propaganda, -a veces con disimulo, a veces con alevosía- de la religión cristiana, y lo cierto es que esta película no deja de ser enteramente disfrutable. 
Por esta vez conviene quebrar una lanza por Shyamalan, ya que ante todo cumple con la premisa de lograr un estimulante y digno entretenimiento. El director supo evitar los estrepitosos errores en los que incurrió en otras ocasiones: los lugares comunes y las situaciones inverosímiles (La dama en el agua), los guiones defectuosos (Señales) la vacuidad seria y ampulosa (El último maestro aire fue una nefasta adaptación en la cual era demolida toda la gracia y la frescura de la serie original), y por fortuna supo conjugar la adrenalina de las grandes películas de aventuras y el agradable clasicismo de las matinés. 

Publicado en Brecha el 14/6/2013

sábado, 8 de junio de 2013

Las mejores películas (XXI)

En esta nueva selección de mejores películas traté de no pisarme demasiado con las que reseñé recientemente en festivales y, a la vez, de marcar las que para mí son realmente fundamentales y que no se deberían dejar pasar de ninguna manera. Todas estas pelis están enteramente avaladas por aquí el señor (después nos peleamos) y creo que todas ellas merecen el esfuerzo de que las busquen y las vean. Como verán, hay acá unos cuantos maestros que ya sigo desde hace rato, más una gran revelación portuguesa, (lo que me lleva a querer prestarle más atención a ese país, recuerden Tabú...)

The Master de Paul Thomas Anderson (Estados Unidos) 
Estoy pensando seriamente que el desdén por esta película tiene que ver con algo muy profundo, con la incomodidad que provoca y por su detenimiento en asuntos que muchos no quisieran ver. Si los temas de las secuelas psicológicas en excombatientes y la tendencia a adoptar religiones como forma de consumo ya son de por sí complicados, hay además una ruptura de estereotipos y una particular aproximación a la bestialidad; se presentan costados humanos que no suelen verse en el cine, más una relación simbiótica tan extraña como verosímil. Como el personaje interpretado por Phoenix, esta impactante película es un engendro de difícil adopción. 

Amour de Michael Haneke (Francia, Alemania, Austria) 
Me sería difícil escribir sobre Haneke una sóla palabra que no fuera un elogio. El más intachable de los cineastas actuales logra, por fin, cerrarle bien la boca a sus principales detractores, quienes venían machacando con que el director austríaco no empatizaba con sus personajes. El tema es discutible, pero no hay dudas de que no se da en este caso. Una pareja que tuvo y tiene estabilidad, cariño, afinidades en común, experimenta en carne propia la manera en que el tiempo lo destruye todo; la paulatina decadencia, el deterioro más atroz es abordado con una lucidez demoledora. Una realidad patente es cuestionada sin golpes bajos ni desconsideraciones y, claro está, con todo el amor imaginable. 

Ralph el demoledor de Rich Moore (Estados Unidos) 
Una de las más grandes obras de animación de los últimos años. Como en Pixar, un mundo fantástico paralelo y subordinado al nuestro comienza a resquebrajarse, a hacer agua. Los villanos de los videojuegos, desplazados, son los sufridos chivos expiatorios para sus pares heroicos e integrados, y se ven relegados a noches solitarias y frías mientras los demás se regocijan en fiestas privadas. Pero ese "orden" suele desmoronarse cuando los excluidos deciden retirarse y comenzar una nueva vida: en el mundo de afuera, amplio y asombroso, pueden encontrarse grandes aventuras y hasta seres malignos de verdad. También es posible dar con otros marginales, raros y entrañables . 

Abrir puertas y ventanas de Milagros Mumenthaler (Argentina, Suiza, Holanda) 
El vínculo existente entre tres adolescentes en una gran casa que les queda demasiado chica es chirriante y especialmente molesto. Las chicas se destratan, se insultan, planifican pequeñas venganzas y revanchismos las unas con las otras. De a ratos, pequeños y sutiles detalles develan parcialmente el profundo dolor que esconden, un pasado terrible y un lazo incómodo. Es fascinante la forma en la que la cineasta debutante Mumenthaler expone un cuadro de rabia extrema, de desavenencias y malas leches, pero planteándolas como producto de una inmensa frustración, de una particular situación de vulnerabilidad. 

Sangre de mi sangre de João Canijo (Portugal) 
Un melodrama familiar de los que ya no se ven. En un barrio de la periferia de Lisboa, una cocinera convive con su hermana y sus hijos, quienes oscilan entre la delincuencia, los amores malditos, el incesto, las drogas y el estancamiento endémico. Cuando una simultánea doble tragedia atraviesa la convivencia, se impone el trauma grupal. Una película durísima y brillantemente concebida, un prodigio de construcción de personajes y de puesta en escena, con tomas obstruidas a lo Wong Kar-wai, un excelente uso del fuera de campo y un clima realista que lleva la historia a impactantes picos de tensión. 

Venus noire de Abdelatif Kechiche (Francia, Bélgica) 
El director ganador de la palma de Cannes desde hace tiempo es revisitado por este blog, y en cada una de sus películas dejó en claro su grandeza. En la Academia Real de París, en 1817, el anatomista Georges Cuvier exponía lo que para los especialistas era una curiosidad: los genitales extirpados de una mujer africana de la tribu Khoi Khoi, que tan sólo unos meses antes había atravesado las más lamentables penurias, comercializada como esclava para múltiples tratos degradantes. La mujer existió y se llamaba Sara Baartman; fue una víctima del colonialismo mental y del racismo científico. Pero a mí me parece que esta película dice que el mundo, en el fondo, no ha cambiado tanto desde entonces. 

In Another Country de Hong Sang-soo (Corea del Sur) 
El maestro Hong Sang-soo nos tiene acostumbrados a estas pequeñas lecciones, a estos retazos de la vida misma que nos sirven para vernos reflejados y pensarnos a nosotros mismos. Una chica en apuros decide escribir tres guiones para tranquilizarse, protagonizadas por una mujer llamada Anne. En los tres fragmentos, la inmensa Isabelle Huppert representa a esta mujer, quien llega a una ciudad costera de Corea del Sur y siente una profunda atracción por un salvavidas local. Aunque en los tres episodios haya ciertas variaciones (principalmente las características de la protagonista) también hay muchos puntos en común, por lo que los fragmentos dialogan entre sí y son propuestas, para una situación similar, varias alternativas posibles. 

Django Unchained de Quentin Tarantino (Estados Unidos) 
Un western de antirracistas contra racistas, de buenos jodidos contra malos jodidos, de hombres libres contra esclavistas. Christoph Waltz sonríe, Jamie Foxx dispara, Don Johnson se indigna, Franco Nero aprueba, Samuel Jackson desconfía y Leo DiCaprio sierra una calavera. Si el ku klux cae, los malvados duermen mal y la sangre salpica, los cinéfagos estamos agradecidos. Dudo que esta película sea recordada como el mejor Tarantino, pero hay maestros que aún cuando no son perfectos son condenadamente geniales. ¿Que todavía no vio Django unchained? Entonces sería una buena idea que se deje de perder el tiempo en blogs pedorros. 

Cosmopolis de David Cronenberg (Canadá, Francia, Portugal, Italia) 
Cronenberg se pone profundo, llama a un montón de amigos geniales (Mathieu Almaric, Juliette Binoche, Emily Watson) y se divierte en el viaje a través de Manhattan de un multimillonario que lo acaba de perder todo y que sólo piensa en un corte de pelo que no necesita. Las protestas callejeras invocan el apocalipsis, el hombre es un virus que navega entre multitudes acuosas, el yuan y sus caprichos acaban con la búsqueda de patrones así como las pulsiones y las imperfecciones de la carne desplazan la simetría y el racionalismo. La tecnología es un reducto frío e implacable, un arma de doble filo que podría opacarnos en segundos. 

La buena vida de Eva Mulvad (Dinamarca) 
Imponente documental que registra el vínculo enfermizo entre dos mujeres, madre e hija, que han pasado de la más alta aristocracia a la pobreza más absoluta. La progenitora mantiene a su hija con una pensión muy escasa, y ambas viven en un pequeño departamento en Portugal. Aunque esté adeudada y no se crea capacitada para trabajar, la hija continúa con sus pretensiones de mujer rica, con sus mañas y sus indignadas exigencias de una mejor vida. Y el principal blanco para la frustración es su propia madre, quien debe tragarse todas las recriminaciones imaginables. Un duro e interesantísimo abordaje antropológico.