viernes, 7 de octubre de 2016

41º Festival Internacional de Toronto

Inabarcable, inasible, portentoso 

Grande, desmesuradamente grande es el “Festival de festivales”, como se llamaba originalmente el Toronto International Film Festival. Casi trescientos largometrajes y un centenar de cortos de 83 países fueron proyectados, de los cuales en total 266 fueron estrenos absolutos, casi todos ellos presentados por los directores y miembros del elenco. 

 Como en todo buen festival, la inmersión en él supone que el espectador organice bien su agenda para saber a qué cuatro o cinco películas asistirá a lo largo de la jornada, y, sobre todo, qué otras películas, conferencias, charlas o eventos de la farándula deberá sacrificar en función de ello. Pero si bien la oferta (1.200 proyecciones) es inabarcable, en rigor todo en el Tiff lo es: las colas para las películas suelen comenzar a formarse una hora antes, y a veces se extienden por cuadras. En el complejo Scotiabank, donde está la mayor cantidad de salas exclusivas para el festival, las filas suelen inundar el recinto y oleadas de gente se mueven en una u otra dirección, según esté por comenzar una función o acabe de terminar otra. Este aparente caos está sin embargo perfectamente organizado: un ejército de más de 3 mil trabajadores voluntarios abre amablemente las puertas, controla las entradas, indica el camino a los desorientados o simplemente arrea columnas de cinéfilos descarriados. Pero hay que señalar que, por inmenso que resulte el gentío que a diario se agolpa en el complejo, otras tantas multitudes se congregan simultáneamente en otras salas distantes, como en el enorme Isabel Bader Theater o la amplia sala ubicada en la Universidad Ryerson, entre una docena más. 
Un par de días antes del comienzo de la maratón, el móvil de un canal de noticias local entrevistaba a un cinéfilo británico que acababa de comprar 90 entradas, sólo para su uso personal, y a varios canadienses que se habían tomado licencia de sus trabajos para poder prestarle atención exclusiva al festival. Lo más asombroso del asunto es que no se trata de un festival popular como los que suelen frecuentarse en América Latina; las entradas no son para nada baratas: una común para un adulto cuesta 18 dólares estadounidenses, el doble de lo que sale en la misma ciudad una función de cine ordinaria. Pero las exhibiciones de gala (con alfombra roja y estrellas invitadas) salen el doble y, para colmo, algunas de estas proyecciones llevan un sobreprecio por tener una mayor demanda: así, asistir al aclamado drama Manchester by the Sea, de Kenneth Lonergan, costaba 44 dólares. Es relativamente novedoso que el festival ponga precios tan altos –aun para los sueldos canadienses–, lo que generó indignaciones varias, con sonados ecos en la prensa. 

Un poco de historia. La locura de Toronto no siempre fue tal: el festival empezó en 1976 proyectando solamente 140 películas, entre largos y cortos. Aun así, esa primera edición contaba con importantes invitados –como Akira Kurosawa– y una programación muy interesante que muchos tacharon de “arty” pero que marcaba ya una diferencia: películas de 30 países, una nutrida selección de documentales, y hasta una retrospectiva nocturna del cine de Roger Corman. 
Fiel a este estilo variado e independiente, en los ochenta el festival comenzó a obtener un prestigio creciente; figuras como Jean Luc-Godard o Martin Scorsese asistieron a presentar sus retrospectivas, y figuras del jet-set como Julie Christie, Jack Nicholson y Warren Beaty se pasearon por las alfombras rojas, atrayendo más cámaras al festival. Es que los organizadores siempre se preocuparon por ofrecer una programación de calidad, y al mismo tiempo por conseguir celebridades que aseguraran una persistente atención mediática. En 1998 la revista Variety señalaba: “El Festival de Toronto es el segundo después del de Cannes en términos de presencia de estrellas y de actividad económica”, y al año siguiente el crítico Roger Ebert declaraba que, si bien Cannes continuaba siendo el mayor, el de Toronto era el más útil y más activo. Hoy el Tiff se considera una de las antesalas a los premios Oscar (sin lugar a dudas, La La Land, la ganadora del premio del público, contará con unas cuantas nominaciones este año), y estrenar una película allí supone para muchos un verdadero privilegio. 

 
El norte del mundo. Una de las cosas que en un comienzo llamaron más la atención de este cronista fue la escasa cantidad de películas latinoamericanas programadas, apenas 13 largometrajes entre los 296 que componen la grilla. Para ningún cinéfilo de estas latitudes es una novedad que el cine latinoamericano pasa por un momento excelente, ya que viene dando propuestas increíblemente variadas y sorprendentes. Pero año tras año se ha vuelto además un corpus ineludible para cualquier festival que se precie de contemplar el mejor cine del planeta. Lo cierto es que en el Tiff sobreabunda el cine independiente estadounidense, canadiense y europeo (con muchos estrenos francamente mediocres), y otras regiones brillan por su ausencia o apenas asoman. Uruguay no presentaba ninguna película en esta edición, pero en este caso no se trata de algo cuestionable, ya que no puede decirse que este último año hubiera propuestas nacionales fuertes. 
Por supuesto, para comprender la ausencia, lo que debe considerarse en primer lugar es que los festivales suelen darle mayor prioridad a la región en la que se encuentran insertos, pero a veces molestan injusticias tales como que hubiera ocho películas israelíes en la programación y ninguna palestina, o que Latinoamérica se encontrara tan minimizada. 
Para el productor, publicista y periodista Richard Lormand lo que sucede no es tan sólo que el foco del Tiff se encuentra en otros sitios, sino que además los mismos cineastas prefieren apuntar a otros festivales, ya que si se tiene en cuenta que una película que es elegida para participar en las competencias oficiales de los grandes festivales (Berlín, Cannes, Venecia, Toronto) queda excluida de participar en la competencia oficial de los otros, los directores deben intentar sacar el mayor provecho de esta situación. Es en parte por ello que muchos cineastas latinoamericanos prefieren estrenar sus películas en San Sebastián, donde por una cuestión de idioma sus películas tendrán una mayor llegada entre el público y serán más atendidas por la prensa. Es bien cierto que los periodistas presentes en el Tiff parecen mucho más enfocados en las galas y las alfombras rojas, así como en los estrenos estadounidenses en general, que en cualquier cineasta argentino, iraní o japonés que pudiera aparecerse por allí, por importante que sea. De hecho, la prensa se agolpaba para cubrir el estreno de películas como Los siete magníficos o El proyecto Blair Witch, “tanques” que apenas una semana después estarían disponibles en cualquier sala comercial del mundo. Una última explicación para la ausencia de cine latinoamericano: el Tiff es demasiado grande y una película del Tercer Mundo corre el riesgo de pasar completamente desapercibida, sumergida en la inmensa masa de filmes. 

Diversidad y rarezas. La ciudad más poblada de Canadá es notoria por su diversidad. Y es que el 50 por ciento de los residentes son inmigrantes, y del 50 por ciento restante una buena cantidad son hijos o nietos de inmigrados. Esta variedad de culturas se ve perfectamente reflejada en la audiencia, y es algo que asimismo nutre al festival. Al estrenarse una película japonesa, buena parte de los presentes en el público son de origen japonés, y lo mismo para películas de países tan remotos como Kenia, Singapur, Tailandia o Corea del Sur, por nombrar algunos. En las sesiones de preguntas y respuestas con los directores, posteriores a las películas –por increíble que suene, la mayoría de las casi 400 películas son presentadas por sus mismos directores–, personas del público preguntan con absoluto conocimiento de causa acerca de la realidad allí presentada. Durante la atestada proyección de Death in the Gunj, película india hablada en bengalí y ambientada en los años setenta en la ciudad de McCluskieganj, un miembro del público felicitó especialmente a los realizadores por haber recreado a la perfección el barrio de su infancia, y resaltó que “la camioneta tiene uno de los faroles roto, algo típico de entonces”
En las inmediaciones del Tiff Lightbox, el edificio sede y epicentro del festival, varias calles son cerradas al tránsito durante los once días del acontecimiento, pasando temporalmente a ser peatonales. Allí la fiesta es continua: juegos (un ajedrez y un jenga gigantes), rincones para experimentar realidad virtual, música, bandas en vivo, proyecciones en la calle, tiendas de souvenirs, carritos de comida, bebidas... 
Uno de los momentos más extraños tuvo lugar cuando un grupo de fanáticos religiosos se apostó en la peatonal con carteles que rezaban “Ponte al día con Jesús, lee y presta atención a la sagrada Biblia. Cristo vendrá a juzgar y gobernar”, y “Sexo: mantenlo sagrado. Un hombre y una mujer en el lecho nupcial”. Apenas cuatro o cinco tipos se las ingeniaron para hacer bastante ruido y para increpar a todos los que pasaban advirtiéndoles que el festival era demoníaco, y que en lugar de alabar a las celebridades deberían estar alabando al señor Jesucristo. 
Pero quizá lo más desconcertante ocurrió en la fiesta de apertura. Mientras los invitados esperaban en una larga fila para entrar al lugar, detrás de las vidrieras del Tiff Lightbox aparecieron varias chicas semidesnudas que se aprestaron a bailar sensualmente –a pesar de que no había música–. Como si se tratara de la zona roja de Ámsterdam, las muchachas se contoneaban, deslizaban sus manos por su cuerpo, para sorpresa de los presentes. Fue imposible comprender cómo se relacionaba aquello con un festival de cine... Pero la promesa de sensualidad se esfumó tan pronto como se abrieron las puertas y los encargados de seguridad comenzaron a revisar minuciosamente bolsos y mochilas. Este cronista tuvo la mala idea de intentar una broma: “Voy a tener que esconder mis armas”, le dije a la pareja que esperaba detrás de mí. Como respuesta sólo obtuve una mirada reprobatoria y un “You shouldn’t joke about that, bro’”. 


A la noche, terror. Otra de las particularidades del festival es una suerte de rugido, más concretamente un “arrrr” gutural proveniente de algunos espectadores, pocos segundos antes de comenzar cada una de las películas. Como si los torontianos eligiesen justo ese momento previo a la película para convertirse en hombres-lobo. Luego de días sin comprenderlo, el significado de ese “arrrr” me fue revelado. El sonido es emitido justo en el momento en que en la pantalla puede leerse un aviso que pide amablemente a los espectadores que apaguen sus celulares o cámaras y que los guarden lejos durante la proyección. Hace unos años el comunicado era más explícito: refería sin rodeos al crimen de la piratería y a la prohibición de filmar en la sala. Curiosamente, fue uno de los programadores del festival quien impulsó lo que a estas alturas es una tradición. Fue Colin Geddes, encargado de la sección “Midnight Madness” (películas de acción, terror y fantasía), quien en 2007, y ataviado con un parche en el ojo, estimuló a los espectadores a proferir un “arrrr” cuando apareciera el anuncio, ya que ese es el sonido que supuestamente emiten los piratas cuando algo no les agrada. Al parecer el despropósito tuvo tanta adhesión que el aviso fue cambiado, eliminándose la palabra “piratería”; pero no tuvieron éxito en erradicar el grito anti-anti-piratería, que continúa escuchándose en las salas. 
El Tiff ha sido pionero en dedicar secciones nocturnas al cine bizarro, con propuestas terroríficas y extravagantes. Esas proyecciones tardías ya tienen sus ecos en los más importantes festivales del mundo, y reúnen a cuanto cinéfilo friki existe en las inmediaciones. En una de las sesiones de esta edición, un par de personas se desmayaron durante el visionado de la película de canibalismo franco-belga Raw, y una ambulancia debió acudir al cine. Esta anécdota era muy orgullosamente propagandeada por los mismos responsables de la selección cada vez que la película volvía a proyectarse, pero lo cierto es que tampoco era para tanto. Sí es cierto que la protagonista de Raw, estudiante de veterinaria, comienza a desarrollar un instinto antropófago cada vez mayor e incurre en festines poco agradables de ver, pero el cine francés de terror nos ha deparado cosas mucho más intolerables. En lo que a este cronista respecta, lo más desagradable que sucedió durante la proyección de la película fue el espectador extragrande sentado a su lado comiendo una hamburguesa acorde a su tamaño. 


Por fin, cine. Si bien películas turcas como Night of Silence o Mustang ya habían presentado el tema de los matrimonios arreglados entre adultos y niñas, la brillante Clair Obscur (Tereddüt) enfoca la problemática desde la perspectiva de una psiquiatra que recibe en su consultorio a una niña traumatizada, abusada sistemáticamente por su marido 50 años mayor. Y lo más interesante del planteo de su directora, Yesim Ustaoglu, es la revelación que la misma psiquiatra vivirá a partir de ese caso al comprender que la cultura de la violación está instalada en su más íntima cotidianidad. Conviene seguir de cerca a esta directora y, en definitiva, al cine turco todo, que cada día viene mejor. En cambio quizá la mayor decepción haya sido The Unknown Girl, de los hermanos Dardenne, una película algo dispersa en su narrativa y en la que los cineastas repiten algunas de sus fórmulas. Entrando en el terreno del film noir “social”, se plantea la historia de una joven médica que, movida por la culpa, se aboca a la investigación de un truculento homicidio. Claro que es interesante, que está notablemente actuada y filmada, pero también deja la sensación de una película algo dubitativa, realizada como por inercia. 
En el otro lado del balance, a sus 90 años Andrzej Wajda cada día filma mejor, logrando con Afterimage una de las películas más poderosas y entrañables del festival; un relato sobrio y clásico centrado en la figura de Wladyslaw Strzeminski, pintor vanguardista polaco que sobrevivió a las dos guerras mundiales pero que acabó muriendo de hambre y tuberculosis, censurado y asfixiado por el comunismo. Wajda reflota un episodio elocuente sobre la eterna necedad humana y el arte como resistencia, haciendo foco en una personalidad magnética que en ningún momento se dejó doblegar por arbitrarias abyecciones o imposiciones aberrantes. Asimismo, el inmenso cineasta surcoreano Hong Sang-soo se ganó (una vez más) el cielo con Yourself and Yours, donde cuenta la historia de una chica con problemas con el alcohol y propensa a los excesos, a erigir historias falsas sobre sí misma, y a negar rotundamente cuanta acusación recae sobre su persona. Pero como dice el refrán, por más remiendos que se necesiten siempre surge algún pretendiente, y el protagonista está completamente enamorado de ella, a pesar de corroborar una y otra vez su autodestructiva patología. 

 
Además: desde hace ya más de una década el cineasta filipino Brillante Mendoza viene siendo uno de los grandes transgresores del cine mundial; fiel a su estilo coral y realista y a su intención de echar luz sobre la más rasante decadencia y la marginalidad instaurada, propuso con Ma’ Rosa la historia de una familia de dealers sorprendida por una redada policial. A continuación, cada uno de los miembros deberá moverse por las calles de su barrio para obtener inmediatamente la suma de dinero necesaria para sobornar a la policía y así levantar los cargos, además de “soplar” los nombres de todas las demás personas involucradas en el negocio. Mendoza da cuenta, con notable acierto, de esa gran farsa que es la cruzada antidrogas propuesta por su gobierno, agregando con esta película otro sólido ejemplo a su notable filmografía. 
Pero si hablamos de grandes transgresores, Amat Escalante parece llevarse las palmas: en La región salvaje un enfermero es víctima de un horrendo crimen, del cual hay dos sospechosos: uno de ellos es su amante y cuñado, y el otro un pulpo gigante y viscoso que acostumbra tener sexo con los humanos. Pero el misterio de quién es el verdadero culpable se difumina pronto, y el foco pasa a estar en la violencia de género, en la homofobia, en la inseguridad y la desconfianza en las instituciones, y en el legado que se deja a las siguientes generaciones. Escalante, quien ya ha sabido molestar y dividir aguas con sus anteriores películas, aquí redobla su apuesta y demuestra, una vez más, que es uno los más importantes y radicales realizadores del cine mexicano actual. 
Una de las películas mejor recibidas tanto por el público como por la crítica fue la brasileña Aquarius, que viene generando un escándalo político de proporciones en su país. La lucha de una mujer sola –la inagotable Sonia Braga– contra los bloques de concreto, la transformación urbana y los poderes económicos que intentan echarla de su casa propone una notable contienda épica, acorde a lo que viene sucediendo en el país vecino. Ojalá llegue lejos, a pesar de todos los obstáculos que le están interponiendo. 
Pero la más impactante y mejor película vista en el festival fue la chilena Jesús, de Fernando Guzzoni, de la que resulta difícil hablar sin adelantar giros importantísimos de la trama. Pero baste decir que va de adolescentes fanáticos del k-pop, cultores del sexo indiscriminado, del callejeo y las drogas, de romper cosas por la calle y de emborracharse hasta perder el habla, y que de pronto se ven envueltos en el peor embrollo al que podían haber entrado jamás. Un filme sobre una generación errática y desorientada, sobre la desesperación en momentos extremos y sobre las huellas invisibles de la dictadura chilena.  
Como decíamos al principio, el Tiff es inabarcable y, como tal, grandes películas que brillaron en el festival quedan sólo en la mención: las finlandesas Little Wing y The Happiest Day in the Life of Olli Maki; la singapurense Apprentice; la superproducción rusa The Duelist; la franco-germana Frantz, de François Ozon; y la surcoreana The Age of Shadows, de Kim Jee-woon. No faltará oportunidad de que volvamos sobre ellas más adelante. 

Publicado en Brecha el 7/10/2016

Miss Peregrine y los niños peculiares (Miss Peregrine's Home for Peculiar Children, Tim Burton, 2016)

Burton resurrecto


Para quienes supimos ser fanáticos de Tim Burton en la década de los noventa, sus últimos títulos son prácticamente innombrables: Alicia en el país de las maravillas, Sombras tenebrosas, Frankenweenie y Big Eyes fueron películas desproporcionadas, kitsch, empalagosas, arrítmicas o simplemente aburridas, de las que bien quisiéramos olvidarnos. Si bien Burton siempre fue irregular, esa seguidilla de desastres parecía dar la pauta de que el director de Ed Wood y Sleepy Hollow había perdido por completo el eje. Pero por suerte aparece hoy esta notable película. 
Burton nunca fue propiamente un guionista, y para sus películas tomó historias ajenas y las enriqueció (o arruinó, dependiendo del caso) con su imaginario particular. Pero su firma asegura historias que explotan ese costado terrorífico de los cuentos de hadas, o ese perfil más infantil y fantasioso del cine de terror, por lo que sus filmes suelen situarse en un camino ambiguo, que juega con ambas puntas. Provistos generalmente de humor negro, propone universos en los que un puñado de extravagantes personajes se abre camino a la aventura. Si el cine es evasión, las creaciones de Burton son universos ideales en los que perderse. 
La excéntrica novela infantil en la que se basa esta película reúne todo aquello que a Burton parece gustarle más. En ella el autor Ransom Riggs despliega la historia de varios niños “peculiares” recluidos en un orfanato, viviendo el mismo día una y otra vez, en un perpetuo bucle de tiempo. Pero una de las particularidades más llamativas del libro es que está ilustrado con inquietantes fotografías antiguas, en las que se ve a niños con miradas amenazantes o directamente demoníacas, vestidos con extraños disfraces o en posiciones imposibles. Una de las referencias inevitables es X-Men, en la que también existe una institución que reúne personajes “diferentes” en quienes cada particularidad es también un portentoso superpoder, pero aquí los personajes no llevan a cabo grandes hazañas sino que simplemente deben sobrevivir de un brutal ataque de “huecos”, criaturas amenazantes y tentaculares que buscan a los niños para sacarles los ojos y comérselos. Lo más interesante del planteo es que algunos de estos superpoderes permanecerán en secreto hasta el final de la película, manteniéndose el enigma durante todo el metraje. Otro referente obvio es Harry Potter, y es esta la 37ª historia de un niño ordinario y con problemas de inserción social que descubre un mundo diferente, en el que resulta ser “el elegido”. 
El talento de Burton se encuentra principalmente en la particularidad de los ambientes; la música, los efectos especiales, la vestimenta, el maquillaje y los decorados están elaborados cuidadosa y coherentemente, logrando una atmósfera envolvente y atractiva. También puede verse en un elenco brillante y una notable dirección de actores. Aquí sobresalen especialmente Eva Green –ya una actriz fetiche de Burton– como Miss Peregrine, así como la totalidad del elenco infantil y adolescente, y, por sobre todo, el imponente Samuel L Jackson como un malo malísimo que oficia al mismo tiempo como figura amenazante y como comic relief. Jackson se calza el personaje con la gracia y el talento con que se desenvuelven los grandes. 
Es verdad que la película surge en un momento en que ya existen varias historias parecidas en la vuelta, pero es la autoría de Burton la que marca una diferencia estética, proporcionando solidez y ritmo, y dando además la buena nueva de haberse encauzado, una vez más, por el buen camino. 

Publicado en Brecha el 7/10/2016

viernes, 30 de septiembre de 2016

Blair Witch - La Bruja de Blair (Blair Witch, Adam Wingard, 2016)

Al bosque otra vez


Esta película confirma dos cosas que ya sabíamos hace tiempo: primero, que la maquinaria de Hollywood necesita refritar ideas a cualquier costo; segundo, que cualquier basura les viene bien.
La película de 1999 El proyecto Blair Witch probablemente haya sido una de las más sobrevaloradas de su momento. En una época en que el terror mainstream se encontraba en total decadencia y que recurría torpemente a monstruos, asesinos seriales o maldiciones baratas, esa película cayó muy bien al público y a la crítica, seguramente por apelar a un terror psicológico más minimalista, sugerido y de bajo presupuesto. Los directores Daniel Myrick y Eduardo Sánchez propusieron un falso documental que les costó 60 mil dólares y que acabó recaudando centenares de millones alrededor del globo, y se convertiría en un referente para directores tanto amateurs como profesionales. El found footage de filmaciones con cámara al hombro pasó a ser una constante.
Pero mucha agua ha pasado debajo del puente, y el horror psicológico estadounidense evolucionó muchísimo. El cine de terror asiático aportó un sinfín de recursos para dosificar suspenso y sobresaltos con mayor precisión, y nunca un falso documental hoy generaría las dudas de aquella Blair Witch original, recubierta de un aura –muy bien explotada por el departamento de marketing– de que aquello que se mostraba podría haber ocurrido realmente.
Otra vez se presenta aquí una de esas historias en las que documentalistas improvisados se ven sorprendidos por una maldición real, y en las que emprenden corridas desesperadas con cámaras que continúan filmando aleatoriamente para dar justo con la amenaza corpórea, en el clímax final. Si acaso el espectador no estuviera cansado de esto, los primeros cinco sobresaltos ocurren de manera similar: uno de los personajes se le aparece bruscamente al otro, justo en los momentos de mayor expectación y suspenso. Y no lo hacen como broma: simplemente no se dan cuenta de que sus compañeros están tan aterrorizados como ellos y se les ocurre aparecérseles de golpe, ruidosamente y sin aviso previo.
Además de que las actuaciones son pésimas, de que no existen personajes y que los diálogos carecen de sustancia, gracia o el más mínimo interés, todo lo que podría llegar a ser bueno se encuentra muy mal explotado, por lo que los climas generados por el bosque, la casa abandonada y sus túneles subterráneos quedan en la nada, sin aportar elementos nuevos. Pero además el guión es profundamente confuso (siguen spoilers); todo parecería apuntar a que la bruja vive en una dimensión diferente a la nuestra, en la que se puede viajar en el tiempo, y que además el bosque da vueltas sobre sí mismo (¿?). Al parecer, la bruja también es capaz de emular la voz de cualquier persona, por lo que puede hacerse pasar por otros para engañar a sus víctimas. Haciendo un esfuerzo para asumir todas estas premisas, las cosas podrían hasta tener cierto sentido, pero a veces la exigencia de suspensión de la incredulidad se torna excesiva.

Publicado en Brecha el 30/9/2016

viernes, 2 de septiembre de 2016

Miedo profundo (The Shallows, Estados Unidos, 2016)

De playa y de tiburones


Ante la imposibilidad de traducir el título original The Shallows, (en español los bajíos, las aguas poco profundas), y quizá apelándose a un sentido más poético, en latinoamérica pasó a ser "Miedo Profundo", y en España "Infierno azul". Poco cambia: el asunto va de playa y de tiburones que atacan a los seres humanos. 
Una rubia texana despampanante sale a veranear a una playa perdida de Tijuana. Mala idea: como se sabe, en el cine dominante el hecho de que los norteamericanos se salgan de sus límites nacionales supone que en breve algo horrible les acontecerá. Dicho y hecho, poco tiempo tiene la chica para disfrutar del surf y de las olas antes de ser embestida y masticada por un tiburón de los más osados. Hábil nadadora, la protagonista logra escaparse y mantenerse a salvo y a flote precariamente, en diferentes túmulos flotantes: una ballena muerta, riscos, una boya. Estudiante de medicina, también se las ingeniará para autohilvanarse y cicatrizar sus heridas con métodos poco convencionales; como en 127 horas, All is Lost o El renacido, se trata de una aproximación minimalista, corpórea, enfocada en las estrategias implementadas ante sucesivas instancias de peligro extremo. 
El director barcelonés Jaume-Collet Serra se ha convertido en un artesano perfectamente acoplado a las necesidades de Hollywood, y sus talentos se hacen notar en una filmografía que siempre ha despertado cierto interés: La casa de cera, La huérfana, Desconocido y Una noche para sobrevivir son piezas de género funcionales y bien logradas. Aquí antes del ataque de los tiburones, las cámaras se ocupan principalmente de la protagonista y de sus curvas, con una estética clippera, colorida, y una música cool muy acorde al mundo del surf. Pero cuando comienza la supervivencia propiamente dicha, de pronto la película se torna más urgente y seria, manejando notablemente tensiones y ritmo. Aquí los mayores méritos parecerían encontrarse en los rubros técnicos: una fotografía vistosa y un sonido envolvente funcionan igual de bien tanto por encima como por debajo de la superficie, así como un maquillaje perfecto y un montaje que dosifica muy bien lo que se muestra y lo que no, generando el nerviosismo pertinente en cada secuencia. Si bien las primeras escenas llevan a dudar de si la actriz Blake Lively fue reclutada por sus dotes actorales o por sus medidas corporales, ella bien demuestra estar a la altura de tan exigente tour de force
Sobre el desenlace el planteo vuelve a decaer, con un enfrentamiento de la protagonista contra el tiburón –muy convenientemente, en algún momento los tiburones se redujeron a uno sólo– más propio del Coyote y el Correcaminos que de una película de acción real. Es allí que comprendemos que, en rigor, éste es un divertimento mucho más liviano de lo que parecía, mucho más cercano a Depredadores que a Gravedad. Por lo pronto, un poco de miedo puede ser, pero de profundidad nada.

Publicado en Brecha el 2/9/2016

jueves, 1 de septiembre de 2016

La vida (y algo más) por el cine



Muchos actores verdaderamente comprometidos con sus trabajos han llegado a hacer cambios físicos extremos y particularmente nocivos para su salud. Christian Bale es lo más parecido a una bola de plastiscina humanoide que ha podido verse circular por la gran pantalla: perdió 28 quilos para alcanzar las dimensiones del esquelético personaje de El maquinista, y ganó otros 44 de puro músculo para su protagónico en Batman Inicia; en cambio, para Escándalo americano engordó veinte kilos de grasa pura, prácticamente llegando a la obesidad. Por su parte, a actriz Natalie Portman perdió doce kilos para su papel como bailarina profesional en El cisne negro, forzando los límites de lo posible para una mujer de un metro con sesenta. Pero más allá de las extremas dietas para adelgazar y engordar, –de las que podríamos rellenar un artículo entero enumerando ejemplos– o de intensas sesiones de gimnasio, también es cierto que los actores han hecho otro tipo de sacrificios físicos para la causa del cinematógrafo. El corte en la nariz que le inflige un pandillero a Jack Nicholson en Chinatown es real y aconteció mismo frente a cámaras. Rooney Mara mandó hacerse una docena de pierciengs reales para la película de Millenium; la escena de La naranja mecánica en que al protagonista le sujetan los párpados para evitar que pestañee, le ocasionó al actor Malcolm Mc Dowell daños en la córnea y ceguera temporal. En La pasión de Cristo, el actor Jim Caviezel se dislocó un hombro cargando con la cruz y durante la escena del sermón de Cristo en el bosque de olivos, ocurrió un verdadero milagro: un rayo le cayó encima. 
Y qué decir de los docenas de fracturas y daños irreversibles que sufrió Jackie Chan a lo largo de su carrera; luego de una pirueta específica para la película Police Story, en la que en el medio de un centro comercial tenía que deslizarse descolgándose de una columna ornamentada con luces, el actor acabó electrocutado, con quemaduras y varios dedos fracturados, cortes profundos en el antebrazo, la pelvis dislocada, vértebras rotas y paraplegia temporal. Para el trabajoso rodaje de Armour of God, Jackie debía saltar de una pared hasta un árbol. Pero una de las ramas se rompió, y el actor cayó golpeándose la cabeza contra las rocas que habían debajo; los resultados fueron una fractura de cráneo que casi lo mata, y una sordera parcial que le duró toda la vida. 
Las declaraciones de Keira Knightley a la publicación británica de modas InStyle refieren a otro tipo de daños. A lo largo de casi veinte años de trabajar en Hollywood, "Me he teñido el pelo de todos los colores imaginables para diferentes películas. Me fue tan mal que mi cabello, literalmente, se cayó." La actriz asegura que como consecuencia de este destrato, desde hace cinco años que viene usando pelucas. 


Quienes también han pagado como pocos las consecuencias de rodajes mal encaminados han sido históricamente los animales, y es que durante décadas el cine no contó con reglamentación alguna en lo referido a los tratos impartidos a ellos durante las filmaciones. Se cuenta que para el las escenas de carreras Ben-Hur murieron decenas de caballos. Para el rodaje de Jesse James, un caballo fue empujado adrede por una plataforma aceitada, para que acabara despeñándose por un barranco. La puerta del cielo de Michael Cimino fue un escándalo: ahí se explotaron y desangraron caballos, se desstriparon vacas para proveer de intestinos reales a los actores, se decapitó una gallina y hasta se orquestaron peleas de gallos reales. Desde entonces, la American Humane Association (AHA), organización no gubernamental, se encarga de monitorizar el tratamiento de animales durante los rodajes, y de aprobar o denegar la etiqueta tranquilizadora para muchos, que señala que "ningún animal resultó herido durante el rodaje de esta película". Pero según se ha denunciado, a veces la AHA hace la vista gorda a ciertos sucesos, tapándolos y cubriendo así a la industria. Para el rodaje de El hobbit, un entrenador denunció la muerte por deshidratación, ahogamiento y cansancio de al menos 27 animales, pero la conclusión de la asociación fue que "ningún animal había sido perjudicado durante la acción"
La lista de sacrificios animales en cámara incluyen también una vaca prendida fuego para Andrei Rublev, un gato torturado en Sátántangó, un búfalo degollado en Apocalipsis Now, conejos baleados para Las reglas del juego, un caballo empalado por los hierros de un vagón salido de rumbo en Courage. Una de las escenas más increíbles y brutales de Oldboy tiene lugar cuando el protagonista entra a un bar de sushi y le pide al chef "algo vivo para comer". Luego de que le sirven un pulpo lo engulle, mientras los tentáculos continúan contorneándose y deslizándose por su rostro. No hubo efecto digital alguno para la escena, y el actor Choi Min-sik debió comerse cuatro pulpos uno atrás del otro para lograrla. No fue fácil para él; budista practicante, Choi debió pedir perdón por cada uno de los animales. En un video de detrás de cámaras puede verse al actor disculpándose con uno de ellos antes de que las cámaras empiecen a rodar.

Publicado en Brecha el 26/9/2016

jueves, 18 de agosto de 2016

Rams (Hrútar, Grímur Hákonarson, 2015)

Resguardando el rebaño 


Al igual que con el fútbol, Islandia anda muy bien para el cine. Las razones por las que una isla perdida en el océano Atlántico de poco más de 300 mil habitantes pueda contener tanto talento es algo llamativo y digno de análisis. Como sea, esta película es un buen exponente de la calidad cinematográfica que viene desplegando el país año tras año, por lo menos desde hace una década. Gummi y Kiddi son dos veteranos solteros y ermitaños que viven en casas contiguas en un remoto pueblo rural, en el valle nevado de Bardardalur. Son además hermanos, pero a pesar de que comparten territorio y afición, desde hace décadas que están peleados y no se dirigen la palabra. Su vida gira en torno al pastoreo y a sus respectivos carneros, premiados en varias ocasiones como los mejores del país por su ancestral linaje. No es para menos, son cuidados con cariño y esmerada devoción por ambos protagonistas, quienes a su vez compiten entre ellos para ver cuál se lleva los galardones del último año. El drama se impone cuando sus rebaños contraen la tembladera o scrapie, una enfermedad mortal y neurodegenerativa ligada estrechamente con el mal de la vaca loca, lo que para las autoridades locales supone la necesidad de sacrificar los carneros de inmediato para impedir que la peste se propague. Pero para ambos hermanos sus animales son la vida, y así ambos considerarán dejar de lado las viejas desavenencias, defender su patrimonio e intentar engañar de algún modo a su enemigo en común. 
Curiosamente, la enfermedad de los carneros se origina con la llegada a la isla del ganado británico, algo que parece ironizar sobre los problemas que aquejaron recientemente a Islandia, cuando sufrió el crack financiero en 2008, al que siguieron presiones económicas asfixiantes por parte de la vecina potencia, uno de sus principales acreedores. Más allá de la referencia política, la película puede ser vista, en su sencillez y minimalismo, como una notable fábula dotada de un muy buen uso del humor. El director y guionista Grímur Hákonarson explota la extravagancia de los personajes y la excentricidad de ciertos usos, desde su intercambio epistolar mediante un perro, hasta el salvataje de un hermano al otro, excavadora mediante. 
La imagen es sobresaliente, el director de fotografía es aquí el noruego Sturla Brandth Grøvlen, una de las revelaciones de Europa en el rubro, también responsable del extraterrenal desempeño de cámara tras la alemana Victoria. Esto provee a la historia de una notable y refinada estilización, en la que se aprovecha al máximo la luz natural y los vastos parajes nevados. Se da en la tecla para aportar una superficie seductora a una historia pequeña, con las justas dosis de exotismo; fórmula ideal para caer bien tanto a los festivales internacionales como al público en general. Más allá de eso, Rams es una película emotiva que, como es común al cine islandés, plantea un universo diferente, con originalidad, calidez y una aproximación que trasmite una constante sensación de libertad.

Publicado en Brecha el 19/8/2016

viernes, 5 de agosto de 2016

Por qué Stranger Things

Volver a ser niños


   Es verdad que la nostalgia se ha vuelto un verdadero negocio para las grandes productoras cinematográficas y televisivas estadounidenses. Los reboots, remakes, spin-offs, o lo que fueren son constantes que venden y se siguen reproduciendo. El sólo hecho de que se revivan permanentemente viejos superhéroes es prueba suficiente de que se ha dado exitosamente con un nicho de mercado que contempla varias generaciones al mismo tiempo, pero que fundamentalmente llega a los adultos desde la nostalgia, y a sus hijos por extensión y contagio. Estos productos son desiguales; muchas de estas superproducciones se quedan en ejercicios estériles saturados de guiños y referencias, insertos en paquetes rutinarios y anodinos. Pero sin embargo también existen en la industria (es verdad, son los menos) creativos que saben entender, capturar la esencia y la magia que volvían a aquellos divertimentos tan populares y atractivos. 
   Se puede decir que J.J Abrams supo entender mejor la esencia misma de la vieja trilogía de Star Wars que el mismo George Lucas, su creador, y así es como la última entrega de la saga supo darle una nueva vida superando ampliamente a todas las de los 2000, justamente por haber sabido recrear y revivir aquellos mismos elementos que en un principio volvían a la franquicia adictiva. De esta misma manera, los hermanos mellizos Matt y Ross Duffer demuestran aquí tener un profundo conocimiento de las películas de aventuras de los años ochenta, aquellas que nacieron bajo el ala de Spielberg y que tan hábilmente supieron renovar el cine de géneros. Quienes hayan disfrutado alguna vez de películas protagonizadas por niños como Los Goonies, E.T., Stand By Me o de adaptaciones de novelas de Stephen King como IT o Ojos de fuego, no deberían perderse esta sobresaliente serie. 
   Además de una notable banda sonora que se impone a fuerza de sintetizadores, una secuencia de inicio inspirada en el trabajo de Richard Greenberg –el artista que diseñó la introducción de clásicos como Alien, Superman, Arma Mortal, La zona muerta y Los Goonies– una recreación de época en la que no faltan los juegos de rol, los walkie-talkies de corto alcance, las bicicletas BMX, la comida chatarra y la música de bandas como The Clash, Joy Division y Jefferson Airplane, los hermanos Duffer supieron construir la acción considerando todos estos pequeños detalles, la clase de minucias que a los niños de la época nos hacían felices, recuperando de algún modo esa atmósfera y esa belleza perdida que supo caracterizar a ese tipo de películas. Los Duffer no son los primeros en hacerlo ni serán los últimos. Ya en la película Super 8, pero sobre todo en la brillante Monster House se hacía un notable uso de este mismo universo. 

   Por supuesto, la clave de un emprendimiento de este tipo es adaptar ese mundo a los ritmos, las estructuras narrativas y las exigencias de los espectadores de hoy. Y seguramente ahí se encuentre la verdadera razón de que Stranger Things sea un éxito radical y que esté dando que hablar en cada confín del planeta; y es que más allá de ser un notable ejercicio de nostalgia, está brillantemente narrada: cuenta con una docena de sólidos personajes que tienen una progresión coherente, que van desarrollándose conjuntamente con la historia, abordada desde una perspectiva coral y caleidoscópica, más propia de nuestros tiempos. La desaparición de un niño moviliza al mismo tiempo a un sheriff, a una madre desesperada y a un grupo de amigos, pero también seguimos las desventuras de una adolescente y de una enigmática niña escapada de un laboratorio. Esta construcción coral visita y engloba al mismo tiempo a esos géneros que proliferaron en los ochenta: la ciencia ficción, el cine de aventuras, la comedia juvenil, el thriller, el terror. Ninguna de las historias es absolutamente original (corresponde decir que nada deja de oler y sentirse como un déjà vu), pero es sumamente interesante cómo la serie unifica piezas tan aparentemente dispersas como el infame proyecto MK ultra, los superpoderes, y una dimensión paralela y oscura de monstruos viscosos, propia del videojuego Silent Hill. En su despliegue, la estructura coral recuerda asimismo a una notable serie reciente, la francesa Les Revenants, en la cual dentro de un pueblo cada uno de los personajes también iba encontrándose con una pieza distinta de un rompecabezas, de modo que el espectador deseaba que todos ellos se juntaran de una buena vez, pudiéndolo armar en equipo. 
   En definitiva, eso es lo interesante y lo fundamental de Stranger Things: es clásica y moderna al mismo tiempo, es nostalgia y también reformulación, es simultáneamente una pieza de relojería rebosante de detalles y un sentido homenaje; es infantil y a la vez adulta. Lo único que cabe esperar es que los Duffer filmen ya mismo la próxima temporada, antes de que los niños protagonistas crezcan medio metro, les cambie la voz y cambien sus bicis por carrocería 4x4.

Publicado en Brecha el 5/8/2016

viernes, 22 de julio de 2016

Julieta (Pedro Almodóvar, 2016)

El silencio

 
Al ir por la calle, la cincuentona Julieta (Emma Suárez) se encuentra con una chica mucho más joven que ella. Por la reacción de ambas, pareciera que hace mucho tiempo que no se ven, y todo señalaría que les une cierta complicidad, un pasado en común, cuando menos tormentoso. De apenas unos minutos, ese encuentro casual y algo incómodo supone un suceso lo suficientemente perturbador como para que la protagonista decida súbitamente cancelar su mudanza a Portugal, dejar a su pareja (Darío Grandinetti) y quedarse en Madrid. Es así que el gran Pedro Almodóvar despliega, con esa breve escena, un mar de incógnitas que suponen una sólida y portentosa base para esta película. A partir de allí comenzará un gran flashback que retrotrae a los años ochenta y a la juventud de Julieta, interpretada entonces por la fenomenal Adriana Ugarte. 
Ambas actrices encarnan un mismo personaje con una coherencia emocional notable, lo que lleva a recordar que el cineasta manchego es de los más grandes directores de actores de nuestros tiempos. Pero además, la originalísima transición que implementa al cambiar una actriz por la otra está notablemente impuesta a través de un "montaje invisible" que se vuelve visible (o no, algunos espectadores aseguran no percatarse del cambio), y al mismo tiempo carga de significación al artificio: las circunstancias llevan a que la protagonista literalmente envejezca de pronto. Hay otro personaje que también es encarnado por varias actrices: Antía, hija de Julieta, que cuando es adolescente brilla como nadie, es en ese lapso interpretada por Priscila Delgado, una sobresaliente actriz televisiva de quien seguramente volveremos a oír muchas veces. 
Si bien la primera mitad de la película cuenta con una construcción psicológica, un suspenso y una progresión dramática dignos del mejor Hitchcock, sobre su desenlace el enfoque retrotrae a los más cargados melodramas de Douglas Sirk. La narración fluye como un río, cada personaje tiene sus razones, sus conflictos propios y palpita en los fotogramas, y hay un notable esmero en la puesta en escena, en los colores, en los decorados y en los objetos; una sucesión inagotable de detalles visuales y sonoros precisados al milímetro. 
Pero Julieta no es sólo una película elegante e intensa por donde se la mire sino que es de esas que se quedan con el espectador por lo que no dice o, mejor expresado, por aquello que los personajes no verbalizan pero habita dentro de ellos. De hecho, la película iba a llamarse "Silencio", pero el título fue cambiado ya que Scorsese le ganó de mano a Almodóvar nombrando así su próximo opus. (El que no quiera enterarse de detalles importantes del desenlace de la película debería dejar de leer por aquí). 
El hecho de que una niña pierda de un sólo golpe a sus dos sustentos vitales –uno de ellos muerto, el otro hundido en un pozo depresivo– supone un shock psicológico mayor, que la coloca en una situación de inestabilidad, perdida, sin un rumbo. Que un personaje tan querible como Julieta se convierta en una prisión para su hija es algo que no es perceptible en un comienzo, pero puede deducirse más adelante. Almodóvar además explora cómo los grandes tabúes, lo que no puede nombrarse al interior de un núcleo familiar, es quizá más influyente en la formación de un individuo que todo aquello de lo que sí se habla.

Publicado en Brecha el 22/7/2016

lunes, 18 de julio de 2016

Warcraft: El primer encuentro de dos mundos (Warcraft, Duncan Jones, 2016)

Palo y palo 


20 años tiene ya la saga del videojuego Warcraft, compuesta por una sucesión de juegos de estrategia en los que una buena cantidad de clanes de humanos y de orcos se daban palos unos contra otros, en batallas campales inagotables en las que se enfrentaban sucesivas hordas de guerreros. El jugador, como buen estratega bélico, debía dar órdenes a sus tropas, desplegando soldados, caballeros, arqueros, artilleros, brujos y conjuradores a través del campo, y evaluando los tiempos y los recursos requeridos. Pero el universo del juego se amplió más allá de las campañas bélicas y dio también lugar a otro videojuego de masividad inusitada, World of Warcraft, más orientado al RPG y a la interacción de jugadores en línea. Además, un juego de mesa, otro de rol, novelas y hasta un manga contribuyeron también a expandir una historia repleta de episodios, locaciones, personajes y giros argumentales. 
Esta película vendría a corresponderse a la segunda entrega del juego, Orcs & Humans, del año 1994, y se presenta como una primera parte de una saga cinematográfica que se extenderá quién sabe hasta cuándo. Que se trata realmente de un "universo" es algo que puede sentirse al momento mismo de iniciada la película. Y es que por detrás de la trama elemental y de los conflictos, es perceptible una riqueza particular. En el diseño estético de los personajes, en sus atributos, en las características de tal o cual paisaje se notan esos veinte años de acumulación de elementos. El director Duncan Jones (hijo del recientemente fallecido cantante y compositor David Bowie) es un fanático asumido de la saga, y si bien los personajes pueden ser bastante planos y estereotipados, se ven envueltos en situaciones elaboradas y coherentes, y en una historia que ha sido tomada muy en serio. Dentro del delirio que supone que los orcos vayan a la guerra vestidos con armaduras ornamentadas por varios cráneos y hasta por columnas vertebrales, existe un encanto muy particular en el esmero destinado a estos detalles. 
Es verdad, no hay nada demasiado nuevo en la propuesta y la película vendría a colmar esa cuota de superproducciónes de fantasía bélica que Hollywood vienen necesitando desde la primera entrega de El señor de los anillos. Pero esta Warcraft cuenta con varios atributos: da lo que promete sin mayores pretensiones, está bien filmada y relatada y, dentro de esta lógica de confrontación de humanos y orcos, propone la existencia de héroes y villanos en ambas filas. Cuando cerca del final, un grupo de humanos arenga en pos de declararle la guerra a los orcos in totum, al espectador no se le escapará que hay algo profundamente injusto en la generalización. Sin dudas, una complejidad preferible a las simplificaciones de buenos contra malos propias de El señor de los anillos, 300, o Mad Max, en las que, además, los héroes eran atractivos y los villanos extremadamente feos.

Publicado en Brecha el 15/7/2016

jueves, 7 de julio de 2016

Las mejores películas (XXVIII)

Hace ya bastante tiempo que sobrepasé la decena de películas para recomendar, se me fueron acumulando sin que pudiera escribir estas breves sinopsis, y hasta llegué incluso a considerar dejar de publicar este tipo de entradas de "las mejores películas". Pero sé que son de las más leídas de este blog, y unos cuantos lectores me las han pedido especialmente. Además son las que más satisfacción me dan, así que decidí cambiar su enfoque; ya no voy a dejar constancia de todas y cada una de las mejores películas que haya visto en los últimos meses, sino que voy a poner un filtro aún mayor, señalando sólo las que están al alcance de todos y que realmente se me antojan imprescindibles. Tampoco me voy a detener en películas obvias que todo el mundo vio como The Hateful Eight o Tangerine (obviamente, las recomiendo enfáticamente), pero voy a acortar el recorrido porque simplemente no encuentro tiempo para escribir sobre todo el cine bueno que existe.

Oh Boy de Jan Ole Gerster (Alemania)

Esta es del 2012, pero la vi hace poco y si encabeza esta lista es porque me parece una condenada maravilla. Una errática odisea en blanco y negro a través de las calles de Berlín puede contener tantos imprevistos como despropósitos, y los variopintos personajes que se le aparecen a Niko, el algo mimado y desconcertado protagonista, nunca son lo que en un principio parecen, como todo en esta acuosa y extraña película. La Alemania de hoy es un coloso a la deriva, pero aferrado a sus raíces, desviado, neurótico, ocasionalmente violento. Y lo único que quiere Niko es tomarse un café...  

Gente de bien de Franco Lolli (Colombia, Francia)

Creo que nunca vi una película que desplegara tan nítida y brillantemente la esencia misma de las brechas sociales, la discriminación, la exclusión, el resentimiento, el odio de clase. Los niños pueden ser muy crueles, y una iniciativa altruista y caritativa por parte de una madre progresista puede acabar reforzando la exclusión y el prejuicio, convertiéndose en lo contrario de lo que en un principio pretendía. Es terriblemente triste, es brutal, es terrorífica en su planteo, y quizá también sea la mejor película colombiana de todos los tiempos.

Langosta de Yorgos Lanthimos (Grecia, Irlanda, Bélgica, Reino Unido, Francia)

Con Canino, muchos intuíamos que estábamos ante un director absolutamente diferente, un nihilista del porte de un Haneke o Von Trier, pero con un estilo quizá más personal e intransferible. Esa sensación se convierte en certeza al asistir a esta portentosa película. En un futuro distópico, los solteros son arrestados e internados en un hotel, bajo estrecha vigilancia. Cuentan con 45 días para conseguir una nueva pareja, o de lo contrario deberán someterse a una transformación irreversible. En contraposición, un submundo de rebeldes supone la salvaguarda para los usuarios en fuga, pero también presentando una nómina de reglas...

Tag de Sion Sono (Japón)

Con esta película me confirmo como un adicto fanático de Sion Sono. La adolescente protagonista no sólo tiene el problema de que a su alrededor el universo parece convertirse en caos, sino que ella misma va cambiando, transformándose sucesivamente en otras personas a lo largo de su recorrido. Como dice wikipedia, Tag es una película de "acción, terror, surrealismo, suspenso y filosofía". Yo agregaría que es la obra más poética que haya filmado el maestro japonés, y que por detrás de la demencia imparable y de algunas escenas completamente inolvidables, existe un encanto y una sensibilidad muy especial.

Victoria de Sebastian Schipper (Alemania)

Otra más por las calles de Berlín... pero qué bien que vienen filmando los germanos, maldita sea. Acá tenemos a una protagonista un tanto desquiciada e inconsciente, sedienta de adrenalina y descontrol, que se encuentra casualmente con una partida de ebrios que podrían darle justo lo que precisaba. Y efectivamente, todo se termina saliendo de madre, quizá hasta un tanto más de lo que ella hubiese querido. Un plano secuencia de dos horas veinte, con grandes actuaciones, un gran trabajo fotográfico, y un suspenso que se impone sin nunca decaer.

The Witch de Robert Eggers (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Brasil)

Si bien la vida en la Nueva Inglaterra de comienzos del XVII no debió haber sido fácil, menos lo era si tocaba vivir expulsado de la comunidad, de la caza y la recolección en las inmediaciones de un bosque siniestro. Si además una extraña maldición recaía sobre la familia, comenzaban a acontecer desapariciones y extrañas posesiones, la estabilidad tendía a perderse, y ganaba espacios la desesperación. Una película de terror histórico dotada de una densidad inconcebible, que se presta para lecturas sobre la religión y los dogmas, la locura y la marginación, sobre los chivos expiatorios y la persecución a las mujeres, entre otras nimiedades.

La tercera orilla de Celina Murga (Argentina)

La vida de Nicolás no es la de un adolescente típico. Si bien la situación económica de su familia es estable y más bien desahogada, sobre sus hombros pesa un legado insalubre; él quisiera estar más tiempo entre amigos, con sus hermanos o simplemente haciendo nada, pero su padre, a quien ni siquiera puede llamar por su nombre, quiere que siga su recorrido, estudiando medicina, heredando sus tierras y sus más pesadas responsabilidades. El patriarcado no sólo genera víctimas entre las mujeres sino también entre los hombres, y pocas cosas podrían demostrarlo mejor que esta brillante película.

Hijo de Saúl de László Nemes (Hungría)

Antes de que me digan "oootra más de campos de concentración..." les aviso que yo también estoy bastante harto del tema, pero que aún así, esta película me parece sumamente novedosa en su forma, y el planteo lo suficientemente poderoso como para ser desmerecido. El protagonista es un "sonderkommando" a cargo de conducir a los prisioneros a las cámaras de gas, y luego limpiarlas y recoger sus cadáveres. El recorrido de Saul a través del campo va exhibiendo diferentes instancias de deshumanización y horror, y su rostro inexpresivo e inconmovible quizá sea lo más inquietante de todo.

Nina Forever de Ben Blaine y Chirs Blaine (Reino Unido)

Que mientras se tiene sexo con alguien se aparezca el recuerdo de otra persona es algo que le debe pasar a muchos, y que podría considerarse hasta normal. Pero si esa otra persona es tu novia muerta, y no aparece en el recuerdo sino se aparece realmente su cadáver marchito, manchando las sábanas de sangre, entonces tenemos un problema considerable. La Jessica Hyde de la serie Utopia es aquí esta mortaja inoportuna que marca territorio sin nunca dejar a los personajes fornicar en paz. El british horror viene cada día más inteligente y profundo.

Un día especial de Francesca Comencini (Italia)

Un par de muchachos pertenecientes a los barrios periféricos de Roma se conocen a bordo de un lujoso auto. Él acaba de conseguir su trabajo como chofer, ella debe acudir a una promisoria entrevista laboral. Pero la cita se retrasa, y ambos deberán pasar un rato juntos. En ese lapso, aprovecharán para conocerse mejor, para divertirse en el centro de la ciudad, para confiarse deseos y angustias personales. El choque con el universo adulto y con realidades que existen pero nadie cuestiona, desvelan una Italia berlusconiana de decadencia moral, individualismo recalcitrante y víctimas varias.

jueves, 30 de junio de 2016

Victoria (Sebastian Schipper, 2015)

Gol de Alemania 

Los filmes rodados sin cortes, realizados con un único plano secuencia, ya han dejado de ser algo sorprendente y se han convertido prácticamente en una moda. Incluso antes de Birdman había ejemplos de las más variadas precedencias, pero es probable que la oscarizada película de González Iñarritú haya generalizado una osadía que, por el abaratamiento de las tecnologías, hoy se encuentra a la mano de cualquier realizador independiente. Que luego esas películas sean buenas es otro cantar pero, en este caso particular, esta imponente producción germánica es un logro por donde se la mire. 
La acción comienza en una discoteca electrónica berlinesa. Victoria, la protagonista, es una chica española que fue a trabajar a la capital. No habla alemán y baila y bebe sola, pero una vez dispuesta a marcharse se encuentra con un grupo de tipos borrachos a los que no dejan entrar. Saltándose todo criterio de prudencia imaginable, la chica se une al grupo de desquiciados y acepta su invitación a continuar la noche con ellos, con la idea de conocer “otra Berlín” intensa y callejera. Desde ese momento la tensión se dispara, los muchachos no sólo están desmesuradamente ebrios, sino que además gustan de saltarse todas las legalidades imaginables. Con uno de ellos, Victoria parece tener una mayor conexión, y en las andanzas callejeras, en la visita a la terraza de un edificio y en un café, esa primera tensión, la del peligro, va alivianándose hasta transformarse en tensión romántica. Más adelante esta también se diluirá, para imponerse otro tercer tipo de tensión, aún más urgente, transformándose la anécdota en algo inesperado, aunque no corresponde adelantar aquí más detalles de la intrincada trama. 
Es de suponer que una película filmada en tiempo real carezca de buen ritmo, que esté llena de huecos de transición en el desplazamiento de las cámaras de un sitio hacia otro, de tiempos muertos. Basta recordar la iraní El sabor de la cereza para imaginarse un recorrido soporífero y un sinnúmero de planos sin razón de ser. En Victoria, la impecable orquestación coreográfica en el recorrido, el desplazamiento de los actores y la sucesión de escenas se encuentra notablemente acompañado con una impecable dosificación del suspenso. Durante dos horas y veinte minutos la narración mantiene al espectador al borde de su asiento, preocupado por el destino de los personajes y los sucesivos acontecimientos que se les imponen. 

El director alemán Sebastian Schipper está lejos de ser un primerizo, y este ya viene siendo el cuarto largometraje de su autoría. Pero se había dado a conocer como actor antes de comenzar a filmar, con papeles importantes en películas como El paciente inglés, Corre Lola Corre, La princesa y el guerrero y Three. Aquí el nivel de las actuaciones permite entrever esta faceta del director, ya que el equipo actoral en Victoria se desenvuelve brillantemente y es llevado a constantes cambios de registro; desde una protagonista (Laia Costa) con una propensión hacia los excesos y un grupo de secundarios que pasan de la euforia más desacatada al pánico absoluto una y otra vez, los personajes convencen aún cuando los múltiples giros del guión demandan de ellos un desempeño sobrehumano (y sin posibilidad de cortes). Mención aparte merece el director de fotografía noruego Sturla Brandth Grøvlen, una de las grandes promesas de Europa, quien también se había desempeñado en películas con propuestas estéticas notables como la islandesa Rams y la también alemana I Am Here. Y es que si Victoria es una película increíblemente orquestada y dirigida, es notoria la sensibilidad de una cámara que coloca a la audiencia en una vigilia constante, que construye atmósferas, que se acerca con respeto y cuidado a los personajes, que se desenvuelve con maestría pero volcando la atención en aquello que es captado y no en sí misma. 
Cine de género, cine de autor, cine experimental, elevated genre, nómbrese y etiquétese como se quiera. Victoria es la clase de película que deslumbra en su forma al mismo tiempo que entretiene, y que ofrece además un cúmulo de nuevas ideas, inyectando vitalidad al panorama del cine europeo.

Publicado en Brecha el 1/7/2016

miércoles, 29 de junio de 2016

El conjuro 2 (The Conjuring 2, James Wan, 2016)

Menor, y sobresaliente 


¿Por qué dedicarle espacio a la secuela de una película de terror? Primero, porque su director, el malayo James Wan, es hoy uno de los más grandes directores de cine de terror, y seguramente el mejor de los que se desempeñan desde el corazón mismo de la industria. En segundo lugar, porque ya había filmado una secuela, Insidious 2, y era buenísima. Wan había avisado públicamente, antes de la realización de esta película, que se retiraba del cine de terror. No cumplió con su palabra –como casi todos los cineastas que dicen esta clase de cosas–, lo cual es sin dudas una gran noticia para los fans del género. 
El conjuro 2 deja ver todas las marcas más personales del cine de Wan. Tenemos una adaptación histórica detallada, una crujiente casa repleta de objetos inquietantes; por ahí están los espejos, los maniquíes cubiertos con sábanas, los sótanos, los grandes roperos, las carpas y los juegos infantiles. Y claro, también las presencias demoníacas. Los mayores atributos de Wan se encuentran aquí desplegados, potenciados y refinados: las cámaras inmersivas que se desplazan lentamente por las habitaciones se convierten, sobre todo al comienzo, en verdaderos planos secuencia ascendentes y descendentes en los que son presentados los personajes y las diferentes habitaciones de la casa. Los impecables decorados, la iluminación, el trabajo del sonido, la graduación del suspenso son un prodigio, y los sustos, siempre efectivos, están notablemente dosificados. 
El director ha desarrollado y profundizado una idea a lo largo de sus últimas películas, ya una marca de autor que además logra promover una opresión particular: las amenazas diabólicas atosigan a los protagonistas y los traumatizan, pero también se alimentan de ese miedo, de ese daño profundo que les causan, volviéndose más fuertes. Así crean un círculo vicioso y un vínculo parasitario con sus víctimas, acentuando el cuadro de depresión y oscuridad. Que la acción se sitúe en los suburbios de Londres en el invierno de 1977, en plena crisis, explica en parte la necesidad de la familia de permanecer en esa casa, quizá su única posesión. 
Sin embargo, hay algunos problemas en El conjuro 2, errores en los que suelen caer muchos directores consagrados. El metraje de esta película es de 134 minutos, y en su desarrollo hay unas cuantas escenas innecesarias, cuya presencia no termina de adaptarse al resto. Una de ellas, por ejemplo, se da cuando el protagonista empieza a tocar la guitarra y a cantar “I Can’t Help Falling in Love With You” junto a los niños atormentados. Está bien, es un capricho, pero James Wan no es todavía John Ford (o Tarantino), y para implementar ese tipo de escenas hay que saber conectarlas con el resto, de modo que esa distensión agregue algún elemento a la trama y, sobre todo, que no quede desencajada del tono general. Estas pequeñas “islas” narrativas obstaculizan la trama y la llevan a perder unidad. 
Así, esta secuela no llega al nivel de su brillante predecesora. Pero de todos modos vale la pena ver aun las películas “menores” de los maestros, y El conjuro 2 es un despliegue de oficio y habilidades como no suele encontrarse.

Publicado en Brecha el 29/6/2016

domingo, 26 de junio de 2016

Buscando a Dory (Finding Dory, Andrew Stanton, 2016)

Carrera contra el olvido 


Difícil era la tarea de entregar una secuela a la altura de un precedente que supuso uno de los picos más altos de la compañía de animación Pixar, el mayor recinto de creatividad de Hollywood en las últimas dos décadas. Pero la apuesta era fuerte, y Dory, quien quizá sea el secundario más inolvidable parido por la firma, pasa aquí a estar en el centro, a ser estrella del relato. Trece años han pasado desde la gran aventura familiar Buscando a Nemo, tiempo suficiente para que hayamos extrañado a sus personajes y que su director, Andrew Stanton, pudiese pensarse bien las cosas. En el interín, también nos entregó otra joyita (Wall-E), así como una fallida película de acción real (John Carter). 
Aquí Stanton retoma la compañía, y con ella el buen camino. Buscando a Dory cambia el eje esta vez y se centra en la historia previa de esta simpática pececita con problemas de memoria a corto plazo. Gracias a ciertos indicios que la memoria a largo plazo, la buena, le va dando, Dory es orientada en la búsqueda de sus padres, a quienes perdió siendo una niña. Es así que, repitiendo la fórmula de travesía y descubrimiento, esta obra está provista de toda la inteligencia y la creatividad que caracteriza a Pixar, con una nueva docena de personajes maravillosos además de escenas descollantes, como un secuestro a un camión por parte de la protagonista y un pulpo camaleónico, una muestra del mejor Stanton en estado de gracia. 
En este caso, la búsqueda del título (en inglés sería "encontrando" en lugar de "buscando", pero la lectura se mantiene) no sólo refiere al extravío y búsqueda de Dory, sino que la misma Dory es la que está buscándose y encontrándose a sí misma, escarbando en su memoria y en su historia pasada. 
Pero a pesar de ser una película muy entretenida y a la altura de sus firmas, no llega a alcanzar el vuelo de su predecesora. Si bien Dory era un personaje maravilloso como secundario y como comic relief, esas características que la volvían un compañero ideal de aventuras no operan de la misma forma siendo ella el personaje principal. Marlín, protagonista en Buscando a Nemo, puede parecer a priori menos interesante, pero al ser un personaje temeroso y desconfiado, su recorrido a través del océano para dar con su hijo –que además estaba enclaustrado en una pecera, dentro de un apartamento– se presentaba como una tarea realmente quijotesca y titánica, agregándole una sostenida tensión al asunto. Dory en cambio es valiente y arrojada y, aunque su memoria a corto plazo pueda ser un problema, sus instintos siempre la llevan por buen camino y la llevan a superar siempre todos los obstáculos, y esto es algo que se sabe desde el primer minuto. Por eso, desde un comienzo lo imposible se relativiza y se ve en esta película como algo factible de realizarse (a los pocos minutos de metraje los personajes ya están atravesando el océano montados en tortugas gigantes). 
Pero además este particular perfil olvidadizo y algo verborrágico en un protagónico se vuelve un poco incompatible con la idea de un personaje central que llame a una identificación efectiva y que sufra una transformación interna, además de presentar un eje moral sólido. Todo ello se encontraba en el sí, menos simpático Marlin, pero Buscando a Nemo contaba con una mirada y una progresión dramática que la convertía en un viaje épico y clásico, una lucha contra sí mismo y los elementos. Este crecimiento y esta progresión, en cambio, aquí parecerían ausentes.

Publicado en Brecha el 24/6/2016

viernes, 10 de junio de 2016

Entrevista a João Pedro Fleck

Fulltime Killer

Foto: Beta Iribarrem

Junto a Nicolas Tonsho, João Pedro Fleck es uno de los fundadores de Fantaspoa, el festival más importante de América Latina orientado a fantasía, ciencia ficción, terror y thrillers. Hoy se cumplieron doce años desde sus primeras proyecciones en Porto Alegre, y en esta edición, los programadores del festival supieron ofrecer a los visitantes más de cien películas de todo el mundo, la oportunidad de conversar con invitados de lujo, fiestas increíbles y un trato sumamente cálido y cordial. 
João, además de ser un anfitrión muy divertido y atento, es un incansable hombre orquesta. Tiene un doctorado en maketing, en este momento es docente y hace un post-doctorado, es fulltime researcher y además curador en el Cine Santander Cultural, gerencia una compañía de subtitulado y una productora. Es decir que su labor en Fantaspoa se alterna con cuatro trabajos simultáneos. Siempre atento a lo que sucede a su alrededor (esta entrevista tuvo lugar en pleno festival), suele ser verborrágico y desbordar entusiasmo a la hora de hablar de cine, de su trabajo, y de la ardua labor que supone la producción cinematográfica de género en los países del tercer mundo. 

–¿Creés que el cine de géneros, y especialmente los géneros abordados por Fantaspoa (terror, fantasía, ciencia ficción, thrillers) son discriminados por los festivales internacionales? 

 –Ya no más. Creo que en el pasado sí. Pero si tomamos hoy la mayoría de los más grandes festivales internacionales, aparte de presentar en las competencias principales una o dos pelis de género, cuentan con secciones específicas. Por ejemplo, tanto Venecia como Toronto tienen sus secciones de Midnight Screenings, con muchas películas de lo que suele llamarse "elevated genre". Entonces algunos directores, como por ejemplo Bruno Forzani y Hélene Cattet (Amer, L'Étrange couleur des larmes de ton corps), Alexandre Bustillo (Livid, A L'interieur), Anders Morgenthaler (Princess, I Am Here) están hoy no solamente en estas secciones sino también en las secciones principales. Luego esta película, Victoria, del alemán Sebastian Schipper, anduvo muy bien en Berlín el año pasado. Entonces vemos como los festivales más importantes se están abriendo a este mundo. Si vamos para sudamérica, el mayor festival, el único que es verdaderamente clase A según el ranking internacional, es Mar del Plata. Tiene una sección de género que es "Hora cero", y eso sigue creciendo porque los prejuicios que antes existían están desapareciendo. 

–Igual me parece que dentro del cine de género quedan algunos tipos de cine que, si bien tienen una calidad sobresaliente, no obtienen el espacio que merecerían, como por ejemplo todo lo que es Bollywood. Me encantó encontrar en la programación de Fantaspoa una película de Bollywood, Bahubali:The Beginning, algo que no es común de encontrar en los festivales internacionales. 

–Creo que concretamente con Bollywood hay otro problema diferente. Es cierto que hay un prejuicio contra Bollywood en general, pero no es sólo eso. Como sabemos, Bollywood produce más películas que Hollywood, pero no existe una comunicación entre India y el resto del mundo. Ellos no tienen agentes de venta que se preocupen realmente de la distribución de sus películas en el extranjero, o que envíen las películas a festivales. Eso por un lado, y por el otro, no hay realmente un interés de parte de los festivales en pasar esas películas. India cuenta con un mercado interno muy cerrado que funciona muy bien, la industria bollywoodense económicamente ya se abastece con su propio mercado, y no hay ningún otro sitio en el mundo que funcione así, (por supuesto Hollywood no trabaja así). Ellos hacen las películas, las venden y su propio público lo compra. Entonces, si se piensa bien, no es tanto una discriminación al cine hecho allá, sino que es un cine que no necesita salir, ni hay interés en sacarlo. 

–¿Y no se puede decir lo mismo de países que también tienen un público muy fuerte, como Corea del Sur, China...? 

–Pero la realidad de esos países, Corea del Sur, China, Tailandia, es que ellos exportan mucho más que Bollywood, quizá producen 150 películas al año y consiguen exportar solo 15, pero Bollywood produce más de mil películas al año, y no debe exportar ni un 1% de su producción. Otra cosa que pasa particularmente en Bollywood es que hace un tipo de cine que es muy cultural, propio de allí. Películas como Bahubali tienen escenas musicales, con números de baile en el medio. Un espectador que nunca fue versado en eso no lo entiende. Entonces el mismo director de Bahubali, S.S. Rajamouli, hizo una película hace unos años que ganó el premio Fantaspoa a la dirección de arte, y se llamaba Eega. Es una película genial, "Eega" significa "mosca", la historia trata de un tipo muy simple, muy humilde, que se enamora de una chica, y hay un hombre muy malo, dueño de una gran corporación, que también está enamorado de esta señorita. Entonces, de una manera muy rastrera, logra matar al protagonista. Pero el tipo se tranforma en una mosca: tiene dos horas y media de peli –como mosca– para vengarse. Hace cosas increíbles: no hay una película ni remotamente parecida a Eega. Entonces tenemos la historia de venganza de la mosca, pero a la mitad de la película hay un baile. Esto puede parecernos maravilloso a nosotros, pero es algo que a nivel mundial es muy difícil de vender. En China y en Corea, los productores en cambio trabajan pensando en el mercado internacional. 

–¿Cambiando de tema, dirías que el cine de terror hoy está en un estado de gracia? 

–Si lo comparamos con lo que fue ocho años atrás, está muchísimo mejor, por diversos motivos. Se está dando toda esta apertura que te dije de los grandes festivales. Películas como la austríaca Goodbye Mommy tienen un alcance muy grande. Años atrás, una película de ese tipo nunca lo hubiese tenido. Películas como Spring, o Proxy, que estrenaron ambas el mismo año en Toronto, están siendo grandes sucesos mundiales. Lo que sucede con el elevated genre es que gusta a los fans del género pero también a los que no lo son, son películas con un alcance mucho mayor. Por otro lado, se da el fenómeno de que hoy se puede hacer una película como la argentina Grasa, o la que producimos nosotros, Jorge y Alberto contra los demonios neoliberales, que son películas de calidad, que logran estrenarse en muchos festivales, y que tienen un costo de menos de 5 mil dólares. Entonces, los festivales internacionales se están abriendo también a esta clase de producciones: Terror 5, la película argentina que entró este año en Cannes fue hecha con menos de 6 mil dólares, eso no hubiese sucedido años atrás. 

–He visto películas buenísimas de terror brasileñas. ¿Tienen una ventana de difusión o de distribución en el país, o posibilidades de recuperar sus inversiones? 

–No. Lamentablemente no. Hay gente en el cine de terror de Argentina, y también de Uruguay, tipos como Gustavo Hernández y Ignacio Cucucovich, que tienen un pensamiento mercado-lógico. Más allá de si es bueno o no, si te gusta o no lo que hacen, es cine que se hace pensando en un mercado. En Brasil se están haciendo películas muy buenas: Rodrigo Aragão (Mar Negro, A noite de chupacabras) está haciendo su sexto y séptimo largometraje simultáneamente, pero no lo hace pensando en el mercado. La única manera de conseguir hacer pelis durante toda la vida, es pensando en el mercado: el arte es una cosa linda, el cine es una cosa increíble, pero si no se piensa en eso no hay forma de sostenerse. 

–¿Y qué me decís de Juliana Rojas y Marco Dutra, que vienen haciendo películas de primer nivel y además ganan premios en festivales...? 

–Lo de ellos es diferente. Por un lado tienen financiación estatal –quizá hasta un 70 o un 80% de su presupuesto–, luego trabajan con actores que trabajan con ellos sin cobrar, pero que confían en el alcance que van a tener las películas y que creen ganarán en la difusión de su trabajo. Juliana Rojas ha estrenado en Cannes, y en una de sus pelis tiene un actor muy conocido, de la Globo. Entonces mismo la Globo pone un poco de plata para pagarle al actor, porque sabe que va a ganar difusión internacional. Estas películas tienen un estreno en Brasil, pero como son muy cerebrales no tienen un alcance real, y nunca recuperan la inversión inicial. Y aunque fueran grandes éxitos de taquilla (no lo son), eso no significa que la plata volverá. Si yo soy un inversor personal de una peli, y logro que recaude en el cine 100 mil dólares por la taquilla, lo máximo que llegará a mis manos son 25, 30 mil dólares. El cine se queda con 50% de la venta; en impuestos se va un 10%; y además tengo gastos por marketing y otras cosas. Las opciones son, o tener un proyecto que no tenga costo, o meter más de 100 mil personas en las salas, con una producción de costos aún muy discretos. Para mí un gran ejemplo y un referente de América del Sur en este sentido es La casa muda, filmaron con menos de mil dólares y hicieron en taquilla, en todo el mundo, más de 50 mil. ¿Cómo hicieron? Con un trabajo de marketing excelente. 

El equipo Fantaspoa: Felipe Guerra, Nicolas Tonsho y João Pedro Fleck

–¿Cómo surge Fantaspoa? 

–Hace unos cuantos años (exactamente trece) estaba en el Festival de Cine de Montevideo; yo y unos amigos formábamos parte de un Cine Club de Porto Alegre, y viajábamos a Montevideo todos los años, especialmente para el festival. Yo fui durante siete años consecutivos. Ya al sexto año, con tres amigos estábamos ahí (Nicolás Tonsho y André Kleinert entre ellos) y pensamos en crear un Festival de Cine para Porto Alegre. En Porto Alegre nunca hubo una iniciativa de cine realmente fuerte, y dijimos: ya que vamos a crear algo desde cero, ¿por qué no creamos uno que sea orientado al cine de género? Pensamos en Sitges, Amsterdam, entonces fuimos proponiendo proyecciones, y año tras año, creciendo, reduciendo, adaptando los horarios y las dimensiones del festival a los cambios que fueran dándose. El primer año sólo fue como una muestra, el segundo año hicimos una pequeña selección de largos internacionales pero la competencia fue sólo de cortos nacionales, en el tercero ya agregamos también cortos internacionales. Cuando terminamos con el tercero, nos empezó a dar realmente mucho trabajo y a tener costos. En ese momento eramos yo, Nicolás y André, nos sentamos y dijimos: ¿qué vamos a hacer?. André, que es un tipo más grande que nosotros –será diez años mayor– dijo que si pensaba llevarse el festival a algo más grande y más en serio, él no iba a poder participar en la organización. Así que a partir del cuarto pasamos a estar al frente Nico y yo. Hoy Felipe Guerra ayuda bastante, y tenemos gente contratada para asuntos como la web y el catálogo. Pero al festival propiamente dicho lo sacamos adelante tres personas. Fue al cuarto año que realmente nos propusimos que Fantaspoa fuese uno de los festivales importantes del mundo, en lo referente a cine de generos. Entonces decidimos abrir la competencia internacional. El quinto año fue decisivo: hasta entonces habíamos hecho todo con plata de nuestro bolsillo. 

–¿O sea que Fantaspoa durante esos años no se autosustentaba? 

–No, y fue recién en abril de 2018 que surgió una posibilidad. El festival era en julio, y en abril apareció un paquete de diez películas de España que podíamos recibir acá. La mayoría eran películas muy raras, que vinieron a través del Instituto Cervantes. El problema era que esas películas tenían un costo muy grande: para ser exacto, 500 euros cada una, para una sóla función. O sea que nosotros teníamos que tener 5000 euros para poder pagar el paquete. De ninguna manera teníamos ese dinero, pero en Sao Pablo también querían pasarlas, en el Instituto Cervantes. Entonces llamé por teléfono al director del Instituto Cervantes, como yo no tenía como pagarlas lo que le ofrecí fue un subtitulado en portugués, que ellos no tenían. Estuvieron de acuerdo, pero me dijeron que necesitaban proyectar las películas en tres semanas. Le respondí "no hay problema, somos re-profesionales, en tres semanas tendrán las películas subtituladas". 
Teníamos diez películas para subtitular en unos 18 días, calculamos poco menos de dos días por cada peli. Nicolas y yo hicimos el trabajo: seis de ellas eran muy fáciles porque ya traían subtítulos en inglés, nos facilitaba la tarea. Otra tenía una lista de diálogos en español, genial. Dos de ellas tenían que hacerse de oído: ningún problema... nunca lo habíamos hecho pero lo hicimos con cuidado y quedó bien. Pero la décima, una película increíble de Edgar Neville, de 1944, que se llamaba La torre de los siete jorobados, fue la que cambió todo. Estaba basada en un texto de cerca del 1850, ¿podés imaginarte la calidad del audio de la película?, y principalmente, ¿qué tipo de español hablaban? 

–¿Español antiguo? 

–Claro. Entoces tuve que subtitular una película de 80 minutos, hablada en español antiguo, de oído. Cuando finalmente logré hacer eso en dos días, le dije a Nico: "podemos hacer cualquier cosa". Entonces hoy, con nuestra compañía, subtitulamos unas 300 películas por año, es la mayor compañía de subtitulado de todo el sur de Brasil. Con eso logramos sustentar económicamente a Fantaspoa. 

–¿En serio? ¿Fantaspoa empieza a obtener dinero cuando empiezan a trabajar con el subtitulado? 

–Exacto. No sólamente en portugués, sino a cualquier lengua que nos pidan. Hemos subtitulado al ruso, al kasajo, al rumano. Somos tres subtitulando, pero cuando precisamos algo como ruso, por ejemplo, contratamos una persona específica que se desenvuelve bien con el idioma. 

Foto: Beta Iribarrem
 
–¿El patrocinio de Petrobras es fundamental para la continuidad de Fantaspoa?, ¿qué pasará ahora que se viene una época de inestabilidad política y grandes recortes? 

–Petrobras y Banrisul. Ambas fueron inversiones que aparecieron a último momento. Petrobras apareció hace pocos meses y faltando quince días apareció el patrocinio de Banrisul. Petrobras patrocina por quinto año consecutivo, pero son inversiones que nunca están aseguradas. Se necesita un grado de flexibilidad muy importante para hacer estos festivales. Nosotros podemos hacer un festival grande o chico, dependiendo del presupuesto: estamos preparados para hacer otro festival con un 10% del dinero del que contamos hoy, en ese caso no podríamos tener invitados. 

–¿No se perdería el alma de Fantaspoa? 

–Para nada. Te explico: acá tenemos un Smartphone, si nosotros queremos ver una peli con una calidad de imagen y de sonido aceptables, cerramos las cortinas, nos ponemos audífonos y la vemos sin problema, ya sea en el Smartphone, en una tablet, en una laptop. Hoy en día hay proyectores buenos que podés tener en tu casa por mil dólares, es decir: podés tener un cine completo en tu casa por menos de dos mil dólares. Entonces lo importante del festival no es dónde vas a mirar la peli, sino qué tipo de relación humana existe a su alrededor. Fantaspoa funciona en el cine, pero también se sigue en el bar, y a lo que apuntamos es lo que podés comprobar: después de la película las personas conversan, se juntan a hablar de cine y de lo que sea en un boliche. Después de las funciones vamos a bailar todos juntos. La gente que convoca y su interacción, y ese trato personal y hasta familiar, son lo más importante de nuestro festival.