viernes, 27 de marzo de 2009

Coraline y la puerta secreta (Coraline, Henry Selick, 2009)

A la sombra de Burton


Hace ya dieciséis años se estrenaba El extraño mundo de Jack (su título original era The nightmare before christmas) un largometraje animado que escapaba a parámetros preexistentes. Se trataba de un musical meticulosamente armado, repleto de pequeños detalles, dotado de una estética tan encantadora como retorcida y lúgubre. Fue el primer largo íntegramente filmado con la artesanal y esforzada técnica del stop motion, por la cual se utilizan muñequitos en miniatura y se los fotografía cuadro a cuadro generando así la ilusión de movimiento. La película es un prodigio en la materia, y aún hoy es reverenciada por los estudiosos. También goza de un mérito inesperado; en los últimos años la figura de Jack Skellington, su esquelético protagonista, se ha vuelto un ícono omnipresente entre los jóvenes y un brutal fenómeno de merchandising. Pálido y sombrío, simpático e inquietante, presente en pins, carteras, billeteras, remeras y cuanta ropa pueda imaginarse, Jack es una poderosa manifestación cultural que enlaza de forma atractiva la infancia y la muerte, y puede verse por triplicado en cuanto ejemplar de emo, flogger o adolescente ataviado de negro ande en la vuelta.
Y contrariamente a lo que la mayoría piensa, El extraño mundo de Jack no es una película dirigida por Tim Burton. El título que la producción ordenó imprimir en posters y en tapas de vhs "Tim Burton's nightmare before christmas" conducía a tal engaño. Es verdad que Burton produjo, aportó la idea original, diseñó los caracteres principales -por lo cual la fiebre actual podría considerarse mérito suyo- e incluso supervisó el proyecto, pero lo cierto es que también lo delegó y dejó en manos de un experto animador de su mayor confianza: Henry Selick.
Cuando la película se estrenó y Burton estaba en boca de todos, el crítico Roger Ebert escribía para el Chicago Sun Times: "Pero el director del filme, un veterano maestro de la animación llamado Henry Selick, es la persona que ha hecho todo el trabajo. Y sus logros son inmensos. Trabajando con talentosos artistas y diseñadores, ha fabricado un mundo completamente nuevo, como los que vimos por primera vez en filmes como Metrópolis, El gabinete del Sr. Caligari y Star wars."
Es llamativo que precisamente la película más burtoniana de todas y la que mejor define su estilo no haya sido dirigida por Burton; y uno de los problemas que Selick a tenido desde entonces es que nadie lo reconoce, cuando sus méritos son indiscutibles. No son pocos los que incluso creen que su posterior película Jim y el durazno gigante es también de autoría de Burton, y la razón puede achacársele otra vez a los títulos promocionales: "de los realizadores de El extraño mundo de Jack", cuando no el maldito “Tim Burton´s”. Condenado a pasar su carrera a la sombra de su ocasional productor, Selick quizá pueda librarse al fin de ese lastre con esta notable Coraline y la puerta secreta.


Selick sólo ha filmado cuatro largometrajes en veinte años, y en el mismo período Burton logró una decena, por lo que la diferencia de notoriedad entre uno y otro es comprensible. El estilo de Selick es muy difícil de diferenciar del de su colega; ambos son propensos a las historias infantiles de tono macabro, ambos despliegan magistralmente mundos de fantasía y ambos utilizan la animación en stop motion. Pero mientras Burton se inclina hacia atmósferas oscuras y mortecinas, Selick, sin ser menos tétrico, opta por la explosión de colores y la creación de impensables y monstruosas figuras fantásticas. También es cierto –todo debe ser dicho- que Burton parece volcar más energías en crear personajes ambiguos y conmovedoramente humanos, y Selick en echar a andar un universo rico en detalles y dotado de una fauna iconográfica deslumbrante. Si se puede afirmar que la principal obsesión de Burton es la muerte, la de Selick parecen ser... ¡los bichos! Desde el malvado Oogie Boogie relleno de alimañas de El extraño mundo de Jack, pasando por la familia de insectos de Jim, las lagartijas espaciales del corto Moongirl o la langosta con ruedas, los muebles-cucaracha y la bruja-araña de Coraline y la puerta secreta, una infinidad de escurridizos bicharracos recorren de principio a fin la obra del director.
Coraline, el libro original de Neil Gaiman, es una historia de terror. Específicamente, una historia de terror para niños, que es lo mismo que afirmar que es un cuento infantil con todas las de la ley, porque esos cuentos –o al menos los más memorables- presentan costados siniestros. El epígrafe de Coraline, de autoría de Chesterton, es insuperable: "Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos." ¿Para qué decirles a los niños que los dragones existen, si ellos ya lo saben? La vida real de los niños está plagada de monstruos, y los principales suelen ser sus propios padres. Seres que pueden mutar velozmente, pasar de ser fuentes de cariño y contensión a figuras coléricas y desagradables. Lo maravilloso de estos cuentos es la enseñanza de que los miedos pueden vencerse, que los escollos se pueden sortear con ingenio, valentía y espíritu aventurero. Coraline es una niña perfectamente normal como cualquier otra, no tiene poderes y su curiosidad natural y sus dotes de exploradora son sus principales atributos, las armas que finalmente utilizará para salvarse a sí misma y a los suyos y para ganarle a la bruja en su propio terreno.


La historia viene así: Coraline tiene once años y está mortalmente aburrida en su nueva casa, sus excéntricos vecinos no le interesan demasiado y aunque sus padres están presentes, se pasan el tiempo sumergidos en el trabajo y en sus computadoras y no parecen poder dedicarle ni un segundo. Un agregado genial en la película es que los padres escriben artículos sobre plantas cuando ni siquiera parece gustarles el aire libre ni la tierra y no tienen ni una sola planta en la casa, por lo que pasan inmersos en una abstracción impersonal, que en nada podría interesarle a un niño. Por hacer algo, Coraline comienza a explorar la antigua mansión –subdividida en varios departamentos- y descubre una puerta secreta que conecta su casa con una realidad paralela. Cuando la atraviesa, ve que allí tiene otro par de padres, quienes le ofrecen manjares, le prestan atención, le regalan espectaculares distracciones. Todo lo que parecía monótono e insípido en el mundo real, aquí presenta un atractivo colosal. Pero poco tiempo demorará en darse cuenta que ese mundo de ensueño no es más que una trampa maldita: la madre del mundo alternativo resulta ser un insecto abominable que pretende coserle botones en los ojos y que se alimenta de almas de niños.
Coraline y la puerta secreta podría describirse como una mezcla de “Alicia en el país de las maravillas” y “Hansel y Gretel”, con importantes similitudes con El viaje de Chihiro, y puntos en común con El mago de Oz, Las crónicas de Narnia, Laberinto, El laberinto del fauno, ¿Quieres ser John Malkovich? y Mirrormask (también escrita por Gaiman). Quizá el matiz distintivo sea que aquí el mundo real también tiene algunos elementos asombrosos y casi fantásticos: el ultraflexible vecino polaco y su banda musical de ratones, el amigo enmascarado (llamado Wyborn o Wybie, en un poco feliz juego de palabras) y un gato que desaparece a gusto. Esa superficie real en donde la desmesura ya está presente de antemano da un atractivo especial a la historia, reforzado por la naturalidad con que la niña se vincula con los extraños seres que la rodean, y la inmediatez que aporta el stop motion –no debe olvidarse que no se están viendo dibujos animados sino figuras reales y tangibles-. La obsesiva pulcritud y la imaginación de Selick lleva a que el universo plasmado no presente fisuras en su estructura interna, y que en él se levanten vuelos visuales increíbles, como la desintegración del entorno cada vez que Coraline encuentra un alma perdida, o su inmersión final en una gigantesca tela de araña.
Lo triste es que en Uruguay no se ha estrenado ninguna copia subtitulada, y las voces elegidas para el doblaje no fueron demasiado acertadas. Las que les pusieron a los niños fantasmas, por ejemplo, son tranquilizadoras en vez de ser espectrales y tenebrosas como las originales. Por su parte, ver la película en sala 3D aporta profundidad a unas cuantas escenas, pero los lentes requeridos opacan un poco la imagen, y no permiten disfrutar plenamente de su colorido. Quizá sea preferible -y sin dudas más barato- ver la película en una sala normal y corriente.


Publicado en Brecha 27/3/2009

domingo, 22 de marzo de 2009

Las drogas perjudican la conexión sináptica

Hay veces que uno se pregunta si los que ponen los títulos de las películas en español no se desayunarán un té de hongos o algo así. Pero más inconcebibles aún que los tituladores rioplatenses son los españoles. Hay que ver las cosas que se les ocurre. Si alguno conoce otro caso increíble como estos que plis deje el comentario, así agrandamos un poco más esta lista.


-Con faldas y a lo loco (prácticamente lo mismo que Some like it hot)
-"Jo", qué noche (¡qué noche la del titulador! After hours de Scorsese)
-Tu madre se ha comido a mi perro (la vieja malparida esa, Braindead)
-Bitelchús (me encanta, desarmaron toda posible significación del nombre Beetlejuice)
-Superfumados (claro que tiene más gancho que Pineapple express)
-Enróllatela como puedas (¿qué cosa? Kimberly)
-Zafarrancho en el rancho (¿wtf? Home on the range)
-¡Olvídate de mi! (me esforzaré. Eternal sunshine of the spotless mind)

Invaluables aportes de Jaime:

-Aterriza como puedas (aunque los rioplatenses no quedamos atrás con nuestro ¿Dónde está el piloto? por Airplane!)
-Tu asesina que nosotras limpiamos la sangre (muy prolijo eso sí, Curdled)
-Frenos rotos, coches locos (¡y tu vieja en tanga!, Used cars)
-Dos chalados y muchas curvas (no sé bien qué es un chalado, pero no estoy seguro que sea la traducción de "duke", Dukes of Hazard)
-La semilla del diablo (y nos contaron el final de Rosemary's baby, tendrán que ser hijos de puta)

Invaluables aportes de Josep:

-¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre? (porque aprender italiano sale caro, Avanti!)
-Me siento rejuvenecer (metiéndome estas sustancias, Monkey business)
-Granujas a todo ritmo (con faldas, superfumados, a lo loco y en pelotas, ya que estamos ¿no? Blues brothers)

Filón "de pelotas" aportado por Oldboy:

-Un rockero de pelotas (The rocker)
-Hermanos por pelotas (Step Brothers)
-Cuestión de pelotas (Mr. Woodcock)
-Casting de pelotas (National Lampoon's Cattle Call)
-Pelotas en juego (Balls of Fury)
-American pie V - Una fiesta de pelotas (American Pie - The Naked Mile)
-Una pandilla de pelotas (Bad news bears)

Grandioso aporte de Lonnie Blues:

-¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Volamos por el faassssoooooo, Dr Strangelove, or how I learned to stop worrying and love the bomb)

viernes, 27 de febrero de 2009

Las mejores películas (VIII)

Esto no me pasa muy seguido, veo este listado y digo coooooño qué buena selección. Aunque no me animaría a llamar a ninguna obra maestra, todos estos son terribles pedazos de películas. Una buena racha, sin duda. Eso sí: estoy harto de los oscar. Sólo espero poder sentarme de una vez y ver una docena de películas coreanas, de ser posible una atrás de la otra.


The reader de Stephen Daldry (Estados Unidos, Alemania).
Winslet es maravillosa, siempre, y aunque no esté mejor que en Revolutionary road, merecía ese oscar de todas maneras. La película empieza apaciblemente y sin llamar la atención, pero llegada a la mitad del metraje adquiere una densidad y un poder inusitados. Una sorpresa que Daldry haga algo tan bueno, yo no daba por él ni medio peso.

La niebla de Frank Darabont (Estados Unidos).
No sé qué habrá estado comiendo Darabont, pero lo cierto es que tampoco me hubiese esperado de él una película así de buena. Dentro de un refrescante clasicismo, una premisa paranoica como hace tiempo no se veía. La atmósfera es estremecedora, hay tensión constante, amenazas múltiples y un final sorprendente. Una de las mejores películas de terror de los últimos tiempos.

La duda de John Patrick Shanley (Estados Unidos).
En un colegio religioso, un par de monjas sospechan que el sacerdote es pederasta. La película expone algunos de los tópicos más ásperos del abuso de niños: la dificultad de probar los hechos, la impunidad de los abusadores, el miedo y el silencio del círculo de allegados (a veces los mismos padres). Y la duda del título lleva a las protagonistas a otro tipo de cuestionamientos, tanto más profundos y de carácter existencial.

Los cronocrímenes de Nacho Vigalondo (España).
Un tipo se mete accidentalmente en una máquina de tiempo que lo lleva una hora al pasado. Ahí tiene que tener cuidado de que su otro yo no lo vea, y ocuparse de que éste llegue efectivamente a la máquina. Pero todo le sale mal, y debe viajar otra vez en el tiempo para reparar sus errores. Una adictiva pesadilla temporal, una inquietante historia que a uno lo deja como alterado.

Standard operating procedure de Errol Morris (Estados Unidos).
Como ya es su costumbre, el genial documentalista Errol Morris entrevista a criminales indeseables, humanizándolos, ayudándonos a comprender sus motivaciones. Aquí los indagados son los militares responsables de los abusos de Abu Grahib, esos enfermitos que tuvieron la inteligencia de fotografiarse a sí mismos y difundir sus fotos como si fueran trofeos.

El sustituto de Clint Eastwood (Estados Unidos)
No sé como hizo Eastwood para dar con una anécdota real tan increíble como ésta. La corrupta policía de Los Angeles en el año 1928 le entregó a una mujer un niño falso, en sustitución de su hijo perdido. Cuando ella hizo las protestas pertinentes la encerraron en un manicomio. El caso envolvió a un asesino serial de niños, un reverendo activista y una protesta social de relieve. Eastwood incorpora estos elementos para hacer un thriller imponente.

Slumdog millionaire de Danny Boyle (Inglaterra, Francia).
¿Cómo hizo un servidor de café sin estudios para responder correctamente preguntas que ni profesores universitarios sabrían contestar? Una película enérgica, filmada a ritmo de videoclip, con el pulso del mejor Boyle. Un oscar que se merece, un director que parece haber resurgido de las cenizas y que le da un aire de frescura a la acartonada academia.

Happy-go-lucky de Mike Leigh (Inglaterra)
Una chica hiperactiva, casi insoportable, que además es un ser inmensamente bondadoso. Tanto, que trata de comprender a aquellos que nadie querría comprender. Quizá no sea tan redonda ni levante el vuelo de las más grandes películas de Leigh, pero se trata de una comedia vital y contagiosa, inmensamente alegre. Una obra que reluce principalmente por la grandeza de su director y por la frescura de la increíble Sally Hawkings.

Let the right one in de Tomas Alfredson (Suecia).
Otra historia de amor vampírico, pero con unas cuantas particularidades. Plasmada con cierto realismo, la vida de los vampiros se muestra como una existencia singularmente difícil. La película avanza lentamente, sin atropellos, y cuando uno menos lo espera surgen extraordinarios estallidos gore. El final es soberbio, otra escena de piscina antológica para el cine de terror.

Keane de Lodge Kerrigan (Estados Unidos).
Incómoda como pocas, la historia de un hombre sofocado por la desesperación, la agonía y el arrollador peso de la culpa. La inestabilidad emocional del protagonista y su hiperactividad son persistentes fuentes de tensión que se mantienen inalteradas a lo largo de toda esta película. Lo mejor del cine indie norteamericano en mucho tiempo.

jueves, 19 de febrero de 2009

El inesperado ascenso de David Fincher y Danny Boyle

Dos vías para el éxito (sigan a Boyle)


Se dieron a conocer y gozaron de reconocimiento internacional casi simultáneamente, Fincher en 1995 con Seven y Boyle en 1996 gracias a Trainspotting. De Fincher llamó la atención el uso de filtros que ensuciaban y palidecían los colores, su galería de horrores y su particular forma de encuadrar los planos, Boyle asombraba con su lisérgica puesta en escena, su ritmo desbocado, el cockney que escupían sus personajes y el insistente uso de la música electrónica. Ambas películas fueron íconos ineludibles del cine de los noventa, quedaron grabadas en la psiquis de varias generaciones y las dos influyeron sobremanera en mucho cine que fue surgiendo después: Seven sentó las bases del nuevo thriller, Trainspotting de las posteriores drug movies. Hubo quienes acusaron a Fincher de ser un esteta superficial (su pasado como director de publicidad y videoclips marcaba la pauta), a Boyle le achacaron filmar un manifiesto a favor de las drogas (la satisfacción que por momentos mostraban los personajes daba argumentos a tal afirmación).


Ambos mantuvieron un buen nivel a lo largo de su obra, pero nunca lograron el poder de impacto de esas películas. El club de la pelea, de Fincher, así como el debut de Boyle, Tumbas al ras de la tierra, son obras de culto vibrantes, eufóricas y adictivas. El paso de ambos por los géneros resultó provechoso, siendo The game (Fincher) y Sunshine (Boyle) notables ejemplos de entretenimientos filmados con inteligencia y buen pulso. También dieron algunos traspiés: Fincher con la fallida La habitación del pánico, Boyle con su más bien irrelevante Exterminio.
En la 81 edición de los oscar no hay directores de renombre nominados en las categorías de mejor película o mejor dirección, y todos los autores que allí figuran (Daldry, Van Sant, Fincher, Boyle y Howard) parecen haber alcanzado el éxito más por acumulación que por grandeza. En los casos de Boyle y Fincher el paso a las grandes ligas obedece a un viraje respecto al cine que pergeñaban con anterioridad, los coloca en una posición de privilegio que les asegura un futuro laureado y una estrecha relación con la industria. Lo temible es que presumiblemente provoque el surgimiento de más películas “oscarizables” de sus autorías, y esto debe comprenderse -especialmente para el caso de Fincher- como todo lo contrario a la irreverencia y a la voluntad de innovación que los llevó a la fama.
El curioso caso de Benjamin Button es la sorpresa más lamentable que podría habernos deparado Fincher, un pastiche empalagoso y redundante que parece burlarse todo el tiempo de la inteligencia del espectador, y que busca que los personajes se vuelvan adorables a fuerza de hacerlos sonreir como simios. Una película que, en definitiva, es igual a Forrest Gump sólo que mucho peor: no sólo es difícil encontrar en ella algo original sino que además es imposible localizar un rasgo autoral del director, como si hubiese renunciado a toda pretensión de transmitir algo propio, como si siguiera los estrictos pasos de un manual de éxito. El tiempo parece querer darle la razón a los primeros detractores de Fincher, aquellos que lo señalaban como un mero publicista artífice de la nada.


Por su parte Boyle continúa siendo Boyle, y su viraje ha consistido en separarse de sus guionistas habituales y de su Europa natal, para trasladarse con su equipo a la India, basarse en una novela local y filmar integramente en las ciudades de Agra y Mumbai, contando sólo con actores indios. Slumdog millionaire parece un regreso al frenesí de sus orígenes, una experiencia intensa, luminosa, rabiosamente atractiva. Los contreras de siempre ya están hablando de que el director hace una “pornografía de la pobreza” al estetizar un entorno miserable, al crear una ficción festiva en un lugar donde la necesidad es la constante. Lo que podría interpretarse como que todo los abordajes a la pobreza deberían ser ocres, tristes y deprimentes, y que tendrían que filmarse personajes sufrientes y malheridos en lugar de seres humanos que aún en las peores penurias sueñan, aman, se expresan y hasta sonríen. Que viven, en definitiva. Boyle le hace un gran favor a ellos, al cine, y a nosotros, sus espectadores.

Publicado en brecha 20/2/2009

Aronofsky y El luchador

La decepción del año


El ecléctico cineasta Darren Aronofsky, quien sorprendió originalmente con Pi, traumatizó a unos cuantos con Réquiem por un sueño y dividió opiniones con The fountain, una vez más jugó sus fichas a una película que poco tiene que ver con lo que había hecho anteriormente. De hecho, en sus primeros tramos El luchador parece un filme de los hermanos Dardenne, la cámara sigue sigilosa al personaje, donde sea que vaya, acompañándolo fielmente en sus desdichas. Se trata de un cambio sustantivo en el estilo de Aronofsky, y también lo es en cuanto a su temática. Randy "The Ram" Robinson (Mickey Rourke) es una vieja gloria de antaño, un paladín de lucha libre que lleva más de veinticinco años en actividad, pero su cuerpo ya no es el de antes. Aunque las luchas se rigen según una rutina planificada, los golpes son simulados y no existen mayores riesgos reales en el ring –no mayores que quebrarse accidentalmente algún hueso, al menos- el corazón del protagonista no puede resistir la carga adrenalínica de una lucha más.
Aronofsky es un maestro creando atmósferas, y es algo que puede verse en esta película. Cada vez que el personaje sube a un ring se siente un temor opresivo: una hoja de afeitar escondida en un guante (para que al menos la sangre sea real), un sustancial cóctel de fármacos ingerido antes de una pelea son elementos que agregan tensión a contiendas sorprendentemente grotescas. Pero esa es la parte buena de El luchador, lo lamentable es todo el resto. Y es que, tanto o más que en El curioso caso de Benjamin Button, se pisan uno tras otro una inmensa cantidad de clichés transitados ordinariamente por Hollywood, aquí los de las películas de caída y superación. La sumatoria de lugares comunes tiene dos puntos de ridículo máximo: Rourke gritando y subrayando que el mundo lo detesta y que el único lugar donde se hace daño es "ahí afuera", y un discurso final micrófono en mano de tipo "muchos dijeron que no volvería a luchar, pero aquí estoy" que de verdad da pena. Aronofsky debería cambiar de guionista, urgentemente.
¿Oscar a mejor actor para Mickey Rourke? Probablemente, pero porque ninguna de las otras opciones es mejor.

Publicado en Brecha 20/2/2009

sábado, 14 de febrero de 2009

Mis favoritas

Mejor película:



Mejor director:



Mejor actriz:



Mejor actor secundario



Mejor película extranjera:



Mejor película animada:



Mejor guión adaptado:



Mejor corto animado:

miércoles, 28 de enero de 2009

Operación Valquiria (Valkyrie, Bryan Singer, 2008)

Héroe se necesita


En el verano de 1944 la situación bélica de Alemania era catastrófica. Sus principales ciudades eran bombardeadas constantemente por las fuerzas aéreas aliadas, sus tropas eran insuficientes en los dos frentes, en el este contra el ejército soviético y en el oeste contra las fuerzas británicas y norteamericanas, seis semanas atrás había tenido lugar el desembarco en Normandía y París estaba a punto de ser liberada. Estaba clarísimo que el tercer Reich iba a perder la guerra, pero Hitler no quería aceptarlo.
En este contexto tuvo lugar el atentado del 20 de julio de 1944, un brillante complot para asesinar al führer y dar un golpe de estado ideado por un grupo de altos oficiales de la Wehrmacht, el que, por ínfimos imprevistos, acabó fracasando. El atentado se ve hoy revestido de un aura de heroísmo; se dice que de haber tenido éxito la empresa hubiese significado la salvación de millones de vidas. Nadie puede negar que fue un inmenso acto de valentía por parte de los perpetradores el enfrentarse a la implacable maquinaria del nacionalsocialismo. Como es sabido, les costó a ellos su vida y el enclaustramiento en campos de concentración a sus familias.
No suelen ser demasiado interesantes las películas que se pliegan a la idea de heroísmo y exponen, sin dobleces ni ambigüedades, personalidades reales sobradamente enigmáticas y de discutibles motivaciones. Las razones que llevaron al militar alemán von Stauffenberg (aquí Tom Cruise) a colocar en persona una bomba a un metro de Hitler aún son discutidas por los historiadores. Se debate si la decisión se debió a la manifiesta incapacidad del führer en llevar la guerra a buen puerto o al horror que le provocó a Stauffenberg conocer personalmente las políticas de erradicación de judíos y gitanos en los países ocupados. Lo cierto es que la película asume la visión heroica, altruista y filantrópica del atentado, prefiriendo desmerecer que varios de los perpetradores fueron incondicionales al régimen hasta que la guerra cambió su rumbo, y que con seguridad muchos de ellos sólo buscaron salvar su pellejo y mantenerse en una posición de privilegio. Que lejos de buscar la paz, uno de los planes al instalarse en el poder era negociar una tregua con Gran Bretaña y Estados Unidos para aunar todos los esfuerzos en la guerra contra la Unión Soviética. La película opta por silenciar el dato, por exponer que ideaban la tregua así como abolir los campos de concentración, haciendo que en definitiva la conspiración suene más agradable.
Se muestran con fidelidad, eso sí, los pasos que se siguieron durante el atentado, los inadvertidos sucesos que llevaron a su fracaso y algunas de las represalias que se tomaron contra los conspiradores. La audiencia es en todo momento consciente de que está viendo a varias personas ensimismadas, avanzando dramáticamente hacia su propia destrucción. Esto, junto a un ritmo estupendo y una deliberada frialdad general, logra generar una tensión constante y loable. Lo triste es que un abordaje que niega el lugar a la ambivalencia, al conflicto interno y a la multicausalidad inevitablemente deja un sabor a mero ejercicio de género, a otro thriller de conspiraciones más.


Publicado en Brecha 30/1/2009

sábado, 10 de enero de 2009

Genocidio en Gaza

Esto es un blog de cine. Pero hay veces que la injusticia escandaliza demasiado, que se impone de manera que se hace imposible esconder la cabeza o mirar hacia otro lado. El tema lo amerita, y la indignación y la tristeza han llegado a desbordarme. Por primera vez en la historia de este sitio, cuelgo un artículo de autoría de otra persona.

Por Fran Sevilla
Año nuevo, muertes viejas

Contuve la respiración, comí las uvas, una a una, deseando, con cada una de ellas, que el nuevo año fuera realmente nuevo, distinto, más respirable.
No ha sido posible. No me equivoqué y fui recitando en alto su número mientras las iba introduciendo en mi boca, salvo una que se me atragantó. Pero no hubo suerte.
Deseé intensamente que en el nuevo año se detuviera la ofensiva israelí sobre Gaza. Es ofensiva por el término militar y resulta ofensiva para cualquier ser humano que tenga un mínimo de sensibilidad, que no se haya dejado seducir por el odio. El proverbio es también viejo, tanto como las muertes: “Quien siembra vientos, recoge tempestades”.
No sé si a estas alturas alguien tendrá alguna duda de que Israel está sembrando odio, un odio viejo y bíblico. Me pregunto cómo se puede justificar que para matar a un dirigente de Hamas se asesine a su esposa y a todos sus hijos o cómo se puede justificar que para acabar con los proyectiles que lanza esa organización se someta a fuego y muerte a toda la población. Recuerdo el viejo estereotipo utilizado por el antisemitismo cuando por algún judío usurero se acusaba a todos los judíos de ser usureros, manipulando hipócritamente, por parte de los cristianos viejos, los sentimientos xenófobos y racistas.
He vivido varios años en Jerusalén. He viajado muchos más años por territorio israelí, por Cisjordania y por Gaza, por Jordania y por Líbano, y por desgracia, lo único que he visto ha sido la siembra de odio, en forma de destrucción y muerte, por parte de Israel hacia los palestinos. No ha cambiado con el año nuevo.
Se argumenta que Israel es la única democracia en la región. Y el término “democracia” se convierte en una especie de patente de corso que parece autorizar todos los crímenes. Israel es una democracia en la que es legal torturar; claro está que sólo es legal torturar a los palestinos (presión física moderada es el eufemismo leguleyo con el que el Tribunal Supremo de Israel lo autorizó). La organización israelí B’Tselem denunció hace tiempo que 90 por ciento de los palestinos detenidos eran torturados.


Israel es una democracia que ocupa territorios que no son suyos, que ni ha respetado ni respeta las convenciones de Ginebra, modificando con asentamientos la realidad demográfica sobre el terreno, imponiendo castigos colectivos a toda la población de los territorios ocupados, apropiándose de las fuentes de agua. Israel es una democracia en la que una quinta parte de la población, de origen árabe está discriminada por no ser judía. Israel es una democracia que almacena armas de destrucción masiva mientras clama incesantemente contra quienes pueden almacenarlas en el futuro. Israel es una democracia que ha incumplido sistemáticamente las resoluciones del Consejo de Seguridad de la onu. Israel es una democracia en la que las leyes religiosas se imponen, convirtiéndola de facto en una teocracia. Israel es una democracia en la que se autorizan los asesinatos (asesinatos selectivos los llaman, tan selectivos que se mata al señalado y a sus familiares), convirtiéndose a la vez en acusador, juez y ejecutor. ¿Dónde está la separación de poderes que es esencial en cualquier democracia real?
No, no ha habido suerte este año, al menos en sus primeros pasos, con las uvas. Al menos me llega una noticia, que no está directamente relacionada con la ofensiva israelí en Gaza. Han liberado a José Cendón. Hay algo por lo que brindar. Debió ser la uva que se me atragantó. La única buena nueva.

RECUERDOS DE GAZA. “Me ahogo en esta cárcel, ya no puedo más”, me decía en un tórrido mes de agosto un amigo palestino que consideraba la retirada israelí de esa franja, que se producía en aquel momento, sólo un movimiento estratégico y no el fin de la ocupación. Y así era. La retirada ordenada por Ariel Sharon no tenía como objetivo poner fin a la ocupación sino hacerla más sencilla, menos onerosa para Israel y, por contrapartida, más dura para los palestinos. Gaza se convirtió en el mayor campo de concentración a cielo abierto del mundo. Y como se ha demostrado estos días, es más fácil y mucho menos arriesgado, para los agresores, matar a distancia. La aviación, contra un lugar tan indefenso como Gaza, permite matar impunemente.


Recuerdo aquellos días y recuerdo a mi amigo, que había pasado por las cárceles israelíes, que había sido torturado, humillado, jodido. Mientras muchos habitantes en Gaza celebraban la salida de las tropas israelíes, mi amigo movía la cabeza, con gesto de incredulidad y semblante serio. “Esto no acaba aquí, todavía van a seguir machacándonos, van a seguir jodiéndonos, hasta que nadie quiera vivir en este infierno.” Y, efectivamente, hay pocos lugares en el mundo más parecidos al infierno que Gaza.
Gaza podría ser un lugar de ensueño. Lo fue hace décadas. Una franja de terreno asomada al Mediterráneo, plagada de naranjos, olivos e higueras. Pero Israel acabó prácticamente con todo, arrasó los árboles y desvió el agua, convirtiendo aquel vergel en un desierto gris y polvoriento, un lugar invivible, en el que toda la población está sometida al castigo colectivo impuesto por los israelíes. Un dirigente israelí acuñó hace pocos años, en medio del asedio que se impuso a Gaza, una frase brillante: hay que hacer que los palestinos adelgacen un poco. Qué gracioso, ¿no? Sugería que había que matar de hambre, poco a poco, a los palestinos. Y llevan meses haciéndolo.
Hamas se lo pone fácil, bien es verdad. La estrategia que desarrollan los integristas de “cuanto peor, mejor” es igualmente criminal. Pero si no fuera Hamas, sería cualquier otra excusa. La realidad es que Israel nunca ha apostado por la paz con los palestinos, por el fin de la ocupación. A lo que los israelíes han llamado proceso de paz, en sucesivos gobiernos, era en realidad la exigencia de sometimiento. Eso lo sabe bien el ministro Moratinos, quien lo comprobó como enviado especial de la Unión Europea a la zona, lo saben los mediadores de la onu, de las agencias humanitarias, los trabajadores de las ong y cualquiera que haya visitado o viajado por la zona.
También lo sabe Estados Unidos, pero hasta ahora no le ha importado. Parece que los israelíes han querido colocar una patata caliente a Barack Obama. Si exige a Israel que cumpla de una vez con la legalidad internacional, sistemáticamente violada por los gobiernos israelíes, y que respeten los derechos humanos de los palestinos, sometidos a todo tipo de vejaciones, humillaciones y torturas, entonces se pondrá en contra a todo el poderoso lobby pro israelí. Si por el contrario no dice nada y sigue justificando lo injustificable, incrementará el odio en el mundo árabe hacia Estados Unidos y el integrismo que se alimenta de la doble moral y de la hipocresía de Occidente, encabezado por Estados Unidos, hacia el conflicto palestino-israelí. De nada servirán los miles de soldados, bombardeos, servicios de inteligencia y demás maquinaria que se quiera poner en marcha.
Los israelíes han convertido Gaza en algo demasiado similar a lo que fue el gueto de Varsovia como para no horrorizarse. Debe haber alguna regla o ley no escrita por la que la víctima acaba convirtiéndose en verdugo. Pero no, estoy convencido de que no es así. Israel y el gobierno israelí no representan a los judíos que fueron masacrados por los nazis, son lo contrario. Estoy seguro de que la mayoría de los habitantes del gueto de Varsovia se horrorizaría hoy de lo que hace Israel con Gaza. Al igual que hay israelíes como Daniel Barenboim, o judíos no israelíes como Norman Birnbaum o Juan Gelman, que denuncian ese horror. Incluso amigos míos israelíes cuya conciencia debe estar hoy llenándoles el sueño de pesadillas. De mi amigo palestino no lo sé. Ni siquiera hoy sé si sigue vivo.

Publicado en Brecha el 9/1/2008



domingo, 4 de enero de 2009

Denmen clips

Esta semana no tengo ninguna nota para colgar y qué podría ser más ameno y agradable que esta seguidilla de clips. Qué grande que es el youtube.

Goldfrapp - Happiness

O "Aprenda a filmar un plano secuencia". Para que vean los Wright, los Angelopoulos y los Sokurov cómo hacer un travelling increíble, contando algo y logrando entretener al mismo tiempo.



Playing for change - Stand by me

Este se lo debo al Bocha y a Maxi Obes. Está buenísimo lo que hacen estos Playing for change. Hay otro muy bueno de "One love", pero no pude encontrarlo en buena calidad.



Pearl jam - Do the evolution

Cuando vi este imponente y desgarrador video hace unos diez años me dió la impresión de que estaba viendo algo superior. Claro que ni el clip ni la canción llegaron a mucho, y cayeron sin penas ni glorias en un olvido lamentable. Hoy lo veo y me resulta tan increíble como la primer vez. Y esos poderosos riffs, el frenético ritmo, la fuerza de Pearl Jam. No en vano es de mis videos de cabecera.



Ok, nada tiene que ver con nada, ¿y?

lunes, 29 de diciembre de 2008

Recomendados en Brecha (IV)

Sigue sin ser la gran cosa, pero creo que va mejorando un poco. Ya me dicen qué les parece, y denme duro que me gusta.

lunes, 22 de diciembre de 2008

La niebla (The mist, Frank Darabont, 2007)

Doble paranoia


Lo más asombroso de esta película es su final, un epílogo contundente, atrevido y devastador, un impensable viraje al nihilismo y al más rasante pesimismo por parte del director francés Frank Darabont, quien hasta hoy había demostrado ser un realizador tan competente como funcional a las exigencias de Hollywood. Darabont es el mejor adaptador de historias de Stephen King al cine, y supo filmar con nervio, buen pulso y respeto a los originales, películas como Sueños de libertadThe Shawshank redemption, así el título en inglés- y Milagros inesperados –traducción exacta de The green mile- pero en ninguno de sus emprendimientos había podido verse la osadía y la libertad formal presente en La niebla. Darabont luchó arduamente con sus productores, quienes querían cambiar el tan poco conveniente final, y por fortuna pudo ganarles en esa contienda. Pero en cambio su idea original de que la película fuese filmada en blanco y negro fue ferozmente reprimida.
La premisa principal de la que se vale la película es una idea que casa maravillosamente con el cine y que es casi tan vieja como él mismo. Desde Griffith (El nacimiento de una nación) al cine de zombies, desde Hawks (Río bravo) a Peckinpah (Perros de paja), la misma constante ha dado obras maravillosas. Un grupo de gente queda encerrada en un espacio reducido –en este caso un supermercado de un pueblo de Maine- rodeados por una amenaza exterior -aquí una densa niebla de la que emergen criaturas que destruyen y/o devoran a todo aquel que se acerca- y el largo del metraje ocupa a este grupo de personas escondidas y atrincheradas, en su defensa contra una poderosísima fuerza que lucha por entrar.
Y lo cierto es que La niebla exuda clasicismo como hace tiempo no se veía, cautiva desde un comienzo, avanza con un ritmo endiablado, presenta y delimita caracteres de forma envidiable, dosifica suspenso y acción con sabiduría, crea un ambiente de paranoia incomparable y se da el lujo de entretejer una alegoría y de plantar críticas de todo tipo, fundamentalmente orientadas a la humanidad en su conjunto y a varios vicios de las políticas estadounidenses.
Y si bien la cinta recuerda a Los pájaros y a Lovecraft, a Carpenter y a The host, por saber contrabandear reflexiones sociológicas a un relato de terror, por plantear una doble amenaza de raigambre humana –la que viene de fuera y quiere entrar al refugio por un lado, y la de los pares que conviven con los protagonistas por el otro- y por valerse de miedos atávicos que hipnotizan y sobresaltan al espectador, su referente principal e inevitable es el clásico La noche de los muertos vivos de George Romero.
Es posible que le sobre algún monstruo en determinado momento, pero La niebla es de esas películas cuyos atributos compensan sobradamente sus defectos. Una bendición, una rara avis en el cine de Hollywood actual y una de las mejores películas del año.

Publicado en Brecha 19/12/2008

jueves, 18 de diciembre de 2008

The wayward cloud (Tian bian yi duo yun, Tsai ming-liang, 2005)

A falta de agua, buenas son las sandías


Si hay un director que ha sabido plasmar con claridad las miserias de la era postindustrial no es otro que el malayo Tsai Ming-liang, integrante de una imponente avanzada de cine taiwanés, entre los que se destacan figuras como Edward Yang (RIP), Hou Hsiao-hsien y Wang Xiaoshuai. En su cine los personajes deambulan por decadentes entornos urbanos en los que la polución y la podredumbre vienen invadiendo todo, obstruyendo la cotidianeidad, influyendo negativamente en los estados anímicos y en la calidad de vida.
Todas las películas de Tsai exponen a sus personajes en situaciones degradantes y chocantes, rasgo que en otro contexto podría interpretarse como un acto de sadismo pero que, gracias a la discreción de su abordaje y al fiel seguimiento a los protagonistas, acaba revelando compasión y hasta empatía por ellos. El personaje principal de esta película no es otro que Hsiao-kang (Lee Kang-sheng, cuya cara de desgraciado supera a la de cualquiera), presente en otros cuatro títulos del autor, y aquí se ha convertido en un actor de películas porno de bajísimo presupuesto y de producción tan industrial como mecánica. Taiwan atraviesa una sequía tremenda, y en la televisión se recomienda a la población almacenar agua y comer sandía, pues se anuncian prolongados cortes. Así, el protagonista se baña en el tanque de agua del último piso de un edificio, y su novia aprovecha para robar agua de los baños públicos. La película es de un humor negro bizarrísimo, y lanza ácidas burlas a la industria pornográfica, mostrando rodajes en los que las cámaras parecen querer introducirse dentro de las actrices, y en donde en definitiva no importa demasiado si ellas están vivas, inconscientes o medio muertas.
Al igual que en The hole, la película alterna larguísimas y silenciosas tomas en las que se enfoca a los personajes en su accionar cotidiano, y ridículos y festivos números musicales, de un kitsch deliberado. Si bien es cierto que los tramos musicales amenizan un poco los distendidos ritmos –películas del mismo director como El río o Viva el amor eran insufriblemente lentas- de igual manera se le hubiesen agradecido al realizador unos cuantos minutos menos de metraje. La advertencia debe ser triple: jamás podría recomendarse la película a espíritus sensibles en lo referente al sexo –aunque no pornográficas, varias escenas son algo explícitas y hasta grotescas- no es digerible para los que no toleran el ridículo o el absurdo más desmedido, ni compatible con ciertas sensibilidades inquietas: La nube errante no es la excepción en la filmografía de Tsai, se trata de una película muy lenta. Eso sí, los detractores más acérrimos del director deberían concederle tres aspectos: 1) Tsai es uno de los cineastas más originales de nuestros tiempos, 2) sus películas radiografían brillantemente realidades alarmantes, 3) cada una de sus obras regala escenas imborrables, que quedarán grabadas a fuego en la psiquis del espectador. En este caso, la espera tiene su compensación.


Publicado en Brecha 12/12/2008

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Las mejores películas (VII)

Reflejo de una sobredosis de largometrajes animados y de una puesta al día con oriente, este listado transita algunos hallazgos melodramáticos, una película vapuleada injustamente, algunos aportes norteamericanos valiosos y mucha demencia audiovisual. El cine está vivo, pasen y vean.

Mind game de Maasaki Yuasa (Japón)
Emparentada con Takashi Miike y Tarantino, a medio camino entre el más desatado cine de acción, el surrealismo lisérgico y la experimentación audiovisual, Mind game es la mejor película que veo en mucho tiempo: una obra maestra revolucionaria, un punto y aparte en la historia de la animación. Puede ser que esté exagerando un poco, pero esa es la impresión que tengo ahora. El Studio 4ºC es el futuro del animé.

Ceguera de Fernando Meirelles (Canadá/Brasil/Japón)
Una gran alegoría, filmada con firmeza y nervio. La imposibilidad de ser solidario en un mundo en que la miseria es constante, donde la necesidad transforma a la gente extrayendo sus peores mezquindades. Julianne Moore es maravillosa, una superheroína de habilidades especiales. Quizá la nueva Mesías. Y García Bernal es el malo más desagradable que veo en años.

Tekkon Kinkreet de Michael Arias (Japón)
Otra gran película del Studio 4ºC. Dos niños huérfanos sobreviven en las violentas calles de la ciudad Treasure, haciendo frente a bandas infantiles, a los Yakuza y a empresarios inescrupulosos. Personajes adorables, enfrentamientos increíbles, tramos muy sentidos y una belleza general arrolladora. Una bendición, en definitiva. Gracias JP.

It’s only talk de Ryuichi Hiroki (Japón)
El gran Hiroki arremete, una vez más, con otro poderoso cuadro de personajes solitarios que se ven abrumados por todo el peso de la existencia. A la mejor manera del cine de Hong Sang-soo o de Nobuhiro Suwa, las películas de Hiroki son impagables lecciones de vida. Ya me pongo en campaña para ver la mayor cantidad posible.

A moment to remember de John H. Lee (Corea del sur)
Un melodrama de los que te golpean y desarman, típicos del cine surcoreano. Durante la primera mitad no pasa nada, y hasta pareciera que la película no fuese para ningún lado. Luego de pasada una hora, las cosas empiezan a resquebrajarse drástica y precipitadamente, con efecto demoledor. La película exige lágrimas y uno las entrega, copiosamente.


Shine a light de Martin Scorsese (Estados Unidos/Inglaterra)
Antes los Rolling no me interesaban demasiado. Ahora entiendo por qué tanto entusiasmo generalizado: estos viejos dan la vida arriba del escenario. Cuando la cámara toma a Mick Jagger de lejos parece que estuviera enfocando a un pibe de treinta, ya quisiera yo poder moverme como él. En mi imaginario personal el prestigio de los Rolling aumentó un 80%, y el de Cristina Aguilera un 300%.

Zavet de Emir Kusturica (Serbia/Francia)
Kusturica seguro se hizo un cóctel de anfetaminas antes de idear esto. Un niño que busca esposa, la chica que baila Shakira y su madre prostituta, un mafioso zoofílico, matones como los de Guy Ritchie, una vaca con sentimientos, un hombre bala que pasa sobrevolando todo, música exótica y una castración edificante son elementos que conforman una película multicolor, demencial y muy divertida.

No te metas con Zohan de Dennis Dugan (Estados Unidos)
Una comedia rockanrolera e irrespetuosa, de esas que pueden indignar a nuestros abuelos y al mismo tiempo hacernos reír un buen rato. Es curioso, pero el humor a veces puede molestar mucho a la gente. Lo lamentable es que el final de la película sea tan flojo en comparación a la brillante primera hora. Sandler es un grande, y estas comedias americanas de verdad se están convirtiendo en algo.

Hair high de Bill Plympton (Estados Unidos)
Sexo y violencia en una secundaria de los años cincuenta. Utilizando muchos clichés llevados a u
n extremo de grotesco y absurdo, Plympton logra una película ágil, personal y enormemente disfrutable. Lo malo es que los largometrajes de este director tienen una pésima distribución. Lo bueno, que tiene unos cuantos más para ver.

Into the wild de Sean Penn (Estados Unidos)
Un pibe dona sus ahorros, quema su pasado y abandona todo para irse a vivir al medio de la nada. Por la anécdota podría tratarse perfectamente de una obra de Herzog, pero está firmada por un tal Sean Penn, ¿alguien lo conoce? Como sea, hay cierta sabiduría volcada en estos fotogramas, aunque a nivel general puede dar la impresión de que le sobran algunos (pocos) minutos a la película.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Los dueños de la noche (We own the night, James Gray, 2007)

Entre dos fuegos


Es el año 1988, Nueva York es una ciudad turbulenta, el indice de delincuencia es un 73% más elevado que el promedio nacional, el tráfico de crack alcanza un punto crítico y fluyen como agua los sedantes, los estimulantes, el hachís, la mescalina y la cocaína. La película arranca inmersa en ese ambiente, Bobby Green (Joaquin Phoenix) es el encargado de una famosa discoteca en Brighton Beach, y ya desde un comienzo se percibe su clima caldeado. Al compás ochentero del “Heart of glass” de Blondie, un par de clientas hacen strip tease sobre una barra, y las grescas se ven como parte de la vida cotidiana. Pero si los primeros minutos muestran a un protagonista de descarriada vida nocturna y aire mafioso, en seguida se mostrará su cara oculta: su padre (Robert Duvall) y su hermano (Mark Wahlberg) son respectivamente jefe y teniente de la policía. Se trata de un secreto que Bobby no ha dicho ni a sus amigos, e incluso ha cambiado su apellido para que nadie se entere del vínculo. En contraposición al club nocturno, la fiesta de policía a la que el protagonista es invitado está plagada de uniformados rígidos, tiene lugar en una capilla (¡!) se palmean las espaldas y se escuchan aburridos discursos. La clase de ambientes de los que uno querría huir despavorido.
Pero Bobby no tiene esa opción, y su padre exige hablarle. Le explica, la batalla en las calles se ha transformado en una guerra, mueren dos policías por mes y muy pronto va a tener que tomar partido. La neutralidad se ha vuelto inviable, más por la posición de privilegio y el contacto permanente que Bobby tiene con los narcos en su discoteca.
Las cosas se enredarán aún más: una sorpresiva redada de la policía a la disco de Bobby, un atentado a su hermano. El ritmo es febril, las sorpresas se suceden sin descanso, cada diálogo agrega información y crecen las complicaciones. Una escena en que el protagonista decide infiltrarse en la red de mafiosos es de una tensión desbordante y más adelante tiene lugar una increíble persecución de autos bajo la lluvia, filmada casi íntegramente con cámara al hombro desde la perspectiva del protagonista, con una imagen gris azulada y un sonido permanente de parabrisas. El director James Gray genera con esa escena incomodidad y una sensación acuosa, como si se estuviese adentro de una pecera, o atravesando un mal sueño. Sólo este tramo es excusa suficiente para ver la película. Pero claro que hay más.
(Aquí se cuenta alguna cuestión decisiva del desenlace, quizá sea buena idea no continuar leyendo).
Lamentablemente la película no está tan bien escrita como filmada. Hay algunos baches de guión, y si bien algunos personajes están dotados de cierta densidad, otros se acercan a estereotipos, como un malo que es tan pero tan malo que cuando está agonizando en lugar de retorcerse de miedo o de dolor le escupe un “fuck you” al protagonista. Un lastimoso vuelco al heroísmo por parte de Bobby cerca del final no cae nada bien en una película que supo tener tramos tan poderosos como bien filmados.
Las críticas más desdeñosas a la película apuntan que, en definitiva, los policías son presentados como los buenos y los narcos como los malos, y que hasta se desprende cierta moralina del cuadro. Si bien es cierto que pueden notarse elementos que permiten justificar esas afirmaciones, también es verdad que el personaje principal se alista a la policía con la idea fija en la venganza, que abandona a su novia y a su trabajo para poder utilizar las armas impunemente, y que su accionar todo deja entrever un costado psicótico. Y una vez concretada su venganza, nada volverá a ser como antes, el hombre ha derruido su propia vida.
Para ser una película de buenos y malos, al menos el director-guionista tuvo la inteligencia de dejar asomar ciertas ambigüedades.

Publicado en Brecha 28/11/2008

lunes, 1 de diciembre de 2008

Sobre el nuevo cine negro

Yerba mala nunca muere


Si bien se pueden rastrear las raíces del cine negro en las primeras obras de Fritz Lang y en el expresionismo alemán, los estudiosos datan su surgimiento en 1941 con la aparición de El halcón maltés de John Huston. Sin embargo no existe tal consenso en lo que suele interpretarse como su punto final. Algunos señalan a Sed de mal (Orson Welles, 1958) como un insuperable réquiem, pero otros aseguran que el género acabó mucho antes.
Lo cierto es que el cine negro (también llamado film noir) se rehusó a morir del todo, y si bien desapareció de los Estados Unidos en la década del sesenta, siguió tan vivo como siempre en otros países, europeos y asiáticos fundamentalmente. Por ejemplo, Jean-Pierre Melville continuó transitando tranquilamente el género con obras brillantes durante los sesenta y setenta hasta el día de su muerte, y también se acercaron al registro directores de renombre como François Truffaut (con Disparen sobre el pianista, 1960), John Boorman (A quemarropa, 1967), André Téchiné (Barocco, 1976), y Wim Wenders (El amigo americano, 1977).
En Hong Kong, una ola de cine negro pobló las carteleras durante los setenta y ochenta, con directores como Kuei Chi Hung y Hua Shan a la cabeza, y en Japón a partir de los años sesenta directores tan dispares como Akira Kurosawa, Shohei Imamura, Seijun Suzuki o Teruo Ishii supieron defenderse a la perfección en el registro. En ambos países el cine negro dio lugar a géneros de mafias suburbanas: los yakuza en Japón y las tríadas en Hong Kong.
En Estados Unidos, los años 90 y 2000 dieron resurgimientos esporádicos y notables: De paseo a la muerte (Joel Coen, 1990), Perros de la calle (Quentin Tarantino, 1992), Tiempos violentos (Tarantino, 1994), Los sospechosos de siempre (Brian Synger, 1995), Seven (David Fincher, 1995), Fargo (Joel Coen, 1996), Los ángeles al desnudo (Curtis Hanson, 1997), Memento (Christopher Nolan, 2001), La noche del crimen (Daniel Algrant, 2002), Sin city (Robert Rodríguez, 2005). También hubo películas donde se satirizó y homenajeó al noir -toda sátira es a su vez un homenaje- como la insuperable El gran Lebowski (Coen, 1998), las británicas y más que divertidas Juegos, trampas y dos armas humeantes (Guy Ritchie, 1998), y Snatch (Ritchie, 2000), y Entre besos y tiros (Shane Black, 2005).


Pero lo más insólito es lo que ocurre ahora. Y es que el cine negro ha vuelto, y con más fuerza que nunca. Este 2008 le ha deparado al público uruguayo unos cuantos ejemplos: No country for old men (2007), personalísima reinvención del género por parte de los Coen; El sueño de Cassandra (2007) inédita incursión de Woody Allen; Antes que el diablo sepa que estás muerto (2007), un Sidney Lumet más implacable y oscuro que nunca; y ese notable ejercicio cinematográfico que es Los dueños de la noche (James Gray, 2007). Por si fuera poco -y también a un nivel más que digno- Gone baby gone (2007), la muestra de que Ben Affleck dirige y muy bien, y la no tan buena pero bizarrísima y angustiosa Lonely hearts (2006) de Todd Robinson. No es un paquete desdeñable, y estos no son simples “homenajes”, se trata de cine negro con todas las de la ley.
Es algo común confundir al noir con el thriller policial; los límites son difusos y se pisan permanentemente. Pero el cine negro puede reconocerse por tres características básicas: la figura del antihéroe, el acercamiento a la criminalidad y su contenido truculento.
Los antihéroes parecen estar tomando nuevas formas en este último cine negro, especialmente en el de los Coen, donde una señora embarazada puede ser más inteligente y efectiva que todo un departamento de policía junto (Frances McDormand en Fargo), y un viejo Sheriff de pueblo (Tommy Lee Jones en No country…) puede ser tan naïf como inoperante y obsoleto. Otro caso extremo de antihéroe puede verse en la italiana Arrivederci amore ciao (Michelle Soavi, 2006), que se centra en un protagonista absolutamente despiadado, abusivo, cruel y traicionero, rasgos que quizá lo vuelvan más atractivo. Drogadictos, policías corruptos (o directamente incapaces), outsiders a la deriva, jugadores empedernidos, egoístas irredimibles son la fauna que habita los nuevos noirs.
Y el género siempre se ha caracterizado por exponer las facetas más oscuras y en apariencia desagradables del ser humano. Podríamos llamar mirada “hustoniana” a aquella que caracteriza a los abordajes de los filmes de John Huston y que pretende justificar, generar empatía por las mentes criminales, volver a los delincuentes seres comprensibles y queribles, humanos por encima de todo. Por otra parte, se puede denominar mirada “languiana” al abordaje propio de Fritz Lang, aquel que muestra, con distancia, las mentes criminales sin querer tomar parte, sin explicar, sin dar a conocer los torbellinos internos que transforman a un humano en un demonio sediento de sangre. Lang no se preocupaba tanto por exponer psicologismos sino en mostrar sus metamorfosis. “Que el espectador se horrorice, piense al respecto y especule”, parecía decir.


Ambos maestros dieron obras inmensas, e hicieron escuela. A uno y otro lado del espectro pueden situarse las obras de sus discípulos: en el extremo hustoniano: Tarantino, Allen, Lumet. Al lado languiano: los Coen, Robinson. A medio camino entre ambos, otros tantos, la gran mayoría. El triunfo de la mirada languiana fue el triunfo de los Coen -cuatro óscars incluyendo mejor película para No country for old men, ochenta y nueve premios más en otras academias, asociaciones y festivales-. En esa película se aborda al mal con mayúsculas, encarnado de forma magistral por Javier Bardem, una fuerza incomprensible y sin precedentes que opera ciegamente, al azar, sin una moral clara y aprehensible. La mirada de los Coen, alarmista y alarmante, es la mirada de mucha gente que hoy se ve inerme, desamparada ante nuevas amenazas. Casualmente, Batman: El caballero oscuro (2008) plantea una noción del mal muy similar, con la diferencia de que, por fortuna, aparece también un paladín armado con tecnologías de destrucción y vigilancia, una mano dura capaz de darle su merecido a los terroristas y a los psicópatas.
El sueño de Cassandra y Antes que el diablo sepa que estás muerto parten de premisas idénticas. Ambas presentan a un par de hermanos desesperados por obtener dinero, que se prestan para dar un golpe que podría librarlos definitivamente de sus problemas. Como el cine negro es un género esencialmente pesimista, sus acciones delictivas traen imprevistos, dolor, tragedia in crescendo. Intensas y sufridas, ambas películas muestran a hombres cercados por circunstancias y que apelan a una salida rápida y directa, encontrándose sólo con el camino a su perdición. Si los personajes de Lumet y Allen son inmensamente cuestionables, también son comprensibles, entrañables. Uno puede verse reflejado en ellos, razonar como ellos y verse agobiado por esa inmensa ola oscura que los encierra.
Podrá interpretarse como una señal de malestar por parte de los cineastas, como reverso artístico de la decadencia americana y de una potencia que se ve al borde del colapso. Lo cierto es que el cine negro ha llegado para quedarse, y mientras siga manteniendo estos niveles de calidad, eso es algo que hay que celebrar.

Publicado en Brecha 28/11/2008

viernes, 28 de noviembre de 2008

Entrevista a María Lorenzo


Es animadora, profesora de animación en la Universidad Politécnica de Valencia y crítica de cine especializada en la materia (en la revista Animation Studies). En entrevista vía mail, echa algunas luces sobre este nuevo resurgir de la animación mundial.

-En la década de los ochenta y primeros noventa la animación
occidental atravesó un estancamiento endémico. ¿A qué factores crees
que obedeció esa parálisis?

Hay que tener en cuenta que muchas de las series de televisión occidentales de los ochenta fueron un mero vehículo de merchandising (las que promocionaban juguetes estaban producidas por Mattel); que la animación estaba devaluada como entretenimiento para adultos, y que estaba mayormente confinada a la franja horaria del sábado por la mañana. No fue hasta 1988, cuando la Fox apostó por Los Simpson, que la animación volvió a considerarse de otra forma, y muchas otras cadenas lanzaron sus propias series, aspirando a conquistar la franja televisiva de prime time. Así surgieron series como Duckman (Igor Kovaliov), The Rugrats, etc.
Pero si tu pregunta se refiere a por qué aparentemente la animación había perdido popularidad en las salas de cine, bien: desde que Walt Disney había muerto, su compañía pasó por cierto declive, sin embargo, decir que el declive del cine de animación en los ochenta se debe al declive de Disney sería simplista, aunque precisamente el poder de esta compañía ha sido el de eclipsar a todas las demás, porque no eran Disney.
Probablemente la razón del resurgimiento de la animación para las salas de cine, con la subsecuente multiplicación de productoras que lanzaban sus propios largometrajes (gracias al relativo abaratamiento de costes que proporcionaban las herramientas digitales, como Fox, Warner, Dreamworks o Pixar), fue precisamente la recuperación de la animación para un público familiar más amplio que el puramente infantil. La Sirenita apelaba a un público adolescente, así como también hicieron La Bella y la Bestia y Aladdin. Y El rey León trasladaba al mundo de los animales la dramaturgia de Shakespeare, apelando a diferentes audiencias. ¿Hace falta recordar que Pocahontas carecía de final feliz? En Disney, la obsesión por la calidad artística y las historias con trasfondo serio fue muy evidente durante los años noventa.

-¿Es determinante el rol que cumple Pixar en los siguientes años para
salir de ese estancamiento? ¿Cuáles crees que sean, a nivel artístico,
los principales méritos de Pixar?


No fue únicamente Pixar el origen de ese renacimiento, sino la revolución que significó en toda la industria del dibujo animado el uso de ordenadores. Anteriormente ya había habido avances tecnológicos que habían hecho evolucionar la estética y el carácter de las películas animadas, como en los setenta lo fue la fotocopiadora (¡!) para 101 dálmatas o El libro de la selva, o incluso para las películas de Ralph Bakshi, que también incluyen la rotoscopia entre su acervo tecnológico.
Pero Pixar ha hecho una contribución importante al lenguaje del dibujo animado, además de estar a la vanguardia de la animación por ordenador (seguida por Dreamworks), y es la extraordinaria calidad de los guiones. Todo empieza por una idea. En Pixar, los proyectos se desarrollan durante años, y las líneas narrativas se atan bien. Pixar basa su fuerza en la voluntad de hacer películas atrevidas, entrañables, a la par que inteligentes, haciendo un excelente uso de la cultura y el bagaje cinematográficos.
Un acierto reciente de Pixar ha sido precisamente la recuperación y evolución de la estética 2D, como se hace evidente en sus títulos de crédito (por ejemplo en Ratatouille o en Wall-E). En Pixar también existe la voluntad de mantenerse fiel a los principios del dibujo animado clásico, establecidos por Ollie Johnston en su libro The Illusion of Life, dejando constancia de ello en esa advertencia que incluyen al final de los títulos de crédito: “Para la animación de esta película NO se han utilizado técnicas de Motion Capture”, realizando animaciones memorables que se distinguen de esa sensación de calco, de lo inverosímil, casi de lo unheimlich, que todavía predomina en filmes basados en la captura del movimiento real, como Beowulf o Monster House.



-Pese a la evidente calidad de la animación en Europa central y del este, ella
sigue siendo una gran desconocida para el público, ¿cuál podría ser la
razón para este desfase entre calidad y reconocimiento?


La animación centroeuropea de los años sesenta, setenta y ochenta fue, en líneas generales, brillante (al igual que en Cuba). Pero tras la caída del comunismo, los antiguos países soviéticos cambiaron de métodos de producción, y sólo unos pocos, como Estonia, han conseguido mantener un sistema de financiación generoso y estable. A su vez, estos países también empezaron a sufrir la competencia extranjera, que antes desconocían, mientras que en décadas anteriores la industria animada estaba presente en muchos campos diferentes (no olvidemos que una de las razones por las cuales los países soviéticos protegieron y fomentaron la animación, fue porque se trataba de un instrumento de propaganda, con amplias aplicaciones políticas y educativas). Esta popularidad de la animación, este excedente, permitió que muchos autores pudieran dar rienda suelta a mundos tan personales como el de Jan Svankmajer, a pesar del contexto sociopolítico en que fueron creados. No en balde la censura es la madre de la metáfora.
En aquellas décadas, los lenguajes artísticos predominaron en la animación centroeuropea, porque se buscaban métodos de producción más baratos que los de la animación de cartoon clásico. La United Productions of America (UPA) debió mucho de su atrevido lenguaje visual a la escuela de Zagreb, que también contagió a Warner y a Disney. A su vez, en estos países también se desarrollaron otras técnicas, como los recortes o las marionetas, llevándolos a su máximo grado de expresión, como hicieron respectivamente Yuri Norstein y Jiri Trinka. Hoy en día, el mejor animador que utiliza óleo sobre cristal para dar vida a sus pinturas animadas, es un hombre ruso: Alecsandr Petrov. Y el polaco Piotr Dumala es el mayor representante de la animación grabando sobre planchas de escayola tintadas. Sin embargo, este tipo de lenguajes artísticos no se transfiere con facilidad al mainstream porque no permiten una gran división del trabajo (la presencia del animador principal es indispensable durante todo el proceso). Hay que buscar estos cortometrajes es sus lugares específicos de difusión, que son los festivales de animación, así como en las escasas cadenas televisivas que apuestan por estas formas de expresión. Y por esta razón son tan desconocidos para el público más común.

-¿Quiénes te parecen los maestros de la animación actual?

Ya he nombrado a dos (Petrov y Dumala). Me permito reivindicar a Georges Schwizgebel, maestro de la animación suiza, así como a Gianluiggi Toccafondo, de San Marino, que ha hecho evolucionar la rotoscopia hacia el campo de la pintura, transformándola en un medio de expresión muy personal. Un auténtico maestro vivo también sería Priit Pärn, de Estonia, que ha innovado en las fórmulas narrativas y en el diseño para animación. Paul Bush es el animador experimental más notable de la actualidad. También es importante Michael Dudok de Wit, el creador de la inefable Father and Daughter (Oscar en 2001), así como Michel Ocelot (el padre de Kirikou y la hechicera) Joanna Quinn, Gil Alkabetz, Raimund Krumme, Paul Driessen y, por supuesto, los hermanos Stephen y Timothy Quay (herederos de Svankmajer), que completan mi lista de maestros vivos y en activo.
Por otro lado también hay que tener en cuenta a aquellos autores que desde el otro lado del océano, y por otros medios diferentes de la animación artística, han creado un mundo personal y reconocible, como Richard Linklater (aunque su uso de la rotoscopia sea polémico para algunos). También hay que destacar a los nuevos clásicos, como Brad Bird y John Lasseter. Pero sobre todos ellos, hay uno que reina sin rival: Hayao Miyazaki. Y Miyazaki no sería quien es sin Isao Takahata; y Satoshi Kon no sería quien es sin Katsuhiro Otomo. ¡El mundo de la animación es, en verdad, muy pequeño!

-¿Crees que, en lo referente a la animación, haya algún país al que
valga la pena prestar especial atención en el futuro?

Sí. ¡A Sudamérica! Mientras que el desarrollo de la animación africana aún es un poco vacilante, los países sudamericanos como México, Brasil o Argentina prometen tener una presencia mucho mayor en décadas venideras (tanto en animación independiente como en la comercial). Por otro lado, las escuelas de la India están despegando justamente ahora, y fomentan en sus alumnos un estilo poético y muy reconocible. Y quisiera pensar que Irán va a mantener la inspiración de que ha hecho gala en los festivales durante los últimos años. Por último, Corea del Sur lleva tiempo intentando que se le vea como una apuesta de futuro (de hecho ya es una potencia en animación comercial), y su cine de animación podría dar autores tan reconocibles como ya ha venido haciendo en el cine de acción real.

Publicada en Brecha 21/11/2008