Una de las primeras personas que leyó el guión de Bastardos sin gloria fue el maquillador Greg Nicotero, un colaborador de Quentin Tarantino que trabaja junto a él desde su primera película. Luego de terminar las 164 páginas que lo componían quedó profundamente asombrado. “Esperaba tremendas y gigantescas batallas, horribles matanzas, cuerpos despedazados, pero no había nada de eso. Al principio no entendía adónde quería ir a parar, pero me quedé asombrado por la cantidad de detalles, por la realidad que desprendían esas páginas”. Lo mismo nos ocurrió a quienes vimos repetidamente en el trailer a ese implacable Brad Pitt uniformado reclamándole a un grupo de judíos americanos sedientos de vendetta y sangre alemana -los bastardos- cien cabelleras nazis.
Y lo cierto es que la increíble última obra de Tarantino apenas tiene acción, y sí está saturada de principio a fin de extensos diálogos. Y los “bastardos” son sólo unos pocos personajes que apenas aparecen en algunas partes del enorme cuadro coral presentado.
La mejor definición de la película también la da el mismo maquillador: “Todo se resume en la primera línea de guión: “Érase una vez en la Francia ocupada por los nazis”. Es un cuento de hadas, pero al estilo de Quentin.” Es decir, la Francia ocupada es una excusa para que Quentin cree personajes grandiosos, para que los haga interactuar con personajes que existieron en el mundo real como Goebbels, Churchill o el mismísimo Hitler, para que homenajee a Leone, a Aldrich, y a Godard, para que regurgite toda su cinefilia y la plasme en tomas imposibles, para que idee escenas de antología una tras otra, para que produzca deliberadamente el más grande anacronismo que haya conocido la historia del cine, para que haga volar a todo y todos por los aires, en un final catártico y liberador; para que haga un cine inclasificable como no podría ningún otro ser en el mundo.
Es verdad que el guión es apenas una parte de una película, y que para las verdaderas experiencias cinematográficas es apenas un sustento en el que la obra se afirma para levantar vuelo por sí sola, muchas veces echando por tierra esos bocetos originales -para algunos directores como David Lynch, el guión ni siquiera existe, aunque eso es un tema aparte-. Pero también es cierto que la escritura es el primer nacimiento de la obra cinematográfica -Robert Bresson decía que el primer nacimiento se da cuando surgen las ideas, el segundo durante el rodaje y el tercero cuando la edición- y la de Bastardos sin gloria es una idea desmesuradamente genial, sólo factible de concebirse en una mente revuelta y desquiciada como la de su creador.
Hacerse con el libro del guión es una buena idea, pero claro, leerlo antes de haber visto la película es algo criminal, sería arruinarse a uno mismo las sorpresas y buena parte de las atmósferas. Algo así como mirar parcialmente y a través de una cerradura un inmenso e imponente lienzo rupturista. La clave del poder de muchos de los diálogos de Tarantino está en quién dice las cosas, y cómo las dice. Está en cómo se distribuyen los espacios de poder, quién está por encima de quién, quién es el que está abusando de su posición, con sadismo y alevosía. Está en cuánto tiempo duran las tomas de los rostros. Los intercambios verbales de la película son extremos de tensión, estirados hasta lo inconcebible, y cortados de golpe por giros desconcertantes. Por eso el guión debería ser considerado como un agregado, un mero material de consulta, un retazo (brillante) de una obra excepcional.
Como en el guión editado de Pulp Fiction, también hay fragmentos escritos que fueron eliminados en el corte final, y que por tanto no aparecen en la película. También hay elementos que sí están en la película pero que no aparecen en el texto, como la genial aparición de dentro de un túnel oscuro del personaje que interpreta Eli Roth. Los diálogos están acompañados de breves anotaciones y descripciones de Tarantino, algunos de ellos en tono jocoso, y no tienen desperdicio. Uno de ellos reza: “...el auditorio se convierte literalmente en una lluvia roja de piernas, brazos, cabezas, torsos y culos.” y por supuesto la toma descrita no existe en la película; en otro apunte: “Ambos disparan y reciben tantos tiros que es casi romántico ver como se desploman, muertos, en el suelo”; la descripción que el autor hace del teniente Aldo Raine, el bestial personaje encarnado por Brad Pitt no podía ser más elocuente y concisa: “un palurdo de las montañas de Tenesse”.
Cerca de diez años le llevó a Tarantino concebir el guión de Bastardos sin gloria, y durante largos períodos lo tuvo reposando en un cajón. Inspirado en la película de Enzo Castellari Quel maledetto treno blindato (1978), cambió la historia un millar de veces, al punto de que hoy cualquier concomitancia con la obra del director italiano sería casual. El texto es Tarantino puro; un guión cuyas anécdotas giran todo el tiempo en torno al cine, que hace uso de una estructura episódica, que inserta flashbacks explicativos en medio de la acción, que presenta a los distintos personajes con imágenes congeladas y letreros, que abunda en esos diálogos ridículos que tienen lugar en los momentos más incongruentes.
Lo bueno es que el guión se consigue en librerías, lo malo, que a los uruguayos aún nos falta un mes para tener la película en carteleras.
Un sitio dominado por la insomne e inhóspita cinefilia, carcomido por múltiples disfunciones cáusticas. Críticas, reseñas, análisis y entrevistas referidas a novedades y tendencias del universo cinematográfico.
martes, 29 de septiembre de 2009
Sobre el guión de Inglorious basterds
jueves, 24 de septiembre de 2009
La huérfana (Orphan, Jaume Collet-Serra, 2009)

La huérfana es una obra de género con personalidad propia, que se vale de pequeños y sutiles elementos para generar suspenso y malestar, y que está provista de una coherencia formal y estética que la diferencia de tantas otras de temática similar. Con esa combinación tan atractiva que aportan los atmósferas heladas y boscosas, donde tonalidades oscuras contrastan con el brillo de la nieve -de modo semejante a la burtoniana La leyenda del jinete sin cabeza- se presenta un cuadro familiar de clase alta y dos hijos, que por sus matices escapa felizmente al estereotipo y se acerca a una familia creíble, colmada de imperfecciones. Con la idea de otorgarle amor a quien más lo necesita -o de llenar un vacío- la pareja adulta decide acudir a un orfanato para adoptar una niña de nueve años.
Si en un principio todo parece ser estable e ideal en el núcleo familiar, se trata sólo de una perfección aparente y frágil, una fachada que se quiebra ante la llegada de la intrusión externa, que hace aflorar tabúes, tensiones y secretos ocultos. La niña destapa de a poco infidelidades pasadas, negligencias maternales por causa del alcohol, y la desconfianza mutua existente entre la pareja de adultos. A esto se le suma que el factor de revulsión e inestabilidad, la misma huérfana, también empieza a demostrar una faceta oculta, crecientemente siniestra. Se explotan con admirable sabiduría dos tópicos del cine de terror al mismo tiempo: el del niño víctima -en un comienzo llega a despertarse compasión por la huérfana, y la hermana pequeña y sorda es el paradigma de la vulnerabilidad- y el del niño victimario; la idea espeluznante de que la amenaza pudiera surgir de la más límpida inocencia.
La actriz de doce años Isabelle Fuhrman es un formidable acierto de casting. Proveyendo a su personaje de una dualidad por la que parece querible de a ratos, y maliciosa y desquiciada por otros, es capaz de despertar sentimientos encontrados en la audiencia. El enfrentamiento psicológico con la madre (Vera Farmiga) que tiene lugar luego de pasada la mitad de la película es un sorprendente duelo actoral, un tour de force que mantiene la tensión ínalterada durante el resto del metraje. Hay que ver a la huérfana en los tramos finales, vestida y maquillada como una adulta e intentando seducir a su padre embriagado, en una brillante escena que es extrema en su incomodidad; la inesperada vuelta de tuerca final otorga una dimensión nueva al personaje, y descubre asimismo un doblez actoral más dentro de la imponente interpretación.
La huérfana es una agradable sorpresa, sobre todo considerando que el director español Jaume Collet-Serra tuvo una trayectoria filmográfica sumamente pobre (La casa de cera y Goal 2). Esta nueva película tiene mucho de lo que sus obras anteriores carecían; no es fácil dar con un filme tan eficaz, sólido y notablemente actuado. El cine de terror actual viene lanzando películas sorprendentes ultimamente (La niebla, Let the right one in, Sweeney Todd, entre otras) y ésta es una más de ellas.
sábado, 19 de septiembre de 2009
La soledad (Jaime Rosales, 2007)

Con cámaras que parecieran estar atornilladas al suelo, en distantes y largos planos fijos, la película aborda a personajes que entran y salen de cuadro, se abocan a sus tareas diarias o conversan entre ellos sobre asuntos mayoritariamente triviales. En reiteradas ocasiones la pantalla se encuentra dividida verticalmente en dos, enfocando sus mismas acciones desde distintos ángulos. La división de la pantalla registra a los interlocutores por separado, aún cuando se encuentran hablando frente a frente. La “polivisión”, en palabras del director, “intenta enriquecer la expresión en aquellas escenas en las que hay un conflicto que tiene que ver con la necesidad y la imposibilidad de dos personas de estar juntas.” Porque La soledad, como el cine del maestro japonés Yasujiro Ozu, es, entre otras cosas, un retrato sobre la alienación, sobre la desintegración de las familias en las sociedades modernas. Pero aunque el abordaje pueda parecer frío y distante, la contemplación de los individuos en su accionar acaba despertando empatía por los personajes, y una increíble sensación de estar formando parte en los cuadros expuestos. Y paradójicamente, las emociones surgen en el espectador sin ser reclamadas con artificios, de forma automática. Al igual que en su impactante y genial ópera prima Las horas del día, nos encontramos frente a una obra a contracorriente, arriesgada, casi suicida. Rosales, además de hacer un filme que llega a los 130 minutos, opta por utilizar actores prácticamente desconocidos para los papeles, y todos ellos logran componer un cuadro de una aparente naturalidad propia de las más logradas películas de Rohmer o de la mejor tradición de las comedias francesas.
Aunque pueda sonar extraño, el sobrio abordaje a una cotidianeidad aparentemente irrelevante, acaba enfrentando al espectador a cuestiones tan trascendentes como el cáncer, la importancia del cuerpo en la subjetividad moderna, el doloroso traslado del campo a la ciudad, la separación de dos adultos con un hijo de por medio, las mezquindades familiares, el desprecio entre hermanos, el abandono de una hija a un hombre mayor y viudo, los trabajos monótonos e insatisfactorios, y, por supuesto, las tragedias desgarradoras e irreversibles, esas que estigmatizan y marcan a fuego a las personas. Porque cuando se lo propone, la película también se torna sorpresiva, penetrante y dolorosa. La soledad es un profundo drama sobre la fragilidad de la vida, y ante todo, una película deslumbrante.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Chocolate (Prachya Pinkaew, 2008)
Zen es una adolescente diminuta y escuálida, desaliñada e introvertida, que tiene una deficiencia mental que la acerca al autismo. Pero también tiene habilidades especiales, sentidos hiperdesarrollados, reflejos prodigiosos, una velocidad inconcebible y una capacidad única de aprehender técnicas marciales con sólo observarlas. Junto a su sobrealimentado primo Len comienza a hacer exhibiciones callejeras, donde ataja objetos arrojados desde varias direcciones al mismo tiempo. Pero cuando a su madre le diagnostican cáncer, ambos deben cambiar la estrategia para obtener dinero y hacerse de los costosos medicamentos. Len descubre un cuaderno que especifica quién le debe a su tía por su antiguo trabajo en la mafia tailandesa, y ambos salen a exigirle a varios grupos de maleantes que salden sus deudas. Como no podía ser de otra manera, en todos los casos reciben negativas, y por ello Zen debe despachar a decenas de ellos, en catárticas golpizas generales.
La actriz Jee-ja Yanin es un hallazgo total. De veinticuatro años, parece que tuviera catorce, pero además el arduo papel le calza a la perfección, logrando un personaje querible e implacable al mismo tiempo. Las habilidades físicas de Jee-ja son asombrosas, y se desempeña en el estilo del muay-thai, una brutal técnica de kickboxing tailandés en la que se utilizan más que nada las rodillas, los codos, las canillas, los pies y los puños para impartir golpes paralizantes. El movimiento característico de Jee-ja consiste en asestar una rápida y poderosa patada en la espinilla justo en el momento en que el oponente está levantando la pierna para patear, y por lo general parecería estar utilizando la fuerza y la inercia de sus enemigos para infligir mayor daño. Las hazañas físicas que pueden verse en Chocolate requirieron mucho tiempo de preparación, y le insumieron a la actriz cuatro años de entrenamiento. Una toma mínima que apenas dura unos segundos muestra a la protagonista arrojando rápidamente grajeas de chocolate hacia su propia muñeca; allí rebotan y van a parar directamente a su boca. La proeza está concebida sin efectos y puede recordar a aquellos esmeradísimos logros cinéticos que pergeñaba Buster Keaton. Chocolate es de esas películas donde importa mucho la forma y poco el contenido, donde las coreografías y los cuerpos en movimiento definen el espectáculo. En este sentido pocos podrían hablar de ella como de una obra mayor, pero sí de una excelente película de artes marciales.
El director tailandés Prachya Pinkaew llamó la atención con su éxito Ong-bak, en el que introducía al hasta entonces desconocido artista marcial Tony Jaa. Aquella película dio a conocer mundialmente al cine de acción tailandés, y sugería que el epicentro de las artes marciales dejaba de ser Hong-kong y comenzaba a situarse en Bangkok. Desde los títulos promocionales Ong-bak se jactó de estar filmada “sin dobles de riesgo, sin efectos de CGI y sin cables”, también destapó el talento del coreógrafo Panna Rittikrai, quien demostró una notable capacidad para integrar las peleas a la distribución espacial de los objetos. En Chocolate, como en las mejores películas de Jackie Chan, la protagonista utiliza cualquier intersticio para escabullirse, y se arma de lo que venga que encuentre en su entorno. Un caño, unos cables sueltos, armarios y hasta ganchos de carnicero pueden ser armas circunstanciales para sus feroces contiendas.
El problema de aquella Ong-bak es que carecía de una historia mínima y de un personaje que pudiera sostener la película sobre sus hombros. Es cierto que tuvo momentos notables, pero eran sólo fuegos de artificio que se perdían en una obra insustancial, carente de unidad. Por más buen artista marcial que sea Tony Jaa, de momento no ha demostrado tener el carisma de un Bruce Lee, Jet Li o Jackie Chan, y es algo que sí posee esta pequeña Jee-ja, una de las razones principales por la que el director Prachya Pinkaew haya logrado en Chocolate la mejor película de su carrera.
Publicada en Brecha 11/9/2009
viernes, 4 de septiembre de 2009
Sobre el nuevo cine indio

India es el país que más cine produce en el mundo. Con un lanzamiento anual de mil cien películas, duplica con creces la producción de la industria estadounidense, que apenas llega hoy a las quinientas. Es que cuenta con múltiples ventajas; un público cinéfilo masivo e inabarcable –se calcula que en el país acuden a diario 14 millones de espectadores- salas que comienzan a proyectar a las diez y media de la mañana, y entradas que apenas cuestan unas monedas (diecisiete céntimos de euro en muchos sitios). No debe olvidarse que se trata del séptimo país más grande del mundo y que su población supera los mil millones de habitantes; las salas, repartidas a lo largo y ancho del subcontinente, superan las 11 mil. Allí, el cine sigue siendo concebido como un verdadero espectáculo popular.
Un fenómeno de estas magnitudes ha sido prácticamente ninguneado y desmerecido por la crítica occidental. Llámese negligencia, pereza o desinterés, la indiferencia no es justificable, sobre todo considerando la calidad de muchas de las obras que allí son pergeñadas. Sí puede comprenderse cierto rechazo instintivo por parte de muchos especialistas, ya que para ver y disfrutar del cine indio es necesario echar por tierra unos cuantos preconceptos y valoraciones presentes en los espectadores occidentales.
Tómalo o déjalo
Porque al principio puede costar acostumbrarse al colorido refulgente que predomina; a la exagerada gesticulación de los actores; a las cámaras lentas y a las tomas grandilocuentes que bordean la cursilería y la estética publicitaria. Los personajes casi siempre pisan los estereotipos, dicen lo que piensan y hacen lo que dicen, rehuyendo a los matices y a la densidad psicológica; los malos suelen ser malísimos, las tramas se subrayan y a menudo son predecibles, se pisan frecuentemente lugares comunes y el largo de las películas supera tranquilamente las tres horas. Por lo general, a mitad del metraje aparece una pausa intermedia que divide la película en dos, para que el público tome un descanso y estire las piernas. Es por todas estas razones que muchos pueden creer que el cine indio es una desmesurada pérdida de tiempo, una materia innecesaria, algo que no merece la atención. Pero no podrían estar más equivocados, y quienes opten por entrar a este mundo podrán descubrir experiencias envolventes, frescas y edificantes, únicas en su especie.
Acción, thriller, comedia, melodrama, romance, musical, drama familiar o histórico, fantasía, cine de aventuras. Todos estos títulos genéricos describen gran parte del cine indio, y hasta pueden confluir en una misma película, normalmente con tramas lineales y sencillas, de envidiable clasicismo. Tan extraña mezcolanza redunda en el género cinematográfico indio por excelencia: el masala. El término no podía ser más apropiado, refiere a una combinación local de diferentes especias, que aporta a la comida gustos y aromas característicos.
Quizá lo más llamativo para el espectador foráneo -y uno de los puntos sobresalientes del cine indio actual- sean sus luminosos números musicales, que surgen en medio de la trama y pueden llegar a siete u ocho en una misma película. Con total naturalidad y como si fuese lo más normal del mundo los personajes dejan lo que estén haciendo para ponerse a bailar en pegadizos despliegues coreográficos, a menudo multitudinarios, de inusitada energía. El celebrado final de Slumdog millionaire es torpe y apagado en comparación, una caricatura alejada de la intensidad propia de estos bailes. Y es que el masala es mucho más gustoso cuando está preparado por nativos.

Desarmando conceptos
El término “Bollywood” fue acuñado con cierta mala leche en la década del setenta para nombrar a la industria cinematográfica floreciente en Bombay, en el momento en que equiparó su producción anual con la de Hollywood. Hoy se utiliza erróneamente para designar a la totalidad del cine indio, cuando apenas una parte del mismo proviene de esa ciudad. Elocuente al respecto es la usual designación de las principales industrias cinematográficas del país, que se centran en filmes hablados en distintas lenguas, por ejemplo “Kollywood” se orienta al tamil, “Tollywood” al telugu y “Mollywood” al malayalam, todas estas industrias distribuyen básicamente en sus regiones específicas, y se distinguen de Bollywood por sus estilos y sus temáticas, empapadas de la cultura regional.
Tampoco es correcto designar como “cine hindú” a las películas creadas en India. El término “hindú” refiere al hinduísmo, religión mayoritaria (seguida del islam y el cristianismo), que practica un 79,8% de la población, y a su cultura. El cine hindú propiamente dicho es sólo una fracción de la totalidad generada en el país.
No es cierto que en el cine indio no haya besos. Sí es verdad que existe una censura gubernamental que impide que se estrenen películas en donde se haga explícito el más mínimo roce de labios o de lenguas, pero lo cierto es que sí hay parejas besándose, y de qué manera. Décadas de censura han sido útiles para que los directores hayan ideado toda clase de ocultamientos, donde no pueden verse labios en contacto pero sí otras cosas. Besos en el cuello y en el cuerpo, frotamientos varios, besos en la boca consumados sin el enfoque directo de la cámara –a veces el cuello o el pelo de alguno de los implicados tapa casualmente el detalle-. El resultado es que los cineastas indios han desarrollado estrategias de seducción como pocos, muchas veces dentro de los mismo bailes, en un juego erótico excepcional. Otro recurso reiterado por muchos cineastas es el del “sari mojado” por el cual la chica, correctamente vestida, permite vislumbrar sus curvas con la seda pegada al cuerpo.
Otro lugar común que debe ser descartado es aquel por el cual se dice que estas películas siempre terminan en finales felices. No es así. Por ejemplo, el final de Don es sumamente inesperado y rompe con lo que el público masivo esperaría. Lejos de ser felices, Devdas, Asoka o la brillante Kal ho naa ho culminan en las apoteósicas muertes de personajes primordiales.
Y no todo el cine indio es pergeñado en las grandes industrias. También hay cine independiente y de autor, documentales, animación y hasta cine experimental, con irregular suerte en su difusión. Lo que puede verse en occidente es apenas un botón de muestra de la inconmensurable diversidad existente en el país.

Analfabetismo y castas
Para entender mejor el cine indio es bueno conocer algunas características del país. Debido a la variedad lingüística que existe y a los elevados costos del doblaje, las películas no suelen ser traducidas a las veintidós lenguas reconocidas por el gobierno oficial. Asimismo, la alta tasa de analfabetismo -cerca del 39% en los adultos- explica que muchos espectadores no puedan leer los subítulos y es la razón por la cual los personajes gesticulen y exageren tanto en sus actuaciones; para los ojos occidentales esto podría considerarse sobreactuación. La incomprensión del idioma también explica los subrayados y la simpleza de las tramas, concebidas para su llegada a un público que no podría ser más amplio.
La estructura jerárquica de la India es de las más férreas y cerradas que se conocen. La desigualdad social está marcada por las castas a las que pertenece cada habitante, grupos sociales estáticos y cerrados segregados por ocupaciones y de los que difícilmente se puede salir. Este sistema existe en la India desde aproximadamente 3000 años, y aunque fue abolido por la constitución hace más de medio siglo, está fuertemente ligado a la cultura del hinduísmo y en los hechos sigue manteniéndose como un lastre ancestral. El matrimonio entre integrantes de distintas castas es un crimen intolerable para ciertos fanáticos y aún hoy suele ser castigado con el linchamiento en algunas zonas.
Los dalits no pertenecen a ninguna casta, son considerados intocables y viven prácticamente en la esclavitud, y cerca de 170 millones de indios entran en la categoría. En los hechos, viven la discriminación racial más que nadie, se los excluye en su vida social y religiosa y se les niega el acceso a la salud y a la educación. Hasta están impedidos de realizar los oficios más humildes, y sus reclamos no suelen ser escuchados por las autoridades. Esta realidad puede verse reflejada en el cine. En ese sentido, la problemática de las castas es omnipresente: el choque entre tradición y modernidad, la rebeldía contra férreas imposiciones sociales, el natural enamoramiento entre personas de distintos credos y castas. Puede verse a este cine como un gran desestructurador social, y un poderoso difusor de la tolerancia.
Quizá lo que más puede chocar, y probablemente el punto débil de buena parte del cine indio comercial, es cierta tendencia a la ostentación de riquezas, a un encumbramiento -quizá involuntario- del consumismo y el derroche de las clases adineradas. En Kabhie kushi kabhie gham, por ejemplo, abundan imponentes contrapicados que toman a los protagonistas en cámara lenta, ostentando su belleza, sus lentes oscuros, sus ropas de marca y sus autos último modelo, en un despliegue visual que delata una ideología cuando menos desinteresada, ciertamente injusta con la amplia mayoría de los espectadores. Quizá esta faceta esté pensada como parte de un espectáculo escapista, como un bálsamo que permite olvidar temporalmente las miserias de la vida mundana.

Volver a las bases
Por su usual desempeño, los actores indios son enormemente multifacéticos. Además de actuar con la voz y con los rostros, están entrenados para actuar con todo el cuerpo, desenvolviéndose en un lenguaje expresivo rico y estimulante. También son bailarines, suelen ser excelentes comediantes y las actrices pueden contarse entre las más hermosas del mundo -sólo hace falta ver en un par de fotogramas a Aishwarya Rai, Deepika Padukone o Kajol para confirmarlo-. Por su parte, el actor Shahrukh Khan podría contarse como uno de los actores más versátiles de la actualidad (y de los más solicitados).
En un momento en que el cine dominante entrega películas compactas y de consumo rápido como si fueran embutidos, el panorama indio puede verse como un volver a las bases, como un soplo de aire fresco, por su entrega de películas ágiles y cambiantes, por su falta de miedo al ridículo y por apostar a la sencillez y a la contundencia. John Ford, David Lean, Akira Kurosawa, Quentin Tarantino y Hayao Miyazaki parecen compartir con el mejor cine indio ese espíritu por el cual una propuesta cinematográfica es un espectáculo para vivir y para sumergir en él todos los sentidos, más que para visitar brevemente.
Recomendados

En 1983, durante la ocupación inglesa, los habitantes de un pueblo asediado por la sequía se niegan a pagar el abusivo impuesto de cosecha de lagaan que exige un oficial británico zonal. Las partes llegan a un acuerdo: si los habitantes de la aldea logran ganarle al cricket a un equipo inglés son eximidos del pago, pero si pierden deben pagar el triple. Drama social, aventura, romance y musical, en un espectáculo que respira un aire de libertad y clasicismo que recuerda al mismísimo cine de John Ford.

La que durante sus primeros tramos podría parecer una comedia torpe y superficial alcanza más adelante un dramatismo y una intensidad inusitados. Una familia india radicada en Nueva York es visitada por un extraño personaje, que cambia sus vidas para bien. Pero el visitante dejará asomar más adelante un secreto insospechado, y también la misma familia. Un masala melodramático como pocos, una obra que a su vez logra arrancar carcajadas y torrentes de lágrimas. Pasados los arduos primeros treinta minutos se vuelve maravillosa.

Don es la mano derecha del líder del narcotráfico Malayo. Se lo conoce por su violento carácter, por su falta de escrúpulos para los negocios, por su poder previsor y su inteligencia desmesurada. Un día cae en manos de su feroz archienemigo de narcóticos, quien lo secuestra y coloca en su lugar a un doble exacto, con la misión de infiltrarse y desmantelar el cártel. Una divertida historia de mafias con mucha acción, vueltas de tuerca que no se las espera nadie y la presencia impagable de Shahrukh Khan en un doble papel. Tiene un par de bailes callejeros que son lo máximo.

Un incomprendido niño disléxico es maltratado por sus padres, sus maestros y su grupo de pares, destruyéndose su autoestima, siendo amputadas sus posibilidades de crecer. Alejado de su familia, en un estricto internado le va peor, llegando a una situación de casi-autismo. Un profesor de arte logrará comprenderlo, y ver en él sus habilidades ocultas. El actor protagonista Aamir Khan (Lagaan) dirige por primera y única vez, logrando una muy emotiva y efectiva obra.

En la India contemporánea, una dinastía real ya no gobierna más, aunque vive en un fuerte inmenso. El viejo y casi ciego guardia real, Eklavya, sigue el legado de sus antepasados y protege con su vida a la fortaleza, a la dinastía y al rey. Fiel a su dharma, su ley natural y su conducta adecuada, corre el riesgo de causar grandes daños a sus seres queridos. Un drama imponente y brillantemente actuado, que además llama la atención por ser corta en comparación con otras películas indias. Apenas dura 105 minutos.

La directora Farah Khan es coreógrafa desde hace más de quince años, y entre otras ideó los excepcionales bailes de Don, Kabhie kushi kabhie gham y Kal ho naa ho. Om shanti om es un taquillazo merecido, un exabrupto de vitalidad y energía, de esos que dan ganas de levantarse de la butaca y ponerse a bailar. Parodia a la industria del cine, historia de reencarnaciones y venganza, tortuoso romance de tintes shakespearianos. Puede chocar un poco al comienzo, pero superado el empalagamiento inicial se convierte en algo adictivo.

Es lógico que surja una película de este tipo, ahora que India se alza como potencia mundial. Épica histórica monumental, de despliegues visuales increíbles, grandes actuaciones y decorados y vestimentas suntuosas, en el contexto del reinado de Akbar el grande, en el Siglo XV. Es inevitable la comparación con Héroe de Zhang Yimou, ya que se hace una clara exaltación del imperialismo, con un personaje heroico abocado a la unificación de las tierras y las culturas del hindustán. Pero como las obras de Zhang, la película es enormemente disfrutable.
Publicado en Revista Dossier, setiembre de 2009.
viernes, 28 de agosto de 2009
G.I. Joe, el origen de Cobra (GI Joe: Rise of Cobra, Stephen Sommers, 2009)

No da ni para enojarse. El que avisa no traiciona y esta película nunca se presentó como algo más que el tanque descerebrado que es. El público que no es muy afín a la lógica de acción permanente más explosiones cada cinco minutos más comandos militares arrojados a una audaz misión por salvar al mundo, ya se habría distanciado inmediatamente al ver los avisos promocionales, posters o sinopsis. Tampoco se podía esperar algo bueno de Stephen Sommers (La momia, La momia 2, Van Helsing) un director cuya pasión por los efectos especiales parece ser directamente proporcional a su incapacidad de crear personajes o entramados atractivos.
Pero sí podía aspirarse a que en los llanos estereotipos que pueblan esta película existiera algún elemento que sirviese como vehículo de identificación, que los malos intimidaran, que alguno de los buenos tuviera un poco de carisma, que el dinamismo general proveyese tensión, incomodidad o sorpresa. Es algo que no ocurre, y ni siquiera hay una línea de diálogo aguda, medianamente graciosa o que trascienda a los lugares comunes más repetidos. A la manera de Lost, se introdujeron varios flashbacks en los que se habla del pasado de alguno de los personajes, pero es algo que apenas sirve para establecer alguna conexión entre buenos y malos, para demostrar que los antagonistas ya se conocían de antes; no agregan densidad a los perfiles ni aportan información relevante. Por fortuna el montaje utilizado por Sommers no es tan fragmentado como podría ser por ejemplo el de Michael Bay, y los elementos involucrados en los tramos de mayor dinamismo se diferencian bien, lográndose alguna escena de acción decente. Un fragmento de unos cinco minutos de destrucción constante a través de las calles de París es quizá lo único que podría rescatarse de esta película.
Se apela permanentemente a la fascinación que puede provocar la introducción de tecnologías orientadas a mecanismos de espionaje y destrucción, y su aplicación contra los terroristas malos, que están perfectamente equipados y han desarrollado un armamento paralelo con similar eficacia. El comando de agentes buenos se muestra como un organismo que desarrolla e integra a la perfección inteligencia, fuerza física y tecnología, y que logra aplicar esos recursos para triunfar sobre el mal a duras penas, por cuestión de milímetros o nanosegundos. Tan pero tan eficaz es el comando, que logra detectar el plan de los malos, elaborar estrategias de acción y desplegarlas con precisión en un abrir y cerrar de ojos; una constante que se repite en muchísimas superproducciones mainstream actuales (Transformers, El reino, incluso la saga Bourne) que muestran en un desempeño ejemplar, fluido y perfectamente coordinado a subdivisiones de la CIA, el FBI o las fuerzas armadas de los Estados Unidos.
Pueden leerse en internet cientos de elogios que se centran en la calidad de los efectos especiales, lo que indica que la película podría funcionar si se pensara como mero fuego de artificio. Una obra diseñada para encandilar en el momento que se ve, pero que se olvida en el preciso instante en que uno atraviesa la puerta de salida de la sala de cine.
Publicado en Brecha el 28/8/2009
jueves, 20 de agosto de 2009
¿Qué pasó ayer? (The hangover, Todd Phillips, 2009)

La premisa básica de ¿Qué pasó anoche? es irresistible. Un trío de amigos, luego de una despedida de soltero en Las Vegas, despierta descubriendo una cantidad de situaciones inexplicables, y ninguno de ellos recuerda nada de lo sucedido la noche anterior. Uno tiene un diente de menos, en la habitación de hotel en que se alojan encuentran una gallina, un sillón prendido fuego, también hay un bebé, un tigre en el baño y uno de los integrantes del grupo ha desaparecido. Luego salen a luz otros elementos, reflejo de un radical descontrol: uno de ellos se casó con una stripper, son reconocidos por nuevas y desconocidas amistades –también por unos cuantos enemigos acérrimos- y tienen en su poder, en lugar de su auto, una patrulla de policía.
Lo que en otras películas suele ser abordado como clímax o como sustento elemental (en Fear and loathing in Las vegas, por ejemplo) aquí se encuentra sabiamente soslayado. Como en Reservoir dogs, las circunstancias que desencadenan la trama, la más desaforada acción no se muestra nunca, y se ofrece un recorrido de reconstrucción por el cual el espectador logrará hacerse de una idea parcial –nunca total, y eso es un acierto notable- de lo que sucedió anteriormente.
Y por fortuna no se trata de un catálogo de excesos, un desparpajo donde la irreverencia más alevosa e infantil se impone. Por el contrario, se evita la estupidez escatológica presente en buena parte de las comedias norteamericanas actuales, y la gran elipsis permite inducir el desacato y que el espectador lo nutra con su propia subjetividad, en lugar de presenciarlo directamente. Tampoco se trata solamente de una sumatoria de sketches, los elementos de tensión están bien introducidos –las distintas amenazas que se ciernen sobre los protagonistas, el tiempo que los limita- y las sorpresas aparecen dosificadas y agregan empuje a la narración.
El formidable guión reúne varios de los elementos más atractivos de distintos géneros: del thriller, la trama detectivesca por la cual se van hilvanando respuestas a partir de pistas e indicios desperdigados; de la road movie el viaje como liberación y como crecimiento emocional y subjetivo; de las buddy movies, la irreverencia y la catarsis fundada en la ruptura de reglas de buena conducta. Llaman particularmente la atención los más bien desconocidos actores principales –en especial los brillantes Zack Galifianakis y Ed Helms en su interpretación de individuos limitados, simpáticos y medio psicópatas- y por supuesto el director Todd Phillips, del que aquí se conocieron Road trip y su más bien intrascendente Starsky y Hutch. ¿Qué pasó anoche? es una obra luminosa, enérgica a más no poder; la mejor comedia que este cronista ha visto en años. Es verdad que cerca del final tiene algún lugar común que se ve venir y podría haberse evitado, pero es apenas una fisura intrascendente, que no podría opacar una película tan divertida.
Publicado en Brecha el 21/8/2009
sábado, 15 de agosto de 2009
La piedra mágica (Shorts, Robert Rodríguez, 2009)

Y cabe suponer que Tarantino estuvo demasiado ocupado dirigiendo y promocionando su Inglorious basterds ultimamente como para darle una mano a su amigo Rodríguez, ya que La piedra mágica es de las peores películas que ha realizado el director mexicano hasta el momento -lo que es lo mismo que decir que probablemente sea una de las peores películas del año-.
Cualquiera puede pensar que un filme que reúne enormes cocodrilos ambulantes, un monstruo compuesto de moco, alienígenas en miniatura, una niña que se convierte en avispa, una bebé que adquiere una inteligencia sobrenatural y un armatoste metálico que pretende dominar el mundo, no podría ser aburrida. Pero Rodríguez logró lo imposible. Olvida en primer lugar que para que una película de género funcione debe asegurarse una coherencia interna que permita especular e interactuar con ese “mundo” alternativo, que la ficción más libérrima y fantasiosa requiere reglas intrínsecas para sustentarse. En segundo lugar, y quizá más importante aún, que la identificación con un personaje suele forjarse en función a su inteligencia, u otra característica humana que lo distancie de un llano estereotipo. Los dos problemas juntos derivan en la existencia, en el guión, de una enorme cantidad de cráteres de difícil explicación; no se entiende bien por qué los usuarios de la piedra de los deseos no le piden directamente que se acaben los problemas, que los malos desaparezcan o que se transformen en ladrillos –por decir algo-. La piedra mágica es arrebatada de las manos de los diversos personajes con una facilidad inconcebible en este mundo y cualquier otro, y cabe preguntarse si no se habrán untado todos las manos con manteca, en alguna escena perdida. En el desenlace se cae en ese facilismo complaciente por el cual los malos deciden que es mejor dejar de ser malos y convertirse en buenos, sin mediar explicación alguna.
Rodríguez utiliza otra vez una estructura narrativa episódica desordenada (ya la había usado en Sin city), y de verdad cabe preguntarse para qué, ya que obstaculiza el ritmo y la fluidez. Y quizá la misma historia hubiese quedado mejor si la hubiera expuesto linealmente, sin necesidad de darle tantas vueltas.
Publicado en Brecha 16/8/2009
miércoles, 12 de agosto de 2009
Las mejores películas XXX

El enmascarado ídolo de los niños sigue convirtiéndose al bajar el sol. Véanlo en la filmación amateur de una de sus noches más calentorras.

El éxito internetístico ya tiene su secuela!!! Y nuestras osadas protagonistas se deleitan intercambiando nuevos fluidos biliares. Ideal para ver con los abuelos.
Esta arranca mas o menos, con mucha mariconada romántica, pero al rato ya empiezan a surgir los pepinos, las berenjenas, toda una huerta orgánica. Lo bueno se hace esperar.

Ricky Maravilla demuestra lo que es capaz de hacer con un botellón de viagra y un par de talentosos travestis lencerados. Ahora sabremos lo que tiene el petiso.

Divertido festejo donde traviesos animales de corral son aleccionados por sus dueños. Hay un cameo antológico de Emir Kusturica. Y el caballo tiene un desempeño fenomenal.
viernes, 17 de julio de 2009
Las mejores películas (X)

Un taquillazo merecido, un desborde de vitalidad y energía, de esos que dan ganas de levantarse de la butaca y ponerse a bailar. Parodia a la industria bollywoodense, historia de reencarnaciones y venganza, tortuoso romance con desenlace shakespeariano. Puede chocar un poco al comienzo, pero superado el empalagamiento inicial se convierte en algo adictivo.

Otra vez los Dardenne transitando terrenos escabrosos. El comercio de nacionalidades coloca a una joven albanesa en una situación espeluznante, que le dejará impensadas secuelas psicológicas. Una suma de escenas incómodas y giros desconcertantes, filmados con la inigualable maestría de los directores belgas.

Durante la ocupación inglesa, los habitantes de un pueblo asediado por la sequía se niegan a pagar el abusivo impuesto de cosecha de lagaan que exige un oficial británico zonal. Las partes llegan a un acuerdo: si los habitantes de la aldea logran ganarle al cricket a un equipo inglés son eximidos del pago, pero si pierden deben pagar el triple. Un grandísimo espectáculo que respira un aire de libertad y clasicismo semejante al del mismísimo John Ford.

Narcotraficante violento e inescrupuloso cae en manos de su archienemigo de narcóticos, quien pone en su lugar a un doble idéntico para infiltrarse y desmantelar su cártel. Un divertido thriller policial con mucha acción, vueltas de tuerca que no se las espera nadie y la presencia impagable de Shahrukh Khan en un doble papel. Tiene un par de bailes callejeros que son lo máximo.

Desencuentros varios entre turcos y alemanes, que circulan por ambos países. Vital, entretenida y trágica, una peli que da cuentas de varias situaciones sociales al mismo tiempo. El turco Fatih Akin, el mismo que hizo aquella Contra la pared se confirma como un buen director a tener en cuenta. No hay que perderlo de vista.

El detective retirado del título está maaal de la cabeza. Y tiene poderes. Luego de un tiempo sin ejercer, se vuelven a requerir sus servicios para que haga frente a un complicado caso de dos policías y una pistola, en misteriosas circunstancias. Johnny To vuelve a las tramas policiales, con una historia que te vuelve incondicional desde el primer minuto.

Es increíble, pero creo que es la primera vez que recomiendo una película uruguaya en este sitio. Una historia llana y sencilla, abordada con particular sensibilidad, sobre un guardia de seguridad que se enamora de una cajera de supermercado. O un voyeur que aspira a dejar de serlo. Creo que los uruguayos quedan mucho mejor representados en 25 Watts o en esta peli que en Whisky, por ejemplo.

Una de artes marciales, y en ese registro tan corpóreo y bestia del muay-thai. La actriz Jee-ja Yanin es un hallazgo total, tenía veinticuatro años cuando filmó la peli, pero parece que tuviera catorce. Y la historia no está mal, hay buenos personajes y hasta un guión que engancha, algo insólito para el género.

Una simple historia romántica se convirtió en obra maestra gracias a la sensibilidad y a la notable orquestación de uno de los más grandes directores de comedias jamás. Personajes maravillosos, el ritmo perfecto, una trama de enredos con las dosis debidas de injusticias y malos entendidos, más algún apunte social solapado. Como dice el amigo Josep, una peli de esas que ya no se hacen.
lunes, 13 de julio de 2009
No hay gripe porcina

Yo, Marta Carretero, DNI 5401068, me responsabilizo de esta carta recibida de una médica amiga, la cual me solicita difundir para que la población conozca la realidad. Ella trabaja desde hace varios años en un hospital del conurbano bonaerense.
Mi e-mail es: martacarreterotl@gmail.com.ar
Quiero que sepas la verdad sobre esta epidemia. Yo he vivido este tipo de epidemias invernales, varias veces en mi vida de médica, pero esta vez vino precedida de una gran movida, que ha sido fogoneada desde las mas altas esferas del poder mundial, entre ellas de la OMS. Vaya uno a saber con que propósitos. Seguramente serán económicos. El virus de la influenza, cambia, o muta cada tanto, generalmente todos los años. Y esta mutación aparece casi siempre en el hemisferio norte, y luego viene para aquí. Ataca a toda la población hasta que todo el mundo se inmuniza, y luego debe adquirir otra forma, para volver a atacar a la misma población. Este es un virus nuevo, no más agresivo, sino más contagioso, o más penetrante decimos nosotros, o sea que cuando ataca, afecta a un porcentaje muy alto de la población. Este, es de muy fácil y rápida contagiosidad. El virus, no bien llego a Argentina, no tardó más de 1 mes en afectar a todo el conurbano bonaerense. De hecho, a mí y a mi hija, ya nos afectó, y a mi gente de mi hospital atacó al 40 %. El virus deja bajas tus defensas, y si no te cuidaste o tenes bajas defensas por problemas preexistentes, o porque sos un indigente o desnutrido, serás vulnerable a las bacterias que existen en toda poblacion sana, dentro de los que llamamos portadores sanos, y que a raiz de la inmunodepresión que produce este virus en la población, también aparecen en el medio ambiente. Estos agentes patógenos, si, te van a enfermar. Y la persona que padeció gripe y luego persiste con problemas o se le agregan otros, debe consultar rapidamente, porque sino su estado se agravará. Y si vos sos pobre y tenes un sistema de salud, colapsado, por el invierno, por la propaganda mediática, y porque a los gobiernos no les importa un carajo la salud de los pobres, entonces estarás en serios problemas, porque no accederás rapidamente al médico. Por lo tanto llegarás a la atención cuando tu familia te lleve casi en coma. Eso es lo que está pasando hoy, la gente no se esta muriendo de gripe, se está muriendo de neumonias, porque no hizo reposo, porque debió seguir trabajando, porque sino lo echaban, y luego fue al médico y no lo atendieron porque no había turno, y luego fue al hospital y tampoco, porque tenían muchos enfermos graves, y cuando llegó su turno, estaba muy grave, y no hay médicos, ni enfermeros, porque nadie previó esto.
Y tampoco habrá respiradores, y lo tendrán que trasladar a cientos de km, donde hay terapista, y respirador, y bueno...ya será tarde.
Sino me entendiste algo, te lo explico otra vez de otra manera, pero quiero que entiendas, que no hay gripe porcina, que lo que hay es una gripe común, con gente carenciada en un sistema de salud pública a la deriva.
Me gustaría que lo retransmitas para que la gente no ande tan loca, y que se cuide, como debemos cuidarnos cuando tenemos gripe. Con reposo, y listo. Y ante la menor duda consultar temprano al medico...si lo encuentra.
viernes, 26 de junio de 2009
Los cronocrímenes (Nacho Vigalondo, 2007)

Vigalondo ejemplifica como nadie esta joven usurpación a los géneros. Ávido lector de cómics y novelas, ingenioso blogger, cinéfilo y cultor de series televisivas, el director ya había cimentado cierta fama local con inteligentísimos cortometrajes, los cuales se caracterizan por ser obras de notable economía narrativa y de recursos. En las tres partes de Código 7 demostró que tan sólo un actor, tres planos y una cafetera son suficientes para filmar una entretenida y original historia de ciencia ficción. También son muy divertidos Choque, Cambiar el mundo, Domingo y por supuesto, A las 7:35 de la mañana, un insólito musical que le valió una nominación al oscar. En Lección de cine Vigalondo da, frente a cámaras, una impagable y amena enseñanza, de visión esencial para estudiantes de cine. Por fortuna, todos estos cortos se encuentran a disposición en youtube.
Los cronocrímenes se interna con total frescura y desparpajo en la temática paradójica por excelencia: los viajes en el tiempo. No cualquiera podía hacer una película de este tipo y salir bien parado, para ello es necesario un guión elaborado y pensado en detalle, de una coherencia interna infranqueable, a prueba de balas. La más pequeña fisura podría ser objeto de despiadadas burlas por parte de la audiencia y sobre todo de los internautas, un ejército capaz de sepultar una película utilizando la mejor de las armas: el sentido común. La historia trata sobre un hombre que accidentalmente va a parar a una máquina del tiempo que lo lleva a poco más de una hora al pasado. Allí debe cuidarse de que su otro yo no lo vea, y asimismo propiciar la situación que lo llevó originalmente a la máquina. Pero todo le sale mal, y debe viajar en el tiempo otra vez para enmendar sus errores. Así la película se convierte en una pesadilla temporal, un juego borgiano de espejos, una espiral maldita que parece incrementar el daño que el protagonista se causa a sí mismo y a otros.
Como buena parte de los cineastas nombrados, Vigalondo logra unificar dos vertientes claras y diferenciables: la del cine de géneros norteamericano y la del cine de autor europeo. De la primera se vale de premisas básicas; la base argumental de ciencia ficción, el espiritu derrotista típico del noir, la trama persecutoria del thriller, y un ícono corpóreo distintivo -una momia de vendas rosadas- más una ambientación amenazante propios del terror. Del cine de autor, el uso de caracteres dotados de una psicología cercana e intuible, su confianza en la inteligencia del espectador y en el poder de sugerencia de los pequeños detalles. Se trata de un cine que llama a la reflexión a la vez que entretiene, que es grave y serio y al mismo tiempo no lo es, que basa su atractivo en un guión irresistible capaz de sacudir y obligar al espectador a una adhesión incondicional. El director a dicho de su película que es poco más que un “ejercicio masturbatorio”. De ser así, ojalá Vigalondo siga perseverante en sus pajas, por mucho tiempo más.
Publicado en Brecha 25/6/2009
sábado, 20 de junio de 2009
Star trek (J. J. Abrams, 2009)

El productor, director y guionista J. J. Abrams (Lost, Alias, Felicity) ya es un experto en dilatar series -hay que ver todas las vueltas innecesarias que ha dado Lost ultimamente- y supo aportar a esta primera entrega varios de los elementos que desarrolla mejor. El primero, y el más importante para esta clase de películas, la construcción de personajes. Se priorizó este aspecto sobre muchos otros, con un atractivo delineamiento de media docena de secundarios que seguramente será profundizado más adelante, y cierto énfasis volcado en la contrucción de los perfiles de Kirk y el Sr. Spock. Como en Lost, se muestran fragmentos de su pasado, las relaciones con sus padres y cómo ellas determinan sus formas de ser. Para más concomitancias, hay viajes en el tiempo, un incipiente triángulo amoroso y un conflicto y una notable tensión entre los dos principales caracteres, representando uno la discreción racional y el otro el arrojo instintivo.
Es también marca de Abrams el ingenio volcado en la idea fuerza de la película, donde se logró justificar mediante realidades paralelas la existencia de dos sagas distintas -la clásica y ésta nueva- sin que exista una contradicción y para que pueda operarse con relativa libertad a la hora de crear un universo alternativo, repleto de aventuras nuevas. Asimismo, la confianza en la inteligencia del espectador para que siga la intrincada trama y un sentido del humor constante y efectivo son puntos igual de fuertes, así como el haber evitado la solemnidad en la que suelen caer este tipo de superproducciones. Especialmente atractivo es el personaje de Kirk, un joven irreverente, transgresor y desafiante que a su vez propicia una veintena de chistes buenísimos, entre los cuales causa particular gracia la forma en que logra desempeñarse dentro de un simulador espacial de la academia de la Flota Estelar.
A lo mejor puede sobrar alguna escena: la aparición de un par de monstruos en un planeta inhóspito parece estar puesta sólo para cubrir la cuota de bichos alienígenas requerida por un blockbuster de aventuras intergalácticas. Las escenas de acción tradicionales -los combates cuerpo a cuerpo, los tiroteos- dejan bastante que desear y están concebidas con un montaje atropellado y bastante caótico, pero por fortuna son cortas y más bien escasas.
En definitiva, se trata de una sólida primera parte de algo que promete seguir por mucho tiempo más. Mientras se siga manteniendo este buen nivel, bienvenidas sean las secuelas, los viajes en el tiempo y el interrelacionamiento sideral.
jueves, 18 de junio de 2009
Up (Pete Docter, 2009)

La historia plasma la fantasía adulta de evadirse de la realidad cuando se vuelve intolerable, y qué mejor idea que la de remontar vuelo con la casa propia y huir hacia tierras remotas. Curiosamente, el protagonista de esta aventura es un viejo malhumorado y gruñón de 78 años, un individuo que, como el Eastwood de Gran Torino, se vuelve querible al poco tiempo de verlo. La introducción al personaje no podía ser mejor, cinco minutos adorables y carentes de diálogos que muestran algunos fragmentos de su vida, sellados finalmente con una tragedia desoladora. Pixar está logrando presentar personajes particularmente atractivos con apenas un par de trazos, y ese es uno de los principales méritos que cabe señalar de Up. Con muy poca información la película nos da la pauta para comprender los intereses particulares de cinco personajes principales, así como los problemas que acarrea cada uno. Uno de ellos es un pájaro gigante prácticamente inexpresivo que hace apariciones fugaces y apenas emite unos sonidos, pero que está tan inteligentemente concebido que la adhesión se vuelve irresistible. Otro es el villano, un tipo amable aunque paranoico que carga con una obsesión vital que choca frontalmente con las intenciones de los protagonistas, convirtiéndolo en un demonio intratable y sumamente peligroso.
Sí se echa en falta un mayor vuelo en las escenas de acción, algo que suele estar presente en las mejores películas de Pixar. Si bien es cierto que existe una solidez envidiable en la construcción de personajes y en el factor emocional, como película de aventuras queda algo limitada. No se explotan demasiado las posibilidades que puede dar una casa voladora -compárese con El increíble castillo vagabundo, por ejemplo- y las secuencias de mayor tensión –cuando la casa vuela en medio de una tormenta, la persecusión a los protagonistas por una manada de perros, el enfrentamiento final- se resuelven con sencillez y demasiado pronto.
Todas las obras de Pixar son superiores a la media de la animación estadounidense y, como no podía ser de otra forma, Up es un notable y emotivo entretenimiento que deja un puñado de fragmentos para el recuerdo. Sin llegar al nivel de las mejores (Toy Story 1 y 2, Buscando a Nemo, Los increíbles, Wall-E) ni equipararse a las más flojas (Bichos, Cars), la película se coloca cómodamente en un término medio de la escala pixariana. No es un mérito menor.
Publicado en Brecha el 12/6/2009
domingo, 14 de junio de 2009
30 K

Gracias a Josep, a Oldboy, a Jesus, a Lonnie, a Juniper, a Babel, a Gerardo H, a Maxi y al Bocha, a Andrés, al siempre enérgico Ad Ayin, gracias a Boselli, a Lorbada, a Marcbranches, a Troncha, a DVD, a Manu, a Hernán, a Liliana, a JP Bango, a Yorgos, a Ariel Luque, a Sigmur, a Carles. Gracias a los que sin dudas estoy olvidando, y no porque sean menos importantes. Gracias a los que sé que me leen y nunca comentan, como los ilustrísimos Sergio Vargas, Jorge-Mauro De Pedro y Beíta Martínez. Gracias mil, son todo. Gracias a mis viejos, que este debe ser el veintiúnico blog que visitan asiduamente.
Y gracias a Sole y Sofi, por aguantarme a diario y por no leerme porque para ellas no es necesario.
Este sitio tiene muchísima más guerra para dar. Disparen que aguanto, y miren que no paro hasta las 300 mil. Un inmenso abrazo de oso de las cavernas para todos.
jueves, 11 de junio de 2009
Terminator: La salvación (Terminator salvation, McG, 2009)

Es llamativo que la saga de Terminator haya mantenido una constante dignidad conforme pasan los años, y que no se haya perdido aún habiendo llegado a su cuarta entrega. No tanta suerte corrieron unas cuantas películas mainstream que fueron revisitadas paralelamente como Aliens, Depredador, Indiana Jones o Arma mortal, y que fueron devaluándose hasta tocar niveles subterráneos. Esta cuarta película surge veinticinco años después (!) de la primera Terminator, y acierta en no repetir otra vez la estructura narrativa que caracterizó a las entregas precedentes. Ya no tenemos a un par de enviados del futuro, bueno y malo que llegan con misiones relativas a una guerra futurista entre humanos y máquinas, sino que la acción ya se sitúa de lleno en ese mundo posapocalíptico que se había visto en pequeños flashes. Ya estamos en medio de una atroz contienda donde los últimos restos de la humanidad luchan a brazo partido por su supervivencia.
Así la película cubre lo que todo fanático quiere ver: mucha acción, una trama atrayente y tensa, y cierta coherencia interna y respeto por los lineamientos impuestos. Las escenas de acción no apelan al montaje atropellado y berreta que tanto se utiliza en Hollywood -en Transformers por ejemplo era imposible saber qué cuernos estaba ocurriendo- en todo momento se entiende bien como se compone el dinamismo en cuestión y la cámara siempre propone una cercanía con el personaje implicado, lo que facilita el involucramiento. Existen variaciones sumamente atractivas de nuevos androides, como las motos terminators, los hidrobots o un gigante metálico acéfalo, y cada uno de ellos tiene su lugar en la trama. Tampoco es menor que no haya una flagrante devaluación de la figura del terminator: a pesar de ser varios los que aparecen, siguen siendo durísimos de matar, y no se liquidan por decenas como ocurría con los aliens en sus últimas apariciones cinematográficas.
Incluso se ha respetado el espíritu de las anteriores obras, y abundan los guiños y las referencias ocultas. Como en Terminator 2 se juega con la incerteza de saber quién es el malo, y es una duda que se mantiene durante buena parte del metraje, lo que mantiene la expectativa durante todo ese tiempo. Es cierto que en comparación con la primer mitad el desenlace decae bastante, y deja asomar unas cuantas fallas y huecos de guión: (el que no haya visto la película puede dejar de leer por aquí), cerca del final nos damos cuenta de que a un personaje los robots no le hacen daño porque es también uno de ellos, pero al comienzo sí lo habían atacado; una supuesta explosión nuclear apenas causa el destrozo que harían unos cartuchos de dinamita; un transplante de corazón se lleva a cabo como si nada y sin chequearse la compatibilidad del donante.
Lejos de aquellas gloriosas dos primeras entregas, Terminator: la salvación mantiene el nivel de su precedente, y ofrece sus buenas dosis de acción, intriga y maquinaria pesada. Vista más en frío podrá decirse que tampoco es la gran cosa, pero afortunadamente cumple bien su cometido.
Publicado en Brecha 12/6/2009
jueves, 4 de junio de 2009
El legado de Robert Bresson

Cuando se afirma que una película es “bressoniana” pueden estar queriéndose decir muchas cosas. Hay obras bressonianas en su temática, en su estética, en la aproximación a personajes y a objetos filmados. Quizá la característica crucial del cine de Bresson sea su particular ascetismo, el aparente distanciamiento con el que se filman y montan las escenas. La elipsis, el fuera de campo, la búsqueda de la inexpresividad en sus actores no profesionales y la persistente reticencia a utilizar artificios retóricos son los recursos que, a grandes rasgos, caracterizan la obra de Bresson.
Cuando en una película las cámaras siguen a un silencioso personaje en su deambular y su accionar cotidiano, y de ese enigmático ser el espectador no puede inferir lo que piensa o lo que pretende más que mediante la intuición, puede decirse que el filme se está valiendo de personajes bressonianos. Cuando abundan los planos detalle de objetos, de manos, de acciones manuales mínimas, o se filman planos generales de cuerpos en movimiento pero quedan cortados o fuera del cuadro los rostros, se dice que se utilizan planos bressonianos. Cuando una película radicaliza las elipsis al punto de omitir escenas de crucial importancia en el devenir de la trama, y además impone mediante el montaje bruscos e inesperados saltos temporales, está utilizando una narrativa bressoniana. Cuando una historia pretende despertar reflexiones en torno al pecado y la redención, al suicidio o el sacrificio, al determinismo y el libre albedrío, está utilizando temas bressonianos por excelencia. Es por todo esto que cineastas tan dispares y personales como Jean-Luc Godard, Krzysztof Kieslowsky o Michelangelo Antonioni dejan asomar todos ellos, sus costados bressonianos.

Claro que los hermanos Dardenne son los que más han utilizado personajes bressonianos a lo largo de su carrera. Su maravillosa Rosetta (1999) es una versión actualizada de la insuperable Mouchette (1967), en la que a una adolescente inmersa en un opresivo e insalubre entorno semirrural se la veía tan desamparada como resentida. La principal diferencia entre el estilo de los Dardenne y el de Bresson radica en los largos planos secuencia que utilizan los directores belgas, y su particular forma de acercar las cámaras a los actores. Otro importante deudor de Bresson es el cineasta maldito Bruno Dumont, quien elige corrientemente personajes toscos, cuestionables e inexpresivos, y utiliza conscientemente la sinécdoque, figura retórica por la que se pretende expresar la totalidad por una de las partes, la especie mediante el individuo.
El español Jaime Rosales es otro gran heredero del estilo del director, y su aproximación a un asesino serial en Las horas del día (2003) puede recordar sobremanera a El dinero (1983). Lo mismo podría decirse de Rodrigo Moreno y El custodio (2006), y de Lisandro Alonso y Los muertos (2004). Gus Van Sant en su faceta más autoral (Gerry (2002), Elefante (2003), Last days (2005), Paranoid Park (2007) recuerda sobremanera al Bresson de El diablo probablemente (1977), una obra incomprendida en su momento que mostraba a un joven insatisfecho durante los días previos a su suicidio. Bresson no daba explicaciones para tal desenlace –que se adelanta desde el comienzo, al igual que en Una mujer dulce (1969)- y la respuesta no parece asomarse en el recorrido que ofrece. Ni las drogas, ni el amor, la amistad, la religión o la psiquiatría logran aplacar el sufrimiento del personaje, y ninguno de esos elementos parece dar la pista de qué es lo que lo lleva a su indefectible final. Seguramente ni Bresson tenía la respuesta, y esa sensación de incertidumbre que surge de sus películas se extiende también en las mejores obras de sus herederos.

Claire Denis es fiel al espíritu bressoniano ya que también busca filmar lo que ni ella misma comprende. Como ha dicho, no aspira a dar respuestas con sus filmes, sino a abrir nuevas incógnitas. La austeridad glacial de Jarmusch o Kaurismaki debe mucho a la distancia bressoniana, y esa deuda de ambos directores conduce indefectiblemente a Stoll y Rebella, quienes solían nombrarlos como referentes directos. El detallismo milimétrico de la puesta en escena de Whisky (2004) en la que no hay lugar para ningún objeto que no cumpla una función determinada, ya sea para aportar datos o para incidir en la atmósfera general, es un rasgo en el que Bresson hacía particular incapié. El puntillismo de Lucrecia Martel respecto a la ambientación sonora, especialmente con los sonidos de fuera de cuadro, y su decisión de no incorporar más música que la diegética –es decir, que provenga de una fuente ubicable en el entorno expuesto- son rasgos comparables a los del último Bresson, quien fue acentuando esas características a lo largo de su obra. Otros que han reconocido repetidamente su deuda con el cine de Bresson, aunque quizá no permitan verlo con tanta claridad, son José Luis Guerín, Julio Medem, Victor Érice, Oliver Assayas, Laurent Cantet, Benoit Jacquot, Chantal Ackerman, Leonardo Favio y Phillippe Garrel.
La distancia, la austeridad, la sugerencia, la paradoja, la incertidumbre y el enigma; conceptos tan impopulares en el cine, son los principales atributos de la obra de Bresson. Es curioso que hoy trasciendan y se contagien a tal punto, como si fuera dándose un tardío acto de justicia. La sombra del maestro es alargada, y parece seguir expandiéndose conforme pasa el tiempo.