viernes, 15 de noviembre de 2013

Capitán Phillips (Captain Phillips, Paul Greengrass, 2013)

Una carga excesiva 

No hay caso, en Hollywood hay una creencia de que el “prestigio” cinematográfico viene de la mano de la gravedad, la seriedad y la apariencia documental. De concebir ficciones con cámaras al hombro, montajes fragmentados, escenas confusas y dinámicas, con voces superpuestas y en un registro caótico por el cual la mitad de las cosas quedan fuera del cuadro o son captadas parcialmente. Varias películas de género son revestidas con esta apariencia de objetividad impersonal y de verdad indiscutible, y ciertamente se vuelven un tanto molestas cuando se centran en hechos “históricos”, como la caza de Osama Bin Laden desplegada por Katryn Bigelow en La noche más oscura. Incluso la nueva trilogía de Batman apela rotundamente a esa gravedad impostada, que a muchos nos resulta más soporífera que otra cosa. Entre los cineastas más apegados a esta estética, se destacan sobre todo Christopher Nolan, Michael Mann y, por supuesto, el británico Paul Greengrass (Vuelo 93, Domingo sangriento, Bourne ultimátum).
En este registro de personajes rígidos y de gravísimo semblante, inmersos en situaciones hiperdialogadas, de frialdad casi burocrática y pretensiones de realismo, puede inscribirse esta película. La historia está basada en las memorias del Capitán Phillips, en las que relata sus desventuras a bordo del inmenso navío estadounidense Maersk Alabama. El buque transportaba un descomunal cargamento de contenedores con agua y alimentos para África, pero en el camino fue interceptado por una banda de piratas que lo abordaron y tomaron el control. Las cosas no salieron muy bien y culminaron en un secuestro. Entramos en el terreno de lo que a Hollywood le gusta más: el despliegue de uniformados perfectamente adiestrados, equipados, comunicados y sincronizados, con sus equipos abocados a un operativo de rescate. Más publicidad para la Armada de los Estados Unidos.
Sin embargo, Greengrass sabe lo que hace. Hay un despliegue visual ciertamente poderoso, repleto de detalles, de las características y el funcionamiento del buque, de los procedimientos tomados, incluso se acompaña a los mismos piratas y a su trabajo esclavo sobre las costas de Somalía (saquean los barcos por encargo, recibiendo tajadas mínimas). Las actuaciones son notables: se destaca especialmente el somalí Barkhar Abdi, -por primera vez frente a cámaras- como el líder pirata, y Tom Hanks convence en una interpretación absolutamente sorprendente. También hay apuntes subyacentes que llaman a la reflexión, como la cercanía a la nulidad del valor de las vidas humanas en determinadas condiciones –para el protagonista, sin ir más lejos, llevar la carga a su destino parecería más importante que salvar la vida de su tripulación–. Pero 134 minutos quizá sean excesivos considerando que hay información redundante, un final que se hace esperar demasiado –aunque cuando llega, lo haga con una fuerza inusitada– y esa frialdad burocrática que impide la identificación con los implicados.
El año pasado salió una película danesa bastante mejor llamada A hijacking, también centrada en un ataque pirata somalí a un buque de carga, con la salvedad de que la tensión era constante y la identificación con los protagonistas inevitable. La comparación vale la pena.

Publicado en Brecha el 15/11/2013

lunes, 11 de noviembre de 2013

Muerte al plato, y con tocino extra

Directo a la coronaria

En la ciudad de Chandler, Arizona, abrió en el 2005 la llamada "The heart-attack grill" (algo así como "La parrillada del ataque al corazón") caracterizada por una oferta gastronómica sumamente particular. Mucho se ha hablado de la comida chatarra en Estados Unidos, y de los graves problemas de salud acarreados por su consumo frecuente, así como se ha visto que las grandes cadenas de comida han incorporado a sus menús nuevas ofertas de líneas naturales, con ensaladas, frutas y demás para "disimular" el daño y disponer al menos la posibilidad de meterle algún alimento sano al organismo. 
Pero The heart-attack grill, ahora ubicada en Las Vegas, es exactamente lo contrario: el menú del lugar está basado en la premisa de ser lo más dañino e insalubre posible, y se promueve indisimuladamente esa máxima. Al ingresar, todos los clientes deben ponerse una bata de hospital antes de ser servidos, y las meseras, disfrazadas como sexys enfermeras en vestidos rojos provocativos, llevan estetoscopios colgados, con los que los auscultan al ingresar y apuntan las órdenes en una hoja de "prescripciones". El menú es nefasto: papas fritas cocinadas en manteca pura de cerdo, hamburguesas gruesas de cinco, seis, y hasta ocho carnes apiladas con tomate, cebolla colorada, queso americano y tocino "inalterado", es decir, con toda su grasa sin escurrir. Los panes también están recubiertos con manteca de cerdo. Entre los "servicios" que el restaurant ofrece hay una promoción por la cual los clientes que pesen más de 350 libras (casi 160 kilos) comen gratis, y los que terminan una Hamburguesa "bypass" mayor que la triple (10 mil calorías, o más), tienen el llamativo privilegio de ser trasladados hasta su auto en una silla de ruedas, empujados por una o varias de las "enfermeras". La opción de bebidas incluye la Jolt-cola, que trae el doble de cafeína que una bebida cola normal y coca-cola embotellada en México, endulzada con azúcar verdadera. También venden cigarrillos sin filtro, licor de malta y vino de la marca francesa "fat bastard". Los postres mejor ni describirlos, porque es probable que el lector ya esté empezando a sentirse mal. 
Pero esto no se termina aquí. En la página web puede verse ahora un servicio de "spanking" por el cual los clientes que no se terminan su hamburguesa son literalmente castigados por una enfermera armada de una tabla para dar nalgadas. Estas golpizas son difundidas en la web, como una forma de promoción. 
Podría pensarse que un lugar así es una bomba de tiempo y que no podría seguir mucho tiempo más con sus puertas abiertas. Pero otro dato significativo es que el restaurant elige "referentes" para publicitarse, hombres obesos que utilizan como portavoces. Uno de ellos, Blair River, murió a los 29 años de una neumonía, pesando 261 kilos. Consultado por los medios, Jon Basso, ideólogo y dueño del restaurante, dice: "no lo niego, si hubiese sido más flaco hubiera sobrevivido". Indignado, el entrevistador arremete: "se puede esgrimir el argumento de que tú usaste a este tipo en vida, y que ahora estás utilizando muy morbosamente su muerte para continuar promocionando tu restaurante", a lo que el dueño responde, "estoy absolutamente de acuerdo, y en una forma enfermiza su muerte está llevando nuestro mensaje más lejos ". Basso declara que Estados Unidos necesita una terapia de shock para curar su obesidad epidémica: "Debo de ser el único dueño de un restaurante en el mundo que está diciendo sin reparos que su comida hace mal, que te va a matar y que deberías mantenerte alejado de ella". 
Una semana después de la muerte de River, el establecimento ya tenía otro vocero mastodóntico, que relataba orgulloso: "mi cardiólogo y mi mujer me dicen que no venga a este lugar, y después de haber sobrevivido a un coma, y de haberme expuesto a varias cirugías cardíacas, todavía vengo. Disfruto mucho de las hamburguesas". Las víctimas de The heart-attack grill seguramente sean incontables, pero de algunas hay registros claros: un cliente sufrió un ataque al corazón luego de ingerir una hamburguesa triple; luego de la muerte de River, un segundo portavoz de 52 años, John Alleman, murió de un aparente ataque al corazón en una parada de ómnibus luego de salir del establecimiento. Otra mujer perdió el conocimiento en el local, mientras comía una hamburguesa doble, a la vez que bebia y fumaba. 
Una ex-anfitriona aseguró mediáticamente que Basso le habia ordenado grabar un video de un hombre que se desmayó, con la intención de explotarlo mediáticamente. Pero esto no es nada: Basso mismo apareció en Bloomberg TV en un programa televisivo exhibiendo una bolsa que, aseguraba, tenía los restos cremados de un cliente que había muerto de un repentino ataque al corazón. 
Ahora bien, ¿por qué la parrillada sigue funcionando a pesar de todo esto? Lo cierto es que Basso cumple con todos los estándares de calidad, y su restaurante tiene enormes carteles en la puerta que dicen: "Precaución: ¡Este local es malo para su salud!" y "Como puede morir antes de que cobremos el cheque, sólo aceptamos efectivo." Basso, gran cínico que está ganando mucho dinero, sabe que no le está colocando una pistola en la sien a los consumidores, que no existen leyes en el estado que puedan afectarle, y que si cerraran su local también deberían cerrar el de las grandes multinacionales que hacen exactamente lo mismo aunque con disimulo. 
Las adicciones suelen tener un componente placentero. Pero en muchos casos quizá no se trate de un placer real, sino de uno aderezado con dosis de artificio: la ilusión invocada de que hay cierto "status", "gracia", o "viveza" en arriesgarse a ese consumo. The heart-attack grill quizá sea un símil local a los deportes extremos y esa es precisamente su intención, capitalizar una pulsión de muerte y revestirla con un envoltorio atractivo. La ironía de que sea justamente Estados Unidos el país en que florezca una iniciativa de este tipo es que ¿cómo podría recriminársele a un restaurante el hecho de lucrar con la muerte cuando la industria armamentística, uno de los principales pilares de su economía, juega en el mismo terreno?

Publicado en Brecha el  8/11/2013

viernes, 8 de noviembre de 2013

La Paz (Santiago Loza, 2013)

Encontrarse a sí mismo 

 


Liso acaba de salir de un psiquiátrico. Las razones por las que estuvo allí se ignoran, y nunca podrán saberse por completo, sólo intuirse. El registro en que está filmada esta película apunta a esto: a no dar nada por cierto, a sugerir, a transmitir un clima. Pero no se trata de una atmósfera de esas que envuelven desde el primer minuto, sino que se va construyendo paulatinamente, a medida que comprendemos las razones por las que ese universo que comienza a habitar el protagonista, la casa de sus padres, es un micromundo opresivo, asfixiante. El estilo del brillante director de teatro (primero) y cineasta (en segundo lugar) bonaerense Santiago Loza es aquí cálido e intimista, pero no por ello condescendiente. 
Desde un comienzo parecería que Liso tiene todas las comodidades a las que podría aspirar: apenas sale de su confinamiento sus padres le regalan una moto, se traslada junto a ellos a una residencia con un gran jardín y piscina, no le falta dinero y hasta tiene el visto bueno de sus progenitores para continuar su vida como le apetezca. Pero Liso tiene sobre sus hombros la ardua responsabilidad de encauzar su existencia, y lo vemos visitando a su abuela y cuidándola con especial atención, aprendiendo labores de una empleada doméstica de origen boliviano, intentando reconciliarse con una ex, intentando tejer nuevos vínculos. Sin embargo el protagonista no parece pasarla bien, y sus desordenes psíquicos amenazan con desbordar, otra vez. 
Los elementos para comprender su desequilibrio no están expuestos con alevosía sino que son desplegados sutilmente, de forma que el espectador deba obrar activamente para atar los cabos dispersos en la narración. De a poco pueden llegar entenderse las razones por las que, a pesar de que los padres del protagonista son sumamente atentos, parecerían contribuir a su enfermedad psíquica. La madre, en escenas que parecen bordear lo incestuoso, busca contenerlo como si fuera un bebé, prodigándole cariños físicos casi sin tapujos; en otra escena vemos como bosqueja el rostro de su hijo cuando era un niño pequeño, como una forma de perpetuarlo en la infancia. El padre no es más beneficioso: le aconseja que se acueste con alguien, le da dinero para salir, le dice que busque trabajo, busca imponerle un camino hacia la integración social. En un intento de hacerlo descargar su ira lo lleva a prácticas de tiro, en un ejercicio que, más bien, parecería catártico para sí mismo y sus propias frustraciones. 
Muestras de una ayuda infructuosa o directamente contraproducente, ambos padres ejemplifican actitudes humanas que suelen tomarse a la hora de asistir al prójimo en situaciones adversas. Ni la contención ni el condicionamiento social forzado son vías válidas, parecería decir Loza, y propone una tercera opción para la salvación, que surge a través de la muchacha boliviana: instruir, dar a conocer, facilitar las herramientas para que el individuo se sienta útil. La ironía final de hallar “la paz” en la ciudad de La Paz subraya hasta qué punto las creencias y el sentido común de la burguesía occidental bienpensante pueden estar completamente erradas. La Paz es una película para ver y pensar varias veces, y otra de las tantas muestras de la grandeza del cine argentino reciente. 

Publicado en Brecha el 8/11/2013

martes, 5 de noviembre de 2013

La hermana (L'enfant d'en haut, Ursula Meier, 2012)

Maduración prematura


Europa tiene una gran tradición de cuadros de abandono infantil en el cine. El niño desolado de Alemania año cero, de Rossellini, la inolvidable Mouchette de Bresson, el Antoine Doinel de Los cuatrocientos golpes de Truffaut, los adolescentes callejeros de Barrio de León de Aranoa; Rosetta y El niño de la bicicleta de los Dardenne. Sería difícil quedarse con sólo una de todas estas películas. 
En todos los casos el enfoque es sumamente austero, expositivo. Como si no quisieran tomarse partidos, y si surge la identificación con los protagonistas, se permite que no ocurra como consecuencia de retóricas manidas. Las mejores películas centradas en niños no pretenden santificarlos sino mostrarlos en su dimensión más reconocible, con sus imperfecciones, sus rebeldías, sus asperezas, incluso con ciertos dobleces de crueldad o de simple inconsciencia. En este registro transita La hermana, centrada en un muchacho de doce años que desde un comienzo se ve inmerso en una rutina delictiva. Maestro del descuidismo y el camuflaje, se dirige periódicamente a una estación de ski que se encuentra en lo alto de una montaña, pasando desapercibido como otro de los usuarios de clase alta que allí frecuentan. Trabajando por encargo, el muchacho se apropia de los costosos equipamientos, ropas y accesorios que quedan a su alcance. 
No es precisamente un cuadro de pobreza como los que podemos imaginar desde una perspectiva tercermundista. El niño roba para subsistir, pero también parece alimentarse bien y vivir bajo un techo digno. En rigor, él es el proveedor en su piso, y quien sustenta a su "hermana" mayor desocupada, una bala perdida abocada al derroche de dinero, a intoxicarse y a acostarse con cuanto tipo encuentra en su camino. Este contraste da cuentas de un desnivel de responsabilidad y de una situación por la que un preadolescente se ve obligado madurar de golpe, a convertirse en un jefe de hogar. A pesar de que se subraye la distancia entre el universo de lo alto de la montaña y el que se encuentra en la ladera, el énfasis no parecería tan puesto en las condiciones económicas como en la falta de contención, y es por esta razón que la película se vuelve más contundente y significativa. La escena en que el niño le ofrece dinero a su "hermana" para que duerma con él y lo abrace, es sumamente elocuente acerca de su estado de desolación absoluta, de una lacerante ausencia de cariño físico; un factor nunca contemplado bajo medidores de pobreza, y que escapa a los números hogareños. La falta de afecto quizá sea una de las mayores dolencias (y de las más determinantes) en el desarrollo emocional y físico de un niño. 
La cineasta franco-suiza Ursula Meier (Home, Espaldas sólidas) vuelve a esbozar una historia de antihéroes y familias disfuncionales, dando cuentas de una brecha social, de mundos opuestos separados por tan sólo un viaje en teleférico. La escena en que él niño es atrapado y enviado con la basura, otra vez hacia su submundo (es llamativo que ni siquiera sea entregado a la policía) refiere a niveles de desprecio y de una sociedad que divide y compartimenta, condicionando la existencia mediante una temprana estigmatización. 

Publicado en Brecha el 1/11/13

jueves, 31 de octubre de 2013

¿Quién le teme a las Pussy Riot?

El motín inquebrantable 

Punk es la palabra que mejor podría definir a las Pussy Riot. Pero no solamente por la clase de música que interpretan sino más bien por sus modos, su accionar, su actitud frente a la vida. El sobrecogedor documental de la HBO Pussy Riot: a punk prayer, es demostrativo en este sentido. 
Las Riot se dieron a conocer mundialmente por la detención y encarcelamiento de tres de sus miembros, luego de haberse lanzado a interpretar una canción de protesta contra el gobierno de Vladimir Putin, en el altar mismo de la Catedral de Cristo Salvador, uno de los mayores símbolos de la iglesia cristiana ortodoxa. Fueron condenadas a dos años de prisión, con los cargos de vandalismo y odio religioso. Las tres apelaron y una de ellas logró salir en libertad luego de cumplir seis meses de condena. 
Las tres procesadas no son precisamente unas muchachitas inmaduras o necias. Una de ellas es programadora de computación y fotógrafa, y las otras dos, más jóvenes, estudiantes avanzadas de periodismo y filosofía respectivamente. Sus palabras son implacables, sus lenguas afiladas como navajas. Será por esta razón que en el mediático juicio -en el cual se las colocó en una jaula de vidrio- se les dejó hablar lo mínimo indispensable, y la jueza hacía lo imposible con tal de interrumpirlas o silenciarlas, aduciendo que sus palabras estaban fuera de lugar. Inquebrantables, las Riot se expidieron ante el tribunal como pudieron. Maria Alyokhina dijo: "Para mí, este "llamado juicio" no tiene status alguno. Y no les tengo miedo. No le tengo miedo a las mentiras ni a la ficción, al fraude encubierto en la sentencia de este "llamado tribunal". Porque sólo pueden quitarme esa "llamada libertad"; justo la clase de libertad que existe hoy en Rusia. Pero nadie podrá llevarse mi libertad interior." 
La banda forma parte de un colectivo artístico político llamado Voina (Guerra), que desde hace años se dedica a arrojadas performances callejeras. En un insólito video puede verse a dos de las Riot junto a otras artistas, "robando" besos a mujeres policía en las calles de Moscú, siendo luego golpeadas e insultadas por ellas. En otro, puede verse a Nadezhka Tolokónnikova, la más joven del grupo, embarazada, teniendo relaciones sexuales en el museo de Biología junto a otras parejas, en protesta por la elección de 2008 del presidente Dmitri Medvédev. Esta performance se denominó "el nacimiento de un osezno" en referencia al apellido del mandatario (medvédev significa oso).
Lo cierto es que su estilo chocó muy fuerte con el corazón ortodoxo profundo de la Rusia conservadora. Ellas se autoproclaman feministas y militantes por la diversidad sexual, y son tan sólo una de las millares de expresiones de descontento en el país, denunciantes de las injusticias y de los estrechos vínculos entre la iglesia y el Kremlin, en un estado que se autodefine como laico. Putin se expidió acerca de las condenas, declarando que el tribunal "estuvo en lo correcto a la hora de tomar la decisión porque no se puede minar la moral y los valores para destrozar el país". Él mismo afirma a diestra y siniestra que la iglesia es "un aliado natural del poder político", que “en los momentos más críticos de nuestra historia, nuestro pueblo ha vuelto a sus raíces, a la religión cristiana y a los valores espirituales” y que la iglesia ha llenado "el vacío moral" imperante en la sociedad. La iglesia ortodoxa, también llamada "el patriarcado de Moscú" se jacta de que este año se han construido mil iglesias nuevas en Rusia, y hoy el parlamento considera endurecer los castigos por ofender los sentimientos religiosos. 
El apoyo masivo internacional a las Riot es estremecedor; sin embargo, al interior de Rusia la antipatía hacia el grupo parecería algo bastante generalizado. Una encuesta de opinión llevada a cabo por el centro independiente "Levada" señala que un 35 por ciento de los rusos cree que las condenas de dos años fueron apropiadas, un 34 por ciento que fueron poco severas y sólo un 14 que fueron excesivas. El mes pasado, Tolokónnikova, que fue reconocida como "mujer del año" por el diario Francés Le Figaro denunció en una carta las condiciones de vida en la prisión de la República de Mordovia, ubicada a 600 kilómetros de Moscú. Allí relata que ella y otras internas eran obligadas a trabajar en un taller de costura hasta 17 horas por día, "con cuatro horas para dormir y sólo un día libre en mes y medio", y con palizas "a veces hasta la muerte". Varias organizaciones de derechos humanos vienen denunciando que los viejos gulags (campos de trabajos forzados), se encuentran hoy en mayor auge aún que en la época estalinista. Imposibilitada de hablar con su abogado o con su marido, inició una huelga de hambre que duró varios días, hasta que logró ser transferida a otra prisión. Tolokonnikova, quizá la más brillante de las Riot, había dicho durante su mismo juicio: "La verdad triunfa sobre el engaño. Somos más libres que quienes nos enjuician, porque podemos decir lo que queramos. La gente entiende que un sistema que ataca a tres mujeres jóvenes que tocaron durante 30 segundos en la Iglesia de Cristo el Salvador es un sistema que teme a la verdad y la sinceridad que ellas representan". Más cuando se trata de un gobierno que abraza valores ancestrales, que persigue y castiga a los militantes por los derechos humanos y que promueve la discriminación, llegando al punto de que el acoso y la tortura a homosexuales se haya vuelto poco menos que un deporte nacional. 

Publicado en Brecha el 25/10/2013

viernes, 25 de octubre de 2013

Gravedad (Gravity, Alfonso Cuarón, 2013)

Un nuevo nacimiento

Quizá lo que se sienta hoy en un cine viendo Gravedad sea similar a lo que le ocurría hace 45 años con 2001: Odisea del espacio; pero no en relación a la ambientación que comparten ambas películas, sino más bien por la imponente innovación técnica, y la certeza de que eso que se está viviendo no tiene parangón en el mundo del cine contemporáneo. 
El director mexicano Alfonso Cuarón (Y tu mamá también, Niños del hombre) intentó emular aquí la vida por fuera de la atmósfera, y escribió un guión junto a su hijo Jonás y la asesoría de un experto espacial, reproduciendo fielmente la tecnología hoy utilizada en las misiones espaciales, y la clase de trabajos que allí se hacen, con la intención de recrear sensorialmente un clima realmente atípico. 
El telescopio espacial Hubble se averió, y hay que arreglarlo. Allí se dirige una misión de astronautas, pero en plena labor ocurre la catástrofe: fragmentos de residuos espaciales se dirigen hacia ellos con una velocidad inusitada. Se avecina el caos, y la supervivencia en el vacío puede llegar a ser prácticamente imposible. 
Como en el espacio no hay aire, las ondas sonoras no se propagan: no hay sonido. Esta realidad es una de las premisas que maneja la película desde los títulos iniciales, y es así que, cuando los personajes están en órbita y en sus trajes, los sonidos que se sienten son únicamente los que podrían escucharse desde adentro de esos trajes espaciales, más los acuosos y envolventes compases electrónicos provistos por la notable banda sonora de Steven Price. Es así que las explosiones, en las que satélites enteros son reducidos a ceniza espacial, son presenciadas sin escuchar sonido alguno. 
El cerebro humano está diseñado para existir en un mundo en que las variables de horizonte y peso se encuentran siempre estables, debido a la omnipresencia de la gravedad. Al desaparecer ésta (o reducirse a una expresión mínima) todos los puntos de referencia se pierden, el ser humano queda absolutamente desorientado, a merced de la inercia; si además la movilidad es muy limitada por las incomodidades de un abultado traje, la sensación de desesperación y asfixia aumenta. Si encima hay amenazas externas, el oxígeno se acaba, y las posibilidades de supervivencia parecen reducirse cada vez más, la sensación imperante se vuelve absolutamente angustiante, sobrecogedora. Gravedad es una experiencia sensorial increíble, pero además una película que deja al espectador particularmente exhausto. 
Conviene señalar un aspecto alegórico que lleva a que Gravedad pueda pensarse como más que un simple (y brillantemente logrado) ejercicio de género. La película refiere a las grandes adversidades de la vida y a la forma en que el ser humano puede renacer desde estas contingencias. Las circunstancias en que una persona es víctima de las propias inercias, ese momento en que se encierra en su propia burbuja, pierde la comunicación y el contacto. La escena en que la protagonista, prácticamente ahogada, entra en una nave, respira, se quita el molesto traje y queda suspendida por unos segundos, casi hasta quedar en posición fetal y con un tubo de oxígeno que pareciera un cordón umbilical, refiere a este nuevo nacimiento (además de homenajear a 2001). Otro elemento clave es, a mitad del metraje, el diálogo con un personaje que le achaca a la protagonista que no debe quedarse en la “comodidad” de una nave, entregándose a una muerte segura. El final podría leerse como la salida de un gran vientre, con agua incluida, y de los primeros pasos hacia una nueva vida.

Publicado en brecha el 25/10/2013

jueves, 24 de octubre de 2013

Relocos y repasados (Manuel Facal, 2013)

Otro Uruguay 



Cinco jóvenes deciden embarcarse en lo que definen como un "experimento social" tomando cada uno una droga distinta (marihuana, cocaína, éxtasis, LSD y quetamina respectivamente). Lo que podría significar una tarde en un "viaje" apacible y en una casa confortable, se convierte pronto en un infierno: la menor y más inexperiente de los miembros del equipo pierde el conocimiento, a la novia del protagonista se le muere la abuela y lo requiere urgentemente. El grupo debe separarse y cada uno emprender su camino por la suya, y se siguen en montaje paralelo sus desventuras particulares. En el trayecto habrá experiencias alucinatorias, golpizas, accidentes, intentos de disimulo frente a padres, persecuciones de autos. 
"Una comedia de drogas y enredos" describen las sinopsis. La frase invita a pensar en una película del tipo ¿Qué pasó ayer?  -amigos desbundados que salen a romper la noche y a sí mismos-, pero en este caso la travesía no es algo que ya ocurrió sino que se vive en tiempo real, y la ingesta masiva de estupefacientes es también un plan voluntario, premeditado. Tampoco sería pertinente la comparación con obras moralistas de tipo Réquiem por un sueño, en la que el consumo llevaba a irreversibles espirales de autodestrucción, ni siquiera con un drama de tipo Trainspotting, quizá más orientado a exponer una realidad social como algo tan desacatado como contradictorio. Si corresponde aproximar Relocos y repasados a otra película, quizá lo más cercano sería la notable Pánico y locura en Las Vegas, de Terry Gilliam, con Benicio del Toro y Johnny Depp en plena cruzada de aventuras lisérgicas a través del desierto. Como en esa película, aquí las drogas, o más bien los personajes embebidos en ellas, con alucinaciones y sin control de sus acciones, son vehículo para una experiencia cinematográfica, para la creación de atmósferas, para una sucesión de adversidades condimentadas con un factor extra. 
El espíritu anárquico de Facal se hace patente en su ausencia de miedo al ridículo -algo que se echa mucho en falta en el cine occidental actual- en un humor socarrón y directamente escatológico, en plasmar un ejercicio catártico en el cual la corrección política y las buenas formas son pisoteadas. La escena del supermercado, en la que dos mujeres, -una de ellas anciana- exprimen leche de sus pechos y la vuelcan sobre el protagonista es uno de los tantos tramos surrealistas que jamás hubiéramos imaginado ver en el cine uruguayo, y que, como delirio, funciona de maravillas. El contrapunto de los padres aburridos y pequeñoburgueses que van a ver un recital de Gilberto Gil en plena tarde o se preocupan por la carne que comerán en la noche, dejando a sus hijos a cargo de un auto (que será destruido) y una casa (en la que se intoxicarán hasta la manija), supone un atractivo choque generacional.
Las drogas, por mal que a algunos les pese, son una realidad, y especialmente entre los más jóvenes -está aún en carteleras Adoro la fama, de Sofía Coppola, que presenta un cuadro adolescente en el cual las drogas tienen también un papel ineludible-, y muchas veces funciona como fuente de adrenalina, como descarga o como simple esparcimiento. En cualquier caso son una posibilidad, tentadora y ubicua, una vía en la cual canalizar energías juveniles, un sustituto generacional para volcar toda esa líbido que quizá hace cuarenta años la izquierda orientó a la militancia, a la lucha armada o a ir a tirar piedras en una manifestación. Facal presenta, además de una divertida película de género, un mundo en el que el consumo es la elección, una propuesta cinematográfica en la cual los protagonistas no son héroes, no son ejemplos -todos los personajes atraviesan el patetismo de una forma u otra-, pero sí tienen claro que no piensan renunciar a esa forma de vida. 
La película tiene sus defectos: algunos de los diálogos están presentados en picos de acción desatada, generando un anticlimático contrapunto; hay personajes que no funcionan tan bien como otros y un diálogo del protagonista con su novia en un bar parecería inserto en la anécdota sin mucha coherencia ni razón de ser. Pero seguramente nunca se había visto un cine uruguayo tan fresco, anárquico, entretenido, incorrecto y deliberadamente desquiciado. 

Publicado en Brecha el 18/10/2013

viernes, 18 de octubre de 2013

Séptimo (Patxi Amezcua, 2013)

Que viva Darín 


La primera media hora es formidable: un padre separado (Ricardo Darín), abogado de causas cuestionables pero muy redituables (un complejo caso de políticos vinculados a una corporación), va al departamento de su ex mujer (Belén Rueda) a llevar a sus dos hijos al colegio. Su día ya parece ser bastante complicado de por sí –tendría que estar en un estudio junto a su principal cliente desde hace rato– pero su mundo se da vuelta cuando, en el momento en que él baja por el ascensor y sus hijos por la escalera, ellos desaparecen; se desvanecen en el aire. Las primeras sospechas de que se trata de una travesura y de que están escondidos en algún recoveco del edificio se van transformando, de a poco, en la certeza de un secuestro. De aquí en adelante se suceden las figuras clásicas del whodounit, se presenta a los personajes, todos ellos posibles sospechosos, y empezamos a seguir un desesperado proceso de búsqueda e investigación –siempre de la mano de Darín, impecable- para dar con la clave de la desaparición, y de la forma de encontrar el paradero de los niños. Todo este comienzo es absolutamente intenso. Hay que verlo a Darín celular en mano desorientado, llamando a cuanto dios pueda ayudarlo, poniendo el cuerpo, convenciendo al espectador como un padre desquiciado que amenaza, irrumpe en la casa de los vecinos, echa culpas y después pide perdón arrepentido. Cine puro. 
Pero cerca de los cuarenta minutos de metraje todo se desbarranca, o baja unos cuantos puntos cuando tiene lugar un diálogo entre ambos padres, en el que se ponen a conversar y a recordar el día en que se conocieron, ¡en pleno secuestro de sus hijos! En ese momento es cuando se vuelve inevitable tomar distancia de la película y de la anécdota y preguntarse qué clase de drogas duras estarían consumiendo los guionistas a la hora de escribir esa escena. Cualquier cosa, un silencio sepulcral, un intercambio de puteadas, un llanto desgarrador serían más pertinentes. 
Pero lo peor de Séptimo es el desenlace (el que aún no la vio puede dejar de leer por aquí). No es que el ritmo o el interés decaigan, sino que una vez dadas las últimas vueltas de tuerca, una vez que entendemos quién llevó adelante el secuestro y cómo lo ideó, empezamos a recapitular y ver todas las evidentes incoherencias en la trama. Que los propios niños no se hayan dado cuenta del secuestro y no se hayan preocupado de avisarle a su padre que estaban entrando en otro departamento, que todo el secuestro se sustentara en la hipótesis (nada segura) de que los niños bajarían por la escalera en vez de por el ascensor, o la idea (insostenible) de que el secuestro derivaría en la firma de unos documentos por parte del protagonista. Podemos hacer un esfuerzo por evitar ver todo esto y mil incoherencias más, y conformarnos con el disfrute inmediato de un thriller que funciona muy bien casi todo el tiempo. Pero a veces los huecos de guión son tan inmensos que se vuelve un asunto difícil.

Publicado en Brecha el 18/10/2013

jueves, 10 de octubre de 2013

Adoro la fama (The Bling Ring, Sofia Coppola, 2013)

Inagotable adicción 

 


Esta película haría una buena dupla con American psycho, el libro de Brett Easton Ellis y su adaptación al cine de Mary Harron. Como en aquella historia, se aborda el culto a la elegancia, la superficial y enfermiza búsqueda de destacar socialmente mediante la incorporación de vestimentas y artículos suntuarios, obedeciendo a los dictados de efímeras modas. En ambos casos, los personajes, individuos totalmente inseguros y poco definidos, se pliegan a los parámetros publicitarios dominantes, entrando en una espiral salvaje y desaforada de hiperconsumo. 
En esta The Bling Ring (me niego a utilizar otra vez el nombre que algún titulador superficial expidió) se ficcionaliza el caso real de una banda de adolescentes de Calabasas, California, dedicados a irrumpir durante varios meses en las casas de famosos como Paris Hilton, Orlando Bloom, Megan Fox y Lindsay Lohan para robar sus artículos personales y su dinero, con un valor total de 3 millones de dólares. La directora Sofía Coppola (Las vírgenes suicidas, Perdidos en Tokio) ofrece un tenso y divertido despliegue audiovisual en el que se siguen las andanzas de este grupo, chicos que no necesitan robar y que acceden a viviendas carentes de alarmas o seguridad, en barrios en los que los ocupantes ni siquiera imaginan que pudiesen ser robados.
Las circunstancias expuestas son asombrosas en muchos sentidos: así como las celebridades no se preocupan por la seguridad de sus pertenencias ni se dan cuenta de que hubo gente que ya entró y saqueó su casa cinco veces, de la misma manera estos chicos no parecerían ser plenamente conscientes de que están cometiendo delitos, ni de las consecuencias de sus actos. Es decir, son muchachos que se encuentran en plena etapa de formación, en ese tantear los límites e ir un poco más allá, en probarse a sí mismos frente a los otros. Esta torpeza que comparten, tanto las celebridades como ellos mismos, da a conocer una doble expresión social abrumadora. Coppola está diciendo (y demostrando) que no importa cuánto dinero se tenga, siempre se irá por más, -la escena en que los protagonistas irrumpen en el vestidor de Paris Hilton atiborrado de zapatos es ejemplar en este sentido- y demuestra que estos jóvenes nunca podrían saciarse, siempre necesitarían saquear para poder sentirse al nivel inalcanzable de la imagen promovida y reproducida masivamente por los ídolos. Este juego de espejos se continúa en un desenlace revelador en este sentido. 
Las penas impuestas a estos chicos suenan absolutamente disparatadas, considerando la edad de los muchachos -están terminando la secundaria, así que 18 como mucho- más el hecho de que semejante cúmulo de ropas, accesorios, joyas y dinero casi parecería pedir a los gritos ser robado, y como veíamos, sus dueños a duras penas se dan cuenta de las ausencias. Se conoce que es la justicia de los Estados Unidos y que hablamos de la sacrosanta propiedad privada (aunque en Uruguay no estamos lejos). 
Aún considerando la notable idea general, un guión muy sólido, interpretes formidables y una puesta en escena de a ratos excepcional (con una mención particular a la dirección artística), se delata, de todos modos, una clara fascinación de la directora por ese mismo universo al que intenta criticar. Coppola, de tanto repetir planos centrados en los objetos del deseo, parecería reproducir publicitariamente el discurso dominante que cuestiona. Como si alguien quisiese filmar una película condenando la prostitución, pero lo hiciera recurriendo constantemente a planos detalle de tetas y culos. 

Publicado en Brecha el 11/10/2013

sábado, 5 de octubre de 2013

En la oscuridad: Star Trek (Star Trek into darkness, JJ Abrams, 2013)

Funcional y efectista 


Luego de una sólida primera entrega, la nueva saga ya corre sola. JJ Abrams, creador de las series Lost y Alias ya había presentado en Star Trek (2009) un interesante terreno con media docena de personajes atractivos, encabezados por dos protagonistas en constante tensión -los legendarios Capitán Kirk y Mr. Spock- que, en las antípodas el uno del otro, representaban respectivamente la discreción racional y el arrojo instintivo. Con personajes tan bien trazados, un conflicto inherente y un universo atrayente, sólo hacía falta lanzarlos a la carrera. En esa primera entrega se lograba justificar mediante realidades paralelas la existencia de dos sagas distintas -la clásica y esta nueva- sin que exista una contradicción y logrando así que pueda operarse con relativa libertad a la hora de crear un universo nuevo, repleto de aventuras. 
Con ese sustento previo, más el borrón y la cuenta nueva, Abrams se permite homenajear a una serie que lo formó y al mismo tiempo hacer lo que se le canta con ella, con la puerta abierta para plasmar infinitas secuelas hasta que las audiencias se harten. Aquí los tripulantes del Enterprise deben salir a la caza de un terrorista interplanetario, que pone en jaque a la federación y a la Tierra y podría ser la causa (o la excusa) de que los terrícolas entren en guerra con una especie sideral. 
El ingenio marca de Abrams es volcado con eficacia, y si bien la película está llevada con excelente ritmo y mucha gracia, el verdadero punto a favor está en la confianza depositada en la inteligencia del espectador para que siga los presurosos diálogos y las decenas de giros de guión. La tensión es alimentada con plenitud de detalles, pequeños factores adversos a tener en cuenta que se superponen, proveyendo suspenso e incidiendo en que los picos de acción sean realmente inquietantes. 
Ahora, es curioso que un libreto tan profuso de detalles, tan colmado de giros argumentales, caiga en ciertas incoherencias lógicas, tramos débiles que no resisten a una reflexión pormenorizada o al llano sentido común. Por ejemplo: una negociación con un villano que tiene todas las de salirse con la suya le sirve a Mr. Spock para recuperar y salvar a tres de sus tripulantes, cuando el malo no gana absolutamente nada devolviéndoselos. Asimismo, el malo (supuestamente brillante y poderosísimo) tiene la capacidad de teletransportar a quien quiera de la otra nave a la suya y viceversa con absoluta facilidad y a piacere, y bien podría haber decidido teletransportar a todos sus adversarios hacia su propia nave cuando se entera que está por explotar por una jugada maestra de Spock. Intentando no adelantar un detalle final, podemos decir que el manido recurso de la resurrección puede ser lo suficientemente efectista, pero resulta un comodín poco recomendable ya que quedando esa posibilidad abierta todos los personajes podrían eventualmente sobrevivir en un futuro, lo cual quitaría buena parte de la gracia a la franquicia.

martes, 1 de octubre de 2013

Arrow: the ultimate weapon (Kim Han-min, 2011)

Lo mejor es invisible a los ojos


El cine dominante promete películas de acción y aventuras y las reproduce, difunde y distribuye por docenas, al punto de haber moldeado y creado un público que prácticamente no es capaz de consumir otra cosa. Junto al thriller policial y el terror, el género de aventuras es uno de los principales puntales de la industria hollywoodense, y seguramente sea el principal si se considera que la animación infantil también transita ese registro. Pero corresponde decir que mucho del mejor cine de géneros del mundo no llega a nuestro país. Lo triste es saber que también existe otro cine de entretenimiento, vital, creativo y lúdico que no accede a los circuitos comerciales, que no tiene estreno en DVD y que tampoco sería transmitido por la televisión abierta, difícilmente por cable. No específicamente el europeo -el cine de género español, francés, e incluso el nórdico y ruso tienen cierta acotada difusión- sino el proveniente de las filmografías orientales. Es en esas películas donde puede verse mayor riesgo, historias realmente atractivas: es ahí donde se siente palpitar al cine. 
Algunas películas recientes de las que aquí ni se oyó y que permanecen ocultas: The raid: redemption (2011) es una indonesia de acción y artes marciales que se alza como una de las imprescindibles para los adeptos al género. Mi novia es un agente secreto (2009) es surcoreana, y de esas comedias que entrecruzan romance, intriga y la acción más lúdica y variada. Let the bullets fly (2010) es una divertida coproducción épica chino-hongkonesa de bandidaje y tiros, ambientada en los años veinte. Eso por no hablar de las películas indias, que son un mundo aparte pero no convendría detenerse en ellas por ahora. Es verdad, ninguna de las películas nombradas es una genialidad ni cambiará el cine, pero no hay dudas de que superan con creces la amplia mayoría de sus símiles norteamericanos. 

Al nivel de todas las nombradas, Arrow, the ultimate weapon de Kim Han-min es un drama histórico y épico de acción desatada, en el que hay cruces de espadas, de garrotes y, como adelanta el título, sobreabundan los flechazos. El protagonista es un arquero profesional y la acción comienza en un pueblo coreano cercano a la frontera que separa China de Corea, cuando la segunda invasión de los manchúes, en el año 1637. La hermana de nuestro héroe es secuestrada por el ejército manchú y él tiene las horas contadas para rescatarla, junto a un equipo mínimo de hombres, antes de que sea violada. Si el asunto ya es bastante tenso de por sí, durante toda la segunda mitad del metraje la acción se dispara: un comando de guerreros manchúes comienza a perseguir al protagonista a través del bosque, a lo Apocalypto. Esta segunda parte es grandiosa: hay un enfrentamiento a toda velocidad con flechazos entrecruzados entre los árboles, saltos suicidas a través de la garganta de un río, un tigre que anda suelto por el bosque, un duelo final de arqueros en el que la hermana del protagonista se posiciona entre ambos contrincantes.

Por detrás del puro divertimento también hay ciertos apuntes sociales. En aquella época el gobierno coreano impuso una ley durísima para frenar la migración: el que cruzaba el río hacia China, por la razón que fuere, nunca podría volver a su país. Lo curioso es que hoy en día el gobierno de Corea del Norte aún mantiene intacta esa prohibición: los norcoreanos ilegales encontrados en China son deportados a Corea del Norte, y allí son torturados en campos de concentración o ejecutados. Este dato, sobradamente conocido para un espectador local seguramente pase desapercibido para uno occidental. Una escena crucial en ese río adquiere un peso dramático mucho mayor si se comprende este trasfondo.
Arrow… es entretenimiento asegurado al 100%. Y un buen ejemplo de todo un universo que nos estamos perdiendo.

lunes, 30 de septiembre de 2013

¿Quiénes *&$%! son los Miller? (We're the Millers, Rawson Marshall Thurber, 2013)

Una *&$%! sorpresa 

Un dealer de marihuana de poca monta (Jason Sudeikis, de Quiero matar a mi jefe) sufre un golpe de mala suerte por el cual toda su mercancía y sus ahorros son robados, y para reparar la deuda con su excéntrico proveedor (Ed Helms, uno de los protagonistas de ¿Qué pasó ayer?) debe aceptar el encargo de trasladar a través de la frontera con México un cargamento de marihuana, escondido en una casa rodante. Para pasar desapercibido, improvisa una “familia” con su vecina stripper (Jennifer Aniston de Friends) otro vecino nerd (Will Poulter, el de Son of Rambow) y una adolescente fugitiva (la hiperactiva Emma Roberts, que con 22 años ya figura en el elenco de 31 películas y series). Es así que se presenta una comedia en forma de road movie, con la tensión muy bien llevada y la infaltable evolución personal que tiene lugar en esta clase de películas. 
Aunque la coherencia interna del guión no resista el más mínimo análisis, el director de Bolas en juego logra plasmar aquí una efectiva sucesión de escenas y chistes en los que se alterna lo moralmente incorrecto, lo disparatado, lo directamente perverso y hasta lo escatológico de vez en cuando. Un paquete de marihuana al que se hace pasar por bebé, un intento de robo interpretado como sugerencia de intercambio swinger, un oficial de policía corrupto que como soborno exige una fellatio masculina. Estas y otras ocurrencias están brillantemente resueltas y son bien dosificadas a lo largo de la película, de modo que la carcajada casi continua está asegurada. El libreto es lo suficientemente dinámico como para que los giros de la trama ocurran lo más abreviadamente posible y que la verdadera sustancia –la interacción en esta familia improvisada y sus encuentros con otros- se exprese. Los actores principales están todos muy bien y componen personajes queribles y memorables y hasta una buena cantidad de secundarios tienen apariciones sumamente sólidas, como los integrantes de la familia Fitzgerald, ligados a la corrección política norteamericana y, para colmo, al departamento de narcóticos. 
Sin dudas lo más cuestionable de la película es la visión de México y los latinos en general. Digamos que hace falta ser blanco y estadounidense para tener un personaje digno de simpatía e interés, que los villanos más temibles son todos mexicanos, que una vez atravesada la frontera hacia el Sur, el mundo se vuelve un lugar realmente inhóspito. Olvidando este detalle, la película divierte y cumple sobradamente con sus cometidos; ¿Quién *&$%! son los Miller? seguramente sea la comedia americana más entrañable y entretenida de este año.

*Publicado en Brecha el 20/9/2013

viernes, 27 de septiembre de 2013

La noche del demonio 2 (Insidious 2, James Wan, 2013)

Más miedo 

Está claro que los tituladores latinoamericanos no ven las películas, porque de haber sido así no habrían cambiado el título original "Insidious" de la primera entrega por "La noche del demonio". En su momento ya explicamos que la acción transcurría durante varias noches (y varios días) y que, si bien había una presencia demoníaca, no se trataba de algo central sino una entre varias apariciones extraterrenales que acosaban a los protagonistas. En esta segunda parte ni siquiera hay presencia demoníaca, así que, ni noche, ni demonio. A lo único que le pegaron fue al 2. 
James Wan es un director malayo de raíces chinas que creció en Australia, y que hasta hoy sólo se ha desempeñado filmando efectivas y muy logradas películas de terror: El juego del miedo (la primera de la serie; la visible), Dead silence, Death sentence, y las notables Insidious y El conjuro, (esta última aún está en carteleras, por lo que se da la extrañísima situación de que hoy se proyecten dos películas de terror del mismo director simultáneamente). Wan ya avisó publicamente que con este filme se retiraba del género, lo cual no es necesariamente una mala noticia ya que quizá podamos ver su inventiva y sus climas volcados en obras aún más personales. 
Aquí la anécdota comienza donde terminaba la anterior: el padre de la familia Lambert se encuentra poseído por una entidad maléfica que pretende utilizarlo para acabar con los suyos, y tanto su madre como su esposa inician una pesquisa para averiguar qué terrible historia del pasado es la causa de las amenazas y los acosos fantasmagóricos. Si la anécdota no es en absoluto original, está en el impecable pulso de Wan la razón de que las atmósferas sean perfectamente opresivas, y los sustos efectivos en su totalidad. 
Quienes hayan visto El conjuro o la entrega precedente ya sabrán dónde están los puntos fuertes: en los impecables decorados y en la puesta en escena, en la dirección de actores, en las cámaras inmersivas que se desplazan cadenciosas por las habitaciones, como si las mismas fuesen una presencia amenazante o una potencial víctima. El fuera de campo es justamente lo que más miedo da y lo que se ve parcialmente, lo más incómodo y revulsivo. Una opresiva entrada de los protagonistas dentro de una habitación clausurada en la que se alinean quince cadáveres en butacas y tapados con sábanas despierta fascinación y rechazo simultáneos, proponiendo un atípico reflejo de la sala de cine en la que el espectador se encuentra sentado. 
La desventaja es que hay secuencias que remiten a sucesos que ocurrieron en la entrega anterior, pequeños guiños para los que tienen presentes los acontecimientos precedentes, como si el guión hubiese sido diseñado para calzar perfectamente con el otro, con tramos que en realidad no agregan demasiado a la trama actual. Quizá hubiese sido mejor que, aún siendo una secuela, la película se cerrase en sí misma y que pudiera ser íntegramente aprehensible para quienes no vieron la otra, o no la recuerdan del todo bien.

Publicado en Brecha el 27/8/2013

martes, 24 de septiembre de 2013

Últimos tramos de Breaking Bad

Una serpiente que se mordió la cola 



Era esperable. Los que siguieron hasta este momento la serie Breaking Bad podían verse venir este final. Un imperio de la droga se había erigido en base a ocultamientos varios, mentiras, asesinatos; el padre responsable, el profesional universitario buen amigo y mejor vecino, se había convertido en un narcotraficante de los pesados manipulando y utilizando a otra gente, traicionándola, eliminando a sus enemigos y convirtiéndose en uno aún peor que ellos. Walter White, el otrora profesor de química que empezaba a cocinar cristales de metaanfetaminas para costear su propia quimioterapia y sustentar a su familia acabó transformándose en un demonio. Los que siguieron durante cinco temporadas este proceso sabían que esto podría terminar así: los lazos afectivos destrozados, las lealtades desarticuladas, las amistades deshechas, el imperio desmantelado; el rey desnudo ante los suyos y ante las autoridades. Sabían que una carrera desbocada en una única dirección podía encontrarse con un tabique, un muro contra el cual el bólido sólo podría impactar hasta convertirse en polvo, o verse obligado a colocar freno de mano y reversa, causando daños irreparables en la carrocería. 
Y aquí está, la hermosa destrucción. Duele verla, duele hasta en los huesos, pero quizá era esto lo que queríamos: un gran ascenso merecía una precipitada caída, de similar intensidad. Horas y más horas de suspenso sustentados en una desmesurada ambición y en delirios de grandeza, muertos y más muertos cimentando el terreno desde el cual siempre se veía el momento y las urgencias inmediatas, y no tanto el sórdido camino recorrido. Ese trecho por el cual los personajes se fueron cada vez más al carajo; desde aquellos primeros capítulos en los que decidieron deshacerse de cadáveres disolviéndolos en ácido fueron descendiendo cada vez más peldaños, causando estragos, rompiendo todo y mal, arrastrando a otros a un desenfreno enfermizo. 
Y ahí está lo genial, en que el creador Vince Gillighan nos hacía creer que durante el proceso no tenían otra opción, que se encontraban cercados por las circunstancias, que sus decisiones eran lógicas, racionales, que la desgracia los había señalado arrastrándolos hacia derroteros poco deseables, cuando en realidad ellos elegían estar allí, cuando decidían seguir en el juego pese a los golpes y las trampas, y optaban por doblar sus apuestas con risas maliciosas. 
El arrepentimiento no corresponde cuando la rosca se dio con ganas. Ahora es matar o morir, desangrarse pero manteniéndose firme y con lo poco de dignidad que reste, recibiendo un infierno y dando cien más. Breaking bad está prendida fuego, estalla en sus últimos e incandescentes estertores, y los televidentes lo agradecemos, impactados. La vamos a extrañar, vamos a extrañar a Walter, a Hank, a Pinkman, a Skyler y a Saul. Vamos a extrañar quererlos y odiarlos al mismo tiempo, y por supuesto, vamos a extrañar colocarnos en los pies de Heisenberg, entrañable padre de familia y a su vez rastrero e inescrupuloso narcotraficante.

Publicado en Brecha el 20/9/2013

domingo, 15 de septiembre de 2013

El ataque (White house down, Roland Emmerich, 2013)

Invasión al inmueble


Los traductores suelen ser geniales. Cuando hace dos meses se estrenaba la película Olympus has fallen, los tituladores rioplatenses decidieron llamarla Ataque a la Casa Blanca. Hoy, llegada la nueva película del subgénero de “ataques terroristas a la casa blanca con secuestro de presidente” llamada originalmente White house down, decidieron que, como no podían titular de la misma manera dos filmes estrenados con tan poco tiempo de separación, debían ponerle solamente El ataque.
Y sí, efectivamente salió otra película más de embestida contra la casa blanca: terroristas, secuestro, un guardia de seguridad que a su vez es el héroe, un niño que merodea suelto como para agregar tensión al asunto (acá es una niña), muchos tiros y el protagonista escondido que se dedica a eliminar a los malos uno a uno, a lo Duro de matar. Los puntos en común con su predecesora son demasiados y uno ya empieza a sospechar de robo de ideas, de hackers de una productora birlándose los guiones de la otra, de datos filtrados y de una carrera por finalizar la posproducción antes. Pero para qué: no hay un ápice de originalidad ni en una película ni en la otra.
Está claro que lo que le va al director alemán Roland Emmerich es la destrucción: Día de la independencia, Godzilla, El día después de mañana, 2012. Pero a diferencia de su colega Michael Bay, el hombre sabe contar una historia, mantener un ritmo digno y, en este caso en particular, hacer que los 150 millones de dólares de presupuesto aparenten estar bien distribuidos. El problema es que El ataque recurre en demasía a los estereotipos (la adolescente sabelotodo, el guardia de seguridad atento y servicial, el terrorista irritable, el hacker demente) y a la emoción impostada (sin ir más lejos el viaje en helicóptero final, con personajes que deberían estar exhaustos y necesitados de primeros auxilios no tiene sentido alguno).
El presidente, encarnado por Jaime Foxx, viene de hacer esfuerzos denodados por el retiro inmediato de tropas de Afganistán y por la paz en Oriente Medio (no, evidentemente no es Obama) y acá los malos de turno son ultraderechistas y psicópatas varios. Todo este rollo correcto y progre parecería compensar la majadería de estandartes, símbolos patrios, del exabrupto de la caída de la Casa Blanca como símbolo del fin de los tiempos y del mismísimo presidente de los Estados Unidos como defensor del día, con metralleta y lanzamisiles incluido. El ataque es de esas películas que quizá sirvan para pasar el rato, pero que cuando terminan dejan un imperante gusto a nada, a espectáculo perfectamente frívolo e intrascendente, a llana pérdida de tiempo.

Publicado en Brecha el 15/8/2013

domingo, 8 de septiembre de 2013

Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993)

Volver al parque 


El buen cine no envejece. Ya pasaron veinte años desde el estreno de Jurassic Park y en su reestreno hoy, la película transmite la misma libertad, la creatividad, el empuje que la caracterizó en su momento. La superproducción de Spielberg de 63 millones de dólares (ajustados a la inflación, hoy serían 102) supo impactar a varias generaciones y regaló secuencias que nunca podrían quitarse de las retinas, y es llamativo que hoy ningún elemento de su laboriosa concepción pareciera haber envejecido. Si bien conviene señalar defectos que en su momento tuvo y que hoy sigue teniendo, también corresponde resaltar sus importantes aciertos. 
En las reseñas y análisis cinematográficos suele evitar escribirse sobre los efectos visuales, pero para este caso particular, no explayarse en este punto sería una grave omisión. Spielberg tanteó en su momento las diferentes técnicas de animación para dar con la forma más adecuada para emular lo que sería un dinosaurio real, y así fue que exploró las diversas formas de títeres y marionetas, la stop-motion -animación cuadro por cuadro, a menudo concebida con muñecos de plastiscina- los animatronics -animación generada mediante trajes especiales con sensores que permiten reproducir por computadora el movimiento de un ser vivo tal cual es- y la animación CGI generada por computadora. La conclusión a la que se llegó es que las técnicas eran todas útiles y que a todas podia echarse mano, e incluso aventurar una combinación de varias de ellas. 
Durante los preparativos, el veterano animador Phil Tippett se pasó diseñando modelos de dinosaurios en stop-motion, pero se sintió sumamante decepcionado al ver que finalmente ninguna de sus criaturas sería usada en el filme. Había investigado el movimiento de los animales y volcado pacientemente los conocimientos adquiridos en sus modelos. Pero ellos no se veían como algo convincente a la hora de filmarlos directamente, por lo cual se decidió utilizar esta experiencia para crear varias armazones articuladas -una por cada dinosaurio- y manipularlas como si fuesen figuras de stop-motion. Estas armazones habían sido previamente construidas con sensores de movimiento, de modo que la animación reproducida en la computadora obedecía a los movimientos que se le daban a esa armazón. El resultado fue excepcional; los dinosaurios fueron dotados de la inmediatez del stop-motion, del realismo de la animación captada mediante animatronics y de la fluidez del CGI. Esta combinación despertaría en los espectadores sensaciones únicas: la vivencia imposible de ser perseguido en auto por un tiranosaurio rex, o de ser acechado por velociraptors a lo largo de una gran cocina. 
A nivel argumental, se veía en su momento como algo novedoso la idea de clonar un ser vivo a partir de una partícula de su ADN. Aunque la idea de que un mosquito pudiese conservarse fosilizado durante millones de años con sangre de dinosaurio en su interior, y que esa sangre se mantuviera inalterada en su composición química puede sonar un tanto increíble. Pero de todos modos la idea acercaba a la película al terreno de la ciencia ficción, dotándola de un sustento firme al punto de que hoy, pasadas dos décadas, no suene a llano delirio. Es decir, en un mundo actual en que un dentista millonario pretende clonar a John Lennon a partir de uno de sus dientes, la idea de clonar un dinosaurio no parecería hoy algo tan disparatado. 
Los velociraptors, verdaderas estrellas del film, en el período cretácico no sobrepasaban el tamaño de un pavo, por lo que quizá llegarían a la cintura de un hombre. Pero se optó aquí por quintuplicarlos en su tamaño, creando así imponentes amenazas. Aún inventando varias de las características de los dinosaurios -los dilofosaurios por ejemplo no escupían fluidos venenosos- la película dosifica información sobre sus formas de atacar, sobre su percepción, que más adelante son explotadas en plena acción. Una forma de hacer que el espectador asimile datos y pueda pensarlos después, aplicándolos a lo que es visto en pantalla. En este sentido, Jurassic Park se diferencia de la mayoría de las películas de acción, mucho más superficiales y carentes de una lógica interna sólida. 
Quizá el punto más flojo de la película, -así como el de la mayoría de las de Spielberg- es el trazado de personajes, más bien estereotipados y carentes de psicología. El que está mejor es Jeff Goldblum interpretando a un matemático nihilista, un antipático defensor de la teoría del caos que se carga a la antropóloga (Laura Dern) y que finalmente parecería tener la razón en cada uno de sus dichos. En cambio el peor delineado es sin dudas el traicionero villano interpretado por Wayne Knight, gordo y desagradable, ambicioso, holgazán y negligente, un personaje al que le tocó encarnar el "factor humano" (o todo lo malo del ser humano) que desencadenaría la debacle. Pero quizá en un entretenimiento de aventuras no corresponde poner demasiado énfasis en este aspecto. 
Si la narrativa es ágil e interesante -a pesar de la enorme cantidad de diálogos y discusiones éticas- la puesta en escena es directamente grandiosa y todo se orquesta notablemente para construir suspenso. La inmersiva llegada del helicóptero a la isla, con la inconfundible música de John Williams es un soplo de aire fresco que retrotrae a un cine de aventuras clásico, lineal, desentendido de ataduras creativas y de giros de guión constantes. 
La infantil y fascinada mirada de Spielberg respecto a la evolución de la tecnología aplicada a la ciencia se ve reflejada en el encanto de los niños y los científicos al descubrir una realidad nueva. Pero la sucesión de acontecimientos, la catástrofe que se impone, es una forma de afirmar que esta no puede quedar a merced de los caprichos de unos pocos. En su perfecta necedad, el hombre puede ocasionar incluso su propia destrucción.

Publicado en Brecha el 6/9/2013

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Un lugar donde refugiarse (Safe haven, Lasse Hallström, 2013)

Basta de majadería

Hay que ver lo insulso, repetitivo, inverosímil y aburrido que puede volverse un drama romántico filmado en Hollywood. Acá tenemos al enésimo enlatado de chica que conoce chico, en entorno amable y paradisíaco. Ella (Julianne Hough, una versión insalubre de Jennifer Anniston) prófuga de la justicia pero de buen corazón, chica risueña que atravesó malas experiencias, va a parar a un pueblito tranquilo, de gente agradable, en el que sin dificultad alguna obtiene un trabajo y puede alquilar una cabaña a orillas del mar. Para mejor, conoce a un buen partido (Josh Duhamel) el típico tipo lindo, buena persona, atento y maduro, que casualmente atravesó también infortunios recientes. Como para dar muestras de que es un hombre serio, es además un joven padre que se hace cargo solo de dos críos, luego de la muerte de su esposa.
Hay que ver los recursos baratos integrados como para intentar acercar este meloso pastiche al thriller: la casa filmada desde tomas distantes, los sonidos en la noche, las falsas alarmas, las esporádicas apariciones de oficiales de policía. Todos artificios a los que se echa mano pretendiendo aportarle algo de suspenso a una trama intrascendente.
Un tono empalagoso y bobalicón recorre toda la película y son presentados personajes carentes de profundidad psicológica: a la protagonista no le cuesta nada enamorarse y confiar en un hombre al poco tiempo de haber salido de una relación violenta y traumática; el viudo da muestras de haber superado plenamente el reciente fallecimiento de su esposa, y los hijos de él aceptan más tarde a la nueva integrante de la familia sin dar muestras de celos ni de molestia alguna. No hay matices, no hay conflictos internos, no hay dudas, sólo sentimientos inmaculados, puros, unidireccionales. Probablemente como consecuencia de esto y de la mala dirección de actores, la “química” entre los personajes, -ese encanto peculiar tan difícil de construir- se vuelve inexistente.
Cabe preguntarse si al director sueco Lasse Hallström le estará irrigando bien la sangre al cerebro, porque últimamente sólo ha filmado cosas intragables. Parece mentira que un director que supo hacer un par de buenas películas en su país natal y alguna más en Estados Unidos (Quién ama a Gilbert Grape, Las reglas de la vida), haya perdido hoy cualquier atisbo de inquietud, gracia o creatividad. 
Quizá el único mérito de esta película es que integra dos vueltas de tuerca, de esas que resignifican sustancialmente la trama, una a la mitad del metraje y otra al final, que no se ven venir. Pero finalmente quedan como dos pequeños puntos aislados que de ninguna manera podrían mejorar una película cuya calidad serpea constantemente a niveles subterráneos.

Publicado en Brecha el 30/8/2013

miércoles, 28 de agosto de 2013

La fórmula de Hollywood

Manual de lo mismo 

Un notable artículo publicado en una página web advierte sobre un libro que prácticamente ha poseído a los guionistas de Hollywood, marcándoles con señales específicas las pautas a seguir para concebir un libreto exitoso. Lo que podría haber sido visto como una estructura posible, acabó convirtiéndose en plaga.


Viendo sin mayor detenimiento algunos tanques hollywoodenses actuales podemos llegar a la conclusión de que hay cánones que se repiten, lugares comunes revisitados hasta el atiborramiento, similitudes entre personajes, situaciones, historias y anécdotas, giros de guión manidos que se ven venir desde leguas. El héroe ante la encrucijada, la victoria temporaria que sólo hace que los villanos se fortalezcan y vuelvan a atacar, el mentor que se contrapone al protagonista aportando momentos de distensión y simpatía, la sensación final de que todo está perdido, la irrupción final de una esperanza y del héroe recompuesto. De muchísimos casos se desprende la sensación de creatividad limitada o nula, por no hablar de simple y llana estafa. Pero lo que muchos desconocíamos es que existe realmente una fórmula muy específica, un manual, una meticulosa y precisa serie de pasos para construir un guión exitoso, a la que se ha echado mano una y otra vez en los últimos años. Un artículo de la página web www.slate.com da a conocer un manual de estudio y uso corriente entre guionistas del mainstream, explicando la forma en que de él se nutren buena parte de las superproducciones, distribuidas a lo largo y ancho del mundo. 
Save the Cat! The Last Book on Screenwriting You’ll Ever Need es el manual de Blake Snyder, exitoso guionista que se desempeñó libretando series y películas para la Disney. En él, echó abajo la estructura en tres partes que ha dominado la escena cinematográfica mainstream desde los años 70 en adelante, y la sustituye por 15 sucesos clave, “pulsos” descritos casi en detalle y desplegados minuciosamente, a los cuales se les atribuye un momento específico en la historia. Esta lista de pulsos fue pensada para un guión estándar de 110 páginas, por lo que a cada página le podría corresponder perfectamente un minuto de película. Así, si el manual sugiere incorporar un tipo de escena en la página uno, estaría diciendo que en el minuto uno de película debería de aparecer este tipo de introducción.
Snyder murió en el año 2009, pero no sin antes haber difundido su “método” en talleres y seminarios para guionistas a lo largo del mundo, e incluso desarrolló un software, una aplicación para el programa de redacción de guiones cinematográficos Final Draft, por la cual facilitó las pautas a seguir durante el proceso de escritura. Su libro fue un éxito y tuvo 14 reediciones. A pesar de que Snyder expuso su lista como una “estructura” y no como una fórmula a seguir, puede decirse que hoy ella ha sido absolutamente asimilada por la industria para la concepción de sus guiones. 
Tan claras son las instrucciones a seguir, tan elocuentes sobre la clase de cine que nos domina, que aquí optamos por extendernos en cada uno de los quince pasos de la lista. Se advierte al lector que quizá luego de asimilarlos sea difícil incorporarse frente a una superproducción hollywoodense con la “ingenuidad” de antes, por lo que quien quiera disfrutar sin más de una película sin reparar en estructuras narrativas y en reglas, quizá debería abstenerse de leer las líneas que siguen. Estos quince pasos Snyder los amplió y subdividió en cuarenta, pero este simple acercamiento lleva a comprender el estilo y la idea general. 

  • Imagen de apertura (minuto 1). Se marca el tono de la historia y es sugerido el problema primario del protagonista. 
  • El tema es declarado (minuto 5). Una interrogante o una declaración, a menudo dirigidas al protagonista, indican la temática central.
  • Configuración (minutos 1 a 10). Se presentan los personajes principales y el trasfondo general. Aquí el autor sugiere que el protagonista haga algo bueno como, por ejemplo, salvar un gato para ganarse la simpatía del espectador; de este ejemplo surge el título del libro.
  •  Catalizador (minuto 12). Un evento extraordinario que cambia la vida del protagonista y pone a la historia en movimiento. 
  • Debate (minutos 12 a 25). Una interrogante es planteada sobre la decisión que deberá tomar el protagonista. Usualmente se presentan aquí las etapas de su camino a seguir. 
  • Irrupción al acto II (minutos 25 al 30). El héroe abandona definitivamente su mundo conocido y entra a otro, extraño y novedoso. 
  • Subtrama (minuto 30). Una trama secundaria que a menudo da forma a un personaje (frecuentemente un objeto de amor, o un mentor) que asiste al principal en su viaje. 
  • Diversión y juegos (minutos 30 al 55). Un momento light en la narración, un tramo de distensión que explora el concepto central y que aporta momentos de simpatía, ideales para colocar en los trailers. Normalmente anticipa una gran victoria en el "punto medio". 
  • Punto medio (minuto 55). La trama y la subtrama se cruzan. Se construye una falsa victoria o, menos frecuentemente, una falsa derrota. Se revela nueva información que aumenta las expectativas.
  • Los malos circundan (minuto 55-75). Después de la victoria en el punto medio, las cosas empeoran gravemente, y los villanos se reagrupan y avanzan.
  • Todo está perdido (minuto 75). Reflejando el Punto medio, por lo general se trata de una falsa derrota. El héroe es invadido por una sensación de fracaso. Por lo general hay un suceso trágico, una muerte importante, o una referencia a la muerte o a la mortalidad. 
  • Noche oscura del alma (minutos 75 a 85). Un momento de contemplación en la que el héroe considera lo lejos que ha llegado y todo lo que aprendió. Es el momento en que se pregunta: "¿por qué ocurre todo esto?". 
  • Irrupción al acto III (minuto 85). Un momento “¡Eureka!” un giro sorpresivo que proporciona al héroe la fuerza necesaria para recomponerse y salir adelante. 
  • Finale (minutos 85 a 110). Basándose en todo lo que ha aprendido a lo largo de la historia, el héroe resuelve sus problemas, vence a los villanos, salva el día y cambia el mundo para mejor. 
  • Imagen final (minuto 110). Un espejo de la Imagen de apertura que pone de relieve las lecciones aprendidas y muestra cómo ha cambiado el mundo. 
Visto así, podrá parecer que películas sustentadas en esta estructura son de una superficialidad mayúscula. Pero lo cierto es que se trata de una fórmula que trasciende los géneros (películas aparentemente disímiles como El gran Gatsby y Oz, el poderoso se inscriben con facilidad) y desde las más irrelevantes (Jack el cazagigantes, Fuerza antigángster) a las más memorables de Hollywood se ciñen en mayor o menor medida a estos parámetros. Hablando de películas exitosas y bien recibidas por la crítica: Argo, Toy Story 3, El discurso del rey, Kung fu panda, Batman. El caballero de la noche, Los vengadores son todas analizables punto por punto. Viendo estos ejemplos, no debe pensarse que de por sí el conjunto de pasos a seguir sea algo nefasto, sino una suerte de molde del que podrían sacarse resultados infinitos según el material de relleno. 
La pregunta es cuánto más podrá durar en la gran pantalla una estructura tan recargada de dudas existenciales, de héroes excepcionales envueltos en circunstancias excepcionales, de malos con mucho poder que se repliegan y contraatacan, de “sorpresas” articuladas cronométricamente. Como se sabe, Hollywood marca la cancha y determina las formas del espectáculo, moldeando la percepción y los gustos. Y tanto es así, que a muchos espectadores es difícil sacarlos de un esquema narrativo de este tipo. Conviene comprender entonces que las formas dominantes de concebir el arte parecerían ser, lamentablemente, cada día más acotadas.

Publicado en Brecha el 28/8/2013

viernes, 23 de agosto de 2013

El conjuro (The conjuring, James Wan, 2013)

Mil demonios


A poco de empezar la película nos encontramos con un letrero repentino, imponente, que avisa que los hechos relatados que estamos por ver ocurrieron realmente. Que existió una pareja de renombrados demonólogos que, durante su carrera de 1952 a 2006, se ocuparon de miles de casos de encantamientos y posesiones, pero que hubo un suceso en particular -al cual estamos por asistir- que, de tan horrendo, lo habían mantenido en silencio y recién hoy conoce la luz. Lo cierto es que el caso tuvo trascendencia en su momento, pero no puede negarse el poder de impacto de esa falaz introducción. La sospecha de que los hechos pudieran tener un asidero real descubre a la narración de la "seguridad" que dan los relatos ficcionados, y este infrecuente aura de veracidad se potencia con el abordaje realista, el detallismo en la ambientación de época, las grandiosas actuaciones y un guión sobrio al que no le sobra ni le falta una sola línea. 
La vulnerabilidad se multiplica por cinco: cinco niñas son las víctimas potenciales de los espectros que comienzan a invadir la casa de una familia humilde, instalada en el medio de la nada. Y de a poco comienzan los sucesos paranormales: los relojes de la casa se detienen todas las noches a las 3:07, hay sonidos inverosímiles y golpes, fotos familiares que son "atacadas" y arrojadas al piso, apariciones y extraños moretones en la piel de la madre. La fotografía, la decoración, la impecable puesta en escena propicia un clima angustiante, reforzado por una cámara que se desplaza entre las habitaciones de la casa con una cadencia y habilidad excepcionales, jugando con las sombras, con lo que queda fuera de campo y lo que se ve sólo parcialmente o durante fracciones de segundo. Como en la casa de Norman Bates en Psicosis, existen tres pisos en la vivienda, uno de ellos el sótano (que según el filósofo Slavoj Zizek representaría el inconsciente, un vertedero de cosas ocultas y reprimidas; aunque quizá no convenga forzar esta clase de lecturas). 
Las amenazas que infestan la casa deben ser combatidas con instrumentos religiosos, pero por fortuna aquí se evita la arenga sobre Dios y Satanás y los demonólogos (notables Vera Farmiga y Patrick Wilson) están presentados como seres racionales que hasta parecerían hacer un uso meramente práctico de la religión para erradicar a los demonios. El suspenso se construye notablemente sobre esa premisa: los especialistas que deberían tener pleno dominio de la situación están alterados, superados, intentando mantener un semblante calmo y sosegado a pesar de lo asfixiante del cuadro, y algunas de sus afirmaciones inquietan aún más. Luego de horrendas apariciones y de que la mujer de las niñas fuera arrojada por las fuerzas malignas escaleras abajo Ed Warren dice, con plena seguridad, "por fortuna aún no han empezado a ponerse violentos", dando la pauta de que lo peor está por venir. 
El cineasta malayo de raíces chinas James Wan es uno de los más grandes directores del cine de terror de la actualidad y su anterior película, Insidious, así como ésta última, son claras muestras de su talento. Nótese que aun dentro de la gravedad imperante se logra introducir algún elemento humorístico, -una de las marcas autorales de Wan- como las breves apariciones de un escéptico oficial de policía, sujeto absolutamente ajeno a un entorno donde lo siniestro se impone y todo parecería conjurarse para un escalofrío constante.

Publicado en Brecha el 23/8/2013

martes, 20 de agosto de 2013

Red 2 (Dean Parisot, 2013)

Más veteranos 

En 2010 se estrenó Red, una película sumamente atractiva que reunía varias tendencias cinematográficas del cine mainstream actual: la moda de las adaptaciones de cómics; la de los caper films en clave de comedia -películas de atracos, con grandes personalidades y toques humorísticos (La gran estafa, Robo en las alturas) y la de reunir actores veteranos como ejercicio nostálgico y de explotación de viejas glorias –Jinetes del espacio, Los indestructibles 1 y 2-. RED significa Retired Extremely Dangerous, y se trata de un escuadrón improvisado de veteranos ex agentes de varios servicios de inteligencia que se juntan para defenderse y, de paso, para impedir alguna amenaza global. En esa primera entrega, bien recibida tanto por el público como por la crítica, se hacía uso de un humor muy particular, sustentado en carismas y presencias impagables como las de Bruce Willis y Helen Mirren, y además se alternaban notablemente escenas de acción y humorísticas.
Aquí tenemos una segunda dosis. Una vez más, acercarse a una película de este tenor es reencontrarse con un montón de viejos amigos. Un elenco notable que reúne los nombrados y además a John Malkovich, Brian Cox, Catherine Zeta-Jones, Mary-Louise Parker, David Thewlis, Anthony Hopkins y al surcoreano recientemente importado a Hollywood Lee Byung-hun (es el protagonista de A bittersweet life y The good, the bad and the weird). Los tramos que funcionan mejor son aquellos en los que se le ofrece al plantel la oportunidad para explotar sus aptitudes para la comedia, dando lugar a un puñado de chistes notables.
Es una pena que en esta secuela se haya apostado tanto a lo seguro, y que a grandes rasgos no pueda verse más que como un refrito de la primera entrega, sin agregados especialmente originales. El humor juega con esa dualidad de que los personajes sean adorables y terribles al mismo tiempo, -igual que en la anterior, no faltan los chistes referidos a su adicción por matar gente- una vez más los servicios de inteligencia son presentados como burocracia inescrupulosa dispuesta a eliminar a quienes detentan secretos de estado, y otra vez están los enemigos acérrimos de los protagonistas que se cambian de bando y deciden luchar hombro a hombro junto a ellos -en la entrega pasada era Brian Cox, un ruso ex KGB, y aquí se pliegan a la causa otro par cuyos nombres no adelantaremos-. La anécdota es rutinaria y la entreverada trama pareciera tan sólo una excusa para sustentar líneas de diálogos humorísticos y acción desatada. Esto último es lo que realmente importa, la razón de ser de esta película y, vista la gracia, la soltura y el buen ritmo con que se lleva durante todo el metraje, lo que hace que funcione como entretenimiento.

Publicada en Brecha el 20/8/2013