
Primero una aclaración. Outrage no tiene nada que ver con el Takeshi Kitano más sosegado y autoral; no se trata de un cine detenido y minimalista, sino todo lo contrario. Sus personajes tampoco son los individuos taciturnos e introvertidos de Flores de fuego o Dolls, sino que se gritan, se amenazan, demuestran con todo un alarde corporal ser implacables e hiperviolentos yakuzas. Ya no hay despliegues poéticos –ni se los busca- y el asunto recuerda a las más toscas y áridas películas de género que supo filmar el gran Kinji Fukazaku, con una trama plagada de conspiraciones, inescrupulosas traiciones y vías de ganar territorialidad y hacerse con el poder a fuerza de tiros.
Y Furia es un exabrupto de violencia. Por decirlo de alguna manera: en un registro doloroso y realista supera en violencia a la mayoría de las producciones del cine surcoreano y japonés; Kitano incluso supera a Kitano, desplegando un desquiciado vómito sangriento de casi dos horas, en los que yakuzas de distintos bandos no paran de gritarse y amenazarse unos a otros llegando a breves, inesperados y crudísimos estallidos de violencia localizada. Kitano hiere sensibilidades y deja escenas grabadas a fuego en la psiquis del espectador. Al respecto, el director ha dicho: “Filmo intencionalmente la violencia para que la audiencia sienta auténtico dolor. Nunca filmé y nunca filmaré la violencia como si fuese una especie de videojuego de acción”.
Y Furia es un exabrupto de violencia. Por decirlo de alguna manera: en un registro doloroso y realista supera en violencia a la mayoría de las producciones del cine surcoreano y japonés; Kitano incluso supera a Kitano, desplegando un desquiciado vómito sangriento de casi dos horas, en los que yakuzas de distintos bandos no paran de gritarse y amenazarse unos a otros llegando a breves, inesperados y crudísimos estallidos de violencia localizada. Kitano hiere sensibilidades y deja escenas grabadas a fuego en la psiquis del espectador. Al respecto, el director ha dicho: “Filmo intencionalmente la violencia para que la audiencia sienta auténtico dolor. Nunca filmé y nunca filmaré la violencia como si fuese una especie de videojuego de acción”.

Los aliados se separan y desatan una guerra entrecruzada, los subordinados buscan asimismo formas de asesinar a sus propios cabecillas para quedarse con el poder, y las jugadas sucias que los discípulos aprenden son utilizadas luego contra sus maestros. En Japón existe una suerte de culto juvenil a los yakuzas, por lo que no es extraño dar con adolescentes que aspiran a seguir una vida delictiva y arriesgada a cambio de prestigio barrial y poder coercitivo. Kitano logra un oscuro y adictivo lienzo en el que desmitifica y desdibuja todo principio de compañerismo, rectitud u honor, y hasta se permite la burla a viejas costumbres como el Yubitsume, por el cual los yakuzas se cortan un dedo para pedir perdón y como muestra de lealtad.
Publicado en Brecha el 15/4/2011
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