jueves, 29 de septiembre de 2011

El cine de Corea del Sur

Tierra de grandes


En Sala Cinemateca comienza un nuevo ciclo dedicado a una de las cinematografías más atractivas, copiosas, transgresoras y vitales del día de hoy. Aquí una exploración de algunas de las características de un portentoso estallido de creatividad localizada.

Cuando el desprevenido espectador occidental se da de frente con el sorprendente universo fílmico coreano, hay varias cosas que suelen llamarle la atención. En primer lugar, el cuidado técnico, la impecable calidad estética y la veta innovadora con que se desenvuelven los cineastas, capaces de crear climas y atmósferas de taquito, como si no fuera la gran cosa. En esos aspectos, es poco lo que tendrían para envidiarles a los mejores artesanos estadounidenses y europeos. Otro rasgo que se hace notar inmediatamente es que las películas tienen una duración estándar mayor que el promedio occidental. Es decir, es raro dar con una película coreana que dure menos de 120 minutos. Esto se explica porque los cinéfilos surcoreanos suelen protestar cuando una película dura menos que eso, llegando incluso a reclamar la devolución del dinero de sus entradas. Pero no debería pensarse que estas películas se hacen largas o aburridas, ya que muchos de los cineastas en cuestión tienen una noción del ritmo envidiable, aportando historias originales que agarran al espectador del cogote desde el primer minuto, y que se continúan con un imparable dinamismo conceptual y/o audiovisual.
El tercer aspecto llamativo es la valentía con la que guionistas y cineastas se arrojan a tocar y profundizar en temáticas difíciles, dolorosas, auténticos tabúes sociales. Por ejemplo, muchas producciones coreanas suelen estar protagonizadas por personajes marginales, desocupados, discapacitados, prostitutas, exconvictos, guardaespaldas, policías corruptos. En muchos casos llevan formas de vida verdaderamente cuestionables, pero de a poco comenzamos a comprender su entorno, sus razones, sus dolores ocultos; finalmente se logra la empatía con ellos.

La necesidad de lo sórdido. En Oasis se hace al espectador partícipe del mutuo enamoramiento de un retardado mental y una cuadripléjica, en Poetry se sigue de cerca la lucha de una señora en defensa de su nieto violador, en The man from nowhere la temática central es el robo de órganos a niños de la calle; y así podría continuarse con esta clase de chocantes contenidos.
No debe olvidarse que las dos coreas han sido muy maltratadas a lo largo de la historia y han sufrido durante siglos la guerra y la ocupación extranjera. La guerra de Corea significó decenas de millones de bajas humanas, las fricciones entre el Norte y el Sur han existido desde la separación, las continuas dictaduras que se extendieron durante décadas sobre el siglo XX dejaron heridas de muy difícil cicatrización para la población civil. No son pocas las producciones fílmicas que relatan hechos ocurridos en los períodos históricos más dolorosos y significativos para el colectivo, como la masacre de Kwang-ju de 1980, donde la represión militar segó una manifestación estudiantil dejando un saldo de 200 muertos. La inmensa Peppermint Candy de Lee Chang-dong es paradigmática en este sentido, porque aborda dos décadas de degradaciones e ilustra con claridad el trauma latente en la idiosincrasia coreana. Es lógico que al conseguirse la libertad de expresión se hayan dado a conocer circunstancias difíciles y escondidas, y es probable que los estallidos de violencia, las atmósferas opresivas y ciertos aires pesimistas presentes no sean otra cosa que una explosión catártica, lo que es natural y necesario para una sociedad en recuperación.
Pero el espíritu transgresor coreano también puede verse en escenas de alto contenido erótico, cuya obra máxima es la frecuentemente subvalorada Mentiras de Jang Sun-woo, en la cual se abordan en forma madura, desprejuiciada y por momentos explícita relaciones sexuales atípicas. Esto no debería llamar demasiado la atención, pero en momentos en que Hollywood filma la sexualidad con recato absoluto, las excepciones a la regla dominante se hacen notar. Hong Sang-soo, un seguidor de Eric Rohmer que no tiene mucho que envidiarle a su maestro, tiene el plus de filmar escenas eróticas con mano prodigiosa. Este director, al igual que otros cineastas coreanos como Bong Joon-ho, Park Chan-wook o el ex ministro de cultura Lee Chang-dong, merecerían todo un estudio aparte.
A su manera, otras formas de transgresión son los finales abiertos en los que la narración se interrumpe en un momento clave, o las estructuras narrativas no-lineales como las utilizadas por Hong Sang-soo en Virgin stripped bare by his bachelors, o el esquema episódico hacia atrás de Peppermint candy, planteado incluso antes de que Memento lo reintrodujera en occidente.

Jóvenes cineastas. Si bien occidente promueve la experiencia y prefiere dejar en manos experimentadas las grandes producciones, en Corea, por el contrario, existe por parte de los inversionistas cierta tendencia a buscar directores jóvenes y de escaso currículum, para darles a ellos el empuje en trabajos importantes. Se sabe que tienen mejor diálogo con las grandes audiencias, y que son los más proclives a explorar terrenos o abrir nuevos caminos. También debe decirse que los directores nóveles son más dados a atender los consejos de los planificadores de producción y, por tanto, preferidos por su maleabilidad. Pero cierto es que la frescura palpable es producto de la constante renovación. Park Chan-wook, Lee Chang-dong, y Kim Ki-duk ya son hoy considerados veteranos, y el mayor de ellos tiene apenas 51 años.
El cine de acción coreano probablemente sea el mejor del mundo y puede dividirse hoy en dos corrientes. La primera y menos interesante es la vertiente light, familiar aunque divertida y lúdica, de la que Mi novia es un agente secreto (ver apartado) es un buen ejemplo. Pero la que mejor se sustenta, la que impacta y suele funcionar en taquillas y ser distribuida al mismo tiempo en festivales internacionales es aquella pensada para un público adolescente y adulto, que se caracteriza por ser un cine particularmente truculento y oscuro, y por plantarse en un realismo social a lo Scorsese -Oldboy es uno de sus ejemplos más conocidos-. Kim Ji-woon, Park Chan-wook y Na Hong-jin, que se desempeñaron brillantemente en el registro, deberían considerarse como auténticos referentes del cine de acción mundial.
Y es que si existen dos géneros que Corea ha explorado y explotado a lo largo del Siglo XX son el melodrama y el cine de acción, y su legado sigue presente en la mayoría de las producciones actuales. Hoy se denota además una importante incursión en el policial, en el cine bélico, en el thriller y el terror, en la comedia romántica, en el cine épico —Musa de Kim Sung-su es una épica clásica portentosa, de esas que no se ven en occidente—. Como es típico de un país en plena ebullición creativa, estos géneros se entremezclan permanentemente, por lo que no es de extrañarse, por ejemplo, que una película que originalmente parecía un policial realista comience a descolocar con increíbles secuencias de acción desaforada, para transformarse hacia el final en un drama romántico con puntas sociales, y llamando siempre a la reflexión, como el mejor cine de autor.
Desde el cine poético, lento, reflexivo y sugerente de Kim Ki-duk, pasando por la madurez conceptual de Lee Chang-dong, la intensidad catártica de Kim Ji-woon y llegando hasta la sincera emotividad de Yim Soon-rye o John H. Lee, el universo del cine coreano exige a gritos la atención que merece, y que empiece a ser considerado con seriedad por la prensa especializada.

*Cada vez que se lea “coreano” querrá decir “surcoreano”. El cine de Corea del Norte es poco relevante y en su mayoría se trata de mera propaganda al régimen comunista de Kim Jong-il.

Sistema de cuotas. La reciente explosión y auge de la cinematografía surcoreana se ha dado en parte sin premeditación, casi por accidente, y sus orígenes pueden rastrearse tiempo atrás. Finalizada la ocupación japonesa en 1945 y la guerra de Corea en el 1953, los estudios de producción quedaron reducidos a escombros, y una seguidilla de gobiernos autoritarios frustraría la creatividad de los cineastas. Pero lo llamativo es que una de las medidas restrictivas fue lo que impulsó a este cine, ya que la cuota de pantalla obligaba a las salas a dedicar un 40% de su programación al cine nacional. Es decir, lo que se pensó originalmente para frenar la entrada del cine extranjero, dominar los contenidos e imponer la censura, sirvió más adelante para formar un público sólido y fomentar la industria. De todos modos, es recién en los años noventa que el crecimiento de la producción se vuelve sostenido, gracias al aumento de la inversión y la creación de las tecnologías necesarias para lograr películas capaces de competir con las superproducciones. En 1999 Shiri de Kang Je-gyu desfalcó a Titanic como la película más taquillera, vendiendo 8 millones de entradas. The host, en 2006, batió todos los récords con 13 millones de entradas, -en un país en que la población total es cercana a los 49 millones de habitantes-; una cifra difícil de desestimar.
Lamentablemente, Estados Unidos minó en el año 2007 el sistema, exigiendo que lo levantasen como condición fundamental para iniciar negociaciones por un tratado bilateral de libre comercio entre ambos países. La cuota de pantalla –fijada cuarenta años atrás- debió reducirse a la mitad. Por fortuna, de momento no parece haber mermado la producción surcoreana, y si en 2007 la producción anual de largometrajes era de 124, en 2009 ascendió a los 139.

Las imprescindibles de la década

-The isle (Kim Ki-duk, 2000). Una mujer alquila pequeñas cabañas flotantes a pescadores y les facilita comida y prostitutas. La llegada de un huésped suicida despierta su interés. Tortuosa, poética y enigmática.
-Joint security area (Park Chan-wook, 2000). En la única porción de la zona desmilitarizada de Corea, en la que las tropas del norte y del sur se encuentran cara a cara, tiene lugar un extraño crimen, y su investigación no es sencilla.
-Musa (Kim Sung-su, 2001). Nueve guerreros koryo, en un viaje épico a través de la China imperial, se ven abocados en proteger a una princesa china del ataque de las temibles tropas mongolas.
-Oasis (Lee Chang-dong, 2002). El amor entre una tetrapléjica y un retardado mental. La incomodidad original va transformándose paulatinamente en algo emotivo, bello y poético. Una obra mayor de un cineasta de primerísimo orden.
-Turning gate (Hong Sang-soo, 2002). El mejor heredero de Rohmer explora una relación entre un actor venido a menos y una de sus fans, en la que se revelan varias facetas ocultas.
-Sympathy for Mr Vengeance (Park Chan-wook, 2002). Se inaugura la bestial trilogía de la venganza (que se redondea con Oldboy y Simpathy for Lady vengeance), marcando un estilo que se arraigaría profundamente en el cine coreano.
-Memories of murder (Bong Joon-ho, 2003). Una investigación imposible. Dos detectives que, pese a sus inmensos esfuerzos no logran reunir pruebas concluyentes, y el tiempo que pasa y el criminal que sigue suelto. Una obra maestra de la que Fincher se robó, para Zodíaco, su idea central.
-Save the green planet! (Jang Joon-hwan, 2003). Un cazador de alienígenas profesional secuestra a un alto ejecutivo de finanzas, por creerlo un invasor del espacio sideral. Un delirio notable, sobregirado e hilarante.
-A tale of two sisters (Kim Ji-woon, 2003). Tras salir de una institución de rehabilitación mental, las dos hermanas del título vuelven a su casa con su padre y su cruel madrastra. Seguramente lo mejor del terror surcoreano.
-Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera (Kim Ki-duk, 2003). Dos monjes comparten un santuario flotante entre las montañas. Pese a su aparente paz interior, no son capaces de evitar las dolencias y los crueles avatares de la vida.
-Oldboy (Park Chan-wook, 2003). La imágen icónica del cine surcoreano. El hombre del martillo despliega una venganza febril, agobiante y adictiva. Una pesadilla hecha cine.
-A moment to remember (John H. Lee, 2004). Un melodrama de los que golpean y desarman. La agradable belleza romántica de la primera mitad se obstruye con una inesperada y trágica sorpresa que cambia y ensombrece drásticamente el tono general.
-Brotherhood of war (Kang Je-gyu, 2004). En 1950, dos hermanos son obligados a abandonar trabajo y estudios e incorporarse a filas, durante la guerra de Corea. Allí padecerán el infierno.
-Woman is the future of man (Hong Sang-soo, 2004). Un triángulo amoroso, de personajes fracasados y egoístas es la excusa para explorar ciertas facetas humanas. Otra obra patética e incómoda de un genial director maldito.
-A bittersweet life (Kim Ji-woon, 2005). Un mafioso de cuidado se enamora de la prometida de su jefe, desatando caos y una ira irrefrenable. Las escenas de acción son maravillosas.
-A dirty carnival (Ha Yu, 2006). Veterano criminal debe cuidar de su madre terminal y de su hermano pequeño. Entre inmensos líos mafiosos, un amigo le pide asesoramiento para filmar una película.
-Secret sunshine (Lee Chang-dong, 2007). Una madre soltera debe enfrentarse a una de las mayores calamidades que le podrían ocurrir en vida. Un drama mayor, sobre un tema difícil.
-The chaser (Na Hong-jin, 2008). Un expolicía devenido en proxeneta se da cuenta de que sus chicas van cayendo en las manos de un retorcido asesino serial, y procura tomar cartas en el asunto.
-Forever the moment (Yim Soon-rye, 2008). En 2004 el equipo nacional de handball femenino calificó para las olimpíadas. Los conflictos individuales, los avatares de la formación, y una vibrante épica partidística.
-Breathless (Yang Ik-joon, 2009). Gángster violento y antisocial se gana la vida cobrando deudas, maltratando y hostigando gente. Pero se ve sacudido al conocer una jovencita que no parece tenerle miedo, y que es a su vez víctima de violencia familiar.

En Cinemateca Uruguaya:

El momento para siempre es grandiosa. Está basada en una anécdota real de un equipo femenino de handball que compitió representando a Corea del Sur para las olimpíadas de 2004, y se centra en las dificultades de este grupo de chicas para entrenar, en los conflictos que existen entre ellas y con los entrenadores, en las complicaciones que conlleva ser una deportista de calibre y a la vez hacerse cargo de tareas como sobrevivir o criar hijos. Los cineastas occidentales deberían tomar nota, pues aquí se ven elementos que llevan a que una película deportiva se convierta en algo sobresaliente: hay personajes sólidos y diferenciables y se dan a conocer sus conflictos individuales; las interpretaciones son notables, hay emoción y, por sobre todo es notorio el conocimiento del deporte por parte de la directora-guionista, capaz de involucrar a la audiencia en las tácticas aplicadas, en el desempeño individual, logrando asimismo transmitir la vibrante fuerza épica a la competición. Seguramente el punto más alto de esta selección.
Mi novia es un agente secreto es una película de acción divertida y despreocupada, notablemente filmada e inteligentemente escrita. En otras palabras, la clase de películas que hoy no podrían encontrarse en hollywood. Algo así como que Una pareja explosiva, o Brigada A tuvieran, además de las dosis de dinamismo y humor, un guión coherente y sólido, y el espíritu lúdico de las mejores películas de Jackie Chan. También en este registro más comercial se encuentra la comedia Fabricante de escándalos. Hay una idea sólida y original y están ahí un montón de elementos que explican que haya sido el taquillazo que fue. Dosis de humor, enredos, drama, romance; hay un niño pequeño que actúa como los dioses y un par de estrellas en papeles protagónicos que cantan y bien. Un final luminoso, a lo grande, con lágrimas, canciones movedizas y un nutrido coro cierra un entretenimiento familiar de esos que se gozan. Por su parte, El gran chef es de esas películas que combinan notablemente exotismo con gastronomía, y además lo hace en clave de comedia, llevada adelante gracias a una anécdota irresistible. Un concurso de chefs coloca a dos eternos rivales frente a frente, en una ensañada competencia dividida en distintas etapas, para ver cuál de ellos es el mejor. Las diferentes instancias reflejan aspectos clave de la comida surcoreana, y la película en su conjunto es un disfrute de texturas, olores y sabores, con buen ritmo y momentos de efectiva hilaridad.
Viejo compañero es un interesante documental sobre un señor antiquísimo e inválido que convive con su mujer y un buey de cuarenta años. Este animal es su herramienta de trabajo, su salvación y su compañero de toda la vida. Pero el veterinario dice que no puede vivir ni un año más. El documental muestra la inagotable parsimonia con la que el hombre, con su salud y la del animal comprometidas, moviéndose a duras penas sigue yendo a trabajar, persistiendo en métodos de labranza rústicos y obsoletos.
Un sueño descalzo es el punto flojo de la selección. En un entorno marginal de Timor Oriental, un entrenador de fútbol arma un equipo infantil con la intención de darle proyección internacional. Lamentablemente los niños son personajes poco sustanciosos, carecen de personalidad y se limitan a patear la pelota, sonreír o llorar de acuerdo a su fin único que es ser reconocidos, y la aproximación a ellos peca un tanto de miserabilista. El relato pierde así firmeza y vigor y el conflicto es llevado sin el ímpetu que era necesario. Discursivo y demagógico, el final acaba por hundir una buena idea.

* va hasta el martes 4, en Cinemanteca Carnelli.


Publicado en Brecha el 30/9/2011

viernes, 23 de septiembre de 2011

Copia certificada (Copie conforme, Abbas Kiarostami, 2010)

Reversible y auténtica

Ella (Juliette Binoche) es una galerista de arte en la Toscana y él (William Shimell) un reconocido escritor y ensayista británico. Él se encuentra de paso por Italia ya que está presentando un libro en el cual reivindica el valor de la copia de la obra de arte, restándole interés a la “autenticidad” de los originales. Ella, madre soltera, siente una clara atracción por él, y lo lleva de paseo por el pueblo Lucigniano, en un deambular –casi a tiempo real- en el que dialogan extensamente. Como no podía ser de otra manera, el director Abbas Kiarostami dilata los tiempos, la acción se vuelve mínima, e importan más los pequeños gestos, el contexto, y lo que les ocurre interiormente a los personajes que lo que efectivamente dicen. Pero también es justo notar que ésta es de las películas más “dinámicas” del director iraní; y seguramente, una de las mejores.
Hay un fuerte parentesco con la brillante Viaje a Italia (1954) de Rossellini, clásico que inspiró a los cineastas de la nouvelle vague en el cual una pareja dialogaba y discutía airadamente en un viaje hacia Nápoles. Como en esa gran película, como en Bergman, como en Rohmer, como en el cine del coreano Jang Sun-woo, se despliega notablemente ese enrevesado y doloroso universo sentimental en el que a veces los adultos nos sentimos tan perdidos, ya que los bagajes de ideales e ilusiones rara vez se condicen con lo que toca vivir.
Pero Kiarostami dobla su apuesta con un guión que confunde y que busca confundir, ya que, a partir de cierto punto clave, se deja de saber qué es verdadero y qué no. Es decir, a partir de determinado momento las situaciones que se suceden podrían obedecer a un “juego” que los personajes despliegan para sí, pero por otra parte también podrían estar siendo ellos mismos, diciéndose unas cuantas verdades. Es así que, de golpe, Copia certificada se desdobla, se convierte en una película reversible, interpretable desde ópticas distintas y contradictorias. Kiarostami, obseso de las diversas capas de realidad y del desvelamiento del artificio, lleva sus fijaciones a un extremo, aportando elementos, “pistas” que llevan a pensar alternativamente en una hipótesis o en la otra. ¿Cuál es la realidad?, ¿qué es lo original y qué una copia? y finalmente, ¿importa eso?, ¿acaso no son creíbles, fidedignos los sentimientos que están teniendo lugar, esos torbellinos emocionales que atraviesan los personajes?
Binoche, inmensa y bellísima, es seguramente el punto más alto de esta película y deja para la posteridad una interpretación repleta de matices y cambios de registro que cortan el aliento. No en vano es y ha sido la opción de grandes cineastas, entre los que se destacan Kieslowski, Haneke y Hou Hsiao-hsien.
Es verdad, ésta es la clase de películas que gusta mucho a los críticos y no tanto al público en general; quizá la clase de ensayos meta-cinematográficos de los que se disfruta más reseñando que vivenciando directamente. Pero de todos modos, es innegable que se trata de una obra intensa, sugestiva y rica de significaciones; de esas que crecen al verse más de una vez, y que se prestan para hacerlo.


Publicada en Brecha el 23/9/2011

domingo, 18 de septiembre de 2011

Amigos con beneficios (Friends with benefits, Will Gluck, 2011)

A lo que debemos aspirar

Las comedias románticas hechas en Hollywood tienen mucho que ver con un mundo idílico, histérico y estéticamente imposible y poco que ver con la realidad. Allí suelen exhibirse, como en una vidriera, ideales de belleza, de éxito, de cómo plantarse y ser cool, y los espectadores que compran estos combos y que buscan verse reflejados se llevan a sus casas un paquete de ilusiones que, en muchos casos, suele transfigurarse en frustración. Este tipo de comedias, en su mayoría superficiales, dulcificadas y por supuesto acríticas, continúan encumbrando valores relativos al sueño americano y a formas de existencia inalcanzables para la amplia mayoría de los seres humanos.
Will Gluck, director de esta película, ya había hecho la comedia teenager Se dice de mí, una bazofia de cuidado en la que los personajes todos se ajustaban a los más exigentes parámetros de belleza dominantes -hasta los catalogados como “feos” eran despampanantes- y pretendía tirar líneas de moralismo, tolerancia y consideración cuando en realidad los discursos escondidos en la película dejaban en claro que eso era todo una farsa.
Ajustado a parámetros estéticos similares, aquí Dylan (Justin Timberlake), joven emprendedor, editor de contenidos web –confluye la capacidad de administración empresarial y la creatividad orientada a nichos novedosos y prometedores- conoce a Jamie (Mila Kunis) reclutadora de talentos –la acertada ejecutiva, hábil e independiente en sus criterios-. La verborragia entre ellos es, desde un comienzo, imparable, y cuidado, que las líneas de diálogos no bajarán en ritmo y velocidad hasta los créditos finales. Los dichos de los protagonistas son pretendidamente inteligentes, todo el tiempo: a cada ocurrencia se sucede una réplica aún más suspicaz, perdiéndose así, desde el mismo comienzo, la esperanza de verosimilitud. Resueltos y avispados, cerca de media docena de veces dicen de forma canchera “era una broma” luego de fingir falsas reacciones. Si el director/guionista da así pocas muestras de creatividad, unos secundarios de manual no hacen más que rebajar la berretada a niveles subterráneos: la madre de la protagonista (Patricia Clarkson) es la típica veterana hippie, que da mayores muestras de inmadurez que su propia hija pero es cariñosa y considerada (como las de Mamma mia, The kids are all right o Se dice de mí, para no ir más lejos). El compañero gay del personaje (Woody Harrelson) es tan sólo un vehículo para hacer chistes de gays, y el padre con alzheimer (Richard Jenkins) es el toque de gravedad que se necesitaba, para demostrarse que el muchacho es un tipo sufrido y bueno y que esta película dista de ser tan sólo otra comedia descerebrada. Ninguno de estos actores está mal, pero personajes así, contextualizados como están, dañan la psiquis de cualquier ser pensante.
Esta película está muy bien puntuada en algunas páginas web especializadas (IMDB, Rotten tomatoes) tiene buena recepción crítica y funciona notablemente en taquillas. La comedia romántica estadounidense no evoluciona ni cambia sus reglas porque la fórmula camina bien así, como está. Lo que cuesta creer es que el público continúe tragando.

Publicado en Brecha el viernes 16/9/2011

domingo, 11 de septiembre de 2011

Contra el olvido


El género documental cumple por definición con un rol de registrar y preservar ciertos hechos o realidades existentes y difundirlas, en una lucha contra el olvido y en un intento de iluminar instancias que de otra forma se perderían o pasarían desapercibidas. Aún deteniéndose en historias particulares y anécdotas mínimas, estas películas suelen ser vehículos de conservación de la memoria histórica. Con esta intención, la brillante película paraguaya Cuchillo de palo echa luz sobre las aberraciones y humillaciones que sufrieron los homosexuales durante la dictadura de Stroessner; la directora Renate Costa vivió toda su vida obsesionada con su tío, quien murió en enigmáticas circunstancias. Repleta de incógnitas y sin muchas certezas, Costa indaga en su misma familia, a la vez que entra a un submundo en el que consulta a homosexuales y travestis que conocieron a su tío, con la idea de comprender quién fue él y qué le sucedió. De a poco va demostrando lo que significó ser gay dentro de un universo marcial y machista, a la vez que desnuda un sentir popular –reproducido por su misma familia- que, de cierta manera, avalaba las aberraciones cometidas. Por su parte, el documental 7 instantes de Diana Cardozo aporta asimismo uno de las más elocuentes e interesantes aproximaciones al "Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros", antes, durante y después de la dictadura, entrevistando a miembros del llano de la organización; a integrantes cuyas vivencias no habían sido difundidas.
Ambas entrevistadoras logran vencer resistencias, llegar a sus interlocutores y lograr que se abran ante ellas, labor difícil si las hay. La negación a priori de remover y reflotar recuerdos dolorosos del pasado está notablemente expuesta en la impactante Incendies, de Denis Villeneuve. En ella, una mujer emprende un viaje a través de Oriente Medio con el objetivo de dar con su padre, al que creía muerto, y con un hermano, del que hasta hace poco desconocía su existencia. Para ello debe saber quién fue realmente su madre y qué papel desempeñó en las guerras civiles entre cristianos y musulmanes de los años setenta. Las personas que podrían aportar información valiosa en un principio se niegan a responderle, y si finalmente se llega a una resolución, es porque el azar jugó a favor. El título “Incendies” refiere al poder destructivo de las guerras, de los abusos y las masacres colectivas, capaces de reducir a cenizas no sólo a seres humanos sino a su mismo recuerdo por generaciones. El silencio humano se contrasta, en la película, con la imagen de archivos inmensos, mudos, que esconden miles de historias perdidas e inescrutables.
La mirada invisible de Diego Lerman aborda la dictadura argentina desde una óptica novedosa. Se centra en los mecanismos de control y disciplina dentro de “Ciencias morales” el prestigioso colegio hoy conocido como Nacional Buenos Aires. Así, se expone un férreo universo de miedo y represión sexual, donde todo indicio de creatividad o vitalidad es rápidamente censurado y anulado. Las dictaduras destruyen la capacidad de expresión e injertan el autocontrol en el individuo, convirtiéndolo en un panóptico de sí mismo.
Películas como Katyn, de Andrzej Wajda, o la subvalorada Ararat de Atom Egoyan sorprenden exponiendo temáticas que se mantuvieron ocultas durante décadas, ya sea por cuestiones de resistencia política o por orgullosa intransigencia. En la primera el director polaco relata, mediante un abordaje coral, los sucesos ocurridos el martes 13 de abril de 1943, en el bosque de Katyn. Los soviéticos asesinaron a sangre fría a mil altos oficiales del ejército polaco. Esa matanza fue adjudicada a los alemanes por parte de los aliados, pero fue recién en 1990 que se abrieron los archivos secretos soviéticos, demostrando por fin una verdad silenciada. Ararat, por su parte, es la primera película de ficción centrada en el genocidio armenio de 1917, durante el cual el gobierno de los Jóvenes turcos masacró entre un millón y medio y dos millones de personas. El gobierno turco aún niega la existencia del genocidio, pese a la presión internacional por que lo asuma de una buena vez.
El cine es y siempre ha sido una notable herramienta para reafirmar la memoria, y es capaz de grabar hechos cruciales en el colectivo. Lo único que se precisa es la voluntad para hacerlo.

Publicado en revista "Noteolvides" 8/2011

domingo, 4 de septiembre de 2011

Cowboys & aliens (Jon Favreau, 2011)

Lo prometido


El que va a ver una película llamada Cowboys & aliens sabe con qué va a encontrarse. Más cuando está protagonizada por James Bond (Daniel Craig) e Indiana Jones (Harrison Ford), más si se tiene conocimiento de que uno de los productores fue Steven Spielberg, -con su infantilismo perpetuo y su obsesión con los extraterrestres- y más cuando el director es Jon Favreau, autor de los notables divertimentos familiares Zathura y Iron man. Desde el vamos sabemos que hay que abandonar los prejuicios, dejar de buscarle el pelo al huevo y valorar en su correcta medida a un entretenimiento pochoclero y superficial, a un autoconsciente pastiche de acción y aventuras.
Como demostraron Depredador, Del crepúsculo al amanecer, o más recientemente Kick-ass, Zombieland y Rango, una película con una abrupta mezcla de géneros puede funcionar en taquilla, y esa es la clase de experimentación que hoy la industria puede permitirse. Aquí Jake, nuestro personaje principal (Craig) se despierta en una llanura desértica, amnésico y con un extraño brazalete metálico. Como Bourne, descubre en la marcha que es además imbatible en la lucha cuerpo a cuerpo, así como en otras artes de combate –hay que ver a un cowboy aplicando curiosas técnicas marciales para desarmar a tres hombres juntos-. Luego de llegar al típico pueblo en decadencia, y de meterse en altercados que lo colocan en un comprometido conflicto con el malvado Woodrow (Ford) empiezan las olas de abducciones y secuestros por parte de los alienígenas. Así, una comitiva en la que se juntan delincuentes, civiles, agentes del orden y hasta indígenas, sale a enfrentar a los horrendos invasores.
El guión tiene huecos, es cambiante y hasta contradictorio; seguramente un fiel reflejo del caos de producción que ocasionó que cinco guionistas más tres argumentistas, más el autor del cómic en que se basa la película figuren en los créditos. Los personajes parecen extraídos del spaghetti western a lo Leone, en donde el más bueno era condenable y el malo horripilante. Los extraterrestres son bichos rápidos, letales e inteligentes y tienen viscosidades escondidas aún más desagradables que las visibles, muy al estilo Alien, y, dato curioso, los lleva al lejano oeste nada menos que la sed de oro (ojalá algún día la ambición desmesurada se condene tanto en la realidad como en la ficción de géneros dominante!). Además de gozar del mérito de haber rechazado fervientemente la idea de filmar la película en 3D, Favreau logró el desafío de darle a esta película, pese a las limitaciones de guión, una coherencia estética y formal (la fotografía, la música y los efectos visuales son puntos fuertes), de extraer buenas actuaciones y de lograr así personajes con presencia, de orquestar este cambalache conceptual convirtiéndolo en un corpus dotado de buen ritmo y energía. No se podía pedir mucho más.

Publicado en Brecha el 2/9/2011

jueves, 25 de agosto de 2011

Insidious (James Wan, 2010)

El miedo disfrazado

A veces pasa: una película de género de clásica factura sorprende por su orquestación, por sus portentosos climas, su efectividad y la imaginación en ella volcada. Insidious es una joya del cine de terror que, lejos de apuntar a la repulsión y al gore, busca –y encuentra- el miedo mediante sutiles mecanismos.

Primero lo primero: el título que fue colocado a esta película en los países de habla hispana nada tiene que ver con el original Insidious. La traducción literal sería “insidioso”, pero en lugar de buscarse un sinónimo que sonara mejor se optó por un curioso y poco pertinente “La noche del demonio”. Se adelanta de antemano que existe una presencia demoníaca, detalle que sólo se revela pasada la mitad de la película. Y además, no es que exista una “noche” específica en la cual aparezca el demonio en cuestión, sino que se trata de un continuo de días –y noches-, sin ninguna preponderancia particular para ninguno de ellos.
El término “insidioso” refiere concretamente a las pérfidas intenciones de un sinfín de amenazas que acechan a la pareja protagonista, a presencias extraterrenales que acosan a una familia tipo hasta la locura, al punto de llevar al coma a uno de sus tres hijos. Así, la película podría dividirse fácilmente en dos. En la primera mitad tiene preponderancia la mujer, una madre hiperabrumada por el cúmulo de tareas a su cargo, y que se ve poco y nada respaldada por su marido. En esta primera parte los espíritus acosadores hacen apariciones esporádicas y muy parciales, en ese estilo de terror sutil tipo Los otros o Al final de la escalera: hay objetos cambiados de lugar, puertas que se abren y cierran solas, extraños ruidos, sombras espectrales. Aquí se desliza cierta referencia metafórica a los miedos masculinos, haciéndose énfasis en la voluntad del protagonista de “escapar” del núcleo familiar ante una situación cotidiana con la que sencillamente no puede lidiar. En cambio, la segunda parte está centrada en ese mismo padre, en su aceptación de la realidad, en el movimiento que implica tomar cartas en el asunto y emprender un temible enfrentamiento a las fuerzas sobrenaturales en cuestión, y a sus propios miedos.
La factura es impecable. James Wan es un director malayo de raíces chinas que creció en Australia, que ya había filmado tres sólidos largometrajes en Estados Unidos, El juego del miedo (la primera de la serie; la visible), Dead silence y Death sentence, y aquí logra su mejor película, caracterizada esencialmente por un clima lúgubre, de ensueño, y una puesta en escena soberbia y cuidada al detalle. La dirección artística es un lujo, y está repleta de elementos que se prestan para un análisis semiótico (relojes, juguetes y vestimentas antiguas se predisponen de forma sugerente) la ambientación sonora es fundamental en la construcción de climas, y los sonidos graves –que muchas veces aparecen descontextualizados, hasta en momentos no terroríficos-, no dan paz e incrementan el tormento al espectador. El montaje violento aporta dinamismo sin afectar al bienvenido clasicismo general del planteo. Insidious se apoya tranquilamente en un territorio seguro y transitado, –algunos fragmentos recuerdan a películas recientes, como Actividad paranormal, El orfanato o Shutter- pero desde allí se afirma para levantar auténtico vuelo y dar rienda suelta a la imaginación de sus creadores.
Además, existen tres elementos o trampas retóricas que el director maneja a la perfección y que demuestran su profundo conocimiento respecto al género, herramientas que llevan a que Insidious logre sus sobresaltos y que la experiencia de su visionado adquiera tal intensidad. Primero: abundan las pistas falsas, es decir, los elementos presentados (una puerta entreabierta, un espejo, un cuarto visto parcialmente al fondo del cuadro) que captan la atención haciendo pensar que el próximo objeto de pavor provendrá de allí, cuando en realidad acaba surgiendo inesperadamente de otro sitio -este elemento es una constante en el buen cine de terror; un aspecto casi básico, vale decir-. Segundo: se introducen eficazmente falsas seguridades. Es decir, se genera un ambiente que lleva a creer que no pueda existir, al menos momentáneamente, una amenaza real sobre los personajes. Por ejemplo: en una escena la madre del protagonista cuenta una pesadilla y se reproduce lo que ella vivió en ese sueño. El espectador así sabe que está doblemente amparado, por tratarse de una situación pasada y por ser un contexto no-real, y que por eso todo lo que se muestre allí no interferirá con el presente que viven los protagonistas en ese momento. Pero inmediatamente la narración se corta, con un impactante cuadro de la realidad actual en el que la figura de la pesadilla hace acto de presencia, abruptamente y en un plano absolutamente desconcertante, a pleno día y en plena charla. Lo mismo ocurre en una escena en que el abarrotamiento de gente amigable dentro de una misma habitación hace pensar en una situación segura. Pero es tan ingenua la creencia de que el miedo no llega en esos momentos como pensar que uno no va a asustarse en una sala de cine colmada de gente. Tercero: el elemento más atípico, -y a través del cual James Wan da muestras definitivas de genialidad- es el saber insertar un falso registro en plena narración. El director logra introducir elementos humorísticos en una trama que no podía ser más grave y oscura; y es realmente difícil –o imposible- dar con una película de puro horror con esta clase de elementos ridículos, hilarantes, descontextualizados, casi kitsch –como la aparición de un par de frikkis con pinta de caza-fantasmas, especializados en detectar fenómenos paranormales- que llevan a arrancar risas nerviosas de la audiencia. En el imaginario popular, una película de miedo no puede dar risa, y éste es un elemento que Wan utiliza para desconcertar, impactar y descolocar aún más al espectador.
Aquí hay sabiduría. Se ha vuelto imperativo seguir a James Wan, auténtica revelación del panorama del terror actual. Y qué mejor idea que vivir el impacto de Insidious ahora, que está pasando por la pantalla grande.


Publicado en Brecha el 26/8/2011

jueves, 18 de agosto de 2011

3 irresistibles

Hay películas que, aunque no sean la gran maravilla, vale la pena reseñar, resaltar y dar a conocer. Aun cuando la mayoría de los espectadores no las comprenderían y/o tolerarían, aun cuando rozan lo estrafalario, aun cuando por momentos pareciera que son una tomadura de pelo y aun cuando hay que estar un poco mal de la cabeza para que gusten. Pero cierto es que, aunque reducido, existe un público para ellas, que Internet es una herramienta notable para dar con esta clase de bizarradas y que, a su manera, también aportan su dosis experimental al universo cinematográfico.

Todos los elementos que conforman The house of the devil (Estados Unidos, 2009) llevan a pensar que se trata de una película de terror de los años ochenta: la estética, la música, el vestuario, el maquillaje, los decorados, sus distendidos ritmos, la temática escogida, el guión; hasta el obsoleto título parece de época. Pero lo increíble es que se trata de una película filmada ayer mismo y que fue concebida por un detallista enfermo llamado Ti West. La composición es impecable, el suspenso se dilata hasta la exasperación, y la historia de una chica que va a cuidar no se sabe bien qué a la lúgubre mansión de una familia terrorífica, hoy no tendría pies ni cabeza. Incluso hay clichés, elementos de inverosimilitud que no son propios de nuestra época sino de los mismísimos ochenta. Quizá lo único que escape un poco a la ilusión sean las actuaciones, que están muy bien, -en aquellos tiempos las películas de terror clase B estaban muy mal actuadas- y aquí reluce especialmente el veterano Tom Noonan, con un papel inquietante. The house of the devil es una joyita para entendidos -ojo, que llega a puntos de intensidad y gore que parecen sacados de El loco de la motosierra (1974)-, un grotesco plato que es mejor consumirlo frío, de noche, y con las luces bajas.

Por su parte, Trolljegeren (Noruega, 2010) es un extraño mockumentary -o falso documental- noruego: un grupo de estudiantes universitarios comienza a rodar un reportaje a un cazador furtivo, de quien sospechan que está cazando osos en forma clandestina. El hombre desaparece por las noches, su auto está todo rasguñado –por zarpazos inconcebiblemente grandes- y en un comienzo se rehúsa a responder las preguntas de los estudiantes. Pero al poco tiempo de metraje, el equipo de filmación, -junto a los espectadores- se dará cuenta de que no se trata precisamente de un cazador de osos sino de inmensos trolls, que se encuentra al servicio de un grupo gubernamental que se dedica a mantener a esas criaturas dentro de los límites de sus reservas naturales y de hacer creer a los lugareños que las masacres de ganado o las caídas de árboles son obra de los osos y de fenómenos climáticos. Por la temática y las corridas desesperadas con cámara al hombro, el filme recuerda a películas como La cinta McPherson, El proyecto Blair Witch, o REC, pero quizá lo más parecido a esto sea la fallida Incident at Loch Ness, en la que el mismísimo Werner Herzog se adentraba en el lago del título para filmar al legendario monstruo, y lo lograba. Bien filmada y con efectos especiales impactantes, Trolljegeren es una rareza descomunal.

Y qué se podría decir de la francesa-angoleña Rubber (Francia, Angola, 2010) una de las películas más extrañas e incalificables que haya visto en mi vida. Aquí todo intento de descripción, todo rótulo genérico, toda definición será insuficiente, pero bueno, haremos el intento: el protagonista de esta “historia” es nada menos que Robert, un simpático neumático. Sí señor, una ordinaria “cubierta” de automóvil, que claro, tiene habilidades particulares. Se desplaza rodando por sí misma, tiene sentimientos e inicia un recorrido repleto de imprevistos y adversidades. Pero también se descubrirá que goza de otras capacidades diferentes: es capaz de hacer explotar objetos, animales y hasta cabezas humanas con sus poderes telequinéticos. No se puede decir que exista algo esencialmente malo en ella, tan sólo se remite a destruir todo elemento molesto que se le cruza en el camino. Mientras tanto, desde un paraje desértico, un grupo de espectadores observa la acción con prismáticos, y la comenta como si se tratara de una película. Rubber es un delirio que entrecruza la road movie, el terror y la comedia, que tiene sus chispazos de genialidad, que es capaz de arrancar más de una carcajada y que hasta se permite algunos momentos de reflexión meta-cinematográfica. Y además tiene el plus de que, una vez terminada la función, el espectador podrá contar a sus amigos que vivió para ver una película sobre un neumático asesino.

Publicado en Brecha el 19/8/2011

viernes, 12 de agosto de 2011

Los agentes del destino (The adjustment bureau, George Nolfi, 2011)

Digitado y estupendo


La obra de Phillip K. Dick ha dado pie a unas cuantas adaptaciones cinematográficas, de entre las que sobresalen películas tan disímiles como Blade Runner, El vengador del futuro, Minority report o la animación A scanner darkly de Richard Linklater. Todas ellas tienen en común una idea base originalísima, pero fue la visión particular y la impronta de sus realizadores lo que las convirtieron en algo memorable.
La historia original en la que se basa esta película es uno de los primeros relatos cortos que Dick escribió en su carrera (“Equipo de ajuste”, publicado en 1954) y trata sobre una organización secreta que controla el destino y los grandes acontecimientos humanos, inmiscuyéndose y manejando desde las sombras la vida mundana. Pero un buen día el programado ladrido de un perro se retrasa, por error, un minuto, y como consecuencia un empleado de una agencia de bienes raíces llega a su oficina con anticipación, descubriendo a los agentes del destino en plena labor compositiva. Es así que se destapa, en tono risueño, toda una alegoría paranoica de tintes pesimistas, con algunos apuntes sobre la vida marital.
Aquí se retoma tan sólo la idea general: Matt Damon es un promisorio congresista que se ve trastocado por un encuentro inesperado y azaroso con una bailarina, que le servirá de inspiración para un contundente discurso político. Pero es cuando la vuelve a encontrar que el destino digitado se tuerce, y que surge una seguidilla de problemas e imprevistos para la agencia de planificación, ya que la consumación de ese amor podría acarrear problemas terribles.
Los personajes son sólidos, la narración clara y concisa, y un preciso e inteligente montaje agiliza el relato, lográndose resumir una considerable seguidilla de eventos sustanciales en apenas minutos. Se trata, claramente, de un thriller de ciencia ficción, pero el peso sustancial está colocado en el romance entre ambos protagonistas. La película funciona, y muy bien, debido a dos pilares fundamentales: la construcción de los “agentes” como burócratas en plena labor, que cometen errores a pesar de sus poderes y que ni siquiera tienen muy claro por qué es que hacen eso que hacen, que además se ven estresados, sudorosos y abrumados por los inesperados cambios de agenda, o pendientes de mecanismos internos como promociones, ascensos y sanciones. Anthonie Mackie y John Slattery (el Sterling de Mad men) convencen con secundarios sólidos y Terrence Stamp impone su presencia para sustentar un villano de los de verdad. En segundo lugar, las historias de amor suelen adquirir intensidad cuando son dilatadas cronológicamente –aquí pasan años sin que los personajes puedan verse-, y además existe una química sustanciosa entre los personajes de Matt Damon y Emily Blunt.
Los agentes del destino se permite tocar, como al pasar, temáticas como la capacidad destructiva del hombre, la inescrutabilidad divina, la libertad de opción y los destinos digitados. Esto ya puede sonar a lugar común en thrillers que se la dan de “inteligentes” pero por fortuna no se insiste demasiado en estos puntos como para que logren irritar o para que el planteo todo resulte altisonante.


Publicado en Brecha el 12/8/2011

lunes, 8 de agosto de 2011

Entrevista a Renate Costa

Morir de tristeza

En la reciente exhibición de Doc Montevideo, la joven documentalista paraguaya Renate Costa presentó su brillante filme “Cuchillo de palo” en el que indaga en la vida y muerte de su tío homosexual durante la dictadura de Stroessner, busca saber cómo fue él en vida, y trata de comprender las actitudes de su mismo padre.

Lejos de verse afectada por la derrota futbolística de su país en la copa América, Renate se unió a la marabunta festiva del domingo, y cuando tuvo lugar esta entrevista, esbozaba una sonrisa radiante. Pero su rostro sabe adquirir la seriedad pertinente cuando se le habla de su película, de la dictadura de Stroessner y las aberraciones que sufrieron los homosexuales durante el período.

-¿Tu papá vio la película?

-Sí. Una de las cosas que suelo contar es una respuesta que el dio en la Berlinale, cuando hicieron esta misma pregunta. Era la última proyección, y yo me animé a decirle: por qué no bajás vos a responder. La gente no sabía que estaba presente. Y el baja y dice que para él es una película muy muy difícil, de un tema familiar que realmente le dolía mucho, como una espina que tenía clavada. Pero que era una verdad que el vivió como padre, como hermano de Rodolfo y como hijo. Fue la primera vez que lo vi a él reflexionando sobre su propia educación. Además tuvo una actitud muy abierta después de la película, incluso en el estreno llegó a conocer a las travestis, pudo hablar con ellas, conoció a los amigos de Rodolfo.

-O sea, el cambió gracias a tu película…

-No me animaría a decir o a juzgar si el cambió o no. Sí que estamos mucho más cerca después de esto. Mi relación con él cambió mucho, y yo creo que su relación con el mundo también cambió. Mi papá es católico apostólico romano, es practicante, en un momento de su vida el se aferró a la iglesia y la iglesia, quieras o no, le salvó la vida, y yo respeto mucho eso. No es mi intención cambiarle la manera de pensar a alguien con una película como esta, tampoco a mi papá. El proceso es al revés, es ver cómo hago para aceptarle completamente como es. Mi papá es diferente, de la misma manera que para mi papá su hermano era diferente.

-Y la responsabilidad tuya sería entonces, entenderlo a él…

-Claro, así como yo le presionaba para tratar de saber si él entendía o no a su hermano, si le quería o no le quería, eso mismo pasa en mi relación con él, es decir, yo te acepto así como sos, supercatólico y con tus dogmas y tu forma de pensar porque sos mi papá y porque te quiero.

-¿La postura que él tenía en cuanto a la homosexualidad es algo muy extendido en Paraguay?

-En parte sí; Paraguay es un país bastante machista, hace solo 150 años fue la guerra de la Triple Alianza donde murieron prácticamente todos los hombres mayores de once años, y el hombre fue un semental. El rol del hombre era procrear, con muchas mujeres incluso, y el labor de la mujer era trabajar para levantar al país. Eso fue hace poco tiempo. Imaginate en la posguerra cómo iba a posicionarse un hombre, un varón que era homosexual. Quedaba fuera de lugar ya que había que procrear por la patria. La concepción de la gente está influida por esa guerra tan tremenda. Después claro, vino la dictadura, una seguidilla de gobiernos conservadores y muy de derecha. Tampoco había allí una grieta ni una oportunidad para la homosexualidad.

-¿Creés entonces que las torturas y aberraciones contra homosexuales durante la dictadura estaban amparadas por las creencias populares?

-El caso de los 108 en Paraguay fue en 1959 y fue tremendo a nivel de medios de comunicación, porque el propio diario de mayor tiraje decía en su título “108 amorales están presos en Tacumbú (la carcel)” y la gente enviaba cartas de lector, diciendo que por favor se destierre a todos esos hombres, porque en Paraguay supuestamente no existían homosexuales, eran una enfermedad y una lacra social. La opinión pública era muy violenta, la forma en que se le ruega al gobierno que los elimine por completo. Después, ya en el 82, cuando la dictadura de Strossner estaba finalizando, hubo este otro caso en el que estuvo mi tío, en el que fue asesinado un niño y por eso fueron apresados más de 500 homosexuales. Ahí se hicieron muchísimas listas y luego se hacían públicas para ridiculizarlos, y la gente las reproducía. Una noche, un automóvil anónimo empezó a tirar las listas en el centro de la ciudad, luego también empresarios, políticos, y gente de poder recibía, al llegar a sus trabajos, una de estas listas, o ya las tenían en el escritorio. Si un trabajador de los que estaba a su cargo estaba en esa lista, significaba que esa persona debía ser echada de su trabajo, o castigada, o desplazada. Incluso algunos homosexuales en ciertos casos negociaban para sacarse a ellos mismos de la lista y ponían el nombre de otro que no cayó preso, hubo delaciones. Lo terrorífico es que los que se quedaron en Paraguay –porque muchos tuvieron que exiliarse- no eran como los desaparecidos de otros países, lo que hizo el gobierno fue exponerlos, iluminarlos, que todo el mundo supiera de su vida privada, los marcaban y estigmatizaban, impidiendo que tuvieran trabajar, estudiar o tener una vida tranquila.

-No me quedó claro si tu tío fue asesinado, se suicidó, o qué ocurrió con él…

-Yo no quise llevar al espectador a respuestas concretas. Más bien quiero dejar al espectador con mis propias preguntas. La película no es un thriller, lo que hago es acercarme poco a poco a mi papá, y no quiero que el espectador resuelva un misterio. Estoy buscando que transiten la película y que piensen en su propia vida, en su propio papá, en su propia generación y en la anterior. No quiero que gane tanto peso lo que realmente pasó, por qué murió, cómo fue.

-Del título “Cuchillo de palo” podría inferirse, además de que tu tío fuera un cuchillo de palo en casa de herrero, que tú también lo fueras. ¿Cómo nace una documentalista en la casa de un herrero?

-Saliéndose un poco de la crianza, de la manera en que mi papá me trató de enseñar. Yo tuve un tipo de crianza especial, y claro está que el tiro salió por la culata. De los malos ejemplos también se aprende.

-¿Qué marca dejó tu tío en tu formación?

-Él realmente tuvo poca presencia en mi vida, mientras vivía. El problema fue que una vez que ya estaba muerto yo no paraba de pensar en por qué vivió así. Me influencia en el sentido en que me hace pensar mucho en la libertad de ser uno mismo, en buscar el camino propio, mis deseos y qué clase de persona quiero ser. Tratar de que, cuando la gente se siente intimidada por las diferencias que hay entre los seres humanos, que eso a mí no me limite. A él sí lo limitó, y muchísimo.

-¿Cómo se sustentó durante tanto tiempo la versión de que tu tío “murió de tristeza”?

-Ahí te daría una respuesta un poco surrealista. Yo creo en la muerte de tristeza. Hay una frase de Nietzsche que me llega mucho: “si miras mucho tiempo hacia el abismo, el abismo termina tragándote”. Sí creo en eso, incluso en animales ocurre, o en parejas que viven mucho tiempo juntos. Muere uno de ellos y meses después muere el otro de muerte natural. Creo en esa clase de muertes.

-Es llamativa la forma en que los entrevistados se abren a ti, al punto que uno se olvida de que además de estar tú y otra persona en la habitación, hay un camarógrafo y un sonidista. ¿Cómo llegar a las personas así, a la hora de entrevistarlas?

-Con mi papá fue más difícil. Perdimos muchas semanas de rodaje porque a él le costaba mucho abrirse a mí. Algunas escenas finalmente se dieron casi de casualidad, mi padre se dirigió varias veces a mí, creo que olvidándose de la presencia de la cámara. No es necesario entrar en el cuadro como lo hice yo, pero es una cuestión de que la otra persona no se sienta agredida porque todo un equipo le está mirando y le está poniendo toda la atención y la tensión. Hay que arriesgarse y desnudarse, vos le estás apuntando con la cámara, pidiendo respuestas. Si te escondés atrás de la cámara generás cierta resistencia. Al ingresar yo al encuadre con mi padre –algo que no era mi propósito originalmente- ahí hubo un gran cambio respecto a él.
Víctor Kosakovsky, un director ruso, decía que hay que hacer cosas estúpidas frente a los personajes que estás filmando. Él una vez tiró un árbol abajo, ahuecó el árbol y se metió adentro del tronco. Estaba filmando unos campesinos que dejaron de prestarle atención porque dijeron “qué raro, qué estará haciendo este tipo” así pensaron que ellos no eran tan importantes y qué él quizá le prestaba más atención a ese tronco que estaba preparando para su rodaje, y de ese modo logró que los hombres actuaran distinto. Y el elemento principal es el tiempo. Hay que pasar mucho tiempo con la gente y hay que ser muy honesto. La gente te huele, siente si estás ahí porque te interesa solo la película o si realmente te interesa la persona. Tenés que ser muy sincero contigo mismo también, si vas a entrevistar porque necesitás una respuesta o si lo hacés para tratar de conocerle e intercambiar algo con ella. Fue muy difícil llegar a la travesti Liz Paola porque pertenecía a un mundo distinto al mío y desconfiaba de todo lo que eran medios de comunicación.

-Fue fundamental ese abrazo que le das…

-Y ella también me empieza a tocar. Es la única de la película que llora por mi tío, es la única que me toca, me limpia una lágrima, y la única –esto no está en escena- que me manda a la mierda por preguntarle por un tema tan triste al final de una fiesta. No quería recordar la dictadura y su sufrimiento. Pero eso igual fue muy bueno porque son el tipo de cosas que te acercan a la persona…

-Ser gay o travesti en plena dictadura era prácticamente un gesto militante…

-Es un acto de valentía y de defender lo que uno quiere, en un entorno en que se le cortaba la cabeza a esta gente. Liz Paola fue una de las pioneras en Paraguay, y junto a dos travestis más defendían su esquina y se daban de golpes contra la policía. Eran tremendamente revolucionarias. Strossner no quería gente que piense y Liz Paola, además de ser culta, es de las personas más sensatas que vi en mi vida. Hoy tiene clientes que la visitan sólo para hablar con ella, y aprender cosas, porque da gusto oírla.

Publicada en Brecha el 5/8/2011

sábado, 6 de agosto de 2011

Capitán América (Captain America: The first avanger, Joe Johnston, 2011)

Yo era un alfeñique de cuarenta y cuatro kilos

Esta película da pena. No es que se le pueda pedir demasiado a la enésima adaptación de un comic de Marvel al cine, pero sí pasar un rato entretenido, atender a un guión medianamente sólido y llevadero, encontrarse con personajes creíbles, con ritmo y un mínimo de creatividad volcada a las escenas de acción. Esos elementos supieron estar presentes en mayor o menor medida en películas de superhéroes como las dos primeras de El hombre araña y X-men y en la primera Iron man, y hasta supieron conjugarse notablemente en la reciente Kick-ass. Pero aquí brillan por su ausencia.
En plena segunda guerra mundial, un joven patriota enfermizo y debilucho se empeña una y otra vez en alistarse para integrar las filas norteamericanas, sin éxito. Visto su empeño y su disposición, el científico Heinz Kruger (Stanley Tucci) decide convertirlo en un superhombre fuerte y musculoso, en una hazaña científica completamente exitosa –algo que resulta extraño hoy, ya que desde hace mucho tiempo que en el cine la ciencia aplicada a metamorfosis humanas suele acarrear consecuencias funestas-. Como es de esperarse, el hombre se convierte en un luchador implacable, patea unos cuantos culos enemigos y se arroja a una lucha contra su enemigo natural Red Skull (Hugo Weaving) quien, cuándo no, quiere dominar el mundo.
Es difícil identificarse con un protagonista que, lejos de tener los conflictos existenciales que aquejan normalmente a los personajes de Marvel, su única preocupación es ganar la guerra y hacer el bien, y que de tan valiente que es, no duda en arrojarse sobre una granada para salvar a sus colegas soldados, en un impulso que parece más suicida que patriótico. Por otro lado, Hitchcock decía que cuánto más interesante un villano más interesante una película, y aquí el malo de turno es digno del Skeletor de los dibujitos de He-man, en el sentido en que pretende causar miedo a fuerza de ostentar su cabeza esquelética. Las dos primeras veces que el Capitán América se le enfrenta, se va corriendo; así que, como amenaza, resulta bastante patética.
La imaginación del director Joe Johnston para idear escenas de acción es nula. Una persecución de motos a través de un camino arbolado recuerda a una vibrante, ingeniosa y divertida que hubo en Indiana Jones y la última cruzada, pero aquí el protagonista despacha a sus enemigos con facilidad, con métodos convencionales vistos mil veces y como si fuese un trámite más. De hecho, la película toda parece un trámite: está la obligada historia de amor, la rutina de entrenamiento, la transformación, el posterior reconocimiento, el enfrentamiento final. Se circula por un camino seguro, olvidando aportar los elementos clave para cualquier aventura que se precie: tensión, enigma, sorpresa. Si Capitán América no llega a convertirse en un bodrio absoluto es porque eventualmente Stanley Tucci y Tommy Lee Jones aportan presencia y simpatía, y una pequeña espina final introduce, por vez primera, un elemento que estuvo ausente a lo largo de toda la película: el dramatismo.

Publicado en Brecha el 5 /8/2011

lunes, 25 de julio de 2011

Incendies (Denis Villeneuve, 2010)

Luminosa y lacerante

Se estrena "Incendies", profundo, polémico y multipremiado drama canadiense que ya se perfila como una de las mejores películas de este año. Basándose en una obra teatral del libanés Wajdo Mouawad, el director Denis Villeneuve logra un portentoso despliegue audiovisual que, conjugado con una atrapante temática reconciliadora y antibélica, no dejará a ningún espectador inalterado.


“En el fuego vencido/ ya no hay rasgos humanos,/ no hay bocas gritando,/ no hay huesos destruidos,/ ni narices ni rodillas./ Todo se transforma/ en materia sombría/ untuosa y anónima donde intentamos/ leer en vano. La ceniza/ no tiene nombre./ Sin embargo la conocemos/ en lo profundo del esqueleto/ sin embargo cae, despacio/ y cubre nuestros rasgos”.

(“La ceniza no tiene nombre”, Lasse Södeberg, Suecia, Estocolmo, 1931.)

Desde su escena inicial, la película logra un efecto hipnótico y desestabilizador. Con el melancólico tema de Radiohead “You and whose army”, la voz cadenciosa de Tom Yorke recuerda sobre la alarmante capacidad del hombre para olvidar cosas. Mientras, observamos a un grupo de niños desarraigados a quienes, como en una procesión, les rasuran las cabezas una a una. La cámara lenta da una sensación de irrealidad, de ensueño. Pero de pronto uno de ellos mira fijamente a cámara; lo artificioso de la escena se ve resquebrajado por una súbita sensación de emergencia. Hay algo incómodo en ese rostro; su intensa mirada penetra, interpela al espectador señalándose a sí mismo: aquí estoy. Ese impactante comienzo da las pautas de que nos vamos a encontrar con una película concebida con muy buen gusto e impecable factura, y también con una atípica obra de autor, repleta de significación.
La historia comienza en Canadá, en la actualidad. Tras un profundo mutismo, una mujer, Nawal (Lubna Azabal) muere. El notario Lebel (Rémy Girard), les lee a los hijos adultos Jeanne y Simon (Mélissa Désormeaux-Poulin y Maxim Gaudette) una extraña última voluntad, al tiempo que les entrega dos sobres cerrados. Deben encontrar a su padre, al que creían muerto, y a su hermano, cuya existencia ignoraban, y entregarles a ambos dichos sobres. Es así que la hija decide emprender una travesía por algún impreciso lugar de Oriente Medio y tiene lugar una pesquisa en la que empieza a comprender las terribles circunstancias que la precedieron y que determinaron su vida. De esta manera, la película se centra en Jeanne, su investigación de tipo policial en la que cada paso trae una nueva revelación, y paralelamente, en la madre recorriendo los mismos parajes, en una inhóspita guerra civil entre cristianos y musulmanes, mucho tiempo atrás, por los años setenta. El espectador, de esta manera, visualiza hechos de los que la hija nunca logra enterarse, o de los que sólo se enterará a medias, sin nunca poder completar la totalidad del cuadro. Los “incendios” del título refieren al abrasador poder destructivo de las guerras y las masacres en general, aquellos que enquistan un trauma, anulan la expresión y amputan la capacidad de recordación, impidiendo un correcto registro histórico. A los estragos que calan tan hondo como para que sus secuelas se reproduzcan generacionalmente. La tarea de reconstrucción de la protagonista es terriblemente ardua; los testigos la destratan, se cierran en sí mismos y en principio se niegan a dar detalles sobre miserias pasadas. Si finalmente se llega a una resolución es, ante todo, porque el azar jugó a favor. Enfrentar fantasmas, deambular entre escombros, escrutar ilegibles cenizas de fuegos atroces, son las imperiosas tareas de semejante travesía.
La omisión del nombre del país en que se ambienta la película busca dar una dimensión universal a la historia. La guerra civil del Líbano que hubo entre los años setenta y noventa se ajusta a lo descrito, pero en determinado momento en un vidrio puede leerse “Palestina” y varias veces puede verse su bandera. Los nombres de las ciudades que se mencionan pertenecen a distintos países árabes, y el campo de refugiados que aparece y los bellos paisajes semi-desérticos pertenecen a Cisjordania. En cualquier caso, los indicios son variados y hasta contradictorios, y es evidente la voluntad de anular la especificación geográfica.


Incendies fue nominada al oscar a mejor película extranjera, premio que al final fue entregado a la danesa In a better World, de Susanne Bier. Pero vale decir que en cuanto al poder de impacto, difícilmente haya tenido un contrincante digno, y la película regala escenas inolvidables y devastadoras. Una brillante escena dentro de un autobús rememora al mejor Hitchcock y le agrega dosis de pavor y adrenalina; cerca del final, resulta único e inesperado un diálogo entre hermanos en el que tiene lugar una revelación matemática horrorosa. Incendies es de esas películas que llaman a la reflexión y a la sugerencia, pero también de las que exponen la creencia de que el cine llega y levanta vuelo cuando hay para ofrecer un guión poderoso, personajes fuertes, espectacularidad, cuidado y belleza formal. Luminosa y cortante como una hoja de afeitar, es también de ésas que duelen y dejan sus marcas.
No es difícil señalar, de todas maneras, algunos elementos defectuosos. El intrincado guión plantea, desde el vamos, serios problemas de verosimilitud –¿para qué Nawal querría dejar semejante legado a sus hijos?, ¿y cómo podría darse tal acumulación de casualidades en tan errática pesquisa?-. A algunos espectadores les podrá sonar rebuscada la traumática historia de Nawal, pero también es la clase de anécdotas de las que se suele oír eventualmente y que invitan a recordar que la realidad suele ser más increíble que la ficción. La guerra, además, mueve muchas veces a ramificaciones abominables como las que se exponen. Una de las críticas más duras a la película que puede leerse en Internet fue publicada en Página 12 bajo el título “La guerra hecha un culebrón sensacionalista” y está firmada por la aguda pluma de Horacio Bernades. Aunque el autor comete el horrendo crimen de contar despreocupadamente y sin ninguna advertencia la fulminante vuelta de tuerca final, también hace valiosos apuntes: “Hay algo de la teoría de los dos demonios en la muy alegórica doble pesadilla que Nawal ha debido afrontar, antes del alivio del exilio. Y es de una peligrosa superficialidad política la idea de una mujer que se hace guerrillera para cumplir con una venganza personal.” El señalamiento no es menor, y cierto es que a muchos espectadores podría hacerles ruido. Está en cada uno resolver si puede desestimarse este aspecto teniendo en cuenta la imponente factura formal y estructural o si renegar de la película toda considerando el estridente detalle.

Publicado en Brecha el 22/7/2011

jueves, 21 de julio de 2011

Harry Potter y las reliquias de la muerte - Parte 2 (Harry Potter and the deadly hallows - Part 2, David Yates, 2011)

Poderoso drama, aventura de manual

La saga llegó a su fin y es hora de hacer un recuento. Las ocho películas de Harry Potter fueron dirigidas por cuatro directores distintos, supusieron la franquicia cinematográfica con mayores ingresos de todos los tiempos, con más de 6.400 millones de dólares recaudados, y acompañaron el crecimiento de niños, adolescentes y jóvenes de todo el mundo a lo largo de la primera década del nuevo siglo. Las dos primeras películas, dirigidas por Chris Columbus, seguramente hayan sido las más sólidas, introducían el universo Potter y marcaban las pautas reconocibles que darían interés a la saga: un reparto británico grandioso y escenas de acción y aventuras bien intercaladas con diálogos casuales, que permitían adhesiones a la historia -aunque los fans de las novelas originales insistimos en que las películas no son la mitad de buenas que los libros-. Para este cronista Harry Potter y la cámara secreta, la segunda, es la mejor de la serie entera, la más intensa y lúgubre, alternativamente simpática y estremecedora. Luego, El prisionero de Azkaban, dirigida por Alfonso Cuarón, a pesar de sus problemas de arritmia y de que los actores protagónicos empezaron a despegarse de las edades de los personajes, fue, para muchos, el momento cúspide de la serie –que igual, en calidad, a años luz de la novela-. El Caliz de fuego, dirigida por Mike Newell, estaba bien pero no lograba grandes momentos de tensión, pese a las oportunidades que daba el guión. A partir de La orden del Fénix el director pasó a ser definitivamente David Yates, un artesano que demostró tener talento para la dirección de actores y para las escenas de transición, pero que no supo dar vuelo imaginativo ni garra a las secuencias de acción. Y esa es una falencia que se mantuvo, como un karma, hasta el final de la serie, jugando en contra de sus siguientes películas (El príncipe mestizo y las dos partes de Las reliquias de la muerte).
Este cierre funciona, y muy bien, durante su primera mitad: El colegio Hogwarts ha sido tomado por las fuerzas de Voldemort y el sombrío profesor Snape -hay que tallarle un monumento a Alan Rickman- es el nuevo director del colegio. El Ejército de Dumbledore y La orden del Fénix son los últimos bastiones de resistencia que buscan retomar el control. Una entrada furtiva al banco de Gringotts, un robo y una inmediata evasión tienen la tensión, la inteligencia y el dinamismo necesarios, además de contar con una perfecta Helena Bonham Carter. Luego, atmósferas oscuras y una acumulación de revelaciones, que no ahorran dramatismos, son especialmente contundentes para quienes han seguido la sumatoria de desventuras vitales que aquejan desde un comienzo a Harry. Yates es mucho mejor haciendo uso del suspenso y de los climas que a la hora de filmar enfrentamientos y masacres, y el esperado duelo final está resuelto rutinariamente y sin el vuelo formal e imaginativo que todos esperábamos. La pareja Harry-Ginny carece de química, las muertes aparecen fuera de plano y no hay detenimiento en ellas, y no se dan explicaciones para una curiosa resurrección –a partir de la cual decae además el ritmo general-.
En definitiva, como drama, esta película funcionaría de maravillas. Como despliegue espectacular y de aventuras, trastabilla demasiado.

Publicado en Brecha el 22/7/2011

lunes, 18 de julio de 2011

El videojuego y su huella neurálgica

Game over: ni pasivos, ni alienados

Hace tiempo que los videojuegos llegaron para quedarse, y desde al menos dos décadas y media que comenzaron a entrar progresivamente en los hogares, pasando a ser parte de la vida cotidiana de grandes sectores de la población. Pero quienes piensan que las horas de exposición a las consolas son tiempo perdido suelen desestimar su poder para multiplicar conexiones sinápticas, “cablear” nuestros cerebros y generar nuevas combinaciones de tareas cognitivas.


“Ensancha el espacio de tu tienda y
extiende en ella tus alfombras, pues
te has de mover en todas direcciones.”
Isaías.

En 1990 la empresa LucasArts produjo The secret of Monkey Island, un juego para PC revolucionario en el que el personaje principal, un aspirante a pirata, se entregaba a las más adictivas y grotescas aventuras. No se trataba de un juego de acción sino de una aventura gráfica, por lo que el protagonista debía explorar el territorio, tomar y utilizar objetos, hablar con otros personajes para descubrir y resolver los acertijos que iban surgiendo en la marcha. La irreverencia del protagonista se convertía en irreverencia del jugador, un continuo de acciones políticamente incorrectas; un robo, un engaño, un insulto intimidante o un certero escupitajo podían ser formas de avanzar en el juego. Pero también había un detalle por demás original en la saga de Monkey Island y es que no existían posibilidades de perder; el jugador nunca era eliminado, por lo que todas sus hazañas piratescas quedaban impunes. Lo que sí sucedía es que uno podía quedar "trancado", es decir, podía llegar a un punto en que no le encontraba solución de continuidad al juego. Ante una de estas situaciones debía devanarse los sesos para dar con la clave o probar distintas combinaciones de acciones u objetos para dar con la correcta y salir del paso.
Es este acierto y error, esta infinita combinatoria para solucionar situaciones alambicadas lo que define la esencia del videojuego. Todo videojuego presenta un problema a resolver y es por tanto un desafío planteado, y al jugador se le otorgan las herramientas necesarias para su solución, las cuales debe saber combinar con atención, habilidad, inteligencia y mucha pero muchísima paciencia. Y es importante recalcar que a diferencia de lo que muchos puedan pensar, los videojuegos exigen compromiso activo, y jamás pasividad. Hasta el más primitivo Pacman requiere, además de las obvias destrezas manuales y reflejas; cautela, vigilancia, pensamiento estratégico y economía.
Un usuario frecuente de videojuegos es, ante todo, un analista; un individuo acostumbrado a separar las diversas partes que componen un todo. En este sentido, los videojuegos ejercitan una forma de pensamiento múltiple ya que obligan al análisis de diversos elementos que se rigen según reglas propias y que confluyen en la complejidad total, y con esto se promueve la habilidad para lidiar con problemas simultáneos.
Lo cual no debe confundirse con la multitarea; los neurólogos advierten que una de las limitaciones básicas del cerebro humano es la incapacidad de concentrarse en dos cosas al mismo tiempo. Lo que sucede con los videojuegos es que exigen atención ante varios estímulos simultáneos, y de ahí a que los usuarios frecuentes normalmente puedan estudiar mientras escuchan música, escriben en el chat o ven televisión, ya que están habituados a enfocar su atención en varias instancias inconexas, de forma alternativa y continua. Según John C. Beck y Mitchell Wade, autores del libro The kids are alright los “gamers” -así definen a la generación que ha crecido en contacto frecuente con los videojuegos- suelen tener también aptitudes especiales para generar mapas mentales, para la planificación administrativa y para resolver imprevistos.
Asimismo sostienen que, paradójicamente, los videojuegos suelen moldear caracteres sociables y proclives al trabajo en equipo. El videojuego como elemento socializador es una constante en los estudios recientes sobre el tema, señalándose la explosión de juegos en red y on line, pero también la imperiosa necesidad que le surge al jugador por intercambiar conocimientos con sus pares, o el uso frecuente del juego colectivo por turnos, en el que mientras uno interactúa el otro observa lo que ocurre en pantalla. Otro punto a resaltar de la investigación de Beck y Wade es el que da cuenta de que los “gamers” están acostumbrados a pensar un mundo n-dimensional, y que por tanto están habilitados para lidiar en un mundo real atestado de variables y difícil de aprehender con las formas de pensamiento lineal y secuencial de las generaciones precedentes.


El cliente tiene la razón. Tome un videojuego al azar e interactúe con él durante cinco minutos, intentando avanzar o llegar a la meta. En estos cinco minutos usted habrá creado un juego único e irrepetible; nunca se jugó a ese juego de la manera en que usted lo hizo, y deben de haber tantas posibles jugadas de cinco minutos como átomos en el universo. Su tiempo de reacción, su coordinación visomotriz, su subjetividad estarán determinando lo que aparece en pantalla. Como en cualquier programa, es el jugador quien define con su accionar el orden de las estructuras binarias que se suceden.
De esta manera, a pesar de que los límites de maniobra estén establecidos, el jugador tiene el mando, acaba por definir la situación presentada y su persistencia y sus diferentes capacidades establecerán posibles continuidades. Esto da la idea de que, a la larga, el que tiene el poder es el usuario. “Darse vuelta” un juego, es, en esencia, haber logrado un dominio tal que quede en evidencia la superioridad del jugador sobre la máquina; es haber descubierto esa lógica oculta que esconde la superficie del juego, y asimismo, un acto que eleva la autoestima y colma de orgullo al jugador. Acaba por ser la prueba de que es capaz de lograr lo que se propone.
Al enfrentarse a un nuevo videojuego, uno debe saber adaptarse a los mandos, que varían de juego en juego. La tecla “shift” de una PC puede ser un control para saltar en un juego, desplegar misiles en otro, dar una patada rastrera, activar un escudo, cambiar de personaje, cancelar una orden. Para el usuario de videojuegos el adaptarse a nuevas reglas es entonces una constante, y son mundos completamente diferentes los juegos de estrategia en tiempo real, los simuladores, los juegos de deportes, los arcades en primera persona, los RPG (Role Playing Game) o las aventuras gráficas. Es esta habilidad para entrar y salir permanentemente de universos coherentes y regidos por reglas propias lo que caracteriza a los jugadores frecuentes.
La generación de videojugadores no suele usar manuales, ya que mediante la intuición, el acierto y el error aprenden directamente desde la práctica. El procedimiento aprender A para asimilar B, luego C y luego D, es sustituido por un ir directo a D y de allí deducir A, B y C. Este es el aprendizaje propio del autodidacta, que opta por escapar a los procedimientos oficiales y formarse de la manera que considera mejor, su manera, lejos de cualquier autoridad y guiados por la experimentación permanente. De aquí se podría desprender un carácter “emancipador” del videojuego, ya que habilita al usuario a darse cuenta de su poder intrínseco para aprender lo que sea que despierte su interés.
De más está decir que los videojuegos también constituyen una forma de iniciación a la informática. Suelen abundar en menús de opciones similares a los de los programas de computación, donde se pueden cambiar y calibrar los comandos, elegir características de juego, definir variables como brillo, sonido, música, color o velocidad, y por esto también ofrecen interfases semejantes a las de cualquier aparato digital. Si en los programas de computación una misma acción se puede ejecutar de diferentes maneras y por distintas vías, lo mismo ocurre en muchos juegos, por lo que, al encontrarse con un camino cerrado, el usuario estaría acostumbrado a probar sendas paralelas.


Videojuegos y violencia. Desde su gesta, los videojuegos han generado toda clase de reacciones adversas y estudios apocalípticos en donde se establecen relaciones causales entre su uso frecuente y actividades antisociales y delictivas. Existen infinidades de estos estudios, así como de su contrapartida, los que aseguran que los videojuegos son absolutamente inocuos. Los primeros se aferran a la “teoría de la estimulación”, argumentando que las escenas de violencia promueven comportamientos violentos, y los otros parecen inclinarse más a la “teoría de la catarsis”, la cual se remonta a Aristóteles, y por la que se considera que el estar en contacto con espectáculos violentos lleva a una disipación de estos impulsos.
La teoría de la catarsis calza especialmente bien en su aplicación a los videojuegos violentos porque el mismo jugador está liberando en el acto ciertas tensiones acumuladas. Al ser el individuo el que indirectamente ejecuta el acto de violencia, la acción catártica estaría correspondida con una consistente descarga de energías. Pero por supuesto que esto es especulación y tanto la teoría de la catarsis como la de la estimulación son muy difíciles o imposibles de comprobar. Son muchos los factores que influyen en la delimitación de caracteres “violentos” y por tanto, los videojuegos con altos grados de violencia merecerían, cuando menos, el beneficio de la duda.
Esto no quiere decir que algunos videojuegos deban quedar exentos de crítica. Sería ingenuo negar que muchos de ellos reproducen valores más que cuestionables. Aquí lo básico sería separar al medio del mensaje, y los ataques indiferenciados a los “videojuegos” sin más, no deberían siquiera ser considerados.
Como señala el especialista en neurobiología Steven Johnson en entrevista con el diario argentino La nación , “curiosamente, en la crítica a la TV, los videojuegos, Internet o el cine de audiencia masiva, la extrema derecha y la extrema izquierda están de acuerdo, aunque por distintas razones. Mientras la izquierda sólo ve en ellos lo aberrantemente comercial, la derecha sólo ve su contenido sexual.”
No es de extrañarse, además, que muchos padres ajenos al mundo del videojuego sientan una amenaza real al ver a sus hijos hipnotizados y abstraídos con sus mandos frente a los rayos catódicos. Es un miedo similar al que surge con cada novedad que entusiasma y capta la atención de niños y adolescentes, como pudieron haber sido en su momento los comics, las novelas de folletín, la llegada de la televisión a los hogares. Al día de hoy éxitos televisivos de cosecha masiva como Pokémon o Yu-gi-oh, o incluso la saga literaria de Harry Potter, que han logrado forjar fanatismos incomprensibles para algunos padres, también han sido blancos de reacciones adversas y desmedidas, alarmismos y poses apocalípticas.


Arte y videojuegos. Ya va siendo hora de que se comiencen a ver y a analizar los videojuegos con la altura y el respeto que merecen. Los videojuegos también son un campo de expresión artística, a pesar de que muchos estén empecinados en no verlo. Clásicos geniales como Arkanoid, Tetris o Pacman ya han trascendido toda posible moda pasajera, y otros más “modernos” como, Monkey Island 1 y 2, Street fighter 2, Half life, Starcraft, Call of duty, Heroes of might and magic, Plants vs zombies o Zuma, por nombrar sólo algunos, a años de su invención siguen siendo revisitados y continúan provocando espontáneas adhesiones, y por tanto deberían ser considerados como las obras maestras que son.
Como cualquier obra artística, los videojuegos presentan características que se prestan para el análisis y la valoración estética, y tales pueden ser el guión, el trazado de personajes, la dirección de arte, el diseño iconográfico, la banda sonora, los aspectos técnicos o hasta la concepción ideológica; además de las variables que influyen más en la jugabilidad como pueden ser: ritmo, dificultad, o tiempo estimado de juego.
Quién sabe. En unos años, cuando los videojuegos alcancen una mayor aceptación por parte de las elites intelectuales y vayan quedando más libres de los estigmas propios de la cultura pop, quizá entonces pasen a tener un estatus tal que sus críticas y análisis dejen de ser comentarios aislados en alguna columna y alcancen a tener su lugar fijo en semanarios y otros medios de prensa con artículos extensos, a la par de obras literarias, teatrales o de cine.

Publicado originalmente en Brecha

domingo, 10 de julio de 2011

Eamon (Margaret Corkery, 2009)

El infierno doméstico

Siguiendo en la línea de cine de autor sobre familias disfuncionales (La volubilidad de los afectos, Snap) y negligencia paternal (Por tu culpa, Go get some Rosemary) que con muy buen criterio programó recientemente Cinemateca Uruguaya, esta película ofrece un cuadro cotidiano y un atípico triángulo amoroso compuesto por una pareja joven y su hijo de siete años. Aquí no es el padre quien duerme en la cama junto a la madre sino el hijo, y el progenitor es relegado a dormir en el sofá; de hecho, la estructura de poder es reconocible aunque difícil de ver en el cine, ya que el padre es continuamente desacreditado por la madre y parecería como esclavizado, expectante de los circunstanciales requerimientos sexuales de parte de ella. Por momentos, quien parecería imponerle órdenes es su mismo hijo: “yo duermo con mamá, vos dormís en el cuarto chico”. Pero hay otros elementos que acentúan el conflicto: alcohol, inmensas muestras de egoísmo por parte de los padres, dificultades de relacionamiento con otras personas, tendencias a la promiscuidad no disimuladas. Para colmo, el niño tiene problemas de hiperactividad que se agudizan con el consumo de azúcar y lo convierten en una criatura difícilmente tolerable.
Gradualmente, mediante indicios y con mucho acierto, la directora-guionista irlandesa Margaret Corkery va esbozando éstas y otras características que permiten hacerse cierta idea de la psicología de los personajes y de los mecanismos internos por los que el curioso núcleo familiar se perpetúa. El tono es sarcástico, una mirada más distante y burlona que empática, pero que deja asomar características humanas muy reconocibles e incluso inesperados y pequeños indicios de armonía, como para demostrar que no todo es intolerable en la relación –una escena en que el hijo pone un tema marchoso y sus resaqueados padres se ponen a bailar junto a él es bella, inesperada y excepcional-. Un cangrejo que perdido en una playa vuelve al balde donde fue torturado funciona como posible metáfora de la infancia y la incapacidad de escapar a otro ámbito que no sea la familia que a uno le tocó en gracia. El niño más tarde insulta al cangrejo muerto (“¡pudríte, malcriado!”) reproduciendo vicios paternales por el cual se lo incluye o excluye arbitrariamente y se lo convierte en un depositario de culpas.
Una banda sonora tenue, mínima y eventual es otro de los puntos fuertes, y juega alternativamente dándole a la película aires de comedia y de thriller. Es verdad, quizá Eamon no sea una maravilla ni figure entre las mejores películas del año -de hecho funcionaría mejor si tuviera elementos de tensión más poderosos- pero es una rica exploración de comportamientos y del lado siniestro de muchas personas, y de esas películas bien filmadas e inteligentemente concebidas que a uno lo dejan satisfecho y con una sonrisa estampada.


Publicado en Brecha el 8/7/2011

viernes, 8 de julio de 2011

Adiós al "denmen"

En fin, me ganaron. Desde que arranqué con este blog recibí un centenar de comentarios de conocidos que, de muy buena manera, me señalaron que "denme" se escribe así, sin "n" final, y que el nombre de mi blog estaba mal escrito. Un centenar de veces les contesté que la "n" era una opción deliberada, que en este país todo el mundo dice "denmen" en lugar del correcto "denme" y que además es obvio que no soy tan bruto como para pensar que la palabra se escribe realmente así; para más inri, les dije que eso se podía corroborar porque en la dirección original dice "denmeceluloide.blogspot.com". El punto es que esa rebeldía casi-infantil, ese primigenio dislate ortográfico me viene costando unas cuantas reprimendas, y alguien un poquito más inteligente también me comentó que algún lector podría dejar de leer el contenido de mi blog sólo por ver ese título mal escrito. Y quizá tenga razón.
Pensé en cambiar el nombre del blog por otro nuevo, pero no, me gusta mucho el denmen (o denme, que hay que adaptarse) celuloide; refiere a una necesidad desesperada, y qué otra cosa que gente desesperada somos, ¡ay! nosotros los cinéfilos. Vivimos ansiosos por verlo y conocerlo todo, corremos carreras contra el tiempo, nos perdemos en parajes inútiles e inhóspitos, nos atracamos en nuestra desesperación por entender, y por salvarnos.
En fin, desvarío y me voy por las ramas pero bueno, lo del título; se acabó el "denmen". Maduramos un mínimo, y nos ponemos un poquito (ni tanto, no se preocupen) más formales.