viernes, 22 de marzo de 2013

Previa del 31º Festival Internacional de Cine de Montevideo

Conviene marcar programas, hacerse tiempo libre y preparar energías. Se viene el esperado Festival de Cinemateca, y con todo el power. Acá alguna recomendación de un servidor que pudo adelantar un puñado de las películas programadas. 

Tabú (Miguel Gomes, 2012)
Revelación

Pocas veces queda tan en clara y con una sóla película la grandeza de un director. Miguel Gomes es un cineasta portugués, un mal estudiante en general -según sus propias palabras- y un prestigioso crítico de cine que continúa una tradición de consagrados cineastas que también fueron críticos (Rohmer, Truffaut, Godard). En realidad Gomes ya había filmado A cara que mereces (2004) y Aquel querido mes de agosto (2008), que este cronista aún no vio (aunque reparará esas faltas con presteza) y entrega aquí una bellísima historia sugerente, humana, poderosa y rica en significados. Dividido en dos episodios, el personalísimo planteo está filmado integramente en blanco y negro, aunque en distintos formatos: la primera parte fue filmada en 35 mm y la segunda en 16 mm, notándose esa diferencia en el cambio sustancial en la granulación de la imagen durante la segunda mitad.
El primer episodio se ubica en Lisboa, en la actualidad. Una mujer está preocupada por la situación de su anciana vecina, quien se ve afectada por su propia ludopatía y por importantes delirios paranoicos. Arribada la segunda parte, esta historia es abandonada por completo y se plantea un inesperado salto hacia atrás, cincuenta años antes, situándose la acción en Mozambique, colonia portuguesa, en un contexto político y moral absolutamente diferente (notar el contraste entre las preocupaciones sociales de la protagonista durante la primera parte y el desinterés total generalizado en la segunda). Además de ser un homenaje inmenso al cine clásico -Tabú es también el nombre de la ficción-documental filmada conjuntamente por dos de los más grandes: F W Murnau y Robert J. Flaherty- la película plantea un brillante juego de confrontación entre una historia y la otra, planteando una exploración sobre el amor, sobre la percepción del paraíso (los únicos paraísos son los paraísos perdidos, decía Borges), acerca de la juventud y la vejez, y de cómo muchos nos olvidamos que detrás de esta vino aquella, marcándola a fuego con traumas, culpas y tabúes que determinan la personalidad. 

En otro país (Hong Sang-soo, 2012)
La vida multiplicada


Ya era hora de que llegara a nuestro país una película del maestro surcoreano Hong Sang-soo. Se trata de uno de los menos conocidos cineastas de su país, pero no por ello se trata de uno menor a los que pudieron verse aquí. Heredero del mejor Eric Rohmer, su cine se centra en unos pocos personajes, en anécdotas aparentemente mínimas, en situaciones casuales que en principio no parecerían trascender demasiado. Como aquél, Hong es un maestro del artificio, ya que utiliza los artificios cinematográficos  para generar la ilusión de que no existe artificio alguno, y que tan sólo estuvieramos presenciando fragmentos de realidad, que nos encontráramos entre los personajes, dialogando apaciblemente.
Pero como en el cine de Rohmer, no es tan importante lo que los personajes dicen como lo que ocurre por detrás: lo que puede inferirse en los pequeños gestos, en las miradas, en los tiempos de reacción, en las fricciones, en los sutiles indicios de interés, desagrado o desconfianza. Es en estos detalles que se construyen las verdaderas historias, los que le aportan a los personajes un matiz único, una profundidad emocional y psicológica y lo que les da a las anécdotas una dimensión universal.
Aquí se presenta una chica en apuros, que para paliar su desesperación se dedica a escribir tres guiones con una misma protagonista llamada Anne (la maravillosa Isabelle Huppert, en los tres casos). En cada una de las historias Anne llega a una ciudad costera en Corea del Sur y siente una profunda atracción por un guardavidas. Los tres episodios presentan variaciones -las características del personaje principal, básicamente- y muchísimos puntos en común, de manera que se establece un constante diálogo entre cada uno de ellos, proponiendo, como la vida misma, una infinidad de variables a una misma situación.   

Cosmópolis (David Cronenberg, 2012)
Un virus que atraviesa Manhattan

Seguramente nunca se había visto un Cronenberg tan deliberadamente filosófico y profundo. Y tratándose de  un director que bucea dentro del lenguaje audiovisual como pocos y que, haga lo que haga, siempre propondrá además un buen espectáculo, esta voluntad es más que bienvenida. Con un personaje excéntrico y extraterrenal -un multimillonario apático que navega en limusina a través de las calles de Manhattan- y una estética sofisticada y pulcra que recuerda a los elegantes devaneos de Crash (1996), el director canadiense plantea un recorrido único, la travesía de un lado al otro de la ciudad en la que el apático y paranoico protagonista pretende llegar a una pelúquería para hacerse un corte de pelo que ni siquiera necesita. En su recorrido, una atractiva fauna de personajes -varios de ellos actores inmensos, como Juliette Binoche, Mathieu Almaric o Samantha Morton- dialoga con él. Pero las calles están cortadas por una manifestación popular de indicios apocalípticos -recordar la revolución de la "nueva carne" de Existenz (1999)- y el universo del protagonista se resquebraja  -pasa a una bancarrota radical en cuestión de segundos por una apuesta financiera desacertada- de la misma manera en que se va destruyendo su limusina, a la que al menos le queda un lugar en el cual dormir. Las constantes cronenbergianas se imponen: perversiones que exceden a lo mundano, el hombre presentado como el mayor virus imaginable, la toxicidad de la carne y sus caprichosas deformaciones, el triunfo de las pulsiones sobre lo racional, el desapego, la tecnología y su transformación social. De un nihilismo rasante, una obra que habla de un tiempo y de una época como pocas, y que quizá acabe por ser mucho más grande de lo que aparenta. 

Las cosas como son (Fernando Lavanderos, 2012)
La amenaza marginal


El director chileno Fernando Lavanderos ha dicho en una ocasión que hace cine "para cuestionar la realidad". Pero su película Las cosas como son no se inscribe con facilidad en el cine social tal cual lo conocemos, ya que apunta sus baterías a cierta clase media desahogada y a su idiosincrasia característica. En Chile las brechas sociales son enormes, y pese al auge económico, la desigualdad no ha mejorado. Esta segregación se encuentra profundamente ligada a las instituciones educativas -claramente diferenciables en cuanto a estratos sociales- y a la división territorial. Barrios opulentos, cercados e impenetrables se oponen a poblaciones pobres que pueden encontrarse a quilómetros de distancia, sin que existan espacios en común para el encuentro. Lavanderos aborda este tema desde la perspectiva de un muchacho de mediana edad, pero que tiene una mentalidad de viejo. Su larga barba da la pauta para esta curiosa dualidad, y permite entrever su perfil taciturno y poco sociable. También sugiere que es un personaje temeroso, un hombre que se esconde detrás de todo ese pelo de la misma manera en que refuerza las seguridades de su casa y tiene una actitud poco amigable ante la gente que lo circunda. Cuando una atractiva chica sueca aparece en su vida e intentra ocultar un adolescente marginal en su casa, su existencia da un vuelco, descolocándolo y dejando en evidencia sus paranoias, sus prejuicios, su manera de concebir el mundo, que no deja de ser el de la amplia mayoría de nosotros. Surgen esas excusas de que "las cosas son así", que son invocadas solamente cuando nos conviene y vemos peligrar nuestra estabilidad. 
  
Era uma vez eu, Veronica (Marcelo Gomes, 2012) 
Existencialismo en el trópico



La película empieza con una escena de una orgía en una playa. Pero no hay nada de chocante en el fragmento, y el cuadro todo está filmado con esa energía contagiosa, con la cálida alegría, la estética luminosa característica y prácticamente exclusiva del cine brasilero. Veronica es una mujer que no parece muy dada al romance, pero sí al sexo, y disfruta del carnaval, del mar, de sus amantes pasajeros y de su convivencia con su anciano padre. Una vez recibida de Psiquiatra, le toca chocarse con la más acuciante realidad de la ciudad de Recife: su atención en una clínica pública le depara pacientes desvalidos, desesperados, excéntricos o directamente desquiciados que incorporan una fuente de estrés considerable a su vida. Descolocada ante esta primera entrada a la más ardua rutina laboral, se le suma que la salud de su padre comienza a dar indicios de fragilidad. Él, temiendo que su hija quede sola, como última voluntad le ruega que antes de que muera encuentre al amor de su vida, pero ésto es lo último a lo que Veronica parecería aspirar. El director Marcelo Gomes (Cinema, aspirinas e urubus y Viajo porque preciso, vuelvo porque te amo en codirección con Karim Ainouz) aporta logrados climas y buen ritmo, y logra dar con la nota agridulce necesaria para que su relato se vuelva una experiencia vital universal. La brillante actriz Hermila Guedes sustenta con su presencia un relato palpitante, en el cual, de golpe, todo el peso de la existencia pareciera invadirla.
Publicado en Brecha el 22/3/2013

Mamá (Mama, Andrés Muschietti, 2013)

Cuidados nocivos


Es curioso el devenir del cine de terror reciente. Si a comienzos de los 2000 el talento parecía situarse específicamente en el mundo asiático, con un puñado de directores japoneses, surcoreanos y tailandeses que atentaban contra las audiencias llevando a los espectadores al borde del síncope cardíaco (con obras como Ringu, Dark Water, Shutter, 2 hermanas y Ju-on), ese talento pareció morir allí mismo y tranferirse a occidente, afirmándose hoy en directores que siguieron en esa línea de horror psicológico como James Wan (Insidious), Scott Derrickson (Sinister), y Oren Peli (Actividad paranormal); que se nutrieron de aquellos retomando sus mejores recursos para causar miedo, con inmediatos éxitos en las taquillas.
En este registro y junto a esta nueva camada podría incorporarse al aquí director Andrés Muschietti, un argentino que logró llamar la atención del director y productor Guillermo del Toro (El laberinto del fauno, Hellboy 1 y 2, El hobbit) con un corto de tres minutos llamado Mamá, en el cual se basó esta película. Vale la pena acercarse a ese cortometraje, en él Muschietti daba muestras de su talento detrás de cámaras, pero también apelando a miedos inconscientes: "Nos tenemos que ir, mamá ha vuelto" le dice una niña muerta de miedo a su hermana, para acto seguido llevársela corriendo por las habitaciones de una casa, siendo acechadas por un pútrido cadáver. Un corto tan breve invoca una ambigüedad incómoda entre el mundo de los vivos y los muertos, y retrotrae a un universo infantil opresivo en que una madre puede ser objeto de amor pero también una pesadilla sofocante, vehículo de ira o de ominosa locura.
A ese mínimo fragmento se le incorporó aquí una historia coherente e inquietante: un padre cae víctima de la crisis financiera, asesina a su mujer y en su fuga va a parar a una cabaña perdida, en la que pretende matar a sus dos hijas para después quitarse la vida. Pero es interrumpido por una fuerza sobrenatural que lo reduce a fiambre, y que se dedicará a cuidar de las niñas a lo largo de cinco años. En una excelente secuencia de créditos, se da cuentas de qué ocurrió con esas niñas durante ese tiempo, mediante una sucesión de dibujos infantiles que echan luz sobre un lapso de supervivencia que jamás es relatado o explicitado. Cuando las niñas son encontradas en un inaudito estado de salvajismo -es impactante la llegada de unos leñadores a la choza, y su primer encuentro con ellas- a un tío le toca hacerse cargo de su crianza, y por extensión, a su novia (Jessica Chastain, en un papel nada que ver con el que hizo en La noche más oscura), una punkie que lo último que quiere en la vida es tener hijos. Instaladas en la casa, queda claro que las niñas traen consigo algo intangible y pavoroso: se dispara una sucesión de efectivos sustos, pero quizá la historia comience a volverse manida. Todo huele a horror japonés, con horrendos sonidos en off, figuras borrosas, la presencia sobrenatural que hostiga a la protagonista y placares que no conviene abrir. Los golpes de efecto funcionan aunque ya estan muy vistos, pero la cosa vuelve a levantar sobre el final, con tramos inesperadamente bellos y poéticos que recuerdan -y están a la par- de los mejores momentos burtonianos.

Publicado en Brecha el 22/3/2013

jueves, 14 de marzo de 2013

Por qué The Killing

Los muertos en el armario

Si bien las series televisivas estadounidenses han sido una auténtica revelación en los últimos años, seguramente AMC (American Movie Classics) haya sido uno de los más importantes canales abocados a su producción. En su programación se han contado varios de los principales hitos de los últimos tiempos: Mad Men, Breaking Bad, The Walking Dead. Y sin lugar a dudas: The Killing.
Quizá uno de las ventajas de esta serie es que consiste en tan solo dos temporadas -26 capítulos en total- y que en el último de ellos acaba resolviéndose el enigma -aunque los televidentes que llegan allí desearían que continuara-. El detalle la diferencia de tantas otras ya que la vuelve accesible por no insumir demasiado tiempo y por no perder metraje en redundancias o alargarse innecesariamente en bucles argumentales.
La historia comienza con un episodio dramático, digno de la serie negra: el horrible fallecimiento de la joven Rosie Larsen, hallada en la valija de un auto en el fondo de un lago. El informe forense da cuentas de que murió ahogada, intentando salir desesperadamente de adentro de la caja. La trama se centra entonces en la esforzada labor de dos detectives y su denodada búsqueda de la pista correcta.
Pero si bien esta premisa parecería acercar el relato a la típica historia policial, pronto la narración comienza a tomar una perspectiva coral, centrándose en varias subtramas paralelas -el devenir de la familia de la asesinada, las respectivas vidas privadas de los detectives, la labor diaria de los encargados de una campaña electoral por la alcaldía de Seattle-, y conforme va avanzando la serie se hace partícipe al televidente del daño social estructural que se genera a partir de una muerte trágica. Los personajes, imperfectos, dejan ver de a poco aspectos ocultos de sus vidas, secretos guardados que salen a la luz en momentos de desasosiego. Para colmo, los detectives cometen errores, siguen pistas falsas y en su misma investigación influyen involuntariamente sobre el entramado, causando daños irreparables.
Seattle, llamada comúnmente "la ciudad de la lluvia" es el entorno perfecto para esta historia; la persistente llovizna se condice con una atmósfera boscosa y húmeda, generando una envolvente superficie acuosa. El gris cromático, las gotas que se deslizan por los vidrios, los protagonistas que buscan refugio al interior de sus autos y una ambientación sonora que se impone con apagados tambores dramáticos son marcas características. Varios de los mejores capítulos fueron dirigidos por la polaca Agnieszka Holland (Europa Europa, El jardín secreto), con un nivel estético impagable.
El elenco es brillante. Desde los protagónicos hasta secundarios circunstanciales se desempeñan con entera profesionalidad en roles difíciles. No hay estereotipos ni personajes de una pieza: todos tienen sus ambigüedades y dobleces. Pero la figura central, quien lleva la historia sobre sus hombros es la detective Linden, soberbiamente interpretada por Mireille Enos. Una mujer obsesionada con la investigacion al punto de llegar a perder a su pareja y arrastrar a su hijo adolescente a hoteles baratos de la ciudad. Su rostro reflexivo e imperturbable, pálido e insomne, su bajo perfil y su mirada levemente desviada son de una profunda expresividad. Enos compone un personaje complejo, grande como la vida. Su compañero, el detective Holder (Joel Kinnaman), es de esos personajes malhablados, arrojados y políticamente incorrectos que generan adhesión inmediata, funcionando como notable contrapunto.
Aunque basada en la original danesa Forbrydelsen, la serie está dotada de una estética y una personalidad propia, y alcanza niveles de tensión únicos: no conviene dejarla pasar.

Publicada en revista "Dossier", 3/2013. 

domingo, 10 de marzo de 2013

Post tenebras lux (Carlos Reygadas, 2012)

Cine con mayúsculas


Segun cuentan, en Cannes, terminada la proyección exclusiva para la prensa, se hiceron sentir en la sala los silbidos y los abucheos por parte de los periodistas. La explicación para este comportamiento seguramente se deba al carácter fragmentario de la película, y a la ausencia de una narrativa clara. Se trata de una sumatoria de escenas que en muchos casos no tienen aparente continuidad, ni coherencia, ni relación entre ellas. Es verdad que hay una anécdota central, pero tampoco acaba resolviéndose con claridad. Reygadas dijo públicamente sentirse halagado por los abucheos, y que si sus películas no fuesen abucheadas estaría preocupado; para rematar dijo que los programas de televisión son "el peor veneno del mundo de hoy"  y que sin embargo nunca son abucheados. Pero aún con la mala recepción por parte de algunos sectores de la crítica, Reygadas se llevó el premio a mejor director en el festival ese mismo año.
No es la primera vez que ocurre algo así. Uno de los abucheos más famosos de Cannes fue el que recibió Antonioni en 1960 finalizada la proyección de La aventura y como se sabe, esta conducta fue la que llevó a otros críticos a defender enfáticamente la película. La historia acabó dándoles la razón, (es una presente en todas los tops de mejores películas del siglo veinte), como para subrayar que la prensa suele equivocarse. Para el caso de Reygadas, la cosa es más incomprensible aún, ya que Post Tenebras Lux es una obra dotada de buen rítmo, de personajes llamativos y un conflicto constante. Pero la necesidad de "entender" todo en una película seguramente haya llevado a muchos al rechazo.
Lo inconcebible es que más allá de los cabos sueltos no se haya percibido lo poderoso e impactante de algunas escenas, lo envolvente de los climas, la agudeza y la certeza en plasmar cierta visceralidad humana. La primera escena, en la que una niña de unos tres años va adentrándose sola en un campo abierto entre barro, vacas, caballos y perros mientras la noche cae y empieza a avecinarse una tormenta eléctrica, es uno de los fragmentos más brutales que haya dado el cine en los últimos años, y marca desde un comienzo la impronta que recorre todo el film: una atmósfera onírica, dominada por una sensación de peligro constante, a veces de origen incierto. Pero aún los momentos que parecen enigmáticos y descontextualizados -la aparición de un demonio fluorescente que recorre las habitaciones de una casa, los preparativos de un equipo adolescente de rugby- están directamente relacionados con los instintos más básicos y primitivos del ser humano, y dan cuenta de cómo esas pulsiones son algo universal que trasciende fronteras y estratos sociales. 
De todos modos sí hay una anécdota sólida que recorre la película: una familia que vive en el México rural junto a sus dos hijos parece encontrarse al borde del agobio y la ruptura. El nihilismo rasante roza la pesadez existencialista; la humanidad y sus peores vicios pervierten y desangran, en una de esas películas herméticas que se quedan en la cabeza del espectador, invitándolo a reincidir con segundos y terceros visionados.

Publicado en Brecha el 10/3/2013

viernes, 1 de marzo de 2013

Fuerza antigángster / Brigada de élite (The gangster squad, Ruben Fleischer, 2013)

Antiespectáculo

Lo que engaña y vende de esta película es el elenco: Sean Penn como jefe mafioso, Josh Brolin y Ryan Gosling como los duros protagonistas, Emma Stone como la femme fatale (esas eran las de antes) y Nick Nolte como jefe de operaciones especiales. Todos intérpretes de buena presencia y carisma, y gran desenvoltura frente a cámaras. Pero es lo único que hay aquí, y ni ellos ni el mejor elenco de actores del mundo podría haber salvado un guión tan lamentable ni una película así de intrascendente.
Supuestamente la historia está basada en hechos reales: la avanzada del criminal exboxeador Mickey Cohen y sus intenciones de hacerse del control de la ciudad. Cohen echó a la mismísima maffia de Los Ángeles, pero fue detenido a tiempo ya que la policía se puso las pilas y armó un pequeño equipo parapolicial con el objeto de frenarlo a él y sus actividades ilícitas. Pero esta anécdota es usada para hacer una rutinaria película de género, con héroes muy machos, diálogos de escolar y muchísima violencia gratuita. La película sufrió un retraso en su lanzamiento y un cambio en el guión a último momento: una escena entera tuvo que ser desechada y debió filmarse otra en su lugar. Una secuencia en plena función adentro de un cine, con los mafiosos abriendo fuego sobre los espectadores debió ser omitida como una decisión de la Warner Bros tras la masacre real ocurrida en Denver.
Si en El padrino –por nombrar una película de gángsters en la que existe sutileza para demostrar ciertas cosas- una cabeza de caballo dentro de la cama era información suficiente como para saber que la mafia no se andaba con chiquitas y era gente de temer realmente, aquí lo tenemos a Cohen vociferando todo el tiempo, y ejerciendo la violencia directamente, en una misma escena repetida tres veces: alguien cercano a él le habla mal, o no hace su trabajo como quiere, y él se las cobra matándolo de formas horribles -taladrándole la cabeza, prendiéndole fuego adentro de un ascensor, etc- como para demostrar que es malísimo. A esto hay que agregarle personajes de historieta; el guionista Will Beal libretó la película por venir La liga de la justicia, (con Batman, Superman y tutti quanti) y seguro se le pegó algo. Los miembros del escuadrón parapolicial son diferenciados por sus habilidades especiales: el as de la pistola, el que lanza cuchillos, el experto estratega.
Cuesta creer que Ruben Fleischer sea el mismo director de la divertidísima Tierra de zombis, una película que cumplía con todas los requerimientos para un buen espectáculo. Lo predecible de la trama, las rutinarias escenas de acción, la ausencia de psicología o interacción humana lógica, lo ridículo de algunos momentos –mención aparte la contienda entre el bueno y el malo, en el que el protagonista decide tirar la pistola y luchar a golpes con su adversario, sabiendo que es un exboxeador- convierten a esto en la peor de las opciones de la cartelera actual.

Publicado en Brecha el 1/3/2013

jueves, 21 de febrero de 2013

Dos observaciones respecto a los Oscar

 
1. La hora de la épica. No es de extrañarse que la unidad nacional estadounidense se encuentre sentida y dañada en los tiempos que corren. Casi 50 millones de pobres (el 16,1 de la población), una crisis por la cual el desempleo aumentó a cinco puntos más que en 2008, cataclismos naturales que azotan con cada vez mayor frecuencia, un sistema financiero en decadencia y que pocos parecen respaldar y un general descreimiento en la clase política. Es lógico que la potencia esté necesitada de relatos que estimulen y contagien esa unidad perdida, algo que afiance al menos un poco el orgullo de sentirse estadounidense. 

Y no puede ignorarse el papel que históricamente cumplió la industria de Hollywood a la hora de imponer discursos y de elevar el patriotismo y la moral de la ciudadanía. En la ceremonia de los Oscar es la industria misma la que elige los nominados y los vota, y no sería extraño que una de las tres películas que erigen y ensalzan una épica histórica, con héroes claros, carismáticos, lúcidos y hasta geniales fuera la que se lleve el máximo galardón. Aunque Lincoln, La noche más oscura y Argo son películas muy distantes en registro y en forma, y se encuentran ubicadas en contextos totalmente lejanos unos de otros, tienen en común eso, el recurrir a las que se consideran grandes hazañas del pasado, a saber: la abolición de la esclavitud en Estados Unidos, el hallazgo y asesinato de Bin Laden, y el rescate anónimo por parte de la CIA de seis estadounidenses cautivos en el Irán de los ayatolás.

De todos estos abordajes, seguramente el menos serio, el más dinámico y canchero, el más simpático y progre es el presentado en Argo por el director Ben Affleck, ante todo porque arranca diciendo que la revolución islamita es consecuencia directa de la política exterior de Estados Unidos y de su nefasto papel en el apoyo militar y logístico al shah Reza Pahlavi. Un mea culpa tardío que correspondería que ocurriera más frecuentemente.

Las tres películas comparten ciertos dobleces críticos, cierta búsqueda de matices que las atajan de parecerse a épicas patrióticas con todas las letras. Entendámonos que no estamos ante planteos desbordantes de barras y estrellas ni de héroes de una sola pieza. Lincoln no oculta la compra de votos en la campaña a favor de la abolición del esclavismo, que al parecer ya en la época fue moneda corriente para alcanzar mayorías, ni la decisión de aplazar el fin de la guerra con tal de conseguir la abolición. La noche más oscura no oculta las torturas en cárceles clandestinas que destaparon los testimonios que habrían llevado a la caza de Bin Laden. Pero estos matices y tantos otros no restan un mínimo al hecho de que las películas sean cruzadas heroicas, de protagonistas arrojados y arriesgados, y que en cualquiera de los casos el fin justifica plenamente los medios. Conviene salvar las distancias, pero este arraigado sentir pragmático del fin y los medios duele especialmente cuando suele ser la excusa fundamental para justificar toda clase de atrocidades por parte de la potencia estadounidense, ya se trate de bombardeos sobre poblaciones civiles o intervenciones militares en otros países, y ese discurso parece calar hondo en la idiosincrasia, al punto de tolerarse toda clase de violaciones a los derechos humanos cuando están respaldados por una buena causa. El cine masivo, sutilmente, reafirma los pensamientos. 

2.The Master afuera. No hay mortal cinéfilo que no tenga grandes discrepancias con los Oscar -aún entre los que adhieren considerando que es una de las premiaciones más justas y democráticas-, y podrían elaborarse listas infinitas sobre lo que debería estar y no está, artículos interminables repletos de especulaciones sobre el porqué y los criterios de selección. Pero incurrir por un rato en este deporte no deja de ser ameno y divertido. Si conviene hablar en este caso de una gran omisión más que de ninguna otra, es de la ausencia de The master de Paul Thomas Anderson en la lista de nominados a mejor película. Qué les costaba, fueron nueve las nominadas en lugar de las diez que hubo los últimos años; claro está que no hubo complot ni voluntad colectiva de exclusión, seguramente tan sólo que la película no alcanzó los votos requeridos para la nominación. De cualquier manera, es curioso que una de las películas de mayor aceptación crítica de la temporada -un 86% de aprobación en los sitios Rotten Tomatoes y Metacritic, lo que significa que siete de cada ocho críticas son favorables*- haya sido desterrada de esta manera.

Y aquí empezamos a especular: cierto es que el electorado de la academia está avejentado, que en los últimos años se han intentado mecanismos de renovación de la plantilla y de retiro de los votantes mayores, y que muchas veces los resultados de las nominaciones y de las votaciones a mejor película refleja cierto conservadurismo y rechazo a la diversidad. Partiendo de este hecho, y considerando la clara tendencia al encumbramiento de relatos que avivan el orgullo nacional, puede considerarse que The master no figura entre los nominados porque vulnera directamente la sensibilidad del electorado.

Por que no hay nada de atractivo en el protagonista, un traumado excombatiente de la Segunda Guerra Mundial (brillantemente interpretado por Joaquin Phoenix), un alcohólico y un toxicómano, un sexópata y un antisocial. Se trata de uno de esos antihéroes extremos, la clase de personajes que llaman al indefectible rechazo. Si encima de esto, este pseudo-hombre va a parar a una secta liderada por un fabulador de cuarta (Phillip Seymour Hoffman) que improvisa tratamientos mediante el trance y la hipnosis, el asunto tampoco parecería generar una fácil adhesión. Si además la película tiene un par de masturbaciones, desnudos frontales integrales, algo de sexo pero sobre todo sexo hablado –este último parece molestar más a Hollywood que el explícito- más la nombrada dosis de ingesta de sustancias tóxicas, digamos que están reunidos los elementos para molestar a las mentes más susceptibles. Paul Thomas Anderson se inspiró en el documental Let there be Light de John Huston, en el que se exponían los estragos psicológicos en los soldados estadounidenses de la Segunda Guerra, y los métodos experimentales con los que eran tratados. Pero no es esta la clase de episodio histórico que a la academia le interese reflotar.

Como para molestar un poco más, el actor Joaquin Phoenix no estuvo haciendo recientemente las declaraciones más simpáticas: cuando le pidieron su opinión sobre los Oscar, contestó: "Creo que es total y absoluta mierda. Yo no creo en los Oscar. Es una zanahoria, pero la de peor sabor que he probado en mi vida. No quiero esta zanahoria. (...) gente puesta a competir una contra la otra, es la cosa más estúpida del mundo."

Eso sí, la actuación de Phoenix se merece el oscar. Que se lo den ya es una cosa muy distinta.
 
*En el portal Todas las críticas, símil argentino, la correlación es la misma.

Publicado en Brecha el 22/2/2012

sábado, 16 de febrero de 2013

Abrir puertas y ventanas (Milagros Mumenthäler, 2012)

La frustración hecha carne



Hay mucha rabia en el cine argentino reciente. O al menos un puñado de nuevos cineastas que están imponiéndose con películas poderosas y viscerales, de una constante violencia soterrada; la clase de cine que duele pero que al mismo tiempo no se puede dejar de mirar. Pablo Fendrik y su cuadro urbano en La sangre brota aportaban una mirada sin precedentes sobre la peor idiosincrasia bonaerense imaginable y, si hablamos de rabia, ningún ejemplo podría ser mejor que, valga la redundancia, La rabia, de la hija de desaparecidos Albertina Carri. Allí se planteaba el cuadro rural de una familia que bordeaba el salvajismo, en la árida pampa argentina. En cualquiera de los dos casos, las propuestas realistas y cierto acierto en exponer situaciones reconocibles y lamentablemente humanas, convierten a ambas películas en dos de las más importantes concebidas en el vecino país en los últimos años.

En esta tendencia podría inscribirse esta película, ópera prima de Milagros Mumenthäler. El planteo es inmersivo, abrupto. La clase de propuestas que nos llevan al medio de la acción sin presentar a los personajes y sus vínculos, sin dar conocimiento de historias previas. Buena parte de la gracia está en ir descubriendo, paulatinamente y a medida que transcurre el metraje, la naturaleza de estas relaciones, las particularidades del grupo humano, los secretos que subyacen. Está claro que en una película de estas características la labor activa del espectador, estimulada desde el comienzo, es fundamental. Por esto, quizá sea conveniente que quien no la haya visto deje de leer esta reseña.

Las tres protagonistas bordean los veinte años, y en su comportamiento cotidiano, en los tratos, en las constantes desavenencias, fricciones, broncas y malas leches, pueden intuirse inmensas frustraciones y un estado de vulnerabilidad muy particular. La incomodidad se impone no sólo por el clima de tensión que se respira en esa casa, sino por todo lo que hay oculto, los tabúes que no pueden invocarse y que solo son sugeridos parcialmente, en palabras aisladas, en pequeños gestos -las tres actrices están formidables-. Las dimensiones de la casa -que nunca llegamos a ver completa-, la dirección de arte, la puesta en escena habla de ausencias determinantes, hay objetos que no pueden pertenecer a las chicas: un tocadiscos, muebles viejos.


A medida que transcurre la película comprenderemos que las tres son hermanas y que se encuentran en un período de duelo, que su abuela vivía en la casa y murió hace poco y que, a pesar de una convivencia enfermiza, existe una gran interdependencia. De los padres nada concreto puede saberse, salvo que están perfectamente omitidos del cuadro -la posibilidad de que sean hijas de desaparecidos debe descartarse, ya que sus edades no se condicen con tal hipótesis, aunque cierto es que este hecho no impide una válida equiparación-. Con absoluta seguridad, la directora-guionista impone un abordaje psicológico tan profundo como enigmático a tres formas distintas de afrontar la pérdida, así como un recorrido a través de una progresión de descargas y catarsis que puede conducir a nuevas formas de territorialidad y de relaciones de poder, a la maduración y a la final superación de los lastres pasados; el tocar fondo muchas veces obliga a salir del pozo, con la mirada puesta en el porvenir.

Publicado en Brecha el 15/2/2013 

jueves, 7 de febrero de 2013

Los miserables (Les misérables, Tom Hooper, 2012)

Apesta


En reseñas de esta película, aparece como constante la típica afirmación de que va a ser disfrutable para los amantes del género (musical), pero que no es recomendable para quienes no gustan de estos espectáculos. Como si los géneros fuesen exclusivos de un tipo de público y no existiese ninguna particularidad en las películas que pudiesen llevarlas a trascender esos círculos y llegar a otras personas. Si desde el vamos la afirmación no es demasiado feliz, tampoco lo es su primera premisa, precisamente porque los que gustan y conocen el género difícilmente encuentren aquí características que los convenzan.

Está claro que la apuesta era arriesgada, y que llevarla a la práctica suponía exponerse a un equilibrio precario que podía suponer el naufragio. El texto original de Victor Hugo es profundamente dramático, y dar con el tono apropiado, en un musical operístico en el que prácticamente todos los diálogos están cantados (sí, como en Don Giovanni o Los paraguas de Cherburgo) requiere de una destreza técnica mayúscula, lograr un ritmo estimulante y personajes que permitan una identificación. Y el director Tom Hooper (autor de la celebrada El discurso del rey) fracasa rotundamente en los tres puntos.

Que Hooper no tiene la experiencia necesaria para filmar una película de estas características queda bien claro en las escenas más dinámicas y en las de transición entre piezas musicales. El frenético montaje impide que una toma dure más de dos o tres segundos, agolpando sin descanso una sucesión ininterrumpida y a veces caótica de imágenes que denota inseguridad, y que se encuentra a siglos luz de las escenas claras, fluidas y estimulantes que pueden lograr los tipos que realmente saben narrar con imágenes y acciones, como Spielberg, Scorsese o Tarantino –por nombrar solo a tres-. A esto se le agrega una molesta incoherencia idiomática, ¿por qué cuernos una historia enteramente francesa, ambientada en Francia, con personajes llamados Jean Valjean, Javert y Fantine y a la que incluso se le mantuvo su título en francés tiene que estar hablada en inglés? La obra musical original de Claude-Michel Schönberg estaba en francés, y bien podían haberse tomado de allí las canciones, pero no, se prefirió la adaptación inglesa seguramente porque, como debe recordarse, a la Academia no le caen bien los idiomas extranjeros.

La película es profundamente arrítmica porque cae en pozos musicales de interés prácticamente nulo, -cuando el joven Marius cuenta de su enamoramiento a sus amigos rebeldes, o cuando Éponine se lamenta por su amor no correspondido-; se le da demasiado espacio al trillado triángulo amoroso entorpeciendo el devenir de los hechos. Todo lo nombrado afecta profundamente lo que aquí falta y hay en los grandes musicales: espontaneidad. Hay una impronta constante de cuadro armado, los semblantes son serios, los silencios solemnes, las poses impostadas. Esta ausencia de asideros terrenales es lo que impide la identificación con los personajes. Para colmo, Russell Crowe canta horrible y Hugh Jackman no está mucho mejor. Claro que de a ratos el texto transmite su fuerza, que Anne Hathaway está bien en todo sentido, que los niños son los mejores intérpretes y que los secundarios de Sasha Baron Cohen y Helena Bonham Carter dan un contrapunto humorístico el poco rato que aparecen. Pero claro está que no son méritos de Hooper. 

Publicado en Brecha el 8/2/2013. 

martes, 5 de febrero de 2013

Marley (Kevin MacDonald, 2012)

El documental definitivo

Durante la filmación de El último rey de Escocia (2006) el director británico Kevin Mac Donald (autor del brillante documental Life in a day) recorrió un suburbio de Kampala, en Uganda, reparando en que Bob Marley era una imagen omnipresente: murales, remeras, banderas, su música sonando. Y era visto por la gente no tanto como un músico, sino más bien como un filósofo, o una figura religiosa. A partir de ese momento comenzó a obsesionarse con quién fue realmente el hombre detrás de la leyenda y comenzó una investigación, -frustrada al principio pero vuelta a reflotar en el 2010- por la que se dedicó a echar luz sobre la mayor cantidad de dimensiones posibles de la vida del dios del reggae.
Es así que este documental, -el único hasta la fecha en ser aprobado por la familia del músico- despliega su lineal recorrido cronológico a través de su vida, desde la cuna hasta la tumba, deteniéndose en detalles ilustrativos acerca de su formación y su forma de ser, sentir e interactuar con los demás. Su ardua niñez en la que sus pares y su propia familia lo desplazaban y le imponían más trabajo por no ser negro puro como los demás sino más bien cobrizo –su padre era blanco-, su adolescencia en las calles de Kingston, en la que pasó hambre de verdad –un amigo cuenta que para engañar el estómago se tomaba un buen vaso de agua antes de ir a dormir-, su adhesión a la religión rastafari y el consumo de marihuana como algo íntimamente ligado a ello, sus comienzos como profesional y su rápido éxito local, su timidez y su impactante éxito con las mujeres –aún estando casado tuvo 11 hijos de 7 relaciones distintas- su gusto por el deporte, su preocupación por la gente y su vocación contestataria, pacifista y libertadora, aunque estos últimos fueran rasgos ideológicos siempre subordinados al aspecto religioso.
Por fuera de todos estos elementos, están los datos curiosos que agregan calidez y gracia a la narrativa –como el hecho de que tocaba con su banda en cementerios a las dos de la mañana, para quitarse los miedos- o los aportes que relativizan su bondad y pureza –sus hijos cuentan que era extremadamente duro con ellos, y que durante su propia infancia sufrieron el destrato social por ser vistos como los hijos de un músico drogón- así como ciertas audacias creativas de MacDonald –como cuando le da a escuchar a los parientes paternos la canción “Cornerstone” comentándoles el contexto de rechazo familiar en el que Marley la escribió-. Quizá lo más interesante de todo sea la sucesión de grandes éxitos y su correspondiente contextualización histórica, y los aportes de músicos cercanos que cuentan sobre influencias, estilo y creación musical. Lo sorprendente es que a pesar de haber concebido un documental que dura casi dos horas y media, Mac Donald logra interesar, seducir y emocionar. Y es difícil de creer que otro cineasta logre un documento tan sustancioso dedicado al glorificado músico jamaiquino.

Publicado en Brecha el 25/1/2012

jueves, 31 de enero de 2013

El último desafío (The last stand, Kim Jee-woon, 2012)

Fascistoide y divertida

A veces es duro comprobar como la historia se repite una y otra vez. La industria norteamericana finalmente se dio cuenta de que el futuro del cine está en Corea del Sur, y hoy parece dedicarse a acaparar a varios de sus más importantes cineastas; Park Chan-wook, autor de Simphaty for Mr. Vengeance y Oldboy, ya tiene lista su Stoker, protagonizada por Nicole Kidman. El director Kim Jee-woon, quien supo crear obras grandiosas en su país natal como The foul king, 2 hermanas y A bittersweet life, es el encargado en este caso de dar vida, una vez más, a Arnold Schwarzenegger. Kim ya estuvo protestando, dejando en claro las cosas que ya sabemos y que ocurren cada vez que un nuevo director extranjero es llamado a filas: “La mayor diferencia entre rodar en Corea o Estados Unidos es el sistema mismo. En Corea, el director tiene la última palabra. Si el director toma una decisión, esa decisión es definitiva. En Hollywood, cada decisión tiene que pasar por el productor, el estudio y, a veces incluso el actor principal. Hay un procedimiento que debe seguirse”.
Kim debe de haberse agarrado bien fuerte la cabeza cuando leyó el guión de El último desafío, y quizá el auténtico desafío debió haber sido filmar algo así conservando la dignidad. La historia es un pelotazo que podría habérsele ocurrido a cualquiera: el líder de un cártel mexicano (Eduardo Noriega) se escapa de los servicios de inteligencia y emprende una fuga a más de 300 kilómetros por hora por las carreteras de Estados Unidos, en dirección a la frontera de México. Tan pero tan rápido va su Corvette -la publicidad está poco disimulada- que a los servicios de inteligencia no les da el tiempo para coordinarse y atajar la fuga del narco. Pero el hombre tuvo la mala idea de querer cruzar la frontera a la altura de un pueblo en el que Schwarzenegger es sheriff, y por supuesto, escudo humano.
El resto es predecible, pero es lo mejor que tiene esta película: tiros a granel, persecuciones varias, peleas cuerpo a cuerpo, humor autoconsciente y mucha energía lúdica volcada a la catarsis destructiva. Como Los Indestructibles, se trata de un divertido homenaje a las películas de super-acción de los años ochenta, de malos muy malos, armamento pesado y violencia fascistoide. Si la primera mitad de la película, en la cual se presentan los personajes y se busca perfilar los héroes con humor canchero, es casi todo berretada y lugar común, en cambio la segunda parte -cuando el desmadre comienza a tener lugar- es digna de las mejores películas de acción. El montaje paralelo permite ver y sentir varios enfrentamientos simultáneos, con un nivel de tensión que no decae. Corea del Sur queda muy bien parada. 
Por fuera de eso, la película también supone una defensa republicana a la tenencia de armas. No conviene ser ingenuos, y este asunto está enfatizado en el hecho de que, por suerte, uno de los buenos conserva en su taller un arsenal de armas de antaño, de legalidad más bien dudosa, que sirve finalmente para salvar al pueblo de la amenaza externa. Una divertida escena en que una viejita desenfunda su arma y perfora a un narco invasor de su propiedad es una evidente propaganda sobre la idoneidad de esconder un revolver abajo del cojín; por si las moscas. 

Publicado en Brecha el 31/1/2013