jueves, 26 de mayo de 2011

Niñas sexuadas, feminismo a la baja y mercado rosado

Estás ganando, Barbie

El libro Muñecas vivientes: El regreso del sexismo parte de una indignación, surgida al constatar que los grandes logros que ha tenido el feminismo a lo largo del siglo xx están sufriendo un verdadero retroceso en las sociedades occidentales actuales. Un nuevo sexismo se hizo presente, de la mano de los medios masivos de comunicación, la pornografía, los bares de strip tease, la sexualidad temprana y una feminidad impuesta a las niñas por el mercado y el lamentablemente aclamado determinismo biológico.

Estudiando a fondo la realidad de la mujer actual, la periodista feminista británica Natasha Walter llega a una apremiante conclusión: “Sin un cambio económico y político profundo, lo que vemos cuando miramos a nuestro alrededor no es la igualdad que buscábamos; es una revolución estancada”. Y, yendo aun más lejos, considera: “antes creía que sólo teníamos que establecer las condiciones necesarias para la igualdad, y entonces el sexismo desaparecería de nuestra cultura. Hoy estoy dispuesta a admitir que estaba completamente equivocada”.
Este ensayo está respaldado por un trabajo periodístico notable. Treinta y tres páginas finales (en letra chica, cuerpo 8) detallan las fuentes consultadas, la extensa bibliografía, los ensayos y artículos citados y los estudios y estadísticas a los que la autora echa mano. Cada contundente afirmación que Walter hace viene respaldada con un sinfín de datos y acontecimientos que son cotejables en la sociedad que vivimos. Con habilidad, una pluma amena y mucho sentido común, expone una preocupada tesis feminista, arremetiendo contra una cultura que, lejos de garantizar la libertad a la mujer, cada día la coarta más, estrechando sus posibilidades y reproduciendo al infinito discursos retrógrados sobre los roles genéricos.
El ensayo se divide en dos mitades. La primera y más contundente se centra en nuevas realidades en auge y los temibles discursos que circulan alrededor de ellas. La segunda es básicamente una deslegitimación de los más difundidos estudios que respaldan el determinismo biológico, que pretenden dar cátedra sobre cuáles son los patrones de comportamiento típicamente femeninos. Vista la riqueza conceptual de este libro, lo mejor es centrarse detenidamente en cada una de las dos partes.

EL ROSADO OMNIPRESENTE. Para ningún padre reciente es novedad que la vida de las niñas se encuentra absolutamente invadida por el color rosado. No hay forma de evitarlo. Muñecas, ropa, celulares falsos o reales, cocinas, ponis, peluches, varitas mágicas, diademas y lo que fuere vienen preparados de fábrica con un fulguroso resplandor rosado. Predeterminadas por el mercado, las niñas se encuentran zambullidas en un universo de princesas. Aunque la autora no lo señale en este trabajo, también es de recalcar que los juguetes específicos orientados hacia los varones contrastan sobremanera con los reservados para las niñas. El niño es destinatario de los juguetes de interacción más dinámica y aventurera (vehículos, pelotas, figuras de acción), mientras que a la niña se le ofrecen los más cotidianos y apacibles (maquillaje, bebés, juegos de té). Esta demarcación –que se ha agudizado en los últimos años– es más que sugerente de la actitud pasiva a la que se orienta a las futuras mujeres.
En la prensa británica –señala Walter– se han difundido estudios muy poco rigurosos en los que se llegó a la rápida conclusión de que las niñas pequeñas prefieren, por una determinación genética, ciertas tonalidades rojizas, de los que se hicieron eco los medios para corroborar la creencia popular. La tesis es hábilmente desmontada por Walter. Cerca del final del libro, la autora señala que antes del siglo xx los bebés eran vestidos de blanco y que en las décadas del veinte y del treinta predominó la fórmula inversa a la actual: los varones se vestían de rosado y las nenas de celeste, señalando la absoluta arbitrariedad de la convención.
De la misma manera que las niñas no parecen tener la libertad de elegir otro color que no sea el rosado, hay otros discursos dominantes, reproducidos constantemente por los medios y por la masa acrítica, que determinan las orientaciones vitales de las mujeres de hoy en día.

HIPERSEXUALIDAD. Las cosas parecen complicarse aun más cuando resulta que los modelos infantiles de comportamiento incluyen ser sexualmente atractivos, aun desde antes de llegar a la pubertad. “La asociación entre la feminidad y el atractivo sexual empieza muy temprano. (…) El guardarropa de la muñeca Bratz, que ha desplazado a Barbie en el trono de la muñeca más vendida, está diseñado para ir de discotecas y de compras y consiste en un surtido de plumas y medias de red, tops ombligueros y minifaldas”. La autora también apunta que, curiosamente, el discurso de la libertad se encuentra presente en la reciente película de las Bratz. La independencia se asocia con salir de compras, producirse, andar con chicos y crear un grupo de música. Es verdad que el discurso sobre la necesidad de ser una misma fue acuñado por los movimientos feministas, que consideraban que la mujer no debía obrar como los demás pretendían sino como ella quisiera. Pero hoy el mensaje es utilizado por los medios como retórica para vender, y “esta necesidad de independencia y autoafirmación se está pervirtiendo para vendérsela a las niñas como una forma de consumismo extremadamente mezquina que hace que se vean a sí mismas como objetos”.
Comenta Walter que algunas jugueterías incorporaron a su oferta una barra fija para bailes de tipo stripper; es normal ver prendas ajustadas para niñas con mensajes sugestivos –como la palabra “cazafortunas” impresa en el trasero– e incluso pueden encontrarse sutienes con relleno para niñas.
Las cifras son especialmente alarmantes. La constante vigilancia corporal a la que se insta a las mujeres es la que lleva a que casi tres cuartas partes de las adolescentes británicas estén insatisfechas con su cuerpo y a que más de un tercio esté a dieta. La autora incluso nombra estudios que afirman que entre las niñas de 11 años, una de cada cinco hace régimen, y otro que concluye que a la mayoría de las niñas de 6 años les gustaría estar más flacas.
Las fotos subidas a Facebook y otras redes sociales hablan por sí solas. Niñas prepúberes se fotografían unas a otras reproduciendo los gestos y las poses de las imágenes sexualmente sugestivas imperantes en la cultura dominante y, como comenta la madre de una adolescente a Walter, puede verse que “las niñas de once o doce años parezcan chicas de dieciséis pidiendo guerra”. Esta realidad, además, esconde una inmensa contradicción. Mientras que, por un lado, se condena –muy coherentemente– la pedofilia y el sexo con menores, por el otro se fomenta socialmente que las niñas se vistan y actúen desde pequeñas como si fueran lascivos objetos de seducción. Los resultados no están a la vista, pero calan hondo a nivel social, causando estragos y no pocos y lamentables damnificados.

STRIPPERS, PROSTITUTAS Y PORNOGRAFÍA. “Lejos de ampliar el potencial y la libertad de las mujeres, la nueva cultura hipersexual redefine el éxito femenino dentro del reducido marco del atractivo sexual”, afirma Walter. El machaque y la invasión constante de imágenes de modelos y vedettes que llegan a la fama a fuerza de esculpir sus cuerpos con cirugías y de desfilar libres de prendas, conduce a que muchas mujeres sin otras posibilidades apuesten por el camino del modelaje o el baile sexualmente sugestivo, como una vía aceptada socialmente de alcanzar el éxito.
La autora hace un particular énfasis en la transformación social ocurrida recientemente en lo que refiere al boom y a la respetabilidad de los bares de strip tease. Es sabido que desde hace tiempo los bailes de este tipo se incorporaron a la cultura pop, al punto de estar prácticamente omnipresentes en los videoclips actuales. Si hace un tiempo ver a Madonna contorneándose y seduciendo a varios hombres al mismo tiempo era considerado un símbolo de liberación femenina, hoy –habiendo visto a Britney Spears, Lady Gaga y Rihanna llegar a la fama por el mismo camino– esa idea ya no es tal, porque una estrella pop casi no tiene posibilidades de éxito si no hace exactamente lo mismo.
Varias personas vinculadas al negocio de los bares de strip tease, a las revistas eróticas y programas del tipo de Gran hermano hablan con la autora de la inmensa cantidad de chicas que a diario se dirigen a ellos como candidatas. Esto viene de la mano de una explosión de cirugía y silicona, y de prácticas extremas como la cirugía vaginal que se realizan muchas chicas que no creen tener su cuerpo perfectamente acorde a la estética aceptada.
Walter demuestra que las strippers están a un solo paso de la prostitución, que desde los mismos locales se las motiva en esa dirección, que son víctimas de una explotación desvergonzada, que son acosadas y destratadas permanentemente por los clientes que allí acuden y que, además, se encuentran expuestas a toda clase de violencia.
Así como los bares de strip tease gozan de un prestigio impensable hace diez años, lo mismo ocurre con la prostitución. Los diarios íntimos de prostitutas se han convertido en éxitos de ventas, la oferta de servicios sexuales es cada vez más visible en cualquier ciudad y quienes hacen uso de ellos en muchos casos no lo sienten como algo que deban ocultar. La tendencia –afirma Walter– es a una “normalización de la prostitución”, lo que considera una demencia. La tasa de mortalidad entre las profesionales del sexo es hasta seis veces más alta que la de la población general, y la promesa de dinero fácil lleva a que muchas chicas apuesten al baile sexy o a ser vedettes y terminen vendiendo su cuerpo. Todo esto sin nombrar el tráfico de mujeres y la prostitución forzada. Finalmente, en contraste con la “respetabilidad” de la prostitución, Walter trae a colación una cifra reciente: más de un tercio de los hombres que utilizan los servicios sexuales considera a las prostitutas sucias e inferiores.
Todo esto está ligado a otro fenómeno reciente: la cotidianidad de la pornografía y el consumo gratuito a un solo clic de distancia. Si bien hace un par de décadas mucha gente debía salir a la calle y pagar si quería conseguir este tipo de material, hoy cualquier persona que cuente con una conexión a Internet tiene acceso a una variadísima oferta. Como bien dice Walter, el porno dominante se caracteriza por una veta de auténtico desprecio hacia la mujer, y esto sólo refiriéndose al más común y estándar y no a las auténticas brutalidades que pueden verse en la web. Este punto es especialmente preocupante para la autora: frente a la inmensa invasión de pornografía –a la que acceden muchos menores de edad que se ven predispuestos a ciertos tipos de prácticas sexuales– no hay espacios de resistencia desde donde se hable del tema y se ponga en tela de juicio la forma en que estos materiales son presentados. En otras palabras, no hay discursos que ayuden a pensar críticamente la pornografía.

DETERMINISMO BIOLÓGICO. La segunda parte del libro es menos interesante que la primera y se limita a explicar (y a probar) cuán erróneos son los argumentos que hablan de una predeterminación genética respecto a la diferenciación de los roles del hombre y la mujer. La autora cita decenas de estudios sumamente difundidos que pretenden llegar a conclusiones terminantes del tipo “los hombres son mejores para las matemáticas y las mujeres mejores para el diálogo y las palabras” o “los hombres se desempeñan mejor en tareas abstractas y las mujeres mejor en las tareas domésticas”. Se habla de las hormonas y de la oxitocina, de que la configuración cerebral difiere en el hombre y en la mujer desde el nacimiento y de que esas “naturalezas” condicionan los roles vitales de uno y otro. “Es digno de notar que esta tendencia a insistir en que la igualdad entre hombres y mujeres está limitada por condicionantes biológicos imposibles de obviar aparece justo en el momento en que las mujeres ocupan un papel cada vez más relevante y variado en la vida pública y los hombres empiezan a animarse a adoptar en los hogares lo que antes se consideraba el papel femenino”, afirma Walter, lamentando una nueva avanzada sexista. Es penoso que tales sandeces tengan tanta exposición mediática y repercutan con tanta fuerza en el colectivo social. Es realmente triste que Walter deba dedicar tantas páginas y energías a derrumbar uno por uno estos estudios de tan poco rigor científico.
Las explicaciones biologicistas de comportamientos innatos tienen mucha prensa, pero no ocurre lo mismo con las evidencias que las refutan. Según explica la autora, además, las redacciones prefieren difundir titulares sobre estudios que ofrecen conclusiones claras y que se condicen con las más retrógradas creencias populares. “Para quienes suscriben al determinismo biológico, el mundo contemporáneo encaja muy bien con las aptitudes innatas de hombres y mujeres. No produce satisfacción ni frustración, no hay ninguna contradicción entre nuestros deseos y nuestra situación. Todas las desigualdades que vivimos se explican gracias a la distinta configuración genética y hormonal de hombres y mujeres: si las mujeres ganan menos, si los hombres tienen más poder, si las mujeres asumen más trabajo doméstico o si los hombres tienen más reconocimiento social se debe simplemente a que así son las cosas. El determinismo biológico del siglo xxi funciona en este sentido exactamente igual que el del siglo xix, que advertía a las mujeres que aspiraban al cambio de que no estaban hechas para estudiar o esforzarse físicamente.”

LA LIBRE ELECCIÓN. En nombre del libre albedrío se están permitiendo auténticas barbaridades sociales. Se habla de que las niñas eligen el rosado y jugar a ser princesas, que optan por vestirse de determinada manera. Se afirma que luego, llegada la adolescencia, son libres de utilizar las redes sociales como quieren, acostarse con quien se les cante (el 80 por ciento de las chicas que tuvieron su primera experiencia sexual entre los 13 y 14 años afirman lamentarlo). Se dice que si una mujer opta por bailar prendida a una barra, prostituirse o protagonizar películas pornográficas lo hace porque así lo eligió. Que si quiere ponerse medio quilogramo de siliconas es una decisión personal y que ella decide sobre su cuerpo. Pero el discurso de la libertad es utilizado por lo general por quienes defienden interesadamente estas prácticas –o por quienes las reproducen sin cuestionarlas– sin considerar las presiones culturales y sociales que existen en todos esos campos, así como la superficial y omnipresente presencia mediática que lleva a gente de poca capacidad crítica a plegarse a los discursos prevalentes.

El fracaso (parcial) del feminismo

En Inglaterra, la autora es testigo de un proceso de disminución de la presencia política de mujeres en el parlamento. Por otra parte, el rechazo gubernamental al proyecto de equiparar derechos en relación a las ausencias laborales por paternidad y maternidad da muestras de cómo al hombre no se le permite faltar al trabajo para cuidar a sus bebés. Cuando el hombre pide una reducción del horario de trabajo para estar más tiempo con sus hijos, la petición suele ser rechazada. Así, se fuerza a las mujeres a seguir con sus roles tradicionales de cuidado de los hijos, y eso sin contar que siguen haciéndose cargo de la inmensa mayoría del trabajo doméstico. La autora cita un estudio que dice que hasta las mujeres que trabajan en horario completo emplean en promedio 23 horas semanales para el trabajo doméstico. Y, pese a que a las mujeres les vaya bien en los estudios, continúan teniendo posibilidades laborales menos auspiciosas y peor remuneradas que las de los hombres. Los avances feministas parecen haber llegado a un punto de estancamiento, y eso sin nombrar cómo la cultura hipersexual limita la existencia femenina.
De todas maneras, Walter se permite cierto optimismo: “Por encima de todo, no es el momento de sucumbir al desánimo o a la inercia. Las feministas han conseguido ya crear una revolución pacífica en Occidente que les ha abierto a las mujeres multitud de puertas, ampliando sus oportunidades e insistiendo en su derecho a la educación, el empleo y la libre elección reproductiva. Ya hemos llegado muy lejos. Nuestras hijas no tienen por qué conformarse con una escalera mecánica que sólo las lleve hasta la planta de las muñecas”.

Publicado en Brecha el 29/4/2011

viernes, 20 de mayo de 2011

Sobre Jackass 3D y sus repercusiones

Prostitución masculina


En la crítica argentina se desató una aguerrida polémica a comienzos de este año, por la curiosa aparición de la película Jackass 3D en la lista de Fipresci a las seis nominadas a mejor película extranjera. En algunos medios y páginas web se señaló inmediatamente que algunos de los votantes que eligieron la película como una de las mejores del año fueron varios de los redactores de la revista El amante cine. Se desencadenó entonces una discusión entrecruzada entre críticos (sobre todo en la página web Otros Cines) en la que no faltaron las subidas de tono, los insultos y las acusaciones de intolerancia, y El amante incluyó tres páginas de la revista de febrero -dos de ellas escritas por su director, Gustavo Noriega-, para defenderse de los ataques, fundamentar la decisión y aportar alguna reflexión sobre la crítica de cine.
Los redactores de El amante son proclives a reverenciar películas que no suelen ser bien vistas por el común de la crítica cinematográfica. Para los que no lo tienen en cuenta, Jackass es un programa de televisión que surgió para el canal MTV en el año 2000, y en el que los protagonistas acometen acciones como martillarse los testículos, orinarse unos a otros, enmierdarse de pies a cabeza, planificar accidentes en donde ellos mismos son las víctimas. Todo esto entre risas, en un festejante ambiente de juerga grupal. Cuando el líder del grupo se pone unos patines y se hace embestir por un toro, todos sus compinches le dan bombo y le dicen que es poco menos que un genio, y cada vez que uno atraviesa una nueva situación autodestructiva es felicitado por sus pares, quienes lo avalan por haber llevado hasta tal extremo su estupidez. “Jackass” significa imbécil, o pelotudo, toda una definición y una asunción de sentidos.
Desde ya pido disculpas por entrar en este tema con tanto retraso; el debate ya tuvo su momento álgido hace un par de meses y parece haberse acallado. Motivado por tan interesante y estimulante polémica, -en la que además, los escribas de El amante parecían tener toda la razón del mundo- me dispuse por fin, a ver Jackass 3D, pensando divertirme un buen rato. Supongo que no hace falta decir que me encontré con un despliegue desaforado de mal gusto y estupidez, pero los aspectos que más chirrian es que se haya convertido en un éxito de taquilla, -fue distribuida por Paramount Pictures y recaudó 50 millones de dólares sólo durante la primer semana de exhibición- que los protagonistas sean poco menos que estrellas, y que, justamente hoy, en momentos en que la inteligencia escasea y la nutrición intelectual está tan desvalorizada, un subproducto de la televisión chatarra cobre semejante notoriedad.
Los implicados de El amante y los otros votantes no merecen la desconfianza a priori y no hay pruebas para creer que se coordinaron de antemano para hacer una votación en bloque. Lo más probable es que se hayan divertido realmente, que les guste mucho la película y, considerando que es de sus favoritas en el año, que la verían muchas veces más. Pero no puedo dejar de expresar mi desconcierto porque sea precisamente Jackass 3D la película que haya estado en el centro de la polémica, cuando lo que debería haber sucedido es que quedara sepultada por el silencio. El episodio es sumamente elocuente sobre el estado actual de la industria, y por supuesto, de la crítica en general.


La crítica de cine es un oficio cuya función es, entre otras, orientar al público, educar su mirada, ponderar ciertas películas por sobre otras con cierto aval de conocimiento y experiencia. Quizá aprendí mal la lección, pero por lo menos hasta donde creía, la crítica se caracterizaba por aprobar películas que estimulan el pensamiento y no aquellas que pretenden anularlo. Jackass es el abandono de toda sugerencia, la búsqueda premeditada del morbo, es el regodeo en la propia imbecilidad, el encumbramiento de un grupo de seres que triunfaron en la vida autodestruyéndose. Es un ámbito de prostitución masculina en el cual el físico es entregado para hazañas dolorosas, pero muy bien pagas. Los críticos que hablan bien de Jackass 3D parecen poner el énfasis en la espontaneidad, en las risas cómplices, en el aire de camaradería que exuda la película. Resulta curioso pero, palabras más, palabras menos, hablan de un “canto a la amistad”.
Lo siento, pero no pude ver esa amistad en Jackass 3D. En mi barrio, cuando alguien golpea al prójimo en la mandíbula con un gancho boxístico, agarrándolo desprevenido, recibe la definición de “hijo de puta”. Y cuando a un compañero con una fobia severa a las serpientes se lo hace caer en un foso repleto e ellas, se está llevando a cabo una hijoputez mayúscula. En cuanto a las risas cómplices, me suenan más a un “lo logramos, nos estamos llenando de oro gracias a millones de espectadores que pagan por vernos hacer tres pavadas”.
Supongo que Tinelli no se atrevería a hacer algo tan escatológicamente extremo como Jackass por una cuestión de escrúpulos. Y llegados a este punto, sólo cabría esperar que algunos críticos festejen la radicalidad y la espontaneidad del baile del caño y del cine de explotación de la tortura. Pero en fin, nadie desprestigia tanto a los críticos como ellos a sí mismos.

Publicado en Brecha el 20/5/2011

miércoles, 18 de mayo de 2011

Felinos de África (African cats, Alastair Fothergill, Keith Scholey, 2011)

Gatos con principios

Disneynature es una división ecologista de la Disney que se dedica, básicamente, a hacer un cine “salvapantallas” es decir, documentales centrados en animales salvajes, orientados a niños, muy logrados y vistosos pero que a la vez dejan muy poca cosa para recordar. El más impactante de todos fue Tierra, que ofrecía tomas aéreas asombrosas y situaciones sorprendentes –como un enfrentamiento entre leones y elefantes, o un oso polar famélico a punto de atacar una colonia de morsas-. Aún cuando la película poseía momentos de auténtico impacto, la selección de escenas se intuía caprichosa, motivada por criterios de espectacularidad y por la aceptación popular a ciertas especies –los privilegiados eran los cachorros peludos, torpes y adorables-, y se echaba en falta cierta unidad temática o un hilo conductor sólido que anudara las distintas anécdotas. Siguiendo en la misma línea, aquí se eligen varios animales populares, los leones y los chitas, seguramente escogidos por su suntuosidad y sus parecidos comportamentales y estéticos con los cercanos y queribles gatos domésticos. Se relata la historia de dos madres en su lucha contra la adversidad: una chita y una leona. Ambas tienen crías que cuidar, y se hizo un seguimiento a sus familias durante dos años por la reserva de Maasai Mara, en Kenya, y también a un tercer grupo de leones machos –que en un principio vendrían a ser algo así como los “villanos” patoteros-.
Aquí el presupuesto es mucho menor al utilizado en Tierra (43 millones de dólares) y Océanos (30 millones) llegando quizá a los 15 o 20 millones, y la diferencia es notoria, ya que si bien hay imágenes poderosas y muy bien logradas, el impacto visual no es equiparable con ninguna de las anteriores. La narración se nutre de una voz en off permanente -Samuel L. Jackson en la versión original, doblada en las copias exhibidas en Montevideo- que relata los pormenores de las protagonistas, sus vínculos familiares, y que, lamentablemente, incurre en una descripción de los sentimientos de los animales, sus motivaciones y sus objetivos, por lo que es de deducir que los realizadores tuvieron largas y amenas charlas con ellos.
Y es que se insiste en esa torpe antropomorfización de los animales, que ya había tenido sus indicios en Océanos –aunque nunca al nivel de la irritante La marcha de los pingüinos- quitándole credibilidad y rigor documental a la producción. Aquí se habla de la “extraordinaria valentía”, o de “la determinación” de las madres, cuando puede vérselas enfrentando amenazas y siguiendo sus básicos y elementales instintos protectores para con sus cachorros. Se habla de que el “rey” león recorre la llanura buscando “expandir sus territorios” cuando seguramente esté buscando satisfacer sus necesidades alimenticias y sexuales. Se esbozan frases complacientes y muy poco creíbles como que el macho alfa de la manada “para Mara (una cachorra) es el mejor papá del mundo”. O luego de una ardua tormenta que los leones deben fumarse íntegra, que para ellos fue una “bendición” porque el suceso logró “mantener a la familia más unida que nunca”.
Con un guión mejor elaborado, la película pudo haber contado un relato agradable para los niños sin insultar la inteligencia de los padres, ni inventarle explicaciones a las muchas veces incomprensibles e inasibles reacciones de los animales.

Publicado en Brecha el 12/5/2011

martes, 10 de mayo de 2011

Las mejores películas (XVI)

Tengo que pedir disculpas por demorarme tanto con esta selección. Tres festivales en tres meses no me han dado mucho tiempo para respirar tranquilo. Como no quiero pasarme de las típicas diez pelis aquí reseñadas, voy a dejar por fuera a La mirada invisible, Outrage, El ilusionista y Tropa de elite 2, que ya las estuve describiendo abundantemente y con detenimiento. No dejen de prestar atención a estas otras, que también son de puta madre.

Siete instantes de Diana Cardozo. (México, 2008)
Qué curioso que la mejor producción documental sobre la organización guerrillera MLN - Tupamaros no sea uruguaya sino mexicana. Las entrevistas seleccionadas dejan para la posteridad siete impactantes relatos de militantes comunes, que aportan variados y nuevos elementos sobre la historia y el accionar del más célebre –y cuestionable- bastión uruguayo de la lucha armada de los años 60-70.

Mademoiselle Chambon de Stéphane Brizé (Francia, 2009)
Con elegancia y sutileza el director Stéphane Brizé construye un delicado y grandioso estudio de caracteres, en donde algo tan común como un enamoramiento casual y repentino se convierte en una terrible catástrofe. Una situación opresiva y sin aparente salida, -de esas que nos suele obsequiar la vida- contrasta con una puesta en escena vital y luminosa. Las formidables actuaciones (brilla especialmente Sandrine Kiberlain) y una bellísima banda sonora son varios de los puntos fuertes.

Otro cielo de Dmitrij Mamulija (Rusia, 2010)
Para que aprenda González Iñárritu. El horror verdadero de la emigración, la lucha por la supervivencia, los trabajos insalubres, el destrato, la existencia miserable en la Rusia del S.XXI. Austera, fragmentaria y plagada de elipsis permanentes, el doloroso deambular de un hombre de la estepa que, junto a su hijo, sale en búsqueda de su esposa radicada en Moscú. A lo Dardenne, un brutal fresco con forma de road movie.

Confessions de Tetsuya Nakashima (Japón, 2010)
¿Les dije que los japoneses están locos? No sé si es más demencial haber filmado una película así o haberla propuesto como candidata para los nominados al oscar a mejor película extranjera. Personajes oscurísimos y perversos, situaciones opresivas y una truculencia extrema, en el entorno de un colegio secundario repleto de adolescentes psicópatas. Imprescindible para el asianófilo frikki promedio.

Life in a day de Kevin Macdonald (Estados Unidos, 2010)
Qué significó estar vivo el día 24 de julio de 2010. Este impresionante compilado reúne fragmentos filmados por gente común en su vida ordinaria, desde donde captan el universo que los rodea. Hubo más de 80 mil adhesiones, y se sumaron 4.500 horas de material filmado, proveniente de más de cien países. Los resultados son increíbles, el trabajo de montaje es brutal y su acompasamiento con la música directamente movedizo y adictivo.

Fish tank de Andrea Arnold (Inglaterra, Paises bajos, 2009)
Una intratable y resentida adolescente vive un insalubre ambiente familiar, es rechazada por el colegio y violentada por sus pares, en la periferia de Essex. Heredera del mejor realismo social a lo Ken Loach o Mike Leigh, la película logra que podamos acercarnos y sentir simpatía por este personaje, así como desear que logre escapar de ese agobiante entorno. Andrea Arnold se luce con un debut sólido y contundente.

Enredados de Byron Howard y Nathan Greno (Estados Unidos, 2011)
Ok, debo admitir que este pedazo de película me trae un placer culposo; tomando distancia, me rompen mucho los huevos esos finales de resurrecciones místicas y todos esos rollos, y hay un poco de esos amanerados despliegues musicales de Disney, que me generan sensaciones encontradas. Pero es difícil dejar de sucumbir ante el luminoso encanto de esta joyita animada. No se la pierdan.

Zona sur de Juan Carlos Valdivia (Bolivia, 2009)
Con paneos circulares, travellings y movimientos de cámara permanentes, la película construye un cuadro familiar de la clase alta en La Paz, y los cambios que la era Evo ejerce sobre su vida, causándoles desconcierto. Una decadente y dominante matriarca ladra órdenes, en un entorno en que el estancamiento se traduce en inactividad y algún desborde incestuoso. Una extraña mezcla de Paul Leduc con Lucrecia Martel.

No end in sight de Charles Ferguson (Estados Unidos, 2007)
Aún superior que su Inside job, el debut de Ferguson es el más completo y didáctico documental que se haya concebido sobre la invasión a Irak -no el mejor, ese sería sin duda Standard operating procedure de Errol Morris-. Y entre otras cosas demuestra hasta qué punto la intervención fue llevada a cabo por gente absolutamente inoperante, que hasta acabó perjudicándose a ella misma.

The kids are alright de Lisa Cholodenko (Estados Unidos, 2010)
Mientras aprovecho para protestar contra esa infame superficie indie y progre de mucho cine yanki, en la que personajes bellos, tolerantes, sabelotodos y macanudos viven conflictos que a mí no me interesan, les cuento que esta peli es excepcional en este contexto. Anette Benning y Julianne Moore forman una pareja lésbica inolvidable, el guión es sólido, hay mucha inteligencia volcada y momentos muy logrados.

viernes, 6 de mayo de 2011

Sobre Inside Job (Estados Unidos, 2010) y Charles Ferguson

Estacazo periodístico

El documental Inside job revela la notable pericia periodística y narrativa del director ganador del óscar Charles Ferguson. No es su primer gran película, y su estilo aparentemente clásico y televisivo esconde algunas marcas autorales.

De los Oscar puede decirse cualquier cosa salvo que sus galardones estén digitados, o que sus premiaciones obedezcan a intereses ocultos. Y qué mejor prueba de esto es que este año la Academia de Hollywood le haya dado el premio de mejor documental nada menos que a Inside job -aquí conocida como Trabajo confidencial-, una película que, entre otras cosas, demuestra los estrechos vínculos del poder financiero de Wall Street con Washington. Cuando el director Charles Ferguson recibió su estatuilla, subió al estrado e hizo una declaración contundente: “Perdónenme, pero debo empezar señalando que después de tres años de una horripilante crisis financiera causada por el fraude financiero, ni un solo ejecutivo de finanzas ha ido a la cárcel, y eso está mal”.
La biografía del director Charles Ferguson es apabullante: Nacido en 1955, de joven obtuvo un título de especialización en matemáticas, y una década más tarde varios doctorados en ciencias políticas. A partir de 1992 fue un consultor independiente, y proporcionó asesoría estratégica a las altas esferas de empresas de tecnología como Apple, Xerox, y Motorola. En 1994 fundó Vermeer Technologies, una de las primeras compañías de software para Internet, y creó el célebre programa de diseño web Front Page, el cual fue finalmente vendido a Microsoft por 133 millones de dólares. Ferguson es, además, autor de tres libros relativos a la tecnología informática y su relación con asuntos económicos, políticos y sociales. En el cine, su ópera prima fue su largometraje documental No end in sight, con el que se ganó su primer nominación al oscar.
No end in sight es una imprescindible pieza cinematográfica centrada en la invasión de Estados Unidos a Irak. Ya entonces exhibía Ferguson varias de sus herramientas características: una austeridad periodística respaldada por un sinfín de entrevistas y una minuciosa recopilación de datos, imágenes y videos; una voz en off que acompaña las imágenes y las ilustra, una introducción con un racconto histórico que contextualiza el conflicto. Y, por supuesto, la búsqueda de varios de los responsables del desmadre, y en muchos casos, el encuentro cara a cara con ellos.
Ferguson no aparece nunca en pantalla, dista muchísimo de ser un showman a lo Michael Moore, y sólo de vez en cuando se siente su voz, haciéndole alguna sorprendente pregunta al entrevistado en cuestión. Pero precisamente esas preguntas eventuales lo hacen más presente que nunca. Ferguson descoloca a sus interlocutores, exponiéndolos a situaciones incómodas, haciéndolos tartamudear. Conoce mejor las respuestas que ellos mismos, prevé las reacciones e interrumpe las justificaciones con frases cortantes como “eso no es cierto”, o “no puede estar hablando en serio”. Inmediatamente, aporta los datos que demuestran que el entrevistado está inventando excusas, moviéndolos finalmente a un silencio culposo.
Otra de sus características es comenzar a describir un personaje implicado, dando cuentas de sus oscuros historiales y sus nefastos vínculos. Pero en el lugar en el que debiera haber una entrevista, aparece un letrero sobre un fondo oscuro: “fulano se negó a ser entrevistado para esta película”. Al fin de cuentas, el recurso deja a la persona en cuestión tan mal posicionada como algunos de los que sí aparecen.
Lo curioso es que los que acceden y son acribillados por Ferguson creen no tener nada que ocultar, ni nada por lo que sentirse culpables, y eso habla mucho de la alarmante impunidad imperante en lo que refiere a destruir hasta los escombros a un país entero, haber saqueado cifras millonarias y arrojado a la pobreza a millones de personas. En definitiva, los desvergonzados hombres de negocios que se sientan tranquilamente frente a Ferguson merecen todo el rigor de su afilada lengua inquisitiva.

Matt Damon aporta la voz en off en Inside Job. El actor había apoyado en su campaña al Barack Obama que había prometido encarcelar y destituir a todos los responsables de la debacle financiera de 2008, y aquí es el descreído narrador que da cuentas de un gran fraude ejecutado por inescrupulosos ejecutivos, banqueros, profesores universitarios, agencias y políticos. Filmado en Estados Unidos, Islandia, Inglaterra, Francia, Singapur o China, dividido en cinco partes o episodios, ayudado con expertos que explican el problema –muchos de los cuales avisaron de la catástrofe a tiempo, pero fueron ignorados o silenciados- introduciendo esquemas y gráficas que facilitan sobremanera la comprensión de los mecanismos que fueron desatando la crisis, el filme alterna permanentemente fragmentos de entrevistas con materiales de archivo, construyendo la historia con un ritmo notable y estimulante. La tesis de Ferguson es que uno de los mayores problemas del tema en cuestión –quizá de la misma manera que la intervención en Irak- es que los responsables suelen invocar a la complejidad cuando se quiere hablar el tema. Esta subrayada “complejidad” es lo que mantiene a la gente de a pie (y muchos de los principales damnificados) por fuera de una comprensión de quiénes y cómo desataron el fraude y el saqueo. Ferguson demuestra que no hace falta más que un mínimo esfuerzo para saber que la dificultad no es tal, y que cualquiera podría comprender cabalmente el asunto.
Inside Job empieza en Islandia, un país arruinado en 2008 por bancos desregulados que tomaron inmensos préstamos. La comparación con Estados Unidos se vuelve inmediata, sólo que los elementos en cuestión se vuelven titánicos, y las movidas financieras, muchos más intrincadas y devastadoras. Una de las partes más impactantes del documental tiene lugar cuando se intercalan entrevistas a cuatro personajes terribles: el subsecretario del tesoro del Gobierno de Bush, el ex-director de gestión de la agencia calificadora Moody’s, el ex-director de la Reserva Federal, y el presidente del Departamento de Economía de Harvard. Ferguson no les da tregua, y el montaje alterna los intercambios, llegándose a puntos de tensión que cortan el aliento.
En un momento especialmente desasosegante se demuestra como el gobierno de Obama continúa llamando a los mismos implicados para que ocupen cargos de poder y para arreglar los problemas que ellos mismos crearon. Y notable es la puntería de Ferguson cuando da cuentas de la responsabilidad de los académicos de las más prestigiosas universidades de EEUU en el asunto, que aún hoy oscurecen y ocultan las razones que llevaron a la crisis y que se dedican a respaldar un sistema financiero que sólo puede conducir a desastres estructurales. El documentalista demuestra los vínculos laborales de ellos con varias de las compañías beneficiadas.
Quizá la parte más cuestionable de la película es aquella en la que se da cuentas del hábito frecuente de buena parte de los yuppies de Wall Street de esnifar inmensas dosis de cocaína y frecuentar prostíbulos. El señalamiento parece obedecer a cierto puritanismo, y el accionar resulta mínimo considerando las atrocidades que cometen en su trabajo diario. Pero el dato quizá sí pueda ayudar a entender mejor el perfil adrenalinófilo y la praxis común (¿american psychos?) de esos sujetos.
Ferguson logra lo que muchos documentalistas del mundo quisieran: centrarse en un asunto crucial, explicarlo con claridad y profundidad, denunciar injusticias y señalar con nombre y apellido a varios de los tantos digitadores de la debacle. Dejando un documento esencial para acercarse al tema en cuestión, y ganar, Oscar mediante, una difusión inusitada.

Publicado en Brecha el 6/5/2011

sábado, 30 de abril de 2011

SobreTropa de elite 1 y 2

Una caballería desbocada

Antes del estreno de Tropa de elite (2007), nadie hubiera previsto las inmensas repercusiones que la película tendría. La primera de ellas fue inmediata y afectó considerablemente la economía de los realizadores: hubo un filtro en las oficinas de subtitulado al inglés, por lo que una copia pirata empezó a circular por Internet, antes de que se estrenara en los cines. Como resultado, se estima que 11 millones de personas –solamente en Brasil- vieron la película incluso antes de que estuviera en cartel. Pero aún así fue un éxito de taquilla; dividió las aguas de la crítica y encendió una polémica que continúa vigente hasta el día de hoy.
Como consecuencia de este primer error, los realizadores extremaron la seguridad durante los días previos al estreno de Tropa de elite 2: El enemigo ahora es otro (2009). El director José Padilla y sus socios simplificaron el sistema para reducir significativamente el número de manos por las que pasaría la copia, hubo un control extremo durante la posproducción y las copias fueron guardadas bajo llave antes de llegar a las salas donde iba a ser exhibida. Y el resultado fue notorio; superando los 11 millones de espectadores, Tropa de elite 2 es la película más taquillera de la historia del Brasil, aún por encima de Avatar y del exitazo local que fue Doña flor y sus dos maridos (1976).
La segunda repercusión ocurrió a nivel social y también fue prácticamente inmediata. El nefasto protagonista de la película, el Capitán Nascimento (Wagner Moura), líder ficticio del BOPE (Batallón de Operaciones Especiales) fue visto popularmente como un héroe. Los niños jugaban a ser él, reproducían sus mismos dichos, y en la calle se vendían sus muñequitos articulados como pan caliente. No en vano muchas personas tildaron a la película y al director como “fascista”.
De todos modos, la acusación no es muy justa, y es notorio que las intenciones de Padilha fueron estimables. Como en su ópera prima Ómnibus 174 (2003) –en el que se planteaba un acercamiento a un delincuente que había secuestrado un ómnibus de pasajeros- su intención fue interiorizarse en la mente de personajes cuestionables, comprender sus motivaciones y su forma de pensar, y colocar al espectador, al menos por un momento, en los zapatos de ellos. Y aquí los protagonistas no son otros que los integrantes del BOPE, soldados programados para recibir órdenes y actuar rápido, exterminar rápidamente, e incluso torturar, si su objetivo lo amerita Padilha estudió al verdadero BOPE de cerca, e incluso hizo que sus actores hicieran un programa de entrenamiento con ellos. En la película los mostró como personajes incorruptibles, racionales y pragmáticos. Padilha, en definitiva, no los mostró como monstruos sino como seres humanos, y supo exhibir una realidad compleja, sin aparente salida, pero también surcada por imparables espirales de violencia.
Las repercusiones del cine sobre el entramado social son muchas veces impredecibles, y en este caso, también fueron nefastas. El episodio de la idolatría al Capitán Nascimento habla de los cuidados y las responsabilidades que deberían tener los cineastas, y de la importancia de ponderar las posibles repercusiones de las obras artísticas difundidas masivamente. Quizá por todas estas razones, Tropa de elite 2 es más deliberadamente política y discursiva, y más concreta en su denuncia, apuntando su artillería hacia una gran plaga que domina las favelas: las milicias. La policía corrupta que se impone suplantando a los narcotraficantes, cobrando por los servicios y abusando de la ya miserable población. Y esta secuela va aún más lejos, ya que señala que el problema de la violenta actualidad no es solamente el de la pobreza extrema, sino el de la corrupción política. Deja en claro que los principales grupos de interés que se dividen el territorio y obtienen cifras millonarias mediante el sometimiento, están estrechamente vinculados a los principales políticos que se sientan en los espacios de poder en Río de Janeiro.
Por fortuna, aquí Padilha logra redimirse, y muestra al BOPE cometiendo errores terribles. Y será también por todo esto que el Capitán Nascimento ahora se transformó, dándole una nueva e impensable dimensión al personaje.


Publicado en revista Noteolvides, abril /2011.

jueves, 28 de abril de 2011

José y Pilar (Miguel Gonçalves Mendes, 2010)

Cariño hacia el maestro

José Saramago le dedicó nada menos que siete libros a su mujer, Pilar del Río. Algunas de esas dedicatorias permiten intuir el inmenso cariño y la mutua devoción que mantuvo viva a esta pareja durante catorce años: “A Pilar, que todavía no había nacido y tanto tardó en llegar” (la diferencia de edad entre ellos era de 28 años), “A Pilar, mi casa”, “A Pilar, los días todos”, “A Pilar”, “A Pilar, como si dijera agua”, “A Pilar, hasta el último instante”, o el emotivo y final “A Pilar, que no dejó que yo muriera”, escrito luego de la severa afección respiratoria a la que sobrevivió el escritor un año antes de su muerte. Pilar del Río es una portentosa andaluza, periodista feminista, luchadora incansable y traductora de sus libros al español. También supo ser su manager y le administraba la agenda. Como se señala desde el título, ella tiene aquí una presencia a la par del escritor, y en ningún momento se la deja en un segundo plano. Porque este documental es, ante todo, una historia de amor, centrada en tan entrañable y particular vínculo.
También es un acercamiento invaluable a la personalidad de Saramago, captado en su cotidianeidad, en su labor, y haciendo uso de su impagable e irónico sentido del humor. Breves y variados fragmentos de sus textos son introducidos de a ratos y van siempre a cuento, aportando significación y sentimiento. Por momentos cómica y amena, a veces sesuda y seria, José y Pilar incorpora también dichos del escritor, de esos que permanecen: “…como comunidad la especie humana es un desastre” comenta José al comienzo del filme, esgrimiendo su característica e incontestable lucidez.
Saramago tuvo en sus últimos años de vida una actividad pública incesante, se alistaba en varias causas y no paraba de viajar por el mundo, asistiendo a presentaciones, conferencias, y sesiones multitudinarias de firmas de ejemplares. En un mismo día era capaz de asistir a un concierto de rock, dar varias entrevistas y acudir a eventos, en los cuales frecuentemente se quedaba dormido. Infaltable, el cierre final de sus locuciones, era un llamado “Pilar, Pilar…” a partir del que era socorrido y extraído de la marabunta por su mujer.
Financiada por “El deseo” -la productora de Almodóvar-, y por Fernando Meirelles, -director de Ciudad de Dios y de Ceguera- se hizo un seguimiento a la pareja durante cuatro años, que coincidieron con la escritura de la novela El viaje del elefante. En el momento de la edición se contó con un material en bruto de más de 240 horas, y fueron rescatados momentos grandiosos, como el diálogo en que Saramago y Gael García Bernal coinciden en lo irritantes que pueden ser ciertas preguntas por parte de los periodistas y sacarse fotos con fans, o los reportajes televisivos a Pilar en los que ella demuestra ser una brillante entrevistada, o una acalorada discusión entre José y Pilar sobre la idoneidad de Hillary Clinton, -obstinado desencuentro que da muestras, como pocos detalles, de la afinidad política y conceptual de ambos, separada apenas por matices circunstanciales-.
Pero además la película desliza estimables elementos humanos que dan cuentas de que la pareja también dista de ser perfecta. Por momentos hasta podría inferirse una vocación controladora por parte de Pilar, incluso puede sospecharse que su incapacidad para estarse quieta y su exigencia de cumplir con la inagotable agenda conducen a su avejentado marido a la extenuación y a la enfermedad, un destino al que, asimismo, el escritor se encaminaba voluntariamente. A su vez, se desprende que el éxito y la notoriedad pública que adquirió el escritor es en buena medida producto del aguerrido y esencial apoyo de Pilar. Cerca del comienzo de la película, ella dice que lo estimula a viajar porque no quiere verlo el resto de sus días “sentado con una manta a cuadros encima de las rodillas”.
Bella y delicada, vital y cercana, estimulante y alentadora, José y Pilar escapa a las aburridas convenciones de los documentales sobre literatos y logra atrapar con una aterrizada historia capaz de conmover incluso a los no iniciados en la obra del insoslayable maestro portugués.

Publicado en Brecha el 20/4/2011

jueves, 21 de abril de 2011

29º Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay


Por cinco segundos Denmen celuloide se pone localista, y este post va dirigido a residentes de Uruguay y visitantes circunstanciales. Pónganse las pilas, saquen sus entradas, que el festival viene muy power. Como esta nueva edición es especialmente inabarcable (135 largometrajes para dos semanas), y como un servidor pudo ver algo más de una treintena de las películas que están pasando, les paso a señalar las que puedo recomendar especialmente. Como bien saben, y como no puede ser de otra manera, también hay algunos islotes de pelis casi impresentables, de las que también conviene alertar:

Casi imprescindibles:

-El ilusionista de Sylvain Chomet (animación francesa)
-Furia de Takeshi Kitano (violencia yakuza)
-Surveillance de Jennifer Lynch (policial sangriento y enfermo)
-Claudia de Marcel Gonnet (documental sobre reclusa)
-José y Pilar de Miguel Goncalvez Mendes (Saramago y su mujer)
-La mujer de los 5 elefantes de Vadim Jendreyko (documental alemán)
-Cómplices de Frédéric Mermoud (policial francés)
-El vuelco del cangrejo de Oscar Ruiz Navia (alegoría colombiana)
-La mirada invisible de Diego Lerman (argentina y hanekiana)
-La rebelión de Kautokeino de Nils Gaup (el power nórdico)
-Haze de Shinya Tsukamoto!!!! (pesadilla experimental)
-Viajo porque preciso vuelvo porque te amo del gran Karim Ainouz (diario de viaje)
-Snap de Carmel Winters (secuestro de un niño)


Y obvio, Metópolis de Fritz Lang. Dicen que están buenísimas también Yo maté a mi madre de Xavier Dolan y Anónima: una mujer en Berlín de Max Färberböck.

Por favor no vean: Ex isto, El camino a Ithaca, Uncle Boonme, Tannöd, Jean Gentil, La casa de Sandro.

Iré sometiendo a cambios a este post conforme vayan pasando los días. Salú.

martes, 19 de abril de 2011

Uncle Boonme recuerda sus vidas pasadas (Uncle Boonmee raleuk chat, Apichatpong Weerasethakul, 2010)

Ronquidos en la sala


Es difícil expresar en palabras objetivas el aburrimiento extremo al que es capaz de conducir esta película. Es verdad que hay tantas subjetividades como espectadores y que el director tailandés Apichatpong Weerasethakul ha sido venerado por buena parte de la crítica internacional, que desde hace años cosecha estatuillas como pocos, y que esta película (o lo que sea) se llevó nada menos que la palma de oro en Cannes. Que los espectadores partidarios del cine más moroso, de Albert Serra y Sokurov, de Bela Tarr y Kiarostami, se maravillarán con las dos interminables horas de cripticismo, paisajes selváticos, diálogos monotonales y discontinuidad narrativa que ofrece Apichatpong en ésta, su última entrega.
Pero de todos modos es difícil evitar preguntarse qué cuernos pasa por la cabeza de tantos exegetas creyentes en la grandeza de este director. Se habla de una experiencia sensorial única, de significados elevados e inaprensibles, de que para conectar con el cine de Weerasethakul hay que fluir junto a él. Es verdad que el hombre demostró tener talento alguna vez, que logra postales bonitas –quizá un puñado de fotogramas de Tropical Malady- y que de vez en cuando tiene buenas ideas –la primera mitad de Syndromes and a century tenía una estructura narrativa muy curiosa- pero digamos que hay unos cuantos a los que no nos llega mucho el rollo místico y que quedamos totalmente por fuera de su magia hipnótica y su subyugante poderío audiovisual.
Es una pena que el director busque con tanto ahínco y falta de discreción la poesía en cada una de sus exhalaciones, que enfoque la selva con el detenimiento de un autista, que su hermetismo suene tan rebuscado y que tenga tan poco para decir (aquí sus defensores aducirán que sus películas dicen muchísimas cosas, aunque se vean en dificultades de explicar exactamente qué es eso que les dice). El consagrado director creció y maduró en la selva, y de ahí su vocación contemplativa y su fascinación por ella. Pero hay espectadores a los que la selva por sí sola no nos dice demasiadas cosas, y que nos gustaría que nos condujesen hacia conceptos un poco más concretos sobre la inescrutabilidad de la muerte, el azar, las dimensiones paralelas o las vidas múltiples.
Pero a no equivocarse, Weerasethakul es un genio. A los 45 minutos de comenzada su Blissfully yours insertó de forma impredecible los títulos de crédito; una sesuda hazaña, casi rupturista. A la mitad del metraje de esta obra maestra (mejor que deje de leer el lector interesado en las “sorpresas” guionísticas) una princesa es fornicada por un pescado, en una escena de indefectible vuelo cinematográfico. Y sobre el final los personajes se desdoblan, multiplicándose y comenzando a vivir dos realidades simultáneas… pero cómo se le habrá ocurrido. Sin dudas, una mente incansable, desbordante de creatividad.

domingo, 17 de abril de 2011

Outrage (Takeshi Kitano, 2010)

Kitano se divierte


Primero una aclaración. Outrage no tiene nada que ver con el Takeshi Kitano más sosegado y autoral; no se trata de un cine detenido y minimalista, sino todo lo contrario. Sus personajes tampoco son los individuos taciturnos e introvertidos de Flores de fuego o Dolls, sino que se gritan, se amenazan, demuestran con todo un alarde corporal ser implacables e hiperviolentos yakuzas. Ya no hay despliegues poéticos –ni se los busca- y el asunto recuerda a las más toscas y áridas películas de género que supo filmar el gran Kinji Fukazaku, con una trama plagada de conspiraciones, inescrupulosas traiciones y vías de ganar territorialidad y hacerse con el poder a fuerza de tiros.
Y Furia es un exabrupto de violencia. Por decirlo de alguna manera: en un registro doloroso y realista supera en violencia a la mayoría de las producciones del cine surcoreano y japonés; Kitano incluso supera a Kitano, desplegando un desquiciado vómito sangriento de casi dos horas, en los que yakuzas de distintos bandos no paran de gritarse y amenazarse unos a otros llegando a breves, inesperados y crudísimos estallidos de violencia localizada. Kitano hiere sensibilidades y deja escenas grabadas a fuego en la psiquis del espectador. Al respecto, el director ha dicho: “Filmo intencionalmente la violencia para que la audiencia sienta auténtico dolor. Nunca filmé y nunca filmaré la violencia como si fuese una especie de videojuego de acción”.

No es sencillo seguir la enrevesada historia, pero básicamente la cosa viene así: por poco más que un capricho y como si se tratara de un juego macabro, la familia mafiosa de Ikemoto (brillante Jun Kunimura) entra en guerra con la familia de Murase (Renji Ishibashi), a pesar del pacto de hermandad que hicieron en el pasado. Alineado junto a Ikemoto está Otomo (el mismo Kitano) y sus hombres, reconocidos en el ambiente por sus poco ortodoxas tácticas de intimidación y amedrentamiento. Los principales cabecillas de cada uno de los grupos son viejos conocidos de las calles y del presidio, y desatado el desafuero del título, varios de los “hermanos” entretejen falsas fidelidades, planifican traiciones y dan muestras de una desvergonzada falta de principios. La policía corrupta, mientras tanto, cobra una tajada a todas las partes implicadas, a cambio de dejarlos en paz. El “padrino” y presidente de la mafia, manipula, hace un acting de bonhomía, y obra a las espaldas de los demás, divirtiéndose con una carnicería que prácticamente digita él mismo. Pero el que se divierte más es el Kitano director, haciendo uso de un humor rudo y seco que se basa en la casi infantil necesidad yakuza de ascender a la cima y de imponer la hombría por sobre todos los demás. Varias situaciones en las que mafiosos menores se insultan causan un efecto vergonzante. También hay hilarantes y gratuitos abusos de poder –como el permanente chantaje a un diplomático de Ghana, al que los malhechores lo fuerzan para instalar en su embajada un casino y llenarlo de malvivientes-. Kitano sabe generar incomodidad y tensión, así como desatar brutales catarsis, en las cuales los que anteriormente habían abusado de los demás acaban siendo retribuidos con la misma moneda.
Los aliados se separan y desatan una guerra entrecruzada, los subordinados buscan asimismo formas de asesinar a sus propios cabecillas para quedarse con el poder, y las jugadas sucias que los discípulos aprenden son utilizadas luego contra sus maestros. En Japón existe una suerte de culto juvenil a los yakuzas, por lo que no es extraño dar con adolescentes que aspiran a seguir una vida delictiva y arriesgada a cambio de prestigio barrial y poder coercitivo. Kitano logra un oscuro y adictivo lienzo en el que desmitifica y desdibuja todo principio de compañerismo, rectitud u honor, y hasta se permite la burla a viejas costumbres como el Yubitsume, por el cual los yakuzas se cortan un dedo para pedir perdón y como muestra de lealtad.

Publicado en Brecha el 15/4/2011

jueves, 14 de abril de 2011

El ilusionista (L'illussioniste, Sylvain Chomet, 2010)

El hombre indicado


Esta brillante animación supone la conjunción de dos talentos: el animador francés Sylvain Chomet, y el director, actor cómico y guionista Jacques Tatischeff (generalmente conocido como Tati), autor de clásicos personalísimos como Playtime, Mi tío, y Las vacaciones del Sr. Hulot. Junto a Otar Ioselliani, Chomet es uno de los más evidentes herederos del legado estilístico de Tati. En Las trillizas de Belleville, Chomet ya hacía uso de una acción detenida, sin diálogos, con planos generales en los que se entrecruzaban los personajes y dando una visión infantil y caricaturesca del mundo, en una obra repleta de ternura, humor y melancolía. También suponía un lacónico homenaje al vodevil, por lo que el espíritu de Tati sobrevolaba la obra en toda su dimensión.
Tati, por su parte, demostró en su obra haber sabido heredar de Buster Keaton la inocencia, la burla soterrada y el inteligente y elaborado uso de la puesta en escena para crear gags (instancias humorísticas carentes de diálogos), y de Chaplin la crítica social y la entrañable dimensión humana de los personajes. Sus películas son, además, frescos sugerentes y representativos de los cambios sociales de una época.
El guión de El ilusionista fue escrito por Tati en 1959, y fue un regalo y un pedido de perdón a su hija adolescente, Sophie Tatischeff, por haber sido un padre ausente y no haberla conocido. Tati murió en 1982 sin nunca haber llevado el guión al cine, ya que lo consideraba demasiado lúgubre. El libreto fue entonces conservado por Sophie quien pasó mucho tiempo buscando el director indicado para proponerle la filmación de la película. Cuando Sophie vio Las trillizas de Belleville no lo dudó más, y supo que Chomet era el hombre.
Terminada la Segunda Guerra Mundial comenzó la decadencia de los Music Hall. La televisión y las bandas de rock supusieron una afluencia del gran público a nuevas formas de espectáculo y asestaron el golpe final a la feria de varietés. El mismo Tati había iniciado su carrera humorística en el Music Hall, entre acróbatas, payasos, bailarinas, mimos y magos, por lo que es comprensible que esta película esté tan cargada de melancolía, y que, a nivel conceptual, impere una atmósfera sombría, en un mundo circense que vive sus últimos estertores, y que se ve fulminado por nuevas formas artísticas.


Tatischeff –el mismo Tati, ataviado con la típica gabardina corta y la pipa, y la forma de caminar característica de su personaje, el Sr. Hulot- es un viejo ilusionista que viaja de un lugar a otro ofreciendo sus espectáculos. Pero últimamente el público es insuficiente, y sus funciones son un fracaso tras otro. Todo el entusiasmo popular parece llevárselo los “Brittons” -versión en clave burlesca de Los Beatles-, y el detalle da cuentas, como pocos, que el mundo ha cambiado para siempre. Una escena en que unas chicas emiten chillidos por la calle y se pelean por un pedazo de póster de los Brittons demuestra que los días de gloria de Tatischeff forman ya parte de un pasado remoto.
Luego de su decepción en París, el ilusionista comienza una gira por Reino Unido, junto a Alice, una adolescente escocesa que cree que él es un mago de verdad, y que es capaz de conseguirle la ropa y los objetos que quiere. Con tal de no romperle la ilusión, Tatischeff busca la forma de concederle sus deseos, obteniendo dinero en trabajos nocturnos. Mientras, varios personajes en decadencia abandonan las esperanzas de proseguir con su trabajo de artistas.
La película tiene su primer escena en blanco y negro, pero en seguida Chomet inunda el cuadro con una nutrida paleta de colores. Nadie mejor que él podría haberse asignado para la ardua tarea de revivir el guión de Tati, ya que El Ilusionista es, de todos modos, una obra vital y luminosa, que fue concebida con el mayor de los respetos al guión original –del que se conservaron la mayoría de las escenas-, a la riqueza de la obra de Tati, y a su estilo visual y formal. Sophie estaba en lo correcto: Chomet era el hombre indicado.

Publicado en Brecha el 15/4/2011

viernes, 8 de abril de 2011

El cine de Takashi Miike

Mi amigo Miike

El estreno de A big bang love: juvenile, una de los filmes menores del director Takashi Miike, es tan sólo la excusa para extenderse sobre su obra. Aunque no sea muy conocido por estas latitudes, se trata de una figura de culto mundial y uno de los más importantes cineastas japoneses de la actualidad. Seguramente el más provocativo y transgresor. Quizá, el más influyente.



“Ultimo de los artistas-anarquistas, Miike pinta con sangre inquietantes y duraderos paisajes. Propios y ajenos. Tengan cuidado.” Guillermo del Toro.

Luego de analizar superficialmente el fenómeno de Takashi Miike uno llega a la conclusión terminante de que el director no es en realidad un ser humano, sino una máquina. Sólo así podría explicarse que haya filmado 80 películas en 20 años, y que en sus períodos de mayor productividad llegue a terminar ocho en tan sólo un año. Y aunque suela ser considerado como uno de los principales cineastas independientes de Japón, también es cierto que suele aceptar cuanto encargo le proponen, películas para distribución en video –como la brillante Visitor Q, una especie de Teorema aggiornada, que explora las perversiones sexuales de la familia japonesa- o para la televisión –su también genial y ultracensurada Imprint, una inmersión en el terror más intolerable-, y así como puede hacer clases B de presupuestos irrisorios, también logra producciones costosas como su reciente filme de samurais 13 assassins. Miike encarna como nadie la categoría de director de culto; internet ha forjado un ejército de fans de todo el mundo que explora y busca hasta sus películas más recónditas, y su reputación de cineasta maldito trasciende fronteras como la de nadie.
Es cierto que también lo ayudó mucho el hecho de que se dio a conocer en los festivales de occidente con películas utraviolentas (Dead or alive, Izo, Audition, Ichii the killer) logrando despertar la curiosidad de una buena cantidad de frikkis sedientos de hemoglobina. Pero aún en estas obras colmadas de sangre a raudales, escenas de tortura y climas de pesadilla, puede verse una notable marca autoral, una considerable carga alegórica, y sobre todo, mucho talento y ganas de hacer y de transmitir inquietudes.

Hacia el extremo. Pero la veta transgresora de Miike no es solamente una cuestión de acumular sexo y violencia –cuanto más se conoce su obra más se echa por tierra el preconcepto- sino que se encuentra en la búsqueda de la incomodidad y de la ruptura de parámetros estéticos y genéricos. La búsqueda de la innovación forzando los límites de una forma u otra, destruyendo universos establecidos y esquemas mentales. Sus películas son incalificables y hasta pueden cambiar de registro, abruptamente y varias veces, descolocando al espectador acostumbrado a los géneros habituales. El cine de yakuzas, el terror, la comedia, el drama, el western, la ciencia ficción, el musical, la acción, el animé, el cine épico, el cine de superhéroes, el cyberpunk y hasta la fantasía familiar suelen ser utilizados por el director, pero sin que ninguna de sus películas pueda calzar cómodamente en una u otra categoría. Y en un universo tan estructurado como el japonés, en el que existen calificativos y nombres genéricos para casi todo, que un artista escape de tal manera a toda posible definición es realmente meritorio. Audition empieza como un melodrama a lo Douglas Sirk, se convierte luego en un thriller oscurísimo, y termina sumergida en el gore. Gozu es algo así como que David Lynch y Cronenberg hubiesen parido un hijo mutante. Crows zero 1 y 2 y Yatterman son divertimentos que extrapolan el universo del anime al cine de actores de carne y hueso.

Mal de la cabeza (qué te pasa). En una escena determinante de Dead or alive 1, durante un aterrizado y doloroso duelo callejero, un policía y un yakuza se perforan a balazos, vaciando sus cargadores uno sobre el otro. Aún parado y agonizante, uno de ellos se arranca un brazo y lo tira al suelo, para luego extraer un lanzamisiles. El otro desenvaina una bola de plasma, y al arrojársela a su oponente genera una explosión nuclear que destruye Japón.
Y qué se podría decir de una película como Andromedia, que empieza como un típico musical adolescente, chillón y luminoso –al estilo Hannah Montana- de un grupo pop real, llamado Speed. Pero a los quince minutos de película la líder del grupo muere atropellada por un camión, quedando –cuándo no- su alma atrapada en una computadora. Unos villanos cybernéticos tratan entonces de atraparla para conocer el secreto de la inmortalidad.
No es fácil definir un “estilo” Miike, el lector hasta aquí podría suponer que el director solamente se dedica a la bizarrada pop, pero lo cierto es que en su obra también abundan las películas más serias, detenidas, complejas y hasta poéticas como Bird people in China, Sabu, Shangri-la (¡cine social!) o esta A big bang love: juvenile. Sus obras desprolijas, sucias y con efectos especiales deliberadamente berretas -presumiblemente por la falta de presupuesto- se caracterizan por su demencia kitsch y el tono desenfadado en el que homenajea a los géneros populares. Pero de a ratos también logra películas cuidadas y de una exquisita belleza formal.

Cinecatarsis. Es evidente que el cine japonés, en breve, se transformará para siempre. Un obvio punto de inflexión se avecina, en el que seguramente se potenciarán las demencias apocalípticas, las catarsis audiovisuales y las pesadillas lisérgicas presentes en el país. Ante este nuevo panorama, no es arrojado augurar que Miike, iconoclasta nato y anarquista de la imaginación, cumplirá un papel preponderante en la formación de un nuevo imaginario cultural.

“Big bang Love”
Miike no es Lynch


Ver una película de Takashi Miike es siempre una experiencia única, y por tanto vale la pena hacerlo. Aunque se trate de una producción fugaz, una de entre tantas que el hombre saca como churros, vale la pena al menos para asistir a una originalísima forma de experimentación, de concepción de nuevas formas. Aquí no han pasado quince minutos de película y el espectador no tiene idea de si está viendo una película de amor gay, un drama carcelario, una parábola de tipo Dogville –hay un fondo negro casi permanente, y escenarios despojados, con líneas en el suelo tipo maqueta- o un despliegue estético y poético del estilo Kim-ki duk. Para colmo, en una escena concreta aparece una figura fantasmal, una mujer con largos cabellos negros que le ocultan el rostro; la imagen característica del j-horror (horror japonés) surge de entre las penumbras. Esto es Miike puro. El fantasma no volverá a aparecer en el resto de la película, pero es un elemento más que sirve para generar esa sensación de incomodidad, de estar perdido sin saber qué cuernos es aquello que se está viendo.
Ariyoshi, que trabaja en un bar gay, es acosado sexualmente por un cliente. En consecuencia, lo asesina de forma brutal y poco convencional. Es transportado entonces a la cárcel donde transcurre la acción y donde conoce a Kazuki, un joven yakuza también condenado por asesinato. Aquí es que surge una mutua atracción entre ellos, pero el vínculo se ve frustrado por la repentina y enigmática muerte de Kazuki, y allí comienza una pesquisa policial para dar con el asesino. Miike utiliza sus recursos para dar una idea de enajenamiento onírico y embotamiento emocional. En medio de una escena de pelea cuerpo a cuerpo -¡qué bien que filma Miike las peleas! años de hacer películas de yakuzas no fueron en vano- los oponentes desaparecen abruptamente, lográndose sugerir la locura y la confusión de los planos de realidad. A esto se suman un rostro que se borra, seres que de repente se ven como niños, personajes que se desvanecen mágicamente, alucinaciones, desangramientos inexistentes –como Tarantino o Burton, Miike busca en la sobreabundancia de sangre un efecto poético- los intentos de Miike de crear una atmósfera se ven, en este caso, sobrecargados de artificios.
Como en Lynch, Miike no parece decir nada en concreto sino sugerir, generar sensaciones y construir climas. Lynch puede filmar también un sinsentido, pero deja la sensación de haber atravesado una experiencia envolvente y gratificante. Miike no alcanza eso. La ausencia de un protagonista con personalidad es uno de los principales escollos; la saturación de intertítulos en algunos diálogos entorpecen la narración en lugar de agilizarla y, en consecuencia, la película se hace algo larga a pesar de durar apenas 85 minutos.

Publicado en Brecha el 8/4/2011

lunes, 28 de marzo de 2011

Zona Sur (Juan Carlos Valdivia, 2009)


Lo primero que llama profundamente la atención de esta película es la forma en que está filmada. Las cámaras giran constantemente, a veces sobre su eje, a veces trasladándose alrededor de los personajes, en alguna ocasión trazando un semicírculo por encima de ellos, captándolos desde movedizos picados. Los atípicos paneos y planos secuencia no parecen orientados en enfocar los personajes y sus movimientos, sino su entorno, el habitat que de alguna manera condiciona sus vidas. Según dijo el director Juan Carlos Valdivia, su intención fue reproducir las burbujas individuales nombradas por el filósofo Peter Sloterdijk, aquellos apacibles micromundos en los que los humanos se esfuerzan en establecerse sin éxito, ya que, al romperse esa burbuja, se llega a las crisis, al vacío y a la separación narcisista.
Se dice comúnmente que los buenos movimientos de cámara son los que tienen lugar cuando el espectador no repara en ellos. Aquí en un principio esto no ocurre, ya que la cámara tiene un papel protagónico, con hipnóticos movimientos lentos y pomposos que pueden recordar a los utilizados por Arturo Ripstein, Paul Leduc y hasta por Theo Angelopoulos. Pero la cercana aproximación a una familia de clase alta en decadencia, con sus mañas, defectos y algunos desbordes incestuosos se acerca más al cine de Lucrecia Martel –sobre todo al de La ciénaga- y lo curioso es que a medida que el espectador comienza a involucrarse en el cuadro, también empieza a olvidarse de la inquietud de la cámara. El recurso finalmente funciona.
En La Paz, al contrario que en otras ciudades, la zona de menos altitud es donde viven las clases más ricas. En la Zona Sur se encuentran la mayoría de los barrios residenciales, con grandes mansiones perdidas en jardines cercados. También debe recordarse que en Bolivia existe el mayor índice de desigualdad social de América del Sur; el 10% más rico de la población logra ingresos 79 veces mayores que el 10% más pobre, y la brecha también se acrecienta con una fuerte discriminación hacia los indígenas. Tres de cada diez bolivianos se sienten discriminados por algún motivo, ya sea el color de piel, la forma de hablar, el origen étnico o por su escaso poder adquisitivo.
Pero la era Evo supone una amenaza a la burbuja en la que viven las clases pudientes. El director juega desde el título con la paradoja sur/clase alta, y logra plasmar los cambios, las transformaciones sociales que atentan contra la impoluta estabilidad de la aristocracia. Una escena determinante en este sentido se da cuando la matriarca de la familia, una mujer de mediana edad, clasista, racista y dominante a más no poder recibe la visita de unas aymaras que le colocan encima de la mesa una valija llena de billetes para comprarle su casa. Su intención, dicen, es derrumbarla para construir apartamentos y poder alojar allí sus grandes familias.
Y Valdivia logra, con destacable inteligencia e incisiva puntería, introducir matices en los personajes que acaban por derruir los preconceptos que la audiencia se forjó, revelando una invaluable densidad humana allí donde sólo parecía haber superficialidad. Por su valentía formal y conceptual, y por lograr memorables momentos de auténtico vuelo cinematográfico, Zona Sur es, así, una de las mejores propuestas que viene dando el cine latinoamericano en los últimos tiempos.

Publicado en Brecha el 18/3/2011