Hermano mayor, hermano menor
| Cortesía: Intendencia de Maldonado (Claudia Beltrán) |
Un sitio dominado por la insomne e inhóspita cinefilia, carcomido por múltiples disfunciones cáusticas. Críticas, reseñas, análisis y entrevistas referidas a novedades y tendencias del universo cinematográfico.
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No profanar el sueño de los muertos
Un sinfín de películas recientes retratan las actuales problemáticas de la vida rural y en especial la ruina de los pequeños productores; si el cine es un fiel reflejo de las grandes transformaciones acontecidas en nuestro mundo, quizá esta pueda reconocerse como una de las más traumáticas y profundas. El notable director Maximiliano Schonfeld (Germania, La helada negra, El año del tigre) desde hace tiempo viene abordando el tema con grandes películas en las que un clima ominoso lo domina todo y se cierne sobre los personajes, a menudo derivado de pestes que contaminan flora y fauna y carcomen la moral y la dignidad de los pobladores. Sus primeras dos películas ambientaban su acción en el Entre Ríos profundo, en comunidades campesinas menonitas endogámicas, aisladas en el espacio y suspendidas en el tiempo. En esta, su cuarta película, si bien los protagonistas son de origen alemán, no parecen vivir en un aislamiento autoimpuesto, sino en uno provocado por las circunstancias: en la provincia se vive el avance de la soja, los desmontes, las quemas, la transformación ambiental, la migración de los más jóvenes. Es un cambio muy importante en las formas de vida.
La anécdota parte de otra realidad extendida: en la provincia se han disparado las cifras de jóvenes muertos en accidentes de tránsito. Hecho que está estrechamente vinculado con la decadencia y la ausencia de perspectivas. El título refiere a un muchacho fallecido en la primera escena (Lucas Schell), figura invisible que opera por ausencia y en torno a la que orbitan los personajes y su accionar. Pero el protagonista es Abel (Joaquín Spahn), su primo, un adolescente algo tímido que vive en la granja de sus padres y que al principio no aparenta tener mayores ambiciones o proyecciones personales. Cuando el muchacho comienza a vivir con sus tíos, a juntarse con los amigos y con la novia de su primo fallecido, y a vestirse con su misma ropa, las cosas comienzan a enrarecerse: por un lado, parece usurpar este espacio, esta suerte de «terreno baldío» en el que habitaba su primo y, por otro, ninguno de los personajes que lo circundan parece ofenderse o siquiera molestarse por la flagrante suplantación de su vida. Es comprensible que la posibilidad de vivir con un mejor pasar justifique el accionar de Abel, pero lo cierto es que, en esa transición que atraviesa todo adolescente y que supone la construcción de la identidad, no busca en ningún momento diferenciarse del difunto.
El estilo del director es austero, sugerente y distante. El espectador tiene la tarea de descifrar las motivaciones ocultas de los personajes y, en definitiva, la esencia de esta película. El libreto, coescrito por Schonfeld y la escritora Selva Almada (Chicas muertas, No es un río), despliega notablemente una suerte de duelo vivido por la comunidad, debido a estas transformaciones, que se superpone con la pérdida familiar. Acompañadas de estos vacíos, las envolventes imágenes cobran fuerza: un paisaje campestre y una carretera desolada emanan una singular pesadez existencial. Jesús López es una película lograda y diferente, la clase de cine que seduce al mismo tiempo que interpela.
Publicado en Brecha el 20/1/2023
De arañas, flores macabras y elefantes
Los últimos días de enero depararon a las carteleras montevideanas grandes títulos: un drama social durísimo, ambientado en Irán; una alegoría fantástica de origen austríaco y un luminoso y descontrolado homenaje al Hollywood de hace un siglo. Tres películas que no deberían pasar desapercibidas.
Fundamentalismo arácnido. Holy
Spider es de esos atípicos policiales negros en los que, ya desde un
comienzo, vemos el rostro del asesino y sabemos quién es. De este modo, cuando
acompañamos la investigación pertinente, la incógnita del perpetrador ya se
encuentra resuelta, y pasan a ser los procedimientos para llegar hasta él lo crucial
para resolver el caso. Así, una periodista (Zar Amir-Ebrahimi, ganadora del
premio a mejor actriz en Cannes por este papel) llega desde Teherán a la ciudad
de Mashad para investigar una serie de misteriosos y truculentos asesinatos de
prostitutas. Pero como se sigue paralelamente a la periodista y al psicópata,
pueden comprenderse por un lado las dificultades de investigar con escollos
permanentes -debido principalmente a la condición de mujer de la protagonista y
de sus pretensiones de obtener justicia en una teocracia fundamentalista-, y
por otro, un modus operandi chapucero y hasta alevoso, por parte de un asesino
que parece desear ser arrestado, y reconocido popularmente.
Está claro que ahondar en el tema
de la prostitución es difícil y supone meter el dedo en muchas llagas sociales,
pero si además en la trama se acumulan gestos machistas por docenas por parte
de funcionarios de variado porte y hasta de los ciudadanos de a pie, el drama
se potencia. El acierto del director iraní radicado en Dinamarca Ali Abbasi
(autor de la notable Border) es múltiple y supone una de las más
desgarradas denuncias al sistema político, al fanatismo religioso que avala sus
delirios y a una sociedad reaccionaria -sería hipócrita verla como algo ajeno;
a lo largo y ancho de occidente campean pensamientos similares- que desea la
muerte de sus pares en desgracia. El monstruo arácnido extiende sus patas en
todas direcciones, atraviesa las calles, se enquista en las instituciones, se
instala entre los adultos y anida en las mentes jóvenes, perpetuándose en el
tiempo. Holy Spider es una película sorprendente, apremiante y
difícilmente olvidable, además de una auténtica osadía cinematográfica, basada
en hechos reales.
Fragancia viral. Hace
pocas semanas publicábamos una nota sobre el elevated genre, suerte de
subgénero dentro del cine fantástico, en el cual Little Joe, el negocio de
la felicidad podría encasillarse claramente. La historia se centra en una
madre soltera que se dedica a la cría de plantas perfeccionadas genéticamente.
La empresa para la cual trabaja busca el desarrollo de una flor que, si es
correctamente cuidada, emana un polen que provoca, en los humanos, un estado de
felicidad inmediato. Pero a poco de comenzada la película comienza a extenderse
la sospecha de que la flor acaba por alterar la psiquis de sus dueños, y los
domina para su beneficio.
La directora y guionista austríaca
Jessica Hausner concibe -en cooperación junto a la también directora Géraldine
Bajard- un libreto brutal, una gran alegoría que permite múltiples lecturas sobre
qué está ocurriendo, con qué consecuencias y a qué refiere la historia en su
totalidad. En una escena crucial (siguen spoilers) se percibe que la
resistencia a los efluvios de las flores es inútil, y que para la protagonista
supondría, asimismo, la reprobación general, y seguramente su aislamiento
social. Si las flores y su aceptación representan la adhesión a las nuevas
tecnologías, a las redes sociales, al pensamiento hegemónico o al lenguaje
mismo, es tarea que debe resolver el espectador consigo mismo. Como sea, una
fotografía grandiosa que equilibra fondos blancos asépticos con colores
chillones y una banda sonora casi marciana -casi, ya que en realidad fue
compuesta por el músico japonés fallecido Teiji Ito- redondea una atmósfera
crecientemente enrarecida e inquietante.
El gran bacanal. Hollywood
supo ser un lugar de fermento creativo, libre, desinhibido y excesivo. Claro
que tenemos que remontarnos a la segunda década del siglo pasado para llegar a
ese punto único en la historia de Estados Unidos, cuando la industria
cinematográfica era la quinta más grande del país, se producían en promedio
unas 800 películas al año, y el cine era un campo fértil para la
experimentación sin límites. Debido justamente a los escándalos -y las muertes-
derivadas de todo tipo de excesos circundantes, es que comenzó una regulación
creciente y apareció el nefasto Código Hays, que luego impuso reglas de moral
al cine. El talentosísimo director Damien Chazelle (Whiplash, La La
Land) rinde un desatado homenaje a aquella década, con una película
sobregirada, virtuosa y descomunal, en la que abundan los detalles históricos y
una inteligente y estimulante multirreferencialidad. Como ejemplo de esto: una
mujer directora aparece en varias escenas de rodaje. Su personaje está
inspirado en Dorothy Arzner, única mujer directora de Hollywood en el momento,
y se dice de ella que fue la responsable de crear el micrófono “boom”, es
decir, equipado con una “jirafa” o caña que se apunta a los intérpretes en las
escenas con diálogos. La forma en que Chazelle introduce a este personaje y a
la necesidad imperiosa de cambios técnicos con el advenimiento del cine sonoro,
es hilarante y sensacional.
Chazelle se divierte en una
película brillante por momentos -la primera mitad es casi perfecta, y contiene
varias escenas de antología- que asimismo decae en algunos tramos -las frases
como sentencias expresadas por una periodista cultural rememoran los peores
tramos de Birdman, y la representación de un mafioso desequilibrado interpretado
por Tobey Maguire es torpe y caricaturesca- pero que contagia un amor por la
época y una energía vital sobresalientes. La sucesión de orgías (literales y
figuradas) remite a películas como El lobo de Wall Street, Ojos bien
cerrados, La gran belleza, o al Fellini más desaforado, con un
catálogo de excesos -incluido un elefante embutido en una fiesta- que recuerda
que nada hay ahora que no se haya visto entonces; desde el título se refiere
incluso a aquella Babilonia que supo existir hace casi cuatro mil años, y a
ciertos fenómenos cíclicos que parecen sucederse desde tiempos ancestrales.
Publicado en Brecha el 28/1/2023
Reconocimiento ascendente
Lo que se entiende como “cine de género” (principalmente el terror, la ciencia ficción, la fantasía y los thrillers) siempre ha sufrido transformaciones, y arrojó a lo largo de la historia grandes películas. Pero recientemente se ha venido hablando de una “nueva” división, por la cual determinadas películas entrarían en lo que se denomina “elevated genre”; en criollo,“género elevado”.
| The Head Hunter (2018) |
The Head Hunter (2018), de
Jordan Downey, es una excelente película estadounidense, lograda con recursos
escasos, pero con una inventiva descomunal. Trata sobre un guerrero que, armado
con su espada y su pesada armadura, recorre parajes agrestes, persiguiendo al
monstruo que asesinó a su hija. Pero el abordaje es minimalista, quizá haya
solamente unas cuatro o cinco líneas de diálogo en toda la película y la acción
se concentra, casi sin excepciones, en el quehacer cotidiano de este caballero.
Para sorpresa (y decepción) de muchos espectadores, las batallas ocurren fuera
de campo, y sólo podemos deducir qué ocurrió en ellas por el estado anímico del
cazador, qué es lo que hace, cómo trata sus heridas, cómo dispone sus trofeos
en la cueva que utiliza como refugio. Es sorprendente la forma por la que todo
un universo fantástico va iluminándose a partir de pequeños detalles, tratados
concienzudamente desde una meticulosa puesta en escena.
Es ridículo pensar que una película de estas características logre algún tipo de recaudación en las taquillas comerciales o funcione con grandes públicos. Sin embargo, The Head Hunter hizo un envidiable recorrido a través de festivales fantásticos, cosechando premios en varios de ellos. Quizá estos sean los lugares naturales de este tipo de cine, y el sitio donde se encuentra a un público “receptivo” a propuestas así de diferentes. Sitges, festival de referencia en lo que concierne a cine fantástico* ya tiene una sección dedicada específicamente a este tipo de películas: “Noves visions” la cual reúne títulos que “apuestan por la experimentación, los nuevos lenguajes y formatos y la hibridación de géneros”.
| Bones and All (2022) |
Si contamos la sinopsis de la
recientemente estrenada Hasta los huesos, de Luca Guadagnino, podríamos
pensar que es una “de terror”. Básicamente, una historia de adolescentes
caníbales que salen a la ruta, matan gente y se sumergen en unos cuantos
festines gore. Pero esta película también reúne varias características
que permiten encasillarla dentro de lo que se considera últimamente como
“terror elevado”: en primer lugar, una factura técnica sobresaliente, con
grandes despliegues en la dirección de arte y la fotografía. Segundo,
actuaciones notables, algo más bien difícil de encontrar en las películas ordinarias
del género. En tercer lugar, un libreto esmerado en esbozar perfiles
psicológicamente densos, y conflictos humanos creíbles. Cuarto: pretensiones
poéticas y artísticas evidentes. Y por último: un contenido fuertemente
alegórico.
Pero quizá la característica más
relevante de todas sea que estas películas no están concebidas como un mero
espectáculo, y que por tanto no despliegan sus baterías hacia lo que en el mainstream
se entiende como clímaxes convencionales; hacia los sobresaltos, las escenas de
acción, las batallas, los enfrentamientos épicos o las catarsis gore. Estos
ítems pueden llegar a estar presentes, pero serían un elemento más bien
circunstancial o accesorio para inquietudes personales que se busca plasmar y
transmitir.
Tiene sentido que directores que hoy tienen cuarenta o cincuenta años y que nutrieron su adolescencia con Spielberg, Zemeckis, Cameron, Paul Verhoeven, Wes Craven, Joe Dante, John McTiernan y Harold Ramis sean apasionados del cine de géneros. Pero también lo tiene que hoy planteen propuestas más maduras, acordes con las inquietudes que viven y atraviesan, y que no se queden estancados en aquel universo nostálgico. Este cine de géneros “elevado” y “de autor” tiene notables exponentes en todo el mundo, incluido Latinoamérica. En Argentina, películas como Muere monstruo muere, de Alejandro Fadel, El prófugo, de Natalia Meta, Cielo rojo (gigantes de metal) de Marcelo Leguiza, Historia de lo oculto, de Cristian Ponce, El eslabón podrido y El apego, de Javier Diment, o cualquiera de las logradas por la talentosa Jimena Monteoliva (Clementina, Matar a un dragón, Bienvenidos al infierno) entrarían tranquilamente en la categoría. En Brasil, la cineasta Juliana Rojas sobresale con una producción intachable: Trabalhar cansa, Sinfonía de la Necrópolis y Las buenas maneras son títulos difícilmente superables, en los que se vale de hombres lobo, zombies y monstruos para generar historias conmovedoras y reflexivas. En Uruguay no hemos visto aún largometrajes con estas características, pero sí cortometrajes: Jeremías Segovia se desempeña notablemente en este registro, con títulos como T is for Time, La mujer rota y La hora azul, y lo mismo puede decirse respecto a Lucía Garibaldi y los inquietantes Negra y En busca del obsesor.
| Der Nachtmahr (2015) |
No han sido pocos los cineastas
que han utilizado recientemente seres monstruosos como metáfora de sentimientos
ocultos, enquistados y pútridos, y esto puede verse en grandes películas como
la brasileña Trabalhar cansa, la mexicana La región salvaje, de
Amat Escalante, la alemana Der Nachtmahr, de Achim Bornhak y varias
otras. Es probable que estos cineastas no hayan intercambiado ideas entre sí ni
visto las producciones de sus colegas de otros continentes; se vuelve evidente que
en el imaginario ya se ha instalado el fantástico como vehículo para expresar,
mejor que de ninguna otra manera, ideas íntimas y personales.
A24 es una productora
independiente, que desde hace años se destaca como una de las más importantes
factorías de cine de calidad de Estados Unidos. Varios de los más importantes
directores de la actualidad, como Kelly Reichardt, Sean Baker, los hermanos
Safdie o Joanna Hogg producen y distribuyen de la mano de A24. Pero lo más
interesante es cómo en los últimos años la productora se ha ido alineado con
este cine de géneros tan peculiar, impulsando películas del argentino Gaspar
Noé (Climax) o el griego Giorgos Lanthimos (La langosta, La matanza
de un ciervo sagrado), y propulsando las carreras de grandes talentos del
cine de terror actual como Ari Aster (Hereditary, Midsommar), y
Robert Eggers (La bruja, El faro), o de la fantasía como David
Lowery (A Ghost Story, The Green Knight). Otros títulos
sobresalientes de A24 son la espectacular Men, de Alex Garland, la
terrorífica Saint Maud, de Rose Glass, el thriller extremo Green
Room, de Jeremy Saulnier, y la muy lograda e inteligente X, de Ti
West. Al día de hoy, muchos identifican a la productora con el elevated
genre, y por cierto, buena parte de los adeptos al cine de géneros más mainstream
y convencional se apuran a descalificarlo como un cine soporífero y aburrido.
Es sumamente interesante cómo esta creciente producción ha ido generando resistencias. La sola existencia de un rótulo específico para definirla ha provocado reacciones adversas de todo tipo, y algunos analistas han señalado -no sin razón- que el cine de géneros siempre presentó películas jugadas, diferentes y descomunales -es decir, “elevadas”- y claro, ahí están El gabinete del Dr. Caligari, Metrópolis, Vampyr, Vértigo, Psicosis, El bebé de Rosemary, 2001 odisea del espacio, Posesión y Don’t Look Now, como pruebas irrefutables. De hecho, sería muy difícil establecer con claridad dónde se origina este elevated genre, o cómo se fija como una nueva tendencia. Pero es muy probable que el canadiense David Cronenberg tenga algo que ver, ya que transita un sugerente body-horror desde hace años, que el austríaco Michael Haneke, quien ha sabido jugar con los géneros para lograr varias de las mejores películas de las últimas décadas (Funny Games, Caché y La cinta blanca) también haya tenido su peso, y que otro tanto ayudó el coreano Bong Joon-ho (Memories of a Murder, The Host). El reconocimiento internacional a estos cineastas parecer haber abierto, en este sentido, unos cuantos caminos.
| Saint Maud (2019) |
Otros grandes exponentes del género elevado de la actualidad son el laureado director estadounidense Jordan Peele (Get Out, Us, Nope!), la australiana Jennifer Kent (The Babadook, The Nightingale), el ruso Kirill Sokolov (Why Don’t You Just Die?, No Looking Back), la neozelandesa Rosanne Liang (Do No Harm, Shadow in the Cloud), y por supuesto, la francesa Julia Ducournau, nada menos que la ganadora de la palma de oro, mayor galardón de Cannes, por su incalificable Titane. Sirvan o no los rótulos, claro está que sólo aparecen cuando algo importante está sucediendo.
*En rigor, los festivales de cine
“fantástico” suelen tener entre sus propuestas no sólo películas de fantasía y
terror, sino también de acción, de artes marciales, spaghetti westerns y hasta
películas de autor apenas vinculada con lo propiamente fantástico por una o dos
escenas.
Publicado en Brecha el 27/12/2022

Los mejores regalos
Con propuestas fílmicas como estas, la mejor forma de aprovechar el tiempo y de zafar un poco de la locura de fin de año es meterse adentro de un cine. Provenientes de lugares muy distintos, dos películas inteligentes y necesarias, que recomendamos efusivamente.
Diego Lerman es uno de los más importantes y comprometidos cineastas del país vecino. Un director que ya desde hace tiempo viene desempeñándose en un cine social naturalista y de corte dramático, con gran sentido del suspenso, muy buen ritmo y un notable empuje narrativo. Sus títulos más sobresalientes son Tan de repente (2002), La mirada invisible (2010), Refugiado (2014) y Una especie de familia (2017), a los que cabe sumar esta notable El suplente. Aquí la anécdota se centra en Lucio (Juan Minujín), un prestigioso profesor de literatura de la universidad, quien decide asumir un cargo como suplente en una escuela de los suburbios de Buenos Aires, en la zona sur del conurbano. Así, el protagonista se enfrenta al desafío de impartir literatura en un contexto difícil, a lo cual se suman conflictos personales con su hija adolescente, la preocupación por el estado de salud de su padre y, por si fuera poco, la presencia creciente de un narcotraficante en la zona.
Diego Lerman ya se había acercado al universo de los liceos en la excelente La mirada invisible, ambientada en 1982 en el Liceo Nacional Buenos Aires y en un clima de represión y vigilancia. Pero aquí es casi lo opuesto: los alumnos no manifiestan interés alguno por las clases y cuestionan y desafían constantemente la autoridad de los profesores. Lucio se encuentra con alumnos que duermen en sus bancos por haber trabajado toda la noche en una fábrica, que usan el celular en clase, que opinan que la literatura «no sirve para nada». Es notable cómo el profesor, un burgués ingenuo y de buenas intenciones, parece a priori incapaz de entender la sensibilidad de sus alumnos: en una de sus primeras clases, lee un poema de Juan Gelman y se da de frente contra un muro de apatía por parte de un alumnado disperso y que no puede dar sentido a los versos enunciados.
La película toca con altura temas cruciales de la enseñanza en contextos críticos. Luego de que se descubre que algunos alumnos son dealers y que trafican drogas en los baños y en los pasillos de la institución, los profesores reunidos opinan y conforman dos bandos específicos: por un lado, quienes creen que a esos alumnos vinculados al narcotráfico hay que echarlos inmediatamente, y, por otro, quienes, por el contrario, sostienen que a nivel institucional hay que hacer un gran esfuerzo por ampararlos justamente a ellos, para evitar que abandonen la educación para siempre. Otro elemento interesante se plantea cuando una alumna destacada deja de asistir a clases, ya que sus padres deciden que dentro del liceo se expone a peligros. Esto refleja otra punta de esta realidad: aquellos alumnos que pueden salir adelante, que sobresalen y pueden servir de ejemplo a los demás, acaban desertando del ámbito educativo ante la presencia cercana del narco en las escuelas.
Frente a ambos problemas, la película plantea con firmeza y convicción política cómo un esfuerzo a contracorriente, sostenido y valiente por parte de un profesor, puede generar cambios importantes. Parece haber algún hueco en la narración, sobre todo en lo concerniente al vínculo con sus alumnos; las escenas del aula no parecen justificar por sí mismas la creciente aceptación al docente, y quizá hubiese faltado alguna más para comprender la evolución de los alumnos. Pero, por fuera de ello, la película es sumamente sólida. Cuenta con una historia siempre interesante y un elenco de primera línea: además de Minujín, brillan particularmente el chileno Alfredo Castro, en el papel del padre del director, y la adolescente Renata Lerman, hija del director e hija del protagonista en la historia. Arroja una visión inteligente a la problemática, sin subrayados o lecciones morales, además de no caer en lugares comunes ni soluciones mágicas en las que la literatura ilumine, emancipe o salve el día.
En cuanto a Aftersun, podría reducirse su anécdota general a dos líneas: cerca del año 2000, un padre divorciado y su hija salen a vacacionar a Turquía y conviven en un hotel durante varios días, en los que cada uno de ellos atraviesa experiencias particulares. Ahora bien, ¿por qué esta película ha ganado decenas de premios en festivales de todo el mundo, con una aceptación crítica prácticamente unánime, y se presenta, de hecho, como una de las más originales y emotivas de las que han sido estrenadas este año? Una respuesta rápida sería que esconde mucho más que lo que muestra; que, en lo que se presenta como un recorrido agradable repleto de microconflictos, van asomándose vestigios del verdadero tema que ocupa, y que este recién puede comenzar a comprenderse en su verdadera dimensión sobre los tramos finales.
La ópera prima de la directora escocesa Charlotte Wells ofrece un clima particular, con el cual se recrea un muy infantil y vacacional estado de semiabulia, alternado con momentos de grandes regocijos. Para un hijo de padres separados, la convivencia el día entero con su progenitor, al que no ve muy seguido, supone una circunstancia atípica que puede oscilar entre el descubrimiento, la diversión desatada y quizá, por momentos, hasta el hartazgo. Aún el entorno limitado que un hotel barato puede ofrecer, con sus piscinas colmadas de turistas, sus barras all inclusive y sus mesas de pool, puede parecer, para un niño, un auténtico lugar de ensueño. Nadie olvida las vacaciones de la infancia, ni ese vínculo tan efímero, necesario e irrepetible que se tiene con los padres en ese momento bisagra de la prepubertad, y esta película recrea este sentir con auténtico talento. Se recoge una mirada inocente pero, al mismo tiempo, osada y curiosa; según la percepción de una niña de 11 años, el entorno adquiere una dimensión fascinante y transformadora.
Es relevante para esta construcción de climas la forma en que se dilatan los tiempos muertos, utilizando tomas de extraña significación. Un segundo visionado de la película permite, por ejemplo, comprender en su verdadera dimensión una escena en la que la niña duerme profundamente, mientras su padre fuma un cigarrillo en el balcón tambaleándose con extraños movimientos. Inicialmente, este tramo simplemente sirve para generar una atmósfera y para transmitir esta idea de suspensión temporal, de acuosa cápsula de confort; vista por segunda vez, se comprende algo esencial del planteo, que es la radical diferencia de sentimientos que atraviesan a ambos personajes.
El enigma y la particularidad inicial de la que se vale el libreto para llamar la atención del espectador es la diferencia de edad entre ambos protagonistas, apenas 20 años. Al padre llegan a preguntarle si está de vacaciones con su hermana menor. La escasa diferencia generacional propicia logrados momentos de compinchería entre ellos, incluso ciertas escenas de un humor muy sutil y logrado, debido a la familiaridad de las situaciones. Esta característica de la relación incluso agrega una peculiaridad: por momentos, la niña parece mucho más madura que el adulto «responsable» a su cargo.
Sin caer en spoilers, quizá el mayor logro de esta película es cómo enrarece, de forma casi imperceptible, su atmósfera y su planteo, dando a entender que, lejos de lo idílico, la situación encierra fuertes elementos dramáticos. El relato vívido, sentido y autobiográfico de Wells despliega un atinado y profundo abordaje a temas relevantes como el paso del tiempo, la percepción del otro, las características heredadas y la reflexión sobre cómo muchas cosas que de niños vivíamos sin llegar a entender se resignifican sustancialmente cuando somos adultos.
Publicado en Brecha el 16/12/2022