
Como en Luces del varieté de Fellini o Noches de circo de Bergman, se sigue a un grupo circense en su cotidianeidad, en su gira a través de las ciudades, en un atractivo trajinar que es al mismo tiempo un trabajo y una forma de subsistencia. El protagonista, un outsider francés que fracasó en iniciativas televisivas y parece haber cosechado más odios que amores en París, probó suerte en los Estados Unidos, y tras reunir a talentosas chicas en pubs de los Estados Unidos y consolidar su propia cuadrilla, comienza a recorrer las ciudades de Francia. Es en este retorno a su país natal que se reencuentra con sus hijos, con la gente a la que abandonó, con una exnovia ofendida y familiares que lo desprecian. Amalric logra esbozar un personaje cuestionable pero querible, un padre ausente y omiso pero también cariñoso, un bon vivant egoísta que asimismo sabe promover la unidad y transmitirle amor y confianza a su equipo. Más que centrarse en el exotismo de los espectáculos, se busca plasmar la cotidianeidad de un pequeño grupo y su interacción, dando cuentas de una existencia que oscila entre la euforia y la insatisfacción, entre el glamour y el patetismo. Como los grandes autores, el director no evita las ambigüedades e insufla humanidad a sus personajes, de modo que podamos vernos reflejados en ellos. Y compone, con buen ritmo y una puesta en escena notable -que le valió a Amalric un premio a mejor director en Cannes- una comedia dramática que provista de los altibajos y los vaivenes emocionales de la vida misma.
Publicado en Brecha el 31/3/2012
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