lunes, 18 de julio de 2011

El videojuego y su huella neurálgica

Game over: ni pasivos, ni alienados

Hace tiempo que los videojuegos llegaron para quedarse, y desde al menos dos décadas y media que comenzaron a entrar progresivamente en los hogares, pasando a ser parte de la vida cotidiana de grandes sectores de la población. Pero quienes piensan que las horas de exposición a las consolas son tiempo perdido suelen desestimar su poder para multiplicar conexiones sinápticas, “cablear” nuestros cerebros y generar nuevas combinaciones de tareas cognitivas.


“Ensancha el espacio de tu tienda y
extiende en ella tus alfombras, pues
te has de mover en todas direcciones.”
Isaías.

En 1990 la empresa LucasArts produjo The secret of Monkey Island, un juego para PC revolucionario en el que el personaje principal, un aspirante a pirata, se entregaba a las más adictivas y grotescas aventuras. No se trataba de un juego de acción sino de una aventura gráfica, por lo que el protagonista debía explorar el territorio, tomar y utilizar objetos, hablar con otros personajes para descubrir y resolver los acertijos que iban surgiendo en la marcha. La irreverencia del protagonista se convertía en irreverencia del jugador, un continuo de acciones políticamente incorrectas; un robo, un engaño, un insulto intimidante o un certero escupitajo podían ser formas de avanzar en el juego. Pero también había un detalle por demás original en la saga de Monkey Island y es que no existían posibilidades de perder; el jugador nunca era eliminado, por lo que todas sus hazañas piratescas quedaban impunes. Lo que sí sucedía es que uno podía quedar "trancado", es decir, podía llegar a un punto en que no le encontraba solución de continuidad al juego. Ante una de estas situaciones debía devanarse los sesos para dar con la clave o probar distintas combinaciones de acciones u objetos para dar con la correcta y salir del paso.
Es este acierto y error, esta infinita combinatoria para solucionar situaciones alambicadas lo que define la esencia del videojuego. Todo videojuego presenta un problema a resolver y es por tanto un desafío planteado, y al jugador se le otorgan las herramientas necesarias para su solución, las cuales debe saber combinar con atención, habilidad, inteligencia y mucha pero muchísima paciencia. Y es importante recalcar que a diferencia de lo que muchos puedan pensar, los videojuegos exigen compromiso activo, y jamás pasividad. Hasta el más primitivo Pacman requiere, además de las obvias destrezas manuales y reflejas; cautela, vigilancia, pensamiento estratégico y economía.
Un usuario frecuente de videojuegos es, ante todo, un analista; un individuo acostumbrado a separar las diversas partes que componen un todo. En este sentido, los videojuegos ejercitan una forma de pensamiento múltiple ya que obligan al análisis de diversos elementos que se rigen según reglas propias y que confluyen en la complejidad total, y con esto se promueve la habilidad para lidiar con problemas simultáneos.
Lo cual no debe confundirse con la multitarea; los neurólogos advierten que una de las limitaciones básicas del cerebro humano es la incapacidad de concentrarse en dos cosas al mismo tiempo. Lo que sucede con los videojuegos es que exigen atención ante varios estímulos simultáneos, y de ahí a que los usuarios frecuentes normalmente puedan estudiar mientras escuchan música, escriben en el chat o ven televisión, ya que están habituados a enfocar su atención en varias instancias inconexas, de forma alternativa y continua. Según John C. Beck y Mitchell Wade, autores del libro The kids are alright los “gamers” -así definen a la generación que ha crecido en contacto frecuente con los videojuegos- suelen tener también aptitudes especiales para generar mapas mentales, para la planificación administrativa y para resolver imprevistos.
Asimismo sostienen que, paradójicamente, los videojuegos suelen moldear caracteres sociables y proclives al trabajo en equipo. El videojuego como elemento socializador es una constante en los estudios recientes sobre el tema, señalándose la explosión de juegos en red y on line, pero también la imperiosa necesidad que le surge al jugador por intercambiar conocimientos con sus pares, o el uso frecuente del juego colectivo por turnos, en el que mientras uno interactúa el otro observa lo que ocurre en pantalla. Otro punto a resaltar de la investigación de Beck y Wade es el que da cuenta de que los “gamers” están acostumbrados a pensar un mundo n-dimensional, y que por tanto están habilitados para lidiar en un mundo real atestado de variables y difícil de aprehender con las formas de pensamiento lineal y secuencial de las generaciones precedentes.


El cliente tiene la razón. Tome un videojuego al azar e interactúe con él durante cinco minutos, intentando avanzar o llegar a la meta. En estos cinco minutos usted habrá creado un juego único e irrepetible; nunca se jugó a ese juego de la manera en que usted lo hizo, y deben de haber tantas posibles jugadas de cinco minutos como átomos en el universo. Su tiempo de reacción, su coordinación visomotriz, su subjetividad estarán determinando lo que aparece en pantalla. Como en cualquier programa, es el jugador quien define con su accionar el orden de las estructuras binarias que se suceden.
De esta manera, a pesar de que los límites de maniobra estén establecidos, el jugador tiene el mando, acaba por definir la situación presentada y su persistencia y sus diferentes capacidades establecerán posibles continuidades. Esto da la idea de que, a la larga, el que tiene el poder es el usuario. “Darse vuelta” un juego, es, en esencia, haber logrado un dominio tal que quede en evidencia la superioridad del jugador sobre la máquina; es haber descubierto esa lógica oculta que esconde la superficie del juego, y asimismo, un acto que eleva la autoestima y colma de orgullo al jugador. Acaba por ser la prueba de que es capaz de lograr lo que se propone.
Al enfrentarse a un nuevo videojuego, uno debe saber adaptarse a los mandos, que varían de juego en juego. La tecla “shift” de una PC puede ser un control para saltar en un juego, desplegar misiles en otro, dar una patada rastrera, activar un escudo, cambiar de personaje, cancelar una orden. Para el usuario de videojuegos el adaptarse a nuevas reglas es entonces una constante, y son mundos completamente diferentes los juegos de estrategia en tiempo real, los simuladores, los juegos de deportes, los arcades en primera persona, los RPG (Role Playing Game) o las aventuras gráficas. Es esta habilidad para entrar y salir permanentemente de universos coherentes y regidos por reglas propias lo que caracteriza a los jugadores frecuentes.
La generación de videojugadores no suele usar manuales, ya que mediante la intuición, el acierto y el error aprenden directamente desde la práctica. El procedimiento aprender A para asimilar B, luego C y luego D, es sustituido por un ir directo a D y de allí deducir A, B y C. Este es el aprendizaje propio del autodidacta, que opta por escapar a los procedimientos oficiales y formarse de la manera que considera mejor, su manera, lejos de cualquier autoridad y guiados por la experimentación permanente. De aquí se podría desprender un carácter “emancipador” del videojuego, ya que habilita al usuario a darse cuenta de su poder intrínseco para aprender lo que sea que despierte su interés.
De más está decir que los videojuegos también constituyen una forma de iniciación a la informática. Suelen abundar en menús de opciones similares a los de los programas de computación, donde se pueden cambiar y calibrar los comandos, elegir características de juego, definir variables como brillo, sonido, música, color o velocidad, y por esto también ofrecen interfases semejantes a las de cualquier aparato digital. Si en los programas de computación una misma acción se puede ejecutar de diferentes maneras y por distintas vías, lo mismo ocurre en muchos juegos, por lo que, al encontrarse con un camino cerrado, el usuario estaría acostumbrado a probar sendas paralelas.


Videojuegos y violencia. Desde su gesta, los videojuegos han generado toda clase de reacciones adversas y estudios apocalípticos en donde se establecen relaciones causales entre su uso frecuente y actividades antisociales y delictivas. Existen infinidades de estos estudios, así como de su contrapartida, los que aseguran que los videojuegos son absolutamente inocuos. Los primeros se aferran a la “teoría de la estimulación”, argumentando que las escenas de violencia promueven comportamientos violentos, y los otros parecen inclinarse más a la “teoría de la catarsis”, la cual se remonta a Aristóteles, y por la que se considera que el estar en contacto con espectáculos violentos lleva a una disipación de estos impulsos.
La teoría de la catarsis calza especialmente bien en su aplicación a los videojuegos violentos porque el mismo jugador está liberando en el acto ciertas tensiones acumuladas. Al ser el individuo el que indirectamente ejecuta el acto de violencia, la acción catártica estaría correspondida con una consistente descarga de energías. Pero por supuesto que esto es especulación y tanto la teoría de la catarsis como la de la estimulación son muy difíciles o imposibles de comprobar. Son muchos los factores que influyen en la delimitación de caracteres “violentos” y por tanto, los videojuegos con altos grados de violencia merecerían, cuando menos, el beneficio de la duda.
Esto no quiere decir que algunos videojuegos deban quedar exentos de crítica. Sería ingenuo negar que muchos de ellos reproducen valores más que cuestionables. Aquí lo básico sería separar al medio del mensaje, y los ataques indiferenciados a los “videojuegos” sin más, no deberían siquiera ser considerados.
Como señala el especialista en neurobiología Steven Johnson en entrevista con el diario argentino La nación , “curiosamente, en la crítica a la TV, los videojuegos, Internet o el cine de audiencia masiva, la extrema derecha y la extrema izquierda están de acuerdo, aunque por distintas razones. Mientras la izquierda sólo ve en ellos lo aberrantemente comercial, la derecha sólo ve su contenido sexual.”
No es de extrañarse, además, que muchos padres ajenos al mundo del videojuego sientan una amenaza real al ver a sus hijos hipnotizados y abstraídos con sus mandos frente a los rayos catódicos. Es un miedo similar al que surge con cada novedad que entusiasma y capta la atención de niños y adolescentes, como pudieron haber sido en su momento los comics, las novelas de folletín, la llegada de la televisión a los hogares. Al día de hoy éxitos televisivos de cosecha masiva como Pokémon o Yu-gi-oh, o incluso la saga literaria de Harry Potter, que han logrado forjar fanatismos incomprensibles para algunos padres, también han sido blancos de reacciones adversas y desmedidas, alarmismos y poses apocalípticas.


Arte y videojuegos. Ya va siendo hora de que se comiencen a ver y a analizar los videojuegos con la altura y el respeto que merecen. Los videojuegos también son un campo de expresión artística, a pesar de que muchos estén empecinados en no verlo. Clásicos geniales como Arkanoid, Tetris o Pacman ya han trascendido toda posible moda pasajera, y otros más “modernos” como, Monkey Island 1 y 2, Street fighter 2, Half life, Starcraft, Call of duty, Heroes of might and magic, Plants vs zombies o Zuma, por nombrar sólo algunos, a años de su invención siguen siendo revisitados y continúan provocando espontáneas adhesiones, y por tanto deberían ser considerados como las obras maestras que son.
Como cualquier obra artística, los videojuegos presentan características que se prestan para el análisis y la valoración estética, y tales pueden ser el guión, el trazado de personajes, la dirección de arte, el diseño iconográfico, la banda sonora, los aspectos técnicos o hasta la concepción ideológica; además de las variables que influyen más en la jugabilidad como pueden ser: ritmo, dificultad, o tiempo estimado de juego.
Quién sabe. En unos años, cuando los videojuegos alcancen una mayor aceptación por parte de las elites intelectuales y vayan quedando más libres de los estigmas propios de la cultura pop, quizá entonces pasen a tener un estatus tal que sus críticas y análisis dejen de ser comentarios aislados en alguna columna y alcancen a tener su lugar fijo en semanarios y otros medios de prensa con artículos extensos, a la par de obras literarias, teatrales o de cine.

Publicado originalmente en Brecha

domingo, 10 de julio de 2011

Eamon (Margaret Corkery, 2009)

El infierno doméstico

Siguiendo en la línea de cine de autor sobre familias disfuncionales (La volubilidad de los afectos, Snap) y negligencia paternal (Por tu culpa, Go get some Rosemary) que con muy buen criterio programó recientemente Cinemateca Uruguaya, esta película ofrece un cuadro cotidiano y un atípico triángulo amoroso compuesto por una pareja joven y su hijo de siete años. Aquí no es el padre quien duerme en la cama junto a la madre sino el hijo, y el progenitor es relegado a dormir en el sofá; de hecho, la estructura de poder es reconocible aunque difícil de ver en el cine, ya que el padre es continuamente desacreditado por la madre y parecería como esclavizado, expectante de los circunstanciales requerimientos sexuales de parte de ella. Por momentos, quien parecería imponerle órdenes es su mismo hijo: “yo duermo con mamá, vos dormís en el cuarto chico”. Pero hay otros elementos que acentúan el conflicto: alcohol, inmensas muestras de egoísmo por parte de los padres, dificultades de relacionamiento con otras personas, tendencias a la promiscuidad no disimuladas. Para colmo, el niño tiene problemas de hiperactividad que se agudizan con el consumo de azúcar y lo convierten en una criatura difícilmente tolerable.
Gradualmente, mediante indicios y con mucho acierto, la directora-guionista irlandesa Margaret Corkery va esbozando éstas y otras características que permiten hacerse cierta idea de la psicología de los personajes y de los mecanismos internos por los que el curioso núcleo familiar se perpetúa. El tono es sarcástico, una mirada más distante y burlona que empática, pero que deja asomar características humanas muy reconocibles e incluso inesperados y pequeños indicios de armonía, como para demostrar que no todo es intolerable en la relación –una escena en que el hijo pone un tema marchoso y sus resaqueados padres se ponen a bailar junto a él es bella, inesperada y excepcional-. Un cangrejo que perdido en una playa vuelve al balde donde fue torturado funciona como posible metáfora de la infancia y la incapacidad de escapar a otro ámbito que no sea la familia que a uno le tocó en gracia. El niño más tarde insulta al cangrejo muerto (“¡pudríte, malcriado!”) reproduciendo vicios paternales por el cual se lo incluye o excluye arbitrariamente y se lo convierte en un depositario de culpas.
Una banda sonora tenue, mínima y eventual es otro de los puntos fuertes, y juega alternativamente dándole a la película aires de comedia y de thriller. Es verdad, quizá Eamon no sea una maravilla ni figure entre las mejores películas del año -de hecho funcionaría mejor si tuviera elementos de tensión más poderosos- pero es una rica exploración de comportamientos y del lado siniestro de muchas personas, y de esas películas bien filmadas e inteligentemente concebidas que a uno lo dejan satisfecho y con una sonrisa estampada.


Publicado en Brecha el 8/7/2011

viernes, 8 de julio de 2011

Adiós al "denmen"

En fin, me ganaron. Desde que arranqué con este blog recibí un centenar de comentarios de conocidos que, de muy buena manera, me señalaron que "denme" se escribe así, sin "n" final, y que el nombre de mi blog estaba mal escrito. Un centenar de veces les contesté que la "n" era una opción deliberada, que en este país todo el mundo dice "denmen" en lugar del correcto "denme" y que además es obvio que no soy tan bruto como para pensar que la palabra se escribe realmente así; para más inri, les dije que eso se podía corroborar porque en la dirección original dice "denmeceluloide.blogspot.com". El punto es que esa rebeldía casi-infantil, ese primigenio dislate ortográfico me viene costando unas cuantas reprimendas, y alguien un poquito más inteligente también me comentó que algún lector podría dejar de leer el contenido de mi blog sólo por ver ese título mal escrito. Y quizá tenga razón.
Pensé en cambiar el nombre del blog por otro nuevo, pero no, me gusta mucho el denmen (o denme, que hay que adaptarse) celuloide; refiere a una necesidad desesperada, y qué otra cosa que gente desesperada somos, ¡ay! nosotros los cinéfilos. Vivimos ansiosos por verlo y conocerlo todo, corremos carreras contra el tiempo, nos perdemos en parajes inútiles e inhóspitos, nos atracamos en nuestra desesperación por entender, y por salvarnos.
En fin, desvarío y me voy por las ramas pero bueno, lo del título; se acabó el "denmen". Maduramos un mínimo, y nos ponemos un poquito (ni tanto, no se preocupen) más formales.

domingo, 26 de junio de 2011

Por qué Breaking Bad

El narco que llevamos dentro

Se acerca la cuarta temporada de Breaking bad, la portentosa y ácida serie que expone la transformación de un padre de familia universitario en un inescrupuloso narcotraficante. Metanfetaminas, química, humor negro, drama, noir y western son algunos de los elementos que conforman una fórmula abiertamente explosiva.

“Todo aquel que luche contra monstruos debería cuidarse de no convertirse en uno durante el proceso”. Friedrich Wilhelm Nietzsche. Más allá del bien y del mal.

El título es intraducible y puede interpretarse de varias formas: se trata de una expresión sureña de los Estados Unidos que refiere a "romper mal" al inicio de una partida de pool, y es utilizada comúnmente de manera similar a "to raise hell". Vendría a ser como “armar terrible lío”, “reventar Troya” o algo así. El verbo to break también es utilizado muchas veces para señalar un cambio de senda, un “desviarse” de ciertos lineamientos, y aquí vendría a ser un desvío hacia la maldad, la locura, la ruptura de moldes. Por este lado viene la interpretación más literal, un “cambiar para mal”, transformarse en una mala persona “echarse a perder”, “irse al carajo” en español criollo. Pero también hay otra lectura posible: break también se utiliza como “quebrantar”, “batir”, “terminar”, puede referirse al emprendimiento de combatir un mal, al proceso de doblegamiento de una enfermedad.
“Combatir cierto mal” por un lado, pero “desviándose” en el transcurso. Ahí está la esencia que caracteriza la serie. Se entra en la vieja discusión de los fines y los medios para llegar a ellos, y a la lucha contra monstruos de la que hablaba Nietzsche. Walter White es un profesor de química cincuentón, que al comenzar la serie tiene importantes problemas económicos y una vida laboral insatisfactoria, su mujer está embarazada y su hijo es parapléjico, y para colmo descubre que tiene un cáncer pulmonar terminal y debe pagar un tratamiento inalcanzable -a lo largo de las tres temporadas se impone una persistente y aguda crítica al sistema de salud estadounidense- que podría llevar su familia a la ruina. Movido por la desesperación, sin nada que perder y bajo la consigna de proveer para los suyos, comienza a cocinar su propia droga -cristales de metanfetamina- y a traficarla.
A no dudarlo: la metanfetamina es una droga muy adictiva y de importantes efectos nocivos, conduce a los usuarios consuetudinarios a un rápido deterioro físico y mental, y puede provocar daños cerebrales irreversibles. La elección de la droga no es casual, en Estados Unidos se ha expandido el consumo de esta sustancia en los últimos años, y existe un estrecho vínculo entre su abuso y la criminalidad. Para este caso, entonces, es poco discutible el efecto pernicioso de la figura del dealer. Es así que la serie se centra en una evolución, en la paulatina transformación de un padre de familia de clase media en un narcotraficante de los pesados. Y el acierto fundamental de los creadores está en hacer hincapié en su racionalidad y en el cuidado con el que procede. Walt es un hombre coherente, un frío estratega, un brillante analista que permanentemente sopesa opciones, adversidades y consecuencias. Es así que, invitando al espectador a razonar junto a él, se plantea una paulatina degradación moral que a su vez es perfectamente comprensible, lógica. El increíble proceso de “normalización” del delito, hecho carne; la corrupción, esa característica tan humana, expuesta con cuidados y parsimonia. Heisenberg, el apodo mafioso del protagonista, refiere al científico que enunció el principio de indeterminación, aquel que dice que el electrón puede ser a la vez partícula y onda. Como Walt, que puede ser al mismo tiempo narcotraficante y padre responsable.


TV de calidad. Hoy en día es sorprendente la manera en que muchas series compiten en calidad con el mejor cine concebido. En Estados Unidos no tienen parangón en cuanto al nivel de los actores -¿dónde estaba escondida toda esta gente?- la coherencia guionística y estética, el trazado y la evolución de los personajes; lo más resaltable, de todos modos, es que exista una apuesta a la inteligencia del televidente –marcada por la ausencia de reiteraciones o redundancias en los planteos, por ejemplo, o por la voluntad de sugerir en vez de dar todo digerido-. El definitivo desdibujamiento de buenos y malos, la notable exposición de motivos y de causas para comportamientos cuestionables o atípicos son también puntos fuertes.
Breaking bad cuenta con media docena de personajes inolvidables, como Skyler, la poco predecible esposa de Walt; o Pinkman, un inconsciente y desacatado socio que esconde ciertos principios morales; Gus, otro amable aunque implacable narcotraficante disfrazado de gerente de locales de comida rápida; el abogado-delincuente Saul Goodman, que se roba la serie con cada aparición, o el imprescindible Hank, un adorable agente de narcóticos que además de ser el enemigo natural del protagonista es también su familiar. La esencia del noir se impone: antihéroes, acercamientos a la criminalidad, contenidos truculentos. Pero también tienen presencia algunos elementos del western a lo Leone, con matones al acecho clamando, en vistosos parajes desérticos, por las cabezas de los protagonistas. A diferencia de otras series, no es fácil dar con una “estructura” que se repita en los libretos, y la mutación constante y el imprevisto están a la orden del día. Las habilidades químicas que ayudan a Walt a resolver situaciones a lo MacGyver, marcan un parentesco con tantas otras series como House, Lie to me o CSI, en donde la erudición particular en determinada área marca la agenda narrativa. Pero estas circunstancias son solamente eventuales y hay capítulos enteros en que esas pericias no tienen aparición.
Se comienzan las temporadas con episodios de fuerte dramatismo, luego se modera la marcha y los ritmos se calman un poco para permitir que los personajes evolucionen, y finalmente se arremete con episodios cargados de giros de guión, acción y sorpresas acumuladas. Los cambios visibles de una temporada a la otra son abismales y es por eso que Breaking bad no da indicios de que los guionistas estiren la serie innecesariamente, o que se repitan ciclos inconducentes.


Sin vuelta atrás. La serie llegó a un atractivo punto en que no hay redención posible –aunque quizá sí la haya para Pinkman, justamente el personaje presentado originalmente como el yonkie, “perdido” de antemano-. No es menor el detalle de que el cáncer de Walter haya desaparecido prácticamente, como muestra de que ya no es la desesperación o la inminencia de la muerte lo que lleva al protagonista a continuar con su tarea. La familia burguesa ya está corrupta hasta el esternón y no hay giro en U imaginable que pueda hacerlos recapacitar. Se vislumbran entonces tres desenlaces posibles. Uno moralista en el que no quede nadie en pie, en el que Walt pague por sus crímenes con la cárcel, la muerte o peor aún, con una muerte en vida en la que se vea agobiado por las culpas; uno más bien intermedio en el que se opte por exiliarlo a él y a su familia en algún país remoto -esto es lo más probable si se quiere evitar una radical tragedia-, o uno políticamente incorrecto, irónico y realmente impactante, con los personajes siguiendo con sus negocios millonarios, instalados en su discreta vivienda de Albuquerque, Nuevo México, continuando una cómoda vida de narcotraficantes sin que nadie llegue a descubrirlos. Sea cual sea la opción, pocas cosas podrían alterar el hecho de que Breaking bad sea de las series más redondas y brillantemente concebidas de los últimos tiempos.

Publicado en Brecha el 24/6/2011

jueves, 23 de junio de 2011

La búsqueda de lo intolerable


Como ya dije en un post reciente, el director mexicano Carlos Reygadas y el argentino radicado en Francia Gaspar Noé comparten en común algunas cosas. Ambos han sido catalogados como cineastas “malditos” por la prensa especializada. Los dos se dieron a conocer con un par de películas resistidas, chocantes y polémicas (Noé con Solo contra todos e Irreversible y Reygadas con Japón y Batalla en el cielo). Mientras el mexicano inquietaba a su audiencia con atípicas escenas de sexo, el argentino shockeaba al espectador con violencia cruda y realista. Ambos buscaron la incomodidad, y la lograron con creces. Si bien la crítica no supo bien qué hacer con estos cineastas –que daban muestras indudables de talento y de tener buenas ideas- lo cierto es que los detractores debieron cerrar sus bocas cuando surgieron sus últimas obras, imponentes e imprescindibles: Luz silenciosa –exhibida recientemente en Cinemateca- y Enter the void, que pide a gritos ser estrenada en un cine montevideano.
Como en su momento hubo un Buñuel, un Fassbinder o un Pasolini dispuestos a desconcertar y revolver estómagos, hoy hay directores como Takashi Miike, Lars von Trier, Todd Solondz, Noé y Reygadas que continúan ese legado de transgresión y de redimensionamiento del audiovisual. Cada ruptura, cada límite mental atravesado es un avance cultural que mueve al espectador a conocerse mejor a sí mismo y el entorno en el que vive. Los mejores directores malditos son aquellos que no sólo logran irritar, sino incomodar y que el espectador se lleve a su casa una espina puesta. Decía Pasolini que es mucho mejor llegar a la incomodidad que a la indignación: el cine que indigna no es demasiado efectivo, ya que la indignación se impone pero también se pasa pronto; en cambio la incomodidad se queda y prevalece. Cronenberg, por su parte, dice que el hombre aprende cuando llega a los extremos y que por eso mismo el arte debe apuntar a evitar todo lo que tranquiliza, y va más allá aún alegando que un artista debe dar lo que el espectador no sabe que quiere, algo que la próxima vez podrá saber que le gusta, aprendiendo a valorarlo.
Se dice también que el cine es una herramienta política muy útil, no en el sentido en que logre que la gente se movilice o que sea capaz de propiciar grandes cambios en el corto plazo, sino en el sentido de que influye en la manera de pensar, y ayuda a percibir el universo que nos rodea. Es por estas razones que se vuelve tan importante que a nivel artístico existan exponentes malditos dispuestos a trastocar nuestros esquemas mentales y patear bien nuestras seguridades.


Gaspar Noé tuvo la mejor publicidad imaginable gracias a reacciones negativas que generó su obra. Se hablaba de vómitos y desmayos en Cannes cuando se estrenó su película Irreversible, y tanto ella como Solo contra todos son obras capaces de lograr una fuga masiva de espectadores de las salas. ¿Qué mostraba Noé? Una violación en tiempo real, sin cortes, violencia contra menores y contra una mujer embarazada. Ahora bien, ¿está muy mal querer mostrar algunas de las facetas más oscuras de la realidad? ¿Es éticamente incorrecto el golpe bajo cuando lo que se busca es hacer pensar en este bicho revuelto, contradictorio e indigesto que es el ser humano?
Carlos Reygadas logra la incomodidad desde otro ámbito: el sexo. Y lo curioso es que no muestra ninguna práctica que escape a lo común. Pero lo que choca en su cine es la elección de los implicados. Parejas que estéticamente son el extremo opuesto a lo que los parámetros dominantes de belleza nos tienen acostumbrados, y en algunos casos con grandes diferencias de edad -en Japón tienen relaciones un hombre de unos cincuenta años con una mujer cercana a los setenta; en Batalla en el cielo, una adolescente con otro cincuentón- seres que, según los cánones, no merecerían tener sexo, menos que menos ser exhibidos en esas prácticas. La brutal incomodidad que despierta Reygadas lleva a pensar hasta qué punto nuestra percepción está moldeada por lo estéticamente aceptado, y cómo una pequeña variación en los estándares puede llegar a causar reacciones incomprensibles.
Es necesario analizar el shock. Cuestionarlo, ver por qué razón es tal, qué mecanismos psicológicos activa y por qué. Si ese golpe viene acompañado de una intención o un mensaje por parte del artista o, si en cambio, es pura gratuidad.
Para los casos referidos, creo que la experiencia vale la pena.


Publicado en revista Noteolvides 6/2011

domingo, 19 de junio de 2011

Go get some rosemary (Ben Safdie, Joshua Safdie, 2009)

Cálido e indigesto

Al igual que la también notable e independiente Keane (Lodge Kerrigan, 2004), esta película se centra en un hiperactivo personaje que llama constantemente a la incomodidad. Pero si el protagonista de Keane merecía ser puesto en un psiquiátrico de inmediato, el aquí presente es un hombre más bien sociable, simpático, exitoso con las mujeres, un trabajador perfectamente integrado a la sociedad en la que vive. Pero eso no quita que sea una persona con problemas. Como padre divorciado sólo le está permitido ver a sus hijos durante quince días en un año, sus amistades parecen exasperarse con algunos de sus comportamientos –exceptuando quizás, los que son tan inmaduros como él-, y sus novias aparentan ser ocasionales y efímeras. Podría decirse que es de la clase de personas que, a la larga, termina sacando de quicio a cualquiera.
Como en otras películas recientes como Por tu culpa de Anahí Bernerí o Submarino de Thomas Vinterberg, se trata el tema de la responsabilidad paterna o, mejor dicho, la ausencia de ella, y al igual que en ellas se utiliza, con acierto, la irresponsabilidad crónica como fuente permanente de tensión. Y es que Lenny, de 34 años, (un notable Ronald Bronstein) hace todo lo que un padre no debería hacer: expone a sus hijos de siete y nueve años a situaciones de riesgo, juega al squash con ellos, los manda al supermercado con cincuenta y cinco dólares en el bolsillo en un barrio en el que a él mismo lo robaron a punta de revolver –de aquí la despreocupada expresión “andá a buscar un poco de romero”, del título- y cosas peores. Pero su irresponsabilidad no queda solo en eso; también se refleja en la ausencia total de disciplina hacia ellos, en la imposibilidad para prever situaciones conflictivas, en su incapacidad para ponerse en sus lugares.
Los hermanos Ben y Joshua Safdie se inspiraron en experiencias propias con su padre para filmar esta película, y aseguraron haber hecho un gran esfuerzo para recordar muchos de los hechos que en ella fueron expuestos -quizá el que no haya visto el filme debería dejar de leer por aquí, ya que se cuenta el final-. La película parece ambientarse a comienzos de los noventa, y como en el inesperado desenlace, su mismo padre los secuestró, en su desesperada necesidad de estar junto a ellos. De todas maneras, hoy los hermanos dicen haberlo perdonado pese a su inestabilidad y a su ineptitud patológica y, en cierto sentido, la película también es un homenaje y una declaración de amor. Los directores logran que no lleguemos a odiar a este personaje tan particular, cálido pese a todo, preso de sí mismo y de las circunstancias adversas que lo dominan. Con altura y haciéndole justicia a su maestro John Cassavetes, los jóvenes hermanos logran despertar interrogantes sin respuesta acerca de este amable, ciclotímico, indigesto, contradictorio ser, grande como la vida y cuestionable como todos y cada uno de nosotros.

Publicado en Brecha el 17/6/2011

sábado, 11 de junio de 2011

Enter the void (Gaspar Noé, 2009)

Un fantasma que recorre oriente


Éste debe de ser el primer largometraje del director argentino radicado en Francia Gaspar Noé que puede verse sin temor. Es lógico que luego de las traumáticas experiencias de Sólo contra todos e Irreversible haya muchos que no quieran ni acercarse a su obra, pero cierto es que aquí la violencia no llega a los intolerables parámetros de los precedentes, y queda claro que no existe por parte de Noé una búsqueda tan deliberada de la indigesta y el shock.
Desde su mismo inicio, Enter the void es una experiencia inigualable. Los estridentes sonidos electrónicos de Daft punk se coordinan con grandes letras multicolores que titilan como luces estroboscópicas sobre un fondo negro, causando conmoción. En ese comienzo todos los créditos –los que normalmente aparecen al final- se suceden a una velocidad inusitada, sin que se pueda leer lo que dicen ni haciendo el esfuerzo. No recomendable para espectadores epilépticos, ese impactante comienzo ya da buenos indicios de que esta película va a escapar a cualquier cosa vista con anterioridad. Y es una idea que se continúa sin pausas hasta el final de la película.
Enter the void nos lleva, literalmente, a ver el mundo desde la perspectiva de un muchacho de unos veinte años. La cámara se ubica donde estaría su óptica, se reproducen sus parpadeos; si cierra los ojos por un rato la pantalla se torna oscura. El chico, además de ser un dealer, es un drogadicto. Y desde la primera escena empieza a consumir sustancias: DMT -dimetiltriptamina, para muchos, la droga más potente del mundo- y píldoras de GHB –Gamahidroxibutirato, un psicotrópico sedante-, y se mueve en un mundo en que el éxtasis y la cocaína fluyen como el agua. Es así que el espectador es llevado a colocarse en su psiquis durante sus viajes lisérgicos. Se entra al vacío, a un mundo alucinante donde abundan las imágenes abstractas y formas sugerentes que refulgen en un colorido cambiante. Sólo comparables a las más voladas escenas de 2001: odisea del espacio y a algunas de The fountain de Darren Aronofsky, estos pequeños clips dan muestras de la inagotable imaginación audiovisual del director. No es conveniente contar una de las sorpresas iniciales del guión, por lo que es mejor nombrar solamente que la película propone una historia de pactos de sangre, incesto, traición, muerte y resurrección, que se traza un interesantísimo cruce entre oriente y occidente –los protagonistas son norteamericanos instalados en Japón- que hay flashbacks permanentes y saltos temporales, y que abundan las escenas de alto contenido sexual. Que un fantasma deambula contemplando el mundo de los vivos y su propia vida, y que El Libro tibetano de los muertos es el sustento literario para una experiencia mística mayor.


Con Gaspar Noé ocurrió lo mismo que con el también maldito Carlos Reygadas. Ambos se dieron a conocer con dos películas incómodas y revulsivas, (Reygadas con Japón y Batalla en el cielo) ambos fueron tildados de terroristas y asusta-viejas -Reygadas por su atípico contenido sexual y Noé por su uso de la violencia extrema-, y la crítica en general no supo si tomarlos en serio ni qué hacer con ninguno de ellos. Pero con sus impactantes terceras películas, Luz silenciosa y Enter the void, taparon la boca de todo el mundo y se hizo imposible seguir ignorándolos. Gracias a una inagotable batería de recursos, Noé logra aquí planos secuencias imposibles –se recomienda especialmente acercarse también a los notables cortos y videoclips que dirigió, disponibles en Internet, en los que experimenta con efectos visuales portentosos - y conjuga animación digital con filmación real sin perder la unidad estética ni que se sienta el cambio o el artificio en ningún momento.
Como no podía ser de otra manera, la alucinada inmersión propuesta por Noé se convierte prontamente en un mal viaje, en una pesadilla, dando forma a una imprescindible, tentadora, adictiva y polimorfa odisea; un onírico trozo de muerte de dos horas y media, que pide a gritos ser estrenado en el cine.


Publicado en Brecha el 10/6/2011

domingo, 5 de junio de 2011

¿Qué pasó ayer? Parte II (The hangover: Part II, Todd Phillips, 2011)

Remakes nunca fueron buenas


La fórmula ganadora de la notable ¿Qué pasó ayer? quedó intacta para esta secuela. Los tres mismos personajes atraviesan una amnésica jornada en la que reconstruyen una noche de descontrol y juerga extrema. Otra vez perdieron a uno de los integrantes del grupo, otra vez se encuentran con desconocidos que los recuerdan con cariño y con otros que corren tras sus cabezas, una vez más recorren lugares inverosímiles, siguiendo pistas que los guían por caminos absurdos. De vuelta el desmadre es soslayado, y la más desaforada acción no se muestra; mediante indicios el espectador, junto a los protagonistas, logra hacerse una idea de los sucesos precedentes.
Si antes la acción se centraba en Las Vegas, aquí los compañeros se movilizan a Bangkok, Tailandia, con motivo de las nupcias de otro de ellos. No es casual que el punto neurálgico de la prostitución y el turismo sexual haya sido el elegido para esta secuela, más allá del atractivo paisajístico que tenga para ofrecer la ciudad. Si bien los personajes no van al país con otra intención que asistir al casamiento, la película podría ser leída como una invitación a perderse en el descontrol y la desregulada oferta sexual de la capital, y como otra desgraciada mirada hedonista y etnocéntrica, de esas que retroalimentan una realidad social acuciante y lamentable.
Cabe apuntar que los guionistas, al ser conscientes de que están repitiendo prácticamente al dedillo los elementos de la entrega anterior, redoblaron la apuesta por el desenfreno extremo, llegando a giros de guión que fuerzan demasiado la verosimilitud. Uno de los protagonistas es baleado, a otro se le corta un dedo, se ven implicados en una trama de narcotráfico y venta de armas, -con policía infiltrado incluido- y un sinfín de elementos inconexos que, acumulados, delatan una voluntad de impresionar más que de dejar un libreto coherente. De esta manera, la pesquisa “policial” se ve enormemente perjudicada. Asimismo, los personajes están mucho menos trabajados y tienen reacciones poco creíbles, como las muecas y el griterío histérico de Ed Helms, en un rol demasiado desencajado para lo que solía ser su personaje.
Dejando de lado estos (nada menores) detalles, queda aún algo de ese fulgor que caracterizaba la entrega anterior. Las cambiantes situaciones y locaciones impiden que la atención decaiga. El director Todd Philips integra buen ritmo, una incorrección política estimable –basada en el lado oscuro de los maridos pulcros, atentos y “perfectos”-, aire fresco y una vitalidad festejante. Muy lejos de su precedente pero sin dudas algo mejor que la anterior película del director –Todo un parto con Robert Downey Jr.- ¿Qué pasó ayer? Parte II, tiene la energía suficiente como para que la experiencia sea llevadera a pesar de todo.

Publicado en Brecha el 3/6/2011

jueves, 26 de mayo de 2011

Niñas sexuadas, feminismo a la baja y mercado rosado

Estás ganando, Barbie

El libro Muñecas vivientes: El regreso del sexismo parte de una indignación, surgida al constatar que los grandes logros que ha tenido el feminismo a lo largo del siglo xx están sufriendo un verdadero retroceso en las sociedades occidentales actuales. Un nuevo sexismo se hizo presente, de la mano de los medios masivos de comunicación, la pornografía, los bares de strip tease, la sexualidad temprana y una feminidad impuesta a las niñas por el mercado y el lamentablemente aclamado determinismo biológico.

Estudiando a fondo la realidad de la mujer actual, la periodista feminista británica Natasha Walter llega a una apremiante conclusión: “Sin un cambio económico y político profundo, lo que vemos cuando miramos a nuestro alrededor no es la igualdad que buscábamos; es una revolución estancada”. Y, yendo aun más lejos, considera: “antes creía que sólo teníamos que establecer las condiciones necesarias para la igualdad, y entonces el sexismo desaparecería de nuestra cultura. Hoy estoy dispuesta a admitir que estaba completamente equivocada”.
Este ensayo está respaldado por un trabajo periodístico notable. Treinta y tres páginas finales (en letra chica, cuerpo 8) detallan las fuentes consultadas, la extensa bibliografía, los ensayos y artículos citados y los estudios y estadísticas a los que la autora echa mano. Cada contundente afirmación que Walter hace viene respaldada con un sinfín de datos y acontecimientos que son cotejables en la sociedad que vivimos. Con habilidad, una pluma amena y mucho sentido común, expone una preocupada tesis feminista, arremetiendo contra una cultura que, lejos de garantizar la libertad a la mujer, cada día la coarta más, estrechando sus posibilidades y reproduciendo al infinito discursos retrógrados sobre los roles genéricos.
El ensayo se divide en dos mitades. La primera y más contundente se centra en nuevas realidades en auge y los temibles discursos que circulan alrededor de ellas. La segunda es básicamente una deslegitimación de los más difundidos estudios que respaldan el determinismo biológico, que pretenden dar cátedra sobre cuáles son los patrones de comportamiento típicamente femeninos. Vista la riqueza conceptual de este libro, lo mejor es centrarse detenidamente en cada una de las dos partes.

EL ROSADO OMNIPRESENTE. Para ningún padre reciente es novedad que la vida de las niñas se encuentra absolutamente invadida por el color rosado. No hay forma de evitarlo. Muñecas, ropa, celulares falsos o reales, cocinas, ponis, peluches, varitas mágicas, diademas y lo que fuere vienen preparados de fábrica con un fulguroso resplandor rosado. Predeterminadas por el mercado, las niñas se encuentran zambullidas en un universo de princesas. Aunque la autora no lo señale en este trabajo, también es de recalcar que los juguetes específicos orientados hacia los varones contrastan sobremanera con los reservados para las niñas. El niño es destinatario de los juguetes de interacción más dinámica y aventurera (vehículos, pelotas, figuras de acción), mientras que a la niña se le ofrecen los más cotidianos y apacibles (maquillaje, bebés, juegos de té). Esta demarcación –que se ha agudizado en los últimos años– es más que sugerente de la actitud pasiva a la que se orienta a las futuras mujeres.
En la prensa británica –señala Walter– se han difundido estudios muy poco rigurosos en los que se llegó a la rápida conclusión de que las niñas pequeñas prefieren, por una determinación genética, ciertas tonalidades rojizas, de los que se hicieron eco los medios para corroborar la creencia popular. La tesis es hábilmente desmontada por Walter. Cerca del final del libro, la autora señala que antes del siglo xx los bebés eran vestidos de blanco y que en las décadas del veinte y del treinta predominó la fórmula inversa a la actual: los varones se vestían de rosado y las nenas de celeste, señalando la absoluta arbitrariedad de la convención.
De la misma manera que las niñas no parecen tener la libertad de elegir otro color que no sea el rosado, hay otros discursos dominantes, reproducidos constantemente por los medios y por la masa acrítica, que determinan las orientaciones vitales de las mujeres de hoy en día.

HIPERSEXUALIDAD. Las cosas parecen complicarse aun más cuando resulta que los modelos infantiles de comportamiento incluyen ser sexualmente atractivos, aun desde antes de llegar a la pubertad. “La asociación entre la feminidad y el atractivo sexual empieza muy temprano. (…) El guardarropa de la muñeca Bratz, que ha desplazado a Barbie en el trono de la muñeca más vendida, está diseñado para ir de discotecas y de compras y consiste en un surtido de plumas y medias de red, tops ombligueros y minifaldas”. La autora también apunta que, curiosamente, el discurso de la libertad se encuentra presente en la reciente película de las Bratz. La independencia se asocia con salir de compras, producirse, andar con chicos y crear un grupo de música. Es verdad que el discurso sobre la necesidad de ser una misma fue acuñado por los movimientos feministas, que consideraban que la mujer no debía obrar como los demás pretendían sino como ella quisiera. Pero hoy el mensaje es utilizado por los medios como retórica para vender, y “esta necesidad de independencia y autoafirmación se está pervirtiendo para vendérsela a las niñas como una forma de consumismo extremadamente mezquina que hace que se vean a sí mismas como objetos”.
Comenta Walter que algunas jugueterías incorporaron a su oferta una barra fija para bailes de tipo stripper; es normal ver prendas ajustadas para niñas con mensajes sugestivos –como la palabra “cazafortunas” impresa en el trasero– e incluso pueden encontrarse sutienes con relleno para niñas.
Las cifras son especialmente alarmantes. La constante vigilancia corporal a la que se insta a las mujeres es la que lleva a que casi tres cuartas partes de las adolescentes británicas estén insatisfechas con su cuerpo y a que más de un tercio esté a dieta. La autora incluso nombra estudios que afirman que entre las niñas de 11 años, una de cada cinco hace régimen, y otro que concluye que a la mayoría de las niñas de 6 años les gustaría estar más flacas.
Las fotos subidas a Facebook y otras redes sociales hablan por sí solas. Niñas prepúberes se fotografían unas a otras reproduciendo los gestos y las poses de las imágenes sexualmente sugestivas imperantes en la cultura dominante y, como comenta la madre de una adolescente a Walter, puede verse que “las niñas de once o doce años parezcan chicas de dieciséis pidiendo guerra”. Esta realidad, además, esconde una inmensa contradicción. Mientras que, por un lado, se condena –muy coherentemente– la pedofilia y el sexo con menores, por el otro se fomenta socialmente que las niñas se vistan y actúen desde pequeñas como si fueran lascivos objetos de seducción. Los resultados no están a la vista, pero calan hondo a nivel social, causando estragos y no pocos y lamentables damnificados.

STRIPPERS, PROSTITUTAS Y PORNOGRAFÍA. “Lejos de ampliar el potencial y la libertad de las mujeres, la nueva cultura hipersexual redefine el éxito femenino dentro del reducido marco del atractivo sexual”, afirma Walter. El machaque y la invasión constante de imágenes de modelos y vedettes que llegan a la fama a fuerza de esculpir sus cuerpos con cirugías y de desfilar libres de prendas, conduce a que muchas mujeres sin otras posibilidades apuesten por el camino del modelaje o el baile sexualmente sugestivo, como una vía aceptada socialmente de alcanzar el éxito.
La autora hace un particular énfasis en la transformación social ocurrida recientemente en lo que refiere al boom y a la respetabilidad de los bares de strip tease. Es sabido que desde hace tiempo los bailes de este tipo se incorporaron a la cultura pop, al punto de estar prácticamente omnipresentes en los videoclips actuales. Si hace un tiempo ver a Madonna contorneándose y seduciendo a varios hombres al mismo tiempo era considerado un símbolo de liberación femenina, hoy –habiendo visto a Britney Spears, Lady Gaga y Rihanna llegar a la fama por el mismo camino– esa idea ya no es tal, porque una estrella pop casi no tiene posibilidades de éxito si no hace exactamente lo mismo.
Varias personas vinculadas al negocio de los bares de strip tease, a las revistas eróticas y programas del tipo de Gran hermano hablan con la autora de la inmensa cantidad de chicas que a diario se dirigen a ellos como candidatas. Esto viene de la mano de una explosión de cirugía y silicona, y de prácticas extremas como la cirugía vaginal que se realizan muchas chicas que no creen tener su cuerpo perfectamente acorde a la estética aceptada.
Walter demuestra que las strippers están a un solo paso de la prostitución, que desde los mismos locales se las motiva en esa dirección, que son víctimas de una explotación desvergonzada, que son acosadas y destratadas permanentemente por los clientes que allí acuden y que, además, se encuentran expuestas a toda clase de violencia.
Así como los bares de strip tease gozan de un prestigio impensable hace diez años, lo mismo ocurre con la prostitución. Los diarios íntimos de prostitutas se han convertido en éxitos de ventas, la oferta de servicios sexuales es cada vez más visible en cualquier ciudad y quienes hacen uso de ellos en muchos casos no lo sienten como algo que deban ocultar. La tendencia –afirma Walter– es a una “normalización de la prostitución”, lo que considera una demencia. La tasa de mortalidad entre las profesionales del sexo es hasta seis veces más alta que la de la población general, y la promesa de dinero fácil lleva a que muchas chicas apuesten al baile sexy o a ser vedettes y terminen vendiendo su cuerpo. Todo esto sin nombrar el tráfico de mujeres y la prostitución forzada. Finalmente, en contraste con la “respetabilidad” de la prostitución, Walter trae a colación una cifra reciente: más de un tercio de los hombres que utilizan los servicios sexuales considera a las prostitutas sucias e inferiores.
Todo esto está ligado a otro fenómeno reciente: la cotidianidad de la pornografía y el consumo gratuito a un solo clic de distancia. Si bien hace un par de décadas mucha gente debía salir a la calle y pagar si quería conseguir este tipo de material, hoy cualquier persona que cuente con una conexión a Internet tiene acceso a una variadísima oferta. Como bien dice Walter, el porno dominante se caracteriza por una veta de auténtico desprecio hacia la mujer, y esto sólo refiriéndose al más común y estándar y no a las auténticas brutalidades que pueden verse en la web. Este punto es especialmente preocupante para la autora: frente a la inmensa invasión de pornografía –a la que acceden muchos menores de edad que se ven predispuestos a ciertos tipos de prácticas sexuales– no hay espacios de resistencia desde donde se hable del tema y se ponga en tela de juicio la forma en que estos materiales son presentados. En otras palabras, no hay discursos que ayuden a pensar críticamente la pornografía.

DETERMINISMO BIOLÓGICO. La segunda parte del libro es menos interesante que la primera y se limita a explicar (y a probar) cuán erróneos son los argumentos que hablan de una predeterminación genética respecto a la diferenciación de los roles del hombre y la mujer. La autora cita decenas de estudios sumamente difundidos que pretenden llegar a conclusiones terminantes del tipo “los hombres son mejores para las matemáticas y las mujeres mejores para el diálogo y las palabras” o “los hombres se desempeñan mejor en tareas abstractas y las mujeres mejor en las tareas domésticas”. Se habla de las hormonas y de la oxitocina, de que la configuración cerebral difiere en el hombre y en la mujer desde el nacimiento y de que esas “naturalezas” condicionan los roles vitales de uno y otro. “Es digno de notar que esta tendencia a insistir en que la igualdad entre hombres y mujeres está limitada por condicionantes biológicos imposibles de obviar aparece justo en el momento en que las mujeres ocupan un papel cada vez más relevante y variado en la vida pública y los hombres empiezan a animarse a adoptar en los hogares lo que antes se consideraba el papel femenino”, afirma Walter, lamentando una nueva avanzada sexista. Es penoso que tales sandeces tengan tanta exposición mediática y repercutan con tanta fuerza en el colectivo social. Es realmente triste que Walter deba dedicar tantas páginas y energías a derrumbar uno por uno estos estudios de tan poco rigor científico.
Las explicaciones biologicistas de comportamientos innatos tienen mucha prensa, pero no ocurre lo mismo con las evidencias que las refutan. Según explica la autora, además, las redacciones prefieren difundir titulares sobre estudios que ofrecen conclusiones claras y que se condicen con las más retrógradas creencias populares. “Para quienes suscriben al determinismo biológico, el mundo contemporáneo encaja muy bien con las aptitudes innatas de hombres y mujeres. No produce satisfacción ni frustración, no hay ninguna contradicción entre nuestros deseos y nuestra situación. Todas las desigualdades que vivimos se explican gracias a la distinta configuración genética y hormonal de hombres y mujeres: si las mujeres ganan menos, si los hombres tienen más poder, si las mujeres asumen más trabajo doméstico o si los hombres tienen más reconocimiento social se debe simplemente a que así son las cosas. El determinismo biológico del siglo xxi funciona en este sentido exactamente igual que el del siglo xix, que advertía a las mujeres que aspiraban al cambio de que no estaban hechas para estudiar o esforzarse físicamente.”

LA LIBRE ELECCIÓN. En nombre del libre albedrío se están permitiendo auténticas barbaridades sociales. Se habla de que las niñas eligen el rosado y jugar a ser princesas, que optan por vestirse de determinada manera. Se afirma que luego, llegada la adolescencia, son libres de utilizar las redes sociales como quieren, acostarse con quien se les cante (el 80 por ciento de las chicas que tuvieron su primera experiencia sexual entre los 13 y 14 años afirman lamentarlo). Se dice que si una mujer opta por bailar prendida a una barra, prostituirse o protagonizar películas pornográficas lo hace porque así lo eligió. Que si quiere ponerse medio quilogramo de siliconas es una decisión personal y que ella decide sobre su cuerpo. Pero el discurso de la libertad es utilizado por lo general por quienes defienden interesadamente estas prácticas –o por quienes las reproducen sin cuestionarlas– sin considerar las presiones culturales y sociales que existen en todos esos campos, así como la superficial y omnipresente presencia mediática que lleva a gente de poca capacidad crítica a plegarse a los discursos prevalentes.

El fracaso (parcial) del feminismo

En Inglaterra, la autora es testigo de un proceso de disminución de la presencia política de mujeres en el parlamento. Por otra parte, el rechazo gubernamental al proyecto de equiparar derechos en relación a las ausencias laborales por paternidad y maternidad da muestras de cómo al hombre no se le permite faltar al trabajo para cuidar a sus bebés. Cuando el hombre pide una reducción del horario de trabajo para estar más tiempo con sus hijos, la petición suele ser rechazada. Así, se fuerza a las mujeres a seguir con sus roles tradicionales de cuidado de los hijos, y eso sin contar que siguen haciéndose cargo de la inmensa mayoría del trabajo doméstico. La autora cita un estudio que dice que hasta las mujeres que trabajan en horario completo emplean en promedio 23 horas semanales para el trabajo doméstico. Y, pese a que a las mujeres les vaya bien en los estudios, continúan teniendo posibilidades laborales menos auspiciosas y peor remuneradas que las de los hombres. Los avances feministas parecen haber llegado a un punto de estancamiento, y eso sin nombrar cómo la cultura hipersexual limita la existencia femenina.
De todas maneras, Walter se permite cierto optimismo: “Por encima de todo, no es el momento de sucumbir al desánimo o a la inercia. Las feministas han conseguido ya crear una revolución pacífica en Occidente que les ha abierto a las mujeres multitud de puertas, ampliando sus oportunidades e insistiendo en su derecho a la educación, el empleo y la libre elección reproductiva. Ya hemos llegado muy lejos. Nuestras hijas no tienen por qué conformarse con una escalera mecánica que sólo las lleve hasta la planta de las muñecas”.

Publicado en Brecha el 29/4/2011

viernes, 20 de mayo de 2011

Sobre Jackass 3D y sus repercusiones

Prostitución masculina


En la crítica argentina se desató una aguerrida polémica a comienzos de este año, por la curiosa aparición de la película Jackass 3D en la lista de Fipresci a las seis nominadas a mejor película extranjera. En algunos medios y páginas web se señaló inmediatamente que algunos de los votantes que eligieron la película como una de las mejores del año fueron varios de los redactores de la revista El amante cine. Se desencadenó entonces una discusión entrecruzada entre críticos (sobre todo en la página web Otros Cines) en la que no faltaron las subidas de tono, los insultos y las acusaciones de intolerancia, y El amante incluyó tres páginas de la revista de febrero -dos de ellas escritas por su director, Gustavo Noriega-, para defenderse de los ataques, fundamentar la decisión y aportar alguna reflexión sobre la crítica de cine.
Los redactores de El amante son proclives a reverenciar películas que no suelen ser bien vistas por el común de la crítica cinematográfica. Para los que no lo tienen en cuenta, Jackass es un programa de televisión que surgió para el canal MTV en el año 2000, y en el que los protagonistas acometen acciones como martillarse los testículos, orinarse unos a otros, enmierdarse de pies a cabeza, planificar accidentes en donde ellos mismos son las víctimas. Todo esto entre risas, en un festejante ambiente de juerga grupal. Cuando el líder del grupo se pone unos patines y se hace embestir por un toro, todos sus compinches le dan bombo y le dicen que es poco menos que un genio, y cada vez que uno atraviesa una nueva situación autodestructiva es felicitado por sus pares, quienes lo avalan por haber llevado hasta tal extremo su estupidez. “Jackass” significa imbécil, o pelotudo, toda una definición y una asunción de sentidos.
Desde ya pido disculpas por entrar en este tema con tanto retraso; el debate ya tuvo su momento álgido hace un par de meses y parece haberse acallado. Motivado por tan interesante y estimulante polémica, -en la que además, los escribas de El amante parecían tener toda la razón del mundo- me dispuse por fin, a ver Jackass 3D, pensando divertirme un buen rato. Supongo que no hace falta decir que me encontré con un despliegue desaforado de mal gusto y estupidez, pero los aspectos que más chirrian es que se haya convertido en un éxito de taquilla, -fue distribuida por Paramount Pictures y recaudó 50 millones de dólares sólo durante la primer semana de exhibición- que los protagonistas sean poco menos que estrellas, y que, justamente hoy, en momentos en que la inteligencia escasea y la nutrición intelectual está tan desvalorizada, un subproducto de la televisión chatarra cobre semejante notoriedad.
Los implicados de El amante y los otros votantes no merecen la desconfianza a priori y no hay pruebas para creer que se coordinaron de antemano para hacer una votación en bloque. Lo más probable es que se hayan divertido realmente, que les guste mucho la película y, considerando que es de sus favoritas en el año, que la verían muchas veces más. Pero no puedo dejar de expresar mi desconcierto porque sea precisamente Jackass 3D la película que haya estado en el centro de la polémica, cuando lo que debería haber sucedido es que quedara sepultada por el silencio. El episodio es sumamente elocuente sobre el estado actual de la industria, y por supuesto, de la crítica en general.


La crítica de cine es un oficio cuya función es, entre otras, orientar al público, educar su mirada, ponderar ciertas películas por sobre otras con cierto aval de conocimiento y experiencia. Quizá aprendí mal la lección, pero por lo menos hasta donde creía, la crítica se caracterizaba por aprobar películas que estimulan el pensamiento y no aquellas que pretenden anularlo. Jackass es el abandono de toda sugerencia, la búsqueda premeditada del morbo, es el regodeo en la propia imbecilidad, el encumbramiento de un grupo de seres que triunfaron en la vida autodestruyéndose. Es un ámbito de prostitución masculina en el cual el físico es entregado para hazañas dolorosas, pero muy bien pagas. Los críticos que hablan bien de Jackass 3D parecen poner el énfasis en la espontaneidad, en las risas cómplices, en el aire de camaradería que exuda la película. Resulta curioso pero, palabras más, palabras menos, hablan de un “canto a la amistad”.
Lo siento, pero no pude ver esa amistad en Jackass 3D. En mi barrio, cuando alguien golpea al prójimo en la mandíbula con un gancho boxístico, agarrándolo desprevenido, recibe la definición de “hijo de puta”. Y cuando a un compañero con una fobia severa a las serpientes se lo hace caer en un foso repleto e ellas, se está llevando a cabo una hijoputez mayúscula. En cuanto a las risas cómplices, me suenan más a un “lo logramos, nos estamos llenando de oro gracias a millones de espectadores que pagan por vernos hacer tres pavadas”.
Supongo que Tinelli no se atrevería a hacer algo tan escatológicamente extremo como Jackass por una cuestión de escrúpulos. Y llegados a este punto, sólo cabría esperar que algunos críticos festejen la radicalidad y la espontaneidad del baile del caño y del cine de explotación de la tortura. Pero en fin, nadie desprestigia tanto a los críticos como ellos a sí mismos.

Publicado en Brecha el 20/5/2011

miércoles, 18 de mayo de 2011

Felinos de África (African cats, Alastair Fothergill, Keith Scholey, 2011)

Gatos con principios

Disneynature es una división ecologista de la Disney que se dedica, básicamente, a hacer un cine “salvapantallas” es decir, documentales centrados en animales salvajes, orientados a niños, muy logrados y vistosos pero que a la vez dejan muy poca cosa para recordar. El más impactante de todos fue Tierra, que ofrecía tomas aéreas asombrosas y situaciones sorprendentes –como un enfrentamiento entre leones y elefantes, o un oso polar famélico a punto de atacar una colonia de morsas-. Aún cuando la película poseía momentos de auténtico impacto, la selección de escenas se intuía caprichosa, motivada por criterios de espectacularidad y por la aceptación popular a ciertas especies –los privilegiados eran los cachorros peludos, torpes y adorables-, y se echaba en falta cierta unidad temática o un hilo conductor sólido que anudara las distintas anécdotas. Siguiendo en la misma línea, aquí se eligen varios animales populares, los leones y los chitas, seguramente escogidos por su suntuosidad y sus parecidos comportamentales y estéticos con los cercanos y queribles gatos domésticos. Se relata la historia de dos madres en su lucha contra la adversidad: una chita y una leona. Ambas tienen crías que cuidar, y se hizo un seguimiento a sus familias durante dos años por la reserva de Maasai Mara, en Kenya, y también a un tercer grupo de leones machos –que en un principio vendrían a ser algo así como los “villanos” patoteros-.
Aquí el presupuesto es mucho menor al utilizado en Tierra (43 millones de dólares) y Océanos (30 millones) llegando quizá a los 15 o 20 millones, y la diferencia es notoria, ya que si bien hay imágenes poderosas y muy bien logradas, el impacto visual no es equiparable con ninguna de las anteriores. La narración se nutre de una voz en off permanente -Samuel L. Jackson en la versión original, doblada en las copias exhibidas en Montevideo- que relata los pormenores de las protagonistas, sus vínculos familiares, y que, lamentablemente, incurre en una descripción de los sentimientos de los animales, sus motivaciones y sus objetivos, por lo que es de deducir que los realizadores tuvieron largas y amenas charlas con ellos.
Y es que se insiste en esa torpe antropomorfización de los animales, que ya había tenido sus indicios en Océanos –aunque nunca al nivel de la irritante La marcha de los pingüinos- quitándole credibilidad y rigor documental a la producción. Aquí se habla de la “extraordinaria valentía”, o de “la determinación” de las madres, cuando puede vérselas enfrentando amenazas y siguiendo sus básicos y elementales instintos protectores para con sus cachorros. Se habla de que el “rey” león recorre la llanura buscando “expandir sus territorios” cuando seguramente esté buscando satisfacer sus necesidades alimenticias y sexuales. Se esbozan frases complacientes y muy poco creíbles como que el macho alfa de la manada “para Mara (una cachorra) es el mejor papá del mundo”. O luego de una ardua tormenta que los leones deben fumarse íntegra, que para ellos fue una “bendición” porque el suceso logró “mantener a la familia más unida que nunca”.
Con un guión mejor elaborado, la película pudo haber contado un relato agradable para los niños sin insultar la inteligencia de los padres, ni inventarle explicaciones a las muchas veces incomprensibles e inasibles reacciones de los animales.

Publicado en Brecha el 12/5/2011

martes, 10 de mayo de 2011

Las mejores películas (XVI)

Tengo que pedir disculpas por demorarme tanto con esta selección. Tres festivales en tres meses no me han dado mucho tiempo para respirar tranquilo. Como no quiero pasarme de las típicas diez pelis aquí reseñadas, voy a dejar por fuera a La mirada invisible, Outrage, El ilusionista y Tropa de elite 2, que ya las estuve describiendo abundantemente y con detenimiento. No dejen de prestar atención a estas otras, que también son de puta madre.

Siete instantes de Diana Cardozo. (México, 2008)
Qué curioso que la mejor producción documental sobre la organización guerrillera MLN - Tupamaros no sea uruguaya sino mexicana. Las entrevistas seleccionadas dejan para la posteridad siete impactantes relatos de militantes comunes, que aportan variados y nuevos elementos sobre la historia y el accionar del más célebre –y cuestionable- bastión uruguayo de la lucha armada de los años 60-70.

Mademoiselle Chambon de Stéphane Brizé (Francia, 2009)
Con elegancia y sutileza el director Stéphane Brizé construye un delicado y grandioso estudio de caracteres, en donde algo tan común como un enamoramiento casual y repentino se convierte en una terrible catástrofe. Una situación opresiva y sin aparente salida, -de esas que nos suele obsequiar la vida- contrasta con una puesta en escena vital y luminosa. Las formidables actuaciones (brilla especialmente Sandrine Kiberlain) y una bellísima banda sonora son varios de los puntos fuertes.

Otro cielo de Dmitrij Mamulija (Rusia, 2010)
Para que aprenda González Iñárritu. El horror verdadero de la emigración, la lucha por la supervivencia, los trabajos insalubres, el destrato, la existencia miserable en la Rusia del S.XXI. Austera, fragmentaria y plagada de elipsis permanentes, el doloroso deambular de un hombre de la estepa que, junto a su hijo, sale en búsqueda de su esposa radicada en Moscú. A lo Dardenne, un brutal fresco con forma de road movie.

Confessions de Tetsuya Nakashima (Japón, 2010)
¿Les dije que los japoneses están locos? No sé si es más demencial haber filmado una película así o haberla propuesto como candidata para los nominados al oscar a mejor película extranjera. Personajes oscurísimos y perversos, situaciones opresivas y una truculencia extrema, en el entorno de un colegio secundario repleto de adolescentes psicópatas. Imprescindible para el asianófilo frikki promedio.

Life in a day de Kevin Macdonald (Estados Unidos, 2010)
Qué significó estar vivo el día 24 de julio de 2010. Este impresionante compilado reúne fragmentos filmados por gente común en su vida ordinaria, desde donde captan el universo que los rodea. Hubo más de 80 mil adhesiones, y se sumaron 4.500 horas de material filmado, proveniente de más de cien países. Los resultados son increíbles, el trabajo de montaje es brutal y su acompasamiento con la música directamente movedizo y adictivo.

Fish tank de Andrea Arnold (Inglaterra, Paises bajos, 2009)
Una intratable y resentida adolescente vive un insalubre ambiente familiar, es rechazada por el colegio y violentada por sus pares, en la periferia de Essex. Heredera del mejor realismo social a lo Ken Loach o Mike Leigh, la película logra que podamos acercarnos y sentir simpatía por este personaje, así como desear que logre escapar de ese agobiante entorno. Andrea Arnold se luce con un debut sólido y contundente.

Enredados de Byron Howard y Nathan Greno (Estados Unidos, 2011)
Ok, debo admitir que este pedazo de película me trae un placer culposo; tomando distancia, me rompen mucho los huevos esos finales de resurrecciones místicas y todos esos rollos, y hay un poco de esos amanerados despliegues musicales de Disney, que me generan sensaciones encontradas. Pero es difícil dejar de sucumbir ante el luminoso encanto de esta joyita animada. No se la pierdan.

Zona sur de Juan Carlos Valdivia (Bolivia, 2009)
Con paneos circulares, travellings y movimientos de cámara permanentes, la película construye un cuadro familiar de la clase alta en La Paz, y los cambios que la era Evo ejerce sobre su vida, causándoles desconcierto. Una decadente y dominante matriarca ladra órdenes, en un entorno en que el estancamiento se traduce en inactividad y algún desborde incestuoso. Una extraña mezcla de Paul Leduc con Lucrecia Martel.

No end in sight de Charles Ferguson (Estados Unidos, 2007)
Aún superior que su Inside job, el debut de Ferguson es el más completo y didáctico documental que se haya concebido sobre la invasión a Irak -no el mejor, ese sería sin duda Standard operating procedure de Errol Morris-. Y entre otras cosas demuestra hasta qué punto la intervención fue llevada a cabo por gente absolutamente inoperante, que hasta acabó perjudicándose a ella misma.

The kids are alright de Lisa Cholodenko (Estados Unidos, 2010)
Mientras aprovecho para protestar contra esa infame superficie indie y progre de mucho cine yanki, en la que personajes bellos, tolerantes, sabelotodos y macanudos viven conflictos que a mí no me interesan, les cuento que esta peli es excepcional en este contexto. Anette Benning y Julianne Moore forman una pareja lésbica inolvidable, el guión es sólido, hay mucha inteligencia volcada y momentos muy logrados.

viernes, 6 de mayo de 2011

Sobre Inside Job (Estados Unidos, 2010) y Charles Ferguson

Estacazo periodístico

El documental Inside job revela la notable pericia periodística y narrativa del director ganador del óscar Charles Ferguson. No es su primer gran película, y su estilo aparentemente clásico y televisivo esconde algunas marcas autorales.

De los Oscar puede decirse cualquier cosa salvo que sus galardones estén digitados, o que sus premiaciones obedezcan a intereses ocultos. Y qué mejor prueba de esto es que este año la Academia de Hollywood le haya dado el premio de mejor documental nada menos que a Inside job -aquí conocida como Trabajo confidencial-, una película que, entre otras cosas, demuestra los estrechos vínculos del poder financiero de Wall Street con Washington. Cuando el director Charles Ferguson recibió su estatuilla, subió al estrado e hizo una declaración contundente: “Perdónenme, pero debo empezar señalando que después de tres años de una horripilante crisis financiera causada por el fraude financiero, ni un solo ejecutivo de finanzas ha ido a la cárcel, y eso está mal”.
La biografía del director Charles Ferguson es apabullante: Nacido en 1955, de joven obtuvo un título de especialización en matemáticas, y una década más tarde varios doctorados en ciencias políticas. A partir de 1992 fue un consultor independiente, y proporcionó asesoría estratégica a las altas esferas de empresas de tecnología como Apple, Xerox, y Motorola. En 1994 fundó Vermeer Technologies, una de las primeras compañías de software para Internet, y creó el célebre programa de diseño web Front Page, el cual fue finalmente vendido a Microsoft por 133 millones de dólares. Ferguson es, además, autor de tres libros relativos a la tecnología informática y su relación con asuntos económicos, políticos y sociales. En el cine, su ópera prima fue su largometraje documental No end in sight, con el que se ganó su primer nominación al oscar.
No end in sight es una imprescindible pieza cinematográfica centrada en la invasión de Estados Unidos a Irak. Ya entonces exhibía Ferguson varias de sus herramientas características: una austeridad periodística respaldada por un sinfín de entrevistas y una minuciosa recopilación de datos, imágenes y videos; una voz en off que acompaña las imágenes y las ilustra, una introducción con un racconto histórico que contextualiza el conflicto. Y, por supuesto, la búsqueda de varios de los responsables del desmadre, y en muchos casos, el encuentro cara a cara con ellos.
Ferguson no aparece nunca en pantalla, dista muchísimo de ser un showman a lo Michael Moore, y sólo de vez en cuando se siente su voz, haciéndole alguna sorprendente pregunta al entrevistado en cuestión. Pero precisamente esas preguntas eventuales lo hacen más presente que nunca. Ferguson descoloca a sus interlocutores, exponiéndolos a situaciones incómodas, haciéndolos tartamudear. Conoce mejor las respuestas que ellos mismos, prevé las reacciones e interrumpe las justificaciones con frases cortantes como “eso no es cierto”, o “no puede estar hablando en serio”. Inmediatamente, aporta los datos que demuestran que el entrevistado está inventando excusas, moviéndolos finalmente a un silencio culposo.
Otra de sus características es comenzar a describir un personaje implicado, dando cuentas de sus oscuros historiales y sus nefastos vínculos. Pero en el lugar en el que debiera haber una entrevista, aparece un letrero sobre un fondo oscuro: “fulano se negó a ser entrevistado para esta película”. Al fin de cuentas, el recurso deja a la persona en cuestión tan mal posicionada como algunos de los que sí aparecen.
Lo curioso es que los que acceden y son acribillados por Ferguson creen no tener nada que ocultar, ni nada por lo que sentirse culpables, y eso habla mucho de la alarmante impunidad imperante en lo que refiere a destruir hasta los escombros a un país entero, haber saqueado cifras millonarias y arrojado a la pobreza a millones de personas. En definitiva, los desvergonzados hombres de negocios que se sientan tranquilamente frente a Ferguson merecen todo el rigor de su afilada lengua inquisitiva.

Matt Damon aporta la voz en off en Inside Job. El actor había apoyado en su campaña al Barack Obama que había prometido encarcelar y destituir a todos los responsables de la debacle financiera de 2008, y aquí es el descreído narrador que da cuentas de un gran fraude ejecutado por inescrupulosos ejecutivos, banqueros, profesores universitarios, agencias y políticos. Filmado en Estados Unidos, Islandia, Inglaterra, Francia, Singapur o China, dividido en cinco partes o episodios, ayudado con expertos que explican el problema –muchos de los cuales avisaron de la catástrofe a tiempo, pero fueron ignorados o silenciados- introduciendo esquemas y gráficas que facilitan sobremanera la comprensión de los mecanismos que fueron desatando la crisis, el filme alterna permanentemente fragmentos de entrevistas con materiales de archivo, construyendo la historia con un ritmo notable y estimulante. La tesis de Ferguson es que uno de los mayores problemas del tema en cuestión –quizá de la misma manera que la intervención en Irak- es que los responsables suelen invocar a la complejidad cuando se quiere hablar el tema. Esta subrayada “complejidad” es lo que mantiene a la gente de a pie (y muchos de los principales damnificados) por fuera de una comprensión de quiénes y cómo desataron el fraude y el saqueo. Ferguson demuestra que no hace falta más que un mínimo esfuerzo para saber que la dificultad no es tal, y que cualquiera podría comprender cabalmente el asunto.
Inside Job empieza en Islandia, un país arruinado en 2008 por bancos desregulados que tomaron inmensos préstamos. La comparación con Estados Unidos se vuelve inmediata, sólo que los elementos en cuestión se vuelven titánicos, y las movidas financieras, muchos más intrincadas y devastadoras. Una de las partes más impactantes del documental tiene lugar cuando se intercalan entrevistas a cuatro personajes terribles: el subsecretario del tesoro del Gobierno de Bush, el ex-director de gestión de la agencia calificadora Moody’s, el ex-director de la Reserva Federal, y el presidente del Departamento de Economía de Harvard. Ferguson no les da tregua, y el montaje alterna los intercambios, llegándose a puntos de tensión que cortan el aliento.
En un momento especialmente desasosegante se demuestra como el gobierno de Obama continúa llamando a los mismos implicados para que ocupen cargos de poder y para arreglar los problemas que ellos mismos crearon. Y notable es la puntería de Ferguson cuando da cuentas de la responsabilidad de los académicos de las más prestigiosas universidades de EEUU en el asunto, que aún hoy oscurecen y ocultan las razones que llevaron a la crisis y que se dedican a respaldar un sistema financiero que sólo puede conducir a desastres estructurales. El documentalista demuestra los vínculos laborales de ellos con varias de las compañías beneficiadas.
Quizá la parte más cuestionable de la película es aquella en la que se da cuentas del hábito frecuente de buena parte de los yuppies de Wall Street de esnifar inmensas dosis de cocaína y frecuentar prostíbulos. El señalamiento parece obedecer a cierto puritanismo, y el accionar resulta mínimo considerando las atrocidades que cometen en su trabajo diario. Pero el dato quizá sí pueda ayudar a entender mejor el perfil adrenalinófilo y la praxis común (¿american psychos?) de esos sujetos.
Ferguson logra lo que muchos documentalistas del mundo quisieran: centrarse en un asunto crucial, explicarlo con claridad y profundidad, denunciar injusticias y señalar con nombre y apellido a varios de los tantos digitadores de la debacle. Dejando un documento esencial para acercarse al tema en cuestión, y ganar, Oscar mediante, una difusión inusitada.

Publicado en Brecha el 6/5/2011